jueves, 16 de mayo de 2019

Eres Irresistible: Capítulo 21

—Está bien, cariño. Diana quiere hablar contigo.

Veinte minutos más tarde Paula colgaba el teléfono tras hablar con la que sería su madrastra sobre los planes de boda, aunque antes de tomar cualquier decisión definitiva, tendrían que consultar con Valentina. Se acurrucó en la cama, deseando que su vida fuera tan feliz y plena como la de su padre. Tomó aire preguntándose de dónde habría salido aquel sentimiento. Suponía que de la llamada de su padre y de la conversación que había mantenido sobre el matrimonio con Pedro. Hacía mucho que no pensaba en ese tema, pero siempre había pensado que, llegado el día, querría formar una familia. Al romper con Pablo, no había renunciado a ese sueño, y aunque no formara parte de sus planes inmediatos, el deseo permanecía latente en alguna parte de su cerebro. ¿Acaso no le sucedía lo mismo a todas las mujeres? Incluso ella, que estaba decidida a alcanzar el éxito con su revista, estaba convencida de que encontraría al hombre adecuado. Y también estaba segura de que no sería ganadero. Pero si eso era verdad…¿Por qué iba a la cama cada noche pensando en él? ¿Por qué lo último que veían sus ojos antes de cerrarse era un par de penetrantes ojos marrones observándola como si pudiera acariciar su alma?

Cerró los ojos. Como en aquel mismo instante. Lo veía con las piernas extendidas ante sí, el sombrero puesto, más sexy de lo que ningún hombre tenía derecho a ser. Tanto, que había tenido que reprimir más de una vez el impulso de levantarse del sofá e ir a acurrucarse en su regazo, ronroneando. Abrió los ojos lentamente, sintiéndose aliviada por no haberse dejado llevar por el impulso. Gracias a que Pedro había querido irritarla, la había ayudado a no comportarse como una auténtica idiota, así que debía estarle agradecida. También la historia de su bisabuelo le había servido para concentrase en algo que no fuera él. Paula estaba segura de que era una historia apasionante y se preguntó por qué no habría averiguado algo antes del bisabuelo Alfonso. De haber salido en alguna de sus búsquedas en Internet, se habría fijado. Por eso mismo era más interesante. Y con seguridad, una historia que apasionaría a sus lectores, incitándoles a buscar en sus propios árboles genealógicos. Se removió en la cama. Conseguiría que Pedro le contara toda la historia. Y si no lo hacía él, lo haría alguno de sus hermanos o de sus primos. Al marcharse, Tomás se había despedido con una sonrisa y una inclinación del sombrero, prometiéndole que se verían en el desayuno. Paula sacudió la cabeza. El único Alfonso que verdaderamente le interesaba debía estar en aquel momento durmiendo apaciblemente a apenas unos metros de su dormitorio.

martes, 14 de mayo de 2019

Eres Irresistible: Capítulo 20

Horas más tarde, Pedro recorría su dormitorio con la mandíbula en tensión. Sería la segunda noche consecutiva sin dormir, y no podía permitírselo. Las dos siguientes semanas tenía que estar en plena forma para la temporada de esquila. Al menos sus hombres estaban animados con los desayunos y los almuerzos, y al finalizar el trabajo habían estado especulando sobre qué sorpresa les tendría destinada Paula al día siguiente. Era innegable que había animado la vida del rancho.

Pedro fue hasta la ventana, enfadado consigo mismo por los pensamientos que lo dominaban. También su cena había estado exquisita. Había permanecido solo en la cocina, en silencio. Paula había entrado en cierto momento para dejar su copa y le había dado las buenas noches antes de subir precipitadamente a su dormitorio.  Ninguno de los dos había mencionado el beso. En cambio, alguien se había ocupado de contárselo a Marcos y a Nicolás. Afortunadamente, ninguna de sus hermanas parecía saberlo, porque, de otra manera, ya habría recibido su llamada o peor aún, habrían aparecido para presentarse a Paula. Lo que sí había logrado aclarar a lo largo el día era que, en contra de la sospecha de Nicolás, ella no estaba huyendo de nadie. Aunque apenas había conseguido hacer que hablara de sí misma, le había contado lo de su ex novio, y parecía extremadamente interesada en la historia del viejo Rafael. Sacudió la cabeza. Aparte de que era una extraordinaria cocinera, que tenía un antiguo novio que era un idiota, y que uno de sus amigos iba a casarse, no sabía absolutamente nada de ella. Quizá sería mejor así. De hecho, lo único importante era que hiciera bien el trabajo para el que había sido contratada. Aunque su presencia en el rancho significara que él no pegara ojo. De eso, el único culpable era él por no poder ejercer ningún control sobre sí mismo. Tenía que dominar la tensión sexual que había entre ellos. Pero cómo. No bastaría con imaginarla vestida con un saco porque ya conocía su cuerpo. Y le resultaba imposible fijarse en sus curvas sin que se le despertara la libido. Suspiró profundamente y volvió a la cama. Era más de la una y si era preciso, contaría ovejas. Después de todo, eran su medio de vida.


