No le pesaba. Trataba de no arrepentirse de nada porque Delfina decía que el arrepentimiento no servía para nada, a menos que uno aprendiera alguna lección. Le sonó el móvil, indicándole que tenía un mensaje… de su hermana: «¿Estás bien?». Paula respiró hondo y le contestó con otro mensaje: "Sí, estoy bien. Estoy en casa de Pedro. Perdona por no haberte llamado antes". No obtuvo respuesta por mensaje y, entonces, el teléfono sonó.
—Hola, Delfi.
—Pau, ¿Qué demonios estás haciendo?
Paula se había hecho esa misma pregunta más de una vez y seguía sin conocer la respuesta.
—No lo sé. Lo único que sé es que mi vida está patas arriba y estoy intentando empezar de nuevo.
Delfina suspiró.
—Cariño, ten cuidado. Los cambios pueden ser más difíciles de lo que parecen a primera vista.
—¿Eso es lo que a tí te pasó?
—¿Cuando nació Joaquín?
—Sí —dijo Paula.
—Más o menos. Antes de que naciera, sabía que iba a criarle sola, y esa no es la situación ideal.
—Sí, lo sé. Pero Joaquín es un chico fantástico —le recordó Paula a su hermana.
—Cierto, pero mi trabajo me ha costado. Pero volviendo a tí… este cambio en tu vida, este empezar de nuevo… ¿Qué piensas hacer?
—Quiero tomar las riendas de mi vida —contestó Paula—. Ayer, cuando recibí la carta en la que se rechaza mi recurso y me dí cuenta de que mi vida como bailarina de competición había llegado a su fin… Bueno, he pensado que ha llegado el momento de averiguar quién soy realmente.
—¿Y estar con Pedro te va a ayudar a averiguarlo? —le preguntó Delfina.
—No tengo ni idea. Pero, por primera vez en la vida, he actuado impulsivamente. Sabes perfectamente que desde que empecé con el baile no he hecho nada que no fuera dirigido a avanzar en mi carrera profesional. Delfi, no recuerdo ningúnmomento en mi vida en el que el baile no fuera lo más importante.
—Sí, tienes razón. Yo también me acuerdo de que tú y tu baile eran lo único que importaba en casa.
—Lo siento —dijo Paula—. Debió ser injusto para tí.
—Tienes talento, hermana. Hace mucho tiempo que te perdoné que fueras tan buena bailarina.
—Gracias —contestó Paula riendo.
—¿Por perdonarte?
—No, por ser mi hermana mayor y por quererme.
—De nada. ¿Dónde está Pedro? —preguntó Delfina.
—En la ducha. Yo estoy en su terraza, que da a la bahía Vizcaína. La vista es increíble.
Paula se levantó del asiento, rodeó la piscina y se sentó en una de las tumbonas allado del agua.
—Es como no estar en la ciudad —añadió Paula.
—Bueno, pásatelo bien, pero no olvides que actuar impulsivamente tiene sus consecuencias —dijo Delfina—. Y, al final, tendrás que volver a poner los pies en la tierra.
—Lo haré. Hoy entro a trabajar a las cinco, pero estaré en casa a eso de las diez.
—Hasta entonces. ¿Tienes el día libre mañana?
—Sí. ¿Porqué?
—Joaquín quiere ir al parque con su tía preferida.
—Dile que tenemos una cita —respondió Paula, y colgó.
—¿Con quién tienes una cita? —preguntó Pedro, saliendo a la terraza.
Paula volvió la cabeza y le miró.
—Con Joaquín, mi sobrino. Los domingos solemos ir al parque. Salimos por la mañana y dejamos a mi hermana en la cama, es el único día de la semana que no tiene que madrugar.
—Háblame de tu familia —dijo Pedro.
La señora Cushing les llevó el desayuno, lo dejó en una mesa y se marchó. Cuando se sentaron a la mesa, Pedro sirvió el café.
—¿A qué se dedica tu hermana? —preguntó Pedro.
—Es abogada.
—Así que es tan lista como tú, ¿Eh? —comentó Pedro—. ¿Qué rama de la abogacía es su especialidad?
—Asuntos familiares: divorcios, custodia de los hijos… esas cosas. Le encanta su trabajo. Pero siempre está muy ocupada, el trabajo es muy exigente y luego está Joaquín,así que no tiene tiempo libre.
—¿Dónde está el padre de Joaquín? —preguntó Pedro.
—No sé; desde luego, no forma parte de sus vidas. No quería tener hijos ni familia. Pero Delfi sí, así que cada uno fue por su lado.
Pedro dejó el tenedor en el plato.
—No comprendo a esa clase de hombres, aunque he conocido a bastantes. No comprendo cómo pueden ignorar a sus hijos. Los hijos son parte de uno mismo.
A Paula le sorprendió oírle decir eso. Le sorprendió que la familia pareciera ser tan importante para él.
—La familia es importante para tí, ¿Verdad? —preguntó Paula.
—Claro que lo es. Cuando sufrí la lesión y me ví obligado a dejar el béisbol, muchos de mis supuestos amigos me dieron la espalda. Pero mis hermanos… En fin, mis hermanos me dijeron que volviera a casa y que no me preocupara, que haríamos algo juntos. Algo que iba a resultar ser una aventura mayor que jugar al béisbol.
—¿Te has arrepentido del cambio alguna vez? —preguntó ella.
—No, nunca. Ahora no estaría aquí, contigo, de no haber sido por la lesión.
A Paula se le derritió el corazón. Ahora comprendía la advertencia de Delfina respecto a las consecuencias de sus actos, a las consecuencias de haberse acostado con Pedro. Sabía que acabaría olvidando que su relación solo era pasajera, que solo se estaban divirtiendo, y terminaría enamorándose.
martes, 17 de julio de 2018
Pasión y Baile: Capítulo 15
La luz de la mañana se filtró por la persiana. Normalmente, no le gustaba que las mujeres se quedaran hasta bien entrada la mañana en su casa, pero con Paula era diferente, no tenía prisa de que se fuera. Ella estaba acurrucada junto a él, con la cabeza sobre su hombro y rodeándole la cintura con un brazo.
La respiración de ella le acariciaba el pecho y sintió una extraña satisfacción.¿Qué iba a hacer con Paula?Debería hacer que se levantara; sin embargo, quería abrazarla y quedarse así con ella hasta que despertara. Después, le gustaría volver a hacer el amor y pasar el día entero con ella. Mientras la miraba, se preguntó qué la hacía diferente. En parte, se debía al hecho de que Paula no formaba parte de su círculo de amistades y no parecía necesitar sus contactos. Era la primera mujer que conocía que no necesitaba nada de él.
—¿Por qué me estás mirando? —le preguntó ella volviéndose para tumbarse boca arriba.
—Eres increíblemente bonita —contestó Pedro.
Cuanto más tiempo pasaba con ella, más bonita le parecía.
—Soy una auténtica Mona Lisa —dijo ella.
—Eres una mujer muy interesante, Paula—comentó Pedro, inclinándose para darle un beso—. Podría pasarme el día entero mirándote.
—No sé si…
—No lo pienses —dijo él, sellándole los labios con un dedo—. Pasemos el día juntos.
—¿Haciendo qué? —preguntó Paula—. Entro a trabajar a las cinco.
—Y yo —dijo Pedro.
Pedro se volvió y agarró el teléfono móvil, que estaba encima de la mesilla de noche. Entonces, miró en Internet el informe meteorológico y vió que era un día perfecto para navegar.
—¿Quieres salir a dar una vuelta en yate?
Paula se echó a reír.
—¿Se lo dices a todas las mujeres con las que sales?
—Sí.
—Me encantaría, pero no tengo la ropa adecuada para navegar —comentó Paula.
—En el vestíbulo de este edificio hay una boutique. ¿Cuál es tu talla?
—La seis.
—Llamaré por teléfono para que te suban algo de ropa.
—No, no es necesario. Iré a casa, me daré una ducha y me cambiaré. Podemos reunimos luego en el embarcadero.
Pedro sacudió la cabeza.
—No. Quiero pasar el día entero contigo.
—¿Y siempre consigues lo que quieres? —preguntó Paula.
—Si —mintió Pedro.
—¿Por qué tengo que quedarme? —preguntó ella.
—Porque te he pedido que lo hagas. Quiero conocerte mejor —replicó Pedro.
—En ese caso, no puedo oponerme.
—Me alegra oírtelo decir. La mujer que viene a limpiar está a punto de llegar. ¿Qué te apetece desayunar?
—Suelo tomar desayunos ligeros.
—¿Qué te parece un croissant y fruta? —sugirió Pedro.
—Bien.
—Estupendo. Y ahora, si quieres, ve a ducharte mientras yo me encargo de organizar el día. Puedes ponerte mi albornoz mientras esperamos a que te traigan la ropa.
