jueves, 18 de octubre de 2018

El Engaño: Capítulo 42

Los días se fundían uno con el otro mientras Paula pasaba el tiempo en Bedales, tratando de iniciar el proyecto de escribir la historia de la región, o en compañía de Vanesa. En ese momento tenía los ojos fijos en la figura inerte que yacía en la cama y casi no se dio cuenta de un movimiento hasta que volvió a verlo. Su hermana hacía un imperceptible movimiento con la mano. ¿Se lo estaba imaginando o realmente Vanesa había movido la mano en respuesta a algo que ella acababa de decir? Había desarrollado el hábito de pensar en voz alta y lo estaba haciendo. ¿Qué había dicho para traspasar la barrera del estado inconsciente de Vanesa? De pronto lo recordó y en voz vibrante de emoción repitió:

 -Me siento muy sola viéndote así y sin Pedro a mi lado.

Volvió a ver un pequeño temblor en la mano de Vanesa y comprendió. Era la primera vez que hablaba de su amor por Pedro.

-Oh, Vanesa, le he dicho a Pedro que no puedo casarme con él si eso significa tu destrucción. Siento haberte contado mi compromiso con tanta brutalidad. Pero ya... le he alejado de mi lado.

-¡No!

La palabra sonó como si la hubiera arrancado de la garganta de su hermana. Paula miró fijamente a Vanesa y la esperanza, como algo viviente, creció en ella.

-¿Qué has dicho?

-No le amo -Vanesa abrió los párpados y giró un poco la cabeza hacia Paula.

Enjugándose las lágrimas de alegría, Paula llamó a las enfermeras einmediatamente aparecieron los médicos. Se quedó fuera mientras la examinaban. Bastante después, le permitieron entrar en la habitación de Vanesa. Se alegró al ver que le habían quitado todas las sondas y que su hermana estaba medio sentada en la cama, con los ojos abiertos y francamente alerta.

-¡Vanesa, has salido de coma! -exclamó Paula al acercarse a su gemela para tomarle una mano, más delgada de lo que debía estar-. Te pondrás bien.

-Parece un sueño -murmuró Vanesa como si todavía no dominara su voz-. Te oía hablar, pero sentía que una pared nos separaba y que no podía derrumbarla para acercarme a tí.

-Esa pared ya no existe.

-Te equivocas. Debes casarte con Pedro-Vanesa entrecerró los ojos.

-No pienses en eso ahora, antes tienes que reponerte.

-Sí, debo pensar en eso. No me perdonaría si por mi culpa renuncias a él.

-¿Qué te hace pensar que tú eres la culpable? -jugueteó con la ropa de cama y mantuvo la mirada baja.

-Lo sé, por lo que te dije antes de salir corriendo -le tomó las manos a Paula desesperada-. Estoy arrepentida. Estaba dolida por las humillaciones a que me habían sometido Francisco y su familia, y no pensaba con cordura. No quería decir nada de aquello. Has sido una hermana maravillosa y no te merezco.

-Calla, por favor -le rogó, cohibida-. Nunca imaginé que te sentías poca cosa a mi lado. Para mí era lo contrario.

-¿Tú? -Vanesa rió-. Nunca has dudado de nada.

Paula le refirió sus incertidumbres y terminaron llorando y abrazadas.

-Pedro no era el hombre indicado para mí -aceptó la modelo, bastante más tarde-. Él lo sabía tan bien como yo y lo nuestro hubiera terminado aun sin tí. Francisco era más mi tipo -miró a su alrededor como si esperara verle-. He soñado que estaba a mi lado durante todo este tiempo.

-Era Leonardo Bedford -explicó Paula a regañadientes-. Casi no se ha despegado de tu cama.

-Hmmm -Vanesa se quedó pensativa-. Debo darle las gracias por preocuparse tanto por mí -la expresión de Vanesa dió a entender que cuando le diera las gracias, caería rendido a sus pies.

-¿No sería maravilloso que...? pensó Paula divertida, pero no terminó de formular la idea.

-Me han dicho que me salvaste la vida -murmuró Vanesa con timidez cuando su gemela se disponía a salir.

