—¿Señora Chaves? Tiene una llamada.
Paula levantó la mirada de su desayuno.
—Es el señor Wakefield —dijo la señora Sinclair.
Aunque Ronan le había asegurado que Wakefield ya no le podía hacer daño, Paula se estremeció.
—Gracias —dijo, acercándose a tomar el teléfono—. Paula Chaves—dijo por fin.
—Ya era hora —dijo Wakefield—. Tengo unos documentos para tí. Tenemos que vemos.
—Lo siento, señor Wakefield, no tenemos nada que discutir.
—En eso estás equivocada, cielo. Este es tu negocio. Tuyo y de tu hermano. Tengo los documentos para transferir tu compañía aquí conmigo.
Paula se quedó helada. No podía ser cierto. ¿O sí? Sabía que los planes de Pedro marchaban bien, pero si estaban tan cerca de la victoria se lo habría dicho.
—¿Me has oído? —preguntó de mala gana Wakefield.
—Sí.
—Bien. Haz que me abran las puertas de seguridad. Estoy a un par de manzanas de la casa. Llegaré en un par de minutos.
¿Dejarle entrar? La idea le horrorizaba y además le había dicho a Pedro que no volvería a verlo a solas. ¿Pero podía negarse? Si Wakefield estaba dispuesto a devolver la compañía... ¿podía correr el riesgo de hacer que se marchara?
—¿O ya no estás interesada? —dijo él en un tono de voz detestable.
—Haré que te abran las puertas —dijo, disfrutando de finalizar la llamada antes que él.
No quería volver a verlo. Se le puso la carne de gallina sólo de pensarlo. Diez minutos después, cuando se sentaron en el salón, se dió cuenta de que no parecía que Wakefield hubiese perdido nada. Era el epítome del éxito, aunque algo había cambiado en él desde la última vez que lo había visto. Estaba más envejecido.
—Tu amigo Pedro ha estado ocupado. Le felicito —dijo con sarcasmo—. Es obvio que tenía un incentivo —la desnudó con la mirada.
—¿Qué quieres? —exigió saber ella, ignorando el hecho de que se había ruborizado.
—Ya te lo he dicho. Tengo los documentos que quieres. Todavía los quieres, ¿No, Paula?
Ella asintió con la cabeza. Despacio, sin dejar de mirarla, Wakefield abrió su cartera y sacó muchos documentos.
—Los documentos de transferencia de mi propiedad sobre tu compañía. ¿Qué valor tienen para tí? ¿El suficiente como para darme lo que quiero? ¿Para que me des lo que le has estado dando a Alfonso durante las últimas semanas?
A ella le dieron náuseas. Aquel hombre no se daba por vencido.
—Ya te contesté a eso —dijo, levantándose—. Estamos aquí para hablar de mi negocio... ¡No de mi cuerpo!
—Eso es lo que yo pensaba —Wakefield le sonrió, echándose para atrás en su silla—. Realmente lo crees, ¿Verdad?
—¿Creer el qué? —dijo bruscamente ella.
—Tanta inocencia —se burló él—. Vaya desperdicio. Obviamente te has enamorado de Alfonso, lo que significa que no te darás cuenta de lo superior que soy a él en muchos sentidos. Sobre todo en la cama.
Paula sintió cómo la cólera se apoderaba de ella.
—¡Márchate de aquí, ahora mismo!
—Vaya desperdicio —volvió a murmurar él.
Paula se dispuso a salir del salón.
—Si te marchas, no te daré los documentos que te he traído. Ya están firmados.
Ella se detuvo. Si estaban firmados, todo había acabado. Se dioóla vuelta para mirarlo.
—Ahí tienes —dijo él, dejando los documentos sobre la mesa—. Firmados y entregados.
Entonces se volvió a echar para atrás en la silla.
Paula frunció el ceño. Aquello tenía que ser una trampa. Se acercó y tomó los documentos, sentándose en el sillón para leerlos.
—No son los documentos de mi compañía —dijo tras examinarlos—. Es una copia de los documentos de la venta de mi casa —lo miró extrañada y él se encogió de hombros.
Paula leyó el siguiente documento. Eran de una compañía llamada Australis. Le sonaba aquel nombre. Rápidamente miró el contrato de venta. Su casa había sido vendida a la compañía Australis. Pensó que sería una fundación familiar. Y entonces, mientras miraba todos los documentos, encontró lo que Wakefield quería que viera. Se quedó paralizada.
—Nuestro amigo Alfonso no podía esperar para que fueras a él, ¿No es así? Compró rápidamente tu casa a través de una de sus compañías. Y te dejó sin casa y vulnerable.
Paula lo ignoró, revisando desesperada los documentos en sus temblorosas manos. Pero era verdad. Pedro había comprado su casa y había pretendido no saber nada al respecto. No sabía qué ganaba él haciendo todo aquello. Cuando llegó al último documento, se quedó petrificada; Carlos Wakefield había transferido la propiedad de su compañía hacía dos días. Pero el apellido Chaves no aparecía en el documento. En vez de eso, el nuevo dueño era Pedro Alfonso.
jueves, 25 de julio de 2019
martes, 23 de julio de 2019
Venganza: Capítulo 44
Bruscamente echó la silla para atrás, se acercó al borde de la piscina y se zambulló en el agua. Nadó un poco y, cuando paró, aspirando profundamente y parpadeando para quitarse el agua de los ojos, se le hizo un nudo en la garganta al ver a Pedro. Tiernamente lo miró y vio que sólo llevaba puesto el bañador y una toalla colgada del hombro. Se le aceleró el pulso y le invadió la excitación. Se preguntó qué haría de vuelta dos días antes de lo previsto. Pero entonces vió que éste estaba frunciendo el ceño y nadó hacia él, preguntándose qué pasaría. Él se metió en el agua y la abrazó por el costado, alzándola en sus brazos.
—Hola, Pedro.
—Paula —contestó él, que comenzó a besarla, abrazándola estrechamente.
A ella le dió un vuelco el corazón y se preguntó cómo iba a poder soportar estar sin él. Cuando dejó de besarla permaneció abrazándola y ella se aferró a él.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Paula al observar la adusta mueca de la boca de Pedro.
—¿Estás buscando piso? —contestó con voz dura y acusadora.
Aquello era lo último que esperaba oír Paula. Preocupada, no supo qué contestar.
—Simplemente estaba comprobando lo que se puede conseguir.
Pedro la abrazó aún más estrechamente, pero sin decir nada.
—Necesito pensar en el futuro —dijo ella, deseando que él la interrumpiera y le dijese que su futuro estaba junto a él, cosa que no hizo—. Hoy he ido al médico.
—¿Qué ha dicho?
—Que me he recuperado estupendamente —dijo, esforzándose por esbozar una sonrisa—. Dice que pronto podré volver a trabajar. Tendré que empezar trabajando sólo unas pocas horas al día. ¿No es maravilloso?
—Maravilloso —dijo él en un tono inexpresivo.