—Gracias.
Pedro la besó y ella fue al cuarto de baño.Tan pronto como se quedó solo, él comenzó los preparativos para ese día. Se mantuvo ocupado con el fin de no pensar en hacer el amor con Paula otra vez. Se sentía más unido a ella, algo peligroso. Se puso unos pantalones deportivos y una camiseta, y se dirigió a la zona de estar de la casa. El sol iluminaba la bahía Vizcaína y se reflejaba en la superficie de la piscinade la terraza.
—Buenos días, señor —dijo la señora Gushing al entrar en el cuarto de estar.
—Buenos días, señora Gushing. Tengo una invitada y nos gustaría desayunar algo ligero: fruta, croissants, café y zumo. ¿Dentro de media hora, en la terraza?
—Muy bien, señor.
—Ah, y estoy esperando que me envíen unos paquetes los de la boutique de abajo.¿Le importaría asegurarse de que estén aquí antes del desayuno?
—Muy bien. ¿Algo más, señor?
—Una vez que hayamos desayunado, no voy a necesitarla, así que espero que disfrute de tener el resto del sábado libre.
—Gracias —dijo ella.
—De nada —repuso Pedro.
Mientras Pedro se duchaba, Paula se sentó en la terraza, al lado de la piscina con vistas a la bahía Vizcaína. La vista de aquel ático era espectacular, pero no tanto como Pedro Alfonso. El día anterior había recibido un duro golpe: la Federación Internacional de Baile de Salón había rechazado su recurso. No volvería a participar en el baile de competición. Sin embargo, haber ido a esa casa y haber pasado la noche con Pedro… ¿Por qué lo había hecho?
La respiración de ella le acariciaba el pecho y sintió una extraña satisfacción.¿Qué iba a hacer con Paula?Debería hacer que se levantara; sin embargo, quería abrazarla y quedarse así con ella hasta que despertara. Después, le gustaría volver a hacer el amor y pasar el día entero con ella. Mientras la miraba, se preguntó qué la hacía diferente. En parte, se debía al hecho de que Paula no formaba parte de su círculo de amistades y no parecía necesitar sus contactos. Era la primera mujer que conocía que no necesitaba nada de él.
—¿Por qué me estás mirando? —le preguntó ella volviéndose para tumbarse boca arriba.
—Eres increíblemente bonita —contestó Pedro.
Cuanto más tiempo pasaba con ella, más bonita le parecía.
—Soy una auténtica Mona Lisa —dijo ella.
—Eres una mujer muy interesante, Paula—comentó Pedro, inclinándose para darle un beso—. Podría pasarme el día entero mirándote.
—No sé si…
—No lo pienses —dijo él, sellándole los labios con un dedo—. Pasemos el día juntos.
—¿Haciendo qué? —preguntó Paula—. Entro a trabajar a las cinco.
—Y yo —dijo Pedro.
Pedro se volvió y agarró el teléfono móvil, que estaba encima de la mesilla de noche. Entonces, miró en Internet el informe meteorológico y vió que era un día perfecto para navegar.
—¿Quieres salir a dar una vuelta en yate?
Paula se echó a reír.
—¿Se lo dices a todas las mujeres con las que sales?
—Sí.
—Me encantaría, pero no tengo la ropa adecuada para navegar —comentó Paula.
—En el vestíbulo de este edificio hay una boutique. ¿Cuál es tu talla?
—La seis.
—Llamaré por teléfono para que te suban algo de ropa.
—No, no es necesario. Iré a casa, me daré una ducha y me cambiaré. Podemos reunimos luego en el embarcadero.
Pedro sacudió la cabeza.
—No. Quiero pasar el día entero contigo.
—¿Y siempre consigues lo que quieres? —preguntó Paula.
—Si —mintió Pedro.
—¿Por qué tengo que quedarme? —preguntó ella.
—Porque te he pedido que lo hagas. Quiero conocerte mejor —replicó Pedro.
—En ese caso, no puedo oponerme.
—Me alegra oírtelo decir. La mujer que viene a limpiar está a punto de llegar. ¿Qué te apetece desayunar?
—Suelo tomar desayunos ligeros.
—¿Qué te parece un croissant y fruta? —sugirió Pedro.
—Bien.
—Estupendo. Y ahora, si quieres, ve a ducharte mientras yo me encargo de organizar el día. Puedes ponerte mi albornoz mientras esperamos a que te traigan la ropa.
—Gracias.
Pedro la besó y ella fue al cuarto de baño.Tan pronto como se quedó solo, él comenzó los preparativos para ese día. Se mantuvo ocupado con el fin de no pensar en hacer el amor con Paula otra vez. Se sentía más unido a ella, algo peligroso. Se puso unos pantalones deportivos y una camiseta, y se dirigió a la zona de estar de la casa. El sol iluminaba la bahía Vizcaína y se reflejaba en la superficie de la piscinade la terraza.
—Buenos días, señor —dijo la señora Gushing al entrar en el cuarto de estar.
—Buenos días, señora Gushing. Tengo una invitada y nos gustaría desayunar algo ligero: fruta, croissants, café y zumo. ¿Dentro de media hora, en la terraza?
—Muy bien, señor.
—Ah, y estoy esperando que me envíen unos paquetes los de la boutique de abajo.¿Le importaría asegurarse de que estén aquí antes del desayuno?
—Muy bien. ¿Algo más, señor?
—Una vez que hayamos desayunado, no voy a necesitarla, así que espero que disfrute de tener el resto del sábado libre.
—Gracias —dijo ella.
—De nada —repuso Pedro.
Mientras Pedro se duchaba, Paula se sentó en la terraza, al lado de la piscina con vistas a la bahía Vizcaína. La vista de aquel ático era espectacular, pero no tanto como Pedro Alfonso. El día anterior había recibido un duro golpe: la Federación Internacional de Baile de Salón había rechazado su recurso. No volvería a participar en el baile de competición. Sin embargo, haber ido a esa casa y haber pasado la noche con Pedro… ¿Por qué lo había hecho?
Pasión y Baile: Capítulo 14
—Sí, mucho. ¿Quieres desnudarte? —preguntó él con una sonrisa traviesa.
—Más de lo que puedes imaginar, pero creía que querías esperar.
—Touché —dijo Pedro al tiempo que le pasaba la mano por la espalda y le desabrochaba el sujetador. Después de quitárselo, la hizo apartarse de él—. No puedo verte con esta luz.
Pedro se levantó y encendió la lámpara de la mesilla de noche.
—Quítate la blusa —le ordenó él.
Paula se quitó la blusa y el sujetador mientras Pedro se despojaba de la camisa. Los músculos de su torso eran pronunciados. También tenía una mata de vello clarocubriéndole el pecho, el bello se estrechaba en línea descendente hasta desaparecerpor la cinturilla de los pantalones. Paula se puso en pie, colocándose al lado de Pedro. Le acarició el pecho, los pezones,más abajo…
Pedro se quedó quieto, dejándose acariciar. Y a ella le gustó la sensación del vello de él en la palma de su mano. Le gustó el calor de ese cuerpo viril y su fuerza. Inclinándose sobre él, le besó la nuca. Él le acarició la espalda. Después, le sintió boyarle la cremallera lateral de la falda y, al momento, ésta cayó a sus pies. Le tomó las manos y, apartándose de ella, se la quedó mirando.
—Algún día te pediré que bailes para mí… a solas —dijo Pedro.
—Puede que lo haga —contestó ella—. Pero a condición de que tú hagas otra cosa por mí.
Pedro asintió y se llevó las manos al cinturón. Despacio, se desabrochó el cinturón yse bajó los pantalones.
—Ven aquí.
—No, ven tú aquí —dijo ella.
Pedro arqueó una ceja, mirándola, y se le acercó. Ella le empujó hasta tumbarle en la cama; después, se colocó encima de él, con las piernas a sus costados y las manos ensus hombros. Se frotó el sexo con el de Pedro y le sintió moverse.
—¿Te gusta esto? —preguntó Paula.
—Sí.
Paula le agarró las caderas y la hizo frotarse contra su pene. Ella echó la cabeza hacia atrás, disfrutando aquella sensación que se le extendió por el cuerpo. La piel sele erizó y los pezones se le irguieron. Pedro se incorporó en la cama y le chupó los pezones.
—Te deseo —dijo él.
—Lo sé —susurró Paula inclinándose sobre él, frotándose contra él.
—¿Por qué no nos hemos desnudado del todo? —preguntó Pedro.
—Yo… no lo sé. Creía que querías desnudarme.
Tiró de ella hasta que ambos quedaron tumbados de costado. Entonces, le puso una mano en las caderas, tiró del elástico de las bragas y se las bajó. Ella se alzó ligeramente para facilitarle la tarea y Pedro tiró las bragas al suelo.
