Sólo una vez en su vida había experimentado sensaciones tan intensas: a los cinco años, cuando su madre lo abandonó por una vida regalada con su amante. Pedro se removió e hizo un gesto negativo con la cabeza para desterrar la borrosa imagen, al tiempo que volvía a ser consciente de que se hallaba en el salón de baile lleno de gente. Sin embargo, la intensa mezcla de emociones le seguía bullendo en el pecho. ¡Madonna mia! No era de extrañar que se sintiera vulnerable con semejantes sentimientos. ¿Quién era esa mujer para hacerle reaccionar de tal manera? Se mezclaron en él la ira y la impaciencia porque una mera casualidad lo hubiera llevado hasta allí, porque podía fácilmente haber evitado aquella oportunidad de saber más. Soltó la silla y sintió la huella pro-funda de la madera en la palma de la mano. La espera había terminado. Tendría las respuestas que buscaba aquella noche.
Paula se sacó un zapato a hurtadillas y movió los dedos de los pies. El baile estaba a punto de acabar. Entonces supervisaría cómo se recogía el salón y se preparaba para el desfile de moda del día siguiente. Suprimió un bostezo. Le dolían todos los huesos y lo único que quería era meterse en la cama. Bordeó la pista de baile para ir a comprobar... Una mano grande, cálida e insistente tomó la suya e hizo que se detuviera. Rápidamente, Paula adoptó una expresión serena para atender al huésped que había sobrepasado los límites al tocarla. Esperaba que no estuviera borracho. Puso una sonrisa profesional y se dió la vuelta. La sonrisa se evaporó. Durante unos instantes, el corazón le dejó de latir mientras miraba al hombre que tenía frente a sí, quien, a diferencia de la mayoría de los presentes, todavía llevaba la máscara. Tenía el pelo castaño y lo llevaba muy corto, por lo que se veía la hermosa forma de la cabeza. La máscara le ocultaba los ojos, pero ella captó un brillo oscuro. La boca era un corte duro sobre la barbilla fuerte y firme. Le miró la barbilla con los ojos como platos. No podía ser... Él se movió y ella aspiró el leve aroma de una colonia desconocida. El alma se le cayó a los pies. ¡Por supuesto que no era él! Una cicatriz ascendía por la frente del desconocido desde el borde de la máscara. El hombre que ella había conocido era tan hermoso como un joven dios, sin cicatrices. Tenía la tez dorada por las horas al sol, no pálida como la de aquel extraño. Y sin embargo... Sin embargo, en ese momento tuvo el estúpido deseo de que fuera él. Contra toda lógica y la necesidad de protegerse, lo deseó con todas sus fuerzas. Era un hombre alto, mucho más que ella a pesar de que llevaba tacones. Sin duda tan alto como... ¡No! No iba a seguir por ese camino. No iba a seguir jugando a ese lamentable juego.
—¿Qué desea? —le preguntó con voz ronca, más bien como una invitación íntima que como una fría pregunta. Lo maldijo en silencio por haberle hecho perder el control simplemente al recordarle a un hombre y una época que era mejor olvidar—. Creo que me ha confundido con otra persona —dijo en tono cortante, aunque tuvo el cuidado de no mostrar su enfado. Si podía salir de aquello sin alborotos, lo haría.
Paula trató de que le soltara la mano, pero él se la apretó con más fuerza y la trajo hacia sí. Ella dio un traspié, sorprendida por cómo la agarraba. Lo miró a los ojos. Esperaba que hablara de la comida o la música o que le pidiera algún tipo de ayuda. Su silencio la puso nerviosa y su instinto le gritó que tuviera cuidado.
—Tiene que soltarme —alzó la barbilla y deseó poder verle bien los ojos.
Él inclinó la cabeza y ella pensó, aliviada, que probablemente querría algo así como otra botella de vino para la mesa. Iba a preguntárselo cuando alguien la empujó y la lanzó contra el pecho del desconocido. Unas manos grandes la agarraron por los brazos. Frente a ella había un traje muy elegante, la masculina barbilla y un par de hombros que no le pasarían desapercibidos a ninguna mujer. Unos hombros como los de... Se mordió los labios. Aquello tenía que acabar. Otra pareja la empujó y, de pronto, se halló pegada a un cuerpo duro, caliente y fuerte. Se sintió mareada. Se imaginó que percibía cada músculo del cuerpo de él contra el suyo. Por debajo de la cara colonia, un vago aroma a piel masculina le hizo cosquillas en la nariz. El hombre le resultaba demasiado familiar, como si fuera un fantasma de uno de los interminables sueños que la perseguían. Su extraño silencio contribuía a aumentar la sensación de irrealidad. Entonces, una de las manos de él se deslizó por su espalda hasta justo antes de las nalgas. Paula sintió el calor del deseo, una sensación que llevaba siglos sin experimentar. Su cuerpo respondió temblando al masculino encanto del de aquel hombre.
—Tengo que irme. ¡Por favor! —la boca le tembló y, para su consternación, los ojos se le llenaron de lágrimas. Parte de ella deseó locamente sucumbir a la potente masculinidad de él porque le recordaba al hombre que le había enseñado los peligros de la atracción física instantánea. Tenía que salir de allí.
Con una fuerza producto de la desesperación, Paula consiguió separarse y se tambaleó cuando él la soltó de repente. Ella dió un paso vacilante hacia atrás, luego otro, mientras el hombre la miraba con ojos inescrutables y tan inmóvil como un depredador a punto de abalanzarse sobre ella. Se le hizo un nudo en la garganta a causa del pánico. Abrió la boca, pero no pudo articular sonido alguno. Después se dió la vuelta y se abrió paso a ciegas entre la multitud. El salón de baile se hallaba vacío salvo por los empleados que recogían y movían los muebles. Sonó un teléfono y cruzó los dedos para que no hubiera más problemas. Estaba exhausta y aún inquieta por el recuerdo del desconocido,
-Dígame.
-Paula, menos mal que te he encontrado. Reconoció la voz del nuevo empleado del turno de noche en recepción.
—Tienes una llamada urgente —prosiguió él—. Te la paso.
De pronto, todo el cansancio le desapareció. Se le hizo un vacío en el estómago que fue a llenar el miedo. ¿Le había pasado algo a Leo? ¿Estaba enfermo? ¿Había sufrido un accidente? El clic de la conexión telefónica resonó en sus oídos, así como el silencio que siguió.
—¿Qué pasa, Mariana?
Hubo una pausa en la que oyó el eco de su propia respiración. Después surgió una voz aterciopelada.
-Paula.
Sólo una palabra que bastó para que se le erizara todo el vello del cuerpo. Era la voz que la perseguía en sueños, la voz que, a pesar de todo, seguía teniendo el poder de derretirla. Comenzaron a temblarle las piernas y tuvo que sentarse en el borde de la mesa que había a su lado. Se agarró la garganta en un gesto desesperado. ¡No podía ser!
—Tenemos que vernos —dijo la voz del pasado—. Ahora.
martes, 30 de julio de 2019
Pasión Imborrable: Capítulo 2
Nada se obligó a sonreír porque sabía que Mariana podía leerle el pensamiento incluso por teléfono Te debo una.
-Desde luego. Puedes cuidar de Abril el fin de semana que viene.
-De acuerdo. Miró el reloj. Tenía que volver antes de que se produjera la siguiente crisis. No te olvides de darle a Nicolás un beso de mi parte cuando se vaya a dormir.
