Pedro Alfonso observó a la glamorosa muchedumbre que se agolpaba en la recepción del hotel. No era posible que una serpiente como Wakefield tuviese tantos amigos. Sintió ganas de darle un puñetazo, aunque eso sólo la consolaría temporalmente. Pronto, muy pronto, Wakefield tendría lo que se merecía. Pedro se encargaría de que así fuera. Pensó en lo que iba a pasar. Aquella noche había insinuado cuál iba a ser su próximo paso en una importante operación comercial. No le cabía ninguna duda de que a la mañana siguiente Wakefield estaría impaciente por seguir el ejemplo. Sería el momento en el que acabaría con él. Era simple. Y lo tenía preparado desde hacía mucho tiempo. Se encogió de hombros y se dió la vuelta para marcharse de allí. Pero algo en la colorida y ruidosa sala llamó su atención. Alguien. La vió entrar y mezclarse con la multitud. Estaba sola y vestía de forma descarada para un lugar como aquél, con toda aquella gente vestida de manera elegante. Parecía una mujer con una meta; se reflejaba en sus brillantes ojos oscuros y en su palpable aire de determinación. La mujer se detuvo para preguntarle algo a alguien, tras lo cual cambió de rumbo y se dirigió hacia donde estaba Wakefield. Momento en el cual Pedro decidió que se quedaría un poco más. Algo le decía que aquello iba a ponerse mucho más interesante.
Paula respiró profundamente y siguió hacia delante. Las sensaciones de miedo y triunfo se agolpaban en su mente al mismo tiempo. Le dió un vuelco el corazón de manera reveladora. «Puedes hacer esto, Paula. Tienes que hacerlo». «Es tu última oportunidad». Necesitaba tener mucha suerte. No podía permitirse el lujo de fallar. Sobre todo cuando su futuro y el de su familia dependían de ello. Se acercó a él entre la muchedumbre, sintiéndose totalmente fuera de lugar. Notó cómo la gente la miraba y levantó con orgullo la barbilla. Tenía negocios importantes con Carlos Wakefield y nada, ni las tácticas de evasión de él ni su propio temor, la iba a detener en aquella ocasión. Anteriormente, sus guardaespaldas le habían dado evasivas, diciéndole que no podía verla porque estaba muy ocupado. ¡Pero en aquel momento no tenía otra opción que hacerlo! Levantó la mirada y se detuvo ante unos ojos azules que la miraban de tal manera que parecía que traspasaban sus barreras y llegaban hasta lo más profundo de sus temores. Se le quedó la garganta seca al observar la cara del hombre que sobresalía entre la muchedumbre. No lo conocía, pero sabía, ya que lo había visto en los periódicos, que no era Wakefield. El hombre tenía unos rasgos duros e intrigantes. Era más que guapo. Su altura y lo ancho de sus hombros denotaban pura masculinidad. Potente. Vital. Su presencia imponía. Paula tragó saliva con fuerza, tratando de apagar el calor que la estaba invadiendo por dentro. Pero en aquel momento alguien se rió y la empujaron hacia delante. Ella recordó su cometido.
Wakefield estaba de pie cerca de las ventanas, sonriendo. Tenía el aspecto de lo que era; uno de los hombres más ricos de Australia. Aquélla era la oportunidad de Paula. Se tenía que concentrar en lo que había ido a hacer; en Wakefield. Pero no se movió. Se quedó mirándolo, pero en lo que pensaba era en el hombre de pelo negro que estaba cerca de ella. Podía sentir cómo la estaba mirando. Resistió la tentación de volver la cabeza y mirarlo de nuevo. No podía distraerse. Respirando profundamente, se acercó a Wakefield... el hombre que estaba destrozando su vida. Tenía una sonrisa escalofriante, que hizo que ella se estremeciera por la aprensión que sintió.
—Señor Wakefield —dijo Paula en un tono demasiado estridente, que hizo que todos se volvieran a mirarla. Se ruborizó al observar que todos se callaron a su alrededor.
Se puso tensa al ver el desprecio que denotaba la mirada de Wakefield.
—Soy Paula Chaves, señor Wakefield —dijo, esbozando una forzada sonrisa y tendiéndole la mano.
—Señora... Chaves —dijo él, sonriendo y apretándole la mano—. Bienvenida a mi pequeña fiesta. ¡Damián! Anota lo que tenga que decir.
—No, señor Wakefield. Yo no soy una empleada suya —su voz denotó el enfado que sentía, pero no le importó. El sabía perfectamente quién era ella—. Pero estoy aquí por un asunto de negocios. Esperaba poder concertar una reunión privada con usted.
—Ah, Damián —Wakefield se dirigió al elegante hombre que apareció a su lado—. La señora Chaver quiere una cita.
—Señor Wakefield, mi apellido es Chaves, Paula Chaves—aclaró, acercándose aún más hacia él. Sintió cómo la satisfacción la invadía cuando observó que tenía toda su atención—. Estoy segura de que recuerda el apellido. Después de todo conoce a mi hermano, Gonzalo.
jueves, 6 de junio de 2019
Venganza: Sinopsis
Paula Chaves no sabía absolutamente nada del arte de la seducción, pero tenía que hacer algo para salvar a su hermano de la ruina.
Pedro Alfonso era un hombre rico, guapo... y con sed de venganza. Para él la estrategia era muy sencilla: si Paula se hacía pasar por su amante, él se encargaría de que el hombre que tanto les había hecho sufrir a ambos recibiese su justo merecido. Pero Paula opinaba que era una locura. Nadie creería que un hombre como Pedro, el soltero más deseado y rico de Australia, pudiera desear a una mujer como ella.
martes, 4 de junio de 2019
Eres Irresistible: Epílogo
Nadie preguntó si había alguna razón para que se casaran tan pronto porque todos estaban felices por ellos. Era un soleado día de mayo y todos los Alfonso habían acudido a la celebración. Paula estaba apabullada por la enorme familia política que había adquirido al casarse con Pedro, entre cuyos miembros había algunas celebridades: el corredor de motos Leandro Alfonso, el autor Adrián Moreland, Rock Mason de pseudónimo; la princesa Noelia Alfonso Yasir, esposa del jeque Jamal Air Yasir. Todos ellos la acogieron con los brazos abiertos. No podía dejar de sonreír al pensar en lo pequeño que era el mundo cuando descubrió que su padre conocía desde hacía tiempo al senador Eduardo Alfonso, con el que había coincidido en varios eventos. Y su felicidad era completa porque hacía unos días, Pedro le había dicho que posaría para la revista.
