Paula aguantó hasta la una de la madrugada dando vueltas en la cama y recordando la conversación en su cabeza. Después, encendió la lámpara de la mesilla, se puso unas zapatillas y se dirigió al salón de Carolina. Encendió la televisión para sentirse acompañada y entró en la cocina para calentarse un poco de leche. Al verse reflejada en la puerta de un armario, puso una mueca. Había dormido mal varias noches y tenía ojeras. Regresó con la taza al salón y se acurrucó en el sofá. En la televisión había un programa en el que se mostraba el miedo que pasaban algunas personas al ver cómo un paracaidista abría el paracaídas en el último minuto. El grito de júbilo que pronunciaron al ver que había conseguido abrirlo fue imitado por el trío de presentadores que estaba sentado en el estudio.
–Un merecido cuarto puesto, estoy seguro que están de acuerdo. Y, ahora, el superviviente que ha recibido el tercer puesto por los espectadores es...
Paula no quería saberlo. Agarró el mando y puso una mueca al pensar en la naturaleza del programa. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que mostraran algún accidente mortal? Decidió cambiar de canal, pero presionó el botón equivocado. El volumen subió de golpe justo en el momento en que el presentador decía:
–Pedro Alfonso. ¿Quién de nosotros ha olvidado el famoso accidente que terminó con su carrera de piloto profesional?
Paula se quedó de piedra al oír el sonido de los coches derrapando bajo la lluvia. Un segundo más tarde, la imagen se transformó en un infierno mojado cuando un coche se puso a dos ruedas y provocó que el que iba detrás chocara con él. El segundo coche saltó por los aires y cayó boca abajo. Justo cuando ella recuperaba la respiración, otros coches chocaron contra él. Uno tras otro hasta que no quedó nada más que un montón de metal retorcido. Después, increíblemente, apareció un hombre de entre los hierros. Dió unos pasos y se quitó el casco, desplomándose en el suelo justo cuando se producía una explosión formando una bola de fuego. Los vehículos de emergencia aparecieron en el lugar y la cámara no volvió a enfocar al hombre hasta que no estaba tumbado en una camilla. No podía apartar la mirada del rastro de sangre que fue dejando su mano. El presentador estaba hablando de nuevo y el sonido de su voz reverberaba en las paredes de la habitación, pero no podía escuchar lo que decía. Tenía los ojos pegados a la pantalla. Ni siquiera podía pestañear al recordar el accidente. Fue la manera en que alguien golpeaba la puerta lo que hizo que dejara de mirar a la pantalla. Estaba negando con la cabeza justo cuando Pedro entró en la habitación. Llevaba la misma ropa que antes y la barba incipiente cubría su mentón.
–¿Qué diablos pasa aquí? Has despertado a media casa.
Exageraba. Puesto que las paredes eran muy gruesas, era prácticamente imposible que nadie, excepto él, hubiera oído el ruido que emanaba del departamento. Tras el silencio de las tres horas anteriores, él se sorprendió al ver que ella estaba allí sentada y que no había sido víctima de ningún accidente. Su preocupación se convirtió en rabia. Ella no contestó y volvió a mirar a la pantalla. Al ver lo que retransmitían, él frunció el ceño al reconocer el programa que había hecho enojar a su hermana unos meses antes. Blasfemó en silencio, se acercó a la pared y desenchufó el televisor. Después del ruido ensordecedor, el silencio se hizo muy intenso. Paula podía oír el latido de su propio corazón.
–¿Para qué estás viendo esa basura? –preguntó mirando la hora en su reloj de plata–. Es la una y media de la mañana. ¿Por qué no estás durmiendo?
–¿Y por qué no estás durmiendo tú? –se rió.
Pedro siempre la culpaba de algo que no había hecho.
–¿Qué es lo que te parece tan divertido? –había estado tres horas tratando de contenerse para no atravesar esa puerta.
Una vez que lo había hecho, la pregunta era si sería capaz de salir de allí. ¿Y querría hacerlo? Era una pregunta ridícula, por supuesto que no quería salir de allí, pero un hombre no siempre podía tener lo que deseaba. Ni aunque estuviera a su alcance. Ella percibió su rabia, pero no le importó. Era la prueba de que él estaba vivo, y que ella también. Un hecho que debían celebrar. Pedro estaba allí y, sin embargo, había estado a punto de no poder estar.
martes, 8 de enero de 2019
Culpable: Capítulo 34
–¿Y cómo se lo tomaron los padres de tu prima cuando lo descubrieron? –si él hubiese sido su padre, habría ido a buscar al hombre responsable.
Por supuesto, si la chica había estado tan callada como Carolina, no habría resultado fácil. Al menos Carolina, había acudido a él. Y siempre le estaría agradecido.
–Nunca lo hicieron... Ella no se lo dijo y me hizo prometer que guardaría el secreto. Supongo que, aparte de Diego, soy la única persona que lo sabe.
Él se puso tenso al oír el nombre.
–¿Diego? –un hombre con el que tenía bastante confianza como para contarle los secretos de su prima.
–Su marido –dijo ella.
Él sintió un alivio tan profundo que todo su cuerpo se relajó.
–Paulina se casó el año pasado. Diego es canadiense y se han ido a vivir a Toronto. La tía Juana y el tío Gerardo han ido allí para estar con ella cuando naciera el bebé. Es una niña, se llama Paola y nació ayer.
Pedro tragó saliva y trató de aceptar el sentimiento de celos que había provocado que se anticipara a la hora de juzgarla. Desde un principio, había reaccionado ante ella de una manera muy diferente a como reaccionaba ante cualquier otra mujer, de una manera totalmente desproporcionada, incluso aunque hubiese sido la mujer que él había querido creer que era. Necesitaba creer que ella carecía de principios morales. Que era el tipo de mujer con la que cualquier hombre sensato evitaría tener una relación. Eso, al menos, no había cambiado. Debía controlar sus sentimientos hacia las mujeres y mantener sus emociones separadas del sexo. La capacidad de marcharse sin sentir arrepentimiento era muy importante para él. Era por eso por lo que solo mantenía relaciones con mujeres a las que no podía herir, mujeres que conocían el juego, mujeres que no podían hacerle daño. «¡Cielos! Soy el rey de lo superficial», pensó disgustado. Pero así era él. Paula Chaves era todo lo que él evitaba en una mujer, no era el tipo de amante a quien una pulsera de diamantes le calmaría el sufrimiento de una separación. Paula había desempeñado el papel de una mujer que se implicaba emocionalmente en una relación sexual porque no estaba actuando. Era el tipo de mujer a la que él no se acercaría nunca. Y le resultaría más fácil si pudiera dejar de pensar en sus maravillosas piernas enrolladas alrededor de su cuerpo. Se aclaró la garganta.
