jueves, 5 de julio de 2018

Pasión y Baile: Capítulo 2

—Sofía, ¿Podrías dejamos solos?

—No es necesario que Sofía se vaya —dijo Pedro—. Por favor, venga conmigoa la galería.

Paula respiró hondo. No le gustaba recibir órdenes ni someterse a la voluntad de nadie.

—Continúa ensayando —le dijo a Sofía.

Sofía asintió, y Pedro y ella se dirigieron a la galería. Estaba nerviosa. Si quería seguir bailando, ese trabajo era todo lo que tenía. Si la despedían, iba a tener que dejarde bailar y aceptar el trabajo de secretaria en el despacho de abogados que su hermana, Delfina, le había ofrecido. Y no quería eso.

—¿Algún problema?

—No, todo lo contrario. Todo el mundo habla muy bien de usted y quería ver cómo son las clases.

—¿Va a asistir a la clase de esta noche? —preguntó Paula.

—Sí, así es.

—Ah, estupendo —respondió Paula con una falsa sonrisa—. Tengo entendido que uno de sus antiguos compañeros de equipo se ha apuntado a nuestra clase.

—Sí, Martínez. Yo quería venir para ver qué tal se maneja enseñando a bailar a alguien famoso.

Paula alzó los ojos hacia el techo. ¿Acaso ese hombre creía que iba a tratar a T.J.Martínez de forma diferente a como trataba al resto de sus alumnos?

—¿Cree que no voy a saber comportarme con una persona famosa?

—No tengo ni idea —contestó él—. Por eso es por lo que he decidido asistir a la clase.

Aunque estaba furiosa, Paula mantuvo la calma.

—Soy una profesional, señor Alfonso. Por eso es por lo que me contrató su hermano.No es necesario que asista a una de mis clases de salsa, le aseguro que sé hacer mi trabajo.

—¿Acaso le he ofendido? —preguntó Pedro ladeando la cabeza.

—Sí, lo ha hecho.

Él le dedicó una rápida sonrisa, que le cambió la arrogante expresión que tenía por una encantadora.

—Lo siento, no era esa mi intención. La asistencia de gente famosa a este club es lo que nos hace estar por encima del resto de los clubs de Miami, y quiero que siga siendo así.

Paula asintió.

—Lo comprendo. Y le aseguro que la clase de esta noche no va a dañar la reputación de Luna Azul. Y estaré encantada de tenerle en mi clase esta noche.

—¿En serio?

—Sí —Paula giró sobre sus talones y comenzó a caminar en dirección a la sala de ensayos—. Porque, después de esta noche, va a tener que pedirme disculpas por haber puesto en duda mi profesionalidad.

La risa de él resonó en el vestíbulo.

Pedro la observó mientras se alejaba, y se arrepintió de no haber ido allí antes. Paula Chaves era graciosa, tenía agallas y era bonita. Tenía piernas largas y cuerpo esbelto.Era una buena bailarina y se le notaba hasta en la forma de andar. Permaneció en el patio, contemplando el cielo del atardecer. Era febrero y hacía fresco. De la cocina del patio salía el olor a comida cubana. Había hecho lo que tenía que hacer para mantener la imagen del club. Al fin y alcabo, él estaba al frente de Luna Azul; aunque tenía gracia ser el propietario, junto consus hermanos, del club más famoso de la Pequeña Habana y no serhispanoamericanos.

Pedro era el menor de tres hermanos, Federico era el del medio y Nicolás el mayor. La idea de transformar la antigua fábrica de cigarros puros en un club nocturno había sido de Nicolás. Federico era el experto en finanzas y quien, desde el principio, sabía que ganarían dinero invirtiendo su fondo fiduciario en el club.

En ese tiempo, Pedro, inmerso en el mundo del béisbol, se había limitado a firmar, y así había dado por zanjado el asunto. Pero cuando dos años más tarde una lesión en el hombro le obligó a dejar el béisbol, se alegró enormemente de que Nicolás y Federico hubieran comprado la fábrica y hubiesen abierto un club. Enseguida descubrió que él también tenía algo que aportar al negocio: una largalista de contactos entre los famosos. Por mucho que le gustara el béisbol, era un Alfonso de pies a cabeza y, por lo tanto,muy sociable. Algo que los reporteros notaron en el momento en que llegó a NuevaYork para jugar con los Yankees. Y él se había encargado de que hubiera continuadosiendo así. Utilizaba su fama para darle publicidad al club. Y aunque hacía ya más de seis añosque había dejado el béisbol, seguía siendo uno de los diez jugadores más famosos delequipo.

