Él no esperaba que ella fuera tan pequeña. Pedro Alfonso miró de reojo a la mujer mientras terminaba de abrocharse el cinturón de herramientas. Y a pesar de su pequeña estatura, ella era una mujer con silueta de mujer. El hecho de que se hubiera fijado en cualquiera de las dos cosas, tanto en su estatura como en que fuera una mujer, lo irritaba.
Él no había ido a Lazy-B durante el amanecer de una mañana de julio para fijarse únicamente en la hija de su vecino. Además, se suponía que ella no iba a estar allí. Era bailarina y vivía en Nueva York desde hacía años. O eso había oído él. Sacó la caja de herramientas de la parte trasera de la camioneta y se dirigió al lateral de la casa. Eso significaba que también se estaba dirigiendo hacia ella porque ella estaba sentada en uno de los escalones de la entrada del porche con una taza entre las manos. Claro que parecía menuda. Prácticamente formaba una bolita. Él apretó los dientes. Miguel Chaves, su vecino y propietario del rancho, lo había contratado para aquel trabajo en concreto y lo había llamado la noche anterior. Supuestamente quería que revisara su proyecto para construir un añadido en la parte trasera de la casa de dos plantas que pertenecía a la familia Chaves. Pero Pedro sospechaba también que el vecino quería que se enterara de que su hija se disponía a pasar allí el resto del verano. Quizá Miguel pensaba que ella necesitaba que alguien la cuidara, aunque no se lo había dicho a él directamente. Sin embargo, sí le había comentado que ella estaba recuperándose de una lesión de rodilla.
Lo último que Pedro necesitaba era tener que cuidar de alguien. Ya estaba bastante ocupado teniendo que cuidar de su hija Abril. Sólo tenía seis años y era tan tímida que hablaba susurrando, incluso con su propio padre. Era muy diferente a su hermano Nicolás. El hijo de Pedro estaba a punto de cumplir veintiún años y estaba estudiando fuera, pero él recordaba muy bien cómo había sido de pequeño. Mientras que Abril era tímida y delicada, Nicolás había sido muy activo y charlatán. Pero pensar en sus hijos no hizo que la mujer del porche desapareciera. Pedro no podía dirigirse a la parte trasera de la casa sin decirle nada. Por un lado, era de mala educación. Él nunca había sido muy formal en las relaciones sociales, pero Brenda, su fallecida esposa, siempre había evitado que se desmarcara demasiado del camino de la buena educación.
Atravesó el camino de gravilla que rodeaba la casa y se dirigió hacia ella. Era rubia. Y tenía los ojos tan claros como un aguamarina, rodeados por unas pestañas oscuras. Vestía una blusa de tirantes de color rosa y unos pantalones anchos con corazones de color rosa y flores rojas. También un pañuelo alrededor de los hombros. En el rostro lucía una pequeña sonrisa. En los hombros, parecía que los huesos iban a atravesarle la piel fina. Llevaba el cabello recogido y algunos mechones caían sobre su cuello. No había ningún motivo para pensar que era deslumbrante. Pero lo era. ¿Y por qué él no era capaz de reconocerlo con la frialdad con la que cualquier persona reconocería algo bello? ¿Por qué diablos tenía que sentir un fuerte calor en su interior si, desde que había perdido a Brenda, lo único que había sentido era un fuerte vacío? Asintió levemente y dijo:
—Pedro Alfonso.
—El señor Alfonso. Lo suponía —ella dejó la taza a un lado y se puso en pie para darle la mano—. Soy Paula. Mis padres me han hablado del trabajo que está haciendo para ellos. Me alegro de conocerlo.
La piel de su mano era tan pálida como la de sus hombros, su palma estrecha, sus dedos finos y largos.
—Llámame Pedro —tuvo que hacer un esfuerzo para estrecharle la mano, ya que en su cabeza permanecía la imagen de su fallecida esposa agitando su cabello rojizo y diciéndole, adelante.
—Intentaré no molestarte demasiado —dijo él.
Ella ladeó la cabeza y lo miró con sus ojos claros. Él había crecido en un rancho de Montana, pero a lo largo de la vida había aprendido todo lo que las mujeres pueden hacer con el maquillaje. Él estaba lo bastante cerca de Paula Chaves como para ver que no llevaba nada artificial en el rostro. Las pestañas negras que contrastaban con su cabello rubio eran naturales.
—¿Molestarme? ¿Bromeas? —sonrió y se le formó un hoyuelo en la mejilla derecha—. Estoy tan contenta de que mis padres se hayan decidido a ampliar la casa que ni siquiera me importaría que hicieras tanto ruido que tuviéramos que ponernos tapones —no parecía percatarse de que a él no le apetecía hablar—. Yo crecí aquí. Mi hermano Gonzalo y yo teníamos nuestro propio dormitorio, pero ninguna zona de la casa era especialmente amplia —lo miró y se colocó el pañuelo sobre los hombros—. La construyeron mis abuelos y supongo que era suficientemente grande para ellos —bajó el último peldaño.
Sí, era una mujer menuda. Su cabeza ni siquiera llegaba a la altura de los hombros de Pedro. Los pantalones que llevaba se apoyaban en su cadera mostrando la piel del vientre que quedaba por debajo de la blusa, y resaltando su cintura. Una cintura que él podría rodear con las manos sin problema. Apretó los dientes y dio un paso atrás, pasándose la caja de herramientas de una mano a otra. Se había fijado en que, al levantarse, ella había cargado más peso sobre una pierna que sobre la otra.
martes, 22 de enero de 2019
La Danza Del Amor: Prólogo
Treinta y tres años. Paula Chaves se miró en el espejo del camerino del teatro Northeast Ballet. La habitación no era especialmente llamativa debido a su pequeño tamaño pero, puesto que era la bailarina principal de la compañía, era para su uso exclusivo. O al menos, lo había sido. Posó la mirada sobre las fotografías que estaban colocadas sobre el borde del espejo. Muchas de ellas era de amigas del teatro Northeast Ballet, compañeras actuando o ensayando, pero muchas otras eran de otras personas que nada tenían que ver con el teatro. Sus padres. Su hermano pequeño, aunque a los veintiún años Gonzalo no era nada pequeño. Sus primos. Las familias de sus primos. Maridos. Bebés. Hijos. Todas esas cosas que, por haberse centrado en su carrera profesional, Paula todavía no tenía.
