jueves, 4 de octubre de 2018

El Engaño: Capítulo 27

El camino de regreso a Bedales lo hicieron en silencio. Se arrepentía de haber salido con Leonardo, porque había comprendido que sus sentimientos hacia ella eran profundos. Eso empeoraba la situación para los dos. Se prometió que no volvería a ocurrir. Leonardo merecía mejor trato porque en realidad, Paula se había aprovechado de él y sospechaba que el mismo Leonardo lo sabía. Cuando la ayudó a salir del coche, frente a la cabaña, él estaba triste y retraído. Paula deseó decirle algo que le animara, pero le fue imposible.

-Gracias, ha sido un día maravilloso -fue lo único que dijo.

-Me alegro porque para mí también -le abrió la puerta de la cabaña y en el angosto umbral se hizo a un lado para que entrara.

De pronto, sintió a Leonardo tan cerca que temió que fuera a besarla. No deseaba que esa noche terminara así. Al oír el sonido de la ducha, se sintió a salvo. Se volvió y vió el bulto que formaba el equipo fotográfico en el centro de la sala.

-Ha debido llegar mientras cenábamos -murmuró.

-Eso parece. Me despediré -Leonardo salió del trance.

Pero antes de que Paula pudiera reaccionar, la tomó de los brazos, se inclinó hacia adelante y le rozó la boca con los labios. La soltó y gimió con autorecriminación. Parecía angustiado cuando se volvió hacia el edificio principal.

-Muy enternecedor ---dijo una voz detrás de ella.

Paula giró y todo su cuerpo cobró vida.

-¡Pedro! ¿Qué haces aquí?

La puerta del baño lo enmarcaba y una toalla cubría el magnifico cuerpo de la cintura para abajo. El pecho descubierto brillaba húmedo y tenía el vello adherido a la piel. Las piernas musculosas estaban separadas y los pies descalzos.

-He venido a verte, pero veo que no tenía por qué darme prisa.

-No es lo que imaginas -comentó a secas, pero se preguntó por qué se molestaba en dar explicaciones. Quien le debía explicaciones era él.

-Por supuesto que no, pero lo hubiera sido si no estoy aquí.

-No tienes derecho a juzgarme -tronó furiosa-. Lo que haga no te incumbe.

-¿Sólo porque me equivoqué de nombre en un momento de ofuscación?

-No, ¡Eso es sólo una parte!

-Habla, te escucho -cruzó los brazos por delante del pecho y la miró de frente.

¡Era absurdo! ¿Cómo podía explicarle sus temores sin perder la dignidad, mientras la observaba de esa manera?

-¿No puedes vestirte primero? -exigió.

-No eres tan fría como finges; de lo contrario no te importaría si estoy vestido o desnudo comentó satisfecho.

-No me importa. Lo que me molesta es que estés en mi cabaña, sin previo aviso y a medianoche -sintió que el rostro se le encendía y desvió la cabeza para que él no la viera.

-También es mi cabaña -repuso sorprendido-. Al llegar, la recepcionista me ha asegurado que te molestaba compartir tu alojamiento. Le dijiste que somos viejos amigos.

-Esperaba a Laura Healey -le miró horrorizada.

-Dijiste una persona compañera tuya y la recepcionista no sabía a quién esperabas.

Pedro tenía razón, le había dicho a la mujer que llevara a la persona que esperaba a su cabaña, sin especificar nombre ni sexo.

-No puedes quedarte aquí. ¿Dónde va a dormir Laura?

-Supongo que en Honolulú -respondió calmado-. Verás, nos hemos cambiado. En este momento está volando hacia Hawaü para fotografiar volcanes.

-¿La vas a reemplazar aquí? -él asintió y ella movió la cabeza con desesperación-. No es que me guste la idea.

-¿Dudas de que haga buenas fotos?

-¡No seas ridículo! -al contrario, estaba demasiado cualificado para una tarea tan sencilla. Habría desplegado mejor su habilidad y talento haciendo fotos de los volcanes de Hawaii.

-Entonces, ¿Cuál es el problema?

-He venido aquí para alejarme de tí -explicó con cautela-. Pensaba que entre nosotros había cariño hasta que me confundiste con Vanesa. Necesitaba tiempo para meditar y sé que he hecho lo correcto. Eres voluble; anoche me dí cuenta de que no te importa qué mujer se encuentra en tu cama.

-¿Hablaste anoche con Vanesa? Oí sonar el teléfono mientras estaba revelando, pero me dijo que se habían equivocado de número.

-¡Me lo dices a mí!

-Basta, Paula-ordenó con brusquedad-. Después pensé que podías haber sido tú y me imaginé la interpretación que le darías al asunto. Por lo visto, tenía razón.

-¿Te sorprende? No tardaste mucho en ir a buscarla -dijo con amargura.

-Te equivocas -tronó-. Vanesa ha roto con Francisco... o como se llame, y fue a mi estudio para que la consolara.

A su pesar, Paula notó que Pedro tenía los hombros muy anchos y que con la toalla parecía un gladiador moderno. Tuvo que hacer un esfuerzo para no seguir la línea del vello que se estrechaba antes de que la toalla lo cubriera. Para distraerse, entró en la cocina y preparó café para los dos. La mecánica tarea le mantuvo ocupadas las manos, pero no la cabeza que no cesaba de pensar en él.

