martes, 18 de diciembre de 2018

Culpable: Capítulo 18

Al día siguiente Paula pasó la mañana evitando todos los lugares en los que pudiera encontrarse con Pedro. Sentía su presencia en cada esquina y había empezado a sobresaltarse al ver su propia sombra, hasta tal punto que Valentina le había preguntado si estaba bien. ¡Y eso que tenía cinco años! ¿Y qué diablos hacía escondiéndose como si hubiera hecho algo por lo que tuviera que sentirse culpable? Él era quien la había besado, aunque ella lo hubiera correspondido. Había reaccionado ante aquel beso con entusiasmo, algo que nunca habría imaginado posible. Debía olvidarse del beso y continuar. Y eso implicaba que tendría que ver a aquel hombre en algún momento. Debía ser positiva y tomar la iniciativa. Así sería ella la que elegiría el campo de batalla y las condiciones. Lo irónico fue ser que cuando decidió enfrentarse a él descubrió que ni siquiera estaba en la casa. Pedro se había marchado a Roma temprano. Así que continuó haciendo su trabajo y cuidando de Valentina. Ver el mundo a través de los ojos de una niña era algo que nunca le aburría. Ese era el motivo por el que le encantaba enseñar, y Valentina era una niña encantadora.

El viernes Pedro regresó a Killaran, pero no estaba solo. Paula, que en esos momentos estaba paseando con Valentina, no pudo ver a la mujer que salió del helicóptero con él, pero la noticia se extendió por el castillo en cuestión de segundos. Antes de que entraran al recibidor, todos los empleados sabían que era una mujer bella, con el cabello rubio, de unos treinta y algo años, divorciada y una exitosa abogada de empresa. Se llamaba Candela Gove. Paula ni siquiera se había quitado el abrigo antes de que el grupo de empleados que estaba en la cocina le contara todos los detalles del momento. Hablando bajito para que Jasmine no la escuchara, preguntó:

–¿No será la primera vez que ha traído a una chica a casa?

Resultó que estaba equivocada. Al parecer, aunque a menudo realizaba convites en el castillo, Pedro nunca había llevado a una amante a Killaran.

–Así que parece que esta mujer debe de ser especial.

La única pregunta que se hacía todo el mundo era cuándo celebrarían la boda, y si ella merecía estar con él.

–¿Tú qué opinas, Paula?

–¡Creo que merece que sintamos lástima por ella! –su comentario hizo que todo el mundo la mirara porque, curiosamente, los empleados parecían bastante protectores hacia su jefe.

Paula se encogió de hombros.

–¿Qué? ¿De veras creen que un depredador sexual va a cambiar su forma de ser por haberse casado?

Antes de que los empleados pudieran responder, una vocecita los interrumpió.

–¿Qué es un depredador sex...?

Paula se volvió y se sonrojó al ver que Valentina estaba detrás con una magdalena.

–¿Estabas hablando del tío Pedro? –sus ojos verdes se iluminaron–. ¿Ya está en casa?

–Creo que acaba de llegar, cariño.

La niña salió corriendo de la habitación antes de que Paula pudiera detenerla. Al salir detrás de ella, tiró una taza de café que había sobre una mesa y eso retrasó su salida. La pequeña Valentina llegó a la biblioteca antes de que pudiera alcanzarla.

–No, Valen, puede que tu tío esté muy ocupado –de pronto imaginó a Pedro con la mujer alta y rubia entre los brazos y se estremeció.

–No estará tan ocupado como para no hacerme caso –contestó la pequeña con seguridad antes de abrir la puerta.

Incluso antes de salir del helicóptero Pedro ya se había arrepentido de haber invitado a Candela. No era que tuviera un problema con ella, solo que prefería mantener separadas las diferentes áreas de su vida. Además, aunque su hermana nunca lo había comentado, él sabía que ella agradecía que no paseara a sus amantes delante de su hija. Ambos tenían la experiencia personal de lo que era tomar cariño a alguien que un buen día desaparecía sin más, aunque había veces que Carolina se había alegrado de que desaparecieran. Para Pedro, los «supuestos tíos» se convirtieron en un problema menor cuando cumplió los dieciséis años. Casi de la noche a la mañana, pasó de ser un niño a convertirse en un chico alto y musculoso. Para Carolina, el problema empeoró cuando creció y Pedro no estaba a su lado para protegerla porque se había marchado a estudiar en la universidad. Pedro puso una expresión sombría al recordar que un día se había encontrado con su hermana de catorce años forcejeando con un «supuesto tío» baboso que movió una ramita de muérdago al verlo.

