jueves, 12 de julio de 2018

Pasión y Baile: Capítulo 9

—Digamos que sé que lo estás pasando bien; además, tu hermana me ha dicho que sales muy poco.

—¿Te ha dicho eso?

—Sí.

—¿Y qué más te ha dicho?

—Que eres su hermana pequeña y que tendré que vérmelas con ella si te juego alguna mala pasada.

Paula se sonrojó.

—Me protege demasiado. Nuestra madre trabajaba mucho y Delfina me cuidaba.

—Lo mismo pasaba con Nicolás y conmigo —dijo Pedro.

—No me extraña. Nicolás parece el hermano mayor de todo el mundo aquí.

—¿Le tratas mucho? —preguntó Pedro.

Le parecía extraño haber conocido a Paula ese día, mientras que su hermano parecía conocerla de más tiempo.

—No. Pero me pidió que formara parte del comité para organizar la fiesta del décimo aniversario del club.

—Ah, sí, se supone que yo también voy a participar en el comité, así que nos veremos con más frecuencia.

Paula bajó la mirada y él se extrañó de la expresión que vió en ella. Pero, en ese momento, T.J. se les acercó y le echó un brazo sobre el hombro.

—Amigo mío, ¿Qué tal?

—Bien —respondió Pedro, dándose cuenta de que T.J. estaba borracho.

No quería interrumpir la conversación con Paula, pero T.J. le necesitaba.

—Vamos a sentarnos a una mesa a charlar.

—No, no quiero sentarme. ¿Sabías que estoy soltero otra vez?

Pedro sacudió la cabeza.

—Sí, algo he oído.

—Todo el mundo lo sabe —dijo T.J.

—Ahí al fondo hay una mesa libre. ¿Por qué no la ocupan mientras yo voy a por unas bebidas? —propuso Paula.


—No te preocupes por eso, Paula. Tan pronto como nos sentemos, Sergio nos servirá lo que suelo tomar —dijo Pedro.

—No creo que sepa lo que yo quiero tomar, así que, antes de sentarme con ustedes, iré a decírselo —dijo Paula.

—Gracias —dijo Pedro, encargándose de T.J. mientras se dirigían a la mesa que Jen había visto libre; entretanto, T.J. hablaba de su soltería.

—Lo odio. Yo no soy como tú. No me gusta salir todas las noches; prefiero estar en casa, con la misma mujer. Una bonita casa en las afueras, ya sabes.

Pedro le dió una palmada en el hombro.

—Sí, lo sé. Pero no te preocupes, pronto conocerás a la mujer de tu vida.

—¿La mujer de mi vida? Lo dudo. No conocemos a buenas chicas.

Pedro iba a asentir cuando, de repente, alzó el rostro y vió a Paula acercándose a la mesa. Pensó que conocían buenas chicas, pero que no sabían cómo tratarlas. Y, por primera vez, se sintió confuso. Quería comportarse como un caballero con Paula, pero no sabía cómo conseguirlo.

—Creo que los tipos como tú y como yo no sabemos qué hacer con una buena chica.

—Es posible —contestó T.J. mirando a Paula—. ¿Le has pedido al camarero que me traiga un cuba libre?

—No, lo siento. Para tí, le he pedido un refresco.

—Necesito ron, Paula. Creo que bailaría mejor con un poco de ron en el cuerpo.

—Lo dudo. Y, además, te estaba enseñando a bailar salsa, no samba.—Pues, sintiéndolo mucho, me voy al bar a ver si me dan un cubalibre —dijo T.J.—. Aunque te agradezco el gesto.

—De nada —contestó ella.

TJ. se levantó de la mesa y se marchó.

—Gracias por dejamos unos minutos a solas —dijo Pedro a Paula.

—No hay de qué.

—Vamos, siéntate —dijo él.

—Estaba pensando en volver a casa —comentó Paula.

—¿Porqué?

Paula se sentó al lado de él, pero con la espalda muy rígida.

—Este no es mi ambiente.

—¿Por qué no? ¿En qué se diferencia de estar abajo, como cuando estábamos con tu hermana? —preguntó Pedro.

—Quizá para tí sea lo mismo, pero la gente es distinta. Aquí hay famosos por todas partes, y gente sacándoles fotos. En mi opinión, aquí solo hay dos tipos de personas.