-Lo que hagas es asunto tuyo -espetó, por encima del hombro.

-¿Estás segura? -preguntó y se acercó a Paula, quien sintió el calor que emitía su cuerpo recién duchado.

-Por supuesto -se volvió para darle la taza de café, pero él estaba tan cerca que se topó con el musculoso torso. Como tenía una taza en cada mano no pudo protegerse cuando la abrazó y para no derramar el café tuvo que dejar las dos tazas sobre un entrepaño, a espaldas de Pedro.

-No lo hagas -balbuceó Paula con voz débil.

La protesta era tan poco convincente que se acalló con un beso. Aunque Paula no había dejado de pensar en Pedro durante todo el día, no estaba preparada para ese asalto a sus sentidos. Cuando le dió varios besos en el cuello, mientras unas cálidas manos acariciaban sus caderas se sintió derretir.

-Te he echado mucho en falta -murmuró Pedro contra su nuca-. Tenía que verte, y he pensado que si venía a trabajar contigo, podríamos aclarar nuestra situación.

-Entonces, tú y Vanesa no...

-No -declaró con firmeza y mirándola a los ojos. No más que tú y Bedford.

El Engaño: Capítulo 26

-Por mi bella invitada -entrechocaron las copas y ella sintió una punzada.

¿Por qué no podía enamorarse de Leonardo Bedford? Sería muy sencillo. Él la admiraba y Paulale tenía cariño. Leonardo ni siquiera conocía a su gemela, de modo que no la confundiría. Además, Bedales era un sitio mágico donde podría vivir. En efecto, sería muy fácil, pero nunca suficiente. Quizá fuera el vino lo que la hizo aceptar su invitación para cenar en un restaurante de Cessnock, convenciéndose de que no le iba a hacer daño a Leonardo, pues sabía que ella no sentía nada especial por él. Al mismo tiempo era consciente de que aceptaba sólo por no estar sola con sus pensamientos. Hasta las ocho y media que iría a recogerla, tenía tiempo de mecanografiar sus notas, programar los artículos y arreglarse. Cuando entró en la cabaña, le sorprendió no ver señales de Laura Healey, pues la chica ya debería haber llegado. De no saber que Laura sabía arreglárselas muy bien se habría preocupado y además la habría llamado si hubiera tenido algún contratiempo. Quizá saliera tarde de Sydney y llegara mientras estuviera cenando en Cessnock. ¿Con quién pasaría Pedro esa noche?, la pregunta se abrió camino en su mente. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? Seguro que no la extrañaba. Se lo había confirmado Vanesa la noche anterior.

-¡Basta! -se dijo en voz alta.

Corrió a la máquina de escribir, metió una hoja de papel y comenzó a teclear parpadeando para que las lágrimas no mojaran el papel. Tenía que trabajar para olvidar a Pedro y poder seguir viviendo sin él. Poco a poco, la disciplina profesional la dominó y se concentró en la tarea. Cuando levantó los ojos, irritados por la fatiga, eran cerca de las ocho. El artículo estaba casi terminado, aunque tenía que pulirlo. Sin embargo ya tenía forma y sustancia. Sonrió con tristeza. Pensar en Rowan era un tormento, aunque la impulsaba a trabajar lo mejor posible. El restaurante que Laurie eligió era rústico, pero cómodo, y lo atendían con eficiencia.

-Me lo he pasado bien hoy -le informó a Leonardo mientras abría la carta.

-Has venido en buen momento. Si llegas a venir en época de vendimia, nos habrías encontrado muy ocupados.

La mirada le contradijo dando a entender que habría sacado tiempo de donde fuera para estar con ella, lo que hizo que la chica se sintiera incómoda. ¿Qué hacía ella en ese lugar si el único hombre con quien deseaba estar se encontraba a cientos de kilómetros de distancia?

-¿Perdón? -murmuró al darse cuenta de que Leonardo le había hecho una pregunta.

-Te preguntaba que si quieres que pida por tí.

Lo que quería era olvidarse de la cena y escapar a su cabaña para pensar, pero sabía que eso decepcionaría a Leonardo y él no tenía la culpa de su caos.

-Sí, por favor -aceptó.

La elección fue excelente y Paula recobró el apetito al ver la comida. Comenzaron con una sopa de zanahoria y naranja; luego, les sirvieron un pastel de ternera, acompañado de vino de Bedales. Durante la cena, Leonardo le sacó más información de la que ella estaba dispuesta a darle. Comprendió que habían hablado poco de él, aunque se había enterado de que su anfitrión había abandonado su carrera como abogado porque unas vacaciones se había enamorado del valle.

-¿Siempre has querido escribir? -le preguntó queriendo saber más de ella.

-Sí confirmó-. Elegí el periodismo como la mejor manera de ganarme la vida con una máquina de escribir.

-¿Tiene el mismo talento tu gemela?

-No, a ella no le interesa lo mismo -hizo un movimiento negativo con la cabeza-. Nunca le gustaron los libros ni el estudio, así que se hizo modelo. Ella sí sabe cómo sacarse buen partido y es muy guapa.

-Dices que es la belleza de la familia, pero que son gemelas idénticas -frunció el ceño-. ¿No te menosprecias?