Culpable: Capítulo 17

–Lo que el corazón desee, Pedro...

A su madre siempre le habían atraído los hombres casados. Sin embargo, cuando rompía la relación con ellos nunca quedaba afectada. No se podía decir lo mismo de los hombres que se enamoraban de ella. Pedro siempre se había preguntado si habría cambiado de actitud en el caso de que en alguna ocasión la hubieran abandonado a ella después de pensar que estaba en el paraíso. Nunca sucedió. Y con esa mujer pasaba lo mismo. Pero ella no era una víctima. No como su amigo Fernando que había estado a punto de abandonar a su esposa por ella. Pero él no estaba casado. Era un ser libre y su corazón no estaba comprometido con nadie. Podía ser el tipo de hombre que algún día le diera a esa bruja provocadora un poco de su propia medicina. Un hombre que no corría el peligro de quedarse atrapado por el tono sexy de su voz o por la mirada dolida de sus grandes ojos azules. Quería mantenerse alejado de ella. Apartarla de su vida. En esos momentos, ella lo miraba enfadada.

–Sé que crees que soy una especie de destrozamatrimonios, pero no... –se calló un momento. «¿Qué estoy haciendo? No me importa lo que piense sobre mí. Y no le debo ninguna explicación. Mejor que piense que la zorra soy yo y no Paulina, que ni siquiera está aquí para defenderse»–. No estoy tan desesperada.

–¿Desesperada?

–Bueno, la única persona con la que podría ser mala eres tú – soltó una carcajada y esperó, pero él no se inmutó.

No habría interpretado sus palabras como una proposición, ¿No?

–Y te prometo que eso no va a suceder.

Pedro le dedicó una sonrisa depredadora. Ella sintió un revoloteo en el estómago y trató de actuar como si no pasara nada.

–¿Porque me encuentras físicamente repulsivo? –sugirió él, con la seguridad de un hombre al que nunca habían contrariado en su vida.

En ese momento, ella lo odiaba de verdad.

–El físico no lo es todo.

Él se rió y Paula, la persona más pacífica del mundo, quería asesinarlo.

–¡Por supuesto que no! Una mujer sensata como tú nunca saldría con un hombre que no tuviera dinero para mimarla con pequeños lujos de la vida.

Él arqueó una ceja y ella se sonrojó. ¡Parecía una virgen enfadada! ¿Quizá eso fuera parte de su encanto?

Pedro puso una mueca de disgusto. Algunos hombres encontraban excitantes a las mujeres inexpertas, pero él no era uno de ellos. Se sentía atraído por mujeres abiertas de mente y que tuvieran tanta experiencia como él en el tema sexual. Había muchas mujeres así. El error con Paula Chaves era dejarse llevar por las apariencias. Esa mujer tenía tanta experiencia sexual como cualquiera de sus compañeras, a pesar de que tratara de disimularlo. Le gustaban las personas directas y sinceras, y su falsedad lo enfadaba. Pero su enfado no evitó que deseara arrancarle la ropa mientras la besaba de manera apasionada y sabía que, en el momento en que la tocara, no habría vuelta atrás.

–Estoy segura de que te lo habrán dicho cientos de veces, pero tu modestia es una de las cosas más encantadoras de ti –comentó Paula–. Odio tener que decírtelo, pero creo que puedo tener algo mejor que un ex piloto de carreras con tendencia megalómana. No estás mal, pero no eres tan irresistible como crees.

Pedro arqueó las cejas y la miró un instante. Después se fijó en sus labios y sintió un fuerte calor en la entrepierna. Se acercó a ella, la agarró por la cintura y la estrechó contra su cuerpo antes de inclinar la cabeza y besarla en la boca con decisión. De pronto, el calor se convirtió en fuego. No era un beso delicado, sino exigente. Con el que trataba de ejercer el control.

