-¿Había pasado antes por ese pasillo?
Paula miró a su alrededor tratando de decidir si reconocía los tapices de la pared. Negó con la cabeza. No tenía ni idea de dónde estaba y debía haber prestado más atención. Sin embargo, había avanzado escuchando las historias que le contaba la pequeña Valentina acerca del castillo y de su tío, quien para la niña era una especie de héroe. Al pensar en él, sintió un nudo en el estómago. Recordó su mirada de acero, su boca... Se cubrió la mejilla con la mano y respiró hondo para tratar de borrar la imagen que se había formado en su cabeza.
–¿Lo has hecho?
¿Cómo era posible que se hubiera cruzado con él en aquel lugar tan grande? ¿Acaso lo había conjurado con la imaginación?
–Creía que habíamos acordado... –se dirigía hacia ella discutiendo con Carolina de manera furiosa.
Paula reaccionó deprisa y se ocultó entre las sombras con el corazón acelerado. Carolina respondió a su hermano sin parecer intimidada.
–Tú hablaste, yo te escuché, y después le pedí a Paula Chaves que se quedara hasta que empiece el curso. Ella puede ayudar a Valen a recuperar las lecciones que se ha perdido y cuidar de ella mientras yo estoy fuera.
–Tiene que haber una alternativa. Hablaré con la agencia.
–Claro, y te enviarán a una chica que pasará más tiempo coqueteando contigo que ocupándose de Valen. No es culpa tuya que seas tan atractivo, querido hermano, pero Paula es perfecta. No le caes bien.
–Esa mujer...
–Mira Pedro, antes de que empieces... Tú tienes un problema con Paula. Yo no. Sé que consideras que Fernando no puede hacer nada malo y me parece bien, puedes estar en deuda con él para siempre si quieres, pero es humano, y los humanos cometen errores. Mírame a mí.
–Esa mujer no tiene nada que ver contigo.
–No. Ella no se quedó embarazada. Es absurdo pensar que todo fue culpa suya. ¿Quieres saber lo que pienso?
–No.
–Muy bien. Tengo que estar fuera todo el mes. No es lo ideal, lo sé, pero no hay nada que pueda hacer al respecto, y con Paula...
–No tienes por qué trabajar.
–Y tú no tienes que ser un seductor en serie, y lo eres. Lo siento, pero no voy a aprovecharme de mi hermano mayor.
–No es cuestión de aprovecharse.
Paula notó la irritación en su voz y puso una mueca. Aquel hombre tenía la sensibilidad de un ladrillo. Debería admirar a su hermana por querer ser independiente y no lo contrario.
–Se trata de Valen, no de tu orgullo.
–No intentes chantajearme emocionalmente. Esto no tiene que ver conmigo ¿Verdad? Esa mujer te afecta demasiado ¿No es eso?
-Tienes razón, se trata de lo que es mejor para Valen. Lo siento si no te gusta, pero ella va a quedarse y, por el amor de Dios, sé amable con ella.
Pedro murmuró algo que Paula no comprendió. ¡No debería estar escuchando! Experimentó cierto sentimiento de culpa y supo que lo correcto sería salir de su escondite. «Eres una cobarde», se criticó en silencio y permaneció donde estaba.
–Vas a tener que aguantarte, hermanito.
Durante unos instantes discutieron en italiano y, después, Paula oyó la risa de Carolina y el sonido de sus zapatos de tacón alejándose. Otros pasos más fuertes se oían cada vez más cerca. Debía elegir entre permanecer oculta entre las sombras y confiar en que no la viera o salir a la luz.
¿Era cierto que Paula lo tenía obnubilado? Pedro frunció el ceño pensativo. Sí, la pelirroja lo había cautivado. La imagen de sus labios sensuales y sus luminosos ojos azules invadió su cabeza. Apretó los dientes y trató de no pensar en ella, pero no le resultó sencillo. Para ser un hombre que tenía mucho autocontrol, aquello era irritante. Apenas se había encontrado con esa mujer veinticuatro horas antes y desde entonces no había dejado de pensar en ella. Paula iba a vivir bajo su mismo techo, así que debía mantener su libido y su imaginación bajo control. Reconocía que lo más irritante de la situación era que su hermana lo había argumentado tan bien que incluso había hecho que la mujer pareciera una víctima. ¿Y respecto a la insinuación de que él tenía prejuicios contra ella? Quizá estuviera obligado a aceptar la situación, pero no iba a aceptar esa opinión, aunque comprendía por qué su hermana la mantenía. Desde su punto de vista, aquella era la solución ideal para su problema. Ideal para Carolina pero no para él, ya que tendría que tratar con una mujer a la que despreciaba y deseaba con la misma intensidad.
jueves, 6 de diciembre de 2018
Culpable: Capítulo 11
Paula experimentó algo parecido a la envidia. ¿Alguna vez había hecho algo sin pensar en las consecuencias? Quizá por su prudencia habitual, a todo el mundo le había resultado extraño que ella hubiese buscado un empleo fuera de la ciudad en la que había pasado casi toda la vida.
–Mira, ojalá pudiera ayudarte –Carolina le caía bien y le habría gustado ayudarla.
–Puedes hacerlo. Quiero que la ayudes a ponerse al día en sus clases.
Paula negó con la cabeza.
–No puedo. Por supuesto siento mucho que tu hija haya estado enferma...
–Ha faltado durante todo el último trimestre.
–Estoy segura de que enseguida recuperará el ritmo. A esa edad es fácil.
De pronto, Paula lo comprendió todo.
–¡Ah! Eres esa modelo... Carolina –era la mujer con el cuerpo perfecto que había hecho la campaña publicitaria de prendas de lencería y cuyos anuncios habían invadido los autobuses de Londres el año anterior.
–Ahora mismo soy la mamá de Valen y sé que esto funcionará. No tendrás que preocuparte por Pedro –añadió–. El castillo es muy grande. Valen y yo tenemos un departamento en el ala oeste, así que tenemos independencia total. Por supuesto, él estará allí si lo necesitases.
–No lo necesitaré.
–¿Lo harás?
Paula abrió los ojos con asombro.
–No, quería decir... –tragó saliva–. ¿Tu hermano sabe que estás aquí?
–Se lo mencioné.
–¿Y no le preocupa que pudiera contagiarle algo a tu hija? – Paula no pudo ocultar la amargura en su tono de voz.
Carolina colocó la mano sobre su hombro.
–Pedro es mi hermano y le debo mucho, pero yo soy la madre de Valen y soy quien toma las decisiones respecto a su bienestar.
–Pero, si trabajas, ¿No tienes una niñera?
–Sí, Valen tiene una niñera pero la pobre Victoria se cayó de la bicicleta y se rompió una pierna. Irá escayolada seis semanas más. Estaría dispuesta a continuar trabajando si se lo pidiera pero ni me lo planteo –suspiró–. Mira, olvídalo. Esto no es asunto tuyo. No debería haber venido, y créeme cuando te digo que no eres la única que está intimidada por mi hermano mayor –se abrochó la chaqueta y se retiró un mechón de pelo de la cara.
–No estoy intimidada por tu hermano.