Era ridículo sentir un nudo en la garganta porque no iba a poder darle de cenar ni besarlo antes de acostarlo. Se dijo que su hijo estaba en buenas manos y que ella podía considerarse afortunada por haber encontrado un trabajo que le permitía dedicarle tiempo. Estaba agradecida a la dirección del hotel por dejarle conciliar en buena medida la vida laboral y la familiar. Aquel día era una excepción. La gripe había hecho estragos en el personal del Landford en el peor momento. Más de un tercio de los trabajadores estaba de baja y no importaba que Paula llevara todo el día trabajando. Una hora antes, David, el director de actos sociales, había tenido que marcharse con una fiebre altísima, por lo que ella tenía que sustituirlo. Estaba muy nerviosa, ya que era la oportunidad de demostrar lo que valía y de justificar la fe que David tenía en ella al haberla aceptado a pesar de que su currículum no era el adecuado. Le debía no sólo el puesto, sino también la seguridad en sí misma que lenta y es-forzadamente había ido ganando desde su llegada a Melbourne.
-No sé a qué hora volveré, Mariana. Probablemente de madrugada- Paula se negó categóricamente a preocuparse por cómo iba a volver a casa. No podía usar el transporte público a esas horas, y el coste de un taxi era prohibitivo. Nos veremos a la hora de desayunar, si te parece bien.
-Muy bien, Paula. No te preocupes.
Paula colgó y echó hacia atrás los hombros. Llevaba tanto tiempo trabajando en el ordenador y el teléfono sin parar que le dolía todo el cuerpo. Echó una ojeada al monitor que tenía frente a sí y las palabras escritas bailaron ante sus ojos. Trató de concentrarse aunque sabía que, por mucho que lo hiciera, trabajar en aquel documento sería una prueba de resistencia y determinación. Suspirando, agarró las gafas y se inclinó hacia delante. Tenía que acabar aquello para poder hacer las comprobaciones de última hora del baile de máscaras de aquella noche.
Paula estaba en una esquina del salón de baile, cerca de la puerta que conducía a la cocina, escuchando las novedades que le susurraba el jefe de los camareros. La cocina era un caos ya que la mitad del personal estaba con gripe. Sólo habían llegado dos empleados para sustituir a los que habían llamado para decir que estaban enfermos, y los chefs no daban abasto. Por suerte, los huéspedes no habían notado nada extraño. El hotel se enorgullecía de su exquisito servicio, y el personal estaba haciendo lo posible para estar a la altura de su reputación. El salón de baile era refinado y elegante. Antiguos candelabros iluminaban las joyas centelleantes de la multitud que lo abarrotaba. Los huéspedes estaban tan elegantes como correspondía a uno de los acontecimientos más importantes de la Semana de la Moda. La habitación olía a fragancias exclusivas, flores de invernadero y dinero, mucho dinero. Personas famosas, diseñadores, hombres de negocios..., la flor y nata de la sociedad australiana estaba allí aquella noche acompañada asimismo de celebridades extranjeras. Y todos ellos estaban a su cargo. Se le aceleró el pulso y trató de concentrarse en las palabras de su compañero. Tenía que hacerlo para conseguir que la noche fuera un éxito. Se jugaba mucho.
—Muy bien, veré si hay alguien del restaurante que pueda ayudaros —asintió y se volvió hacia el teléfono que había en la pared.
Extendió la mano para marcar el número del restaurante, pero se quedó paralizada. Sintió un cosquilleo al final de la columna vertebral que se transformó, al ir ascendiendo por la espalda, en una sensación ardiente que le quemaba la piel. A través de la ropa, la piel le hervía y se le erizaron los cabellos de la nuca. Dejó el auricular con mano temblorosa y se dio la vuelta. El personal del hotel circulaba entre la colorida multitud con bandejas de canapés y champán. Los grupos de personas se deshacían y se volvían a juntar. Los huéspedes, la mayoría de los cuales llevaba bellas máscaras hechas a mano, se divertían, establecían relaciones laborales o se dedicaban a lucir sus galas. No se percatarían de que hubiera alguien que no perteneciera a su estrecho círculo, lo cual a Paula le venía muy bien. No ansiaba tener un lugar en un baile de cuento de hadas, sobre todo después de haber abandonado la fantasía del príncipe azul. Sin embargo, sintió que las mejillas le ardían. Se quedó sin respiración y el pulso se le aceleró porque su instinto le decía que alguien la observaba. Con el corazón en la boca, buscó frenéticamente entre la multitud a algún conocido, a alguien que hiciera que el corazón se le desbocara como lo había hecho mucho tiempo atrás. Cerró los ojos durante unos segundos. Aquello era una locura. Todo eso formaba parte del pasado, un pasado que era mejor olvidar. El cansancio y los nervios hacían que se imaginara cosas. Su camino y el de él no volverían a cruzarse, ya se había encargado él de eso. Paula hizo una mueca al sentir un dolor familiar en el pecho. ¡No! Se negó a que su caprichosa imaginación la distrajera. Había gente que dependía de ella. Tenía que hacer su trabajo.
Desde el otro lado de la atestada sala, él la observaba. Se agarró con fuerza al respaldo de una silla mientras el corazón se le aceleraba. El choque que le supuso reconocerla fue tan potente que tuvo que cerrar los ojos durante unos instantes. Al abrirlos, vio que ella se volvía hacia el teléfono. Era ella; no la mujer del folleto, sino mucho más: la mujer que recordaba, mejor dicho, que casi recordaba. Se le apareció la imagen de ella alejándose con la espalda rígida y a paso muy rápido, como si no pudiera alejarse lo bastante deprisa, mientras él se quedaba clavado donde estaba. Ella llevaba una maleta y un taxista metía otra en el maletero de su vehículo. Por último, ella se detuvo y el corazón de él también lo hizo. Pero no se dió la vuelta, y unos instantes después estaba dentro del coche que aceleraba y se alejaba por el camino privado de la casa de él en el lago Como. Él permaneció inmóvil, presa de sentimientos encontrados: furia, alivio, decepción, incredulidad... Y dolor, un dolor que iba llenando su vacío interior.
-Desde luego. Puedes cuidar de Abril el fin de semana que viene.
-De acuerdo. Miró el reloj. Tenía que volver antes de que se produjera la siguiente crisis. No te olvides de darle a Nicolás un beso de mi parte cuando se vaya a dormir.
Era ridículo sentir un nudo en la garganta porque no iba a poder darle de cenar ni besarlo antes de acostarlo. Se dijo que su hijo estaba en buenas manos y que ella podía considerarse afortunada por haber encontrado un trabajo que le permitía dedicarle tiempo. Estaba agradecida a la dirección del hotel por dejarle conciliar en buena medida la vida laboral y la familiar. Aquel día era una excepción. La gripe había hecho estragos en el personal del Landford en el peor momento. Más de un tercio de los trabajadores estaba de baja y no importaba que Paula llevara todo el día trabajando. Una hora antes, David, el director de actos sociales, había tenido que marcharse con una fiebre altísima, por lo que ella tenía que sustituirlo. Estaba muy nerviosa, ya que era la oportunidad de demostrar lo que valía y de justificar la fe que David tenía en ella al haberla aceptado a pesar de que su currículum no era el adecuado. Le debía no sólo el puesto, sino también la seguridad en sí misma que lenta y es-forzadamente había ido ganando desde su llegada a Melbourne.
-No sé a qué hora volveré, Mariana. Probablemente de madrugada- Paula se negó categóricamente a preocuparse por cómo iba a volver a casa. No podía usar el transporte público a esas horas, y el coste de un taxi era prohibitivo. Nos veremos a la hora de desayunar, si te parece bien.
-Muy bien, Paula. No te preocupes.
