martes, 13 de noviembre de 2018

No Quiero Perderte: Capítulo 26

Después de que Paula se comportara de manera extraña aquella mañana, Pedro decidió ir a recogerla a casa para ir juntos a la fiesta. Le preocupaba que ella se sintiera abrumada por su nueva vida, y se sentía culpable por haber anunciado el drástico cambio de profesión tan pronto, después de la boda. Debería haberle dado más tiempo para acostumbrarse. Y teniendo en cuenta que algunos de sus compañeros de trabajo estaban un poco sorprendidos con la noticia, decidió que lo mejor era que fueran juntos a la fiesta para que ella no llegara primero y la acribillaran a preguntas antes de que él llegara.

–Estás preciosa, como siempre –hizo una pausa para mirarla, junto a la puerta de la casa.

Paula se había puesto un vestido largo de rayas blancas y negras muy finas, que se amoldaba a su cuerpo a la perfección.

–Gracias. He ido de compras.

Sus ojos verdes brillaban al mirarlo. O a lo mejor él lo estaba imaginando. Paula parecía más alta que otras veces, y Pedro se fijó en que llevaba unos zapatos de tacón alto.

–Menos más que soy alto, si no, a tu lado me quedaría a la sombra –sonrió.

Ella sonrió también.

–Ahora que estoy casada no tengo que preocuparme por el hecho de que nadie baile conmigo porque sea demasiado alta.

–Un comentario interesante –estaba preciosa.

Su altura servía para enfatizar su silueta y su aspecto, sobre todo los magníficos tirabuzones, que le caían sobre los hombros. De pronto, Pedro se percató de que ella había ido de punta en blanco en todo momento, incluso para la cena que habían compartido en casa la noche anterior.

–No tienes que ir arreglada en todo momento. Está bien que te relajes y te pongas algo con lo que te sientas cómoda.

Ella ladeó la cabeza.

–¿Crees que debería ponerme el vestido que llevaba cuando nos conocimos?

Él sonrió.

–Bueno, puede que ese no. Pero no quiero que pienses que tienes que ir arreglada todo el rato.

–No pasa nada. Me visto como me gusta –alzó la barbilla.

–Mientras sea porque te gusta, me parece bien –¿Quién no iba a querer a una mujer con ese aspecto tan fantástico?

No podía comprender cómo nadie se había casado con ella antes que él. Su padre debía de estar loco al pensar que Paula necesitaba ayuda para encontrar marido. Y ya le había hecho la transferencia. Pedro lo había visto reflejado en la cuenta que había abierto para ello. Un millón de dólares, una cifra de siete números, había aparecido en la pantalla del ordenador. ¿Podía la vida ser mejor? Le ofreció el brazo a Paula y ella se agarró a él.

–Vamos a comernos el mundo.

El restaurante Iron Grille estaba en la primera planta del edificio donde se encontraba la agencia. La música invadía el local y los camareros servían aperitivos entre los asistentes.

–¡Oh, Pedro!

Pedro puso una mueca al ver a Marisa acercándose a él con sus tacones y su melena rubia.

–Cuéntamelo en secreto, cariño. ¿A qué clientes te vas a llevar?

–Marisa, creo que ya conoces a mi esposa Paula.

Marisa miró a Paula de arriba abajo.

–Enhorabuena por tu gran pesca, cariño –después se volvió para mirar a Pedro–. ¿O debería felicitarte a ti, querido? He oído que Paula es de familia rica.

Paula se quedó boquiabierta. Incluso él se había quedado sin habla.

–Marisa, tienes suerte de ser una diseñadora con talento, de otro modo no te aguantaría nadie.

–¡Cierto! –sonrió ella–. Pero dime, ¿A quién te llevas? ¿O eres tú el espía que todo el mundo ha estado buscando durante todo el año?

Pedro corría el riesgo de perder la calma si no se apartaba de aquella mujer.

–Paula, vamos a tomar una copa. Empiezo a necesitarla.

Paula parecía asustada, y no era de extrañar ya que Marisa causaba ese efecto en la gente.

