Si fuera cierto que la perfección se consigue con la práctica, la sonrisa de Paula habría transmitido la mezcla justa de seguridad y deferencia. Sin embargo, mientras exponía su opinión acerca de los cambios recientes que se habían llevado a cabo en el programa de educación primaria, su corazón latía con fuerza bajo la chaqueta de lana de color rosa que llevaba. Trató de hablar con seguridad, alzó la barbilla e intentó relajarse. Al fin y al cabo, solo era un trabajo. ¿Solo un trabajo? ¿A quién pretendía engañar? Aquel trabajo era importante para ella, y se había percatado de ello cuando tuvo que elegir entre asistir a la entrevista para trabajar en una escuela local de renombre, que estaba a poca distancia de su casa, y donde sabía que tenía muchas posibilidades, o a la entrevista para conseguir una plaza en una escuela remota que se encontraba en la costa del noroeste de Escocia, un trabajo para el que nunca se habría presentado si no hubiese leído un artículo en la sala de espera del dentista. En realidad, deseaba ese trabajo más de lo que había deseado nada en mucho tiempo.
–Por supuesto queremos que los jóvenes se conviertan en personas cultas pero la disciplina es importante, ¿No cree, señorita Chaves?
Paula asintió.
–Por supuesto –se dirigió a la mujer que le había hecho la pregunta antes de mirar al resto del comité–, pero creo que en un ambiente en el que los niños se sientan valorados y en el que se les ayude a desarrollar su potencial, la disciplina no suele ser un problema. Al menos, esa ha sido mi experiencia en el aula.
El hombre calvo que estaba sentado a su derecha miró el papel que tenía delante.
–¿Y únicamente tiene experiencia en colegios urbanos? –sonrió a sus compañeros del comité–. Usted no está acostumbrada a una comunidad rural como esta, ¿Verdad?
Anna, que esperaba que le hicieran esa pregunta, se relajó y asintió. Sus amigos y familiares ya le habían hecho la misma observación, insinuando que en menos de un mes habría perdido las ganas de vivir en ese desierto cultural. Curiosamente, las personas que no le habían dado una opinión negativa habían sido aquellas que odiaban la idea más que nadie. Si su tía Juana y su tío Gerardo, cuya única hija se había ido a vivir a Canadá, se hubieran echado las manos a la cabeza al oír que la sobrina a la que siempre habían tratado como a una hija también iba a marcharse, habría sido comprensible, pero no, la pareja la había apoyado como siempre.
–Es cierto, pero...
–Aquí pone que tiene buenos conocimientos de galés.
–Hace mucho que no lo practico pero viví en Harris hasta los ocho años. Mi padre era veterinario. Me mudé a Londres tras el fallecimiento de mis padres –Paula no recordaba el terrible accidente del que había salido ilesa. La gente decía que había sido un milagro, pero ella creía que los milagros eran algo mejor–. Vivir y trabajar en las Highlands será regresar a mis orígenes, algo que siempre he deseado hacer.
La convicción de que su vida, si no su corazón helado, pertenecía a las Highlands, había hecho que ignorara los consejos y presentara la solicitud para la plaza de profesora en la pequeña escuela de primaria de una zona aislada de la costa noroeste de Escocia. A pesar de que se había separado de Marcos, y que la boda había sido fallida, ¡no estaba huyendo! Apretó los dientes, alzó la mandíbula y trató de no pensar en ello. Marcos, el hombre al que ella nunca había conseguido convencer para ir de vacaciones a un lugar sin sol y arena, y mucho menos al norte del país, se habría desconcertado con su decisión, pero su desconcierto ya no era un factor a tener en cuenta. Ella era un ser libre y les deseaba, a él y a su modelo de ropa interior, toda la felicidad que merecían, y, si eso incluía que la mujer rubia y delgada ganara unos cuantos kilos de peso, ¡mucho mejor! A pesar de que Paula ya no estaba destrozada por la separación, seguía siendo humana. Demostraría que podía hacerlo, pero primero tenía que conseguir el trabajo. Se concentró para mantener una actitud positiva, confiando en que fuera suficiente para convencer al comité de que le dieran una oportunidad.
–Muy bien, señorita Chaves, muchas gracias por haber venido. ¿Hay alguna cosa que quiera preguntarnos?
Paula, que tenía pensada una lista de preguntas prácticas e inteligentes para un momento como ese, negó con la cabeza.
–Entonces, si no le importa esperar en la sala de profesores un momento... Aunque creo que no soy el único que piensa que nos ha impresionado...
jueves, 29 de noviembre de 2018
Culpable: Sinopsis
Tenía que recibir lecciones de pasión… Paula estaba a punto de conseguir el trabajo de sus sueños cuando se lo arrebataron todo. Y solo había un hombre al que se podía culpar. Pedro Alfonso, un antiguo piloto de carreras, creía que Paula era la mujer que estuvo a punto de terminar con el matrimonio de su mejor amigo. Pero, cuando ella llegó a la preciosa finca que Pedro tenía en Escocia para trabajar como empleada de su hermana, él experimentó una atracción que no había sentido en años. Pronto, empezó a cuestionarse la idea que tenía de ella. Porque, bajo la insolente actitud de Paula, había una inocencia irresistible que Pedro no podía dejar sin explorar…
martes, 27 de noviembre de 2018
No Quiero Perderte: Epílogo
–Casi sospecho que intentas mantenerme alejada de nuestra casa –Paula miro a su marido con suspicacia.
Después de casi seis meses de matrimonio él todavía la intrigaba en ocasiones. Habían estado paseando por San Francisco toda la tarde, desde el Presidio, a través de Fisherman´s Wharf, y él seguía encontrando nuevos lugares para ir.
–¿Yo? Sólo pretendía comprarte un par de pendientes. ¿Es un delito? –Pedro la miró divertido.
–Ya me has comprado un vestido nuevo, un par de zapatos, lencería provocativa y medias de seda con liga de encaje. Cualquiera pensaría que intentas vestirme para una ocasión especial.
–Me gusta ir de compras a veces. El negocio ha ido tan bien últimamente que ¿por qué no disfrutar de los beneficios?
–Agradezco la generosidad, y estoy muy orgullosa de tu éxito, pero estoy preparada para volver a casa –en su nueva casa quedaban muchas cosas por hacer pero ya se había convertido en un santuario para ellos. En lo alto de una colina, con un jardín pequeño y una vista incomparable de la bahía, prometía ser el lugar perfecto cuando terminaran la reforma.
–Bueno, si insistes –Pedro sonrió de forma misteriosa.
Paula se detuvo de golpe.
–¿Me das permiso para ir a casa?
–Claro, ¿Por qué no? –sonrió–. Podemos ir y relajarnos con una copa de vino. Mañana es domingo.
–Uf –Paula se recolocó una bolsa en el hombro. Pedro llevaba las otras tres–. Empezaba a pensar que me ibas a hacer caminar todo el fin de semana por la ciudad.
–Pero primero una cosa. Tenemos que pasar por mi oficina de camino.
Paula suspiró.
–Sabía que habría algo más.
–He olvidado un papel importante –el brillo de su mirada la hizo sospechar–. Pero no te preocupes, tomaremos un taxi.