—¿Qué dos tipos?

—Los que se encuentran en su ambiente y a los que les gustaría que este fuera su ambiente. Y yo no quiero que a mí me pase eso —declaró Paula.

Paula, entonces, le agarró una mano y Pedro notó lo delicados que eran sus dedos.

—Me gustas, Pedro, pero este es tu mundo, y pasar aquí un rato me ha demostrado que yo no pertenezco a este mundo.

—Podrías, si yo te invitara.

—Quizá, pero… ¿Por cuánto tiempo?

martes, 10 de julio de 2018

Pasión y Baile: Capítulo 8

—No es nada —respondió Pedro. Entonces, se volvió hacia Delfina y le sonrió—. Soy Pedro Alfonso.

—Delfina Chaves. Y esta es mi amiga Rocío.

—Encantado, señoritas. Inmediatamente me encargo del asunto —declaró Pedro.

Mientras Pedro se acercaba a la recepción, Paula deseó que se la tragara la tierra. Era una situación incómoda. Sentía mucho haber tenido que recurrir a él.

—¿Te estamos causando problemas? —le preguntó Delfina.

—No, en absoluto. Pedro se ocupará del asunto.

Según la política del club, todos los empleados tenían derecho a dos entradas gratis al mes para familiares y amigos, y ella no había utilizado sus entradas. Delfina le acarició el brazo.

—Pedro Alfonso es tu jefe, ¿Verdad?

—Más o menos. Y Delfi, sabes perfectamente quién es Pedro, no te hagas la tonta.

—Sí, claro que lo sé. ¿No es un playboy?

Paula se encogió de hombros.

—Esa es la impresión que da, pero trabaja en el club, no vive de la nada.

—Vaya, me alegro —dijo Delfina.

—¿Cómo es que le conoces? —preguntó Rocío.

—Ha estado en mi clase de baile esta noche. Uno de sus amigos se había apuntado.

—¿Ha asistido más veces a tus clases? —preguntó Delfina.

—No. Y gente más famosa que T.J. Martínez ha ido a mis clases.

—¿T.J. ha ido…?

—Sí. Deja de babear, Rocío.

—No estoy babeando, pero T.J. es sensacional. Tienes un trabajo estupendo.

—Eso lo dices porque tú te pasas la vida delante de una pantalla de ordenador.

—Cierto —contestó Rocío—. Bueno, ya viene.

Paula volvió la cabeza y vió a Pedro avanzando hacia ellas. Tenía dos entradas en la mano, que dió a Rocío y a Delfina.

—Diviértanse, señoritas.

—Lo haremos. Gracias, señor Alfonso—dijo Delfina.

—Por favor, tutéame y llámame Pedro. Y dale las gracias a tu hermana. En realidad, ha sido un error administrativo —dijo Pedro.

—Gracias, Pau—dijo Delfina—. ¿Vienes con nosotras?

Paula asintió.

—¿Podría hablar antes contigo un momento? —preguntó Pedro.

—Ahora mismo voy con ustedes—les dijo a Delfina y a Rocío.Cuando su hermana y la amiga se marcharon, se volvió a Pedro.—¿Qué pasa?

—¿Has hecho planes para esta noche?

Paula arqueó las cejas.

—Voy a acompañar a mi hermana y a su amiga. ¿Por qué lo preguntas?

—Quería que vinieras conmigo.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Me parece que podríamos divertimos juntos.

Paula ladeó la cabeza y se lo quedó mirando. Quería contestar afirmativamente y recordó lo que Sofía le había dicho aquella misma tarde respecto a pasárselo bien. Desde luego, nadie mejor que Pedro para hacerle pasar un buen rato.

—De acuerdo.

—¿Tenías que pensártelo tanto?

—Sí —respondió Paula— No… se me da bien tomar decisiones rápidas.

—Lo tendré en cuenta. ¿Quieres ir a decírselo a tu hermana?

—Sí. ¿Por qué no vienes conmigo y pasamos con ellas un rato?

—Eso no entraba en mis planes.

—¿Cuáles eran tus planes? —preguntó Paula.

No tenía ni idea de por qué había accedido a salir con Pedro. Debería dedicar su tiempo libre a los analistas financieros amigos de Rocío o a los abogados amigos de su hermana, no a Pedro.