-Físicamente somos casi idénticas, pero Vanesa tiene un fulgor interno que la embellece -Leonardo ya le había dicho claramente que ella le gustaba y quería desilusionarle-. Es experta en maquillarse y vestirse; en cambio a mí, eso no me interesa.

-Te equivocas -habló en voz baja y deslizó la mano para tocarle los dedos-. Eres preciosa, Paula, y el hecho de que tú no lo pienses así sólo aumenta tu atractivo para mí.

-Eres muy amable, pero...

-Nada de peros -declaró con firmeza-. ¿Qué te ha hecho creer que no eres guapa?

El que Vanesa me haya quitado a todos los amigos, pensó con tristeza. Con Pablo Bowden el primer hombre a quien estuvo dispuesta a amar, y que prefirió a Vanesa sin ocultar la preferencia, Paula había recibido una buena lección.

-No hablemos más de mí -sugirió. Le dolía recordar que Rowan le había impartido la última lección-. Me gustaría saber más de tu viñedo para mi reportaje.

-¿Sólo el viñedo y el reportaje? -preguntó triste.

-Me temo que sí. Me caes muy bien, Leonardo, pero como te dije anoche, estoy comprometida -a pesar de que Pedro no me corresponde, pensó.

-Bueno, no iba a tener tanta suerte-ten vano trató de hablar animado.

-Lo lamento, pero no puedo permitir que pienses... -le tocó la mano.

-... lo que estoy pensando -terminó por ella-. Agradezco tu franqueza, Paula, pero he disfrutado elucubrando mientras me has dejado.

-¿Has estado casado? -preguntó antes de darle un sorbo al café que les había llevado el camarero.

-Estuve a punto de hacerlo -aceptó-. Pero me habían aceptado por despecho. Tarde o temprano ella se hubiera arrepentido y habría comenzado a odiarme.

-Nadie podría odiarte, Leonardo-le aseguró.

-Quizá no; sin embargo, parece que es difícil que me amen -la generosa boca hizo una mueca.

-¿Merece la pena? -preguntó pensando que tenía razón.

-Te lo diré cuando lo averigüe -le hizo una seña al camarero para que le presentara la cuenta.

El Engaño: Capítulo 25

-¿Es muy serio tu compromiso? -preguntó Leonardo a la mañana siguiente, cuando iniciaron el recorrido por la planta.

Paula aceptó que tenía derecho a preguntárselo. Bastante dispuesta había estado ella a buscar su compañía la noche anterior. No le había hablado de Pedro, pero de alguna manera, Leonardo había comprendido su necesidad de compañía y se la había proporcionado sin esperarnada a cambio. La mayoría de los hombres habrían llegado a ciertas conclusiones si una mujer los visita a esa hora de la noche. Pero el buen Laurie no era como los demás.

-No lo sé. Anoche te había dicho que mucho; ahora ya no estoy segura - respondió.

-Ah, anoche -repitió pensativo.

-Pero sí me gustó estar contigo -le rozó el brazo-. No me he aprovechado de tí - agregó, insegura de que las últimas palabras fueran verdad.

-Yo te invité continuó sonriente-. No me interesan los motivos que tuviste para aceptar, sólo que me alegro de que vinieras.

A su modo, también ella se alegraba. Después de hablar con Vanesa, se había quedado muy confusa y sin saber qué hacer. De no haber sido por la amabilidad de Leonardo, quizá se hubiera ido a Sydney para tener una confrontación con Pedro y Vanesa. A la luz del día comprendió que ése no era el camino. Haber hecho el amor con él, no le daba derecho a reclamarle como suyo y la presencia de Vanesa  en el estudio se lo había recordado. ¿Por qué, entonces, se sentía tan desdichada al saber que habían estado juntos la noche anterior?

-Lo lamento -murmuró al darse cuenta de que Leonardo le estaba hablando y que quizá le había dicho algo importante-. ¿Dices que cultivas uvas blancas en viñas de uvas rojas?

Leonardo se echó a reír y volvió a explicarle el procedimiento observándola pensativo mientras ella anotaba los datos en su libreta.

-No me gusta enseñarte mi trabajo, Paula-jugueteó con un racimo de uvas-. Me da la sensación de que tu entrenamiento te hace fingir entusiasmo por todo esto.

-No finjo. Cierto, lo que me interesa es este trabajo, pero tu cariño por el viñedo es contagioso.

-¿Verdad? Entonces, a lo mejor quieres volver cuando termines el reportaje. Hace tiempo que quiero que alguien escriba la historia de Bedales. El asentamiento de esta propiedad se remonta al año mil ochocientos sesenta y cuatro, cuando, por primera vez, se sembraron las viñas. La choza de lámina que construyeron los primeros colonizadores todavía está en píe. Me encantaría enseñártela.

Paula sabía lo que le estaba proponiendo  que la relación entre ellos fuese más personal  y estuvo tentada a aceptar. Leonardo era agradable y no ocultaba que ella le gustaba. Pero ella sabía que nunca podría ser más que una amiga para él y no era justo darle falsas esperanzas.

-Me encantaría venir de visita alguna vez -dijo con amabilidad-. Pero dependerá de mis ocupaciones -usó esas palabras con premeditación.

-Comprendo, aunque no puedo decir que tu contestación me guste -se despejó un mechón suelto de la frente-. De todos modos, creo que eres la persona indicada para escribir la historia de Bedales.