Paula se incorporó y contestó el teléfono, sonriendo al ver que era su padre.

—Papá, es más de la una, así que espero que tengas algo bueno que contarme.

El senador Chaves dejó escapar una carcajada.

—Diana está aquí. Ha accedido a casarse conmigo y queríamos compartirlo con nuestros hijos.

A Paula se le llenaron los ojos de lágrimas. Su padre se merecía toda la felicidad del mundo. Se secó los ojos.

—Me alegro por los dos, papá. Enhorabuena. ¿Han hablado ya con Bruno y Valentina?

Bruno y Valentina eran los hijos de Diana. Bruno tenía veintiséis años y estudiaba Medicina en Florida. Valentina, veintiuno y estudiaba en Luisiana. Paula se llevaba magníficamente con ellos y sabía que estarían tan contentos como ella.

—Todavía no —dijo su padre—. Hemos decidido llamar primero a la mayor.

Paula sonrió. Ya pensaban en ellos como una familia.

—Siento mucho no estar con vosotros para celebrarlo, pero en cuanto vaya a Florida, nos reuniremos.

—¿Y cuándo será eso?

Paula se mordisqueó el labio. Ella misma no estaba segura.

—No antes de dos semanas.

Para entonces habría vuelto la cocinera de Pedro y con suerte, ella le habría contado ya la verdad. Confiaba en que se sintiera en deuda con ella y que, aunque fuera a regañadientes, accediera a protagonizar la revista.

Eres Irresistible: Capítulo 19

—No necesito pensar —dijo finalmente, antes de caer en la tentación de besarla una vez más—. Rafael Alfonso se casó suficientes veces por varios de nosotros.

Paula arqueó las cejas.

—¿Rafael Alfonso?

—Mi bisabuelo. Hace poco descubrimos que tuvo unas cuantas esposas. También averiguamos que tenía un hermano gemelo.

Aquella información despertó el interés inmediato de Paula, que bajó las piernas del sofá y se inclinó hacia adelante. La camisa se le abrió, dejando a la vista su escote y el arranque de la tela rosa del sujetador. Pedro no pudo evitar deslizar la mirada hasta ese lugar y fijarse en su aterciopelada piel dorada. Se vio quitándole el sujetador, besándole los senos, recorriendo con su lengua…

—¿Sí?

Pedro parpadeó y alzó la vista a su rostro. Los ojos de Paula brillaban de curiosidad. Como a su familia, a ella también le gustaban las historias de familiares remotos. Una vez había conocido a los Alfonso de Atlanta, descendientes del tío gemelo Eduardo, Marcos había hecho lo posible por descubrir toda la historia y sus pesquisas le habían conducido a Pamela. Así que el viaje no había sido en balde.

—¿Qué? —preguntó para irritarla.

Le encantaba la manera en que curvaba los labios y fruncía el ceño cuando se ofendía, así como la actitud expectante que mantenía en aquel momento. Lo único que no le gustaba era que llevara mallas. Por la forma en que lo miró, supo que había logrado su objetivo.

—Háblame del gemelo de tu bisabuelo —dijo, resoplando de impaciencia.

Pedro pensó que le contaría lo que fuera necesario para conseguir su interés al tiempo que podía observarla a placer.

—Hace algo más de un año descubrimos que nuestro bisabuelo Rafael tenía un hermano gemelo llamado Eduardo.

—¿No lo sabía ninguno de ustedes?

—No. El bisabuelo Rafael siempre nos hizo creer que era hijo único. Una de las búsquedas en la genealogía de los Alfonso de Atlanta confirmó que Rafael y Eduardo eran gemelos, y que Rafael se había convertido en la oveja negra de la familia al huir con una mujer casada. Finalmente, cinco esposas más tarde, se estableció en Denver.