Paula frunció el ceño.
—¿Quieres volver a trabajar?
Ella asintió con la cabeza despacio.
—¿Y quieres encontrar un lugar donde vivir?
—Bueno, yo... Sí. Sí que quiero —mintió ella.
—Pues tus planes van a tener que esperar —dijo él, esbozando una dura expresión.
—No entiendo. ¿Por qué deben esperar?
Durante un rato, él se quedó mirándola, casi como si no supiera qué contestar.
—No hemos terminado con Wakefield... ¿O te has olvidado? Necesito que te quedes aquí hasta que terminemos con eso —hizo una pausa—. No querrás arriesgar las posibilidades de hacerle pagar por lo que ha hecho.
—Me conformaría con que me devolviera mi compañía —dijo ella—. Pero que yo me quede aquí no supondría ninguna diferencia.
—Hay otra razón por la que te debes quedar —Pedro acercó su boca a la de ella.
—¿Sí?
—Sí —asintió con la cabeza sin dejar de mirarla—. Esto. Pedro la besó con pasión, con una pasión que no se parecía en nada a nada que hubiesen compartido con anterioridad. Era una pasión desmedida.
—Te he echado de menos —murmuró él en sus labios—. Y tú también me has echado de menos a mí. ¿O no?
—Sí —susurró ella mientras se abrazaba a él—. Te he echado de menos, Pedro.
Éste le mordisqueó el lóbulo de la oreja y ella se estremeció, consciente de que no tenía la fuerza para dejarlo. Por lo menos no en aquel momento... no cuando la estaba besando de aquella manera.
—¡Pedro! No podemos. Aquí no —dijo ella al darse cuenta de dónde estaban cuando él trató de quitarle el bañador. Salieron de la piscina.
—Claro que podemos —Pedro la agarró y le acarició los pechos tras descubrirlos. El calor se apoderó de ella lanzando flechas entre sus piernas, donde él estaba presionando. Dió un grito ahogado y trató de controlar el temblor que seapoderó de ella... le quemaba el deseo.
—La señora Sinclair... —comenzó a decir Paula, luchando para mantener el control.
Pedro agitó la cabeza y apretó los pezones de Paula entre sus dedos.
—Le he dado el resto del día libre. Estamos solos. Nadie puede vernos. Las puertas están cerradas. No habrá intrusos.
Paula se rindió. No sabía cuánto tiempo iba a estar junto a él, pero no era tan masoquista como para no aceptar su pasión mientras la tenía.
—Bien —dijo, empujándolo por el pecho para que se tumbara.
Se quitó el bañador. Él se quitó el suyo y colocó unos de los muslos de Paula alrededor de su cintura. Ésta cerró los ojos, aliviada al sentirlo sobre ella. Aquello era lo que deseaba con tantas ganas. El tomó su otra pierna e hizo que lo abrazara con ella. Ella se acercó a rozar con sus pezones el pecho de él.
—Sí —replicó él—. Más alto —con un decisivo movimiento se introdujo dentro de ella.
Puala abrió los ojos para mirarlo cuando comenzó a temblar.
—Sí —dijo él de nuevo.
La ternura que Paula vió reflejada en sus ojos le llenó el corazón de emoción.
—Agárrate —la pasión se apoderó de él.
Ella se aferró a él cuando éste se comenzó a mover más rápido. Perdieron el control de la manera más maravillosa. Él permaneció mirándola hasta que ella no pudo aguantar más y gritó su nombre cuando llegó al éxtasis, necesitándolo... amándolo. Como si hubiese sido la señal que había estado esperando, Pedro se movió con fuerza dentro de ella una última vez y hundió la cara en su cuello mientras que los estremecimientos se apoderaron de él. Paula lo abrazó, sintiendo la ridícula necesidad de protegerlo...
Pedro se apretó la corbata mientras miraba a Paula, que estaba durmiendo en su cama. El también estaba muy cansado. Tras haber batido todos los récords y haber terminado en apenas cinco días el trabajo de dos semanas y tras un largo viaje en avión desde Perth, se había pasado la noche haciéndole el amor con ella. Quería quitarse el traje y volver a hacerlo. Pero no podía. No aquel día. Tenía que resolver un último asunto en la oficina antes de tomarse un merecido descanso. Había organizado todo. Frunció el ceño, recordando la sorpresa que se había llevado el día anterior. La noticia de que Paula tenía planeado marcharse le había parado en seco. ¡Qué irónico que se pretendiera marchar en ese momento, justo cuando todos sus esfuerzos habían tenido resultado y se había hecho con varias empresas de Wakefield!
—Hola, Pedro.
—Paula —contestó él, que comenzó a besarla, abrazándola estrechamente.
A ella le dió un vuelco el corazón y se preguntó cómo iba a poder soportar estar sin él. Cuando dejó de besarla permaneció abrazándola y ella se aferró a él.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Paula al observar la adusta mueca de la boca de Pedro.
—¿Estás buscando piso? —contestó con voz dura y acusadora.
Aquello era lo último que esperaba oír Paula. Preocupada, no supo qué contestar.
—Simplemente estaba comprobando lo que se puede conseguir.
Pedro la abrazó aún más estrechamente, pero sin decir nada.
—Necesito pensar en el futuro —dijo ella, deseando que él la interrumpiera y le dijese que su futuro estaba junto a él, cosa que no hizo—. Hoy he ido al médico.
—¿Qué ha dicho?
—Que me he recuperado estupendamente —dijo, esforzándose por esbozar una sonrisa—. Dice que pronto podré volver a trabajar. Tendré que empezar trabajando sólo unas pocas horas al día. ¿No es maravilloso?
—Maravilloso —dijo él en un tono inexpresivo.
Paula frunció el ceño.
—¿Quieres volver a trabajar?
Ella asintió con la cabeza despacio.
—¿Y quieres encontrar un lugar donde vivir?
—Bueno, yo... Sí. Sí que quiero —mintió ella.
—Pues tus planes van a tener que esperar —dijo él, esbozando una dura expresión.
—No entiendo. ¿Por qué deben esperar?
Durante un rato, él se quedó mirándola, casi como si no supiera qué contestar.
—No hemos terminado con Wakefield... ¿O te has olvidado? Necesito que te quedes aquí hasta que terminemos con eso —hizo una pausa—. No querrás arriesgar las posibilidades de hacerle pagar por lo que ha hecho.
—Me conformaría con que me devolviera mi compañía —dijo ella—. Pero que yo me quede aquí no supondría ninguna diferencia.
—Hay otra razón por la que te debes quedar —Pedro acercó su boca a la de ella.
—¿Sí?
—Sí —asintió con la cabeza sin dejar de mirarla—. Esto. Pedro la besó con pasión, con una pasión que no se parecía en nada a nada que hubiesen compartido con anterioridad. Era una pasión desmedida.
—Te he echado de menos —murmuró él en sus labios—. Y tú también me has echado de menos a mí. ¿O no?
