martes, 4 de diciembre de 2018

Culpable: Capítulo 8

–¿Podría dejar de llamarme así?

–¿Prefieres que te llame Pauli?

Ella pestañeó. Le resultaba extraño oír cómo aquel hombre la llamaba por el diminutivo con el que llamaban a su prima.

–Me llamo Paula. Y mis amigos me llaman Pau –tragó saliva. De pronto se sentía lejísimos de todos sus amigos.

–¿Ha oído alguna vez la frase quien siembra, cosecha, señorita Chaves?

–Si fuera cierto, caería algo del cielo y ¡Aplastaría su cabeza!

Una risa hizo que Paula se fijara en la mujer de cabello moreno, y vió que sonreía y levantaba los pulgares como signo de aprobación. Pedro miró a su hermana y después a Paula otra vez.

–¿Le importaría bajar el tono de voz?

–¿Por qué? Supongo que no es un secreto que usted es un abusón.

–Podemos intercambiar algunos insultos, si es lo que desea. ¿Cómo llamaría a una mujer que intenta seducir a hombres casados?

Paula lo miró boquiabierta.

–¿Perdón?

–Fernando Dane es un buen amigo mío.

Al oír el nombre, Paula palideció. De pronto, lo comprendió todo. ¡Aquel hombre creía que ella era Paulina!

–Ahora ya no tiene nada que decir.

Ella lo miró fijamente. Así que Fernando Dane y aquel hombre eran amigos.

–Un matrimonio contraído en el paraíso –murmuró ella.

–El matrimonio de Fernando sigue siendo fuerte, a pesar de que sus esfuerzos por separarlos.

–¿Mis esfuerzos? –negó con la cabeza–. Perdone, ¿Lo he comprendido bien? ¿Cree que su amigo Fernando es una víctima? –Paula soltó una carcajada.

Su prima había tardado mucho en recuperarse de la relación amorosa que había mantenido con el hombre casado que le había roto el corazón. Paulina, cuyo único pecado había sido ser confiada y seguir los deseos de su corazón. Y también había sido muy valiente. Otra persona se había quedado destrozada por lo que había sucedido, pero no Paulina. La admiración que Anna sentía por su prima estaba teñida de preocupación. Sí, Paulina había encontrado la felicidad, pero fácilmente podía haberse encontrado con otro hombre igual que Fernando Dane.

Paulina se había arriesgado, pero solo la idea de seguir su ejemplo hacía que Paula se estremeciera horrorizada. Todavía tenía pesadillas acerca de la noche en que había encontrado a su prima junto a un frasco semivacío de pastillas y una botella de licor. Sin embargo, había sacado algo positivo de aquella experiencia, saber que nunca permitiría que su corazón gobernara su cabeza. Miró a Pedro una vez más y resopló disgustada.

–Ha sido una pregunta estúpida, por supuesto que lo cree.

–Fernando también tuvo parte de culpa –admitió él, mirándola con impaciencia.

–Por lo menos lo reconoce –ladeó la cabeza y lo miró con desdén–. Así es como yo sé la historia. Un hombre casado que seduce a una chica inexperta y diez años más joven, un hombre que le dice que la quiere y que va a abandonar a su esposa para irse con ella –demasiado furiosa como para considerar sus palabras, soltó una carcajada y continuó–. Sí, la chica sabía que lo que hacía no estaba bien –la imagen de Paulina agarrada al frasco de pastillas invadió su memoria–. Pero lo hizo de todas maneras. Miente a su familia y, cuando él la abandona y regresa con su esposa, ella cree que su vida no tiene sentido. No estoy segura de cómo llamaría a un hombre así, pero le aseguro que «víctima» no sería la palabra.

Al menos no le había contado toda la historia. Aun así, Paula se sentía culpable y traicionera. Le había prometido a Paulina que nunca contaría a nadie lo que sabía, y era una promesa que había mantenido hasta ese momento. El único consuelo era que ese hombre pensaba que ella era la persona que había sido víctima de los actos de su amigo y, aunque odiaba que la consideraran como una víctima ingenua, prefería que la juzgara a ella antes de que despreciara a Paulina. Que pensara lo que quisiera. Estaba dispuesta a defender a su prima de sus burlas y acusaciones.