Pedro hizo una pausa cuando sintió acelerársele la sangre al deslizar la mirada hacia los pies desnudos de Paula y descubrir que tenía las uñas pintadas de rosa. No comprendía qué le pasaba. Era la primera vez que unas uñas le resultaban eróticas. Aunque quizá se debía a que, en el recorrido, había vuelto a pasar por su pecho. Cuando, tras recorrer el camino inverso, la miró a la cara, vió que lo observaba con los ojos entornados.

—Estoy segura de que es una historia apasionante —dijo.

Pedro asintió.

—Desde luego, y puede que algún día te la cuente.

Pedro se irritó consigo mismo. Aunque había decidido no llamar a la agencia de colocación, debía tener cuidado, y no tenía sentido hacer referencia a «algún día», como si quisiera hacerle creer que tenía intención de compartir con ella secretos familiares. Se puso en pie, consciente de que había dicho demasiado y había pasado demasiado tiempo con ella. Sólo entonces se dio cuenta de que llevaba puesto el sombrero. Se lo quitó bruscamente. Definitivamente, aquella mujer lo ofuscaba, y eso no le gustaba.

—Voy a ducharme y a picar algo —dijo, a la vez que se preguntaba qué necesidad tenía de contarle sus planes cuando no eran de su incumbencia.

—Te he preparado la cena, Pedro —dijo ella, haciendo que detuviera en seco.

Sólo la pagaba para hacer el desayuno y el almuerzo. Los hombres cenaban en sus casas y él solía ir al restaurante de Penney o a casa de alguno de sus hermanos.

—No tenías que haberte molestado.

—Lo sé, pero yo también tenía que tomar algo —explicó ella.

—Como quieras —dijo él, consciente de que estaba actuando como un maleducado.

Después de pasarse el día cocinando para sus hombres, se había molestado en hacerle la cena cuando no entraba dentro de sus funciones. Al llegar a la puerta se volvió. Paula parecía abstraída en sus pensamientos, como si tratara de imaginar qué había sucedido con Rafael Alfonso. Había vuelto a acurrucarse en el sofá y tras cada sorbo de vino, se pasaba la punta de la lengua por el labio superior. Pedro que el cuerpo le ardía de deseo.

—¿Paula? —cuando ella giró la cabeza, añadió—: Gracias por la cena —y se fue.

Eres Irresistible: Capítulo 18

Diez minutos más tarde metía el teléfono en el bolsillo sin dejar de sonreír. Por fin su padre se comprometía con alguien y no sólo con la política. Durante años se había preguntado por qué no había vuelto a casarse, pero por lo que contaban sus abuelos, había estado muy enamorado de su madre, y ninguna otra mujer le había robado el corazón. Diana había conseguido lo imposible.

—¿Después de tanto trabajar todavía sonríes?

Sobresaltándose, Paula miró hacia la puerta y vió a Pedro en el umbral. Para disimular su nerviosismo, tomó la copa de vino y bebió mientras pensaba cómo contestar. Debía tener cuidado de no nombrar a su padre. Cualquier dato bastaría para que él averiguara su identidad en Internet.

—La sonrisa es por un amigo que está a punto de pedirle a su novia que se case con él.

Pedro cruzó la habitación y se sentó frente a ella. A Paula le sorprendió que quisiera dedicarle tiempo cuando, desde el beso, había evitado coincidir con ella.

—Supongo que el matrimonio hace feliz a algunas personas.

Paula dió otro sorbo sin dejar de mirar a Pedro, aunque intentando no notar lo atractivo que estaba, relajado, con las piernas estiradas delante de sí, con vaqueros y botas gastadas. Y se preguntó si sabría que todavía llevaba el sombrero puesto.

—Asumo que tú no entras en esa categoría —comentó.

—No. Pienso permanecer soltero el resto de mi vida.

—Así que eres de ésos que piensa que el matrimonio es absurdo.

—¿Y tú de las que piensas que no lo es?

—Yo he preguntado primero.

Pedro habría querido ignorar la pregunta, entre otras cosas porque ni siquiera sabía qué estaba haciendo cuando llevaba todo el día haciendo lo posible para que sus caminos no se cruzaran. No le había gustado la actitud de sus hermanos y de su primo, y confiaba en haberles convencido de que no había nada entre Paula y él.

—Tómate tu tiempo si necesitas pensar —dijo ella.