–Así que la historia tiene un final feliz –al menos para la víctima a la que él se había empeñado en culpar. Sospechaba que el trauma de ver a su prima al borde de la desesperación por culpa de un hombre había marcado a Paula.
Los hombres tendrían que esforzarse para ganarse su confianza. Otros, pero no él. De pronto, pensó que lo que pasaba era que Paula era una mujer virgen asustada por sus propios impulsos sexuales. ¡Estaba claro! Había tenido docenas de pistas. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta entonces? Abrió los puños y sujetó a Paula por la barbilla para que lo mirara.
–Nunca has tenido un amante –a pesar de su esfuerzo, no fue capaz de evitar un tono acusador.
Ella retiró la cabeza con brusquedad. Él la miraba como si fuera un monstruo.
Paula se aclaró la garganta y comentó con amargura:
–No te preocupes, no es contagioso.
–¿Y por qué diablos no has dicho nada?
–¡No comprendo cómo podría afectar mi frigidez a mi capacidad para desempeñar mi trabajo!
–Yo no soy tu jefe. Siempre me lo recuerdas y... –respiró hondo y la miró–. ¡Y tú no pareces nada frígida! –soltó él.
El comentario provocó que todos los sentimientos de Paula se evaporaran de golpe. Ella suspiró y separó los labios. Sonrojada, bajó la mirada y escuchó todo tipo de blasfemias en dos idiomas. Después, se hizo el silencio.
Por supuesto, si la chica había estado tan callada como Carolina, no habría resultado fácil. Al menos Carolina, había acudido a él. Y siempre le estaría agradecido.
–Nunca lo hicieron... Ella no se lo dijo y me hizo prometer que guardaría el secreto. Supongo que, aparte de Diego, soy la única persona que lo sabe.
Él se puso tenso al oír el nombre.
–¿Diego? –un hombre con el que tenía bastante confianza como para contarle los secretos de su prima.
–Su marido –dijo ella.
Él sintió un alivio tan profundo que todo su cuerpo se relajó.
–Paulina se casó el año pasado. Diego es canadiense y se han ido a vivir a Toronto. La tía Juana y el tío Gerardo han ido allí para estar con ella cuando naciera el bebé. Es una niña, se llama Paola y nació ayer.
Pedro tragó saliva y trató de aceptar el sentimiento de celos que había provocado que se anticipara a la hora de juzgarla. Desde un principio, había reaccionado ante ella de una manera muy diferente a como reaccionaba ante cualquier otra mujer, de una manera totalmente desproporcionada, incluso aunque hubiese sido la mujer que él había querido creer que era. Necesitaba creer que ella carecía de principios morales. Que era el tipo de mujer con la que cualquier hombre sensato evitaría tener una relación. Eso, al menos, no había cambiado. Debía controlar sus sentimientos hacia las mujeres y mantener sus emociones separadas del sexo. La capacidad de marcharse sin sentir arrepentimiento era muy importante para él. Era por eso por lo que solo mantenía relaciones con mujeres a las que no podía herir, mujeres que conocían el juego, mujeres que no podían hacerle daño. «¡Cielos! Soy el rey de lo superficial», pensó disgustado. Pero así era él. Paula Chaves era todo lo que él evitaba en una mujer, no era el tipo de amante a quien una pulsera de diamantes le calmaría el sufrimiento de una separación. Paula había desempeñado el papel de una mujer que se implicaba emocionalmente en una relación sexual porque no estaba actuando. Era el tipo de mujer a la que él no se acercaría nunca. Y le resultaría más fácil si pudiera dejar de pensar en sus maravillosas piernas enrolladas alrededor de su cuerpo. Se aclaró la garganta.
–Así que la historia tiene un final feliz –al menos para la víctima a la que él se había empeñado en culpar. Sospechaba que el trauma de ver a su prima al borde de la desesperación por culpa de un hombre había marcado a Paula.
Los hombres tendrían que esforzarse para ganarse su confianza. Otros, pero no él. De pronto, pensó que lo que pasaba era que Paula era una mujer virgen asustada por sus propios impulsos sexuales. ¡Estaba claro! Había tenido docenas de pistas. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta entonces? Abrió los puños y sujetó a Paula por la barbilla para que lo mirara.
–Nunca has tenido un amante –a pesar de su esfuerzo, no fue capaz de evitar un tono acusador.
Ella retiró la cabeza con brusquedad. Él la miraba como si fuera un monstruo.
Paula se aclaró la garganta y comentó con amargura:
–No te preocupes, no es contagioso.
–¿Y por qué diablos no has dicho nada?
–¡No comprendo cómo podría afectar mi frigidez a mi capacidad para desempeñar mi trabajo!
–Yo no soy tu jefe. Siempre me lo recuerdas y... –respiró hondo y la miró–. ¡Y tú no pareces nada frígida! –soltó él.
El comentario provocó que todos los sentimientos de Paula se evaporaran de golpe. Ella suspiró y separó los labios. Sonrojada, bajó la mirada y escuchó todo tipo de blasfemias en dos idiomas. Después, se hizo el silencio.
Culpable: Capítulo 33
–Yo todavía vivía en casa. Pauli ya tenía su primer piso y yo sentía mucha envidia –recordó con una triste sonrisa–. Yo había quedado en ir esa noche para recoger unos... –negó con la cabeza y miró a Pedro de reojo–. Eso no importa, pero ella se olvidó de que yo iba a pasar por allí y... –al recordar la escena le tembló la voz.