—Túmbate bocarriba —dijo él—. Quiero grabar en mi mente la forma como te ves en mi cama.
A Paula le gustó la idea.
—¿Cómo me veo en tu cama?
—Como una sirena, hermosa y tentadora. Incitándome a adentrarme en aguas peligrosas.
Paula levantó una rodilla y separó las piernas.
—Yo no soy peligrosa, Pedro.
Él sacudió la cabeza.
—Eres la clase de peligro que me gusta, y sumamente adictiva.
Pedro se quitó la ropa interior y, completamente desnudo, se quedó de pie junto a la cama. Su erección era larga y ancha, y Jen se mordió los labios al pensar que iba a tenerle dentro. Paula alargó una mano y le tocó la punta del miembro, y éste engordó aún más. Pasó un dedo por el borde y luego lo rodeó con la mano entera. Pedro avanzó una cadera hacia ella. Tenía una rodilla en la cama y las manos en sus muslos cuando, de repente, retrocedió.
—Maldición. ¿Estás tomando la píldora?
—Sí —respondió Paula—. Soy bailarina, no puedo permitirme el lujo de quedarme embarazada.
—Estupendo. En ese caso, no es necesario que me ponga un condón —dijo Pedro.
—La verdad es que… quiero que te pongas un condón —interpuso Paula—. Vas con bastantes mujeres.
Le dolía decir eso, pero no iba a correr riesgos con su salud.
—Supongo que tienes razón. Espera un segundo.
Pedro se alejó de la cama, pero volvió en menos de un minuto. Entonces, se colocó encima de ella, pero, al principio, apoyó el peso en los codos y las rodillas. La besó de la garganta al pecho; después, le mordisqueó el ombligo.
El sexo se le humedeció. Quería a Pedro dentro de su cuerpo, no quería esperar un segundo más; pero también le gustaba lo que él le estaba haciendo y no quería pedirleque lo dejara. Pedro se deslizó hacia abajo, entre los muslos de ella, y comenzó a acariciarle elclítoris con la lengua. Sus caricias íntimas la dejaron sin aire. Era la primera vez que un hombre le hacía eso. Le agarró la cabeza con las manos para sujetarle. Estaba tan próxima al orgasmo que no quería que él se moviera… todavía, no. Pedro le introdujo un dedo y ella gimió. Movió las piernas, le rodeó con ellas la cabeza. Y cuando le metió otro dedo y continuó acariciándola dentro, el placer le resultó insoportable.
—Voy a correrme —dijo Paula.
Pedro levantó la cabeza y la miró.
—Hazlo.
Pedro volvió a bajar la cabeza y la mordisqueó íntimamente. Ella se puso tensa y el clímax la sacudió. Agarró la cabeza de él y la apretó contra sí mientras levantaba las caderas de la cama. Continuó presa de los espasmos y Pedro, mientras subía por la cama, mantuvo los dedos dentro de ella. Entonces, colocó el miembro en el umbral de su cuerpo y esperó un minuto. Sentir la punta de su miembro renovó su deseo. Paula arqueó las caderas en un intento por facilitarle la entrada, pero él sacudió lacabeza.
—Quiero ir despacio.
—Y yo te quiero dentro, Pedro. Ya.
Pedro se tomó su tiempo; por fin, una vez dentro, comenzó a moverse despacio. La sensación de estar en el cuerpo de ella era maravillosa. Se movió con más rapidez mientras le agarraba las caderas con fuerza. Bajó la cabeza y le besó la garganta, le susurró palabras de pasión al oído y la llevó, una vez más, al borde del clímax. Paula le agarró las nalgas, tirando de él hacia sí. Pedro pronunció su nombre con ungemido en el momento en que ella tenía otro orgasmo. Esta vez, el orgasmo fue mucho más intenso. Él se movió dentro de ella con frenesí y gritó su nombre justo en el momento en que alcanzó el clímax. Cuando pudo moverse, se tumbó de costado con los brazos alrededor de ella.
Una vez que el sudor de sus cuerpos se hubo secado, Paula le miró a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Había sido la experiencia más intensa de su vida. Sin embargo, Pedro Alfonso no solo era, prácticamente, un desconocido, sino también su jefe. ¿Qué había hecho?
—Más de lo que puedes imaginar, pero creía que querías esperar.
—Touché —dijo Pedro al tiempo que le pasaba la mano por la espalda y le desabrochaba el sujetador. Después de quitárselo, la hizo apartarse de él—. No puedo verte con esta luz.
Pedro se levantó y encendió la lámpara de la mesilla de noche.
—Quítate la blusa —le ordenó él.
Paula se quitó la blusa y el sujetador mientras Pedro se despojaba de la camisa. Los músculos de su torso eran pronunciados. También tenía una mata de vello clarocubriéndole el pecho, el bello se estrechaba en línea descendente hasta desaparecerpor la cinturilla de los pantalones. Paula se puso en pie, colocándose al lado de Pedro. Le acarició el pecho, los pezones,más abajo…
Pedro se quedó quieto, dejándose acariciar. Y a ella le gustó la sensación del vello de él en la palma de su mano. Le gustó el calor de ese cuerpo viril y su fuerza. Inclinándose sobre él, le besó la nuca. Él le acarició la espalda. Después, le sintió boyarle la cremallera lateral de la falda y, al momento, ésta cayó a sus pies. Le tomó las manos y, apartándose de ella, se la quedó mirando.
—Algún día te pediré que bailes para mí… a solas —dijo Pedro.
—Puede que lo haga —contestó ella—. Pero a condición de que tú hagas otra cosa por mí.
Pedro asintió y se llevó las manos al cinturón. Despacio, se desabrochó el cinturón yse bajó los pantalones.
—Ven aquí.
—No, ven tú aquí —dijo ella.
Pedro arqueó una ceja, mirándola, y se le acercó. Ella le empujó hasta tumbarle en la cama; después, se colocó encima de él, con las piernas a sus costados y las manos ensus hombros. Se frotó el sexo con el de Pedro y le sintió moverse.
—¿Te gusta esto? —preguntó Paula.
—Sí.
Paula le agarró las caderas y la hizo frotarse contra su pene. Ella echó la cabeza hacia atrás, disfrutando aquella sensación que se le extendió por el cuerpo. La piel sele erizó y los pezones se le irguieron. Pedro se incorporó en la cama y le chupó los pezones.
—Te deseo —dijo él.
—Lo sé —susurró Paula inclinándose sobre él, frotándose contra él.
—¿Por qué no nos hemos desnudado del todo? —preguntó Pedro.
—Yo… no lo sé. Creía que querías desnudarme.
Tiró de ella hasta que ambos quedaron tumbados de costado. Entonces, le puso una mano en las caderas, tiró del elástico de las bragas y se las bajó. Ella se alzó ligeramente para facilitarle la tarea y Pedro tiró las bragas al suelo.
—Túmbate bocarriba —dijo él—. Quiero grabar en mi mente la forma como te ves en mi cama.
A Paula le gustó la idea.
—¿Cómo me veo en tu cama?
—Como una sirena, hermosa y tentadora. Incitándome a adentrarme en aguas peligrosas.
Paula levantó una rodilla y separó las piernas.
—Yo no soy peligrosa, Pedro.
Él sacudió la cabeza.
—Eres la clase de peligro que me gusta, y sumamente adictiva.
Pedro se quitó la ropa interior y, completamente desnudo, se quedó de pie junto a la cama. Su erección era larga y ancha, y Jen se mordió los labios al pensar que iba a tenerle dentro. Paula alargó una mano y le tocó la punta del miembro, y éste engordó aún más. Pasó un dedo por el borde y luego lo rodeó con la mano entera. Pedro avanzó una cadera hacia ella. Tenía una rodilla en la cama y las manos en sus muslos cuando, de repente, retrocedió.
—Maldición. ¿Estás tomando la píldora?
—Sí —respondió Paula—. Soy bailarina, no puedo permitirme el lujo de quedarme embarazada.
—Estupendo. En ese caso, no es necesario que me ponga un condón —dijo Pedro.
—La verdad es que… quiero que te pongas un condón —interpuso Paula—. Vas con bastantes mujeres.
Le dolía decir eso, pero no iba a correr riesgos con su salud.
—Supongo que tienes razón. Espera un segundo.
Pedro se alejó de la cama, pero volvió en menos de un minuto. Entonces, se colocó encima de ella, pero, al principio, apoyó el peso en los codos y las rodillas. La besó de la garganta al pecho; después, le mordisqueó el ombligo.