Antes de cerrar los ojos, Paula se percató de que el brillo de los ojos de Pedro era tan intenso que sintió que se derretía por dentro. Ella trató de sobreponerse. Pedro  besaba muy bien. ¿Y qué? Era de esperar. Solo un beso, pero su aroma masculino y el calor de su cuerpo se habían apoderado de ella, así como la sensación de su miembro erecto presionado contra su pelvis. Tras la sorpresa inicial, ella se movió contra él para incrementar la erótica fricción. Le rodeó el cuello y abrió la boca para recibir la invasión de su lengua. Más tarde se enfrentaría al conflicto. Por el momento, se abandonaría y permitiría que el deseo la consumiera. Lo quería. La cabeza le daba vueltas, las piernas no le respondían, tenía el corazón acelerado y notaba el pulso en cada parte de su cuerpo. ¡No solo era un beso! Aquella era una clase magistral de seducción. Puesto que había perdido el control de su cuerpo, Paula intentó mantener el control de su mente y distanciarse de lo que estaba sucediendo. Él se separó de ella un instante, pero no le soltó la barbilla. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir su cálida respiración sobre los labios, pero a suficiente distancia como para que ella pudiera escapar de la nube de sensualidad que la envolvía.

La realidad se impuso como un jarro de agua fría. Jadeando, apoyó las manos sobre su torso musculoso y lo empujó. Él la soltó y Paula dió varios pasos hacia atrás tambaleándose. Pedro no sabía con cuál de los dos estaba más furioso: con ella, por embelesarlo, o con él mismo, por su manera de reaccionar. Si alguna vez se había preguntado por qué Paul había podido hacer esa estupidez, ya lo sabía.

–¡Márchate! –exclamó él.

Paula estaba temblando y era incapaz de moverse. Sentía una mezcla de vergüenza, odio hacia sí misma y asombro.

–No puedes echarme... No eres tú el que paga mi sueldo.

–No te estaba echando, estaba diciéndote... –arqueó las cejas–. Lo siento, estaba pidiéndote que te fueras de mi vista a menos que te apetezca repetir.

Paula recuperó las fuerzas y se apresuró para salir de allí. No era la opción más digna pero, sin duda, la más sensata.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Culpable: Capítulo 16

–Te dejaré tranquilo.

Pedro se secó la boca con el dorso de la mano. Un par de segundos más y se convencería de que solo con besarla tendría suficiente, el siguiente paso sería decidir que podría acostarse con ella sin consecuencias. No estaba seguro de por qué la deseaba tanto, pero sabía que no se quedaría tranquilo hasta que sacara a aquella mujer de su casa, de su vida y de su cabeza. Y le habría resultado más fácil si Valentina no se hubiera llevado tan bien con Paula Chaves. Incapaz de contenerse, posó la mirada sobre sus labios. Una vez más, los imaginó hinchados por los besos. Irritado por su falta de control, trató de no pensar en ello.

–¿Dónde está mi sobrina?

Paula se volvió desde la puerta.

–Está jugando en casa de una amiga –se retiró un mechón de pelo de la mejilla, molesta por el tono defensivo que había empleado.

–¿Así que en cuanto tienes la primera oportunidad le cedes tu responsabilidad a otra persona?

Al oír sus palabras, Paula apretó los dientes y lo miró con frustración. Aquello era ridículo.

–Valen está jugando con una amiga. No la he encerrado en su habitación para irme de compras ni nada peor –negó con la cabeza y se dirigió hacia él enfadada.

Se colocó frente a Pedro con las manos sobre las caderas, alzó la barbilla y le preguntó:

–En cualquier caso, ¿Por qué estás aquí hoy? ¿Es posible que quisieras quedarte para acosarme un poco más?

–¿Acosarte?

Su tono la hizo estremecer. Debía terminar con aquella conversación y salir de allí cuanto antes. «Siempre has de terminar lo que empezaste», pensó. Aquello solo podía terminar de una manera. La tensión sexual que había entre ambos era potente.

–No acoso a las mujeres.

–Sabes a lo que me refiero –dijo ella, tratando de escapar de su turbia mirada.

–Aunque algunas me han acosado a mí.