Como habían decidido que querían una boda discreta, Paula llevaba un traje de chaqueta blanco y fueron paseando hasta el rancho Shady Tree, donde los esperaban los invitados. Pudo hablar con uno de los familiares mayores, como Julio Alfonso, que era el responsable de que la rama de Atlanta y la de Denver se hubieran puesto en contacto. Después de hablar con él, había averiguado muchos más detalles de la vida de Rafael y del misterio que lo rodeaba. Un poco más tarde, Pedro la tomó de la mano y se alejó con ella de los invitados. También sus hombres habían sido invitados y habían acudido con sus esposas.
—Lo cierto es que no está claro si aquellas mujeres llegaron o no a casarse con Rafael —Paula comentó, observando que Pedro la llevaba cada vez más lejos.
Pedro dejó escapar una carcajada.
—Yo sólo puedo confirmar que una sí llegó a casarse con él, porque era mi bisabuela, Carolina. Y lo sé porque tenemos el certificado de matrimonio. Las otras… ya lo averiguaremos.
—¿Hay alguien aparte de Marcos a quien le interese el tema?
—A Sonia. Pero en lugar de hacer ella misma la investigación, ha decidido contratar un detective —Pedro se detuvo y se volvió hacia Paula—. Pero no te he traído aquí para hablar de Rafael.
Paula miró a su alrededor y vio que habían recorrido una distancia considerable desde la casa.
—¿Y para qué me has traído?
Pedro la estrechó en sus brazos.
—Para decirte en privado lo que ya te he dicho delante de todo el mundo. Te quiero, amor mío, y pienso demostrártelo el resto de mi vida, porque siempre te amaré y respetaré.
Paula sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Y yo te amo a tí.
En cuanto Pedro la abrazó, Paula supo que su vida iba estar llena de amor, pasión y noches ardientes en el territorio Alfonso.
FIN
Como habían decidido que querían una boda discreta, Paula llevaba un traje de chaqueta blanco y fueron paseando hasta el rancho Shady Tree, donde los esperaban los invitados. Pudo hablar con uno de los familiares mayores, como Julio Alfonso, que era el responsable de que la rama de Atlanta y la de Denver se hubieran puesto en contacto. Después de hablar con él, había averiguado muchos más detalles de la vida de Rafael y del misterio que lo rodeaba. Un poco más tarde, Pedro la tomó de la mano y se alejó con ella de los invitados. También sus hombres habían sido invitados y habían acudido con sus esposas.
—Lo cierto es que no está claro si aquellas mujeres llegaron o no a casarse con Rafael —Paula comentó, observando que Pedro la llevaba cada vez más lejos.
Pedro dejó escapar una carcajada.
—Yo sólo puedo confirmar que una sí llegó a casarse con él, porque era mi bisabuela, Carolina. Y lo sé porque tenemos el certificado de matrimonio. Las otras… ya lo averiguaremos.
—¿Hay alguien aparte de Marcos a quien le interese el tema?
—A Sonia. Pero en lugar de hacer ella misma la investigación, ha decidido contratar un detective —Pedro se detuvo y se volvió hacia Paula—. Pero no te he traído aquí para hablar de Rafael.
Paula miró a su alrededor y vio que habían recorrido una distancia considerable desde la casa.
—¿Y para qué me has traído?
Pedro la estrechó en sus brazos.
—Para decirte en privado lo que ya te he dicho delante de todo el mundo. Te quiero, amor mío, y pienso demostrártelo el resto de mi vida, porque siempre te amaré y respetaré.
Paula sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Y yo te amo a tí.
En cuanto Pedro la abrazó, Paula supo que su vida iba estar llena de amor, pasión y noches ardientes en el territorio Alfonso.
FIN
Eres Irresistible: Capítulo 44
Paula se separó del escritorio y miró por la ventana. Parecía mentira que hiciera tres semanas desde que había dejado el rancho de Pedro. Tres semanas, y sus sospechas se habían visto confirmadas aquella misma mañana: estaba embarazada. Pensándolo, se dió cuenta de que alguna vez se habían descuidado, como en la ducha, pero el cuándo daba lo mismo: lo cierto era que había sucedido y que tenía que decidir si debía decírselo antes o después de irse a Florida.
La semana anterior había comido con las hermanas de Pedro. Por lo que dijeron, él estaba de mal humor y suponían que su actitud estaba relacionada con ella. A Paula le había sorprendido que él no les contara toda la historia, y, tratando de reprimir el llanto, había acabado por contárselo ella. Las tres la creyeron cuando les dijo que lo amaba, y les entristeció que él no quisiera creerlo, pero también estaban convencidas de que cambiaría de actitud en cuanto reflexionara. Era una lástima que ella no se sintiera tan optimista. Se puso en pie y fue hasta el ventanal. Su trabajo en Denver había concluido y a partir de entonces, Sofía estaría al mando de la revista. Su equipo de la Costa Este estaba buscando un nuevo protagonista para el número de octubre y ella debía marcharse. Volvió al escritorio y tomó el móvil para llamar a Sofía, que había asistido a un seminario de dirección con otros empelados de la revista en Atlanta. Le saltó el mensaje de voz.
—Sofi, voy a ir pronto a casa. Si me necesitas, llámame. Si no, nos veremos mañana cuando vuelvas.
Paula se echó una larga siesta. Cuando despertó, vió que había anochecido y sintió hambre. Tras prepararse algo de comer, se dió una ducha y, poniéndose su vestido favorito, se sentó en un sillón para leer. En ese preciso momento, llamaron a la puerta. Miró por la mirilla y se quedó sin aliento al ver que se trataba de Pedro.
Cuando abrió la puerta, él se quedó mirándola en silencio mientras pensaba, igual que el primer día que la había visto, que era la mujer más hermosa del mundo. Y también recordaba que tuvo que marcharse porque se sintió instantáneamente atraído por ella. De eso, y de haber dejado la puerta abierta, él era el único culpable. Había asumido que era la cocinera y no le había dejado explicarse. Tras reflexionar, se había dado cuenta de que él mismo había contribuido a crear la confusión. Paula tenía razón cuando decía que aunque su motivación podía no ser honesta, sí lo había sido el trabajo que realizó en el rancho.
—Pedro, ¿Qué haces aquí?
La pregunta de Paula lo devolvió al presente.
—Me gustaría hablar contigo.