El sexo se le humedeció. Quería a Pedro dentro de su cuerpo, no quería esperar un segundo más; pero también le gustaba lo que él le estaba haciendo y no quería pedirleque lo dejara. Pedro se deslizó hacia abajo, entre los muslos de ella, y comenzó a acariciarle elclítoris con la lengua. Sus caricias íntimas la dejaron sin aire. Era la primera vez que un hombre le hacía eso. Le agarró la cabeza con las manos para sujetarle. Estaba tan próxima al orgasmo que no quería que él se moviera… todavía, no. Pedro le introdujo un dedo y ella gimió. Movió las piernas, le rodeó con ellas la cabeza. Y cuando le metió otro dedo y continuó acariciándola dentro, el placer le resultó insoportable.
—Voy a correrme —dijo Paula.
Pedro levantó la cabeza y la miró.
—Hazlo.
Pedro volvió a bajar la cabeza y la mordisqueó íntimamente. Ella se puso tensa y el clímax la sacudió. Agarró la cabeza de él y la apretó contra sí mientras levantaba las caderas de la cama. Continuó presa de los espasmos y Pedro, mientras subía por la cama, mantuvo los dedos dentro de ella. Entonces, colocó el miembro en el umbral de su cuerpo y esperó un minuto. Sentir la punta de su miembro renovó su deseo. Paula arqueó las caderas en un intento por facilitarle la entrada, pero él sacudió lacabeza.
—Quiero ir despacio.
—Y yo te quiero dentro, Pedro. Ya.
Pedro se tomó su tiempo; por fin, una vez dentro, comenzó a moverse despacio. La sensación de estar en el cuerpo de ella era maravillosa. Se movió con más rapidez mientras le agarraba las caderas con fuerza. Bajó la cabeza y le besó la garganta, le susurró palabras de pasión al oído y la llevó, una vez más, al borde del clímax. Paula le agarró las nalgas, tirando de él hacia sí. Pedro pronunció su nombre con ungemido en el momento en que ella tenía otro orgasmo. Esta vez, el orgasmo fue mucho más intenso. Él se movió dentro de ella con frenesí y gritó su nombre justo en el momento en que alcanzó el clímax. Cuando pudo moverse, se tumbó de costado con los brazos alrededor de ella.
Una vez que el sudor de sus cuerpos se hubo secado, Paula le miró a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Había sido la experiencia más intensa de su vida. Sin embargo, Pedro Alfonso no solo era, prácticamente, un desconocido, sino también su jefe. ¿Qué había hecho?
Pasión y Baile: Capítulo 13
—Comprendo lo que dices. A mí me encanta bailar y puedo hacerlo todas las noches.
La mirada de Paula se perdió y él se dió cuenta de que ella no le había contado todo.
—Supongo que había llegado tan lejos como me era posible en esa dirección — añadió Paula—. Un buen momento para cambiar.
—Y ahora, además, vas a pasar una mañana conmigo —dijo él.
—¡Pedro, no te vendas tan barato! —exclamó ella con una carcajada.
—Eso nunca —dijo él, y la besó.
El consejo que Pedro le había dado tenía sentido y le gustaba la forma como lo había hecho, sin dárselas de saberlo todo. Llevaba sorprendiéndola toda la noche.
—La verdad es que no tengo hambre —dijo ella.
No había ido a casa de Pedro para comer y ambos lo sabían.
—Yo tampoco.
Pedro rodeó el mostrador y la hizo ponerse en pie.
—¿Quieres ver el resto de la casa?—Sí.La llevó por el pasillo, en dirección a su dormitorio.
En las paredes colgaban exquisitas pinturas de vivos colores que la hicieron pensar en México. La casa de Pedro era muy moderna. Pero no era fría, sino cálida y acogedora, y le sorprendió sentirsetan cómoda allí. Señaló una foto suya con la gorra de los Yankees.
—¿Cuándo te sacaron esta foto?
—La primera temporada que jugué. Mi padre quería… estaba orgulloso de que me hubiera hecho profesional. Siempre que podía, que él no jugaba, venía a verme. Esta foto estaba colgada en su habitación en nuestra casa de Fisher Island.
—¿Cuándo murió tu padre?
—Dos semanas después de que yo me lesionara. Me alegro de que no se enterase de que yo no iba a volver a jugar al béisbol.
—Creo que se sentiría orgulloso de tí —dijo ella.
Sabía que, al margen de lo que hubiera hecho, sus padres se habrían sentido orgullosos de ella. Delfina siempre decía que lo único que los padres querían era quesus hijos fueran felices; por supuesto, se refería a sí misma y a su hijo de siete años, Joaquín.
—No sé por qué te estoy contando todo esto. ¿Por qué? —preguntó Pedro.
—La gente suele contarme cosas —respondió Paula—. Supongo que me ven como una chica tranquila, que no supone ninguna amenaza para nadie. Ya sabes, alguien a quien se le puede contar un secreto.
—Te has llamado «chica» a tí misma.
En broma, Paula le dió un puñetazo en el hombro.
—Una cosa es que lo haga yo y otra muy distinta es que lo haga un hombre.
Pedro sonrió.
—Cuando creo que empiezo a conocerte, vas y me sorprendes con algo que no esperaba de tí.
—Espero no ser demasiado fácil de comprender —dijo ella.
—No, no lo eres. Eres muy complicada —Pedro la rodeó con los brazos—. Y muy hermosa.
Se inclinó sobre ella y, al oído, le susurró lo sensual que era, lo atractiva que la encontraba y lo mucho que la deseaba. El aliento de Pedro era cálido y le gustaba lo que le estaba diciendo. La hacía sentirse como si no estuviera incompleta. Y era eso, pensó. Desde querechazaron su recurso, se había sentido destrozada; pero ahora, en sus brazos ,eso había dejado de importarle. Le echó los brazos al cuello y se puso de puntillas para besarle. Pedro le devoró laboca con la suya y ella se sintió perdida. Las manos de él le acariciaron la espalda y sedetuvieron en las caderas. Tiró de ella hacia sí. Los fuertes brazos de él, rodeándola, la hicieron sentirse delicada y femenina. Ningún hombre la había hecho sentir lo que sentía con él. Sabía que tenía el control de la situación y se lo permitió. Por fin, Pedro la levantó del suelo.
—Rodéame con las piernas y los brazos —dijo él.
Paula se aferró a él y, por fin, entraron en el dormitorio. Pedro se sentó en el borde dela cama de matrimonio. Mientras ella le miraba, él le acarició la espalda. Bajó la cabeza y la besó. Había pasión en el beso, pero también ternura, y fue la ternura lo que le llegó al corazón. Le agarró el rostro con ambas manos y le penetróla boca con la lengua. Pedro respondió al instante, enterrando los dedos de una manoen sus cabellos. La estrechó con fuerza mientras la pasión se apoderaba de ella.
Pedro se echó en la cama, tirando de ella, que acabó encima. Le acarició los pechos. Ella le desabrochó la camisa y él, despacio, le subió la blusa. Se quedó quieta, echóla cabeza hacia atrás y disfrutó el momento.
Las manos de Pedro eran cálidas, le dejó colgando la blusa. Sus grandes manos le ciñeron la cintura y tiraron de ella hacia abajo, hacia él. Sintió su aliento en el pezón; después, la boca entera. Le agarró la cabeza mientras él la chupaba a través del tejido del sujetador. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Paula trató de desabrocharse el sujetador, pero Pedro le sujetó las muñecas.
—No, todavía no. Quiero hacerlo así.
—¿En serio?
Pedro asintió. Paula bajó la mano, entre los cuerpos de ambos, y encontró el bulto de la erección de él. Le acarició por encima de los pantalones.
—¿Te gusta esto? —preguntó ella mientras Pedro arqueaba la espalda y subía las caderas.
La mirada de Paula se perdió y él se dió cuenta de que ella no le había contado todo.
—Supongo que había llegado tan lejos como me era posible en esa dirección — añadió Paula—. Un buen momento para cambiar.
—Y ahora, además, vas a pasar una mañana conmigo —dijo él.
—¡Pedro, no te vendas tan barato! —exclamó ella con una carcajada.
—Eso nunca —dijo él, y la besó.
El consejo que Pedro le había dado tenía sentido y le gustaba la forma como lo había hecho, sin dárselas de saberlo todo. Llevaba sorprendiéndola toda la noche.
—La verdad es que no tengo hambre —dijo ella.
No había ido a casa de Pedro para comer y ambos lo sabían.
—Yo tampoco.
Pedro rodeó el mostrador y la hizo ponerse en pie.
—¿Quieres ver el resto de la casa?—Sí.La llevó por el pasillo, en dirección a su dormitorio.
En las paredes colgaban exquisitas pinturas de vivos colores que la hicieron pensar en México. La casa de Pedro era muy moderna. Pero no era fría, sino cálida y acogedora, y le sorprendió sentirsetan cómoda allí. Señaló una foto suya con la gorra de los Yankees.