–Por supuesto que no –la tranquilizó Carolina.
–Haré lo que me pides.
Carolina sonrió y empezó a sacar el teléfono móvil del bolsillo.
–¿Estás segura?
–Completamente.
Carolina llamó por teléfono.
–Hola, Eduardo. Sí. Trae a Valen –miró la bolsa que Paula tenía sobre la cama–. Estupendo, ya has recogido. Tienes pocas cosas pero no importa. Pararemos por el camino para comprar algo más. ¿Qué talla usas?
Paula pestañeó.
–¿Tu hija está aquí? ¿Pretendes que vaya ahora mismo?
–Paula, tengo que tomar un vuelo a medianoche y...
–Debías de estar muy segura de que iba a aceptar tu oferta.
La mujer se encogió de hombros.
–Soy optimista por naturaleza.
Paula la miró de arriba abajo. Antes de que pudiera contestar, se abrió la puerta y entró una niña de cabello oscuro. Valentina Alfonso sonreía con timidez mostrando el diente que le faltaba. Era completamente adorable.
–Mira, ojalá pudiera ayudarte –Carolina le caía bien y le habría gustado ayudarla.
–Puedes hacerlo. Quiero que la ayudes a ponerse al día en sus clases.
Paula negó con la cabeza.
–No puedo. Por supuesto siento mucho que tu hija haya estado enferma...
–Ha faltado durante todo el último trimestre.
–Estoy segura de que enseguida recuperará el ritmo. A esa edad es fácil.
De pronto, Paula lo comprendió todo.
–¡Ah! Eres esa modelo... Carolina –era la mujer con el cuerpo perfecto que había hecho la campaña publicitaria de prendas de lencería y cuyos anuncios habían invadido los autobuses de Londres el año anterior.
–Ahora mismo soy la mamá de Valen y sé que esto funcionará. No tendrás que preocuparte por Pedro –añadió–. El castillo es muy grande. Valen y yo tenemos un departamento en el ala oeste, así que tenemos independencia total. Por supuesto, él estará allí si lo necesitases.
–No lo necesitaré.
–¿Lo harás?
Paula abrió los ojos con asombro.
–No, quería decir... –tragó saliva–. ¿Tu hermano sabe que estás aquí?
–Se lo mencioné.
–¿Y no le preocupa que pudiera contagiarle algo a tu hija? – Paula no pudo ocultar la amargura en su tono de voz.
Carolina colocó la mano sobre su hombro.
–Pedro es mi hermano y le debo mucho, pero yo soy la madre de Valen y soy quien toma las decisiones respecto a su bienestar.
–Pero, si trabajas, ¿No tienes una niñera?
–Sí, Valen tiene una niñera pero la pobre Victoria se cayó de la bicicleta y se rompió una pierna. Irá escayolada seis semanas más. Estaría dispuesta a continuar trabajando si se lo pidiera pero ni me lo planteo –suspiró–. Mira, olvídalo. Esto no es asunto tuyo. No debería haber venido, y créeme cuando te digo que no eres la única que está intimidada por mi hermano mayor –se abrochó la chaqueta y se retiró un mechón de pelo de la cara.
–No estoy intimidada por tu hermano.
–Por supuesto que no –la tranquilizó Carolina.
–Haré lo que me pides.
Carolina sonrió y empezó a sacar el teléfono móvil del bolsillo.
–¿Estás segura?
–Completamente.
Carolina llamó por teléfono.
–Hola, Eduardo. Sí. Trae a Valen –miró la bolsa que Paula tenía sobre la cama–. Estupendo, ya has recogido. Tienes pocas cosas pero no importa. Pararemos por el camino para comprar algo más. ¿Qué talla usas?
Paula pestañeó.
–¿Tu hija está aquí? ¿Pretendes que vaya ahora mismo?
–Paula, tengo que tomar un vuelo a medianoche y...
–Debías de estar muy segura de que iba a aceptar tu oferta.
La mujer se encogió de hombros.
–Soy optimista por naturaleza.
Paula la miró de arriba abajo. Antes de que pudiera contestar, se abrió la puerta y entró una niña de cabello oscuro. Valentina Alfonso sonreía con timidez mostrando el diente que le faltaba. Era completamente adorable.
Culpable: Capítulo 10
–¿Hay algo en lo que pueda ayudarla, señorita Alfonso?
–Me llamo Carolina. Y sí lo hay. ¿A qué hora sale su tren? ¿Tiene tiempo para tomar un café? En la esquina hay un buen sitio.
Paula negó con la cabeza a pesar de que tenía tiempo de sobra.
–Lo siento –contestó.
–Probablemente te estés preguntando qué es lo que quiero.
–Siento curiosidad –admitió Paula.
–Tengo una hija –dijo, y le mostró que no llevaba anillo–. Y no, no estoy casada. Nunca lo he estado. Valentina es una niña estupenda. Me encantaría poder pasar más tiempo con ella. Es difícil hacer equilibrios. Soy afortunada porque mi trabajo es bastante flexible. Normalmente no trabajo durante sus vacaciones y, por supuesto, aunque Pedro es estupendo, no puede estar todo el tiempo con ella. Es una víctima de su propio éxito –miró a Paula y soltó una carcajada–. No tienes ni idea de quién es, ¿Verdad?
–Sé lo que es... Lo siento, sé que es tu hermano.
–Oh, no te contengas por mí. Pedro puede cuidar de sí mismo.
–Sé que su familia es la propietaria del castillo y la finca. Supongo que eso lo convierte en alguien importante. Localmente, al menos.
–Sí, los Alfonso han estado aquí siempre, pero la finca no es rentable. Pasarán años antes de que lo sea, a pesar del dinero que él ha invertido en ella durante los últimos cinco años. Mi padre, que en paz descanse, era muy reticente al cambio y mi madre, antes de marcharse, gastaba mucho dinero. Su divorcio salió muy caro. En cualquier caso, me estoy yendo por las ramas. No creo que te interese saber más acerca de mi familia.
Al contrario, Paula estaba escuchando atentamente todos los detalles.
–Deduzco que no eres seguidora de las carreras de Fórmula Uno.
–No es lo mío.
–Bueno, resulta que a él lo consideran famoso –acostumbrada a ver cómo las mujeres perseguían a su hermano, a Carolina le sorprendía que aquella chica no tuviera ni idea de quién era él.
–Fue campeón durante dos años seguidos. Por supuesto, eso fue antes del accidente. Después se dedicó a la gestión del equipo Romero.
«¡Un accidente!». Paula siempre cambiaba de canal cuando oía alguna noticia relacionada con un accidente. La palabra la hizo estremecer.
–¿Y resultó...? –no terminó la frase. Posiblemente él había resultado herido pero, si tenía alguna cicatriz, Paula no se la había visto. Aunque tampoco lo conocía tan bien. Sin avisar, una imagen muy detallada se formó en su cabeza.
Se aclaró la garganta y dijo:
–¿Romero? –sí, había oído hablar del equipo italiano–. Entonces, ¿No vive aquí?
