jueves, 22 de noviembre de 2018

No Quiero Perderte: Capítulo 40

Paula arqueó una ceja.

–De algún modo, eso es cierto. Apuesto a que mi padre te habría exigido que se lo devolvieras.

–Puede ser. No lo quiero. Nunca aceptaré dinero de él, o de otra persona, a menos que me lo haya ganado de forma honesta –su expresión sincera provocó que a Paula se le encogiera el corazón–. Me he avergonzado de mí desde que me percaté del daño que te había hecho. Fui idiota, y sólo espero que puedas perdonarme de corazón.

–Ni siquiera sé dónde tengo mi corazón. Ha sido una semana muy estresante.

–Para mí también. He sido un desdichado sin tenerte a mi lado.

–Oh, vamos –soltó una carcajada–. Seguro que has estado demasiado ocupado con tus negocios como para llorar por mí.

–He estado muy ocupado corriendo de un lado a otro para tratar de encontrarte como para pensar en los negocios. Empezaba a pensar que te habías ido al extranjero. Es mucho más difícil encontrar a una heredera que a alguien que tiene un trabajo normal al que tiene que acudir por obligación.

Ella suspiró.

–Sí, pobre niña rica que no ha dejado de llorar en su lujoso escondite de Napa Valley. Supongo que es normal que la prensa se riera de mí.

–Nadie se ha reído de tí, pero muchos estaban preocupados. He recibido llamadas de todas partes del mundo, y algunas nada agradables. Tienes muchos amigos.

–¿Yo?

–Sin duda. Un chico de Colombia estaba tan enfadado que pensé que iba a amenazarme.

Ella sonrió.

–Nicolás. Estuvimos juntos en el grupo de teatro de la universidad. Es un encanto.

–Y una chica de Nueva York me regañó muchísimo y me dijo que era un canalla.

Ella se rió.

–Esa es Nadia. Es muy lanzada.

–Y tu tía Celina… –suspiró–. Ella tampoco se queda corta con las palabras.

–Así que no puedes esperar para llamarlas y decirles que no se preocupen, que me has encontrado y que todo está bien.

–La verdad es que no me importan nada –la miró fijamente–. La única que me importa eres tú –movió las manos en los bolsillos como si estuviera deseando sacarlas–. Eres la persona más importante del mundo para mí.

Ali se movió entre las piernas de Paula.

–Ten cuidado, estás poniendo celosa a mi gata. No creo que vaya a dejarte pasar.

Pedro miró al animal.

–Vamos, Ali, dame un respiro.

Ali movió el rabo y se metió en la casa.

–Hmm. Esa respuesta podría interpretarse de muchas maneras.

–Creo que quería decir: entra.

–Eso o: piérdete –sonrió Paula.

–Supongo que no podría culparla por pensar eso último, pero espero que tú seas más comprensiva –se miró las manos– Y quizá dejes que saque las manos de los bolsillos.

–Está bien, pero ten cuidado dónde las pones.

–Me comportaré. Aunque te advierto que están desesperadas por acariciarte.

Paula se mordió el labio inferior para disimular su sonrisa.

–Yo también te he echado de menos un poco.

–¿Sólo un poco?

Ella juntó el dedo índice con el pulgar.

–Quizá todo esto.

–Yo te he echado tanto de menos que todavía me duele, a pesar de que estoy aquí contigo.

–Puedo darte una aspirina.

–Un abrazo sería mejor –su sonrisa cautivadora la hizo sonreír.

–Será mejor que pases. No quiero que los vecinos te vean merodeando.

Pedro miró por encima del hombro. No había ninguna casa a la vista.

–Buena idea. Puede que haya moros en la costa.

–No queremos que le cuenten nada a la prensa –le ardía el cuerpo de pensarlo.

La presencia de Pedro hacía que la habitación pareciera pequeña. Él olía de maravilla, a aire fresco mezclado con una pizca de sudor. A ella le gustaba hacerlo sudar.

–Supongo que esperas que te perdone.

Él la miró a los ojos.

–No te pediré tal cosa. Prefiero continuar hacia delante. Te quiero, Pau. Sé que puede que no lo creas después de lo que ha pasado, pero perderte ha servido para asegurarme aún más de ello. Te necesito igual que necesito respirar. Los días no tienen sentido sin ti. Ni siquiera el trabajo me parece interesante si no puedo compartirlo contigo.