Las pastillas esparcidas por la mesa, el vodka derramado... El ambiente olía a agrio... Paulina había vomitado y, al parecer, eso había evitado que sufriera daños más graves. Le contó toda la historia en el hospital, mientras esperaban a que el psiquiatra le pasara consulta antes de que le dieran el alta. Paulina sabía que lo que había hecho no estaba bien porque, aunque se amaban, él era un hombre casado. A menudo le decía que la quería y era maravilloso. Al final resultó que el hombre maravilloso descubrió que no podía abandonar a su esposa, que estaba embarazada de su primer hijo. Una semana más tarde, Paulina descubrió que ella también lo estaba.
–Cuando perdió el bebé...
Al ver que él inhalaba con fuerza, ella volvió la cabeza.
–¿Es verdad que tu prima estaba embarazada de Fernando? Él dijo...
Paula frunció el ceño.
–Lo descubrió justo después de que él la dejara. Y pensaba que él no la había creído. Más tarde le mandó un mensaje de texto diciéndole que lo había perdido, sin más detalles.
Pedro se mordió la lengua para no interrumpirla.
–Creo que Pauli pensaba que el aborto fue su castigo por haber pensado en interrumpir su embarazo voluntariamente. Si al menos se lo hubiese contado a alguien... Estaba demasiado avergonzada como para contárselo a sus padres. Creía que era su culpa. Todavía lo amaba.
Pedro se percató del dolor que había en su tono de voz y se preguntó cómo había podido pensar que ella había sido capaz de haber hecho todo aquello de lo que la acusaba.
–Ella perdió el bebé. Estaba sola y después regresó al piso.
–¿Y fue entonces cuando intentó quitarse la vida? –él siempre había considerado que la víctima era Fernando.
Paula asintió, incapaz de mirarlo mientras trataba de controlar sus emociones. Lo oyó blasfemar.
–Yo tenía una llave y entré. Había píldoras sobre la mesa y una botella de alcohol. Por suerte, había vomitado. En el hospital dijeron que si hubiese llegado un poco más tarde... –cerró los ojos y se cubrió el rostro con las manos. De pronto, oyó pasos sobre el suelo de madera.
–Bebe esto.
Paula abrió los ojos y arrugó la nariz al oler el contenido del vaso que él le había dado.
–No bebo alcohol –dijo ella.
–Te sentirás mejor.
–Eres un mandón –agarró el vaso y probó un sorbo–. Es horrible –se quejó–. Fue hace mucho tiempo.
–Buena chica –comentó, y se sentó de nuevo. Era evidente que el recuerdo de lo que le pasó a su prima había afectado a Paula.
Paula se atragantó una pizca.
–Es lo más bonito que me has dicho nunca –pestañeó al sentir que se le llenaban los ojos de lágrimas. No quería que él se marchara con la idea de que ella estaba esperando un halago.
–Despacio –le advirtió Pedro, tocando el vaso que ella había uelto a llevarse a los labios.
Ella asintió.
Las pastillas esparcidas por la mesa, el vodka derramado... El ambiente olía a agrio... Paulina había vomitado y, al parecer, eso había evitado que sufriera daños más graves. Le contó toda la historia en el hospital, mientras esperaban a que el psiquiatra le pasara consulta antes de que le dieran el alta. Paulina sabía que lo que había hecho no estaba bien porque, aunque se amaban, él era un hombre casado. A menudo le decía que la quería y era maravilloso. Al final resultó que el hombre maravilloso descubrió que no podía abandonar a su esposa, que estaba embarazada de su primer hijo. Una semana más tarde, Paulina descubrió que ella también lo estaba.
–Cuando perdió el bebé...
Al ver que él inhalaba con fuerza, ella volvió la cabeza.
–¿Es verdad que tu prima estaba embarazada de Fernando? Él dijo...
Paula frunció el ceño.
–Lo descubrió justo después de que él la dejara. Y pensaba que él no la había creído. Más tarde le mandó un mensaje de texto diciéndole que lo había perdido, sin más detalles.
Pedro se mordió la lengua para no interrumpirla.
–Creo que Pauli pensaba que el aborto fue su castigo por haber pensado en interrumpir su embarazo voluntariamente. Si al menos se lo hubiese contado a alguien... Estaba demasiado avergonzada como para contárselo a sus padres. Creía que era su culpa. Todavía lo amaba.
Pedro se percató del dolor que había en su tono de voz y se preguntó cómo había podido pensar que ella había sido capaz de haber hecho todo aquello de lo que la acusaba.
–Ella perdió el bebé. Estaba sola y después regresó al piso.
–¿Y fue entonces cuando intentó quitarse la vida? –él siempre había considerado que la víctima era Fernando.
Paula asintió, incapaz de mirarlo mientras trataba de controlar sus emociones. Lo oyó blasfemar.
–Yo tenía una llave y entré. Había píldoras sobre la mesa y una botella de alcohol. Por suerte, había vomitado. En el hospital dijeron que si hubiese llegado un poco más tarde... –cerró los ojos y se cubrió el rostro con las manos. De pronto, oyó pasos sobre el suelo de madera.
–Bebe esto.
Paula abrió los ojos y arrugó la nariz al oler el contenido del vaso que él le había dado.
–No bebo alcohol –dijo ella.
–Te sentirás mejor.
–Eres un mandón –agarró el vaso y probó un sorbo–. Es horrible –se quejó–. Fue hace mucho tiempo.
–Buena chica –comentó, y se sentó de nuevo. Era evidente que el recuerdo de lo que le pasó a su prima había afectado a Paula.
Paula se atragantó una pizca.
–Es lo más bonito que me has dicho nunca –pestañeó al sentir que se le llenaban los ojos de lágrimas. No quería que él se marchara con la idea de que ella estaba esperando un halago.
–Despacio –le advirtió Pedro, tocando el vaso que ella había uelto a llevarse a los labios.
Ella asintió.
jueves, 3 de enero de 2019
Culpable: Capítulo 32
–¿Lo has echado? –preguntó ella.
No podía imaginar lo que había sucedido para que Pedro actuara de esa manera con el hombre cuya causa había defendido de forma tan vehemente. Un hombre al que él siempre había considerado la víctima.
–Porque ha llegado la hora de romper el círculo, porque soy su amigo, estoy en deuda con él, y nunca podré pagársela.
–¿Te prestó dinero?