Pedro le dijo al taxista que esperara en la puerta del edificio donde tenía la oficina en la tercera planta. Una vez dentro, Paula se sorprendió al encontrar una botella de champán enfriándose en una cubitera.
–¿Quién ha puesto esto aquí? –tocó las gotas de agua que escurrían por el cubo–. Está helado.
–¿Y qué más da? –Pedro abrió la botella y sirvió dos copas–. Bebamos.
Paula miró a su alrededor. Todo lo demás parecía igual. Aceptó la copa y bebió un sorbo.
–Mmm, está delicioso.
–Estoy de acuerdo. Es lo que recomienda el médico después de un largo día de compras. Ahora, cámbiate de ropa.
–Estás muy mandón de repente. ¿Qué pasa?
Pedro se encogió de hombros.
–Llevaré las bolsas a la sala de conferencias para que tengas un poco de intimidad –agarró las bolsas y las llevó.
–¿Intimidad? –Paula frunció el ceño–. Estamos casados.
–Lo sé. Dímelo si necesitas ayuda con la lencería –con una pícara sonrisa, cerró la puerta y la dejó a solas con las compras.
Paula salió luciendo su vestido nuevo de color verde y él puso una gran sonrisa.
–Me habría quedado mejor con unos pendientes, pero no está mal.
–¡Pero bueno! –ella puso las manos en sus caderas–. ¿Qué pasa? ¿El taxi sigue esperándonos abajo? Si es así, vamos a tomarlo antes de que se vaya. No estoy segura de que pueda caminar ni dos pasos con estos zapatos.
–Entonces, vamos –Pedro la agarró del brazo y la guió escaleras abajo.
A pesar de que Paula le hizo un interrogatorio durante el trayecto a casa, no consiguió que le contara nada. Se detuvieron frente a la casa y ella no vio nada sospechoso.
–¿Por qué voy tan elegantemente vestida?
–¿Y por qué no? –Pedro pagó al taxista–. Vamos dentro a relajarnos –subió los escalones hasta la puerta y ella lo siguió–. Uy, me he olvidado la llave. ¿Tienes la tuya?
–Claro –frunció el ceño y buscó la llave en el bolso.
Pedro nunca se olvidaba ni perdía nada. Eso hacía que ella sospechara aún más. Metió la llave en la cerradura y la giró. Al empujar la puerta, un haz de luz la deslumbró y después vió que el salón de su casa estaba lleno de gente.
–¡Sorpresa!
Paula podía haberse caído por los escalones si Pedro no hubiera estado detrás para sujetarla.
–Es la celebración de nuestra boda –le susurró al oído–. Algunos meses más tarde, pero más vale tarde que nunca.
–Oh, Pedro –las lágrimas se agolparon en sus ojos al ver a sus amigas del instituto y de la universidad.
¡Incluso estaban su antigua niñera y compañeros de la guardería! Toda la gente que habría invitado a la boda si hubiese tenido tiempo de anunciarles que se iba a casar. Su padre dió un paso adelante y la besó en la mejilla.
–Estás preciosa, cariño.
–Gracias. Todo es culpa de Pedro –se secó una lágrima y levantó la vista–. ¡Las paredes están pintadas!
Pedro y ella habían estado pintando, emplasteciendo, lijando y barnizando durante varios fines de semana. Él había insistido en hacer casi todo el trabajo y no permitió que ella pagara por nada. Como resultado, la reforma parecía que iba a tardar una década en terminarse. De pronto, todo parecía perfecto.
Pedro la abrazó y dijo:
–Hoy he traído a un equipo. Quince chicos en total. Me prometieron que terminarían todo en una tarde, y parece que han cumplido con su palabra –guió a Paula hasta el salón, donde las paredes tenían un color amarillo pálido tal y como ella quería.
–Es precioso.
Saludaron a los amigos y hablaron, rieron, bebieron y comieron. Después, bailaron en la terraza hasta que sol empezó a salir por el horizonte. Pedro la agarró y la volteó. Después la abrazó con fuerza.
–¿Me perdonas por haberte tenido toda la tarde desconcertada?
–Te perdono, mi amor. Te perdono por todo.
La risa y las lágrimas se mezclaron en un beso apasionado que los trasladó a su mundo particular.
FIN
Después de casi seis meses de matrimonio él todavía la intrigaba en ocasiones. Habían estado paseando por San Francisco toda la tarde, desde el Presidio, a través de Fisherman´s Wharf, y él seguía encontrando nuevos lugares para ir.
–¿Yo? Sólo pretendía comprarte un par de pendientes. ¿Es un delito? –Pedro la miró divertido.
–Ya me has comprado un vestido nuevo, un par de zapatos, lencería provocativa y medias de seda con liga de encaje. Cualquiera pensaría que intentas vestirme para una ocasión especial.
–Me gusta ir de compras a veces. El negocio ha ido tan bien últimamente que ¿por qué no disfrutar de los beneficios?
–Agradezco la generosidad, y estoy muy orgullosa de tu éxito, pero estoy preparada para volver a casa –en su nueva casa quedaban muchas cosas por hacer pero ya se había convertido en un santuario para ellos. En lo alto de una colina, con un jardín pequeño y una vista incomparable de la bahía, prometía ser el lugar perfecto cuando terminaran la reforma.
–Bueno, si insistes –Pedro sonrió de forma misteriosa.
Paula se detuvo de golpe.
–¿Me das permiso para ir a casa?
–Claro, ¿Por qué no? –sonrió–. Podemos ir y relajarnos con una copa de vino. Mañana es domingo.
–Uf –Paula se recolocó una bolsa en el hombro. Pedro llevaba las otras tres–. Empezaba a pensar que me ibas a hacer caminar todo el fin de semana por la ciudad.
–Pero primero una cosa. Tenemos que pasar por mi oficina de camino.
Paula suspiró.
–Sabía que habría algo más.
–He olvidado un papel importante –el brillo de su mirada la hizo sospechar–. Pero no te preocupes, tomaremos un taxi.
Pedro le dijo al taxista que esperara en la puerta del edificio donde tenía la oficina en la tercera planta. Una vez dentro, Paula se sorprendió al encontrar una botella de champán enfriándose en una cubitera.
–¿Quién ha puesto esto aquí? –tocó las gotas de agua que escurrían por el cubo–. Está helado.
–¿Y qué más da? –Pedro abrió la botella y sirvió dos copas–. Bebamos.
Paula miró a su alrededor. Todo lo demás parecía igual. Aceptó la copa y bebió un sorbo.
–Mmm, está delicioso.
–Estoy de acuerdo. Es lo que recomienda el médico después de un largo día de compras. Ahora, cámbiate de ropa.
–Estás muy mandón de repente. ¿Qué pasa?
Pedro se encogió de hombros.
–Llevaré las bolsas a la sala de conferencias para que tengas un poco de intimidad –agarró las bolsas y las llevó.
–¿Intimidad? –Paula frunció el ceño–. Estamos casados.
–Lo sé. Dímelo si necesitas ayuda con la lencería –con una pícara sonrisa, cerró la puerta y la dejó a solas con las compras.
Paula salió luciendo su vestido nuevo de color verde y él puso una gran sonrisa.
