—Sofía, ¿Podrías dejamos solos?
—No es necesario que Sofía se vaya —dijo Pedro—. Por favor, venga conmigoa la galería.
Paula respiró hondo. No le gustaba recibir órdenes ni someterse a la voluntad de nadie.
—Continúa ensayando —le dijo a Sofía.
Sofía asintió, y Pedro y ella se dirigieron a la galería. Estaba nerviosa. Si quería seguir bailando, ese trabajo era todo lo que tenía. Si la despedían, iba a tener que dejarde bailar y aceptar el trabajo de secretaria en el despacho de abogados que su hermana, Delfina, le había ofrecido. Y no quería eso.
—¿Algún problema?
—No, todo lo contrario. Todo el mundo habla muy bien de usted y quería ver cómo son las clases.
—¿Va a asistir a la clase de esta noche? —preguntó Paula.
—Sí, así es.
—Ah, estupendo —respondió Paula con una falsa sonrisa—. Tengo entendido que uno de sus antiguos compañeros de equipo se ha apuntado a nuestra clase.
—Sí, Martínez. Yo quería venir para ver qué tal se maneja enseñando a bailar a alguien famoso.
Paula alzó los ojos hacia el techo. ¿Acaso ese hombre creía que iba a tratar a T.J.Martínez de forma diferente a como trataba al resto de sus alumnos?
—¿Cree que no voy a saber comportarme con una persona famosa?
—No tengo ni idea —contestó él—. Por eso es por lo que he decidido asistir a la clase.
Aunque estaba furiosa, Paula mantuvo la calma.
—Soy una profesional, señor Alfonso. Por eso es por lo que me contrató su hermano.No es necesario que asista a una de mis clases de salsa, le aseguro que sé hacer mi trabajo.
—¿Acaso le he ofendido? —preguntó Pedro ladeando la cabeza.
—Sí, lo ha hecho.
Él le dedicó una rápida sonrisa, que le cambió la arrogante expresión que tenía por una encantadora.
—Lo siento, no era esa mi intención. La asistencia de gente famosa a este club es lo que nos hace estar por encima del resto de los clubs de Miami, y quiero que siga siendo así.
Paula asintió.
—Lo comprendo. Y le aseguro que la clase de esta noche no va a dañar la reputación de Luna Azul. Y estaré encantada de tenerle en mi clase esta noche.
—¿En serio?
—Sí —Paula giró sobre sus talones y comenzó a caminar en dirección a la sala de ensayos—. Porque, después de esta noche, va a tener que pedirme disculpas por haber puesto en duda mi profesionalidad.
La risa de él resonó en el vestíbulo.
Pedro la observó mientras se alejaba, y se arrepintió de no haber ido allí antes. Paula Chaves era graciosa, tenía agallas y era bonita. Tenía piernas largas y cuerpo esbelto.Era una buena bailarina y se le notaba hasta en la forma de andar. Permaneció en el patio, contemplando el cielo del atardecer. Era febrero y hacía fresco. De la cocina del patio salía el olor a comida cubana. Había hecho lo que tenía que hacer para mantener la imagen del club. Al fin y alcabo, él estaba al frente de Luna Azul; aunque tenía gracia ser el propietario, junto consus hermanos, del club más famoso de la Pequeña Habana y no serhispanoamericanos.
Pedro era el menor de tres hermanos, Federico era el del medio y Nicolás el mayor. La idea de transformar la antigua fábrica de cigarros puros en un club nocturno había sido de Nicolás. Federico era el experto en finanzas y quien, desde el principio, sabía que ganarían dinero invirtiendo su fondo fiduciario en el club.