–El equipo tiene su base en Italia, pero, después de que mi padre muriera, Pedro tomó la decisión de venir a vivir aquí. Por supuesto, viaja muchísimo –puso una mueca–. Los dos lo hacemos. Una ironía teniendo en cuenta cómo lo odiábamos de pequeños. Mi madre se quedó con nuestra custodia después del divorcio –explicó–. Ella tiene lo que se llama un umbral muy bajo para el aburrimiento, así que no permanece mucho tiempo en el mismo sitio.
Miró a Paula y sonrió.
–Nosotros tampoco. Cuando Valen nació, decidí que tendría seguridad y un hogar estable.
Parecía evidente que su hermano y ella no habían disfrutado de ese tipo de infancia y Anna sintió lástima por ellos. Ella había quedado huérfana y tampoco había tenido una infancia perfecta pero, al menos, sus tíos la habían criado en un ambiente cálido y lleno de ternura, y la habían tratado tan bien como a su hija Paulina.
–Siempre me siento culpable cuando viajo por motivos de trabajo pero... –Carolina negó con la cabeza–. Ahora desearía no haber aceptado este trabajo. Es un compromiso demasiado grande.
Paula había visto esa expresión de culpabilidad en muchas madres trabajadoras que intentaban hacer equilibrios para cuidar de sus hijos y, sin embargo, consiguió mantenerse distante. El hecho de mostrarse demasiado empática en el pasado había hecho que se aprovecharan de ella y no estaba dispuesta a que eso le sucediera otra vez.
–Cuando Valen se puso enferma dejé de trabajar tres meses. En mi profesión, la gente no tiene mucha memoria. Te consideran bueno o malo en función del último trabajo. Pensé que sería difícil... En cualquier caso, cuando me ofrecieron el papel en Face of Floriel, lo acepté. Entonces... –suspiró antes de continuar–. No pensar en las consecuencias es la historia de mi vida.
–Me llamo Carolina. Y sí lo hay. ¿A qué hora sale su tren? ¿Tiene tiempo para tomar un café? En la esquina hay un buen sitio.
Paula negó con la cabeza a pesar de que tenía tiempo de sobra.
–Lo siento –contestó.
–Probablemente te estés preguntando qué es lo que quiero.
–Siento curiosidad –admitió Paula.
–Tengo una hija –dijo, y le mostró que no llevaba anillo–. Y no, no estoy casada. Nunca lo he estado. Valentina es una niña estupenda. Me encantaría poder pasar más tiempo con ella. Es difícil hacer equilibrios. Soy afortunada porque mi trabajo es bastante flexible. Normalmente no trabajo durante sus vacaciones y, por supuesto, aunque Pedro es estupendo, no puede estar todo el tiempo con ella. Es una víctima de su propio éxito –miró a Paula y soltó una carcajada–. No tienes ni idea de quién es, ¿Verdad?
–Sé lo que es... Lo siento, sé que es tu hermano.
–Oh, no te contengas por mí. Pedro puede cuidar de sí mismo.
–Sé que su familia es la propietaria del castillo y la finca. Supongo que eso lo convierte en alguien importante. Localmente, al menos.
–Sí, los Alfonso han estado aquí siempre, pero la finca no es rentable. Pasarán años antes de que lo sea, a pesar del dinero que él ha invertido en ella durante los últimos cinco años. Mi padre, que en paz descanse, era muy reticente al cambio y mi madre, antes de marcharse, gastaba mucho dinero. Su divorcio salió muy caro. En cualquier caso, me estoy yendo por las ramas. No creo que te interese saber más acerca de mi familia.
Al contrario, Paula estaba escuchando atentamente todos los detalles.
–Deduzco que no eres seguidora de las carreras de Fórmula Uno.
–No es lo mío.
–Bueno, resulta que a él lo consideran famoso –acostumbrada a ver cómo las mujeres perseguían a su hermano, a Carolina le sorprendía que aquella chica no tuviera ni idea de quién era él.
–Fue campeón durante dos años seguidos. Por supuesto, eso fue antes del accidente. Después se dedicó a la gestión del equipo Romero.
«¡Un accidente!». Paula siempre cambiaba de canal cuando oía alguna noticia relacionada con un accidente. La palabra la hizo estremecer.
–¿Y resultó...? –no terminó la frase. Posiblemente él había resultado herido pero, si tenía alguna cicatriz, Paula no se la había visto. Aunque tampoco lo conocía tan bien. Sin avisar, una imagen muy detallada se formó en su cabeza.
Se aclaró la garganta y dijo:
–¿Romero? –sí, había oído hablar del equipo italiano–. Entonces, ¿No vive aquí?
–El equipo tiene su base en Italia, pero, después de que mi padre muriera, Pedro tomó la decisión de venir a vivir aquí. Por supuesto, viaja muchísimo –puso una mueca–. Los dos lo hacemos. Una ironía teniendo en cuenta cómo lo odiábamos de pequeños. Mi madre se quedó con nuestra custodia después del divorcio –explicó–. Ella tiene lo que se llama un umbral muy bajo para el aburrimiento, así que no permanece mucho tiempo en el mismo sitio.
Miró a Paula y sonrió.
–Nosotros tampoco. Cuando Valen nació, decidí que tendría seguridad y un hogar estable.
Parecía evidente que su hermano y ella no habían disfrutado de ese tipo de infancia y Anna sintió lástima por ellos. Ella había quedado huérfana y tampoco había tenido una infancia perfecta pero, al menos, sus tíos la habían criado en un ambiente cálido y lleno de ternura, y la habían tratado tan bien como a su hija Paulina.
–Siempre me siento culpable cuando viajo por motivos de trabajo pero... –Carolina negó con la cabeza–. Ahora desearía no haber aceptado este trabajo. Es un compromiso demasiado grande.
Paula había visto esa expresión de culpabilidad en muchas madres trabajadoras que intentaban hacer equilibrios para cuidar de sus hijos y, sin embargo, consiguió mantenerse distante. El hecho de mostrarse demasiado empática en el pasado había hecho que se aprovecharan de ella y no estaba dispuesta a que eso le sucediera otra vez.
–Cuando Valen se puso enferma dejé de trabajar tres meses. En mi profesión, la gente no tiene mucha memoria. Te consideran bueno o malo en función del último trabajo. Pensé que sería difícil... En cualquier caso, cuando me ofrecieron el papel en Face of Floriel, lo acepté. Entonces... –suspiró antes de continuar–. No pensar en las consecuencias es la historia de mi vida.
Culpable: Capítulo 9
Carolina alisó los papeles que había recogido del asiento trasero.
–¿Esa era la señorita Chaves? –le preguntó a su hermano–. Intuyo que no ha conseguido el trabajo. Una lástima. Quizá lo que necesitamos sea a alguien que se comporte como ella lo ha hecho contigo.
–Esto es un asunto privado, Caro –repuso el hermano.
Carolina leyó una de las referencias adjuntas.
–Pone que es empática con los niños y que es...
Pedro la interrumpió enfadado.
–Sí, lo sé, es perfecta.
Su hermana se quedó pensativa.
–¿Sabes?, creo que podría ser...
–Deja eso, Caro –le ordenó al ver que pasaba la página.