–Oh, ve a por tu copa, querido –Marisa se despidió con la mano–. Lucas no cree que tú seas el espía. Y él lo sabría.

Al oír el nombre de otro empleado favorito de Maddox, Pedro se detuvo en seco.

–¿Lucas? ¿Qué tiene que ver él con esto?

–¿No lo sabías? –frunció los labios–. No es ejecutivo de cuentas. Es un detective privado.

–Eso explica algunas cosas sobre su manera de comportarse –Pedro frunció el ceño–. ¿Antonio lo contrató para encontrar el origen de las filtraciones? –no podía creer que se hubiera enterado de aquello por Marisa. ¿Por qué no se lo había contado Antonio?

–Ya ves, querido. Y por tu cara de sorpresa veo que no te ha confiado esa información. Debes de haber figurado en su lista de sospechosos –miró a Paula con una sonrisa altanera–.
Ten cuidado con éste, cariño. Las apariencias engañan –le guiñó un ojo a Pedro–. Aunque a
primera vista no es nada malo.

No Quiero Perderte: Capítulo 25

Pedro se puso su mejor traje para el día en el que iba a tener reuniones importantes. Por algún motivo, estar casado le daba una mayor estabilidad y le resultaba más fácil salir a comerse el mundo. Había notado que Paula estaba un poco nerviosa en los últimos días. Quizá le preocupaba que él fuera a montar su propia agencia. Con suerte, pronto podría tranquilizarla diciéndole que ya tenía clientes. Por supuesto, podía tranquilizarla en ese mismo momento diciéndole que tenía abundantes fondos para empezar, pero no estaba seguro de cómo reaccionaría ella ante el trato que él había hecho con su padre. El sentimiento de culpa se apoderó de él. Deseaba haber podido hacer todo aquello sin  dinero, pero no se podía empezar un negocio sin capital. La compensaría siendo un marido ejemplar. Besó a Paula después de disfrutar del delicioso desayuno que ella le había preparado a base de huevos, beicon y pan. Por algún motivo, ella iba vestida de punta en blanco, con un vestido verde que acentuaba sus curvas.

–Estás preciosa, como siempre. Te veré en la fiesta de esta noche.

Ella ladeó la cabeza.

–¿Qué fiesta?

–Creí que te lo había dicho. Hay una gran fiesta para celebrar el nuevo contrato de Reynolds Automotive.

–No, no me has dicho nada.

–Hmm. No estaba seguro de cómo reaccionaría Antonio ante la noticia de que iba a marcharme. Quizá medio pensaba que él me habría sacado de la oreja a estas alturas.

–Me sorprende que no lo haya hecho –Paula arqueó una ceja.

–Dice que confía en mí. En la agencia han sucedido algunas cosas extrañas últimamente, alguien ha filtrado información a una empresa rival, y yo lo ayudé a solventar los problemas que le han causado. También le ayudé a ganar la cuenta de Reynolds, así que quiere que antes de que me vaya trabaje un poco más.

–Está bien tener un jefe que tiene tan buen concepto de tí. –Pedro levantó la vista. Le parecía haber percibido cierto sarcasmo en el tono de Paula. No. No podía ser. Su encantadora sonrisa iluminaba la habitación.

–Sí. Estoy seguro que hay gente que opina que estoy loco por haber decidido marcharme, pero tarde o temprano todo llega a su límite natural.

–¿Incluso el matrimonio?

Lo miró a los ojos fijamente. Él esbozó una sonrisa.

–Hasta que la muerte nos separe. Ése es el único límite natural que veo –la besó en la mejilla.

¿Se había puesto tensa cuando él la había abrazado? Era una lástima que tuviera que marcharse. Tenía una reunión a la hora del desayuno con el director de marketing de Argos Shoes, una cuenta por la que daría casi cualquier cosa para ganarla. Incluso estaba preparado para desayunar dos veces, puesto que no había querido rechazar el maravilloso desayuno con el que Bree lo había sorprendido.