En ese tiempo, Pedro, inmerso en el mundo del béisbol, se había limitado a firmar, y así había dado por zanjado el asunto. Pero cuando dos años más tarde una lesión en el hombro le obligó a dejar el béisbol, se alegró enormemente de que Nicolás y Federico hubieran comprado la fábrica y hubiesen abierto un club. Enseguida descubrió que él también tenía algo que aportar al negocio: una largalista de contactos entre los famosos. Por mucho que le gustara el béisbol, era un Alfonso de pies a cabeza y, por lo tanto,muy sociable. Algo que los reporteros notaron en el momento en que llegó a NuevaYork para jugar con los Yankees. Y él se había encargado de que hubiera continuadosiendo así. Utilizaba su fama para darle publicidad al club. Y aunque hacía ya más de seis añosque había dejado el béisbol, seguía siendo uno de los diez jugadores más famosos delequipo.
—¿Qué haces aquí arriba? —le preguntó Federico al salir de la zona de cocina.
Federico era cinco centímetros más alto que él y tenía el cabello castaño oscuro. Losdos tenían los mismos ojos que su madre y la fuerte mandíbula de su padre, un rasgocaracterístico de los varones Alfonso.
—Acabo de hablar con la profesora de salsa. T.J. va a venir a la clase de baile esta noche y quería estar seguro de que la profesora iba a saber comportarse.
—Le ha debido encantar.
—¿La conoces? —preguntó Pedro, sintiendo una leve punzada de celos por la familiaridad con que su hermano hablaba de Paula.
—No mucho. Pero la entrevisté para el trabajo y tiene mucha confianza en sí misma. No le gusta que pongan en duda su profesionalidad.
—¿A quién le gusta eso? —preguntó Pedro.
—A mí no, desde luego. Mañana tengo una reunión con las fuerzas vivas de la comunidad. Quieren que se tenga en cuenta su opinión respecto a la fiesta para celebrar el décimo aniversario del club.
jueves, 5 de julio de 2018
Pasión y Baile: Capítulo 1
El ritmo de la Pequeña Habana latía en las venas de Paula Chaves cuando estacionó elcoche en una de las calles adyacentes a la Calle Ocho y se dirigió a Luna Azul, contentade que los hermanos Stern la hubieran contratado como profesora de salsa en su clubnocturno. El club era poco común. Los hermanos Alfonso habían provocado un escándalo alcomprar la vieja fábrica de cigarros puros, en el corazón de la Pequeña Habana, y transformarla en uno de los mejores clubs de Miami. Y algunos miembros de lacomunidad cubano americana aún no se lo habían perdonado.
Con un bolso grande colgado del hombro, cruzó la impresionante entrada de LunaAzul. Y se detuvo un momento, como siempre hacía, para admirar la araña del techo de Dale Chihuly: el tema era un cielo nocturno con una enorme luna azul. El tema seextendía al logotipo del club y a los colores de los Uniformes de los empleados. Estaba contenta de trabajar ahí. Y más contenta aún de tener la oportunidad debailar otra vez. Tres años antes, una mala decisión que tomó, basada en el corazón envez de en la razón, era la causa de que le hubieran prohibido participar en baile decompetición. Pero ahora, ahí estaba, dando clases de su baile preferido, dando clases de salsa. La salsa era un baile procedente del Caribe y, aunque ella era cien por cienamericana, sentía ese baile dentro de sí, como si estuviera hecho a su medida. Mientras se adentraba en el club, vió que estaban preparando el escenario principal para la actuación, aquella noche, de XSU, el grupo inglés de rock que habíatenido un rotundo éxito en Estados Unidos el año anterior. Su hermana y la mejor amiga de ésta le habían rogado que les consiguiera entradas para el concierto, y ella se las había conseguido.
El club estaba dividido en varias zonas. En el piso bajo, delante del escenario, había una enorme pista de baile rodeada de mesas altas con taburetes y también mesas retiradas en pequeños y oscuros espacios reservados. En el piso superior, donde ellapasaba la mayor parte del tiempo, había una sala de ensayos con un pequeño bar y un entresuelo con vistas al piso bajo. Pero las auténticas joyas de este piso eran la galería,a la izquierda, y el escenario, al fondo. Era ahí donde, cada noche, Luna Azul llevaba a cabo las famosas fiestas de los viernes por la noche de la Calle Ocho. En el club, todas las noches eran una fiesta de música y baile latinoamericanos en la que participaban los artistas más importantes de ese tipo de música. Y ahí estaba ella, formando parte de aquello. Cuando Paula entró en la sala de ensayos, su ayudante la saludó.