—¿Cuándo te sacaron esta foto?
—La primera temporada que jugué. Mi padre quería… estaba orgulloso de que me hubiera hecho profesional. Siempre que podía, que él no jugaba, venía a verme. Esta foto estaba colgada en su habitación en nuestra casa de Fisher Island.
—¿Cuándo murió tu padre?
—Dos semanas después de que yo me lesionara. Me alegro de que no se enterase de que yo no iba a volver a jugar al béisbol.
—Creo que se sentiría orgulloso de tí —dijo ella.
Sabía que, al margen de lo que hubiera hecho, sus padres se habrían sentido orgullosos de ella. Delfina siempre decía que lo único que los padres querían era quesus hijos fueran felices; por supuesto, se refería a sí misma y a su hijo de siete años, Joaquín.
—No sé por qué te estoy contando todo esto. ¿Por qué? —preguntó Pedro.
—La gente suele contarme cosas —respondió Paula—. Supongo que me ven como una chica tranquila, que no supone ninguna amenaza para nadie. Ya sabes, alguien a quien se le puede contar un secreto.
—Te has llamado «chica» a tí misma.
En broma, Paula le dió un puñetazo en el hombro.
—Una cosa es que lo haga yo y otra muy distinta es que lo haga un hombre.
Pedro sonrió.
—Cuando creo que empiezo a conocerte, vas y me sorprendes con algo que no esperaba de tí.
—Espero no ser demasiado fácil de comprender —dijo ella.
—No, no lo eres. Eres muy complicada —Pedro la rodeó con los brazos—. Y muy hermosa.
Se inclinó sobre ella y, al oído, le susurró lo sensual que era, lo atractiva que la encontraba y lo mucho que la deseaba. El aliento de Pedro era cálido y le gustaba lo que le estaba diciendo. La hacía sentirse como si no estuviera incompleta. Y era eso, pensó. Desde querechazaron su recurso, se había sentido destrozada; pero ahora, en sus brazos ,eso había dejado de importarle. Le echó los brazos al cuello y se puso de puntillas para besarle. Pedro le devoró laboca con la suya y ella se sintió perdida. Las manos de él le acariciaron la espalda y sedetuvieron en las caderas. Tiró de ella hacia sí. Los fuertes brazos de él, rodeándola, la hicieron sentirse delicada y femenina. Ningún hombre la había hecho sentir lo que sentía con él. Sabía que tenía el control de la situación y se lo permitió. Por fin, Pedro la levantó del suelo.
—Rodéame con las piernas y los brazos —dijo él.
Paula se aferró a él y, por fin, entraron en el dormitorio. Pedro se sentó en el borde dela cama de matrimonio. Mientras ella le miraba, él le acarició la espalda. Bajó la cabeza y la besó. Había pasión en el beso, pero también ternura, y fue la ternura lo que le llegó al corazón. Le agarró el rostro con ambas manos y le penetróla boca con la lengua. Pedro respondió al instante, enterrando los dedos de una manoen sus cabellos. La estrechó con fuerza mientras la pasión se apoderaba de ella.
Pedro se echó en la cama, tirando de ella, que acabó encima. Le acarició los pechos. Ella le desabrochó la camisa y él, despacio, le subió la blusa. Se quedó quieta, echóla cabeza hacia atrás y disfrutó el momento.
Las manos de Pedro eran cálidas, le dejó colgando la blusa. Sus grandes manos le ciñeron la cintura y tiraron de ella hacia abajo, hacia él. Sintió su aliento en el pezón; después, la boca entera. Le agarró la cabeza mientras él la chupaba a través del tejido del sujetador. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Paula trató de desabrocharse el sujetador, pero Pedro le sujetó las muñecas.
—No, todavía no. Quiero hacerlo así.
—¿En serio?
Pedro asintió. Paula bajó la mano, entre los cuerpos de ambos, y encontró el bulto de la erección de él. Le acarició por encima de los pantalones.
—¿Te gusta esto? —preguntó ella mientras Pedro arqueaba la espalda y subía las caderas.
jueves, 12 de julio de 2018
Pasión y Baile: Capítulo 12
El sol comenzaba a asomar por el horizonte cuando llegaron al ático de Pedro en el centro de la ciudad. No recordaba haber disfrutado tanto de una velada y sabía que lo debía a estar con Paula. Ella estaba en el vestíbulo, parecía tener sueño, pero se la veía contenta. En su opinión, la noche estaba siendo todo un éxito. La rodeó con los brazos. La deseaba. Y cada segundo que pasaba la deseaba más.
—Me gusta esto —dijo Paula caminando.
Paula se detuvo delante del ventanal del cuarto de estar, cuya altura iba del suelo al techo.
—Esta vista…
—Es increíble, ¿Verdad? —le interrumpió él, colocándose a espaldas de Paula al tiempo que le rodeaba la cintura con los brazos y se pegaba su espalda al pecho.
—Lo he pasado muy bien esta noche —confesó Paula—. No imaginaba que fuera a disfrutar tanto.
—¿Por qué no?
—No había tenido un buen día —repuso ella.
—¿No? —Pedro la condujo a la moderna cocina. Allí, la acercó a uno de los taburetes delante del mostrador.
—La noche sí ha estado bien. Pero el comienzo del día… En fin, estoy demasiado cansada para explicarme bien. Digamos que tú has hecho que mejorase un día que había empezado bastante mal.
—Me alegro. Dime, ¿Por qué había empezado mal?
—He recibido una noticia que pensaba que iba a ser otra cosa.
—¿Qué noticia? —preguntó Pedro mientras sacaba de la nevera los ingredientes para hacer tortillas.
—Hace unas horas me preguntaste sobre los secretos de mi vida, ¿Lo recuerdas? — preguntó ella.
—Sí, lo recuerdo. ¿Tiene esa noticia algo que ver con tus secretos? —preguntó Pedro.
No se le había ocurrido pensar que Paula pudiera guardar serios secretos. Era bailarina y coreógrafa. ¿Qué secretos podía tener?
—Sí, así es. No sé qué es lo que sabes de mí —dijo ella, mirando en su dirección.
—No mucho. ¿Eres bailarina profesional?
—Exacto. Mi vida siempre se ha centrado en el baile. Pero hace unos años, cometí un grave error y, desde entonces, no he podido participar en el mundo del baile de competición —declaró ella.
—¿Qué error?
—Uno que tenía que ver con un hombre —confesó Paula, mirándole con ojos cansados.
—Tiene gracia, Paula, pero yo también cambié de profesión por una mujer.
—¿En serio?
—Sí. Cuando sufrí la lesión, estaba prometido y, mientras me recuperaba, ella decidió irse con otro jugador.
—Lo siento.
—Yo no lo siento. Evidentemente, no habríamos sido felices juntos. Me enseñó una gran lección, una lección que no he olvidado —dijo él.
—¿Qué lección? —preguntó Paula.
—Que no estoy hecho para el matrimonio.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó Paula.
—Te lo digo para que no creas que eres la única que ha cometido equivocaciones a causa del amor. ¿Qué te pasó a tí?
—Me prohibieron participar en las competiciones de baile latinoamericano.Presenté un recurso y, después de un largo periodo de revisión, me lo han denegado. Se mantiene el veredicto original —Paula bajó los hombros—. Jamás volveré a competir.
—No pasa nada. Harás otras cosas —dijo él—. En el club, todas y cada una de las noches compartes tu amor por la música latinoamericana con gente nueva. Eso es importante, ¿No?
Paula sacudió la cabeza.
—No es lo mismo.
—No, no lo es. Pero así es la vida.
—Sí, así es la vida. Pero me cuesta acostumbrarme a vivir fuera del mundo del baile de competición.
—¿Hace cuánto que tuviste que dejarlo? —preguntó Pedro.
Creía que Paula llevaba trabajando en el Luna Azul un año por lo menos.
—Tres años. Presenté el recurso tan pronto como se pronunció la sentencia. No quiero parecer arrogante, pero casi siempre me salgo con la mía. Esperaba que ocurriera lo mismo con esto.
—Mi padre solía decir que, cuando ocurre algo, siempre ocurre por algún motivo — dijo Pedro, oyendo en silencio la voz de su padre—. Puede que no lo comprendamos,pero eso da igual.
Paula ladeó la cabeza y se lo quedó mirando.
—¿En serio lo crees?
—Sí, completamente en serio. Voy a contarte una cosa que no le cuento a casi nadie —dijo Pedro inclinándose, sus rostros apenas tocándose.
—¿Qué?
—Nunca me habría sentido tan satisfecho jugando al béisbol que como me siento con la vida que llevo ahora.
—¿De verdad? —Paula parecía escéptica.
—Lo digo completamente en serio. Veo a mis hermanos a diario, me pagan por divertir a mis amigos y me ocupo de que la gente lo pase bien. ¿Existe un trabajo mejor?