–Sí, supongo que tienes razón –lo miró–. Con suerte, eso queda muy lejos, aunque supongo que nunca se sabe.

–Esta mañana estás un poco negativa.

Ella se encogió de hombros y el vestido verde se pegó a su cuerpo, resaltando sus senos. Pedro tuvo que contener el deseo que lo invadió por dentro.

–Será mejor que salga de aquí antes de que me distraiga y me pierda la reunión. Adiós, amor mío.

La besó y se dirigió hacia el ascensor. Si todo salía bien, la nueva agencia empezaría a funcionar y él podría calmar los temores de Paula.

Paula se apoyó contra la puerta en cuanto Pedro la cerró. Aquella mañana no había sido capaz de ocultar sus emociones demasiado bien. Se había maquillado y se había puesto un vestido bonito, había preparado un buen desayuno y había sonreído como un maniquí, pero no había sido capaz de ocultar el dolor y el miedo que sentía por dentro. Hacer el amor con Pedro la noche anterior no la había ayudado demasiado. La intimidad sólo le había recordado todo lo que perdería cuando lo apartara de su vida. Había sido feliz sola porque nunca había conocido otra cosa. Sin embargo, a partir de entonces intentaría disfrutar de todos los placeres que proporcionaba tener pareja y que perdería. Ali se restregó contra sus piernas.

–Lo sé, princesa, es la hora de tu inyección. Sigues siendo mi primer amor. No debería haber pedido más –el gato la miró como asintiendo–. Y al menos os tendré a Faith y a ti cuando él se vaya –se agachó y le acarició el lomo–. Eso será más que suficiente.

Se quitó los zapatos de tacón que se había puesto para ser doña perfecta. ¿Cómo había permitido que la embaucaran en aquello? ¿Y además tendría que actuar como la esposa perfecta en una fiesta con todos los amigos y compañeros de Pedro? Deseaba llorar. Quizá eso era lo que debía hacer. No podía sentarle mal. De ese modo, descargaría y podría sonreír durante toda la noche del brazo de Pedro Alfonso.

jueves, 8 de noviembre de 2018

No Quiero Perderte: Capítulo 24

–Me encanta el marisco –dijo él, con brillo en la mirada–. Y las barbacoas. Tenemos que montar una en el balcón. Me gusta hacer gambas.

–Suena delicioso. Quizá cuando nos compremos la casa nueva podemos montar un comedor exterior –sonrió con dulzura.

–Me encanta esa idea. He sido demasiado perezoso como para invitar a gente viviendo aquí solo. Normalmente salgo por ahí. Pero cuando tengamos una casa de verdad invitaremos a amigos a menudo –se inclinó hacia delante, disfrutando de su idea de futuro con ella.

Parecía divertido. Los amigos reunidos para comer en el jardín. Qué lástima que nada fuera real. Ambos estaban jugando, fingiendo, manteniendo una farsa.

–Este aliño para ensalada es sensacional –dijo él después de meterse un poco en la boca.

«¿Cómo puedes seguir sintiéndote atraída por él?».

–Es el aceite de oliva. Lo compro en Sonoma, a un chico que tiene un huerto. No hay nada que sepa igual.

–Tenemos que ir allí juntos.

–Por supuesto.

–Aun así, no sólo es el aceite, también la mezcla de especias. Tienes mucho talento.

–Oh, tengo todo tipo de talentos ocultos –se tocó los rizos y sonrió–. No tienes ni idea –ella misma se sorprendía de ser capaz de mantenerse con tanta frialdad.


Quizá sí que tuviera facetas ocultas que pudiera descubrir con aquel desastroso incidente. Como la capacidad de organizar la venganza de un hombre que había hecho que su peor pesadilla se convirtiera en realidad.