—¿Hacer que la pista de baile del club eche humo?

Paula le miró fijamente.

—No soy tu tipo y lo sabes, ¿Verdad?

—No, no lo sé. Creo que tú y yo nos vamos a llevar muy bien.

—Eso es lo que me da miedo —comentó ella en un susurro. Sin embargo, quería agarrar con ambas manos lo que la noche podía ofrecerle… con Pedro—. Vamos, Pedro. A ver si eres capaz de aguantarme el ritmo.

Pedro le agarró la mano y la condujo al interior del club, al lugar donde Delfina y  Rocío estaban esperando.

Delfina y Rocío se marcharon del club a medianoche, pero Pedro no estaba dispuesto a permitir que Paula se fuera.

—Quédate —dijo él en el vestíbulo, bajo la maravillosa escultura de cristal de Chihuly.

—No creo que sea una buena idea —dijo ella—. Mañana tengo que trabajar.

—Sí, pero por la tarde. Quédate conmigo, Paula.

—Yo… está bien, ¿Por qué no? ¿Qué propones que hagamos?

—Después de la actuación del grupo de música, hay una fiesta en la terraza del club.

—Está bien. Pero tengo que marcharme a las dos como muy tarde —dijo ella.

—No te guardaré rencor si cambias de parecer.

—¿Tanta confianza tienes en tí mismo? —preguntó ella.

Pasión y Baile: Capítulo 7

Pedro lanzó una mirada alrededor y, entre la multitud, divisó suficientes famosos como para hacer que la fiesta en el club resultara interesante. Entonces, se inclinó hacia delante, sobre Paula, y le susurró al oído:

—Ahí está Gabriel Damien, ¿Lo ves? Vamos a hacer que se una a la cola de la conga.

—No le conozco.

—Pero yo sí. Vamos hacia allí —dijo Pedro.

Condujo a Paula mientras la fila de la conga serpenteaba entre las mesas. Ella no tenía micrófono; en ese club, el disc‐jokey era quien hacía que los clientes se pusieran en pie y bailaran. Dejó la fila de la conga y se acercó a Gabriel Damien.

—¿Quieres bailar? —le preguntó coqueta.

—Nunca rechazo a una mujer bonita —respondió Gabriel con una sonrisa traviesa.

Gabriel se puso en pie y Pedro le hizo sitio en la fila de la conga. Al ritmo de la música, Paula continuó aumentando la fila, muchos de los presentes querían poder decir que habían bailado con Gabriel Damien.

Gabriel era una estrella de Hollywood que, en la adolescencia, había sido músico de rap y había alcanzado enorme fama como tal. Pero su atractivo físico le había llevado a Hollywood y a un gran éxito en las pantallas. Y, además, era un tipo simpático. Él y Pedro, ambos niños ricos, se conocían del colegio. Pero como eso no casaba con la imagen pública de Gabriel, de antiguo rapero, no lo mencionaban. Paula les condujo al centro de la pista de baile y se hizo a un lado en el momento enque la música cesó, antes de que el disc‐jokey pusiera la canción Hips Don 't Lie, deShakira.

Pedro dejó a T.J. y a Gabriel en la pista de baile en el momento en que un grupo de mujeres se les acercó para bailar con ellos y, probablemente, para sacarles fotos con los móviles. Durante los tres cuartos de hora siguientes, no consiguió ver a Paula. Envió un mensaje a Nicolás  para ver si le necesitaba para algo. Después, en Twitter, mencionó el hecho de que Gabriel y T.J. estaban bailando en el club. Por fin, se metió el móvil en el bolsillo y fue a buscar a sus amigos a la zona VIP. Los encontró con facilidad y se sentó con ellos. Pero no podía pasar toda la noche allí sentado, necesitaba asegurar la presencia de famosos por todo el club. Cuando más trabajaba era de noche, pero le encantaba.

—¿Adonde vas? —le preguntó Gabriel cuando le vió levantarse.

—Va a tocar un grupo de música ahí abajo esta noche.

—Sí, pero no van a tocar hasta las diez —dijo Gabriel, lanzando una significativa mirada a su reloj de pulsera.

Pedro sonrió.

—Es que hay una chica… —comentó T.J.

—Siempre hay una chica en la vida de nuestro Pedro.