-Eres muy amable, Leonardo, pero conoces poco mi trabajo -sintió que el rostro se le encendía.

-No pensaba sólo en tu trabajo -la emoción le ensombreció los ojos. Encajas muy bien aquí, Paula. Ayudarte a escribir el libro sería algo muy especial para mí.

Paula sabía que debía pensarse bien la respuesta. Estaba a gusto con él y disfrutaba de la visita a esa región vinícola. También le vendría bien el dinero y el trabajo que el libro le podían pro porcionar, pero no estaba dispuesta a complicarse la vida más.

-Eres un encanto, Leonardo -en un impulso le dió un beso de agradecimiento en la mejilla.

En silencio, el hombre la miró con una interrogación que no obtuvo respuesta. Pasaron el resto del día en el viñedo y luego en la destilería. Para cuando llegaron a la sala de degustación, Paula ya había tomado los datos necesarios para sus artículos.

-Te falta probar el producto ya terminado -le informó Leonardo. Observó curiosa cómo sacaba liquido color rubí por una espita-. Este vino lleva madurando nueve meses -levantó el vaso hacia la luz-. Será un estupendo oporto.

La llevó de barril en barril, a través de la inmensa bodega y le enseñó a catar los diferentes vinos. Pronto, tenía la nariz impregnada del olor agridulce del ambiente y la garganta reseca por el ritual de oler y degustar el vino.

-Creía que los catadores tenían un trabajo envidiable; ya no estoy tan segura -le comunicó a Leonardo haciendo una mueca.

-Es un mito, como otro cualquiera -aceptó-. Como has sido muy buena alumna, vamos a probar un vino más, pero como se debe -le entregó una copa de vino color dorado paja y le explicó que era un Riesling Bedford, 1978.

-Supongo que debería decirte que es suave, elegante y rico en sabor, pero sólo sé que me gusta confesó, después de dar un sorbo.

-No está nada mal en saber lo que a uno le gusta -mientras la contemplaba, sus ojos lanzaron destellos del mismo color que el vino.

-Leonardo, yo... -dejó la copa.

-Por favor, no lo estropees... ha sido uno de mis días más felices de mi vida -la interrumpió-. Sé que no va a repetirse y me gustaría saborearlo igual que un buen vino.

Volvió a llenar las copas y ella levantó la suya para brindar.

 -Por mi anfitrión.

martes, 2 de octubre de 2018

El Engaño: Capítulo 24

A Paula le habría encantado que la invitación proviniera de Pedro y le extrañó tanto que se estremeció. Tuvo ganas de sentarse a la mesa de la cocina para apoyar la cabeza en las manos y llorar de soledad y dolor. Con gran esfuerzo logró sonreír a Leonardo, quien la observaba esperando su respuesta.

-El restaurante parece encantador y ya lo veré estos días. Incluso quizá le saquemos unas fotos para el reportaje. Pero estoy cansada por el viaje y quiero acostarme temprano. Gracias por la invitación, has sido muy gentil.

-Comprendo -murmuró desilusionado dando a entender que la invitación no se debía a la gentileza-. Si cambias de opinión, serás bienvenida para tomar una copa más tarde. Generalmente no me acuesto antes de las once. Si no puedes conciliar el sueño, te sientes sola o...

Como respuesta, Paula le estrechó la mano torpemente, y Leonardo se fue. Una vez sola, se dedicó a explorar la cabaña. En efecto, tenía dos alcobas, una sencilla y otra doble. Le dejó la más grande a Laura Healey con el fin de que tuviera espacio para el equipo fotográfico. Las atenciones de Leonardo sólo sirvieron para recordarle que estaba muy lejos de Pedro. ¿Qué estaría haciendo él en ese momento? ¿Habría quedado con alguna amiga para cenar? Le dolía pensarlo, pero en realidad, no le culparía si lo hiciera. Trató de convencerse de que Pedro no le había dejado alternativa, pero el argumento le pareció vano. ¿Por qué no habían hablado para aclarar las cosas? ¿Por qué no había cedido ella un poquito más? No, los amantes saben muy bien el nombre de la persona a la que aman. Pero por más que se empeñara no podía borrar el recuerdo de la intimidad que habían compartido. Los besos de él, sus caricias, el acto de amor... todo estaba en su mente como si se lo hubiera grabado con fuego.

-¡Maldición, maldición! -masculló.

¿La iba a perseguir por todas partes? Inquieta deambulaba por la cabaña mientras se desnudaba. No podía rechazar cada invitación que le hicieran para cenar ¿sólo porque no era Pedro quien se lo pedía? Otras veces había recopilado los mejores datos para sus reportajes en el tranquilo ambiente de algún restaurante. ¿También se le había cerrado? ¿También? Se paró frente a un espejo con marco de madera y observó el reflejo de su expresión conmocionada. También, como el amor. ¿Podría amar a otro hombre después de lo ocurrido con Pedro? ¿Estaría pensando en ella en ese momento? Dios, esperaba que sí porque significaría que todavía había esperanzas. Quizá se diera cuenta de que la necesitaba tanto como ella a él. En ropa interior, se abrazó imitando el abrazo de Pedro y sintió una nube de calor por todo el cuerpo. ¿Cómo habían permitido que un tonto error de nombre se interpusiera entre los dos? ¿Por qué no se había dado cuenta de ello en Sydney, en vez de enloquecer y abandonarle? Dio dos grandes pasos hacia el teléfono y marcó el número del estudio de él ; estaba segura de que estaría terminando la serie de los trajes de baño. Sólo con oír que el teléfono sonaba en el estudio, se sintió más cerca de él.

