jueves, 6 de septiembre de 2018

Curaste Mi Corazón: Capítulo 35

—Prefiero una ducha caliente, por favor. He aterrizado con demasiada fuerza en el trasero para sentarme en la bañera.

—Ve a ducharte —dijo Ana a su hijo—. Yo la ayudaré.

—Volveré pronto —Pedro la besó con una fiereza que hizo parpadear a su madre—. Cuando te has caído, se me ha parado el corazón —dijo con voz ronca.

Ella sonrió.

—Al menos no me he caído de cabeza; pero he perdido el sombrero.

Pedro sonrió y salió de la estancia. Ana ayudó a Paula a desnudarse y la examinó con cuidado hasta que se aseguró de que no había nada roto.

—Solo me he golpeado el trasero —dijo Paula.

Ana asintió con una sonrisa.

—Te daremos un cojín para sentarte durante el almuerzo —sus ojos se oscurecieron—. Es hora de que Alberto Soares controle mejor a Candela.

Después del almuerzo, Ana se excusó para ir a la cocina y Paula observó un rato a los hombres que instalaban mesas y sillas y colgaban hileras de luces entre los árboles. Después se dirigió a la cocina.

—Quiero ayudar —dijo a Ana—. ¿Puedo hacer algo?

La mujer se dirigió a las demás.

—Escuta —dijo en alto, y todas se volvieron a mirarla, ella habló rápidamente en portugués—. Les he dicho que quieres ayudar. Ya conoces a Mariana. Las otras son su madre, María la cocinera y su hermana Lourdes, y Analía y Nadia, sus hijas.

Todas las mujeres sonrieron y la saludaron con timidez. Luego María y Lourdes reanudaron su tarea de cortar carne para el churrasco mientras las jóvenes preparaban bollos pequeños.

—¿Sabes cocinar? —preguntó Ana a Paula.

—Sí, aunque no a esta escala. Pero debe de haber algo que pueda hacer.

—Estaría bien tener otro postre mañana. ¿Algo inglés?

Paula asintió. Miró la fruta que había cortado Dirce para una ensalada de frutas.

—Puedo hacer un par de trifles —dijo los ingredientes que necesitaba y poco después estaba batiendo el bizcocho esponjoso para la base. Mientras se hacía en el horno, preparó las natillas y el tiempo pasó rápidamente.

Pedro entró en cierto momento y la miró de hito en hito.

—Te he buscado por todas partes y no te encontraba.

Ella sonrió.

—Estaba disfrutando aquí con todas. Recuerda que en casa vivo sola.

Pedro la miró a los ojos.

—No tienes por qué volver a estar sola nunca más.

Se miraron en silencio, hasta que al fin ella consiguió sonreír.

—Tengo que terminar esto.

—No tardes.

Más tarde, cuando se sentaron a cenar, Paula se sintió conmovida al ver entrar a María con un pavo enorme en una bandeja.

—Mañana comeremos churrasco —dijo Ana—, pero esta noche cenamos la comida tradicional navideña británica.

Cuando se sirvió la comida, dieron las gracias a las doncellas y las despidieron.

—Esta noche recogemos nosotros, porque ellas regresarán mañana temprano con sus familias para el churrasco —dijo Ana. Alzó su copa para brindar—. Te deseamos una muy feliz Navidad, Paula.

Paula alzó su copa con ellos y sonrió con gratitud.

—Muchas gracias por haberme invitado a venir.

Después de la cena, Ana rehusó su oferta de ayudar y dijo a Pedor que la llevara a dar un paseo bajo las estrellas.

—Es la única noche del año que me ayuda Horacio en la cocina —dijo.

Paula subió a cambiarse los zapatos de tacón por sandalias planas y se reunió con Pedro en la veranda. Él le tomó la mano.

—He encendido las luces en los árboles —dijo.

—Es mágico —respondió ella. Lo miró—. Pedro, he traído regalos de Navidad para tus padres. ¿Debo dárselos esta noche?

—Es mejor mañana después de desayunar.

Pedro la atrajo hacia así para besarla, y como ella respondió con un fervor sin reservas, siguió besándola hasta que estuvieron los dos temblando. Ella apartó los labios y tomó la cara de él entre sus manos.

—Dime la verdad.

—Siempre.

—¿Te vas a casar con Candela Soares?

—¿Cómo? —Pedro la miró ultrajado—. ¿Estás loca? ¿Crees que te traería aquí a conocer a mi familia si pensara casarme con otra mujer? ¿Te ha dicho ella eso?

—Más o menos.

El rostro de Roberto se endureció.

—Mañana tendré unas palabras con ella.

