A luz de la luna bañaba con su magia habitual los jardines de la Quinta das Montanhas cuando Paula se reunió con el hombre que la esperaba apoyado en una columna. Pedro la tomó en sus brazos y la besó con más reverencia de la que esperaba ella en esas circunstancias.
—Mi esposa —le susurró—. Por fin.
Paula suspiró feliz.
—Al fin lo hemos conseguido. Ahora solo nos falta una fiesta de churrascos en Estancia Grande cuando lleguemos a casa y sentiré que estamos casados para siempre.
Pedro rió con suavidad.
—Conozco un modo más fácil y placentero de convencerte de eso.
—Seguro que sí.
—No fui yo el que avisó a los fotógrafos que aparecieron en la boda, querida.
Ella suspiró.
—Lo sé. No sabía que Rodrigo pudiera ser tan retorcido. Perdona por eso.
—¿Por qué me va a importar eso en un día así? —Pedro volvió a besarla—. Pero eso era ayer, y mi esposa estaba tan cansada anoche que yo, que soy un santo, la dejé dormir en paz. Aunque ahora que Lidia y Jorge se han retirado después de servimos una cena suntuosa, creo que es hora de que hagamos lo mismo —alzó una mano—. Puedo llevarte en brazos arriba si quieres, pero es mejor que reserve las fuerzas para actividades más importantes, ¿No?
—Desde luego.
Subieron las escaleras tomados de la mano, pero Pedro la tomó en brazos para atravesar el umbral del dormitorio donde se había quedado ella en su primera visita a la Quinta.
—Amada —dijo él con voz ronca, cuando yacieron desnudos por primera vez como marido y mujer—. No sabes cuánto he anhelado este día… y esta noche. Necesito mucho consuelo por todas las noches que hemos pasado separados.
Paula se lo proporcionó encantada y se acariciaron con urgencia hasta que sus cuerpos no pudieron seguir separados. Y cuando se unieron por primera vez como marido y mujer, las lágrimas empaparon las pestañas de ella mientras Pedro le decía en dos idiomas cuánto la adoraba y lo feliz que ella le hacía, hasta que al fin solo quedó el sonido de sus alientos sollozantes cuando se elevaban juntos hacia un clímax que los dejó sin palabras en brazos del otro. Pedro alzó la cabeza un rato después.
—Juro que te haré feliz siempre —prometió.
—Soy muy feliz —respondió ella—. Aunque he tenido que trabajar bastante organizándolo todo.
—Está bien que tus amigos te hayan alquilado la casa —comentó él. Se colocó de espaldas y la estrechó contra sí—. Querían comprarla, ¿Verdad?
Paula asintió.
—Pero yo jamás podría venderla. Aunque me reconforta saber que está en buenas manos. Rodrigo sigue alquilando el piso superior y me alegro de que Fabián y Romina quieran convertir los otros dos pisos en su primer hogar. Sergio Napier se encargará de la reforma.
—Me cayó muy bien. Y Diana también. Es una mujer muy elegante.
—El premio a la elegancia se lo llevó tu madre con esa fabulosa pamela —replicó Paula.
—Se lo diré —le aseguró Pedro—. Juan Massey me dijo que está contento con el arreglo contigo.
—Sí. Puedo trabajar desde Estancia Grande casi tan bien como en la galería.
—Pero espero que el trabajo no te ocupe demasiado tiempo, querida. Quiero que reserves la mayor parte para mí.
—Lo haré —le aseguró ella.
Pedro se quedó pensativo.
—Cuando era piloto de carreras pensaba que lo más importante en la vida era ser campeón del mundo —la abrazó con fuerza—. Me equivocaba. El mayor logro de mi vida es tenerte como esposa.
—Soy tuya, Pedro—le aseguró ella—. Lo he sido desde el momento en que te ví.
Los ojos de él se iluminaron con la sonrisa que siempre conseguía que a ella le latiera más deprisa el corazón.
—Yo siempre te querré —prometió—. Y ahora que eres mi esposa, nunca te dejaré marchar.
FIN
martes, 11 de septiembre de 2018
Curaste Mi Corazón: Capítulo 41
Ella consiguió sonreír.
—Especialmente los gauchos.
—Eso está mejor, querida. Prefiero tus sonrisas a tus lágrimas.
—Yo también —respondió ella con sequedad—. ¿De qué quieres hablar?
—De mí, por supuesto. ¿De qué otra cosa va a querer hablar un hombre? — bromeó él. Luego se puso serio—. Quiero que me escuches con mucha atención. Y no te apartes de mí.
Paula no tenía intención de moverse lo más mínimo. El calor y la proximidad de él eran una necesidad vital para ella en aquel momento.
—Cuando murió Lucas, regresé inmediatamente a la Estancia para estar con mis padres. Pero como quiero que entre nosotros solo haya sinceridad, te confieso que no pensaba quedarme mucho tiempo. Yo llevaba años viviendo fuera de casa y viendo a mi familia solo en ocasiones especiales como Navidad o cumpleaños. Cuando volví, hacía meses que no veía a mis padres y me sorprendió encontrar a mi padre tan mayor. Mi madre es quince años más joven que él, así que el cambio no fue tan grande en ella.
Hizo una pausa.
—Decidí tomarme un respiro en mi carrera y quedarme en la Estancia para aligerar la carga de mi padre, pero mi idea era volver a las carreras cuando mi padre superara su pena. Luego, como sabes, pasó lo del accidente y eso dió al traste con mis sueños sobre mi carrera. Trabajé mucho para recuperarme físicamente, pero mentalmente estaba inmerso en la autocompasión. Hasta que el destino te puso en mi camino y mi vida cambió para siempre.
La besó en los labios para añadir énfasis a sus palabras.
—Cuando mi padre me llevó al hospital desde el aeropuerto, estaba preparado para soportar todo lo que pudieran hacer los médicos para que yo volviera a andar y a cabalgar con normalidad.
Paula le pasó una mano por el pecho.
—¿El dolor fue terrible?
—Al principio sí, pero hice todo lo que me pedían —se llevó la mano de ella a los labios—. Pero no podía llamarte hasta que supiera con certeza que podría funcionar normalmente, tanto en la silla como sobre mis dos piernas.
—Podías haberle pedido a alguien que me enviara un correo electrónico para que yo supiera que habías llegado bien —señaló ella.
—Prefería esperar hasta que pudiera oír tu voz —repuso él—. Tuve mucho tiempo para pensar en cómo sería mi vida cuando volviera a la Estancia. Y aunque quiero a mis padres y disfruto de la compañía de mis hombres, necesito algo más en mi vida. Te echaba tanto de menos que te invité a venir por Navidad con la esperanza de que te gustara la Estancia.
—Y me ha gustado —suspiró ella.
Pedro le volvió la cara hacia él.
—Entonces tengo una pregunta para tí —la miró a los ojos—. ¿Me quieres, Paula?
No era la pregunta que ella esperaba oír, pero decidió contestar con sinceridad.
—Sí.
Él respiró hondo.
—¡Gracias a Dios! ¡Cómo deseaba oírte decir eso!
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Tú ya sabes por qué.
Paula miró los ojos oscuros y posesivos de él y decidió quemar sus últimas naves.
—¿Por casualidad es porque me quieres tú?
—¿Tienes que preguntarlo? —preguntó él atónito—. Creía que estaba escrito en mi cara y que todos pueden verlo.
Ella bajó la vista. El corazón le latía con tanta fuerza, que estaba segura de que él debía oírlo.
—Sabía muy bien que me deseabas físicamente.
—Así es —le aseguro él—. Adoro tu cuerpo, pero te quiero más a tí. Te quiero con todo mi corazón y toda mi alma y siempre te querré. ¿Quieres casarte conmigo y vivir siempre en la tierra de los gauchos, Paula? Porque si dices que sí, tiene que ser hasta que la muerte nos separe.
—Digo que sí. A casi todo —añadió ella para evitar malentendidos.
—¿Casi? —peguntó él.
—He sido independiente mucho tiempo y estoy acostumbrada a controlar mi vida. Y aunque me gustará vivir en la Estancia, estoy habituada a ganarme la vida. Quiero seguir con mi trabajo. Con las maravillas de la ciencia, puedo trabajar para Juan desde aquí.