—¿Qué haces aquí arriba? —le preguntó Federico al salir de la zona de cocina.

Federico era cinco centímetros más alto que él y tenía el cabello castaño oscuro. Losdos tenían los mismos ojos que su madre y la fuerte mandíbula de su padre, un rasgocaracterístico de los varones Alfonso.

—Acabo de hablar con la profesora de salsa. T.J. va a venir a la clase de baile esta noche y quería estar seguro de que la profesora iba a saber comportarse.

—Le ha debido encantar.

—¿La conoces? —preguntó Pedro, sintiendo una leve punzada de celos por la familiaridad con que su hermano hablaba de Paula.

—No mucho. Pero la entrevisté para el trabajo y tiene mucha confianza en sí misma. No le gusta que pongan en duda su profesionalidad.

—¿A quién le gusta eso? —preguntó Pedro.

—A mí no, desde luego. Mañana tengo una reunión con las fuerzas vivas de la comunidad. Quieren que se tenga en cuenta su opinión respecto a la fiesta para celebrar el décimo aniversario del club.

Pasión y Baile: Capítulo 1

El ritmo de la Pequeña Habana latía en las venas de Paula Chaves cuando estacionó elcoche en una de las calles adyacentes a la Calle Ocho y se dirigió a Luna Azul, contentade que los hermanos Stern la hubieran contratado como profesora de salsa en su clubnocturno. El club era poco común. Los hermanos Alfonso habían provocado un escándalo alcomprar la vieja fábrica de cigarros puros, en el corazón de la Pequeña Habana, y transformarla en uno de los mejores clubs de Miami. Y algunos miembros de lacomunidad cubano americana aún no se lo habían perdonado.

Con un bolso grande colgado del hombro, cruzó la impresionante entrada de LunaAzul. Y se detuvo un momento, como siempre hacía, para admirar la araña del techo de Dale Chihuly: el tema era un cielo nocturno con una enorme luna azul. El tema seextendía al logotipo del club y a los colores de los Uniformes de los empleados. Estaba contenta de trabajar ahí. Y más contenta aún de tener la oportunidad debailar otra vez. Tres años antes, una mala decisión que tomó, basada en el corazón envez de en la razón, era la causa de que le hubieran prohibido participar en baile decompetición. Pero ahora, ahí estaba, dando clases de su baile preferido, dando clases de salsa. La salsa era un baile procedente del Caribe y, aunque ella era cien por cienamericana, sentía ese baile dentro de sí, como si estuviera hecho a su medida. Mientras se adentraba en el club, vió que estaban preparando el escenario principal para la actuación, aquella noche, de XSU, el grupo inglés de rock que habíatenido un rotundo éxito en Estados Unidos el año anterior. Su hermana y la mejor amiga de ésta le habían rogado que les consiguiera entradas para el concierto, y ella se las había conseguido.

El club estaba dividido en varias zonas. En el piso bajo, delante del escenario, había una enorme pista de baile rodeada de mesas altas con taburetes y también mesas retiradas en pequeños y oscuros espacios reservados. En el piso superior, donde ellapasaba la mayor parte del tiempo, había una sala de ensayos con un pequeño bar y un entresuelo con vistas al piso bajo. Pero las auténticas joyas de este piso eran la galería,a la izquierda, y el escenario, al fondo. Era ahí donde, cada noche, Luna Azul llevaba a cabo las famosas fiestas de los viernes por la noche de la Calle Ocho. En el club, todas las noches eran una fiesta de música y baile latinoamericanos en la que participaban los artistas más importantes de ese tipo de música. Y ahí estaba ella, formando parte de aquello. Cuando Paula entró en la sala de ensayos, su ayudante la saludó.

—Llegas tarde.

—No, Sofía, llego justo a mi hora.

Sofía arqueó una ceja. Aunque agradable y simpática, tenía obsesión con la puntualidad.

