Pasaron ese día y el siguiente disfrutando de Sausalito. Un paseo en barco por la bahía, una exquisita comida francesa y una noche de baile en un club local. En todos sitios parecía que la gente les sonreía como si brillaran de manera especial. Y probablemente así era. «Todo es demasiado bueno como para ser cierto. Él es demasiado bueno para ser de verdad». Cuando las dudas se apoderaban de ella, Paula las apartaba de su mente. Sólo eran sus viejas inseguridades, los años que había pasado siendo un patito feo que sólo interesaba a los hombres por su dinero. Pero Pedro no necesitaba su dinero. Parecía no estar interesado en él. Ella podría ser pobre como un ratón de iglesia y no habría ninguna diferencia para él. Ella se rió. Pedro, que iba caminando a su lado mientras subían a una colina, se volvió y le apretó la mano.
–Esta vez ni siquiera te voy a preguntar de qué te ríes.
–¿Por qué no?
–Porque lo sé –puso una amplia sonrisa–. Me siento exactamente de la misma manera.
De vuelta en San Francisco, Paula fue a su departamento para recoger algunas cosas y llevarlas a casa de Pedro. Su departamento era lo bastante grande para ellos dos y sus gatos ya habían encontrado un lugar acogedor donde tumbarse. Oficialmente estaban viviendo juntos.
–¿Te das cuenta de que nunca he tenido la oportunidad de vivir en pecado? –le clavó el dedo despacito mientras estaban tumbados en la cama, después de pasar la primera noche en lo que sería su casa temporal.
–Siento haberte privado de ello. Estoy seguro de que se nos ocurrirán otros pecados que cometer.
–¿No es extraño lo poco que ha protestado mi padre respecto a todo esto? No parecía nada sorprendido cuando le dije que íbamos a casarnos. Debes de caerle muy bien. No me había presentado a ningún hombre desde hacía mucho tiempo.
–Sabe reconocer a un buen yerno cuando lo ve.
–Sobre todo lo que es sorprendente es que no le haya importado que nos casáramos en Sausalito sin hacer una gran celebración. Normalmente es muy remilgado con cómo se hacen las cosas.
–A lo mejor se alegra de verte felizmente casada –Pedro le acarició un mechón de pelo.
–Supongo. Quizá se ha quitado un peso de encima al ver que ya no seré una solterona amargada que viviría en su casa durante el resto de su vida –sonrió ella–. Prefiero ser una mujer felizmente casada.
–Bueno, pues tu marido felizmente casado tiene que ponerse a trabajar –Pedro se separó de ella.
Al instante, Paula comenzó a echarlo de menos.
–No estoy segura de si voy a soportar estar separada de tí todo el día –frunció los labios y se tapó con las sábanas. Podemos comer juntos –Pedro salió de la cama y cruzó la habitación–. Quizá eso sea suficiente para evitar que te sientas abandonada.
–No. Seré fuerte –Paula apoyó la cabeza en la almohada con dramatismo–. Sé que tu trabajo es importante para tí y no quiero ser una distracción. ¿En qué tienes que trabajar hoy?
–Hmm. No estoy seguro. Se me ha olvidado todo lo relacionado con Maddox Communications.
–Será mejor que lo recuerdes antes de que Antonio Maddox se dé cuenta. Me alegro de haber conocido a toda la gente con la que trabajas. Así cuando me hables de cómo te ha ido el día, sabré de qué me hablas.
–Sí –Pedro parecía distraído.
Probablemente intentaba pensar en el trabajo después de haber pasado un fin de semana salvaje. Ella no iba a ser una esposa que reclamara la atención de su esposo durante veinticuatro horas al día. Su intención era ser práctica y apoyarlo, y también centrarse en su propio negocio. Un largo suspiro se escapó de sus labios.
–Creo que pasaré el resto del día fotografiando parejas –sonrió–. Siempre ha sido mi tema favorito. Ahora que yo también soy la mitad de una pareja, incluso estoy más emocionada con la idea de capturar lo radiantes que están.
–¿Suelen decirte que sí cuando les preguntas?
–Sí. Las que son felices, sí. Las que no lo son no quieren que su imagen quede guardada para siempre.
–Entonces, espero que hoy encuentres un montón de parejas felices.
–Ninguna estará tan contenta como yo, eso seguro.
Paula se quedó en la cama después de que Pedro le diera un beso de despedida y se marchara a trabajar. Quizá después de recorrer las calles con la cámara durante un par de horas iría al laboratorio a revelar. Allí, en la oscuridad, podría mantener una estúpida sonrisa en el rostro y nadie se daría cuenta. Miró el reloj, eran casi las nueve! Las agencias de publicidad debían de empezar la mañana de manera relajada. Su padre solía estar en la oficina a las siete como muy tarde. Pero la banca era diferente, y la bolsa funcionaba a un ritmo completamente distinto. De pronto, el sonido de una música llamó su atención. ¿Era el teléfono? Salió de la cama y se puso un batín. La música siguió sonando y cuando llegó al salón vió que había un teléfono inalámbrico sobre el escritorio de Pedro. ¿Debía contestarlo? Estaba en su nueva casa. Pero no era el teléfono de la casa. Pedro debía de tener una línea aparte para el trabajo. Decidió no contestar. Para empezar tendría que explicar quién era, ya que casi nadie sabía que Pedro y ella se habían casado. Lo mejor era esperar a que saltara el contestador. Mientras dudaba, sonó la voz de Pedro seguida de un pitido. Ella se volvió para salir de la habitación puesto que no era asunto suyo. La voz hizo que se detuviera en seco.
–Buenos días, Pedro, ¿O debería llamarte hijo? –la voz de su padre la dejó de piedra. ¿Estaba llamando su padre? ¿Y por qué no? Se volvió hacia el teléfono para contestar.
–El dinero estará ya en tu cuenta. Un millón de los grandes. He hecho la transferencia hace cinco minutos.
Paralizada, Paula miró el teléfono y frunció el ceño. ¿De qué diablos estaba hablando? El miedo se apoderó de ella.
martes, 6 de noviembre de 2018
No Quiero Perderte: Capítulo 18
–Es un juego de dos –dijo ella con brillo en la mirada.
La llama del deseo se apoderó de Pedro, pero él mantuvo la compostura y retiró otra horquilla del moño de Paula.
Paula le soltó el primer botón de la camisa. Después, el siguiente, y le acarició el torso con un dedo. Pedro se excitó de golpe. Le levantó el cabello que le había soltado y encontró el tirante de su vestido. Lo retiró a un lado, la besó en el hombro y en el cuello e inhaló su aroma.
–Pau, me vuelves loco.
–Al parecer, lo bastante loco como para que te casaras conmigo.
–Soy el hombre más afortunado del mundo –encontró la cremallera del vestido en un lateral y se la abrió–. Por tener a la mujer de mis sueños entre mis brazos.
Le acarició los pechos con la palma de la mano y las deslizó hasta sus caderas para disfrutar de su cuerpo cubierto de raso. Con la respiración acelerada, la besó de manera apasionada. Paula lo estrechó contra su cuerpo, apretando sus senos contra su torso y metiendo las manos bajo su chaqueta.
–Tu ropa me molesta –comentó al separarse de él.
Le quitó la chaqueta y le abrió la camisa del todo para quitársela también. Atrapado por el deseo, Pedro ayudó a Paula a quitarse el vestido hasta que quedó tumbada en la cama, y contempló su cuerpo desnudo decorado únicamente por la ropa interior de encaje blanca que llevaba. Le quitó el sujetador y dejó al descubierto sus pezones rosados. Después le bajó las bragas despacio, disfrutando de la curva de sus caderas y sus muslos. Su piel sabía a miel. Paula se movió bajo su lengua juguetona y se incorporó para sujetarlo por la cintura. Se encontraron, piel contra piel, de forma deliciosa. Excitado, la besó mientras ella recibía su miembro en su húmedo interior. Ella arqueó la espalda y gimió mientras la penetraba.
–Te quiero, Pau.
–Yo también te quiero, Pepe.
Con los cuerpos entrelazados bailaron de manera ardiente para celebrar la inesperada boda. Daba igual cómo hubiera empezado, aquel romance llevaría a ambos hasta las estrellas. Hacer el amor despacio después de desayunar en la cama era una buena manera de comenzar el día. Bree sacudió las migas del cruasán de la cama y después acarició el torso de Pedro. Curiosamente, estar casada con él le parecía algo completamente natural. Quizá el sexo húmedo y apasionado había actuado como pegamento entre ambos.
–¿De qué te ríes? –preguntó él.
–De una broma privada.
–¿Y esas no deberían compartirse entre un matrimonio?
–No lo sé. Nunca he estado casada –sonrió.
–Yo tampoco.
Supongo que eso significa que tendremos que crear las reglas a medida que pasa el tiempo. Regla número uno: tenemos que ducharnos juntos. Paula sonrió.
–La ducha es lo bastante grande para los dos –Pedro la llevó en brazos hasta el mármol blanco.
Abrió la puerta de la ducha y reguló la temperatura del agua, sujetando a Paula entre su brazo y la rodilla.
–Estás haciendo que me sienta demasiado delicada.
–Eres demasiado deliciosa –le mordisqueó el cuello y después la besó hasta llegar a su boca.
