viernes, 18 de enero de 2019

Culpable: Capítulo 42

Paula estaba tan feliz que ni siquiera se le ocurrió preguntar por qué Carolina había cambiado de planes.

–Tendrás los billetes en el aeropuerto. Y no le des nada muy pesado de comer a Jas puesto que no es la mejor viajera del mundo. Te recogeré en el aeropuerto para llevarte al hotel. He reservado una semana en uno de los bungalows del jardín.

–Un detalle por tu parte, pero no podré quedarme, así que solo llegaré hasta el aeropuerto. Te entregaré a Valen y después regresaré directamente al Reino Unido. Tengo una entrevista el jueves –había pensado en decírselo a Pedro, confiando en que él le pidiera que no se marchara. O al menos que permanecieran en contacto. ¿Cómo había permitido que pasara eso? ¿Cómo había podido ser tan estúpida?

–Oh, no, ¿Por qué no me lo has dicho? Olvida que te lo he preguntado. Buscaré otra solución. Esperaba no tener que involucrar a Pedro, pero no pasa nada. Cuéntame lo del trabajo.

–El colegio tiene muy buena reputación –dijo Paula, tratando de fingir el entusiasmo que sabía que debía sentir–. Pero no hay motivo por el que no pueda llevarte a Valen. Quiero ayudarte, en serio.

–No puedes volar hasta aquí y luego tomar otro vuelo de vuelta. Claro que no –protestó Carolina–. No puedo pedirte que hagas eso.

–No me lo estás pidiendo. Me estoy ofreciendo.

–Estaría bien mantener a Pedro al margen hasta que esté solucionado –admitió Carolina–. Por supuesto, se lo contaré cuando Valen esté aquí.

–Claro –dijo Paula, aunque no tenía nada claro.

–Es que Pedro puede ser un poco sobreprotector.

«Conmigo no», pensó Paula con amargura.

–¿De veras no te importa?

–Para nada.

–Eres un encanto –dijo Carolina–. Y ni siquiera me has preguntado por qué quiero que traigas a Valen. Te iba a pedir que no me lo preguntaras, pero no es un secreto, o dejará de serlo pronto. La cosa es que quiero que  conozca a su padre.

–¡Vaya!

Se oyó una risa nerviosa a otro lado de la línea.

–Eso digo yo, ¡Vaya! Pero no le digas nada a Valen.

–Por supuesto que no.

–Ni a Pedro.

–No te preocupes.

Culpable: Capítulo 41

Incapaz de mantener el contacto ocular, Pedro bajó la vista, acariciando con su mirada cada parte de su cuerpo. Ella era la representación de sus fantasías más oscuras.

–¿Y si prefiriera el dinero? –lo retó ella.

–No seas estúpida –dijo él, frunciendo el ceño.

–¿Por qué estúpida? –preguntó ella–. ¿Esto no es el pago por los servicios prestados? –dijo con tono de disgusto mientras miraba el brazalete.

Él blasfemó y se preguntó si algún día sería capaz de apreciar la ironía; era la única vez en su vida que se había sentido impulsado a entrar en una joyería porque había visto una pieza en el escaparate que había hecho que pensara en ella.

–No te comportes como una prostituta. No eres así –apretó los dientes y trató de calmarse–. Si no te gusta...

–Si a tí no te gusta que actúe como una prostituta, ¡No me trates como a una de ellas! –gritó ella, tirándole el brazalete.

Sin dejar de mirarla, él estiró la mano y alcanzó el proyectil.

–¡Lo odio y te odio! ¿Cómo te atreves a insultarme con un horrible brazalete? Si te has aburrido, dímelo, no pasa nada, ¡Pero no te atrevas a sobornarme!

Pedro apretó los dientes, dejó caer el brazalete y se pasó la mano por el cabello. Aquello no iba bien. Ella se estaba comportando de manera irracional y sentimental. Era todo lo que él odiaba y, sin embargo, deseaba abrazarla y llevarla a la cama. Era Paula.

