jueves, 5 de septiembre de 2019

Pasión Imborrable: Capítulo 43

—Todos creían que era torpe porque no sabía leer. Todo el mundo. Siempre estaba al fondo del aula. Incluso cuando llegué a la escuela secundaria y una profesora sospechó lo que me pasaba, a la gente le siguió resultando más fácil creer que era estúpida.

-Los niños pueden ser crueles.

-No sólo los niños. Mi padre es profesor universitario; mi madre tenía un negocio. Mis hermanos sacaban notas excelentes. A todos les resultaba difícil adaptarse a mí. No daba la talla.

—¿Adaptarse a tí? Tendrían que haberte animado y cuidar de tí.

-Prefirieron dedicarse a sus cosas.

El dolor que su voz traslucía indicó a Pedro el escaso apoyo que le habían brindado, lo cual lo enfureció. Los niños necesitaban más de los padres que la mera satisfacción de sus necesidades básicas. De pronto se dio cuenta de que Paula y él tenían mucho en común: los dos habían tenido que cuidar de sí mismos desde muy jóvenes.

-Incluso cuando dejé de trabajar en empleos sin futuro y reuní el valor para matricularme en un curso de dirección de hoteles, lo consideraron algo menor, sin importancia —sus ojos carecían de expresión.

—Paula —la abrazó. El corazón le latía aceleradamente por las emociones que experimentaba. Se había enfadado con ella y había desconfiado de ella, pero, al ver el dolor que había tratado con tanto esfuerzo de ocultar, sintió compasión y una urgente necesidad de mejorar las cosas. El dolor de ella lo vivía como si fuera suyo. Nunca había experimentado semejante empatía por ninguna otra persona, ni un impulso tan poderoso de protegerla—. No eres alguien sin importancia, Paula. Eres una madre maravillosa. Todo el que vea a Nicolás se dará cuenta. Además, sobresales en tu trabajo —ya se había ocupado de averiguarlo en Melbourne—. Y no has consentido que la dislexia te impidiera estudiar. Eres una mujer especial. No lo olvides.

Le acarició la espalda lentamente y percibió que su tensión comenzaba a disminuir. Pero siguió abrazándola, y no sólo porque fuera la mujer que llevaba meses siendo el centro de sus sueños eróticos, sino porque quería consolarla. La ternura y los remordimientos que sentía después de haber escuchado su historia, y la ira al ver cómo la habían tratado, lo abrumaban. No quería pensar en la facilidad con que la había malinterpretado, pues, si lo hacía, tendría que considerar que también la había juzgado mal en otras cosas. Seguía recordando la pregunta que ella le había hecho en la noche de bodas: «Creo que no me traicionaste, Pedro. ¿Te resulta tan difícil creer que no te traicioné?».


Pedro aspiró el aroma de los mechones de pelo esparcidos por la almohada. Se enrolló uno en el dedo y rozó con la punta el pecho desnudo de Paula. Ella se estremeció. A pesar de lo cansada que estaba después de hacer el amor, seguía respondiendo. Igual que él. Era como si ella se le hubiera introducido en los huesos, en la sangre. Pero seguía sin ser suficiente.

-Cuéntame cosas de nosotros —murmuró—. ¿Qué hacíamos juntos? ¿Cómo era? —se dio cuenta de que a ella se le había alterado la respiración. La miró y vió que se estaba mordiendo el labio inferior.

-¿De verdad quieres saberlo?

Él asintió. Necesitaba comprender más que nunca. Conocer el pasado podría ayudarle a entender el presente.

-Fue como una tormenta de verano, como un rayo surgido de repente. Fue repentino y abrumador, maravilloso y terrorífico; e innegable.

—¿Te refieres al sexo?

-No —hizo una mueca, decepcionada, y se subió la sabana para apartarle la mano.

-Dime, ¿Qué hacíamos juntos?

—Todo. Me enseñaste a esquiar. Hacíamos senderismo y escalada. Te preparaba cordero asado al estilo australiano y tú me hablabas de los vinos italianos y de la historia de la zona.

Pedro se sintió confundido. ¿La había llevado a hacer senderismo y a escalar? Le rodeó la cintura con el brazo y la apretó contra sí mientras todo comenzaba a dar vueltas.

—¿Qué te pasa, Pedro? ¿He reavivado un recuerdo?

-No, ningún recuerdo —dijo en tono cortante, que no pudo evitar, ya que no se hacía a la idea de que probablemente nunca volvería a recordar.

Pero lo que le sorprendió fue que hacer senderismo y escalada eran sus dos aficiones preferidas para desconectar del trabajo. Escalaba con uno o dos amigos, siempre hombres; y hacía senderismo solo. La idea de compartir su tiempo más preciado con una mujer lo dejaba perplejo.

