Pedro miró los anillos mientras rebotaban en la mesa y caían al suelo. Después, se agachó para recogerlos. Las palabras de Paula reverberaban en su cabeza. Encontró el anillo de diamantes que su abuela le había dejado y se levantó, aliviado.
–Paula…
Se había marchado. Miró por el restaurante pero no la encontró. Se puso en pie con el anillo guardado en la mano.
–¿Puedo ayudarlo, señor? –un camarero se acercó deprisa.
–¿Dónde se ha ido?
–¿Su acompañante?
–¡Sí!
–Me temo que no la he visto –se acercó–. Quizá esté en el lavabo.
Pedro frunció el ceño.
–No creo. Será mejor que pague la cuenta.
–Los entrantes no tardarán, señor.
–No, pero tengo que irme –la gente lo miraba y él sacó tres billetes de cincuenta dólares del bolsillo.
De pronto, se acordó del otro anillo y se agachó para buscarlo. La alianza de oro grabada con las iniciales de ambos estaba junto a la pata de la mesa. Lo recogió y lo guardó en un bolsillo.
–¿Hay algún problema, señor? –el maître se acercó a él.
–No, ninguno. Sólo que me ha surgido un imprevisto –se aclaró la garganta y le entregó los billetes–. Quédese el cambio.
Una vez en la calle, miró a ambos lados. No había ni rastro de Paula. Una sensación de angustia lo invadió por dentro. ¿Por qué se había disgustado tanto? ¿Era tan grave que él hubiera aceptado dinero de su padre? Se pasó la mano por el cabello. Por supuesto que era grave. Paula pensaba que se había casado con ella sólo por el dinero. Se sentía culpable y avergonzado. ¿Cómo reaccionaría el padre de Paula? Pedro se preguntaba si Miguel Chaves sabía que ella lo había descubierto. A lo mejor él podría convencerla para que no provocara un escándalo. No sería bueno para ninguno. Y si ella rompía el matrimonio, Chaves podía pedirle que le devolviera el millón de dólares.
Pedro se detuvo en medio de la calle. Un coche pasó casi rozándolo y se subió a la acera. Ya se había gastado parte del dinero en el alquiler de la nueva oficina. Y había dado un depósito para reformar la sala de conferencias. Ni siquiera tenía el dinero para devolverlo. Se dirigió hacia el apartamento caminando. No había llevado el coche al restaurante porque no quedaba demasiado lejos. A Paula y a él les gustaba regresar paseando después de ir a cenar. Ella sabía muchas cosas de la arquitectura y la historia de la ciudad y siempre le mostraba cosas interesantes en las que él no había reparado. La ciudad había cobrado vida para él desde que la había conocido. Sintió un fuerte remordimiento. Era terrible que ella se hubiese enterado de esa manera. Podía imaginarla escuchando el mensaje. Debía de haberse quedado destrozada. Si pudiera encontrarla y explicarle que estaba interesado en ella y no en el dinero.
El ascensor que lo llevaría hasta su apartamento subía demasiado despacio. ¿Y si ella ya se había marchado? Tendría que ir a buscarla a casa de su padre y no le hacía ninguna gracia tener que ver a aquel hombre si ya se había desatado el escándalo. La encontraría, le diría que la amaba de verdad y que todo saldría bien. O eso esperaba. Llamó a la puerta de apartamento. Al fin y al cabo también era su casa y no quería interrumpirla si estaba llorando. No obtuvo respuesta. Sacó la llave y abrió la puerta.
–¿Paula?
El departamento estaba a oscuras. Encendió la luz y esperó a que aparecieran los gatos, pero no fue así.
–¿Faith? ¿Ali? ¿Dónde están?
Pedro sintió mucho miedo. Los gatos tampoco estaban en la casa. Paula no podía haber tenido tiempo de pasar a buscarlos así que debía de habérselos llevado con ella desde un principio. Se dirigió a su armario y lo abrió. Para su sorpresa descubrió que todavía estaba lleno de ropa, casi toda nueva y con la etiqueta puesta. Así que no se había marchado para siempre. A menos que hubiera decidido abandonar su nuevo aspecto también. Se dirigió al garaje. Tenía que ir a la mansión de los Chaves y recuperar a Paula. Y tenía que llegar antes de que el padre de Paula se enterara por otra persona de la discusión que habían tenido en público.
martes, 20 de noviembre de 2018
jueves, 15 de noviembre de 2018
No Quiero Perderte: Capítulo 32
–No me mientas –alzó la voz–. Oí lo que dijo. Estaba sorprendido por el hecho de que hubieras podido seducirme en tan poco tiempo. Normalmente soy más sensata que eso –se quitó el anillo de compromiso y el de boda–. He tenido muchos hombres interesados por mi dinero y fingiendo interés por mí, así que suelo detectarlos a una milla de distancia. Tú eras diferente. Y mucho más atractivo, por otro lado.
Lo miró un instante y pensó que podía haber besado y fotografiado aquel rostro durante toda su vida, si no hubiese sido el rostro de un traidor.
–Soy diferente. No estoy interesado en tu dinero.
–Pero lo aceptaste, ¿No es así?
–El dinero de tu padre. Sí, lo acepté. Porque quería montar mi negocio. Llevaba mucho tiempo esperando y había sufrido varios contratiempos que me impidieron hacerlo hasta que tu padre me ofreció la oportunidad…
–De aprovechar la oferta y llevarte a su hija solterona –pestañeó para contener las lágrimas–. Ahora sé por qué tenías tanta prisa por casarte. Por qué no querías un noviazgo largo que se anunciara en los periódicos, o una boda de verdad. Nada de eso te importaba porque no se trataba de nosotros. Sólo se trataba de dinero. Bueno, pues no estoy dispuesta a que me vendan, ni siquiera por un millón de dólares –su voz sobresalió del murmullo que había en el elegante restaurante cuando se levantó y le tiró los anillos a Pedro. Rebotaron en el mantel y desaparecieron mientras su silla se caía al suelo.
Paula corrió hacia la puerta, chocándose con una mesa y tambaleándose sobre sus zapatos de tacón. Jadeando, y con lágrimas en las mejillas, corrió por las escaleras de emergencia hasta que llegó a la calle. Pedro no salió tras ella. ¿Esperaba que hubiera corrido tras ella para convencerla de que todo había sido un gran error? Su romance de cuento de hadas era una farsa y su sueño nunca volvería a convertirse en realidad. Cuando llegó a la calle estaba prácticamente oscuro. Se dirigió a su coche y buscó las llaves en el bolso. Le temblaban las manos, pero Ali y Faith la saludaron con un maullido.
–Estoy aquí. Nos escaparemos juntas.