Pedro frunció el ceño. Aquella mujer había conseguido que él dudara brevemente acerca del hombre que le había salvado la vida. Era consciente de que, probablemente, ella había contado tantas veces aquella versión de lo sucedido que había llegado a creérselo. Resultaba más sencillo creer una mentira que admitir que había intentado seducir a un hombre casado. Respecto a la fidelidad dentro del matrimonio, Cesare lo tenía muy claro. O se era fiel o no se debía haber pronunciado unos votos que no se podían mantener. Ese era el motivo por el que él no pensaba contraer matrimonio. ¿Amar a la misma mujer durante toda la vida? ¿O incluso durante un año? Imposible. Y, si uno elegía la vía del matrimonio, descarriarse no era una opción. Era cierto que Fernando no se había comportado bien pero, al menos, había recapacitado a tiempo para salvar el matrimonio. En el fondo, Fernando era un buen hombre capaz de realizar actos desinteresados. Si no hubiese sido así, Pedro no estaría vivo,  su amigo le había salvado la vida de forma desinteresada.

–Sube al coche, Caro –le dijo a su acompañante antes de volverse para darle la espalda a Paula.

Furiosa, Paula dió un paso adelante y se acercó al borde de la acera. En ese momento, pasó un autobús y le manchó el traje al salpicarla con el agua de un charco.

–Ni siquiera ha disminuido la velocidad –se quejó ella, mirando su traje manchado.

Justo antes de meterse en el coche, Pedro volvió la cabeza. Sin decir nada, la miró de arriba abajo y sonrió. «¡Le odio!».

Culpable: Capítulo 7

–Sé que Valen necesita mucha atención y que puede resultar agotador. ¿Qué tal ha ido la fisioterapia esta semana? ¿Ha colaborado? Espero que te acordaras de...

La voz de su hermana se desvaneció entre la multitud de viajeros que salían de la estación. Una mujer llamó su atención. Tenía el cabello de color cobrizo y se dirigía hacia su hermano mirándolo fijamente con sus ojos azules, como si fuera un ángel vengativo. Al verla, él esperó. No había provocado ese encuentro, pero tampoco pensaba evitarlo. A medida que ella se acercaba, notó que el molesto sentimiento de culpa que no había querido reconocer se disipaba. La mujer que se aproximaba no parecía una gatita maltratada, sino más bien una mujer sexy que se movía con la gracia de un felino. La mujer que habría provocado el caos en la pequeña comunidad. Al ver que ella se volvía para recolocarse la bolsa que llevaba en el hombro, apretó los dientes. No pudo evitar fijarse en su trasero firme y redondeado y, al instante, experimentó un fuerte calor en la entrepierna. Era la prueba de que aquella mujer representaba un peligro para los hombres. ¡Y en un par de meses podría haber encandilado a todos los casados de la zona!

–¿La conoces? –preguntó Carolina, mirando a su hermano con curiosidad.

–Mantente al margen de todo esto, Caro.

Paula miró de arriba abajo a la mujer despampanante que acompañaba a Pedro Alfonso y se fijó en su vestido, en los zapatos de tacón de aguja y en su cazadora de cuero de motorista. Una combinación atrevida que ella lucía con mucho estilo. Paula enderezó los hombros, respiró hondo y señaló a Pedro de manera acusadora.

–¡Tú! –exclamó.

Él arqueó una ceja y ladeó la cabeza.

–¿Señora Chaves?

–Me has pisoteado, y me gustaría saber por qué.

–Es mala perdedora, señorita Chaves.

Ella alzó la barbilla y dijo orgullosa:

–Pero una profesora excelente.

Él frunció el ceño al ver que ella se abrazaba pero continuaba temblando.

–¿Por qué no llevas abrigo?