-No me paré a pensar -confesó Paula.

-Entonces estamos empatadas y ya no podré recordar el accidente del velero.

-¡Ya era hora! - se rió Paula.

El Engaño: Capítulo 41

-¿No le preocupa que una chica que ha aparecido desnuda en otra revista le de mal nombre a la publicación? -preguntó con dolor.

-También me ha pedido que te presente sus excusas por el malentendido - confesó-. De haber sabido que era tu hermana, no habría despedido a una periodista tan valiosa.

¡Lo sabía desde el principio! Paula estaba boquiabierta. La taimada señora quería salvar las apariencias con hipocresía, al darse cuenta de la influencia que ella tenía en sus lectores. A cualquier precio deseaba reincorporarla a su empresa antes de que alguna revista rival la contratara. Paula se rió encantada.

-¿Puedo tomarme un tiempo para pensar la respuesta?
-Todo el que necesites -respondió Rafael muy serio-. Para variar,  ¡Disfruto viéndola bullir en su propia salsa!

-Eres incorregible, Rafael -le amonestó, aunque concordaba con él.

A la poderosa mujer le haría provecho saber que no podía tratar a las personas como si fueran peones en un tablero de ajedrez.

-Tengo entendido que has vivido por aquí otra historia de interés humano -Rafael le tenía otra sorpresa.

-No comprendo -comentó intrigada.

-Me he enterado de que te has comprometido con Pedro Alfonso.

-¿Cómo te has enterado? -abrió desmesuradamente los ojos.

-¿No te dije que Leonardo Bedford era amigo de Vanina Philmont? La llamó para darle la noticia y ella me la transmitió. Creo que es otro motivo por el que te ofrece el puesto. Le aterroriza la idea de que puedas sucumbir al aliciente de un hogar con hijos.

-Dile que no tiene por qué preocuparse.

-¿He dicho algo malo? -preguntó.

-Sin intención -le aseguró de inmediato-. Hemos ido muy deprisa, eso es todo - no quería decirle que habían roto el compromiso. Tendría que dar demasiadas explicaciones y no le apetecía hacerlo-. Hemos decidido pensarlo más despacio.

-Entonces, ¿No estás molesta porque dejara que viniera Alfonso en vez de Laura Healey? -preguntó tranquilizado.

-¿Cómo iba a comprometerme con Laura? -respondió obligándose a mostrar buen humor.  De hecho, creía que todo habría resultado diferente si Rafael no hubiera aceptado el cambio. No se había comprometido con Pedro y Vanesa no estaría en estado de coma. Pero no podía culpar a Rafael por los caprichos del destino, de modo que ocultó su tristeza-. Tus intenciones eran buenas.

-Me alegro de que comprendas, pero Alfonso es muy persuasivo cuando quiere.

Paula lo sabía muy bien.

-No hablemos de él -pidió con firmeza-. ¿Cómo van las cosas en la empresa?

Hablaron del asunto un rato más, pero cuando Rafael intuyó que Paula no se sentía del todo bien, dijo:

-Todavía estás convaleciente, así que te dejo. ¿Le digo a la señora Philmont que nos vas a llamar?

-Sí -aceptó. Iba a necesitar trabajo cuando se fuera de Bedales-. Además, dile que le agradezco su generoso ofrecimiento.

La expresión divertida de Rafael dió a entender que la señora Philmont sólo pensaba en su propio provecho. Paula quedó agotada después de acompañar a Rafael al coche y despedirse de él.

martes, 16 de octubre de 2018

El Engaño: Capítulo 40

-No puedo -murmuró acongojada.

-Ya lo he achicado, pero parece que estaba predestinado a que no lo usaras.

-No digas eso. ¡Tú eres mi destino! -gimió dolorida.  Pedro se iba a ir llevándose su corazón. La tentación de ceder la hizo entablar una lucha interna. El anillo y todo lo que significaba, estaba en manos de Rowan, pero no podía aceptarlo sabiendo el precio que tendría que pagar-. No sabes cuánto lo lamento - inspiró profundamente para no sollozar.