—Sí —susurró ella mientras se abrazaba a él—. Te he echado de menos, Pedro.
Éste le mordisqueó el lóbulo de la oreja y ella se estremeció, consciente de que no tenía la fuerza para dejarlo. Por lo menos no en aquel momento... no cuando la estaba besando de aquella manera.
—¡Pedro! No podemos. Aquí no —dijo ella al darse cuenta de dónde estaban cuando él trató de quitarle el bañador. Salieron de la piscina.
—Claro que podemos —Pedro la agarró y le acarició los pechos tras descubrirlos. El calor se apoderó de ella lanzando flechas entre sus piernas, donde él estaba presionando. Dió un grito ahogado y trató de controlar el temblor que seapoderó de ella... le quemaba el deseo.
—La señora Sinclair... —comenzó a decir Paula, luchando para mantener el control.
Pedro agitó la cabeza y apretó los pezones de Paula entre sus dedos.
—Le he dado el resto del día libre. Estamos solos. Nadie puede vernos. Las puertas están cerradas. No habrá intrusos.
Paula se rindió. No sabía cuánto tiempo iba a estar junto a él, pero no era tan masoquista como para no aceptar su pasión mientras la tenía.
—Bien —dijo, empujándolo por el pecho para que se tumbara.
Se quitó el bañador. Él se quitó el suyo y colocó unos de los muslos de Paula alrededor de su cintura. Ésta cerró los ojos, aliviada al sentirlo sobre ella. Aquello era lo que deseaba con tantas ganas. El tomó su otra pierna e hizo que lo abrazara con ella. Ella se acercó a rozar con sus pezones el pecho de él.
—Sí —replicó él—. Más alto —con un decisivo movimiento se introdujo dentro de ella.
Puala abrió los ojos para mirarlo cuando comenzó a temblar.
—Sí —dijo él de nuevo.
La ternura que Paula vió reflejada en sus ojos le llenó el corazón de emoción.
—Agárrate —la pasión se apoderó de él.
Ella se aferró a él cuando éste se comenzó a mover más rápido. Perdieron el control de la manera más maravillosa. Él permaneció mirándola hasta que ella no pudo aguantar más y gritó su nombre cuando llegó al éxtasis, necesitándolo... amándolo. Como si hubiese sido la señal que había estado esperando, Pedro se movió con fuerza dentro de ella una última vez y hundió la cara en su cuello mientras que los estremecimientos se apoderaron de él. Paula lo abrazó, sintiendo la ridícula necesidad de protegerlo...
Pedro se apretó la corbata mientras miraba a Paula, que estaba durmiendo en su cama. El también estaba muy cansado. Tras haber batido todos los récords y haber terminado en apenas cinco días el trabajo de dos semanas y tras un largo viaje en avión desde Perth, se había pasado la noche haciéndole el amor con ella. Quería quitarse el traje y volver a hacerlo. Pero no podía. No aquel día. Tenía que resolver un último asunto en la oficina antes de tomarse un merecido descanso. Había organizado todo. Frunció el ceño, recordando la sorpresa que se había llevado el día anterior. La noticia de que Paula tenía planeado marcharse le había parado en seco. ¡Qué irónico que se pretendiera marchar en ese momento, justo cuando todos sus esfuerzos habían tenido resultado y se había hecho con varias empresas de Wakefield!
Venganza: Capítulo 43
Algo cambió en la expresión de la cara de Pedro y de repente se apartó de ella. Se quitó la ropa a toda prisa. A ella se le cortó la respiración al ver su cuerpo desnudo. Era precioso. Se marchó para ponerse un preservativo y volvió. Sus movimientos fueron más delicados. Se echó sobre ella, que disfrutó al sentir su cuerpo presionado por el de él. Deseaba todo de él. Cada centímetro de su cuerpo. Y lo quería en ese momento. Casi gritó aliviada cuando él separó sus muslos y la penetró con mucha delicadeza.
—Levanta las rodillas —susurró él.
Ella obedeció y emitió un grito ahogado cuando él la penetró por completo. Movió las caderas un poco, asombrada ante la sensación de tenerlo tan dentro de ella.
—¡No! —exclamó él con la voz ronca—. No te muevas.
Pero Paula quería más. El olor de Pedro era sensual, excitante. Levantó la cabeza y le chupó el cuello, llevándose a la boca la pura esencia de éste, que gimió y se estremeció. Ella lo abrazó estrechamente. Sabía que nunca querría soltarlo.
—Sí —dijo, inclinando sus caderas provocativamente, deleitándose por el placer que sentía.
Pedro retomó el control, transformándose en pura energía. Se movió dentro de ella de una manera experta y rítmica a la que ella instintivamente acompañó. Paula se aferró a él. Su energía erótica la asustaba tanto como la estimulaba. Pero entonces algo estalló dentro de ella... una tormenta desatada que electrificó sus sentidos. Aquella intensidad de poder era demasiado fuerte para ella. El mundo le daba vueltas y gritó por el placer tan intenso que estaba sintiendo. Entonces la satisfacción les llenó a ambos. Aturdida por todo lo que estaba experimentando, pudo sentir cómo él se apretaba con fuerza contra ella y gemía contra su pelo...
Paula estaba atrapada, incapaz de seguir con su vida. Pero no por el golpe que le había dado Wakefield ni por los planes de Pedro de recuperar su compañía. Sus prioridades habían cambiado. Observó el brillante color azul de la piscina. Pero era a Pedro a quien veía. Con su incesante energía, con su pasión y con su delicadeza se había ganado su corazón. Era el hombre más fuerte y fascinante que ella había conocido en su vida. Se dijo a sí misma que él no la necesitaba realmente. Pero aquello no cambiaba sus sentimientos. Ansiaba estar con él. Lo deseaba como su amante y compañero. Le bastaba con sentirse deseada. Por lo menos en aquel momento. Se excitó al recordar la manera en que se la comía con los ojos; como si nunca tuviera suficiente de ella. La deseaba tan descaradamente que la hacía sentirse poderosa... Incluso en aquel momento en que Pedro estaba fuera, en viaje urgente de negocios, la hacía sentirse especial. La telefoneaba a diario y con sólo oír su voz a ella se le aceleraba el pulso, lo que le recordaba cuánto lo amaba. Para empeorar las cosas, se sentía culpable por mentir. No había admitido que estaba allí bajo falsas pretensiones. El plan de Pedro se había echado a perder en cuanto ella se negó a la proposición de Wakefield de que se prostituyera para recuperar su empresa. Pero no le había comentado nada a Pedro sobre ese incidente. Si lo hiciera, no tendría ninguna razón para quedarse. Su papel en todo aquello se habría acabado. Tenía claro lo que había; Pedro se preocupaba por ella, la deseaba y perseguía el escarceo amoroso que tenían con un apetito voraz. Pero nunca había mencionado que fuera a continuar para siempre. Aquello era una aventura. Antes o después aquella pasión se agotaría. A pesar del sol que hacía aquella tarde, sintió que el frío le calaba los huesos. Tenía pavor ante la decisión que tenía que tomar. El especialista le había dicho aquella misma mañana que su recuperación había sido excelente. Podía volver a trabajar pronto. A media jornada. Debería estar contenta. Eso era lo que necesitaba; centrarse en su futuro. Aunque la compañía ya era de Wakefield, todavía tenía su trabajo. Podría trabajar allí hasta que encontrase otra cosa. Pero necesitaría un lugar donde vivir. Tragó saliva para intentar eliminar el agrio sabor que le causaba la realidad y se forzó a pensar en el futuro. Un futuro que no incluía a Pedro. Sólo pensar en dejarlo le dolía. Pero al final él querría que se marchara y sería mejor que lo hiciera con dignidad, teniendo todo planeado. De mala gana, tomó el periódico que había sobre la mesa del jardín. Ya había marcado algunos pisos que le podían interesar. Debía telefonear para verlos, pero no se veía capaz. Volvió a dejarlo donde estaba.