—Llegas tarde.
—No, Sofía, llego justo a mi hora.
Sofía arqueó una ceja. Aunque agradable y simpática, tenía obsesión con la puntualidad.
—A propósito, he traído un nuevo CD —añadió Paula.
—¿Qué CD?
—Una recopilación de mi música preferida, viejos clásicos de la salsa. Quiero que laclase de esta noche sea diferente.
—¿Por qué? ¿Qué tiene esta noche de especial? —preguntó Sofía.
—T.J. Martínez se ha apuntado.
—¿El jugador de béisbol de los Yankees?
—Sí. Y como es amigo de Pedro Alfonso, he pensado que debíamos hacer un esfuerzo especial —había que tener contentos a los dueños del club y a sus amigos.
—Quizá deberías haber llegado un poco antes.
—Sofi, para. Aún faltan treinta minutos para que la clase empiece.
—Lo sé, perdona. Es que hoy estoy un poco tonta.
—¿Por qué?
—Van a enviar a Diego a Afganistán otra vez.
—¿Cuándo? —preguntó Paula.
Diego era el hermano de Sofía y los dos estaban muy unidos. Sofía solía decir que Diego era la única persona que tenía en el mundo.
—Dentro de tres semanas. Yo…
Paula se acercó a su amiga y la abrazó.
—Ya verás como no le pasa nada. Diego sabe cuidar de sí mismo. Y mientras está fuera, sabes que puedes contar conmigo.
Sofía le devolvió el abrazo.
—Tienes razón. Bueno, venga, dime qué canciones vas a poner esta noche.
Paula sabía que Sofía necesitaba sumergirse en la música aquella noche con el fin de olvidar sus problemas durante un tiempo. Admiraba su valor. Debía ser muy duro tener un hermano soldado.
La música reverberó en la sala mientras Sofía y ella comenzaron su rutina. Sofía no bailaba mal, aunque no lo suficientemente bien como para formar parte del mundodel baile de competición. Pero, para el Luna Azul, era más que suficiente.
—Me gusta —dijo Sofía.
—Estupendo. Y ahora, quiero que des un golpe de cadera más pronunciado en elsexto cambio de ritmo, así… —Paula hizo una demostración.
—Muy bien, señorita Chaves.
Paula se tambaleó y, al volver la mirada, vió a Pedro Alfonso en la puerta.Era alto, alrededor de un metro ochenta y tres, de pelo rubio muy corto. El bronceado natural de su piel era la envidia de todo el mundo y cualquier ropa que sepusiera le sentaba bien. Era de mandíbula fuerte y tenía una pequeña cicatriz en labarbilla, resultado de un accidente de pequeño jugando al béisbol. ¿Por qué sabía ella tantas cosas de él? Sacudió la cabeza. Uno de los motivos porlos que había solicitado aquel trabajo era que Pedro le gustaba desde que, siendo fan de los Yankees, le había visto jugar.
—Gracias, señor Alfonso—respondió ella.
—Paula, me gustaría hablar un momento con usted.