Paula respiró hondo.

No Quiero Perderte: Capítulo 39

Paula sintió que se le encogía el corazón. Entonces recordó que había llorado, que estaba despeinada, que llevaba una camisa de cuadros que había encontrado en un armario, un pantalón de chándal y unos calentadores.

–No creo que vaya a gustarte lo que te vas a encontrar.

–Créeme, si eres tú, me gustará.

–No estoy arreglada.

–Mejor. Tanto glamour era un poco agotador –se rió.

Paula se acercó despacio a la puerta y cuando agarró el pomo dudó un instante. Pedro estaba allí, al otro lado. Podía ver su silueta a través del cristal opaco y casi sentir el calor de su piel.

–Abriré si prometes no tocarme.

Temía el poder que él tenía sobre ella. Era demasiado atractivo y encantador y podría convencer a cualquiera de todo lo que se propusiera.

–No sacaré las manos de los bolsillos. ¿Te parece bien?

Paula tragó saliva y contestó.

–Sí –giró el pomo despacio, movió la llave y abrió.

Pedro llevaba una camiseta blanca que resaltaba la musculatura de su torso. Tenía las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro. Ella se fijó en su rostro y en su boca sensual. Sus ojos grises brillaban. Su cabello oscuro estaba alborotado. Y estaba más atractivo que nunca. El deseo de lanzarse a sus brazos era desbordante… Pero lo resistió.

–Mi padre y tú tramaron todo esto antes de que ni siquiera me conocieras, ¿Verdad?

–Cierto –dijo él, bajando la vista.

–¿A quién se le ocurrió?

Pedro respiró hondo.

–Me temo que a él. Al principio pensaba que estaba bromeando. Me lo presentaron en la gala y estuvimos hablando sobre mis ambiciones. Entonces, me hizo un montón de preguntas sobre mí… De dónde era, dónde había estudiado, cuál era mi meta en la vida…

–Sin duda estaba asegurándose de que tus orígenes no mancharían el nombre de la familia Chaves.

Él esbozó una sonrisa.

–Sin duda. Creo que le gustó que descendiera de una familia de generales de la armada.

–Los Chaves eran gente belicosa. Hay quien dice que todavía lo son –contuvo una sonrisa–. ¿Así que te preguntó si te casarías conmigo por ese dinero?

–Sí. Como te dije, pensé que estaba bromeando. Después nos presentó y nos llevamos bien. Cuando tu padre y yo volvimos a hablar aquella noche, me aseguró que hablaba en serio y que yo tendría asegurado un buen comienzo.

–¿Tienes idea de lo humillante que esto es para mí?

–Ahora me doy cuenta de que me equivoqué completamente, pero en ese momento… No sé, me parecía algo de la vieja escuela. Del estilo de tu padre.

–Una especie de dote –Paula entornó los ojos.

–Sí. Algo así. Supongo que la idea de tener todo ese dinero para comenzar mi negocio hizo que no valorara otros aspectos de la situación –suspiró–. Lo siento mucho. De veras.

–No lo hagas. No eres el único hombre que se habría sentido tentado de casarse conmigo por un millón de dólares. Supongo que debería sentirme afortunada porque, al menos, mi padre escogió a uno atractivo.

–Lo tomaré como un cumplido –dijo él, medio sonriendo.

–Oh, vamos, ya sabes que eres muy atractivo. Por eso estabas tan seguro de que te saldría bien. Debes de tener montones de mujeres dispuestas a comer de tu mano.

Pedro se miró las manos que tenía en los bolsillos.

–Ahora no.

–Déjalas ahí. Esas manos son peligrosas –se cruzó de brazos–. Pero me alegro de oír la verdad. Estoy segura de que te sorprendiste cuando me conociste. Probablemente esperabas que fuera una rubia con un vestido negro ceñido.

–Me alegro de que no lo seas. Prefiero a las morenas con curvas.

Paula sintió que se le aceleraba el corazón.

–¿De veras pensaste aquella noche que te saldría bien?

–No pensé demasiado. Simplemente disfruté del baile y quería verte otra vez.

–Te diste mucha prisa. Me volviste loca.

–No eras la única que estaba volviéndose loca. Enseguida supe que eras especial.