—Levanta las rodillas —susurró él.
Ella obedeció y emitió un grito ahogado cuando él la penetró por completo. Movió las caderas un poco, asombrada ante la sensación de tenerlo tan dentro de ella.
—¡No! —exclamó él con la voz ronca—. No te muevas.
Pero Paula quería más. El olor de Pedro era sensual, excitante. Levantó la cabeza y le chupó el cuello, llevándose a la boca la pura esencia de éste, que gimió y se estremeció. Ella lo abrazó estrechamente. Sabía que nunca querría soltarlo.
—Sí —dijo, inclinando sus caderas provocativamente, deleitándose por el placer que sentía.
Pedro retomó el control, transformándose en pura energía. Se movió dentro de ella de una manera experta y rítmica a la que ella instintivamente acompañó. Paula se aferró a él. Su energía erótica la asustaba tanto como la estimulaba. Pero entonces algo estalló dentro de ella... una tormenta desatada que electrificó sus sentidos. Aquella intensidad de poder era demasiado fuerte para ella. El mundo le daba vueltas y gritó por el placer tan intenso que estaba sintiendo. Entonces la satisfacción les llenó a ambos. Aturdida por todo lo que estaba experimentando, pudo sentir cómo él se apretaba con fuerza contra ella y gemía contra su pelo...
Paula estaba atrapada, incapaz de seguir con su vida. Pero no por el golpe que le había dado Wakefield ni por los planes de Pedro de recuperar su compañía. Sus prioridades habían cambiado. Observó el brillante color azul de la piscina. Pero era a Pedro a quien veía. Con su incesante energía, con su pasión y con su delicadeza se había ganado su corazón. Era el hombre más fuerte y fascinante que ella había conocido en su vida. Se dijo a sí misma que él no la necesitaba realmente. Pero aquello no cambiaba sus sentimientos. Ansiaba estar con él. Lo deseaba como su amante y compañero. Le bastaba con sentirse deseada. Por lo menos en aquel momento. Se excitó al recordar la manera en que se la comía con los ojos; como si nunca tuviera suficiente de ella. La deseaba tan descaradamente que la hacía sentirse poderosa... Incluso en aquel momento en que Pedro estaba fuera, en viaje urgente de negocios, la hacía sentirse especial. La telefoneaba a diario y con sólo oír su voz a ella se le aceleraba el pulso, lo que le recordaba cuánto lo amaba. Para empeorar las cosas, se sentía culpable por mentir. No había admitido que estaba allí bajo falsas pretensiones. El plan de Pedro se había echado a perder en cuanto ella se negó a la proposición de Wakefield de que se prostituyera para recuperar su empresa. Pero no le había comentado nada a Pedro sobre ese incidente. Si lo hiciera, no tendría ninguna razón para quedarse. Su papel en todo aquello se habría acabado. Tenía claro lo que había; Pedro se preocupaba por ella, la deseaba y perseguía el escarceo amoroso que tenían con un apetito voraz. Pero nunca había mencionado que fuera a continuar para siempre. Aquello era una aventura. Antes o después aquella pasión se agotaría. A pesar del sol que hacía aquella tarde, sintió que el frío le calaba los huesos. Tenía pavor ante la decisión que tenía que tomar. El especialista le había dicho aquella misma mañana que su recuperación había sido excelente. Podía volver a trabajar pronto. A media jornada. Debería estar contenta. Eso era lo que necesitaba; centrarse en su futuro. Aunque la compañía ya era de Wakefield, todavía tenía su trabajo. Podría trabajar allí hasta que encontrase otra cosa. Pero necesitaría un lugar donde vivir. Tragó saliva para intentar eliminar el agrio sabor que le causaba la realidad y se forzó a pensar en el futuro. Un futuro que no incluía a Pedro. Sólo pensar en dejarlo le dolía. Pero al final él querría que se marchara y sería mejor que lo hiciera con dignidad, teniendo todo planeado. De mala gana, tomó el periódico que había sobre la mesa del jardín. Ya había marcado algunos pisos que le podían interesar. Debía telefonear para verlos, pero no se veía capaz. Volvió a dejarlo donde estaba.
Venganza: Capítulo 42
—¿Confías en que yo me haga cargo de todo? —murmuró él, acariciándole la cara.
Paula no tenía ninguna duda en dejar todo en sus manos. Si alguien podía recuperar su compañía era él. Haría lo que pudiese por Gonzalo y por ella.
—Yo... sí. Sí. Confío en tí —contestó, aliviada al admitirlo.
Los ojos de Pedro echaban chispas. A ella le costó respirar ante la intensidad de su mirada. Él le acarició los labios, consiguiendo que ella tuviese que luchar contra la desesperada necesidad de acercarse aún más a él, de presionar sus sensibles pezones contra el pecho de éste e invitarle a que la tomara de nuevo. Tenía que irse de allí antes de perder el control. Cerró los ojos, tratando de obtener fuerzas para marcharse. Pero la oscuridad sólo aumentaba la intimidad de su caricia, la agobiante sacudida de necesidad que hacía que su cuerpo y su determinación flaquearan. Cuando abrió los ojos, vio que Ronan tenía la cara cerca de ella. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—Me debería marchar —susurró. Aquello no sonó convincente ni para ella.
Con su otra mano Pedro le acarició el brazo, el hombro y subió por su cuello. Cuando le introdujo los dedos por el pelo y masajeó su cuero cabelludo, ella se derritió.
—Pedro, realmente pienso que... —no pudo terminar de hablar, ya que él acercó los labios a la comisura de su boca.