Ella evitó mirar el reflejo de sus ojos azules en el espejo mientras arrancaba los trocitos de celo que sujetaban las fotos en su sitio. Retiró las fotografías una por una, guardándolas con cuidado en el sobre que había dejado encima de una de las cajas donde había guardado todas las cosas personales que tenía en el camerino que había ocupado durante gran parte de los últimos diez años. Colocó las cajas una sobre la otra y suspiró antes de salir del camerino. No había nadie en el pasillo y se dirigió hacia la entrada de la parte trasera del escenario. La temporada había finalizado. Las paredes que habitualmente estaban llenas de papeles donde se mostraban los avisos y los horarios de ensayo estaban vacías. Las tres salas de ensayo, en silencio. El resto de la compañía estaría de vacaciones, o representando el espectáculo del verano, o haciendo el resto de cosas que los bailarines hacían para ganar un dinero extra. Pero el local no cerraba nunca. Se alquilaba a otras escuelas o a otras compañías. Dobló la esquina y percibió la luz del día en la distancia. Carlos, el guarda de seguridad, levantó la vista del libro que estaba leyendo.
—Señorita Paula —no debería llevar nada de peso.
Él se dispuso a agarrarle las cajas, pero ella lo esquivó.
—El médico me ha dicho que el ejercicio me servirá para fortalecer la rodilla, Carlos.
Así que la fortalecería. Y quizá todavía tuviera oportunidad de volver a bailar. Pero no se lo mencionó a Carlos. Miró el título del libro que él había dejado sobre el escritorio.
—¿Little Women?
Todos los veranos el hombre leía los libros que figuraban en la listade lectura del curso escolar que empezaría su única hija. Algo que el padre de Paula podía haber hecho mientras la criaba a solas, tal y como Carlos estaba haciendo con su hija, Nadia. Sólo por eso, Paula pensó que echaría de menos a Carlos. Lo miró y le sonrió con melancolía.
—¿Qué te parece?
El guarda sonrió y se encogió de hombros.
—Que Jo es auténtica. Espero que se junte con el profesor, pero creo que se está poniendo la zancadilla a sí misma al centrarse tanto en otras cosas cuando se trata de amor.
—Es cierto —ella tuvo que forzar una sonrisa para no perder la compostura. Jo no era la única que hacía ese tipo de cosas.
Carlos abrió la puerta y el sol de las calles de Nueva York cegó la vista de Paula por un instante. Ella recordó la primera vez que había subido a un escenario y cómo la luz de los focos le impedía ver más allá. También recordaba la emoción que…
—¿Regresarás en el otoño, verdad? —a pesar de su protesta, Carlos le retiró las cajas de las manos y la acompañó al exterior—. ¿Serás la bailarina de honor del nuevo ballet?
Ella forzó aún más la sonrisa. Se dirigió hacia el coche que estaba estacionado en el área reservada del edificio y apretó el mando que colgaba del llavero que le había entregado la compañía de alquiler el día antes. El coche pitó y el maletero se abrió al instante.
—Ése es el plan —dijo ella, con más entusiasmo del que sentía.
Bailarina de honor. Era el puesto que se asignaba a las bailarinas que eran demasiado mayores o que ya no podían bailar. Carlos echó a un lado la maleta que ocupaba casi todo el maletero y colocó las cajas.
—Es una maleta enorme para unas pocas semanas de vacaciones —comentó él.
Paula se encogió de hombros. No quería admitir que todas las pertenencias que tenía en el departamento que había compartido con Marcos cabían en una maleta grande y en una mochila normal.
—Ya sabes, las mujeres y la ropa.
Él sonrió y le sujetó la puerta del coche.
—Perdone mi atrevimiento, señorita Paula, pero esa tal Natalia no podrá sustituirla.
Paula pestañeó con fuerza y abrazó al hombre.
—Las bailarinas siempre son sustituidas por otras, Hughes —dijo ella. Tanto en el escenario como en cualquier otro sitio—. Así es —le dió un golpecito en el hombro y se metió en el coche—. Disfruta del resto de Little Women.
Él asintió y se apartó al ver que ella arrancaba el motor. Paula salió despacio del estacionamiento, con la imagen de Carlos y de la puerta de entrada al escenario en el retrovisor.
«Treinta y tres años», pensó de nuevo, y suspiró. También podrían ser ciento tres.
Ella evitó mirar el reflejo de sus ojos azules en el espejo mientras arrancaba los trocitos de celo que sujetaban las fotos en su sitio. Retiró las fotografías una por una, guardándolas con cuidado en el sobre que había dejado encima de una de las cajas donde había guardado todas las cosas personales que tenía en el camerino que había ocupado durante gran parte de los últimos diez años. Colocó las cajas una sobre la otra y suspiró antes de salir del camerino. No había nadie en el pasillo y se dirigió hacia la entrada de la parte trasera del escenario. La temporada había finalizado. Las paredes que habitualmente estaban llenas de papeles donde se mostraban los avisos y los horarios de ensayo estaban vacías. Las tres salas de ensayo, en silencio. El resto de la compañía estaría de vacaciones, o representando el espectáculo del verano, o haciendo el resto de cosas que los bailarines hacían para ganar un dinero extra. Pero el local no cerraba nunca. Se alquilaba a otras escuelas o a otras compañías. Dobló la esquina y percibió la luz del día en la distancia. Carlos, el guarda de seguridad, levantó la vista del libro que estaba leyendo.
—Señorita Paula —no debería llevar nada de peso.
Él se dispuso a agarrarle las cajas, pero ella lo esquivó.
—El médico me ha dicho que el ejercicio me servirá para fortalecer la rodilla, Carlos.
Así que la fortalecería. Y quizá todavía tuviera oportunidad de volver a bailar. Pero no se lo mencionó a Carlos. Miró el título del libro que él había dejado sobre el escritorio.
—¿Little Women?
Todos los veranos el hombre leía los libros que figuraban en la listade lectura del curso escolar que empezaría su única hija. Algo que el padre de Paula podía haber hecho mientras la criaba a solas, tal y como Carlos estaba haciendo con su hija, Nadia. Sólo por eso, Paula pensó que echaría de menos a Carlos. Lo miró y le sonrió con melancolía.
—¿Qué te parece?
El guarda sonrió y se encogió de hombros.