–Me habría quedado mejor con unos pendientes, pero no está mal.
–¡Pero bueno! –ella puso las manos en sus caderas–. ¿Qué pasa? ¿El taxi sigue esperándonos abajo? Si es así, vamos a tomarlo antes de que se vaya. No estoy segura de que pueda caminar ni dos pasos con estos zapatos.
–Entonces, vamos –Pedro la agarró del brazo y la guió escaleras abajo.
A pesar de que Paula le hizo un interrogatorio durante el trayecto a casa, no consiguió que le contara nada. Se detuvieron frente a la casa y ella no vio nada sospechoso.
–¿Por qué voy tan elegantemente vestida?
–¿Y por qué no? –Pedro pagó al taxista–. Vamos dentro a relajarnos –subió los escalones hasta la puerta y ella lo siguió–. Uy, me he olvidado la llave. ¿Tienes la tuya?
–Claro –frunció el ceño y buscó la llave en el bolso.
Pedro nunca se olvidaba ni perdía nada. Eso hacía que ella sospechara aún más. Metió la llave en la cerradura y la giró. Al empujar la puerta, un haz de luz la deslumbró y después vió que el salón de su casa estaba lleno de gente.
–¡Sorpresa!
Paula podía haberse caído por los escalones si Pedro no hubiera estado detrás para sujetarla.
–Es la celebración de nuestra boda –le susurró al oído–. Algunos meses más tarde, pero más vale tarde que nunca.
–Oh, Pedro –las lágrimas se agolparon en sus ojos al ver a sus amigas del instituto y de la universidad.
¡Incluso estaban su antigua niñera y compañeros de la guardería! Toda la gente que habría invitado a la boda si hubiese tenido tiempo de anunciarles que se iba a casar. Su padre dió un paso adelante y la besó en la mejilla.
–Estás preciosa, cariño.
–Gracias. Todo es culpa de Pedro –se secó una lágrima y levantó la vista–. ¡Las paredes están pintadas!
Pedro y ella habían estado pintando, emplasteciendo, lijando y barnizando durante varios fines de semana. Él había insistido en hacer casi todo el trabajo y no permitió que ella pagara por nada. Como resultado, la reforma parecía que iba a tardar una década en terminarse. De pronto, todo parecía perfecto.
Pedro la abrazó y dijo:
–Hoy he traído a un equipo. Quince chicos en total. Me prometieron que terminarían todo en una tarde, y parece que han cumplido con su palabra –guió a Paula hasta el salón, donde las paredes tenían un color amarillo pálido tal y como ella quería.
–Es precioso.
Saludaron a los amigos y hablaron, rieron, bebieron y comieron. Después, bailaron en la terraza hasta que sol empezó a salir por el horizonte. Pedro la agarró y la volteó. Después la abrazó con fuerza.
–¿Me perdonas por haberte tenido toda la tarde desconcertada?
–Te perdono, mi amor. Te perdono por todo.
La risa y las lágrimas se mezclaron en un beso apasionado que los trasladó a su mundo particular.
FIN
No Quiero Perderte: Capítulo 44
–Me habían hecho propuestas, papá. Varias. Algunas de hombres que apenas conocía. Cuando uno tiene dinero hay todo tipo de gente que quiere casarse contigo para poder poner las manos en él. Si hubiese querido que alguien se casara conmigo por dinero, podría haberlo hecho por mí misma –respiró hondo–. Estaba esperando para casarme con alguien que quisiera casarse conmigo sin que quisiera mi dinero. Alguien que estuviera interesado en mí.
Miguel miró a Pedro y volvió a mirar a Paula.
–Imagino que el valiente gesto del señor Alfonso de tirarme el millón de dólares a la cara, te demuestra que es un hombre de ese calibre.
–Eso ayudó. Nunca sabremos qué habría pasado si no le hubieras ofrecido el dinero, pero al menos sé que él me quiere al margen del dinero –Paula dió un paso hacia Miguel.
–Papá… –le agarró una de las manos–. Quiero creer que tu intención era buena. Que querías que me casara con un buen hombre y fuera feliz. No te culpo por tratar de manipular la situación, puesto que así es como acostumbras a hacer las cosas –tragó saliva–. Pero por favor, en el futuro, deja que tome mis propias elecciones en la vida como yo quiera.
Miguel asintió con el rostro nublado por la emoción.
–Haré lo que pueda. Aunque no me resultará fácil –puso una irónica sonrisa–. Como ya sabes, estoy acostumbrado a dirigir el cotarro.
–Bueno, Pedro y yo dirigiremos nuestra vida a partir de ahora. Estaremos encantados de que nos apoyes, pero también nos gustaría solucionar las cosas por nosotros mismos.
–Comprendido –su expresión era una mezcla de ternura y orgullo.
Era evidente que respetaba a Paula por haberse enfrentado a él. Pedro se aclaró la garganta. Había llegado el momento de que él hablara.
–Pido disculpas por mi papel en todo esto. Debería haber rechazado tu oferta desde el primer momento. Eso me lo decía mi instinto pero, igual que tú, veía cierta simetría en la propuesta. Quizá sea que los hombres tendemos a convertir cualquier situación en un asunto de negocios. En cualquier caso, me arrepiento de haberle hecho daño a Pau, sobre todo porque desde el primer momento supe que era la mujer adecuada para mí, con dinero o sin él.
Miró a Paula y vió que las lágrimas inundaban su mirada. Notó una fuerte presión en el pecho y se contuvo para no estrecharla entre sus brazos.
–Para demostrárselo, tendré que pasar el resto de mi vida con ella.
–Tengo la sensación de que se lo vas a demostrar muy bien –Miguel se acercó a él y agarró la mano de Pedro entre las suyas–. Me caíste bien desde el primer momento. Aunque he de reconocer que he cambiado de opinión en alguna ocasión –arqueó una ceja–, pero mantengo mi opinión inicial acerca de que serás un esposo excelente para mi hija. Les deseo un matrimonio feliz y duradero. Más duradero que los pocos años que compartí con la madre de Pau. Nunca conocí a otra mujer que mereciera la pena.
Paula comenzó a llorar.
–Oh, papá. Yo también echo de menos a mamá todavía. Nunca hablabas de ella.
–Me temo que todavía me hace mucho daño –acarició el brazo de Paula–. Un amor así sólo aparece una vez en la vida. Soy afortunado por haberlo disfrutado cuando lo hice –miró a Pedro–. Confío en ustedes para que me den nietos, por supuesto.
–Lo imaginábamos –Pedro le guiñó un ojo a Paula–. Pero nosotros elegiremos los nombres.
–¿Paula te ha contado lo de la tradición familiar?
–Me temo que sí, y pretendemos crear nuestras propias tradiciones –se le ocurrió una idea–. Me gustaría invitarlos a cenar para celebrar el nuevo comienzo para todos.
–Estupendo –contestó Paula con una amplia sonrisa.
Pedro se volvió hacia Miguel.
–Muy bien –Miguel arqueó una ceja–. ¿Pero estás seguro de poder permitírtelo? Los Chaves tenemos gustos muy caros.
–Yo no –se quejó Paula–. Nuestro restaurante tailandés favorito no es nada caro. Estoy segura de que a tí también te gustaría, papá, si te atrevieras a probarlo.