Paula asintió.
—Me gusta esto —dijo Paula caminando.
Paula se detuvo delante del ventanal del cuarto de estar, cuya altura iba del suelo al techo.
—Esta vista…
—Es increíble, ¿Verdad? —le interrumpió él, colocándose a espaldas de Paula al tiempo que le rodeaba la cintura con los brazos y se pegaba su espalda al pecho.
—Lo he pasado muy bien esta noche —confesó Paula—. No imaginaba que fuera a disfrutar tanto.
—¿Por qué no?
—No había tenido un buen día —repuso ella.
—¿No? —Pedro la condujo a la moderna cocina. Allí, la acercó a uno de los taburetes delante del mostrador.
—La noche sí ha estado bien. Pero el comienzo del día… En fin, estoy demasiado cansada para explicarme bien. Digamos que tú has hecho que mejorase un día que había empezado bastante mal.
—Me alegro. Dime, ¿Por qué había empezado mal?
—He recibido una noticia que pensaba que iba a ser otra cosa.
—¿Qué noticia? —preguntó Pedro mientras sacaba de la nevera los ingredientes para hacer tortillas.
—Hace unas horas me preguntaste sobre los secretos de mi vida, ¿Lo recuerdas? — preguntó ella.
—Sí, lo recuerdo. ¿Tiene esa noticia algo que ver con tus secretos? —preguntó Pedro.
No se le había ocurrido pensar que Paula pudiera guardar serios secretos. Era bailarina y coreógrafa. ¿Qué secretos podía tener?
—Sí, así es. No sé qué es lo que sabes de mí —dijo ella, mirando en su dirección.
—No mucho. ¿Eres bailarina profesional?
—Exacto. Mi vida siempre se ha centrado en el baile. Pero hace unos años, cometí un grave error y, desde entonces, no he podido participar en el mundo del baile de competición —declaró ella.
—¿Qué error?
—Uno que tenía que ver con un hombre —confesó Paula, mirándole con ojos cansados.
—Tiene gracia, Paula, pero yo también cambié de profesión por una mujer.
—¿En serio?
—Sí. Cuando sufrí la lesión, estaba prometido y, mientras me recuperaba, ella decidió irse con otro jugador.
—Lo siento.
—Yo no lo siento. Evidentemente, no habríamos sido felices juntos. Me enseñó una gran lección, una lección que no he olvidado —dijo él.
—¿Qué lección? —preguntó Paula.
—Que no estoy hecho para el matrimonio.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó Paula.
—Te lo digo para que no creas que eres la única que ha cometido equivocaciones a causa del amor. ¿Qué te pasó a tí?
—Me prohibieron participar en las competiciones de baile latinoamericano.Presenté un recurso y, después de un largo periodo de revisión, me lo han denegado. Se mantiene el veredicto original —Paula bajó los hombros—. Jamás volveré a competir.
—No pasa nada. Harás otras cosas —dijo él—. En el club, todas y cada una de las noches compartes tu amor por la música latinoamericana con gente nueva. Eso es importante, ¿No?
Paula sacudió la cabeza.
—No es lo mismo.
—No, no lo es. Pero así es la vida.
—Sí, así es la vida. Pero me cuesta acostumbrarme a vivir fuera del mundo del baile de competición.
—¿Hace cuánto que tuviste que dejarlo? —preguntó Pedro.
Creía que Paula llevaba trabajando en el Luna Azul un año por lo menos.
—Tres años. Presenté el recurso tan pronto como se pronunció la sentencia. No quiero parecer arrogante, pero casi siempre me salgo con la mía. Esperaba que ocurriera lo mismo con esto.
—Mi padre solía decir que, cuando ocurre algo, siempre ocurre por algún motivo — dijo Pedro, oyendo en silencio la voz de su padre—. Puede que no lo comprendamos,pero eso da igual.
Paula ladeó la cabeza y se lo quedó mirando.
—¿En serio lo crees?
—Sí, completamente en serio. Voy a contarte una cosa que no le cuento a casi nadie —dijo Pedro inclinándose, sus rostros apenas tocándose.
—¿Qué?
—Nunca me habría sentido tan satisfecho jugando al béisbol que como me siento con la vida que llevo ahora.
—¿De verdad? —Paula parecía escéptica.
—Lo digo completamente en serio. Veo a mis hermanos a diario, me pagan por divertir a mis amigos y me ocupo de que la gente lo pase bien. ¿Existe un trabajo mejor?
Paula asintió.
Pasión y Baile: Capítulo 11
—Me pareció lo mejor en su momento —contestó él—. Mis hermanos estaban aquí y yo había invertido dinero en el club; por lo que, oficialmente, tenía un trabajo. Mi carrera como jugador de béisbol había llegado a su fin, así que volví a casa.
—Lo dices como si no fuera nada —comentó ella, pensativa—. ¿Tan fácil te resultó abandonar tu sueño?
—¿Mi sueño?
—El béisbol —aclaró ella.
Pedro había tenido un bache, pero lo había superado.
—Lo más triste de todo, Paula, es que me dí cuenta de que no quería ser solo un jugador de béisbol.
—¿Qué era lo que querías ser? —preguntó Paula, acercándose más a él.
—Famoso —respondió Pedro—. Lo sé, es muy superficial, ¿Verdad?
—Yo también quería ser famosa —admitió Paula.
—¿En serio?
—¿Crees que bromearía con una cosa así?
—No, claro que no, perdona. La verdad es que no sé nada sobre tí. Cuéntame.
Paula respiró profundamente y bebió un sorbo de mojito. La bebida era suave y refrescante.
—Vamos, cielo —insistió Pedro—. Tu secreto está a salvo conmigo.
—¿Cielo? No me conoces lo suficiente para tomarte tantas confianzas conmigo.
—Paula, te conoceré mucho mejor antes de que acabe la noche.
—¿No te estás adelantando a los acontecimientos? —le preguntó ella.
—No. Te gusto tanto como tú me gustas a mí.
Paula asintió.
—Sí, es verdad. Por mucho que me cueste reconocerlo, quiero saber cómo es el tipo que se esconde detrás de la cámara.
—Estupendo. Espero gustarte —dijo él.
—Hasta el momento, me tienes impresionada.
Pedro bebió. La brisa de febrero le revolvió unas hebras de cabello a Paula. El alargó el brazo y se las recogió detrás de una oreja.
—Gracias —dijo ella con voz ronca y suave.
—Has dicho que querías ser famosa… ¿Haciendo qué? —preguntó Pedro.
Pedro no podía dejar de tocarla. Paula tenía la piel muy suave. Las mujeres con las que salía normalmente se preocupaban sobre todo por su aspecto físico, su imagen, por lo que raras veces le dejaban tocarlas, excepto en la cama, cuando hacían el amor. Pero Paula le dejaba tocarle la cara. Le acarició el labio inferior y ella se lo permitió. Tenía los labios entre abiertos y su aliento le acarició los dedos.
—No puedo pensar con lo que me estás haciendo —dijo ella.
—Pues no pienses —replicó Pedro.
La rodeó con los brazos y la estrechó contra sí. Sintió en el pecho el vaso con el mojito que Paula sostenía en las manos, frío y mojado. Ella se lamió los labios y comenzó a cerrar los ojos en el momento en que él bajó la cabeza. Quería que aquella noche durara una eternidad, sabía que no podía permanecer un segundo más en aquella terraza sin besarla.
A Paula le sorprendía reaccionar así con Pedro, que no era bailarín. Sacudió la cabeza, recordándose a sí misma que su vida ya no era el baile. No obstante, seguía resultándole difícil aceptarlo.
—Me parece que ya no estás pensando en besarme.
Paula se apartó de él y se mordió el labio inferior. El olor del hibisco, en unos maceteros próximos a donde se encontraban, impregnaba el aire. Ella se inclinó sobre él y las pupilas de Pedro se dilataron.
—Así está mejor.
Sí, era verdad. Le acarició los labios con los suyos. Los labios de Pedro eran sensuales y firmes; y cuando los abrió, su aliento le acarició. Pedro olía a mojito y ella cerró los ojos para disfrutar el momento. Él la estrechó contra su cuerpo. Ella sintió el calor de él y quiso grabar elmomento en su recuerdo. Entonces, los labios de Pedro volvieron a acariciar los suyos antes de penetrarle laboca con la lengua, y todo pensamiento se evaporó. Los brazos de Pedro eran grandes y fuertes, y sintió su musculatura, su fuerza. Aunque ya no era un deportista profesional, Pedro Alfonso seguía siendo un hombre muy fuerte. Ella le puso las manos en los hombros y echó la cabeza hacia atrás para mirarle el rostro. Pedro no sonreía, su expresión era intensa.