—Que Jo es auténtica. Espero que se junte con el profesor, pero creo que se está poniendo la zancadilla a sí misma al centrarse tanto en otras cosas cuando se trata de amor.
—Es cierto —ella tuvo que forzar una sonrisa para no perder la compostura. Jo no era la única que hacía ese tipo de cosas.
Carlos abrió la puerta y el sol de las calles de Nueva York cegó la vista de Paula por un instante. Ella recordó la primera vez que había subido a un escenario y cómo la luz de los focos le impedía ver más allá. También recordaba la emoción que…
—¿Regresarás en el otoño, verdad? —a pesar de su protesta, Carlos le retiró las cajas de las manos y la acompañó al exterior—. ¿Serás la bailarina de honor del nuevo ballet?
Ella forzó aún más la sonrisa. Se dirigió hacia el coche que estaba estacionado en el área reservada del edificio y apretó el mando que colgaba del llavero que le había entregado la compañía de alquiler el día antes. El coche pitó y el maletero se abrió al instante.
—Ése es el plan —dijo ella, con más entusiasmo del que sentía.
Bailarina de honor. Era el puesto que se asignaba a las bailarinas que eran demasiado mayores o que ya no podían bailar. Carlos echó a un lado la maleta que ocupaba casi todo el maletero y colocó las cajas.
—Es una maleta enorme para unas pocas semanas de vacaciones —comentó él.
Paula se encogió de hombros. No quería admitir que todas las pertenencias que tenía en el departamento que había compartido con Marcos cabían en una maleta grande y en una mochila normal.
—Ya sabes, las mujeres y la ropa.
Él sonrió y le sujetó la puerta del coche.
—Perdone mi atrevimiento, señorita Paula, pero esa tal Natalia no podrá sustituirla.
Paula pestañeó con fuerza y abrazó al hombre.
—Las bailarinas siempre son sustituidas por otras, Hughes —dijo ella. Tanto en el escenario como en cualquier otro sitio—. Así es —le dió un golpecito en el hombro y se metió en el coche—. Disfruta del resto de Little Women.
Él asintió y se apartó al ver que ella arrancaba el motor. Paula salió despacio del estacionamiento, con la imagen de Carlos y de la puerta de entrada al escenario en el retrovisor.
«Treinta y tres años», pensó de nuevo, y suspiró. También podrían ser ciento tres.
La Danza Del Amor: Sinopsis
La bailarina Paula Chaves había regresado al rancho de su familia con la idea de recuperarse de una lesión de rodilla. Sin embargo, empezaba a tener ideas románticas sobre su vecino, un ranchero muy sexy. Ni siquiera los malos modales de Pedro evitaron que ella se comportara como una vecina amable.
En pocas semanas, la bailarina había cambiado la vida de Pedro. Incluso antes de tomarla entre sus brazos en la pista de baile, supo que Paula era una mujer especial. ¿Habría llegado el momento de apostar por un futuro con la mujer que lo había cautivado con su magia y había conseguido llegar hasta su corazón?
En pocas semanas, la bailarina había cambiado la vida de Pedro. Incluso antes de tomarla entre sus brazos en la pista de baile, supo que Paula era una mujer especial. ¿Habría llegado el momento de apostar por un futuro con la mujer que lo había cautivado con su magia y había conseguido llegar hasta su corazón?
viernes, 18 de enero de 2019
Culpable: Epílogo
Mientras el sol se ocultaba por el horizonte, Paula levantó la vista hacia las velas que se hinchaban sobre su cabeza con el fuerte viento que se había levantado después de cenar.
–Esto es perfecto –suspiró ella, apoyándose en el cuerpo de su marido.
Él la abrazó y ella frotó la mejilla contra el músculo de su brazo
–¿Cómo lo sabías? –Paula no recordaba haberle contado su fascinación por los veleros.
Siempre había soñado que algún día haría un crucero en uno de esos barcos elegantes, pero nunca había imaginado que poseería uno. El Teacher’s Pet, un velero de tres mástiles y con una tripulación al completo, había sido su maravilloso regalo de boda. Cesare decía que había sido una oferta de «dos por uno», un regalo de boda y la luna de miel al mismo tiempo. No habían tenido tiempo para irse de luna de miel después de la boda, solo habían pasado un fin de semana en París durante el que llovió todos los días. Claro que a los recién casados no les importó. Pedro le prometió que, puesto que era una ciudad que conocía bien, una día le mostraría París, ¡Y no solo el interior de la habitación de hotel!
Había regresado a Killaran un domingo y el lunes por la mañana Paula había empezado en su nuevo trabajo. Era la directora de la escuela de primaria de Killaran. Pedro le ofreció el puesto, de parte del consejo escolar, cuando la mujer a la que le habían dado el trabajo en un principio lo había rechazado en el último momento. Él estaba preocupado por su reacción, y le aseguró que él no había presionado a nadie. Paula no había podido evitar provocarlo una pizca pero enseguida lo tranquilizó diciéndole que no le importaba haber conseguido el trabajo por que aquella mujer lo hubiera rechazado. Por supuesto, bromeó diciéndole que estaba un poco decepcionada al descubrir que tenía que trabajar aunque estuviera casada con un hombre rico. Su broma provocó que Pedro le ofreciera una retribución, y aunque consistiera en terminar en la cama con él, Paula estaba encantada. Pedro había apoyado su decisión en todo momento y, a menudo, alardeaba de su inteligente esposa.
–No te muevas –dijo Pedro, abrazándola con fuerza mientras el barco escoraba una pizca y provocaba que se resbalara en la cubierta de madera.
Paula se había vestido para la cena y llevaba un par de zapatos de tacón y un vestido de seda que había elegido para aquella ocasión tan especial. Pedro no sabía todavía lo especial que era. Ella sintió un nudo en el estómago al preguntarse cuál sería su reacción.
–¿Creía que eras la mujer que soñaba con vivir sobre las olas del océano? –bromeó él, contento de tener una excusa para abrazarla–. Ni siquiera te han salido las piernas de sirena.
Paula se volvió entre sus brazos para mirarlo.
–¡Las tengo! –protestó indignada.
–No es bueno fingir. He oído que esta mañana has vomitado y que ayer... –se detuvo para sujetarle el rostro y mirarla fijamente a los ojos. Lo que vió allí lo hizo palidecer–. No estabas mareada, ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza y miró a otro lado. De pronto, tenía miedo de mirarlo a los ojos y de lo que en ellos pudiera ver. Antes de casarse habían hablado de formar una familia y ambos estaban de acuerdo en que algún día lo harían. ¿Cómo reaccionaría él ante la noticia de un embarazo no planeado? Paula no esperaba que él se alegrara tanto como ella con la noticia, pero no creía que pudiera soportarlo si él odiaba la idea.