Se sentó en el asiento de cuero y arrancó el motor. Cuando se dirigió hacia la autopista, sintió que se le encogía el corazón. Había terminado. Con un poco de suerte no volvería a ver a Pedro nunca más. Quizá, incluso llegara a olvidarlo algún día. No. Nunca lo olvidaría. ¿Cómo iba a olvidar a alguien que la había engañado para comprometerse con ella? ¿Cómo iba a olvidar la seguridad de sus abrazos? ¿El poderoso roce de sus dedos contra la piel o la pasión de sus besos?
–¡Maldito sea! –golpeó el volante con el puño.
¿Por qué tenía que haberle dado placeres que nunca podría tener? Debía pagar por ello. Y lo haría. Aunque se formara un gran escándalo. Su padre le pediría que le devolviera el dinero. No iba a pagar un millón de dólares por un matrimonio que había durado menos de un mes. Miguel Chaves era un inversor demasiado astuto para eso. No. Pedro tendría que devolverlo todo, arruinaría su negocio y tendría que suplicarle a Antonio Maddox para que lo contratara de nuevo. Un sentimiento de culpa se apoderó de ella. En el fondo, deseaba que él tuviera éxito y fuera feliz. ¿Y por qué no? Era así de idiota. Soltó un gritó de angustia, repartiendo su dolor por el aire. Había sido estúpida al pensar que alguien podía llegar a amarla por ser como era.
Lo miró un instante y pensó que podía haber besado y fotografiado aquel rostro durante toda su vida, si no hubiese sido el rostro de un traidor.
–Soy diferente. No estoy interesado en tu dinero.
–Pero lo aceptaste, ¿No es así?
–El dinero de tu padre. Sí, lo acepté. Porque quería montar mi negocio. Llevaba mucho tiempo esperando y había sufrido varios contratiempos que me impidieron hacerlo hasta que tu padre me ofreció la oportunidad…
–De aprovechar la oferta y llevarte a su hija solterona –pestañeó para contener las lágrimas–. Ahora sé por qué tenías tanta prisa por casarte. Por qué no querías un noviazgo largo que se anunciara en los periódicos, o una boda de verdad. Nada de eso te importaba porque no se trataba de nosotros. Sólo se trataba de dinero. Bueno, pues no estoy dispuesta a que me vendan, ni siquiera por un millón de dólares –su voz sobresalió del murmullo que había en el elegante restaurante cuando se levantó y le tiró los anillos a Pedro. Rebotaron en el mantel y desaparecieron mientras su silla se caía al suelo.
Paula corrió hacia la puerta, chocándose con una mesa y tambaleándose sobre sus zapatos de tacón. Jadeando, y con lágrimas en las mejillas, corrió por las escaleras de emergencia hasta que llegó a la calle. Pedro no salió tras ella. ¿Esperaba que hubiera corrido tras ella para convencerla de que todo había sido un gran error? Su romance de cuento de hadas era una farsa y su sueño nunca volvería a convertirse en realidad. Cuando llegó a la calle estaba prácticamente oscuro. Se dirigió a su coche y buscó las llaves en el bolso. Le temblaban las manos, pero Ali y Faith la saludaron con un maullido.
–Estoy aquí. Nos escaparemos juntas.
Se sentó en el asiento de cuero y arrancó el motor. Cuando se dirigió hacia la autopista, sintió que se le encogía el corazón. Había terminado. Con un poco de suerte no volvería a ver a Pedro nunca más. Quizá, incluso llegara a olvidarlo algún día. No. Nunca lo olvidaría. ¿Cómo iba a olvidar a alguien que la había engañado para comprometerse con ella? ¿Cómo iba a olvidar la seguridad de sus abrazos? ¿El poderoso roce de sus dedos contra la piel o la pasión de sus besos?
–¡Maldito sea! –golpeó el volante con el puño.
¿Por qué tenía que haberle dado placeres que nunca podría tener? Debía pagar por ello. Y lo haría. Aunque se formara un gran escándalo. Su padre le pediría que le devolviera el dinero. No iba a pagar un millón de dólares por un matrimonio que había durado menos de un mes. Miguel Chaves era un inversor demasiado astuto para eso. No. Pedro tendría que devolverlo todo, arruinaría su negocio y tendría que suplicarle a Antonio Maddox para que lo contratara de nuevo. Un sentimiento de culpa se apoderó de ella. En el fondo, deseaba que él tuviera éxito y fuera feliz. ¿Y por qué no? Era así de idiota. Soltó un gritó de angustia, repartiendo su dolor por el aire. Había sido estúpida al pensar que alguien podía llegar a amarla por ser como era.
No Quiero Perderte: Capítulo 31
–Me entrenaron desde muy joven –como heredera, había aprendido a conversar con todo el mundo, desde los miembros de la realeza hasta los empleados–. A veces viene bien.
–Y estabas tan tranquila, incluso a pesar de que sabíamos que sólo teníamos un día para el rodaje.
–Sabía que lo terminaríamos.
–Ojalá hubiera más fotógrafos como tú –sonrió y levantó la copa.
¿Por qué tenía que ser tan atractivo? La sonrisa que puso Paula debía de haber sido falsa, pero no lo era. No podía evitarlo. Pedro era muy tentador.
–¿Para contratarlos a ellos en lugar de a mí? –ella arqueó una ceja y le guiñó un ojo.
–¿Por qué iba a hacer tal cosa si todo puede quedar en familia? –le agarró la mano–. ¿No te parece perfecto?
–Sí, demasiado perfecto.
La mirada de Pedro brillaba con entusiasmo, por su nuevo negocio, no por la pasión que sentía por ella. Todo era demasiado bonito para ser real. Porque, por supuesto, no lo era.
El camarero les sirvió los aperitivos. Paula agarró el tenedor pero no tenía hambre. «Ahora. Díselo ahora». Pero ¿Cómo iba a decírselo si él sonreía con cara de felicidad? Era ella la que solía calmar los ánimos y los problemas de los demás. Prefería consolar y hacer que todo el mundo se sintiera bien, aunque fuese a su costa. Era Paula, la chica buena con la que siempre se podía contar. O al menos, así solía ser. Antes de que sus sueños se convirtieran en realidad y quedaran destrozados de la manera más cruel y dolorosa posible en menos de una semana. Se le puso un fuerte dolor en el pecho que hizo que entrara en acción.
–Pedro, ¿Cuándo supiste que te habías enamorado de mí?
–Hmm, interesante pregunta.
–¿Fue cuando me viste por primera vez, con aquel vestido gris, sin maquillaje y el cabello alborotado? –lo miró tranquila–. ¿Cuando estaba tan nerviosa que apenas podía hablar?
–No, no creo que fuera entonces.
–¿Y por qué me sacaste a bailar?
–¿Por qué no?