–Quizá es hora de que amplíe mis horizontes.
–Entonces, vamos –Pedro rodeó a Paula con el brazo.
Ella sonrió y lo abrazó también.
–Y esta vez vamos a permanecer todos juntos. Sin secretos ni sorpresas.
–Lo prometo –Pedro bajó la cabeza para besarla.
El aroma de su piel se apoderó de él, provocando que deseara tenerla entre sus brazos para siempre. Miguel se aclaró la garganta e interrumpió el momento romántico.
–Guarden los cariños para luego, chicos.
–De acuerdo, papá. Haremos lo posible. Hemos estado separados casi una semana, así que tenemos que recuperar el tiempo perdido.
–Estoy seguro de que lo harán.
–Sí, lo haremos –Pedro miró a Paula a los ojos–. Tenemos toda una vida por delante para disfrutar el uno del otro.
Cuando Miguel se adelantó para abrir la puerta, oyeron que decía:
–Sin duda. Pero sinceramente creo que merezco un poco de respeto.
Pero ellos estaban demasiado ocupados besándose como para contestar.
Miguel miró a Pedro y volvió a mirar a Paula.
–Imagino que el valiente gesto del señor Alfonso de tirarme el millón de dólares a la cara, te demuestra que es un hombre de ese calibre.
–Eso ayudó. Nunca sabremos qué habría pasado si no le hubieras ofrecido el dinero, pero al menos sé que él me quiere al margen del dinero –Paula dió un paso hacia Miguel.
–Papá… –le agarró una de las manos–. Quiero creer que tu intención era buena. Que querías que me casara con un buen hombre y fuera feliz. No te culpo por tratar de manipular la situación, puesto que así es como acostumbras a hacer las cosas –tragó saliva–. Pero por favor, en el futuro, deja que tome mis propias elecciones en la vida como yo quiera.
Miguel asintió con el rostro nublado por la emoción.
–Haré lo que pueda. Aunque no me resultará fácil –puso una irónica sonrisa–. Como ya sabes, estoy acostumbrado a dirigir el cotarro.
–Bueno, Pedro y yo dirigiremos nuestra vida a partir de ahora. Estaremos encantados de que nos apoyes, pero también nos gustaría solucionar las cosas por nosotros mismos.
–Comprendido –su expresión era una mezcla de ternura y orgullo.
Era evidente que respetaba a Paula por haberse enfrentado a él. Pedro se aclaró la garganta. Había llegado el momento de que él hablara.
–Pido disculpas por mi papel en todo esto. Debería haber rechazado tu oferta desde el primer momento. Eso me lo decía mi instinto pero, igual que tú, veía cierta simetría en la propuesta. Quizá sea que los hombres tendemos a convertir cualquier situación en un asunto de negocios. En cualquier caso, me arrepiento de haberle hecho daño a Pau, sobre todo porque desde el primer momento supe que era la mujer adecuada para mí, con dinero o sin él.
Miró a Paula y vió que las lágrimas inundaban su mirada. Notó una fuerte presión en el pecho y se contuvo para no estrecharla entre sus brazos.
–Para demostrárselo, tendré que pasar el resto de mi vida con ella.
–Tengo la sensación de que se lo vas a demostrar muy bien –Miguel se acercó a él y agarró la mano de Pedro entre las suyas–. Me caíste bien desde el primer momento. Aunque he de reconocer que he cambiado de opinión en alguna ocasión –arqueó una ceja–, pero mantengo mi opinión inicial acerca de que serás un esposo excelente para mi hija. Les deseo un matrimonio feliz y duradero. Más duradero que los pocos años que compartí con la madre de Pau. Nunca conocí a otra mujer que mereciera la pena.
Paula comenzó a llorar.
–Oh, papá. Yo también echo de menos a mamá todavía. Nunca hablabas de ella.
–Me temo que todavía me hace mucho daño –acarició el brazo de Paula–. Un amor así sólo aparece una vez en la vida. Soy afortunado por haberlo disfrutado cuando lo hice –miró a Pedro–. Confío en ustedes para que me den nietos, por supuesto.
–Lo imaginábamos –Pedro le guiñó un ojo a Paula–. Pero nosotros elegiremos los nombres.
–¿Paula te ha contado lo de la tradición familiar?
–Me temo que sí, y pretendemos crear nuestras propias tradiciones –se le ocurrió una idea–. Me gustaría invitarlos a cenar para celebrar el nuevo comienzo para todos.
–Estupendo –contestó Paula con una amplia sonrisa.
Pedro se volvió hacia Miguel.
–Muy bien –Miguel arqueó una ceja–. ¿Pero estás seguro de poder permitírtelo? Los Chaves tenemos gustos muy caros.
–Yo no –se quejó Paula–. Nuestro restaurante tailandés favorito no es nada caro. Estoy segura de que a tí también te gustaría, papá, si te atrevieras a probarlo.
–Quizá es hora de que amplíe mis horizontes.
–Entonces, vamos –Pedro rodeó a Paula con el brazo.
Ella sonrió y lo abrazó también.
–Y esta vez vamos a permanecer todos juntos. Sin secretos ni sorpresas.
–Lo prometo –Pedro bajó la cabeza para besarla.
El aroma de su piel se apoderó de él, provocando que deseara tenerla entre sus brazos para siempre. Miguel se aclaró la garganta e interrumpió el momento romántico.
–Guarden los cariños para luego, chicos.
–De acuerdo, papá. Haremos lo posible. Hemos estado separados casi una semana, así que tenemos que recuperar el tiempo perdido.
–Estoy seguro de que lo harán.
–Sí, lo haremos –Pedro miró a Paula a los ojos–. Tenemos toda una vida por delante para disfrutar el uno del otro.
Cuando Miguel se adelantó para abrir la puerta, oyeron que decía:
–Sin duda. Pero sinceramente creo que merezco un poco de respeto.
Pero ellos estaban demasiado ocupados besándose como para contestar.
No Quiero Perderte: Capítulo 43
–Lo ves. No lo necesitabas. Lo único que necesitabas era confiar en tí mismo.
–Y tenerte a mi lado.
–Literal y figuradamente –permanecieron piel con piel sobre la cama–. Y creo recordar que estábamos en medio de algo antes de que me interrumpieran.
–Te pido disculpas por la interrupción –Pedro la besó en el cuello–. A partir de ahora, el placer irá antes que los negocios, al menos por hoy. Te quiero. Y estoy loco por tí.
–Ya lo veo –susurró ella contra su cuello–. Yo también estoy loca por tí. He de estarlo para aceptar estar contigo después de todo lo que ha pasado.
–Te compensaré por ello –le mordisqueó el cuello–. Empezando ahora mismo.
La acarició y la besó mientras ella se retorcía en la cama. Cuando estaba a punto de gemir por la intensidad del deseo, Pedro la penetró, despacio y con cuidado.
–Bienvenido a casa –susurró ella–. Te he echado de menos.
–No vuelvas a dejarme –Pedro ocultó el rostro contra el cuello de Paula–. No podría soportarlo.
–Yo tampoco –susurró ella–. Quizá podríamos quedarnos aquí para siempre.