Esa noche, cuando Pedro comenzó a acariciarle el cuerpo bajo las sábanas, ella cedió ante sus caricias. No le resultó difícil. De hecho, le habría resultado imposible no hacerlo. El deseo seguía albergado en su interior. Un día antes lo habría llamado amor, pero se daba cuenta de que era algo puramente físico. Lo abrazó y disfrutó del calor de su piel contra su cuerpo. Se había sentido muy sola durante todo el día. ¿Sería malo que disfrutara del sexo antes de empezar a odiarlo de nuevo? Mientras se movían a la vez disfrutó de ello como si fuera un baile. ¿No había gente que hacia aquello todo el rato sin darle ninguna importancia? Pedro habría sospechado si ella lo hubiera rechazado. Tampoco es que ella tuviera la fuerza de voluntad para hacerlo. Cuando él la beso en la boca, ella le devolvió el beso con pasión. Al llegar al clímax, lo agarró con fuerza. «No significa nada», se recordó. «Lo olvidarás». Al menos, lo intentaría.

No Quiero Perderte: Capítulo 23

Él ni siquiera se dió cuenta y simplemente sonrió.

–Es la culminación del sueño de toda una vida. He querido tener mi propia empresa desde que era un niño. En aquellos momentos no tenía ni idea de que sería de publicidad, pero es lo que verdaderamente me gusta.

A Paula quien le gustaba era Pedro. Su entusiasmo era contagioso. Casi deseaba que su empresa fuera un éxito para poder disfrutar de la sonrisa triunfal que iluminaba su rostro.

–¿Y qué hay del dinero? ¿Irás apurado cuando despegue el negocio?

Pedro dudó un instante y la miró como si le sorprendiera su pregunta. Y ¿por qué una heredera iba a preguntarle al hombre que amaba sobre el dinero? ¿No podía entregarle unas bolsas con lingotes de oro? Entonces, él se apoyó en el respaldo de la silla y la miró con satisfacción.

–Tengo un buen fondo para comenzar. Suficiente como para alquilar una oficina, pagar a los trabajadores y mantener el negocio durante seis meses aunque me lleve todo ese tiempo encontrar clientes.

–Vaya. Lo tienes todo muy bien planeado.

–Ayuda el hecho de que tener a uno de los mejores directores de arte del país dispuesto a trabajar conmigo. Espera a conocer a Tomás, sé que le caerás bien. También hace fotografía, collage sobre todo, y apreciarás su trabajo en cuanto lo veas. Va a traer a un par de personas clave de la agencia en la que está ahora.

–Seguro que no estarán muy contentos.

–La publicidad es un mundo donde hay mucha competencia. Se crean agencias, se fusionan, se ganan y se pierden clientes. Es parte del negocio. Uno es sólo igual de bueno que su mejor cliente.

–¿Y a quién esperas enganchar como mejor cliente?

Pedro ladeó la cabeza y la miró de manera atrevida.

–Te reirás si te lo digo.

–Reírme me sentará bien.

Él dudó un instante.

–No. Deja que te sorprenda cuando lo haya enganchado de verdad.

–Estupendo. Me encantan las sorpresas –él no se percató del sarcasmo que había en su voz.

¿Cómo podía seguir aquel juego con tanta naturalidad? ¿Cómo podía cenar con tanta tranquilidad cuando su matrimonio era una farsa? ¿De veras tenía la intención de pasar el resto de su vida con ella, o no era más que una manera de financiar su negocio hasta que despegara? Después, probablemente la dejaría tirada en la cuneta y se buscaría una rubia delgada que pudiera mostrar en las ceremonias de premios. Sin duda, eso era lo que tenía en mente. No iba a pasar el resto de su vida atado a una regordeta insulsa. Y menos cuando ya tuviera su dinero y no necesitara el de ella.

Paula se metió un poco de lasaña en la boca para calmar el flujo de palabras de indignación que llegaba a su boca. Por un lado quería decirle que lo sabía todo y que estaba muy disgustada por que la hubiera engañado para casarse con ella. Durante un momento se imaginó poniéndose de pie y gritándole que se acababa. Pero el sentido común se apoderó de ella. No podía escupir todo su dolor y vergüenza. Eso le daría a Pedro poder sobre ella. Probablemente le dijera que estaba equivocada y que en realidad la amaba y, con lo tonta que era, ella probablemente lo creyera. No. Tenía un plan mejor. Jugaría su propio juego. Le haría creer que todo iba bien. Que su feliz esposa estaba en casa jugueteando con sus fotos mientras él se comía el mundo. Le seguiría el juego, lo apoyaría, fingiría que lo amaba y que lo adoraba tal y como él esperaba. Entonces, cuando menos se lo esperara, le diría que sabía la verdad y lo echaría de su vida.