Con un bolso grande colgado del hombro, cruzó la impresionante entrada de LunaAzul. Y se detuvo un momento, como siempre hacía, para admirar la araña del techo de Dale Chihuly: el tema era un cielo nocturno con una enorme luna azul. El tema seextendía al logotipo del club y a los colores de los Uniformes de los empleados. Estaba contenta de trabajar ahí. Y más contenta aún de tener la oportunidad debailar otra vez. Tres años antes, una mala decisión que tomó, basada en el corazón envez de en la razón, era la causa de que le hubieran prohibido participar en baile decompetición. Pero ahora, ahí estaba, dando clases de su baile preferido, dando clases de salsa. La salsa era un baile procedente del Caribe y, aunque ella era cien por cienamericana, sentía ese baile dentro de sí, como si estuviera hecho a su medida. Mientras se adentraba en el club, vió que estaban preparando el escenario principal para la actuación, aquella noche, de XSU, el grupo inglés de rock que habíatenido un rotundo éxito en Estados Unidos el año anterior. Su hermana y la mejor amiga de ésta le habían rogado que les consiguiera entradas para el concierto, y ella se las había conseguido.
El club estaba dividido en varias zonas. En el piso bajo, delante del escenario, había una enorme pista de baile rodeada de mesas altas con taburetes y también mesas retiradas en pequeños y oscuros espacios reservados. En el piso superior, donde ellapasaba la mayor parte del tiempo, había una sala de ensayos con un pequeño bar y un entresuelo con vistas al piso bajo. Pero las auténticas joyas de este piso eran la galería,a la izquierda, y el escenario, al fondo. Era ahí donde, cada noche, Luna Azul llevaba a cabo las famosas fiestas de los viernes por la noche de la Calle Ocho. En el club, todas las noches eran una fiesta de música y baile latinoamericanos en la que participaban los artistas más importantes de ese tipo de música. Y ahí estaba ella, formando parte de aquello. Cuando Paula entró en la sala de ensayos, su ayudante la saludó.
—Llegas tarde.
—No, Sofía, llego justo a mi hora.
Sofía arqueó una ceja. Aunque agradable y simpática, tenía obsesión con la puntualidad.
—A propósito, he traído un nuevo CD —añadió Paula.
—¿Qué CD?
—Una recopilación de mi música preferida, viejos clásicos de la salsa. Quiero que laclase de esta noche sea diferente.
—¿Por qué? ¿Qué tiene esta noche de especial? —preguntó Sofía.
—T.J. Martínez se ha apuntado.
—¿El jugador de béisbol de los Yankees?
—Sí. Y como es amigo de Pedro Alfonso, he pensado que debíamos hacer un esfuerzo especial —había que tener contentos a los dueños del club y a sus amigos.
—Quizá deberías haber llegado un poco antes.
—Sofi, para. Aún faltan treinta minutos para que la clase empiece.
—Lo sé, perdona. Es que hoy estoy un poco tonta.
—¿Por qué?
—Van a enviar a Diego a Afganistán otra vez.
—¿Cuándo? —preguntó Paula.
Diego era el hermano de Sofía y los dos estaban muy unidos. Sofía solía decir que Diego era la única persona que tenía en el mundo.
—Dentro de tres semanas. Yo…
Paula se acercó a su amiga y la abrazó.
—Ya verás como no le pasa nada. Diego sabe cuidar de sí mismo. Y mientras está fuera, sabes que puedes contar conmigo.
Sofía le devolvió el abrazo.
—Tienes razón. Bueno, venga, dime qué canciones vas a poner esta noche.
Paula sabía que Sofía necesitaba sumergirse en la música aquella noche con el fin de olvidar sus problemas durante un tiempo. Admiraba su valor. Debía ser muy duro tener un hermano soldado.
La música reverberó en la sala mientras Sofía y ella comenzaron su rutina. Sofía no bailaba mal, aunque no lo suficientemente bien como para formar parte del mundodel baile de competición. Pero, para el Luna Azul, era más que suficiente.
—Me gusta —dijo Sofía.
—Estupendo. Y ahora, quiero que des un golpe de cadera más pronunciado en elsexto cambio de ritmo, así… —Paula hizo una demostración.
—Muy bien, señorita Chaves.