Paula colgó y echó hacia atrás los hombros. Llevaba tanto tiempo trabajando en el ordenador y el teléfono sin parar que le dolía todo el cuerpo. Echó una ojeada al monitor que tenía frente a sí y las palabras escritas bailaron ante sus ojos. Trató de concentrarse aunque sabía que, por mucho que lo hiciera, trabajar en aquel documento sería una prueba de resistencia y determinación. Suspirando, agarró las gafas y se inclinó hacia delante. Tenía que acabar aquello para poder hacer las comprobaciones de última hora del baile de máscaras de aquella noche.
Paula estaba en una esquina del salón de baile, cerca de la puerta que conducía a la cocina, escuchando las novedades que le susurraba el jefe de los camareros. La cocina era un caos ya que la mitad del personal estaba con gripe. Sólo habían llegado dos empleados para sustituir a los que habían llamado para decir que estaban enfermos, y los chefs no daban abasto. Por suerte, los huéspedes no habían notado nada extraño. El hotel se enorgullecía de su exquisito servicio, y el personal estaba haciendo lo posible para estar a la altura de su reputación. El salón de baile era refinado y elegante. Antiguos candelabros iluminaban las joyas centelleantes de la multitud que lo abarrotaba. Los huéspedes estaban tan elegantes como correspondía a uno de los acontecimientos más importantes de la Semana de la Moda. La habitación olía a fragancias exclusivas, flores de invernadero y dinero, mucho dinero. Personas famosas, diseñadores, hombres de negocios..., la flor y nata de la sociedad australiana estaba allí aquella noche acompañada asimismo de celebridades extranjeras. Y todos ellos estaban a su cargo. Se le aceleró el pulso y trató de concentrarse en las palabras de su compañero. Tenía que hacerlo para conseguir que la noche fuera un éxito. Se jugaba mucho.
—Muy bien, veré si hay alguien del restaurante que pueda ayudaros —asintió y se volvió hacia el teléfono que había en la pared.
Extendió la mano para marcar el número del restaurante, pero se quedó paralizada. Sintió un cosquilleo al final de la columna vertebral que se transformó, al ir ascendiendo por la espalda, en una sensación ardiente que le quemaba la piel. A través de la ropa, la piel le hervía y se le erizaron los cabellos de la nuca. Dejó el auricular con mano temblorosa y se dio la vuelta. El personal del hotel circulaba entre la colorida multitud con bandejas de canapés y champán. Los grupos de personas se deshacían y se volvían a juntar. Los huéspedes, la mayoría de los cuales llevaba bellas máscaras hechas a mano, se divertían, establecían relaciones laborales o se dedicaban a lucir sus galas. No se percatarían de que hubiera alguien que no perteneciera a su estrecho círculo, lo cual a Paula le venía muy bien. No ansiaba tener un lugar en un baile de cuento de hadas, sobre todo después de haber abandonado la fantasía del príncipe azul. Sin embargo, sintió que las mejillas le ardían. Se quedó sin respiración y el pulso se le aceleró porque su instinto le decía que alguien la observaba. Con el corazón en la boca, buscó frenéticamente entre la multitud a algún conocido, a alguien que hiciera que el corazón se le desbocara como lo había hecho mucho tiempo atrás. Cerró los ojos durante unos segundos. Aquello era una locura. Todo eso formaba parte del pasado, un pasado que era mejor olvidar. El cansancio y los nervios hacían que se imaginara cosas. Su camino y el de él no volverían a cruzarse, ya se había encargado él de eso. Paula hizo una mueca al sentir un dolor familiar en el pecho. ¡No! Se negó a que su caprichosa imaginación la distrajera. Había gente que dependía de ella. Tenía que hacer su trabajo.
Desde el otro lado de la atestada sala, él la observaba. Se agarró con fuerza al respaldo de una silla mientras el corazón se le aceleraba. El choque que le supuso reconocerla fue tan potente que tuvo que cerrar los ojos durante unos instantes. Al abrirlos, vio que ella se volvía hacia el teléfono. Era ella; no la mujer del folleto, sino mucho más: la mujer que recordaba, mejor dicho, que casi recordaba. Se le apareció la imagen de ella alejándose con la espalda rígida y a paso muy rápido, como si no pudiera alejarse lo bastante deprisa, mientras él se quedaba clavado donde estaba. Ella llevaba una maleta y un taxista metía otra en el maletero de su vehículo. Por último, ella se detuvo y el corazón de él también lo hizo. Pero no se dió la vuelta, y unos instantes después estaba dentro del coche que aceleraba y se alejaba por el camino privado de la casa de él en el lago Como. Él permaneció inmóvil, presa de sentimientos encontrados: furia, alivio, decepción, incredulidad... Y dolor, un dolor que iba llenando su vacío interior.
Pasión Imborrable: Capítulo 1
Pedro Alfonso apenas miró el material de propaganda que tiró a la papelera. Su nueva secretaria aún no había aprendido lo que él tenía que ver y lo que no. La sección textil de la compañía estaría representada en la feria que estaba a punto de celebrarse, pero uno de los directores se encargaría de ello. No era necesario que el presidente... ¡Oh Dio mío! Su mirada se detuvo en la foto de un folleto que estaba medio tapado por otros papeles. Entrecerró los ojos al fijarse en la sonrisa de la mujer: un pequeño lunar atraía la atención hacia una boca que despertaría el interés de cualquier hombre: grande, exuberante, incitante. Se quedó paralizado al tiempo que se le aceleraba el pulso. Esa sonrisa... Esa boca... Pero no fue el aspecto sexual lo que atrajo su atención. Un retazo de recuerdo seductor flotó entre sus pensamientos conscientes. Un sabor dulce como una cereza madura, gustoso y adictivo. Sintió calor a pesar del aire acondicionado que había en su espacioso despacho. Algo similar a una emoción lo dejó sin aliento. Se dijo que no tenía que analizar lo que sentía, sino relajarse y dejar que afloraran las sensaciones. Como una cortina de encaje movida por la brisa, el velo que cubría los recuerdos de aquellos meses de hacía dos años se abrió, se separó y volvió a cerrarse.
Pedro apretó los puños, pero no sintió dolor, sino la conocida e irritante sensación de vacío que le hacía sentir impotente y vulnerable. No importaba que le hubieran asegurado que en aquellos meses perdidos no había sucedido nada extraordinario. Otros recordaban lo que había dicho y hecho. Pero él, Pedro Alfonso, no se acordaba. Agarró el folleto sin pensarlo. Era el anuncio de un hotel de lujo de Melbourne. Esperó, pero no saltó ninguna chispa de reconocimiento. Él no había estado en Melbourne. Al menos no se acordaba. Lo invadió la impaciencia y trató de controlarla respirando profundamente. Una reacción emocional no lo ayudaría, a pesar de que había veces en que la sensación de pérdida, de haber perdido algo vital estaba a punto de hacerle enloquecer. Volvió a mirar el folleto. La recepcionista sonreía a una pareja mientras se registraba en el hotel, y su sonrisa era fascinante. El entorno era opulento, pero él había crecido rodeado de lujo, por lo que apenas se dio cuenta. Por el contrario, la mujer lo intrigaba. Cuanto más la miraba, mayor era el presentimiento de que la conocía, lo cual hacía que la sangre le circulara más deprisa y que sintiera un cosquilleo en la nuca. ¿Le había sonreído ella así? Empezó a estar seguro de que sí. Examinó sus rasgos con atención. Llevaba el pelo negro recogido y su cara era agradable pero corriente. Tenía la nariz respingona y algo corta. Los ojos eran de un castaño sorprendentemente claro; la boca, grande. No era guapa ni lo suficientemente exótica como para que se volvieran a mirarla. Pero tenía algo, un carisma que el fotógrafo había percibido y del que había sabido sacar partido.