La besó delicadamente, pero hizo que ella sintiera una explosión de necesidad. Su cuerpo recordó el éxtasis al que aquel hombre la había llevado. Él se alejó lo suficiente, aunque sin soltarla, como para poder mirarla a los ojos. En ese momento, un leve movimiento por parte de ella y se soltaría. Si quería, se podía marchar. Debería estar aliviada, pero en vez de ello se quedó confundida, consternada por su falta de decisión. Él le estaba dando una oportunidad. Debería marcharse en aquel momento mientras todavía podía pensar con claridad. Estaría invitando a que le rompiera el corazón si permitía que le hiciera el amor de nuevo. Pero aquel hombre la excitaba. Más que eso; tenía su corazón. Se preguntó cómo podía negarse cuando él era todo lo que quería. Tímidamente, se acercó y tocó con su temblorosa mano el pecho de Pedro. Notó lo rápidamente que le latía el corazón, evidencia del deseo que sentía por ella. Aquello no debía de suponer ninguna diferencia. Pero inevitablemente suponía toda la diferencia del mundo. Él se preocupaba por ella, sentía algo por ella aunque no fuese amor. Y en aquel momento la deseaba. A ella, a la mujer que se había enamorado perdidamente de él.
—Quiero hacerte el amor, Paula. Como es debido. Quiero demostrarte lo bien que pueden ir las cosas entre nosotros. Te mereces más de lo que te he dado antes. Mucho más.
Paula no tenía ninguna duda en dejar todo en sus manos. Si alguien podía recuperar su compañía era él. Haría lo que pudiese por Gonzalo y por ella.
—Yo... sí. Sí. Confío en tí —contestó, aliviada al admitirlo.
Los ojos de Pedro echaban chispas. A ella le costó respirar ante la intensidad de su mirada. Él le acarició los labios, consiguiendo que ella tuviese que luchar contra la desesperada necesidad de acercarse aún más a él, de presionar sus sensibles pezones contra el pecho de éste e invitarle a que la tomara de nuevo. Tenía que irse de allí antes de perder el control. Cerró los ojos, tratando de obtener fuerzas para marcharse. Pero la oscuridad sólo aumentaba la intimidad de su caricia, la agobiante sacudida de necesidad que hacía que su cuerpo y su determinación flaquearan. Cuando abrió los ojos, vio que Ronan tenía la cara cerca de ella. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
—Me debería marchar —susurró. Aquello no sonó convincente ni para ella.
Con su otra mano Pedro le acarició el brazo, el hombro y subió por su cuello. Cuando le introdujo los dedos por el pelo y masajeó su cuero cabelludo, ella se derritió.
—Pedro, realmente pienso que... —no pudo terminar de hablar, ya que él acercó los labios a la comisura de su boca.
La besó delicadamente, pero hizo que ella sintiera una explosión de necesidad. Su cuerpo recordó el éxtasis al que aquel hombre la había llevado. Él se alejó lo suficiente, aunque sin soltarla, como para poder mirarla a los ojos. En ese momento, un leve movimiento por parte de ella y se soltaría. Si quería, se podía marchar. Debería estar aliviada, pero en vez de ello se quedó confundida, consternada por su falta de decisión. Él le estaba dando una oportunidad. Debería marcharse en aquel momento mientras todavía podía pensar con claridad. Estaría invitando a que le rompiera el corazón si permitía que le hiciera el amor de nuevo. Pero aquel hombre la excitaba. Más que eso; tenía su corazón. Se preguntó cómo podía negarse cuando él era todo lo que quería. Tímidamente, se acercó y tocó con su temblorosa mano el pecho de Pedro. Notó lo rápidamente que le latía el corazón, evidencia del deseo que sentía por ella. Aquello no debía de suponer ninguna diferencia. Pero inevitablemente suponía toda la diferencia del mundo. Él se preocupaba por ella, sentía algo por ella aunque no fuese amor. Y en aquel momento la deseaba. A ella, a la mujer que se había enamorado perdidamente de él.
—Quiero hacerte el amor, Paula. Como es debido. Quiero demostrarte lo bien que pueden ir las cosas entre nosotros. Te mereces más de lo que te he dado antes. Mucho más.
Venganza: Capítulo 41
Pero a pesar de su furia impotente, un insidioso sentimiento de deseo se desplegó por todo su cuerpo, que se rindió ante la agobiante intensidad de sus emociones. No le quedaban fuerzas para luchar contra ellas nunca más. Él no la amaba ni la necesitaba. Pero ella lo amaba y lo necesitaba lo suficiente como para compensarlo. Ya no tenía orgullo.
—Paula —susurró él.
Ella lo miró, engañándose y obligándose a creer que aquella palabra conllevaba nostalgia. Pero de repente él se apartó de ella. Su alma gritó por el tormento que sintió al verse privada de él.
Pedro se quedó allí de pie, mirándola en silencio. Ella sintió cómo la estaba mirando, pero no podía mirarlo a los ojos. Parpadeó cuando la tomó de la mano y la condujo a sentarse a su lado en la cama. Los acontecimientos le habían sobrepasado. Estaba entumecida. Fascinada, observó cómo le cubría la mano con la suya y le acariciaba la muñeca con su dedo gordo, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera.
—Paula. ¿Qué ha pasado cuando has visto a Wakefield?
Ella se sintió decepcionada. Pedro realmente quería hablar.
—Paula —instó con suavidad—. ¿Qué ha pasado?
Ésta frunció el ceño, tragándose el nudo que tenía en la garganta al recordar a Wakefield.
—Bueno... ¿Me lo vas a contar?
Fue en ese momento cuando Paula lo reconoció. Ronan estaba impaciente. Más que eso. Estaba preocupado Estaba preocupado por ella. Observó cómo los músculos de su mandíbula se ponían tensos y cómo se le aceleraba el pulso. Supo que Pedro castigaría salvajemente a Wakefield. Ella sólo tendría que decir una palabra para que fuera así, ya que Wakefield era su enemigo declarado. Ella había sabido que Wakefield era escoria. Aquella noche sólo lo había confirmado. La sucia sugerencia que le había hecho era lo que debería haber esperado del hombre que había estafado a su hermano de una manera tan despiadada. Se había divertido siendo cruelmente franco sobre lo que ella tendría que hacer para que él reconsiderara la propiedad de su compañía. Se sintió sucia al recordar el insulto de Wakefield, su mirada lasciva y su devoradora sonrisa. Sabía que la respuesta de Pedro si le revelaba lo que había pasado sería rápida y violenta. Probablemente acabaría con un cargo por agresión. Y Wakefield no merecía la pena.
—Si te ha hecho daño, le destruiré. Ahora mismo —dijo Pedro, enfurecido.
—¡No! —dijo ella, tomándole por la muñeca, sintiendo cómo le latía el pulso—. No hay nada por lo que disgustarse —deseó que él la creyera—. Wakefield estaba interesado, pero no me obligó a nada. Simplemente no me gusta estar a solas con él. Me da escalofríos.
Logró sostener la mirada de Pedro hasta que éste le acarició la frente.
—¿No trató de tocarte?
—No —contestó. Wakefield había esperado que fuese ella quien lo hiciera.
—No volverás a estar a solas con él.