—Sí, eso es verdad. Me parece que te va a gustar.

—¿Es para mí?

—No —interpuso Pedro—. Es para mí.

—De acuerdo. ¿Quién es? —preguntó Gabriel.

T.J. bebió un sorbo de su cubalibre y se inclinó hacia delante mientras recorría la pista de baile con la vista. Paula estaba en el medio, bailando flamenco.

—Ahí está. La morena con vestido rojo.

—Está muy bien —dijo Gabriel—. ¿Trabaja aquí, en el club?

—Sí —respondió Pedro—. Es la profesora de baile.

—¿Cómo se llama? —preguntó Gabriel.

—Paula—respondió Pedro.

—A mí me gusta —dijo T.J.—. Es simpática y sabe mover el cuerpo.  Y Pedro se puso furioso cuando me tocó para bailar conmigo.

—No me puse celoso —repuso Pedro.

Nunca había sentido celos de nadie. Vivía la vida y la aprovechaba al máximo.

—Lo sé, lo sé, ha sido una broma. Vamos, ve a buscar a tu chica antes de que desaparezca —dijo T.J.

Pedro volvió a mirar a la pista de baile y, en ese instante, vió a Paula y a su ayudante,Sofía, despidiéndose y listas para marcharse.Se puso en pie y comenzó a moverse entre la multitud. Se detuvo para firmar autógrafos y a posar para que le tomaran fotos. Y no dejó de sonreír, a pesar de estar impaciente por alcanzar a Paula. Nicolás le envió un mensaje al móvil mencionando un problema con la lista de invitados y pidiéndole que se acercara al mostrador de recepción para solucionarlo. Y,aunque tenía miedo de no alcanzar a Paula, no le quedaba más remedio que encargarse del asunto inmediatamente. ¿Miedo? Sacudió la cabeza y bajó la escalinata mirando a su alrededor, a la gente en la pista de baile, mientras trataba de felicitarse por el éxito del negocio. Luna Azul era su vida. Así se había llamado el barco de su padre. En él, su padre, sus hermanos y él habían pasado muchos días durante los veranos, escapando a las exigencias de su madre. En el mar, lejos de la costa, lejos de todo aquel que quería algo de Horacio Alfonso, elfamoso fenómeno del golf. Al llegar al vestíbulo de la entrada, vió a Paula cerca del mostrador de recepción.

—Perdona, pero le había dicho a mi hermana y a su amiga que vinieran esta noche,que conseguiría que les dejaran entrar.

—Por supuesto —dijo Pedro, consciente de que su destino era pasar aquella noche con Paula.

Paula había tratado de mantenerse alejada de Pedro, pero había tenido que recurrir a él para que dejaran entrar en el club a su hermana y a la amiga.

—Perdona la molestia —repitió Paula.

Pasión y Baile: Capítulo 6

Delfina siempre la había considerado una niña mimada y, en realidad, lo era. Desde los ocho años había mostrado talento para el baile y todos habían esperado grandes cosas de ella. Y a ella le había resultado todo muy fácil. No había esperado venirse abajo y tener que dejar el mundo del baile de competición a los veintiséis años. Y si quería seguir bailando, y eso era lo único que sabía hacer, tenía que conservar ese trabajo. Lo que significaba mantener las distancias con Pedro Alfonso.

—¿Te pasa algo? —le preguntó Sofía, reuniéndose con ella en el pasillo.

—Sí. Estoy tratando de recuperar la respiración antes de continuar.

—Pedro y tú…

—Sí, lo sé. Nos compenetramos bailando.

—¡Y de qué manera! Creo que deberías sacarle provecho —dijo Sofía.

—¿Cómo?

—Si yo fuera tú, haría que viniera todas las noches a bailar.

—Dudo que tenga tiempo para eso, es un hombre muy ocupado —respondió Paula— Bueno, ¿Lista?

—Sí. ¿Te vas a quedar a ver la actuación principal de esta noche?

—Es posible. ¿Y tú?

—Sí. He quedado aquí con mi novio.

—¿Qué tal te va con Pablo?

—Bien —respondió Sofía—. No es una relación de por vida, pero lo pasamos bien juntos.