Se movieron al unísono, disfrutando de sus cuerpos hasta que el sol se ocultó. Entonces, descansaron un rato para cenar algo antes de continuar dándose placer.
Pasaron dos días antes de que decidieran regresar a San Francisco.
–Supongo que la flexibilidad horaria es una de las ventajas de tener tu propio negocio –dijo Paula mientras metía la maleta en el coche–. Puedes tomarte días libres cuando quieras.
–Siempre que estés conmigo –Pedro la besó y cerró el maletero–. Odio que tengamos que volver en dos coches. Iré detrás de tí todo el camino.
Ella se rió.
–Parece que me estás retando a que te dé esquinazo.
–Inténtalo. Esta vez no permitiré que pase. Además, necesito que tomes las fotos de mi nuevo cliente.
–Bueno, si es por un compromiso profesional tendré que comportarme.
Pedro frunció el ceño.
–No has vuelto a ponerte el anillo de boda.
–¿Eso hace que sea mala esposa?
–Indudablemente. Pero puesto que la última vez te presioné para que te los pusieras, te daré los anillos para que hagas lo que quieras con ellos –metió la mano en el bolsillo y sacó los dos anillos.
–Quiero ponérmelos –dijo ella con convicción–. Me alegro de ser tu esposa y quiero que todo el mundo lo sepa –se puso los anillos y se mordió el labio–. Tengo que hablar con mi padre. Quizá pensaba que intentaba ayudarme, pero no está bien que se haya entrometido así.
–Quizá no nos hubiésemos conocido si no hubiera pasado esto.
–Lo sé, pero me trata como a una niña. ¿Por qué no podía habernos presentado y esperado a ver qué pasaba? –entornó los ojos–. ¿O habrías estado menos interesado sin el incentivo inicial?
–No –Pedro la miró fijamente–. Supe que tenías algo especial desde el momento en que bailé contigo.
Paula puso una amplia sonrisa.
–La sensación fue mutua.
–Y tienes razón. Tu padre no debería inmiscuirse en tu vida. Eres una mujer adulta. Iremos a verlo esta misma tarde.
Paula tragó saliva.
–No tenemos que enfrentarnos a él…
–Sí. Tienes que hacerlo. Y yo también. Ha de saber que lo que hizo estuvo mal. Que no debería meterse en la vida de los demás. ¿Quién sabe lo que podría intentar en otra ocasión? Intentará dirigir nuestro matrimonio desde su despacho.
Paula se mordió el labio.
–Tienes razón. Tiene muy claro cómo deberían hacerse las cosas. Intentará elegir nuestra vajilla y exigirá que nuestros hijos tengan el nombre de los antepasados de mi familia. Es una tradición familiar. Yo me llamo así por Paula Chaves MacBride, nacida en 1651. Hemos de detenerlo antes de que insista en que llamemos Miguel a nuestro hijo.
Pedro sonrió.
–Eso es un asunto muy serio. Vamos a ello.
Una vez en la ciudad, dejaron las cosas en casa y se dirigieron a la mansión de los Chaves. Pedro quería ir allí antes de que Paula se pusiera nerviosa y se echara atrás. Llamaron al ama de llaves y confirmaron que su padre estaba en casa, trabajando en el estudio. Paula le dijo que no le dijera nada acerca de la visita.
–Estará muy enfadado por lo de la prensa –dijo Paula mientras subían los escalones hasta la mansión.
–Se recuperará –Pedro le acarició la espalda–. Sé fuerte.
Lidia, el ama de llaves, abrazó a Paula y estuvo a punto de llorar de felicidad al verla.
–Estábamos tan preocupados. Los periódicos decían que habías desaparecido –miró a Pedro–. Has de tener más cuidado con Paula.
–Tranquila, lo haré –dijo él.
Lidia le dedicó una sonrisa y los guió al piso de arriba. Paula llamó a la puerta del despacho de Miguel Chaves y entró con la barbilla bien alta cuando él dijo:
–Adelante.
–Hola, papa –Pedro notó que Paula dudaba un instante.
–Has regresado –Miguel frunció el ceño, se puso en pie y rodeó el escritorio–. Me alegro de que estés bien –miró a Pedro y éste se forzó para permanecer callado.
Ella miró a su padre fijamente.
–¿Por qué necesitabas pagar a alguien para que se casara conmigo?
–Quería verte cómodamente asentada.
–¿Y creías que eso no sucedería nunca sin un incentivo económico? –Paula ladeó la cabeza.
–Tienes veintinueve años. Empezaba a preocuparme.
–De que me convirtiera en una vergüenza para tí. De que la gente comentara que Paula Chaves se estaba haciendo mayor y que nadie quería casarse con ella.
–Por supuesto que no. Yo… –su padre se quedó sin habla por un momento.
–Y tenerte a mi lado.
–Literal y figuradamente –permanecieron piel con piel sobre la cama–. Y creo recordar que estábamos en medio de algo antes de que me interrumpieran.
–Te pido disculpas por la interrupción –Pedro la besó en el cuello–. A partir de ahora, el placer irá antes que los negocios, al menos por hoy. Te quiero. Y estoy loco por tí.
–Ya lo veo –susurró ella contra su cuello–. Yo también estoy loca por tí. He de estarlo para aceptar estar contigo después de todo lo que ha pasado.
–Te compensaré por ello –le mordisqueó el cuello–. Empezando ahora mismo.
La acarició y la besó mientras ella se retorcía en la cama. Cuando estaba a punto de gemir por la intensidad del deseo, Pedro la penetró, despacio y con cuidado.
–Bienvenido a casa –susurró ella–. Te he echado de menos.
–No vuelvas a dejarme –Pedro ocultó el rostro contra el cuello de Paula–. No podría soportarlo.
–Yo tampoco –susurró ella–. Quizá podríamos quedarnos aquí para siempre.
Se movieron al unísono, disfrutando de sus cuerpos hasta que el sol se ocultó. Entonces, descansaron un rato para cenar algo antes de continuar dándose placer.
Pasaron dos días antes de que decidieran regresar a San Francisco.
–Supongo que la flexibilidad horaria es una de las ventajas de tener tu propio negocio –dijo Paula mientras metía la maleta en el coche–. Puedes tomarte días libres cuando quieras.
–Siempre que estés conmigo –Pedro la besó y cerró el maletero–. Odio que tengamos que volver en dos coches. Iré detrás de tí todo el camino.
Ella se rió.
–Parece que me estás retando a que te dé esquinazo.
–Inténtalo. Esta vez no permitiré que pase. Además, necesito que tomes las fotos de mi nuevo cliente.
–Bueno, si es por un compromiso profesional tendré que comportarme.
Pedro frunció el ceño.
–No has vuelto a ponerte el anillo de boda.
–¿Eso hace que sea mala esposa?
–Indudablemente. Pero puesto que la última vez te presioné para que te los pusieras, te daré los anillos para que hagas lo que quieras con ellos –metió la mano en el bolsillo y sacó los dos anillos.
–Quiero ponérmelos –dijo ella con convicción–. Me alegro de ser tu esposa y quiero que todo el mundo lo sepa –se puso los anillos y se mordió el labio–. Tengo que hablar con mi padre. Quizá pensaba que intentaba ayudarme, pero no está bien que se haya entrometido así.