-Hola, Estudio fotográfico de Pedro Alfonso.

Al reconocer la voz femenina, el fuego que hervía en sus venas se convirtió en hielo. Con un gran esfuerzo consiguió controlar la voz.

-Vanesa, soy Paula.

-Hola, Pau-respondió la modelo después de un breve silencio-. ¿Desde dónde llamas?

-Estoy en el Hunter Valley. Supongo que has oído el mensaje que te dejé en el contestador -por lo que has sabido qué hacer, se dijo con amargura.

-Sí, he vuelto esta mañana de la Costa Dorada.

-¿Está Pedro? -no tenía paciencia para oír las banalidades de Vanesa-. Pásame con él.

-Está revelando, pero no tardará porque vamos a salir a cenar. Estoy muerta de hambre. ¿Le digo algo?

Buscó algo que decirle en vano. Pedro no había tardado mucho en encontrar a la sustituta más conveniente, pero no podía decir eso, de modo que se despidió y colgó. Había estado a punto de hacer el ridículo diciéndole a Pedro que no quería echar a perder todo lo que habían compartido, sólo por un tonto error. Pero el error había sido confiar en él. Aunque él conocía los defectos de Vanesa, no había esperado mucho para buscarla en cuanto les había dejado el campo libre. Decidió no pensar más y se puso a ordenar la ropa de la maleta; luego entró en la cocina y se sirvió un poco de fruta y queso. No tenía apetito y nada le entusiasmaba. Sentía una pesadez interior, como si le hubieran robado la vitalidad. «Si te sientes sola o no puedes conciliar el sueño...» recordó las palabras de Leonardo. Mecánicamente, volvió a levantar el auricular y pidió que le pusieran con Leonardo. A pesar de tener el cerebro congelado, se obligó a hablar con animación.

-Hola, Leonardo, soy Paula. Me gustaría tomarme una copa contigo si es que tu ofrecimiento sigue en pie.

El Engaño: Capítulo 23

A Paula le habría gustado poder olvidarla con la misma facilidad, pero viéndole evolucionar por el estudio, no conseguía quitarse de la cabeza los momentos que habían pasado en la piscina. Él había sido cariñoso y generoso; en cambio, en ese momento era un autócrata. Incluso llegó a dudar de que se acordara de que la había llamado Vanesa. Pero sí lo recordaba. Cuando terminaron la sesión, Pedro le propuso ir al bar de al lado para celebrarlo y ella le explicó que no podía porque tenía que preparar el equipaje.

-¿Es el único motivo o hay algo más? -demandó Pedro.

-No comprendo -comentó en tono sarcástico.

-Sí comprendes. Hoy estás muy diferente.

-Te equivocas. Soy yo, Paula, por si se te ha olvidado.

-No se me olvida -la miró de frente.

-Sin embargo, anoche sí -le recordó.

-¿De modo que eso es lo que te tiene molesta? -sus ojos se ensombrecieron y frunció el entrecejo-. Estás enfurruñada por que te llamé Vanesa en un momento de mucha tensión. No tienes que huir de la ciudad por eso.

-No huyo -tronó y mantuvo los puños cerrados para no golpearle. Él seguía sin comprender que eso era muy importante para ella-. Anoche tuviste que anteponer tu trabajo; ahora, yo hago lo mismo. Has cometido más de un error llamándome Vanesa. Has dado por hecho que yo iba a reaccionar igual que ella, aceptando un segundo plano cuando a tí te conviene. No pienso hacerlo. Lo que pasó ayer fue una especie de... aberración. Estaba ofuscada. Ya no lo estoy y es hora de que vuelva a mi modo de vida en vez de pavonearme haciendo una mala imitación de mi hermana.

Salió dando un portazo. Paula bajó por los escalones de dos en dos, sorprendida por la ferocidad de su exabrupto. Alejarse de Pedro era lo mejor que podía hacer. ¡Junto a él se sentía en un tobogán emocional!

Esa noche, en casa, Paula trató de convencerse de que había obrado bien al dejarlo plantado. A él no le importaban sus sentimientos. Se lo había demostrado en su casa y ese día en el estudio. Había hecho bien en cortar la relación antes de que llegara a más. Perturbada, comprendió que ya había llegado muy lejos y que por eso le dolía tanto su indiferencia. Si no significara tanto para ella, no tenía por qué importarle cómo la había llamado. A la mañana siguiente seguía tratando de convencerse de que había hecho lo correcto, cuando salió de la oficina de Rafael con toda la información sobre los pequeños lugares de Hunter Valley. Uno de ellos, Bedales, iba a ser su base mientras recababa datos para el reportaje. En otras circunstancias estaría encantada con ese trabajo, pero en ese momento, lo único que pensaba era que a cada kilómetro que conducía, se alejaba más de Pedro. ¿La echaría de menos o ya la habría reemplazado por alguna de sus amigas modelos? Aunque, lo más lógico era pensar que estaría revelando fotos. Suspiró tranquila y sonrió por su ambivalencia. A ella le venía bien esa separación, pero esperaba que él no sintiera lo mismo.