–Una lasaña deliciosa, Pau.

–Gracias –forzó una amplia sonrisa–. Me gusta con salsa bechamel en lugar de con ricota. Me parece más auténtica.

–No puedo creer que aparte de todo lo demás seas una magnífica cocinera también.

–Bueno, me gusta cocinar. Podrías decirme cuáles son tus comidas favoritas para que pueda prepararlas.

Quizá así se enamorara de ella de verdad. Se suponía que la comida era la manera de llegar al corazón de un hombre. Después del dinero, claro. La venganza sería dulce si él se enamoraba de ella de verdad antes de que le revelara su secreto.

No Quiero Perderte: Capítulo 22

El sonido de la llave en la cerradura hizo que Paula sintiera ganas de cerrar los ojos con fuerza durante un instante, pero no quería estropear su maquillaje. Acababa de ponérselo para asegurarse de que no lloraría.

–Hola, cariño –dijo Pedro con ternura.

–Hola –contestó ella, tratando de parecer entusiasmada, como si no tuviera ni idea de que la habían comprado por dinero–. ¿Qué tal tu día?

–Muy bien –Pedro colgó la chaqueta en el armario y se acercó a Paula con los brazos abiertos.

Ella trató de no ponerse tensa, estiró los brazos y se acercó a él.

–¿Qué tal el tuyo? –le preguntó Pedro.

–Bien –comentó, acerca del peor día de su vida–. He hecho lasaña para cenar –se volvió antes de que él pudiera ver la expresión de su rostro.

–Mmm, fantástico. He estado tan ocupado que ni siquiera he comido, así que menos mal que no quedamos.

–¿Algo emocionante en Maddox?

–En cierto modo sí –su tono hizo que Paula se volviera.

–¿Sí?

–Me marcho –dijo con una sonrisa.

Ella se quedó de piedra.

–¿Dejas Maddox Communications? –un millón de dólares no era suficiente para retirarse en San Francisco. ¿Quizá el pensaba vivir de su dinero?

Paula se dirigió a la cocina para vigilar la lasaña. Cocinar la había ayudado a no pensar tanto en Pedro aquella tarde.

–Estás sorprendida, ¿Verdad? –Pedro la siguió hasta la cocina. Su presencia llenó la habitación y ella tuvo que luchar contra el deseo que la invadía.

–Sí. Pensé que te gustaba trabajar allí –no lo miró y continuó ocupándose con el plato que tenía en el horno.

–Era un buen lugar para crearme una reputación, pero ahora estoy preparado para montármelo por mi cuenta –se acercó y la rodeó por la cintura.

–Cuidado. Quema –ella trató de retirarse de su lado.

–Entonces no haberte puesto tan irresistible. No es justo que te hayas puesto un vestido así y que no dejes que te toque.

Una ola de excitación la invadió al notar la mano de Pedro en la cadera. El vestido que llevaba era uno de los que había comprado con Marcela.

–No quiero quemarme –«ya me he quemado bastante por hoy».

–Está bien, pondré la mesa.

–Ya está puesta –tenía todo planeado y organizado a la perfección–. ¿Por qué no te sientas? Ya casi está listo –consiguió mantener la calma y parecer animada. Sirvió la comida con una sonrisa. Quería tener buen aspecto para que él no supiera que estaba destrozada por dentro–. ¿Por qué vas a dejar Maddox Communications?

–Para empezar mi nueva empresa –dijo él con una amplia sonrisa.

Paula tragó saliva y se sentó. Todo cobraba sentido.

–¿Qué tipo de empresa?