—Te compraré lo último en ordenadores para que puedas hacer eso, te lo prometo —contestó él—. Y si echas de menos tu vida en Londres, invitaré a venir a tus amigos siempre que quieras. A todos menos al abogado. Bueno, doctora Chaves, ¿Quieres casarte conmigo?
Paula le dedicó una sonrisa radiante.
—Sí, señor Alfonso. Sí quiero.
Pedro la abrazó. Salió de la cama y buscó algo en su maleta.
—Esto no es un regalo, Paula. Es una muestra de mi amor. ¿Lo aceptarás?
Ella miró el anillo de esmeraldas y diamantes que había en la palma de la mano de él y parpadeó para reprimir las lágrimas.
—¡Oh, Pedro! Es glorioso. Pues claro que lo acepto.
—Lo compré con las demás piezas —dijo él cuando se lo ponía en el dedo—, pero antes de ofrecértelo, quería esperar hasta que tuvieras una idea más clara de lo que significará vivir conmigo —la miró a los ojos—. No me hagas esperar mucho para comprar la alianza, querida. Hemos pasado muchos años separados, es hora de que estemos juntos como quería el destino.
—Especialmente los gauchos.
—Eso está mejor, querida. Prefiero tus sonrisas a tus lágrimas.
—Yo también —respondió ella con sequedad—. ¿De qué quieres hablar?
—De mí, por supuesto. ¿De qué otra cosa va a querer hablar un hombre? — bromeó él. Luego se puso serio—. Quiero que me escuches con mucha atención. Y no te apartes de mí.
Paula no tenía intención de moverse lo más mínimo. El calor y la proximidad de él eran una necesidad vital para ella en aquel momento.
—Cuando murió Lucas, regresé inmediatamente a la Estancia para estar con mis padres. Pero como quiero que entre nosotros solo haya sinceridad, te confieso que no pensaba quedarme mucho tiempo. Yo llevaba años viviendo fuera de casa y viendo a mi familia solo en ocasiones especiales como Navidad o cumpleaños. Cuando volví, hacía meses que no veía a mis padres y me sorprendió encontrar a mi padre tan mayor. Mi madre es quince años más joven que él, así que el cambio no fue tan grande en ella.
Hizo una pausa.
—Decidí tomarme un respiro en mi carrera y quedarme en la Estancia para aligerar la carga de mi padre, pero mi idea era volver a las carreras cuando mi padre superara su pena. Luego, como sabes, pasó lo del accidente y eso dió al traste con mis sueños sobre mi carrera. Trabajé mucho para recuperarme físicamente, pero mentalmente estaba inmerso en la autocompasión. Hasta que el destino te puso en mi camino y mi vida cambió para siempre.
La besó en los labios para añadir énfasis a sus palabras.
—Cuando mi padre me llevó al hospital desde el aeropuerto, estaba preparado para soportar todo lo que pudieran hacer los médicos para que yo volviera a andar y a cabalgar con normalidad.
Paula le pasó una mano por el pecho.
—¿El dolor fue terrible?
—Al principio sí, pero hice todo lo que me pedían —se llevó la mano de ella a los labios—. Pero no podía llamarte hasta que supiera con certeza que podría funcionar normalmente, tanto en la silla como sobre mis dos piernas.
—Podías haberle pedido a alguien que me enviara un correo electrónico para que yo supiera que habías llegado bien —señaló ella.
—Prefería esperar hasta que pudiera oír tu voz —repuso él—. Tuve mucho tiempo para pensar en cómo sería mi vida cuando volviera a la Estancia. Y aunque quiero a mis padres y disfruto de la compañía de mis hombres, necesito algo más en mi vida. Te echaba tanto de menos que te invité a venir por Navidad con la esperanza de que te gustara la Estancia.
—Y me ha gustado —suspiró ella.
Pedro le volvió la cara hacia él.
—Entonces tengo una pregunta para tí —la miró a los ojos—. ¿Me quieres, Paula?
No era la pregunta que ella esperaba oír, pero decidió contestar con sinceridad.
—Sí.
Él respiró hondo.
—¡Gracias a Dios! ¡Cómo deseaba oírte decir eso!
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Tú ya sabes por qué.
Paula miró los ojos oscuros y posesivos de él y decidió quemar sus últimas naves.
—¿Por casualidad es porque me quieres tú?
—¿Tienes que preguntarlo? —preguntó él atónito—. Creía que estaba escrito en mi cara y que todos pueden verlo.
Ella bajó la vista. El corazón le latía con tanta fuerza, que estaba segura de que él debía oírlo.
—Sabía muy bien que me deseabas físicamente.
—Así es —le aseguro él—. Adoro tu cuerpo, pero te quiero más a tí. Te quiero con todo mi corazón y toda mi alma y siempre te querré. ¿Quieres casarte conmigo y vivir siempre en la tierra de los gauchos, Paula? Porque si dices que sí, tiene que ser hasta que la muerte nos separe.
—Digo que sí. A casi todo —añadió ella para evitar malentendidos.
—¿Casi? —peguntó él.
—He sido independiente mucho tiempo y estoy acostumbrada a controlar mi vida. Y aunque me gustará vivir en la Estancia, estoy habituada a ganarme la vida. Quiero seguir con mi trabajo. Con las maravillas de la ciencia, puedo trabajar para Juan desde aquí.
—Te compraré lo último en ordenadores para que puedas hacer eso, te lo prometo —contestó él—. Y si echas de menos tu vida en Londres, invitaré a venir a tus amigos siempre que quieras. A todos menos al abogado. Bueno, doctora Chaves, ¿Quieres casarte conmigo?
Paula le dedicó una sonrisa radiante.
—Sí, señor Alfonso. Sí quiero.
Pedro la abrazó. Salió de la cama y buscó algo en su maleta.
—Esto no es un regalo, Paula. Es una muestra de mi amor. ¿Lo aceptarás?
Ella miró el anillo de esmeraldas y diamantes que había en la palma de la mano de él y parpadeó para reprimir las lágrimas.
—¡Oh, Pedro! Es glorioso. Pues claro que lo acepto.
—Lo compré con las demás piezas —dijo él cuando se lo ponía en el dedo—, pero antes de ofrecértelo, quería esperar hasta que tuvieras una idea más clara de lo que significará vivir conmigo —la miró a los ojos—. No me hagas esperar mucho para comprar la alianza, querida. Hemos pasado muchos años separados, es hora de que estemos juntos como quería el destino.
Curaste Mi Corazón: Capítulo 40
—¿Ya estás descansada? —se inclinó a besarle la nariz.
—Sí, pero siento haber dormido tanto.
—No importa, luego cenaremos fuera. Y mañana puedes desayunar en la cama —le acarició el pelo—. He hablado con mis padres. Mi madre dice que le entristece que te hayas ido. Me ha ordenado que te pida que vuelvas pronto.
—Es muy amable. Los dos fueron muy amables al invitar a una desconocida a su casa por Navidad.
Pedro enarcó las cejas.
—Tú eras mi invitada, no una desconocida. Los dos querían conocer a la mujer que descubrió que mi cuadro era de Gainsborough. Y mi madre siempre te estará agradecida.
Paula movió la cabeza maravillada.
—Cuando ocupé el puesto de Juan Massey, no sabía que no solo conocería a una estrella de la Fórmula Uno…
—De la que nunca habías oído hablar —gruñó él.
—Cierto, pero gracias a las maravillas de la tecnología, no tardé en ponerme al día. como iba diciendo, no sabía que conocería a un deportista famoso propietario de un Gainsborough, y mucho menos que el modelo del cuadro sería un antepasado suyo — lo miró a los ojos—. Ni que mi cliente sería el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Pedro abrió mucho los ojos
—¿Tú pensaste eso el primer día a pesar de la cicatriz y de la cojera?
—Sí —a ella le brillaron los ojos—. Y tú te pusiste furioso porque yo no era un hombre, miraste mi ropa y mis gafas y decidiste que era una aburrida.
Él sonrió y alzó las manos al aire.
—Me pareciste tan intelectual que me asustaste mucho. Pero también eres hermosa y comprensiva y supiste ver al hombre que había debajo de mis heridas.
Aquello no era exacto del todo. Paula simplemente lo había mirado una vez y se había enamorado de él tal como era, con cicatrices incluidas. Pero no se lo diría así hasta que supiera lo que sentía él.