Cuando llegó a Hunter Valley, las sombras se alargaron. Bedales estaba a unos kilómetros tierra adentro de la ciudad industrial de Cessnock, en las laderas de la cordillera Mount View. A cada lado de la carretera se veía las viñas, frondosas y cargadas de racimos de uvas. Subió por una colina, llegó a un grupo de edificios. Rafael le había dicho que lo habían construido hacía poco, pero la elección de usar materiales antiguos le daba el aspecto de tener más de cien años.

-Buenos días. Debes ser Paula Chaves. Te estaba esperando -la saludaron con efusividad mientras aparcaba el coche, frente al edificio principal.

Salió del vehículo y se encontró ante un hombre un poco regordete, más bajo que ella y de cabello arenoso. Sonreía con tanta calidez que le correspondió.

-Hola, señor... Bedford.

-Por favor, llámame Leonardo-intercaló-. Por aquí no usan muchos protocolos.

-Yo soy Paula-el hombre le cayó bien en el acto.

Parecía contento de verla y eso alivió el dolor que le causaba la indiferencia de Pedro. Con Leonardo Bedford, al menos, no habría confusión en cuanto a su identidad. Le dió a entender que le impresionaba su carrera como reportera de una importante revista y tuvo la impresión de que, además le gustaba. Después de los últimos días con Pedro le alegraba ver la franca admiración de un hombre, hacia ella aunque no tuviera nada con él. Tranquila, se dijo temblorosa. Había aceptado esa misión con el objeto de tener tiempo para pensar y no para crear nuevas complicaciones. Leonardo le ayudó con la maleta.

-Tengo una cabaña preparada para tí y tu fotógrafa -explicó—. Espero que no te moleste compartir el alojamiento, pero no tenemos muchas habitaciones y las demás están ocupadas.

-No importa, somos amigas desde hace tiempo -respondió y aceleró el paso para seguir a Leonardo, por el prado que separaba la destiladora de un pequeño grupo de cabañas.

Al llegar a las casitas, Leonardo abrió la puerta de la más cercana.

-Espero que estés cómoda aquí, Paula. Al menos, vas a estar sola la primera noche. Tengo entendido que tu fotógrafa llegará mañana.

-Eso me han dicho -contuvo el aliento al ver el interior de la cabaña y exclamó-: ¡Es preciosa!

Las paredes y el suelo eran de madera bien pulida. A un lado del salón comedor había una diminuta cocina, muy acogedora, con cortinas y mantel de algodón rojo y blanco. A la derecha vio dos puertas que debían dar a las alcobas, separadas por un baño.

-Hay bastante espacio para las dos -le aseguró a Leonardo-. Usaré la mesa para escribir a máquina y tendremos cada una nuestra habitación. ¿Qué más necesitamos?

-Entonces, te dejo para que coloques tus cosas -parecía satisfecho por la aprobación de Paula. Pero no daba un paso, se apoyó primero en un pie y luego en el otro, como si tuviera algo en su mente.

-¿Hay algo más que debo saber? -preguntó ella.

-Bueno -inspiró profundo y contestó de prisa-. He llenado la cocina de provisiones pero a lo mejor no te apetece cocinar la primera noche. Me gustaría que cenaras conmigo en el restaurante -señaló un edificio grande, en forma de tonel-. Es parte de nuestra cava de degustación y es muy original.

El Engaño: Capítulo 22

Paula se quedó petrificada varios segundos, por la conmoción que le habían causado sus palabras.

 -No soy Vanesa.

-¡Por Dios, mujer!,  ¿Qué importancia tiene eso? -distraído, se pasó la mano por el cabello-. ¿Puedes estar en el estudio mañana o no?

Ella asintió con un movimiento de cabeza porque no podía hablar. En silencio, salió al vestidor y, al momento, reapareció totalmente vestido.

-Tengo que volver al estudio para ver si puedo salvar los rollos. Llama un taxi para que te lleve a tu casa y luego me pasas la cuenta. ¿De acuerdo? Siento haberte estropeado la noche, pero así son las cosas.

Y desapareció dejando sola a Paula, pensando en lo que acababa de ocurrir. Comprendía la preocupación de Pedro por el rollo defectuoso y la fecha de entrega, eso disculpaba que la hubiera llamado Vanesa. Pero lo que no podía ni quería comprender era la declaración de que la equivocación no tenía importancia. Él sabía que para ella era primordial. Le había explicado que temía que los hombres la usaran como sustituta de Vanesa. Pero había roto su promesa. Por eso se encontraba en esa triste situación. Pedro, en su nerviosismo había olvidado con qué gemela estaba y cuando ella le había hecho ver su equivocación. él la había considerado trivial. Para ella era importante. Quizá había cortejado a muchas mujeres en el curso de su vida y por eso no las recordaba. Aunque eso no concordaba con lo que había dicho, que para él sólo debía existir una mujer. Quizá quería decir que las quería de una en una. Pues no sería con ella. Se vistió de prisa, cogió su bolso y llamó un taxi, decidida a no cobrárselo a Pedro. No quería deberle nada. Pero cuando llegó a su casa, su estado de ánimo había cambiado de infelicidad a enfado. ¿Cómo se atrevía a tratarla así? Parecía que a él le importaba más su trabajo que ella. Pues bien, los dos podían participar en el mismo juego. Tal vez fuera el momento de continuar con su carrera y su vida. En el contestador tenía un mensaje y dudó entre escucharlo o hacerlo al día siguiente. Pero recordando su decisión, rebobinó la cinta. El mensaje era de Rafael  Conreid, su antiguo editor en la revista de inversiones. Quería que le llamara ese mismo día, a la hora que fuera. Paula consultó el reloj y, según su norma, era tarde, pero para Rafael no. Era un búho nocturno que iba a la oficina a cualquier hora cuando no podía dormir. Llena de curiosidad, marcó el número.

