jueves, 18 de julio de 2019

Venganza: Capítulo 38

Paula se despertó entre la suave seda de las sábanas. Suspiró y hundió la cabeza en la almohada. Sentía su cuerpo vivo de una manera que nunca antes lo había sentido. Se sentía maravillosamente completa. Y todo por Pedro. El hombre que le había hecho sentirse preciosa, atractiva, especial. Como si realmente fuese la mujer de sus sueños. Tímidamente acercó su mano para acariciarle el pecho. Necesitaba que la abrazara de nuevo para convencerse de que aquello no era un sueño. Pero al hacerlo encontró que la cama estaba vacía, todavía cálida por el calor que había dejado el cuerpo de él. Algo parecido al pánico se apoderó de ella. Abrió los ojos y se dio cuenta de que era verdad; estaba sola. Tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta debido a la angustia que sentía. Las lágrimas empañaron su mirada. Se preguntó qué había esperado. ¿Una declaración de amor? ¿Una promesa de amor infinito? Apretó los labios amargamente al darse cuenta de su estupidez.

Se levantó de la cama. La vida le había enseñado que no había que creer en los milagros; no debía sorprenderle que él hubiese tomado lo que ella le había ofrecido y se hubiese marchado. Se tapó con la colcha. Estaba temblando y tenía frío. Se dirigió al cuarto de baño y, mientras lo hacía, al ver su bañador al lado de la ventana, apartó la vista de él. Supo lo que había hecho. Cuando llegó, cerró la puerta tras de sí y se metió en la ducha. Abrió el grifo y trató de regular el agua. Se había entregado a Pedro Alfonso. Le había suplicado. Se había ofrecido a él con tanto descaro, que él había vencido su desagrado y sus escrúpulos. Habían practicado sexo. Pero ella había hecho el amor. Había sido una tonta. Una tonta ridícula y patética. Rezó para que él no hubiese descubierto sus verdaderos sentimientos hacia él. Dejó que el agua cayera por todo su cuerpo como si pudiese lavar la debilidad fatal que había tenido. Pero ni en aquel momento, haciendo frente a la verdad brutal, podía decir que se arrepintiera de lo que había ocurrido.n Había sido maravilloso. Apasionado y ardiente. A pesar de que él no sentía nada por ella, la había hecho sentirse como una reina. Le encantaba y quería más. Pedro no le había engatusado con dulces palabras ni con falsas promesas. No podía haber dejado más claro que no quería una relación sentimental. Se había marchado de su lado.  Pero no se podía negar que lo que habían compartido había sido maravilloso. Salió de la ducha y se secó rápidamente. Se puso una toalla alrededor del pelo. Tenía que pensar en lo que iba a hacer, en cómo iba a salir de aquella situación imposible. O en si quería hacerlo.

Cinco minutos más tarde, la cama estaba hecha, como si no hubiese sido el escenario de un desastre tan grande. Le temblaban tanto las manos, que tuvo que apretarlas con fuerza. Se dirigió al armario y se vistió con uno de los conjuntos que Daniela le había convencido que comprara. En aquel momento más que nunca necesitaba seguridad en sí misma y aquel conjunto le daría la confianza que tan desesperadamente necesitaba. Aquel vestido rojo marcaba su figura haciéndola sentirse femenina. Estaba sentada en la cama desenredándose el pelo y deseando poder desenmarañar el embrollo en el que su vida se había convertido cuando llamaron al teléfono.

—¿Hola?

—Quiero hablar con Paula Chaves—el inconfundible tono de voz impaciente de Wakefield la dejó sin palabras—. ¿Le puede decir que se ponga?

—Soy yo —contestó, preguntándose qué demonios querría.

—Por fin. Soy Carlos Wakefield —dijo, haciendo una pausa como esperando a que ella dijese algo—. Te has estado escondiendo, Paula. No has contestado a las llamadas de mi asistente personal.

—Perdón —dijo ella, frunciendo el ceño—. ¿Qué llamadas?