Ella tragó saliva.

–Prefiero la verdad.

–Es la verdad. Aunque no sé cómo hacer que te la creas después de todo lo que ha pasado. Lo único que puedo decir es que he devuelto el dinero porque me he dado cuenta de que no significa nada si tú no estás a mi lado.

–¿Y tu negocio? ¿Tendrás que cerrarlo?

Él se encogió de hombros.

–Es posible, pero no disfrutaría de él si para ello tenía que perderte.

No Quiero Perderte: Capítulo 38

Bueno, y quizá ocasionalmente tras cerrar una importante operación financiera. Desde luego, no en un artículo que hablaba de que había pagado dinero para casar a su hija. Paula se habría reído, pero las lágrimas no paraban de rodar por sus mejillas. Ali se restregó contra su pierna y ella se agachó para acariciarla. Entonces, vió la nota que se había caído al suelo.

–No quiero ver la televisión, Ali. Sería peor. ¿Por qué no pueden dejarme en paz?

Paula se dirigió hacia una pequeña habitación donde había una televisión.

–Debo de ser masoquista. O idiota –dijo en voz alta mientras la encendía–. Estoy segura de que están pasando cosas más interesantes por el mundo aparte de que una heredera infeliz se haya escapado.

En el primer canal había anuncios publicitarios, en el segundo, un campeonato local y en el tercero un anuncio de anillos de circonita.

–¿Lo ves? Tengo un sentido exagerado acerca de lo importante que soy. Nadie se preocupa por mí.

«Excepto Pedro», pensó.

–Él el que menos –comentó en voz alta.

Entonces, se le ocurrió una idea. ¿La habría llevado él el periódico? ¿A quién más le iba a importar que recibiera el mensaje?  Quizá estuviera allí fuera, escondido entre los viñedos, preparado para acercarse a ella y convencerla de que regresara a su cama. Nunca. Se cruzó de brazos. No volvería a acercarse a Pedro Alfonso.

Mientras el anuncio de los anillos continuaba en la pantalla, ella se preguntó si el anillo que Pedro le había regalado lo habría heredado de su abuela en realidad o lo habría comprado por televisión. Cuando uno se casaba con alguien por dinero, no tenía sentido regalarle nada valioso. Sin embargo, era un anillo bonito. Recordó cómo lo había tirado al suelo del restaurante, entre las migas. No podía creer que hubiera tenido valor de hacer aquello. ¡Y sin planificar! Estaba demasiado enfadada y ni siquiera pensó en el numerito que estaba montando. Probablemente tenía tanta culpa como él de que los periódicos hubieran publicado la historia. La oferta de anillos continuó con la de un aspirador. Y después comenzaron las noticias. «¡Apágalas!», pensó, pero no se movió.

–La heredera Paula Chaves sigue en paradero desaparecido, cinco días después de la dolorosa ruptura con su marido –en la pantalla apareció una foto horrible de ella.

¿Y por qué siempre tenían que referirse a ella como la heredera, y no como la fotógrafa Paula Chaves, o la ciudadana…? De pronto, Pedro apareció en la pantalla, igual de atractivo que siempre y vestido con un traje oscuro. Ella no pudo evitar suspirar.

–Sí –dijo Pedro junto al micrófono–. Estoy preocupado. Lleva fuera casi una semana. Nadie sabe nada de ella, por supuesto que estoy preocupado.

–¿Cree que es más vulnerable por el hecho de que sea una heredera?

Pedro parecía confuso.

–¿Cree que pueden haberla secuestrado? –preguntó el periodista.

–No creo, pero… –frunció el ceño–. Supongo que no podemos aventurar nada hasta que regrese. Por eso estoy tan desesperado por saber dónde está –se pasó la mano por el cabello–. Paula, por favor, estés donde estés, llámame. No sé qué hacer sin tí. Eres todo para mí.

La imagen se difuminó y se convirtió en un reportaje sobre pingüinos en el zoo. Paula permaneció mirando boquiabierta al televisor. Tenía la sensación de que Pedro hablaba en serio. Notó que su corazón se aceleraba y parecía que estaba a punto de estallar.

–¡No dejes que te haga esto! –exclamó en voz alta.

Pero ¿Y si de verdad pensaba que la habían secuestrado? No quería que se preocupara por ella. A lo mejor debía llamarlo y dejarle un mensaje en el contestador.