–Siento curiosidad –admitió–. ¿Quién es mejor que ella?
–Su currículum laboral es muy bueno.
–Quieres decir que es otra de las víctimas de Fernando.
–¿Qué diablos quieres decir con «otra de las víctimas»?
–Sé que en lo que se refiere a ese hombre no eres imparcial. No me mires así. Quiero a Fernando y es encantador, pero reconoce que es...
Sin avisar, Pedro detuvo el coche a un lado de la calzada.
–¿Intentas decirme que se te ha insinuado?
Al ver que su hermana soltaba una carcajada, suspiró y arrancó de nuevo. Avanzaron en silencio unos instantes y Carolina preguntó:
–¿Y si lo hubiera hecho?
–Lo mataría –contestó Pedro.
–Así que, ¿El hecho de que te haya salvado la vida lo autoriza a liarse con la señorita Chaves pero no con tu hermana?
–Cállate, Caro.
Ella miró a su hermano, sonrió, y continuó leyendo el currículum que describía a una persona con la que hasta los padres más paranoicos dejarían tranquilos a sus hijos.
–Hola, ¿Paula?
Paula, que estaba a punto de marcharse, se volvió y vió a la bella mujer de cabello moreno que había visto con Pedro Alfonso en la puerta de la habitación del hotel en el que se había visto obligada a pasar la noche. Esa mañana, la mujer morena llevaba unos pantalones vaqueros metidos dentro de unas botas altas de tacón y una chaqueta de cuero con cuello de piel. Tenía el cabello largo y moreno, y lo llevaba recogido en una coleta. A su lado, Paula sentía que su aspecto era inadecuado.
–No creo que a su novio le guste que la vean hablando conmigo.
–No me importa mucho lo que opine Pedro.
Su hermano no había reaccionado bien ante el comentario que ella le había hecho durante el desayuno acerca de que la actitud que tenía hacia esa mujer estaba influenciada por su madre y que, aunque alguien salvara la vida de otra persona, no significaba que fuera un santo. Además, cuando ella le contó su maravillosa idea él le sugirió que había perdido la cabeza.
–Y no es mi novio, es mi hermano.
–¡Su hermano! –«¿todos los miembros de la familia serán así de atractivos?».
La exclamación de Paula provocó que la chica sonriera.
–Me gustaría decir que él tiene el atractivo y yo la inteligencia pero estaría mintiendo. Inteligente o no, a veces Pedro puede comportarse como un estúpido siendo completamente leal a sus amigos, incluso aunque ellos no... –se calló a mitad de frase como si hubiese decidido morderse la lengua–. Por supuesto, pedir perdón no es algo que le resulte sencillo.
Paula resopló. La idea de que aquel hombre odioso quisiera disculparse era como una broma. Sabía que la hermana no tenía la culpa de nada, así que forzó una sonrisa, pero no pudo evitar comentar:
–Sobre todo cuando siempre tiene la razón.
–¡Uf! –exclamó la hermana–. Entonces, ¿Va a regresar a Londres?
Paula miró el reloj. Habían informado de que solo debían viajar aquellas personas para las que fuera estrictamente necesario, ya que todavía había posibilidad de inundaciones. Además, debido a la situación, esperaban que los trenes salieran con retraso.
–No tengo muchos motivos para quedarme aquí.
–Imagino que tendrá planes para las vacaciones de verano.
El comentario provocó que Paula suspirara. Sus vacaciones de verano quizá se alargaran más de lo que a ella le habría gustado. Pero había trabajado como profesora suplente en alguna ocasión y podría volver a hacerlo.
–¿Esa era la señorita Chaves? –le preguntó a su hermano–. Intuyo que no ha conseguido el trabajo. Una lástima. Quizá lo que necesitamos sea a alguien que se comporte como ella lo ha hecho contigo.
–Esto es un asunto privado, Caro –repuso el hermano.
Carolina leyó una de las referencias adjuntas.
–Pone que es empática con los niños y que es...
Pedro la interrumpió enfadado.
–Sí, lo sé, es perfecta.
Su hermana se quedó pensativa.
–¿Sabes?, creo que podría ser...
–Deja eso, Caro –le ordenó al ver que pasaba la página.
–Siento curiosidad –admitió–. ¿Quién es mejor que ella?
–Su currículum laboral es muy bueno.
–Quieres decir que es otra de las víctimas de Fernando.
–¿Qué diablos quieres decir con «otra de las víctimas»?
–Sé que en lo que se refiere a ese hombre no eres imparcial. No me mires así. Quiero a Fernando y es encantador, pero reconoce que es...
Sin avisar, Pedro detuvo el coche a un lado de la calzada.
–¿Intentas decirme que se te ha insinuado?
Al ver que su hermana soltaba una carcajada, suspiró y arrancó de nuevo. Avanzaron en silencio unos instantes y Carolina preguntó:
–¿Y si lo hubiera hecho?
–Lo mataría –contestó Pedro.
–Así que, ¿El hecho de que te haya salvado la vida lo autoriza a liarse con la señorita Chaves pero no con tu hermana?
–Cállate, Caro.
Ella miró a su hermano, sonrió, y continuó leyendo el currículum que describía a una persona con la que hasta los padres más paranoicos dejarían tranquilos a sus hijos.
–Hola, ¿Paula?
Paula, que estaba a punto de marcharse, se volvió y vió a la bella mujer de cabello moreno que había visto con Pedro Alfonso en la puerta de la habitación del hotel en el que se había visto obligada a pasar la noche. Esa mañana, la mujer morena llevaba unos pantalones vaqueros metidos dentro de unas botas altas de tacón y una chaqueta de cuero con cuello de piel. Tenía el cabello largo y moreno, y lo llevaba recogido en una coleta. A su lado, Paula sentía que su aspecto era inadecuado.
–No creo que a su novio le guste que la vean hablando conmigo.
–No me importa mucho lo que opine Pedro.
Su hermano no había reaccionado bien ante el comentario que ella le había hecho durante el desayuno acerca de que la actitud que tenía hacia esa mujer estaba influenciada por su madre y que, aunque alguien salvara la vida de otra persona, no significaba que fuera un santo. Además, cuando ella le contó su maravillosa idea él le sugirió que había perdido la cabeza.
–Y no es mi novio, es mi hermano.
–¡Su hermano! –«¿todos los miembros de la familia serán así de atractivos?».
La exclamación de Paula provocó que la chica sonriera.
–Me gustaría decir que él tiene el atractivo y yo la inteligencia pero estaría mintiendo. Inteligente o no, a veces Pedro puede comportarse como un estúpido siendo completamente leal a sus amigos, incluso aunque ellos no... –se calló a mitad de frase como si hubiese decidido morderse la lengua–. Por supuesto, pedir perdón no es algo que le resulte sencillo.
Paula resopló. La idea de que aquel hombre odioso quisiera disculparse era como una broma. Sabía que la hermana no tenía la culpa de nada, así que forzó una sonrisa, pero no pudo evitar comentar:
–Sobre todo cuando siempre tiene la razón.
–¡Uf! –exclamó la hermana–. Entonces, ¿Va a regresar a Londres?