—¿Caminábamos juntos por la montaña?

-Era maravilloso —respondió Paula-. El paisaje era precioso. Por la noche nos sentábamos a planear hacia donde nos dirigiríamos el fin de semana siguiente.

—¿En serio?

-No me crees —se apartó de él y se apoyó en el cabecero de la cama.

—Te creo —quería saber más cosas, pero no era el momento—. Háblame de Nicolás. ¿Cómo era al nacer? ¿Te diste cuenta desde el primer momento de lo inteligente que era?

Pasión Imborrable: Capítulo 42

-Gracias —le dijo ella, de nuevo sin mirarlo a los ojos.

—Te indicarán los mejores sitios para ir de compras, que sin duda será una de tus prioridades.

—¿Para qué voy a ir de compras? ¿Para comprarme un traje para la sesión fotográfica? No hace falta. Candela me ha hecho un traje y un vestido. Estoy segura que uno de los dos servirá.

-Desde luego, pero querrás empezar a disfrutar de tu dinero y comprarte un nuevo guardarropa.

-No me hace falta. Tengo ropa suficiente hasta que llegue el invierno. Entonces me tendré que comprar un abrigo.

—¿Un abrigo? —el verano acababa de empezar. ¿A quién se creía que iba a engallar?—. Con todo ese dinero a tu disposición, ¿Pretendes que me crea que no tienes interés en gastártelo?

-Ya sé que me das dinero para mis gastos...

—¡Dinero para tus gastos! —Paula era de lo que no había. Acababa de reducir su nueva fortuna a meros gastos domésticos—. Es mucho más que eso. Lo sé porque lo pago yo.

-No hace falta que emplees ese tono acusador —sus ojos lanzaban chispas, lo cual aumentó el enfado de Pedro.

-Y tampoco hace falta que finjas que mi generosa pensión es una miseria.

-No sé de qué me hablas —Paula se había puesto rígida.

Pedro se levantó y se puso a pasear a lo largo de la piscina para que se le pasara el enfado que los jueguecitos de ella le producían. Detestaba aquella forma de fingir. Lo siguiente serían sus quejas de que el dinero no le alcanzaba.

-Claro que lo sabes. Te leíste el contrato prematrimonial con tanto cuidado que debiste leer cada palabra por duplicado. Tienes dinero suficiente en tu cuenta corriente para llevar un modelo de Gucci, de Versace o de Yves Saint Laurent todos los días del año —le pareció que se había puesto pálida. Y al acercarse, observó la confusión de su mirada.

-No hablarás en serio.

Él se negó a manifestar la sospecha de que, sin ese incentivo económico, un día los abandonaría a Nicolás y a él.

—Tienes que vestir como corresponde a mi esposa. Pero todo esto ya lo sabes. Firmaste el contrato antes de casarnos, donde se especificaba todo.

Al ver que ella apartaba los ojos con expresión culpable y la forma en que se aferraba a los brazos de la hamaca lo detuvieron. Un instinto que había ido afinando al cabo de años de acuerdos comerciales le indicó que pasaba algo importante.

-Sí, lo firmé —se mordió el labio inferior con fuerza y se llevó las rodillas hacia el pecho.

Parecía totalmente vulnerable. ¿Qué demonios le pasaba? Pedro siguió la dirección de su mirada hasta el periódico doblado y las gafas y se dió cuenta de que estaba en la misma página de noticias internacionales que estaba leyendo cuando él llegó.

—¿Qué te pasa, Paula? —era imposible que tardara tanto en leer una página. Ella lo miró con miedo—. Te leíste el contrato. Te ví —observó que tragaba saliva con dificultad.

-Empecé a hacerlo —seguía sin mirarlo—, pero creí que sólo decía que no obtendría nada de tí si me divorciaba. Así que firmé. No sabía nada de esa gran suma de dinero.

-Mentirosa —susurró él—. Te ví. Leíste la última página antes de firmar —vió que se sonrojaba, aunque seguía estando muy pálida. Una idea espantosa lo asaltó, una idea increíble.

-Sabes leer, ¿Verdad?

—¡Claro que sé leer! —se incorporó con los ojos llenos de furia—. ¿Cómo iba a hacer mi trabajo si no supiera? Pero no leí el contrato. Empecé, pero estaba exhausta, estresada y... —hizo una pausa tan larga que Pedro pensó que no seguiría hablando—. Y soy disléxica. Por eso llevo gafas con cristales tintados, porque me ayudan a concentrarme. Pero a veces, sobre todo si estoy cansada, me resulta casi imposible leer porque las líneas desaparecen y las palabras se unen entre sí. Los documentos legales son los peores.