—Más vale que la tengas alejada de mí —dijo Paula—. Podría sentir tentaciones de darle un puñetazo en la nariz por lo de hoy.

Él se echó a reír y la abrazó de nuevo. La besó con fervor, pero alzó la cabeza cuando sonaron campanadas en la distancia.

—Escucha. Es Navidad. Feliz Navidad, Paula.

Curaste Mi corazón: Capítulo 34

La recién llegada miró un momento la camisa y los vaqueros de Paula y los descartó como si no tuvieran nada que hacer comparados con su esplendor gaucho.

—¿Qué haces aquí, Candela? —preguntó Pedro.

La interpelada lo miró con aire inocente.

—He oído que tenías visita, he venido a conocerla.

—¿Cómo está usted? —preguntó Paula—. Soy Paula Chaves.

—Esta es Candela Soares, hija de uno de los vecinos —la presentó Pedro.

—He traído un mensaje de mi padre para el señor Gerardo, quien ahora quiere hablar contigo, Pedro—dijo Candela—. Vete. Yo compartiré mi café con la señorita Chaves.

—Es la doctora Chaves—corrigió Pedro—. No te muevas de aquí, Paula. No tardaré.

—Yo cuidaré de ella —prometió la chica. Sacó un termo de su alforja cuando se alejaba Pedro. Desenroscó la tapa y la llenó de líquido humeante—. Solo, ¿Vale?

Paula asintió.

—Gracias.

—¿Te quedarás mucho tiempo? —preguntó Candela cuando le tendió la taza.

—Hasta después de las fiestas.

—¿Y luego volverás al hospital?

Paula parpadeó.

—Oh… no. No soy doctora en Medicina. Soy historiadora.

La chica la miró sorprendida. Luego sonrió cuando vió que regresaba Pedro y se acercó a agarrar la brida de Garoto.

—Pedro es mío —siseó.

Cuando Paula luchó por controlar al nervioso caballo, el café cayó al suelo. Ella lanzó la taza a Candela con una sonrisa fría.

—Gracias. Adiós.

—Vamos, Paula—Pedro se colocó entre ellas—. Tenemos que volver. Até já, Candela.

—Amanha —replicó ella—. Día de Navidad.

Los saludó con la fusta y colocó a su caballo sobre las patas traseras en una exhibición que fue la última gota para Garoto, que salió corriendo asustado. Paula reprimió un grito y se agarró con fuerza a la silla, con Pedro persiguiéndolos frenético en dirección hacia un bosquecillo.

—¡Paula! —gritó Pedro.

Ella se agachó instintivamente para esquivar las ramas bajas y el caballo, asustado ya sin remedio, la arrojó al suelo y siguió corriendo. Pedro saltó del caballo, echó las riendas por encima de una rama y se arrodilló al lado de Paula pidiéndole que le dijera qué le dolía.

—Estoy… sin aliento… no herida —jadeó ella cuando pudo hablar.

Él le pasó las manos con gentileza por los brazos, las piernas y las costillas. Cuando se convenció de que no había nada roto, la estrechó contra sí con cuidado, con su corazón latiendo fuerte al lado del de ella.

—¡Por Dios! —gimió—. Candela es muy descuidada.

Pero Paula sabía que la chica lo había hecho deliberadamente.

—¿Tengo que volver andando? —preguntó cuando pudo respirar con más facilidad.

Pedro negó con la cabeza.

—Mi caballo nos llevará a los dos —le dio un beso rápido—. ¿Puedes levantarte ya?

—Si tú me ayudas, sí.

—No intentes andar —él la tomó en brazos y la llevó hasta su caballo. Musitó palabras tranquilizadoras a su montura mientras colocaba a Paula en la silla y después subió detrás de ella—. Apóyate en mí.

Paula lo hizo así, agradecida.

—Cuando volvamos, tomaré un baño caliente y estaré bien —le aseguró.

Habían recorrido muy poca distancia cuando Horacio llegó hasta ellos.

—¡Por Dios, ¡Pedro! ¿Qué hacen? —preguntó sin aliento cuando se colocó a su lado—. Al ver que Garoto volvía solo, Ana ha temido que Paula hubiera tenido una mala caída. ¿Estás herida, hija?

—Solo en mi dignidad —dijo la joven—. Me he caído.

—No es cierto —la contradijo Pedro con fiereza—. El caballo se ha espantado y te ha tirado. ¿Lo has examinado, padre?

Horacio estaba tan disgustado que, después de disculparse con Paula, empezó a hablar en portugués. Cuando terminó, Pedro parecía furioso.

—Cuando le han quitado la silla a Garoto, han visto que sangraba por espinas que tenía clavadas en el cuello. ¿Candela se ha acercado lo suficiente para hacer eso?