—Mi asistente personal te ha estado llamando todos los días. ¿Dices que no te han llegado los mensajes?

Paula agitó la cabeza, planteándose si debía creerle.

—No he recibido ningún mensaje tuyo. ¿Qué ha pasado? ¿Con quién habló tu asistente?

—¿Importa eso ahora? Con quien sea que tu amante tenga ahí contratado.

Paula se apoyó en la cabecera de la cama, restregándose la sien, ya que tenía dolor de cabeza. Se preguntó por qué la señora Sinclair... o Pedro... no le habían pasado los mensajes.

—Parece como si Alfonso no quisiera que te vieras conmigo.

Paula estuvo de acuerdo. Eso era lo que parecía. La señora Sinclair era demasiado organizada como para olvidar algún mensaje. Le debían haber dicho que no se los diera. No entendía por qué, cuando la razón de que ella estuviera allí era para atraer a Wakefield.

—Estoy segura de que ha habido algún error —ofreció finalmente. No quería tratar con Wakefield, pero él era el hombre que tenía su compañía; la llave de su futuro y el de Gonzalo—. ¿Por qué me has llamado?

Venganza: Capítulo 37

Él se puso el preservativo y se arrodilló en la cama delante de ella, que todavía llevaba puesto el bañador.

—Quítatelo —susurró.

Ella le obedeció. Primero dejó entrever un pecho, luego el otro. Eran justo como él se los había imaginado. Perfectos. Tremendamente seductores. Paula se bajó aún más el bañador, pero el suspenso era tal, que Pedro se acercó y se lo arrancó. Oyó cómo ella daba un grito ahogado. El mismo se quedó sin aliento. Era preciosa. Tenía unas curvas muy sensuales. Acercó su mano a ella pero sin tocarla, ya que si lo hacía estaría perdido antes siquiera de haber empezado. La miró a la cara y vio que ella lo estaba mirando más abajo, ante lo que él vibró.

—Túmbate —susurró él a duras penas, pero ella entendió y lo hizo.

Pedro se colocó sobre ella, con las rodillas a ambos lados de su cuerpo y pudo sentir cómo temblaba. Se le encogió el corazón.


—Va a estar bien, Paula.


Ella le acarició el pecho, ante lo que Pedro se estremeció. El calor se apoderó de él, respondiendo eróticamente a su caricia. La tomó por ambas muñecas y se las colocó por encima de la cabeza, agarrándolas con una sola mano. Le apartó los muslos con uno suyo. Vió cómo sus pechos se movían al compás de su respiración, pero no podía lamerlos; no en ese momento. En vez de eso acarició su sexo, acarició el sensible punto femenino. Sus caderas se sacudieron y ella empujó hacia él. Le introdujo un dedo y pudo sentir lo excitada que estaba. Podía oler su esencia femenina.

—Pedro, por favor —Paula dió un grito ahogado—. Pedro...

—Shh. Lo sé, cielo. Quieres más. Como yo.

En ese momento, la miró a los ojos y lo que vió reflejado en ellos le hizo sentirse como un rey. La penetró. Ella cerró los ojos. Era como estar en el cielo y en el infierno a la vez. Éxtasis y tortura al mismo tiempo. Paula era muy estrecha, muy... Frunció el ceño. ¿No sería...? Se detuvo, temblando por el esfuerzo de aguantarse y trató de pensar. Paula tenía una dura expresión reflejada en la cara, no sabía si fruto del placer o del dolor. Pero estaba tensa, con todo el cuerpo tirante como por la impresión sufrida. Él le acarició un pecho y el pezón. Ella se estremeció y se quedó sin aliento, pero aun así seguía con los ojos cerrados. Pedro le acarició el pecho con toda la mano para luego acercarse a besarlo. ¡Tenía un sabor tan dulce!

—Pedro —susurró ella invadida por la necesidad. Él sonrió y se concentró en disfrutar de acariciar el pecho de ella con su lengua... besándolo, chupándolo, lamiéndolo...—. ¡Pedro!

