Pedro estaba en la terraza de la suite mirando la calle y a las personas que iban a trabajar. Era la hora punta de la mañana, y él ya llevaba trabajando varias horas. Solía empezar temprano y acabar tarde. Pero esa mañana... Se pasó una mano por el pelo, enfadado. Había dormido incluso menos de lo habitual, acosado por sueños tentadores de miembros entrelazados con los suyos, de ojos azules que lo invitaban a la satisfacción sexual. Cada vez que se había despertado, sudando, jadeante y totalmente excitado, lo había hecho porque, en el sueño, Paula huía en vez de permitirles la satisfacción que ambos anhelaban. Se pasó la mano por la cara recién afeitada. Incluso en sueños, ella se negaba. No podía creerse que se hubiera marchado, sobre todo después de percibir el deseo que había en ella, tan devorador como el suyo. Era un milagro que la ropa de ambos no se hubiera desintegrado debido al ardor de su pasión. ¿Sería una táctica para provocarlo, para hacer que quisiera más y después dejarlo lleno de deseo? ¿Qué esperaba ganar con ello? Negó con la cabeza. Ninguna mujer era tan buena actriz. Además, él se sabía todos los trucos que empleaban las mujeres que se dedicaban a maquinar, y Paula no había fingido la excitación. De ninguna manera: a él lo había deseado. Entonces, ¿Por qué lo negó? Tenía que haberse tomado las cosas con calma en vez de dar rienda suelta a su deseo.
La noche anterior no había actuado racionalmente. La había asustado. Se leía la desesperación en sus ojos mientras retrocedía hacia la puerta, e incluso le pareció que le brillaban en exceso. Sintió una punzada de remordimiento yfrunció el ceño. Su equipo de seguridad le había asegurado que ella había llegado a casa sana y salva, sin darse cuenta de que la seguían. Pero se sentía culpable: había huido por su culpa. Se volvió a pasar la mano por la cara. No recordaba haber actuado antes de forma tan irreflexiva. ¿Se había comportado con ella siempre así? La pregunta lo fascinaba, pero desconocer la respuesta le ponía furioso. Estaba muy cerca, pero las respuestas continuaban siéndole esquivas.
El sonido del teléfono móvil interrumpió sus pensamientos. Era Bruno, el jefe de seguridad, para informarle de los movimientos de Paula aquella mañana. Pedro le dió una orden y, quitándose el teléfono de la oreja, esperó a que llegara la imagen que Bruno le enviaba. Ahí estaba. Paula con el traje oscuro que ya conocía. Pero lo que le llamó la atención fue el bulto que llevaba en los brazos: un bebé. ¡Paula tenía un hijo! Pedro se quedó sin respiración mientras miraba la imagen, incrédulo. ¿De quién era? ¿Del novio del que se había separado? ¿De otro hombre? ¿De un amante duradero o de uno pasajero? Sus turbulentos pensamientos le produjeron dolor al principio, pero, después, experimentó otra emoción que amenazaba con ahogarlo: furia, ira porque ella hubiera estado con otro hombre. No le importaba cómo o por qué ellos dos se hubieran separado porque todos sus instintos le decían que Paula le pertenecía. ¿No había quedado claro después de la noche anterior? La intensidad de su pasión convertía en insignificante cualquier otra relación. Había ido a buscar respuestas, pero se había dado cuenta de que no le bastaban. También la quería durante el tiempo que la atracción entre ellos durara. Verla cómo llevaba en brazos al hijo de otro lo quemaba por dentro, y eso hubiera debido curarlo de la lujuria. Pero, en lugar de ello, experimentó lan irrefrenable necesidad de descubrir la identidad del padre y destrozarle la cara.
jueves, 8 de agosto de 2019
Pasión Imborrable: Capítulo 10
Ella le golpeó las manos para que las retirara mientras trataba de escapar y tropezaba con un zapato. Su autoestima se había hecho añicos. Trató de bajarse la falda con manos temblorosas. No veía con claridad.
-Deja que te ayude.
—¡No! —se dio la vuelta para mirarlo mientras extendía los brazos para que no se le acercara.
A pesar de que Pedro tenía carmín en la cara y la camisa abierta, parecía poderoso y tranquilo, y más sexy de lo que le debería estar permitido a un hombre. Pero Paula se fijó en cómo le subía y bajaba el pecho, cómo le sobresalían los tendones del cuello y se le habían tensado los músculos de la cara. Estaba colorado y respiraba con dificultad: pruebas de pura lujuria animal. Eso era lo único que siempre había sentido por ella. ¿Cuándo aprendería? Se dió asco. Sentía un peso tan grande en el corazón que respirar era una agonía. Pero fue peor darse cuenta de lo que había hecho. Un beso... un beso y había comenzado a tirarle de la camisa, desesperada por sentir su cuerpo contra el de él, incitándola a hacerla suya. Había provocado su propia degradación. Y le había vuelto a demostrar que era un consumado seductor, lo cual no era ninguna excusa, pues tenía que haber podido resistirse. ¿Dónde estaba su autoestima?
—No me toques —susurró ella mientras se bajaba la falda. De forma involuntaria se le tensaron los músculos internos. Su traicionero cuerpo seguía dispuesto a ser tomado. Saberlo eliminó los últimos restos de su orgullo.
-Va bene. Como quieras —el brillo salvaje de sus ojos era una advertencia de que no estaba dispuesto a que lo siguiera contrariando durante mucho tiempo—. De momento, vamos a hablar.
Paula sintió que la garganta le ardía y desvió la vista, incapaz de seguir soportando su mirada escrutadora. Comenzó a andar lentamente. Él no la siguió, sino que se quedó donde estaba, con los brazos en jarras, como si estuviera esperando a que ella entrara en razón.
—Tenemos que hablar, Paula.
De ninguna manera. Ya habían hablado bastante por una noche. Se dio cuenta de que tenía la blusa abierta y se le veía el sujetador. ¿Cómo había sido? Se la abrochó y lanzó una mirada acusadora a Pedro, pero éste no dijo nada y se limitó a cruzar los brazos. A pesar de su inmovilidad, Paula no pudo librarse de la impresión de que sólo esperaba para abalanzarse sobre ella. ¿Tendría la suficiente determinación para detenerlo la próxima vez?
-No voy a quedarme para que me vuelvas a atacar.
—¡Atacarte! Ni en sueños. Te morías por que te tocara.
Sus palabras arrogantes fueron la gota que hizo rebosar el vaso, porque eran ciertas. Ella era débil y nada la protegería de él, nada salvo marcarse un farol.
-Sentía curiosidad, eso es todo. Además, hacía tiempo que no...
—¿Te has estado reservando, cara?
El tono de su voz le urgía a asentir y a declarar que no había habido nadie más después de él. ¿No estaría encantado? Paula se sintió llena de furia, de ira ante el hombre que le había arrebatado la inocencia, el amor y la confianza y que creía que podía volver a tenerla simplemente chasqueando los dedos.
-No —mintió y apartó la mirada.
La tenía subyugada. ¿Qué sería necesario para que dejara de perseguirla? La desesperación la llevó a soltar lo primero que se le ocurrió.
-He discutido con mi novio y...
—¿Tu novio? —gritó él—. ¿Lo echabas de menos? ¡No me irás a decir que estabas pensando en él hace un momento!
—¿Por qué no?
-No te creo.
Pero había sembrado en él la semilla de la duda, lo cual era evidente por su repentina palidez. Paula experimentó una leve sensación de triunfo. Tal vez pudiera finalmente protegerse de él.
-Puede creer lo que quiera, conde Alfonso.
-No uses el título conmigo —le espetó él—. No soy un desconocido —al ver que ella no respondía sino que daba algunos pasos más hacia el vestíbulo, añadió en tono de desaprobación—: No pensarás salir con ese aspecto.
Estaba despeinada, descalza y medio vestida. Tenía los labios hinchados por la intensidad de la pasión compartida y los pezones se le notaban desvergonzadamente a través de la blusa. Cualquiera que la viera sabría lo que había hecho. Tenía que elegir: o salir de forma ignominiosa de la suite con aspecto de libertina o hablar con Pedro. Antes de que él pudiera dar un paso, le dijo:
-Ya verás.
-Deja que te ayude.
—¡No! —se dio la vuelta para mirarlo mientras extendía los brazos para que no se le acercara.