—A propósito, he traído un nuevo CD —añadió Paula.

—¿Qué CD?

—Una recopilación de mi música preferida, viejos clásicos de la salsa. Quiero que laclase de esta noche sea diferente.

—¿Por qué? ¿Qué tiene esta noche de especial? —preguntó Sofía.

—T.J. Martínez se ha apuntado.

—¿El jugador de béisbol de los Yankees?

—Sí. Y como es amigo de Pedro Alfonso, he pensado que debíamos hacer un esfuerzo especial —había que tener contentos a los dueños del club y a sus amigos.

—Quizá deberías haber llegado un poco antes.

—Sofi, para. Aún faltan treinta minutos para que la clase empiece.

—Lo sé, perdona. Es que hoy estoy un poco tonta.

—¿Por qué?

—Van a enviar a Diego  a Afganistán otra vez.

—¿Cuándo? —preguntó Paula.

Diego era el hermano de Sofía y los dos estaban muy unidos. Sofía solía decir que Diego era la única persona que tenía en el mundo.

—Dentro de tres semanas. Yo…

Paula se acercó a su amiga y la abrazó.

—Ya verás como no le pasa nada. Diego sabe cuidar de sí mismo. Y mientras está fuera, sabes que puedes contar conmigo.

Sofía le devolvió el abrazo.

—Tienes razón. Bueno, venga, dime qué canciones vas a poner esta noche.

Paula sabía que Sofía necesitaba sumergirse en la música aquella noche con el fin de olvidar sus problemas durante un tiempo. Admiraba su valor. Debía ser muy duro tener un hermano soldado.

La música reverberó en la sala mientras Sofía y ella comenzaron su rutina. Sofía no bailaba mal, aunque no lo suficientemente bien como para formar parte del mundodel baile de competición. Pero, para el Luna Azul, era más que suficiente.

—Me gusta —dijo Sofía.

—Estupendo. Y ahora, quiero que des un golpe de cadera más pronunciado en elsexto cambio de ritmo, así… —Paula hizo una demostración.

—Muy bien, señorita Chaves.

Paula se tambaleó y, al volver la mirada, vió a Pedro Alfonso en la puerta.Era alto, alrededor de un metro ochenta y tres, de pelo rubio muy corto. El bronceado natural de su piel era la envidia de todo el mundo y cualquier ropa que sepusiera le sentaba bien. Era de mandíbula fuerte y tenía una pequeña cicatriz en labarbilla, resultado de un accidente de pequeño jugando al béisbol. ¿Por qué sabía ella tantas cosas de él? Sacudió la cabeza. Uno de los motivos porlos que había solicitado aquel trabajo era que Pedro le gustaba desde que, siendo fan de los Yankees, le había visto jugar.
—Gracias, señor Alfonso—respondió ella.

—Paula, me gustaría hablar un momento con usted.

Pasión y Baile: Sinopsis

Bailando con el deseo...

Quizá debido al húmedo calor, quizá al palpitante ritmo de la música, Pedro Alfonso, millonario copropietario de un club nocturno, no pudo resistirse a los encantos de Paula Chaves. Aunque en Miami se le consideraba un playboy, jamás coqueteaba con sus empleadas. Sin embargo, Paula le hizo romper aquella regla de oro.

Aunque Paula sabía que acostarse con su jefe era peligroso, el encanto de ese hombre de negocios le hizo bajar la guardia. De sobra conocía la fama de Casanova de Pedro; pero cuando él la rodeaba con los brazos, le era imposible resistirse.

martes, 3 de julio de 2018

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 48

Paula no podía creer que alguna vez hubiera tenido ese poder. Pero allí estaba él, agarrándole las manos, diciéndole cómo se sentía.

—Nunca  antes  he  estado  enamorada  —reconoció  ella—,  pero  si  no  te  lo  decía  sabía que me arrepentiría el resto de mi vida. Y tenía que pedirte que tú también me quisieras.

—Quiero besarte ahora mismo —dijo él con voz ronca—, pero tengo que decirte lo demás antes.

—Entonces, date prisa.

—He  hablado  con  mi  padre.  Sobre  Alfonso,  sobré  mi  descontento,  sobre  tí.  Y  hemos hablado de mi madre.