Nunca antes había dejado que nadie luchase por ella. En realidad nadie se había ofrecido a hacerlo. Pero Pedro estaba asumiendo ese derecho. Y ella no podía pelear durante más tiempo. No la amaba, pero la protegería de Wakefield.
—No debería haber dejado que te vieras con él a solas —dijo, con la furia reflejada en la voz—. En el futuro, seré yo el que trate con él. No importa lo que él prometa. Tú te mantendrás alejada de él.
—Lo haré —dijo ella, asintiendo con la cabeza, contenta de estar en terreno seguro.
—Paula —susurró él.
Ella lo miró, engañándose y obligándose a creer que aquella palabra conllevaba nostalgia. Pero de repente él se apartó de ella. Su alma gritó por el tormento que sintió al verse privada de él.
Pedro se quedó allí de pie, mirándola en silencio. Ella sintió cómo la estaba mirando, pero no podía mirarlo a los ojos. Parpadeó cuando la tomó de la mano y la condujo a sentarse a su lado en la cama. Los acontecimientos le habían sobrepasado. Estaba entumecida. Fascinada, observó cómo le cubría la mano con la suya y le acariciaba la muñeca con su dedo gordo, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera.
—Paula. ¿Qué ha pasado cuando has visto a Wakefield?
Ella se sintió decepcionada. Pedro realmente quería hablar.
—Paula —instó con suavidad—. ¿Qué ha pasado?
Ésta frunció el ceño, tragándose el nudo que tenía en la garganta al recordar a Wakefield.
—Bueno... ¿Me lo vas a contar?
Fue en ese momento cuando Paula lo reconoció. Ronan estaba impaciente. Más que eso. Estaba preocupado Estaba preocupado por ella. Observó cómo los músculos de su mandíbula se ponían tensos y cómo se le aceleraba el pulso. Supo que Pedro castigaría salvajemente a Wakefield. Ella sólo tendría que decir una palabra para que fuera así, ya que Wakefield era su enemigo declarado. Ella había sabido que Wakefield era escoria. Aquella noche sólo lo había confirmado. La sucia sugerencia que le había hecho era lo que debería haber esperado del hombre que había estafado a su hermano de una manera tan despiadada. Se había divertido siendo cruelmente franco sobre lo que ella tendría que hacer para que él reconsiderara la propiedad de su compañía. Se sintió sucia al recordar el insulto de Wakefield, su mirada lasciva y su devoradora sonrisa. Sabía que la respuesta de Pedro si le revelaba lo que había pasado sería rápida y violenta. Probablemente acabaría con un cargo por agresión. Y Wakefield no merecía la pena.
—Si te ha hecho daño, le destruiré. Ahora mismo —dijo Pedro, enfurecido.
—¡No! —dijo ella, tomándole por la muñeca, sintiendo cómo le latía el pulso—. No hay nada por lo que disgustarse —deseó que él la creyera—. Wakefield estaba interesado, pero no me obligó a nada. Simplemente no me gusta estar a solas con él. Me da escalofríos.
Logró sostener la mirada de Pedro hasta que éste le acarició la frente.
—¿No trató de tocarte?
—No —contestó. Wakefield había esperado que fuese ella quien lo hiciera.
—No volverás a estar a solas con él.
Nunca antes había dejado que nadie luchase por ella. En realidad nadie se había ofrecido a hacerlo. Pero Pedro estaba asumiendo ese derecho. Y ella no podía pelear durante más tiempo. No la amaba, pero la protegería de Wakefield.
—No debería haber dejado que te vieras con él a solas —dijo, con la furia reflejada en la voz—. En el futuro, seré yo el que trate con él. No importa lo que él prometa. Tú te mantendrás alejada de él.
—Lo haré —dijo ella, asintiendo con la cabeza, contenta de estar en terreno seguro.
jueves, 18 de julio de 2019
Venganza: Capítulo 40
Paula se abrió paso hacia la salida del bar, ignorando el bullicio que había junto a la ventana, donde Wakefield estaba sentado solo. Excepto por la camarera que fregaba lo que se había vertido. Era una pena que hubiese pedido una botella de champán. Si hubiese sido vino tinto, le habría dejado una mancha mucho más satisfactoria en su traje gris plata. Una que durara. Cuando salió a la calle, una sombra surgió de la oscuridad y se colocó a su lado. Era Julián Bourne, el jefe de segundad de Pedro. Tenía instrucciones de esperarla y llevarla de vuelta a la casa. En un principio ella se había opuesto, pero en aquel momento lo agradeció. La presencia de Bourne le recordaba a Pedro. Quería echarse en sus brazos. El le diría que todo estaba bien, que juntos vencerían a Wakefield. Y que la amaba. ¡Sí! ¡Seguro! Súbitamente, la indignación que se había apoderado de ella cuando había estado con Wakefield desapareció. Se sintió vacía y débil. Le temblaron las piernas y tuvo que juntar las rodillas para mantenerse en pie.
—¿Señora Chaves? ¿Está usted bien? —preguntó Bourne, preocupado.
—Estoy bien, gracias. ¿Dónde está el coche?
—Está aquí —Bourne señaló hacia un reluciente coche negro.
Paula entró en el coche y observó cómo Bourne telefoneaba rápidamente. Pensó que sería a su jefe, para decirle que ya la iba a llevar de regreso. De diferente manera, Wakefield y Pedro la habían hecho sentirse aquella noche como una mercancía. Como algo que se podía comprar. Se mordió el labio inferior, deseando poder volver en aquel momento a su casa. Pero había sido vendida; ella ya no tenía casa. Se estremeció ya que estaba exhausta. Miró por la ventanilla del coche, parpadeando para contener las lágrimas de fracaso y desilusión que amenazaban con brotar de sus ojos. Cuando llegaron a casa de Pedro y Bourne aparcó el coche, ella abrió la puerta incluso antes de que éste lo hubiese apagado.
—Gracias por traerme —dijo por encima del hombro mientras salía.
Pedro le abrió la puerta de la casa y se quedó allí apoyado, mirándola.
—Paula.
—Hola, Pedro —dijo ella sin mirarlo a los ojos. Él se apartó para dejarla pasar.
Mientras se dirigía hacia las escaleras, oyó un murmullo de voces masculinas. Se planteó si Bourne había presenciado la escena con Wakefield. Pero realmente no le importaba.
—Paula —dijo Pedro cuando ésta ya estaba arriba de las escaleras.
—Estoy cansada, Pedro. Me quiero ir a la cama.
—Tenemos que hablar —dijo él, siguiéndola por el pasillo.
—Esta noche no —Paula sólo quería encerrarse en su habitación.
—¿Has comido?
—No tengo hambre —contestó, con la atención puesta en la puerta de su habitación.
—Bien —dijo él, agarrándola por la muñeca—. Entonces no te importará si hablamos en vez de cenar —la dirigió hacia su habitación, abriendo la puerta con su otra mano.
—¡No! —exclamó, tratando de liberarse.