–No puedo hacerlo.

Paula pestañeó para contener las lágrimas.

–Oh, sí que puedes. Has tenido mucha práctica. Esta es la primera vez para mí.

¿Creía que necesitaba que se lo recordaran?

–Así que lo siento si me estoy comportando como un ser humano –llorando, se tumbó boca abajo sobre la cama.

A Paula le pareció que él le acariciaba el cabello, pero debió de habérselo imaginado porque, más tarde, cuando se dió la vuelta, la habitación estaba vacía y ella tenía los ojos hinchados y enrojecidos.

Paula, con los ojos hinchados de tanto llorar, trató de olvidar la monumental pelea que había tenido con Pedro y trató de concentrarse en lo que decía Carolina.

–¿A qué hora es tu vuelo mañana?

Al día siguiente ya no la necesitarían y Pedro había continuado con su vida. Era lo que ella había anticipado, pero él podía haber esperado a que hiciera las maletas, podía haberse quedado para decirle adiós.

–¿Pedro está por ahí?

Paula negó con la cabeza y, al recordar que Carolina no podía verla, contestó:

–No –lo observó en la pantalla, caminando por la alfombra roja y llamando la atención de la presentadora que, en lugar de entrevistar a los famosos de Hollywood, aprovechó la excusa de que él iba acompañado de una aristócrata para acorralarlo con el micrófono y tocarle el brazo repetidamente.

Pedro contestó con un monosílabo a las numerosas preguntas, pero no pareció desanimarla.

–Pues vaya.

–¿Supongo que no tendrás tu pasaporte ahí?

–Creo que sí –contestó Paula.

La aristócrata se conformó con mantenerse al margen y observar cómo la entrevistadora coqueteaba con él. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Podía permitirse sonreír, ya que sabía que de puertas para dentro él era todo suyo. Paula descubrió que los celos no eran solo un sentimiento, sino que también implicaban dolor físico.

–Eso es estupendo –dijo Carolina aliviada–. Tengo que pedirte un gran favor.

Paula escuchó la propuesta mientras Pedro y su compañera entraban en el teatro y escapaban de los medios de comunicación. Descubrió que la propuesta consistía en tomar un avión y alejarse de Pedro, así que aceptó encantada. Carolina lo tenía todo organizado hasta el último detalle.

jueves, 10 de enero de 2019

Culpable: Capítulo 40

Dos semanas más tarde, la mentira resultó mucho más difícil. Durante ese periodo las relaciones sexuales habían sido terminaría cansándose, y estaba continuamente pendiente de cualquier indicio, decidida a saltar antes de que la empujaran. De ese modo, ella se quedaría con recuerdos y un poco de orgullo. La decisión la hacía sentirse madura y en control de la situación. Al final, no estaba preparada para nada. Paula no anticipó el final hasta que no se lo ofrecieron en su propia cama, brillante y reluciente en forma de diamantes. Su reacción no fue ni madura ni controlada.

–Te echo mucho de menos cuando no estás. Ojalá... Me encantaría... Amor...

Mientras asimilaba las palabras que ella había pronunciado medio dormida, Pedro experimentó un instante de pánico, seguido por un auténtico rechazo.

Él ni siquiera habría oído aquella confesión si no hubiese estado demasiado cansado para mover a Paula después de una sesión de sexo salvaje. Sin embargo, lo había hecho mientras se separaba de su cuerpo. Durante las pasadas semanas las relaciones sexuales que habían mantenido no se parecían a nada que él hubiera experimentado antes, pero solo era sexo. Y ella lo sabía. Al sentir que lo invadía el resentimiento, la miró mientras dormía con una mezcla de emociones. Rabia, fascinación, atracción... Y, ajena a lo que pasaba, ella permanecía acurrucada con la cabeza apoyada sobre su hombro. En parte, por cobardía, deseaba ignorar lo que había oído. Sus palabras inocentes no suponían un problema, pero sí la respuesta que ellas requerían. Él no la echaba de menos. Echar de menos implicaba necesitar, y Pedro no necesitaba a nadie.