–¿Llevas a nuestro bebé en el vientre?
Paula nunca había oído ese tono en su voz, pero no era de rabia ni de decepción.
–¿Cuándo...? ¿Cómo te encuentras? ¿Qué ha dicho el médico?
No paró de hacerle preguntas hasta que ella le cubrió los labios con un dedo, riéndose.
–Basta. Lo he descubierto yo misma.
–¿No te ha visto un médico?
Ella negó con la cabeza y contestó:
–Pensé que estaría bien que fuéramos los dos juntos la primera vez.
–Por supuesto, pero no la primera vez. ¡Cada vez! Estaré a tu lado durante todo el camino –le prometió, tratando de no pensar en el momento del parto–. Ven, siéntate –le dijo, rodeándola por los hombros–. No deberías estar de pie, y quítate esos zapatos de tacón. Son mortales y si te caes...
–¿Estás contento?
Él la miró con incredulidad, la acompañó hasta una silla y se acuclilló a su lado.
–¿Estás bromeando? ¡Un bebé! Es increíble.
–¿Aunque no estuviera planeado?
–La vida no está planeada, cara. La vida es amor y esperanza, y ahora bebés. Les haría dar la vuelta a esta cosa endemoniada si pudiera pasar algo mientras estuviésemos en medio del océano.
–No va a pasar nada malo, Pedro –lo tranquilizó, agarrándolo de las manos. Ella era capaz de hablar con total seguridad mientras añadía en voz baja–: No mientras te tenga a tí.
–Siempre me tendrás, cara, para lo bueno y para lo malo. Te quiero con todo mi corazón... y mi alma... No, tú eres mi alma. Eso eslo que creo.
Paula sonrió con sinceridad mientras miraba al hombre al que amaba.
–Eso ya lo dijiste en una ocasión, delante de testigos. Entonces te creí y siempre te creeré –dijo ella sin más.
FIN
–Esto es perfecto –suspiró ella, apoyándose en el cuerpo de su marido.
Él la abrazó y ella frotó la mejilla contra el músculo de su brazo
–¿Cómo lo sabías? –Paula no recordaba haberle contado su fascinación por los veleros.
Siempre había soñado que algún día haría un crucero en uno de esos barcos elegantes, pero nunca había imaginado que poseería uno. El Teacher’s Pet, un velero de tres mástiles y con una tripulación al completo, había sido su maravilloso regalo de boda. Cesare decía que había sido una oferta de «dos por uno», un regalo de boda y la luna de miel al mismo tiempo. No habían tenido tiempo para irse de luna de miel después de la boda, solo habían pasado un fin de semana en París durante el que llovió todos los días. Claro que a los recién casados no les importó. Pedro le prometió que, puesto que era una ciudad que conocía bien, una día le mostraría París, ¡Y no solo el interior de la habitación de hotel!
Había regresado a Killaran un domingo y el lunes por la mañana Paula había empezado en su nuevo trabajo. Era la directora de la escuela de primaria de Killaran. Pedro le ofreció el puesto, de parte del consejo escolar, cuando la mujer a la que le habían dado el trabajo en un principio lo había rechazado en el último momento. Él estaba preocupado por su reacción, y le aseguró que él no había presionado a nadie. Paula no había podido evitar provocarlo una pizca pero enseguida lo tranquilizó diciéndole que no le importaba haber conseguido el trabajo por que aquella mujer lo hubiera rechazado. Por supuesto, bromeó diciéndole que estaba un poco decepcionada al descubrir que tenía que trabajar aunque estuviera casada con un hombre rico. Su broma provocó que Pedro le ofreciera una retribución, y aunque consistiera en terminar en la cama con él, Paula estaba encantada. Pedro había apoyado su decisión en todo momento y, a menudo, alardeaba de su inteligente esposa.
–No te muevas –dijo Pedro, abrazándola con fuerza mientras el barco escoraba una pizca y provocaba que se resbalara en la cubierta de madera.
Paula se había vestido para la cena y llevaba un par de zapatos de tacón y un vestido de seda que había elegido para aquella ocasión tan especial. Pedro no sabía todavía lo especial que era. Ella sintió un nudo en el estómago al preguntarse cuál sería su reacción.
–¿Creía que eras la mujer que soñaba con vivir sobre las olas del océano? –bromeó él, contento de tener una excusa para abrazarla–. Ni siquiera te han salido las piernas de sirena.
Paula se volvió entre sus brazos para mirarlo.
–¡Las tengo! –protestó indignada.
–No es bueno fingir. He oído que esta mañana has vomitado y que ayer... –se detuvo para sujetarle el rostro y mirarla fijamente a los ojos. Lo que vió allí lo hizo palidecer–. No estabas mareada, ¿Verdad?
Ella negó con la cabeza y miró a otro lado. De pronto, tenía miedo de mirarlo a los ojos y de lo que en ellos pudiera ver. Antes de casarse habían hablado de formar una familia y ambos estaban de acuerdo en que algún día lo harían. ¿Cómo reaccionaría él ante la noticia de un embarazo no planeado? Paula no esperaba que él se alegrara tanto como ella con la noticia, pero no creía que pudiera soportarlo si él odiaba la idea.
–¿Llevas a nuestro bebé en el vientre?
Paula nunca había oído ese tono en su voz, pero no era de rabia ni de decepción.
–¿Cuándo...? ¿Cómo te encuentras? ¿Qué ha dicho el médico?
No paró de hacerle preguntas hasta que ella le cubrió los labios con un dedo, riéndose.
–Basta. Lo he descubierto yo misma.
–¿No te ha visto un médico?
Ella negó con la cabeza y contestó:
–Pensé que estaría bien que fuéramos los dos juntos la primera vez.
–Por supuesto, pero no la primera vez. ¡Cada vez! Estaré a tu lado durante todo el camino –le prometió, tratando de no pensar en el momento del parto–. Ven, siéntate –le dijo, rodeándola por los hombros–. No deberías estar de pie, y quítate esos zapatos de tacón. Son mortales y si te caes...
–¿Estás contento?