—¿Sí?

—Las  heridas  de  la  infancia  tardan  mucho  en  cicatrizar,  ¿No  crees?  Él  la  perdonó  hace  mucho,  pero  yo  no.  Siempre  he  llevado  esta  amargura  conmigo.  Me  hacía  estar  harto.  Necesitaba  dar  un  paso  adelante.  Si  tú  has  podido  superar  lo  de  Fernando, seguro que yo puedo perdonar a mi madre.

—Tú no eres el  único, Pedro.  También  he  pensado  mucho  en  mi   madre últimamente.   ¿Cómo  puedo juzgarla por  las  decisiones  que  tomó  aterrorizada  cuando yo he hecho lo mismo durante años? Voy a tratar de encontrarla. Seguro que el policía que me mandó la carta me ayudara.

—Cuando todo lo que había que decir estaba dicho —siguió Pedro tras un largo silencio—,  dimití  de  todos  mis  cargos  y  ocupé  otro.  Como  vicepresidente,  estoy  a  cargo  de  todos  los  establecimientos  de  Norteamérica.  Controlaré  todo  este  lado  del  Atlántico desde una oficina.

—Qué maravilloso, Pedro. ¡Menudo trabajo! —dijo sonriendo.

—Dio,  eres  dura  —dijo  él  con  un  suspiro—.  ¿Serías  feliz  en  otro  sitio,  Pau?  ¿Podrías dejar esto?

¿Podría  hacerlo  por  Pedro?  Miró  su  casita,  el  hogar  que  había  levantado  de  la  nada. ¿Podría dejarla? Si era por él, creía que sí.

—Sí.

—Pero no te gustaría hacerlo. Quieres este lugar.

—Por  supuesto,  pero...  No  estoy  segura  de  lo  que  me  estás  pidiendo.  O  de  lo  que ha sucedido.

—Mis prioridades han cambiado, eso es lo que ha pasado. ¿No lo ves, Paula? Ahora todo encaja. El Cascade que hemos construido juntos, el nuevo trabajo y tú. Te amo.  Tú  me  das  las  raíces.  No  quiero  estar  en  otro  sitio.  Sólo  contigo.  Tú  eres  lo  primero, lo demás va detrás.

Paula se quedó sin palabras. Jamás habría esperado algo así.

—Te amo, Paula—volvió a decir él.

—Jamás nadie me ha puesto en primer lugar.

—Entonces ya era hora, ¿No crees? —sonrió con ternura—. Eres mi centro. Nada más tiene sentido. Vivir sin tí me da más miedo que arriesgar mi corazón. El trabajo es mío. Donde viva depende de tu respuesta. Podría aceptarlo, si tú me respondes a una  pregunta  —Pedro se  metió  una  mano  en  el  bolsillo  y  después  se  arrodilló—. Cásate  conmigo.  Cásate  conmigo  en  el  salón  que  hemos  reconstruido  juntos,  bajo  la  araña que encontramos en el ático. Comparte tu vida conmigo. Formemos juntos un hogar. Por favor, dí que sí —sacó un anillo.

No había duda de que era antiguo. Miró la brillante esmeralda en la montura de platino y los diamantes a los lados.

—Era  el  anillo  de  mi  abuela.  Decía  que  la  esmeralda  es  símbolo  de  amor  y  esperanza —ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas—. ¿No lo ves, Pau? Eso es lo que tú eres para mí. Amor y esperanza.

—Oh,  Pedro—susurró—.  Te  amo  tanto...  Jamás  había  creído  en  los  finales  felices.  A  mi  madre  nunca  le  llegaron.  Quizá  por  eso  acepté  que  te  fueras  como  lo  hice. No me lo creía. Pero ahora tengo una oportunidad, para creer, para tener fe. Y sería tonta si no la aprovechara.

—¿Eso es un sí?

—Sí, sí, ¡Sí!

Le agarró la mano y la puso en pie. La abrazó y la besó en los labios.

—Paula.  Es  un  acierto  que  quien  lleve  este  anillo  tenga  ese  nombre.  ¡Oh,  Pau, qué futuro tenemos por delante!

Paula le acarició la mejilla. Estaba a salvo con él, en cuerpo y alma.