–Lo he perdido –contestó entre dientes y desconcertada–. ¿Por qué lo has hecho? –preguntó. Le resultaba imposible comprender cómo alguien era capaz de haber hecho algo parecido.

–Mi trabajo es asegurarme de que la escuela tenga el mejor director posible y, simplemente, tú no estás a la altura del trabajo – agarró el codo de la mujer morena–. Si me disculpas.

–¡No! –exclamó ella, y lo agarró del brazo.

Él la miró sorprendido y le sujetó la mano. Paula la retiró y la frotó contra su muslo para borrar la sensación de sus fuertes dedos.

–Hay algo más. Lo sé...

–¿Aparte de su incompetencia?

–Los demás pensaron que era competente. Y lo soy –comentó enfadada y se contuvo para no darle una bofetada–. Hasta que llegaste, el comité pensaba que era la persona adecuada para el trabajo.

–En el papel parecía la candidata adecuada.

El comentario hizo que Carolina se fijara en la carpeta que su hermano había lanzado al asiento de atrás.

–¿Adecuada? –preguntó Paula.

Pedro apartó la mirada de sus labios sensuales.

–Estoy seguro de que está acostumbrada a sonreír para conseguir lo que quiere. Ser guapa no garantiza tener privilegios en la vida

Paula pestañeó. ¿Guapa? Esperaba encontrar sarcasmo en su mirada, pero solo vió rabia y algo más que no era capaz de definir pero que provocó que se le formara un nudo en el estómago. No era una mujer guapa. «Por un momento pensé que eras Martina». Había escuchado ese comentario montones de veces en su vida y por fin lo había comprendido. Su prima mayor, a la que admiraba y quería, era una mujer guapa. La belleza era algo sutil. Tenía pecas, la boca demasiado grande y la nariz ligeramente torcida. No estaba mal, pero Paulina era despampanante. Su prima podía haber disfrutado de cualquier hombre, sin embargo, se había enamorado del canalla que había estado a punto de arruinarle la vida.

–Si hay alguien que tenga privilegios... –soltó una carcajada–. ¿Sabes lo que creo? Creo que te gusta demostrar que eres importante porque no lo eres, en realidad eres un abusón –él la miró tan sorprendido que ella estuvo a punto de reírse–. ¿Cuál es tu entretenimiento? ¿Dar patadas a los perritos?

–No me parece un comentario apropiado, señorita Chaves.

No era un cachorrito, pero aquella mujer sexy y pelirroja tenía algo de felino.

Culpable: Capítulo 6

Tal y como era apropiado, Pedro se había detenido para felicitar al candidato elegido después de que terminaran las entrevistas. Para él no había sido difícil tomar una decisión, sin embargo, el comité había tenido que debatir, y la decisión final no había sido unánime. Recordó la mirada dolida de aquellos ojos de color azul cobalto y trató de ignorarla. Estaba seguro de que ella llevaba toda la vida empleando la misma fórmula. La expresividad de sus ojos y su manera de pestañear para contener las lágrimas y mantener la compostura habían conseguido que él tuviera que apretar los dientes. Los miembros del comité que seguían defendiendo la primera elección se habrían disgustado menos si hubiesen sabido lo que él sabía acerca de la señorita Chaves.

–Así que te parece buena idea construir una oficina en el prado después de que derrumbemos el...

Pedro centró la atención en la conversación con su hermana.

–Bien... Bien...

Sus carcajadas provocaron que la gente los mirara.

–¿Qué pasa? –preguntó él, enfadado.

–No has escuchado ni una palabra de lo que he dicho.

Él la miró con impaciencia y abrió la puerta del pasajero.

–Sube al coche, ¿Quieres?

Ella arqueó las cejas.

–Estás de mal humor, hermanito, pero no lo pagues conmigo –le advirtió.

–No estoy de mal humor –tenía las cosas claras en lo que se refería al bienestar de los niños.