Eso era lo que ella quería, algún hombre con el que pasarlo bien y que no le rompiera el corazón. Sin embargo, desgraciadamente, ese tipo de relaciones no eran para ella. Por eso era por lo que Pedro le preocupaba tanto. ¿Por qué no podía ser como Sofía, divertirse con él y nada más? ¿Por qué? Había empezado una nueva vida, ¿No? ¿Por qué no cambiar también de actitud respecto a los hombres? ¿Por qué no divertirse y dejarse de complicaciones?

—¿Cómo haces para no implicarte emocionalmente, para no enamorarte? —le preguntó a Sofía.

Sofía se encogió de hombros.

—Pablo no es el hombre de mi vida. Con él, lo único que quiero es divertirme,nada más. Y si le llamo y no está disponible, llamo a otro.

Paula no sabía si era capaz de semejante comportamiento, aunque quería serlo.

—Me encantaría ser como tú —dijo Paula.

—¿Cómo vas a ser como yo si no sales con nadie? Hace dieciocho meses que te conozco y ni siquiera te he visto tomarte un café con un hombre.

—Tienes razón, lo sé.

Sofía sonrió.

—¿Quieres venir con Pablo y conmigo esta noche?

Paula sacudió la cabeza, pero entonces se dió cuenta de que necesitaba hacer algo diferente.

—Está bien, iré con ustedes.

—Estupendo. Pablo siempre va con amigos y estoy segura de que, al menos, le gustarás a dos de ellos.

Paula tragó saliva.

—¿Y si no puedo…?

—Tranquila, no pasará nada. No hay ningún compromiso.

Volvieron a entrar en la sala de ensayos. Pedro estaba a un lado, hablando por teléfono, y ella se lo quedó mirando. Y fue cuando, de repente, se dió cuenta de que no quería divertirse con ninguno de los amigos de Pablo. Quería hacerlo con Pedro. Era por él por lo que se le había ocurrido cambiar de forma de comportarse con los hombres. Quería estar con él y no hacía falta ser un genio para darse cuenta de que Pedro no era la clase de hombre que buscaba una relación estable. Cambiaba de acompañantes constantemente y se hablaba de él en la prensa con frecuencia.

Paula sacudió la cabeza. A pesar suyo, sabía que, tarde o temprano, no iba a negarse a sí misma el placer de conocer a Pedro mejor. Porque él era la clase de hombre que le gustaba.

Pasión y Baile: Capítulo 5

—¿Qué hay del baile? —dijo Paula, acercándose a ellos—. En vez de hablar, deberían estar ensayando.

—Perdón —se disculpó T.J.—. Me parece que soy una causa perdida.

—Vamos a seguir intentándolo, ¿Te parece? No te des por vencido todavía. Pedro puede ayudarte con el movimiento de los pies, se le da muy bien.

—Prefiero ensayar con una bonita mujer que con un jugador de béisbol jubilado.

—Lo mismo digo —dijo Pedro.

—Lo siento, pero tengo que atender a los demás alumnos también. Y, al parecer, no consigo hacerte sentir el baile —dijo ella—. Pedro, ¿Cuál crees que es el problema?

Pedro se dió cuenta de que Paula estaba siendo sincera. Quería que le ayudara con T.J.y, por primera vez, fue consciente de lo importantes que eran las clases de baile para ella. Hasta ese momento no lo había notado, toda su atención fija en el cuerpo de ella y en sus sensuales movimientos.

—No te lo puedo decir con certeza, pero supongo que T.J. está acostumbrado al deporte, y el baile es algo más sutil, ¿No?

—Sí, creo que tienes razón.

—¿Qué tal una copa? Algunas personas se ponen nerviosas si se les pide que bailen delante de los demás, y una copa les tranquiliza.

—Ni siquiera un barril de cerveza me relajaría —respondió T.J.—. De todos modos,te agradezco el interés.

—Es mi trabajo.

—Y se te da muy bien —comentó T.J.—. Se lo diría a tu jefe, pero creo que él ya lo sabe.

Paula le miró.

—¿Lo sabe?

Pedro asintió.

—Sí, eres muy buena profesional.

Pedro se dió cuenta de que Paula estaba coqueteando con él y eso le bastó para decidir que también él podía hacerlo. Ella se plantó delante de sus alumnos y les dijo que se tomaran cinco minutos dedescanso, antes de empezar a ensayar el baile con que abrirían el club esa noche. Pedro la siguió afuera. Ella se detuvo en el corredor al darse cuenta de que él la había seguido.