–Me alegro por tí –mintió–. Ya te has asegurado de que no consiga el trabajo. ¿No te parece suficiente? ¿O es que tienes que continuar con esta persecución? –tartamudeó.

–Te dije cómo sería la situación, así que no te enfades.

–¡Lo sé! Tu casa, tus reglas. Lo comprendo y sé que estás esperando a que meta la pata, pero lo que no sé es qué piensas que voy a hacer. ¿Invitar a los hombres casados de los alrededores y montar una orgía en el jardín con Valentina de observadora?

Pedro masculló algo en italiano y ella se calló de golpe. Lo miró y se mordió el labio inferior. No tenía que haber mordido el anzuelo. Él la miró fijamente y ella no fue capaz de adivinar lo que estaba pensando, pero las tensas facciones de su rostro indicaban que estaba muy enfadado.

–No es muy agradable sentir que me vigilan como si estuviera siendo juzgada –murmuró.

–Si no te gusta, hay una solución... Haz las maletas y márchate.

–¡Cielos! ¿Esto es un ejemplo de la famosa hospitalidad de las Highlands o de la calidez italiana?

Observó que él apretaba los labios para no responder y que adoptaba una actitud de superioridad que hizo que Paula perdiera los nervios y soltara lo primero que se le pasó por la cabeza.

–¿Cuál es tu problema? ¿Te doy miedo o algo así?

Él echó la cabeza hacia atrás y no dijo nada. Estiró la mano y le acarició la mejilla con un dedo. Ella cerró los ojos y no pudo evitar volver el rostro hacia la palma de su mano como si fuera una flor en busca de la luz solar. Una ola de calor la invadió por dentro. Entonces, justo cuando comenzaron a flaquearle las piernas, él la apartó. Paula dió un paso atrás. Él se retiró de su lado y ella se estremeció.

–¿Qué tratabas de demostrar con eso?

Con la mano temblorosa, él se frotó la barbilla. ¿Demostrar? ¿De veras pensaba que lo había hecho de manera intencionada? El problema era que no podía evitar reaccionar así ante Paula, y ella actuaba como si no se diera cuenta. La idea de que él estuviera comportándose como aquellos pobres perdedores que había visto durante su infancia no le gustaba. Hombres inteligentes que habían quedado como estúpidos gracias a su madre. Ella nunca había sido cruel de forma intencionada, solo perseguía aquello que le gustaba. «Lo que el corazón desee, Cesare...». Era como si la oyera, encogiéndose de hombros ante cualquier indicio de crítica.

Culpable: Capítulo 15

Durante su segundo día en Killaran, después de dejar a Valentina en casa de su amiga Camila, Paula se dedicó a explorar una zona de la costa que a Valentina le habría resultado difícil recorrer, aunque a veces era complicado convencer a la pequeña de que tenía ciertas limitaciones. Cuando regresó a la casa, se sentía mucho más relajada y de buen humor. Además, se alegraba de que ese día Pedro no aparecería en el momento más inesperado. El día anterior había tenido la sensación de estar vigilada y allá donde iba se encontraba con él. Así que, cuando la señora Mack, que trabajaba como ama de llaves, le contó que los lunes por la mañana Pedro se marchaba a Roma y que regresaba a mitad de semana, sintió ganas de besarla. Pasar unos días a la semana sin él haría que la situación fuera más soportable. No esperaba que él se retractara, pero pensaba que aceptaría la situación y que permitiría que realizara el trabajo, contentándose con mirarla con el ceño fruncido cuando se cruzaran ocasionalmente. Pero, a juzgar por lo que había sucedido el día anterior, se había equivocado, aquello no terminaría pronto. Y ella no podía hacer nada al respecto.