Él la miró con incredulidad, la acompañó hasta una silla y se acuclilló a su lado.
–¿Estás bromeando? ¡Un bebé! Es increíble.
–¿Aunque no estuviera planeado?
–La vida no está planeada, cara. La vida es amor y esperanza, y ahora bebés. Les haría dar la vuelta a esta cosa endemoniada si pudiera pasar algo mientras estuviésemos en medio del océano.
–No va a pasar nada malo, Pedro –lo tranquilizó, agarrándolo de las manos. Ella era capaz de hablar con total seguridad mientras añadía en voz baja–: No mientras te tenga a tí.
–Siempre me tendrás, cara, para lo bueno y para lo malo. Te quiero con todo mi corazón... y mi alma... No, tú eres mi alma. Eso eslo que creo.
Paula sonrió con sinceridad mientras miraba al hombre al que amaba.
–Eso ya lo dijiste en una ocasión, delante de testigos. Entonces te creí y siempre te creeré –dijo ella sin más.
FIN
Culpable: Capítulo 45
Paula retiró la mano, pero no antes de que el roce de sus labios provocara que se estremeciera.
–Estabas discutiendo. A veces se me olvida lo delicada que eres.
Esta vez, ella lo siguió por voluntad propia, acelerando el paso para mantenerse a su lado mientras él se dirigía hacia la sombra de una palmera.
–He venido para llevarte a casa y no pienso marcharme sin tí. Si para que eso ocurra tengo que arrastrarme, lo haré.
La solemne declaración provocó que los ojos se le llenaran de lágrimas.
–No quiero que te arrastres por el suelo, Pedro. Solo quiero que... –negó con la cabeza, consciente de que quería algo imposible.
Pedro había descubierto que todavía deseaba tenerla en su cama y, aunque en algún momento se habría conformado con eso, ya no le parecía suficiente. Merecía algo más.
–¿Te quiera? –dijo él cuando ella se calló.
Paula asintió y lo miró entre lágrimas.
–Creía que me conformaría con las relaciones sexuales, pero no es así. Quiero más.
–Yo también –suspiró él, sintiéndose aliviado y sorprendido a la vez. Era fácil decirlo. ¿Qué había provocado que dijera algo tan importante?
Paula se quedó boquiabierta hasta que él le empujó la barbilla hacia arriba con el dedo pulgar.
–El pasado deja huella en todos nosotros –arqueó una ceja, invitándola a que respondiera.
Paula asintió.
–Yo siempre he tenido una visión diferente de las relaciones – dijo él–. El matrimonio de mis padres fue desastroso. Yo odiaba a mi padre por amar a mi madre incluso después de que ella lo abandonara. El amor terminó con él y para mí el amor implicaba debilidad, y mi madre... –se encogió de hombros y soltó una carcajada–. ¿Qué se puede decir de ella excepto que no es oro todo lo que reluce? Creo que le falta algo. ¿Sabes a lo que me refiero? –la miró.
–Eso creo –Paula estiró la mano para acariciarle el brazo, medio esperando que él lo retirara. Al ver que él sonreía, sintió un nudo en la garganta.
–Ella siempre decepciona. Carece de conciencia y de un sentido básico de la moralidad. Combinado con su encanto y su concepto hedonístico y egoísta de la vida, va dejando una estela de desastres a su paso.
–Creo que puedes permitirte algunos problemas de confianza.
Pedro soltó una carcajada.
–Confío en tí plenamente, Paula.
Paula se quedó muy quieta.
–La pregunta es: ¿Tú confías en mí?
Paula miró la mano que él le tendía y, sin dudarlo, colocó la suya encima. Pedro sonrió y metió la mano libre en el bolsillo. Paula vió la cajita de terciopelo rojo y negó con la cabeza.
–No quiero el brazalete.
–Esto no es un brazalete.
Era un anillo, un círculo precioso de diamantes que rodeaba a un fabuloso zafiro. Paula lo miró asombrada.
–¿Esto es lo que creo que es?
–Si crees que pasar nuestra vida juntos es un compromiso, entonces sí, tienes razón –le sujetó la mano y le colocó el anillo en el dedo–. Paula, cásate conmigo. Soy un idiota, pero te quiero.
Paula se quedó helada durante un instante antes de mirar al hombre que estaba su lado.
–Mi querido idiota. Sí, por favor.
Él la tomó en brazos sin avisar.
–Menos mal. Durante un momento pensé que lo había estropeado todo...
–Estabas discutiendo. A veces se me olvida lo delicada que eres.
Esta vez, ella lo siguió por voluntad propia, acelerando el paso para mantenerse a su lado mientras él se dirigía hacia la sombra de una palmera.
–He venido para llevarte a casa y no pienso marcharme sin tí. Si para que eso ocurra tengo que arrastrarme, lo haré.
La solemne declaración provocó que los ojos se le llenaran de lágrimas.
–No quiero que te arrastres por el suelo, Pedro. Solo quiero que... –negó con la cabeza, consciente de que quería algo imposible.
Pedro había descubierto que todavía deseaba tenerla en su cama y, aunque en algún momento se habría conformado con eso, ya no le parecía suficiente. Merecía algo más.
–¿Te quiera? –dijo él cuando ella se calló.
Paula asintió y lo miró entre lágrimas.
–Creía que me conformaría con las relaciones sexuales, pero no es así. Quiero más.
–Yo también –suspiró él, sintiéndose aliviado y sorprendido a la vez. Era fácil decirlo. ¿Qué había provocado que dijera algo tan importante?
Paula se quedó boquiabierta hasta que él le empujó la barbilla hacia arriba con el dedo pulgar.
–El pasado deja huella en todos nosotros –arqueó una ceja, invitándola a que respondiera.
Paula asintió.
–Yo siempre he tenido una visión diferente de las relaciones – dijo él–. El matrimonio de mis padres fue desastroso. Yo odiaba a mi padre por amar a mi madre incluso después de que ella lo abandonara. El amor terminó con él y para mí el amor implicaba debilidad, y mi madre... –se encogió de hombros y soltó una carcajada–. ¿Qué se puede decir de ella excepto que no es oro todo lo que reluce? Creo que le falta algo. ¿Sabes a lo que me refiero? –la miró.
–Eso creo –Paula estiró la mano para acariciarle el brazo, medio esperando que él lo retirara. Al ver que él sonreía, sintió un nudo en la garganta.