Esa vez la risa de su hermana quedó ahogada por el anuncio que explicaba que debido a las inundaciones la línea de trenes con destino a Edimburgo estaba cortada. Malas noticias para los pasajeros que empezaban a vagar resignados por la estación.


–Afortunadamente, decidí tomar el tren anterior –comentó Carolina.


Paula se estremeció bajo la fina chaqueta que llevaba. El nudo que tenía en la garganta apenas le dejaba respirar. Al verlo, el estruendo que retumbaba en su cabeza se hizo más fuerte. Estaba allí de pie, como si fuera el dueño del lugar, sin apartarse para dejar paso porque esperaba que otros lo hicieran. Estaba en medio y la gente tenía que disculparse por haberse chocado con él. Y ella había hecho lo mismo, aunque en su caso, ¡además había permitido que la pisoteara! Había permanecido allí sentada escuchando lo que él le decía durante la entrevista. Si ella le hubiera dicho lo que pensaba de él no estaría sintiéndose...

–¡Ha sido patético! –exclamó en voz alta.

–¿Se encuentra bien, cariño?

Paula forzó una sonrisa y miró a la pareja de ancianos que se había acercado a ella.

–Sí, estoy bien... –mintió.

Se calló al ver que aquel hombre alto y odioso agarraba del codo a su bella acompañante. Respiró hondo y cerró los ojos. Era su oportunidad para decirle lo que realmente pensaba de él. Miró a la pareja y asintió, recogió su bolsa y se adentró entre la multitud.

–Esperaba que trajeras a Valentina. ¿Se encuentra bien?

Mientras su hermana miraba a su alrededor como si esperara que su hija se materializara, Pedro abrió la puerta del lado del pasajero.

–Está bien –la tranquilizó–. He venido directamente de hacer las entrevistas para el puesto de director.

–¿Había muchos candidatos? –Carolina miró la carpeta que estaba abierta sobre el asiento del pasajero y miró el nombre que aparecía en la primera página–. Espero que más de uno.

–Más de uno –repuso el hermano. Le quitó el currículum vitae de las manos y lo tiró al asiento trasero.

Su hermana no hizo ademán de entrar en el coche. Estaba mirando a su hermano fijamente.

–Estás raro. ¿Estás seguro de que Valen está bien? ¿No ha pasado nada?

–Se podría disculpar a un hombre por pensar que no crees que es capaz de cuidar de una niña de cinco años –a pesar de su comentario, Pedro no se sentía ofendido. Era consciente de lo difícil que le resultaba a su hermana delegar la responsabilidad en lo que a su hija se refería, y sabía que él no servía como sustituto de la niñera habitual, que se había roto una pierna. Por suerte, tardaría en recuperarse menos tiempo del que su sobrina había estado confinada en la cama a causa del fuerte dolor de cadera que le provocaba la enfermedad de Perthes.

Culpable: Capítulo 5

–Permita que le plantee una situación hipotética, señorita Chaves.

Paula sonrió y asintió. «Adelante», pensó. El orgullo provocó que saliera de la sala con la espalda derecha y la cabeza bien alta, deteniéndose un instante para mostrar su agradecimiento a los miembros del comité. No estaba dispuesta a permitir que Pedro Alfonso tuviera el placer de verla derrumbarse.

Pedro no evitó mirarla ni trató de ocultar su sonrisa condescendiente. La expresión de su rostro indicaba que estaba satisfecho con el trabajo que había hecho. Los otros miembros del comité permanecieron en silencio, sin mirarla, y quizá fuera mejor así porque, si le hubieran hecho algún comentario amable, se habría derrumbado.

–Le pediré un taxi.

Su oferta no denotaba amabilidad, así que Paula pudo mantener la compostura hasta que su mirada se cruzó con la de su acosador. Mantener la compostura sí, pero no ocultar el dolor que transmitía la mirada de sus ojos azules. Él fue el primero en bajar la vista para apuntar algo en la hoja de papel que había sobre la mesa. Ella sospechaba que había trazado una línea sobre su nombre. ¿Por qué lo había hecho? ¿Solo porque podía hacerlo? ¿Y por qué ella se lo había permitido?