El agua caliente mojó sus cuerpos y Paula le lamió las gotas de agua del pecho. Tenía la piel salada. Cuando él la dejo en el suelo, comenzó a besarlo de manera apasionada mientras el agua los cubría a ambos. Se enjabonaron el cuerpo con un jabón de aroma de jazmín y se enjuagaron mutuamente con la mano. Entre las caricias de Pedro y su manera de mirarla, Paula se sentía como una diosa. El deseo se había apoderado de cada poro de su cuerpo, manteniéndola en un estado de excitación constante. Pedro era corpulento y el agua caía sobre su piel color aceituna y sobre el vello varonil que resaltaba la musculatura de su pecho. La acariciaba con las manos como si fuera un objeto preciado. Al parecer, no llegaba a saciarse de ella. Y la sensación era mutua. Ella nunca hubiera imaginado que pasar una mañana entera haciendo el amor con un hombre, y menos después de haber hecho el amor durante toda la noche. El placer que sentía era como una droga adictiva que hacía que no pudiera separarse de Pedro. Se acariciaron con las manos y con la lengua hasta que la intensidad de la excitación era insoportable. Pedro la penetró y ambos alcanzaron el clímax casi inmediatamente, bajo el agua de la ducha.
–Eres perfecta, Pau. Perfecta –gimió él, estremeciéndose entre sus brazos mientras descansaban contra la pared.
Paula hacía todo lo posible por mantenerse en pie. Sus músculos se habían convertido en agua y su cerebro estaba demasiado lleno de felicidad como para poder pensar.
–Eres… Impresionante –ni siquiera podía describir al hombre que había puesto su vida patas arriba y la había hecho tan feliz. Más feliz de lo que nunca había imaginado posible. Era cierto que los sueños se convierten en realidad cuando uno menos se lo espera.
La llama del deseo se apoderó de Pedro, pero él mantuvo la compostura y retiró otra horquilla del moño de Paula.
Paula le soltó el primer botón de la camisa. Después, el siguiente, y le acarició el torso con un dedo. Pedro se excitó de golpe. Le levantó el cabello que le había soltado y encontró el tirante de su vestido. Lo retiró a un lado, la besó en el hombro y en el cuello e inhaló su aroma.
–Pau, me vuelves loco.
–Al parecer, lo bastante loco como para que te casaras conmigo.
–Soy el hombre más afortunado del mundo –encontró la cremallera del vestido en un lateral y se la abrió–. Por tener a la mujer de mis sueños entre mis brazos.
Le acarició los pechos con la palma de la mano y las deslizó hasta sus caderas para disfrutar de su cuerpo cubierto de raso. Con la respiración acelerada, la besó de manera apasionada. Paula lo estrechó contra su cuerpo, apretando sus senos contra su torso y metiendo las manos bajo su chaqueta.
–Tu ropa me molesta –comentó al separarse de él.
Le quitó la chaqueta y le abrió la camisa del todo para quitársela también. Atrapado por el deseo, Pedro ayudó a Paula a quitarse el vestido hasta que quedó tumbada en la cama, y contempló su cuerpo desnudo decorado únicamente por la ropa interior de encaje blanca que llevaba. Le quitó el sujetador y dejó al descubierto sus pezones rosados. Después le bajó las bragas despacio, disfrutando de la curva de sus caderas y sus muslos. Su piel sabía a miel. Paula se movió bajo su lengua juguetona y se incorporó para sujetarlo por la cintura. Se encontraron, piel contra piel, de forma deliciosa. Excitado, la besó mientras ella recibía su miembro en su húmedo interior. Ella arqueó la espalda y gimió mientras la penetraba.
–Te quiero, Pau.
–Yo también te quiero, Pepe.
Con los cuerpos entrelazados bailaron de manera ardiente para celebrar la inesperada boda. Daba igual cómo hubiera empezado, aquel romance llevaría a ambos hasta las estrellas. Hacer el amor despacio después de desayunar en la cama era una buena manera de comenzar el día. Bree sacudió las migas del cruasán de la cama y después acarició el torso de Pedro. Curiosamente, estar casada con él le parecía algo completamente natural. Quizá el sexo húmedo y apasionado había actuado como pegamento entre ambos.
–¿De qué te ríes? –preguntó él.
–De una broma privada.
–¿Y esas no deberían compartirse entre un matrimonio?
–No lo sé. Nunca he estado casada –sonrió.
–Yo tampoco.
Supongo que eso significa que tendremos que crear las reglas a medida que pasa el tiempo. Regla número uno: tenemos que ducharnos juntos. Paula sonrió.
–La ducha es lo bastante grande para los dos –Pedro la llevó en brazos hasta el mármol blanco.
Abrió la puerta de la ducha y reguló la temperatura del agua, sujetando a Paula entre su brazo y la rodilla.
–Estás haciendo que me sienta demasiado delicada.
–Eres demasiado deliciosa –le mordisqueó el cuello y después la besó hasta llegar a su boca.
El agua caliente mojó sus cuerpos y Paula le lamió las gotas de agua del pecho. Tenía la piel salada. Cuando él la dejo en el suelo, comenzó a besarlo de manera apasionada mientras el agua los cubría a ambos. Se enjabonaron el cuerpo con un jabón de aroma de jazmín y se enjuagaron mutuamente con la mano. Entre las caricias de Pedro y su manera de mirarla, Paula se sentía como una diosa. El deseo se había apoderado de cada poro de su cuerpo, manteniéndola en un estado de excitación constante. Pedro era corpulento y el agua caía sobre su piel color aceituna y sobre el vello varonil que resaltaba la musculatura de su pecho. La acariciaba con las manos como si fuera un objeto preciado. Al parecer, no llegaba a saciarse de ella. Y la sensación era mutua. Ella nunca hubiera imaginado que pasar una mañana entera haciendo el amor con un hombre, y menos después de haber hecho el amor durante toda la noche. El placer que sentía era como una droga adictiva que hacía que no pudiera separarse de Pedro. Se acariciaron con las manos y con la lengua hasta que la intensidad de la excitación era insoportable. Pedro la penetró y ambos alcanzaron el clímax casi inmediatamente, bajo el agua de la ducha.
–Eres perfecta, Pau. Perfecta –gimió él, estremeciéndose entre sus brazos mientras descansaban contra la pared.
Paula hacía todo lo posible por mantenerse en pie. Sus músculos se habían convertido en agua y su cerebro estaba demasiado lleno de felicidad como para poder pensar.
–Eres… Impresionante –ni siquiera podía describir al hombre que había puesto su vida patas arriba y la había hecho tan feliz. Más feliz de lo que nunca había imaginado posible. Era cierto que los sueños se convierten en realidad cuando uno menos se lo espera.
No Quiero Perderte: Capítulo 17
Pedro le apretó la mano con fuerza y le dedicó una mirada tranquilizadora. Había muchas petunias en macetas y la mesa estaba decorada con grandes lazos. El director del hotel se acercó a ellos, seguido de una mujer rubia que sujetaba una flor para Pedro.
–Bienvenidos y enhorabuena en su día especial.
Paula pensó que el discurso parecía un poco falso y se amonestó por ello. Sólo intentaban ser amables y que se sintieran como en casa. Se fijó en la impresionante vista de la bahía, donde había varios veleros repartidos por el agua. Era un bonito lugar para casarse. Incluso perfecto. Además, lo importante era que iba a casarse con aquel hombre maravilloso y comenzar una etapa nueva y emocionante de su vida. Aun así, de camino al cenador notó que se le entrecortaba un poco la respiración. ¿Podía ser permanente algo que había sucedido tan deprisa? A pesar de que Pedro la agarraba fuertemente de la mano, le invadían las dudas. Quizá Pedro pensara que se estaba casado con la mujer tentadora en la que Marcela la había convertido. ¿Qué pasaría cuando descubriera que se había casado con una timorata y no con la mujer excitante de sus sueños?
–Te quiero, Paula–sus palabras difuminaron sus preocupaciones.
–Yo también te quiero, Pedro–contestó ella con convicción.
¿Cómo había podido tranquilizarla en el momento adecuado? Porque era perfecto para ella. Tras una pequeña conversación y antes de que ella tuviera oportunidad de calmarse, empezó la ceremonia.
–Paula Chaves, ¿Desea que este hombre se convierta en su fiel esposo para honrarlo y amarlo hasta que la muerte los separe?
–Sí –contestó ella con decisión, para no mostrar ninguna de sus dudas.
Pedro también pronunció los votos con entusiasmo y Paula estuvo a punto de reír.
–Puede besar a la novia.
Delante de todos aquellos desconocidos, Pedro la rodeó por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó. Ella se estremeció.
–Estamos casados –susurró–. Nunca he estado tan emocionado en mi vida.
–Yo tampoco –dijo Paula–. Todo ha sucedido tan deprisa que apenas puedo creerlo.
–Cuando algo es lo adecuado, parece que se unen todas las fuerzas del universo para que salga bien. Esa fuerza llevaba en movimiento desde el momento en que te conocí.
–¿Aunque llevara aquel horrible vestido gris?
Pedro soltó una carcajada.
–Un vestido no puede ocultar el brillo que se desprende de tu interior, Pau. Al instante supe que eras especial. Y cuando bailamos… –silbó, lo que provocó que ella se riera–. Luego vamos a ir a bailar –dudó un instante–. O mañana. Es nuestra noche de boda y tengo planes muy concretos para hoy –arqueó una ceja y Paula sintió que el deseo se apoderaba de ella y se le endurecieran los pezones.
Estuvo a punto de meter la mano bajo su chaqueta para sentir el torso musculoso que se ocultaba bajo la ropa. Entonces recordó que todavía estaban en la terraza del hotel bajo la mirada de los testigos. Miró a su alrededor y dió un paso atrás.
–¿Y si nos vamos a un lugar más íntimo?