A pesar de que Pedro tenía carmín en la cara y la camisa abierta, parecía poderoso y tranquilo, y más sexy de lo que le debería estar permitido a un hombre. Pero Paula se fijó en cómo le subía y bajaba el pecho, cómo le sobresalían los tendones del cuello y se le habían tensado los músculos de la cara. Estaba colorado y respiraba con dificultad: pruebas de pura lujuria animal. Eso era lo único que siempre había sentido por ella. ¿Cuándo aprendería? Se dió asco. Sentía un peso tan grande en el corazón que respirar era una agonía. Pero fue peor darse cuenta de lo que había hecho. Un beso... un beso y había comenzado a tirarle de la camisa, desesperada por sentir su cuerpo contra el de él, incitándola a hacerla suya. Había provocado su propia degradación. Y le había vuelto a demostrar que era un consumado seductor, lo cual no era ninguna excusa, pues tenía que haber podido resistirse. ¿Dónde estaba su autoestima?
—No me toques —susurró ella mientras se bajaba la falda. De forma involuntaria se le tensaron los músculos internos. Su traicionero cuerpo seguía dispuesto a ser tomado. Saberlo eliminó los últimos restos de su orgullo.
-Va bene. Como quieras —el brillo salvaje de sus ojos era una advertencia de que no estaba dispuesto a que lo siguiera contrariando durante mucho tiempo—. De momento, vamos a hablar.
Paula sintió que la garganta le ardía y desvió la vista, incapaz de seguir soportando su mirada escrutadora. Comenzó a andar lentamente. Él no la siguió, sino que se quedó donde estaba, con los brazos en jarras, como si estuviera esperando a que ella entrara en razón.
—Tenemos que hablar, Paula.
De ninguna manera. Ya habían hablado bastante por una noche. Se dio cuenta de que tenía la blusa abierta y se le veía el sujetador. ¿Cómo había sido? Se la abrochó y lanzó una mirada acusadora a Pedro, pero éste no dijo nada y se limitó a cruzar los brazos. A pesar de su inmovilidad, Paula no pudo librarse de la impresión de que sólo esperaba para abalanzarse sobre ella. ¿Tendría la suficiente determinación para detenerlo la próxima vez?
-No voy a quedarme para que me vuelvas a atacar.
—¡Atacarte! Ni en sueños. Te morías por que te tocara.
Sus palabras arrogantes fueron la gota que hizo rebosar el vaso, porque eran ciertas. Ella era débil y nada la protegería de él, nada salvo marcarse un farol.
-Sentía curiosidad, eso es todo. Además, hacía tiempo que no...
—¿Te has estado reservando, cara?
El tono de su voz le urgía a asentir y a declarar que no había habido nadie más después de él. ¿No estaría encantado? Paula se sintió llena de furia, de ira ante el hombre que le había arrebatado la inocencia, el amor y la confianza y que creía que podía volver a tenerla simplemente chasqueando los dedos.
-No —mintió y apartó la mirada.
La tenía subyugada. ¿Qué sería necesario para que dejara de perseguirla? La desesperación la llevó a soltar lo primero que se le ocurrió.
-He discutido con mi novio y...
—¿Tu novio? —gritó él—. ¿Lo echabas de menos? ¡No me irás a decir que estabas pensando en él hace un momento!
—¿Por qué no?
-No te creo.
Pero había sembrado en él la semilla de la duda, lo cual era evidente por su repentina palidez. Paula experimentó una leve sensación de triunfo. Tal vez pudiera finalmente protegerse de él.
-Puede creer lo que quiera, conde Alfonso.
-No uses el título conmigo —le espetó él—. No soy un desconocido —al ver que ella no respondía sino que daba algunos pasos más hacia el vestíbulo, añadió en tono de desaprobación—: No pensarás salir con ese aspecto.
Estaba despeinada, descalza y medio vestida. Tenía los labios hinchados por la intensidad de la pasión compartida y los pezones se le notaban desvergonzadamente a través de la blusa. Cualquiera que la viera sabría lo que había hecho. Tenía que elegir: o salir de forma ignominiosa de la suite con aspecto de libertina o hablar con Pedro. Antes de que él pudiera dar un paso, le dijo:
-Ya verás.
Pasión Imborrable: Capítulo 9
Pero su mente se había embarcado en una batalla perdida, pues su cuerpo ya había capitulado.
—!Yo! —tenía que escapar, que mantenerse firme—. No quiero...
Era demasiado tarde. Guiado por el instinto infalible de un depredador nato, Pedro aprovechó su momentáneo descuido e introdujo la lengua en su boca abierta. Paula se quedó sin respiración mientras lo que la rodeaba estallaba en mil pedazos. Él le acarició la lengua y la parte interna de las mejillas. La sujetó con fuerza por la nuca e inclinó más la cabeza para poder entrar más adentro con una lenta meticulosidad que hizo que ella se estremeciera. Paula le agarró los hombros con fuerza. Dejó de sentir pánico. Movió la boca con precaución al mismo tiempo que la de él, siguiendo la danza del deseo que muchas otras veces habían bailado. Imitó los movimientos masculinos y, lentamente, como si se despertara de un periodo de hibernación, sintió que la fuerza de la vida le estallaba en las venas. Pronto comenzó a responder a las exigencias de él con las suyas propias. Estaba en la gloria. Deslizó las manos de los hombros al cuello y de allí a su pelo corto, que acarició con dedos desesperados. Él era real, sólido, maravilloso, no el efímero fantasma de sus sueños. Lo necesitaba cerca, más cerca, para satisfacer su reavivado deseo que le pedía más. Embriagada, recordó a medias a Alessandro dándole placer, abrazándola con fuerza como si nunca fuera a soltarla, la chispa instantánea de reconocimiento y comprensión que se había producido entre ambos cuando se vieron. Pero eran sombras de recuerdos porque se hallaba enfrascada en volver a aprender cómo era Pedro, cómo eran su pelo, sus labios y su lengua, el acero caliente de sus brazos en torno a ella, los músculos y huesos de su largo cuerpo, su sabor y olor. Se apoyó en él, deleitándose al sentir sus senos contra el duro pecho masculino. Se puso de puntillas para conseguir más, para aproximarse más a él, para perderse en el lujo y la excitación de sus besos.
Pedro lanzó un gemido apagado mientras la rodeaba con el otro brazo por las nalgas y la levantaba del suelo. Paula se entregó a cada una de las exquisitas sensaciones que experimentaba: la unión de sus bocas, la formidable fuerza que la envolvía, la piel ardiente bajo sus dedos mientras le acariciaba la mandíbula y las mejillas. Él comenzó a andar hasta que ella sintió algo sólido contra la espalda. ¿Una pared? ¿Un sofá? Había perdido el sentido de la orientación. Él inclinó las caderas y el deseo estalló en ella. La pelvis de ambos se hallaban perfectamente alineadas, el pesado bulto de los pantalones masculinos anunciaba el placer que llegaría. Ella comenzó a sentir un latido punzante entre las piernas, una necesidad a flor de piel que la hacía retorcerse de anticipación.
—¡Cómo me tientas! ¡Como una sirena! —murmuró él con voz ronca.
Paula echó la cabeza hacia atrás e inspiró con fuerza. Pedro le besó ardientemente la cara y el cuello y cada beso provocó una pequeña explosión de placer en el tenso cuerpo de ella Y el no dejaba de empujarla con su cuerpo como si pudiera deshacer la barrera formada por la ropa de ambos y provocar el éxtasis que anhelaban. Bajó la mano hasta el muslo de ella para agarrarle la falda y subírsela. Abrió la boca porque presentía vagamente que debería protestar, pero él volvió a introducirle la lengua, dejándola sin respiración y sin capacidad para pensar. Y volvió a darle placer con un beso tan dulce y tan exigente a la vez que aniquiló los últimos restos de resistencia por parte de ella, que alzó las piernas y le rodeó las caderas. El deseo agridulce que experimentaba entre las piernas y, aún más profundamente, en el vientre se convirtió en un latido regular. Apretó con fuerza las caderas de él con las piernas. Y él, como si la hubiera entendido, se apretó más contra ella y llevó su erección justamente hasta... allí. ¡Sí! Era lo que ella quería, que le calentara el cuerpo y el alma que llevaban tanto tiempo helados. Las grandes manos masculinas bajaron por debajo de su falda arrugada y después le subieron por los muslos hasta tocarle la piel desnuda y temblorosa.
—Llevas medias —murmuró él—. Tu forma de vestir volvería loco a cualquier hombre.