Se produjo un silencio. A Pedro se le contrajo el corazón al darse cuenta de lo que le había costado decirle la verdad. Quiso abrazarla, pero sabía que lo rechazaría.

-No es algo que vaya contando por ahí —prosiguió ella tratando de sonreír con labios temblorosos.

-Pero a mí me lo habías contado antes, ¿Verdad? Cuando estábamos juntos —lo sabía, lo presentía, aunque no lo recordaba.

-Sí, lo sabías. Claro que sí.

Habían compartido no sólo la pasión, sino también los secretos. Pedro volvió a tener la sensación de que estaba a un paso del abismo. Inspiró profundamente mientras trataba de entender lo que Paula le había revelado.

-Pero estás leyendo las noticias internacionales —en un periódico famoso por sus análisis profundos e incisivos.

-Que lea lentamente no significa que sea tonta. Leo las noticias internacionales porque me interesan, aunque tarde más que otros. Hay días, como hoy, en que voy más lenta, ¿De acuerdo?

-De acuerdo —el sentimiento de culpa le corroía el pecho al recordar cómo casi la había obligado a firmar el contrato prematrimonial.

Ya sabía que estaba exhausta y estresada, pero no tuvo escrúpulos para aprovecharse de su debilidad para obtener lo que quería, como habría hecho en cualquier transacción comercial. Pero aquello no era un asunto de negocios; no era tan sencillo.

-Lo siento —murmuró mientras ella se frotaba los brazos como si tuviera frío.

Era evidente que la dislexia constituía un problema emocional para ella y quem  estaba a la defensiva—. No era mi intención insinuar...

—¿Que soy tonta?

-Por supuesto que no. Nadie lo pensaría.

—¿Eso crees? —sonrió con expresión dolorida.

—Paula, háblame —le dijo mientras la agarraba por los hombros y se los masajeaba para que disminuyera su rigidez. Su dolor le hacía sentir incómodo, nervioso, con deseos de protegerla.

Pasión Imborrable: Capítulo 41

Él lo perdería con el tiempo. Ella seguía siendo una novedad y estaba allí, disponible y dispuesta a acceder a todas sus exigencias. Sin embargo, sólo Dios sabía cuándo se cansaría ella de él, porque, cada día que pasaba en aquella casa, cada noche que se acurrucaba en sus brazos, satisfecha después de hacer el amor, sentía renacer sus antiguos sentimientos. Trató en vano de resistirse, de recordar que no eran sentimientos recíprocos, que su matrimonio era de conveniencia. Pero había tomado una decisión: aceptar un matrimonio sin amor, aceptar lo que era mejor para Leo, aunque, para ello, la verdadera Paula fuera desapareciendo hasta que sólo quedara de ella la fachada de una mujer que no era nada más que la madre de Nicolás Alfonso y la esposa de Pedro Alfonso. ¡Pero no debía pensar en esas cosas! Había tomado la mejor decisión: era evidente al ver a Pedro y Nicolás juntos, que en aquel momento habían salido del agua y se hallaban frente a ella. Dejó el periódico y alzó los brazos para agarrar a su hijo sin mirar a Pedro.

-Ven aquí, cariño. ¿Te lo has pasado bien?

-Papá —dijo el niño sonriendo mientras los ojos se le cerraban.

-Sí, has nadado con papá, ¿Verdad? —seguía sin mirar a su marido porque le parecía que había algo inquietante en él. Reprimió un escalofrío y se concentró en secar a Nicolás— Tiene que dormir —le dijo finalmente.

Cuando estuviera en la habitación del niño, su deseo de Pedro disminuiría. Si se quedaba más tiempo, él se daría cuenta de su nerviosismo y adivinaría la causa.

-Ya he llamado a Analía para que venga a por él —dijo Pedro mientras le quitaba a Nicolás—. Le pagamos para que se ocupe de él. Así podrás seguir leyendo. ¿Lo ves? Nicolás está contento.

Así era. El niño comenzó a llamar a Analía en cuanto la vió entrar.

-De acuerdo —dijo Paula, que tenía la esperanza de que Pedro se marchara en cuanto lo hiciera Nicolás.

Volvió a agarrar el periódico, pero él se quedó mirándola. Sintió que la garganta y los senos le ardían. Que Pedro la mirara la ponía nerviosa. En vez de marcharse, él se tumbó en la hamaca que había al lado de la suya y lo hizo de lado para mirarla. Ella se estremeció de deseo. Trató de decir algo para romper el silencio.