Una vez en la habitación, que también tenía unas vistas maravillosas de la bahía, Paula comprobó que Pedro tenía la noche planificada al detalle. Incluso los gatos estaban disfrutando de una comida especial y tenían un montón de cojines junto al sofá. Cuando llamaron a la puerta confirmaron que todo estaba sucediendo según lo planificado.
–Debe de ser la cena –besó a Paula en los labios antes de ir a abrir.
Había pedido la mejor comida del hotel para degustarla en privado. Todo lo mejor para Paula. No porque fuera una mujer rica y estuviera acostumbrada a ello, sino porque quería cuidarla y ver cómo se le iluminaba el rostro con una sonrisa.
–Pensé que íbamos a salir –Paula miró hacia la puerta.
–¿En nuestra noche de boda? Prefiero la intimidad –la miró.
El camarero entró con un carro lleno de platos, los felicitó y se marchó. Paula levantó la tapa de la primera fuente y percibió el aroma de una gran variedad de pequeños entrantes. Se dieron de comer mutuamente, riéndose. ¿Cuándo había hecho algo tan simple con una mujer y lo había pasado tan bien? Nunca. Paula tenía una manera de ver la vida muy refrescante. Incluso aunque no hubiese habido un millón de dólares de por medio, él habría estado muy contento con su elección. La sopa era una vichyssoise con cebolletas. Después, solomillo tierno con verduras y patatas, bañado en salsa como plato principal. De postre, profiteroles, éclairs y tartas diversas. Pedro le lamió los labios a ella para limpiarle la crema y después brindó por su matrimonio con una copa de Moet.
–Creo que deberíamos retirarnos al dormitorio –recogió la botella de champán y las dos copas–. Estaremos más cómodos allí.
Esperó mientras ella se ponía en pie. Estaba radiante, completamente diferente a la mujer que había conocido la primera noche en la gala. Ella había florecido desde que se habían conocido. Fueran donde fueran todo el mundo los miraba, y ella parecía cómoda y tranquila bajo la mirada de todos aquellos hombres envidiosos. La cama estaba abierta y las sábanas blancas brillaban bajo la luz tenue. Paula se sentó en el borde y aceptó una copa de champán. Pedro se sentó a su lado y le retiró una de las horquillas que le sujetaban el moño, permitiendo que escapara uno de sus tirabuzones. Paula tiró con suavidad de uno de los lados de su pajarita y le retiró la prenda de seda del cuello.
–Bienvenidos y enhorabuena en su día especial.
Paula pensó que el discurso parecía un poco falso y se amonestó por ello. Sólo intentaban ser amables y que se sintieran como en casa. Se fijó en la impresionante vista de la bahía, donde había varios veleros repartidos por el agua. Era un bonito lugar para casarse. Incluso perfecto. Además, lo importante era que iba a casarse con aquel hombre maravilloso y comenzar una etapa nueva y emocionante de su vida. Aun así, de camino al cenador notó que se le entrecortaba un poco la respiración. ¿Podía ser permanente algo que había sucedido tan deprisa? A pesar de que Pedro la agarraba fuertemente de la mano, le invadían las dudas. Quizá Pedro pensara que se estaba casado con la mujer tentadora en la que Marcela la había convertido. ¿Qué pasaría cuando descubriera que se había casado con una timorata y no con la mujer excitante de sus sueños?
–Te quiero, Paula–sus palabras difuminaron sus preocupaciones.
–Yo también te quiero, Pedro–contestó ella con convicción.
¿Cómo había podido tranquilizarla en el momento adecuado? Porque era perfecto para ella. Tras una pequeña conversación y antes de que ella tuviera oportunidad de calmarse, empezó la ceremonia.
–Paula Chaves, ¿Desea que este hombre se convierta en su fiel esposo para honrarlo y amarlo hasta que la muerte los separe?
–Sí –contestó ella con decisión, para no mostrar ninguna de sus dudas.
Pedro también pronunció los votos con entusiasmo y Paula estuvo a punto de reír.
–Puede besar a la novia.
Delante de todos aquellos desconocidos, Pedro la rodeó por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó. Ella se estremeció.
–Estamos casados –susurró–. Nunca he estado tan emocionado en mi vida.
–Yo tampoco –dijo Paula–. Todo ha sucedido tan deprisa que apenas puedo creerlo.
–Cuando algo es lo adecuado, parece que se unen todas las fuerzas del universo para que salga bien. Esa fuerza llevaba en movimiento desde el momento en que te conocí.
–¿Aunque llevara aquel horrible vestido gris?
Pedro soltó una carcajada.
–Un vestido no puede ocultar el brillo que se desprende de tu interior, Pau. Al instante supe que eras especial. Y cuando bailamos… –silbó, lo que provocó que ella se riera–. Luego vamos a ir a bailar –dudó un instante–. O mañana. Es nuestra noche de boda y tengo planes muy concretos para hoy –arqueó una ceja y Paula sintió que el deseo se apoderaba de ella y se le endurecieran los pezones.
Estuvo a punto de meter la mano bajo su chaqueta para sentir el torso musculoso que se ocultaba bajo la ropa. Entonces recordó que todavía estaban en la terraza del hotel bajo la mirada de los testigos. Miró a su alrededor y dió un paso atrás.
–¿Y si nos vamos a un lugar más íntimo?
Una vez en la habitación, que también tenía unas vistas maravillosas de la bahía, Paula comprobó que Pedro tenía la noche planificada al detalle. Incluso los gatos estaban disfrutando de una comida especial y tenían un montón de cojines junto al sofá. Cuando llamaron a la puerta confirmaron que todo estaba sucediendo según lo planificado.
–Debe de ser la cena –besó a Paula en los labios antes de ir a abrir.
Había pedido la mejor comida del hotel para degustarla en privado. Todo lo mejor para Paula. No porque fuera una mujer rica y estuviera acostumbrada a ello, sino porque quería cuidarla y ver cómo se le iluminaba el rostro con una sonrisa.
–Pensé que íbamos a salir –Paula miró hacia la puerta.
–¿En nuestra noche de boda? Prefiero la intimidad –la miró.
El camarero entró con un carro lleno de platos, los felicitó y se marchó. Paula levantó la tapa de la primera fuente y percibió el aroma de una gran variedad de pequeños entrantes. Se dieron de comer mutuamente, riéndose. ¿Cuándo había hecho algo tan simple con una mujer y lo había pasado tan bien? Nunca. Paula tenía una manera de ver la vida muy refrescante. Incluso aunque no hubiese habido un millón de dólares de por medio, él habría estado muy contento con su elección. La sopa era una vichyssoise con cebolletas. Después, solomillo tierno con verduras y patatas, bañado en salsa como plato principal. De postre, profiteroles, éclairs y tartas diversas. Pedro le lamió los labios a ella para limpiarle la crema y después brindó por su matrimonio con una copa de Moet.
–Creo que deberíamos retirarnos al dormitorio –recogió la botella de champán y las dos copas–. Estaremos más cómodos allí.
Esperó mientras ella se ponía en pie. Estaba radiante, completamente diferente a la mujer que había conocido la primera noche en la gala. Ella había florecido desde que se habían conocido. Fueran donde fueran todo el mundo los miraba, y ella parecía cómoda y tranquila bajo la mirada de todos aquellos hombres envidiosos. La cama estaba abierta y las sábanas blancas brillaban bajo la luz tenue. Paula se sentó en el borde y aceptó una copa de champán. Pedro se sentó a su lado y le retiró una de las horquillas que le sujetaban el moño, permitiendo que escapara uno de sus tirabuzones. Paula tiró con suavidad de uno de los lados de su pajarita y le retiró la prenda de seda del cuello.
jueves, 1 de noviembre de 2018
No Quiero Perderte: Capítulo 16
–Hay algo especial entre nosotros, ¿No crees? –la voz de Pedro interrumpió su pensamiento.
–Sí, lo hay –Paula frunció el ceño. Nunca se había sentido tan cómoda con un hombre, tan segura. Y desde luego nunca se había sentido deseable e interesante–. Lo noto.
Paula se fijó en los tres diamantes que brillaban en su dedo.
–¿Te casarás conmigo? –Pedro repitió la pregunta con una mirada de esperanza.
–Sí, lo haré –contestó ella con mezcla de terror y emoción. Pero también con el convencimiento de que estaba haciendo lo correcto.
Pedro la abrazó con fuerza. El calor de su cuerpo se mezcló con el de ella y, por primera vez en su vida, desde que su madre murió, se sintió completamente protegida y cuidada. Y amada.
Mientras cruzaban el Golden Gate Bridge en el coche de Pedro, Paula miró hacia la ciudad que habían dejado atrás. Cuando regresara, sería una mujer casada. La señora de Pedro Alfonso. Iban a casarse justo al otro lado del puente, en Sausalito. Pedro quería que la boda se celebrara lo antes posible. Sin invitados, sólo ellos dos, y los gatos de Paula. Pedro había insistido en que los llevara, puesto que eran miembros de su familia. Uno de sus clientes era el propietario de un hotel que tenía una terraza con vistas a la ciudad y donde a menudo se celebraban pequeñas bodas. Él les había prometido encontrar a alguien que oficiara la boda, a un fotógrafo y a dos testigos.
Todo había sucedido muy deprisa. Y una boda sin amigos ni familia resultaba extraña. Aun así, Paula debía admitir que tenía sentido. No quería celebrar una gran boda del tipo que le hubiera gustado a su padre, de esas que se tardaban un año en organizar. Era mejor hacerlo de esa manera. Rápido y en privado. Curiosamente, su padre no había protestado al enterarse de su improvisado plan. No parecía demasiado sorprendido por la noticia, aunque, en realidad, le había presentado a Pedro con la esperanza de que Paula por fin encontrara pareja. ¡Al fin había conseguido hacer algo que su padre aprobaba! O al menos, lo haría muy pronto.