Paula asintió y le dejó pasar. Cerró la puerta y sin invitarle a sentarse, preguntó:
—¿De qué quieres hablar?
—Quiero pedirte perdón. Es verdad que intentaste hablar y que fui yo quien lo impidió. De hecho, tenía miedo de lo que podías decirme.
—¿Por qué? —preguntó Paula sorprendida.
—Fue el mismo día que habían venido mis hermanas, y temía que te hubieran presionado para que definieras tu relación conmigo. No quería arriesgarme a que te ahuyentaran o que me dijeras que no querías tomarte nuestra relación en serio. De hecho, había planeado decirte que quería que nuestra relación continuara.
Paula lo miró con sorpresa mientras su corazón se aceleraba.
—¿De verdad? ¿Por qué, Pedro? —preguntó, escudriñando su rostro con ansiedad.
Pudo leer la respuesta en el rostro de Pedro, que reflejaba emociones que hasta ese momento nunca habían aflorado. Pero aunque pudiera saberlo, necesitaba oírlo de sus labios.
Pedro se plantó delante de ella.
—Porque sabía que me había enamorado de tí, Paula —alargó la mano para tomar la de ella—. Te amo, y aunque no quiero agobiarte, quiero que nos casemos y que algún día tengamos hijos. Pero sé que primero tienes que desearlo tú también. No quiero que renuncies a nada por mí. Si tienes que viajar por la revista…
Paula le selló los labios con un dedo.
—Estas semanas he descubierto que tengo un equipo muy eficaz. Además, me encanta la idea de vivir en tu rancho y ser la madre de tus hijos.
—¿Te casarás conmigo? —preguntó él, radiante, estrechándola en sus brazos.
—Sí.
—Podemos esperar todo el tiempo que quieras, si lo prefieres.
—Me temo que no va a poder ser —dijo ella, riendo a la vez que sacudía la cabeza.
—Yo lo prefiero así, pero, ¿Por qué no?
Paula le tomó una mano y se la llevó al estomago.
—Porque tu bebé está aquí —susurró.
Pedro la miró boquiabierto.
—¿Estás embarazada?
—Estamos embarazados —dijo Paula, dejando escapar una carcajada.
Estaba tan feliz que Pedro ni siquiera se cuestionó cómo o cuándo había podido suceder si habían usado protección. Le daba lo mismo. La estrechó en sus brazos y le dió un beso lleno de amor. Cuando alzó la cabeza, la mantuvo sujeta por la cintura.
—Nos casaremos en cuanto sea posible.
Paula lo miró con expresión seria.
—Sólo si quieres. Muchas mujeres tienen hijos sin estar casadas y…
—Mi hijo nacerá como un Alfonso.
Paula rió.
—Si eso es lo que prefieres…
—Es lo que quiero. ¿Volverás conmigo al rancho esta noche para que hagamos planes?
Paula lo miró con una sonrisa pícara.
—¿Sólo vamos a hacer eso?
Pedro le devolvió la sonrisa.
—No creo.
Paula le rodeó el cuello con los brazos.
—Lo sospechaba.
Cuando Pedro agachó la cabeza, Paula estaba ya esperándolo con la seguridad de que aquello no era más que el principio.
La semana anterior había comido con las hermanas de Pedro. Por lo que dijeron, él estaba de mal humor y suponían que su actitud estaba relacionada con ella. A Paula le había sorprendido que él no les contara toda la historia, y, tratando de reprimir el llanto, había acabado por contárselo ella. Las tres la creyeron cuando les dijo que lo amaba, y les entristeció que él no quisiera creerlo, pero también estaban convencidas de que cambiaría de actitud en cuanto reflexionara. Era una lástima que ella no se sintiera tan optimista. Se puso en pie y fue hasta el ventanal. Su trabajo en Denver había concluido y a partir de entonces, Sofía estaría al mando de la revista. Su equipo de la Costa Este estaba buscando un nuevo protagonista para el número de octubre y ella debía marcharse. Volvió al escritorio y tomó el móvil para llamar a Sofía, que había asistido a un seminario de dirección con otros empelados de la revista en Atlanta. Le saltó el mensaje de voz.
—Sofi, voy a ir pronto a casa. Si me necesitas, llámame. Si no, nos veremos mañana cuando vuelvas.
Paula se echó una larga siesta. Cuando despertó, vió que había anochecido y sintió hambre. Tras prepararse algo de comer, se dió una ducha y, poniéndose su vestido favorito, se sentó en un sillón para leer. En ese preciso momento, llamaron a la puerta. Miró por la mirilla y se quedó sin aliento al ver que se trataba de Pedro.
Cuando abrió la puerta, él se quedó mirándola en silencio mientras pensaba, igual que el primer día que la había visto, que era la mujer más hermosa del mundo. Y también recordaba que tuvo que marcharse porque se sintió instantáneamente atraído por ella. De eso, y de haber dejado la puerta abierta, él era el único culpable. Había asumido que era la cocinera y no le había dejado explicarse. Tras reflexionar, se había dado cuenta de que él mismo había contribuido a crear la confusión. Paula tenía razón cuando decía que aunque su motivación podía no ser honesta, sí lo había sido el trabajo que realizó en el rancho.
—Pedro, ¿Qué haces aquí?
La pregunta de Paula lo devolvió al presente.
—Me gustaría hablar contigo.
Paula asintió y le dejó pasar. Cerró la puerta y sin invitarle a sentarse, preguntó:
—¿De qué quieres hablar?
—Quiero pedirte perdón. Es verdad que intentaste hablar y que fui yo quien lo impidió. De hecho, tenía miedo de lo que podías decirme.
—¿Por qué? —preguntó Paula sorprendida.
—Fue el mismo día que habían venido mis hermanas, y temía que te hubieran presionado para que definieras tu relación conmigo. No quería arriesgarme a que te ahuyentaran o que me dijeras que no querías tomarte nuestra relación en serio. De hecho, había planeado decirte que quería que nuestra relación continuara.
Paula lo miró con sorpresa mientras su corazón se aceleraba.
—¿De verdad? ¿Por qué, Pedro? —preguntó, escudriñando su rostro con ansiedad.
Pudo leer la respuesta en el rostro de Pedro, que reflejaba emociones que hasta ese momento nunca habían aflorado. Pero aunque pudiera saberlo, necesitaba oírlo de sus labios.
Pedro se plantó delante de ella.