Paula miró el reloj. Habían informado de que solo debían viajar aquellas personas para las que fuera estrictamente necesario, ya que todavía había posibilidad de inundaciones. Además, debido a la situación, esperaban que los trenes salieran con retraso.
–No tengo muchos motivos para quedarme aquí.
–Imagino que tendrá planes para las vacaciones de verano.
El comentario provocó que Paula suspirara. Sus vacaciones de verano quizá se alargaran más de lo que a ella le habría gustado. Pero había trabajado como profesora suplente en alguna ocasión y podría volver a hacerlo.
martes, 4 de diciembre de 2018
Culpable: Capítulo 8
–¿Podría dejar de llamarme así?
–¿Prefieres que te llame Pauli?
Ella pestañeó. Le resultaba extraño oír cómo aquel hombre la llamaba por el diminutivo con el que llamaban a su prima.
–Me llamo Paula. Y mis amigos me llaman Pau –tragó saliva. De pronto se sentía lejísimos de todos sus amigos.
–¿Ha oído alguna vez la frase quien siembra, cosecha, señorita Chaves?
–Si fuera cierto, caería algo del cielo y ¡Aplastaría su cabeza!
Una risa hizo que Paula se fijara en la mujer de cabello moreno, y vió que sonreía y levantaba los pulgares como signo de aprobación. Pedro miró a su hermana y después a Paula otra vez.
–¿Le importaría bajar el tono de voz?
–¿Por qué? Supongo que no es un secreto que usted es un abusón.
–Podemos intercambiar algunos insultos, si es lo que desea. ¿Cómo llamaría a una mujer que intenta seducir a hombres casados?
Paula lo miró boquiabierta.
–¿Perdón?
–Fernando Dane es un buen amigo mío.
Al oír el nombre, Paula palideció. De pronto, lo comprendió todo. ¡Aquel hombre creía que ella era Paulina!
–Ahora ya no tiene nada que decir.
Ella lo miró fijamente. Así que Fernando Dane y aquel hombre eran amigos.
–Un matrimonio contraído en el paraíso –murmuró ella.
–El matrimonio de Fernando sigue siendo fuerte, a pesar de que sus esfuerzos por separarlos.
–¿Mis esfuerzos? –negó con la cabeza–. Perdone, ¿Lo he comprendido bien? ¿Cree que su amigo Fernando es una víctima? –Paula soltó una carcajada.
Su prima había tardado mucho en recuperarse de la relación amorosa que había mantenido con el hombre casado que le había roto el corazón. Paulina, cuyo único pecado había sido ser confiada y seguir los deseos de su corazón. Y también había sido muy valiente. Otra persona se había quedado destrozada por lo que había sucedido, pero no Paulina. La admiración que Anna sentía por su prima estaba teñida de preocupación. Sí, Paulina había encontrado la felicidad, pero fácilmente podía haberse encontrado con otro hombre igual que Fernando Dane.
Paulina se había arriesgado, pero solo la idea de seguir su ejemplo hacía que Paula se estremeciera horrorizada. Todavía tenía pesadillas acerca de la noche en que había encontrado a su prima junto a un frasco semivacío de pastillas y una botella de licor. Sin embargo, había sacado algo positivo de aquella experiencia, saber que nunca permitiría que su corazón gobernara su cabeza. Miró a Pedro una vez más y resopló disgustada.
–Ha sido una pregunta estúpida, por supuesto que lo cree.
–Fernando también tuvo parte de culpa –admitió él, mirándola con impaciencia.
–Por lo menos lo reconoce –ladeó la cabeza y lo miró con desdén–. Así es como yo sé la historia. Un hombre casado que seduce a una chica inexperta y diez años más joven, un hombre que le dice que la quiere y que va a abandonar a su esposa para irse con ella –demasiado furiosa como para considerar sus palabras, soltó una carcajada y continuó–. Sí, la chica sabía que lo que hacía no estaba bien –la imagen de Paulina agarrada al frasco de pastillas invadió su memoria–. Pero lo hizo de todas maneras. Miente a su familia y, cuando él la abandona y regresa con su esposa, ella cree que su vida no tiene sentido. No estoy segura de cómo llamaría a un hombre así, pero le aseguro que «víctima» no sería la palabra.
Al menos no le había contado toda la historia. Aun así, Paula se sentía culpable y traicionera. Le había prometido a Paulina que nunca contaría a nadie lo que sabía, y era una promesa que había mantenido hasta ese momento. El único consuelo era que ese hombre pensaba que ella era la persona que había sido víctima de los actos de su amigo y, aunque odiaba que la consideraran como una víctima ingenua, prefería que la juzgara a ella antes de que despreciara a Paulina. Que pensara lo que quisiera. Estaba dispuesta a defender a su prima de sus burlas y acusaciones.
Pedro frunció el ceño. Aquella mujer había conseguido que él dudara brevemente acerca del hombre que le había salvado la vida. Era consciente de que, probablemente, ella había contado tantas veces aquella versión de lo sucedido que había llegado a creérselo. Resultaba más sencillo creer una mentira que admitir que había intentado seducir a un hombre casado. Respecto a la fidelidad dentro del matrimonio, Cesare lo tenía muy claro. O se era fiel o no se debía haber pronunciado unos votos que no se podían mantener. Ese era el motivo por el que él no pensaba contraer matrimonio. ¿Amar a la misma mujer durante toda la vida? ¿O incluso durante un año? Imposible. Y, si uno elegía la vía del matrimonio, descarriarse no era una opción. Era cierto que Fernando no se había comportado bien pero, al menos, había recapacitado a tiempo para salvar el matrimonio. En el fondo, Fernando era un buen hombre capaz de realizar actos desinteresados. Si no hubiese sido así, Pedro no estaría vivo, su amigo le había salvado la vida de forma desinteresada.
–Sube al coche, Caro –le dijo a su acompañante antes de volverse para darle la espalda a Paula.
Furiosa, Paula dió un paso adelante y se acercó al borde de la acera. En ese momento, pasó un autobús y le manchó el traje al salpicarla con el agua de un charco.
–Ni siquiera ha disminuido la velocidad –se quejó ella, mirando su traje manchado.
Justo antes de meterse en el coche, Pedro volvió la cabeza. Sin decir nada, la miró de arriba abajo y sonrió. «¡Le odio!».
–¿Prefieres que te llame Pauli?
Ella pestañeó. Le resultaba extraño oír cómo aquel hombre la llamaba por el diminutivo con el que llamaban a su prima.
–Me llamo Paula. Y mis amigos me llaman Pau –tragó saliva. De pronto se sentía lejísimos de todos sus amigos.
–¿Ha oído alguna vez la frase quien siembra, cosecha, señorita Chaves?
–Si fuera cierto, caería algo del cielo y ¡Aplastaría su cabeza!
Una risa hizo que Paula se fijara en la mujer de cabello moreno, y vió que sonreía y levantaba los pulgares como signo de aprobación. Pedro miró a su hermana y después a Paula otra vez.
–¿Le importaría bajar el tono de voz?
–¿Por qué? Supongo que no es un secreto que usted es un abusón.