-No he visto mucho a Diana desde la boda —la relación entre ambas era cortés y correcta, nada más.

Paula no veía sentido a pedirle explicaciones por haberle mentido sobre Pedro y Candela, pero tampoco se le olvidaba.

-Diana está muy ocupada —contestó él en un tono que a Paula le pareció de desaprobación.

—¿En serio?

-Sí.

Había destellos de ira, en sus ojos, era indudable. ¿Se habrían peleado Diana y él? ¿Se habría cansado él de una vez de su conducta esnob y manipuladora? Era demasiado desear. Pero Paula no se echó atrás. Sabía por experiencia propia el daño que Diana podía causar y tenía que saber lo que sucedía.

-Me habías dicho que vendría para aconsejarme sobre cómo desempeñar el papel de condesa.

-No desempeñas un papel, Paula. Eres la condesa Alfonso, recuérdalo.

-Es poco probable que se me olvide —rodeada del lujo adquirido por los Alfonso durante generaciones, se sentía una intrusa, una impostora. Seguía sin acostumbrarse a tener criados.

-No te preocupes, Diana continuará haciendo frente a las responsabilidades de condesa hasta que estés preparada para sustituirla. Pero creo que es mejor que, mientras tanto, alguien más compatible contigo y más de fiar, sea tu mentora.

¿Más de fiar? Parecía que Diana había caído en desgracia. Paula, que al fin y al cabo era humana, se alegró.

—¿En quién has pensado? —por unos segundos creyó que se iba a encargar él.

-En Candela.

-Me gustaría mucho —después de la tirantez inicial, se habían llevado bien. Le gustaban su franqueza y su ingenio—. Si a ella le parece bien —añadió con desconfianza.

-Estoy seguro de que sí. Ya me ha dicho que quería venir a verte.

-Pero no me ha llamado.

-No hay duda de que ha dejado que los recién casados tuvieran tiempo para ellos antes de empezar a hacerles visitas.



Paula lo miró perpleja, como si la idea de la luna de miel le resultara extraña. El se sentía totalmente frustrado. Por muy apasionadamente que hicieran el amor, siempre se las arreglaba después para poner una distancia entre ambos, tal como había hecho aquel día desde que había llegado a la piscina. Por supuesto que no quería que fingiera que lo adoraba, pero aquella distancia permanente fuera del dormitorio lo molestaba. Quería... En realidad, no sabía lo que quería, pero, claramente, no una esposa que lo tratan como a un desconocido salvo cuando estaba desnudo y dentro de ella. Entonces le respondía con todo el entusiasmo que él deseaba.

Con sólo pensar en el sexo con Paula se despertó su virilidad, mientras ella seguía allí sentada, haciéndole preguntas sobre Diana. Había creído que el matrimonio le daría un respiro en el deseo ardiente que experimentaba por ella. Sin embargo, cuanto más la poseía, más la deseaba. Y no sólo en la cama. Se acarició la mandíbula para aliviar la tensión que experimentaba. Ella no se vestía provocativamente para atraerlo. A pesar de los fondos ingresados en su cuenta corriente, seguía llevando la ropa sencilla y barata de siempre, no prendas de diseño ni zapatos caros, ni siquiera lencería sexy. Y, sin embargo, a él le resultaba más atractiva que cualquier otra mujer en ropa interior de encaje que recordara. Envuelta en una gruesa toalla, con el pelo mojado y sin maquillar, hacía que el corazón le latiera muy deprisa. Había vuelto a casa antes para estar con Nicolás, y realmente se lo había pasado muy bien con él. Pero no había podido evitar distraerse con Paula, sentada al lado de la piscina, tan enfrascada en la lectura que era evidente que su marido no le interesaba. No la entendía.

-Aún no has salido de casa —dijo él.

-No quería tener que enfrentarme a la prensa. No estoy habituada a que se me preste tanta atención.

-Organizaré una breve sesión fotográfica en pocos días. Les daremos la oportunidad de retratar a la feliz pareja. De ese modo, la presión disminuirá. Cuando quieras salir, díselo a los empleados y organizarán un dispositivo de seguridad. No tendrás nada que temer.