—Porque sabía que me había enamorado de tí, Paula —alargó la mano para tomar la de ella—. Te amo, y aunque no quiero agobiarte, quiero que nos casemos y que algún día tengamos hijos. Pero sé que primero tienes que desearlo tú también. No quiero que renuncies a nada por mí. Si tienes que viajar por la revista…
Paula le selló los labios con un dedo.
—Estas semanas he descubierto que tengo un equipo muy eficaz. Además, me encanta la idea de vivir en tu rancho y ser la madre de tus hijos.
—¿Te casarás conmigo? —preguntó él, radiante, estrechándola en sus brazos.
—Sí.
—Podemos esperar todo el tiempo que quieras, si lo prefieres.
—Me temo que no va a poder ser —dijo ella, riendo a la vez que sacudía la cabeza.
—Yo lo prefiero así, pero, ¿Por qué no?
Paula le tomó una mano y se la llevó al estomago.
—Porque tu bebé está aquí —susurró.
Pedro la miró boquiabierto.
—¿Estás embarazada?
—Estamos embarazados —dijo Paula, dejando escapar una carcajada.
Estaba tan feliz que Pedro ni siquiera se cuestionó cómo o cuándo había podido suceder si habían usado protección. Le daba lo mismo. La estrechó en sus brazos y le dió un beso lleno de amor. Cuando alzó la cabeza, la mantuvo sujeta por la cintura.
—Nos casaremos en cuanto sea posible.
Paula lo miró con expresión seria.
—Sólo si quieres. Muchas mujeres tienen hijos sin estar casadas y…
—Mi hijo nacerá como un Alfonso.
Paula rió.
—Si eso es lo que prefieres…
—Es lo que quiero. ¿Volverás conmigo al rancho esta noche para que hagamos planes?
Paula lo miró con una sonrisa pícara.
—¿Sólo vamos a hacer eso?
Pedro le devolvió la sonrisa.
—No creo.
Paula le rodeó el cuello con los brazos.
—Lo sospechaba.
Cuando Pedro agachó la cabeza, Paula estaba ya esperándolo con la seguridad de que aquello no era más que el principio.
Eres Irresistible: Capítulo 43
—Tómate esto —dijo Sofía, dando a Paula una infusión—. Te quitará el dolor de cabeza.
—Gracias —dijo Paula, sin querer aclarar a su amiga que lo que le dolía era el corazón.
—Y luego deberías ducharte y meterte en la cama.
—¡Pero Sofi, si es mediodía! —protestó Paula.
—Sí, pero una siesta te hará bien.
Paula se encogió de hombros. Sabía que la única cura para su mal era que Pedro apareciera y le dijera que la amaba y que creía su versión de los hechos. Una hora más tarde, seguía sentada en el sofá de Sofía, que se había ido a comer con sus padres. Quería pasar tiempo a solas para repasar la escena con él, y cada detalle transcurrido desde que había llegado a su rancho dos semanas atrás. Recordó las palabras de odio con las que la había despedido antes de marcharse, y cómo ella había tenido la tentación de esperarlo para intentar explicarse. Pero después se había dado cuenta de que nada de lo que le dijera podría hacerle cambiar de idea. Pedro no la creía. Había conducido hasta la casa de Sofía con la vista nublada por el llanto. Inicialmente había tomado la decisión de no prolongar su estancia en Denver, pero con el paso de las horas se dijo que, puesto que sus caminos no tenían por qué cruzarse, sería mejor quedarse un poco más y esperar a que su corazón empezara a recuperarse.
Pedro sabía que sus hombres lo observaban y que llevaban haciéndolo las dos últimas semanas, pero había decidido actuar como si no lo notara. La razón era obvia. Querían algo que no podía proporcionarles: querían que Paula volviera. Aunque había hablado con Norma antes de que recuperara su puesto en la cocina, su actitud había vuelto a empeorar tras la primera semana. Los trabajadores, como él, no podían evitar comparar lo que tenían con lo que acababan de perder. Una parte de él quería gritarles que por muy buena cocinera que Paula fuera, les había engañado, que no había sido más que una artimaña para obligarle a hacer algo que no quería. Sonó su teléfono y agradeció tener una excusa para levantarse de la mesa. Entró en el salón y contestó tras comprobar la identidad de quién llamaba.
—¿Qué hay, Marcos?
—Me han pedido que te llame y trate de convencerte de que te quites de encima el peso con el que cargas desde hace diez años y que en las dos últimas semanas parece haberse hecho insoportable.
Pedro se pasó la mano por la cara. Era verdad que estaba de mal humor, pero nadie sabía por qué.
—No necesito que me agobies, Marcos.
—Muy bien, pero ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí.
—¿La amas?
Pedro no había esperado esa pregunta, pero con Marcos no tenía sentido mentir.
—Sí.
Marcos hizo una pausa antes de decir:
—Puede que inicialmente te engañara, pero tú mismo has dicho que intentó darte una explicación y que le pediste que esperara.
—Sí, pero sólo porque creía que quería hablar de otra cosa.
—¿Y eso importa? Yo no puedo evitar pensar en la mujer que a lo largo de dos semanas se levantó a las cinco de la mañana para cocinar el desayuno y el almuerzo de tus hombres; y que además, los trató con amabilidad y afecto. Si lo piensas, es cierto que podía haberte dejado en la estacada. Y tú mismo has admitido que en las dos semanas que ella ha estado en el rancho, los hombres han trabajado mejor que nunca.
Pedro echó la cabeza hacia atrás.
—¿Qué quieres decir, Marcos?
—Lo mismo que me dijiste tú hace unos meses: que en determinadas circunstancias, debía aprender a ser más flexible y especialmente, si había una mujer de por medio.
—Yo no quiero que Paula forme parte de mi vida.
—¿Estás seguro?
Pedro sólo estaba seguro de que seguía amándola. Tomó aire. En cierto sentido, Marcos tenía razón. No tenía por qué haber hecho el trabajo de cocinera con la dedicación que lo había hecho, o podía haberlo dejado plantado después del primer día. Pero no lo había hecho. Además, le había dicho que lo amaba, pero él no había tenido la oportunidad de decirle que sentía lo mismo por ella. Muy al contrario, la había echado de su casa. ¿Se habría marchado de la ciudad? Esa idea lo obsesionaba.