Ella no lo escuchaba. Sintió su aliento en sus labios, pero no entendió lo que decía, sólo su tono de aprobación. Le desabrochó la pajarita, desesperada por sentir su piel en las manos. Los dedos masculinos se deslizaron por sus muslos. Se retorció mientras le tiraba de la camisa hasta que consiguió rompérsela y que se abriera. Él manifestó su aprobación con un torrente de palabras italianas, pero apenas se dió cuenta, pues se hallaba en el paraíso mientras le acariciaba el vello y la piel y sentía los rápidos latidos de su corazón. El movió las manos y le rozó con los nudillos la tela húmeda de las bragas.
—Cara, sabía que lo deseabas tanto como yo —le introdujo los dedos por debajo de la goma mientras trataba de quitarse el cinturón.
La dura e implacable realidad reapareció para ella en un momento de helada claridad. La embriagadora excitación se evaporó mientras la mente comenzaba a funcionarle ¿Lo produjo la ansiosa caricia de sus dedos en el más íntimo de todos los lugares? ¿La forma experimentada en que se había desabrochado los pantalones? ¿La petulante satisfacción de su voz? Su mente le gritó indignada que ni siquiera la deseaba a ella, sino sólo sexo, una satisfacción física, y que cualquier mujer le serviría, pero era ella la que estaba disponible. Más que eso, dispuesta, desesperada por tenerlo. Horrorizada, se quedó inmóvil. ¿Qué había hecho? Consentir que su soledad y los recuerdos de la felicidad que habían compartido la dejaran caer en una tentación que la destruiría.
—¡No! ¡Para! —avergonzada, lo empujó con todas sus fuerzas mientras se retorcía para apartarle las manos y bajar las piernas—. ¡Suéltame!
Se movió de forma tan inesperada que él no pudo impedírselo e incluso se retiró unos centímetros preciosos que permitieron que ella bajara las piernas, y fue entonces, al poner los pies en el suelo, cuando se dio cuenta que lo que tenía detrás era una pared. Tuvo que esforzarse en controlar el temblor de sus piernas para no caerse. Él había estado a punto de tomarla contra una pared de su suite! ¡Y completamente vestida! Después de todo lo que había pasado, ¿Cómo podía haber sido tan débil?
-Paula...
—!Yo! —tenía que escapar, que mantenerse firme—. No quiero...
Era demasiado tarde. Guiado por el instinto infalible de un depredador nato, Pedro aprovechó su momentáneo descuido e introdujo la lengua en su boca abierta. Paula se quedó sin respiración mientras lo que la rodeaba estallaba en mil pedazos. Él le acarició la lengua y la parte interna de las mejillas. La sujetó con fuerza por la nuca e inclinó más la cabeza para poder entrar más adentro con una lenta meticulosidad que hizo que ella se estremeciera. Paula le agarró los hombros con fuerza. Dejó de sentir pánico. Movió la boca con precaución al mismo tiempo que la de él, siguiendo la danza del deseo que muchas otras veces habían bailado. Imitó los movimientos masculinos y, lentamente, como si se despertara de un periodo de hibernación, sintió que la fuerza de la vida le estallaba en las venas. Pronto comenzó a responder a las exigencias de él con las suyas propias. Estaba en la gloria. Deslizó las manos de los hombros al cuello y de allí a su pelo corto, que acarició con dedos desesperados. Él era real, sólido, maravilloso, no el efímero fantasma de sus sueños. Lo necesitaba cerca, más cerca, para satisfacer su reavivado deseo que le pedía más. Embriagada, recordó a medias a Alessandro dándole placer, abrazándola con fuerza como si nunca fuera a soltarla, la chispa instantánea de reconocimiento y comprensión que se había producido entre ambos cuando se vieron. Pero eran sombras de recuerdos porque se hallaba enfrascada en volver a aprender cómo era Pedro, cómo eran su pelo, sus labios y su lengua, el acero caliente de sus brazos en torno a ella, los músculos y huesos de su largo cuerpo, su sabor y olor. Se apoyó en él, deleitándose al sentir sus senos contra el duro pecho masculino. Se puso de puntillas para conseguir más, para aproximarse más a él, para perderse en el lujo y la excitación de sus besos.
Pedro lanzó un gemido apagado mientras la rodeaba con el otro brazo por las nalgas y la levantaba del suelo. Paula se entregó a cada una de las exquisitas sensaciones que experimentaba: la unión de sus bocas, la formidable fuerza que la envolvía, la piel ardiente bajo sus dedos mientras le acariciaba la mandíbula y las mejillas. Él comenzó a andar hasta que ella sintió algo sólido contra la espalda. ¿Una pared? ¿Un sofá? Había perdido el sentido de la orientación. Él inclinó las caderas y el deseo estalló en ella. La pelvis de ambos se hallaban perfectamente alineadas, el pesado bulto de los pantalones masculinos anunciaba el placer que llegaría. Ella comenzó a sentir un latido punzante entre las piernas, una necesidad a flor de piel que la hacía retorcerse de anticipación.
—¡Cómo me tientas! ¡Como una sirena! —murmuró él con voz ronca.
Paula echó la cabeza hacia atrás e inspiró con fuerza. Pedro le besó ardientemente la cara y el cuello y cada beso provocó una pequeña explosión de placer en el tenso cuerpo de ella Y el no dejaba de empujarla con su cuerpo como si pudiera deshacer la barrera formada por la ropa de ambos y provocar el éxtasis que anhelaban. Bajó la mano hasta el muslo de ella para agarrarle la falda y subírsela. Abrió la boca porque presentía vagamente que debería protestar, pero él volvió a introducirle la lengua, dejándola sin respiración y sin capacidad para pensar. Y volvió a darle placer con un beso tan dulce y tan exigente a la vez que aniquiló los últimos restos de resistencia por parte de ella, que alzó las piernas y le rodeó las caderas. El deseo agridulce que experimentaba entre las piernas y, aún más profundamente, en el vientre se convirtió en un latido regular. Apretó con fuerza las caderas de él con las piernas. Y él, como si la hubiera entendido, se apretó más contra ella y llevó su erección justamente hasta... allí. ¡Sí! Era lo que ella quería, que le calentara el cuerpo y el alma que llevaban tanto tiempo helados. Las grandes manos masculinas bajaron por debajo de su falda arrugada y después le subieron por los muslos hasta tocarle la piel desnuda y temblorosa.
—Llevas medias —murmuró él—. Tu forma de vestir volvería loco a cualquier hombre.
Ella no lo escuchaba. Sintió su aliento en sus labios, pero no entendió lo que decía, sólo su tono de aprobación. Le desabrochó la pajarita, desesperada por sentir su piel en las manos. Los dedos masculinos se deslizaron por sus muslos. Se retorció mientras le tiraba de la camisa hasta que consiguió rompérsela y que se abriera. Él manifestó su aprobación con un torrente de palabras italianas, pero apenas se dió cuenta, pues se hallaba en el paraíso mientras le acariciaba el vello y la piel y sentía los rápidos latidos de su corazón. El movió las manos y le rozó con los nudillos la tela húmeda de las bragas.
—Cara, sabía que lo deseabas tanto como yo —le introdujo los dedos por debajo de la goma mientras trataba de quitarse el cinturón.
La dura e implacable realidad reapareció para ella en un momento de helada claridad. La embriagadora excitación se evaporó mientras la mente comenzaba a funcionarle ¿Lo produjo la ansiosa caricia de sus dedos en el más íntimo de todos los lugares? ¿La forma experimentada en que se había desabrochado los pantalones? ¿La petulante satisfacción de su voz? Su mente le gritó indignada que ni siquiera la deseaba a ella, sino sólo sexo, una satisfacción física, y que cualquier mujer le serviría, pero era ella la que estaba disponible. Más que eso, dispuesta, desesperada por tenerlo. Horrorizada, se quedó inmóvil. ¿Qué había hecho? Consentir que su soledad y los recuerdos de la felicidad que habían compartido la dejaran caer en una tentación que la destruiría.
—¡No! ¡Para! —avergonzada, lo empujó con todas sus fuerzas mientras se retorcía para apartarle las manos y bajar las piernas—. ¡Suéltame!
Se movió de forma tan inesperada que él no pudo impedírselo e incluso se retiró unos centímetros preciosos que permitieron que ella bajara las piernas, y fue entonces, al poner los pies en el suelo, cuando se dio cuenta que lo que tenía detrás era una pared. Tuvo que esforzarse en controlar el temblor de sus piernas para no caerse. Él había estado a punto de tomarla contra una pared de su suite! ¡Y completamente vestida! Después de todo lo que había pasado, ¿Cómo podía haber sido tan débil?
-Paula...
jueves, 1 de agosto de 2019
Pasión Imborrable: Capítulo 8
-¡Pedro! —exclamó ella con voz ronca por la sorpresa.