Una vez en el pasillo, Paula sintió que el coraje la abandonaba y se derrumbó como si fuera una marioneta a la que le habían cortado los hilos. Empezaba a tener una fuerte migraña y se apoyó en la pared, sintiendo el frío de los baldosines a través de la tela de la blusa. Se había dejado el abrigo en una silla de la sala, pero prefería agarrar una neumonía antes que entrar a por él. Se fijó en el reloj que había colgado en la pared de enfrente y comprobó que solo habían pasado cinco minutos después de que hubiera estado a punto de conseguir el trabajo de sus sueños. Pedro Alfonso había necesitado menos de cinco minutos para lograr que aparentara ser una estúpida incompetente. ¡Y ella se lo había permitido! Con una mueca de disgusto, comenzó a avanzar por el pasillo.

El taxi estaba esperándola fuera. Una vez dentro, comenzó a pensar en todas las respuestas posibles para las preguntas aparentemente inocentes que él le había hecho. Él la había guiado hacia el borde de un agujero, pero ella lo había saltado. ¡Y él lo había disfrutado! Paula era una persona que creía firmemente que, por lo general, la gente era buena y no quería pensar que él había disfrutado gracias a su nerviosismo. Pero era cierto. Se miró las manos y vió que estaba temblando. En ese momento, tomó una decisión. Habían llegado a su hotel.

–¿Le importaría esperarme? – no se sentía segura para conducir de vuelta hasta Inverness con el coche de alquiler, y no le importaba cuánto podía cobrarle el taxista por el trayecto.

Después de contactar con la empresa de alquiler de vehículos y asegurarles que pagaría por los gastos de recogida del vehículo, Paula juntó sus cosas en menos de treinta segundos. Había reservado una habitación para dos noches en un hotel con vistas al puerto, pero el lugar había perdido su encanto, igual que las Highlands. El recuerdo de un entorno seguro y familiar provocó que se sintiera nostálgica. Todos tenían razón. Mudarse allí había sido una idea malísima, y no porque no hubiera hombres, tal y como le había sugerido Martina, sino porque estaba aquel hombre. Alguien en quien ni siquiera podía pensar sin desear romper algo. Su cabeza, por ejemplo. Subió al taxi de nuevo, se abrochó el cinturón y cerró la puerta.

–A la estación de Inverness, por favor.

Paula ya estaba sentada en el tren cuando pidieron a los pasajeros que se bajaran de nuevo. Los trenes de la línea entre Inverness y Glasgow no podían circular debido a las fuertes lluvias.

–Dicen que el granizo es del tamaño de pelotas de golf.

A los pasajeros que pidieron el horario de autobuses les dijeron que los conductores tampoco querían arriesgarse y que no había servicio. Paula solía tomarse las cosas con filosofía, pero ese día la invadía la rabia y la frustración. ¿Era posible que tuviera un día peor? Por supuesto que sí. No paraban de sucederle cosas, y ese hombre no hacía más que aparecer. Dos veces no eran demasiadas, pero a ella le parecían muchas más. Pedro Alfonso estaba junto a un lujoso coche que indicaba que no provenía de un hogar tradicionalmente pobre. Paula estaba segura de que él se había convertido en un hombre tan desagradable a causa de tener dinero. Lo que Pedro había hecho con ella era un abuso de poder. Era inexplicable que una persona pudiera disfrutar haciendo sufrir a otra. Y tenía la sensación de que había sido algo personal. Si el hombre no hubiese sido un completo desconocido, habría pensado que la entrevista podía haber estado amañada. Quizá a él no le gustaran las mujeres pelirrojas quienes, en su opinión, tenían mala fama. Su personalidad no era más fuerte que la de los demás. De hecho, se consideraba una mujer tranquila.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Culpable: Capítulo 4

Pedro reconocía que era fácil ser despreciativo cuando no se había experimentado la sensualidad que proyectaba aquella mujer. Su boca incitaba al pecado. Sus labios prometían momentos apasionados a todos aquellos afortunados que pudieran saborearlos. A medida que se apiadaba de su amigo, aumentaba su desprecio por la mujer que había empleado la sensualidad como arma.