Aquella tarde seguía sin poder quitársela de la cabeza mientras jugaba una partida de billar con Nicolás. La convicción de que si Paula dejaba la ciudad la perdería para siempre le taladraba la mente, en la misma medida que lo obsesionaba poder decirle que le agradecía lo que había hecho por sus hombres aquellas dos semanas. También era verdad que había sido él quien, temiendo lo peor, le había rogado que retrasaran la conversación que tenían pendiente. Y aunque las intenciones originales de ella hubieran sido deshonestas, lo cierto era que había cumplido y había mejorado la vida de todos los que la rodeaban. Volvió a pensar en la posibilidad de que hubiera dejado la ciudad. La duda se le hizo tan insoportable que le pasó el taco a Nicolás.
—Voy a buscarla —dijo.
Nicolás se limitó a poner los ojos en blanco y a contestar:
—Ya era hora.
—Gracias —dijo Paula, sin querer aclarar a su amiga que lo que le dolía era el corazón.
—Y luego deberías ducharte y meterte en la cama.
—¡Pero Sofi, si es mediodía! —protestó Paula.
—Sí, pero una siesta te hará bien.
Paula se encogió de hombros. Sabía que la única cura para su mal era que Pedro apareciera y le dijera que la amaba y que creía su versión de los hechos. Una hora más tarde, seguía sentada en el sofá de Sofía, que se había ido a comer con sus padres. Quería pasar tiempo a solas para repasar la escena con él, y cada detalle transcurrido desde que había llegado a su rancho dos semanas atrás. Recordó las palabras de odio con las que la había despedido antes de marcharse, y cómo ella había tenido la tentación de esperarlo para intentar explicarse. Pero después se había dado cuenta de que nada de lo que le dijera podría hacerle cambiar de idea. Pedro no la creía. Había conducido hasta la casa de Sofía con la vista nublada por el llanto. Inicialmente había tomado la decisión de no prolongar su estancia en Denver, pero con el paso de las horas se dijo que, puesto que sus caminos no tenían por qué cruzarse, sería mejor quedarse un poco más y esperar a que su corazón empezara a recuperarse.
Pedro sabía que sus hombres lo observaban y que llevaban haciéndolo las dos últimas semanas, pero había decidido actuar como si no lo notara. La razón era obvia. Querían algo que no podía proporcionarles: querían que Paula volviera. Aunque había hablado con Norma antes de que recuperara su puesto en la cocina, su actitud había vuelto a empeorar tras la primera semana. Los trabajadores, como él, no podían evitar comparar lo que tenían con lo que acababan de perder. Una parte de él quería gritarles que por muy buena cocinera que Paula fuera, les había engañado, que no había sido más que una artimaña para obligarle a hacer algo que no quería. Sonó su teléfono y agradeció tener una excusa para levantarse de la mesa. Entró en el salón y contestó tras comprobar la identidad de quién llamaba.
—¿Qué hay, Marcos?
—Me han pedido que te llame y trate de convencerte de que te quites de encima el peso con el que cargas desde hace diez años y que en las dos últimas semanas parece haberse hecho insoportable.
Pedro se pasó la mano por la cara. Era verdad que estaba de mal humor, pero nadie sabía por qué.
—No necesito que me agobies, Marcos.
—Muy bien, pero ¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí.
—¿La amas?
Pedro no había esperado esa pregunta, pero con Marcos no tenía sentido mentir.
—Sí.
Marcos hizo una pausa antes de decir:
—Puede que inicialmente te engañara, pero tú mismo has dicho que intentó darte una explicación y que le pediste que esperara.
—Sí, pero sólo porque creía que quería hablar de otra cosa.
—¿Y eso importa? Yo no puedo evitar pensar en la mujer que a lo largo de dos semanas se levantó a las cinco de la mañana para cocinar el desayuno y el almuerzo de tus hombres; y que además, los trató con amabilidad y afecto. Si lo piensas, es cierto que podía haberte dejado en la estacada. Y tú mismo has admitido que en las dos semanas que ella ha estado en el rancho, los hombres han trabajado mejor que nunca.
Pedro echó la cabeza hacia atrás.
—¿Qué quieres decir, Marcos?
—Lo mismo que me dijiste tú hace unos meses: que en determinadas circunstancias, debía aprender a ser más flexible y especialmente, si había una mujer de por medio.
—Yo no quiero que Paula forme parte de mi vida.
—¿Estás seguro?
Pedro sólo estaba seguro de que seguía amándola. Tomó aire. En cierto sentido, Marcos tenía razón. No tenía por qué haber hecho el trabajo de cocinera con la dedicación que lo había hecho, o podía haberlo dejado plantado después del primer día. Pero no lo había hecho. Además, le había dicho que lo amaba, pero él no había tenido la oportunidad de decirle que sentía lo mismo por ella. Muy al contrario, la había echado de su casa. ¿Se habría marchado de la ciudad? Esa idea lo obsesionaba.
Aquella tarde seguía sin poder quitársela de la cabeza mientras jugaba una partida de billar con Nicolás. La convicción de que si Paula dejaba la ciudad la perdería para siempre le taladraba la mente, en la misma medida que lo obsesionaba poder decirle que le agradecía lo que había hecho por sus hombres aquellas dos semanas. También era verdad que había sido él quien, temiendo lo peor, le había rogado que retrasaran la conversación que tenían pendiente. Y aunque las intenciones originales de ella hubieran sido deshonestas, lo cierto era que había cumplido y había mejorado la vida de todos los que la rodeaban. Volvió a pensar en la posibilidad de que hubiera dejado la ciudad. La duda se le hizo tan insoportable que le pasó el taco a Nicolás.
—Voy a buscarla —dijo.
Nicolás se limitó a poner los ojos en blanco y a contestar:
—Ya era hora.
Eres Irresistible: Capítulo 42
Paula se quedó sin habla. Tomó aire y dejó las tazas sobre la mesa con manos temblorosas. Dejó escapar la respiración con nerviosismo y finalmente contestó:
—Qué pregunta más absurda, Pedro. Soy Paula Chaves.
Pedro se cruzó de brazos.
—¿Y trabajas para la agencia de colocación?
—No.
Pedro frunció el ceño.
—¿Y para quién trabajas?
—Trabajo por mi cuenta. Y aunque me gusta cocinar no suelo hacerlo profesionalmente.
Pedro guardó un prolongado silencio mientras la miraba fijamente. Paula no lo había visto nunca tan enfadado, ni siquiera en las discusiones que habían tenido a lo largo de la primera semana.
—Voy a preguntártelo una vez más: ¿Quién eres y por qué te has hecho pasar por la sustituta de Norma?