Porto Alegre resultaba aún más atractivo de noche. Paula y Pedro fueron en taxi a un restaurante italiano. Ella se habría quedado encantada en el hotel y cenando en la habitación, pero como sabía que él quería enseñarle algo de la vida nocturna de Porto Alegre, se había puesto de nuevo el vestido verde con el colgante y los pendientes de esmeraldas con los que se sentía tan hermosa como Pedro le decía constantemente que era. El restaurante era íntimo y sofisticado; el vino tinto agradable, y él le tomaba la mano siempre que podía durante la comida mientras diseñaba su itinerario del día siguiente antes de que ella subiera al avión.
—Iremos a comprar regalos —alzó una mano en el aire—. Y no me mires así. No intentaré pagarlos yo. Aunque si encuentro algo que quieras para tí, lo pagaré yo.
—Pedro, te has gastado mucho dinero en traerme aquí; no son necesarios más regalos —respondió ella con firmeza. Suspiró—. Los regalos de Navidad de tus padres y tuyos han sido maravillosos, pero no tendré muchas oportunidades de ponérmelos.
—¿No llevas joyas cuando sales con tus amigos?
Paula se tocó el colgante.
—Sí, pero no como estas. Las guardaré para ocasiones especiales —suspiró de nuevo—. Y la ropa de gaucho será un buen recuerdo. En casa monto con ropa corriente. Cuando monto, que no es muy a menudo.
—Te queda muy bien. Y debes montar más. ¿Te ha gustado cabalgar conmigo?
—Tú sabes que sí. Todas las vacaciones han sido una experiencia maravillosa.
—Todavía no han terminado —él llamó al camarero, pagó la cuenta, se levantó y le tendió la mano—. Ven. Vamos a buscar un taxi.
De vuelta en el hotel, pareció lo más natural del mundo que se acostaran juntos y se abrazaran con naturalidad, como si fuera algo que hacían todas las noches desde hacía años. Paula se lo comentó así a Pedro, que asintió.
—Yo he sentido eso desde la primera vez que te ví.
—Querrás decir un poco más tarde, cuando me quité las gafas.
—Es verdad —Pedro la estrechó contra sí—. Estaba decidido a hacerte mía por muchos hombres que hubieras dejado en Inglaterra.
—Solo había uno —protestó ella—. Mientras que tú tenías incontables mujeres en tu vida.
—Marina fue la única importante —él encendió la lámpara y la miró a los ojos—. Tú eres diferente. Siempre había soñado con conocer a una mujer que me atrajera mentalmente además de físicamente. Casi había renunciado a esa esperanza, hasta que te conocí a tí.
La besó con fiereza y empezó a acariciarla. Al poco rato, ella abría los muslos en una bienvenida ardiente y unían sus cuerpos con un éxtasis tan intenso que ella supo que no conocería otro igual cuando se separaran. Pedro alzó la cabeza y la miró consternado.
—¡Estás llorando! ¿Por qué?
Ella se secó las lágrimas con impaciencia. Pensó en mentir, pero optó por no hacerlo.
—Porque me voy mañana —repuso.
Le tembló el labio inferior con tal fuerza que Pedro frunció el ceño y le dió besos suaves en la boca para consolarla. Luego se colocó de lado y la arrastró consigo.
—Sé muy bien que te vas mañana. Tenemos que hablar.
Paula miró el rostro decidido de él y respiró hondo.
—Siento estropearlo todo llorando. Normalmente no lloro tanto —y todas laslágrimas que había vertido últimamente habían sido por Pedro Alfonso.
—Ya lo sé —él le apartó el pelo de la frente—. Yo también quiero llorar al pensar en separarme de tí —suspiró—. Pero los hombres no lloran.
—Sí, pero siento haber dormido tanto.
—No importa, luego cenaremos fuera. Y mañana puedes desayunar en la cama —le acarició el pelo—. He hablado con mis padres. Mi madre dice que le entristece que te hayas ido. Me ha ordenado que te pida que vuelvas pronto.
—Es muy amable. Los dos fueron muy amables al invitar a una desconocida a su casa por Navidad.
Pedro enarcó las cejas.
—Tú eras mi invitada, no una desconocida. Los dos querían conocer a la mujer que descubrió que mi cuadro era de Gainsborough. Y mi madre siempre te estará agradecida.
Paula movió la cabeza maravillada.
—Cuando ocupé el puesto de Juan Massey, no sabía que no solo conocería a una estrella de la Fórmula Uno…
—De la que nunca habías oído hablar —gruñó él.
—Cierto, pero gracias a las maravillas de la tecnología, no tardé en ponerme al día. como iba diciendo, no sabía que conocería a un deportista famoso propietario de un Gainsborough, y mucho menos que el modelo del cuadro sería un antepasado suyo — lo miró a los ojos—. Ni que mi cliente sería el hombre más atractivo que había visto en mi vida.
Pedro abrió mucho los ojos
—¿Tú pensaste eso el primer día a pesar de la cicatriz y de la cojera?
—Sí —a ella le brillaron los ojos—. Y tú te pusiste furioso porque yo no era un hombre, miraste mi ropa y mis gafas y decidiste que era una aburrida.
Él sonrió y alzó las manos al aire.
—Me pareciste tan intelectual que me asustaste mucho. Pero también eres hermosa y comprensiva y supiste ver al hombre que había debajo de mis heridas.
Aquello no era exacto del todo. Paula simplemente lo había mirado una vez y se había enamorado de él tal como era, con cicatrices incluidas. Pero no se lo diría así hasta que supiera lo que sentía él.
Porto Alegre resultaba aún más atractivo de noche. Paula y Pedro fueron en taxi a un restaurante italiano. Ella se habría quedado encantada en el hotel y cenando en la habitación, pero como sabía que él quería enseñarle algo de la vida nocturna de Porto Alegre, se había puesto de nuevo el vestido verde con el colgante y los pendientes de esmeraldas con los que se sentía tan hermosa como Pedro le decía constantemente que era. El restaurante era íntimo y sofisticado; el vino tinto agradable, y él le tomaba la mano siempre que podía durante la comida mientras diseñaba su itinerario del día siguiente antes de que ella subiera al avión.
—Iremos a comprar regalos —alzó una mano en el aire—. Y no me mires así. No intentaré pagarlos yo. Aunque si encuentro algo que quieras para tí, lo pagaré yo.
—Pedro, te has gastado mucho dinero en traerme aquí; no son necesarios más regalos —respondió ella con firmeza. Suspiró—. Los regalos de Navidad de tus padres y tuyos han sido maravillosos, pero no tendré muchas oportunidades de ponérmelos.
—¿No llevas joyas cuando sales con tus amigos?
Paula se tocó el colgante.
—Sí, pero no como estas. Las guardaré para ocasiones especiales —suspiró de nuevo—. Y la ropa de gaucho será un buen recuerdo. En casa monto con ropa corriente. Cuando monto, que no es muy a menudo.
—Te queda muy bien. Y debes montar más. ¿Te ha gustado cabalgar conmigo?
—Tú sabes que sí. Todas las vacaciones han sido una experiencia maravillosa.
—Todavía no han terminado —él llamó al camarero, pagó la cuenta, se levantó y le tendió la mano—. Ven. Vamos a buscar un taxi.
De vuelta en el hotel, pareció lo más natural del mundo que se acostaran juntos y se abrazaran con naturalidad, como si fuera algo que hacían todas las noches desde hacía años. Paula se lo comentó así a Pedro, que asintió.
—Yo he sentido eso desde la primera vez que te ví.
—Querrás decir un poco más tarde, cuando me quité las gafas.
—Es verdad —Pedro la estrechó contra sí—. Estaba decidido a hacerte mía por muchos hombres que hubieras dejado en Inglaterra.
—Solo había uno —protestó ella—. Mientras que tú tenías incontables mujeres en tu vida.
—Marina fue la única importante —él encendió la lámpara y la miró a los ojos—. Tú eres diferente. Siempre había soñado con conocer a una mujer que me atrajera mentalmente además de físicamente. Casi había renunciado a esa esperanza, hasta que te conocí a tí.
La besó con fiereza y empezó a acariciarla. Al poco rato, ella abría los muslos en una bienvenida ardiente y unían sus cuerpos con un éxtasis tan intenso que ella supo que no conocería otro igual cuando se separaran. Pedro alzó la cabeza y la miró consternado.