La noche anterior había sido increíble, así que, cuando ella despertó y vió a Pedro completamente vestido anunciándole que pasaría en Londres el resto de la semana, Paula no supo cómo responder. Se cubrió con la sábana hasta la barbilla y trató de aparentar que estaría bien sin verlo durante los cinco días siguientes.

–No lo sabía –tartamudeó y se apartó un mechón de pelo de la cara, miró el reloj y vio que solo eran las cinco de la mañana–. Te prepararé un café.

Él negó con la cabeza. Su tartamudeo siempre hacía que se derritiera por dentro.

–No, estoy bien.

Ella frunció el ceño. Él no tenía buen aspecto ni sonaba bien. «Distante» fue la palabra que le vino a la cabeza cuando lo miró.

–¿Carolina regresa el martes?

Ella asintió.

–No sé si lo han hablado, pero es evidente que ustedes tienen que decidir cuándo te marchas –vió el dolor reflejado en su mirada y se convenció de que estaba haciendo lo correcto. No podía ofrecerle lo que ella deseaba.

–Pero si no te veo...

Otro hombre se lo daría. Pedro cerró los ojos furioso e invadido por los celos, se aclaró la garganta y metió la mano en el bolsillo.

–Si no te veo antes...

Ella frunció el ceño. Al principio, Paula no se percató de qué era lo que él había tirado sobre la cama. Después, cuando lo reconoció, se quedó de piedra.

–¿Qué es esto? –preguntó mirando el brazalete de diamantes que sujetaba entre los dedos.

–¿No te gusta? –se encogió de hombros–. No pasa nada, puedes devolverla y cambiarla por algo que te guste más.

¿No pasaba nada? ¿No importaba que la tratara como a una prostituta a la que pagaba por sus servicios? Inundada por una mezcla de emociones, Paula suspiró despacio y se puso en pie. Estaba desnuda y temblaba con furia. Se dirigió hacia él, fulminándolo con la mirada.

Culpable: Capítulo 39

Pedro metió la mano bajo la tela de su camisón y comenzó a acariciarle el muslo y el trasero. Ella cerró los ojos y disfrutó de sus caricias. Él sabía dónde y cómo acariciarla, y ella pensó que no podría soportarlo más. Fue entonces cuando se percató de que estaba desnuda.

–Eres perfecta.

Paula se relajó. Lo era. Podría ser todo aquello que él dijera, lo que él deseara. Pedro no podía dejar de mirarla. Era todo lo que había imaginado y más. Le acarició un pecho y supo que corría el riesgo de perder el control. El simple gesto de introducir su pezón en la boca y observar la expresión de su rostro mientras lo hacía era más erótico y excitante que cualquier otra cosa de las que recordaba. Durante mucho tiempo, había considerado el sexo como un ejercicio, algo que se le daba bien, con todos los movimientos planeados. Era capaz de contenerse, de predecir la reacción de su compañera, y siempre le resultaba satisfactorio porque dominaba cada movimiento y siempre elegía parejas expertas.

Paula era una mujer guapa, pero aquello nada tenía que ver con la perfección, sino con un sentimiento visceral y genuino. Retiró la boca y le acarició el pecho con el dedo para después cubrírselo con los labios y juguetear sobre él con la lengua. Ella gimió de placer. Aquello no era algo planeado. Era algo sincero y precipitado. ¡Pedro había descubierto el caos y le encantaba! Incluso en medio del caos, él fue capaz de recordar que para Paula era la primera vez y que era su deber conseguir que la experiencia fuera buena. Era difícil. ¿Cómo se suponía que un hombre iba a contenerse cuando sus manos y su boca se deslizaban por todo el cuerpo?