–Después de enterarme de que nunca podría volver a conducir de manera profesional, tuve una época en mi vida en la que... –bajó la vista y esbozó una sonrisa–. Digamos que la adrenalina es adictiva y me hizo correr ciertos riesgos. Ese día me entregaron un coche nuevo y...
¿Qué intentaba demostrar? Paula tenía la sensación de que él estaba hablando consigo mismo y no con ella.
–En cualquier caso, tomé demasiado rápido una curva cerrada y me caí a un río. Me golpeé la cabeza y me quedé inconsciente.
El golpe en la cabeza le provocó una hemorragia en el cerebro y tuvo que someterse a una operación para aliviar la tensión. Él se percató de cómo había afectado a su familia lo que había hecho cuando Carolina le contó que los médicos no habían podido confirmarles que no tendría ningún daño cerebral permanente hasta que no despertó del coma.
Paula se cubrió el vientre con la mano y tragó saliva. Su reacción ante la historia era puramente física.
–Pero te salvaste.
–Resulta que Fernando venía siguiéndome. Habíamos sido amigos durante el colegio, pero habíamos perdido el contacto y avanzado en direcciones distintas. Si la noche anterior no nos hubiéramos encontrado en el casino, ¿Quién sabe lo que habría pasado? Cuando vió el accidente, no dudó un instante. Buceó y me sacó del coche.
Paula suspiró y dijo:
–Fue muy valiente.
–Creía que era un monstruo –bromeó él mirándola a los ojos.
–Un monstruo no, solo cruel y egoísta, pero incluso los monstruos son capaces de hacer actos de valentía en ocasiones. Tu amigo te salvó la vida, pero casi acaba con la de Rosie.
Pedro arqueó la ceja.
–¿No te parece un poco dramático? Los corazones rotos rara vez son mortales.
Sus palabras burlonas provocaron que ella contestara sin pensar:
–Pueden serlo si una botella de calmantes y media botella de vodka están por medio.
–¿Tu prima intentó quitarse la vida?
Arrepintiéndose de sus palabras, Paula comentó:
–No debería haber dicho nada. Nadie lo sabe. Ni siquiera sus padres.
Paula hablaba como si creyera posible que él fuera a contar los secretos de su prima. Pedro no se dió por ofendido y apartó la mirada de la mano temblorosa que, de algún modo, se había colado entre las suyas. ¿Cómo había sucedido?
Cuando ella cerró el puño entre sus dedos, Pedro se percató de que se le formaba un nudo en el estómago. Decidió que era a causa de la rabia que sentía por el hecho de que la prima mayor de Paula la hubiera hecho cargar con aquel secreto. Era cierto que Paulina era muy joven en aquellos tiempos, pero Paula mucho más.
Ella continuó mirándolo a los ojos, pero Pedro tenía la sensación de que no era a él a quien veía cuando comenzó a recitarle una historia que suponía nunca le había contado a nadie.
No podía imaginar lo que había sucedido para que Pedro actuara de esa manera con el hombre cuya causa había defendido de forma tan vehemente. Un hombre al que él siempre había considerado la víctima.
–Porque ha llegado la hora de romper el círculo, porque soy su amigo, estoy en deuda con él, y nunca podré pagársela.
–¿Te prestó dinero?
–Después de enterarme de que nunca podría volver a conducir de manera profesional, tuve una época en mi vida en la que... –bajó la vista y esbozó una sonrisa–. Digamos que la adrenalina es adictiva y me hizo correr ciertos riesgos. Ese día me entregaron un coche nuevo y...
¿Qué intentaba demostrar? Paula tenía la sensación de que él estaba hablando consigo mismo y no con ella.
–En cualquier caso, tomé demasiado rápido una curva cerrada y me caí a un río. Me golpeé la cabeza y me quedé inconsciente.
El golpe en la cabeza le provocó una hemorragia en el cerebro y tuvo que someterse a una operación para aliviar la tensión. Él se percató de cómo había afectado a su familia lo que había hecho cuando Carolina le contó que los médicos no habían podido confirmarles que no tendría ningún daño cerebral permanente hasta que no despertó del coma.
Paula se cubrió el vientre con la mano y tragó saliva. Su reacción ante la historia era puramente física.
–Pero te salvaste.
–Resulta que Fernando venía siguiéndome. Habíamos sido amigos durante el colegio, pero habíamos perdido el contacto y avanzado en direcciones distintas. Si la noche anterior no nos hubiéramos encontrado en el casino, ¿Quién sabe lo que habría pasado? Cuando vió el accidente, no dudó un instante. Buceó y me sacó del coche.
Paula suspiró y dijo:
–Fue muy valiente.
–Creía que era un monstruo –bromeó él mirándola a los ojos.
–Un monstruo no, solo cruel y egoísta, pero incluso los monstruos son capaces de hacer actos de valentía en ocasiones. Tu amigo te salvó la vida, pero casi acaba con la de Rosie.
Pedro arqueó la ceja.
–¿No te parece un poco dramático? Los corazones rotos rara vez son mortales.
Sus palabras burlonas provocaron que ella contestara sin pensar:
–Pueden serlo si una botella de calmantes y media botella de vodka están por medio.
–¿Tu prima intentó quitarse la vida?
Arrepintiéndose de sus palabras, Paula comentó:
–No debería haber dicho nada. Nadie lo sabe. Ni siquiera sus padres.
Paula hablaba como si creyera posible que él fuera a contar los secretos de su prima. Pedro no se dió por ofendido y apartó la mirada de la mano temblorosa que, de algún modo, se había colado entre las suyas. ¿Cómo había sucedido?
Cuando ella cerró el puño entre sus dedos, Pedro se percató de que se le formaba un nudo en el estómago. Decidió que era a causa de la rabia que sentía por el hecho de que la prima mayor de Paula la hubiera hecho cargar con aquel secreto. Era cierto que Paulina era muy joven en aquellos tiempos, pero Paula mucho más.
Ella continuó mirándolo a los ojos, pero Pedro tenía la sensación de que no era a él a quien veía cuando comenzó a recitarle una historia que suponía nunca le había contado a nadie.
Culpable: Capítulo 31
–O sea, que así piensa el hombre al que comparaban con un bloque de acero. ¡Vaya! Estoy impresionada.