—¡Estás llorando! ¿Por qué?
Ella se secó las lágrimas con impaciencia. Pensó en mentir, pero optó por no hacerlo.
—Porque me voy mañana —repuso.
Le tembló el labio inferior con tal fuerza que Pedro frunció el ceño y le dió besos suaves en la boca para consolarla. Luego se colocó de lado y la arrastró consigo.
—Sé muy bien que te vas mañana. Tenemos que hablar.
Paula miró el rostro decidido de él y respiró hondo.
—Siento estropearlo todo llorando. Normalmente no lloro tanto —y todas laslágrimas que había vertido últimamente habían sido por Pedro Alfonso.
—Ya lo sé —él le apartó el pelo de la frente—. Yo también quiero llorar al pensar en separarme de tí —suspiró—. Pero los hombres no lloran.
Curaste Mi Corazón: Capítulo 39
Paula negó con la cabeza y Pedro le hizo el amor con total inhibición, sin dejar de besarla en la boca mientras la llevaba hacia la cima, que ella alcanzó antes que él. Poco después jadeaban ambos satisfechos, abrazados con fuerza, hasta que una llamada en la puerta hizo que Pedro saltara de la cama y se pusiera el albornoz que había quitado antes a Paula. Ésta se subió la sábana hasta la barbilla y permaneció inmóvil oyendo las instrucciones que daba Pedro al camarero. Saltó de la cama para dirigirse al baño, pero él la atrapó antes de que consiguiera llegar.
—Demasiado tarde para sentirse tímida, querida.
—No soy tímida, necesito otra ducha.
—La compartiré contigo. También he soñado con eso.
La dejó en la ducha, se quitó el albornoz y se reunió con ella. Paula casi esperaba que volviera a hacerle el amor, pero Pedro se limitó a abrazarla bajo el chorro del agua y después se apartó para buscar las toallas. La envolvió en una de ellas y rio cuando a ella le sonó el estómago.
—Siento ser tan poco romántica —dijo ella—, pero tengo hambre. Esta mañana no he podido desayunar gran cosa.
Él la miró.
—¿Te entristecía irte de la Estancia?
—Sí. Ha sido duro decir adiós.
—Me complace oír eso —declaró él con satisfacción—. Ponte un albornoz mientras me visto y vamos a comer.
Paula se puso la ropa interior y el albornoz, se peinó y lo siguió a la sala de estar, donde esperaba el almuerzo en una mesa al lado de las ventanas. Pedro destapó una bandeja y mostró una gran ensalada acompañada de langostinos.
—¿Ves? Los gauchos no comemos siempre carne. Vamos, come. Tienes que recuperar fuerzas.
Paula enarcó las cejas.
—Me refiero a que has sido muy valiente al volar hasta aquí conmigo como piloto —le aseguró él.
Disfrutaron de un almuerzo lento delante de ventanas con una vista espectacular de la laguna. La única nube en el horizonte de Paula era que pronto tendría que dejar todo aquello atrás y volver a su vida normal. Pero decidió mirarlo por el lado bueno y se recordó que había pasado unas vacaciones gloriosas con Pedro en un país que siempre había anhelado visitar, aunque su concepción anterior de Brasil fuera básicamente la de Río de Janeiro y el carnaval, y supiera muy poco de los vastos espacios abiertos de la zona gaucha de Rio Grande do Sul, que había aprendido a querer durante su corta estancia. Cabalgar por esa tierra con Pedro había sido una experiencia muy satisfactoria. Había disfrutado con la camaradería de sus hombres y alcanzado un buen entendimiento con su caballo.
—Cuando vuelvas a la Estancia, acaricia a Garoto de mi parte y dile que lo echaré de menos.
Pedro respiró hondo. La tomó en vilo y la sentó en su regazo.
—Necesito abrazarte —dijo.
Colocó la cabeza de ella en su hombro y Paula se relajó, feliz de estar a solas con él.
—Cuando dices esas cosas —musitó él—, casi me haces llorar. Y un hombre macho no llora.
—¿Y tú quieres ser macho? —preguntó ella.
—Pues sí. ¿Qué hombre no quiere? Cuando me dejaste en Portugal, quería llorar, pero ejercí una gran fuerza de voluntad para no decepcionar a Jorge.
—Yo lloré muchísimo —comentó ella con franqueza.
Pedro rió y la abrazó con fuerza, pero ella se estremeció por dentro. Dentro de poco volvería a llorar camino de casa.
—¿Quieres un té?
Ella negó con la cabeza y reprimió un bostezo. Pedro le tomó la mano y la puso de pie.
—Ahora a descansar —ordenó.
—¿Y qué harás tú?
—Descansar contigo. No te haré el amor ahora, tienes que dormir. Hay sombras bajo esos hermosos ojos verdes. Solo quiero tenerte de la mano mientras duermes y luego saldremos a ver la ciudad.
Ella sonrió y apoyó la cabeza en la almohada.
—Me ha encantado la Navidad en Estancia Grande, pero también me alegro de estar aquí a solas contigo antes de marcharme.
Él se tumbó a su lado y le besó la mano.
—Ha sido una idea brillante mía, ¿Verdad? ¿Tu antiguo amante protestó cuando viniste?
—No se lo dije. Andrés y yo ya no somos amigos —Paula hizo una mueca y le contó el desagradable encuentro en su casa.
Pedro juró con violencia en portugués.
—¿Pretendía forzarte?
—No creo que hubiera llegado a eso, pero la llegada de Rodrigo y Fabián lo interrumpió. Le dije a Andrés que todo había terminado y no he vuelto a verlo.
—A mí me gustaría verlo —comentó Pedro con aire amenazador.
—No creo que eso suceda.
—Yo jamás te forzaría, Paula.
Ella le sonrió.
—No hace falta. Una mirada tuya y me derrito en tus brazos.
Pedro se inclinó a besarla y después se acomodó a su lado.
—Ahora cierra los ojos y duerme.
Cuando Paula despertó más tarde, en el dormitorio entraba luz suave de las lámparas de la sala y estaba sola en la cama. Se incorporó para mirar el reloj y Pedro llegó enseguida y se sentó en la cama.
—Demasiado tarde para sentirse tímida, querida.
—No soy tímida, necesito otra ducha.
—La compartiré contigo. También he soñado con eso.
La dejó en la ducha, se quitó el albornoz y se reunió con ella. Paula casi esperaba que volviera a hacerle el amor, pero Pedro se limitó a abrazarla bajo el chorro del agua y después se apartó para buscar las toallas. La envolvió en una de ellas y rio cuando a ella le sonó el estómago.
—Siento ser tan poco romántica —dijo ella—, pero tengo hambre. Esta mañana no he podido desayunar gran cosa.
Él la miró.
—¿Te entristecía irte de la Estancia?
—Sí. Ha sido duro decir adiós.
—Me complace oír eso —declaró él con satisfacción—. Ponte un albornoz mientras me visto y vamos a comer.
Paula se puso la ropa interior y el albornoz, se peinó y lo siguió a la sala de estar, donde esperaba el almuerzo en una mesa al lado de las ventanas. Pedro destapó una bandeja y mostró una gran ensalada acompañada de langostinos.
—¿Ves? Los gauchos no comemos siempre carne. Vamos, come. Tienes que recuperar fuerzas.
Paula enarcó las cejas.
—Me refiero a que has sido muy valiente al volar hasta aquí conmigo como piloto —le aseguró él.
Disfrutaron de un almuerzo lento delante de ventanas con una vista espectacular de la laguna. La única nube en el horizonte de Paula era que pronto tendría que dejar todo aquello atrás y volver a su vida normal. Pero decidió mirarlo por el lado bueno y se recordó que había pasado unas vacaciones gloriosas con Pedro en un país que siempre había anhelado visitar, aunque su concepción anterior de Brasil fuera básicamente la de Río de Janeiro y el carnaval, y supiera muy poco de los vastos espacios abiertos de la zona gaucha de Rio Grande do Sul, que había aprendido a querer durante su corta estancia. Cabalgar por esa tierra con Pedro había sido una experiencia muy satisfactoria. Había disfrutado con la camaradería de sus hombres y alcanzado un buen entendimiento con su caballo.