—Siento que T.J. no consiga progresar —dijo Paula.

—No te preocupes. Tú has hecho todo lo que has podido.

Paula asintió.

—No estoy segura de que sea buena idea que tú y yo bailemos juntos.

—¿Por qué no? —preguntó Pedro, dando un paso hacia Paula.

Ella se rodeó la cintura con un brazo y ladeó la cabeza. La cola de caballo que sujetaba su bonito cabello castaño le acarició el hombro. Él alargó una mano para acariciárselo. El cabello de Paula era muy suave.

—Por eso precisamente —declaró Paula—. Estoy empezando a olvidar que eres mi jefe, Pedro. Y me gusta este trabajo.

—Bailar conmigo no va a poner en peligro tu puesto de trabajo —dijo él.

—Pero si algo…

—Jen, arrugando la nariz, se interrumpió.

—¿Qué?

—Sería embarazoso y realmente me gusta este trabajo —insistió Jen;  después, se dio media vuelta y se alejó.

Y Pedro la dejó marchar, consciente de que Paula estaba preocupada y de que él, verdaderamente, solo sabía de ella que era una cara bonita.

Paula quería pasar la noche entera bailando con Pedro, olvidarse de las consecuencias de sus actos y entregarse por entero a la atracción que sentía por él. Pero ya no era una niña y ya había pagado un precio muy alto por la equivocación de rendirse al deseo en el pasado. No iba a cometer el mismo error una segunda vez. ¿O sí? Siempre estaba buscando un hombre que la hiciera sentirse como Pedro la hacía sentirse bailando con él. Y no era solo el baile, sino la forma como la miraba y la facilidad con la que se movían al mismo ritmo, instintivamente. Pero quería hacer algo más que bailar salsa con él. Quería pegarse a su cuerpo con Carlos Santana como música de fondo. «Para». Necesitaba ese trabajo. Había dejado atrás el pasado, ahora era una nueva Paula Chaves, que anteponía la familia a sus deseos y que era una buena chica. No debía olvidarlo. Delfina le había ofrecido un hogar cuando lo había necesitado y ella le había prometido a su hermana que cambiaría.

jueves, 5 de julio de 2018

Pasión y Baile: Capítulo 4

Por primera vez, con la música flotando a su alrededor, un hombre consiguió distraerla. Pedro Alfonso la hacía consciente del movimiento de sus caderas. Y cuando la raja de la falda dejaba al desnudo una de sus piernas, sentía los ojos de él fijos en ella.

Los ojos de Pedro únicamente.¿Por qué?¿Por qué Pedro Alfonso? Iba a conducirla al desastre. No podía permitirse el lujo de que le gustara su jefe. La última vez que le había gustado un hombre con autoridadsobre ella había acabado de mala manera. Su hermana Delfina se enfadaría con ella y le echaría en cara no haber aprendido la lección. No, no podía repetir los mismos errores. Y para colmo, T.J. podía ser un genio del béisbol, pero era incapaz de aprender lospasos básicos de salsa. Y no creía que fuera tan difícil.

Sofía estaba encargándose de unos alumnos al fondo de la sala cuando empezó asonar Mambo número cinco. Con el mando de control remoto, paró la música. Aquella era la canción con la que el club abría sus puertas todas las noches. Sofía y ella, cada noche, se colocaban en laparte de atrás y, veinte minutos después de abrir, escenificaban un baile flamenco.

—Muy bien. ¿Listos para demostrar lo que han aprendido? —preguntó Paula—. Al apuntarse a esta clase, lo más seguro es que no se dieran cuenta de que van a ser las estrellas de la apertura del club esta noche.

Los hombres allí presentes lanzaron gruñidos de protesta y también se oyeron unos cuantos aplausos.

—Lo importante es no olvidar que se trata de una música sensual. Tienen que sentirla en el cuerpo. Y no tengan miedo de hacer el ridículo, bailan muy bien.

—Creo que yo solo siento algo cuando juego al béisbol —dijo T.J.

—No se preocupe, señor Martínez, lo hará bien.

—Por favor, tutéame y llámame T.J. —dijo él con una encantadora sonrisa, mostrando una dentadura perfecta y muy blanca.