Este le puso un brazo bajo la rodilla, colocando la cadera de ella a su altura para poder sumergirse en su calidez. Paula abrió los ojos, que expresaban cómo lo deseaba y Pedro supo que era el momento.

—Paula—dijo al penetrarla. Nunca antes había sentido algo así; una necesidad salvaje combinada con tanta ternura, con tanta necesidad de entregarle todo. Ella era mucho mejor de lo que se había imaginado.

Le besó el cuello y ella se estremeció. Lo abrazó por los hombros con ademán posesivo. Levantó más las rodillas, abrazándolo con sus largas piernas, haciéndolo con más fuerza cuando comenzó a moverse más rápidamente. Él casi se perdió en ese momento. Le costó contenerse, pero tras hacerlo oyó cómo ella lo llamaba, sintió cómo se apretaba contra él, haciendo que la penetrara más rápidamente... fue entonces cuando se dejó llevar por el puro y salvaje éxtasis de hacer el amor con Paula. Nada se podía comparar con aquello. Se apartó de ella y la abrazó cuando se recostó en la cama.  No. No había sido un hombre decente. No se había preocupado de lo que estaba bien, sólo de satisfacer su deseo. Ella había sido virgen. Y contra todo pronóstico él había sido la primera persona que le había hecho el amor. Todavía le aturdía sólo pensarlo. Se sintió poseído por un sentimiento de propiedad sobre ella. No pudo evitar una sonrisa de satisfacción. Le acarició posesivamente el cuerpo. Paula necesitaba que la cuidara. Había confiado en que él la ayudaría y la protegería. Pero le había fallado. No había sido honrado. No la había protegido. En vez de eso había sido imperdonablemente egoísta, se había aprovechado de la debilidad de ella cuando estaba más vulnerable. Debería avergonzarse de sí mismo. Esperó que su conciencia le diera una bofetada. Pero no lo hizo. En vez de eso sintió una petulante satisfacción por haber conseguido lo que necesitaba...

martes, 16 de julio de 2019

Venganza: Capítulo 36

Pedro estaba muy excitado. Tenía el pecho agitado, a punto de reventar y respiraba con dificultad. Se agarró al lavabo del cuarto de baño con ambas manos, tratando de calmarse. Agachó la cabeza y colocó el cuello bajo el agua fría para luego echarse agua en la cara. Pero no dió resultado. La necesidad que sentía era tan fuerte que hasta le dolía el cuerpo. «Quiero sentirte dentro de mí». Paula no había sabido lo que pedía. Un hombre decente se habría marchado, como había hecho él. Pero un hombre decente apartaría esas palabras de su mente... y él no podía. Un hombre decente recordaría que ella estaba de duelo, que la habían herido y que necesitaba protección. Incluso necesitaba que la protegieran de sí misma para restablecer su equilibrio. Un hombre verdaderamente decente sabría que había sido su ego herido el que había pedido aquello y no se aprovecharía. Tenerla en su casa había sido su brillante idea, pero en aquel momento había descubierto, demasiado tarde, lo peligrosa que ella era; era pura tentación. Cuando volvió al dormitorio, Paula estaba todavía en la cama, mirando por la ventana y con un aspecto muy vulnerable. Cuando se acercó a la cama y tiró una caja de preservativos en la mesilla de noche, ella lo miró asombrada.

—¡No! —exclamó, levantándose—. No hablaba en serio. No quiero que...

Dejó de hablar ya que no encontraba las palabras, pero volvió a hacerlo cuando él comenzó a desabrocharse el cinturón.

—Pedro, no. No quiero hacerlo.

Este se quitó los zapatos y dejó caer sus pantalones.

—¿Estás segura? —preguntó, agachándose para quitarse los calcetines. Cuando se levantó, vio que ella se acercaba a él. Sus labios eran una sensual invitación, sus pechos magníficos... su cuerpo estaba hecho para él.

—¿Qué es eso? —preguntó ella, casi inaudiblemente para él debido al sonido de los latidos de su corazón.