Un mensaje en el contestador. Así era como había comenzado todo aquello. ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?

Cuando llamaron al timbre se sobresaltó. No podía abrir con el rostro lleno de lágrimas. Aunque fuera el cartero, podía haber visto las noticias. No podría salir ni a comprar huevos sin que todo el mundo la mirara. Apagó el televisor. Llamaron de nuevo a la puerta, con insistencia.

–Vete –susurró.

–Paula–una voz grave invadió la estancia.

Era Pedro. Paula sintió que le flaqueaban las piernas.«No hables. Él no puede verte. Se marchará». Pero en el fondo deseaba abrir la puerta.

–Pau, ¿Estás ahí? Soy Pedro.

Ella cerró los ojos y trató de no respirar.

–Te echo muchísimo de menos. No he podido dormir desde que te fuiste.

Ella tampoco había dormido apenas. Le resultaba difícil dormir sola cuando estaba acostumbrada a tener a un hombre musculoso a su lado.

–He devuelto el dinero.

Ella alzó la barbilla. ¿Sería verdad?

–No lo quería. No puedo creer que lo aceptara. Estaba tan obsesionado con la idea de montar mi propia agencia que ni siquiera pensé en lo que significaría para tí.

–Porque pensabas que no lo descubriría –dijo ella, antes de poder contenerse.

–¡Estás ahí! –movió la manilla de la puerta–. Déjame entrar, por favor. Tengo que disculparme por miles de cosas.

–¿Y si no quiero oír tus disculpas? –dijo ella, conteniéndose para no abrir la puerta y lanzarse a sus brazos.

–Me alegro de que estés bien.

Paula no pudo contenerse más y se acercó a la puerta. A través de los cristales opacos podía ver la silueta de Pedro. Se detuvo un instante. Si abría la puerta y lo miraba, dejaría de pensar con claridad.

–¿Mi padre te pidió que le devolvieras el dinero?

–No. Me exigió que hiciera lo posible por recuperarte. No es un hombre que se plantee la opción de fracasar.

–Supongo que por eso estás aquí, entonces.

–¡No! Estoy aquí porque quiero que vuelvas a mi lado. Te necesito, Pau. Nunca imaginé que pudiera depender tanto de otra persona para ser feliz. Desde que te marchaste he sido un desdichado. Por favor, abre la puerta. No creo que pueda sobrevivir ni un instante más sin ver tu rostro.

No Quiero Perderte: Capítulo 37

A Paula le dolían ligeramente los músculos desde que había llegado a Napa. Quizá porque pasaba mucha parte del día caminando por las montañas, tratando de no pensar en cierto hombre. Faith se estiró en la cama junto a ella.

–Buenos días, cariño –acarició al gato.

El sol se filtraba por la persiana de la ventana e iluminaba las paredes de la bonita habitación. Hacía años que no iba por allí, pero, por supuesto, cuidaban la casa en su ausencia, como el resto de las propiedades de la familia. A su madre le encantaba ir allí los veranos cuando ella era pequeña y a menudo iban allí a ver los viñedos. Por lo que ella recordaba, su padre nunca había estado allí, ni siquiera una vez. Era una de las más de treinta propiedades de la familia, y él apenas era consciente de su existencia. Eso la convertía en un buen lugar para esconderse. Pero a pesar de que hacía un tiempo maravilloso, de que los alrededores eran preciosos y de que había toda la paz que alguien podía desear, se sentía horrible. Y todo por culpa de Pedro Alfonso.

Oyó un ruido en la otra habitación. Como un golpetazo. Salió de la cama y fue a ver qué pasaba. En la alfombrilla de la puerta de la cocina había un paquete. ¿Correo? No le había contado a nadie que iba a ir allí. Excepto a Marcela, pero ella no iba a enviarle cartas. Quizá la gente se había percatado de que había alguien viviendo en la casa y la habían incluido en la lista de correo del vecindario. Era el sobre de plástico de una conocida mensajería. Lo abrió y encontró un periódico doblado. En la portada había una nota pegada que decía: Pon las noticias de la televisión. Paula frunció el ceño. Despegó la nota de la portada y leyó el gran titular:

TE QUIERO. VUELVE CONMIGO.