–Bueno… –tragó saliva–, es que los hombres sólo me sacan a bailar cuando están interesados en mi dinero –lo miró muy seria–. Estoy acostumbrada a eso. De algún modo, contigo parecía distinto.
–Porque era distinto. Me siento atraído por tí, no por tu riqueza –bebió un sorbo de champán–. Me atraes por cómo eres.
El dolor que sentía Paula se hizo más intenso. ¿Cómo podía mantener esa expresión tranquila cuando la estaba mintiendo?
–Pero te sientes mas atraído por mí desde que cambié de imagen.
–No diría tal cosa –sonrió–. Bueno, puede que sí. Estás tremenda cuando te arreglas, Pau.
–Ahora lo sé. Aunque todo el mérito es de Marcela. Fue ella la que me transformó como si fuese mi hada madrina. E incluso al final conseguí un príncipe también.
Pedro frunció el ceño.
–¿Marcela te transformó? ¿Y cuál era su intención? Desde que Antonio me contó que era la espía, sé que busca algo más de lo que aparenta. Debes de tener cuidado con ella. A saber qué intenta sacar de tí. No le has dado ninguna información financiera, ¿Verdad?
–Por supuesto que no –«no, no queremos que ponga las manos sobre tu dinero». Las lágrimas inundaron sus ojos, pero consiguió contenerlas. Ya tendría tiempo para llorar más tarde–. Pero me cae bien. Y confío en ella. Soy una persona confiada o, al menos, solía serlo –le tembló la voz.
–¿Has perdido la confianza en ella?
–En ella no, en otra persona.
Pedro frunció el ceño.
–¿En quién? –se inclinó hacia delante–. Dímelo y lo solucionaremos. No quiero que nadie te haga daño –la miró fijamente a los ojos.
–En tí.
Las palabras salieron de su boca y permanecieron en el aire unos instantes. Pedro frunció el ceño.
–No lo comprendo.
–¿No? A lo mejor lo comprendes mejor si te menciono cierto número con seis ceros.
Pedro dejó el tenedor sobre la mesa, continuó mirándola fijamente y se pasó la mano por el cabello.
–Oí un mensaje que mi padre te dejó en el contestador agradeciéndote que te hubieras casado conmigo, a cambio de una cifra importante, por supuesto, ya que nadie querría quedarse a mi lado a cambio de nada.
–Él me ofreció ayuda para iniciar mi negocio. Simplemente es una inversión por su parte.
–Y estabas tan tranquila, incluso a pesar de que sabíamos que sólo teníamos un día para el rodaje.
–Sabía que lo terminaríamos.
–Ojalá hubiera más fotógrafos como tú –sonrió y levantó la copa.
¿Por qué tenía que ser tan atractivo? La sonrisa que puso Paula debía de haber sido falsa, pero no lo era. No podía evitarlo. Pedro era muy tentador.
–¿Para contratarlos a ellos en lugar de a mí? –ella arqueó una ceja y le guiñó un ojo.
–¿Por qué iba a hacer tal cosa si todo puede quedar en familia? –le agarró la mano–. ¿No te parece perfecto?
–Sí, demasiado perfecto.
La mirada de Pedro brillaba con entusiasmo, por su nuevo negocio, no por la pasión que sentía por ella. Todo era demasiado bonito para ser real. Porque, por supuesto, no lo era.
El camarero les sirvió los aperitivos. Paula agarró el tenedor pero no tenía hambre. «Ahora. Díselo ahora». Pero ¿Cómo iba a decírselo si él sonreía con cara de felicidad? Era ella la que solía calmar los ánimos y los problemas de los demás. Prefería consolar y hacer que todo el mundo se sintiera bien, aunque fuese a su costa. Era Paula, la chica buena con la que siempre se podía contar. O al menos, así solía ser. Antes de que sus sueños se convirtieran en realidad y quedaran destrozados de la manera más cruel y dolorosa posible en menos de una semana. Se le puso un fuerte dolor en el pecho que hizo que entrara en acción.
–Pedro, ¿Cuándo supiste que te habías enamorado de mí?
–Hmm, interesante pregunta.
–¿Fue cuando me viste por primera vez, con aquel vestido gris, sin maquillaje y el cabello alborotado? –lo miró tranquila–. ¿Cuando estaba tan nerviosa que apenas podía hablar?
–No, no creo que fuera entonces.
–¿Y por qué me sacaste a bailar?
–¿Por qué no?
–Bueno… –tragó saliva–, es que los hombres sólo me sacan a bailar cuando están interesados en mi dinero –lo miró muy seria–. Estoy acostumbrada a eso. De algún modo, contigo parecía distinto.
–Porque era distinto. Me siento atraído por tí, no por tu riqueza –bebió un sorbo de champán–. Me atraes por cómo eres.
El dolor que sentía Paula se hizo más intenso. ¿Cómo podía mantener esa expresión tranquila cuando la estaba mintiendo?
–Pero te sientes mas atraído por mí desde que cambié de imagen.
–No diría tal cosa –sonrió–. Bueno, puede que sí. Estás tremenda cuando te arreglas, Pau.
–Ahora lo sé. Aunque todo el mérito es de Marcela. Fue ella la que me transformó como si fuese mi hada madrina. E incluso al final conseguí un príncipe también.
Pedro frunció el ceño.
–¿Marcela te transformó? ¿Y cuál era su intención? Desde que Antonio me contó que era la espía, sé que busca algo más de lo que aparenta. Debes de tener cuidado con ella. A saber qué intenta sacar de tí. No le has dado ninguna información financiera, ¿Verdad?
–Por supuesto que no –«no, no queremos que ponga las manos sobre tu dinero». Las lágrimas inundaron sus ojos, pero consiguió contenerlas. Ya tendría tiempo para llorar más tarde–. Pero me cae bien. Y confío en ella. Soy una persona confiada o, al menos, solía serlo –le tembló la voz.
–¿Has perdido la confianza en ella?
–En ella no, en otra persona.
Pedro frunció el ceño.
–¿En quién? –se inclinó hacia delante–. Dímelo y lo solucionaremos. No quiero que nadie te haga daño –la miró fijamente a los ojos.
–En tí.
Las palabras salieron de su boca y permanecieron en el aire unos instantes. Pedro frunció el ceño.
–No lo comprendo.
–¿No? A lo mejor lo comprendes mejor si te menciono cierto número con seis ceros.
Pedro dejó el tenedor sobre la mesa, continuó mirándola fijamente y se pasó la mano por el cabello.
–Oí un mensaje que mi padre te dejó en el contestador agradeciéndote que te hubieras casado conmigo, a cambio de una cifra importante, por supuesto, ya que nadie querría quedarse a mi lado a cambio de nada.
–Él me ofreció ayuda para iniciar mi negocio. Simplemente es una inversión por su parte.