Él arqueó una ceja y comentó:
–A veces, Paula, tus esfuerzos para desviar la conversación me parecen patéticos.
El aburrimiento que denotaba su tono de voz hizo que ella se sonrojara.
–Tan patéticos como tu amnesia selectiva. Nunca dije que hubiera tenido una aventura con él –le recordó–. Eso ha sido tu idea.
–Una idea que no desmentiste –recordó cómo había reaccionado al oír el nombre de Fernando–. Es evidente que no lo conocías, así que, ¿Cómo es posible que reaccionaras de ese modo cuando mencioné su nombre?
–Creo que disfrutas pensando lo peor de mí –dijo ella, recordando las numerosas veces que él la había mirado con desdén.
Aunque resultaba más fácil aguantar su desdén que... Bajó la mirada y tragó saliva. Incluso el recuerdo de su mirada ardiente la hacía estremecer. «Desnuda y bajo mi cuerpo». Era lo que él le había dicho. Anna se sentía muy expuesta. Sus emociones amenazaban con aflorar a la superficie y ella trató de mantener el control. Se sentía culpable por haber experimentado el deseo prohibido. A Paulina siempre había tratado de apoyarla y, por mucho que intentara no juzgarla, se había preguntado cómo era posible que su prima se hubiera enamorado del hombre que le había arruinado la vida. Paulina no era estúpida, era bella e inteligente. Podría salir con el hombre que quisiera, entonces ¿por qué había elegido a uno que pertenecía a otra mujer? ¿Y cómo había creído cada mentira que él le había contado? A Paula le parecía algo incomprensible, estaba convencida de que ella nunca desearía a alguien inadecuado. Sin embargo, allí estaba, mirando a aquel hombre ardiente de deseo. A diferencia de Paulina, a ella no la habían mentido y, además, pensaba protegerse.
–¿Qué otra cosa podía pensar? Tu nombre... –se fijó en su cabello–. Te ví, tu pelo... –negó con la cabeza–. Es evidente que no eras tú, pero te parecías muchísimo. Eras como la chica que ví con Fernando en el restaurante, ¡Y no lo desmentiste!
–No tengo derecho a contar su historia. Pauli me pidió que guardara el secreto. Nadie más sabe nada.
–¿Pauli es hermana tuya?
–Como si lo fuera... Es mi prima, pero nos criamos juntas. La tía Juana y el tío Gerardo nos adoptaron después de que mis padres sufrieran un accidente. Si hubiésemos sido hermanas de verdad, no podríamos haber estado más unidas.
–No sabía que eras huérfana.
–¿Por qué ibas a saberlo?
–¿Y el nombre?
–Yo me llamo Paula y ella Paulina. A mí me llaman Pau y a ella Pauli. Es la última persona a la que imaginarías teniendo una aventura con un hombre casado.
–¿Y tú qué tienes que ver en todo esto? No estoy juzgando a tu prima. Solo quiero saber los hechos.
Pero Pedro la estaba juzgando a ella. Paula lo había engañado. Se habría reído mientras él... Apretó los dientes. Tenía que dejar de culparla por un error que había cometido él.
–Me has juzgado a mí –dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento. Bajó la vista y trató de ocultar las lágrimas que inundaban su mirada.
Al ver que una lágrima rodaba por su mejilla, él sintió una fuerte presión en el pecho.
–Creía que no te importaba lo que pensara de tí –hacía mucho tiempo que nadie lo retaba tal y como había hecho aquella pelirroja.
–No me importa –se mordió el labio–. Pero no permitiré que ataques a Pauli.
–No estoy buscando un objetivo. Busco explicaciones –trató de controlar su impaciencia–. Mi mejor amigo acaba de venir pidiéndome ayuda y yo lo he echado de casa. Creo que eso me autoriza a tener un poco de información.
Él arqueó una ceja y comentó:
–A veces, Paula, tus esfuerzos para desviar la conversación me parecen patéticos.
El aburrimiento que denotaba su tono de voz hizo que ella se sonrojara.
–Tan patéticos como tu amnesia selectiva. Nunca dije que hubiera tenido una aventura con él –le recordó–. Eso ha sido tu idea.
–Una idea que no desmentiste –recordó cómo había reaccionado al oír el nombre de Fernando–. Es evidente que no lo conocías, así que, ¿Cómo es posible que reaccionaras de ese modo cuando mencioné su nombre?
–Creo que disfrutas pensando lo peor de mí –dijo ella, recordando las numerosas veces que él la había mirado con desdén.
Aunque resultaba más fácil aguantar su desdén que... Bajó la mirada y tragó saliva. Incluso el recuerdo de su mirada ardiente la hacía estremecer. «Desnuda y bajo mi cuerpo». Era lo que él le había dicho. Anna se sentía muy expuesta. Sus emociones amenazaban con aflorar a la superficie y ella trató de mantener el control. Se sentía culpable por haber experimentado el deseo prohibido. A Paulina siempre había tratado de apoyarla y, por mucho que intentara no juzgarla, se había preguntado cómo era posible que su prima se hubiera enamorado del hombre que le había arruinado la vida. Paulina no era estúpida, era bella e inteligente. Podría salir con el hombre que quisiera, entonces ¿por qué había elegido a uno que pertenecía a otra mujer? ¿Y cómo había creído cada mentira que él le había contado? A Paula le parecía algo incomprensible, estaba convencida de que ella nunca desearía a alguien inadecuado. Sin embargo, allí estaba, mirando a aquel hombre ardiente de deseo. A diferencia de Paulina, a ella no la habían mentido y, además, pensaba protegerse.
–¿Qué otra cosa podía pensar? Tu nombre... –se fijó en su cabello–. Te ví, tu pelo... –negó con la cabeza–. Es evidente que no eras tú, pero te parecías muchísimo. Eras como la chica que ví con Fernando en el restaurante, ¡Y no lo desmentiste!
–No tengo derecho a contar su historia. Pauli me pidió que guardara el secreto. Nadie más sabe nada.
–¿Pauli es hermana tuya?
–Como si lo fuera... Es mi prima, pero nos criamos juntas. La tía Juana y el tío Gerardo nos adoptaron después de que mis padres sufrieran un accidente. Si hubiésemos sido hermanas de verdad, no podríamos haber estado más unidas.