Cuando le acarició el vientre, Paula apenas pudo soportarlo. Él le separó las piernas y la acarició. Con el primer roce, ella se puso tensa. Después se relajó al ver que él le guiaba la mano sobre su cuerpo para que lo sintiera y se desabrochaba los pantalones para que ella tuviera acceso a su miembro erecto.

–Oh, sí...

–Estupendo –dijo él, besándola mientras deslizaba la mano entre sus piernas–. Así es –la felicitó mientras ella las separaba para él.

Pedro encontró el centro de la feminidad y se lo acarició con el dedo hasta que a ella le costaba respirar y protestó.

–No puedo hacer esto.

–Sí puedes, cara –le prometió él, retirándose para quitarse los pantalones. Después, desnudo, se tumbó sobre ella–. Eres estupenda.

Ella lo miró tratando de no fijarse demasiado en su erección. Él era perfecto y, evidentemente, estaba bien dotado.

–¿Lo soy? –le agarró el miembro y provocó que él gimiera–. Ah, sí, lo soy.

Cuando Pedro introdujo un dedo en su cuerpo, ella gimió de manera feroz. Desesperada, Paula lo acarició. Pedro le estaba susurrando palabras sexy al oído. No importaba que no comprendiera el italiano, el sonido hipnótico tenía un efecto hipnótico. La sensación de tranquilidad perduró hasta que Pedro la penetró. El dolor que sintió mientras él se acomodaba en su interior fue mucho menor de lo que ella había anticipado. Le encantaba sentir su miembro erecto en su interior. Entonces, mientras él la penetraba poco a poco Paula comenzó a moverse con desesperación para albergar todo su miembro en su interior.

–¡Más! –exclamó arqueándose contra él y clavándole las uñas en los hombros.

El final llegó tan de golpe que ella pensó que iba a desmayarse. Pero no fue así, al sentir que él se liberaba en el interior de su cuerpo, experimentó una sensación desconocida, como si hubiese alcanzado las estrellas.

–Bueno, es evidente por qué eras virgen. Tal y como dijo ese hombre, eres frígida.

Paula abrió un ojo y se desperezó.

–Me estoy riendo por dentro –de hecho notaba músculos que ni siquiera sabía que tenía.

Él le acarició el cuerpo.

–¿Cuál es la historia? Seguro que han pasado hombres por tu vida.

Paula se incorporó y se apoyó en un codo, sintiéndose tremendamente cómoda estando desnuda ante su interesada mirada.

–¿Nunca habías visto a una mujer desnuda?

–Nunca te había visto desnuda a ti. Santo cielo, Paula, ¿En qué pensaban los hombres que han pasado por tu vida?

¿Cómo era posible que aquella criatura sensual fuera virgen? Era como si hubiese estado dormida como sucedía en los cuentos de hadas. Pero él no era un príncipe.

–¿Sabes que esto no ha sido nada más que sexo?

–Te mencioné que había tenido una relación romántica. Pues estuve comprometida –el dejó la mano quieta sobre su trasero–. Nos emparejamos a través del ordenador. Era una relación célibe, más bien un encuentro de mentes, pero él me respetaba –se rio–. Aunque resultó que no me respetaba tanto como respetaba a la modelo de lencería con la que huyó una semana antes de la boda.

–¡Salió perdiendo!

Paula se tumbó de espaldas, su comentario había curado las heridas que el rechazo había provocado en su orgullo.

–Me gusta pensar lo mismo.

–Su pérdida, mi ganancia –la miró fijamente y se detuvo cuando estaba a punto de acariciarle los senos–. ¿Sabes que...?

–¿Que me quieres por mi cuerpo? No hay problema. Yo te quiero por el tuyo –mintió con facilidad. Habría hecho cualquier cosa para que aquello durara un poco más.

Culpable: Capítulo 38

–¿Estás segura de que nunca has hecho esto antes?