No Quiero Perderte: Capítulo 30
–¡Les han encantado las fotos! –exclamó Pedro mientras caminaban por Market Street después del rodaje.
–Sí. Parecían muy contentos –dijo ella con una sonrisa.
–Tendrías que considerar la posibilidad de dedicarte a la fotografía publicitaria –la estrechó contra su cuerpo. Iban caminando abrazados, como si fueran un matrimonio feliz.
–Puede que lo haga –«Pero no contigo».
–Parecía que lo estabas disfrutando de verdad. Hiciste un trabajo estupendo diciéndoles a los modelos cómo conseguir el aspecto perfecto. Eso no es fácil.
–Ha sido divertido. Podría imaginarme trabajando para revistas.
–Creo que esto merece una cena de celebración, así que he reservado en mi restaurante favorito, Lago´s.
Lago´s era un restaurante elegante que Bree había oído mencionar a su padre.
–¿Y por qué no? Parece el lugar perfecto para que vaya a cenar el presidente de una gran compañía de publicidad.
–Eso es lo que pensaba –la sonrisa de Pedro estuvo a punto de conseguir que ella cambiara de opinión respecto a su decisión.
Entonces, las palabras que había oído en el mensaje del contestador resonaron en su cabeza. Un millón de los grandes. Eso era en lo que consistía su relación amorosa. Había llegado el momento de poner en marcha su plan.
–Tengo que pasar por casa para cambiarme.
–Está bien, tenemos cuarenta y cinco minutos. Suponía que querrías pasar por casa. Eres tan elegante.
Paula sintió pánico al darse cuenta de que necesitaba que él no estuviera en la casa para poder recoger sus cosas y meter a los gatos en las cajas.
–Pedro, ¿Me harías el favor y pasarías a recoger una caja de fotos a casa de mi padre mientras me cambio? –eso le llevaría unos cuarenta y cinco minutos y así no podría pasar por su casa–. Dame la dirección del restaurante. Nos veremos allí.
–Claro. Toma –sacó una caja de cerillas del bolsillo y se la dió.
Paula miró la dirección. Podría estacionar en el estacionamiento público que había cerca de
allí. Respiró hondo y dijo:
–Es una caja de plástico azul que está a la izquierda de mi escritorio. No puedo creer que me la haya dejado –en realidad no necesitaba la caja para nada, pero era su oportunidad para planificar su huida.
Y podía ser que Pedro se encontrara con su padre y se felicitaran mutuamente… Justo antes de que ella sacara a la luz su plan conspirador.
Pedro entró detrás de ella en el restaurante más elegante de la ciudad. Todas las mesas estaban decoradas con flores y los clientes iban muy elegantemente vestidos. La luz del atardecer entraba por los ventanales con vistas al agua. Él la guió hasta la mesa que tenía la mejor vista de todas, en un pequeño balcón que sobresalía sobre la bahía.
–Debes de conocer a alguien para haber conseguido esta mesa –susurró ella.
–Sólo quiero lo mejor para mi bella esposa.
Paula sintió un nudo en el estómago. Aquel lugar de ambiente refinado no era el lugar para montar un numerito. Quizá debería esperar a llegar a casa antes de enfrentarse a él. No, lo tenía todo planeado. El coche cargado y los gatos esperándola en sus jaulas, junto a la medicina de Ali y la comida especial de Faith. ¿De veras podía hacer aquello? ¿Marcharse sin más? El pánico se apoderaba de ella por momentos. Respiró hondo, provocando que sus senos se hincharan bajo el vestido verde que había elegido para la ocasión. Quería que Pedro la recordara muy guapa antes de poner en marcha su plan.
Pedro le retiró la silla para que se sentara. Ella se acomodó y se colocó la servilleta en el regazo. El camarero les sirvió una copa de champán y les explicó las recomendaciones del menú.
–Hoy has estado fantástica –Pedro la miró a los ojos con ternura. Te has comportado con mucha naturalidad con los clientes. Hay gente que se pone muy nerviosa con ellos.
–Sí. Parecían muy contentos –dijo ella con una sonrisa.
–Tendrías que considerar la posibilidad de dedicarte a la fotografía publicitaria –la estrechó contra su cuerpo. Iban caminando abrazados, como si fueran un matrimonio feliz.
–Puede que lo haga –«Pero no contigo».
–Parecía que lo estabas disfrutando de verdad. Hiciste un trabajo estupendo diciéndoles a los modelos cómo conseguir el aspecto perfecto. Eso no es fácil.
–Ha sido divertido. Podría imaginarme trabajando para revistas.
–Creo que esto merece una cena de celebración, así que he reservado en mi restaurante favorito, Lago´s.
Lago´s era un restaurante elegante que Bree había oído mencionar a su padre.
–¿Y por qué no? Parece el lugar perfecto para que vaya a cenar el presidente de una gran compañía de publicidad.
–Eso es lo que pensaba –la sonrisa de Pedro estuvo a punto de conseguir que ella cambiara de opinión respecto a su decisión.
Entonces, las palabras que había oído en el mensaje del contestador resonaron en su cabeza. Un millón de los grandes. Eso era en lo que consistía su relación amorosa. Había llegado el momento de poner en marcha su plan.
–Tengo que pasar por casa para cambiarme.
–Está bien, tenemos cuarenta y cinco minutos. Suponía que querrías pasar por casa. Eres tan elegante.
Paula sintió pánico al darse cuenta de que necesitaba que él no estuviera en la casa para poder recoger sus cosas y meter a los gatos en las cajas.
–Pedro, ¿Me harías el favor y pasarías a recoger una caja de fotos a casa de mi padre mientras me cambio? –eso le llevaría unos cuarenta y cinco minutos y así no podría pasar por su casa–. Dame la dirección del restaurante. Nos veremos allí.
–Claro. Toma –sacó una caja de cerillas del bolsillo y se la dió.
Paula miró la dirección. Podría estacionar en el estacionamiento público que había cerca de
allí. Respiró hondo y dijo:
–Es una caja de plástico azul que está a la izquierda de mi escritorio. No puedo creer que me la haya dejado –en realidad no necesitaba la caja para nada, pero era su oportunidad para planificar su huida.
Y podía ser que Pedro se encontrara con su padre y se felicitaran mutuamente… Justo antes de que ella sacara a la luz su plan conspirador.
Pedro entró detrás de ella en el restaurante más elegante de la ciudad. Todas las mesas estaban decoradas con flores y los clientes iban muy elegantemente vestidos. La luz del atardecer entraba por los ventanales con vistas al agua. Él la guió hasta la mesa que tenía la mejor vista de todas, en un pequeño balcón que sobresalía sobre la bahía.
–Debes de conocer a alguien para haber conseguido esta mesa –susurró ella.
–Sólo quiero lo mejor para mi bella esposa.