Pedro la miró con expresión seria. Estaba tratando un tema que se tomaba muy en serio. No se trataba de que tuviera un problema con el matrimonio en sí mismo, ni que tras el fiasco de su boda hubiera jurado no volver a dejar que una mujer lo arrastrara al altar. La cuestión era que disfrutaba de su soltería, y podía imaginar que, tras tipos como Pablo, a ella le pasaría algo similar. Siguió mirándola y, pensando en el sarcasmo soterrado de sus últimas palabras, se dijo que se llevaría bien con sus hermanas, con las que compartía tener una lengua afilada. Ese pensamiento le hizo fijarse en sus labios y, tal y como le había pasado a lo largo del día, se arrepintió de haberla besado y de haber descubierto su delicioso sabor. También recordó la manera en que ella se había entregado, y la inoportunidad de la visita de sus hermanos.

Eres Irresistible: Capítulo 17

Tenía que admitir que las cosas no estaban saliendo de acuerdo a sus planes. Se había sentido atraída hacia él desde el principio, así que eso no la había sorprendido, pero sí el grado de tensión que se creaba cada vez que estaban en la misma habitación. O el hecho de que tuviera pensamientos libidinosos cada vez que lo veía. En su trabajo conocía a menudo a hombres atractivos, pero ninguno había despertado en ella ese tipo de interés. ¿Cómo iba a poder vivir bajo su techo si la asaltaban constantemente imágenes sexuales? Y lo peor era que el beso la había convertido en una adicta al sabor de Pedro y a su masculina fragancia. Recordó lo que él había dicho sobre no compartirla con ninguna otra persona y suspiró profundamente. Pedro estaba permeando sus emociones de una manera inesperada. Era un hombre capaz de cuidar de sí mismo y de los demás, tal y como había demostrado con sus hermanos. Podía ser brusco, pero era evidente que no tenía un ápice de egoísmo. Saberlo, la conmovía, y ése era un sentimiento que la aterrorizaba. Él compartía muchas características con su padre, especialmente las relacionadas con el sentido del deber y la honradez. Lo había visto en la forma en que trataba a sus hombres y a sus hermanos. Dio otro sorbo al vino. Tenía que llamar a Sofía para contarle que había conocido a Federico y que era un encanto. Todos los Alfonso eran especiales, pero Pedro era el único que le aceleraba el corazón. Quizá lo mejor sería desistir de que fuera la portada de la revista. Aquella misma noche le diría la verdad y se marcharía. Claro que, si lo hacía, lo dejaría en un atolladero, pues sus hombres se quedarían sin desayuno y sin almuerzo. Además, ella no se daba por vencida tan fácilmente, así que, por más difíciles que se pusieran las cosas, no arrojaría la toalla. Dejó la copa sobre la mesa de café al oír que sonaba su móvil. Lo sacó y sonrió al reconocer el número.

—Papá, ¿cómo estás?

—Perfectamente. ¿Se pude saber dónde estás, Paula?

Paula rió quedamente. Sólo al llegar a la universidad se había dado cuenta de que era un hombre excepcional. Había entrado en la política cuando ella terminó la secundaria, y ya había cumplidos tres mandatos como senador. Juraba que aquél sería el último, pero ella lo conocía demasiado bien como para creerlo. Siempre la había animado a hacer en la vida aquello que la apasionara. Lo único que le había exigido era que trabajara los veranos para los más desfavorecidos. Y ella siempre se lo había agradecido.

—Por el momento estoy en Denver.

—¿Y cuándo vuelves a casa?

Paula arqueó una ceja. Para ella, aunque su padre vivía en Washington como senador, la única «casa» era Tampa.

—No estoy segura. ¿Por qué?

Tras una pausa, su padre explicó:

—Voy a pedirle a Diana esta noche que se case conmigo, y si me acepta, quería celebrarlo contigo.

Paula sonrió de oreja a oreja. Su padre salía desde hacía años con la juez Diana Ramírez, una divorciada de cincuenta y un años con una hija y un hijo en la veintena, y llevaba tiempo esperando a que su padre diera el paso.

—¡Es maravilloso, papá! Enhorabuena. Siento no estar con ustedes, pero dile a Diana que estoy encantada.

jueves, 9 de mayo de 2019

Eres Irresistible: Capítulo 16

—Con lo que poseemos Marcos y yo tendremos de sobra —dijo para tranquilizarlos—. Además, antes de marcharse, Diego me dió permiso para usar sus tierras, así que, en caso de necesidad, puedo llevar las ovejas a Diamond Ridge.