Valentina era la sobrina de Pedro y ella no podía impedir que la viera. Además, la niña lo adoraba. Pero no permitiría que él la machacara, Paula tenía claro que para Pedro las cosas tenían que ser a su manera. Él tenía que estar al mando y mostrar su fortaleza. «Conmigo no será así», pensó ella. Sabía que él estaba buscando una excusa para deshacerse de ella, y no estaba dispuesta a dársela. Tratando de no pensar en el propietario del castillo, miró el reloj y vió que faltaba una hora para ir a recoger a Valentina. Recordó que se había descargado un libro para leer durante el viaje, y decidió entrar en el castillo por la puerta lateral. El lugar era un auténtico laberinto, pero ya sabía que la ruta más directa hasta su departamento era entrando por la puerta principal y atravesando un pasillo interior. Si hubiese tenido la oportunidad de encontrarse con el hombre que se había nombrado a sí mismo su juez y su verdugo, nunca habría elegido esa ruta, pero ese día estaría a salvo. A ambos lados del pasillo había docenas de puertas, y las paredes estaban llenas de carteles políticos antiguos. Una de las habitaciones tenía la puerta abierta, y no pudo evitar fijarse en las estanterías llenas de libros y en el fuego de la chimenea reflejado en un espejo enorme. Aunque opinaba que leer en la tableta tenía muchas ventajas, no le parecía lo mismo que un libro de verdad. Asomó la cabeza por la puerta y se decidió a entrar. Respiró hondo y suspiró:

–¡Es posible que esté loca pero me encanta el olor de los libros!

–Hay olores peores –como el aroma que desprendía su cuerpo, y que él había percibido cuando ella estaba en el pasillo.

Paula volvió la cabeza y vió que Pedro se levantaba de una silla que estaba frente a la ventana. Tragó saliva y sintió un nudo en el estómago.

–No estás aquí.

Él arqueó las cejas y la miró de forma irónica.

–Quiero decir, pensaba que estabas de viaje, si no, no habría...

–Te pillé.

–Lo siento si he entrado donde no debía pero esta sala es maravillosa –dijo ella.

–Estoy de acuerdo.

La miró fijamente en silencio y ella no pudo evitar imaginar escenas salvajes con aquel hombre. Era fácil pensar en su musculatura fuerte y en su piel suave. Paula pestañeó para tratar de borrar las imágenes eróticas que invadían su cabeza.

–Es aquí donde trabajo cuando estoy en casa –no había estado trabajando. La tensión que sentía hacía que le resultara imposible concentrarse.

–Lo siento si te he molestado –dijo, y al ver que sonaba poco convincente, añadió–. De veras.

Se fijó en que apretaba los dientes y se preguntó por qué se habría empeñado en hacer las cosas bien si su disculpa solo había servido para conseguir que pareciera todavía más enfadado. Si no lo hubiera visto comportarse de otro modo con su sobrina, habría pensado que era su actitud habitual. El hombre que había visto Valentina no se parecía en nada a aquel monstruo despreciativo y autocrático. Ella dió un paso hacia la puerta.

Culpable: Capítulo 14

Lo odiaba. Él era el tipo de hombre del que ella había prometido mantenerse alejada, el tipo de hombre con el que uno podía obsesionarse. Con aplomo, se enfrentó a su mirada de acero. Y, de golpe, todo su aplomo se desvaneció. Paula tragó saliva y dio un paso hacia atrás.

–Tendrás muchas oportunidades para verme –dijo él, percatándose de que su rostro mostraba cierta expresión de pánico. Para ser una mujer que supuestamente tenía experiencia mintiendo y engañando, no se le daba muy bien ocultar sus sentimientos.

–Yo... Yo... Pensaba que viajabas a menudo.

Él la miró con ironía.

–Soy mi propio jefe.

–Me alegro por tí. ¡A mí me encantaría tener un trabajo fijo!

–¿Se supone que debo sentirme culpable por que estés desempleada? Si dejaste el trabajo antes de tener otro, debías de estar muy segura de tus posibilidades, ¿O es que te fuiste antes de que te echaran?

–Estoy segura de que soy buena en lo que hago –contestó ella con dignidad–. Y, si te hubieras molestado en leer mi currículum, sabrías que la escuela en la que trabajaba ha cerrado.

Él la miró a los ojos. Ya sabía todo lo que necesitaba saber sobre esa mujer sin leer su currículum.

–¿Y la situación laboral es tan mala que te viste obligada a trasladarte a la otra punta del país?

–¿Estás diciendo que solo busca trabajo la gente que ha sido rechazada en algún empleo?

–Estoy diciendo que una mujer como tú no duraría ni diez minutos aquí antes de aburrirse, y que los niños merecen continuidad.