—Empezando por hoy.

—Empezando por hoy —confirmó él y volvió a besarla.



FIN

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 47

—Tienes que ir a París.

—No, cara, no.

Le  agarró  las  manos.  Ella  quería  creerlo,  aunque  las  palabras  del  día  anterior  aún sonaban en su cabeza. Estaba en su casa y parecía que por una razón importante. Tenía que creer que ella era importante.

—Sabes  que  mi  madre  abandonó  a  mi  padre  cuando  yo  era  muy  joven.  Y  aunque  teníamos  a  nuestro  padre,  me  sentí  muy  responsable  de  Caro.  Y,  algunas  veces, de mi padre porque tenía la edad suficiente para darme cuenta de lo que sufría por  mi  madre.  Una  y  otra  vez  lo  veía  pedir  su  amor  y  ella  se  negaba.  Nunca  fue  bastante para ella.

—¿Crees que no decía de verdad lo que te dije ayer?

—No suelo hablar de mis sentimientos, Pau. Necesito ver las cosas, mostrarlas. Dije esas palabras una vez, recuerda que te hablé de Laura. Le entregué mi corazón. Y luego la encontré con otro. Sólo me quería porque era un Alfonso. Yo había confiado en ella. Así que, cuando empecé a sentir algo por tí, me dí todo tipo de excusas.

Paula se imaginó a un Pedro más joven, vibrante por estar enamorado y, después, decepcionado. Le acarició los dedos.

—Así que te dedicaste al trabajo.

—Jamás  se  ha  cuestionado  mi  trabajo  en  Alfonso.  Es  mi  herencia.  Una  herencia  levantada  por  mis  abuelos.  Sentiría  que  los  habría  decepcionado  si  no  hubiera  seguido en la empresa. Quiero a Alfonso, es mi sangre.

—Pero...

—Pero  he  pasado  demasiados  años  centrado  sólo  en  mi  trabajo,  evitando  a  la  gente. Y no sabía cómo tener las dos cosas.

Ella alzó una ceja. Lo había visto en las revistas y eso demostraba que no había evitado a la gente.

—Oh —dijo  él  con  una  risita—.  He  dado  un  buen  espectáculo,  pero  nunca  me  he  sentido  unido  a  nadie  después  de  Laura.  Nunca  he  querido.  Caro se  casó  y  formó  una  familia  y  yo  me  dediqué  a  viajar  por  el  mundo  velando  por  nuestros  intereses.  Pero levantar muros consume mucha energía. Tú lo sabes, Paula.

—Sí,  lo  sé.  Siempre  parecías  tan  seguro  de  tí  mismo.  Pedro...  Jamás  habría  sospechado que eras infeliz.

—Y  no  lo  era,  en  realidad  no.  Simplemente,  había  algo  que  me  faltaba.  Echaba  de menos raíces. Lo que parece estúpido considerando cómo te acabo de contar que mi familia me da un punto de apoyo.

—Hay mucha diferencia entre tener raíces y encontrar el lugar de uno mismo —lo  miró  a  los  ojos—.  Sé  que  jamás  tendré  lo  primero.  Jamás  conocí  a  mi  verdadero  padre  y  mi  infancia  fue  una  pesadilla,  pero...  pero  creo  que  me  he  hecho  un  lugar  por mí misma.

—Sé  que  lo  tienes.  Lo  sé  porque  he  podido  verlo  desde  el  principio.  Eres  de  aquí. Eres de aquí de una forma que yo nunca había visto —recorrió la casita con la mirada—. Puedo verte entre estas paredes. Has convertido esto en un hogar, uno que es sólo tuyo.

—Eso no significa que no esté sola.

—¿Estás sola, Pau?

—Sí, sí, lo estoy. Al menos, lo estaba y no lo sabía. Tú has cambiado eso.

—Jamás había esperado encontrarte, ¿Sabes? —le agarro una mano y le besó los dedos—. Y a pesar de haberlo hecho, aún no me lo creo. No confiaba en ello. Sentía algo  por  tí,  pero  lo  dejé  a  un  lado  para  que  no  fuera  real.  Me  decía  que  era  algo  temporal y que volvería a Italia y estaría bien. Y cuando me dijiste que me amabas...