–Podemos intercambiar algunos insultos, si es lo que desea. ¿Cómo llamaría a una mujer que intenta seducir a hombres casados?
Paula lo miró boquiabierta.
–¿Perdón?
–Fernando Dane es un buen amigo mío.
Al oír el nombre, Paula palideció. De pronto, lo comprendió todo. ¡Aquel hombre creía que ella era Paulina!
–Ahora ya no tiene nada que decir.
Ella lo miró fijamente. Así que Fernando Dane y aquel hombre eran amigos.
–Un matrimonio contraído en el paraíso –murmuró ella.
–El matrimonio de Fernando sigue siendo fuerte, a pesar de que sus esfuerzos por separarlos.
–¿Mis esfuerzos? –negó con la cabeza–. Perdone, ¿Lo he comprendido bien? ¿Cree que su amigo Fernando es una víctima? –Paula soltó una carcajada.
Su prima había tardado mucho en recuperarse de la relación amorosa que había mantenido con el hombre casado que le había roto el corazón. Paulina, cuyo único pecado había sido ser confiada y seguir los deseos de su corazón. Y también había sido muy valiente. Otra persona se había quedado destrozada por lo que había sucedido, pero no Paulina. La admiración que Anna sentía por su prima estaba teñida de preocupación. Sí, Paulina había encontrado la felicidad, pero fácilmente podía haberse encontrado con otro hombre igual que Fernando Dane.
Paulina se había arriesgado, pero solo la idea de seguir su ejemplo hacía que Paula se estremeciera horrorizada. Todavía tenía pesadillas acerca de la noche en que había encontrado a su prima junto a un frasco semivacío de pastillas y una botella de licor. Sin embargo, había sacado algo positivo de aquella experiencia, saber que nunca permitiría que su corazón gobernara su cabeza. Miró a Pedro una vez más y resopló disgustada.
–Ha sido una pregunta estúpida, por supuesto que lo cree.
–Fernando también tuvo parte de culpa –admitió él, mirándola con impaciencia.
–Por lo menos lo reconoce –ladeó la cabeza y lo miró con desdén–. Así es como yo sé la historia. Un hombre casado que seduce a una chica inexperta y diez años más joven, un hombre que le dice que la quiere y que va a abandonar a su esposa para irse con ella –demasiado furiosa como para considerar sus palabras, soltó una carcajada y continuó–. Sí, la chica sabía que lo que hacía no estaba bien –la imagen de Paulina agarrada al frasco de pastillas invadió su memoria–. Pero lo hizo de todas maneras. Miente a su familia y, cuando él la abandona y regresa con su esposa, ella cree que su vida no tiene sentido. No estoy segura de cómo llamaría a un hombre así, pero le aseguro que «víctima» no sería la palabra.
Al menos no le había contado toda la historia. Aun así, Paula se sentía culpable y traicionera. Le había prometido a Paulina que nunca contaría a nadie lo que sabía, y era una promesa que había mantenido hasta ese momento. El único consuelo era que ese hombre pensaba que ella era la persona que había sido víctima de los actos de su amigo y, aunque odiaba que la consideraran como una víctima ingenua, prefería que la juzgara a ella antes de que despreciara a Paulina. Que pensara lo que quisiera. Estaba dispuesta a defender a su prima de sus burlas y acusaciones.
Pedro frunció el ceño. Aquella mujer había conseguido que él dudara brevemente acerca del hombre que le había salvado la vida. Era consciente de que, probablemente, ella había contado tantas veces aquella versión de lo sucedido que había llegado a creérselo. Resultaba más sencillo creer una mentira que admitir que había intentado seducir a un hombre casado. Respecto a la fidelidad dentro del matrimonio, Cesare lo tenía muy claro. O se era fiel o no se debía haber pronunciado unos votos que no se podían mantener. Ese era el motivo por el que él no pensaba contraer matrimonio. ¿Amar a la misma mujer durante toda la vida? ¿O incluso durante un año? Imposible. Y, si uno elegía la vía del matrimonio, descarriarse no era una opción. Era cierto que Fernando no se había comportado bien pero, al menos, había recapacitado a tiempo para salvar el matrimonio. En el fondo, Fernando era un buen hombre capaz de realizar actos desinteresados. Si no hubiese sido así, Pedro no estaría vivo, su amigo le había salvado la vida de forma desinteresada.
–Sube al coche, Caro –le dijo a su acompañante antes de volverse para darle la espalda a Paula.
Furiosa, Paula dió un paso adelante y se acercó al borde de la acera. En ese momento, pasó un autobús y le manchó el traje al salpicarla con el agua de un charco.
–Ni siquiera ha disminuido la velocidad –se quejó ella, mirando su traje manchado.
Justo antes de meterse en el coche, Pedro volvió la cabeza. Sin decir nada, la miró de arriba abajo y sonrió. «¡Le odio!».
Culpable: Capítulo 7
–Sé que Valen necesita mucha atención y que puede resultar agotador. ¿Qué tal ha ido la fisioterapia esta semana? ¿Ha colaborado? Espero que te acordaras de...
La voz de su hermana se desvaneció entre la multitud de viajeros que salían de la estación. Una mujer llamó su atención. Tenía el cabello de color cobrizo y se dirigía hacia su hermano mirándolo fijamente con sus ojos azules, como si fuera un ángel vengativo. Al verla, él esperó. No había provocado ese encuentro, pero tampoco pensaba evitarlo. A medida que ella se acercaba, notó que el molesto sentimiento de culpa que no había querido reconocer se disipaba. La mujer que se aproximaba no parecía una gatita maltratada, sino más bien una mujer sexy que se movía con la gracia de un felino. La mujer que habría provocado el caos en la pequeña comunidad. Al ver que ella se volvía para recolocarse la bolsa que llevaba en el hombro, apretó los dientes. No pudo evitar fijarse en su trasero firme y redondeado y, al instante, experimentó un fuerte calor en la entrepierna. Era la prueba de que aquella mujer representaba un peligro para los hombres. ¡Y en un par de meses podría haber encandilado a todos los casados de la zona!
–¿La conoces? –preguntó Carolina, mirando a su hermano con curiosidad.
–Mantente al margen de todo esto, Caro.
Paula miró de arriba abajo a la mujer despampanante que acompañaba a Pedro Alfonso y se fijó en su vestido, en los zapatos de tacón de aguja y en su cazadora de cuero de motorista. Una combinación atrevida que ella lucía con mucho estilo. Paula enderezó los hombros, respiró hondo y señaló a Pedro de manera acusadora.
–¡Tú! –exclamó.
Él arqueó una ceja y ladeó la cabeza.
–¿Señora Chaves?
–Me has pisoteado, y me gustaría saber por qué.
–Es mala perdedora, señorita Chaves.
Ella alzó la barbilla y dijo orgullosa:
–Pero una profesora excelente.
Él frunció el ceño al ver que ella se abrazaba pero continuaba temblando.
–¿Por qué no llevas abrigo?
–Lo he perdido –contestó entre dientes y desconcertada–. ¿Por qué lo has hecho? –preguntó. Le resultaba imposible comprender cómo alguien era capaz de haber hecho algo parecido.