—Sí —dijo él, empujándola dentro de su espacio privado—. No te preocupes, no te voy a morder.
—¡Déjame! —Paula ya había aguantado suficiente manipulación aquella noche.
—¡Maldita sea, Paula! Necesito hablar contigo.
Pero a ella ya no le importaba nada. Había llegado al límite. Respiró agitadamente mientras trataba de soltarse. Pero de repente él la colocó contra la pared y apoyó su cuerpo en ella. Puso las manos en la pared a ambos lados de la cabeza de ella, que apenas podía moverse.
—¿Señora Chaves? ¿Está usted bien? —preguntó Bourne, preocupado.
—Estoy bien, gracias. ¿Dónde está el coche?
—Está aquí —Bourne señaló hacia un reluciente coche negro.
Paula entró en el coche y observó cómo Bourne telefoneaba rápidamente. Pensó que sería a su jefe, para decirle que ya la iba a llevar de regreso. De diferente manera, Wakefield y Pedro la habían hecho sentirse aquella noche como una mercancía. Como algo que se podía comprar. Se mordió el labio inferior, deseando poder volver en aquel momento a su casa. Pero había sido vendida; ella ya no tenía casa. Se estremeció ya que estaba exhausta. Miró por la ventanilla del coche, parpadeando para contener las lágrimas de fracaso y desilusión que amenazaban con brotar de sus ojos. Cuando llegaron a casa de Pedro y Bourne aparcó el coche, ella abrió la puerta incluso antes de que éste lo hubiese apagado.
—Gracias por traerme —dijo por encima del hombro mientras salía.
Pedro le abrió la puerta de la casa y se quedó allí apoyado, mirándola.
—Paula.
—Hola, Pedro —dijo ella sin mirarlo a los ojos. Él se apartó para dejarla pasar.
Mientras se dirigía hacia las escaleras, oyó un murmullo de voces masculinas. Se planteó si Bourne había presenciado la escena con Wakefield. Pero realmente no le importaba.
—Paula —dijo Pedro cuando ésta ya estaba arriba de las escaleras.
—Estoy cansada, Pedro. Me quiero ir a la cama.
—Tenemos que hablar —dijo él, siguiéndola por el pasillo.
—Esta noche no —Paula sólo quería encerrarse en su habitación.
—¿Has comido?
—No tengo hambre —contestó, con la atención puesta en la puerta de su habitación.
—Bien —dijo él, agarrándola por la muñeca—. Entonces no te importará si hablamos en vez de cenar —la dirigió hacia su habitación, abriendo la puerta con su otra mano.
—¡No! —exclamó, tratando de liberarse.
—Sí —dijo él, empujándola dentro de su espacio privado—. No te preocupes, no te voy a morder.
—¡Déjame! —Paula ya había aguantado suficiente manipulación aquella noche.
—¡Maldita sea, Paula! Necesito hablar contigo.
Pero a ella ya no le importaba nada. Había llegado al límite. Respiró agitadamente mientras trataba de soltarse. Pero de repente él la colocó contra la pared y apoyó su cuerpo en ella. Puso las manos en la pared a ambos lados de la cabeza de ella, que apenas podía moverse.
Venganza: Capítulo 39
—¡Ah! Una buena pregunta —Wakefield hizo una pausa y ella se estremeció—. Quedamos en vernos... ¿No te acuerdas? Nosotros dos solos. Querías hablar sobre la compañía de tu familia.
—Así es —contestó ella. A pesar de sus reservas se le aceleró el pulso.
—Bien. Pues quedemos. Cuanto antes, mejor.
Paula levantó la vista al oír la puerta abrirse y se le cortó la respiración. Allí estaba Pedro, con pantalones vaqueros, la camisa abierta y descalzo, mirándola. Se quedó impresionada. Avergonzada al excitarse sólo de verlo, agarró el teléfono con más fuerza.
—¿Paula? —dijo Wakefield con dureza—. He dicho que será mejor que quedemos pronto.
—Estoy de acuerdo, Carlos. Tan pronto como quieras.
Abrió los ojos como platos al ver a Pedro, tenso, frunciendo el ceño, adentrándose en la habitación.
—¿Qué te parece esta noche? —propuso Wakefield.
Pedro se había colocado a su lado, casi sobre ella, con la desaprobación reflejada en los ojos.
—Parece estupendo —dijo con la voz ronca. Se aclaró la garganta—. Quedamos y nos tomamos algo. ¿Dónde y a qué hora?
Miró hacia el reloj de la mesilla de noche cuando él le dijo el caro bar de la ciudad al que quería ir. Se dió cuenta de que se tenía que marchar pronto.
—Bien. Allí nos vemos —colgó el teléfono bruscamente antes de arrepentirse.
—¿Vas a ver a Wakefield? —la voz de Pedro reflejaba tensión.
—Sí —contestó, evitando su mirada—. Sólo tengo tiempo para maquillarme y secarme el pelo.
—¡No vas a verlo! —Pedro parecía escandalizado.
—¿Por qué no? —Paula no podía pensar con claridad cuando tenía a Pedro tan cerca de ella. Se apartó de él—. Esa era la razón de todo este absurdo engaño, ¿No es así?
Pedro la agarró por la muñeca y la atrajo hacia él. Ella anhelaba su pasión y su ternura. Y eso la ponía furiosa. ¿Cómo podía ser tan débil?
—¿Por qué nadie me dijo que su asistente personal ha estado llamando, que quería hablar conmigo? ¿A qué estás jugando?
—Necesitabas descansar. Has pasado por mucho últimamente y necesitabas tiempo para recuperaste. Hacer creer a Wakefield que eras inalcanzable no ha hecho ningún daño. Ha avivado su interés.
Tras haber asimilado aquello, Paula habló.
—Bueno, en un futuro, agradecería si me consultarás antes de interferir.
—He tenido a Wakefield en mi punto de mira desde hace tanto tiempo, que estoy acostumbrado a decidir por mí mismo.
—Pues conmigo no puedes hacerlo —los ojos de Paula reflejaban enfado y pasión.
Pedro deseaba esa pasión para él. En aquel momento, de nuevo. Durante toda la noche. Paula era como una droga. La única razón por la que la había dejado sola en la cama había sido porque sabía que había sido su primera vez. Estaría sensible, incluso dolorida. Y si se hubiese quedado allí, desnudo junto a ella, nada le hubiese impedido volver a tomarla.
—Yo me encargaré de él —dijo Pedro ásperamente.
—No —Paula soltó su mano y se dirigió al cuarto de baño—. Yo iré a verlo. Después de todo, es mi problema.