—Te amo.

Pedro miró  al  suelo  y  permaneció  unos  segundos  en  silencio  hasta  que  alzó  la  mirada y dijo:

—Me derrotaste, Pau—se echó hacia delante y apoyó la frente en la de ella—. Tú, la única que tenía derecho a tener miedo... tú has sido la que me has enseñado. Eres  un  milagro,  Paula.  Y  me  muero  de  miedo  de  que  te  levantes  un  día  y  te  des  cuenta  de  que  no  soy  lo  bastante  bueno  para  tí  —no  podía  imaginarse  siendo  un  milagro para nadie. No después de todo lo que había pasado—. Estoy enamorado de tí y pensaba que sólo me necesitabas por tu padrastro.

—Oh, Pedro, ¿Cómo has podido pensar eso? Todo esto no tiene nada que ver con Fernando,  sino  contigo.  Tú  has  sido  la  primera  persona  capaz  de  verme  más  allá  de  lo  que  me  había  pasado.  La  primera  persona  que  me  ha  hecho  olvidar  y  me  ha  hecho  sentir que el pasado no importaba. La primera persona que me ha hecho sentir como la auténtica Paula. Jamás podrás decepcionarme.  Jamás.

Apoyó  los  codos  en  las  rodillas  y  le  tocó  los  muslos.  Paula pensó  en  que  al  principio no quería que la tocara y después se moría por que lo hiciera.

—Estoy  cansado  de  viajar.  Tengo  una  villa,  pero  no  estoy  apenas  en  ella.  Cuando era más joven era estimulante, no quería quedarme en un sitio. Pensaba que tenía la sartén de la vida por el mango, pero las cosas cambian. Yo he cambiado. He disfrutado  de  la  reforma  del  Cascade.  Pero  entonces,  mi  padre  me  llamó  la  mañana  después de que me hablaras de Fernando para enviarme a París.

—¿Por eso te comportaste como lo hiciste? —preguntó ella con una sonrisa.

—Era demasiado. Estaba sintiendo algo por ti de repente y eso me daba miedo. Quería  demostrarte  que  nada  de  eso  tenía  importancia  para  mí.  Y  por  otro  lado  estaba mi padre diciéndome que tenía que marcharme. He querido cambiar las cosas con él. Además, me debatía entre mis sentimientos hacia tí y los que tengo hacia mi familia —para  Paula todo  empezaba  a  tener  sentido—.  Estaba  seguro  de  que  marcharme era la mejor opción. No quería enamorarme. No quería ponerme en una posición en la que alguien pudiese hacerme daño.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 46

No amaneció gris, sino blanco puro. Paula miró  por  la  ventana  y  sacudió  la  cabeza.  La  noche  anterior  ni  siquiera  se  había  fijado  en  la  tormenta,  pero  en  esa  época,  en  las  montañas  cualquier  cosa  era  posible.  ¿Debía  ir  a  trabajar  o  tomarse  el  día  libre? Era  un  trayecto  corto,  pero  no  habían  limpiado  la  carretera  y  no  estaba  segura  de  que  su  coche  pequeño  no  derrapara.   Por   no   mencionar   la   vuelta.   Los copos seguían cayendo con  tanta intensidad que casi no veía el aparcamiento frente a la casita. Bobby volvió de  su  paseo  por  el  jardín  sacudiéndose  la  nieve  lleno  de  felicidad. Paula lo acarició y entró en el cuarto de baño. Se vio los ojos y decidió que aprovecharía que era la jefa. Llamaría y trabajaría desde casa.Puso  en  marcha  la  cafetera  y  calculó  la  diferencia  horaria  con  París.  Allí  sería  por la tarde. ¿Qué estaría haciendo él? En poco  tiempo  estaría  en  Italia  con  su  padre,  Caro y  sus  hijos.  Todo  lo  que  quería ese primer día que él había aparecido era librarse de él y conservar su trabajo. Y  lo  había  conseguido.  Y  sabía  que  la  triste  realidad  era  que  el  día  anterior  había  estado dispuesta a dimitir si él le hubiera dicho que también la amaba.Estaba empezando su segunda taza de café cuando llamaron a la puerta. Abrió y se encontró con Pedro envuelto en una pesada parka con el logotipo del Bow Valley Inn en el pecho.