–No la entretendré demasiado, señorita Chaves. ¿Le importaría sentarse de nuevo?

Puesto que no era una opción, Paula obedeció y se fijó en la mirada crítica y poco amistosa que seguía cada uno de sus movimientos.

–La señorita Chaves ha viajado en tren toda la noche. Debe de estar muy cansada –comentó el concejal local antes de tomar asiento.

–Nos está viendo en el mejor momento. El invierno aquí es muy largo.

De su comentario se deducía que él pensaba que ella se pondría a llorar en cuanto comenzara a nevar. ¡Y eso se lo decía un forastero!

–¿Ha vivido aquí mucho tiempo, señor Alfonso?

Paula se percató de que los miembros del comité se miraban divertidos. ¿Por qué les parecía tan gracioso lo que había dicho?

–Toda mi vida.

La única mujer que había en el comité fue la que explicó la broma.

–Los Alfonso Zolezzi llevan muchísimo tiempo siendo generosos benefactores de la comunidad, y Pedro dedica un tiempo de su apretada agenda para ejercer como miembro del consejo escolar.

Paula se percató de que él esbozaba una sonrisa, pero no la miraba. Su voz era grave y dulce a la vez pero no tenía ningún acento escocés a pesar de que pertenecía a la familia Alfonso Zolezzi.
 Bajó la vista. Suponiendo que consiguiera el trabajo, ¿Eso significaba que tendría que trabajar con él? La idea hizo que se le acelerara el corazón. Con suerte, toda su implicación en la escuela no era más que firmar los cheques. Al ver que él volvía a dirigirse a ella, se esforzó para no estremecerse.

–Cuénteme, ¿cuánto tiempo lleva enseñando?

–Cinco, no, cuatro...

Su intensa mirada provocó que se sonrojara, una de las maldiciones de su condición de pelirroja.

–Cinco años y medio –contestó al fin.

Pedro apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia ella. La voracidad que ocultaba su sonrisa hizo que Paula se sintiera como Caperucita Roja. Aunque aquel hombre hacía que el lobo pareciera benévolo.

Culpable: Capítulo 3

Al ver que llevaba un elegante traje gris que realzaba su cuerpo musculoso, ella sintió un cosquilleo de deseo en el estómago y miró hacia otro lado, fijándose en que sus dedos estaban blancos a causa de la fuerza con la que agarraba el picaporte. Tenía que recuperar el control. El ambiente había cambiado.

Pedro había entrado en la sala y, al ver a una bella mujer, se había sentido fuertemente atraído por ella. El sentimiento era tan intenso que ni siquiera disminuyó cuando, al reconocerla, la rabia lo invadió por dentro. Había estado a punto de enfrentarse a ella allí mismo, delante de todos los miembros del comité Por desgracia, no había sido capaz de controlar la testosterona que provocaba un fuerte calor en su entrepierna. Pero, desde la adolescencia, había aprendido a controlar a sus hormonas, impidiendo que gobernaran su vida. En su opinión, un hombre no podía controlar ninguna situación a menos que pudiera controlarse a sí mismo. Y a Pedro le gustaba mantener el control. Tenía dos cosas claras: aquella mujer no tenía autoridad moral para ser profesora y, sin embargo, se había ganado la simpatía del comité. Era cierto que, si la hubiese conocido por primera vez, quizá no habría adivinado que tras esa cara angelical se escondía una arpía de primera clase. Pero a pesar de saber lo que aquella mujer era capaz de hacer, debía hacer un esfuerzo para que no le afectara la intensa mirada de sus ojos azules. No permitiría que la semilla de la duda germinara en su interior, y estaba seguro de que podría convencer a los otros miembros del comité de que bajo aquel vestido de bibliotecaria sexy, y detrás de aquella sonrisa, estaba la persona equivocada para el puesto de trabajo que ofrecían. Sin embargo, sería completamente imparcial y le daría la oportunidad de que ella misma lo demostrara. Se sentó tras la larga mesa y se fijó en su cabello brillante.