Paula apretó los puños. Se arrepentía de no haber insistido más en contarle la verdad la semana anterior. Estaba segura de que su posición habría sido mucho más sólida. Miró a Pedro fijamente y al ver la frialdad y dureza con la que él la observaba, supo que era demasiado tarde. Carraspeó.
—Te ví el mes pasado en Denver y pensé que serías perfecto para la portada de la revista Irresistible.
Tragó saliva mientras veía en la mirada de Pedro que éste ataba cabos.
—¿Quieres decir que trabajas para esa revista?
—No —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Soy la dueña.
Si las miradas pudieran matar, Paula supo que estaría muerta. Vió cómo Pedro apretaba los dientes; sus ojos parecían dos brasas.
—¿Y qué demonios hacías aquí aquella mañana?
—Vine a hablarte del artículo.
—¿Por qué? —exigió saber Pedro en un tono que hizo desear a Paula poder esconderse bajo el sofá—. Ya había dicho a la persona que me llamó que no me interesaba.
—Por eso quería venir personalmente: para tratar de convencerte.
Pedro sacudió la cabeza.
—Pero decidiste hacerte pasar por mi cocinera y acostarte conmigo.
—Eso no es verdad —dijo Paula sin pestañear—. Intenté explicarte a qué había venido, pero tenías tanta prisa que me ordenaste que preparara el almuerzo y te marchaste, dejando la puerta de la casa abierta.
—Porque creía que eras la cocinera.
—Nunca te dije que lo fuera, Pedro. Te equivocaste. Cuando entré en la casa, llamaron de la agencia para decir que la mujer que esperabas no iba a llegar. Podía haberte dejado plantado con tus veinte hombres, pero decidí ayudarte.
—¿Por qué? ¿Para que me sintiera agradecido y aceptara hacer el artículo?
—Al principio, sí —Paula quería ser lo más honesta posible—. Pero después de conocerte…
—Perdona, pero esto es increíble. Te hiciste pasar por quien no eras y…
—¿Y qué? ¿No te he ayudado estas dos semanas? Hace unos días intenté decirte la verdad, pero no quisiste escucharla. Dijiste que preferías dejar las conversaciones serias para hoy, así que eso no puedes echármelo en cara.
Pedro rió con desprecio.
—Claro que puedo echártelo en cara. En primer lugar, porque no debías haberme engañado. Ya habría pensado en algo para resolver el problema de la cocinera. Y aunque me hubieras hecho un favor, yo no habría posado para la revista, así que tu plan no ha funcionado.
—Después de conocerte, la revista perdió toda importancia —dijo ella con tristeza.
—¿De verdad quieres que te crea? —preguntó Pedro fuera de sí.
—Sí.
—¿Me has ocultado algo más?
Paula se encogió de hombros.
—Mi padre es senador por Florida. Mi madre murió cuando yo tenía dos años y mi padre me crió solo —Pedro la miró con expresión de incredulidad. Paula continuó—: Y si quise decirte la verdad el otro día, después de hacer el amor, fue porque me estaba enamorando de tí.
Pedro la miró en silencio.
—Si tu idea de estar enamorada es mentir, Paula, no quiero tu amor —dando un profundo suspiro, tomó su sombrero—. Me voy. Cuando vuelva, espero que te hayas marchado —concluyó. Y saliendo, cerró tras de sí de un portazo.
Una vez en el vehículo, apretó el volante con rabia. No podía creer lo que acababa de suceder. Pensar que había estado a punto de abrir su corazón a aquella mujer mientras ella llevaba a cabo un sórdido plan, le producía escalofríos. Nunca se había sentido tan furioso. Arrancó y condujo sin rumbo. Era domingo y casi toda su familia estaría en la iglesia. Marcos y Pamela se habían ido aquella mañana, y Nicolás y Tomás habían viajado a Oklahoma para asistir a un rodeo. Quizá era lo mejor, pues en realidad no tenía la menor gana de socializar. Estacionó el coche en el arcén y golpeó el volante con fuerza. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? ¿Por qué era el último en descubrir las estratagemas de las mujeres? Con Micaela le había sucedido lo mismo. Aunque hubieran cancelado la boda, lo cierto era que le había tomado el pelo. Arrancó de nuevo. Había hablado en serio y confiaba en que Paula se hubiera marchado para cuando volviera. Pero por encima de todo, esperaba no volver a verla jamás.
—Qué pregunta más absurda, Pedro. Soy Paula Chaves.
Pedro se cruzó de brazos.
—¿Y trabajas para la agencia de colocación?
—No.
Pedro frunció el ceño.
—¿Y para quién trabajas?
—Trabajo por mi cuenta. Y aunque me gusta cocinar no suelo hacerlo profesionalmente.
Pedro guardó un prolongado silencio mientras la miraba fijamente. Paula no lo había visto nunca tan enfadado, ni siquiera en las discusiones que habían tenido a lo largo de la primera semana.
—Voy a preguntártelo una vez más: ¿Quién eres y por qué te has hecho pasar por la sustituta de Norma?
Paula apretó los puños. Se arrepentía de no haber insistido más en contarle la verdad la semana anterior. Estaba segura de que su posición habría sido mucho más sólida. Miró a Pedro fijamente y al ver la frialdad y dureza con la que él la observaba, supo que era demasiado tarde. Carraspeó.
—Te ví el mes pasado en Denver y pensé que serías perfecto para la portada de la revista Irresistible.
Tragó saliva mientras veía en la mirada de Pedro que éste ataba cabos.
—¿Quieres decir que trabajas para esa revista?
—No —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Soy la dueña.
Si las miradas pudieran matar, Paula supo que estaría muerta. Vió cómo Pedro apretaba los dientes; sus ojos parecían dos brasas.
—¿Y qué demonios hacías aquí aquella mañana?
—Vine a hablarte del artículo.
—¿Por qué? —exigió saber Pedro en un tono que hizo desear a Paula poder esconderse bajo el sofá—. Ya había dicho a la persona que me llamó que no me interesaba.
—Por eso quería venir personalmente: para tratar de convencerte.
Pedro sacudió la cabeza.
—Pero decidiste hacerte pasar por mi cocinera y acostarte conmigo.
—Eso no es verdad —dijo Paula sin pestañear—. Intenté explicarte a qué había venido, pero tenías tanta prisa que me ordenaste que preparara el almuerzo y te marchaste, dejando la puerta de la casa abierta.
—Porque creía que eras la cocinera.