Ella alzó la barbilla y contestó:

–Señor Alfonso, no sabe nada de las mujeres como yo.

Él soltó una carcajada.

–Te sorprenderías.

Paula levantó las manos irritada.

–No importa lo que yo diga, ¿Verdad? Nunca me escucharás porque ya te has formado una opinión sobre mí.

–Mi opinión personal no tiene nada que ver con todo esto.

–Afortunado tú –repuso Paula con tono de mofa.

–Mi hermana es su propia jefa.

Deseando que su blusa fuera más gruesa, Paula se cruzó de brazos para disimular la reacción física que había tenido su cuerpo ante el magnetismo animal que se escondía tras la aparente indiferencia que mostraba aquel hombre. ¿Cómo era posible odiar a un hombre y seguir siendo una víctima de su potente atractivo?

–Hablas como si fuera algo malo –suspiró–. Aunque supongo que para tí lo es.

Era evidente que él no era el tipo de hombre que consideraba como algo positivo el hecho de que una mujer tuviera opinión propia. Era fácil imaginar cuál era el tipo de mujer que le gustaba, aquellas que actuaban como si cada palabra suya fuera oro puro, solo porque era un hombre rico y famoso. Bueno, y probablemente también por otros motivos. Tenía que admitir que, aunque Pedro Alfonso no fuera rico, muchas mujeres pasarían por alto sus fallos con tal de disfrutar de su cuerpo musculoso y tremendamente masculino. Paula respiró hondo y lo miró de nuevo a los ojos tratando de recordar que ella no era una de esas mujeres. Ella prefería a los hombres tranquilos y centrados. Hombres como su ex, Marcos. ¡Y no era que su relación hubiese sido maravillosa! Reconocía que había cometido un error, pero al menos no se había quedado embarazada sin querer ni había llegado a un intento de suicidio. Opinaba que era mucho mejor que la abandonara un hombre al que no amaba que uno sin el que no pudiera vivir. Cerró los ojos con fuerza. Nunca se permitiría ser víctima de algo como lo que había vivido Paulina, ¡Nunca permitiría que un hombre le hiciera eso!

–Parece que mi hermana confía en tí.

Paula abrió los ojos y posó la mirada sobre sus labios sensuales. Al instante, sintió un nudo en el estómago.

–Si no cumples con sus expectativas, te arrepentirás –dijo él.

–¿Eso es una amenaza, Pedro Alfonso? –preguntó ella al cabo de unos instantes.

Él arqueó las cejas.

–Es un hecho, Paula Chaves–contestó él.

Paula alzó la barbilla y entornó sus ojos azules. Él le sostuvo la mirada un instante y después se fijó en la base de su cuello y el comienzo de su escote, imaginando cómo sería besarla en ese lugar mientras cubría con su mano la provocativa curva de sus senos. Respiró hondo y contestó:

–No tolero que mis empleados sean incompetentes.

–No soy tu empleada –contestó Paula–. Ahora, si me indicas el camino, podré sacar las cosas del coche y empezar mi trabajo.

–Estás en mi casa. Y yo pongo las reglas –dijo él con tono helador.

Pasó a su lado y se marchó. Paula permaneció inmóvil unos minutos porque no se atrevía a caminar con sus piernas temblorosas. Siempre había pensado que los hombres autoritarios escondían inseguridades, y se había mostrado despreciativa con las mujeres que se prendaban de ellos. ¡Si Pedro tenía alguna inseguridad, la disimulaba demasiado bien!

Culpable: Capítulo 13

Y no habría tenido que reconocerlo si ella se hubiera marchado, pero no lo había hecho, y fingir que una situación no existía no servía de nada. No tenía más remedio que enfrentarse al problema y buscar una solución. Quizá Carolina  confiara en ella para cuidar de Valentina, pero Pedro creía que la señorita Chaves se pasaría de la raya en menos de dos semanas y sería él quien estaría allí.

Paula respiró hondo y se colocó delante de Pedro.

–Lo siento, no debería estar aquí, pero es que me confundí en la tercera escalera –su risa temblorosa contrastaba con el frío silencio.