-También yo -habló sin inflexión en la voz. Observó el anillo antes de echárselo al bolsillo como si no quisiera verlo más-. Yo también.

Se volvió, pero de pronto, Paula no pudo permitir que se alejara de su vida sin quedarse con algo que la ayudara a sobrevivir. Se arrojó a sus brazos y apoyó el rostro en el hombro de Pedro. Él la abrazó con delirio, como si no fuese a soltarla jamás. Febril, le besó el rostro, el cuello y la boca. La desesperación hizo que ella le correspondiera con ardor y que sintiera que el alma se le quemaba. ¡Cuánto le amaba! Durante un momento fugaz, pensó que todo volvería a la normalidad. Pero recordó a Vanesa, tendida en la cama del hospital, y se petrificó en brazos de Pedro. Él sintió el cambio.

-¿Lo has dicho en serio? ¿Te vas a quedar aquí? -asintió con la cabeza porque no podía hablar-. Entonces hemos terminado, ya no tenemos de qué hablar.

Todo el cuerpo de Paula le pedía que le llamara, pero guardó silencio... el precio era demasiado alto. A través de una tupida cortina de lágrimas, vió cómo echaba la maleta al coche y se sintió terriblemente derrotada. Tras la partida de Pedro, le pareció que el lagar estaba desierto, aunque continuamente llegaba y se iba gente de Bedales. El conductor del tractor, conmocionado por el daño que su negligencia había causado, se fue antes de que Leonardo le despidiera. Paula no sentía rencor hacia él, pues estaba insensible. La partida de Pedro había dejado un vacío en su ser que nada podía llenarlo. Los únicos momentos en que se sentía viva era cuando estaba con Vanesa, le hablaba y le ponía su música favorita. También hablaba con Leonardo para que les oyera. El único nombre que Paula no podía mencionar era el de Pedro. Le resultaba muy doloroso hablar de él. Leonardo debió notar que ya no llevaba puesto el anillo de compromiso, pero no hizo ningún comentario al respecto. La única ilusión que había en su horizonte era la inminente llegada de sus padres. Después del accidente, Paula había hablado con ellos y habían prometido ir a verlas. Estaba deseando que llegaran aunque le habría gustado verles en circunstancias más felices. Estaba sentada fuera de la cabaña, tratando de concentrarse en la lectura, cuando la distrajo una voz conocida.

-¡De modo que esto es lo que haces en cuanto te pierdo de vista!

-¡Rafael! -exclamó sorprendida-. ¿Qué haces aquí?

-¿Así saluda una periodista a su editor? -preguntó, fingiendo severidad.

-Me extraña que digas que eres mi editor -se rió por primera vez en varios días-. Hace tiempo que debía haberte enviado el resto del reportaje.

-No te preocupes por algo tan insignificante como una fecha -se sentó frente a ella y se inclinó hacia adelante-. Los periodistas de primera, pueden elegir su trabajo.

-¿De primera? -repitió pasmada-. Soy de segunda categoría.

-No, desde que empezaron a salir los artículos sobre Hunter Valley, has subido de rango -le informó-. Hemos recibido muchas suscripciones de los entusiastas del vino.

-Pero todavía no he terminado la serie.

-Lo sé y nuestros lectores esperan impacientes lo que siga, pero no vas a trabajar hasta que estés del todo repuesta del accidente. La señora Philmont me ha pedido que te lo diga.

-¿Te ha enviado la señora Philmont hasta aquí sólo para que me digas que me mejore?  Casi no podía creerlo.

-No me ha enviado, pero me ha sugerido que viniera para ofrecerte otro puesto como editora de la revista Descanso y Dinero -recompensó a Paula con una amplia sonrisa.

¡Le ofrecían una editorial y la promovían de categoría! Era demasiado para poderlo asimilar de golpe.

El Engaño: Capítulo 39

-Es una especie de sueño--confirmó él—. Pero los médicos están intrigados. Cuando le hicieron las pruebas, reaccionó a un amplia gama de estímulos y están convencidos de que recobraría el conocimiento si quisiera.