La última vez que la vió, lo que le llamó la atención no fue el color de su pelo sino lo que estaba haciendo: besar en público y de manera apasionada a su mejor amigo, un hombre casado. A pesar de todo, Pedro recordaba que el color de su cabello era rojizo. Fernando siempre se había sentido atraído por las pelirrojas pero se había casado con una rubia y, a pesar de que aquella mujer había intentado destrozar su matrimonio, seguía casado con ella. Continuó observando el rostro de la mujer que había estado a punto de destrozar el matrimonio de su amigo y sintió que un fuerte deseo se apoderaba de él. Sabía que su reacción era la respuesta primitiva de un hombre hacia una bella mujer. Fernando no se había percatado de ello, pero es que su amigo siempre había sido un romántico y frecuentemente confundía el sexo con el amor. La noche en cuestión, Fernando lo había seguido fuera del restaurante, alcanzándolo justo cuando estaba a punto de meterse en el coche.

–No es lo que crees.

Pedro no contestó a su amigo. No era quién para dar la aprobación que su amigo Fernando estaba buscando.

–No le dirás nada a Laura, ¿Verdad? Está bien, lo siento, sé que no se lo contarías.

Pedro cerró la puerta de un golpe y se volvió hacia su amigo. ¿Cómo un hombre tan inteligente podía ser tan estúpido?

–Alguien se lo contará. No habéis sido nada discretos.

–Lo sé, lo sé, pero es el cumpleaños de Martina y quería llevarla a un sitio agradable. Es una mujer increíble y muy bella...

Al parecer, a Fernando no se le había ocurrido que a su amante le vendría bien que su mujer lo descubriera y lo obligara a tomar una elección. Ella debía de estar muy segura de sí misma. Pedro se cruzó de brazos y se apoyó en el coche. Tuvo que contenerse para no agarrar a su amigo por el cuello y preguntarle a qué diablos estaba jugando, pero Fernando decidió confesarse y contárselo todo. Reconocía muy bien la situación que le había descrito su amigo. La mujer no solo sabía lo que hacer dentro de un dormitorio sino que sabía cómo manipular a un hombre aprovechando sus puntos débiles. Había halagado a Fernando, y así había conseguido despertar su instinto protector. Estaba seguro de que ella refinaría esa técnica con el paso de los años y de que, quizá, se convertiría en una experta como su madre, a la que había visto recorrer Europa dejando a su paso a una larga lista de hombres con el corazón roto.

–¿Qué habrías hecho tú si fueras yo?

El comentario enfadó a Pedro, puesto que no era capaz de imaginarse en una situación similar. Para empezar, no tenía intención de casarse nunca, aunque comprendía que algunos hombres estaban hechos para el matrimonio y que Paul era uno de ellos.

–Yo no soy tú. Creía que Laura y tú eran felices.

–Lo somos.

–¿Y la quieres?

–Quiero a las dos, claro que sí, pero Martina es tan... Ella me necesita. Si rompiera con ella, se moriría. ¡Me ama!

Culpable: Capítulo 2

Paula se había puesto en pie, justo en el momento en el que alguien llamó a la puerta, provocando que el entrevistador dejara la frase incompleta. Ella tuvo que contenerse para no suspirar al ver al hombre que había entrado. Debía de tener unos treinta años, era alto, musculoso y tremendamente atractivo. Tenía una sonrisa sensual, largas pestañas y facciones marcadas. El cabello negro alborotado y los zapatos manchados de barro.