—Cuando vuelvas a la Estancia, acaricia a Garoto de mi parte y dile que lo echaré de menos.
Pedro respiró hondo. La tomó en vilo y la sentó en su regazo.
—Necesito abrazarte —dijo.
Colocó la cabeza de ella en su hombro y Paula se relajó, feliz de estar a solas con él.
—Cuando dices esas cosas —musitó él—, casi me haces llorar. Y un hombre macho no llora.
—¿Y tú quieres ser macho? —preguntó ella.
—Pues sí. ¿Qué hombre no quiere? Cuando me dejaste en Portugal, quería llorar, pero ejercí una gran fuerza de voluntad para no decepcionar a Jorge.
—Yo lloré muchísimo —comentó ella con franqueza.
Pedro rió y la abrazó con fuerza, pero ella se estremeció por dentro. Dentro de poco volvería a llorar camino de casa.
—¿Quieres un té?
Ella negó con la cabeza y reprimió un bostezo. Pedro le tomó la mano y la puso de pie.
—Ahora a descansar —ordenó.
—¿Y qué harás tú?
—Descansar contigo. No te haré el amor ahora, tienes que dormir. Hay sombras bajo esos hermosos ojos verdes. Solo quiero tenerte de la mano mientras duermes y luego saldremos a ver la ciudad.
Ella sonrió y apoyó la cabeza en la almohada.
—Me ha encantado la Navidad en Estancia Grande, pero también me alegro de estar aquí a solas contigo antes de marcharme.
Él se tumbó a su lado y le besó la mano.
—Ha sido una idea brillante mía, ¿Verdad? ¿Tu antiguo amante protestó cuando viniste?
—No se lo dije. Andrés y yo ya no somos amigos —Paula hizo una mueca y le contó el desagradable encuentro en su casa.
Pedro juró con violencia en portugués.
—¿Pretendía forzarte?
—No creo que hubiera llegado a eso, pero la llegada de Rodrigo y Fabián lo interrumpió. Le dije a Andrés que todo había terminado y no he vuelto a verlo.
—A mí me gustaría verlo —comentó Pedro con aire amenazador.
—No creo que eso suceda.
—Yo jamás te forzaría, Paula.
Ella le sonrió.
—No hace falta. Una mirada tuya y me derrito en tus brazos.
Pedro se inclinó a besarla y después se acomodó a su lado.
—Ahora cierra los ojos y duerme.
Cuando Paula despertó más tarde, en el dormitorio entraba luz suave de las lámparas de la sala y estaba sola en la cama. Se incorporó para mirar el reloj y Pedro llegó enseguida y se sentó en la cama.
Curaste Mi Corazón: Capítulo 38
Pedro procuró que Paula conociera durante su estancia allí lo más posible del modo de vida gaucho. Montaron juntos casi todos los días, una actividad que ella disfrutó más con el cómodo atuendo gaucho. Recibieron invitaciones a barbacoas de amigos de la familia, a un baile gaucho y también, para alegría de Paula, pasaron un día en un rodeo.
—Duran muchos días seguidos y Lucas y yo competíamos cuando éramos más jóvenes —le dijo Pedro cuando volvían a casa—. Pero tú solo has podido ver un día porque te vas mañana. Aunque todavía nos quedan los días de Porto Alegre antes de que te vayas lejos de mí.
La cena esa noche fue una ocasión especial, y Ana sirvió todas las exquisiteces que se le ocurrieron en honor a Paula.
—¿Qué comprarás en Porto Alegre, querida? —le preguntó en un momento de la cena.
—Regalos para mi tía y mis amigos —respondió la joven.
—En Porto Alegre tendrás donde elegir —Ana suspiró—. Es triste que debas irte tan rápido. Tienes que convencerla de que vuelva pronto, hijo mío.
Pedro sonrió a su madre.
—Haré todo lo posible.
Horacio se puso en pie.
—Ahora brindaremos por nuestra invitada. Buen viaje, Paula.
—Gracias —ella parpadeó con fuerza y alzó su copa—. Por la familia Alfonso por recibirme tan bien. Ha sido una Navidad inolvidable.
En el aeropuerto de Porto Alegre tomaron un taxi naranja y Pedro pidió al taxista que les diera una vuelta por la ciudad de camino al hotel Sao Rafael.
—Estamos en la Praça da Matriz —dijo al cabo de un rato—, y ese edificio de la cúpula grande es la Catedral Metropolitana. Cerca está el Palácio Piratini, la residencia del gobernador, y al norte el Teatro Sao Pedro. Hay muchos edificios así en la ciudad, pero los dejaremos para otro día. Ahora vamos al hotel. Te apetece descansar antes de almorzar, ¿No?
—Me gustaría tomar una ducha, sí. Hacía calor en el avión. Aunque el viaje ha sido mucho más emocionante contigo pilotando.
Él sonrió. Llegaron al hotel, donde Pedro había reservado una suite.
—Yo me hospedo aquí siempre que vengo a la ciudad, y mis padres también. No es tan grande como algunos de los hoteles modernos, pero tiene mucho carácter, comida excelente y las suites de los últimos pisos dan a la laguna. Después de registrarse en recepción, tomaron el ascensor hasta su suite y entraron en una sala de estar encantadora.
—El equipaje llegará pronto, pero necesito un beso —Pedro la abrazó y besó—. He soñado con estar solos así.
Paula también, pero por el momento no le pareció inteligente admitirlo.
—Enséñame las vistas, pues —pidió.
Se acercaron a las ventanas para mirar la gran laguna.
—El Lagoa dos Patos —le informó él.
Ella sonrió.
—Esperaba algo más romántico, como flamencos.
Pedro se encogió de hombros.
—Lo siento, no hay flamencos —llamaron a la puerta—. Es el equipaje.
Fue a dar propina al botones y se reunió de nuevo con Paula en la ventana.
—Sugiero que pidamos el almuerzo al servicio de habitaciones, y esta noche, cuando hayas descansado, salgamos a cenar. ¿Te parece?
—Claro que sí. Pero esta noche nada de churrasco. He comido más carne desde que llegué a Brasil que en varios meses en casa.
—Porque tenemos la mejor ternera de Brasil y el mejor modo de prepararla —a él le brillaron los ojos—. Da fuerza al hombre y a la mujer. ¿Qué maleta necesitas primero?
—La más pequeña.
—La dejaré con la mía a los pies de la cama. ¿Te parece?
Paula sabía que la pregunta no se refería solo a la maleta. Asintió con la cabeza.
—¿Dónde está el baño?
Después de ducharse, Paula se envolvió en uno de los albornoces del hotel y salió a la sala, donde Pedro miraba por la ventana.
—¿Cuánto tiempo tardará el almuerzo?
Él la miró comiéndosela con los ojos.
—Lo he pedido para dentro de media hora. ¿Descansamos un poco antes?
—¿Estás cansado?
—No querida, no lo estoy —cruzó la estancia en dos zancadas y la abrazó—. Puedo hacer esto ahora.
—Claro que puedes —ella frotó la mejilla contra la de él cuando la llevaba a la cama.
Pedro la depositó con gentileza en el lecho y la besó con tal pasión que no tardaron en prescindir de la ropa y unirse por fin en la gran cama blanca, donde él le hizo el amor con palabras que ella entendía solo a medias y con caricias que no necesitaban traducción, y prendían fuego a su cuerpo.
—He anhelado esto desde el momento en que te ví—susurró él.
—Pues ámame —contestó ella con voz ronca.
Pedro soltó una carcajada y la penetró con un movimiento brusco.
—¿Te hago daño? —preguntó.
—Duran muchos días seguidos y Lucas y yo competíamos cuando éramos más jóvenes —le dijo Pedro cuando volvían a casa—. Pero tú solo has podido ver un día porque te vas mañana. Aunque todavía nos quedan los días de Porto Alegre antes de que te vayas lejos de mí.
La cena esa noche fue una ocasión especial, y Ana sirvió todas las exquisiteces que se le ocurrieron en honor a Paula.
—¿Qué comprarás en Porto Alegre, querida? —le preguntó en un momento de la cena.
—Regalos para mi tía y mis amigos —respondió la joven.
—En Porto Alegre tendrás donde elegir —Ana suspiró—. Es triste que debas irte tan rápido. Tienes que convencerla de que vuelva pronto, hijo mío.