-Lo dices como si fuera sencillo.

-Quizá lo sea. Si supiéramos por qué no quiere enfrentarse al mundo, quizá podríamos despertarla. Se supone que nos oye hablar aunque no pueda o no quiera contestar.

Paula sabía por qué no quería enfrentarse a la realidad. Cuando se enteró del compromiso de ella con Pedro, no le quedaron motivos para seguir viviendo. Primero la había abandonado Francisco y luego Pedro, y eso era más de lo que podía tolerar. No había esperanza de que Vanesa y Francisco salvaran sus diferencias. Había leído en el periódico que el magnate regresaba a su tierra para ponerse al frente de los negocios de la familia. Sin duda, era miembro de la antigua élite adinerada. Pobre Vanesa. No podía hacer nada más que estar al lado de su hermana el mayor tiempo posible. Cuando no estaba en el hospital, se paseaba por la cabaña como un espectro. Intentaba trabajar, pero sólo escribía banalidades sin sentido. Arrancó otra hoja de la máquina de escribir, la estrujó y tiró al otro lado de la habitación para que se incorporara al creciente montón. ¿Qué le pasaba? A partir del accidente no podía concentrarse en nada. Quizá debería ir al hospital para que la examinaran de nuevo. Pero sabía que su mal no era físico. Estaba locamente enamorada de Pedro, y cada momento que pasaba, más se convencía de que no podía casarse con él. Leonardo le había vuelto a proponer que se quedara para que escribiera la historia de Bedales y para convencerla, le había llevado varios libros sobre la región, pero la chica no podía leer. Si se comprometía a escribir el libro, Pedro tendría que regresar a Sydney sin ella. Nunca se había sentido tan confusa. ¿Cómo podía tomar una decisión si ya no sabía lo que era correcto? Estaba sentada en un banco, fuera de la cabaña, rodeada de los libros que Leonardo le había dado.

-¿Estás segura de que ya estás en condiciones de trabajar?

-No, pero tengo que hacer algo para no enloquecer.

-Éstos no son para inversiones, ¿Verdad? -preguntó Pedro al leer los títulos.

-No, a lo mejor escribo la historia de Bedales.

-Necesitarías pasar mucho tiempo aquí para una empresa de ese calibre - comentó mirándola fijamente.

-Sí -desvió la mirada y trató de hablar con serenidad.

-¿Se te ha olvidado que has aceptado casarte conmigo? -preguntó Pedro con voz tensa-. Me he mantenido a cierta distancia mientras estabas convaleciente, pero si estás lo bastante bien para hacer planes, ¿No crees que deberías incluirme?

El pesar de, su voz hizo que levantara la cabeza y le mirara de frente. Paula se conmocionó al ver tanta desesperación. Parecía un reflejo de su propio torbellino interior. De alguna manera tenía que explicarle lo que sentía.

-Tal como están las cosas, no puedo casarme contigo.

-¿Cómo están? exigió—. Dímelo. Últimamente pasas mucho tiempo con él, ¿Wué es?

-¿No te das cuenta? Nuestro amor casi mata a mi hermana. ¿Cómo puedo ser feliz sabiéndolo?

-Por que no te cases conmigo no va a cambiar nada -masculló con el rostro contorsionado por el enfado y el dolor.

-Lo sé, pero, ¿Qué puedo hacer? Te amo, Pedro, más que a mi vida. Debes saberlo.

-¿Cómo puedo saberlo si estás dispuesta a sacrificar nuestro futuro para calmar tu sentimiento de culpa? ¡Por Dios, Vanesa se metió debajo del tractor, tú no la empujaste!

-De todos modos yo le provoqué su ofuscación -murmuró con amargura-. No habría salido corriendo si no le hubiera dicho que íbamos a casarnos.

-¿Vas a hacer penitencia el resto de tu vida?

-No sé lo que voy a hacer. ¡Dios, Pedro! ¿Qué pasará si no recobra el conocimiento?

-Basta, Paula, me estás destrozando. Te amo y deseo que seas mi esposa. No debemos permitir que nada cambie nuestras vidas.