Él se detuvo. El sonido de su nombre en boca de ella le resultaba profundamente familiar. Todo en ella le resultaba conocido, la forma en que su cuerpo se acoplaba al de él, su atractivo femenino al sujetarla contra sí. Trató de no apresurarse, de actuar con sensatez. Pero desde el momento en que ella había entrado, todo había cambiado. Su precaución y su respeto por los detalles de la buena conducta social se habían evaporado. Se sentía arrastrado por un instinto primario que anulaba la lógica y las convenciones. La tenía sujeta muy cerca de sí. Sus senos se apoyaban en el torso de él y las caderas de ambos se tocaban. Al llegar, fatigada pero desafiante, él había puesto en duda la necesidad de tener que verla aquella noche. Pero tales dudas se evaporaron al sentir su cuerpo y oír su respiración jadeante. Aunque los ojos de ella echaran chispas, la forma de acoplarse a su cuerpo desmentía su indignación. A pesar de que él no se acordara conscientemente de ella, su cuerpo la recordaba. Sus entradas le relataban una historia de conocimiento y deseo. La miró a los ojos y tuvo la impresión de caer desde la niebla hacia un lugar claro y soleado. Aspiró su aroma a canela y el cerebro le gritó: «¡Sí! ¡Es ella!».
—¡Pedro! —repitió ella con más determinación en la voz mientras sus manos lo empujaban para separarlo. Pero hubo una nota de vacilación que la traicionó.
Él le acarició la mejilla.
-No tienes derecho a hacer esto. Suéltame —pero había dejado de forcejear y se limitaba a mantenerse erguida mientras la abrazaba.
—¿No te parece bien? —deslizó el pulgar hasta su boca y le acarició el labio inferior mientras sentía el calor de su aliento en la piel.
Ella abrió la boca. Él sintió un fuego en su interior al ver cómo respondía a una simple caricia. Abrió más las piernas y la atrajo con más fuerza hacia la pelvis. Sentía la promesa del éxtasis en la sangre, que le corría cada vez más deprisa exigiéndole que actuara. Pero controló el impulso: tenía que saber y entender además de sentir.
-Me has concedido el derecho al reaccionar de esa manera —volvió a deslizar el pulgar por sus labios presionando con más fuerza hasta sentir la punta de su lengua contra el dedo. Todos sus músculos se tensaron ante el deseo avasallador que experimentó. !Madonna mia! ¿Qué fuerza tenía aquella mujer que el mero roce de su lengua hacía trizas su autocontrol? La sorpresa le oscureció los ojos.
-No he hecho nada —protestó ella en voz ronca. De repente volvió a empujarlo para separarse.
-Paula —le encantaba decir su nombre—. ¿Vas a negar esto?
Deslizó hábilmente la mano hasta la nuca de ella y sintió su pelo sedoso en la palma. Después la atrajo hacia sí e inclinó la cabeza buscando sus labios. Ella volvió la cara. Los sentidos de Pedro se llenaron de la suavidad aterciopelada de su piel, de la dulce tentación del perfume de su cuerpo, mientras le rozaba la oreja con los labios. Ella dejó de moverse de inmediato. ¿Lo hacía a causa de las mismas sensaciones que él experimentaba? Deslizó la boca hasta su cuello y luego volvió a la oreja y le lamió el lóbulo. Ella dio un respingo entre sus brazos y él la oyó suspirar.
-No puedes negar esto —murmuró él.
La piel de ella tenía un sabor dulce. Le besó la mandíbula, la barbilla, el lunar que tenía debajo de la boca. Se echó hacia atrás durante una fracción de segundo para mirarle la cara y sonrió satisfecho al ver que tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos como si le incitara a reclamarlos. El pelo se le había comenzado a soltar al forcejear. Se dio cuenta de que no era negro como pensó en el baile, sino castaño oscuro con tonos rojizos. En su cerebro se formó la imagen de un pelo oscuro sobre blancas almohadas y de sus manos extendiéndolo. No era una imagen, sino un recuerdo. El de Paula en la cama con él, su sonrisa perezosa, sus dientes tan blancos como la nieve que se veía por la ventana. El impacto que le produjo ese inesperado recuerdo le hizo perder el equilibrio, por lo que se aferró a ella con fuerza. Era el segundo recuerdo en una sola noche. Supo que había hecho bien en ir hasta allí. Con Paula podría abrir la puerta del pasado, recuperar lo que había perdido. Cuando recordara, se vería libre de la sensación de haber perdido algo, de que su vida no estaba completa. Y entonces podría seguir adelante reconciliado con la vida.
-Pedro —ella había abierto los ojos, que expresaban sorpresa y pesar—. Suéltame, por favor.
Le habían enseñado a respetar los deseos de una mujer. El código de honor de los Alfonso estaba profundamente arraigado en él: nunca forzaría a una mujer. Pero era demasiado tarde para fingir: a pesar de lo que dijera, Paula lo deseaba tanto como él a ella. Un beso no les hada daño alguno.
-Después de esto —murmuró—. Te prometo que te gustará —tanto como a él.
Le agarró la cabeza, hizo que la volviera hacia él y apretó su boca contra la de ella. Paula trató de separarse de él. La desesperación dio nuevas fuerzas a sus cansados miembros, pero sin resultado alguno. Él la abrazó con más fuerza si cabía. Era mucho más fuerte que ella. Saberlo debería haberla asustado. Sin embargo, una parte de ella se regocijó: la hedonista que había descubierto al conocer a Pedro, la amante a quien habían cautivado su masculinidad y su fuerza, la mujer con el corazón desgarrado que había amado y perdido a su amor y que secretamente esperaba que volviera. Luchaba tanto contra él como contra sí misma. Unos labios cálidos se unieron a los suyos, y un escalofrío de deseo la recorrió de pies a cabeza. Fue instantáneo, devorador e innegable, pero se negó a rendirse. Apoyó las manos en los hombros de él y se echó hacia atrás todo lo que le dieron los brazos. Estaba desesperada por escapar, ya que recordaba muy bien cómo reaccionaba siempre ante él. El beso fue inesperadamente tierno, una suave caricia de sus labios sobre la línea cerrada de la boca de ella. El calor del cuerpo masculino calentó el suyo. La abrazaba como si no fuera a soltarla nunca. Otra ilusión. Trató de reavivar su determinación, su desprecio.
Él se detuvo. El sonido de su nombre en boca de ella le resultaba profundamente familiar. Todo en ella le resultaba conocido, la forma en que su cuerpo se acoplaba al de él, su atractivo femenino al sujetarla contra sí. Trató de no apresurarse, de actuar con sensatez. Pero desde el momento en que ella había entrado, todo había cambiado. Su precaución y su respeto por los detalles de la buena conducta social se habían evaporado. Se sentía arrastrado por un instinto primario que anulaba la lógica y las convenciones. La tenía sujeta muy cerca de sí. Sus senos se apoyaban en el torso de él y las caderas de ambos se tocaban. Al llegar, fatigada pero desafiante, él había puesto en duda la necesidad de tener que verla aquella noche. Pero tales dudas se evaporaron al sentir su cuerpo y oír su respiración jadeante. Aunque los ojos de ella echaran chispas, la forma de acoplarse a su cuerpo desmentía su indignación. A pesar de que él no se acordara conscientemente de ella, su cuerpo la recordaba. Sus entradas le relataban una historia de conocimiento y deseo. La miró a los ojos y tuvo la impresión de caer desde la niebla hacia un lugar claro y soleado. Aspiró su aroma a canela y el cerebro le gritó: «¡Sí! ¡Es ella!».
—¡Pedro! —repitió ella con más determinación en la voz mientras sus manos lo empujaban para separarlo. Pero hubo una nota de vacilación que la traicionó.
Él le acarició la mejilla.
-No tienes derecho a hacer esto. Suéltame —pero había dejado de forcejear y se limitaba a mantenerse erguida mientras la abrazaba.
—¿No te parece bien? —deslizó el pulgar hasta su boca y le acarició el labio inferior mientras sentía el calor de su aliento en la piel.
Ella abrió la boca. Él sintió un fuego en su interior al ver cómo respondía a una simple caricia. Abrió más las piernas y la atrajo con más fuerza hacia la pelvis. Sentía la promesa del éxtasis en la sangre, que le corría cada vez más deprisa exigiéndole que actuara. Pero controló el impulso: tenía que saber y entender además de sentir.
-Me has concedido el derecho al reaccionar de esa manera —volvió a deslizar el pulgar por sus labios presionando con más fuerza hasta sentir la punta de su lengua contra el dedo. Todos sus músculos se tensaron ante el deseo avasallador que experimentó. !Madonna mia! ¿Qué fuerza tenía aquella mujer que el mero roce de su lengua hacía trizas su autocontrol? La sorpresa le oscureció los ojos.