Pedro le pasó el dedo por un pómulo y la suave curva de la mandíbula y se detuvo en la exuberante promesa de sus labios. Ahí estaba de nuevo el presentimiento, la intuición de que no era una desconocida. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron dispuestos a actuar. En su memoria defectuosa algo se agitó, y recordó una sensación suave como el roce de aquellos labios en los suyos. Volvió a sentir el sabor a cereza madura, irresistible. La caricia de unos delicados dedos en la mandíbula y en el pecho, con el corazón latiéndole deprisa. El sonido de suspiros femeninos, la sensación de éxtasis. Inspiró como si estuviera haciendo un ejercicio físico muy intenso. La nuca y el entrecejo comenzaron a sudarle mientras su cuerpo se excitaba. ¡Era imposible! Pero el instinto le revelaba una verdad que no podía pasar por alto: conocía a aquella mujer, la había abrazado, le había hecho el amor. Lo invadió un sentimiento de posesión masculina. La experiencia primitiva de dominio, del macho olfateando a la hembra era inconfundible. Miró fijamente la imagen de la desconocida que se hallaba al otro lado del mundo. Si él no había ido a Melbourne, ¿habría viajado ella hasta allí, hasta Lombardía? Se sintió frustrado por no poder recordar lo sucedido en aquellos meses. Examinó la foto durante varios minutos. Aunque le parecía imposible, cada vez se sentía más seguro de que en aquella mujer residía la clave de sus recuerdos inaccesibles. ¿Podría ella devolvérselos? Así le restituiría lo que había perdido y eliminaría la sensación de que era menos de lo que había sido, la insatisfacción que le producía su vida. Extendió la mano hacia el teléfono. Pretendía hallar respuestas al precio que fuera.
-Gracias, Mariana, me has salvado la vida —Paula se sintió aliviada. Aquel día todo le había salido mal. Al menos aquello, lo más importante, estaba solucionado.
-No te preocupes —le respondió su vecina y canguro—. Nicolás estará bien con nosotros.
Paula sabía que Mariana tenía razón, pero eso no le impidió sentir una punzada de remordimiento en el pecho. Había aceptado aquel empleo en el hotel Landford porque esperaba, la mayoría de los días, estar de vuelta en casa a una hora razonable para ocuparse de su hijo. No quería que Nicolás creciera con una madre ausente por estar demasiado ocupada en su trabajo y sin tiempo para dedicárselo, y que tuviera una vida familiar como la que ella había conocido de niña. Sobre todo porque Nicolás sólo la tenía a ella. La punzada en el pecho se hizo más intensa y le impidió respirar. Incluso después de todo el tiempo que había pasado no podía evitar sentir remordimientos y añoranza al recordar. Tenía que ser más dura. En otra época había perseguido un sueño, pero ya era lo bastante inteligente como para no seguir creyendo en él, sobre todo después de haber aprendido cruelmente lo inútil que era.
-¿Qué pasa, Paula?
Pedro apretó los puños, pero no sintió dolor, sino la conocida e irritante sensación de vacío que le hacía sentir impotente y vulnerable. No importaba que le hubieran asegurado que en aquellos meses perdidos no había sucedido nada extraordinario. Otros recordaban lo que había dicho y hecho. Pero él, Pedro Alfonso, no se acordaba. Agarró el folleto sin pensarlo. Era el anuncio de un hotel de lujo de Melbourne. Esperó, pero no saltó ninguna chispa de reconocimiento. Él no había estado en Melbourne. Al menos no se acordaba. Lo invadió la impaciencia y trató de controlarla respirando profundamente. Una reacción emocional no lo ayudaría, a pesar de que había veces en que la sensación de pérdida, de haber perdido algo vital estaba a punto de hacerle enloquecer. Volvió a mirar el folleto. La recepcionista sonreía a una pareja mientras se registraba en el hotel, y su sonrisa era fascinante. El entorno era opulento, pero él había crecido rodeado de lujo, por lo que apenas se dio cuenta. Por el contrario, la mujer lo intrigaba. Cuanto más la miraba, mayor era el presentimiento de que la conocía, lo cual hacía que la sangre le circulara más deprisa y que sintiera un cosquilleo en la nuca. ¿Le había sonreído ella así? Empezó a estar seguro de que sí. Examinó sus rasgos con atención. Llevaba el pelo negro recogido y su cara era agradable pero corriente. Tenía la nariz respingona y algo corta. Los ojos eran de un castaño sorprendentemente claro; la boca, grande. No era guapa ni lo suficientemente exótica como para que se volvieran a mirarla. Pero tenía algo, un carisma que el fotógrafo había percibido y del que había sabido sacar partido.
Pedro le pasó el dedo por un pómulo y la suave curva de la mandíbula y se detuvo en la exuberante promesa de sus labios. Ahí estaba de nuevo el presentimiento, la intuición de que no era una desconocida. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron dispuestos a actuar. En su memoria defectuosa algo se agitó, y recordó una sensación suave como el roce de aquellos labios en los suyos. Volvió a sentir el sabor a cereza madura, irresistible. La caricia de unos delicados dedos en la mandíbula y en el pecho, con el corazón latiéndole deprisa. El sonido de suspiros femeninos, la sensación de éxtasis. Inspiró como si estuviera haciendo un ejercicio físico muy intenso. La nuca y el entrecejo comenzaron a sudarle mientras su cuerpo se excitaba. ¡Era imposible! Pero el instinto le revelaba una verdad que no podía pasar por alto: conocía a aquella mujer, la había abrazado, le había hecho el amor. Lo invadió un sentimiento de posesión masculina. La experiencia primitiva de dominio, del macho olfateando a la hembra era inconfundible. Miró fijamente la imagen de la desconocida que se hallaba al otro lado del mundo. Si él no había ido a Melbourne, ¿habría viajado ella hasta allí, hasta Lombardía? Se sintió frustrado por no poder recordar lo sucedido en aquellos meses. Examinó la foto durante varios minutos. Aunque le parecía imposible, cada vez se sentía más seguro de que en aquella mujer residía la clave de sus recuerdos inaccesibles. ¿Podría ella devolvérselos? Así le restituiría lo que había perdido y eliminaría la sensación de que era menos de lo que había sido, la insatisfacción que le producía su vida. Extendió la mano hacia el teléfono. Pretendía hallar respuestas al precio que fuera.
-Gracias, Mariana, me has salvado la vida —Paula se sintió aliviada. Aquel día todo le había salido mal. Al menos aquello, lo más importante, estaba solucionado.
-No te preocupes —le respondió su vecina y canguro—. Nicolás estará bien con nosotros.
Paula sabía que Mariana tenía razón, pero eso no le impidió sentir una punzada de remordimiento en el pecho. Había aceptado aquel empleo en el hotel Landford porque esperaba, la mayoría de los días, estar de vuelta en casa a una hora razonable para ocuparse de su hijo. No quería que Nicolás creciera con una madre ausente por estar demasiado ocupada en su trabajo y sin tiempo para dedicárselo, y que tuviera una vida familiar como la que ella había conocido de niña. Sobre todo porque Nicolás sólo la tenía a ella. La punzada en el pecho se hizo más intensa y le impidió respirar. Incluso después de todo el tiempo que había pasado no podía evitar sentir remordimientos y añoranza al recordar. Tenía que ser más dura. En otra época había perseguido un sueño, pero ya era lo bastante inteligente como para no seguir creyendo en él, sobre todo después de haber aprendido cruelmente lo inútil que era.
-¿Qué pasa, Paula?