-No es tan sencillo -movió la cabeza-. Si me caso contigo, siempre recordaré el precio que ha pagado mi hermana por mi felicidad -las lágrimas le empañaron los ojos.

-Entonces, ¿No vas a aceptar esto de nuevo? -preguntó casi trastornado, buscando algo en el bolsillo.

Sacó el anillo de compromiso. La sortija se le había caído a Paula del dedo cuando corría hacia Vanesa. Luego, lo estuvo buscando, pero llegó a la conclusión de que jamás lo encontraría.

El Engaño: Capítulo 38

Oyó voces, muchas voces hablando al mismo tiempo. Unas manos le exploraban el cuerpo y alguien intentaba levantarla. Estaba a punto de protestar cuando otros brazos la ciñeron y se sintió protegida. Estaba muy cansada, pero se encontró en la gloria cuando apoyó la cabeza dolorida en la dureza de un pecho masculino. Alguien la estaba llevando a un sitio cálido y cómodo, para que descansara. Se sintió muy sola cuando la colocaron sobre una superficie almohadillada y la cubrieron con una manta. Los brazos que la habían consolado desaparecieron. Entreveía luces difusas y oía más voces; sintió algo frío y punzante en el brazo antes de quedar inconsciente. Despertó y vió que se encontraba en una cama alta, protegida por un biombo lateral que le impedía ver más allá. Una mano le acarició la frente y vió los ojos de Pedro.

-¿He dormido mucho tiempo? -preguntó.

-Lo que suele preguntarse es, ¿Dónde estoy? -comentó mientras le acariciaba los dedos-. Pero ya sé que eres muy original. Has dormido casi una hora y estás en el hospital de Cessnock.

-¿Hospital? -de pronto, recordó lo sucedido y de manera convulsiva, se aferró a la mano de Pedro-. ¿Está bien Vanesa?

-Está dormida. La has salvado la vida -su rostro se ensombreció.

-No, has sido tú -negó con un movimiento de cabeza y cerró los ojos al sentir un repentino dolor de cabeza-. Si no disparas el conductor no se habría dado cuenta.

-A él no le daba tiempo a reaccionar. Si no la hubieras empujado...

-¿Realmente está bien?

-Lo estará. Se ha caído y se ha dado un golpe en la cabeza. A tí, te ha dado el tractor, pero sólo tienes cardenales. El médico me ha asegurado que estás bien.

-¿Qué quieres decir con que Vanesa estará bien?

-De acuerdo, está en coma -declaró después de inspirar profundamente y apretarle con fuerza la mano.

-¿En coma? Eso es grave -abrió los ojos aterrorizada.

-El médico me ha explicado que hay diferentes grados de coma. En el caso de Vanesa, es posible que su estado se deba al golpe que ha sufrido en la cabeza, aunque reacciona a ciertos estímulos. Por eso piensan que pronto recobrará el conocimiento.

-¿Lo recobrará? -la voz le vibró por temor.

-Es el diagnóstico de los médicos, pero tenemos que tener paciencia.

Paula desvió la mirada para que Pedro no viera las lágrimas que le anegaban los ojos. Para él era fácil ser paciente porque ignoraba lo que había impulsado a Vanesa a salir corriendo como una loca.

-Yo tengo la culpa -murmuró-. Yo soy la culpable -repitió acongojada.

-No seas ridícula, acabo de decirte que le has salvado la vida.

-Si hubiera sido más sensible, no habría hecho falta.

Pedro se sentó en el borde de la cama y Paula no tuvo más remedio que mirarle.

-Explícame a qué viene esta orgía de autorrecriminación.

Vacilante, le refirió lo que había pasado en la cabaña.

-Si le hubiera dicho que me iba a casar contigo, de otra forma, esto no habría ocurrido.

-Eso no puedes saberlo -levantó la cabeza cuando desplazaron el biombo y apareció una enfermera.

-¿Ya ha recobrado el conocimiento Vanesa Chaves? -preguntó Pedro.