martes, 3 de septiembre de 2019

Pasión Imborrable: Capítulo 40

Mucho después, cuando sus pechos se agitaron por falta de oxígeno y la languidez de ella le indicó que estaba lista para que la tomara, recordó su resolución de seducirla. Le desabrochó el sujetador y se lo quitó. Tomó uno de sus senos en la mano. Su tamaño era perfecto para ésta. Ella suspiró cuando le besó y lamió el pezón, y gritó cuando se lo mordisqueó. Le agarró la cabeza con fuerza mientras él pasaba de un seno al otro. Él la empujó ligeramente y cayó en la cama. Antes de que pudiera protestar, ya estaba entre sus rodillas, con los hombros debajo de sus muslos. Su deseo era una fuerza imparable. Comenzó a acariciarle el centro de su feminidad y le apartó las manos, que trataban de detenerle. Luego siguió haciéndolo lentamente hasta que el cuerpo de ella se arqueó buscando su mano. Se sintió aliviado al ver que el deseo de ella era tan potente como el suyo propio. Se sintió atrapado simplemente viendo y oyendo a Paula responder a sus caricias. Nunca le había afectado el placer de una amante de modo tan profundo. Quería darle más aunque todo su ser reclamaba su propia satisfacción.

—¡Pedro! —su protesta desapareció cuando él comenzó a lamerla y a saborear su fuerte sabor salado.

Era adictivo, al igual que el delicado temblor de sus piernas, con las que lo rodeaba. No necesitó mucho tiempo para llevarla al límite y se deleitó en su respiración jadeante, la sensación de su cuerpo curvándose hacia arriba, los estremecimientos que la recorrían de arriba abajo. Sonrió satisfecho, a pesar de que seguía reprimiendo su desesperada necesidad de liberarse. Tenía que demostrarle a Paula que en aquel momento comenzaba su vida en común y que era más importante que el pasado al que ella se aferraba y que él no recordaba. Quería agradarle, satisfacerla hasta que fuera totalmente suya, hasta que no deseara nada más. Lo que tenían era más que suficiente. Y Paula estaría sin duda de acuerdo después de volver a alcanzar el clímax. Se inclinó sobre ella para mirarla a los ojos, que le brillaban como una noche estrellada. Entonces, sólo cuando ella hubo terminado, la penetró con delicadeza. Tembló por el profundo placer de estar dentro de ella. Ella lo atrajo hacia sí y lo abrazó. Y él se perdió en el éxtasis de ser uno con su esposa. Aunque pareciera imposible, fue tan delicioso como la vez anterior. Mejor. No lo entendía, pero dejó de pensar cuando ella lo rodeó con las piernas y le demostró cuánto lo deseaba. Siglos después, los latidos del corazón de Pedro disminuyeron, y él se sintió lo suficientemente recuperado como para separarse de Paula y ponérsela encima. Sólo entonces comenzó a funcionarle el cerebro. A pesar del placer increíble que habían compartido, sus pensamientos le inquietaban, sobre todo la sorprendente idea de que el sexo con ella le producía un placer que no era simplemente físico, sino más profundo.


-¡Papá! ¡Papá! —los gritos de placer de Nicolás resonaron en la piscina cubierta de la mansión.

Paula alzó la vista del periódico y vió que Pedro salía del agua como un dios marino, todo músculo y virilidad. Desde la noche de su boda habían dormido juntos, ya que le había sido imposible resistirse. Había vuelto a conocer el olor, el gusto y el tacto de su espléndido cuerpo, a descubrir la pasión y el placer que le producía. Sin embargo, conocer su cuerpo no disminuía la intensidad de sus reacciones. El mero hecho de verlo en bañador le aceleraba el pulso. Pedro lanzó a Nicolás hacia arriba y lo recogió al caer. El niño chillaba de alegría. Su hijo. Su marido. La emoción le hizo un nudo en la garganta. Los dos estaban desarrollando la clase de relación con la que ella siempre había soñado. Al principio, Pedro anduvo con cautela, casi con desconfianza, como si tratar a un niño pequeño equivaliera a relacionarse con un extraterrestre. Pero, poco a poco, se había ido acostumbrando a él y había surgido la camaradería entre ellos, una relación basada en mucho más que el deber. Al principio, ella había temido que, aunque él se hubiera mantenido inflexible en que quería que su hijo estuviera con él, hasta el punto de casarse con ella, fuera la clase de padre que ella había padecido, el que se ocupaba de las necesidades de su hijo, pero nunca se relacionaba con él, el que considera la paternidad una obligación, sobre todo cuando el hijo resulta ser muy distinto de él y de sus hermanos.

—¡Papá! —la voz de Nicolás se hizo más aguda al pedirle a su padre que lo volviera a lanzar.