La besó antes de que pudiera contestar y ella gimió de placer. Asombrada por la pasión que se había despertado en ella, lo besó también e introdujo la lengua en su boca. Notó que el deseo que la invadía se intensificaba y sintió un fuerte calor húmedo en la entrepierna. Lo deseaba con locura, pero el espectro de aquella mujer rubia con la que lo había visto la hacía contenerse.

–Espero que me hagas ciertas concesiones, Pedro –susurró contra sus labios–. No soy...

Su manera de susurrar terminó con su capacidad de racionalizar. Sin soltarla, se dirigió hacia la puerta.

–Eres muy sexy, bruja pelirroja. No he sido capaz de concentrarme desde que te vi la primera vez.

–¿Lo soy?

Su respuesta fue un beso apasionado.

–¿Puedes saborear cuánto te deseo?

–Tienes un sabor delicioso –cerró los ojos y lo besó en la boca una y otra vez.

Cuando los abrió, se percató de que no estaban ni en el salón ni en el dormitorio.

–¿Dónde...? –preguntó ella mientras él abría una puerta con el pie.

–Te he imaginado en mi cama desde el momento en que te ví.

–Yo te imaginaba desnudo –admitió ella.

–Parece que esta será la noche en la que nuestros deseos se convertirán en realidad, cara.

Paula se agarró con fuerza mientras él la subía por la escalera que ella había recorrido hacía bien poco. La puerta de su dormitorio estaba abierta. La habitación estaba iluminada por una única lámpara que estaba sobre una mesa junto a la ventana. Pedro la llevó directamente a la cama con dosel que dominaba la habitación. Paula no fue capaz de mirar ni la decoración. Solo tenía ojos para él. Sin dejar de mirarla, Pedro la tumbó sobre la cama, apartando unos cojines con la mano mientras se arrodillaba sobre ella. Le acarició la mejilla, extendió su cabello rizado sobre la cama y la besó despacio. Ella gimió cuando retiró la cabeza. Estaba ardiendo de deseo.

–Así es como la gente que no está loca se queda embarazada – dijo sin pensar.

Él la sujetó por la barbilla y contestó:

–No permitiré que eso te suceda a tí. Relájate. Yo me ocuparé del resto.

Paula no tuvo que esforzarse mucho en hacer lo que él le decía porque, curiosamente, confiaba en el hombre al que había odiado desde el primer día. En algún momento, entre tanto odio, se había enamorado de él. Las palabras que sabía que no podía pronunciar estaban en su cabeza. Le sujetó el rostro con las manos y lo besó.

–Sé que lo harás, pero necesito... No dejes de tocarme, Pedro –le suplicó–. De verdad, necesito...

–Dímelo –insistió él.

–Te necesito –comenzó a desabrocharle la camisa para dejar al descubierto su vientre musculoso y su torso cubierto de vello varonil.

Su piel era como la seda. Ella lo acarició despacio, disfrutando de su primera experiencia sexual. Al sentir el poderío de su feminidad, Pedro respiró hondo y resopló. Ella estaba desabrochándole el cinturón de los pantalones cuando él le agarró la mano. Después, le agarró la otra y se las colocó sobre la cabeza. Solo permaneció sobe ella unos instantes, pero Paula tuvo tiempo de darse cuenta de que la rendición le resultaba muy excitante. Confiar en otra persona lo suficiente como para cederle el control era tremendamente excitante. Antes de que pudiera explorar las diversas posibilidades de su descubrimiento, se encontró tumbada junto a él.

Culpable: Capítulo 37

Paula  casi pudo oír cómo Pedro  erigía sus barreras de defensa.

–Te dejaré dormir –dijo él, pero permaneció en el mismo sitio.

–Estoy despierta. Tenías razón, nunca se sabe cuándo va a suceder. Mañana podría atropellarme un autobús.

–No creo.