-Soy Paula, espero no haberte despertado -dijo.

-No estaba durmiendo y me alegro de que me hayas llamado -hizo una breve pausa-. No sé si tengo derecho a pedirte ayuda después de tratarte como lo hice, pero necesito con urgencia a una periodista para un reportaje fuera de la ciudad.

-Me interesa -respondió. Era la respuesta a su plegaria-. Además, tú no tuviste la culpa que yo dejara el trabajo, lo decidí yo.

-Me alegro de que lo consideres así -suspiró contento-. Ahora la periodista que estaba de colaboradora ocupa tu puesto, ya no tengo a quién enviar a que me haga los reportajes especiales y esto es muy urgente. ¿Todavía no tienes trabajo fijo?

-Hay algunas perspectivas, pero no corren prisa. De hecho, he estado haciendo de modelo un poco -comentó a la ligera.

-Supongo que también me dirás que sí eras la de la foto central -ahogó una risita.

El tono bromista de Rafael era como una brisa de aire fresco, después de la presión de los últimos días en compañía de Pedro.

-Te vas a quedar con la duda. ¿Cuál es el asunto urgente?

-La señora Philmont quiere que hagamos unos buenos reportajes de los pequeños lugares de Hunter Valley, de los aboga dos de la calle Pitt y de las granjas de fin de semana, ese tipo de asuntos. Uno de sus amigos es vitivinicultor y él se lo sugirió..

Lo que más necesitaba Paula, esta distancia entre Pedro y ella. Al pensar en él, recordó otra cosa.

-¿Quién va a hacer las fotos?

-Laura Healey. Ya has trabajado con ella.

-Sí y formamos un buen equipo.

-Eso pienso yo. Me gustaría que empezaras este reportaje lo antes posible. ¿Cuándo puedes venir para que te explique los detalles?

Paula pensó que Pedro la esperaba en el estudio a la mañana siguiente. Aunque tenía grandes tentaciones, no podía defraudarle.

-¿Te parece bien que vaya pasado mañana? -le preguntó a Rafael.

-Si no puedes antes, de acuerdo. Mientras tanto, empezaré a mover el asunto para que puedas ir al valle en cuanto hablemos. No me gusta meterte prisa, pero ya sabes cómo se pone la señora Philmont cuando se le mete una idea en la cabeza.

-No hace falta que lo digas -riendo, colgó el auricular.

Al menos en esa ocasión la señora Philmont le iba a hacer un favor. No podía dejar de pensar en Pedro y eso era muy peligroso. Necesitaba irse de la ciudad para analizar lo ocurrido. Tras muchas dudas sobre si decirle o no lo que había planeado, al llegar al estudio decidió callar. Estaba de mal humor y Paula no sabía si era por tener que repetir las fotos estropeadas o por su comportamiento de la noche anterior. Pero no debía ser por lo segundo pues no hizo referencia alguna a su error. Se mostraba muy profesional, frío y exigente como la primera vez. Parecía que la noche anterior no había existido.

El Engaño: Capítulo 21

Pedro se acercó y le mordió el dedo gordo. Como si fuera un perro, se lo estuvo mordisqueando mientras ella gritaba y se agitaba hasta que comenzó a hundirse. Entonces él la ciñó con fuerza contra su pecho.

-No te preocupes, te he salvado.

-Sí, pero ¿Para qué? -le rodeó el cuello sonriéndole.

-Para esto -la besó en los labios, forzándola a una increíble respuesta.

Le pareció oír un suspiro lejano y se dio cuenta de que quien había suspirado era ella. Estar en los brazos de Pedro era como volver de un largo viaje. La respiración acelerada de él indicaba que sentía lo mismo. Abrazados, Paula sentía vibrar todo su cuerpo y con un deseo incontrolable, le apoyó las manos en la espalda mojada para acercarse más al cuerpo de Pedro. Hambrienta, le besó el cuello y sintió en los labios su pulso. Pedro buscó la rosada piel de su oreja y besó las gotas que la perlaban; después, introdujo la lengua en el carnoso laberinto para incitarla más y más. La primera vez que la había besado, hacía ya mucho tiempo, él le había encendido los sentidos hasta tal punto que ella pensaba que no era posible conseguir mayor grado de excitación, pero aquello no era nada comparado con lo que le estaba provocando en ese momento. Cuando se quiso dar cuenta, los trajes de baño flotaban junto a ellos, y sus cuerpos desnudos se amoldaban sin ningún impedimento. Paula nunca había imaginado que hacer el amor en el agua podía ser tan sensual. El agua aligeraba el peso de sus cuerpos que se movían con fluidez. Era una sirena y él un tritón. Durante un minuto, Pedro le cubrió el cuerpo con el suyo, pero al siguiente, yacían entrelazados de lado, en la parte menos profunda de la piscina. Una creciente ola de alegría los fue envolviendo hasta llevarlos a un torbellino de sensaciones, donde flotaban ingrávidos. Cuando por fin Paula volvió a la realidad, se sentó en un peldaño dejando que el agua se calmara. Pedro la ceñía con un brazo y se apoyaba en el borde. Al comparar las bronceadas piernas de él con las suyas, Paula se dió cuenta de que tenía la misma apariencia que antes, aunque todo a su alrededor había cambiado.