—De acuerdo. Y como eres el famoso de esta noche, nos gustaría invitarte a que encabeces la fila de la conga y luego, por supuesto, el primer baile.

La política del club era dar publicidad a las clases. Para ello, siguiendo la directiva de Pedro Alfonso, solían hacer que algún famoso participara en ellas, así atraían la atención de la gente.

—Me parece que no soy el tipo adecuado para eso.

Paula le sonrió.

—Me aseguraré de que así sea.

Volvió a poner en marcha la música y se acercó a T.J., todo el tiempo consciente de los ojos de Pedro en ella.

Bailaba desde los trece años y estaba acostumbrada a que los hombres la miraran.Y esa noche… esa noche quería que Pedro la viera y la deseara. Sabía que era una mujer atractiva; pero cuando bailaba… cuando bailaba era sumamente hermosa. Sonriendo a T.J., se colocó detrás de él y le puso las manos en las caderas.

—Relájate y déjate llevar —le dijo Paula.

Él asintió y, al cabo de unos momentos, ella comenzó a moverle las caderas. T.J. trató de mover los pies, pero se tropezó.

—No te muevas, siente el ritmo de la música.

—Me parece que ese método no va a funcionar, señorita Chaves—dijo Pedro—. Permítame que le haga una demostración a mi amigo.

Paula miró a su jefe; después, apartó las manos de T.J. y se separó de él.Pero en vez de acercarse a T.J., Pedro se aproximó a ella y le puso las manos en las caderas.

—Muévase para dejarme que sienta el ritmo.

Le había hablado en voz baja, sólo para que ella le oyera, y respondió al instante. Comenzó a moverse al ritmo de la música.

Pedro , al contrario que T.J., se movía con gracia natural. Había colocado las manosen la posición adecuada para ese baile: una mano en la cadera de ella y la otra sujetándole una mano. Y cuando clavó los ojos en los suyos, los demás dejaron de existir. En ese momento, Pedro no era su jefe ni alguien importante en la comunidad. Era su compañero de baile, su hombre, mientras se dejaba arrollar por el baile. Mientras bailaban, se mantuvieron la mirada. Pedro sabía lo que era la sensualidad. En los brazos de él, ella era algo más que una profesora de baile.

La salsa era una música de pasión y sexo, era una seducción, una promesa de lo que podía ser. Sintió cómo se le derrumbaban las defensas. Por mucho que se empeñara, no iba a poder mantener las distancias con esehombre… si él se empeñaba en lo contrario. Y cuando la música llegó a su fin y dejaronde moverse, sabía que Pedro la quería pegada a su cuerpo; o, al menos, eso era lo queella quería. Quería volver a sentir las manos de él en las caderas, sujetándola,mientras clavaba los ojos en las negras profundidades de los de él.

Pedro no comprendía por qué se sentía tan posesivo con Paula. Ella no era más que una cara bonita y una empleada; sin embargo, al verla con las manos en las caderas deT.J., se había puesto furioso. Pero una vez que la había rodeado con los brazos, se había dado cuenta de cuál era el problema. La deseaba. Y desearla complicaba la situación. No obstante, al bailar,había descubierto que Paula también estaba interesada en él. Después de que la música parase, entre aplausos, ella se mordió el labio inferior yse apartó de él.

—Así tienen que bailar todos —dijo ella—. Van a ensayar y a prepararse para eldebut de esta noche.

—No creo que yo pueda bailar así —declaró T.J.

—No te preocupes —contestó Pedro—, yo ocuparé tu lugar. A menos que tenga alguna objeción, señorita Chaves.

Paula se sonrojó y sacudió la cabeza.

—Es usted un buen compañero de baile, señor Alfonso.

—Tuteémonos. Llámame Pedro.

Ella asintió. Después, volvió la atención de nuevo a sus alumnos.

—¿Por qué no me habías dicho que había algo entre ella y tú? —preguntó T.J.

—No hay nada entre nosotros. Ha sido solo un baile.

—Eso ha sido mucho más que un baile, amigo, ha sido puro sexo —contestó T.J.—. Supongo que mejor me aparto y te dejo el camino libre.