—¿Candela? —preguntó Horacio—. ¿Esa chica estaba otra vez con los hombres?

Pedro asintió. Se inclinó hacia Paula.

—¿Ha tocado a Garoto?

Paula asintió con la cabeza. Cuando llegaron al corral, dos jóvenes se acercaron a ayudarles. Horacio desmontó y tendió los brazos a Paula, pero Pedro negó con la cabeza.

—La llevaré yo. Dice que está bien, pero quiero que la examine mi madre antes de permitirle andar.

Horacio asintió con la cabeza.

—Mi esposa tiene mucha experiencia con huesos rotos —dijo.

—Estoy segura de que no hay nada roto. Puedo andar —protestó Paula.

Pedro la bajó con cuidado y echó a andar con ella. Ana llegó corriendo desde la casa y Paula se dejó llevar hasta la habitación con la familia hablando en portugués a su alrededor. Pedro la depositó en la cama.

—Prepararé un baño —dijo Ana.

Paula negó con la cabeza.

Curaste Mi corazón: Capítulo 33

Paula estaba ya preparada cuando llamaron a su puerta a la mañana siguiente y entraron la madre de Roberto con un par de botas y detrás de ella Mariana  con una bandeja.

—Buenos días —dijo Ana sonriente—. Madrugas mucho, Paula—indicó a la chica que dejara la bandeja sobre el arcón—. Obrigada, Mariana.

—Buenos días. No sabía a qué hora quería salir Pedro.

—Pronto, pero antes tienes que desayunar. Pruébate las botas, querida.

Paula metió el pie en una y movió los dedos.

—Con calcetines estarán perfectas.

—Muy bien —Ana sonrió—. Pedro está impaciente, pero debes comer antes.

Paula estaba también impaciente por salir con él. Después de un desayuno rápido, corrió abajo con las botas puestas y lo encontró en la veranda hablando con sus padres. Al verla, se quitó el sombrero plano e hizo una reverencia. Estaba tan atractivo con su ropa de gaucho que ella río encantada.

—Buenos días, Paula. ¿Te gusta mi ropa de trabajo?

—Me encantaría tener algo parecido —repuso ella.

Horacio le pasó un sombrero negro como el de Pedro.

—Necesitas esto.

—Y no la lleves lejos, Pedro—advirtió Ana—. Paula tiene que estar bien el día de Navidad —miró a su marido preocupada—. Quizá deberías acompañarlos, querido.

Horacio intercambió una mirada con su hijo y negó con la cabeza.

—Pedor cuidará bien de nuestra invitada.

Paula se puso el sombrero y sonrió a Pedro.

—¿Estoy bien así?

A él le brillaron los ojos.

—¡Oh, sí! Muy bien —Pedro le tomó la mano y corrió con ella hacia el corral—. ¿Has dormido bien?

—No mucho. No me ha costado nada madrugar.

—A mí tampoco. Yo te quería en mi cama, Paula.

Ella se detuvo antes de llegar al corral.

—¿Esa es la razón principal para invitarme aquí? ¿Llevarme a la cama?

A él le brillaron los ojos bajo el borde del sombrero.

—No. ¿Cómo iba a serlo? Sabía bien que, a menos que estemos casados, o por lo menos seamos novios, mi madre no nos permitirá dormir juntos. Tendré que mostrar mucha paciencia hasta que pasemos unos días en Porto Alegre antes de que vuelvas a casa.

Paula lo miró achicando los ojos.

—¿Y qué creerán tus padres que vamos a hacer en Porto Alegre?

—Comprar —él la llevó hasta los caballos, que estaban ensillados y esperaban con dos de los hombres.

Paula intentó un saludo en portugués, que le ganó unas sonrisas, y se acercó a acariciar a su caballo.

—La silla aquí es distinta a la de Inglaterra —le advirtió Pedro.

Paula vió que no tenía arzones, sino que era una montura sencilla de cuero y mantas de lana con una gruesa piel de oveja encima. Pero probablemente se acostumbraría pronto a ella. El sol calentaba ya de tal modo que se quitó el jersey y lo puso en la alforja. Se inclinó a hablar al caballo mientras Pedro le ajustaba los estribos.

—Antiguamente, los gauchos montaban con los pies descalzos —le informó.

Paula hizo una mueca.

—Me alegro de no tener que hacerlo yo. ¿Cómo se llama el caballo?

—Garoto —contestó Pedro.

Le hizo seña de que lo siguiera y los otros hombres cabalgaron delante de ellos.

—¿Necesitamos escolta? —preguntó Paula.

—No. Ellos van a trabajar —Pedro señaló el horizonte, donde un mar marrón marcaba la presencia del rebaño—. Vamos con ellos para que conozcas parte del ganado de la Estancia.