–Mi trabajo es asegurarme de que la escuela tenga el mejor director posible y, simplemente, tú no estás a la altura del trabajo – agarró el codo de la mujer morena–. Si me disculpas.
–¡No! –exclamó ella, y lo agarró del brazo.
Él la miró sorprendido y le sujetó la mano. Paula la retiró y la frotó contra su muslo para borrar la sensación de sus fuertes dedos.
–Hay algo más. Lo sé...
–¿Aparte de su incompetencia?
–Los demás pensaron que era competente. Y lo soy –comentó enfadada y se contuvo para no darle una bofetada–. Hasta que llegaste, el comité pensaba que era la persona adecuada para el trabajo.
–En el papel parecía la candidata adecuada.
El comentario hizo que Carolina se fijara en la carpeta que su hermano había lanzado al asiento de atrás.
–¿Adecuada? –preguntó Paula.
Pedro apartó la mirada de sus labios sensuales.
–Estoy seguro de que está acostumbrada a sonreír para conseguir lo que quiere. Ser guapa no garantiza tener privilegios en la vida
Paula pestañeó. ¿Guapa? Esperaba encontrar sarcasmo en su mirada, pero solo vió rabia y algo más que no era capaz de definir pero que provocó que se le formara un nudo en el estómago. No era una mujer guapa. «Por un momento pensé que eras Martina». Había escuchado ese comentario montones de veces en su vida y por fin lo había comprendido. Su prima mayor, a la que admiraba y quería, era una mujer guapa. La belleza era algo sutil. Tenía pecas, la boca demasiado grande y la nariz ligeramente torcida. No estaba mal, pero Paulina era despampanante. Su prima podía haber disfrutado de cualquier hombre, sin embargo, se había enamorado del canalla que había estado a punto de arruinarle la vida.
–Si hay alguien que tenga privilegios... –soltó una carcajada–. ¿Sabes lo que creo? Creo que te gusta demostrar que eres importante porque no lo eres, en realidad eres un abusón –él la miró tan sorprendido que ella estuvo a punto de reírse–. ¿Cuál es tu entretenimiento? ¿Dar patadas a los perritos?
–No me parece un comentario apropiado, señorita Chaves.
No era un cachorrito, pero aquella mujer sexy y pelirroja tenía algo de felino.
La voz de su hermana se desvaneció entre la multitud de viajeros que salían de la estación. Una mujer llamó su atención. Tenía el cabello de color cobrizo y se dirigía hacia su hermano mirándolo fijamente con sus ojos azules, como si fuera un ángel vengativo. Al verla, él esperó. No había provocado ese encuentro, pero tampoco pensaba evitarlo. A medida que ella se acercaba, notó que el molesto sentimiento de culpa que no había querido reconocer se disipaba. La mujer que se aproximaba no parecía una gatita maltratada, sino más bien una mujer sexy que se movía con la gracia de un felino. La mujer que habría provocado el caos en la pequeña comunidad. Al ver que ella se volvía para recolocarse la bolsa que llevaba en el hombro, apretó los dientes. No pudo evitar fijarse en su trasero firme y redondeado y, al instante, experimentó un fuerte calor en la entrepierna. Era la prueba de que aquella mujer representaba un peligro para los hombres. ¡Y en un par de meses podría haber encandilado a todos los casados de la zona!
–¿La conoces? –preguntó Carolina, mirando a su hermano con curiosidad.
–Mantente al margen de todo esto, Caro.
Paula miró de arriba abajo a la mujer despampanante que acompañaba a Pedro Alfonso y se fijó en su vestido, en los zapatos de tacón de aguja y en su cazadora de cuero de motorista. Una combinación atrevida que ella lucía con mucho estilo. Paula enderezó los hombros, respiró hondo y señaló a Pedro de manera acusadora.
–¡Tú! –exclamó.
Él arqueó una ceja y ladeó la cabeza.
–¿Señora Chaves?
–Me has pisoteado, y me gustaría saber por qué.
–Es mala perdedora, señorita Chaves.
Ella alzó la barbilla y dijo orgullosa:
–Pero una profesora excelente.
Él frunció el ceño al ver que ella se abrazaba pero continuaba temblando.
–¿Por qué no llevas abrigo?
–Lo he perdido –contestó entre dientes y desconcertada–. ¿Por qué lo has hecho? –preguntó. Le resultaba imposible comprender cómo alguien era capaz de haber hecho algo parecido.
–Mi trabajo es asegurarme de que la escuela tenga el mejor director posible y, simplemente, tú no estás a la altura del trabajo – agarró el codo de la mujer morena–. Si me disculpas.
–¡No! –exclamó ella, y lo agarró del brazo.
Él la miró sorprendido y le sujetó la mano. Paula la retiró y la frotó contra su muslo para borrar la sensación de sus fuertes dedos.
–Hay algo más. Lo sé...
–¿Aparte de su incompetencia?
–Los demás pensaron que era competente. Y lo soy –comentó enfadada y se contuvo para no darle una bofetada–. Hasta que llegaste, el comité pensaba que era la persona adecuada para el trabajo.
–En el papel parecía la candidata adecuada.
El comentario hizo que Carolina se fijara en la carpeta que su hermano había lanzado al asiento de atrás.
–¿Adecuada? –preguntó Paula.
Pedro apartó la mirada de sus labios sensuales.
–Estoy seguro de que está acostumbrada a sonreír para conseguir lo que quiere. Ser guapa no garantiza tener privilegios en la vida
Paula pestañeó. ¿Guapa? Esperaba encontrar sarcasmo en su mirada, pero solo vió rabia y algo más que no era capaz de definir pero que provocó que se le formara un nudo en el estómago. No era una mujer guapa. «Por un momento pensé que eras Martina». Había escuchado ese comentario montones de veces en su vida y por fin lo había comprendido. Su prima mayor, a la que admiraba y quería, era una mujer guapa. La belleza era algo sutil. Tenía pecas, la boca demasiado grande y la nariz ligeramente torcida. No estaba mal, pero Paulina era despampanante. Su prima podía haber disfrutado de cualquier hombre, sin embargo, se había enamorado del canalla que había estado a punto de arruinarle la vida.
–Si hay alguien que tenga privilegios... –soltó una carcajada–. ¿Sabes lo que creo? Creo que te gusta demostrar que eres importante porque no lo eres, en realidad eres un abusón –él la miró tan sorprendido que ella estuvo a punto de reírse–. ¿Cuál es tu entretenimiento? ¿Dar patadas a los perritos?
–No me parece un comentario apropiado, señorita Chaves.
No era un cachorrito, pero aquella mujer sexy y pelirroja tenía algo de felino.
Culpable: Capítulo 6
Tal y como era apropiado, Pedro se había detenido para felicitar al candidato elegido después de que terminaran las entrevistas. Para él no había sido difícil tomar una decisión, sin embargo, el comité había tenido que debatir, y la decisión final no había sido unánime. Recordó la mirada dolida de aquellos ojos de color azul cobalto y trató de ignorarla. Estaba seguro de que ella llevaba toda la vida empleando la misma fórmula. La expresividad de sus ojos y su manera de pestañear para contener las lágrimas y mantener la compostura habían conseguido que él tuviera que apretar los dientes. Los miembros del comité que seguían defendiendo la primera elección se habrían disgustado menos si hubiesen sabido lo que él sabía acerca de la señorita Chaves.