–Pero podría ser. ¿Quizá sea una buena idea que vivas cada día como si fuera el último?

–No he dicho eso, y no vas a morir mañana.

–Pero, si lo hiciera –lo miró con ojos entornados–, sería virgen – respiró hondo y alzó la barbilla para mirarlo fijamente–. No quiero morir virgen, Pedro.

–Me parece improbable que eso ocurra –comentó él. Pasaron los segundos y Pedrp sintió que cada vez le costaba más mantener el control–. Paula –le advirtió al ver que se levantaba del sofá–. Quédate ahí, no...

Ella no se detuvo y continuó avanzando hasta donde estaba él.

–Esto es muy mala idea. No soy el tipo de hombre...

–Sé qué tipo de hombre eres, Pedro –le dijo, sorprendida por lo calmada que parecía.

Por dentro era otra cosa. No podía creer que le estuviera diciendo todo aquello. Pedro era lo opuesto a lo que ella encontraba atractivo en un hombre. Ni siquiera le gustaba, pero se había enamorado de él.

–Soy virgen, no estúpida. Tranquilo, no voy a pedirte que te cases conmigo. No quiero tu alma ni... Solo acuéstate conmigo –se mordió el labio inferior–. Si te apetece.

«¿Apetecerme?», pensó él mientras un fuerte deseo lo invadía por dentro. En otras circunstancias se habría reído, pero ni siquiera era capaz de poner una sonrisa irónica. Estaba tenso y necesitaba toda su fuerza de voluntad para no darle lo que ella suplicaba. Aquella era la fantasía de muchos hombres, pero no la suya.

–No es una cuestión de querer o no, Paula –contestó a pesar de que la deseaba con una intensidad que no había sentido en mucho tiempo.

Paula negó con la cabeza y pestañeó.

–Está bien, olvida lo que he dicho.

Más tarde, él se convenció de que la sombra de la incertidumbre que había visto en la mirada de sus ojos azules era lo que lo había destrozado. Se imaginó con ella en la cama. La miró a los ojos, dió un paso hacia ella y la sujetó por la cadera mientras le acariciaba la mejilla. Percibió que estaba temblando.

Paula se fijó en que su mirada se oscurecía antes de que él la estrechara contra su cuerpo, demostrándole lo mucho que la deseaba.

–¿Estás segura? –si ella contestaba que no, tendría que pasar la noche bajo una ducha de agua fría.

–Completamente –susurró ella.

Arqueó el cuerpo hacia él y le rodeó el cuello con los brazos. Él deslizó las manos por su espalda y le sujetó el trasero redondeado, besándola en el cuello antes de levantarla para que sus ojos quedaran al mismo nivel. Paula empezó a respirar de forma acelerada y entrelazó las piernas alrededor de la cintura de Pedro. Su fortaleza masculina, y el hecho de que la hubiera levantado como si fuera una pluma, le resultó tremendamente excitante.

martes, 8 de enero de 2019

Culpable: Capítulo 36

Era un milagro. La vida era muy frágil. Paula nunca se había percatado de cómo de frágil era hasta ese momento. Había tenido que ver cómo Pedro había estado a punto de morir para darse cuenta de que no solo lo deseaba, sino que, de algún modo, se había enamorado de él.

–¿Me has oído? Es la una y media de la mañana.

Consciente de que se estaba repitiendo, bajó la mirada y se fijó en cómo el cuello de su camisón caía sobre uno de sus hombros. Incapaz de detenerse, continuó deslizando la mirada sobre su cuerpo, fijándose en sus bonitas piernas. Imaginó que metía la mano bajo la tela y le acariciaba el trasero redondeado antes de quitarle la camiseta y contemplar las sinuosas curvas de su cuerpo. Apretó los dientes, tragó saliva y posó de nuevo la mirada sobre su rostro. No llevaba maquillaje, estaba despeinada y tenía ojeras. Nada excitante para un hombre que esperaba que las mujeres que compartieran su cama tuvieran un aspecto perfecto. Pero no era así. De algún modo, su aspecto era mucho más sexy y arrebatador que el de cualquier mujer.