Paula no tardó en sentirse cómoda con la silla y el paso el caballo y pudo empezar a apreciar la amplitud del paisaje.

—¿Qué se siente sabiendo que todo esto es tuyo, Pedro?

—Me siento orgulloso. Esta es mi tierra —respondió él con tono posesivo—. En otro tiempo, cuando Lucas seguía aquí, yo tuve la libertad de ir a probarme a mí mismo en las carreras, pero ahora estoy aquí para quedarme. Mi padre es mayor de lo que parece y es hipertenso. Así ahora podrá pasar tiempo en el piso de Porto Alegre con mi madre, como ella desea, mientras yo voy asumiendo el control de esto.

—¿Él está contento con eso?

—Está contenta mi madre, y él hará lo que sea necesario con tal de que ella sea feliz.

Paula asintió con seriedad. Se le iluminaron los ojos cuando se acercaron lo suficiente para oír el bramido del rebaño. Miró embelesada, luchando por controlar la agitación de Garoto mientras los jinetes y los perros conducían el ganado y lo sacaban por puertas situadas en la línea de vallas que delimitaba los pastos.

—¡Asombroso! ¿Cuántas cabezas hay aquí?

—Varios cientos —gritó Pedro. Acercó más su caballo al de ella—. No te apartes de mí.

Paula lo siguió lo más cerca que pudo mientras los hombres reunían a las reses más despistadas agitando sus largos pañuelos blancos.

—¿Ahora se quedarán aquí?

—Como es Navidad, sí. Para que los hombres pasen la fiesta con sus familias. Después las llevarán a pastos más alejados —soltó una maldición cuando uno de los jinetes se apartó de los otros y corrió hacia ellos.

—Buenos días —dijo una voz femenina, cuando el caballo paró ante ellos.

martes, 4 de septiembre de 2018

Curaste Mi Corazón: Capítulo 32

—Por supuesto que quiero —ella suspiró y se rindió a la boca que devoraba la suya con tal pasión que se sentía mareada. Cuando lo sintió excitarse contra ella, se apartó con un respingo—. Más vale que te vayas ahora.

—Sé que tengo que hacerlo —gimió él—. Querida, es un placer tenerte aquí. ¿Sabes montar a caballo?

—Sí.

—Estupendo. Montaremos por la mañana.

Cuando Pedro se marchó después de pedir, y conseguir, un último beso, Paula decidió que había llegado el momento de deshacer el equipaje, y vió que ya lo habían hecho por ella. Toda su ropa colgaba en el vestidor perfectamente planchada o estaba bien doblada en los estantes. Descansó una hora, se lavó, se maquilló un poco, eligió una camisa rosa para vestir y bajó a la veranda.

—Esta es Mariana—dijo Pedro cuando apareció una doncella con una bandeja—. Ella ha deshecho tu equipaje.

—Muito obligada —dijo Paula a la chica.

Como sabía que Roberto estaba impaciente por llevarla fuera, tomó una taza de té, se disculpó con su anfitriona y salió con él a explorar.

—No te enseñaré el jardín de mi madre, pues seguro que querrá hacerlo personalmente. Te enseñaré la piscina y los corrales, donde podrás ver caballos —dijo Pedro.

—Tendré que hacerme amiga de uno si vamos a montar por la mañana.

—¿Hace mucho que no montas?

—Siglos.

Llegaron a un bosquecillo que ocultaba una piscina bastante grande y Paula miró a su alrededor con interés.

—Podrás nadar luego si quieres —le dijo él.

La llevó a los corrales, un cercado situado cerca de unos edificios cubiertos de hiedra. Paula oyó voces de hombres y ruidos de caballos y se acercó con Pedro a los animales. A diferencia de los caballos de establos a los que montaba en su país, aquellos eran descendientes de mustangs salvajes, animales fuertes con la energía necesaria para el trabajo duro que desempeñaban. Un grupo de hombres de rostros sonrientes se acercó a saludar a Pedro, entre ellos algunos a los que Paula había visto antes. Uno de ellos palmeó a uno de los caballos.

—Echa un vistazo a ese a ver si te gusta —dijo Pedro a Paula.

La joven se subió al primer travesaño de la valla para poder llegar a las orejas del caballo y le habló con suavidad mientras le acariciaba la cabeza, diciéndole que era un animal muy atractivo y que le gustaría montarlo al día siguiente. Él relinchó débilmente y le sopló en los dedos. Pedro se echó a reír.

—Creo que dice que le gustaría mucho.

Le presentó a los hombres y Paula los saludó con simpatía.

—Mañana daremos un paseo corto —dijo Pedro cuando regresaban a la casa.