Pedro sonrió a su madre.
—Haré todo lo posible.
Horacio se puso en pie.
—Ahora brindaremos por nuestra invitada. Buen viaje, Paula.
—Gracias —ella parpadeó con fuerza y alzó su copa—. Por la familia Alfonso por recibirme tan bien. Ha sido una Navidad inolvidable.
En el aeropuerto de Porto Alegre tomaron un taxi naranja y Pedro pidió al taxista que les diera una vuelta por la ciudad de camino al hotel Sao Rafael.
—Estamos en la Praça da Matriz —dijo al cabo de un rato—, y ese edificio de la cúpula grande es la Catedral Metropolitana. Cerca está el Palácio Piratini, la residencia del gobernador, y al norte el Teatro Sao Pedro. Hay muchos edificios así en la ciudad, pero los dejaremos para otro día. Ahora vamos al hotel. Te apetece descansar antes de almorzar, ¿No?
—Me gustaría tomar una ducha, sí. Hacía calor en el avión. Aunque el viaje ha sido mucho más emocionante contigo pilotando.
Él sonrió. Llegaron al hotel, donde Pedro había reservado una suite.
—Yo me hospedo aquí siempre que vengo a la ciudad, y mis padres también. No es tan grande como algunos de los hoteles modernos, pero tiene mucho carácter, comida excelente y las suites de los últimos pisos dan a la laguna. Después de registrarse en recepción, tomaron el ascensor hasta su suite y entraron en una sala de estar encantadora.
—El equipaje llegará pronto, pero necesito un beso —Pedro la abrazó y besó—. He soñado con estar solos así.
Paula también, pero por el momento no le pareció inteligente admitirlo.
—Enséñame las vistas, pues —pidió.
Se acercaron a las ventanas para mirar la gran laguna.
—El Lagoa dos Patos —le informó él.
Ella sonrió.
—Esperaba algo más romántico, como flamencos.
Pedro se encogió de hombros.
—Lo siento, no hay flamencos —llamaron a la puerta—. Es el equipaje.
Fue a dar propina al botones y se reunió de nuevo con Paula en la ventana.
—Sugiero que pidamos el almuerzo al servicio de habitaciones, y esta noche, cuando hayas descansado, salgamos a cenar. ¿Te parece?
—Claro que sí. Pero esta noche nada de churrasco. He comido más carne desde que llegué a Brasil que en varios meses en casa.
—Porque tenemos la mejor ternera de Brasil y el mejor modo de prepararla —a él le brillaron los ojos—. Da fuerza al hombre y a la mujer. ¿Qué maleta necesitas primero?
—La más pequeña.
—La dejaré con la mía a los pies de la cama. ¿Te parece?
Paula sabía que la pregunta no se refería solo a la maleta. Asintió con la cabeza.
—¿Dónde está el baño?
Después de ducharse, Paula se envolvió en uno de los albornoces del hotel y salió a la sala, donde Pedro miraba por la ventana.
—¿Cuánto tiempo tardará el almuerzo?
Él la miró comiéndosela con los ojos.
—Lo he pedido para dentro de media hora. ¿Descansamos un poco antes?
—¿Estás cansado?
—No querida, no lo estoy —cruzó la estancia en dos zancadas y la abrazó—. Puedo hacer esto ahora.
—Claro que puedes —ella frotó la mejilla contra la de él cuando la llevaba a la cama.
Pedro la depositó con gentileza en el lecho y la besó con tal pasión que no tardaron en prescindir de la ropa y unirse por fin en la gran cama blanca, donde él le hizo el amor con palabras que ella entendía solo a medias y con caricias que no necesitaban traducción, y prendían fuego a su cuerpo.
—He anhelado esto desde el momento en que te ví—susurró él.
—Pues ámame —contestó ella con voz ronca.
Pedro soltó una carcajada y la penetró con un movimiento brusco.
—¿Te hago daño? —preguntó.
Curaste Mi Corazón: Capítulo 37
Ana la llevó hasta el lugar reservado a la familia Soares en una de las mesas, que para entonces estaban cargadas de comida y bebida. Horacio y Ana se sentaron en la cabecera de una de las mesas con las familias de sus hombres, y Pedro y Paula en el otro extremo. Al principio las mujeres se mostraron tímidas, pero a medida que Pedrotraducía las preguntas de Paula, se fueron relajando y rieron con ganas cuando ella probó el mate y tuvo que hacer esfuerzos para no escupirlo.
—Nao, obrigada. Agua por favor.
Pedro le pasó un vaso de agua y le tomó la mano. Paula interceptó una mirada asesina de Candela.
—Estamos llamando la atención —susurró. Pero él simplemente le apretó la mano con más fuerza.
—Me da igual.
Algunos hombres empezaron a tocar guitarras y acordeones. Ana llamó a las mujeres de su mesa.
—Vamos a por los postres —anunció.
María, Mariana y las demás llevaron tazones de ensalada de fruta a las mesas y helado para los niños. Ana llevó un gran tazón con trifle a la mesa donde estaba la familia Soares y Paula colocó el otro delante de Horacio.
—¿Quieres probarlo?
Horacio miró el postre de bizcocho, natillas, gelatina y frutas empapadas en jerez.
—Será un placer.
Toda la mesa acogió con entusiasmo el postre inglés, y Paula sonrió para sí cuando vió que Candela apartaba deliberadamente su plato sin probarlo, para alegría de su padre, que comió ambas porciones con satisfacción. Los niños jugaban ya bajo los árboles, pero la música cambió de pronto y todos los niños se pusieron en alerta al oír los compases familiares de Navidad, Navidad.
—¡Papá Noel! —gritó una niña.
Y todos los niños corrieron en estampida hacia el hombre grueso de traje rojo y barba blanca que iba sentado con grandes sacos de regalos en un carro tirado por un caballo. Cuando desmontó, los niños lo rodearon vociferantes
—¡Calma, calma!
Los niños corrieron a sentarse en la hierba.
—Debe de tener mucho calor —murmuró Paula, encantada con la escena.
—No demasiado. El traje está hecho de seda —explicó Pedro—. Discúlpame, tengo que ayudar a mi padre a entregar los regalos.
Papá Noel leía en voz alta los nombres en los regalos y Horacio y Pedro los entregaban a los niños bajo las miradas indulgentes de sus padres y abuelos. Cuando todos los niños tuvieron un regalo, Papá Noel sacó otro saco con regalos pequeños que tendió a los demás invitados, incluido uno para Paula. Pedro volvió a sentarse a su lado mientras todos abrían sus regalos entre grititos de placer. Todos los ojos se posaron en Paula cuando desenvolvió su cajita de terciopelo. Lo abrió y sacó una cadena de oro con un colgante de esmeralda a juego con los pendientes. Miró a Pedro con un sobresalto.
—Es Navidad —le recordó él—. Tienes que aceptarlo.
—Gracias. Muito obrigada —repitió para los demás; inclinó la cabeza para que Pedro se lo abrochara.
Volvió a sonar la música y muchos invitados, entre ellos Candela Soares, empezaron a bailar bajo los árboles. Pedro sacó a Paula, que bailó una pieza con él y después se sentó con sus padres mientras él cumplía su deber con algunas de las damas y finalmente bailó con Candela. Ésta empezó la pieza con aire triunfal, pero la terminó con mala cara. Corrió hasta su padre y poco después eran los primeros en marcharse. Mucho más tarde, cuando todos los sirvientes de la Estancia habían terminado de recoger los restos de la fiesta, Paula y Pedro dieron las buenas noches a los padres de él y fueron a dar un paseo bajo las luces de los árboles. Roberto le tomó la mano.
—¿Te ha gustado tu Navidad gaucha?
—Inmensamente. Aunque no deberías haber sido tan espléndido con tus regalos.
Él se encogió de hombros.
—Solo son joyas, Paula. No un anillo.
—¿Qué ocurre aquí mañana? —quiso saber ella.
—Mis padres descansarán, los sirvientes tendrán fiesta y tú y yo pasaremos más tiempo juntos. Iremos a montar, si tu encantador trasero está mejor.
—Debe de estarlo, porque no me he acordado de él en todo el día —respondió ella riendo.
Él la abrazó y frotó su mejilla en el cabello de ella.