—Nunca te dije que lo fuera, Pedro. Te equivocaste. Cuando entré en la casa, llamaron de la agencia para decir que la mujer que esperabas no iba a llegar. Podía haberte dejado plantado con tus veinte hombres, pero decidí ayudarte.
—¿Por qué? ¿Para que me sintiera agradecido y aceptara hacer el artículo?
—Al principio, sí —Paula quería ser lo más honesta posible—. Pero después de conocerte…
—Perdona, pero esto es increíble. Te hiciste pasar por quien no eras y…
—¿Y qué? ¿No te he ayudado estas dos semanas? Hace unos días intenté decirte la verdad, pero no quisiste escucharla. Dijiste que preferías dejar las conversaciones serias para hoy, así que eso no puedes echármelo en cara.
Pedro rió con desprecio.
—Claro que puedo echártelo en cara. En primer lugar, porque no debías haberme engañado. Ya habría pensado en algo para resolver el problema de la cocinera. Y aunque me hubieras hecho un favor, yo no habría posado para la revista, así que tu plan no ha funcionado.
—Después de conocerte, la revista perdió toda importancia —dijo ella con tristeza.
—¿De verdad quieres que te crea? —preguntó Pedro fuera de sí.
—Sí.
—¿Me has ocultado algo más?
Paula se encogió de hombros.
—Mi padre es senador por Florida. Mi madre murió cuando yo tenía dos años y mi padre me crió solo —Pedro la miró con expresión de incredulidad. Paula continuó—: Y si quise decirte la verdad el otro día, después de hacer el amor, fue porque me estaba enamorando de tí.
Pedro la miró en silencio.
—Si tu idea de estar enamorada es mentir, Paula, no quiero tu amor —dando un profundo suspiro, tomó su sombrero—. Me voy. Cuando vuelva, espero que te hayas marchado —concluyó. Y saliendo, cerró tras de sí de un portazo.
Una vez en el vehículo, apretó el volante con rabia. No podía creer lo que acababa de suceder. Pensar que había estado a punto de abrir su corazón a aquella mujer mientras ella llevaba a cabo un sórdido plan, le producía escalofríos. Nunca se había sentido tan furioso. Arrancó y condujo sin rumbo. Era domingo y casi toda su familia estaría en la iglesia. Marcos y Pamela se habían ido aquella mañana, y Nicolás y Tomás habían viajado a Oklahoma para asistir a un rodeo. Quizá era lo mejor, pues en realidad no tenía la menor gana de socializar. Estacionó el coche en el arcén y golpeó el volante con fuerza. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? ¿Por qué era el último en descubrir las estratagemas de las mujeres? Con Micaela le había sucedido lo mismo. Aunque hubieran cancelado la boda, lo cierto era que le había tomado el pelo. Arrancó de nuevo. Había hablado en serio y confiaba en que Paula se hubiera marchado para cuando volviera. Pero por encima de todo, esperaba no volver a verla jamás.
Eres Irresistible: Capítulo 41
Al día siguiente, desayunaron y fueron a ver el ganado. Después de comer, vieron varias películas en DVD acurrucados en el sofá. Paula tenía la impresión de que ninguno de los dos quería que nada ni nadie interrumpiera su idílico fin de semana. Pedro le contó cómo había tenido que enterrar el dolor por la muerte de sus padres y tíos para poder ocuparse de sus hermanos pequeños, y a Paula le emocionó tanto que compartiera aquellos dolorosos recuerdos con ella, que estuvo a punto de hacerle confidencias sobre la muerte de su madre y la tristeza que se apreciaba en los ojos de su padre en días señalados; quiso contarle que ésa era la razón de que estuviera tan contenta de que fuera a casarse. Pero si lo hacía, tendría que contarle todo lo demás, y él le había dicho que no estaba preparado para una conversación seria.
Aquella noche se ducharon juntos. Pedro la arrinconó contra la pared, cerró el agua y, arrodillándose, le separó las piernas para saborearla. Las sensaciones que despertaba en Paula cuando le acariciaba con la lengua hacían a ésta gemir de placer, y si no gritaba era porque se contenía. Pedro le había mostrado formas increíbles de hacer el amor, tan sensuales y eróticas que sólo recordarlas le temblaban las piernas. Finalmente no pudo contenerse y gritó de placer al tiempo que clavaba las uñas en los hombros de él. Cuando ya no creía que pudiera gozar más, él se puso de pie, la tomó en brazos para que se anudara con las piernas a su cintura y la penetró. Al instante empezó a moverse deprisa, arrancando otro grito de la garganta de ella, que se oyó gritar y suplicar que siguiera, que acelerara. Palabras que jamás se hubiera creído capaz de articular, lo que le confirmó que Pedro la arrastraba a niveles de excitación que jamás había experimentado. Apretó sus piernas en torno a su cintura de. Él echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un grito gutural que podía haberse tomado como de dolor si su rostro no llegara a reflejar el más exquisito placer. Y cuando lo notó estallar en su interior, sintió que el mundo daba vueltas al tiempo que él seguía embistiéndola con frenética precisión y un calor líquido se expandía por todo sucuerpo. Entonces Pedro agachó la cabeza y la besó con voracidad. Cuando separó su boca de la de ella, Paula dejó caer la cabeza contra su pecho. Al alzarla y cruzar su mirada con la de él, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no decirle que estaba enamorada de él.
Ramiro volvió el domingo por la mañana para relevar a Pedro, que estaba ansioso por llegar al rancho y mantener una seria conversación con Paula. Cualquier duda que pudiera haber tenido había sido borrada aquel fin de semana: estaba enamorado de ella y debía decírselo. La miró de soslayo. Se había quedado callada y no quería romper su momento de recogimiento. Durante el fin de semana había estado a punto de decirle que la amaba en más de una ocasión, pero se había contenido porque quería hacer las cosas bien. Respiró profundamente cuando detuvo el vehículo ante la casa. Era la primera vez que una mujer le hacía sentir tan nervioso pero, teniendo en cuenta que iba desnudar su alma ante ella, no era de extrañar. Debía tener cuidado en cómo se lo contaba. No quería asustarla.
—¿Vas a hablar con Norma antes de que vuelva mañana, Pedro?
La pregunta de Paula rompió el silencio.
—Sí. Voy a llamarla.
—Me alegro.
Pedro no pudo evitar sonreír al ver lo leal que Paula era a sus hombres. Bajaron y caminaron de la mano hasta la puerta. Una vez dentro, él preguntó:
—¿Quieres una taza de café?