Pedro volvió a leer el informe.

—Aunque por el momento estoy muy ocupado, me gustaría asociarme con vosotros en M&F Colorado una vez lo pongáis en marcha. Es hora de que diversifique mi negocio. No está bien guardar todos los huevos en una sola cesta.

—Eso es verdad —dijo Tomás, sonriendo a su hermano—. Nos encantaría que te unieras a nosotros. Y hablando de huevos, me ha parecido que te sentaba mal que me invitara a desayunar.

Pedro se apoyó en el respaldo y lo miró fijamente.

—¿A qué juegan Nicolás y tú? Paula no está disponible.

Federico preguntó en tono retador.

—¿Quién lo dice?

Pedro frunció el ceño. A su hermano le gustaba discutir.

—Lo digo yo, Fede.

—¿Eso quiere decir que Paula es algo más que tu cocinera? —preguntó Juan.

Pedro suspiró. Conociendo a su familia, sería mejor que dijera algo o empezarían a correr todo tipo de rumores.

—Paula sólo es mi cocinera.

Tomás rió con sorna.

—No recuerdo haberte visto besar a Norma.

Pedro puso los ojos en blanco.

—Norma está casada.

Federico se irguió con expresión de sorpresa.

—¿Quieres decir que la besarías si estuviera soltera?

Antes de que Pedro respondiera, Tomás soltó una carcajada y se golpeó el muslo.

—¡Vaya, Pepe, qué sorpresa! ¡Y pensar que durante todo este tiempo creíamos que llevabas una aburrida vida sexual!

Pedro respiró profundamente para hacer acopio de paciencia. Sus hermanos intentaban provocarlo y no estaba dispuesto a caer en la trampa. Dejó el informe sobre el escritorio.

—Permitanme que les aclare algo. El beso que han presenciado ha sido algo que ha sucedido, pero que no se volverá a repetir. Paula es mi cocinera y nada más. Se marchará en cuanto Norma vuelva.

A continuación se inclinó sobre el escritorio para asegurarse de que captaba la atención de los tres.

—Sin embargo, y puesto que sé cómo actúan al menos dos de ustedes, quiero que quede claro que no se trata de un juego abierto a la participación. Son bienvenidos a mi mesa, como siempre, pero a nada más.

—Yo diría que eso suena bastante posesivo, Pepe —dijo Tomás.

Pedro se encogió de hombros.

—Me da lo mismo lo que pienses con tal de que hagas caso a lo que digo.



Al anochecer, Paula fue al salón de Pedro y se sentó en el sofá con una copa de vino. Resultaba agradable relajarse tras una jornada agotadora. Aunque disfrutaba cocinando, no había planeado pasar sus vacaciones dando de comer a un grupo de hombres, pero tenía que admitir que ver sus rostros de satisfacción tras el desayuno y el almuerzo habían compensado el tiempo que había pasado ante el fogón. Había llamado a su oficina en Florida para hablar con su editor ejecutivo, quien le había asegurado que todo iba bien. Contaba con un equipo eficaz que podía funcionar perfectamente en su ausencia. Su padre siempre le había dicho que para tener una empresa de éxito, debía contratar siempre a los mejores. Había creado una revista que se había convertido en un éxito editorial y el siguiente paso era la expansión a distintos mercados. Sus pensamientos vagaron de la revista a Pedro y al beso que se habían dado. Lo habían presenciado tres miembros de su familia y suponía que ésa era una de las razones por las que él la había evitado el resto del día. Se preguntó si el beso habría tenido el efecto que buscaba y le había hecho perder interés en ella. En su caso, había surtido el efecto contrario. Jamás había recibido un beso como aquél, ni ningún hombre había explorado su boca como lo había hecho Pedro. La había dejado jadeante durante varias horas y todavía sentía un cosquilleo en los labios.