Sintió un nudo en el estómago y un montón de mariposas revoloteando en él.  «No te dejes llevar». Paula se regañó después de ver las letras borrosas del titular del periódico. «No es como si Pedro estuviera hablando contigo». Aun así, se volvió para buscar las gafas con una mezcla de miedo y esperanza. Cuando las encontró en la mesilla de noche, le temblaban las manos. Se las puso y miró la portada, boquiabierta. San Francisco está revolucionado con la desaparición de Paula Chaves, una heredera recién casada.  ¿Desaparición? Parecía que le hubiera sucedido algo malo. ¿Estaría Pedro metido en un lío? Nadie la ha visto desde el pasado jueves, cuando se marchó después de decirle a su marido que había descubierto que le habían pagado para que se casara con ella. ¿Cómo se habían enterado?

Al parecer el padre de Paula estaba tan decidido a buscarle un buen esposo a su hija que pagó un millón de dólares al joven ejecutivo para que se casara con ella.

Paula se estremeció. Ya era bastante malo lo que le había sucedido como para que se enterara todo el mundo. Las lágrimas afloraron a sus ojos. ¿Quién sería tan cruel como para mostrarle aquello? Entonces recordó la nota en la que le decían que encendiera la televisión para ver las noticias. Cierto impulso interior le decía que no lo hiciera. ¿También quería ver cómo se mofaban de ella en la televisión? Miró de nuevo el periódico.

"Desde que se marchó, Pedro, el esposo de Paula está destrozado. Y desesperado por encontrar a su esposa se ha dirigido a los periódicos en busca de ayuda".

Paula se quedó boquiabierta y cerró el periódico. Por supuesto que estaba destrozado. No quería perder el millón de dólares, así que tenía que encontrarla y convencerla de que volviera a su lado antes de que su padre le pidiera el dinero. Respiró hondo y tiró el periódico al suelo.

El titular:

TE QUIERO. VUELVE CONMIGO

Se veía de manera distinta bajo la perspectiva de que hubiera un montón de dinero de por medio. La mayor parte de la gente se mostraría públicamente por un millón de dólares y, evidentemente, Pedro no era distinto a los demás. Su padre debía de estar clamando al cielo. Odiaba la publicidad. Era de los que pensaban que el nombre de un hombre sólo debía aparecer en los periódicos tres veces en su vida, en el anuncio de su nacimiento, en el anuncio de su boda y en la esquela de su muerte.

martes, 20 de noviembre de 2018

No Quiero Perderte: Capítulo 36

Pero no la encontraba. Había desaparecido entre la neblina de la costa. Pedro había llamado a todo el mundo que conocía y a algunas personas que no conocía. Tras cuatro días, empezaba a desesperarse. Matías Darking, un amigo de la universidad, era editor en un periódico local. Fue a verlo por si había oído algún rumor al respecto. Matías tuvo el valor de echarse a reír.

–¿Tu esposa ha huido y estás llamando a la prensa para averiguar dónde está? ¿No se supone que debería ser al revés? ¿Y si mañana te saco en los titulares? Es un día de pocas noticias, ya sabes.

–Sólo quiero saber dónde está. He hablado con todo el mundo. Estoy muy preocupado, Matías.

–¿Crees que podría saltar desde el Golden Gate Bridge?

–No, es demasiado sensata para eso –¿Por qué a la gente le parecía divertido?–. La quiero, Mati. Ella no lo sabe y necesito decírselo.

–¿Te has casado con ella sin decirle que la querías?

–Por supuesto que se lo he dicho, pero no me cree. Piensa que me he casado con ella por dinero.

–Algo que sería comprensible. ¿Te haces idea de la fortuna que tienen los Chaves?

–No me importa que sean ricos. No me importa nada excepto recuperarla. Ni siquiera me importa la maldita agencia que estado planeando durante toda mi vida. Lo echaría todo por la borda con tal de tenerla a mi lado, y no bromeo.

La idea lo sorprendió. El sueño de toda la vida no era nada comparado con la idea de pasar el resto de sus días sin Paula. Sólo llevaba fuera cuatro días. Cuatro mañanas sin su sonrisa. Cuatro tardes sin sus besos. Cuatro noches sin sentir sus brazos alrededor del cuerpo. No podría soportarlo mucho más tiempo.

–Estás loco por ella.