—Tenerte aquí hoy ha sido el mejor regalo de Navidad de mi vida —la miró a los ojos—. Tenía mis dudas de que vinieras.
—Yo también —respondió ella—. Y no ayudó mucho que no estuvieras en el aeropuerto.
—Te pido disculpas. Me puse furioso cuando me ví retenido por el ganado, pero eso me dió ocasión de preparar mi pequeño espectáculo. Quería impresionar a mi chica.
—¿Tú me consideras así? —preguntó ella.
—Sí. Yo creo que estamos destinados el uno para el otro.
—Pues es una lástima que el destino no nos situara más cerca —comentó ella—. La geografía es un problema para nosotros.
—Pero encontraremos una solución —él le tomó la mano—. Debes de estar cansada. Hoy has trabajado mucho.
—También he disfrutado mucho. Y por cierto, ¿Qué le has dicho a Candela? No parecía muy contenta después de bailar contigo.
—La he reñido por haber hecho que te tirara el caballo —Pedro se encogió de hombros—. También la he amenazado con decírselo a su padre, cosa que le da pánico. Por mucho que la mime, Alberto Soares no le perdonaría que hiciera daño a mi invitada ni a mi caballo —la abrazó—. Pero vamos a olvidamos de todo el mundo y a disfrutar de estos pocos momentos juntos antes de irnos a camas separadas.
—Nao, obrigada. Agua por favor.
Pedro le pasó un vaso de agua y le tomó la mano. Paula interceptó una mirada asesina de Candela.
—Estamos llamando la atención —susurró. Pero él simplemente le apretó la mano con más fuerza.
—Me da igual.
Algunos hombres empezaron a tocar guitarras y acordeones. Ana llamó a las mujeres de su mesa.
—Vamos a por los postres —anunció.
María, Mariana y las demás llevaron tazones de ensalada de fruta a las mesas y helado para los niños. Ana llevó un gran tazón con trifle a la mesa donde estaba la familia Soares y Paula colocó el otro delante de Horacio.
—¿Quieres probarlo?
Horacio miró el postre de bizcocho, natillas, gelatina y frutas empapadas en jerez.
—Será un placer.
Toda la mesa acogió con entusiasmo el postre inglés, y Paula sonrió para sí cuando vió que Candela apartaba deliberadamente su plato sin probarlo, para alegría de su padre, que comió ambas porciones con satisfacción. Los niños jugaban ya bajo los árboles, pero la música cambió de pronto y todos los niños se pusieron en alerta al oír los compases familiares de Navidad, Navidad.
—¡Papá Noel! —gritó una niña.
Y todos los niños corrieron en estampida hacia el hombre grueso de traje rojo y barba blanca que iba sentado con grandes sacos de regalos en un carro tirado por un caballo. Cuando desmontó, los niños lo rodearon vociferantes
—¡Calma, calma!
Los niños corrieron a sentarse en la hierba.
—Debe de tener mucho calor —murmuró Paula, encantada con la escena.
—No demasiado. El traje está hecho de seda —explicó Pedro—. Discúlpame, tengo que ayudar a mi padre a entregar los regalos.
Papá Noel leía en voz alta los nombres en los regalos y Horacio y Pedro los entregaban a los niños bajo las miradas indulgentes de sus padres y abuelos. Cuando todos los niños tuvieron un regalo, Papá Noel sacó otro saco con regalos pequeños que tendió a los demás invitados, incluido uno para Paula. Pedro volvió a sentarse a su lado mientras todos abrían sus regalos entre grititos de placer. Todos los ojos se posaron en Paula cuando desenvolvió su cajita de terciopelo. Lo abrió y sacó una cadena de oro con un colgante de esmeralda a juego con los pendientes. Miró a Pedro con un sobresalto.
—Es Navidad —le recordó él—. Tienes que aceptarlo.
—Gracias. Muito obrigada —repitió para los demás; inclinó la cabeza para que Pedro se lo abrochara.
Volvió a sonar la música y muchos invitados, entre ellos Candela Soares, empezaron a bailar bajo los árboles. Pedro sacó a Paula, que bailó una pieza con él y después se sentó con sus padres mientras él cumplía su deber con algunas de las damas y finalmente bailó con Candela. Ésta empezó la pieza con aire triunfal, pero la terminó con mala cara. Corrió hasta su padre y poco después eran los primeros en marcharse. Mucho más tarde, cuando todos los sirvientes de la Estancia habían terminado de recoger los restos de la fiesta, Paula y Pedro dieron las buenas noches a los padres de él y fueron a dar un paseo bajo las luces de los árboles. Roberto le tomó la mano.
—¿Te ha gustado tu Navidad gaucha?
—Inmensamente. Aunque no deberías haber sido tan espléndido con tus regalos.
Él se encogió de hombros.
—Solo son joyas, Paula. No un anillo.
—¿Qué ocurre aquí mañana? —quiso saber ella.
—Mis padres descansarán, los sirvientes tendrán fiesta y tú y yo pasaremos más tiempo juntos. Iremos a montar, si tu encantador trasero está mejor.
—Debe de estarlo, porque no me he acordado de él en todo el día —respondió ella riendo.
Él la abrazó y frotó su mejilla en el cabello de ella.
—Tenerte aquí hoy ha sido el mejor regalo de Navidad de mi vida —la miró a los ojos—. Tenía mis dudas de que vinieras.
—Yo también —respondió ella—. Y no ayudó mucho que no estuvieras en el aeropuerto.
—Te pido disculpas. Me puse furioso cuando me ví retenido por el ganado, pero eso me dió ocasión de preparar mi pequeño espectáculo. Quería impresionar a mi chica.
—¿Tú me consideras así? —preguntó ella.
—Sí. Yo creo que estamos destinados el uno para el otro.
—Pues es una lástima que el destino no nos situara más cerca —comentó ella—. La geografía es un problema para nosotros.
—Pero encontraremos una solución —él le tomó la mano—. Debes de estar cansada. Hoy has trabajado mucho.
—También he disfrutado mucho. Y por cierto, ¿Qué le has dicho a Candela? No parecía muy contenta después de bailar contigo.
—La he reñido por haber hecho que te tirara el caballo —Pedro se encogió de hombros—. También la he amenazado con decírselo a su padre, cosa que le da pánico. Por mucho que la mime, Alberto Soares no le perdonaría que hiciera daño a mi invitada ni a mi caballo —la abrazó—. Pero vamos a olvidamos de todo el mundo y a disfrutar de estos pocos momentos juntos antes de irnos a camas separadas.
jueves, 6 de septiembre de 2018
Curaste Mi Corazón: Capítulo 36
En cuanto Paula se levantó a la mañana siguiente, envió mensajes de texto a Diana, Romina, Fabián y Rodrigo. Estaba ya preparada cuando Pedro subió a buscarla para desayunar. Tanto sus padres como él estaban vestidos ya de fiesta y el desayuno se sirvió pronto para que tuvieran tiempo de intercambiar los regalos antes de que llegaran las doncellas. Había elegido los suyos con mucho cuidado y le complació que a Ana le gustaran el suéter y la rebeca de cachemira que le había comprado.
—¡Qué lindos, querida! Gracias.
Pedro alzó en alto el jersey azul que le había dado Paula.
—Me gustaría que hiciera más frío para ponérmelo hoy —se inclinó a besar a Paula—. Muchas gracias.
Ella sonrió con aire de disculpa cuando Horacio sacó una botella de whisky de malta de su caja.
—Me temo que el tuyo no es muy inspirado.
—Es un gran regalo para mí —le aseguró él—. Pero lo esconderé. Me niego a compartirlo con los invitados.
—Abre el regalo de Horacio y mío, querida —le pidió Ana.
Paula parpadeó abrumada cuando vió que su regalo era un traje de gaucho como el de los hombres, con camisa, pañuelo, bombachas, poncho, espuelas y una navaja con cachas de plata. Solo faltaba la pistola.
—Es maravilloso. Muchísimas gracias.
—No pudimos comprar las botas, pero creo que hemos acertado con la talla en todo lo demás —dijo Ana con satisfacción.
—Mi regalo es muy pequeño —Pedro le tendió un paquetito.
Paula quitó el papel dorado y abrió la cajita de terciopelo que contenía unos pendientes de esmeraldas y diamantes. Tragó saliva con fuerza.