Pasión Imborrable: Sinopsis
Él había olvidado su pasado en común, pero no su cuerpo…
Un espléndido baile de máscaras no era lugar para la poco agraciada recepcionista Paula Chaves. Acostumbrada a pasar desapercibida entre los famosos, se sentía vulnerable ante la mirada ardiente de un hombre enmascarado. Lo que menos se imaginaba era que era el mismo del que había huido dos años antes y que su magnetismo sexual volvería a causar su perdición.
Pedro Alfonso no recordaba a Paula, pero su cuerpo sí lo hacía…íntimamente. Y el italiano estaba resuelto a reclamar todo lo que consideraba suyo.
Un espléndido baile de máscaras no era lugar para la poco agraciada recepcionista Paula Chaves. Acostumbrada a pasar desapercibida entre los famosos, se sentía vulnerable ante la mirada ardiente de un hombre enmascarado. Lo que menos se imaginaba era que era el mismo del que había huido dos años antes y que su magnetismo sexual volvería a causar su perdición.
Pedro Alfonso no recordaba a Paula, pero su cuerpo sí lo hacía…íntimamente. Y el italiano estaba resuelto a reclamar todo lo que consideraba suyo.
jueves, 25 de julio de 2019
Venganza: Capítulo 48
—Lo que has oído —contestó ella, esbozando una leve sonrisa y apartando la mirada, tímida.
Él la abrazó tan estrechamente, que sus cuerpos se unieron en uno solo. Nunca se había sentido mejor, ni siquiera cuando hacían el amor apasionadamente. Nada se podía comparar a la sensación de saber que ella le correspondía. Ella, sensual y sexy, que pronto sería su esposa.
—Te amo, Paula. Me ha llevado mucho tiempo admitirlo. Me decía a mí mismo que era simplemente lujuria lo que sentía y la necesidad de mantenerte segura. Pero estaba equivocado.
Pedro comenzó a acariciarla.
—Y he sido un cobarde. No te lo quería decir hasta estar seguro de que tú también me necesitabas.
Se acercó a su cara y le dió un beso en la mandíbula y otro justo debajo de la oreja, tras lo cual le acarició alrededor de ésta con la lengua. Pudo sentir cómo ella se estremecía en sus brazos. Nunca tendría suficiente de ella. Nunca.
—Me aterroricé cuando dijiste que te ibas a marchar de mi casa.
—Estaba tratando de ser independiente —dijo ella—. Nunca me dijiste lo que sentías.
—Eso es porque fui un maldito idiota —sonrió entre el pelo de Marina, oliendo su sexy aroma—. Dímelo —urgió él, decidido a vencer ese último vestigio de temor.
—¡Eres tan mandón!
—Dímelo —volvió a urgir, levantándole la cara—, O no te volveré a besar.
Paula sonrió abiertamente, haciendo que a él le diera un vuelco el corazón de la emoción.
—Te amo. Pensé que era patéticamente obvio —dijo ella, besándolo a continuación.
Sus besos lo enloquecían. Su mujer. Cálida y maravillosa. Su mundo comenzaba y terminaba en ella.
—Desde el principio supe que eras mía —dijo con la respiración entrecortada minutos después.
—Pero yo estaba...
—Preciosa —susurró él en su oreja—. Incluso con aquel espantoso conjunto. Llena de fuego y pasión. Haciéndole frente a ese matón de Wakefield. No me extraña que me enamorara de tí.
—¿De verdad? —incluso en aquel momento su voz reflejaba dudas.
—Paula Chaves, eres una mujer de una belleza deslumbrante —dijo, esperando que le creyese—. Eres lista, competente y endemoniadamente sexy.
—Pero aun así, la primera vez casi te tuve que suplicar que me hicieras el amor.
—Estaba tratando de hacer lo correcto. Te deseaba tanto que me estaba matando. Pero sabía que estabas dolida. Habías perdido a tu padre, tu casa, todo tu futuro. Estabas herida e insegura de ti misma. No tenía ningún derecho a forzarte a tener intimidad. ¡Por el amor de Dios, eras virgen!
—No me forzaste a nada, Pedro. Yo elegí por mí misma, libremente.
—¿Y te vas a quedar? ¿Decidiéndolo libremente? —necesitaba oírselo decir.
Paula asintió con la cabeza, esbozando una suave sonrisa.
—Me voy a quedar.
—Eres la única mujer que existe para mí, Paula.
—¿Así que estás buscando una amante a largo plazo?
—No, demonios —Pedro la abrazó estrechamente—. Mi madre y Laura vienen este fin de semana desde Perth para darte la bienvenida a la familia. Todos se morían de curiosidad por conocerte, pero les hice esperar hasta que no estuviera seguro de tí.
—Ah, ¿Así que ibas a utilizar mi empresa como soborno? ¿Para persuadirme de que me casara contigo?
Paula esbozó una dulce y pícara sonrisa. Pedro negó con la cabeza.
—No. Eso ya se ha firmado, sellado y enviado. Tengo que admitir que pensé que ayudaría a mi causa cuando hoy te diera los documentos... como una sorpresa durante una agradable e íntima comida. Pero confiaba en mis encantos naturales para convencerte.
Pedro fue a besarla de nuevo, pero sintió los dedos de ella presionando sus labios.
—Te has olvidado de algo —dijo ella—, Si quieres una esposa, tienes que pedírmelo primero. Esa es la tradición —los oscuros ojos de Paula reflejaron alegría—. Quizá necesite que me convenzas.
Inmediatamente él la levantó en brazos, acercándola a su corazón, donde ella pertenecía. Entonces se dió la vuelta y se dirigió hacia las escaleras.
—Cuento con ello —dijo, esbozando una sonrisa.
FIN
Él la abrazó tan estrechamente, que sus cuerpos se unieron en uno solo. Nunca se había sentido mejor, ni siquiera cuando hacían el amor apasionadamente. Nada se podía comparar a la sensación de saber que ella le correspondía. Ella, sensual y sexy, que pronto sería su esposa.
—Te amo, Paula. Me ha llevado mucho tiempo admitirlo. Me decía a mí mismo que era simplemente lujuria lo que sentía y la necesidad de mantenerte segura. Pero estaba equivocado.
Pedro comenzó a acariciarla.
—Y he sido un cobarde. No te lo quería decir hasta estar seguro de que tú también me necesitabas.
Se acercó a su cara y le dió un beso en la mandíbula y otro justo debajo de la oreja, tras lo cual le acarició alrededor de ésta con la lengua. Pudo sentir cómo ella se estremecía en sus brazos. Nunca tendría suficiente de ella. Nunca.
—Me aterroricé cuando dijiste que te ibas a marchar de mi casa.
—Estaba tratando de ser independiente —dijo ella—. Nunca me dijiste lo que sentías.
—Eso es porque fui un maldito idiota —sonrió entre el pelo de Marina, oliendo su sexy aroma—. Dímelo —urgió él, decidido a vencer ese último vestigio de temor.
—¡Eres tan mandón!
—Dímelo —volvió a urgir, levantándole la cara—, O no te volveré a besar.
Paula sonrió abiertamente, haciendo que a él le diera un vuelco el corazón de la emoción.
—Te amo. Pensé que era patéticamente obvio —dijo ella, besándolo a continuación.
Sus besos lo enloquecían. Su mujer. Cálida y maravillosa. Su mundo comenzaba y terminaba en ella.
—Desde el principio supe que eras mía —dijo con la respiración entrecortada minutos después.
—Pero yo estaba...
—Preciosa —susurró él en su oreja—. Incluso con aquel espantoso conjunto. Llena de fuego y pasión. Haciéndole frente a ese matón de Wakefield. No me extraña que me enamorara de tí.