–Quizá no nos hubiésemos conocido si no hubiera pasado esto.
–Lo sé, pero me trata como a una niña. ¿Por qué no podía habernos presentado y esperado a ver qué pasaba? –entornó los ojos–. ¿O habrías estado menos interesado sin el incentivo inicial?
–No –Pedro la miró fijamente–. Supe que tenías algo especial desde el momento en que bailé contigo.
Paula puso una amplia sonrisa.
–La sensación fue mutua.
–Y tienes razón. Tu padre no debería inmiscuirse en tu vida. Eres una mujer adulta. Iremos a verlo esta misma tarde.
Paula tragó saliva.
–No tenemos que enfrentarnos a él…
–Sí. Tienes que hacerlo. Y yo también. Ha de saber que lo que hizo estuvo mal. Que no debería meterse en la vida de los demás. ¿Quién sabe lo que podría intentar en otra ocasión? Intentará dirigir nuestro matrimonio desde su despacho.
Paula se mordió el labio.
–Tienes razón. Tiene muy claro cómo deberían hacerse las cosas. Intentará elegir nuestra vajilla y exigirá que nuestros hijos tengan el nombre de los antepasados de mi familia. Es una tradición familiar. Yo me llamo así por Paula Chaves MacBride, nacida en 1651. Hemos de detenerlo antes de que insista en que llamemos Miguel a nuestro hijo.
Pedro sonrió.
–Eso es un asunto muy serio. Vamos a ello.
Una vez en la ciudad, dejaron las cosas en casa y se dirigieron a la mansión de los Chaves. Pedro quería ir allí antes de que Paula se pusiera nerviosa y se echara atrás. Llamaron al ama de llaves y confirmaron que su padre estaba en casa, trabajando en el estudio. Paula le dijo que no le dijera nada acerca de la visita.
–Estará muy enfadado por lo de la prensa –dijo Paula mientras subían los escalones hasta la mansión.
–Se recuperará –Pedro le acarició la espalda–. Sé fuerte.
Lidia, el ama de llaves, abrazó a Paula y estuvo a punto de llorar de felicidad al verla.
–Estábamos tan preocupados. Los periódicos decían que habías desaparecido –miró a Pedro–. Has de tener más cuidado con Paula.
–Tranquila, lo haré –dijo él.
Lidia le dedicó una sonrisa y los guió al piso de arriba. Paula llamó a la puerta del despacho de Miguel Chaves y entró con la barbilla bien alta cuando él dijo:
–Adelante.
–Hola, papa –Pedro notó que Paula dudaba un instante.
–Has regresado –Miguel frunció el ceño, se puso en pie y rodeó el escritorio–. Me alegro de que estés bien –miró a Pedro y éste se forzó para permanecer callado.
Ella miró a su padre fijamente.
–¿Por qué necesitabas pagar a alguien para que se casara conmigo?
–Quería verte cómodamente asentada.
–¿Y creías que eso no sucedería nunca sin un incentivo económico? –Paula ladeó la cabeza.
–Tienes veintinueve años. Empezaba a preocuparme.
–De que me convirtiera en una vergüenza para tí. De que la gente comentara que Paula Chaves se estaba haciendo mayor y que nadie quería casarse con ella.
–Por supuesto que no. Yo… –su padre se quedó sin habla por un momento.
No Quiero Perderte: Capítulo 42
Paula suspiró.
–Sé lo que quieres decir. Yo nunca me había planteado dejar la casa en la que me crié. Siempre había sido mi santuario, el lugar donde cultivé mis recuerdos felices e incluso donde me escondía del mundo. Cuando te conocí, eso ya no me importaba. Sólo quería estar contigo, vivir contigo y compartirlo todo.
Paula llevó la mano hasta el botón de los pantalones de Pedro y lo desabrochó antes de bajarle la cremallera. Pedro le desabrochó el sujetador y se lo quitó para cubrirle los senos con la boca. La sentó en la cama y la acarició con la lengua hasta que su piel ardía de excitación. Ella le quitó los pantalones y, juntos, terminaron de desnudarse. Él gimió de placer al sentir sus senos presionados contra su torso. Estaba muy excitado y su miembro erecto rozaba el muslo de Paula, provocando que ella también se excitara. Estaban besándose de manera apasionada y él estaba tumbando a Paula sobre la cama cuando sonó su teléfono.
–Oh, no –dijo Pedro–. Voy a ignorarlo.
–Podría ser importante –dijo Paula–. Tienes un negocio en marcha.
–O podría ser la prensa –Pedro puso una mueca–. Especulando acerca de tu paradero.
–La heredera desaparecida –se rió ella–. Supongo que podríamos decirles que me has encontrado. Aunque me gusta ser misteriosa.
–Pues ya está –la estrechó contra su cuerpo–. Olvídate del resto del mundo. Nada importa más que tú y yo.
El teléfono dejó de sonar y Pedro rodeó a Paula por la cintura. Ella se acurrucó contra su cuerpo.
Entonces, llamaron de nuevo por teléfono.
–¿Cómo voy a contestar en estas condiciones?
–Si no contestas, puede que nunca dejes de estar en esas condiciones –Paula se fijó en su miembro erecto–. Podría contestarlo por tí –dijo ella–, pero estos días no quiero contestar tu teléfono.
Pedro arqueó una ceja.
–Prefiero que lo contestes mientras estoy aquí para que podamos hablar. No quiero que vuelvas a disgustarte y a marcharte de mi lado cuando menos me lo espere.
–Bueno, si lo pones así… –Paula se agachó y buscó el teléfono en el pantalón de Pedro.
Con el corazón acelerado, contestó: Una voz femenina habló al otro lado de la línea.
–Hola, llamo de parte de Lazer Designs. Necesitamos la dirección para poder enviar el contrato.
–Un momento –Paula se lo contó a Pedro.
–Dales la del departamento.
Paula les dió la dirección.
–Estupendo, y si puede decirle que nos gustaría contratar todo el paquete, fotografías, radio y televisión.
–Se lo diré. Gracias –se volvió hacia Pedro–. Lazer Designs quiere el paquete completo.
–¡Sí! –exclamó él con alegría–. Les conté mi situación acerca de que había devuelto el dinero y que tenía que reducir el ritmo con el que iba a comenzar el negocio. También les conté que tenía que dejar el alquiler de mi oficina, y por eso han llamado para pedir la dirección. Supongo que de todos modos han decidido seguir conmigo.
–Saben que eres el mejor –dijo Paula con orgullo.
–Con ese contrato podré continuar adelante a todo tren. Es una empresa de muebles que tiene tiendas en las quince ciudades más grandes. Me mantendrán ocupado y podré financiar otros proyectos durante al menos seis meses –se volvió hacia ella con una sonrisa–. Y todo sin un centavo de tu padre.
–Sé lo que quieres decir. Yo nunca me había planteado dejar la casa en la que me crié. Siempre había sido mi santuario, el lugar donde cultivé mis recuerdos felices e incluso donde me escondía del mundo. Cuando te conocí, eso ya no me importaba. Sólo quería estar contigo, vivir contigo y compartirlo todo.