Paula sintió un nudo en el estómago. Aquel lugar de ambiente refinado no era el lugar para montar un numerito. Quizá debería esperar a llegar a casa antes de enfrentarse a él. No, lo tenía todo planeado. El coche cargado y los gatos esperándola en sus jaulas, junto a la medicina de Ali y la comida especial de Faith. ¿De veras podía hacer aquello? ¿Marcharse sin más? El pánico se apoderaba de ella por momentos. Respiró hondo, provocando que sus senos se hincharan bajo el vestido verde que había elegido para la ocasión. Quería que Pedro la recordara muy guapa antes de poner en marcha su plan.
Pedro le retiró la silla para que se sentara. Ella se acomodó y se colocó la servilleta en el regazo. El camarero les sirvió una copa de champán y les explicó las recomendaciones del menú.
–Hoy has estado fantástica –Pedro la miró a los ojos con ternura. Te has comportado con mucha naturalidad con los clientes. Hay gente que se pone muy nerviosa con ellos.
No Quiero Perderte: Capítulo 29
Carlos Jewelers. Probablemente era el joyero más famoso de la zona de Bay. Su joyería era el tipo de lugar al que su padre iría a comprar unos gemelos. Y eran conocidos por sus llamativas campañas publicitarias. Pero ¿Pedro quería que trabajara o que simplemente hiciera unas fotos de forma gratuita? Ella decidió ponerlo a prueba.
–Soy fotógrafa profesional. Tendrías que pagarme –sonrió.
Pedro se quedó un poco sorprendido, pero la agarró de las manos y se las apretó.
–Por supuesto que te pagaré. Diez mil dólares por día de rodaje y otros mil por cada hora de trabajo después de las cinco. Es la tarifa más alta de Maddox.
–Entonces lo haré –una sonrisa inundó su rostro.
¿Cómo no iba a entusiasmarse con una oportunidad así? Sería divertido. Algo nuevo e inesperado para añadir a su carpeta y, quizá, una nueva dirección para su carrera fotográfica.
–Somos un gran equipo, cariño –dijo Pedro tras besarla en la boca.
A Paula se le encogió el corazón. Sólo eran un equipo mientras ella pudiera continuar con la farsa del matrimonio feliz. Él dejaría de sonreír en cuanto ella provocara un escándalo pidiéndole el divorcio. Se levantó y se dirigió al baño porque estaba al borde de las lágrimas. Lo peor era que odiaba la idea de hacerle daño, de destrozar sus sueños igual que él había destrozado los de ella. Se limpió el maquillaje con un pañuelo de papel y respiró hondo. «Se supone que tienes que vengarte, ¿Recuerdas?».
Paula sonrió con entusiasmo mientras Pedro recibía a los clientes en el estudio de fotografía que habían alquilado para el día. El equipo de Carlos lo formaba un hombre y una mujer. Eran jóvenes y modernos. Le habían enviado a Paula algunas fotos de las piezas y ella les había devuelto los bocetos con sus ideas, que les habían encantado. Había dos modelos sentados al otro lado del estudio, preparadas para ponerse las joyas y vestidas con la ropa negra que Paula había pedido prestada en su tienda favorita. La encargada de la tienda había estado encantada de ayudarla, quizá porque les había comprado montones de ropa para mejorar su nueva imagen.
La nueva secretaria de Pedro les ofreció té, café y limonada casera, mientras comentaban las ideas de Paula. Ella se sentía relajada y totalmente profesional. Tener a Pedro a su lado, sonriente y seguro de sí mismo, no le hacía daño. ¿Por qué diablos tenía que estar tan contento? ¿Y por qué no iba a estarlo? Su sueño se estaba haciendo realidad. Era difícil no compartir su entusiasmo y ella tenía que recordarse continuamente que no era más que un títere de su juego. Preparó a las modelos con la ayuda de una peluquera profesional y de una maquilladora y tomó las fotos. Los resultados fueron fantásticos, sobre todo unas copias en blanco y negro que sacó en papel en lugar de en imagen digital.
–Es un genio. ¿De dónde la has sacado? –el hombre del equipo de Carlos le dió una palmadita a Pedro en la espalda mientras miraban las fotos en un ordenador portátil.
–Soy un hombre muy afortunado. Es mi esposa –sonrió a Paula.
Ella sonrió radiante durante un instante, antes de recordar por qué era su esposa… Para que él pudiera estar allí, recibiendo de sus clientes palmaditas en la espalda. Hubiera sido mejor que no lo hubiese descubierto nunca, ya que en aquellos momentos se sentiría verdaderamente feliz y disfrutando de su trabajo como fotógrafa profesional junto al amor de su vida. Maldita venganza. No podía vivir más tiempo aquella mentira. Había llegado el momento de decirle a Pedro que sabía la verdad.
–Soy fotógrafa profesional. Tendrías que pagarme –sonrió.
Pedro se quedó un poco sorprendido, pero la agarró de las manos y se las apretó.
–Por supuesto que te pagaré. Diez mil dólares por día de rodaje y otros mil por cada hora de trabajo después de las cinco. Es la tarifa más alta de Maddox.
–Entonces lo haré –una sonrisa inundó su rostro.
¿Cómo no iba a entusiasmarse con una oportunidad así? Sería divertido. Algo nuevo e inesperado para añadir a su carpeta y, quizá, una nueva dirección para su carrera fotográfica.
–Somos un gran equipo, cariño –dijo Pedro tras besarla en la boca.
A Paula se le encogió el corazón. Sólo eran un equipo mientras ella pudiera continuar con la farsa del matrimonio feliz. Él dejaría de sonreír en cuanto ella provocara un escándalo pidiéndole el divorcio. Se levantó y se dirigió al baño porque estaba al borde de las lágrimas. Lo peor era que odiaba la idea de hacerle daño, de destrozar sus sueños igual que él había destrozado los de ella. Se limpió el maquillaje con un pañuelo de papel y respiró hondo. «Se supone que tienes que vengarte, ¿Recuerdas?».
Paula sonrió con entusiasmo mientras Pedro recibía a los clientes en el estudio de fotografía que habían alquilado para el día. El equipo de Carlos lo formaba un hombre y una mujer. Eran jóvenes y modernos. Le habían enviado a Paula algunas fotos de las piezas y ella les había devuelto los bocetos con sus ideas, que les habían encantado. Había dos modelos sentados al otro lado del estudio, preparadas para ponerse las joyas y vestidas con la ropa negra que Paula había pedido prestada en su tienda favorita. La encargada de la tienda había estado encantada de ayudarla, quizá porque les había comprado montones de ropa para mejorar su nueva imagen.