-Lamento decir que no -respondió la mujer mientras le tomaba el pulso a Paula-. El médico ha dicho algo muy extraño. La señorita no ha sufrido tanto como para estar así. Parece que no quiere despertar.

«Parece que no quiere despertar». Las palabras persiguieron a Paula durante todo el día siguiente en el que no cambió el estado de su hermana. Para permanecer cerca de Vanesa, aceptó el ofrecimiento de Leonardo que fuera a reponerse a Bedales. Aunque se puso bien pronto, el médico le recomendó mucho reposo antes de reanudar su vida normal. ¿Cómo podía volver a su vida normal, con Vanesa yaciendo en el hospital y viviendo gracias a las sondas que tenía en todo el cuerpo?

-Parece que duerme -le murmuró a Leonardo durante una de las visitas.

El Engaño: Capítulo 37

Por un momento se sintió vulnerable, como si Vanesa pudiera llevar a cabo su amenaza. Luego sintiendo el anillo de compromiso en su dedo se animó.

-Me temo que ya es tarde -respondió suavemente-. Esta tarde, Pedro me ha pedido que me case con él y he aceptado.

-¡No te creo! -gritó echando chispas por los ojos.

En silencio, Paula extendió la mano izquierda y le mostró el brillante. Vanesa se transformó de rabia.

-¡Me lo tenía que haber imaginado! -tronó-. Siempre ganas, ¿No? incluso en el amor.

-Vanesa, por favor, no digas eso -rogó Paula, detestando y temiendo la horrible expresión de su hermana-. Podemos arreglar esto.

-¿Cómo? -la retó-. ¿Llevándome de dama de honor en la boda?

Antes de que Paula pudiera detenerla, la modelo llegó a la puerta de la cabaña y corrió a ciegas hacia el viñedo.

Aturdida por el sufrimiento y la conmoción, Paula permaneció sentada, tratando de buscarle sentido a lo que acababa de ocurrir. Jamás se había imaginado que Vanesa le tuviera tanto rencor. Además, si le hubiera dicho algo, habrían hablado. Pero había ocultado sus sentimientos dando fuga a sus frustraciones al posar desnuda para una revista masculina. Desesperada, deseó que sus padres estuvieran en Australia. Necesitaba su sabio consejo. Vanesa precisaba de ayuda, pero ella, a pesar de su inteligencia, no tenía la menor idea de qué hacer. Sentada con las manos entrelazadas en el regazo y la espalda tensa, oyó un ruido distante, como si se avecinara una tormenta. De pronto lo identificó y se puso de pie con el corazón desbocado. Corrió a la parte posterior de las cabañas y vio que no se había equivocado. La segadora estaba cerca de las casitas y la conducía el mismo hombre de la otra vez con las orejas protegidas. Vanesa corría hacia el monstruo con la cabeza gacha y los hombros caídos. Estaba tan agobiada por el dolor que no se daba cuenta de nada.

-¡Vanesa, cuidado! -gritó Paula con todas sus fuerzas, pero el ruido del tractor ahogó su voz.

Con espantosa claridad, Paula vió cómo se movían las afiladas cuchillas de la segadora. Estaban a pocos metros de Vanesa. Se le olvidó por completo la discusión que habían tenido y corrió todo lo deprisa que podía para salvar a su gemela del peligro. Justo cuando se daba por vencida, Vanesa levantó la cabeza y gritó al ver las tremendas cuchillas casi encima de ella. Se quedó petrificada frente a la máquina, igual que un conejo cuando lo ilumina una linterna de cazador. La esperanza que Paula había albergado por un instante se acabó cuando vió a su hermana inmóvil. Al conductor le daba el sol de frente y no había forma de que viera a Vanesa. Paula seguía corriendo y sentía como si los pulmones le fueran a explotar. Le dolía la garganta de tanto gritar a su hermana. A lo lejos, oyó gritos de voces masculinas, pero el conductor del tractor, con las orejas cubiertas y deslumbrado por el sol, no daba señales de notar nada anormal. Nunca había tenido una pesadilla tan terrible.

-¡Por Dios, Vanesa! -gimió dando un salto hacia su hermana.