Paula llevó la mano hasta el botón de los pantalones de Pedro y lo desabrochó antes de bajarle la cremallera. Pedro le desabrochó el sujetador y se lo quitó para cubrirle los senos con la boca. La sentó en la cama y la acarició con la lengua hasta que su piel ardía de excitación. Ella le quitó los pantalones y, juntos, terminaron de desnudarse. Él gimió de placer al sentir sus senos presionados contra su torso. Estaba muy excitado y su miembro erecto rozaba el muslo de Paula, provocando que ella también se excitara. Estaban besándose de manera apasionada y él estaba tumbando a Paula sobre la cama cuando sonó su teléfono.
–Oh, no –dijo Pedro–. Voy a ignorarlo.
–Podría ser importante –dijo Paula–. Tienes un negocio en marcha.
–O podría ser la prensa –Pedro puso una mueca–. Especulando acerca de tu paradero.
–La heredera desaparecida –se rió ella–. Supongo que podríamos decirles que me has encontrado. Aunque me gusta ser misteriosa.
–Pues ya está –la estrechó contra su cuerpo–. Olvídate del resto del mundo. Nada importa más que tú y yo.
El teléfono dejó de sonar y Pedro rodeó a Paula por la cintura. Ella se acurrucó contra su cuerpo.
Entonces, llamaron de nuevo por teléfono.
–¿Cómo voy a contestar en estas condiciones?
–Si no contestas, puede que nunca dejes de estar en esas condiciones –Paula se fijó en su miembro erecto–. Podría contestarlo por tí –dijo ella–, pero estos días no quiero contestar tu teléfono.
Pedro arqueó una ceja.
–Prefiero que lo contestes mientras estoy aquí para que podamos hablar. No quiero que vuelvas a disgustarte y a marcharte de mi lado cuando menos me lo espere.
–Bueno, si lo pones así… –Paula se agachó y buscó el teléfono en el pantalón de Pedro.
Con el corazón acelerado, contestó: Una voz femenina habló al otro lado de la línea.
–Hola, llamo de parte de Lazer Designs. Necesitamos la dirección para poder enviar el contrato.
–Un momento –Paula se lo contó a Pedro.
–Dales la del departamento.
Paula les dió la dirección.
–Estupendo, y si puede decirle que nos gustaría contratar todo el paquete, fotografías, radio y televisión.
–Se lo diré. Gracias –se volvió hacia Pedro–. Lazer Designs quiere el paquete completo.
–¡Sí! –exclamó él con alegría–. Les conté mi situación acerca de que había devuelto el dinero y que tenía que reducir el ritmo con el que iba a comenzar el negocio. También les conté que tenía que dejar el alquiler de mi oficina, y por eso han llamado para pedir la dirección. Supongo que de todos modos han decidido seguir conmigo.
–Saben que eres el mejor –dijo Paula con orgullo.
–Con ese contrato podré continuar adelante a todo tren. Es una empresa de muebles que tiene tiendas en las quince ciudades más grandes. Me mantendrán ocupado y podré financiar otros proyectos durante al menos seis meses –se volvió hacia ella con una sonrisa–. Y todo sin un centavo de tu padre.
No Quiero Perderte: Capítulo 41
–El rodaje de fotos fue muy divertido –«aunque me estuviera volviendo loca tratando de disimular mi dolor».
–Todo lo que hicimos juntos fue divertido. Ir a tomar café y caminar por el parque, o quedarnos en la cama viendo salir el sol. Quiero ver salir el sol contigo, Paula. Mañana y todos los días de mi vida. Si me dieras otra oportunidad.
–Siento haber tirado al suelo el anillo de tu abuela.
–No pasa nada. Lo tengo –metió la mano en el bolsillo–. Y me encantaría que te lo volvieras a poner.
Ella se fijó en que él todavía llevaba su alianza. Pedro se dió cuenta de que ella le miraba la mano izquierda.
–Nunca me lo he quitado. Sé que nuestro matrimonio comenzó de una manera extraña, Pau, pero sigo creyendo en nosotros. Creo de corazón que estamos hechos para estar juntos.
–¿Estás diciendo que mi padre era adivino? –no pudo evitar bromear.
–Puede que lo sea. En el mundo de las finanzas lo llaman el gurú. Quizá tenga poderes para hacer algo más que adivinar en qué negocio debe invertir.
–Ha debido quedarse horrorizado con los medios de comunicación.
–Estoy seguro de ello –se encogió de hombros–. Pero no me importa. Sólo quería encontrarte. Siento si la prensa te ha avergonzado, pero quería que todo el mundo supiera que te estaba buscando.
–Has sido muy listo al enviarme el periódico para ablandarme el corazón.
Él frunció el ceño.
–No te envié el periódico. Sólo vine hasta aquí y me acerqué a tu puerta.
–¿Cómo sabías que estaba aquí?
Pedro tragó saliva.
–Marcela.
–¡Le pedí que guardara el secreto! Claro que eso fue antes de descubrir que tenía un lado oscuro. No puedo creer que te lo haya contado.
–Le dí lástima. Y le estoy muy agradecido.
–Ha debido ser ella la que envió el periódico. Cometí el error de decirle en qué pueblo estaría. Parecía muy interesada en que volviéramos juntos. ¿Por qué puede ser?
–Quizá piensa que somos perfectos el uno para el otro –la miró fijamente–. Y no sería la única.
Paula se fijó en su rostro lleno de deseo y esperanza.
–Perfectos el uno para el otro. Eso es mucho decir. Aunque es cierto que encajamos muy bien. Algunas piezas del puzzle están un poco astilladas, pero supongo que podríamos encajarlas bien.
–Se me ocurren maneras muy creativas de hacerlo –dijo él con una sonrisa.
–Estoy segura de ello –arqueó una ceja–. Promesas, promesas –el deseo se apoderó de ella. Estar cerca de aquel hombre era peligroso. Pero era un tipo de peligro al que no quería resistirse.
Dió un paso adelante. Gavin la miró como si quisiera devorarla. Incluso sin maquillaje estaba sexy e irresistible.
–¿Puedo tocarte? –preguntó con la voz entrecortada.
–Está bien.
De pronto, Pedro posó los labios en los de ella y Paula lo abrazó como si no fuera a soltarlo nunca. Los días de soledad y sufrimiento desaparecieron mientras se acurrucaba entre sus brazos. Pedro la devoró besándola de manera apasionada, como un hombre hambriento. Sus dedos le acariciaron el cabello y las curvas de su cuerpo mientras la abrazaba con fuerza. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando.
–Nunca me he sentido tan mal en mi vida como en los días que he pasado sin tí –dijo Pedro–. Sabía que estaba loco por tí, pero no sabía cuánto hasta que te perdí.
–Todavía me da vueltas la cabeza –Paula apoyó la mejilla en el hombro de Gavin–. Todo ha sucedido tan deprisa desde que nos conocimos. He estado tan feliz y tan triste en tan poco tiempo…
–Creo que es hora de ir más despacio y saborear el momento –le agarró una mano y se la besó–. En la cama.
Paula se rió.
–Me gusta cómo piensas –señaló con la cabeza hacia el dormitorio donde momentos antes se había estado escondiendo de él.