La nueva secretaria de Pedro les ofreció té, café y limonada casera, mientras comentaban las ideas de Paula. Ella se sentía relajada y totalmente profesional. Tener a Pedro a su lado, sonriente y seguro de sí mismo, no le hacía daño. ¿Por qué diablos tenía que estar tan contento? ¿Y por qué no iba a estarlo? Su sueño se estaba haciendo realidad. Era difícil no compartir su entusiasmo y ella tenía que recordarse continuamente que no era más que un títere de su juego. Preparó a las modelos con la ayuda de una peluquera profesional y de una maquilladora y tomó las fotos. Los resultados fueron fantásticos, sobre todo unas copias en blanco y negro que sacó en papel en lugar de en imagen digital.
–Es un genio. ¿De dónde la has sacado? –el hombre del equipo de Carlos le dió una palmadita a Pedro en la espalda mientras miraban las fotos en un ordenador portátil.
–Soy un hombre muy afortunado. Es mi esposa –sonrió a Paula.
Ella sonrió radiante durante un instante, antes de recordar por qué era su esposa… Para que él pudiera estar allí, recibiendo de sus clientes palmaditas en la espalda. Hubiera sido mejor que no lo hubiese descubierto nunca, ya que en aquellos momentos se sentiría verdaderamente feliz y disfrutando de su trabajo como fotógrafa profesional junto al amor de su vida. Maldita venganza. No podía vivir más tiempo aquella mentira. Había llegado el momento de decirle a Pedro que sabía la verdad.
martes, 13 de noviembre de 2018
No Quiero Perderte: Capítulo 28
Paula estaba caminando de un lado a otro del departamento cuando Pedro llegó a casa, poco antes de la medianoche. Marcela había intentado consolarla y convencerla de que Pedro merecía una segunda oportunidad, pero en aquellos momentos ella estaba demasiado dolida como para intentar cualquier otra cosa que no fuera sobrevivir a la noche.
–Hola, Pau–Pedro cerró la puerta.
–Hola, Pedro–dijo con voz temblorosa, forzando una sonrisa–. ¿Qué tal el resto de la fiesta?
Él frunció el ceño.
–Muy interesante. ¿De qué has hablado con Marcela cuando se marcharon?
Paula se quedó de piedra. ¿Marcela le había contado a Pedro que ella sabía que había hecho un trato con su padre?
–Te lo pregunto porque Antonio ha descubierto que Marcela es el espía de Maddox –dejó la chaqueta sobre una silla y se dirigió al dormitorio.
–¿Qué? –preguntó Paula.
El puzzle de su nueva vida se estaba rompiendo y ni siquiera tenía todas las piezas.
–Antonio tenía a un detective trabajando en la empresa. Ha estado vigilando y siguiendo a los empleados desde hace semanas, haciéndose pasar por un ejecutivo de cuentas. Un pésimo ejecutivo de cuentas, he de añadir. Yo no podía comprender por qué Antonio no lo despedía –sacó un refresco de la nevera y lo abrió–. ¿Quieres uno?
–No. ¿Marcela es una sinvergüenza?
–No sé si ha incumplido la ley pero, sin duda, ha perdido la confianza de Antonio.
–Pero ellos… –sintió que se sonrojaba. Quizá Pedro no sabía nada acerca de la relación íntima que mantenían.
–Están liados. También me lo ha contado él. Quizá ella lo planeó así para que él no sospechara.
Paula se dirigió al sofá y se sentó.
–¿Te ha intentado sonsacar alguna información? –preguntó Pedro, acercándose a ella.
–¿Marcela? No creo. ¿Qué tipo de información iba a querer?
–Sobre las cuentas de Maddox, supongo.
–No sé nada acerca de eso. ¿Cómo iba a saberlo yo?
Él se volvió y paseó por la habitación.
–¿Podría ser que ella quisiera información acerca de mi nueva agencia? También le haré la competencia a Golden Gate. ¿Te ha preguntado algo acerca de mis planes?
–No pero, si lo hubiera hecho, tampoco habría podido contarle nada –dijo con cierta amargura. Él no le había contado ningún plan hasta que no tenía asegurados los fondos para llevarlos a cabo gracias a su matrimonio con ella.
–Cierto –se pasó la mano por el cabello oscuro, provocando que a Paula se excitara–. ¿De qué han estado hablando?
–Cosas de chicas –«sobre tí»–. Nada que tenga que ver con el trabajo.
–Supongo que ya es algo –bebió un trago de soda–. Vamos a dejar de lado toda esta intriga y a hablar de cosas importantes.
Paula se quedó quieta, preguntándose a qué se refería.
–Lo primero, no nos hemos besado desde que he entrado por la puerta –se acercó a ella, la tomó en brazos para voltearla y la besó de manera ardiente en los labios.
Cuando la soltó, estaba sonriendo. Paula se movió para que la dejara en el suelo. Tenía el corazón acelerado y la respiración entrecortada. ¿Cómo podía seguir excitándose cuando estaba con él? Sus pezones se pusieron erectos y un fuerte calor se asentó en su entrepierna. Se sentía intranquila y sin aliento. Y todo por un hombre al que no le importaba ni una pizca. Él la dejó en el suelo con cuidado.
–La buena noticia es que ya tengo a mi primer cliente. He recibido la llamada mientras estaba en la fiesta. Carlos Jewelers quiere que haga una campaña para ellos que se publicará en las mejores revistas.
–¡Eso es fantástico! –Paula no pudo evitar entusiasmarse. ¿Cómo podía alegrarse por él después de todo lo que se había enterado?–. Has trabajado muy duro para ello –casarse con una extraña era un duro trabajo, después de todo.
–Y me gustaría que tú fueras la fotógrafa.
–Bromeas.
–Ni una pizca. He visto tu trabajo y sé que tienes un gran talento.
Paula pestañeó. ¿De veras admiraba su fotografía o era parte de la actuación? No se arriesgaría a arruinar el trabajo de su primer cliente si pensara que su trabajo no era impecable. A menos que el cliente no existiera y aquello no fuera más que una excusa para halagarla.
–Hola, Pau–Pedro cerró la puerta.
–Hola, Pedro–dijo con voz temblorosa, forzando una sonrisa–. ¿Qué tal el resto de la fiesta?
Él frunció el ceño.
–Muy interesante. ¿De qué has hablado con Marcela cuando se marcharon?
Paula se quedó de piedra. ¿Marcela le había contado a Pedro que ella sabía que había hecho un trato con su padre?
–Te lo pregunto porque Antonio ha descubierto que Marcela es el espía de Maddox –dejó la chaqueta sobre una silla y se dirigió al dormitorio.
–¿Qué? –preguntó Paula.
El puzzle de su nueva vida se estaba rompiendo y ni siquiera tenía todas las piezas.