Paula sabía que ese tono era una señal inequívoca de que Nicolás estaba cansado y sobrexcitado y que, si continuaba jugando, acabaría llorando. Iba a prevenir a Pedro, pero éste se le adelantó. Puso al niño en el agua y le fue mostrando los seres marinos que había en el mural de una de las paredes. Al cabo de unos segundos de lloriquear, el niño se interesó y trató de repetir las palabras que le decía su padre. Se relajó. Pedro comprendía a su hijo. Tenía una disposición innata para ser padre. Le gustaba estar con Nicolás. ¿Qué otra razón podía haber para que pasara tanto tiempo en la casa en vez de estar en su despacho? Aunque seguía trabajando mucho, su horario laboral se había hecho más flexible. Aquel día había llegado a media tarde, a una hora en que ella y Nicolás siempre estaban en la piscina, y llevaba media hora jugando en el agua con él. Había hecho lo correcto: Nicolás y Pedro estaban desarrollando una relación basada en el respeto y el amor, algo que sería para siempre y que ella siempre había deseado para su hijo. Lo tendría con los dos progenitores, aunque lo único que los mantuviera juntos fuera su hijo. Y la lujuria. Hizo una mueca, avergonzada al tener que reconocer el deseo que Pedro provocaba en ella.

Pasión Imborrable: Capítulo 39

Ella no dijo nada. Se quedó sentada, con los ojos cerrados, mientras le quitaba el velo. Él le apretó los hombros para que se levantara, y ella obedeció. Abrió los ojos y vió su expresión inescrutable. ¿Qué se esperaba? ¿El reflejo de las deliciosas sensaciones que ella había tenido un rato antes? Había sido arcilla en sus manos, tan ansiosa que ni siquiera se había podido quitar su precioso vestido. Sintió que las mejillas le ardían. Con él siempre le pasaba lo mismo.

-Ya sigo yo, gracias —pero él ya estaba tirando del corpiño.

Lo miró a hurtadillas; él no le examinaba la piel desnuda, sino la cara.

-Déjame a mí.

Cuando le quitó el vestido, se dió cuenta de que ya le había quitado los zapatos y se quedó frente a él con el sujetador, las ligas y las medias, totalmente vulnerable. Pero el brillo de los ojos de Pedro le impidió cubrirse. Sintió que algo crecía en su interior. Se sintió casi poderosa, deseada, incluso, durante un instante de locura, valorada.

—¿Hablabas en serio al decirme que no había habido nadie desde el accidente? —le preguntó antes de pensarlo dos veces.

Él se inclinó hacia ella mientras la agarraba por los brazos. Ella creyó que no iba a contestar, pero finalmente asintió.

—Sí, no ha habido nadie —no parecía contento de reconocerlo, como si fuera algo que afectara a su masculinidad.

Pero Paula sintió un júbilo tal que no se dio cuenta. ¿Llevaba todo aquel tiempo esperándola inconscientemente? Trató de desechar aquella idea absurda, pero no lo consiguió.

-Candela me dijo que no habían sido amantes —le espetó—, y que no pensabas casarte con ella.

—Te dije que no me comporto así. Candela es una amiga de la infancia, nada más.

—Siento no haberme fiado de tí—alzó con cautela la mano y la puso sobre una de las suyas.

No era ella la única culpable de que la relación se hubiera terminado, pero se dio cuenta de que su disposición a creer lo peor, alimentada por su sentimiento de no dar la talla y por las mentiras de Diana, había desempeñado un papel fundamental. Sintió un nudo en la garganta, mezcla de esperanza y miedo, mientras esperaba que le respondiera.

-Pues ya sabes la verdad. El pasado no importa.

«Claro que importa», quiso gritarle. Si hubieran sido capaces de confiar el uno en el otro, tal vez siguieran juntos todavía, juntos de verdad, no unidos por el yugo de un matrimonio de conveniencia.

—Creo que no me traicionaste, Pedro. ¿Te resulta tan difícil creer que no te traicioné?

Pedro la miró y volvió a sentir una emoción extraña, que trató de rechazar. Era desconocida para un hombre que había construido su vida en torno a la lógica y a la autosuficiencia.

-Creo que no se gana nada reviviendo el pasado, sino que tenemos que crear un futuro juntos, con nuestro hijo —le pareció que los ojos de ella se llenaban de lágrimas, y le dolió que él fuera el culpable, pero se negaba a mentir ni siquiera para apaciguar a la mujer con la que iba a compartir la vida.

Creer en la palabra de una mujer sin pruebas le resultaba tan extraño como respirar bajo el agua. Ella no podía pedirle en serio que aceptara, porque se lo decía ella a quien ni siquiera recordaba, que se había equivocado al acusarla de infidelidad. Debía de tener excelentes razones para acusarla y, hasta que no supiera más, se reservaba el juicio.

—Tengo que colgar el vestido —dijo ella mientras trataba de librarse de sus manos.

Aunque no lo acusó ni le hizo ningún reproche, él percibió su decepción y sintió algo parecido al pesar, lo cual no le gustó en absoluto.