–Una agencia de publicidad. Boutique, muy creativa y especializada en marcas innovadoras –sus ojos tenían un brillo de confianza que provocó que ella se enfureciera.

–¿No es un proyecto arriesgado? Debe de ser muy difícil ahorrar dinero para una inversión así.

Pedro dejó de sonreír.

–Sí, sin duda lo es, pero tengo muchos años de experiencia y confío en mi capacidad para hacer que funcione –estiró el brazo y le agarró la mano–. Contigo a mi lado no hay forma de que pueda fracasar.

Sus palabras sonaron vacías en el aire. El día anterior la habrían llenado de orgullo. Pero ese día le sonaban falsas. Pura mentira. Por supuesto, en cierto modo, decía la verdad. Era difícil fracasar si se recibía el apoyo de uno de los inversores más importantes de San Francisco y éste le había dado el dinero como recompensa por haberse casado con su hija.

–¿Y vas a llevarte clientes de Maddox?

Pedro hizo una pausa.

–Me encantaría, pero no lo considero ético.

–No te gustaría hacer nada que no fuera ético –«como casarte por dinero»–. Es mejor hacer las cosas con sinceridad, a la manera de siempre –«como casarse por dinero».

Al fin y al cabo, lo que él había hecho no era tan extraño. Paula estaba segura de que todos sus antepasados se habían casado por dinero. Eso explicaría por qué había tanto en su cuenta bancaria. ¿Estaba intentando disculparlo?

–¿Y dónde piensas buscar los clientes?

–Hay un par que se fueron de Maddox y a los que tengo intención de ir a buscar. Y desde que dicho que voy a montármelo por mi cuenta, he creado expectación.

–Ah. ¿Hace cuánto tiempo que has ido diciendo que vas a montar tu propia agencia? –quizá llevaba algún tiempo trabajando en ello y en realidad no tenía nada que ver con ella y con su dinero. Quizá fuera rico sin más. Quizá la amara de verdad.

–Durante los dos últimos días. Llevo planeándolo mucho tiempo pero esperaba a que llegara el momento adecuado.

–Ah –clavó el tenedor en una hoja de lechuga–. Me alegro de que haya llegado –lo miró con frialdad.

No Quiero Perderte: Capítulo 21

Entró en la habitación donde las sábanas todavía estaban calientes y arrugadas debido a su último encuentro.

–No puedo creerlo –susurró Marcela con sorpresa.

–¿No lo sabías?

–Te prometo que no. Conozco a Pedro como compañero de trabajo, pero no sé nada de su vida privada.

–Tu número está grabado en este teléfono.

–Soy la secretaria de Antonio. Él me llama todo el rato para concertar reuniones.

–Así que no sabías nada de todo esto.

–Ni la más remota idea, Paula.

–¿Nunca me has mentido acerca de nada?

Se hizo un silencio.

–No sobre esto. Estaba convencida de que a Pedro le gustabas de verdad. ¿De dónde has sacado la idea del dinero?

–Oh, sólo por el mensaje que le ha dejado mi padre acerca de la transferencia que le ha hecho.

–Paula, lo siento. No tenía ni idea.

–¿Y por qué has dudado tanto cuando te he preguntado si me habías mentido?

–Tengo mi propio secreto. Ojalá no lo tuviera porque está haciendo que la mentira sea parte de mi vida diaria. Tengo una aventura con mi jefe.

–¿Con Antonio Maddox? –Paula no ocultó su sorpresa.

–Sí. Desde luego no era mi intención, pero sucedió y ahora todo es muy complicado. Ojalá pudiera contarte más, pero es mejor que no lo haga.

–Estoy segura –Paula negó con la cabeza.

–¿Lo quieres?

La pregunta de Marcela la sorprendió.

–No.

–¿Ni un poquito?

–Lo amaba locamente hasta hace cuatro minutos. ¿Te ha quedado claro?

–Uno no puede amar y dejar de amar así como así. Nadie lo sabe mejor que yo –la voz de Marcela era de arrepentimiento–. Debes de seguir enamorada de él, de alguna manera, a pesar de la rabia y del dolor que sientes.