–Antonio tenía a un detective trabajando en la empresa. Ha estado vigilando y siguiendo a los empleados desde hace semanas, haciéndose pasar por un ejecutivo de cuentas. Un pésimo ejecutivo de cuentas, he de añadir. Yo no podía comprender por qué Antonio no lo despedía –sacó un refresco de la nevera y lo abrió–. ¿Quieres uno?
–No. ¿Marcela es una sinvergüenza?
–No sé si ha incumplido la ley pero, sin duda, ha perdido la confianza de Antonio.
–Pero ellos… –sintió que se sonrojaba. Quizá Pedro no sabía nada acerca de la relación íntima que mantenían.
–Están liados. También me lo ha contado él. Quizá ella lo planeó así para que él no sospechara.
Paula se dirigió al sofá y se sentó.
–¿Te ha intentado sonsacar alguna información? –preguntó Pedro, acercándose a ella.
–¿Marcela? No creo. ¿Qué tipo de información iba a querer?
–Sobre las cuentas de Maddox, supongo.
–No sé nada acerca de eso. ¿Cómo iba a saberlo yo?
Él se volvió y paseó por la habitación.
–¿Podría ser que ella quisiera información acerca de mi nueva agencia? También le haré la competencia a Golden Gate. ¿Te ha preguntado algo acerca de mis planes?
–No pero, si lo hubiera hecho, tampoco habría podido contarle nada –dijo con cierta amargura. Él no le había contado ningún plan hasta que no tenía asegurados los fondos para llevarlos a cabo gracias a su matrimonio con ella.
–Cierto –se pasó la mano por el cabello oscuro, provocando que a Paula se excitara–. ¿De qué han estado hablando?
–Cosas de chicas –«sobre tí»–. Nada que tenga que ver con el trabajo.
–Supongo que ya es algo –bebió un trago de soda–. Vamos a dejar de lado toda esta intriga y a hablar de cosas importantes.
Paula se quedó quieta, preguntándose a qué se refería.
–Lo primero, no nos hemos besado desde que he entrado por la puerta –se acercó a ella, la tomó en brazos para voltearla y la besó de manera ardiente en los labios.
Cuando la soltó, estaba sonriendo. Paula se movió para que la dejara en el suelo. Tenía el corazón acelerado y la respiración entrecortada. ¿Cómo podía seguir excitándose cuando estaba con él? Sus pezones se pusieron erectos y un fuerte calor se asentó en su entrepierna. Se sentía intranquila y sin aliento. Y todo por un hombre al que no le importaba ni una pizca. Él la dejó en el suelo con cuidado.
–La buena noticia es que ya tengo a mi primer cliente. He recibido la llamada mientras estaba en la fiesta. Carlos Jewelers quiere que haga una campaña para ellos que se publicará en las mejores revistas.
–¡Eso es fantástico! –Paula no pudo evitar entusiasmarse. ¿Cómo podía alegrarse por él después de todo lo que se había enterado?–. Has trabajado muy duro para ello –casarse con una extraña era un duro trabajo, después de todo.
–Y me gustaría que tú fueras la fotógrafa.
–Bromeas.
–Ni una pizca. He visto tu trabajo y sé que tienes un gran talento.
Paula pestañeó. ¿De veras admiraba su fotografía o era parte de la actuación? No se arriesgaría a arruinar el trabajo de su primer cliente si pensara que su trabajo no era impecable. A menos que el cliente no existiera y aquello no fuera más que una excusa para halagarla.
No Quiero Perderte: Capítulo 27
Se volvió y desapareció entre los invitados. Paula se quedó mirándola.
–Antonio debería deshacerse de ella. Una persona así es peligrosa para la empresa.
–Así que, aparentemente, hay un espía. ¿A qué se refería con eso? –preguntó Paula.
–Alguien ha estado filtrando secretos de la empresa a sus competidores. Lleva pasando algunos meses, y nadie sabe quién es.
–Parece que Antonio pensó que pudieras ser tú.
La mirada de Paula indicaba preocupación, ¿O sospecha? A Pedro le invadió una incómoda sensación.
–Supongo que tendría que sospechar de todos nosotros, aunque te aseguro que yo preferiría morir antes de traicionar a mi jefe.
Paula ladeó la cabeza y lo miró con los ojos entornados.
–No. La gente entra y sale de esta empresa todo el rato. Es lo habitual.
Paula puso una tensa sonrisa. ¿De veras pensaba que él era capaz de traicionar a la empresa? ¿Qué pasaba con ella?
–Creo que ambos necesitamos un vino. O incluso champán.
–No puedo estar más de acuerdo.
Pedro pasó el resto de la fiesta convenciendo a la gente de que no tenía intención de robarle clientes a Maddox para su nueva empresa. Algunas personas se sorprendieron de que estuviera allí. Todo el mundo rumoreaba acerca de que Lucas Emerson fuera un detective privado, pero nadie sabía si había descubierto al espía.
En un momento dado, Marcela agarró del brazo a Paula y se la llevó. Le dijo a Pedro que iban a tener una conversación de mujeres y que ella la llevaría a casa. Pedro se sintió aliviado, ya que parecía que Paula estaba muy tensa. Aparte del drama de que él dejara la empresa y de los rumores de que había un espía, la fiesta fue agotadora.
Media hora después, Pedro se dirigió a las oficinas de Maddox para recoger sus cosas. Estaba preparado para dejar atrás Maddox Communications y comenzar de cero. Al bajar del ascensor en la sexta planta, sonrió al guarda de seguridad.
–¿Está cerrado? Necesito que me dejes entrar. He entregado mi llave.
–El señor Maddox me dijo que vendría. Está dentro.
–¿Antonio está en el despacho?
–Lleva allí toda la noche. Hace un rato me mandó a por su cena, y me dijo que no le molestara nadie excepto tú. También me pidió una botella de whisky –el guarda arqueó las cejas.
Pedro frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando? No soportaba tanta intriga. Abrió la puerta que daba a las oficinas.
–¿Antonio?
–Estoy aquí –dijo su jefe–. Pasa.
Él cruzó a oscuras hasta el despacho de Antonio. Su jefe estaba sentado en su butaca de piel tras el escritorio, y tenía el rostro demacrado.
–No sabía que te afectaría tanto que me marchara –dijo Pedro.
–Créeme, eres el menor de mis problemas.
–Sabes que yo no soy el espía, ¿No?
Antonio se pasó la mano por el rostro.
–Sería más fácil si lo fueras.
Pedro cruzó la habitación y agarró una silla.
–¿Sabes quién es?
Antonio respiró hondo.
–Claro que lo sé. El detective que contraté ha encontrado pruebas irrefutables.
–Tanta intriga me está matando.
–Es Marcela.
–¿Tu secretaria?
–¿Conoces a alguna otra Marcela?
–Pero si estaba en la fiesta hace un momento. Paula se ha marchado con ella –el pánico se apoderó de él. ¿Qué estaba pasando?