De pronto oyó varias detonaciones y vió que Pedro apuntaba un rifle hacia el cielo. Como a cámara lenta, el conductor del tractor reaccionó, alterado por los disparos, vió a las dos mujeres casi debajo de los neumáticos y giró intentando evitarlas. En ese mismo momento, Paula alcanzó a Vanesa y con todas sus fuerzas la empujó para alejarla del peligro. La máquina se enfiló hacia ellas y Paula sintió que un fuerte golpe la lanzaba por los aires, antes de caer hecha un guiñapo y perder el conocimiento.

jueves, 11 de octubre de 2018

El Engaño: Capítulo 36

-Te equivocas -insistió-. Nuestros padres siempre estaban orgullosos de tí. Saben que nunca tendrán que preocuparse por tu futuro, sin embargo, siempre intentaban buscarme un buen marido para que me cuidara -la voz se le quebró y sollozó-. ¡Que me cuidara como si fuera retrasada mental!

-Estoy segura de que no pensaban eso. Se preocupaban por tí porque parecía que sólo te importaba divertirte -con desesperación, trató de convencerla de que estaba equivocada-. ¿Qué me dices de Pablo Bowden? Pensaba casarme con él, cuando me enteré de que me había utilizado sólo para acercarse a tí.

-¿Ese bulto sin cerebro? -preguntó Vanesa disgustada, lo que dejó pasmada a Paula-. Tuviste suerte de librarte de él. Sólo buscaba una cosa y sabía que no la iba a conseguir de tí sin antes colocarte una alianza en el dedo. Pensaba que conmigo iba a ser más fácil -rió con amargura-. Me dijo claramente que me consideraba como una chica ligera de cascos. ¿Te parece agradable?

Paula sintió como si Vanesa la hubiera golpeado, y se apoyó en el respaldo. Se había pasado años culpándola por haberle quitado a Pablo. ¡Qué equivocación! Si la había abandonado era sólo porque pensaba que le sería más fácil llevarse a Vanesa a la cama. Pablo no había pensado nada más que en sexo, aunque hablara de amor. Durante mucho tiempo había creído que Vanesa era la afortunada y que caminaba por la vida sin preocupaciones. ¡Y resultaba que su hermana le tenía envidia! No podía asimilar tanto y, cansada, movió la cabeza.

-No comprendo nada de esto, Vanesa. ¿Por qué no me has revelado nunca tus sentimientos?

-La peor humillación habría sido que me tuvieras lástima. Te habría gustado, ¿Verdad?

-No, te habría intentado ayudar -por la expresión de Vanesa, comprendió que estaba malgastando las palabras.

Su gemela había vivido tanto tiempo teniéndole celos que nada de lo que dijera cambiaría los hechos. Decidió enfocarlo desde otro ángulo.

-Tienes éxito como modelo -comentó-. ¿No significa nada para tí?

-¿Qué otra cosa puedo hacer? -preguntó con amargura-. Además, entre las modelos mi belleza es tan común como la arena en la playa.

-¿Has posado desnuda solo para hacerte famosa?

Vanesa negó con un enérgico movimiento de cabeza.

-Lo he hecho porque sabía que era lo único que tú no harías jamás.

-¿Has expuesto tu cuerpo ante todo el mundo por el rencor que me tienes? No me puedo creer que hayas ido tan lejos.

-Créetelo -declaró Vanesa-. ¿No ha dado resultado? Todos han pensado que eras tú y te despidieron por ello.

-Parece que te alegras.

-Me alegré. Por primera vez estábamos mano a mano y ni siquiera tu elevado coeficiente intelectual podía ayudarte. Pero después, como siempre has sido la última en reír. ¿Quién iba a imaginar que Pedro se enamoraría de tí?

-¿Qué más te da? -preguntó Paula tensa-. Él me ha asegurado que entre ustedes no hay nada.

-He tenido un pequeño descuido --comentó en tono desagradable-. He venido para rectificarlo.

Paula sintió que se ahogaba oyendo a su hermana hablar con tanta indiferencia y crueldad.