Paula se tambaleó y, al volver la mirada, vió a Pedro Alfonso en la puerta.Era alto, alrededor de un metro ochenta y tres, de pelo rubio muy corto. El bronceado natural de su piel era la envidia de todo el mundo y cualquier ropa que sepusiera le sentaba bien. Era de mandíbula fuerte y tenía una pequeña cicatriz en labarbilla, resultado de un accidente de pequeño jugando al béisbol. ¿Por qué sabía ella tantas cosas de él? Sacudió la cabeza. Uno de los motivos porlos que había solicitado aquel trabajo era que Pedro le gustaba desde que, siendo fan de los Yankees, le había visto jugar.
—Gracias, señor Alfonso—respondió ella.
—Paula, me gustaría hablar un momento con usted.
Pasión y Baile: Sinopsis
Bailando con el deseo...
Quizá debido al húmedo calor, quizá al palpitante ritmo de la música, Pedro Alfonso, millonario copropietario de un club nocturno, no pudo resistirse a los encantos de Paula Chaves. Aunque en Miami se le consideraba un playboy, jamás coqueteaba con sus empleadas. Sin embargo, Paula le hizo romper aquella regla de oro.
Aunque Paula sabía que acostarse con su jefe era peligroso, el encanto de ese hombre de negocios le hizo bajar la guardia. De sobra conocía la fama de Casanova de Pedro; pero cuando él la rodeaba con los brazos, le era imposible resistirse.
Quizá debido al húmedo calor, quizá al palpitante ritmo de la música, Pedro Alfonso, millonario copropietario de un club nocturno, no pudo resistirse a los encantos de Paula Chaves. Aunque en Miami se le consideraba un playboy, jamás coqueteaba con sus empleadas. Sin embargo, Paula le hizo romper aquella regla de oro.
Aunque Paula sabía que acostarse con su jefe era peligroso, el encanto de ese hombre de negocios le hizo bajar la guardia. De sobra conocía la fama de Casanova de Pedro; pero cuando él la rodeaba con los brazos, le era imposible resistirse.
martes, 3 de julio de 2018
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 48
Paula no podía creer que alguna vez hubiera tenido ese poder. Pero allí estaba él, agarrándole las manos, diciéndole cómo se sentía.
—Nunca antes he estado enamorada —reconoció ella—, pero si no te lo decía sabía que me arrepentiría el resto de mi vida. Y tenía que pedirte que tú también me quisieras.
—Quiero besarte ahora mismo —dijo él con voz ronca—, pero tengo que decirte lo demás antes.
—Entonces, date prisa.
—He hablado con mi padre. Sobre Alfonso, sobré mi descontento, sobre tí. Y hemos hablado de mi madre.
—¿Sí?
—Las heridas de la infancia tardan mucho en cicatrizar, ¿No crees? Él la perdonó hace mucho, pero yo no. Siempre he llevado esta amargura conmigo. Me hacía estar harto. Necesitaba dar un paso adelante. Si tú has podido superar lo de Fernando, seguro que yo puedo perdonar a mi madre.
—Tú no eres el único, Pedro. También he pensado mucho en mi madre últimamente. ¿Cómo puedo juzgarla por las decisiones que tomó aterrorizada cuando yo he hecho lo mismo durante años? Voy a tratar de encontrarla. Seguro que el policía que me mandó la carta me ayudara.
—Cuando todo lo que había que decir estaba dicho —siguió Pedro tras un largo silencio—, dimití de todos mis cargos y ocupé otro. Como vicepresidente, estoy a cargo de todos los establecimientos de Norteamérica. Controlaré todo este lado del Atlántico desde una oficina.
—Qué maravilloso, Pedro. ¡Menudo trabajo! —dijo sonriendo.
—Dio, eres dura —dijo él con un suspiro—. ¿Serías feliz en otro sitio, Pau? ¿Podrías dejar esto?
¿Podría hacerlo por Pedro? Miró su casita, el hogar que había levantado de la nada. ¿Podría dejarla? Si era por él, creía que sí.
—Sí.
—Pero no te gustaría hacerlo. Quieres este lugar.