—¡Pedro!

—¿Puedo pasar?

Se  había  quedado  tan  sorprendida  al  verlo  que  seguía  e  pie  en  medio  de  la  puerta, paralizada.

—¡Claro! ¿Cómo has... cuándo...? Quiero decir, ¿qué ha pasado con tu vuelo?Entró.

—No  lo  he  tomado  —respondió  quitándose  un  gorro  negro  de  la  cabeza  y  metiéndolo en un bolsillo.

De  pronto  Paula se  dió  cuenta  de  que  estaba  delante  de  él  descalza,  y  con  un  pijama de franela rosa.

—¡Oh,  Señor,  perdona  un  momento!  —se  ruborizó  al  ver  que  él  no  quitaba  los  ojos del pijama rosa.

—Paula—dijo él y ella siguió sin moverse.

El  día  anterior  le  había  dicho  adiós  y  la  había  rechazado  educadamente.  ¿Qué  hacía allí?

—No he podido tomar el avión.

—¿No has podido?

Él negó con la cabeza y ella trató de no concebir falsas esperanzas. Ya se habían dicho todo lo que había que decirse. Todo había quedado claro. Pedro se desabrochó el abrigo y se lo quitó.

—Me alegro de que no hayas ido a la oficina. Las carreteras están fatal.

—Aun  así,  has  conseguido  llegar  aquí  —se  giró  hacia  el  armario,  sorprendida  por lo fácilmente que convertía en palabras lo que pensaba.Un  mes  antes  eso  no  habría  sido  posible.  Una  prueba  más  de  lo  mucho  que  había cambiado desde que Luca había llegado al Cascade. Le debía más de lo que él creía.

—Tengo un todoterreno. Tú tienes un coche normal.

—Llamé para decir que trabajaría desde casa. Debería vestirme...

—Espera —la urgencia de esa palabra la detuvo—. He venido a decirte algunas cosas. Cosas que debería haber dicho ayer, pero me pillaste con la guardia baja —se agachó  a  quitarse  las  botas  y  caminó  por  la  tarima  para  estar  cerca  de  ella—.  Mi Paula—susurró y le acarició una mejilla.

—No —se  echó  hacia  atrás—.  Pedro, no  puedo.  Ayer  dijiste  todo  lo  que  necesitaba saber.

Pero él la ignoró, le agarró la otra mejilla y la besó en los párpados.

—En eso te equivocas. Dije demasiadas cosas y todas equivocadas. Tú, Paula, me has hecho un cobarde y eso no es algo que me guste.

—No te da miedo nada —susurró ella sin aliento.

—Tengo  miedo  de  tí.  Tengo  miedo  de  mí,  de  cómo  me  siento  cuando  estoy  contigo.  Y  entonces,  de  camino  a  Calgary,  me  he  dado  cuenta  de  lo  increíblemente  difícil  que  te  tuvo  que  resultar  decir  lo  que  me  dijiste.  Y  que  te  merecías  algo  mejor  por mi parte.

—¿Y por eso estás aquí?

—Eso  es  lo  que  me  da  miedo,  Pau.  Haces  que  desee  darte  más.  Haces  que  quiera ser digno y me da miedo enamorarme. Otra vez.

—No comprendo.

La tomó de la mano y la llevó a una mesa con sillas que había entre la cocina y el cuarto de estar. Se sentaron con las rodillas juntas.

—Pau,  te  mereces  mucho  más  de  lo  que  yo  puedo  darte.  Nunca  he  dado  importancia al amor y todo lo que conlleva. Tú estas saliendo de las sombras. Dije lo que  dije  porque  soy  demasiado  egoísta  como  para  terminar  las  cosas  como  quería.  Quería  que  siguiéramos  siendo  amigos  y,  si  no  eso,  al  menos  compañeros  que  han  compartido  algo  importante  —le  acarició  las  rodillas—.  Haces  que  quiera  cosas.  Cosas que no he querido en mucho tiempo. Pensaba que estaba tomando la decisión adecuada marchándome. Por tí, por mí. Pensaba que mis razones eran buenas, pero me equivocaba. Le dije a Eduardo que me volviera a traer. Y he pasado toda la noche intentando resolver las cosas.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 45

Dejó que todo el amor que sentía por él brillase en sus ojos.