–Sausalito es un lugar divertido para ir. Aunque esté justo al otro lado del puente da la sensación de que uno está a miles de kilómetros de distancia –ese día, Pedro estaba más atractivo que nunca. Llevaba una camisa negra arremangada, unos vaqueros, y el cabello alborotado.
Ella no podía creer que estuviera sentada a su lado, rumbo a Sausalito para casarse. El anillo de diamantes todavía brillaba en su dedo. Paula no se lo había quitado desde que él se lo había probado.
–Podemos vivir en mi departamento hasta que encontremos un sitio. Pero creo que deberíamos comprar una casa, para que haya sitio suficiente y puedas montar un estudio. ¿Qué te parece?
–No sé qué pensar –sonrió ella–. Nunca he vivido en otra casa que no sea en la que vivo ahora. Estoy abierta a cualquier cosa. Siempre podría alquilar un estudio para mi negocio.
–De ninguna manera. Encontraremos una casa con un gran estudio para tí. Y es imprescindible que tenga vistas a la bahía, puesto que estás acostumbrada a tenerlas.
¿Cómo era de rico? Hablaba como si tuviera todo el dinero del mundo a su disposición. ¿O esperaba que ella comprara la casa nueva? Era extraño que estuvieran a punto de casarse y no hubieran hablado de los aspectos prácticos. Excepto por el acuerdo prematrimonial. Y normalmente ese tipo de acuerdos no tenían ni el valor del papel en el que se habían escrito. Si él no hubiera insistido ella no habría pensado en ello. ¿Si no podía confiar en su marido, en quién podría confiar? No permitiría que el dinero gobernara su vida.
Condujeron por las colinas de Gateway National Recreation Area, y después subieron por las calles empinadas de Sausalito. Pedro estacionó frente a un edificio de estilo mediterráneo con un jardín lleno de flores.
–La boda se celebra esta tarde a las seis así que tenemos tiempo de sobra para prepararnos.
–¿Esta tarde? –el pánico se apoderó de Paula.
Por algún motivo había pensado que tendría un par de días para… ¿Qué? Si iban a casarse era mejor que lo hicieran cuanto antes. Apenas había tenido tiempo de acostumbrarse a tener pareja y ya estaba a punto de ir hasta el altar. Era curioso cómo él había hecho todos los planes, y ella se lo había permitido.
Pedro salió del coche y lo rodeó para abrir la puerta de Paula. Cuando ella bajó, le temblaban las piernas. Él puso la mano en su espalda y ella se estremeció.
–Esta noche será nuestra noche de boda –la miró como sugiriendo varias posibilidades.
Paula pestañeó y suspiró.
–Así es.
Él le apretó la mano.
–No puedo esperar para convertirme en tu marido, Pau.
–Ni yo para ser tu esposa –le apretó la mano también y la felicidad inundó su corazón, apartando la inquietud–. ¿Pero qué voy a ponerme?
–Lo que quieras. Tenemos toda la tarde para comprar.
Aunque Paula dudaba acerca de su capacidad para elegir un vestido adecuado sin Marcela, encontró uno bastante rápido en una tienda cerca del muelle. El vestido blanco plateado se amoldaba perfectamente a las curvas de su cuerpo. Los zapatos de tacón de color azul cielo conjuntaban con el vestido. En una joyería, eligieron las alianzas para la ceremonia. Una vez en el hotel, recibió la visita de una peluquera que le recogió los tirabuzones en un moño. Se puso los pendientes de perlas y diamantes que habían elegido juntos. Pedro insistió en pagarlo todo y estaba encantado de ver que Paula se había transformado en una novia radiante.
–Estás preciosa –se acercó por detrás de ella mientras ella se daba el último retoque con el pintalabios.
Al ver su rostro reflejado junto al de ella en el espejo, Paula sonrió.
–Tú también estás estupendo –se fijó en la pajarita negra que llevaba. El esmoquin resaltaba su atractivo.
–Hacemos una buena pareja –la rodeó por la cintura.
–Y nos complementamos bien –se rió–. De hecho, preferiría no tener que salir de la habitación.
–Merecerá la pena –la besó en la mejilla–. Y tenemos toda la noche para celebrarlo –el tono de Pedro era prometedor–. ¿Estás preparada?
–Más preparada que nunca.
Cuando salieron a la terraza del hotel, una mezcla de pánico y emoción se apoderó de Paula. El sol iluminaba el cenador donde los esperaba el hombre que oficiaría la ceremonia.
–Sí, lo hay –Paula frunció el ceño. Nunca se había sentido tan cómoda con un hombre, tan segura. Y desde luego nunca se había sentido deseable e interesante–. Lo noto.
Paula se fijó en los tres diamantes que brillaban en su dedo.
–¿Te casarás conmigo? –Pedro repitió la pregunta con una mirada de esperanza.
–Sí, lo haré –contestó ella con mezcla de terror y emoción. Pero también con el convencimiento de que estaba haciendo lo correcto.
Pedro la abrazó con fuerza. El calor de su cuerpo se mezcló con el de ella y, por primera vez en su vida, desde que su madre murió, se sintió completamente protegida y cuidada. Y amada.
Mientras cruzaban el Golden Gate Bridge en el coche de Pedro, Paula miró hacia la ciudad que habían dejado atrás. Cuando regresara, sería una mujer casada. La señora de Pedro Alfonso. Iban a casarse justo al otro lado del puente, en Sausalito. Pedro quería que la boda se celebrara lo antes posible. Sin invitados, sólo ellos dos, y los gatos de Paula. Pedro había insistido en que los llevara, puesto que eran miembros de su familia. Uno de sus clientes era el propietario de un hotel que tenía una terraza con vistas a la ciudad y donde a menudo se celebraban pequeñas bodas. Él les había prometido encontrar a alguien que oficiara la boda, a un fotógrafo y a dos testigos.
Todo había sucedido muy deprisa. Y una boda sin amigos ni familia resultaba extraña. Aun así, Paula debía admitir que tenía sentido. No quería celebrar una gran boda del tipo que le hubiera gustado a su padre, de esas que se tardaban un año en organizar. Era mejor hacerlo de esa manera. Rápido y en privado. Curiosamente, su padre no había protestado al enterarse de su improvisado plan. No parecía demasiado sorprendido por la noticia, aunque, en realidad, le había presentado a Pedro con la esperanza de que Paula por fin encontrara pareja. ¡Al fin había conseguido hacer algo que su padre aprobaba! O al menos, lo haría muy pronto.
–Sausalito es un lugar divertido para ir. Aunque esté justo al otro lado del puente da la sensación de que uno está a miles de kilómetros de distancia –ese día, Pedro estaba más atractivo que nunca. Llevaba una camisa negra arremangada, unos vaqueros, y el cabello alborotado.
Ella no podía creer que estuviera sentada a su lado, rumbo a Sausalito para casarse. El anillo de diamantes todavía brillaba en su dedo. Paula no se lo había quitado desde que él se lo había probado.
–Podemos vivir en mi departamento hasta que encontremos un sitio. Pero creo que deberíamos comprar una casa, para que haya sitio suficiente y puedas montar un estudio. ¿Qué te parece?
–No sé qué pensar –sonrió ella–. Nunca he vivido en otra casa que no sea en la que vivo ahora. Estoy abierta a cualquier cosa. Siempre podría alquilar un estudio para mi negocio.
–De ninguna manera. Encontraremos una casa con un gran estudio para tí. Y es imprescindible que tenga vistas a la bahía, puesto que estás acostumbrada a tenerlas.
¿Cómo era de rico? Hablaba como si tuviera todo el dinero del mundo a su disposición. ¿O esperaba que ella comprara la casa nueva? Era extraño que estuvieran a punto de casarse y no hubieran hablado de los aspectos prácticos. Excepto por el acuerdo prematrimonial. Y normalmente ese tipo de acuerdos no tenían ni el valor del papel en el que se habían escrito. Si él no hubiera insistido ella no habría pensado en ello. ¿Si no podía confiar en su marido, en quién podría confiar? No permitiría que el dinero gobernara su vida.
Condujeron por las colinas de Gateway National Recreation Area, y después subieron por las calles empinadas de Sausalito. Pedro estacionó frente a un edificio de estilo mediterráneo con un jardín lleno de flores.
–La boda se celebra esta tarde a las seis así que tenemos tiempo de sobra para prepararnos.
–¿Esta tarde? –el pánico se apoderó de Paula.
Por algún motivo había pensado que tendría un par de días para… ¿Qué? Si iban a casarse era mejor que lo hicieran cuanto antes. Apenas había tenido tiempo de acostumbrarse a tener pareja y ya estaba a punto de ir hasta el altar. Era curioso cómo él había hecho todos los planes, y ella se lo había permitido.
Pedro salió del coche y lo rodeó para abrir la puerta de Paula. Cuando ella bajó, le temblaban las piernas. Él puso la mano en su espalda y ella se estremeció.
–Esta noche será nuestra noche de boda –la miró como sugiriendo varias posibilidades.
Paula pestañeó y suspiró.
–Así es.
Él le apretó la mano.
–No puedo esperar para convertirme en tu marido, Pau.
–Ni yo para ser tu esposa –le apretó la mano también y la felicidad inundó su corazón, apartando la inquietud–. ¿Pero qué voy a ponerme?