Eres Irresistible: Capítulo 15

Pedro no supo cómo explicar la corriente que le recorrió la espalda en cuanto sus labios tocaron los de Paula. El dulce sabor de su boca le empujó a explorarla vorazmente con su lengua. Cuando le soltó la mano para ponerla en la parte baja de su espalda, cambio de posición para ajustarse a ella y el incendio se propagó por todo su cuerpo. Una pulsante energía lo recorrió de arriba abajo, provocándole una intensa erección. Se dijo que lo que estaba sucediendo era producto de su imaginación, pero sabía que se trataba de un magnetismo sexual tan devastador que no podría hacer otra cosa que satisfacerlo. Quería que ella sintiera lo mismo, y al sentir que su lengua buscaba la de él, supo que lo había conseguido. Con sus manos le masajeó la espalda posesivamente antes de bajarlas a sus nalgas. Paula gimió y se aproximó a él. Sus torsos, sus caderas, sus bocas parecían selladas. Sus lenguas se movían frenéticamente. Pedro había dicho que estaba sexualmente hambriento y estaba demostrando hasta qué punto decía la verdad. Ella lo volvía loco. Con sus manos recorrió su cuerpo para familiarizarse con sus curvas, haciéndole sentir al mismo tiempo su sexo en erección entre los muslos como si buscara cobijo en ella. Oyó los gemidos que escapaban de la garganta de Paula y profundizó su beso. Tuvo la tentación de echarla sobre la mesa de la cocina y poseerla allí mismo hasta quedar extenuados.

—Podemos volver en otro momento.

La frase hizo que se separaran de un salto, como dos niños pillados con las manos en la caja de galletas. Actuando movido por una mezcla de enfado y de sentimiento protector, Pedro se puso delante de Paula para ocultarla, mientras lanzaba una mirada incendiaria a sus hermanos, Tomás y Federico, y a su primo Juan.

—¿Qué demonios están haciendo aquí?

—Tenemos una reunión contigo a las siete —dijo Federico, sonriente—. ¿Lo has olvidado?

—Lo comprendemos perfectamente —dijo Tomás. Era dos años más joven que Pedro y tenía fama de lengua afilada.

—No pasa nada, Pepe —añadió Juan—. Pero estaría bien que nos presentaras.

—Es verdad —dijo Tomás sonriendo—. ¿Por qué la escondes?

Dejando escapar una maldición entre dientes, Pedro se dió cuenta de que tenían razón. Dió un paso lateral y vió la reacción que causaba en los tres hombres ver a Paula. Aunque los adoraba, en aquel momento hubiera querido estrangularlos.

—Paula, éstos son mis hermanos, Tomás y Federico, y mi primo Juan —dijo—. Chicos, les presento a Paula Chaves, mi cocinera.

Paula no se había sentido tan avergonzada en toda su vida, pero consiguió articular un saludo.

—Encantada —dijo.

Y estrechó la mano de los tres al tiempo que observaba el parecido entre todos ellos. Rasgos marcados, mandíbula firme, ojos marrones, hoyuelos al sonreír… Eran todos guapísimos, pero Paula dedicó especial atención al hombre que había robado el corazón a su mejor amiga.

—Bien, se acabaron las presentaciones —dijo Pedro con firmeza—. Vayamos al despacho.

—Pueden reunirse ustedes —dijo Tomás, que no había llegado a soltar la mano de Paula—. Yo me quedo con ella. Me han dicho que haces unos huevos revueltos espectaculares.

Pedro echó la cabeza hacia atrás y suspiró antes de mirar a su hermano con severidad.

—No te sobrepases, Tomás.

Tomás dedicó una sonrisa maliciosa a Paula.

—¿Qué te parece si vengo a desayunar mañana?

Paula se limitó a asentir y siguió con la mirada a los tres hombres mientras salían.

—Y eso es todo —dijo Juan—. Ayer hablé con Fernando y con Matías y los dos están entusiasmados con la idea de expandirse hacia Colorado.

Pedro asintió. Fernando Alfonso y Matías Quinn eran sus primos. Los dos vivían en Montana y eran dueños de M&F, una empresa de cría y doma de caballos muy próspera. Acababan de ofrecer a Tomás, Federico y Juan que se unieran a ellos. Los tres habían acudido a Bozeman para pasar tres semanas con sus primos y sus familias, aprendiendo el oficio y decidiendo si les interesaba formar parte del proyecto. Los tres eran grandes jinetes y Pedro había asumido que aceptarían la propuesta.

—Así que están decididos —comentó mientras echaba una ojeada a un informe sobre la situación de la compañía.

—Sí. Y hemos pensado que como nuestras propiedades son contiguas podemos unirlas para compartir pastos. Lo único que nos preocupa es quitarte terreno para tus ovejas.

Pedro asintió con la cabeza agradeciéndoles su consideración. Las ovejas requerían mucho pasto y sus hermanos y primos siempre le habían cedido terreno generosamente para que su ganado pudiera pastar. Por el momento, no tenía intención de aumentar el número de rebaños que poseía.