Pedro se encogió de hombros. Había sentido algo intenso, pero no era la primera vez que le ocurría. La señorita Chaves era una mujer atractiva y despertaba su curiosidad. Quizá se debiera a los sensuales labios, a la estrecha cintura o al cuerpo debailarina. Le gustaría explorar ese cuerpo con detenimiento; pero, además de ser el jefe deella, las relaciones a largo plazo no eran su fuerte.

Pasión y Baile: Capítulo 3

—¿Cuándo van a aceptar que somos parte de esta comunidad y que no nos vamosa mover de aquí? —preguntó Pedro.

—Nunca se van a dar por satisfechos —declaró Nicolás, que acababa de aparecer en el patio—. ¿Qué están haciendo aquí? Los necesito abajo, para recibir a la banda de música.

—Ahora mismo voy —dijo Pedro—. También tengo que recibir al periodista del Herald. Y estoy casi seguro de que Jennifer López va a pasarse por aquí esta noche;está en la ciudad y su gente ha dicho que iba a acercarse al club. Y tengo que ver cuántos más famosos van a venir.

—Estupendo, me gusta lo que dices —dijo Nicolás.

—Lo sé, por eso me paso las noches de fiesta —contestó Pedro.

—¡Ya! Lo haces porque te gusta —interpuso Federico.

—Claro que me gusta. Es genético. No he nacido para sentar la cabeza.

—¿Como papá? —preguntó Federico.

—Sí, como papá. Creo que es por eso por lo que él y mamá no se llevaban bien — dijo Pedro.

—Por eso y porque mamá era muy fría —añadió Nicolás.

Pedro apartó los ojos de sus hermanos. Su madre nunca había querido tener hijos y les había dedicado el menor tiempo posible. A cada uno de los tres le había afectadode forma diferente. En lo que a él se refería, no se fiaba de las mujeres, estaba convencido de que, tarde o temprano, siempre acababan abandonando al hombre conel que estaban.

—Bueno, creo que los tres sabemos lo que tenemos que hacer esta noche — declaró Nicolás—. ¿Qué tal tus negociaciones con las fuerzas vivas de la comunidad?

—Lentas. He invitado a unos cuantos al espectáculo de esta noche para que veanhasta qué punto somos parte de la Calle Ocho.

—Muy bien. Mantenme informado —dijo Nicolás.

—Lo haré.

Pedro y sus hermanos bajaron al piso de abajo. Ahí en medio, con el club casi vacío, miró a su alrededor. Era difícil creer que aquel lugar había sido una fábrica decigarros puros. De pequeño nunca había pensado en el futuro. Una vez que se convirtió en un jugador de béisbol profesional, había supuesto que continuaría jugando hasta los treinta y tantos años y que luego pasaría a trabajar de comentarista deportivo. Pero la lesión, tan joven, había cambiado sus objetivos. Pero no le pesaba, le gustaba lo que hacía.

—Pepe…

Se volvió y vió a T.J. Martínez en el vestíbulo, debajo de la estructura colgante de Chihuly.

—¡T.J., amigo! ¿Qué tal el vuelo?

—Bien, muy bien. Listo para un poco de acción esta noche.

—Igual que yo —respondió Pedro estrechándole la mano a su amigo al tiempo que se abrazaban—. Tengo entendido que te has apuntado a clases de salsa.

—Carla ha insistido mucho en que tomara clases, ha dicho que la profesora es de lo mejor y que sería una estupidez desperdiciar la ocasión. Y Leandro ha dicho que la profesora estaba estupenda.

—Lo verás por tí mismo. La primera clase empieza dentro de media hora. ¿Te apetece una cerveza antes?

—Claro. Así te cuento las novedades del club. Corre el rumor de que O'Neill va a cambiar de equipo.

Pedro condujo a su amigo al bar y charlaron de béisbol y de los jugadores que ambos conocían. Sin embargo, aunque se esforzaba por concentrarse en lo que hablaban, no lograba dejar de pensar en Paula. Pero no le dió importancia.

—Bueno, vámonos ya. No quiero que llegues tarde a tu primera clase.

—¿Vas a venir conmigo?

—Sí, ¿Te importa? Aún no he asistido a ninguna clase de salsa y, tal y como tú has dicho, la profesora es… muy buena.

T.J. echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada. Los dos acabaron las cervezas y subieron al piso superior, a la clase de Paula.