–He contratado a un detective, he llamado a todos lo que creo que pueden conocerla, y he ido a visitar a sus parientes. La he buscado por sus lugares favoritos de la ciudad, pero ha desaparecido. Nadie tiene ni idea de dónde está –suspiró y miró a su amigo–. Haría cualquier cosa por recuperarla, Mati.

–¿Cualquier cosa? –preguntó Matías con curiosidad.

–Cualquier cosa.

TE QUIERO. VUELVE CONMIGO.

Las letras mayúsculas de la portada del San Francisco Examiner se veían en todos los quioscos de la ciudad. Pedro sentía una mezcla de vergüenza y emoción mientras caminaba por una calle concurrida. Había recibido la llamada de un famoso programa de televisión que quería que contara su historia. Para su sorpresa, aceptó rápidamente. Había hecho la entrevista aquella mañana.

–Sí, me temo que sí acepté dinero del padre de mi esposa. Lo consideraba una inversión para mi nuevo negocio –se aclaró la garganta y miró el micrófono que llevaba enganchado a la corbata. Los focos habían hecho que rompiera a sudar y las tres cámaras que lo enfocaban no ayudaban demasiado.

–Sin embargo, no le contaste nada a tu esposa –la rubia periodista se inclinó hacia él de forma que sus pestañas casi le rozaron la mejilla.

–No, nunca se lo dije. Y en eso es en lo que me equivoqué. Es mi esposa y deberíamos confiar el uno en el otro en todos los aspectos.

–Y cuando lo descubrió se sintió muy dolida.

–Estaba destrozada. Después de enterarse de lo del dinero, decidió que sólo me había casado con ella por eso, y que no me importaba nada.

–¿Es cierto?

Pedro enderezó los hombros.

–Nada más lejos de la verdad. Quiero a Paula. Me cautivó desde el primer momento en que la ví. Es una mujer divertida, encantadora, inteligente, dulce y con talento, y quiero compartir el resto de mi vida con ella.

–Hablas como un hombre enamorado –la voz del hombre que ayudaba a presentar el programa llamó la atención de Pedro–. ¿Y es cierto que has devuelto el dinero?

–Sí. Cada centavo –se llenó de orgullo.

El día anterior había ordenado la transferencia para devolver el dinero. Había tenido que emplear gran parte de sus ahorros para cubrir el dinero que ya se había gastado en la agencia. También le había enviado a Miguel Chaves una nota personal, disculpándose por el papel que desempeñaba en aquella conspiración y por la subsiguiente publicidad. Aunque, en realidad, pensaba que aquel hombre se merecía todo aquello.

–Soy un hombre lo suficiente trabajador y ambicioso como para mantener a Paula sin ayuda. Eso lo sé ahora. Independientemente de que pueda montar mi propia agencia o tenga que trabajar para otra persona, seguiré ofreciendo lo mejor a mis clientes. Desde que la conocí, he cambiado mi perspectiva de todo. El trabajo sigue siendo importante para mí, pero he descubierto la alegría de tener una compañera. Nunca he sido tan feliz en mi vida como lo he sido durante las últimas semanas con ella. La echo muchísimo de menos.

–Eres adorable –la presentadora le dio una palmadita en la pierna–. Me casaría contigo si no te hubiera pescado esa chica afortunada –se volvió hacia una de las tres cámaras que los enfocaba–. Paula, volverás con él, ¿Verdad?

Pero no había vuelto.

No Quiero Perderte: Capítulo 35

Pedro estacionó el coche en la misma calle de la casa de la familia Chaves. Se fijó en que había luz en las ventanas del piso de abajo, pero en las de arriba, donde antes vivía Paula, todo estaba oscuro. Pero quizá estuviera abajo hablando con su padre. Se acercó a la puerta de la mansión. Estaba nerviosísimo y no podía quitarse de la mente las ganas que tenía de abrazarla. Deseaba explicarle que no era tan malo como ella pensaba, que de veras estaba interesado en ella y no en el dinero. Se abrió la puerta y se sorprendió al ver a Miguel Chaves vestido con esmoquin.

–Ah, Pedro–lo hizo pasar–. ¿Qué tal con Paula?

O sea que no lo sabía.

–Me temo que no muy bien –Pedro se enderezó–. Ha descubierto lo de nuestro trato.