–No sabía que eras huérfana.
–¿Por qué ibas a saberlo?
–¿Y el nombre?
–Yo me llamo Paula y ella Paulina. A mí me llaman Pau y a ella Pauli. Es la última persona a la que imaginarías teniendo una aventura con un hombre casado.
–¿Y tú qué tienes que ver en todo esto? No estoy juzgando a tu prima. Solo quiero saber los hechos.
Pero Pedro la estaba juzgando a ella. Paula lo había engañado. Se habría reído mientras él... Apretó los dientes. Tenía que dejar de culparla por un error que había cometido él.
–Me has juzgado a mí –dijo ella, como si le hubiera leído el pensamiento. Bajó la vista y trató de ocultar las lágrimas que inundaban su mirada.
Al ver que una lágrima rodaba por su mejilla, él sintió una fuerte presión en el pecho.
–Creía que no te importaba lo que pensara de tí –hacía mucho tiempo que nadie lo retaba tal y como había hecho aquella pelirroja.
–No me importa –se mordió el labio–. Pero no permitiré que ataques a Pauli.
–No estoy buscando un objetivo. Busco explicaciones –trató de controlar su impaciencia–. Mi mejor amigo acaba de venir pidiéndome ayuda y yo lo he echado de casa. Creo que eso me autoriza a tener un poco de información.
Culpable: Capítulo 30
Valentina había vaciado varios cajones en su dormitorio para buscar el pijama que quería llevarse a casa de su amiga. El contenido estaba en un montón sobre el suelo de la habitación. Después de haberse despedido de la niña, Paula comenzó a recoger la ropa. Más tarde estiró la colcha y ahuecó los cojines y salió de la habitación. Cerró la puerta y se apoyó en ella suspirando. En lugar de alegrarse por tener una tarde tranquila, temía la idea de tener tiempo para pensar sin distracciones. Había decidido que no pensaría sobre el extraño comportamiento de Pedro, pero ¿cómo no iba a hacerlo? Con toda la tarde por delante, ¿Qué más podía hacer? Una vez en su habitación se acercó a la ventana para contemplar las montañas contra el cielo azul. Era evidente que él no había querido presentarle a su invitado. De hecho, casi la había echado de la habitación. ¿Qué pensaba que podía hacer allí? Enojada, miró hacia la pared con rabia, como habría hecho si Pedro hubiese estado delante. Recordó su piel bronceada y cerró los puños al recordar el tacto de su piel. Decidió distraerse y se sentó a leer en un sofá. Al cabo de un momento, se abrió la puerta. Ella dejó el libro y enderezó la espalda para mirar a Pedro.
–Creía que esta ala era privada.
–¿Pretendes que llame a la puerta en mi propia casa? –preguntó él.
–Espero que hagas lo que te apetezca –admitió ella con amargura.
–Si eso fuera cierto, estarías desnuda bajo mi cuerpo.
Paula se quedó boquiabierta al oír el tono de su voz y ver el brillo de su mirada.
–¿Se supone que tu comentario debe excitarme? –si ese era su propósito, ¡Lo había conseguido!
–No era mi intención, pero bienvenido sea. Dejando eso a un lado...
Hablaba como si fuera lo más fácil del mundo, y quizá a él se lo pareciera, pero ella se había quedado temblando de deseo.
–Estoy sorprendido –siguió diciendo Pedro.
Paula lo miró a los ojos:
–Y yo asombrada. Pensé que lo sabías todo.
Él respondió con una sonrisa forzada.
–Si tuviste una aventura con Fernando Dane, ¿Por qué no lo reconociste cuando entraste en la biblioteca y lo viste allí sentado?
Paula empalideció unos instantes y después se sonrojó.
–¿Ese hombre era Fernando Dane?
Ella le había dedicado una sonrisa. Apretó los puños. Había sonreído cuando debería haberle pegado un puñetazo. Centró su furia en la persona que le estaba dando la información.
–¿Lo has invitado aquí? ¿Te parece divertido? –se levantó del sofá y él la agarró de los hombros para que se sentara de nuevo.
Pedro se sentó a su lado. La agarró de las manos y se las colocó sobre sus muslos musculosos.
–Suéltame –tenía la oportunidad de decirle a ese hombre lo que pensaba de él y nada ni nadie iba a detenerla.
–En cuanto me cuentes de qué diablos va todo esto –contestó él.
–No pasaré una noche, ni un segundo, bajo el mismo techo que ese hombre –dijo con voz temblorosa.
–No es así –dijo Pedro al ver el dolor que había en su mirada.
–¿El qué? ¿No es un auténtico cretino? –dijo ella y soltó una carcajada llena de amargura–. Está claro que pensamos de manera diferente.
–No está aquí.
Ella tardó unos segundos en contestar.
–Ah. Pero el principio es el mismo.
–No vas a marcharte –dijo él.
–¿Y por qué no? –«nunca hagas una pregunta de la que no quieras saber la respuesta», pensó temiendo su contestación.
–No puedes dejar a Carolina en la estacada. Tienes demasiados principios –sonrió–. Y eres demasiado cabezota.
Una de las cosas que menos le gustaba de ella era su capacidad para luchar hasta el final incluso en las discusiones más insignificantes, pero al mismo tiempo, Paula, le resultaba muy atractiva. Cualquier hombre sensato habría respondido ante su amenaza de marcharse con un suspiro de alivio, pero también era verdad que un hombre sensato no habría permitido que ella se convirtiera en una obsesión. ¡Cuanto antes se acostara con aquella mujer, antes podría recuperar su vida y su tranquilidad mental! No tenía ni idea de dónde encajaba ella en aquella historia, pero lo más importante era que no había sido la amante de Fernando. Sabía lo que no era, pero no quién era.
–No estés tan seguro –murmuró ella, tratando de no inhalar su aroma masculino.
–Ahora dame una explicación.
–¿Cómo? –preguntó ella, tratando de concentrarse a pesar de que él le acariciaba la parte interna de la muñeca con el dedo pulgar.
–Explícame por qué has fingido ser alguien que no eres.
Ella reunió las fuerzas suficientes y retiró las manos. Al ver que él no se las agarraba de nuevo, experimentó cierta desilusión. Colocó las manos sobre su regazo y se movió al otro extremo del sofá.