—Por supuesto, pero... No estoy segura de lo que me estás pidiendo. O de lo que ha sucedido.
—Mis prioridades han cambiado, eso es lo que ha pasado. ¿No lo ves, Paula? Ahora todo encaja. El Cascade que hemos construido juntos, el nuevo trabajo y tú. Te amo. Tú me das las raíces. No quiero estar en otro sitio. Sólo contigo. Tú eres lo primero, lo demás va detrás.
Paula se quedó sin palabras. Jamás habría esperado algo así.
—Te amo, Paula—volvió a decir él.
—Jamás nadie me ha puesto en primer lugar.
—Entonces ya era hora, ¿No crees? —sonrió con ternura—. Eres mi centro. Nada más tiene sentido. Vivir sin tí me da más miedo que arriesgar mi corazón. El trabajo es mío. Donde viva depende de tu respuesta. Podría aceptarlo, si tú me respondes a una pregunta —Pedro se metió una mano en el bolsillo y después se arrodilló—. Cásate conmigo. Cásate conmigo en el salón que hemos reconstruido juntos, bajo la araña que encontramos en el ático. Comparte tu vida conmigo. Formemos juntos un hogar. Por favor, dí que sí —sacó un anillo.
No había duda de que era antiguo. Miró la brillante esmeralda en la montura de platino y los diamantes a los lados.
—Era el anillo de mi abuela. Decía que la esmeralda es símbolo de amor y esperanza —ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas—. ¿No lo ves, Pau? Eso es lo que tú eres para mí. Amor y esperanza.
—Oh, Pedro—susurró—. Te amo tanto... Jamás había creído en los finales felices. A mi madre nunca le llegaron. Quizá por eso acepté que te fueras como lo hice. No me lo creía. Pero ahora tengo una oportunidad, para creer, para tener fe. Y sería tonta si no la aprovechara.
—¿Eso es un sí?
—Sí, sí, ¡Sí!
Le agarró la mano y la puso en pie. La abrazó y la besó en los labios.
—Paula. Es un acierto que quien lleve este anillo tenga ese nombre. ¡Oh, Pau, qué futuro tenemos por delante!
Paula le acarició la mejilla. Estaba a salvo con él, en cuerpo y alma.
—Empezando por hoy.
—Empezando por hoy —confirmó él y volvió a besarla.
FIN
—Nunca antes he estado enamorada —reconoció ella—, pero si no te lo decía sabía que me arrepentiría el resto de mi vida. Y tenía que pedirte que tú también me quisieras.
—Quiero besarte ahora mismo —dijo él con voz ronca—, pero tengo que decirte lo demás antes.
—Entonces, date prisa.
—He hablado con mi padre. Sobre Alfonso, sobré mi descontento, sobre tí. Y hemos hablado de mi madre.
—¿Sí?
—Las heridas de la infancia tardan mucho en cicatrizar, ¿No crees? Él la perdonó hace mucho, pero yo no. Siempre he llevado esta amargura conmigo. Me hacía estar harto. Necesitaba dar un paso adelante. Si tú has podido superar lo de Fernando, seguro que yo puedo perdonar a mi madre.
—Tú no eres el único, Pedro. También he pensado mucho en mi madre últimamente. ¿Cómo puedo juzgarla por las decisiones que tomó aterrorizada cuando yo he hecho lo mismo durante años? Voy a tratar de encontrarla. Seguro que el policía que me mandó la carta me ayudara.
—Cuando todo lo que había que decir estaba dicho —siguió Pedro tras un largo silencio—, dimití de todos mis cargos y ocupé otro. Como vicepresidente, estoy a cargo de todos los establecimientos de Norteamérica. Controlaré todo este lado del Atlántico desde una oficina.
—Qué maravilloso, Pedro. ¡Menudo trabajo! —dijo sonriendo.
—Dio, eres dura —dijo él con un suspiro—. ¿Serías feliz en otro sitio, Pau? ¿Podrías dejar esto?