-No he hecho nada —protestó ella en voz ronca. De repente volvió a empujarlo para separarse.
-Paula —le encantaba decir su nombre—. ¿Vas a negar esto?
Deslizó hábilmente la mano hasta la nuca de ella y sintió su pelo sedoso en la palma. Después la atrajo hacia sí e inclinó la cabeza buscando sus labios. Ella volvió la cara. Los sentidos de Pedro se llenaron de la suavidad aterciopelada de su piel, de la dulce tentación del perfume de su cuerpo, mientras le rozaba la oreja con los labios. Ella dejó de moverse de inmediato. ¿Lo hacía a causa de las mismas sensaciones que él experimentaba? Deslizó la boca hasta su cuello y luego volvió a la oreja y le lamió el lóbulo. Ella dio un respingo entre sus brazos y él la oyó suspirar.
-No puedes negar esto —murmuró él.
La piel de ella tenía un sabor dulce. Le besó la mandíbula, la barbilla, el lunar que tenía debajo de la boca. Se echó hacia atrás durante una fracción de segundo para mirarle la cara y sonrió satisfecho al ver que tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos como si le incitara a reclamarlos. El pelo se le había comenzado a soltar al forcejear. Se dio cuenta de que no era negro como pensó en el baile, sino castaño oscuro con tonos rojizos. En su cerebro se formó la imagen de un pelo oscuro sobre blancas almohadas y de sus manos extendiéndolo. No era una imagen, sino un recuerdo. El de Paula en la cama con él, su sonrisa perezosa, sus dientes tan blancos como la nieve que se veía por la ventana. El impacto que le produjo ese inesperado recuerdo le hizo perder el equilibrio, por lo que se aferró a ella con fuerza. Era el segundo recuerdo en una sola noche. Supo que había hecho bien en ir hasta allí. Con Paula podría abrir la puerta del pasado, recuperar lo que había perdido. Cuando recordara, se vería libre de la sensación de haber perdido algo, de que su vida no estaba completa. Y entonces podría seguir adelante reconciliado con la vida.
-Pedro —ella había abierto los ojos, que expresaban sorpresa y pesar—. Suéltame, por favor.
Le habían enseñado a respetar los deseos de una mujer. El código de honor de los Alfonso estaba profundamente arraigado en él: nunca forzaría a una mujer. Pero era demasiado tarde para fingir: a pesar de lo que dijera, Paula lo deseaba tanto como él a ella. Un beso no les hada daño alguno.
-Después de esto —murmuró—. Te prometo que te gustará —tanto como a él.
Le agarró la cabeza, hizo que la volviera hacia él y apretó su boca contra la de ella. Paula trató de separarse de él. La desesperación dio nuevas fuerzas a sus cansados miembros, pero sin resultado alguno. Él la abrazó con más fuerza si cabía. Era mucho más fuerte que ella. Saberlo debería haberla asustado. Sin embargo, una parte de ella se regocijó: la hedonista que había descubierto al conocer a Pedro, la amante a quien habían cautivado su masculinidad y su fuerza, la mujer con el corazón desgarrado que había amado y perdido a su amor y que secretamente esperaba que volviera. Luchaba tanto contra él como contra sí misma. Unos labios cálidos se unieron a los suyos, y un escalofrío de deseo la recorrió de pies a cabeza. Fue instantáneo, devorador e innegable, pero se negó a rendirse. Apoyó las manos en los hombros de él y se echó hacia atrás todo lo que le dieron los brazos. Estaba desesperada por escapar, ya que recordaba muy bien cómo reaccionaba siempre ante él. El beso fue inesperadamente tierno, una suave caricia de sus labios sobre la línea cerrada de la boca de ella. El calor del cuerpo masculino calentó el suyo. La abrazaba como si no fuera a soltarla nunca. Otra ilusión. Trató de reavivar su determinación, su desprecio.
Pasión Imborrable: Capítulo 7
Paula frunció el ceño ante aquella fijación por su aspecto.
-Estás menos moreno que antes y más delgado.
Cuando se conocieron, él había estado de vacaciones en la nieve, por lo que el sol le había dorado la piel. Su cuerpo era puro músculo. Paula había mirado sus juguetones ojos verdes y su sonrisa sensual que le hacía sentir como si fuera la única mujer que hubiera en el mundo, y, sin pensarlo dos veces, se había enamorado perdidamente de él. Él se volvió a llevar la copa a los labios, pero antes ella observó que hacía una mueca irónica.
—Trabajo mucho.
¿Tanto que no tenía tiempo de comer? Paula apartó la mirada mientras se recriminaba por preocuparse por él.
-Por lo que veo, hay cosas que no cambian.
Las últimas semanas que habían estado juntos, Pedro se había servido del trabajo como excusa para no estar con ella. Al principio, Paula creyó que había un problema en la empresa o con el hecho de que él hubiera tomado las riendas tras la muerte del padre; pero sus preguntas, sus intentos de comprender y de prestarle apoyo habían sido rechazados con firmeza. La empresa iba bien; él estaba bien; ella se preocupaba demasiado; él tenía responsabilidades que atender. Recordaba la letanía. Pedro la había excluido de su vida metódicamente, día tras día, hora tras hora, hasta que su única comunicación quedó reducida a las horas previas al alba, cuando él la poseía con una pasión tan ardiente que a punto estaba de consumirlos. Hasta que ella descubrió que no eran únicamente los negocios lo que lo mantenía apartado, que tenía tiempo para otras cosas, para otras personas. Había sido una ingenua al creer que él se contentaría con compartir su cama con una mujer inocente y sencilla.
-Ser presidente de una multinacional implica una enorme responsabilidad.
-Ya lo sé —ella había dejado de preocuparse por la cantidad de horas que trabajaba, de tratar de entender lo que le había ocurrido al hombre encantador y atento del que se había enamorado, que también trabajaba mucho, pero que sabía cuándo dejarlo y al que le gustaba estar con ella.
Paula sintió un nudo en el estómago. Lo que hubieran compartido se había acabado. Él le había dejado muy claro que nunca estaría a la altura de sus exigencias. Entonces, ¿Qué hacía allí? Aquella conversación no iba a llevarlos a ninguna parte y sólo serviría para abrir viejas heridas. Se levantó de un salto.
-Me alegro mucho de verte, pero me tengo que ir. Es tarde.
Apenas había acabado de hablar cuando él ya estaba de pie frente a ella, tan cerca que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Instintivamente dio un paso atrás.
-No puedes marcharte todavía.
-Puedo y lo voy a hacer —se negaba a volver a hacer el ridículo por su culpa—. Hemos terminado.
—¿Terminado? —su boca se curvó en una tensa sonrisa—. Entonces, ¿Qué te parece esto? —la atrajo hacia sí y bajó la cabeza.
-Estás menos moreno que antes y más delgado.
Cuando se conocieron, él había estado de vacaciones en la nieve, por lo que el sol le había dorado la piel. Su cuerpo era puro músculo. Paula había mirado sus juguetones ojos verdes y su sonrisa sensual que le hacía sentir como si fuera la única mujer que hubiera en el mundo, y, sin pensarlo dos veces, se había enamorado perdidamente de él. Él se volvió a llevar la copa a los labios, pero antes ella observó que hacía una mueca irónica.
—Trabajo mucho.
¿Tanto que no tenía tiempo de comer? Paula apartó la mirada mientras se recriminaba por preocuparse por él.
-Por lo que veo, hay cosas que no cambian.
Las últimas semanas que habían estado juntos, Pedro se había servido del trabajo como excusa para no estar con ella. Al principio, Paula creyó que había un problema en la empresa o con el hecho de que él hubiera tomado las riendas tras la muerte del padre; pero sus preguntas, sus intentos de comprender y de prestarle apoyo habían sido rechazados con firmeza. La empresa iba bien; él estaba bien; ella se preocupaba demasiado; él tenía responsabilidades que atender. Recordaba la letanía. Pedro la había excluido de su vida metódicamente, día tras día, hora tras hora, hasta que su única comunicación quedó reducida a las horas previas al alba, cuando él la poseía con una pasión tan ardiente que a punto estaba de consumirlos. Hasta que ella descubrió que no eran únicamente los negocios lo que lo mantenía apartado, que tenía tiempo para otras cosas, para otras personas. Había sido una ingenua al creer que él se contentaría con compartir su cama con una mujer inocente y sencilla.