–Ella siempre decepciona. Carece de conciencia y de un sentido básico de la moralidad. Combinado con su encanto y su concepto hedonístico y egoísta de la vida, va dejando una estela de desastres a su paso.
–Creo que puedes permitirte algunos problemas de confianza.
Pedro soltó una carcajada.
–Confío en tí plenamente, Paula.
Paula se quedó muy quieta.
–La pregunta es: ¿Tú confías en mí?
Paula miró la mano que él le tendía y, sin dudarlo, colocó la suya encima. Pedro sonrió y metió la mano libre en el bolsillo. Paula vió la cajita de terciopelo rojo y negó con la cabeza.
–No quiero el brazalete.
–Esto no es un brazalete.
Era un anillo, un círculo precioso de diamantes que rodeaba a un fabuloso zafiro. Paula lo miró asombrada.
–¿Esto es lo que creo que es?
–Si crees que pasar nuestra vida juntos es un compromiso, entonces sí, tienes razón –le sujetó la mano y le colocó el anillo en el dedo–. Paula, cásate conmigo. Soy un idiota, pero te quiero.
Paula se quedó helada durante un instante antes de mirar al hombre que estaba su lado.
–Mi querido idiota. Sí, por favor.
Él la tomó en brazos sin avisar.
–Menos mal. Durante un momento pensé que lo había estropeado todo...
Culpable: Capítulo 44
Después de pagar, salió por la puerta y se chocó con un hombre alto que pasaba por allí. Si él no la hubiese sujetado, se habría caído.
–Lo... Lo siento –tartamudeó ella, a pesar de que sabía que no había sido su culpa.
–Va a hacer falta algo más que un «Lo siento».
El comentario hizo que su coraza se partiera en mil pedazos.
–Pedro, ¿Qué estás...?
–Tenemos que hablar.
Paula tenía la sensación de que estaba furioso, pero luego se percató de que no era así. Lo que le pasaba era que una mezcla de emociones lo invadía por dentro, provocando que estuviera muy tenso. Como si fuera una adicta delante de su droga preferida, ella no podía dejar de temblar, ni de mirarlo. Se aclaró la garganta.
–Ella no está aquí. Carolina ya se la ha llevado.
Él frunció el ceño.
–¿Valen está aquí?
–Creía que... No lo comprendo. Estabas en Londres, te ví por la televisión. La princesa es muy guapa –se mordió el labio inferior.
–Romina, una mujer bonita pero muy aburrida. Lo único que hizo fue hablarme sobre Adrián.
–¿Quién es Adrián?
–El hombre con el que va a casarse –la miró y sonrió–. Estabas celosa –parecía disfrutar con el descubrimiento.
–Lo superaré –le prometió.
Él dejó de sonreír.
–Pues yo no. Si te viera con otro hombre, yo...
Sus palabras provocaron en Paula sentimientos encontrados. Él era el que la había echado y, sin embargo, lo que le decía en esos momentos hacía que ella tuviera que contenerse para no explicarle que no había ningún otro hombre en su vida y que nunca lo habría.
–¿Y qué esperas que haga? –preguntó ella–. ¿Que pronuncie un voto de celibato porque, aunque no me quieres, tampoco quieres que me posea otro hombre?
–Sí te quiero –dijo él–. Te necesito, Paula.
Su expresión de desesperación parecía sincera, pero ella no podía exponerse a que le hiciera daño otra vez.
–No querías que estuviera allí cuando regresaras –se quejó, incapaz de contener las lágrimas más tiempo. Se había llevado una terrible sorpresa.
Siempre había sabido que él terminaría cansándose de ella, pero no esperaba que la rechazara de ese modo y por eso se quedó tan afectada.
–No puedes imaginar la de veces que he estado a punto de dar la vuelta con el coche para regresar, pero era demasiado cobarde como para admitir lo que sentía.
–¿Y por qué estás aquí, Pedro?
Él soltó una carcajada.
–¿Por qué diablos crees que estoy aquí? Cuando regresé a Killaran, descubrí que te habías marchado. He venido a buscarte.
Consciente de que su interpretación estaba tintada por la nostalgia, Paula intentó no reaccionar ante su comentario. Eso no significaba que fuera capaz de controlar el fuerte calor que cubría su piel, ni el revoloteo que sentía en el estómago. El hombre la había ido a buscar. Eso tenía que significar algo, ¿Verdad?
Pedro apretó los dientes con frustración al ver que sus palabras no tenían efecto sobre ella. Se negaba a creer a la vocecita que oía en su cabeza y que le decía que lo había estropeado todo, así que, agarró a Paula por la muñeca y tiró de ella para estrecharla contra su pecho.
–Ven a casa conmigo.
–Este no es el camino a casa –dijo ella tratando de mantener su paso mientras él la sacaba de la terminal a través de las puertas de cristal.
–Es el camino hasta el jet de la empresa. ¿Cómo crees que he llegado hasta aquí, cara? –preguntó él al ver su cara de asombro–. No podemos tener una conversación en esa pecera de cristal.
Paula entornó los ojos y se frotó la piel de la zona donde él la había agarrado. Al verla, él puso una mueca de dolor.
–Te he hecho daño –le levantó la mano y la besó en la muñeca.
–Lo... Lo siento –tartamudeó ella, a pesar de que sabía que no había sido su culpa.
–Va a hacer falta algo más que un «Lo siento».
El comentario hizo que su coraza se partiera en mil pedazos.
–Pedro, ¿Qué estás...?
–Tenemos que hablar.
Paula tenía la sensación de que estaba furioso, pero luego se percató de que no era así. Lo que le pasaba era que una mezcla de emociones lo invadía por dentro, provocando que estuviera muy tenso. Como si fuera una adicta delante de su droga preferida, ella no podía dejar de temblar, ni de mirarlo. Se aclaró la garganta.
–Ella no está aquí. Carolina ya se la ha llevado.
Él frunció el ceño.
–¿Valen está aquí?
–Creía que... No lo comprendo. Estabas en Londres, te ví por la televisión. La princesa es muy guapa –se mordió el labio inferior.
–Romina, una mujer bonita pero muy aburrida. Lo único que hizo fue hablarme sobre Adrián.
–¿Quién es Adrián?
–El hombre con el que va a casarse –la miró y sonrió–. Estabas celosa –parecía disfrutar con el descubrimiento.
–Lo superaré –le prometió.
Él dejó de sonreír.