–Estoy segura de que así es. Soy así de tonta. Pedro es un buen hombre. Tiene que haber algo más en esa historia. Quizá ese pequeño descubrimiento no tenga por qué arruinarlo todo. A lo mejor sólo es un escollo que se puede superar.

–¿Qué aceptara dinero de mi padre? Eso es demasiado para superarlo.

–¿Por qué no le das una oportunidad?

¿Podría hacerlo? La posibilidad se encendió como una bombilla en la cabeza de Bree, como las luces del Golden Gate. ¿Podría salvar su relación de todas maneras? ¿Podrían ser felices y abrazarse durante la puesta de sol? Las lágrimas se agolparon en los ojos y comenzaron a rodar por las mejillas.

–Marcela, no lo comprendes. Toda mi vida ha sido así. Siempre he sabido que los hombres sólo estaban interesados en mí por el dinero que heredé de mi madre. Me enamoré de Pedro porque pensaba que era diferente. Pero no es mejor que el resto. Es mucho peor.

–Quizá te quiere de verdad, a pesar del dinero. Cada vez que te mira expresa adoración.

Nunca lo había visto así y, como podrás imaginar, no le faltan mujeres alrededor. No te diría esto si no lo pensara, pero creo que te quiere de verdad.

–Supongo que hay una pequeñísima posibilidad de que tengas razón.

–Él gana un buen sueldo e incentivos. Lo sé porque hago los registros. No necesita casarse contigo por dinero. Creo que deberías aguantar y descubrir qué pasa antes de arruinar una buena oportunidad de ser feliz. A veces la vida es más complicada de lo que parece, pero eso no significa que no merezca la pena.

–No sé si puedo filosofar ahora, pero no me apresuraré –Paula frunció el ceño–. Al menos, quiero oír su versión de la historia.

–Quizá su relación se fortalezca después de pasar por esto.

–Lo dudo mucho, pero intentaré mantener la mente despejada –Paula se pasó la mano por el cabello–. No se lo cuentes a nadie.

–No te preocupes. Debido a circunstancias desafortunadas me he vuelto muy buena guardando secretos.

Paula colgó el teléfono, borró el mensaje que había dejado su padre y limpió las huellas como si fuera una delincuente.

Cuando el teléfono sonó de nuevo, contestó, temiendo descubrir más secretos acerca de su marido. Su marido. La palabra que la había llenado de felicidad momentos antes sólo significaba tristeza y dolor. La llamada era del hotel de Sausalito. Las fotos de la boda estaban listas y se las habían enviado por correo. Fotos de ella sonriendo como una tonta enamorada, agarrada del brazo del hombre que se había casado con ella por dinero. La gran pregunta era qué debía hacer cuando él regresara a la casa aquella noche.

martes, 6 de noviembre de 2018

No Quiero Perderte: Capítulo 20

–Eres rápido. Pensé que te quedarían seis meses de cortejo por delante. Paula es un poco caprichosa en lo que a hombres se refiere pero veo que la has conquistado.

Ella se quedó boquiabierta y con el estómago encogido.

–Ahora podrás abrir tu agencia y darle a Paula el estilo de vida al que está acostumbrada. Estoy seguro de que serán muy felices –se rió.

A Paula le temblaban las manos pero no fue capaz de ponerse al teléfono y preguntar qué estaba pasando. No era necesario. Era evidente lo que había sucedido. Su padre había pagado a Pedro para que se casara con ella. Cuando se cortó la llamada supo que aquello no era producto de su imaginación. Todo era mentira. Cada palabra de amor, cada beso, cada caricia. Negó con la cabeza y comenzó a respirar de forma acelerada. ¿Dinero? ¿Para qué quería él dinero? ¿No tenía un buen trabajo y un buen sueldo? Ella había conocido a sus compañeros. Aun así, había poca gente a la que no le viniera bien otro millón de dólares. Un millón de dólares. Ése era su valor. Bastante alto, por cierto. El llanto se apoderó de ella. ¿Y por qué un millón y no dos? ¿O doscientos mil? ¿O veinte? ¿O un pedazo de tarta de Stella´s? Se cayó al suelo. Era de madera y se hizo daño en los codos y en las espinillas, pero el dolor no era nada comparado con la agonía que sentía por dentro. «¿Cómo pudiste ser tan idiota y pensar que él te quería por tí misma?».