-Ser presidente de una multinacional implica una enorme responsabilidad.
-Ya lo sé —ella había dejado de preocuparse por la cantidad de horas que trabajaba, de tratar de entender lo que le había ocurrido al hombre encantador y atento del que se había enamorado, que también trabajaba mucho, pero que sabía cuándo dejarlo y al que le gustaba estar con ella.
Paula sintió un nudo en el estómago. Lo que hubieran compartido se había acabado. Él le había dejado muy claro que nunca estaría a la altura de sus exigencias. Entonces, ¿Qué hacía allí? Aquella conversación no iba a llevarlos a ninguna parte y sólo serviría para abrir viejas heridas. Se levantó de un salto.
-Me alegro mucho de verte, pero me tengo que ir. Es tarde.
Apenas había acabado de hablar cuando él ya estaba de pie frente a ella, tan cerca que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Instintivamente dio un paso atrás.
-No puedes marcharte todavía.
-Puedo y lo voy a hacer —se negaba a volver a hacer el ridículo por su culpa—. Hemos terminado.
—¿Terminado? —su boca se curvó en una tensa sonrisa—. Entonces, ¿Qué te parece esto? —la atrajo hacia sí y bajó la cabeza.
Pasión Imborrable: Capítulo 6
-Grazie, Roberto. Es todo por esta noche.
-Hay refrescos en el aparador si les apetece, señores —nada en el mayordomo indicó que considerara a la mujer que tenía frente a sí como a otra trabajadora. Hizo una inclinación de cabeza y se marchó silenciosamente.
-Siéntate, por favor —dijo Pedro. Durante unos instantes creyó que no iba a aceptar.
Ella se sentó en una silla. Las lámparas le iluminaban el rostro, en el que se apreciaba una tensión en los labios apretados que él no había observado antes. Parecía cansada. Pedro miró el reloj. Era muy tarde. Estaba acostumbrado a trabajar hasta altas horas de la noche, con la ayuda de la cafeína y de su propia energía. Le remordió la conciencia. Debería haber dejado aquello para el día siguiente, pero no había sido capaz de pasar por alto la frustración que lo acometía sin piedad. Estaba tan cerca de hallar una respuesta que no descansaría hasta que la tuviera. Ya se había frustrado su primer intento cuando, al verla en el baile, se había quedado sin habla al reconocerla y el único pensamiento que se le había ocurrido había sido abrazarla y no soltarla. Su propia vulnerabilidad en aquellos momentos lo había desconcertado y avergonzado. Nunca se había sentido tan perdido, ni en los negocios ni en su trato con las mujeres. Pero se había recuperado y no le volvería a suceder: Pedro Alfonso no era vulnerable.
—¿Quieres té, café?—le ofreció—. ¿Vino?
-No quiero nada —respondió ella, desafiante. Aquella chispa de rebelión le coloreó las mejillas e hizo que sus ojos brillaran.
Pedro se sirvió un coñac y se sentó frente a ella, que no había dejado de mirarlo con esos ojos luminosos que lo habían cautivado desde el momento en que la vió. ¿Qué veía? ¿Estaba haciendo una lista de las diferencias que observaba en él? Se sorprendió al percatarse de lo mucho que le gustaría leerle el pensamiento y saber qué sentía. ¿Experimentaba la misma tensión que él?
-Veo que te has fijado en la cicatríz.
El color de las mejillas de ella se intensificó, pero no apartó la mirada ni le contestó. Pedro no era vanidoso, por lo que no le importaba aquella imperfección en su rostro. Además, las mujeres reaccionaban ante su riqueza y posición en la misma medida que ante su aspecto. A pesar de que afirmaran que buscaban a un hombre que fuera amable y encantador, él sabía lo volubles que eran. Ni los votos matrimoniales ni los lazos de sangre entre madre e hijo las detenían cuando encontraban a otro que les ofreciera más riqueza y prestigio, lo cual personalmente no le importaba, ya que disponía de ambos en abundancia. Si, en el futuro, llegaba a desear a una mujer de forma permanente, tendría dónde elegir.
—¿Te resulto repulsivo?
¿Repulsivo? Paula deseó que así fuera porque, de ese modo, podría dejar de mirarlo. El corazón le latía con fuerza. Trató de disimular lo que le costaba respirar al sentirse envuelta por su potente aura masculina. Siempre había sido así. Pero había creído que el tiempo y el sentido común la curarían de su terrible debilidad.
-¿Me has hecho venir para hablar de tu aspecto? —le preguntó Paula, pues la sensatez le indicó que no contestara a su pregunta.
Horrorizada, se dió cuenta de que le resultaba más atractivo que antes. Ni siquiera la cicatriz que se extendía desde una ceja hasta la sien restaba belleza a sus hermosos rasgos. Apretó las manos en el regazo alarmada al descubrir que Pedro seguía ejerciendo sobre ella una atracción puramente animal que no podía negar, pero a la que no iba a sucumbir. Estaba curada.
-No dejas de mirarme la cicatríz —se llevó la copa a los labios.
Paula observó el movimiento de su garganta al tragar y se le aceleró el pulso. Casi nunca lo había visto vestido de manera formal, pero el traje aumentaba aún más su magnetismo. Pedro había sido un enigma complejo, siempre elegante incluso con ropa informal, incluso sin ropa. Pero al mismo tiempo había en él algo terrenal y masculino, innatamente más fuerte que el barniz de la riqueza y los siglos de buena educación.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
Paula se puso colorada al darse cuenta de que se lo estaba imaginando desnudo. A pesar de despreciarlo, seguía siendo una mujer que respondía a su tremendo atractivo físico.
-En nada, en lo que has cambiado.
—¿Tanto he cambiado? —se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
-Hace... —se detuvo a tiempo. Él no tenía que saber que recordaba con detalle
cuánto tiempo hacía que no se veían—. Hace ya tiempo. La gente cambia.
—¿En que he cambiado?
-Pues, para empezar, tienes una cicatríz —se contuvo para no hacerle preguntas sobre su salud. ¿Había tenido un accidente? ¿Lo habían operado? Se dijo que no le importaba.
-Ahora gozo de excelente salud —respondió él como si le hubiera leído el pensamiento.
-Desde luego. De lo contrario, no estarías aquí —si estuviera enfermo, se encontraría en Italia al cuidado de los mejores médicos en vez de haberla convocado en su habitación de madrugada para hablar.
¿Qué era lo que quería? Sólo podía haber un motivo de su presencia allí, sólo podía desear una cosa: su hijo. Sin duda había decidido que, finalmente, quería quedarse con Nicolás. Pedro no hacía las cosas a medias. Si quería algo, se apoderaba de ello. Y era indudable que cualquier italiano normal querría a su hijo. El miedo se instaló en su corazón. Si estaba en lo cierto, ¿Qué posibilidad tenía de evitarlo?
—¿En qué más he cambiado?
-Hay refrescos en el aparador si les apetece, señores —nada en el mayordomo indicó que considerara a la mujer que tenía frente a sí como a otra trabajadora. Hizo una inclinación de cabeza y se marchó silenciosamente.
-Siéntate, por favor —dijo Pedro. Durante unos instantes creyó que no iba a aceptar.
Ella se sentó en una silla. Las lámparas le iluminaban el rostro, en el que se apreciaba una tensión en los labios apretados que él no había observado antes. Parecía cansada. Pedro miró el reloj. Era muy tarde. Estaba acostumbrado a trabajar hasta altas horas de la noche, con la ayuda de la cafeína y de su propia energía. Le remordió la conciencia. Debería haber dejado aquello para el día siguiente, pero no había sido capaz de pasar por alto la frustración que lo acometía sin piedad. Estaba tan cerca de hallar una respuesta que no descansaría hasta que la tuviera. Ya se había frustrado su primer intento cuando, al verla en el baile, se había quedado sin habla al reconocerla y el único pensamiento que se le había ocurrido había sido abrazarla y no soltarla. Su propia vulnerabilidad en aquellos momentos lo había desconcertado y avergonzado. Nunca se había sentido tan perdido, ni en los negocios ni en su trato con las mujeres. Pero se había recuperado y no le volvería a suceder: Pedro Alfonso no era vulnerable.
—¿Quieres té, café?—le ofreció—. ¿Vino?
-No quiero nada —respondió ella, desafiante. Aquella chispa de rebelión le coloreó las mejillas e hizo que sus ojos brillaran.
Pedro se sirvió un coñac y se sentó frente a ella, que no había dejado de mirarlo con esos ojos luminosos que lo habían cautivado desde el momento en que la vió. ¿Qué veía? ¿Estaba haciendo una lista de las diferencias que observaba en él? Se sorprendió al percatarse de lo mucho que le gustaría leerle el pensamiento y saber qué sentía. ¿Experimentaba la misma tensión que él?