—¿Demasiado?
—Quizá —respondió ella—. Esta tarde vine a trabajar pensando que era un día cualquiera y ha resultado no serlo, Pedro.
—Bien. La vida debería estar llena de sorpresas.
Paula sacudió la cabeza.
—No, no lo creo. Si así fuera, ¿Cómo conseguiría uno cierta estabilidad?
Pedro se puso en pie y la hizo levantarse.
—La gente la proporcionaría.
—¿La familia? —preguntó ella, dejándose llevar a la barandilla de la terraza.
—O la ciudad —dijo Pedro—. Miami nunca cambia. En el fondo, la ciudad nunca cambia. Cierto que hay cambios políticos; pero, fundamentalmente, la playa y el clima subtropical hacen que la vida aquí sea bastante tranquila.
Paula, consciente del brazo de Pedro rodeándole la cintura, contempló la Calle Ocho yla vista de la Pequeña Habana.
—¿Te criaste aquí, en la Pequeña Habana?
—No, en Fisher Island.
—Ah.
Pero Paula ya lo sabía, lo había leído en las revistas. Sin embargo, por la forma como Pedro había hablado de Miami, le había dado la impresión de que conocía muy bien la ciudad. La ciudad en la que ella se había criado. Pero al ser clase media baja, ella había vivido en un lugar muy diferente a la elegante zona residencial de Fisher Island.
—¿Y tú?
—Aquí, en la ciudad.
—Entonces, supongo que sabes lo que he querido decir.
Paula cerró los ojos y pensó en la ciudad, y en los ritmos de la Calle Ocho. Pensó en la lucha diaria de la gente de clase media baja y en que sabía divertirse y celebrar cumpleaños en la playa.
—Sí, lo sé.
Entonces, Pedro la hizo volverse y, en esta ocasión, obtuvo de ella mucho más que una respuesta a un beso.
—Lo dices como si no fuera nada —comentó ella, pensativa—. ¿Tan fácil te resultó abandonar tu sueño?
—¿Mi sueño?
—El béisbol —aclaró ella.
Pedro había tenido un bache, pero lo había superado.
—Lo más triste de todo, Paula, es que me dí cuenta de que no quería ser solo un jugador de béisbol.
—¿Qué era lo que querías ser? —preguntó Paula, acercándose más a él.
—Famoso —respondió Pedro—. Lo sé, es muy superficial, ¿Verdad?
—Yo también quería ser famosa —admitió Paula.
—¿En serio?
—¿Crees que bromearía con una cosa así?
—No, claro que no, perdona. La verdad es que no sé nada sobre tí. Cuéntame.
Paula respiró profundamente y bebió un sorbo de mojito. La bebida era suave y refrescante.
—Vamos, cielo —insistió Pedro—. Tu secreto está a salvo conmigo.
—¿Cielo? No me conoces lo suficiente para tomarte tantas confianzas conmigo.
—Paula, te conoceré mucho mejor antes de que acabe la noche.
—¿No te estás adelantando a los acontecimientos? —le preguntó ella.
—No. Te gusto tanto como tú me gustas a mí.
Paula asintió.
—Sí, es verdad. Por mucho que me cueste reconocerlo, quiero saber cómo es el tipo que se esconde detrás de la cámara.
—Estupendo. Espero gustarte —dijo él.
—Hasta el momento, me tienes impresionada.
Pedro bebió. La brisa de febrero le revolvió unas hebras de cabello a Paula. El alargó el brazo y se las recogió detrás de una oreja.
—Gracias —dijo ella con voz ronca y suave.
—Has dicho que querías ser famosa… ¿Haciendo qué? —preguntó Pedro.
Pedro no podía dejar de tocarla. Paula tenía la piel muy suave. Las mujeres con las que salía normalmente se preocupaban sobre todo por su aspecto físico, su imagen, por lo que raras veces le dejaban tocarlas, excepto en la cama, cuando hacían el amor. Pero Paula le dejaba tocarle la cara. Le acarició el labio inferior y ella se lo permitió. Tenía los labios entre abiertos y su aliento le acarició los dedos.
—No puedo pensar con lo que me estás haciendo —dijo ella.
—Pues no pienses —replicó Pedro.
La rodeó con los brazos y la estrechó contra sí. Sintió en el pecho el vaso con el mojito que Paula sostenía en las manos, frío y mojado. Ella se lamió los labios y comenzó a cerrar los ojos en el momento en que él bajó la cabeza. Quería que aquella noche durara una eternidad, sabía que no podía permanecer un segundo más en aquella terraza sin besarla.
A Paula le sorprendía reaccionar así con Pedro, que no era bailarín. Sacudió la cabeza, recordándose a sí misma que su vida ya no era el baile. No obstante, seguía resultándole difícil aceptarlo.
—Me parece que ya no estás pensando en besarme.
Paula se apartó de él y se mordió el labio inferior. El olor del hibisco, en unos maceteros próximos a donde se encontraban, impregnaba el aire. Ella se inclinó sobre él y las pupilas de Pedro se dilataron.
—Así está mejor.
Sí, era verdad. Le acarició los labios con los suyos. Los labios de Pedro eran sensuales y firmes; y cuando los abrió, su aliento le acarició. Pedro olía a mojito y ella cerró los ojos para disfrutar el momento. Él la estrechó contra su cuerpo. Ella sintió el calor de él y quiso grabar elmomento en su recuerdo. Entonces, los labios de Pedro volvieron a acariciar los suyos antes de penetrarle laboca con la lengua, y todo pensamiento se evaporó. Los brazos de Pedro eran grandes y fuertes, y sintió su musculatura, su fuerza. Aunque ya no era un deportista profesional, Pedro Alfonso seguía siendo un hombre muy fuerte. Ella le puso las manos en los hombros y echó la cabeza hacia atrás para mirarle el rostro. Pedro no sonreía, su expresión era intensa.
—¿Demasiado?
—Quizá —respondió ella—. Esta tarde vine a trabajar pensando que era un día cualquiera y ha resultado no serlo, Pedro.
—Bien. La vida debería estar llena de sorpresas.
Paula sacudió la cabeza.
—No, no lo creo. Si así fuera, ¿Cómo conseguiría uno cierta estabilidad?
Pedro se puso en pie y la hizo levantarse.
—La gente la proporcionaría.
—¿La familia? —preguntó ella, dejándose llevar a la barandilla de la terraza.
—O la ciudad —dijo Pedro—. Miami nunca cambia. En el fondo, la ciudad nunca cambia. Cierto que hay cambios políticos; pero, fundamentalmente, la playa y el clima subtropical hacen que la vida aquí sea bastante tranquila.
Paula, consciente del brazo de Pedro rodeándole la cintura, contempló la Calle Ocho yla vista de la Pequeña Habana.
—¿Te criaste aquí, en la Pequeña Habana?
—No, en Fisher Island.
—Ah.
Pero Paula ya lo sabía, lo había leído en las revistas. Sin embargo, por la forma como Pedro había hablado de Miami, le había dado la impresión de que conocía muy bien la ciudad. La ciudad en la que ella se había criado. Pero al ser clase media baja, ella había vivido en un lugar muy diferente a la elegante zona residencial de Fisher Island.
—¿Y tú?
—Aquí, en la ciudad.
—Entonces, supongo que sabes lo que he querido decir.
Paula cerró los ojos y pensó en la ciudad, y en los ritmos de la Calle Ocho. Pensó en la lucha diaria de la gente de clase media baja y en que sabía divertirse y celebrar cumpleaños en la playa.
—Sí, lo sé.
Entonces, Pedro la hizo volverse y, en esta ocasión, obtuvo de ella mucho más que una respuesta a un beso.
Pasión Y Baile: Capítulo 10
Pedro se encogió de hombros.
—La vida puede dar muchas vueltas.
—Sí, lo sé —respondió ella.
—Siéntate, Paula. Cuéntame qué te hizo venir a trabajar aquí.
Paula tragó saliva y sacudió la cabeza.
—Preferiría no hablar de eso. Prefiero bailar la samba que están tocando.
Pedro se puso en pie y la condujo a la pista de baile. Tan pronto como llegaron ahí, él se volvió y ella comenzó a bailar. Los pasos de samba eran muy rápidos, pero él notuvo problemas en seguirla. Paula era una gran bailarina, su ágil cuerpo se movía al ritmo de la música al tiempoque le sostenía la mirada. La atrajo hacia sí mientras se movían y sintió el cuerpo de Paula rozando el suyo. Ella le miró y Pedro se dió cuenta de que algo había cambiado entre los dos. Y en el momento en que la canción llegó a su fin, él la abrazó y la besó.