Atravesaron la casa mientras Pedro le desabrochaba los botones de la camisa de cuadros. El deseo oscurecía su mirada mientras le retiraba la camisa y dejaba al descubierto su sujetador más feo.
–Estás preciosa. Y tus ojos son mucho más bonitos sin las lentillas verdes. Son más cálidos y… –suspiró–. Me gustas tal y como eres, al natural.
Le acarició la piel como si fuera una pieza de arte delicada. Paula sentía mucho calor. Bajo la mirada de Pedro se sentía muy guapa. Toda la vida se había sentido poco atractiva, hasta que lo conoció a él. Bajo su mirada se había convertido en una mujer segura de sí misma, consciente de su atractivo. Durante unos días, todo eso se había desvanecido. Sí, había mantenido la confianza en sí misma como persona independiente, capaz de cuidar de sí misma y de sobrevivir sin nadie que la cuidara. Pero con las manos de Pedro acariciándole los senos y el vientre, se convirtió de nuevo en la mujer deseable que él había despertado. Pedro tenía cara de cansado pero la pasión llenaba su mirada. Ella metió la mano bajo su camiseta para sentir el calor de su piel.
–Pensaba que no volvería a hacer esto nunca más –se le encogió el corazón–.
–No podía contemplar esa opción –Pedro llevó la mano hasta la cinturilla de su pantalón de chándal–. Nuestra cama estaba tan fría y vacía sin tí. Sólo podía pensar en encontrarte y llevarte a casa.
–Ya me has encontrado.
–Pero de pronto, llevarte a casa no me parece tan urgente –la besuqueó en el cuello–. Porque en donde tú estés me sentiré como en casa.
–Todo lo que hicimos juntos fue divertido. Ir a tomar café y caminar por el parque, o quedarnos en la cama viendo salir el sol. Quiero ver salir el sol contigo, Paula. Mañana y todos los días de mi vida. Si me dieras otra oportunidad.
–Siento haber tirado al suelo el anillo de tu abuela.
–No pasa nada. Lo tengo –metió la mano en el bolsillo–. Y me encantaría que te lo volvieras a poner.
Ella se fijó en que él todavía llevaba su alianza. Pedro se dió cuenta de que ella le miraba la mano izquierda.
–Nunca me lo he quitado. Sé que nuestro matrimonio comenzó de una manera extraña, Pau, pero sigo creyendo en nosotros. Creo de corazón que estamos hechos para estar juntos.
–¿Estás diciendo que mi padre era adivino? –no pudo evitar bromear.
–Puede que lo sea. En el mundo de las finanzas lo llaman el gurú. Quizá tenga poderes para hacer algo más que adivinar en qué negocio debe invertir.
–Ha debido quedarse horrorizado con los medios de comunicación.
–Estoy seguro de ello –se encogió de hombros–. Pero no me importa. Sólo quería encontrarte. Siento si la prensa te ha avergonzado, pero quería que todo el mundo supiera que te estaba buscando.
–Has sido muy listo al enviarme el periódico para ablandarme el corazón.
Él frunció el ceño.
–No te envié el periódico. Sólo vine hasta aquí y me acerqué a tu puerta.
–¿Cómo sabías que estaba aquí?
Pedro tragó saliva.
–Marcela.
–¡Le pedí que guardara el secreto! Claro que eso fue antes de descubrir que tenía un lado oscuro. No puedo creer que te lo haya contado.
–Le dí lástima. Y le estoy muy agradecido.
–Ha debido ser ella la que envió el periódico. Cometí el error de decirle en qué pueblo estaría. Parecía muy interesada en que volviéramos juntos. ¿Por qué puede ser?
–Quizá piensa que somos perfectos el uno para el otro –la miró fijamente–. Y no sería la única.
Paula se fijó en su rostro lleno de deseo y esperanza.
–Perfectos el uno para el otro. Eso es mucho decir. Aunque es cierto que encajamos muy bien. Algunas piezas del puzzle están un poco astilladas, pero supongo que podríamos encajarlas bien.
–Se me ocurren maneras muy creativas de hacerlo –dijo él con una sonrisa.
–Estoy segura de ello –arqueó una ceja–. Promesas, promesas –el deseo se apoderó de ella. Estar cerca de aquel hombre era peligroso. Pero era un tipo de peligro al que no quería resistirse.
Dió un paso adelante. Gavin la miró como si quisiera devorarla. Incluso sin maquillaje estaba sexy e irresistible.
–¿Puedo tocarte? –preguntó con la voz entrecortada.
–Está bien.
De pronto, Pedro posó los labios en los de ella y Paula lo abrazó como si no fuera a soltarlo nunca. Los días de soledad y sufrimiento desaparecieron mientras se acurrucaba entre sus brazos. Pedro la devoró besándola de manera apasionada, como un hombre hambriento. Sus dedos le acariciaron el cabello y las curvas de su cuerpo mientras la abrazaba con fuerza. Cuando se separaron, ambos estaban jadeando.
–Nunca me he sentido tan mal en mi vida como en los días que he pasado sin tí –dijo Pedro–. Sabía que estaba loco por tí, pero no sabía cuánto hasta que te perdí.
–Todavía me da vueltas la cabeza –Paula apoyó la mejilla en el hombro de Gavin–. Todo ha sucedido tan deprisa desde que nos conocimos. He estado tan feliz y tan triste en tan poco tiempo…
–Creo que es hora de ir más despacio y saborear el momento –le agarró una mano y se la besó–. En la cama.
Paula se rió.
–Me gusta cómo piensas –señaló con la cabeza hacia el dormitorio donde momentos antes se había estado escondiendo de él.
Atravesaron la casa mientras Pedro le desabrochaba los botones de la camisa de cuadros. El deseo oscurecía su mirada mientras le retiraba la camisa y dejaba al descubierto su sujetador más feo.
–Estás preciosa. Y tus ojos son mucho más bonitos sin las lentillas verdes. Son más cálidos y… –suspiró–. Me gustas tal y como eres, al natural.
Le acarició la piel como si fuera una pieza de arte delicada. Paula sentía mucho calor. Bajo la mirada de Pedro se sentía muy guapa. Toda la vida se había sentido poco atractiva, hasta que lo conoció a él. Bajo su mirada se había convertido en una mujer segura de sí misma, consciente de su atractivo. Durante unos días, todo eso se había desvanecido. Sí, había mantenido la confianza en sí misma como persona independiente, capaz de cuidar de sí misma y de sobrevivir sin nadie que la cuidara. Pero con las manos de Pedro acariciándole los senos y el vientre, se convirtió de nuevo en la mujer deseable que él había despertado. Pedro tenía cara de cansado pero la pasión llenaba su mirada. Ella metió la mano bajo su camiseta para sentir el calor de su piel.
–Pensaba que no volvería a hacer esto nunca más –se le encogió el corazón–.
–No podía contemplar esa opción –Pedro llevó la mano hasta la cinturilla de su pantalón de chándal–. Nuestra cama estaba tan fría y vacía sin tí. Sólo podía pensar en encontrarte y llevarte a casa.
–Ya me has encontrado.
–Pero de pronto, llevarte a casa no me parece tan urgente –la besuqueó en el cuello–. Porque en donde tú estés me sentiré como en casa.
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