-Veo que te has fijado en la cicatríz.
El color de las mejillas de ella se intensificó, pero no apartó la mirada ni le contestó. Pedro no era vanidoso, por lo que no le importaba aquella imperfección en su rostro. Además, las mujeres reaccionaban ante su riqueza y posición en la misma medida que ante su aspecto. A pesar de que afirmaran que buscaban a un hombre que fuera amable y encantador, él sabía lo volubles que eran. Ni los votos matrimoniales ni los lazos de sangre entre madre e hijo las detenían cuando encontraban a otro que les ofreciera más riqueza y prestigio, lo cual personalmente no le importaba, ya que disponía de ambos en abundancia. Si, en el futuro, llegaba a desear a una mujer de forma permanente, tendría dónde elegir.
—¿Te resulto repulsivo?
¿Repulsivo? Paula deseó que así fuera porque, de ese modo, podría dejar de mirarlo. El corazón le latía con fuerza. Trató de disimular lo que le costaba respirar al sentirse envuelta por su potente aura masculina. Siempre había sido así. Pero había creído que el tiempo y el sentido común la curarían de su terrible debilidad.
-¿Me has hecho venir para hablar de tu aspecto? —le preguntó Paula, pues la sensatez le indicó que no contestara a su pregunta.
Horrorizada, se dió cuenta de que le resultaba más atractivo que antes. Ni siquiera la cicatriz que se extendía desde una ceja hasta la sien restaba belleza a sus hermosos rasgos. Apretó las manos en el regazo alarmada al descubrir que Pedro seguía ejerciendo sobre ella una atracción puramente animal que no podía negar, pero a la que no iba a sucumbir. Estaba curada.
-No dejas de mirarme la cicatríz —se llevó la copa a los labios.
Paula observó el movimiento de su garganta al tragar y se le aceleró el pulso. Casi nunca lo había visto vestido de manera formal, pero el traje aumentaba aún más su magnetismo. Pedro había sido un enigma complejo, siempre elegante incluso con ropa informal, incluso sin ropa. Pero al mismo tiempo había en él algo terrenal y masculino, innatamente más fuerte que el barniz de la riqueza y los siglos de buena educación.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
Paula se puso colorada al darse cuenta de que se lo estaba imaginando desnudo. A pesar de despreciarlo, seguía siendo una mujer que respondía a su tremendo atractivo físico.
-En nada, en lo que has cambiado.
—¿Tanto he cambiado? —se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
-Hace... —se detuvo a tiempo. Él no tenía que saber que recordaba con detalle
cuánto tiempo hacía que no se veían—. Hace ya tiempo. La gente cambia.
—¿En que he cambiado?
-Pues, para empezar, tienes una cicatríz —se contuvo para no hacerle preguntas sobre su salud. ¿Había tenido un accidente? ¿Lo habían operado? Se dijo que no le importaba.
-Ahora gozo de excelente salud —respondió él como si le hubiera leído el pensamiento.
-Desde luego. De lo contrario, no estarías aquí —si estuviera enfermo, se encontraría en Italia al cuidado de los mejores médicos en vez de haberla convocado en su habitación de madrugada para hablar.
¿Qué era lo que quería? Sólo podía haber un motivo de su presencia allí, sólo podía desear una cosa: su hijo. Sin duda había decidido que, finalmente, quería quedarse con Nicolás. Pedro no hacía las cosas a medias. Si quería algo, se apoderaba de ello. Y era indudable que cualquier italiano normal querría a su hijo. El miedo se instaló en su corazón. Si estaba en lo cierto, ¿Qué posibilidad tenía de evitarlo?
—¿En qué más he cambiado?
Pasión Imborrable: Capítulo 5
—Tienes diez minutos —repitió él.
—¿Y si no voy?
—Tú decides. Tengo que hablar contigo de asuntos personales. Creí que preferirías hacerlo en mi suite, pero, desde luego, puedo verte mañana mientras trabajas. Me parece que compartes el despacho con otros colegas. Es de suponer que nuestra conversación no les molestará.
Paula se imaginó cómo reaccionarían sus compañeros ante Pedro y sus «asuntos personales».
—No hay duda —prosiguió él con su delicioso acento—de que a tu jefe no le importará que trates un asunto privado en horas de trabajo. Aunque creo que todavía estás en periodo de prueba ampliado.
Paula se quedó muda al saber que había investigado sobre ella. ¿Cómo, si no, sabía lo del largo periodo de prueba a causa de haber conseguido el empleo sin el currículum adecuado? Se suponía que esos detalles eran confidenciales. Se puso a la defensiva al volver a sentir que no daba la talla, que no era lo bastante buena. Y aún más al sentirse acorralada y tener que hacer frente a una fuerza implacable e incontenible que amenazaba con dominarla. Experimentó el amargo sabor de la derrota. ¿O era el del miedo? El del miedo a que, a pesar de su negativa inicial, Pedro estuviera allí para quitarle a Nicolás.
—Dentro de diez minutos —le confirmó ella.
Pedro miraba la ciudad por la ventana sin ver los edificios, pues en su cerebro había aparecido la imagen de unos ojos azules grandes y cándidos. Una oleada de calor lo invadió desde la entrepierna al recordar el suave cuerpo de ella apoyado en el suyo. Desde el momento en que la había visto en el salón de baile, lo supo. El reconocimiento que había experimentado al ver la foto no fue nada comparado con la certeza instantánea de esa noche: esa mujer era suya. Se tomó de un trago el café que el mayordomo le había preparado. El breve recuerdo que había tenido le indicaba que no se habían separado en términos amistosos. ¡Lo había dejado plantado! Ninguna otra amante le había hecho algo así. Pero estaba completamente seguro de que seguía habiendo algo entre ellos, algo que explicara la molesta insatisfacción que lo perseguía desde el accidente. ¿Por qué se habían separado? Tenía la intención de descubrir todo lo que no recordaba de los meses anteriores al accidente. Y no dejaría que ella se escapara hasta haber obtenido respuestas. Desde el momento en que la abrazó tuvo la abrumadora sensación de que tenían un asunto pendiente. Y había algo más, aparte de la sensación inmediata de conexión y pertenencia: una agitación en su interior que tenía que proceder sin duda de emociones largo tiempo aletargadas. Había observado a Paula, la había escuchado y se había quedado estupefacto por la intensidad de los sentimientos encontrados que experimentaba. Había recurrido a toda su fuerza de voluntad para recuperarse de las heridas y sacar a flote el tambaleante negocio familiar. Había bloqueado todo lo que no fuera la necesidad de levantar una empresa que estaba al borde del desastre. Lo demás se había vuelto borroso, y hasta aquel momento nadie había conseguido alterar su serenidad; ni su madrastra, ni las muchas mujeres que habían pretendido llamar su atención, ni sus amigos.
A pesar del amplio círculo social en que se movía, era una persona solitaria como su padre, que se había aislado y concentrado únicamente en los negocios después de que su primera esposa lo traicionara y abandonara. En consecuencia, Pedro había aprendido muy pronto la forma de hacer las cosas de los Alfonso y había ocultado tras una fachada de calma su pena y desconcierto infantiles. Con los años, la fachada se había vuelto real. Había desarrollado la habilidad de reprimir las emociones fuertes y de distanciarse de su propia vulnerabilidad. Hasta aquella noche al ver a Paula Chaves, en que había... sentido cosas: descontento, deseo, pérdida. Frunció el ceño. No tenía tiempo para emociones, aunque sí para la lujuria. El deseo físico no le resultaba ajeno y se saciaba con facilidad. Pero las inquietantes sensaciones que le bullían en el pecho le resultaban desconocidas y eran producto de algo más complejo.
Llamaron a la puerta. Agradecido por la interrupción de sus desagradables pensamientos, dejó la taza y se dió la vuelta mientras el mayordomo cruzaba el vestíbulo. Se sintió sorprendido al darse cuenta de que estaba muy tenso. ¿Desde cuándo él, Pedro Alfonso, se ponía nervioso? Incluso cuando los especialistas le habían hablado de las complicaciones de sus heridas y de un periodo de larga convalecencia, sólo se había sentido impaciente por salir del hospital, sobre todo después de saber el impacto que había tenido su accidente, que se produjo poco después de la muerte de su padre. Los buitres habían comenzado a volar en círculo, dispuestos a aprovecharse de los errores que su padre había cometido en los últimos meses, cuando Pedro se hallaba incapacitado.