Pedro se sorprendió al ver que la mujer a la que había estado maldiciendo mentalmente aparecía entre las sombras. Contra la pared de piedra su rostro ovalado parecía más pálido. Llevaba el cabello suelto y alborotado, y sus mechones ondulados caían sobre su espalda. Los pantalones vaqueros que llevaba se ceñían a la curva de sus caderas, y el top de rayas azules que llevaba sujeto con un cinturón resaltaba el color cobalto de sus ojos. Mientras él trataba de interpretar su mirada, experimentó un fuerte calor en la entrepierna y sintió lástima por su amigo, que había sido incapaz de resistirse al atractivo de su boca sensual. Mezclado con el sentimiento de lástima, había otro sentimiento que, sospechosamente, se parecía demasiado a la envidia.

Paula atribuyó al vértigo la desagradable sensación de mareo que provocó que se agarrara a la barandilla de la balconada con vistas al enorme recibidor. Se humedeció los labios y trató de disimular el hecho de que había estado escuchando.

–No tengo muy claro dónde debía estar.

«En mi cama». Por un momento, Pedro estuvo a punto de verbalizar su
pensamiento. Tragó saliva e intentó controlar el deseo que lo invadía por dentro. Las debilidades lo enfurecían.

–¿Dónde quieres estar? –preguntó.

«En cualquier sitio menos aquí», pensó preguntándose cómo había sido capaz de aceptar ese trabajo. Debía de haber regresado a casa y buscar otro empleo. Y, en cuanto a vivir bajo el mismo techo que un hombre que la despreciaba tanto como ella a él, ¿en qué estaba pensando? Se fijó en las facciones de su rostro. Quizá lo odiara, pero eso no lo convertía en menos atractivo. «¡Maldita sea!», pensó. Paula sabía que debía recuperar la compostura. Si huía con el rabo entre las piernas, haría lo que él quería que hiciera, y lo que ella deseaba hacer, pero ese no era el objetivo. ¿Y cuál era el objetivo? Deseaba ayudar a Carolina y ¿Por qué aquella madre soltera no podía intentar hacer un buen trabajo por culpa de su hermano? Se quedaría allí y, al final, Pedro tendría que admitir que la había subestimado. Lo miró a los ojos y dijo:

–Intentaba encontrar la puerta por la que entré.

Él arqueó una ceja y la miró de manera hostil.

–¿Ya te marchas?

«No te hagas ilusiones», pensó ella.

–Cuando me comprometo con algo lo llevo a cabo.

–Es admirable, siempre y cuando ese algo no sea el marido de otra mujer. Imagino que has aceptado este trabajo como venganza para molestarme.

–No, no es ese el motivo, pero es un aliciente más –admitió ella–. Siento decirte esto, pero no todo gira a tu alrededor –se mordió el labio y se arrepintió de sus palabras, no por la expresión de rabia que había en su mirada sino porque no tenía sentido provocarlo mientras ella estuviera allí.

–He aceptado este trabajo porque...

Buena pregunta. ¿Por qué había aceptado ese trabajo?

–¿Cómo iba a perderme la oportunidad de verte cada día y disfrutar de una de nuestras maravillosas discusiones?

De pronto se acordó de Paulina, meses después de finalizar su aventura amorosa, describiendo cómo deseaba escuchar la voz de su amado o verlo un instante a pesar de todo lo que le había hecho. Inquieta por la conexión mental que había hecho y preguntándose si entre todo el sarcasmo que había en sus palabras no habría ni una pizca de verdad, Paula estuvo a punto de dejarse llevar por el pánico... Respiró hondo para tranquilizarse. No era ese tipo de mujer, y, si algún día deseaba a un hombre, ¡No sería a aquel!

jueves, 6 de diciembre de 2018

Culpable: Capítulo 12

-¿Había pasado antes por ese pasillo?

Paula miró a su alrededor tratando de decidir si reconocía los tapices de la pared. Negó con la cabeza. No tenía ni idea de dónde estaba y debía haber prestado más atención. Sin embargo, había avanzado escuchando las historias que le contaba la pequeña Valentina acerca del castillo y de su tío, quien para la niña era una especie de héroe. Al pensar en él, sintió un nudo en el estómago. Recordó su mirada de acero, su boca... Se cubrió la mejilla con la mano y respiró hondo para tratar de borrar la imagen que se había formado en su cabeza.