Pedro continuó mirándola fijamente.
–Soy exactamente quien dije que era... Paula Chaves.
–Nunca has tenido una aventura amorosa con Fernando.
Su tono acusador hizo que ella volviera la cabeza con brusquedad.
–Creía que esta ala era privada.
–¿Pretendes que llame a la puerta en mi propia casa? –preguntó él.
–Espero que hagas lo que te apetezca –admitió ella con amargura.
–Si eso fuera cierto, estarías desnuda bajo mi cuerpo.
Paula se quedó boquiabierta al oír el tono de su voz y ver el brillo de su mirada.
–¿Se supone que tu comentario debe excitarme? –si ese era su propósito, ¡Lo había conseguido!
–No era mi intención, pero bienvenido sea. Dejando eso a un lado...
Hablaba como si fuera lo más fácil del mundo, y quizá a él se lo pareciera, pero ella se había quedado temblando de deseo.
–Estoy sorprendido –siguió diciendo Pedro.
Paula lo miró a los ojos:
–Y yo asombrada. Pensé que lo sabías todo.
Él respondió con una sonrisa forzada.
–Si tuviste una aventura con Fernando Dane, ¿Por qué no lo reconociste cuando entraste en la biblioteca y lo viste allí sentado?
Paula empalideció unos instantes y después se sonrojó.
–¿Ese hombre era Fernando Dane?
Ella le había dedicado una sonrisa. Apretó los puños. Había sonreído cuando debería haberle pegado un puñetazo. Centró su furia en la persona que le estaba dando la información.
–¿Lo has invitado aquí? ¿Te parece divertido? –se levantó del sofá y él la agarró de los hombros para que se sentara de nuevo.
Pedro se sentó a su lado. La agarró de las manos y se las colocó sobre sus muslos musculosos.
–Suéltame –tenía la oportunidad de decirle a ese hombre lo que pensaba de él y nada ni nadie iba a detenerla.
–En cuanto me cuentes de qué diablos va todo esto –contestó él.
–No pasaré una noche, ni un segundo, bajo el mismo techo que ese hombre –dijo con voz temblorosa.
–No es así –dijo Pedro al ver el dolor que había en su mirada.
–¿El qué? ¿No es un auténtico cretino? –dijo ella y soltó una carcajada llena de amargura–. Está claro que pensamos de manera diferente.
–No está aquí.
Ella tardó unos segundos en contestar.
–Ah. Pero el principio es el mismo.
–No vas a marcharte –dijo él.
–¿Y por qué no? –«nunca hagas una pregunta de la que no quieras saber la respuesta», pensó temiendo su contestación.
–No puedes dejar a Carolina en la estacada. Tienes demasiados principios –sonrió–. Y eres demasiado cabezota.
Una de las cosas que menos le gustaba de ella era su capacidad para luchar hasta el final incluso en las discusiones más insignificantes, pero al mismo tiempo, Paula, le resultaba muy atractiva. Cualquier hombre sensato habría respondido ante su amenaza de marcharse con un suspiro de alivio, pero también era verdad que un hombre sensato no habría permitido que ella se convirtiera en una obsesión. ¡Cuanto antes se acostara con aquella mujer, antes podría recuperar su vida y su tranquilidad mental! No tenía ni idea de dónde encajaba ella en aquella historia, pero lo más importante era que no había sido la amante de Fernando. Sabía lo que no era, pero no quién era.
–No estés tan seguro –murmuró ella, tratando de no inhalar su aroma masculino.
–Ahora dame una explicación.
–¿Cómo? –preguntó ella, tratando de concentrarse a pesar de que él le acariciaba la parte interna de la muñeca con el dedo pulgar.
–Explícame por qué has fingido ser alguien que no eres.
Ella reunió las fuerzas suficientes y retiró las manos. Al ver que él no se las agarraba de nuevo, experimentó cierta desilusión. Colocó las manos sobre su regazo y se movió al otro extremo del sofá.
Pedro continuó mirándola fijamente.
–Soy exactamente quien dije que era... Paula Chaves.
–Nunca has tenido una aventura amorosa con Fernando.
Su tono acusador hizo que ella volviera la cabeza con brusquedad.
Culpable: Capítulo 29
–Iré a ayudar a Valen a preparar su bolsa.
–De acuerdo.
Pedro esperó a que se cerrara la puerta.
–¿De qué va todo esto?
–¿El qué?
–Paula.
–Pauli... Creo que fue el amor de mi vida. Si Laura no hubiese estado embarazada... Le dije a Pauli que, si quería tener al bebé, la ayudaría, aunque quizá fue mejor que lo perdiera.
–¿Estaba embarazada?
–Probablemente fue una falsa alarma.
–¿Y no te molestaste en averiguarlo?
–Rompimos sin mantener contacto. La chica... Esa pelirroja... Supongo que se parece a Pauli. Admito que por un instante pensé que esa chica era ella.
Pedro apretó los dientes, enojado porque ambos hubieran hecho como si no se conocieran.
–Esa chica es Paul Chaves.
Fernando miró a su amigo antes de dejarse caer en el sofá de cuero.
–Una coincidencia, pero ella no es mi Pauli. Mi Pauli era más alta, más delgada y no tenía pecas. Su piel era lisa como una perla.
Pedro estuvo a punto de salir en defensa de la piel de Paula y se detuvo. ¿Qué estaba diciendo Fernando? Estaba borracho, pero no tanto. Por primera vez empezó a pensar que quizá fuera cierto que no se conocían.
–¿Quieres decir que no tuviste una aventura con la mujer que acaba de entrar aquí?
Fernando negó con la cabeza y sonrió.
–Pero si se me presenta la oportunidad...
No pudo terminar la frase. De pronto, su amigo lo agarró por el cuello de la camisa y lo arrinconó contra la pared. Él levantó las manos, derramando el whisky.
–Lo siento, no quería decir eso. Debí de acordarme que a tí siempre te han gustado las pelirrojas –soltó una carcajada–. ¿La hija del director? Si esa noche no te hubiera encubierto cuando estábamos en... ¿Sexto? ¿O quinto? Si te hubieran pillado...