—¡Oh, Pedro!
—¿No te gustan? —preguntó él.
Ella lo miró con reproche.
—Claro que me gustan. Pero no esperaba algo tan… tan…
—¿De tan buen gusto?
—Tan caro —ella se levantó para darle un beso y dió las gracias a sus padres del mismo modo.
—Hacen juego con tus ojos —Ana miró a su hijo—. Los elegiste por eso, ¿No?
Él asintió.
—Pero tenía miedo de que no los aceptara. En Viana do Castelo se enfadó mucho porque pagué unos zapatos.
Paula se ruborizó.
—Eso era diferente.
—Es verdad —Pedro sonrió con aire triunfante—. Hoy no puedes rehusar nada porque es Navidad. Y además es fiesta, así que tienes que llevarlos. Te los pondré yo.
Paula se quitó los pequeños pendientes de oro que llevaba y dejó que Pedro los sustituyera por los de esmeraldas, que quedaban tan incongruentes con los vaqueros y la camisa que se echó a reír.
—Cenicienta tiene que ponerse el vestido de fiesta —dijo—. ¿Cuándo llegan los invitados?
—A partir de mediodía —respondió Horacio—. Ven, Pedro. Tenemos que comprobar los fuegos de las parrillas.
—¿Quién cocina? —preguntó Paula.
—Empiezan Horacio y Pedro, mientras Gerardo, el marido de María, mantiene los fuegos —dijo Ana—. Luego los van sustituyendo los otros hombres.
—Date prisa en cambiarte, querida —le pidió Pedro—. Ponte el vestido verde.
La experiencia para Paula fue tan distinta a la de sus Navidades habituales, que tuvo que pellizcarse de vez en cuando para comprobar que no estaba soñando. Calzada con sandalias doradas planas y con un delantal encima del vestido verde, se afanaba con las sonrientes doncellas en poner las mesas y llevar bandejas de carne cortada al lado de Pedro, que parecía tan feliz ocupándose de las barbacoas que a Le costaba reconocer en él al hombre amargado y herido que era cuando lo viera por primera vez. Unos minutos antes de mediodía, fue con Ana a arreglarse un poco para la llegada de los invitados.
—¿Hacen esto todas las Navidades? —preguntó Paula cuando entraron en la casa.
—Durante muchos años sí —Ana suspiró—. El año pasado no porque había muerto Lucas—enderezó los hombros—. Pero ahora celebramos que Pedro se ha recuperado y es feliz. La vida debe continuar, ¿No?
Paula no pudo evitar abrazarla.
—Desde luego. Sé por experiencia que continúa.
Cuando empezaron a llegar los invitados, Pedro y Horacio dejaron su puesto para recibirlos y Gerardo y sus hombres quedaron al cargo de la carne, que lanzaba un aroma maravilloso al aire. Pedro estuvo a su lado mientras sus padres la presentaban a un grupo tras otro de gente, y la tomó por la cintura cuando llegó Alberto Soares con Candela, espléndida con un vestido naranja de volantes.
—Tranquila, querida —murmuró Pedro al sentir que Paula se ponía tensa—. Nada de peleas el día de Navidad.
Paula dedicó una sonrisa radiante a los recién llegados.
—Muito prazer, e Feliz Natal.
Candela se adelantó con la intención clara de besar a Pedro, pero él le dió una palmadita en la mejilla y estrechó la mano de su padre.
—Quiero ayudar, doña Ana—dijo la chica.
Horacio negó con la cabeza, sonriente.
—No es necesario, querida. Hoy tenemos la ayuda de Paula.
—¡Qué lindos, querida! Gracias.
Pedro alzó en alto el jersey azul que le había dado Paula.
—Me gustaría que hiciera más frío para ponérmelo hoy —se inclinó a besar a Paula—. Muchas gracias.
Ella sonrió con aire de disculpa cuando Horacio sacó una botella de whisky de malta de su caja.
—Me temo que el tuyo no es muy inspirado.
—Es un gran regalo para mí —le aseguró él—. Pero lo esconderé. Me niego a compartirlo con los invitados.
—Abre el regalo de Horacio y mío, querida —le pidió Ana.
Paula parpadeó abrumada cuando vió que su regalo era un traje de gaucho como el de los hombres, con camisa, pañuelo, bombachas, poncho, espuelas y una navaja con cachas de plata. Solo faltaba la pistola.
—Es maravilloso. Muchísimas gracias.
—No pudimos comprar las botas, pero creo que hemos acertado con la talla en todo lo demás —dijo Ana con satisfacción.
—Mi regalo es muy pequeño —Pedro le tendió un paquetito.
Paula quitó el papel dorado y abrió la cajita de terciopelo que contenía unos pendientes de esmeraldas y diamantes. Tragó saliva con fuerza.
—¡Oh, Pedro!
—¿No te gustan? —preguntó él.
Ella lo miró con reproche.
—Claro que me gustan. Pero no esperaba algo tan… tan…
—¿De tan buen gusto?
—Tan caro —ella se levantó para darle un beso y dió las gracias a sus padres del mismo modo.
—Hacen juego con tus ojos —Ana miró a su hijo—. Los elegiste por eso, ¿No?
Él asintió.
—Pero tenía miedo de que no los aceptara. En Viana do Castelo se enfadó mucho porque pagué unos zapatos.
Paula se ruborizó.
—Eso era diferente.
—Es verdad —Pedro sonrió con aire triunfante—. Hoy no puedes rehusar nada porque es Navidad. Y además es fiesta, así que tienes que llevarlos. Te los pondré yo.
Paula se quitó los pequeños pendientes de oro que llevaba y dejó que Pedro los sustituyera por los de esmeraldas, que quedaban tan incongruentes con los vaqueros y la camisa que se echó a reír.
—Cenicienta tiene que ponerse el vestido de fiesta —dijo—. ¿Cuándo llegan los invitados?
—A partir de mediodía —respondió Horacio—. Ven, Pedro. Tenemos que comprobar los fuegos de las parrillas.
—¿Quién cocina? —preguntó Paula.
—Empiezan Horacio y Pedro, mientras Gerardo, el marido de María, mantiene los fuegos —dijo Ana—. Luego los van sustituyendo los otros hombres.
—Date prisa en cambiarte, querida —le pidió Pedro—. Ponte el vestido verde.
La experiencia para Paula fue tan distinta a la de sus Navidades habituales, que tuvo que pellizcarse de vez en cuando para comprobar que no estaba soñando. Calzada con sandalias doradas planas y con un delantal encima del vestido verde, se afanaba con las sonrientes doncellas en poner las mesas y llevar bandejas de carne cortada al lado de Pedro, que parecía tan feliz ocupándose de las barbacoas que a Le costaba reconocer en él al hombre amargado y herido que era cuando lo viera por primera vez. Unos minutos antes de mediodía, fue con Ana a arreglarse un poco para la llegada de los invitados.
—¿Hacen esto todas las Navidades? —preguntó Paula cuando entraron en la casa.
—Durante muchos años sí —Ana suspiró—. El año pasado no porque había muerto Lucas—enderezó los hombros—. Pero ahora celebramos que Pedro se ha recuperado y es feliz. La vida debe continuar, ¿No?
Paula no pudo evitar abrazarla.
—Desde luego. Sé por experiencia que continúa.
Cuando empezaron a llegar los invitados, Pedro y Horacio dejaron su puesto para recibirlos y Gerardo y sus hombres quedaron al cargo de la carne, que lanzaba un aroma maravilloso al aire. Pedro estuvo a su lado mientras sus padres la presentaban a un grupo tras otro de gente, y la tomó por la cintura cuando llegó Alberto Soares con Candela, espléndida con un vestido naranja de volantes.
—Tranquila, querida —murmuró Pedro al sentir que Paula se ponía tensa—. Nada de peleas el día de Navidad.
Paula dedicó una sonrisa radiante a los recién llegados.
—Muito prazer, e Feliz Natal.
Candela se adelantó con la intención clara de besar a Pedro, pero él le dió una palmadita en la mejilla y estrechó la mano de su padre.
—Quiero ayudar, doña Ana—dijo la chica.
Horacio negó con la cabeza, sonriente.
—No es necesario, querida. Hoy tenemos la ayuda de Paula.
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