–Todavía no le he dicho que lo sé.
–¿Por qué no?
–Somos amantes –Antonio agarró un vaso y bebió un trago de whisky.
–¡Cielos!
–¿Qué te sorprende más? ¿El hecho de que tenga una aventura con mi secretaria o que ella sea una espía? –arqueó una ceja y penetró a Pedro con la mirada de sus ojos azules.
–Pero ¿Por qué?
–Imagino que preguntas por qué nos ha estado espiando. No vas a creerlo. Es la nieta de Alfredo Koteas.
Alfredo Koteas dirigía Golden Gate Promotions, un rival para Maddox en el ámbito de la publicidad.
–¿De veras crees que la han enviado para sabotear tu empresa?
–Lo sé. Y he sido lo bastante idiota como para permitirle el acceso a nuestros archivos, incluso a la información más confidencial, y a mi cama. Ha estado boicoteando nuestras operaciones y dándole a Golden Gate información sobre nuestros mejores clientes durante meses.
Pedro suspiró.
–Imagino que vas a despedirla.
–Ahora no sé qué diablos hacer –sus ojos brillaban de dolor–. Crees que conoces a alguien y entonces…
Pedro blasfemó en voz alta.
–Sabes, le he presentado a Marcela a Paula. Incluso han pasado tiempo juntas los fines de semana. Me preocupa que la haya embaucado en algo –eso explicaría por qué Paula estuviera tan tensa.
–No tengo ni idea de cuánto daño nos ha hecho, y siempre pensé… –Antonio se calló un momento–. No sé lo que pensé. Mujeres. Será mejor que tengas cuidado, Pedro. Nunca se sabe qué es lo que tienen en la cabeza.
–Antonio debería deshacerse de ella. Una persona así es peligrosa para la empresa.
–Así que, aparentemente, hay un espía. ¿A qué se refería con eso? –preguntó Paula.
–Alguien ha estado filtrando secretos de la empresa a sus competidores. Lleva pasando algunos meses, y nadie sabe quién es.
–Parece que Antonio pensó que pudieras ser tú.
La mirada de Paula indicaba preocupación, ¿O sospecha? A Pedro le invadió una incómoda sensación.
–Supongo que tendría que sospechar de todos nosotros, aunque te aseguro que yo preferiría morir antes de traicionar a mi jefe.
Paula ladeó la cabeza y lo miró con los ojos entornados.
–No. La gente entra y sale de esta empresa todo el rato. Es lo habitual.
Paula puso una tensa sonrisa. ¿De veras pensaba que él era capaz de traicionar a la empresa? ¿Qué pasaba con ella?
–Creo que ambos necesitamos un vino. O incluso champán.
–No puedo estar más de acuerdo.
Pedro pasó el resto de la fiesta convenciendo a la gente de que no tenía intención de robarle clientes a Maddox para su nueva empresa. Algunas personas se sorprendieron de que estuviera allí. Todo el mundo rumoreaba acerca de que Lucas Emerson fuera un detective privado, pero nadie sabía si había descubierto al espía.
En un momento dado, Marcela agarró del brazo a Paula y se la llevó. Le dijo a Pedro que iban a tener una conversación de mujeres y que ella la llevaría a casa. Pedro se sintió aliviado, ya que parecía que Paula estaba muy tensa. Aparte del drama de que él dejara la empresa y de los rumores de que había un espía, la fiesta fue agotadora.
Media hora después, Pedro se dirigió a las oficinas de Maddox para recoger sus cosas. Estaba preparado para dejar atrás Maddox Communications y comenzar de cero. Al bajar del ascensor en la sexta planta, sonrió al guarda de seguridad.
–¿Está cerrado? Necesito que me dejes entrar. He entregado mi llave.
–El señor Maddox me dijo que vendría. Está dentro.
–¿Antonio está en el despacho?
–Lleva allí toda la noche. Hace un rato me mandó a por su cena, y me dijo que no le molestara nadie excepto tú. También me pidió una botella de whisky –el guarda arqueó las cejas.
Pedro frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando? No soportaba tanta intriga. Abrió la puerta que daba a las oficinas.
–¿Antonio?
–Estoy aquí –dijo su jefe–. Pasa.
Él cruzó a oscuras hasta el despacho de Antonio. Su jefe estaba sentado en su butaca de piel tras el escritorio, y tenía el rostro demacrado.
–No sabía que te afectaría tanto que me marchara –dijo Pedro.
–Créeme, eres el menor de mis problemas.
–Sabes que yo no soy el espía, ¿No?
Antonio se pasó la mano por el rostro.
–Sería más fácil si lo fueras.
Pedro cruzó la habitación y agarró una silla.
–¿Sabes quién es?
Antonio respiró hondo.
–Claro que lo sé. El detective que contraté ha encontrado pruebas irrefutables.
–Tanta intriga me está matando.
–Es Marcela.
–¿Tu secretaria?
–¿Conoces a alguna otra Marcela?
–Pero si estaba en la fiesta hace un momento. Paula se ha marchado con ella –el pánico se apoderó de él. ¿Qué estaba pasando?
–Todavía no le he dicho que lo sé.
–¿Por qué no?
–Somos amantes –Antonio agarró un vaso y bebió un trago de whisky.
–¡Cielos!
–¿Qué te sorprende más? ¿El hecho de que tenga una aventura con mi secretaria o que ella sea una espía? –arqueó una ceja y penetró a Pedro con la mirada de sus ojos azules.
–Pero ¿Por qué?
–Imagino que preguntas por qué nos ha estado espiando. No vas a creerlo. Es la nieta de Alfredo Koteas.
Alfredo Koteas dirigía Golden Gate Promotions, un rival para Maddox en el ámbito de la publicidad.
–¿De veras crees que la han enviado para sabotear tu empresa?
–Lo sé. Y he sido lo bastante idiota como para permitirle el acceso a nuestros archivos, incluso a la información más confidencial, y a mi cama. Ha estado boicoteando nuestras operaciones y dándole a Golden Gate información sobre nuestros mejores clientes durante meses.
Pedro suspiró.
–Imagino que vas a despedirla.
–Ahora no sé qué diablos hacer –sus ojos brillaban de dolor–. Crees que conoces a alguien y entonces…
Pedro blasfemó en voz alta.
–Sabes, le he presentado a Marcela a Paula. Incluso han pasado tiempo juntas los fines de semana. Me preocupa que la haya embaucado en algo –eso explicaría por qué Paula estuviera tan tensa.
–No tengo ni idea de cuánto daño nos ha hecho, y siempre pensé… –Antonio se calló un momento–. No sé lo que pensé. Mujeres. Será mejor que tengas cuidado, Pedro. Nunca se sabe qué es lo que tienen en la cabeza.
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