Pedro miró a su amigo y negó con la cabeza. ¿Cuánto tiempo llevaba buscando excusas para ese hombre? ¿Cuánto tiempo llevaba tolerando comportamientos que habría condenado en cualquier otra persona? Resopló disgustado y soltó a Fernando.
–Eh, amigo, ¿Qué diablos te pasa?
–He crecido. Y te sugiero que hagas lo mismo.
La frialdad de su tono de voz hizo que Fernando pestañeara.
–Claro, claro, tienes razón. Dime qué tengo que hacer. No puedo vivir sin Laura y los niños...
Pedro negó con la cabeza y se preguntó cuántas veces había respondido a esa pregunta.
–¿Cuántos años tenía Rosie cuando estuviste liado con ella, Fernando?
–No lo sé.
–Creo que sí.
–Unos veinte, me parece.
–¿Unos veinte que son diecinueve?
–Era muy madura.
Pedro sintió ganas de golpear a su amigo. Sin embargo, metió las manos en el bolsillo y cruzó la habitación para pulsar el timbre.
–La señora Mack te pedirá un taxi.
Su amigo lo miró atónito.
–¿Me estás echando? ¿No vas a ayudarme? ¿Y qué voy a hacer?
–Te has buscado el problema, Fernando, pues resuélvelo –al momento, el ama de llaves entró en la habitación–. Señora Mack, el señor Dane necesita que un taxi lo lleve al pueblo.
Fernando estiró la mano y agarró el brazo de su amigo.
–Pero, Pedro... –al ver cómo lo miraba, retiró la mano.
–Te voy a hacer una sugerencia, Fernando... Deja de pensar que la víctima eres tú. No es así. Las víctimas son Laura y los niños. También la chica que has seducido. Ya es hora de que demuestres la valentía que tuviste cuando arriesgaste tu vida buceando en el río para sacarme de aquel coche –llegó a la puerta y se volvió–. Tienes lo que muchos hombres desearían tener. Buena suerte–añadió–. Eres afortunado. Espero que reacciones y te des cuenta de lo afortunado que eres antes de que sea demasiado tarde.
–¿Y sí ya lo es?
Por primera vez, Pedro oyó verdadero temor en la voz de su amigo.
–De acuerdo.
Pedro esperó a que se cerrara la puerta.
–¿De qué va todo esto?
–¿El qué?
–Paula.
–Pauli... Creo que fue el amor de mi vida. Si Laura no hubiese estado embarazada... Le dije a Pauli que, si quería tener al bebé, la ayudaría, aunque quizá fue mejor que lo perdiera.
–¿Estaba embarazada?
–Probablemente fue una falsa alarma.
–¿Y no te molestaste en averiguarlo?
–Rompimos sin mantener contacto. La chica... Esa pelirroja... Supongo que se parece a Pauli. Admito que por un instante pensé que esa chica era ella.
Pedro apretó los dientes, enojado porque ambos hubieran hecho como si no se conocieran.
–Esa chica es Paul Chaves.
Fernando miró a su amigo antes de dejarse caer en el sofá de cuero.
–Una coincidencia, pero ella no es mi Pauli. Mi Pauli era más alta, más delgada y no tenía pecas. Su piel era lisa como una perla.
Pedro estuvo a punto de salir en defensa de la piel de Paula y se detuvo. ¿Qué estaba diciendo Fernando? Estaba borracho, pero no tanto. Por primera vez empezó a pensar que quizá fuera cierto que no se conocían.
–¿Quieres decir que no tuviste una aventura con la mujer que acaba de entrar aquí?
Fernando negó con la cabeza y sonrió.
–Pero si se me presenta la oportunidad...
No pudo terminar la frase. De pronto, su amigo lo agarró por el cuello de la camisa y lo arrinconó contra la pared. Él levantó las manos, derramando el whisky.
–Lo siento, no quería decir eso. Debí de acordarme que a tí siempre te han gustado las pelirrojas –soltó una carcajada–. ¿La hija del director? Si esa noche no te hubiera encubierto cuando estábamos en... ¿Sexto? ¿O quinto? Si te hubieran pillado...
Pedro miró a su amigo y negó con la cabeza. ¿Cuánto tiempo llevaba buscando excusas para ese hombre? ¿Cuánto tiempo llevaba tolerando comportamientos que habría condenado en cualquier otra persona? Resopló disgustado y soltó a Fernando.
–Eh, amigo, ¿Qué diablos te pasa?
–He crecido. Y te sugiero que hagas lo mismo.
La frialdad de su tono de voz hizo que Fernando pestañeara.
–Claro, claro, tienes razón. Dime qué tengo que hacer. No puedo vivir sin Laura y los niños...
Pedro negó con la cabeza y se preguntó cuántas veces había respondido a esa pregunta.
–¿Cuántos años tenía Rosie cuando estuviste liado con ella, Fernando?
–No lo sé.
–Creo que sí.
–Unos veinte, me parece.
–¿Unos veinte que son diecinueve?
–Era muy madura.
Pedro sintió ganas de golpear a su amigo. Sin embargo, metió las manos en el bolsillo y cruzó la habitación para pulsar el timbre.
–La señora Mack te pedirá un taxi.
Su amigo lo miró atónito.
–¿Me estás echando? ¿No vas a ayudarme? ¿Y qué voy a hacer?
–Te has buscado el problema, Fernando, pues resuélvelo –al momento, el ama de llaves entró en la habitación–. Señora Mack, el señor Dane necesita que un taxi lo lleve al pueblo.
Fernando estiró la mano y agarró el brazo de su amigo.
–Pero, Pedro... –al ver cómo lo miraba, retiró la mano.
–Te voy a hacer una sugerencia, Fernando... Deja de pensar que la víctima eres tú. No es así. Las víctimas son Laura y los niños. También la chica que has seducido. Ya es hora de que demuestres la valentía que tuviste cuando arriesgaste tu vida buceando en el río para sacarme de aquel coche –llegó a la puerta y se volvió–. Tienes lo que muchos hombres desearían tener. Buena suerte–añadió–. Eres afortunado. Espero que reacciones y te des cuenta de lo afortunado que eres antes de que sea demasiado tarde.
–¿Y sí ya lo es?
Por primera vez, Pedro oyó verdadero temor en la voz de su amigo.
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