–¡Idiota! –gritó, y la palabra rebotó en las paredes.

Al principio había sospechado, pero sus dudas y temores se habían disipado con los besos y las palabras bonitas. En menos de dos semanas él la había seducido para llevarla al altar, y todo por la promesa de una buena recompensa económica. Paula se acurrucó haciéndose una pelota en el suelo. ¿Qué podía hacer? No podía irse a casa y enfrentarse al padre que la había vendido como si fuera una antigüedad que ya no quería en su colección. Tampoco podía ir a ver a sus amigas. Las había llamado desde Sausalito para decirles que acababa de casarse. La mayoría se había quedado sorprendida. ¿Y cómo no? Nadie en su sano juicio se casaría con Paula Chaves a no ser que hubiera un incentivo añadido.  ¿Y lo sabría todo el mundo de la oficina de Pedro? No. Debía de ser un trato privado entre su padre y él. No era el tipo de cosas que interesaba que la gente supiera. Casarse con una mujer por dinero era, como poco, sórdido. Se sentó y se abrazó las piernas. Seguramente ella fuera la única persona que lo supiera, aparte de Gavin y de su padre, por supuesto. Las lágrimas rodaron por sus mejillas y, de pronto, recordó que había permitido que Marcela la arreglara y la convenciera de que podría atraer a un hombre como Pedro… ¿Estaría ella metida en aquello también? La idea la dejó helada. Se había hecho amiga suya de manera inmediata. ¿Le habría encargado Pedro que convirtiera a su futura esposa en una mujer de la que no tuviera que avergonzarse en público? Se mordió los nudillos. Todo tenía sentido. Pedro le había presentado a Marcela y lo había planeado todo. Paula agarró el teléfono y se enfadó al comprobar que Marcela estaba grabada en la lista de contactos. Apretó el botón de marcar y se puso en pie, furiosa.

–Marcela Linton.

–Soy Paula–dijo con tono serio.

–¿Paula? –Marcela parecía sorprendida–. ¿Cómo estás?

–¿Que cómo estoy? –Bree empezó a caminar de un lado a otro–. Veamos. Acabo de descubrir que mi marido se ha casado conmigo por dinero. ¿Cómo crees que puedo estar?

–¿Qué? –preguntó Marcela con sorpresa.

–No hagas como si no lo supieras. Ya comprendo por qué pusiste tanto empeño en arreglarme el cabello y en que me comprara ropa. Pedro te lo pidió.

–No tengo ni idea de qué estás hablando. ¿Estás bien? Pareces un poco…

–¿Loca? –soltó Paula–. Sí. Creo que tienes razón. Y no, creo que no estoy bien. De hecho, nunca en mi vida me he sentido peor.

–Espera un momento, por favor.

Paula se contuvo para no colgar el teléfono. Pero por supuesto que no podía colgar, era la vieja Pedro y eso era de mala educación.

–Lo siento –dijo Marcela momentos después–. Mi mesa está muy cerca del despacho de Antonio y no hay intimidad. Ahora estoy en el baño. No tengo ni idea de qué me estás hablando.

–Por supuesto que sabes de qué te hablo. Yo misma te llamé desde Sausalito para darte la noticia.

–Lo sé, y me alegro muchísimo por ustedes.

–¿Por qué? ¿Te llevarás parte del dinero?

–¿Qué dinero? Espera, Paula, no sé de qué estás hablando.

–Del dinero que mi padre le ha pagado a Pedro para que se case conmigo.

Una vez que se lo había contado a otra persona y que lo había dicho en voz alta, la realidad se volvió insoportable.