—Mejor. Así podré sentarme luego, y además, me gustaría ayudar a tu madre.

—Mariana y la cocinera están ya con eso, y también las ayudarán familiares. Vendrán amigos y vecinos a la comida y llevan ya días con los preparativos.

Ella lo miró alarmada.

—Tenía que haber traído un vestido más apropiado para la ocasión.

Él se echó a reír.

—Eres una historiadora, pero también eres mujer. Y me siento muy agradecido por eso —le susurró al oído.

—No es cosa de risa, Pedro.

Él la besó.

—No será una comida de Navidad como las que estás habituada. Será un churrasco bajo los árboles, así que no necesitas un vestido de baile.

—Eso es un alivio —se miró los zapatos bajos de ante—. Pero hay otro problema. No tengo botas de montar.

—No importa, te buscaremos unas.

Aquella noche tomaron una cena informal en la veranda.

—Los días antes de Navidad hacemos cenas sencillas —dijo Ana a su invitada—. Pero ese día vendrán nuestros amigos al churrasco de Estancia Grande.

—Me gustaría ayudar de algún modo.

—Después de viajar desde tan lejos, no podemos dejarte trabajar —Horacio le llevó la copa de vino—. Y Pedro te llevará a montar por la mañana.

Después de la cena, Ana llevó a su invitada al salón.

—Mira, Paula. Aquí están los regalos que nos ha hecho Pedro por nuestro aniversario.

—¡Han llegado! —Paula sonrió al ver los dos cuadros colgados a ambos lados de la gran chimenea de piedra. La chica del vestido blanco parecía sonreír con timidez al joven del brillo en los ojos—. ¡Qué maravilla! Ahora está muy bien, Pedro.

—Porque tú trabajaste con él —Roberto le besó la mano—. Eres una mujer inteligente.

Horacio sonrió a su esposa.

—Paula, Ana quiere contarte una historia.

A la joven le fascinó escuchar que, después de que Pedro hubiera mencionado su parecido con el joven del cuadro, su madre había pasado horas investigando su árbol genealógico ante el ordenador.

—Debido a esa investigación, algunos días nos veíamos solos en la cena —comentó su esposo con sequedad.

Ana lo miró con ojos brillantes.

—Es mejor que pase el tiempo con un ordenador que con un amante, ¿No?

—Mucho mejor —asintió su hijo con fervor—. Papá lo mataría.

—Es cierto —corroboró Horacio, con tal seriedad que Paula no pudo evitar reír—. Los gauchos son esposos celosos —informó a la joven. Miró a su esposa—. Continúa.

La investigación de Ana la había llevado hasta José Luis Zolezzi, un antepasado que había trabajado en el comercio del vino a finales del siglo XVIII.

—Pasó mucho tiempo en Inglaterra, en una ciudad llamada Ipswich.

—Allí vivió Gainsborough —comentó Paula, encandilada.

—Sí —Ana sonrió triunfante—. Desgraciadamente, no tengo papeles que prueben que el retrato es de Zolezzi—Ana tomó a su hijo de la mano y lo llevó hasta que quedó situado debajo del retrato—. Pero Pedro es prueba suficiente, ¿No? Si le recojo el pelo a la espalda…

Pedro se escabulló riendo.

—Nada de cintas, por favor.

Más tarde hablaron animadamente mientras tomaban café, pero cuando Pedro vió que Paula reprimía un bostezo, se puso en pie y le tendió la mano.

—Estás cansada, y si vamos a montar por la mañana, tenemos que salir pronto. ¿Todavía lo deseas?

—Si puedes encontrarme botas, sí.

—Yo tengo unas que quizá te sirvan —intervino Ana—. Pero para levantarte pronto, tienes que irte a dormir ya, querida.

—¿A qué hora debo levantarme? —preguntó Paula a Pedro cuando la acompañaba a su habitación.

—Yo te llamaré —prometió él. La tomó en sus brazos en cuanto entraron en la estancia y cerró la puerta—. Me muero de ganas de hacerte el amor —la besó con un ansia abrumadora, a la que ella respondió con la misma pasión.

—Yo también —dijo sin aliento—. Pero eso no va a pasar ahora, así que vete ya.

Pedro la besó de nuevo con fruición.

—Esto es una tortura —dijo con voz ronca. La soltó—. Nos veremos por la mañana.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 31

—La doctora Chaves de Inglaterra.

Todos a una se quitaron el sombrero y sonrieron a Paula. Uno de ellos tomó las riendas del caballo de Pedro y el grupo dió media vuelta y se alejó al galope. Ana Alfonso sonrió a su esposo.

—Ven, querido; iremos nosotros delante. No tarden mucho, Pedro.