–¿Y se ha disgustado? –Miguel lo guió hasta el recibidor principal–. Estoy seguro de que se recuperará pronto.

Pedro respiró hondo. La actitud de aquel hombre lo irritaba. Entonces, se enfadó consigo mismo. ¿No había asumido también que la encontraría y la convencería de que cambiara de opinión enseguida? Y ni siquiera había sido capaz de encontrarla. El pánico se apoderó de él.

–¿Está aquí?

–¿Aquí? –Miguel arqueó una ceja–. Por supuesto que no. Vive contigo. Pensaba que estaba cómodamente instalada en tu palacio de cristal.

Pedro frunció el ceño al oír la extraña referencia a su apartamento. Era evidente que aquellos que poseían mansiones miraban con desdén a aquellos que no las poseían, aunque supieran que eran millonarios.

–Estábamos cenando en Iago´s y me contó que había descubierto la verdad y se marchó. Estaba muy disgustada –Pedro se metió las manos en los bolsillos. De pronto, odiaba estar allí perdiendo el tiempo. Paula podía haberse marchado a cualquier sitio.

Miguel lo miró fijamente.

–¿Se marchó de Iago´s? Espero que no montara ningún numerito.

–Me tiró los anillos –Pedro se lo dijo con satisfacción. El comentario de Miguel era demasiado–. Después, se marchó de allí.

–La gente debió de ver la escena.

–Estoy seguro.

–Correrán rumores. El nombre de la familia saldrá en prensa.

Santo cielo. ¿Cómo había podido sobrevivir Paula con aquel hombre durante los veintinueve años de su vida?

–Esperaba que estuviera en el apartamento, pero se ha marchado y se ha llevado los gatos. Pensé que podría estar aquí.

–Pues no está. Y si regresa no será bienvenida. Una mujer casada debe de estar con su marido. Debes de encontrarla enseguida, antes de que comience el escándalo.

–Lo estoy intentando. ¿Tienes idea de dónde puede haber ido? –la idea de que Paula estuviera en cualquier sitio, enfadada y dolida, era como una herida abierta–. ¿Dónde suele acudir para escapar?

–Paula nunca se va a ningún sitio –Miguel se terminó una copa de whisky–. Se queda con sus gatos o se entretiene con las obras benéficas. Por eso tuve que ir yo a buscarle marido. Tiene casi treinta años y la gente comenzaba a rumorear.

–Paula es una mujer muy especial –contestó Pedro indignado ante el comentario que aquel hombre había hecho de la mujer a la que amaba. Sí, amaba, No había otra palabra para describir la poderosa emoción que sentía.

–Encuéntrala y soluciona el problema antes de que la prensa se entere. Puedo imaginar lo que dirán si la gente supiera que he pagado para que se casen con mi hija.

–Aunque lo hicieras –Pedro se puso furioso.

Tenía ganas de tirarle el millón de dólares a la cara. Pero no era el momento. Tenía que encontrar a Paula antes de que se fuera demasiado lejos. Con los medios ilimitados de los que disponía, podía tomar un avión a cualquier parte del mundo.

–Te llamaré cuando la encuentre –se volvió y se dirigió hacia la puerta.

–Será mejor que la encuentres esta noche. Si mañana veo algo de esto en los periódicos…

–¿Qué? –Pedro se volvió y lo fulminó con la mirada–. Paula es quien importa en todo esto. Está disgustada, y con motivo. Ha sido culpa mía y tengo intención de solucionarlo.

Si es que podía encontrarla.

No Quiero Perderte: Capítulo 34

Paula conducía despacio por la autopista y la lluvia caía en el cristal cuando sonó su teléfono. Era probable que fuera Pedro. No pensaba contestar. Dejó que siguiera sonando y que saltara el buzón de voz. Entonces, comenzó a sonar de nuevo. Y una vez más saltó el buzón de voz. Pero continuaron llamando y Ali comenzó a maullar a modo de protesta.

–Tranquila, cariño. Pararé para decirle a ese cretino que deje de molestarnos –se detuvo en una gasolinera y contestó la llamada.

–Deja de llamarme, no quiero…

–Paula, soy yo, Marcela.

–¿Qué quieres? –preguntó con tono tenso. La idea de que Marcela fuera una traidora hacía que viera a su amiga de un modo completamente diferente. ¿Vas a decirle a Pedro dónde voy?