—Sí, creo que sé por qué —se irguió y cruzó los brazos—. Entonces, quédate. Te amo, Pedro. Quédate conmigo y ámame también.

Nada  que  ella  hubiera  dicho  podría  haberlo  afectado  más.  Su  corazón  latió  de  emoción  antes  de  que  la  realidad  lo  golpeara.  Y  en  algún  rincón  de  su  mente  oyó  voces  de  su  pasado.  Voces  que  pedían  amor  y  a  las  que  se  les  negaba.  No  era  lo  bastante tonto como para creer que Paula lo dijera de verdad. Y aunque la amara, que no era posible, no podría decírselo.

—Paula, no sé qué decir —sabía que sonaba frío y deseó que fuera distinto—. Sé lo que hablamos anoche y todo era cierto, pero amor... —su voz se desvaneció.

No podía decir las palabras que tenía en la cabeza: «No estoy preparado para el amor».

—Has  pasado  por  algo  terrible  y  creo  que  tienes  que  tomarte  tu  tiempo  para  analizarlo racionalmente. Verás que en realidad lo que sientes es gratitud.

—Te   estoy  agradecida   —reconoció,   aunque   no   le   resultaba   fácil—.   Por   enseñarme  a  sentir  otra  vez,  Pedro.  Por  obligarme  a  salir  de  mi  cascarón  y  volver  al  mundo.

—No necesito que me des las gracias.

—Me estás rechazando —dijo intentando disimular el dolor.

Pedro rodeó  la  mesa  y  le  agarró  una  mano  helada.  Habría  dado  cualquier  cosa  por  no  romperle  el  corazón,  pero  no  podía  darle  lo  que  quería.  No  sabía  cómo.  ¡Había luchado contra ello toda su vida! No podía cambiar lo que era en un instante sólo porque ella se lo pidiera. Ella  lo  debilitaba.  Lo  había  conseguido  sin  siquiera  proponérselo.  Y  porque  lo  sabía, se echaba toda la culpa a sí mismo por ser tan vulnerable. Y por haberle dado unas esperanzas que no podía cumplir.

—Sigo  pensando  lo  que  te  dije  anoche.  Tenemos  una  conexión,  pero  los  dos  sabíamos que no sería para siempre. Siempre lo recordaremos como algo bueno.

No  sabía  cómo  enfrentarse  a  sus  lágrimas,  pero  para  su  sorpresa,  ella  soltó  la  mano y cuadró los hombros.

—Un  buen  recuerdo.  Eso  es  todo  —trató  de  sonreír  pero  se  le  notaba  tanto  el  dolor que Pedro sintió un sabor amargo.

Tenía que terminar con esa situación antes de cometer una estupidez o hacerle aún  más  daño.  No  había  elección.  Lo  esperaban  en  París. Había  dado  su  palabra  de  que  estaría  allí  y  él  nunca  incumplía  un  compromiso  con  su  padre,  aunque  deseara  hacerlo. Tampoco podía romper  su  vínculo con el   Cascade. Reformarlo había significado  demasiado  y  aborrecía  marcharse.  Era  más  que  un  proyecto.  Era  su  proyecto y el de Paula. Al menos, sabía que lo dejaba en buenas manos.

—Siento  que  pienses  que  había  algo  más.  Estaremos  en  contacto  por  el  hotel.  Así que esto no es realmente un adiós.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —lo miró buscando la verdad.

—Sí, es todo.

—Entonces esto es un adiós. Después de todo.

Él  asintió.  Quizá  fuera  mejor  que  se  marchara  enfadada.  Quizá  eso  le  hiciera  más fácil seguir adelante.

—Sí, le prometí a mi padre que estaría en París lo antes posible. Me voy dentro de una hora.

—Adiós, Pedro—le tendió una mano—. Ha sido un placer trabajar contigo.

—Adiós, Paula—le estrechó la mano y notó su temblor.

Paula salió  de  la  sala  de  reuniones  y  se  dirigió  a  su  coche.  Una  vez  dentro  finalmente se permitió llorar. Lo había arriesgado todo y había perdido.