–Pues yo no. Si te viera con otro hombre, yo...
Sus palabras provocaron en Paula sentimientos encontrados. Él era el que la había echado y, sin embargo, lo que le decía en esos momentos hacía que ella tuviera que contenerse para no explicarle que no había ningún otro hombre en su vida y que nunca lo habría.
–¿Y qué esperas que haga? –preguntó ella–. ¿Que pronuncie un voto de celibato porque, aunque no me quieres, tampoco quieres que me posea otro hombre?
–Sí te quiero –dijo él–. Te necesito, Paula.
Su expresión de desesperación parecía sincera, pero ella no podía exponerse a que le hiciera daño otra vez.
–No querías que estuviera allí cuando regresaras –se quejó, incapaz de contener las lágrimas más tiempo. Se había llevado una terrible sorpresa.
Siempre había sabido que él terminaría cansándose de ella, pero no esperaba que la rechazara de ese modo y por eso se quedó tan afectada.
–No puedes imaginar la de veces que he estado a punto de dar la vuelta con el coche para regresar, pero era demasiado cobarde como para admitir lo que sentía.
–¿Y por qué estás aquí, Pedro?
Él soltó una carcajada.
–¿Por qué diablos crees que estoy aquí? Cuando regresé a Killaran, descubrí que te habías marchado. He venido a buscarte.
Consciente de que su interpretación estaba tintada por la nostalgia, Paula intentó no reaccionar ante su comentario. Eso no significaba que fuera capaz de controlar el fuerte calor que cubría su piel, ni el revoloteo que sentía en el estómago. El hombre la había ido a buscar. Eso tenía que significar algo, ¿Verdad?
Pedro apretó los dientes con frustración al ver que sus palabras no tenían efecto sobre ella. Se negaba a creer a la vocecita que oía en su cabeza y que le decía que lo había estropeado todo, así que, agarró a Paula por la muñeca y tiró de ella para estrecharla contra su pecho.
–Ven a casa conmigo.
–Este no es el camino a casa –dijo ella tratando de mantener su paso mientras él la sacaba de la terminal a través de las puertas de cristal.
–Es el camino hasta el jet de la empresa. ¿Cómo crees que he llegado hasta aquí, cara? –preguntó él al ver su cara de asombro–. No podemos tener una conversación en esa pecera de cristal.
Paula entornó los ojos y se frotó la piel de la zona donde él la había agarrado. Al verla, él puso una mueca de dolor.
–Te he hecho daño –le levantó la mano y la besó en la muñeca.
Culpable: Capítulo 43
Después de recorrer el castillo y los terrenos de alrededor, Pedro estaba de muy malhumor. Se había marchado de la gran fiesta, había abandonado a su bella compañera y probablemente había ofendido a uno de sus mejores amigos durante el proceso. Incluso dudaba que todavía quisiera que fuera el padrino de su boda, que se celebraría en verano. Después, había conducido desde Londres. Miró al ama de llaves con incredulidad.
–¿Qué quieres decir con que se ha ido? ¿A dónde?
–Al aeropuerto con Va...
–¡Al aeropuerto! –Pedro comenzó a pasear de un lado a otro como si fuera un gato enjaulado. Se detuvo frente a la mujer y la fulminó con la mirada–. ¿Has dejado que se marcharan al aeropuerto?
–No era mi trabajo detenerla.
Él se detuvo y pensó: «No, era el mío». Y, si hubiese estado dispuesto a decirle lo que ella había querido oír, lo que él no quería admitir, habría estado allí para evitar que se marchara. Lo único que ella le había dicho era «Te echo mucho de menos cuando no estás». Y él había estado a punto de tener un ataque de pánico. Aquello era el resultado de su incapacidad para aceptar que, en pocas semanas, ella había pasado a formar parte de su vida. Mientras buscaba a Paula, su casa, el lugar con el que sentía verdadera conexión y por el que habría hecho cualquier cosa para preservarlo, no le parecía más que una serie de cuartos vacíos. Pero su ausencia no solo afectaba a la casa. Él se sentía vacío sin ella. Pero conseguiría que regresara. La había echado con su discurso de que su relación era puramente sexual. Ella se había entregado al cien por cien, y él le había dicho que solo era sexo. Sabía que su frialdad la estaba matando y la había rematado ofendiéndola con el brazalete de diamantes. Al recordar que había reaccionado tirándoselo a la cara, esbozó una pequeña sonrisa. Paula era la persona menos avariciosa que había conocido nunca. Eso le encantaba. ¿De veras había pensado que ella no iba a tirárselo a la cara? ¿Sería que inconscientemente había intentado que ella lo rechazara? Había tratado de poner una barrera entre ambos desde el primer momento en que se conocieron, ¿ Y por qué? Porque sabía que ella era diferente, que no podría echarla de su cama a mitad de noche, y que tampoco podría separarse de ella. Paula lo hacía sentir todo lo que él nunca había querido sentir, aquello que creía que lo convertiría en un hombre débil.
–¿Y a dónde volaban? –le preguntó al ama de llaves.
–La señorita Carolina lo organizó todo. Creo que las recibirá en el aeropuerto.
–¿Carolina? ¡Si a Paula ni siquiera le gusta tomar el sol! –gritó, imaginándola tumbada en una playa tropical mientras la molestaban los hombres del lugar, fascinados por su tez blanquecina.
Cerró los ojos y blasfemó. Cuando los abrió, recibió la mirada de desaprobación que le dedicaba la señora que lo conocía desde queera un niño.
–Estoy segura de que la señora Chaves se pondrá crema con protección solar. Es muy inteligente.
Pedro ya estaba marcando un número en su teléfono móvil.