–Lo que quieras. Tenemos toda la tarde para comprar.
Aunque Paula dudaba acerca de su capacidad para elegir un vestido adecuado sin Marcela, encontró uno bastante rápido en una tienda cerca del muelle. El vestido blanco plateado se amoldaba perfectamente a las curvas de su cuerpo. Los zapatos de tacón de color azul cielo conjuntaban con el vestido. En una joyería, eligieron las alianzas para la ceremonia. Una vez en el hotel, recibió la visita de una peluquera que le recogió los tirabuzones en un moño. Se puso los pendientes de perlas y diamantes que habían elegido juntos. Pedro insistió en pagarlo todo y estaba encantado de ver que Paula se había transformado en una novia radiante.
–Estás preciosa –se acercó por detrás de ella mientras ella se daba el último retoque con el pintalabios.
Al ver su rostro reflejado junto al de ella en el espejo, Paula sonrió.
–Tú también estás estupendo –se fijó en la pajarita negra que llevaba. El esmoquin resaltaba su atractivo.
–Hacemos una buena pareja –la rodeó por la cintura.
–Y nos complementamos bien –se rió–. De hecho, preferiría no tener que salir de la habitación.
–Merecerá la pena –la besó en la mejilla–. Y tenemos toda la noche para celebrarlo –el tono de Pedro era prometedor–. ¿Estás preparada?
–Más preparada que nunca.
Cuando salieron a la terraza del hotel, una mezcla de pánico y emoción se apoderó de Paula. El sol iluminaba el cenador donde los esperaba el hombre que oficiaría la ceremonia.
No Quiero Perderte: Capítulo 15
Paula pestañeó. Era evidente que estaba soñando. Pero parecía tan real. Pedro estaba sentado junto a ella en la cama, con la toalla alrededor de la cintura. Tenía algo brillante en la mano. Un anillo. Igual que en los cuentos de hadas donde el príncipe se arrodilla y…
–Sé que es muy repentino –la voz de Pedro interrumpió su pensamiento–. Estoy seguro de que estás sorprendida. Yo también. No tenía ni idea de se pudiera sentir algo tan intenso por una mujer tan deprisa.
Con el corazón encogido, Paula se incorporó sobre un codo.
–No estoy soñando, ¿Verdad?
Pedro sonrió.
–No, no estás soñando. Soy tan real como tú –le acarició el muslo a través de la sábana–. Y me gustaría que fueras mi esposa.
Ella tragó saliva. ¿Pedro Alfonso quería casarse con ella? No podía ser cierto. Para empezar, sólo se conocían desde hacía menos de tres semanas. Además, el era un hombre muy atractivo y seguramente tenía un montón de mujeres detrás. ¿Por qué iba a querer estar junto a una mujer el resto de su vida? ¿Y con ella?
–Es demasiado repentino, ¿Verdad? –preguntó él.
–No. Quiero decir, no sé –no sabía cómo responder.
¿Quería casarse con él? Todo su cuerpo decía que sí. Pero la Paula de siempre decía algo diferente. «Ten cuidado. Hay algo extraño. Es demasiado pronto. Él es demasiado bueno para ser cierto». Paula respiró hondo pero no consiguió calmar sus nervios.
–No sé qué decir.
–Un sí me valdría –dijo Pedro con brillo en la mirada.
–Pero acabamos de conocernos. No sabes cómo soy –¿Y si se casaba con ella y después se daba cuenta de que era la Paula de siempre y no la mujer que se había creado en su imaginación?–. Probablemente creas que soy más interesante y emocionante de lo que soy en realidad.
–Deberías tener más confianza en tí misma –se acercó a ella y colocó la mano que tenía libre en su cintura–. Hemos pasado horas hablando y, sin duda, eres la mujer más inteligente e interesante que he conocido nunca.
–¿De veras? –la pregunta se escapó de los labios.
–Estoy seguro. Y eso no es todo. También estoy cautivado por tu belleza.
–Oh, vamos –se sonrojó–. No soy tan llamativa.
–Ahí es donde te equivocas. La gente se vuelve a mirar por donde pasas.
Paula se mordió el labio inferior. Al parecer el maquillaje de Marcela había surtido efecto. Ella nunca había llamado tanto la atención en toda su vida como lo había hecho en las dos últimas semanas. Ni siquiera el día que fue al colegio con dos zapatos diferentes.
–Seré un buen marido.
–Estoy segura de ello.
Pero ¿Por qué intentaba venderse tanto? ¿No podían salir juntos durante una temporada y comprobar qué tal?
–Te apreciaré, te honraré y te devoraré –la miró con picardía provocando que a ella la invadiera el deseo–. ¿Por qué no pruebas? –se encogió de hombros como si fuera algo casual.
Paula lo miró tratando de disimular la mezcla de sentimientos que surgían en su interior.
–¿Por qué no? –el tono de voz delató nerviosismo.
Pedro le sujetó el anillo. Ella levantó la mano. Casi nunca llevaba joyas, y mucho menos en ese dedo. Todo el mundo sabía que daba mala suerte ponerse otra cosa que no fuera un anillo de compromiso. Ella nunca había imaginado que se pondría un anillo en ese dedo, puesto que estaba resignada a vivir su vida tranquila con sus gatos. Estiró el dedo y se estremeció al sentir el frío del metal sobre su piel. ¿Sería demasiado pequeño? ¿O sería del tamaño adecuado y no habría quién se lo quitara? Eso sería una señal.
–Es del tamaño perfecto –dijo Pedro en tono triunfal.
–Lo es. ¿Cómo lo has conseguido?
–Pura suerte. Y creo que el hecho de que encaje tan bien es un mensaje del destino –le acarició la mano–. No sé qué pensarás sobre esto, pero es un anillo especial. Perteneció a mi abuela, quien estuvo casada con el amor de su vida durante cincuenta y siete años.
Paula lo miró y pensó que debía de ser un diseño de los años veinte.
–Es precioso.
Paula no estaba segura de cómo se sentía acerca de llevar el anillo de boda de otra mujer. Era como si reforzara la sensación de haber entrado en la vida de alguien de forma accidental.
–Mi abuela era muy especial para mí. Me dejó el anillo de herencia para que algún día pudiera dárselo a mi esposa. No puedo creer que te quede tan bien. Como si estuviera hecho para tí.
Paula tragó saliva. ¿Haberse puesto el anillo significaba que había aceptado su propuesta?
–Es muy bonito. ¿Estás seguro de que quieres desprenderte de él?
Pedro le dió la mano.
–No quiero desprenderme de él. Quiero verlo en la mano de la mujer que amo.
Paula sintió que se le encogía el estómago. La palabra amor flotaba en el aire como si fuera el humo de un truco de magia. Eso era lo que pasaba. Ya sabía por qué la propuesta le parecía extraña, porque él no le había dicho que la amaba. Hasta entonces.
–Te quiero, Pau–le acarició la mano–. Es un amor nuevo, desconocido. Lo admito. Pero nunca he sentido esto por nadie. Hay algo en mi corazón que me indica que eres la mujer de mis sueños.
Y ella, ¿Lo amaba? Ni siquiera sabía qué se sentía cuando se estaba enamorada. Por supuesto que deseaba a Pedro y que lo consideraba un hombre encantador, inteligente y divertido. Y muy muy atractivo. Todo eso es lo que habría buscado en el marido de sus sueños. Si es que hubiese estado buscando marido. Algo que todo el mundo que conocía le decía que debía de empezar a hacer. Estaba acostumbrada a sospechar que el motivo por el que los hombres se acercaban a ella fuera la fortuna de los Chaves y no porque estuvieran interesados en ella.
–Sé que es muy repentino –la voz de Pedro interrumpió su pensamiento–. Estoy seguro de que estás sorprendida. Yo también. No tenía ni idea de se pudiera sentir algo tan intenso por una mujer tan deprisa.
Con el corazón encogido, Paula se incorporó sobre un codo.
–No estoy soñando, ¿Verdad?
Pedro sonrió.
–No, no estás soñando. Soy tan real como tú –le acarició el muslo a través de la sábana–. Y me gustaría que fueras mi esposa.
Ella tragó saliva. ¿Pedro Alfonso quería casarse con ella? No podía ser cierto. Para empezar, sólo se conocían desde hacía menos de tres semanas. Además, el era un hombre muy atractivo y seguramente tenía un montón de mujeres detrás. ¿Por qué iba a querer estar junto a una mujer el resto de su vida? ¿Y con ella?
–Es demasiado repentino, ¿Verdad? –preguntó él.
–No. Quiero decir, no sé –no sabía cómo responder.
¿Quería casarse con él? Todo su cuerpo decía que sí. Pero la Paula de siempre decía algo diferente. «Ten cuidado. Hay algo extraño. Es demasiado pronto. Él es demasiado bueno para ser cierto». Paula respiró hondo pero no consiguió calmar sus nervios.
–No sé qué decir.
–Un sí me valdría –dijo Pedro con brillo en la mirada.
–Pero acabamos de conocernos. No sabes cómo soy –¿Y si se casaba con ella y después se daba cuenta de que era la Paula de siempre y no la mujer que se había creado en su imaginación?–. Probablemente creas que soy más interesante y emocionante de lo que soy en realidad.
–Deberías tener más confianza en tí misma –se acercó a ella y colocó la mano que tenía libre en su cintura–. Hemos pasado horas hablando y, sin duda, eres la mujer más inteligente e interesante que he conocido nunca.
–¿De veras? –la pregunta se escapó de los labios.