—Sí, por favor.
En ese momento sonó el teléfono.
—Debe de ser Norma. Le dije que volvería sobre las once.
Paula asintió al tiempo que iba hacia la cocina.
—¿Hola?
—¿Señor Alfonso?
Pedro no reconoció la voz de la mujer.
—¿Sí?
—Soy María Dodson, de la agencia de colocación. Siento que no pudiéramos satisfacer su solicitud. Sin embargo, si todavía necesita una cocinera, tengo a la persona perfecta y…
—Espere un momento —la cortó Pedro, desconcertado—. Claro que solucionaron el problema. La mujer que enviaron hace dos semanas…
—Debe de haber un error. No le enviamos a nadie.
Aquello desconcertó a Pedro aún más.
—Claro que sí. A Paula Chaves.
Se produjo una pausa al otro lado del teléfono.
—No hay ninguna Paula Chaves trabajando para nosotros. La mujer que íbamos a enviarle era Constanza Kennard, pero hubo un error y fue a otro trabajo. Yo misma llamé el lunes por la mañana para decírselo, pero me dijeron que estaba fuera. Una mujer tomó el recado y me dijo que se lo haría saber.
Pedro sintió que se le formaba un nudo en el estómago. Frunció el ceño. Lo que estaba diciéndole María Dodson no tenía ningún sentido. Paula había llegado aquella mañana, un poco tarde, pero había llegado. Y era una gran cocinera. Tenía numeroso testigos que podían confirmarlo. Pero si María Dodson decía la verdad…
—¿Señor Alfonso?
Pedro dió un respingo.
—Permítame que la llame en otro momento, señorita Dodson.
—Está bien. Como quiera.
En cuanto Pedro colgó el teléfono, Paula apareció desde la cocina con dos tazas de café. Pedro la paró en seco al preguntarle con aspecto enfadado:
—¿Quién demonios eres?
Aquella noche se ducharon juntos. Pedro la arrinconó contra la pared, cerró el agua y, arrodillándose, le separó las piernas para saborearla. Las sensaciones que despertaba en Paula cuando le acariciaba con la lengua hacían a ésta gemir de placer, y si no gritaba era porque se contenía. Pedro le había mostrado formas increíbles de hacer el amor, tan sensuales y eróticas que sólo recordarlas le temblaban las piernas. Finalmente no pudo contenerse y gritó de placer al tiempo que clavaba las uñas en los hombros de él. Cuando ya no creía que pudiera gozar más, él se puso de pie, la tomó en brazos para que se anudara con las piernas a su cintura y la penetró. Al instante empezó a moverse deprisa, arrancando otro grito de la garganta de ella, que se oyó gritar y suplicar que siguiera, que acelerara. Palabras que jamás se hubiera creído capaz de articular, lo que le confirmó que Pedro la arrastraba a niveles de excitación que jamás había experimentado. Apretó sus piernas en torno a su cintura de. Él echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un grito gutural que podía haberse tomado como de dolor si su rostro no llegara a reflejar el más exquisito placer. Y cuando lo notó estallar en su interior, sintió que el mundo daba vueltas al tiempo que él seguía embistiéndola con frenética precisión y un calor líquido se expandía por todo sucuerpo. Entonces Pedro agachó la cabeza y la besó con voracidad. Cuando separó su boca de la de ella, Paula dejó caer la cabeza contra su pecho. Al alzarla y cruzar su mirada con la de él, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no decirle que estaba enamorada de él.
Ramiro volvió el domingo por la mañana para relevar a Pedro, que estaba ansioso por llegar al rancho y mantener una seria conversación con Paula. Cualquier duda que pudiera haber tenido había sido borrada aquel fin de semana: estaba enamorado de ella y debía decírselo. La miró de soslayo. Se había quedado callada y no quería romper su momento de recogimiento. Durante el fin de semana había estado a punto de decirle que la amaba en más de una ocasión, pero se había contenido porque quería hacer las cosas bien. Respiró profundamente cuando detuvo el vehículo ante la casa. Era la primera vez que una mujer le hacía sentir tan nervioso pero, teniendo en cuenta que iba desnudar su alma ante ella, no era de extrañar. Debía tener cuidado en cómo se lo contaba. No quería asustarla.
—¿Vas a hablar con Norma antes de que vuelva mañana, Pedro?
La pregunta de Paula rompió el silencio.
—Sí. Voy a llamarla.
—Me alegro.
Pedro no pudo evitar sonreír al ver lo leal que Paula era a sus hombres. Bajaron y caminaron de la mano hasta la puerta. Una vez dentro, él preguntó:
—¿Quieres una taza de café?
—Sí, por favor.
En ese momento sonó el teléfono.
—Debe de ser Norma. Le dije que volvería sobre las once.
Paula asintió al tiempo que iba hacia la cocina.
—¿Hola?
—¿Señor Alfonso?
Pedro no reconoció la voz de la mujer.
—¿Sí?
—Soy María Dodson, de la agencia de colocación. Siento que no pudiéramos satisfacer su solicitud. Sin embargo, si todavía necesita una cocinera, tengo a la persona perfecta y…
—Espere un momento —la cortó Pedro, desconcertado—. Claro que solucionaron el problema. La mujer que enviaron hace dos semanas…
—Debe de haber un error. No le enviamos a nadie.
Aquello desconcertó a Pedro aún más.
—Claro que sí. A Paula Chaves.
Se produjo una pausa al otro lado del teléfono.
—No hay ninguna Paula Chaves trabajando para nosotros. La mujer que íbamos a enviarle era Constanza Kennard, pero hubo un error y fue a otro trabajo. Yo misma llamé el lunes por la mañana para decírselo, pero me dijeron que estaba fuera. Una mujer tomó el recado y me dijo que se lo haría saber.
Pedro sintió que se le formaba un nudo en el estómago. Frunció el ceño. Lo que estaba diciéndole María Dodson no tenía ningún sentido. Paula había llegado aquella mañana, un poco tarde, pero había llegado. Y era una gran cocinera. Tenía numeroso testigos que podían confirmarlo. Pero si María Dodson decía la verdad…
—¿Señor Alfonso?
Pedro dió un respingo.
—Permítame que la llame en otro momento, señorita Dodson.
—Está bien. Como quiera.
En cuanto Pedro colgó el teléfono, Paula apareció desde la cocina con dos tazas de café. Pedro la paró en seco al preguntarle con aspecto enfadado:
—¿Quién demonios eres?
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