Paula sintió un nudo en la garganta cuando Valen se despidió de ella con la mano, mientras la miraba con la cara apoyada en el cristal del Jeep que conducía su madre. Permaneció allí hasta que el vehículo desapareció, y pestañeando para tratar de contener las lágrimas regresó a la terminal con aire acondicionado. El calor del exterior era intenso. Valen había revivido nada más desembarcar. Había pasado de parecer un fantasma a gozar de un aspecto saludable. La envidiaba por su capacidad para recuperarse. ¡Ella se sentía como si tuviera cien años! Cuando Carolina le dijo que Valen no era buena viajera, Paula se había sentido capaz de enfrentarse a una niña mareada y asustada. ¡Cómo se había equivocado! Le había partido el corazón ver a la niña tan nerviosa y el viaje había resultado una pesadilla. Además, al poco rato de estar en el sol se sentía como una flor marchita. Quizá con el tiempo pudiera aclimatarse a ese entorno, pero Anna sabía que nunca tendría un brillo dorado como el de Carolina. A ella le gustaba vivir en un lugar en el que pudiera disfrutar de todo tipo de clima en tan solo veinticuatro horas. Al pensar en ello, dejó de sonreír. No regresaría a Escocia. Su billete de vuelta era para una capital con un clima mucho más estable. Abstraída, pensó en su casa. Había pasado mucho tiempo acondicionando su apartamento y decorándolo con objetos reciclados personalizados a su gusto. Regresar a casa debería haber sido algo positivo, pero no era así. Amar a Pedro había hecho que cambiara todo. Ya no se sentía centrada estando en su casa, sino junto a una persona... La persona equivocada. ¿Volvería a sentirse en casa en otro lugar? Aunque tuviera que sentir aquella presión en el pecho durante el resto de su vida, nunca se arrepentiría de haber amado a Pedro.
Una vez dentro de la terminal se dirigió a las tiendas de dutyfree. Tenía que esperar tres horas hasta que saliera su vuelo y no quería tomar más café. Vió que en una tienda vendían ropa para bebé hecha a mano con diseños étnicos muy coloridos. Como sabía que era algo que podía gustarle a Pauli, pasó media hora eligiendo uno de los pijamitas.
–¿Qué quieres decir con que se ha ido? ¿A dónde?
–Al aeropuerto con Va...
–¡Al aeropuerto! –Pedro comenzó a pasear de un lado a otro como si fuera un gato enjaulado. Se detuvo frente a la mujer y la fulminó con la mirada–. ¿Has dejado que se marcharan al aeropuerto?
–No era mi trabajo detenerla.
Él se detuvo y pensó: «No, era el mío». Y, si hubiese estado dispuesto a decirle lo que ella había querido oír, lo que él no quería admitir, habría estado allí para evitar que se marchara. Lo único que ella le había dicho era «Te echo mucho de menos cuando no estás». Y él había estado a punto de tener un ataque de pánico. Aquello era el resultado de su incapacidad para aceptar que, en pocas semanas, ella había pasado a formar parte de su vida. Mientras buscaba a Paula, su casa, el lugar con el que sentía verdadera conexión y por el que habría hecho cualquier cosa para preservarlo, no le parecía más que una serie de cuartos vacíos. Pero su ausencia no solo afectaba a la casa. Él se sentía vacío sin ella. Pero conseguiría que regresara. La había echado con su discurso de que su relación era puramente sexual. Ella se había entregado al cien por cien, y él le había dicho que solo era sexo. Sabía que su frialdad la estaba matando y la había rematado ofendiéndola con el brazalete de diamantes. Al recordar que había reaccionado tirándoselo a la cara, esbozó una pequeña sonrisa. Paula era la persona menos avariciosa que había conocido nunca. Eso le encantaba. ¿De veras había pensado que ella no iba a tirárselo a la cara? ¿Sería que inconscientemente había intentado que ella lo rechazara? Había tratado de poner una barrera entre ambos desde el primer momento en que se conocieron, ¿ Y por qué? Porque sabía que ella era diferente, que no podría echarla de su cama a mitad de noche, y que tampoco podría separarse de ella. Paula lo hacía sentir todo lo que él nunca había querido sentir, aquello que creía que lo convertiría en un hombre débil.
–¿Y a dónde volaban? –le preguntó al ama de llaves.
–La señorita Carolina lo organizó todo. Creo que las recibirá en el aeropuerto.
–¿Carolina? ¡Si a Paula ni siquiera le gusta tomar el sol! –gritó, imaginándola tumbada en una playa tropical mientras la molestaban los hombres del lugar, fascinados por su tez blanquecina.
Cerró los ojos y blasfemó. Cuando los abrió, recibió la mirada de desaprobación que le dedicaba la señora que lo conocía desde queera un niño.
–Estoy segura de que la señora Chaves se pondrá crema con protección solar. Es muy inteligente.
Pedro ya estaba marcando un número en su teléfono móvil.
Paula sintió un nudo en la garganta cuando Valen se despidió de ella con la mano, mientras la miraba con la cara apoyada en el cristal del Jeep que conducía su madre. Permaneció allí hasta que el vehículo desapareció, y pestañeando para tratar de contener las lágrimas regresó a la terminal con aire acondicionado. El calor del exterior era intenso. Valen había revivido nada más desembarcar. Había pasado de parecer un fantasma a gozar de un aspecto saludable. La envidiaba por su capacidad para recuperarse. ¡Ella se sentía como si tuviera cien años! Cuando Carolina le dijo que Valen no era buena viajera, Paula se había sentido capaz de enfrentarse a una niña mareada y asustada. ¡Cómo se había equivocado! Le había partido el corazón ver a la niña tan nerviosa y el viaje había resultado una pesadilla. Además, al poco rato de estar en el sol se sentía como una flor marchita. Quizá con el tiempo pudiera aclimatarse a ese entorno, pero Anna sabía que nunca tendría un brillo dorado como el de Carolina. A ella le gustaba vivir en un lugar en el que pudiera disfrutar de todo tipo de clima en tan solo veinticuatro horas. Al pensar en ello, dejó de sonreír. No regresaría a Escocia. Su billete de vuelta era para una capital con un clima mucho más estable. Abstraída, pensó en su casa. Había pasado mucho tiempo acondicionando su apartamento y decorándolo con objetos reciclados personalizados a su gusto. Regresar a casa debería haber sido algo positivo, pero no era así. Amar a Pedro había hecho que cambiara todo. Ya no se sentía centrada estando en su casa, sino junto a una persona... La persona equivocada. ¿Volvería a sentirse en casa en otro lugar? Aunque tuviera que sentir aquella presión en el pecho durante el resto de su vida, nunca se arrepentiría de haber amado a Pedro.
Una vez dentro de la terminal se dirigió a las tiendas de dutyfree. Tenía que esperar tres horas hasta que saliera su vuelo y no quería tomar más café. Vió que en una tienda vendían ropa para bebé hecha a mano con diseños étnicos muy coloridos. Como sabía que era algo que podía gustarle a Pauli, pasó media hora eligiendo uno de los pijamitas.
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