–Estoy seguro. Y eso no es todo. También estoy cautivado por tu belleza.
–Oh, vamos –se sonrojó–. No soy tan llamativa.
–Ahí es donde te equivocas. La gente se vuelve a mirar por donde pasas.
Paula se mordió el labio inferior. Al parecer el maquillaje de Marcela había surtido efecto. Ella nunca había llamado tanto la atención en toda su vida como lo había hecho en las dos últimas semanas. Ni siquiera el día que fue al colegio con dos zapatos diferentes.
–Seré un buen marido.
–Estoy segura de ello.
Pero ¿Por qué intentaba venderse tanto? ¿No podían salir juntos durante una temporada y comprobar qué tal?
–Te apreciaré, te honraré y te devoraré –la miró con picardía provocando que a ella la invadiera el deseo–. ¿Por qué no pruebas? –se encogió de hombros como si fuera algo casual.
Paula lo miró tratando de disimular la mezcla de sentimientos que surgían en su interior.
–¿Por qué no? –el tono de voz delató nerviosismo.
Pedro le sujetó el anillo. Ella levantó la mano. Casi nunca llevaba joyas, y mucho menos en ese dedo. Todo el mundo sabía que daba mala suerte ponerse otra cosa que no fuera un anillo de compromiso. Ella nunca había imaginado que se pondría un anillo en ese dedo, puesto que estaba resignada a vivir su vida tranquila con sus gatos. Estiró el dedo y se estremeció al sentir el frío del metal sobre su piel. ¿Sería demasiado pequeño? ¿O sería del tamaño adecuado y no habría quién se lo quitara? Eso sería una señal.
–Es del tamaño perfecto –dijo Pedro en tono triunfal.
–Lo es. ¿Cómo lo has conseguido?
–Pura suerte. Y creo que el hecho de que encaje tan bien es un mensaje del destino –le acarició la mano–. No sé qué pensarás sobre esto, pero es un anillo especial. Perteneció a mi abuela, quien estuvo casada con el amor de su vida durante cincuenta y siete años.
Paula lo miró y pensó que debía de ser un diseño de los años veinte.
–Es precioso.
Paula no estaba segura de cómo se sentía acerca de llevar el anillo de boda de otra mujer. Era como si reforzara la sensación de haber entrado en la vida de alguien de forma accidental.
–Mi abuela era muy especial para mí. Me dejó el anillo de herencia para que algún día pudiera dárselo a mi esposa. No puedo creer que te quede tan bien. Como si estuviera hecho para tí.
Paula tragó saliva. ¿Haberse puesto el anillo significaba que había aceptado su propuesta?
–Es muy bonito. ¿Estás seguro de que quieres desprenderte de él?
Pedro le dió la mano.
–No quiero desprenderme de él. Quiero verlo en la mano de la mujer que amo.
Paula sintió que se le encogía el estómago. La palabra amor flotaba en el aire como si fuera el humo de un truco de magia. Eso era lo que pasaba. Ya sabía por qué la propuesta le parecía extraña, porque él no le había dicho que la amaba. Hasta entonces.
–Te quiero, Pau–le acarició la mano–. Es un amor nuevo, desconocido. Lo admito. Pero nunca he sentido esto por nadie. Hay algo en mi corazón que me indica que eres la mujer de mis sueños.
Y ella, ¿Lo amaba? Ni siquiera sabía qué se sentía cuando se estaba enamorada. Por supuesto que deseaba a Pedro y que lo consideraba un hombre encantador, inteligente y divertido. Y muy muy atractivo. Todo eso es lo que habría buscado en el marido de sus sueños. Si es que hubiese estado buscando marido. Algo que todo el mundo que conocía le decía que debía de empezar a hacer. Estaba acostumbrada a sospechar que el motivo por el que los hombres se acercaban a ella fuera la fortuna de los Chaves y no porque estuvieran interesados en ella.
No Quiero Perderte: Capítulo 14
Ella se estremeció al sentir que la penetraba. Cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación. Mientras él se movía para adentrarse en su cuerpo, ella le acariciaba la espalda, clavándole los dedos en su poderosa musculatura. Una vez dentro, Pedro gimió con una mezcla de alivio y placer. Comenzó a moverse y Paula lo acompañó en el baile, tal y como habían hecho sobre la pista el día de la fiesta. Quizá estaban hechos para estar juntos… Pedro le acariciaba cada rincón de su cuerpo, provocando que el deseo la invadiera por completo mientras experimentaban en diferentes posiciones. Sus cuerpos sudorosos se movieron al unísono hasta que ella comenzó a jadear, arqueó las caderas y todo estalló. Su cuerpo empezó a convulsionar mientras una ola de placer se apoderaba de ella. Un fuerte gemido rompió el silencio de la habitación y sintió que él la abrazaba con fuerza y la penetraba una y otra vez hasta llegar al clímax.
–Uf –dijo él, después de besarla.
–Ajá –murmuró ella, sorprendida de poder hablar.
Abrió los ojos y miró a Pedro. Sus ojos grises estaban llenos de pasión. Paula sintió una fuerte presión en el pecho. Pedro Alfonso era demasiado para ella. Dulce, amable, cuidadoso y tremendamente atractivo. A ella no le sucedían cosas así. Paula era una chica aburrida, con la que siempre se podía contar porque nunca estaba ocupada. ¿O eso era antes? Quizá, después de los cambios que le había hecho Marcela y de las caricias de Pedro, se había convertido en otra persona. Alguien excitante y deseable, cuya vida florecería como un capullo en primavera.
–Nunca he conocido a nadie como tú, Paula –Pedro apoyó la cabeza en la almohada y la miró con los ojos entrecerrados.
–¿Yo? No tengo nada de especial.
–Toda tú eres especial –le acarició la barbilla con el dedo pulgar–. Eres cariñosa y dulce. Inteligente, creativa y artista.
Paula tragó saliva. Había oído esas palabras otras veces. Eran el tipo de cumplidos que solían hacerle sus tías antes de criticar su postura y lamentar que no tuviera planes de boda.
–Y eres la mujer más atractiva de San Francisco.
–¿Sólo de San Francisco? –bromeó Paula.
Él la miró de arriba abajo, haciendo que se sintiera la mujer más guapa del mundo.
–Y sin duda de todo el estado de California. Y de West Coast.
Paula frunció los labios.
–Esperaba que también de Midwest.
–No he pasado mucho tiempo allí, así que no puedo opinar.
–No importa –se atusó un tirabuzón. Pedro lo agarró y se lo puso como si fuera un anillo–. Eso es muy sugerente –murmuró ella.
–Quizá sea mi intención –ladeó la cabeza.
Ella se mordió el labio inferior para no sonreír.
–¿No deberíamos dormir un poco? Mañana hay que trabajar.
–Yo estoy de vacaciones. O las tomaba ahora o las perdía.
–Qué suerte.
–Pero si tú tienes un día complicado, lo comprendo –le acarició el tirabuzón que tenía en el dedo.
–No –de hecho, no tenía ningún plan.
–Entonces, tengo una idea. Una gran idea. Una locura, pero maravillosa.
–¿Qué?
–Enseguida vengo.
Con una toalla alrededor de la cintura, Pedro se dirigió al estudio. Era una locura, pero la idea le gustaba. Quizá porque le gustaba todo acerca de Paula. Habían hecho el amor de maravilla. Ella era tan erótica y apasionada como él había imaginado, y su cuerpo… Frunció el ceño al sentir que estaba sufriendo otra erección. Una locura. Sin duda, estaba loco. Todo el mundo le diría que lo estaba. Incluso Paula. Sólo se conocían desde hacía dos semanas y media. Pero a veces el universo se ponía de su lado y todo salía bien, como cuando le pasó lo de Stayco.m No. Aquello no tenía nada que ver. Eso fue una cosa relacionada con el trabajo. Y lo de Paula sería un compromiso para toda la vida. Sintió un nudo en la garganta. Toda una vida con ella. En aquellos momentos le parecía una idea muy atractiva. En el estudio, la pantalla del reloj digital iluminaba lo suficiente como para que él pudiera abrir los cajones. Sí, el millón de dólares que le había ofrecido el padre de Paula era un incentivo. Pero no era el único. Era como un collar de perlas alrededor del cuello de una mujer bella, sólo aumentaba su atractivo.
Todo podría ser maravilloso si las cosas salían según había planeado. Paula y él podrían comprarse una casa. Incluso en Russian Hill, al fin y al cabo, a él siempre le había gustado esa zona. Por fin podría montar su propia agencia y llevar el rumbo de su vida. Abrió el cajón de arriba y buscó una caja de cuero que había en su interior. El grabado de color dorado que tenía en los laterales brillaba bajo la luz verde del reloj. Cuando le dieron aquel anillo no tenía ni idea de qué podía hacer con él pero, de pronto, le parecía que encajaba perfectamente en el puzzle de su vida. Abrió la caja y miró un instante el anillo. Tenía tres diamantes, uno grande y dos pequeños. La mayor parte de la gente lo habría vendido, pero él no podía hacer tal cosa. Había pertenecido a su abuela, una de las mejores personas que había conocido. Ella siempre había apoyado su creatividad, lo había llevado a clase de teatro y de música, y le había pagado los campamentos de arte de verano cuando sus padres no querían que fuera. Ella le había dejado el anillo como herencia. En su momento, él se preguntó por qué. Pero ya lo comprendía todo. Su abuela quería que se lo diera a la mujer que amaba. Respiró hondo y sacó el anillo de la caja. ¿Se ofendería Paula por el hecho de que le ofreciera un anillo usado? Ella podía comprarse todo lo que quisiera sin pensárselo dos veces. Pero Paula no era una mujer pretenciosa. En el fondo, sospechaba que le importaría más el valor sentimental del anillo que su precio en el mercado. No tenía ni idea de si le quedaría bien, pero eso sería fácil de solucionar. Dejó la caja en el escritorio y guardó el anillo en su mano.