–¿Lo has hecho?

¿Cómo era posible que se hubiera cruzado con él en aquel lugar tan grande? ¿Acaso lo había conjurado con la imaginación?

–Creía que habíamos acordado... –se dirigía hacia ella discutiendo con Carolina de manera furiosa.

Paula reaccionó deprisa y se ocultó entre las sombras con el corazón acelerado. Carolina respondió a su hermano sin parecer intimidada.

–Tú hablaste, yo te escuché, y después le pedí a Paula Chaves que se quedara hasta que empiece el curso. Ella puede ayudar a Valen a recuperar las lecciones que se ha perdido y cuidar de ella mientras yo estoy fuera.

–Tiene que haber una alternativa. Hablaré con la agencia.

–Claro, y te enviarán a una chica que pasará más tiempo coqueteando contigo que ocupándose de Valen. No es culpa tuya que seas tan atractivo, querido hermano, pero Paula es perfecta. No le caes bien.

–Esa mujer...

–Mira Pedro, antes de que empieces... Tú tienes un problema con Paula. Yo no. Sé que consideras que Fernando no puede hacer nada malo y me parece bien, puedes estar en deuda con él para siempre si quieres, pero es humano, y los humanos cometen errores. Mírame a mí.

–Esa mujer no tiene nada que ver contigo.

–No. Ella no se quedó embarazada. Es absurdo pensar que todo fue culpa suya. ¿Quieres saber lo que pienso?

–No.

–Muy bien. Tengo que estar fuera todo el mes. No es lo ideal, lo sé, pero no hay nada que pueda hacer al respecto, y con Paula...

–No tienes por qué trabajar.

–Y tú no tienes que ser un seductor en serie, y lo eres. Lo siento, pero no voy a aprovecharme de mi hermano mayor.

–No es cuestión de aprovecharse.

Paula notó la irritación en su voz y puso una mueca. Aquel hombre tenía la sensibilidad de un ladrillo. Debería admirar a su hermana por querer ser independiente y no lo contrario.

–Se trata de Valen, no de tu orgullo.

–No intentes chantajearme emocionalmente. Esto no tiene que ver conmigo ¿Verdad? Esa mujer te afecta demasiado ¿No es eso?

-Tienes razón, se trata de lo que es mejor para Valen. Lo siento si no te gusta, pero ella va a quedarse y, por el amor de Dios, sé amable con ella.

Pedro murmuró algo que Paula no comprendió. ¡No debería estar escuchando! Experimentó cierto sentimiento de culpa y supo que lo correcto sería salir de su escondite. «Eres una cobarde», se criticó en silencio y permaneció donde estaba.

–Vas a tener que aguantarte, hermanito.

Durante unos instantes discutieron en italiano y, después, Paula oyó la risa de Carolina y el sonido de sus zapatos de tacón alejándose. Otros pasos más fuertes se oían cada vez más cerca. Debía elegir entre permanecer oculta entre las sombras y confiar en que no la viera o salir a la luz.


¿Era cierto que Paula lo tenía obnubilado? Pedro frunció el ceño pensativo. Sí, la pelirroja lo había cautivado. La imagen de sus labios sensuales y sus luminosos ojos azules invadió su cabeza. Apretó los dientes y trató de no pensar en ella, pero no le resultó sencillo. Para ser un hombre que tenía mucho autocontrol, aquello era irritante. Apenas se había encontrado con esa mujer veinticuatro horas antes y desde entonces no había dejado de pensar en ella. Paula iba a vivir bajo su mismo techo, así que debía mantener su libido y su imaginación bajo control. Reconocía que lo más irritante de la situación era que su hermana lo había argumentado tan bien que incluso había hecho que la mujer pareciera una víctima. ¿Y respecto a la insinuación de que él tenía prejuicios contra ella? Quizá estuviera obligado a aceptar la situación, pero no iba a aceptar esa opinión, aunque comprendía por qué su hermana la mantenía. Desde su punto de vista, aquella era la solución ideal para su problema. Ideal para Carolina pero no para él, ya que tendría que tratar con una mujer a la que despreciaba y deseaba con la misma intensidad.