-Después —le respondió.

¿No entendía ella que le daba todo lo que podía dadas las circunstancias?, ¿que ya se arriesgaba bastante al ligarse a una mujer desconocida por el bien de su hijo... y por la fuerza inexplicable que había entre ellos? ¡No! No estaba dispuesto a entrar en ese terreno femenino regido por las emociones en vez del sentido común.

-Esto es más importante que el vestido —la atrajo hacia sí deleitándose en el roce delicado del encaje del sujetador y de sus senos en su pecho.

Sin darle tiempo a protestar la besó en la boca. Eso era real, tangible. La atracción entre ambos crepitaba y se retorcía como una corriente viva. Le puso una mano en la cabeza para sujetarla mejor mientras con la otra la apretaba contra sí. El deseo que lo consumía se burlaba de sus propósitos de autocontrol. Percibió vagamente que no la estaba seduciendo sino arremetiendo contra ella, pero no podía detenerse ni pensar. Poco a poco, la rigidez de Paula desapareciendo y le puso las manos en el cuello. El se estremeció de placer cuando ella se apretó contra él como si tampoco pudiera saciarse de la poderosa pasión que los gobernaba.

Pasión Imborrable: Capítulo 38

A Pedro le resultaba increíble haber perdido el control de aquel modo. Estaban discutiendo y un minuto después, él la embestía con la suavidad de un semental desenfrenado. Verla derretirse ante sus caricias, su expresión de asombro y de deseo lo había llevado al límite y anulado todas sus afirmaciones de ser un hombre civilizado. Con ella perdía el control, la sutileza y la compostura. Llevaba semanas tratando de controlar el deseo desesperado y creciente que lo con-sumía, pero no se había imaginado que el resultado sería tan brutal y bárbaro. Se pasó la mano por la cara y se miró al espejo del cuarto de babo. Sus ojos brillaban de satisfacción y emoción porque Paula, su esposa, estaba en la habitación de al lado, en su cama. Agarró una toalla y salió.  Ella seguía como la había dejado, saciada, y con las medias y los zapatos puestos. Al verle las piernas, el vestido arrugado y el triángulo de pelo oscuro, sintió una descarga en la entre-pierna. ¿Había sido siempre igual con ella? Nunca había reaccionado así ante otra mujer, y eso le preocupaba. Pero ya volvía a desearla y, la vez siguiente, antepondría las necesidades de ella para demostrarle que no era un bruto que no sabía seducir a una mujer. Mientras se tendía, desnudo, en la cama de al lado, ella no se movió. El vestido que le había costado una fortuna era insalvable, pero no le importaba. Ella estaba medio dormida, exhausta después de la tosquedad con que la había tratado. Tenía que dejarla descansar, pero no podía dejarla dormir vestida, porque estaría incómoda. Le agarró un pie. Paula, consciente sólo a medias, sintió que algo se le deslizaba por la espalda. Estaba en la cama, todavía con el traje de novia. Pedro se lo había desabrochado y había introducido las manos para masajearle la espalda que ella, instintivamente, arqueó.

-Estás despierta.

Paula deseó haberse despertado sola. El recuerdo de lo que habían hecho no la abandonaba. El olor a sexo impregnaba el aire y le recordaba la facilidad con que había alcanzado el clímax y sus nulos intentos de escapar, cómo había sucumbido sin luchar a pesar de sus bellas afirmaciones de que no era un objeto. ¿Qué había hecho? ¿Cómo podría volverse a mirar a la cara?

—¿Estás bien? —le preguntó él mientras la agarraba por los hombros

-Sí —mintió ella al tiempo que trataba de eliminar el delicioso temblor que le había provocado el contacto de sus manos.

¿Acaso no tenía orgullo? Le sería muy fácil volver enamorarse de Pedro. ¿Y adónde la llevaría una relación unilateral en la que ella se lo daría todo y él sólo lo que le conviniera? Pero era demasiado tarde. No había vuelta atrás. El amargo vacío con el que había vivido tanto tiempo había desaparecido, pero necesitaba tiempo para entender lo que todo aquello significaba.

-Voy a ayudarte a quitarte el vestido. No debes de estar cómoda.

-Puedo hacerlo sola —se movió hacia un lado de la cama para apartarse de él y no mirarlo a los ojos, pues estaba segura de que se daría cuenta del efecto que provocaba en ella.