Paula estaba tumbada en la cama con el cabello sobre la almohada y el cuerpo cubierto con una sábana. Al verlo en la puerta, sonrió. Pedro se preguntaba cómo iba a reaccionar. ¿Y si lo rechazaba? Entonces, no le saldrían sus planes y tendría que decirle al padre de Paula que había fracasado en lo que a su parte del trato se refería. Bree lo miraba expectante y probablemente se preguntaba qué hacía allí de pie con una mano detrás de la espalda. Pedro se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Al sentir el calor de su piel a través de la sábana se relajó.
–Paula, sé que no nos conocemos desde hace mucho tiempo pero, a veces, la vida te ofrece una extraña oportunidad, algo que no estabas esperando y que nunca habías imaginado –tragó saliva con nerviosismo–. Pau, ¿Quieres casarte conmigo?
–Uf –dijo él, después de besarla.
–Ajá –murmuró ella, sorprendida de poder hablar.
Abrió los ojos y miró a Pedro. Sus ojos grises estaban llenos de pasión. Paula sintió una fuerte presión en el pecho. Pedro Alfonso era demasiado para ella. Dulce, amable, cuidadoso y tremendamente atractivo. A ella no le sucedían cosas así. Paula era una chica aburrida, con la que siempre se podía contar porque nunca estaba ocupada. ¿O eso era antes? Quizá, después de los cambios que le había hecho Marcela y de las caricias de Pedro, se había convertido en otra persona. Alguien excitante y deseable, cuya vida florecería como un capullo en primavera.
–Nunca he conocido a nadie como tú, Paula –Pedro apoyó la cabeza en la almohada y la miró con los ojos entrecerrados.
–¿Yo? No tengo nada de especial.
–Toda tú eres especial –le acarició la barbilla con el dedo pulgar–. Eres cariñosa y dulce. Inteligente, creativa y artista.
Paula tragó saliva. Había oído esas palabras otras veces. Eran el tipo de cumplidos que solían hacerle sus tías antes de criticar su postura y lamentar que no tuviera planes de boda.
–Y eres la mujer más atractiva de San Francisco.
–¿Sólo de San Francisco? –bromeó Paula.
Él la miró de arriba abajo, haciendo que se sintiera la mujer más guapa del mundo.
–Y sin duda de todo el estado de California. Y de West Coast.
Paula frunció los labios.
–Esperaba que también de Midwest.
–No he pasado mucho tiempo allí, así que no puedo opinar.
–No importa –se atusó un tirabuzón. Pedro lo agarró y se lo puso como si fuera un anillo–. Eso es muy sugerente –murmuró ella.
–Quizá sea mi intención –ladeó la cabeza.
Ella se mordió el labio inferior para no sonreír.
–¿No deberíamos dormir un poco? Mañana hay que trabajar.
–Yo estoy de vacaciones. O las tomaba ahora o las perdía.
–Qué suerte.
–Pero si tú tienes un día complicado, lo comprendo –le acarició el tirabuzón que tenía en el dedo.
–No –de hecho, no tenía ningún plan.
–Entonces, tengo una idea. Una gran idea. Una locura, pero maravillosa.
–¿Qué?
–Enseguida vengo.
Con una toalla alrededor de la cintura, Pedro se dirigió al estudio. Era una locura, pero la idea le gustaba. Quizá porque le gustaba todo acerca de Paula. Habían hecho el amor de maravilla. Ella era tan erótica y apasionada como él había imaginado, y su cuerpo… Frunció el ceño al sentir que estaba sufriendo otra erección. Una locura. Sin duda, estaba loco. Todo el mundo le diría que lo estaba. Incluso Paula. Sólo se conocían desde hacía dos semanas y media. Pero a veces el universo se ponía de su lado y todo salía bien, como cuando le pasó lo de Stayco.m No. Aquello no tenía nada que ver. Eso fue una cosa relacionada con el trabajo. Y lo de Paula sería un compromiso para toda la vida. Sintió un nudo en la garganta. Toda una vida con ella. En aquellos momentos le parecía una idea muy atractiva. En el estudio, la pantalla del reloj digital iluminaba lo suficiente como para que él pudiera abrir los cajones. Sí, el millón de dólares que le había ofrecido el padre de Paula era un incentivo. Pero no era el único. Era como un collar de perlas alrededor del cuello de una mujer bella, sólo aumentaba su atractivo.
Todo podría ser maravilloso si las cosas salían según había planeado. Paula y él podrían comprarse una casa. Incluso en Russian Hill, al fin y al cabo, a él siempre le había gustado esa zona. Por fin podría montar su propia agencia y llevar el rumbo de su vida. Abrió el cajón de arriba y buscó una caja de cuero que había en su interior. El grabado de color dorado que tenía en los laterales brillaba bajo la luz verde del reloj. Cuando le dieron aquel anillo no tenía ni idea de qué podía hacer con él pero, de pronto, le parecía que encajaba perfectamente en el puzzle de su vida. Abrió la caja y miró un instante el anillo. Tenía tres diamantes, uno grande y dos pequeños. La mayor parte de la gente lo habría vendido, pero él no podía hacer tal cosa. Había pertenecido a su abuela, una de las mejores personas que había conocido. Ella siempre había apoyado su creatividad, lo había llevado a clase de teatro y de música, y le había pagado los campamentos de arte de verano cuando sus padres no querían que fuera. Ella le había dejado el anillo como herencia. En su momento, él se preguntó por qué. Pero ya lo comprendía todo. Su abuela quería que se lo diera a la mujer que amaba. Respiró hondo y sacó el anillo de la caja. ¿Se ofendería Paula por el hecho de que le ofreciera un anillo usado? Ella podía comprarse todo lo que quisiera sin pensárselo dos veces. Pero Paula no era una mujer pretenciosa. En el fondo, sospechaba que le importaría más el valor sentimental del anillo que su precio en el mercado. No tenía ni idea de si le quedaría bien, pero eso sería fácil de solucionar. Dejó la caja en el escritorio y guardó el anillo en su mano.
Paula estaba tumbada en la cama con el cabello sobre la almohada y el cuerpo cubierto con una sábana. Al verlo en la puerta, sonrió. Pedro se preguntaba cómo iba a reaccionar. ¿Y si lo rechazaba? Entonces, no le saldrían sus planes y tendría que decirle al padre de Paula que había fracasado en lo que a su parte del trato se refería. Bree lo miraba expectante y probablemente se preguntaba qué hacía allí de pie con una mano detrás de la espalda. Pedro se acercó a la cama y se sentó junto a ella. Al sentir el calor de su piel a través de la sábana se relajó.
–Paula, sé que no nos conocemos desde hace mucho tiempo pero, a veces, la vida te ofrece una extraña oportunidad, algo que no estabas esperando y que nunca habías imaginado –tragó saliva con nerviosismo–. Pau, ¿Quieres casarte conmigo?
No Quiero Perderte: Capítulo 13
Entonces, Pedro la besó en los labios con delicadeza. Paula se estremeció al sentir que la estrechaba contra su cuerpo y la besaba de manera apasionada. La presión de los dedos sobre su espalda indicaba la intensidad de su deseo. Sus lenguas se encontraron y ella se acomodó en el sofá de cuero mientras acariciaba el pecho de Pedro a través de su camisa. Él gimió un momento y la abrazó con más fuerza hasta que notó la presión de sus senos contra su torso. La excitación se apoderó de ella. Cuando por fin se separaron, Paula estaba jadeando.
–Madre mía –dijo Pedro.
–Lo mismo digo –suspiró Paula.
Había besado a otros hombres pero nunca había sentido algo así. Otras veces se habían acariciado y besado, e incluso en dos ocasiones había tenido sendas experiencias sexuales decepcionantes, pero nunca había experimentado esa mezcla de emociones y tan intensas. Agarró la copa de vino y bebió un trago largo. El departamento estaba en silencio y ella podía oír el latido de su corazón. Paula se retiró un mechón de pelo y dijo:
–Supongo que eso es lo que llamamos química.
Pedro sonrió.
–Sin duda. Y sospecho que si la manejásemos correctamente podríamos solucionar los problemas energéticos del mundo.
–Y sería menos peligroso que la fisión nuclear.
–O eso pensamos –la miró de arriba abajo–. Habría que seguir experimentando.
Paula inhaló despacio y notó el movimiento de sus senos dentro del sujetador.
–Si es por el bien de la ciencia, no podemos negarnos.
Pedro se inclinó hacia delante y la besó de nuevo, jugueteando con su lengua. Paula llevó la mano a su cintura y le sacó la camisa del pantalón. Al sentir que él le acariciaba un pezón y cubría su pecho con la mano, gimió. Metió la mano bajo la camisa y le acarició la piel. Estaba más caliente de lo que esperaba, y él tensó los músculos de la espalda al sentir sus dedos. Pedro metió la mano bajo la blusa y le acarició el pezón a través del sujetador. Ella arqueó el cuerpo y continuó acariciándole la espalda. Nunca había acariciado un cuerpo tan poderoso. Él le desabrochó la blusa y dejó sus pechos al descubierto, ocultos únicamente por el sujetador de encaje. Pedro se retiró una pizca y contempló sus senos. Suspiró y dijo:
–Es lo mejor que he visto en mucho tiempo.