—Es una cicatriz, Paula —contestó él, que observó cómo ella se quedaba helada—. ¿Es tan feo que no puedes soportar hacer el amor conmigo?

—¡Claro que no!

Paula se acercó aún más a él y le acarició el costado. Ronan se estremeció.

—¿Qué pasó?

—Lo que a tí —contestó con dureza—. Un accidente. Pero el mío fue un accidente de avión. Nuestra Cessna se estrelló contra unos arbustos. Yo tenía veinte años y mi mejor amigo veintiuno. Él era el piloto y murió en el accidente.

—Oh, Pedro.

—Ahórrate tu pena —en aquel momento, Pedro no estaba interesado en recordar todo aquello.

Sólo tenía la mente centrada en una cosa. Paula.

—¿Así que sí que sabes?

—¿Qué? —Pedro frunció el ceño, tratando de entender.

—Sí que sabes cómo se siente uno al sufrir algo así —explicó ella, acariciándolo—. Una pérdida... y sufrir heridas.

Pedro le agarró la muñeca y le apartó la mano de su cuerpo. No podía soportar mucho más. No si quería ser capaz de controlarse. Ya estaba empezando a perder el control. La tomó por los hombros y la recostó en las almohadas. Parecía una vampiresa.

—Ahora no es el momento para hablar sobre ello —logró decir él, bajándose los calzoncillos y acercándose a tomar un preservativo—. Lo único que ahora importa, Paula, es que te deseo endemoniadamente. Y por la expresión de tu cara sé que sientes lo mismo que yo.

Hizo una pausa lo suficientemente larga como para que ella protestara. Pero no lo hizo. En vez de eso, lo miró con una mezcla de deseo y sobrecogimiento.

Venganza: Capítulo 35

—Tú no lo entiendes —dijo con la voz ronca.

—Oh, cariño, lo entiendo muy bien —dijo él con dulzura en la voz y acariciándole la cara de tal manera que Paula pensó que sería su perdición.

Alentada por la necesidad de recobrar un poco de control y por el enfado que sentía, apartó la mano de Pedro. Lo agarró por los hombros, se levantó y lo besó... en la boca. No lo hizo con dulzura ni sutileza, sino con el tumulto de emociones que sentía: enfado, dolor, desesperación y añoranza. Su boca mostraba la desesperación que sentía. Él permitió que lo besara, inclinando la cabeza para ponérselo más fácil. Pero no le respondió al beso. No debidamente. Estaba permitiendo que ella lo utilizara. Sentía pena por ella. Le acarició la nuca mientras que se dejaba caer en la cama. Al principio sintió cómo él se resistía, pero al final le permitió que ella lo atrajera hacia sí, y la cubrió con su cuerpo. Le acarició el pelo, le mordisqueó el labio inferior para después saborearlo con su lengua. Él abrió la boca y ella pudo ahondar en el refugio de ésta. Suspiró, dándose cuenta de que lo deseaba completamente. Su aroma a almizcle la excitaba.

En un segundo todo cambió. Pedro despertó en sus brazos. El beso que ella había pensado que controlaba se convirtió en un lujurioso y sensual apareamiento de sus bocas. Se aferró a él desesperada. Pedro le apartó las piernas con una de sus rodillas. Ella emitió un grito ahogado al sentir la dureza del cuerpo de él contra el suyo. Pero no tenía suficiente. Se movió debajo de él, ansiosa por estar todavía más cerca mientras que éste le acariciaba el pelo, la garganta, los hombros y, después, los pechos. El calor se apoderó de ella mientras él le apretaba los pechos, para luego acariciarle un pezón hasta que una sacudida de puro deseo la hizo temblar. Ansiaba más. Y él se lo dió. Dejó de besarla en la boca para hacerlo por el cuello y dirigirse, impaciente, a besar su otro pezón, por encima de la resbaladiza lycra del bañador. Ella respiró profundamente para tratar de recuperar el oxígeno que le faltaba a su cerebro, pero era imposible pensar viéndole a él sobre sus pechos. Sentir cómo le mordisqueaba los pezones era un tormento exquisito. Se acercó a él y fue recompensada al sentir el sólido peso de la necesidad de éste contra su cuerpo. Calmó la sensación de vacío, pero sólo por un instante. Ni eso era suficiente en aquel momento.  Pedro bajó su mano para acariciarle el muslo y, cuando tras hacerlo, le acarició entre las piernas, Paula pensó que se le iba a parar el corazón.