Paula le había contado a Marcela cuál era su plan después de la fiesta. Antes de descubrir la verdad acerca de ella.

–Sigo pensando que deberías replanteártelo todo –dijo Marcela–. ¿Cuándo pensabas marcharte?

–Ya me he ido. Estoy en la carretera.

–¿Vas hacia Napa?

–Me arrepiento de haberte contado mi plan desde que me he enterado de que eres una espía.

–¿Qué?

–No finjas que eres inocente. El detective de Brock te ha descubierto.

Elle se quedó en silencio.

–Y me pregunto si Pedro te pidió que me hicieras cambiar de imagen para que quedara mejor a su lado cuando se casara conmigo por dinero.

–Él no tuvo nada que ver con eso. Lo prometo. Estoy de acuerdo en que fue un poco interesado por su parte aceptar dinero de tu padre, pero es un hombre, ya sabes.

–Pues no lo necesito. Hasta ahora me ha ido muy bien sin un hombre a mi lado. Y también me voy a quitar estas malditas lentillas verdes –se quitó la del ojo izquierdo y la tiró al asiento de atrás.

De pronto, lo veía todo nublado y conducir así podía ser peligroso. Abrió la guantera y sacó su par de gafas de repuesto. Se quitó la segunda lentilla y la tiró al suelo antes de ponerse las gafas.

–Creo que las mejoras que he hecho en mi vida últimamente no han servido de nada. ¿Y en qué estabas pensando cuando te liaste con Antonio Maddox? Bastante contraproducente es que fuera tu jefe pero, ¿Que además lo espiaras?

–Es complicado –susurró Marcela–. Ojalá pudiera explicártelo, pero…

–Ahórratelo. Ya tengo bastante con mis problemas –se acarició el cabello–. Lo peor de todo es que me siento culpable –no podía evitar compartir sus sentimientos con Marcela.

–¿Por qué?

–Porque voy a arruinar el sueño de Pedro de montar su propia agencia. Mi padre le pedirá que le devuelva el dinero.

–No me preocuparía mucho por Pedro. Pondrá los pies en la tierra. Las personas inteligentes siempre lo hacen.

–Pareces experta en el tema.

–Confía en mí, lo soy. ¿Qué vas a hacer?

–Ni idea –y aunque lo supiera no se lo contaría a Marcela. Creía que había encontrado a una buena a miga y resultaba que era peor que su propio marido. Marido. Vaya palabra.

–Lo primero que voy a hacer es anular el matrimonio. No creo que sea la primera novia de California que se levanta un día preguntándose cómo ha podido casarse con un hombre así.

–Sigo pensando que te equivocas si vas a dejar a Pedro.

–Marcela, lo que más he temido desde que era pequeña era que un hombre se casara conmigo por dinero. No es algo que pueda perdonar.

–Supongo que todos tenemos nuestras pequeñas cosas.

–Tienes muchísima razón.

–Pero no te olvides de ponerte mascarilla en el pelo –dijo Marcela con una pizca de humor–. ¿A que se nota la diferencia?

–Admito que sí. ¿Pero me ha hecho más feliz? –soltó una risita–. Creo que estaba mejor con el pelo seco. Por cierto, tengo que seguir mi camino y dar de comer a mis gatos.

Colgó el teléfono antes de que Marcela pudiera protestar y lo apagó. Pedro no la había llamado. Probablemente no le importaba lo bastante como para que fuera a buscarla. Era posible que estuviera tratando de ver cómo podía salvar su dinero, puesto que eso era lo que quería en realidad. Habría ido a casa de su padre y estaría intentando darle la vuelta a la tortilla. Y quizá hasta le funcionara el plan. A su padre siempre le había importado más el dinero que ella. Se secó una lágrima que corría por su mejilla y limpio las gafas empañadas antes de regresar a la carretera. Al menos en Napa estaría alejada de todos y todo, y podría pensar qué hacer después. Quizá se mudara de San Francisco. Todo el mundo se reiría de ella una vez que se corriera la voz. Antes ya le parecía bastante malo ser una sosa heredera. Pero ser la mujer que había sido engañada por un cazafortunas era más de lo que podía soportar. Quizá se fuera a vivir a las montañas como una ermitaña. Los ermitaños podían tener gatos, ¿No?