—¿De verdad? —incluso en aquel momento su voz reflejaba dudas.
—Paula Chaves, eres una mujer de una belleza deslumbrante —dijo, esperando que le creyese—. Eres lista, competente y endemoniadamente sexy.
—Pero aun así, la primera vez casi te tuve que suplicar que me hicieras el amor.
—Estaba tratando de hacer lo correcto. Te deseaba tanto que me estaba matando. Pero sabía que estabas dolida. Habías perdido a tu padre, tu casa, todo tu futuro. Estabas herida e insegura de ti misma. No tenía ningún derecho a forzarte a tener intimidad. ¡Por el amor de Dios, eras virgen!
—No me forzaste a nada, Pedro. Yo elegí por mí misma, libremente.
—¿Y te vas a quedar? ¿Decidiéndolo libremente? —necesitaba oírselo decir.
Paula asintió con la cabeza, esbozando una suave sonrisa.
—Me voy a quedar.
—Eres la única mujer que existe para mí, Paula.
—¿Así que estás buscando una amante a largo plazo?
—No, demonios —Pedro la abrazó estrechamente—. Mi madre y Laura vienen este fin de semana desde Perth para darte la bienvenida a la familia. Todos se morían de curiosidad por conocerte, pero les hice esperar hasta que no estuviera seguro de tí.
—Ah, ¿Así que ibas a utilizar mi empresa como soborno? ¿Para persuadirme de que me casara contigo?
Paula esbozó una dulce y pícara sonrisa. Pedro negó con la cabeza.
—No. Eso ya se ha firmado, sellado y enviado. Tengo que admitir que pensé que ayudaría a mi causa cuando hoy te diera los documentos... como una sorpresa durante una agradable e íntima comida. Pero confiaba en mis encantos naturales para convencerte.
Pedro fue a besarla de nuevo, pero sintió los dedos de ella presionando sus labios.
—Te has olvidado de algo —dijo ella—, Si quieres una esposa, tienes que pedírmelo primero. Esa es la tradición —los oscuros ojos de Paula reflejaron alegría—. Quizá necesite que me convenzas.
Inmediatamente él la levantó en brazos, acercándola a su corazón, donde ella pertenecía. Entonces se dió la vuelta y se dirigió hacia las escaleras.
—Cuento con ello —dijo, esbozando una sonrisa.
FIN
Venganza: Capítulo 47
—¿Qué es eso, Paula? ¿Qué son esos documentos? —preguntó en voz baja, sin alterarse.
—Son copias de unos documentos comerciales. De la venta de mi casa —Paula hizo una pausa para aclararse la garganta—. Y la transferencia de mi compañía a tí.
¡Demonios! No le extrañaba que estuviese tan pálida. Estaba en estado de shock. Se podía imaginar las venenosas mentiras que le habría contado Wakefield. Le preocupaba mucho Paula, ya que parecía totalmente destruida y sin fuerzas para luchar. Se acercó a ella y la tomó de las manos. Ella trató de resistirse, de apartarlo cuando se sentó a su lado en el sofá, pero Pedro no se lo permitió.
—Cuéntame.
—Ha dicho que siempre quisiste mi compañía para tí —le tembló la voz—. Que me engañaste...
—Yo no quiero tu compañía —dijo él apresuradamente—. Aclaremos eso ahora mismo. Nunca he tratado de quedarme con ella y no planeé todo esto para quedármela yo.
—Pero Wakefield ha firmado el traspaso a tu nombre.
—Eso sólo ha sido otra de sus tácticas —Pedro le apretó las manos, preocupado por lo frías que estaban—. Wakefield ha mentido. Debió planear todo esto desde el momento en que se dió cuenta de que debía renunciar a la empresa. Cuando mi equipo jurídico me informó de que estaba haciendo el traspaso a mi nombre, decidí seguir adelante con ello. Lo principal era que la compañía ya no estuviera en sus manos. Después podíamos arreglarlo todo entre nosotros. Eso es lo que he estado haciendo hoy... organizando el traspaso de poder a la familia Chaves.
Paula parpadeó y sintió cómo le temblaba el cuerpo.
—Es verdad —urgió él, desesperado por que ella le creyese—. Tu hermano Gonzalo está ahora mismo en la reunión. Puedes telefonearle.
—No me lo dijiste —susurró ella.
—No —a Pedro le golpeó la conciencia. Si hubiera confiado en Marina como ella se merecía nada de eso estaría pasando.
—Y compraste mi casa —dijo ella de manera acusadora.
Pedro no sabía cómo explicar aquello. Sus motivos no habían sido puros para nada. Iba a pensar que era un manipulador. Respiró profundamente y la acercó hacia él. Ella se quedó rígida en sus brazos. Pero allí estaba, caliente y protegida, en el lugar a donde pertenecía.
—Sí, compré tu casa. Necesitabas dinero rápidamente, así que la compré.
Paula se apartó de él lo suficiente como para verle la cara y le dirigió una mirada exigiendo saber la verdad. A él le alivió ver que ella tenía mejor color.
—¿Por qué?
—Lo hice porque te deseaba —dijo con la dureza reflejada en la voz—. Es así de simple. Cuando te llevé a tu casa tras la recepción de Wakefield y te metí en la cama... cuando salí de allí había decidido que serías mía.
Paula se quedó boquiabierta y él continuó hablando. No tenía nada que perder.
—Es por eso por lo que insistí en que hicieras el papel de mi amante. Porque te quería cerca de mí. Te quería conmigo. Pero al tenerte aquí en mi casa, en mi cama, las cosas cambiaron. Me di cuenta de que quería más —le latía con tanta fuerza el corazón como si fuera un martillo—. Quería...
—¿Qué querías?
—Que te enamoraras de mí —admitió.
El silencio se apoderó de la habitación. Mientras esperaba la respuesta de Paula, a Pedro se le aceleró el pulso del tal manera que le retumbaba en los oídos. Estaba aterrorizado.
—No lo entiendo. ¿Por qué querrías que pasara eso? ¿Era porque yo era... una novedad en tu vida? ¿Fue para pasarlo bien un rato, porque yo era diferente?
—¡Novedad! ¿Es eso lo que ha dicho Wakefield? Cuando le ponga las manos encima a esa escoria le voy a...
—Olvídate de Wakefield y respóndeme.
—Oh, cariño. No has creído eso, ¿Verdad que no? ¡No has podido creerlo! ¿No sabes que eres preciosa? ¿No sabes que haría lo que fuera para mantenerte a mi lado?
—Todo lo que sé es que me mentiste.
Paula le había dado una puñalada en el corazón. Pero él se lo merecía y lo sabía.
—Tienes razón. Te mentí, Paula.
—¿Por qué? ¿Por qué querrías hacerme daño?
Pedro se rió amargamente. Había sido peor que Wakefield. Por lo menos ella sabía qué esperar de él.
—No quería hacerte daño, Paula. Créeme. Yo... —tragó saliva con fuerza y se forzó a continuar hablando—. Quería que te enamoraras de mí. De la misma manera en la que yo me había enamorado de tí.
De nuevo se creó un silencio entre ambos, sólo roto por el sonido de la agitada respiración de él.
—Bueno, eso lo conseguiste —dijo por fin Paula.
—¿Qué? —Pedro había visto cómo se movían los labios de ella, pero... ¿Realmente había dicho aquello?—. ¿Qué has dicho?
Ella lo miró a los ojos y en ese preciso momento él lo supo.
—Son copias de unos documentos comerciales. De la venta de mi casa —Paula hizo una pausa para aclararse la garganta—. Y la transferencia de mi compañía a tí.