Éste tomó las manos de Paula en las suyas.

—Has venido.

—Ya ves que sí.

—¡Gracias a Dios! Tengo muchas ganas de besarte, pero no lo haré hasta que estemos solos —la miró a los ojos—. ¿O tú no quieres besarme? —apretó el paso a su lado hasta que ella alzó la mano para detenerlo.

—¡Ya no cojeas!

—Por fin te das cuenta.

Paula le miró la cara.

—Y la cicatriz ya se nota muy poco.

—¿Pero aún no soy lo bastante guapo para besarme?

Paula se echó a reír y le dió la mano. Avanzaron juntos hacia la gran casa blanca y ella vió entonces que del edificio principal salían dos alas de un solo piso.

—¿Te gusta nuestra casa? —preguntó Pedro.

—Es preciosa.

Pedro cruzó con ella una larga veranda de columnas hasta un vestíbulo amplio donde había una escalinata y un árbol de Navidad alto y brillantemente decorado. Entraron en una habitación cómoda, amueblada con sofás de piel y sillones más pequeños y femeninos tapizados en terciopelo y telas estampadas, donde los esperaba Ana.

—¿Quieres té o café, Paula?

—Té, gracias, pero primero me gustaría refrescarme un poco.

—Ven conmigo. Horacio ha ido a los corrales. Vendrá luego.

Paula siguió a su anfitriona hasta un cuarto de baño situado en el vestíbulo debajo de la escalera. Volvió al poco rato a la sala, donde Ana le sonrió con calor y Pedro se sentó con ella en un sofá.

—¿Estás muy cansada? —preguntó.

—Un poco. Tengo la sensación de llevar días viajando.

—Conozco esa sensación —comentó Ana—. Y Pedro también. Cuando llegó, tenía muchos dolores —sonrió a su hijo con orgullo—. Ahora parece otro hombre.

—Pero Paula dice que yo le gustaba antes a pesar de la cicatriz —intervino él.

—Porque es una mujer inteligente —Ana sonrió a su huésped con gratitud—. Fue una gran suerte que el señor Massey te enviara a la Quinta. Tengo mucho que contarte de mis últimos descubrimientos. Pero todavía no. Primero tienes que recuperarte de tu viaje. Y Pedro tiene que subir a bañarse. Huele a caballo.

Él miró a Paula.

—¿Te ha gustado el pequeño espectáculo que te he preparado?

—Inmensamente. Ha sido toda una muestra de maestría. ¿Los hombres visten así siempre?

Pedro asintió.

—Para montar con el ganado, sí, porque es la ropa más práctica. Pero aparte de eso, los jóvenes llevan vaqueros, montan en moto y conducen todoterrenos como en el resto del país.

Ana se levantó.

—Ven, Paula. Te acompañaré a tu habitación —movió la cabeza cuando Pedro se levantó a su vez—. Tú ve a bañarte. Yo me ocupo de nuestra invitada.

Él sonrió e hizo una pequeña reverencia.

—Dense prisa.

Ana llevó a Paula al segundo piso.

—Espero que te guste tu habitación.

La introdujo en una estancia amplia situada al final del pasillo. Estaba amueblada de un modo similar al de la Quinta, pero con madera más clara, a juego con el tono cobrizo dorado de la madera del suelo. Las ventanas daban a un jardín lleno de flores rodeadas de setos grandes.

—Es precioso —la joven sonrió a Ana—. No esperaba un jardín así en un rancho de ganado.

—Es obra mía —dijo su anfitriona—. Cuando Horacio me trajo aquí, solo había hierba, árboles y el corral con los caballos.

—¿Lo has hecho tú? —preguntó Paula, atónita.

La mujer se echó a reír.

—Tengo ayuda, pero el diseño es mío y trabajo en él casi todos los días. El cuarto de baño está en esa puerta, pero ahora tenemos que volver con mi impaciente hijo — se detuvo antes de salir—. ¿Te gusta Pedro? —preguntó.

Paula asintió.

—Mucho.

Ana sonrió con malicia.

—Es evidente que tú también le gustas mucho.

Cuando bajaron, Horacio charlaba con su hijo y ambos tenían un vaso de cerveza en la mano. Tomaron una copa en la veranda, pero después Horacio fue a su despacho a trabajar un rato y sugirió que Pedro enseñara la estancia a su invitada.

—Quizá Paula quiera descansar en su cuarto —protestó Ana.

—Pues la llevaré a su cuarto —Pedro se levantó—. Después exploraremos el exterior.

Cuando llegaron a la habitación, él cerró la puerta y la abrazó.

—Por fin puedo besarte. Si quieres, claro.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 30

Fabián y Laura acompañaron a Paula al aeropuerto de Heathrow para tomar el vuelo hasta Sao Paulo.