Paula se puso en pie y le preguntó:

–¿Por qué querías hacer eso? –la vida ya era lo bastante peligrosa como para dedicarse a una profesión de riesgo.

–¿El qué? –su camisón era corto. Muy corto.

Distraído, Pedro no reparó en la expresión de Paula hasta que ella no lo tocó, dándole un puñetazo en el centro de su pecho. Para ser tan pequeña, tenía mucha fuerza.

–¿Qué...? –la agarró por la muñecas antes de que pudiera darle otro puñetazo.

Ella forcejeó unos segundos antes de derrumbarse contra su pecho sin avisar y gimoteó con fuerza. Pedro no sabía qué hacer. Estaba acostumbrado a saber lo que tenía que hacer desde los catorce años y, desde entonces, no había tenido un segundo de indecisión. Se fijó en su cabello rojizo y dijo:

–No pretendía gritar.

Ella levantó la cabeza y dió un paso atrás.

–Supongo que tampoco pretendías matarte –repuso ella, mirando al televisor apagado.

–Ah, eso –Pedro dejó de pensar en el sexo y se centró en la conversación que había mantenido durante años. Aquella no era la primera vez que tenía que defender su profesión–. Según las estadísticas, la Fórmula Uno es extremadamente segura. Sin embargo, si quieres hablar de algo peligroso, la equitación es... Quiero decir que mañana podría morirme al cruzar la calle.

–Es un argumento muy original.

Él frunció los labios.

–Lo siento si me he pasado, pero no he dormido muy bien. Cuando era pequeña, sufrí un accidente de coche.

–¿Tienes pesadillas? –los médicos le habían advertido que era posible que él las tuviera, pero nunca las había tenido.

Paula negó con la cabeza.

–No, no lo recuerdo, pero mis padres fallecieron en él y supongo que la idea de que alguien... –se encogió de hombros–. Supongo que al verlo me he puesto nerviosa. Pero es tu elección. No tengo derecho a hablarte así.

–Siento lo de tus padres.

Él parecía sincero y, al mirarlo a los ojos, Paula vió que hablaba de verdad. Sintió que el deseo se apoderaba de ella y miró a otro lado antes de dirigirse a uno de los sofás y sentarse en él.

–Tú también perdiste a tus padres.

Él se colocó tras el respaldo del sofá de enfrente y Paula se fijó en sus dedos, preguntándose cómo sería sentirlos sobre su piel.

–Mi madre todavía está viva.

–Ah, sí. Me había olvidado. ¿Vive en Italia?

–Mi madre no vive mucho tiempo en ningún lugar –sonrió un instante–. Tiene el umbral del aburrimiento muy bajo.

Paula recordó que Carolina había empleado las mismas palabras.

–Debiste de echar de menos a tu padre después del divorcio.

El ama de llaves solía guardar los secretos familiares como si fueran las joyas de la corona pero, en algún momento, le había contado que Pedro tenía nueve años cuando sus padres se separaron.

–Mi madre tenía la custodia, pero mi padre nos tenía durante las vacaciones.

–Debe de ser muy difícil para una mujer estar alejada de sus hijos.

–Mi madre nunca tuvo mucho tiempo para sus hijos. Solo se quedó con nosotros porque sabía que nuestro padre quería hacer lo mismo. Nunca le importó lo que nosotros deseábamos. Cuando éramos pequeños, nos trataba como si fuéramos accesorios de moda, y cuando crecimos nos convertimos en una molestia. Sin embargo, al contrario que Carolina, yo no le hacía la competencia –se calló y Paula vió sorpresa en su mirada.

Él se percató de que lo miraba con lástima y puso una mueca. No le gustaba que sintieran lástima por él.