¡Demonios! No le extrañaba que estuviese tan pálida. Estaba en estado de shock. Se podía imaginar las venenosas mentiras que le habría contado Wakefield. Le preocupaba mucho Paula, ya que parecía totalmente destruida y sin fuerzas para luchar. Se acercó a ella y la tomó de las manos. Ella trató de resistirse, de apartarlo cuando se sentó a su lado en el sofá, pero Pedro no se lo permitió.
—Cuéntame.
—Ha dicho que siempre quisiste mi compañía para tí —le tembló la voz—. Que me engañaste...
—Yo no quiero tu compañía —dijo él apresuradamente—. Aclaremos eso ahora mismo. Nunca he tratado de quedarme con ella y no planeé todo esto para quedármela yo.
—Pero Wakefield ha firmado el traspaso a tu nombre.
—Eso sólo ha sido otra de sus tácticas —Pedro le apretó las manos, preocupado por lo frías que estaban—. Wakefield ha mentido. Debió planear todo esto desde el momento en que se dió cuenta de que debía renunciar a la empresa. Cuando mi equipo jurídico me informó de que estaba haciendo el traspaso a mi nombre, decidí seguir adelante con ello. Lo principal era que la compañía ya no estuviera en sus manos. Después podíamos arreglarlo todo entre nosotros. Eso es lo que he estado haciendo hoy... organizando el traspaso de poder a la familia Chaves.
Paula parpadeó y sintió cómo le temblaba el cuerpo.
—Es verdad —urgió él, desesperado por que ella le creyese—. Tu hermano Gonzalo está ahora mismo en la reunión. Puedes telefonearle.
—No me lo dijiste —susurró ella.
—No —a Pedro le golpeó la conciencia. Si hubiera confiado en Marina como ella se merecía nada de eso estaría pasando.
—Y compraste mi casa —dijo ella de manera acusadora.
Pedro no sabía cómo explicar aquello. Sus motivos no habían sido puros para nada. Iba a pensar que era un manipulador. Respiró profundamente y la acercó hacia él. Ella se quedó rígida en sus brazos. Pero allí estaba, caliente y protegida, en el lugar a donde pertenecía.
—Sí, compré tu casa. Necesitabas dinero rápidamente, así que la compré.
Paula se apartó de él lo suficiente como para verle la cara y le dirigió una mirada exigiendo saber la verdad. A él le alivió ver que ella tenía mejor color.
—¿Por qué?
—Lo hice porque te deseaba —dijo con la dureza reflejada en la voz—. Es así de simple. Cuando te llevé a tu casa tras la recepción de Wakefield y te metí en la cama... cuando salí de allí había decidido que serías mía.
Paula se quedó boquiabierta y él continuó hablando. No tenía nada que perder.
—Es por eso por lo que insistí en que hicieras el papel de mi amante. Porque te quería cerca de mí. Te quería conmigo. Pero al tenerte aquí en mi casa, en mi cama, las cosas cambiaron. Me di cuenta de que quería más —le latía con tanta fuerza el corazón como si fuera un martillo—. Quería...
—¿Qué querías?
—Que te enamoraras de mí —admitió.
El silencio se apoderó de la habitación. Mientras esperaba la respuesta de Paula, a Pedro se le aceleró el pulso del tal manera que le retumbaba en los oídos. Estaba aterrorizado.
—No lo entiendo. ¿Por qué querrías que pasara eso? ¿Era porque yo era... una novedad en tu vida? ¿Fue para pasarlo bien un rato, porque yo era diferente?
—¡Novedad! ¿Es eso lo que ha dicho Wakefield? Cuando le ponga las manos encima a esa escoria le voy a...
—Olvídate de Wakefield y respóndeme.
—Oh, cariño. No has creído eso, ¿Verdad que no? ¡No has podido creerlo! ¿No sabes que eres preciosa? ¿No sabes que haría lo que fuera para mantenerte a mi lado?
—Todo lo que sé es que me mentiste.
Paula le había dado una puñalada en el corazón. Pero él se lo merecía y lo sabía.
—Tienes razón. Te mentí, Paula.
—¿Por qué? ¿Por qué querrías hacerme daño?
Pedro se rió amargamente. Había sido peor que Wakefield. Por lo menos ella sabía qué esperar de él.
—No quería hacerte daño, Paula. Créeme. Yo... —tragó saliva con fuerza y se forzó a continuar hablando—. Quería que te enamoraras de mí. De la misma manera en la que yo me había enamorado de tí.
De nuevo se creó un silencio entre ambos, sólo roto por el sonido de la agitada respiración de él.
—Bueno, eso lo conseguiste —dijo por fin Paula.
—¿Qué? —Pedro había visto cómo se movían los labios de ella, pero... ¿Realmente había dicho aquello?—. ¿Qué has dicho?
Ella lo miró a los ojos y en ese preciso momento él lo supo.
Venganza: Capítulo 46
El dolor destrozó a Paula, la dejó inmóvil, incluso temerosa de respirar. La noche anterior, mientras ella había estado en sus brazos, Pedro ya era el dueño de la compañía de su familia. Él lo había sabido. Seguro que debía haberlo sabido, pero no había dicho nada.
—Es doloroso que destruyan las ilusiones de la gente —la falsa simpatía que denotaba la voz de Wakefield ni siquiera la enfadó. Estaba demasiado ocupada tratando de entender aquello—. No sé que te habrá contado Alfonso, pero le había echado el ojo a tu pequeña compañía desde hacía algún tiempo. Mis empleados lo descubrieron y fue por eso por lo que decidí conseguirla yo primero.
Paula levantó la vista y vió que la estaba mirando muy de cerca.
—Debería haber sido más prudente —admitió él—. He hecho unas pocas... adquisiciones poco convencionales que han resultado ser problemáticas. Dado el continuo interés de Alfonso, le he vendido ésta. Eso era lo que él quería.
Agitó la cabeza y le dirigió a Paula su sibilina sonrisa. Ella se estremeció.
—Pensaste que yo era un avaricioso, cielo. Pero por lo menos fui franco. Alfonso los quería a tí y a la empresa, pero no te lo dijo, ¿A que no? Te engañó haciéndote pensar que te iba a ayudar a recuperar lo que habías perdido, cuando en realidad lo quería para él. Iba detrás de la empresa y de un poco de variedad en la cama.
Paula no dijo nada. Frenéticamente leyó y releyó los documentos. No podía ser. Sabía que Pedro no la amaba, pero era un hombre decente y ella había confiado en él.
—Una última cosa —dijo Wakefield, levantándose—. Una vez que tu querido Pedro sepa que has descubierto lo que ha hecho, tu estancia aquí se habrá acabado. No te querrá cerca de él, enfurruñada por lo que te ha hecho —ya desde la puerta continuó—. Mi consejo es que te marches antes de que él te eche. Puede que seas mona, pero cualquiera puede ver que no eres su tipo. Te aseguro que la novedad ya se le ha pasado. Si te queda algo de orgullo te marcharías en vez de esperar a que te eche.
Paula no respondió. Ni siquiera se movió. Estaba aturdida. No se lo podía creer. Las lágrimas afloraron a sus ojos, pero las apartó cerrándolos con fuerza. Se preguntó si todo había sido una farsa. Pero la había necesitado para que lo ayudara a quitarle a Wakefield sus bienes. No había duda de la furia que sentía cuando le contó lo que le había pasado a su hermana o de su odio hacia Wakefield. ¿Pero le había motivado también el deseo de ayudarla a ella? ¿O había sido ella simplemente una inocente conveniente para él? Había sido tan crédula! ¡Había confiado tanto en él! Le dolió el pecho al tratar de aguantar las lágrimas. Pero fue inútil. Sintió cómo le corrían por las mejillas y la barbilla. Wakefield había dicho que ella había sido una novedad para Pedro. Si no fuera por los documentos que Wakefield le había dejado, no se lo hubiese podido creer. Estaba rota por el dolor. Se preguntó si Pedro se habría estado riendo de ella durante todo el tiempo. No podía ser tan cruel. Pero era cierto que ella nunca se había acabado de creer los cumplidos que él le decía sobre lo guapa que era. Se acurrucó en el sofá, levantó la vista... y vió a Pedro en la puerta. Tenía la corbata torcida, el pelo despeinado y sangre en los nudillos.