—Pedro —murmuró.

Su voz denotaba el vehemente deseo que la invadía. Lo deseaba más de lo que nunca se había admitido a ella misma y más de lo que él nunca sabría.

—¿Mmm? —Pedro le mordisqueó la garganta, tras lo cual, como si supiera lo que ella quería, introdujo los dedos por debajo del bañador de ella, acariciando el centro de su pasión.

—¡Pedro!

Indefensa, superada por sensaciones más fuertes de lo que nunca había sentido, sintió cómo su cuerpo se elevaba ante aquel contacto, suplicando más y más. Una vez más Pedro la satisfizo, introduciendo sus dedos en ella.

—¡No lo hagas! —dijo, jadeando.

Era lo que quería, pero al mismo tiempo no lo era. Quería más. Lo quería a él. Todo él. Pero su caricia era deliberada, rítmica y ella se movió nerviosa, acompañando a su mano.

—¿Que no haga qué? —preguntó él.

De repente ella sintió cómo su cuerpo se ponía rígido, inundado por una increíble sensación.

—No... no pares —jadeó ella mientras que él la besaba y le llevaba a sentir un glorioso y abrumador éxtasis.

Paula se estremeció incontrolablemente, abrazada a él.  Tardó unos minutos en recuperarse de la espiral de intensidad física y emocional en la que se había sumergido. Antes de hacerlo, se dio cuenta de la inconfundible rigidez que tenía Pedro, que estaba muy excitado. Le acarició la mandíbula. A pesar del maravilloso clímax al que él la había llevado quería más. Lo necesitaba. «Hazme el amor, Pedro», quiso decir ella. Pero sabía que él no querría oírle decir eso.

—Te deseo —fue lo que susurró.

Él se quedó helado, incluso pareció que hasta se quedó sin respiración. Nerviosa, le acarició el cuerpo hasta llegar a su sexo, largo y erecto.

—¡No! —exclamó él, apartándole la mano y alejándose de ella.

Paula frunció el ceño. ¿No se suponía que le tenía que tocar?

—Pero tú no has... —dijo ella mientras él esbozaba una desalentadora expresión.

—Eso no importa —parecía que estaba conteniendo muchas emociones.

—Pero... —Paula se mordió el labio inferior, preguntándose qué sería lo que había hecho mal. Alzó sus manos para acariciarle la mandíbula—. Por favor, Pedro.

Pedro debía saber cómo se sentía ella. Lo encaprichada que estaba de él. No tenía nada que perder.

—Por favor —susurró—. Quiero sentirte dentro de mí. Estaba tan cerca de él, que pudo ver cómo sus pupilas se dilataron. Pero se apartó de ella.

Al ser despojada del calor de Pedro un escalofrío le recorrió el cuerpo. O quizá fue por la expresión de sus ojos. No era la mirada de un amante. Ni siquiera era la mirada de un amigo.

—No —dijo él, dirigiéndose a mirar por la ventana—. No sabes lo que estás pidiendo.

Paula se mordió el labio inferior con fuerza, esperando que el dolor la ayudara a concentrarse en apartar las lágrimas. Se había enamorado de él. Pero lo que él sentía por ella era pena. Pena y, a juzgar por la expresión que había esbozado al mirarla momentos antes, desagrado, desagrado ante las grotescas cicatrices que no podía esconder. Parpadeó furiosa y hundió la cabeza en la colcha. La verdad fue tan devastadora, que ni siquiera se dió cuenta de cuándo salió él de la habitación.