El tiempo transcurrió sin sentir. Pasó la noche bailando con Pedro. Y por primera vez desde que tuvo que dejar el mundo del baile de competición, se sintió viva. Le preocupaba que fuera un hombre el motivo de ello. Además, sabía que lo queestaba ocurriendo aquella noche acabaría ahí. Imposible pasar con Pedro más de unanoche. Él se codeaba con gente que salía en las revistas del corazón. Y aunque se estaban mostrando muy amables con ella, sabía que al día siguiente ni siquiera la reconocerían.
—Me apetece beber algo —dijo Pedro, sacándola de la pista de baile—. Puede que tú estés acostumbrada a bailar tanto, pero yo no.
—No me ha parecido que te estuvieras esforzando —comentó Paula.
—No podía permitir que una chica me dejara fuera de juego.
—¿Una chica? A las mujeres no nos gusta que nos llamen chicas —le dijo ella.
—Perdona, no era mi intención ofenderte.
Pedro, con un brazo, tiró de ella hacia sí. Los dos estaban sudorosos y le gustó cómo olía él. Se pegó a su cuerpo durante unos segundos, hasta que se dió cuenta de lo que estaba haciendo.
—Quédate como estás, me gusta sentirte cerca —dijo él, estrechándola contra sí.
—A mí también me gusta —respondió Paula con voz suave.
Entonces, alzó la mirada y la clavó en los negros ojos de Pedro.
—Estupendo. Y ahora, ¿Qué tal un mojito?
—Prefiero agua —respondió ella.
Había bailado y bebido demasiado. Y Pedro también se le había subido a la cabeza.
—Primero, agua, después, mojitos. No me gusta beber solo.
—No creo que eso sea un problema para tí, siempre vas con alguien del brazo.
—No siempre —respondió Pedro.
Y mientras Pedro se alejaba de ella, Paula se dió cuenta de que ese hombre era algo más que un playboy. Cuando él regresó, la llevó a un lugar apartado, detrás del escenario, donde se encontraron los dos solos. Le dió el agua y ella bebió, contenta de hidratarse después de tanto baile.
—Me encanta la vista desde aquí —dijo Pedro, tirando de ella hacia la barandilla que recorría el perímetro de la terraza.
Paula paseó la vista por la Pequeña Habana y más allá, a la silueta de los edificios de Miami. Localizó las brillantes luces del hotel Four Seasons, el edificio más grande de Florida. Sí, era una vista impresionante.
—Sí, te comprendo —contestó ella—. Háblame del club y de cómo acabaste trabajando aquí.
Pedro arqueó una ceja, mirándola.
—Creía que todo el mundo lo sabía.
Paula sacudió la cabeza.
—No. Bueno, sé lo que dijeron los periódicos y oí rumores, pero quiero saber lo que pasó de verdad.
¿Por qué Pedro Alfonso dejó el béisbol para codirigir un club en el sur de Florida con sus hermanos, en vez de dedicarse al cine? Paula se bebió el resto del agua y dejó el vaso en una mesa de hierro. Pedro la agarró del brazo y la condujo a un banco junto a unos árboles.
—Te contaré mis secretos a cambio de que tú me cuentes los tuyos, ¿Te parece? — sugirió Pedro.
Ella asintió.
—Pero yo no soy tan interesante como tú. Sin embargo, te hablaré de mí si me traes un mojito.
—De acuerdo.
Tras una rápida expedición al bar, Pedro volvió y le dió un mojito. Después, se sentó en el banco, con ella, y le puso un brazo por la espalda, atrayéndola hacia sí. No le gustaba hablar del pasado. Solo lo hacía con amigos como T.J., porque lo que realmente les unía era el béisbol.
—Creo que me has preguntado por qué estoy aquí, ¿No? —dijo él.
—Sí, eso es. No creía que fueras a encontrarte a gusto en Miami. ¿Por qué no te quedaste en Nueva York… o te fuiste a Los Angeles?
Pedro se encogió de hombros. Lo cierto es que había sufrido una seria lesión y había necesitado el apoyo de sus hermanos.
—La vida puede dar muchas vueltas.
—Sí, lo sé —respondió ella.
—Siéntate, Paula. Cuéntame qué te hizo venir a trabajar aquí.
Paula tragó saliva y sacudió la cabeza.
—Preferiría no hablar de eso. Prefiero bailar la samba que están tocando.
Pedro se puso en pie y la condujo a la pista de baile. Tan pronto como llegaron ahí, él se volvió y ella comenzó a bailar. Los pasos de samba eran muy rápidos, pero él notuvo problemas en seguirla. Paula era una gran bailarina, su ágil cuerpo se movía al ritmo de la música al tiempoque le sostenía la mirada. La atrajo hacia sí mientras se movían y sintió el cuerpo de Paula rozando el suyo. Ella le miró y Pedro se dió cuenta de que algo había cambiado entre los dos. Y en el momento en que la canción llegó a su fin, él la abrazó y la besó.
El tiempo transcurrió sin sentir. Pasó la noche bailando con Pedro. Y por primera vez desde que tuvo que dejar el mundo del baile de competición, se sintió viva. Le preocupaba que fuera un hombre el motivo de ello. Además, sabía que lo queestaba ocurriendo aquella noche acabaría ahí. Imposible pasar con Pedro más de unanoche. Él se codeaba con gente que salía en las revistas del corazón. Y aunque se estaban mostrando muy amables con ella, sabía que al día siguiente ni siquiera la reconocerían.
—Me apetece beber algo —dijo Pedro, sacándola de la pista de baile—. Puede que tú estés acostumbrada a bailar tanto, pero yo no.
—No me ha parecido que te estuvieras esforzando —comentó Paula.
—No podía permitir que una chica me dejara fuera de juego.
—¿Una chica? A las mujeres no nos gusta que nos llamen chicas —le dijo ella.
—Perdona, no era mi intención ofenderte.
Pedro, con un brazo, tiró de ella hacia sí. Los dos estaban sudorosos y le gustó cómo olía él. Se pegó a su cuerpo durante unos segundos, hasta que se dió cuenta de lo que estaba haciendo.
—Quédate como estás, me gusta sentirte cerca —dijo él, estrechándola contra sí.
—A mí también me gusta —respondió Paula con voz suave.
Entonces, alzó la mirada y la clavó en los negros ojos de Pedro.
—Estupendo. Y ahora, ¿Qué tal un mojito?
—Prefiero agua —respondió ella.
Había bailado y bebido demasiado. Y Pedro también se le había subido a la cabeza.
—Primero, agua, después, mojitos. No me gusta beber solo.
—No creo que eso sea un problema para tí, siempre vas con alguien del brazo.
—No siempre —respondió Pedro.
Y mientras Pedro se alejaba de ella, Paula se dió cuenta de que ese hombre era algo más que un playboy. Cuando él regresó, la llevó a un lugar apartado, detrás del escenario, donde se encontraron los dos solos. Le dió el agua y ella bebió, contenta de hidratarse después de tanto baile.
—Me encanta la vista desde aquí —dijo Pedro, tirando de ella hacia la barandilla que recorría el perímetro de la terraza.
Paula paseó la vista por la Pequeña Habana y más allá, a la silueta de los edificios de Miami. Localizó las brillantes luces del hotel Four Seasons, el edificio más grande de Florida. Sí, era una vista impresionante.
—Sí, te comprendo —contestó ella—. Háblame del club y de cómo acabaste trabajando aquí.
Pedro arqueó una ceja, mirándola.
—Creía que todo el mundo lo sabía.
Paula sacudió la cabeza.
—No. Bueno, sé lo que dijeron los periódicos y oí rumores, pero quiero saber lo que pasó de verdad.
¿Por qué Pedro Alfonso dejó el béisbol para codirigir un club en el sur de Florida con sus hermanos, en vez de dedicarse al cine? Paula se bebió el resto del agua y dejó el vaso en una mesa de hierro. Pedro la agarró del brazo y la condujo a un banco junto a unos árboles.
—Te contaré mis secretos a cambio de que tú me cuentes los tuyos, ¿Te parece? — sugirió Pedro.
Ella asintió.
—Pero yo no soy tan interesante como tú. Sin embargo, te hablaré de mí si me traes un mojito.
—De acuerdo.
Tras una rápida expedición al bar, Pedro volvió y le dió un mojito. Después, se sentó en el banco, con ella, y le puso un brazo por la espalda, atrayéndola hacia sí. No le gustaba hablar del pasado. Solo lo hacía con amigos como T.J., porque lo que realmente les unía era el béisbol.
—Creo que me has preguntado por qué estoy aquí, ¿No? —dijo él.
—Sí, eso es. No creía que fueras a encontrarte a gusto en Miami. ¿Por qué no te quedaste en Nueva York… o te fuiste a Los Angeles?
Pedro se encogió de hombros. Lo cierto es que había sufrido una seria lesión y había necesitado el apoyo de sus hermanos.
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