Pedro se acarició la mano. Revivió la satisfacción que sintió al ver la cara de asombro de Wakefield cuando cayó al suelo. Había sido una pequeña revancha por el daño que el malnacido les había hecho a Laura y a Paula, pero era sólo el principio. Wakefield ya no era tan prepotente en aquel momento en que su fortuna había descendido más de un cincuenta por ciento. Incluso con la ayuda de los contactos de su familia tardaría años de duro trabajo en recobrar lo que había perdido. Y eso era satisfactorio. Sonrió mientras entraba en el salón, pero se quedó paralizado, horrorizado ante lo que vió. Paula estaba allí, acurrucada en una esquina del sofá, tan pálida como un espectro. Se acercó a ella. Si Wakefield le había hecho daño... Pero cuando se acercó, notó cómo ella se estremeció cuando él trató de acariciarla y cómo le temblaba el labio inferior.
—Paula —dijo con la voz ronca—. No me mires así.
Ella parpadeó y se restregó los ojos con la mano. Aquel gesto infantil hizo que algo se retorciera dentro de él. Había querido protegerla, pero de alguna manera le había fallado.
—Sea lo que sea lo que haya dicho, no le creas. Wakefield es un mentiroso compulsivo. Ya lo sabes. Diría lo que fuera para crear problemas entre nosotros.
—¿Dónde está? —susurró ella. Incluso su voz era débil.
—Se ha marchado —contestó, acercándose un poco más con cuidado—. No te preocupes por él. Los de seguridad no le dejarán acercarse a la casa. No te podrá hacer daño.
Si no hubiese sido por la llamada urgente de la señora Sinclair en medio de su reunión, quizá ni se hubiese enterado de la visita de Wakefield. Pensar en ese asqueroso a solas con Paula hacía que le hirviera la sangre. Era obvio que, de alguna manera, le había hecho daño. Pero entonces observó los documentos que tenía ella en las rodillas y esparcidos por el suelo.
—Es doloroso que destruyan las ilusiones de la gente —la falsa simpatía que denotaba la voz de Wakefield ni siquiera la enfadó. Estaba demasiado ocupada tratando de entender aquello—. No sé que te habrá contado Alfonso, pero le había echado el ojo a tu pequeña compañía desde hacía algún tiempo. Mis empleados lo descubrieron y fue por eso por lo que decidí conseguirla yo primero.
Paula levantó la vista y vió que la estaba mirando muy de cerca.
—Debería haber sido más prudente —admitió él—. He hecho unas pocas... adquisiciones poco convencionales que han resultado ser problemáticas. Dado el continuo interés de Alfonso, le he vendido ésta. Eso era lo que él quería.
Agitó la cabeza y le dirigió a Paula su sibilina sonrisa. Ella se estremeció.
—Pensaste que yo era un avaricioso, cielo. Pero por lo menos fui franco. Alfonso los quería a tí y a la empresa, pero no te lo dijo, ¿A que no? Te engañó haciéndote pensar que te iba a ayudar a recuperar lo que habías perdido, cuando en realidad lo quería para él. Iba detrás de la empresa y de un poco de variedad en la cama.
Paula no dijo nada. Frenéticamente leyó y releyó los documentos. No podía ser. Sabía que Pedro no la amaba, pero era un hombre decente y ella había confiado en él.
—Una última cosa —dijo Wakefield, levantándose—. Una vez que tu querido Pedro sepa que has descubierto lo que ha hecho, tu estancia aquí se habrá acabado. No te querrá cerca de él, enfurruñada por lo que te ha hecho —ya desde la puerta continuó—. Mi consejo es que te marches antes de que él te eche. Puede que seas mona, pero cualquiera puede ver que no eres su tipo. Te aseguro que la novedad ya se le ha pasado. Si te queda algo de orgullo te marcharías en vez de esperar a que te eche.
Paula no respondió. Ni siquiera se movió. Estaba aturdida. No se lo podía creer. Las lágrimas afloraron a sus ojos, pero las apartó cerrándolos con fuerza. Se preguntó si todo había sido una farsa. Pero la había necesitado para que lo ayudara a quitarle a Wakefield sus bienes. No había duda de la furia que sentía cuando le contó lo que le había pasado a su hermana o de su odio hacia Wakefield. ¿Pero le había motivado también el deseo de ayudarla a ella? ¿O había sido ella simplemente una inocente conveniente para él? Había sido tan crédula! ¡Había confiado tanto en él! Le dolió el pecho al tratar de aguantar las lágrimas. Pero fue inútil. Sintió cómo le corrían por las mejillas y la barbilla. Wakefield había dicho que ella había sido una novedad para Pedro. Si no fuera por los documentos que Wakefield le había dejado, no se lo hubiese podido creer. Estaba rota por el dolor. Se preguntó si Pedro se habría estado riendo de ella durante todo el tiempo. No podía ser tan cruel. Pero era cierto que ella nunca se había acabado de creer los cumplidos que él le decía sobre lo guapa que era. Se acurrucó en el sofá, levantó la vista... y vió a Pedro en la puerta. Tenía la corbata torcida, el pelo despeinado y sangre en los nudillos.
Pedro se acarició la mano. Revivió la satisfacción que sintió al ver la cara de asombro de Wakefield cuando cayó al suelo. Había sido una pequeña revancha por el daño que el malnacido les había hecho a Laura y a Paula, pero era sólo el principio. Wakefield ya no era tan prepotente en aquel momento en que su fortuna había descendido más de un cincuenta por ciento. Incluso con la ayuda de los contactos de su familia tardaría años de duro trabajo en recobrar lo que había perdido. Y eso era satisfactorio. Sonrió mientras entraba en el salón, pero se quedó paralizado, horrorizado ante lo que vió. Paula estaba allí, acurrucada en una esquina del sofá, tan pálida como un espectro. Se acercó a ella. Si Wakefield le había hecho daño... Pero cuando se acercó, notó cómo ella se estremeció cuando él trató de acariciarla y cómo le temblaba el labio inferior.
—Paula —dijo con la voz ronca—. No me mires así.
Ella parpadeó y se restregó los ojos con la mano. Aquel gesto infantil hizo que algo se retorciera dentro de él. Había querido protegerla, pero de alguna manera le había fallado.
—Sea lo que sea lo que haya dicho, no le creas. Wakefield es un mentiroso compulsivo. Ya lo sabes. Diría lo que fuera para crear problemas entre nosotros.
—¿Dónde está? —susurró ella. Incluso su voz era débil.
—Se ha marchado —contestó, acercándose un poco más con cuidado—. No te preocupes por él. Los de seguridad no le dejarán acercarse a la casa. No te podrá hacer daño.
Si no hubiese sido por la llamada urgente de la señora Sinclair en medio de su reunión, quizá ni se hubiese enterado de la visita de Wakefield. Pensar en ese asqueroso a solas con Paula hacía que le hirviera la sangre. Era obvio que, de alguna manera, le había hecho daño. Pero entonces observó los documentos que tenía ella en las rodillas y esparcidos por el suelo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)