Pedro frunció el ceño. Ella tenía razón. Ya era hora de que se encontraran. Haberla mantenido incomunicada había servido para que Wakefield la deseara aún más y para que él tuviera contacto con algunos acreedores de éste y adquiriera algunas acciones útiles. No sabía por qué se estaba poniendo tan tenso. Al verla de aquella manera vestida sintió de nuevo aquella fiera sensación de posesión. «No puedes irte esta noche porque acabamos de hacer el amor y quiero volver a hacerlo. Porque hace una hora eras virgen y necesitas que yo te mime. Porque me pone enfermo pensar que vas a ver a Wakefield cuando eres mía. Porque te mirará con ese vestido y se pasará el resto del tiempo imaginándote sin él. Porque estoy celoso», pensó. ¿Estaba celoso? ¿De Wakefield? Imposible. Wakefield no era más que un enemigo para Paula. Era él, Pedro, quien la tenía en su casa, en su cama. Él era el amante de Paula. Pero no podía negar la irrazonable furia que le invadía al pensar en que ella pasase tiempo con Wakefield. O con cualquier otro hombre... No sabía qué demonios le estaba pasando. Nunca había sido un amante celoso. Había sido protector, pero nunca había sentido aquella actitud posesiva.
—Sí —se forzó a asentir con la cabeza—. Será mejor que lo veas. Pero tendrá que ser durante poco tiempo. Sacaré el coche y te veré abajo.
Sus miradas se cruzaron en el espejo del baño y casi cambió de idea sobre dejarla marchar. Se había maquillado de tal manera que acentuaba su belleza. El sólo quería que lo hiciera para él.
—Tomaré un taxi.
—Irás conmigo —dejó claro Pedro.
—Wakefield pensará que es extraño si me llevas a verme con él. ¿Qué amante lo
haría?
—Deja que Wakefield piense lo que quiera. Yo te llevo.
«O no vas», dijo para sí mismo Pedro.
Paula se quedó mirándolo durante un segundo y siguió maquillándose. Él se marchó de allí antes de tomarla en brazos y hacerle el amor.
—Así es —contestó ella. A pesar de sus reservas se le aceleró el pulso.
—Bien. Pues quedemos. Cuanto antes, mejor.
Paula levantó la vista al oír la puerta abrirse y se le cortó la respiración. Allí estaba Pedro, con pantalones vaqueros, la camisa abierta y descalzo, mirándola. Se quedó impresionada. Avergonzada al excitarse sólo de verlo, agarró el teléfono con más fuerza.
—¿Paula? —dijo Wakefield con dureza—. He dicho que será mejor que quedemos pronto.
—Estoy de acuerdo, Carlos. Tan pronto como quieras.
Abrió los ojos como platos al ver a Pedro, tenso, frunciendo el ceño, adentrándose en la habitación.
—¿Qué te parece esta noche? —propuso Wakefield.
Pedro se había colocado a su lado, casi sobre ella, con la desaprobación reflejada en los ojos.
—Parece estupendo —dijo con la voz ronca. Se aclaró la garganta—. Quedamos y nos tomamos algo. ¿Dónde y a qué hora?
Miró hacia el reloj de la mesilla de noche cuando él le dijo el caro bar de la ciudad al que quería ir. Se dió cuenta de que se tenía que marchar pronto.
—Bien. Allí nos vemos —colgó el teléfono bruscamente antes de arrepentirse.
—¿Vas a ver a Wakefield? —la voz de Pedro reflejaba tensión.
—Sí —contestó, evitando su mirada—. Sólo tengo tiempo para maquillarme y secarme el pelo.
—¡No vas a verlo! —Pedro parecía escandalizado.
—¿Por qué no? —Paula no podía pensar con claridad cuando tenía a Pedro tan cerca de ella. Se apartó de él—. Esa era la razón de todo este absurdo engaño, ¿No es así?
Pedro la agarró por la muñeca y la atrajo hacia él. Ella anhelaba su pasión y su ternura. Y eso la ponía furiosa. ¿Cómo podía ser tan débil?
—¿Por qué nadie me dijo que su asistente personal ha estado llamando, que quería hablar conmigo? ¿A qué estás jugando?
—Necesitabas descansar. Has pasado por mucho últimamente y necesitabas tiempo para recuperaste. Hacer creer a Wakefield que eras inalcanzable no ha hecho ningún daño. Ha avivado su interés.
Tras haber asimilado aquello, Paula habló.
—Bueno, en un futuro, agradecería si me consultarás antes de interferir.
—He tenido a Wakefield en mi punto de mira desde hace tanto tiempo, que estoy acostumbrado a decidir por mí mismo.
—Pues conmigo no puedes hacerlo —los ojos de Paula reflejaban enfado y pasión.
Pedro deseaba esa pasión para él. En aquel momento, de nuevo. Durante toda la noche. Paula era como una droga. La única razón por la que la había dejado sola en la cama había sido porque sabía que había sido su primera vez. Estaría sensible, incluso dolorida. Y si se hubiese quedado allí, desnudo junto a ella, nada le hubiese impedido volver a tomarla.
—Yo me encargaré de él —dijo Pedro ásperamente.
—No —Paula soltó su mano y se dirigió al cuarto de baño—. Yo iré a verlo. Después de todo, es mi problema.
Pedro frunció el ceño. Ella tenía razón. Ya era hora de que se encontraran. Haberla mantenido incomunicada había servido para que Wakefield la deseara aún más y para que él tuviera contacto con algunos acreedores de éste y adquiriera algunas acciones útiles. No sabía por qué se estaba poniendo tan tenso. Al verla de aquella manera vestida sintió de nuevo aquella fiera sensación de posesión. «No puedes irte esta noche porque acabamos de hacer el amor y quiero volver a hacerlo. Porque hace una hora eras virgen y necesitas que yo te mime. Porque me pone enfermo pensar que vas a ver a Wakefield cuando eres mía. Porque te mirará con ese vestido y se pasará el resto del tiempo imaginándote sin él. Porque estoy celoso», pensó. ¿Estaba celoso? ¿De Wakefield? Imposible. Wakefield no era más que un enemigo para Paula. Era él, Pedro, quien la tenía en su casa, en su cama. Él era el amante de Paula. Pero no podía negar la irrazonable furia que le invadía al pensar en que ella pasase tiempo con Wakefield. O con cualquier otro hombre... No sabía qué demonios le estaba pasando. Nunca había sido un amante celoso. Había sido protector, pero nunca había sentido aquella actitud posesiva.
—Sí —se forzó a asentir con la cabeza—. Será mejor que lo veas. Pero tendrá que ser durante poco tiempo. Sacaré el coche y te veré abajo.
Sus miradas se cruzaron en el espejo del baño y casi cambió de idea sobre dejarla marchar. Se había maquillado de tal manera que acentuaba su belleza. El sólo quería que lo hiciera para él.
—Tomaré un taxi.
—Irás conmigo —dejó claro Pedro.
—Wakefield pensará que es extraño si me llevas a verme con él. ¿Qué amante lo
haría?
—Deja que Wakefield piense lo que quiera. Yo te llevo.
«O no vas», dijo para sí mismo Pedro.
Paula se quedó mirándolo durante un segundo y siguió maquillándose. Él se marchó de allí antes de tomarla en brazos y hacerle el amor.
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