 Se sentó y se sostuvo el corpiño con la mano. Se quedó inmóvil cuando Pedro rodeó la cama y se puso frente a ella... desnudo, un Adonis revivido; un Adonis, excitado. Tragó saliva con dificultad y trató de que el corazón no se le desbocan. Acababa de experimentar dos veces un clímax de una intensidad inusitada, por lo que no debería tener más ganas. Cerró los ojos tratando de eliminar la imagen de Pedro, de su potente virilidad frente a ella. Pero no había escapatoria: tenía la imagen grabada en el cerebro.

-Será más fácil si te ayudo, Paula.

Pasión Imborrable: Capítulo 37

-No lo dirás en serio.

—¿Sabes una cosa? Me estoy cansando de que me digas lo que digo en serio o lo que siento.

Se apartó de ella bruscamente. Paula estaba libre, la falda ya no le sujetaba las rodillas ni su mano estaba puesta en la parte más íntima de Pedro. Se sintió aliviada, desde luego.  Inspiró profundamente. En unos instante se levantaría y... Unas manos poderosas le subieron desde los tobillos por las pantorrillas y las rodillas. Cuando quiso reaccionar, habían llegado a los muslos y se habían detenido en las ligas que Candela había insistido en que se pusiera. Atónita, lo miró a la cara. Él observaba sus propias manos jugando con las ligas. Las sensaciones increíblemente eróticas que le producían sus caricias la dejaron sin aliento. Intentó incorporarse para apartarlo de sí, pero era demasiado tarde, pues él ya había subido más arriba y de un simple tirón le rompió las bragas. La mirada de Pedro detuvo el instantáneo movimiento de ella para cubrirse. Sintió que la sangre le hervía al ver aquella mirada: deseosa, posesiva, intensa... El aire se hizo más espeso y tuvo dificultades para respirar. La lana suave de los pantalones masculinos le rozó los muslos cuando él se puso de rodillas entre sus piernas y se las abrió. El deseo explotó en su interior y la sangre comenzó a circularle más deprisa en sus temblorosos miembros. Tenía que resistirse al poder de seducción de Pedro. Pero en aquel momento, frente a la realidad del desenfrenado deseo masculino, su propio deseo anuló toda resistencia. Lo único en lo que pensaba era en que no la había traicionado, en que no había tenido otra amante cuando estaban juntos y, si decía la verdad, ni siquiera desde que se habían separado. Lo que sentía por él no había muerto.

—Lo único que me haría detenerme ahora sería que me dijeras que no quieres —Pedro alzó la cabeza y la inmovilizó con la mirada—. ¿Vas a decirme que no quieres? —al tiempo que hablaba, uno de sus dedos se deslizó por los pliegues húmedos más sensibles y vulnerables de Paula.

Ella experimentó una sacudida ante la avalancha de emociones que le produjo aquella caricia íntima. Se sentía viva y llena de deseo. Abrió la boca para decirle que parara, pero el dedo de Alessandro se introdujo en su interior y los músculos de ella se aferraron a él. Casi sollozó de placer ante la suave e insistente caricia. Aquello era simplemente maravilloso. Hacía tanto tiempo y...

—Paula, estoy esperando que me contestes.

Era su última oportunidad, pero el ritmo y el ángulo de la caricia cambiaron, y el mundo estalló en mil pedazos a su alrededor mientras una oleada de sensaciones la invadía a causa del contacto de sus dedos. Sintió mucho calor cuando se produjo el repentino clímax, tan intenso y alucinante como ningún otro. Sólo la mirada de Pedro la mantuvo entera. En medio de la exquisita delicia que abrumaba sus sentidos, los ojos de él no se apartaron de los suyos. Instantes después, él la penetró con un poderoso movimiento y las piernas de Paula le rodearon las caderas. Aquello era mejor, mucho mejor. Su virilidad la llenaba por completo. Lo sentía respirar en su cuello, mientras su pecho se apretaba contra el de ella y le frotaba los senos. Él le pasó los brazos por debajo del cuerpo y la levantó para que cada embestida le llegara más adentro.  Los músculos de ella habían comenzado a relajarse, pero incitados por la fuerza imparable de Pedro, volvieron bruscamente a la vida. Al escucharlo decir su nombre, al sentir que sus dientes le arañaban el cuello, la tensión volvió a crecer dentro de ella y respondió a aquella pasión tan primitiva que nunca antes había experimentado del mismo modo. La fuerza que empujaba a Pedro era tan elemental, que Paula sintió como si la hubiera marcado con un hierro candente de por vida. Y le encantó. Una última embestida, y Paula miró a Alessandro a los ojos cuando una explosión más intensa que la primera los sacudió a los dos. Oyó que decía su nombre, se oyó a sí misma gritar, sintió el calor de la semilla de Pedro en su interior al tiempo que una ola se los llevaba a los dos y se derrumbaban juntos.