–Así que te parece buena idea construir una oficina en el prado después de que derrumbemos el...
Pedro centró la atención en la conversación con su hermana.
–Bien... Bien...
Sus carcajadas provocaron que la gente los mirara.
–¿Qué pasa? –preguntó él, enfadado.
–No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho.
Él la miró con impaciencia y abrió la puerta del pasajero.
–Sube al coche, ¿Quieres?
Ella arqueó las cejas.
–Estás de mal humor, hermanito, pero no lo pagues conmigo –le advirtió.
–No estoy de mal humor –tenía las cosas claras en lo que se refería al bienestar de los niños.
Esa vez la risa de su hermana quedó ahogada por el anuncio que explicaba que debido a las inundaciones la línea de trenes con destino a Edimburgo estaba cortada. Malas noticias para los pasajeros que empezaban a vagar resignados por la estación.
–Afortunadamente, decidí tomar el tren anterior –comentó Carolina.
Paula se estremeció bajo la fina chaqueta que llevaba. El nudo que tenía en la garganta apenas le dejaba respirar. Al verlo, el estruendo que retumbaba en su cabeza se hizo más fuerte. Estaba allí de pie, como si fuera el dueño del lugar, sin apartarse para dejar paso porque esperaba que otros lo hicieran. Estaba en medio y la gente tenía que disculparse por haberse chocado con él. Y ella había hecho lo mismo, aunque en su caso, ¡además había permitido que la pisoteara! Había permanecido allí sentada escuchando lo que él le decía durante la entrevista. Si ella le hubiera dicho lo que pensaba de él no estaría sintiéndose...
–¡Ha sido patético! –exclamó en voz alta.
–¿Se encuentra bien, cariño?
Paula forzó una sonrisa y miró a la pareja de ancianos que se había acercado a ella.
–Sí, estoy bien... –mintió.
Se calló al ver que aquel hombre alto y odioso agarraba del codo a su bella acompañante. Respiró hondo y cerró los ojos. Era su oportunidad para decirle lo que realmente pensaba de él. Miró a la pareja y asintió, recogió su bolsa y se adentró entre la multitud.
–Esperaba que trajeras a Valentina. ¿Se encuentra bien?
Mientras su hermana miraba a su alrededor como si esperara que su hija se materializara, Pedro abrió la puerta del lado del pasajero.
–Está bien –la tranquilizó–. He venido directamente de hacer las entrevistas para el puesto de director.
–¿Había muchos candidatos? –Carolina miró la carpeta que estaba abierta sobre el asiento del pasajero y miró el nombre que aparecía en la primera página–. Espero que más de uno.
–Más de uno –repuso el hermano. Le quitó el currículum vitae de las manos y lo tiró al asiento trasero.
Su hermana no hizo ademán de entrar en el coche. Estaba mirando a su hermano fijamente.
–Estás raro. ¿Estás seguro de que Valen está bien? ¿No ha pasado nada?
–Se podría disculpar a un hombre por pensar que no crees que es capaz de cuidar de una niña de cinco años –a pesar de su comentario, Pedro no se sentía ofendido. Era consciente de lo difícil que le resultaba a su hermana delegar la responsabilidad en lo que a su hija se refería, y sabía que él no servía como sustituto de la niñera habitual, que se había roto una pierna. Por suerte, tardaría en recuperarse menos tiempo del que su sobrina había estado confinada en la cama a causa del fuerte dolor de cadera que le provocaba la enfermedad de Perthes.
–Así que te parece buena idea construir una oficina en el prado después de que derrumbemos el...
Pedro centró la atención en la conversación con su hermana.
–Bien... Bien...
Sus carcajadas provocaron que la gente los mirara.
–¿Qué pasa? –preguntó él, enfadado.
–No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho.
Él la miró con impaciencia y abrió la puerta del pasajero.
–Sube al coche, ¿Quieres?
Ella arqueó las cejas.
–Estás de mal humor, hermanito, pero no lo pagues conmigo –le advirtió.
–No estoy de mal humor –tenía las cosas claras en lo que se refería al bienestar de los niños.
Esa vez la risa de su hermana quedó ahogada por el anuncio que explicaba que debido a las inundaciones la línea de trenes con destino a Edimburgo estaba cortada. Malas noticias para los pasajeros que empezaban a vagar resignados por la estación.
–Afortunadamente, decidí tomar el tren anterior –comentó Carolina.
Paula se estremeció bajo la fina chaqueta que llevaba. El nudo que tenía en la garganta apenas le dejaba respirar. Al verlo, el estruendo que retumbaba en su cabeza se hizo más fuerte. Estaba allí de pie, como si fuera el dueño del lugar, sin apartarse para dejar paso porque esperaba que otros lo hicieran. Estaba en medio y la gente tenía que disculparse por haberse chocado con él. Y ella había hecho lo mismo, aunque en su caso, ¡además había permitido que la pisoteara! Había permanecido allí sentada escuchando lo que él le decía durante la entrevista. Si ella le hubiera dicho lo que pensaba de él no estaría sintiéndose...
–¡Ha sido patético! –exclamó en voz alta.
–¿Se encuentra bien, cariño?
Paula forzó una sonrisa y miró a la pareja de ancianos que se había acercado a ella.
–Sí, estoy bien... –mintió.
Se calló al ver que aquel hombre alto y odioso agarraba del codo a su bella acompañante. Respiró hondo y cerró los ojos. Era su oportunidad para decirle lo que realmente pensaba de él. Miró a la pareja y asintió, recogió su bolsa y se adentró entre la multitud.
–Esperaba que trajeras a Valentina. ¿Se encuentra bien?
Mientras su hermana miraba a su alrededor como si esperara que su hija se materializara, Pedro abrió la puerta del lado del pasajero.
–Está bien –la tranquilizó–. He venido directamente de hacer las entrevistas para el puesto de director.
–¿Había muchos candidatos? –Carolina miró la carpeta que estaba abierta sobre el asiento del pasajero y miró el nombre que aparecía en la primera página–. Espero que más de uno.
–Más de uno –repuso el hermano. Le quitó el currículum vitae de las manos y lo tiró al asiento trasero.
Su hermana no hizo ademán de entrar en el coche. Estaba mirando a su hermano fijamente.
–Estás raro. ¿Estás seguro de que Valen está bien? ¿No ha pasado nada?
–Se podría disculpar a un hombre por pensar que no crees que es capaz de cuidar de una niña de cinco años –a pesar de su comentario, Pedro no se sentía ofendido. Era consciente de lo difícil que le resultaba a su hermana delegar la responsabilidad en lo que a su hija se refería, y sabía que él no servía como sustituto de la niñera habitual, que se había roto una pierna. Por suerte, tardaría en recuperarse menos tiempo del que su sobrina había estado confinada en la cama a causa del fuerte dolor de cadera que le provocaba la enfermedad de Perthes.
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