Venganza: Capítulo 34

—Quizá sea que me guste llevarte en brazos —dijo él, impaciente—. ¿Alguna vez has considerado esa posibilidad?

Paula lo miró a la cara. Lo que vio fue el enfado que reflejaba su ceño fruncido. Pensó que seguramente no había querido decir eso. Lo que sentía por ella era pena. Pero el problema era que cuando la tomaba en brazos ella se sentía apreciada y ridículamente femenina. Él la acercó aún más hacia sí e hizo que el calor se apoderara de ella, la cual se rindió ante lo inevitable. Apoyó su cabeza en el cuerpo de él mientras la llevaba a la planta de arriba. Cerró los ojos y trató de recopilar la memoria de aquel momento, para así poder saborearla cuando estuviera sola de nuevo. Cuando él cerró una puerta tras ellos, ella volvió a abrir los ojos y vió que estaban en su habitación. Pedro se acercó a la cama y la depositó sobre ella.

—La colcha —protestó ella, tratando de levantarse para no manchar la colcha de seda.

—Olvídate de la colcha —dijo él, dándole un leve empujoncito a Paula para que se tumbara—. ¿Qué demonios pensabas que estabas haciendo, Paula? ¿O ni siquiera pensaste? ¿No te importa poder hacerte daño? Puedes tener una recaída que haga que todo el trabajo de los cirujanos no sirva de nada.

Ella fue a contestar, pero no pudo. Estaba paralizada ante este nuevo Pedro Alfonso. Se había estado preguntando qué sería lo que escondía él bajo su máscara de control. Y en ese momento se le concedió el deseo. Pedro la miró hecho una furia. Tenía el cuello rígido por la tensión. Ella lo deseaba. No la asustaba. Sabía que nunca le haría daño. No era de esa clase de hombres. Al verlo luchando contra aquellas emociones tan fuertes se desató en ella una espiral de excitación. Se dijo a sí misma que era una depravada. ¿Cómo era posible que se excitara ante el enfado de él? Agitó la cabeza, tratando de encontrar un poco de cordura.

—Estoy bien. Simplemente nadé demasiado deprisa y...

—¡Y nada! Menos mal que llegué a casa cuando lo hice porque si no te podía haber encontrado flotando boca abajo en el agua.

—Oh, no seas ridículo —dijo ella bruscamente.

—¿Que no sea ridículo? —Pedro se acercó a ella—. Y supongo que tú no estabas siendo ridícula cuando te negaste a salir de la piscina, ¿Verdad?

—Puedo tomar mis propias decisiones —dijo ella, incorporándose—. Por si se te ha olvidado, recuerda que soy una mujer adulta.

Pedro se rió amargamente ante aquello.

—No me he olvidado de eso, Paula. Créeme —apartó la mirada de su cara para mirarle el cuerpo.

Inmediatamente, el deseo se apoderó de Paula. Se le endurecieron los pezones.

—Y supongo que pensaste que tenía sentido quedarte en el agua antes que dejarme ver esto, ¿No es así?

Pedro acercó su mano al muslo izquierdo de ella y le acarició las cicatrices. Ella se estremeció y aguantó la respiración.

—¡No hagas eso!

—¿Por qué no? —preguntó él, mirándola a los ojos—. En algún momento tendrás que afrontarlo, Paula. Ahora forma parte de tí y tienes que aprender a vivir con ello.

Lágrimas de furia empañaron la mirada de Paula, que parpadeó para apartarlas.

—¡Arrogante malnacido! ¿No crees que ya lo sé? He vivido con ese dolor durante meses. ¿Cómo me voy a olvidar de ello si lo veo cada vez que me ducho? Cada vez que me visto. Siento la debilidad y recuerdo...

Se le hizo un nudo en la garganta ante los recuerdos que se agolparon en su mente. Y aquel hombre, que no sabía nada sobre lo que se siente al perder a alguien tan trágicamente como ella perdió a su padre, o al estar desfigurada, tenía el descaro de darle un sermón porque ella quería preservar la poca dignidad que le quedaba. Lo miró, sin saber qué pesaba más... la necesidad de tenerlo o de no volver a verlo.