–Y estoy segura que desde aquí arriba puedes ver muchas cosas.
–Los tejados y las gaviotas no tienen nada que ver con las montañas y los valles que estoy viendo ahora –le quitó la blusa del todo.
A pesar del sujetador, ella se sentía desnuda bajo su hambrienta mirada. Pedro acercó la boca a su pecho y le lamió el pezón por encima de la tela. Paula se estremeció mientras él llevaba la mano a su espalda para desabrocharle el sujetador. Ella respiró hondo mientras él le retiraba la prenda y la dejaba completamente desnuda.
–Eres terriblemente atractiva –dijo mientras le miraba los senos.
–No es justo que sólo tú disfrutes de la vista –le desabrochó la camisa y añadió–: Mucho mejor.
Una fina línea de vello varonil cubría su vientre y se ocultaba bajo la cinturilla del pantalón. Paula sintió un nudo en la garganta al ver un bulto bajo la tela. Sin poder evitarlo, llevó la mano para acariciarlo a través de los vaqueros. Duro y poderoso, su miembro erecto la hizo pestañear.
–Creo que estaremos más cómodos en el dormitorio.
–De acuerdo –contestó ella.
Pedro le dió la mano y la guió hasta su habitación. Encendió una luz cálida que iluminaba una cama de madera con sábanas azules. Unas cortinas cubrían los ventanales. Se quitó la camisa y estiró los brazos para abrazar a Paula. Ella empezó a desabrocharle el cinturón. No tenía experiencia en esas cosas, pero sabía que no podía esperar que él lo hiciera todo. Lo más probable era que él estuviera acostumbrado al tipo de mujer que volvía loco a un hombre con tan sólo mover un dedo. Paula se sorprendió al ver con qué facilidad podía quitarle el cinturón. Al hacerlo, rozó con los nudillos su miembro erecto y notó su pulsación. «Me desea», pensó. No podía creerlo. ¿Cómo había sucedido todo tan deprisa? Había pasado de ser Paula Chaves, una chica sencilla que vivía de manera rutinaria a estar en ropa interior en el apartamento de un hombre con el que parecía que iba a hacer el amor. ¿El amor? No. Nadie había hablado de amor. Pero no podía negar que sentía una conexión especial con Pedro. Y era evidente que él también la sentía hacia ella. ¿Y eso no era enamorarse?
–¡Oh! –exclamó sorprendida cuando él le desabrochó los pantalones, y empezó a acariciarle el cuerpo con la boca mientras se los bajaba.
–Eres impresionante –murmuró él.
Paula terminó de desabrocharle el pantalón y Pedro la ayudó a quitárselos. «Oh, cielos». Ella nunca había visto algo así. Con un nudo en la garganta, le retiró la ropa interior y liberó su miembro erecto. Pedro la llevó hasta la cama y le quitó las bragas. Pasó por encima de ella y se tumbó a su lado. La besó en los labios y le acarició el vientre. Ella se tensó una pizca cuando él le acaricio la entrepierna, pero separó los muslos y lo dejó acceder. Con un dedo, le acarició el punto más sensible de su ser. Ella movió las caderas al sentir que él le estimulaba sitios que nadie más se había molestado en explorar. Con los ojos cerrados y la expresión de placer de su rostro, Pedro estaba más atractivo que nunca. Paula sintió que se le encogía el corazón. ¿Sería el hombre de su vida? Más o menos había perdido la esperanza de encontrar a su príncipe azul. Casi todas las niñas soñaban con encontrarlo, pero a los veintinueve años, ella había aprendido que la mayor parte de las ranas no se convertían en príncipe por mucho que las besaran. Él continuó acariciándola y ella gimió. Estaba más excitada que nunca. Pedro se acercó más a ella, hasta que sus cuerpos entraron en completo contacto. Entonces, se incorporó apoyándose en un brazo y se puso un preservativo antes de colocarse sobre ella.
–Madre mía –dijo Pedro.
–Lo mismo digo –suspiró Paula.
Había besado a otros hombres pero nunca había sentido algo así. Otras veces se habían acariciado y besado, e incluso en dos ocasiones había tenido sendas experiencias sexuales decepcionantes, pero nunca había experimentado esa mezcla de emociones y tan intensas. Agarró la copa de vino y bebió un trago largo. El departamento estaba en silencio y ella podía oír el latido de su corazón. Paula se retiró un mechón de pelo y dijo:
–Supongo que eso es lo que llamamos química.
Pedro sonrió.
–Sin duda. Y sospecho que si la manejásemos correctamente podríamos solucionar los problemas energéticos del mundo.
–Y sería menos peligroso que la fisión nuclear.
–O eso pensamos –la miró de arriba abajo–. Habría que seguir experimentando.
Paula inhaló despacio y notó el movimiento de sus senos dentro del sujetador.
–Si es por el bien de la ciencia, no podemos negarnos.
Pedro se inclinó hacia delante y la besó de nuevo, jugueteando con su lengua. Paula llevó la mano a su cintura y le sacó la camisa del pantalón. Al sentir que él le acariciaba un pezón y cubría su pecho con la mano, gimió. Metió la mano bajo la camisa y le acarició la piel. Estaba más caliente de lo que esperaba, y él tensó los músculos de la espalda al sentir sus dedos. Pedro metió la mano bajo la blusa y le acarició el pezón a través del sujetador. Ella arqueó el cuerpo y continuó acariciándole la espalda. Nunca había acariciado un cuerpo tan poderoso. Él le desabrochó la blusa y dejó sus pechos al descubierto, ocultos únicamente por el sujetador de encaje. Pedro se retiró una pizca y contempló sus senos. Suspiró y dijo:
–Es lo mejor que he visto en mucho tiempo.
–Y estoy segura que desde aquí arriba puedes ver muchas cosas.
–Los tejados y las gaviotas no tienen nada que ver con las montañas y los valles que estoy viendo ahora –le quitó la blusa del todo.
A pesar del sujetador, ella se sentía desnuda bajo su hambrienta mirada. Pedro acercó la boca a su pecho y le lamió el pezón por encima de la tela. Paula se estremeció mientras él llevaba la mano a su espalda para desabrocharle el sujetador. Ella respiró hondo mientras él le retiraba la prenda y la dejaba completamente desnuda.
–Eres terriblemente atractiva –dijo mientras le miraba los senos.
–No es justo que sólo tú disfrutes de la vista –le desabrochó la camisa y añadió–: Mucho mejor.
Una fina línea de vello varonil cubría su vientre y se ocultaba bajo la cinturilla del pantalón. Paula sintió un nudo en la garganta al ver un bulto bajo la tela. Sin poder evitarlo, llevó la mano para acariciarlo a través de los vaqueros. Duro y poderoso, su miembro erecto la hizo pestañear.
–Creo que estaremos más cómodos en el dormitorio.
–De acuerdo –contestó ella.
Pedro le dió la mano y la guió hasta su habitación. Encendió una luz cálida que iluminaba una cama de madera con sábanas azules. Unas cortinas cubrían los ventanales. Se quitó la camisa y estiró los brazos para abrazar a Paula. Ella empezó a desabrocharle el cinturón. No tenía experiencia en esas cosas, pero sabía que no podía esperar que él lo hiciera todo. Lo más probable era que él estuviera acostumbrado al tipo de mujer que volvía loco a un hombre con tan sólo mover un dedo. Paula se sorprendió al ver con qué facilidad podía quitarle el cinturón. Al hacerlo, rozó con los nudillos su miembro erecto y notó su pulsación. «Me desea», pensó. No podía creerlo. ¿Cómo había sucedido todo tan deprisa? Había pasado de ser Paula Chaves, una chica sencilla que vivía de manera rutinaria a estar en ropa interior en el apartamento de un hombre con el que parecía que iba a hacer el amor. ¿El amor? No. Nadie había hablado de amor. Pero no podía negar que sentía una conexión especial con Pedro. Y era evidente que él también la sentía hacia ella. ¿Y eso no era enamorarse?
–¡Oh! –exclamó sorprendida cuando él le desabrochó los pantalones, y empezó a acariciarle el cuerpo con la boca mientras se los bajaba.
–Eres impresionante –murmuró él.
Paula terminó de desabrocharle el pantalón y Pedro la ayudó a quitárselos. «Oh, cielos». Ella nunca había visto algo así. Con un nudo en la garganta, le retiró la ropa interior y liberó su miembro erecto. Pedro la llevó hasta la cama y le quitó las bragas. Pasó por encima de ella y se tumbó a su lado. La besó en los labios y le acarició el vientre. Ella se tensó una pizca cuando él le acaricio la entrepierna, pero separó los muslos y lo dejó acceder. Con un dedo, le acarició el punto más sensible de su ser. Ella movió las caderas al sentir que él le estimulaba sitios que nadie más se había molestado en explorar. Con los ojos cerrados y la expresión de placer de su rostro, Pedro estaba más atractivo que nunca. Paula sintió que se le encogía el corazón. ¿Sería el hombre de su vida? Más o menos había perdido la esperanza de encontrar a su príncipe azul. Casi todas las niñas soñaban con encontrarlo, pero a los veintinueve años, ella había aprendido que la mayor parte de las ranas no se convertían en príncipe por mucho que las besaran. Él continuó acariciándola y ella gimió. Estaba más excitada que nunca. Pedro se acercó más a ella, hasta que sus cuerpos entraron en completo contacto. Entonces, se incorporó apoyándose en un brazo y se puso un preservativo antes de colocarse sobre ella.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)