—En primera clase te darán una cama —le informó Fabián—. O eso dice mi jefe. Yo nunca he tenido el placer.

Cuando por fin subió al avión, a Paula le sorprendió ver que solo había catorce pasajeros en primera clase. El vuelo sería obviamente más cómodo que otros que había hecho, pero ella llevaba varias noches nerviosa por la idea de volver a ver a Pedro. Quizá cuando volvieran a verse no sentirían lo mismo que en la Quinta. Pero ya era demasiado tarde para tener dudas, así que, después de comer lo que le sirvieron, se dispuso a ver una película. Se adormiló y despertó muy temprano. Fue a refrescarse al baño y a cambiarse de ropa antes de desembarcar en Sao Paulo, pues había dejado el invierno de Londres para viajar al verano de Brasil. Disponía de dos horas para hacer la conexión a Porto Alegre, pero el caos en el aeropuerto era tal y le llevó tanto tiempo pasar la aduana, que llegó con el tiempo justo para embarcar. Cuando aterrizó en Porto Alegre, respiró hondo al entrar en la gran terminal abovedada del aeropuerto Salgado Filho y le pareció que su equipaje tardaba siglos en salir. Al fin se dirigió a la salida cargada de maletas y el corazón le dió un vuelco al no ver a Pedro. En su lugar, vió a un desconocido que sostenía un cartel con su nombre. Paula se presentó a él y el hombre sonrió, le mostró un carné y se presentó como Gerardo Braga, de estancia Grande. Le quitó el equipaje y le tendió una carta.

—Aquí se lo explican, doctora.

Paula leyó con rapidez:

"Mi hijo le suplica que perdone que no pueda ir a buscarla. Se ha visto retenido con el ganado. Le pide que confíe en Geraldo Braga, quien la traerá hasta Estancia Grande. Mi esposo y yo la esperamos con impaciencia. Un cordial saludo.

Ana Zolezzi de Alfonso"

Paula devolvió la carta al sobre y sonrió con valentía para ocultar su decepción.

—Obrigada, senhor Gerardo.

—Sígame, doctora.

Poco después, ella se encontró en un avión ligero con Gerardo Braga en los controles y le resultó emocionante subir y dejar atrás la ciudad. Cuando por fin volaron por encima de prados, el piloto sonrió con aprobación ante su evidente entusiasmo.

—Por favor, mire abajo. Ya estamos en terreno de Estancia Grande, doctora.

Ella vió que el verde de la hierba había dado paso a algo marrón.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Es ganado. El ganado de Estancia Grande —contestó él con orgullo.

—¿Todo eso? —ella miró sorprendida la gran mancha marrón en un paisaje que después se volvió verde de nuevo.

—Pronto verá la casa —le informó el piloto.

Cuando bajaron más, Paula vió una pista de aterrizaje que llevaba a un edificio que obviamente albergaba el avión y, a cierta distancia de él, una casa blanca resguardada por árboles, con otros edificios cercanos. El avión descendió con tal suavidad que ella apenas podía creer que estaban en tierra cuando Gerardo se levantó de su asiento para desabrocharle el cinturón. Cuando él abrió la puerta, Paula vió a un hombre y a una mujer que la saludaban con la mano y se acercaban al avión.

—El patrón y doña Ana—anunció Gerardo.

Saltó al suelo con una agilidad que ella confiaba en poder imitar, Pero en cuanto sintió los pies en el suelo, Ana Alfonso la abrazó con calor.

—Es un gran placer conocerla, doctora Chaves—dijo con una voz ronca y atractiva. La soltó con una sonrisa—. Este es mi esposo.

Él tomó la mano de Paula y, para sorpresa de ella, en lugar de estrechársela, se la besó.

—Horacio Alfonso—anunció—. Bienvenida, doctora Chaves.

—Paula, por favor —repuso ella.

—Y tú llámame Ana—dijo la madre de Pedro. Sonrió a Gerardo—. Ocúpate del equipaje, por favor.

—Agora mesmo, doña Ana.

—Pido disculpas por la ausencia de mi hijo —dijo el padre—. Se ha preocupado mucho al ver que se retrasaba.

—Ahí llega. Mira, querida.

Paula miró en la dirección que indicaba Ana y comprendió que el ruido sordo que oía era sonido de cascos. A medida que se acercaba el ruido, una nube de polvo se fue convirtiendo en un grupo de jinetes, que pararon sus monturas de pronto. Horacio rió suavemente detrás de ella cuando uno de los jinetes espoleó a su caballo por delante de los demás e inclinó la cabeza en un gesto de saludo. Al igual que los hombres detrás de él, llevaba un sombrero plano atado a la barbilla, un pañuelo atado al cuello y botas de cuero con espuelas. Bajó con gracia de la silla, con un revólver enfundado en un lado de un cinturón tachonado de plata y una navaja y una hilera de cuentas de madera en el otro. Se quitó el sombrero e hizo una pequeña reverencia.