Venganza: Capítulo 33

Paula hizo el giro al borde de la piscina. Un par de largos más y lo dejaría. Pedro no estaría en casa hasta dentro de unas horas, pero siempre se aseguraba de terminar de nadar mucho antes de que él llegara. Para su consternación, había descubierto que la debilidad que sentía por él se hacía más fuerte cada día. Gracias a Dios no habían interpretado la farsa muy frecuentemente. Pero cada vez que lo habían hecho, él había sido el perfecto amante. Cuando fue a salir de la piscina, una fuerte mano apareció delante de ella. Miró hacia arriba y vió la cara de Pedro. Contuvo la respiración ante la intensa mirada de éste.

—Vamos —dijo él con su profunda voz—. Ya es hora de que salgas de ahí.

Ignorando la mano que le tendía, se apartó del borde de la piscina.

—No he terminado —jadeó. ¡Lo que fuera para que él se marchara!

—Sí. Ya has terminado. La señora Sinclair me ha dicho que llevas aquí cuarenta minutos.

—¿Has hecho que tu ama de llaves me espíe?

—No seas absurda, simplemente se dió cuenta de cuándo saliste y está preocupada por si sufres una recaída. Sabe que estás en proceso de recuperación.

—Saldré en un minuto —dijo Paula—. Te veré dentro.

—Vas a salir ahora —le ordenó él—. Fíjate cómo respiras. Necesitas parar ahora mismo.

Era cierto que tenía la respiración agitada, pero tenía tanto que ver con el efecto que él tenía sobre ella como con haber estado practicando ejercicio.

—Ya te he dicho que voy a salir pronto —lo haría cuando él se hubiese ido.

Ya tenía suficiente con las miradas de los extraños en la piscina local. No quería que él la mirara también de aquella manera.

—Paula, toma mi mano y deja que te ayude a salir. O me meteré a por tí.

Cuando Pedro se desabrochó la camisa ella se dió cuenta de que no estaba de broma.

—Está bien —gritó, sintiéndose ridícula—. Voy a salir.

En vez de tomar la mano que le tendía él, nadó hasta la escalerilla, manteniendo su parte izquierda oculta. Se dió cuenta enfadada de que él tenía razón; había nadado durante demasiado tiempo y le temblaban las piernas. Pero tenía que llegar a la toalla. Pero él llegó antes y le acercó la toalla. Se puso tensa cuando él la miró un momento pero exhaustivamente y se ruborizó cuando observó que él lo había visto.  A duras penas se resistió a taparse las feas cicatrices que estropeaban su muslo izquierdo. Pero era demasiado tarde. Lo miró a la cara, pero no pudo vislumbrar ni desagrado ni lástima. Lo que sí pudo ver fue que sus ojos parecían más oscuros de lo normal, casi con el tormento reflejado en ellos.

Pedro no hizo ningún comentario sobre el horrible legado de su accidente de coche y ella era demasiado orgullosa como para referirse a ello. Sólo el orgullo la mantenía en pie en aquel momento. Se había quedado sin energías. Se acercó para tomar la toalla, pero una pierna le falló, aunque se recuperó apoyándose en su otro pie. Pero no lo hizo lo suficientemente rápido. En un abrir y cerrar de ojos, Pedro la tomó en brazos.

—No me tienes que llevar en brazos. Me puedo mantener en pie.

—Sí que lo tengo que hacer —rebatió él, acercándola hacia su cuerpo y dirigiéndose hacia la casa.

Aunque la excitación le recorría todo el cuerpo, Paula deseó estar en cualquier otra parte que no fuera en sus brazos.