Paula no pudo oír lo que él le decía a los miembros del comité, pero sí percibió el aura de pura masculinidad que proyectaba. ¡Habría sido imposible no hacerlo! La acusada sexualidad que desprendía aquel hombre se entremezclaba con un potente halo de autoridad. ¿Era posible que fuera el miembro del comité al que habían disculpado por su ausencia? Si así era, Paula se alegraba de que hubiera llegado tarde, puesto que le costaba sostenerle la mirada sin sonrojarse. ¡Y lo peor de todo era que el ardor que la invadía no solo se manifestaba en sus mejillas! La probabilidad de que hubiera podido aguantar toda la entrevista sin quedar en ridículo era escasa. Estaba inquieta, posiblemente debido al estrés acumulado por la entrevista y el largo viaje hasta el norte. Fuera lo que fuera, nunca había experimentado una reacción como aquella ante ningún hombre. Incluso sentía un cosquilleo en el cuero cabelludo. Asombrada por su reacción, entrelazó los dedos y apretó las manos con fuerza para intentar controlarse. Él miró hacia otro lado por unos instantes y cuando volvió a mirarla, ella se estremeció. Desde luego, la intención de aquella mirada no era cautivarla.

Durante un instante, ella pensó que aquellos ojos de color de acero mostraban un destello de apreciación, pero enseguida se percató de que no era así y tuvo que esforzarse para recuperar la compostura cuando el presidente del comité hizo las presentaciones necesarias.

–Pedro, esta es la señorita Chaves, nuestra última candidata, aunque no por ello menos cualificada.

Paula puso una cálida sonrisa de aprobación.

–Hay té y galletas en el despacho. La señora Sinclair se ocupará de usted –el presidente se echó a un lado para permitir que Anna saliera de la sala y se volvió para hablar con el hombre alto de piel aceitunada y nombre de origen italiano–. La señorita Chaves se ausentará unos minutos mientras nosotros... Ah, señorita Chaves, este es Pedro Alfonso. Él es el motivo por el que la escuela disfruta de la buena relación con los negocios locales que usted tanto alabó.

Paula estaba tan aturdida que ni siquiera recordaba el comentario que había hecho al respecto.

–Señor Alfonso –contestó tratando de aparentar tranquilidad a pesar de que él la miró de forma penetrante.

–Paula también estaba impresionada por nuestro enfoque ecológico.

Paula tenía la mano en el picaporte de la puerta pero se detuvo al oír que decía:

–Gracias a la previsión y generosidad de Pedro, la escuela no solo produce suficiente electricidad para autoabastecerse sino que también vende el sobrante a la red. Hubo un momento en que se hablaba de tener que cerrar la escuela, igual que ha pasado con muchas otras, antes de que Pedro se interesara por ella de manera personal.

Se hizo una pausa y Paula supo que esperaban una respuesta. Asintió y dijo:

–Yo también tengo interés personal.

La mujer del comité habló en voz alta:

–¿Y cómo está la pequeña Valentina? La hemos echado de menos, Zolezzi.

–Aburrida.

Al parecer, el señor Alfonso, ¿O era Zolezzi?, era padre. Supuestamente, la niña iría acompañada de una madre que sería tan glamurosa como su padre. ¿Gente adinerada que se había ganado el corazón de los lugareños? A pesar de su cinismo, también contemplaba que sus motivos hubieran sido puramente altruistas. En cualquier caso, sabía que había muchas escuelas pequeñas al borde del cierre que habrían envidiado al pueblo su rico benefactor. Y era una lástima que lo necesitaran.

–Señorita Chaves –Pedro Alfonso dió un paso hacia Paula y ella agarró el picaporte con fuerza–. Debo disculparme por mi retraso. No parecía sincero, y su sonrisa no era muy convincente. Paula tenía la sensación de que no le caía bien a ese hombre. Contestó con una sonrisa forzada y, momentos después, él le preguntó:–¿Le importa que le haga algunas preguntas personales? –

«Como por ejemplo si ha destrozado algún matrimonio recientemente...». Por supuesto, él sabía la respuesta. Las mujeres como ella no solían cambiar, e iban por la vida dejando una estela de destrucción.

–Por supuesto que no –mintió Paula mientras Pedro se quitaba el abrigo que llevaba.