-Maravilloso -murmuró Pedro.

-Hmmm -aceptó porque no halló las palabras adecuadas.

-No quiero volver a hacer el amor en tierra firme -le dió un beso fugaz.

-Lo sé, pero si me quedo aquí mucho tiempo más, se me va a poner la piel como un higo -rió sintiéndose más vivaz que nunca.

-No importa porque de todas maneras estarás guapa -le tomó una mano para inspeccionar lo arrugada que tenía la piel-. Pero tienes razón, vamos fuera.

Pedro la ayudó a salir, la envolvió con una toalla grande y la frotó con movimientos lentos y sensuales. Cuando le tocó a ella el turno de secarle, se le entrecortó la respiración al sentir que, de nuevo, la encendía el deseo. Se soltó la toalla para tomarla en brazos y ella notó que él también la estaba deseando.

-Puedo andar.

-Me gustas así -insistió-. Puedo llevarte donde quiera.

Al comprender que la llevaba a la alcoba, Paula ocultó el rostro en su cuello. ¿Qué diablos le pasaba ese día? Se sentía como una criatura de arcilla que Rowan tenía la libertad de moldear a su antojo. Cuando la acostó en la amplia cama, ninguno de los dos respiraba con normalidad. Paula le invitó de nuevo, a poseerla para sentirse suya. Después, ya no cabría ninguna duda ni temor. Pero Pedro no estaba dispuesto a terminar pronto. Con una lentitud enloquecedora se arrodilló, y le acarició los senos y el vientre hasta debilitarla de pasión.

-¿Paula?-dijo en un tono que parecía más declaración que pregunta.

-Sí, sí -le urgió. ¿No se daba cuenta de que estaba perdiendo la razón?

-Sí -aceptó, porque, al parecer, esperaba esa respuesta para seguir adelante.

Sin embargo, antes de que Pedro pudiera continuar, el timbre del teléfono, retumbando en la habitación, rompió el embrujo.

-¡Maldición! -murmuró volviéndose hacia el sonido.

-Deja que suene, Pedro, por favor -rogó.

La había incitado tanto que no podía soportar que la dejara aunque fuera sólo unos segundos.

-La atenderé rápido -prometió al bajar de la cama y envolverse la cadera con una toalla.

Paula jamás se había sentido tan desolada. Era como si le hubieran arrancado una parte de su ser. Añoraba a Pedro  y se le llenaron los ojos de lágrimas al verle salir de la alcoba. Acostada y temblorosa, notó que le cambiaba la voz y sin querer, prestó atención a lo que decía. ¿Qué le enfadaba tanto?

-¡Por Dios, Lucas!, ¿No puedes hacer nada?

El corazón de Paula comenzó a palpitar con fuerza. Algo debía marchar mal  en el estudio para que Pedro se pusiera tan furioso. Cuando volvió a la alcoba, ella le esperaba sentada.

-¿Qué sucede?

-El rollo de las fotos de la portada del catálogo, tiene algún producto químico equivocado -se dejó caer en el borde de la cama-. No se puede revelar y tendremos que volver a hacer las fotos --se dio un puñetazo en la mano-. ¡Maldición, tenía que haber supervisado todo yo mismo!

Paula se sintió mal pensando que él se arrepentía de haber estado con ella en vez de trabajando. Pero el sentido común la hizo comprender que Pedro no había hecho nada que no quisiera hacer.

-¿Qué vas a hacer?

-¿Qué puedo hacer?-con una mirada sombría y más misteriosa que de costumbre, la observó-. Tendré que organizar todo otra vez y volver a hacer las fotos. Hemos perdido dos días enteros y la fecha de entrega está muy próxima. No tengo alternativa.

Un extraño había suplantado al cariñoso compañero de las últimas horas. El tierno amante se había convertido en un profesional duro que preparaba mentalmente lo que iba a necesitar para repetir las fotos en el poco tiempo que tenía. Paula sintió frío viendo cómo se había transfigurado Pedro ante sus ojos. Trató de convencerse de que era producto de su imaginación. Sólo era su reacción ante un contratiempo como persona responsable que era. A ella le ocurría lo mismo si se presentara un problema en su trabajo de periodista. Aunque su cuerpo aún exigía ser complacido, se esforzó por hablar con vehemencia para no distraerle.

-¿Puedo ayudarte en algo?

Aunque asintió, con los ojos fijos en un punto lejano Paula creyó que no la había oído. Luego dominó sus pensamientos con un evidente esfuerzo y se volvió hacia ella.

-En este momento no puedes hacer nada, Vanesa. Antes de empezar con las fotos, tengo que reunir los trajes y los accesorios, y ayudar a Lucas a colocar todo en su sitio. Creo que estaremos listos para tí mañana temprano.