—La señorita Chaves, señor —el mayordomo la condujo al salón.
Ella se quedó en el umbral como si estuviera a punto de salir corriendo. La sorpresa de la conexión entre ambos volvió a golpear el pecho de Pedro. Ella levantó la mano con brusquedad para retocarse el pelo, pero la bajó al darse cuenta de que él la miraba. La tensión era palpable mientras se miraban a los ojos.
Paula Chaves parecía fuera de lugar en medio de la opulencia de la suite más exclusiva de todos los hoteles de Melbourne, a no ser, desde luego, que estuviera allí para proporcionar un servicio personal a su ocupante. Pedro pensó en el tipo de servicio «personal» que le gustaría recibir. Daba igual que conociera a muchas mujeres más hermosas, inteligentes y triunfadoras, que combinaban la elegancia con la habilidad para los negocios y estaban deseando compartir su cama. Paula tenía algo que la diferenciaba de ellas. Sus curvas horrorizarían a las mujeres que conocía en Milán y que siempre estaban a dieta. Llevaba el pelo recogido en una especie de moño. Iba maquillada discretamente y llevaba un traje de chaqueta azul marino que ninguna de las conocidas de Pedro se pondría ni aunque la mataran. Sin embargo, el modo en que se le había iluminado la cara de la emoción unas horas antes apuntaba a un atractivo más sutil. Y tenía unas piernas... Sus bien formadas pantorrillas y tobillos finos con zapatos de tacón y medias oscuras revivieron la adormecida libido de Pedro, que quería seguir explorándolas para descubrir si seguían siendo igual de atractivas en toda su longitud. El instinto, ¿o era el recuerdo?, le decía que eran soberbias, del mismo modo que sabía que la curvilínea figura de Paula y sus deliciosos labios le proporcionarían placer. Por fin dejó de mirar a la mujer que lo había atraído desde el otro extremo del mundo. Tenía que dejar de pensar en ella como fuera.
—¿Y si no voy?
—Tú decides. Tengo que hablar contigo de asuntos personales. Creí que preferirías hacerlo en mi suite, pero, desde luego, puedo verte mañana mientras trabajas. Me parece que compartes el despacho con otros colegas. Es de suponer que nuestra conversación no les molestará.
Paula se imaginó cómo reaccionarían sus compañeros ante Pedro y sus «asuntos personales».
—No hay duda —prosiguió él con su delicioso acento—de que a tu jefe no le importará que trates un asunto privado en horas de trabajo. Aunque creo que todavía estás en periodo de prueba ampliado.
Paula se quedó muda al saber que había investigado sobre ella. ¿Cómo, si no, sabía lo del largo periodo de prueba a causa de haber conseguido el empleo sin el currículum adecuado? Se suponía que esos detalles eran confidenciales. Se puso a la defensiva al volver a sentir que no daba la talla, que no era lo bastante buena. Y aún más al sentirse acorralada y tener que hacer frente a una fuerza implacable e incontenible que amenazaba con dominarla. Experimentó el amargo sabor de la derrota. ¿O era el del miedo? El del miedo a que, a pesar de su negativa inicial, Pedro estuviera allí para quitarle a Nicolás.
—Dentro de diez minutos —le confirmó ella.
Pedro miraba la ciudad por la ventana sin ver los edificios, pues en su cerebro había aparecido la imagen de unos ojos azules grandes y cándidos. Una oleada de calor lo invadió desde la entrepierna al recordar el suave cuerpo de ella apoyado en el suyo. Desde el momento en que la había visto en el salón de baile, lo supo. El reconocimiento que había experimentado al ver la foto no fue nada comparado con la certeza instantánea de esa noche: esa mujer era suya. Se tomó de un trago el café que el mayordomo le había preparado. El breve recuerdo que había tenido le indicaba que no se habían separado en términos amistosos. ¡Lo había dejado plantado! Ninguna otra amante le había hecho algo así. Pero estaba completamente seguro de que seguía habiendo algo entre ellos, algo que explicara la molesta insatisfacción que lo perseguía desde el accidente. ¿Por qué se habían separado? Tenía la intención de descubrir todo lo que no recordaba de los meses anteriores al accidente. Y no dejaría que ella se escapara hasta haber obtenido respuestas. Desde el momento en que la abrazó tuvo la abrumadora sensación de que tenían un asunto pendiente. Y había algo más, aparte de la sensación inmediata de conexión y pertenencia: una agitación en su interior que tenía que proceder sin duda de emociones largo tiempo aletargadas. Había observado a Paula, la había escuchado y se había quedado estupefacto por la intensidad de los sentimientos encontrados que experimentaba. Había recurrido a toda su fuerza de voluntad para recuperarse de las heridas y sacar a flote el tambaleante negocio familiar. Había bloqueado todo lo que no fuera la necesidad de levantar una empresa que estaba al borde del desastre. Lo demás se había vuelto borroso, y hasta aquel momento nadie había conseguido alterar su serenidad; ni su madrastra, ni las muchas mujeres que habían pretendido llamar su atención, ni sus amigos.
A pesar del amplio círculo social en que se movía, era una persona solitaria como su padre, que se había aislado y concentrado únicamente en los negocios después de que su primera esposa lo traicionara y abandonara. En consecuencia, Pedro había aprendido muy pronto la forma de hacer las cosas de los Alfonso y había ocultado tras una fachada de calma su pena y desconcierto infantiles. Con los años, la fachada se había vuelto real. Había desarrollado la habilidad de reprimir las emociones fuertes y de distanciarse de su propia vulnerabilidad. Hasta aquella noche al ver a Paula Chaves, en que había... sentido cosas: descontento, deseo, pérdida. Frunció el ceño. No tenía tiempo para emociones, aunque sí para la lujuria. El deseo físico no le resultaba ajeno y se saciaba con facilidad. Pero las inquietantes sensaciones que le bullían en el pecho le resultaban desconocidas y eran producto de algo más complejo.
Llamaron a la puerta. Agradecido por la interrupción de sus desagradables pensamientos, dejó la taza y se dió la vuelta mientras el mayordomo cruzaba el vestíbulo. Se sintió sorprendido al darse cuenta de que estaba muy tenso. ¿Desde cuándo él, Pedro Alfonso, se ponía nervioso? Incluso cuando los especialistas le habían hablado de las complicaciones de sus heridas y de un periodo de larga convalecencia, sólo se había sentido impaciente por salir del hospital, sobre todo después de saber el impacto que había tenido su accidente, que se produjo poco después de la muerte de su padre. Los buitres habían comenzado a volar en círculo, dispuestos a aprovecharse de los errores que su padre había cometido en los últimos meses, cuando Pedro se hallaba incapacitado.
—La señorita Chaves, señor —el mayordomo la condujo al salón.
Ella se quedó en el umbral como si estuviera a punto de salir corriendo. La sorpresa de la conexión entre ambos volvió a golpear el pecho de Pedro. Ella levantó la mano con brusquedad para retocarse el pelo, pero la bajó al darse cuenta de que él la miraba. La tensión era palpable mientras se miraban a los ojos.
Paula Chaves parecía fuera de lugar en medio de la opulencia de la suite más exclusiva de todos los hoteles de Melbourne, a no ser, desde luego, que estuviera allí para proporcionar un servicio personal a su ocupante. Pedro pensó en el tipo de servicio «personal» que le gustaría recibir. Daba igual que conociera a muchas mujeres más hermosas, inteligentes y triunfadoras, que combinaban la elegancia con la habilidad para los negocios y estaban deseando compartir su cama. Paula tenía algo que la diferenciaba de ellas. Sus curvas horrorizarían a las mujeres que conocía en Milán y que siempre estaban a dieta. Llevaba el pelo recogido en una especie de moño. Iba maquillada discretamente y llevaba un traje de chaqueta azul marino que ninguna de las conocidas de Pedro se pondría ni aunque la mataran. Sin embargo, el modo en que se le había iluminado la cara de la emoción unas horas antes apuntaba a un atractivo más sutil. Y tenía unas piernas... Sus bien formadas pantorrillas y tobillos finos con zapatos de tacón y medias oscuras revivieron la adormecida libido de Pedro, que quería seguir explorándolas para descubrir si seguían siendo igual de atractivas en toda su longitud. El instinto, ¿o era el recuerdo?, le decía que eran soberbias, del mismo modo que sabía que la curvilínea figura de Paula y sus deliciosos labios le proporcionarían placer. Por fin dejó de mirar a la mujer que lo había atraído desde el otro extremo del mundo. Tenía que dejar de pensar en ella como fuera.
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