—Pedro —dijo una vez dentro de la casa, tan calmada como pudo—. Tenías razón. Debería haber salido antes de la piscina. Pero no tienes que hacer esto. Puedo andar.

martes, 9 de julio de 2019

Venganza: Capítulo 32

Al mirar a Paula, allí sentada con la luz de una lámpara cercana sobre ella, se dió cuenta de que la lujuria que sentía era sólo una parte de todo lo que verdaderamente sentía hacia aquella mujer. También sentía una necesidad de protegerla y una calidez que le hacían sentirse... completo.

—El año pasado estuve unos meses en el extranjero. Tenía que cerrar algunas negociaciones y también estuve de vacaciones. Cuando regresé... —se agarró con fuerza a los brazos de la silla—. Cuando regresé, me encontré con que Wakefield había abandonado su costumbre de ir detrás de mis novias. Había centrado su atención en mi hermana.

Debería haber atacado al malnacido en aquel momento. Pero la vida no era tan simple.

—Laura es mucho más joven que yo. No tenía ni idea de mi historia con Wakefield ni de cómo es en realidad. Es despierta, lista y está llena de vida, pero es un poco ingenua.

O lo había sido.

—Se dejó embaucar por él. Se enamoró de él y creyó que él también lo estaba de ella. Le daba igual lo que le dijeran. Esperaba que le propusiese matrimonio.

Pedro pudo observar el horror que reflejaba la cara de Paula.

—¿Pedro? —dijo ella en tono bajo. Sus ojos reflejaban la preocupación que sentía.

—Nunca se lo propuso —dijo él abruptamente—. Y en vez de eso, Laura descubrió que estaba embarazada. Fue a decírselo, impaciente por hacerlo en persona. Pero nunca llegó a hacerlo. Fue el día que él la dejó de la manera más cruel posible; dejó que lo encontrara en la cama con otra mujer. Y tras ello le dijo que su relación había sido una farsa; simplemente había querido saber cómo era tener sexo con la hermana de Pedro Alfonso.

Pedro apenas se dió cuenta de la exclamación que emitió Paula ante el horror de todo aquello. Era la cara de Laura en la que estaba pensando. Recordó lo consternada que había estado por el dolor y el miedo cuando el médico le confirmó que había perdido el bebé que esperaba. No había llorado. No lo hizo en aquel momento. Se había quedado impresionada y en silencio. Las lágrimas no llegaron hasta después. No llegaron hasta que la depresión se apoderó de ella de la manera más desalentadora posible. Se le aceleró el corazón al recordar el desesperado trayecto hasta el hospital, la espera hasta que le hicieron el lavado de estómago debido a las pastillas para dormir que había tomado, la expresión de la cara de su madre cuando le dijeron que Laura tenía suerte de estar viva...

A Paula se le erizó la piel. ¿Podía Wakefield llegar a ser tan cruel? Era mucho más fácil pensar que Pedro había exagerado... pero no era una exageración. Recordó los fríos ojos de Wakefield. Había algo inhumano en la helada intensidad de su mirada. Su instinto le decía que aquello era la verdad. Pero estaba claro que todavía había más. El dolor reflejado en la cara de Pedro era tal que casi se acercó a consolarlo.

—Laura ha estado... mal desde entonces —dijo Pedro.

—¿Y el bebé?

—Lo perdió.

Paula se sintió enferma. Miró por la ventana, pero todo lo que podía ver era el profundo dolor y la intensa furia que reflejaban los ojos de Pedro.

—¿Wakefield no espera que actúes en su contra? ¿Después de lo que le hizo a tu hermana...?

—Wakefield no tiene claro que yo lo sepa. Laura podría no tener confianza en mí. Y lo que él no sabe es lo del embarazo. Pero es mi responsabilidad detenerlo antes de que haga más daño.

Todo cobraba sentido... la obsesiva necesidad que tenía Pedro de destruir a Wakefield, la disposición de defender su causa contra el enemigo común, su proteccionismo... incluso las abrasadoras miradas.  No era atracción lo que sentía por ella; la veía como a otra mujer vulnerable. Probablemente le recordaba a su hermana. Lo que sentía era pena por ella.