—Bienvenida, doctora.

A Paula le dió un vuelco el corazón. ¿Aquella maravillosa criatura era el hombre que cojeaba por la Quinta das Montanhas?

—Gracias —musitó. Y tendió la mano.

Pedro se la llevó a los labios, le lanzó una mirada que convirtió las rodillas de ella en gelatina y la presentó a sus hombres.

Curaste Mi Corazón: Capítulo 29

Paula achicó los ojos.

—¿Qué le has dicho?

—Que sí, por supuesto —sonrió Juan—. Estarías loca si rechazaras unas vacaciones gratis en Brasil.

Laura le dijo lo mismo cuando la llamó en la hora del almuerzo.

—Vete, chica. Sabes que quieres ir.

Paula quería, pero no podía dejar que Pedro lo supiera.

—Has pasado por encima de mí —lo acusó esa tarde cuando llamó.

—No comprendo.

—Has hablado con Juan antes de que te dijera que quería ir.

—Pero tú dijiste que lo pensarías si tenías vacaciones, así que he llamado al señor Massey para acelerar el proceso. Mi madre te escribirá para invitarte formalmente si eso es lo que quieres, Paula.

—Muy amable de su parte.




—¿Entonces vendrás? —él hizo una pausa. Como ella no contestó, dijo con dureza—: Muy bien. Si no quieres volver a verme, olvídalo.

—¡Alto ahí! —exclamó ella con pánico—. Sí quiero volver a verte, pero todavía me duele que tardaras tanto en llamarme.

—Quería estar fuerte de nuevo antes de hablar contigo —repuso él con dureza—. ¿No puedes comprender eso?

—¿Eso es porque eres un gaucho?

—No, querida, es porque soy un hombre. Hazme feliz y dime que vendrás.

—Si lo pones así, sí, iré. Muchas gracias por invitarme. Será un placer pasar la Navidad en tu estancia.

Hubo un momento de silencio.

—¡Gracias a Dios! —exclamó él con voz ronca—. Contaré los días hasta que llegues. Mañana tienes que decirme qué día puedes salir para que organice el billete de avión.

Cuando todo estuvo arreglado, Paula pidió a Laura que organizara una comida con Fabián y Rodrigo  y sirvió champán con los bistecs.

—Es obvio que se trata de una ocasión especial —musitó Laura—. ¿Qué pasa?

—Me voy fuera en Navidad.

—Faltan meses —señaló Fabián.

—¿Vuelves a Portugal? —preguntó Rodrigo.

—No, voy a un rancho de ganado en Rio Grande do Sul.

—Para estar con Pedro Alfonso—anunció Laura. Rió con ganas al ver las caras de ellos—. Es el misterioso cliente que pagó a Paula para identificar su cuadro.

—¿El piloto de carreras? —preguntó Rodrigo.

—El mismo —respondió Paula —. Le interesa mi trabajo.

—Seguro que no es solo tu trabajo —Fabián sonrió—. Ve con cuidado.

—Me quedo en casa de sus padres, así que es todo muy respetable —le aseguró ella—. Y Pedro me ha enviado un billete en primera clase.

Una vez arreglado el tema del viaje, Pedro y ella pasaron a hablar de sus vidas.

—La noche que nos fuimos de la Quinta, la empresa de seguridad pilló al amigo fotógrafo de Eliana registrando mi habitación —le contó él—. Juró por la vida de su madre que trabajaba solo, pero no me lo creo.

—O sea que la encantadora Eliana se va de rositas una vez más.

—No hablemos más de ella. Me interesas tú.

Poco después, Pedro le contó que había empezado a pasar periodos regulares a caballo con el ganado ahora que su pierna iba mucho mejor.

—Te llamaré menos —le advirtió—. Dime que estás impaciente porque nos veamos.

Paula lo estaba. Tan impaciente que cambió de tema para que él no adivinara hasta qué punto.

—¿Sabes cuál es la talla de ropa de tu madre?

—¿Y cómo voy a saber eso?

—Concéntrate. ¿Es la misma talla que yo? ¿Es morena o rubia? ¿De qué color tiene los ojos?

—No es tan alta como tú, y es un poco más rellena. El pelo y los ojos son como los míos. ¿Por qué?

—Mañana iré a comprar regalos de Navidad.

—No me compres nada a mí —dijo él—. Lo único que quiero por Navidad es volver a verte.