¿Podría hacerlo por Pedro? Miró su casita, el hogar que había levantado de la nada. ¿Podría dejarla? Si era por él, creía que sí.
—Sí.
—Pero no te gustaría hacerlo. Quieres este lugar.
—Por supuesto, pero... No estoy segura de lo que me estás pidiendo. O de lo que ha sucedido.
—Mis prioridades han cambiado, eso es lo que ha pasado. ¿No lo ves, Paula? Ahora todo encaja. El Cascade que hemos construido juntos, el nuevo trabajo y tú. Te amo. Tú me das las raíces. No quiero estar en otro sitio. Sólo contigo. Tú eres lo primero, lo demás va detrás.
Paula se quedó sin palabras. Jamás habría esperado algo así.
—Te amo, Paula—volvió a decir él.
—Jamás nadie me ha puesto en primer lugar.
—Entonces ya era hora, ¿No crees? —sonrió con ternura—. Eres mi centro. Nada más tiene sentido. Vivir sin tí me da más miedo que arriesgar mi corazón. El trabajo es mío. Donde viva depende de tu respuesta. Podría aceptarlo, si tú me respondes a una pregunta —Pedro se metió una mano en el bolsillo y después se arrodilló—. Cásate conmigo. Cásate conmigo en el salón que hemos reconstruido juntos, bajo la araña que encontramos en el ático. Comparte tu vida conmigo. Formemos juntos un hogar. Por favor, dí que sí —sacó un anillo.
No había duda de que era antiguo. Miró la brillante esmeralda en la montura de platino y los diamantes a los lados.
—Era el anillo de mi abuela. Decía que la esmeralda es símbolo de amor y esperanza —ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas—. ¿No lo ves, Pau? Eso es lo que tú eres para mí. Amor y esperanza.
—Oh, Pedro—susurró—. Te amo tanto... Jamás había creído en los finales felices. A mi madre nunca le llegaron. Quizá por eso acepté que te fueras como lo hice. No me lo creía. Pero ahora tengo una oportunidad, para creer, para tener fe. Y sería tonta si no la aprovechara.
—¿Eso es un sí?
—Sí, sí, ¡Sí!
Le agarró la mano y la puso en pie. La abrazó y la besó en los labios.
—Paula. Es un acierto que quien lleve este anillo tenga ese nombre. ¡Oh, Pau, qué futuro tenemos por delante!
Paula le acarició la mejilla. Estaba a salvo con él, en cuerpo y alma.
—Empezando por hoy.
—Empezando por hoy —confirmó él y volvió a besarla.
FIN
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 47
—Tienes que ir a París.
—No, cara, no.
Le agarró las manos. Ella quería creerlo, aunque las palabras del día anterior aún sonaban en su cabeza. Estaba en su casa y parecía que por una razón importante. Tenía que creer que ella era importante.
—Sabes que mi madre abandonó a mi padre cuando yo era muy joven. Y aunque teníamos a nuestro padre, me sentí muy responsable de Caro. Y, algunas veces, de mi padre porque tenía la edad suficiente para darme cuenta de lo que sufría por mi madre. Una y otra vez lo veía pedir su amor y ella se negaba. Nunca fue bastante para ella.
—¿Crees que no decía de verdad lo que te dije ayer?
—No suelo hablar de mis sentimientos, Pau. Necesito ver las cosas, mostrarlas. Dije esas palabras una vez, recuerda que te hablé de Laura. Le entregué mi corazón. Y luego la encontré con otro. Sólo me quería porque era un Alfonso. Yo había confiado en ella. Así que, cuando empecé a sentir algo por tí, me dí todo tipo de excusas.
Paula se imaginó a un Pedro más joven, vibrante por estar enamorado y, después, decepcionado. Le acarició los dedos.
—Así que te dedicaste al trabajo.
—Jamás se ha cuestionado mi trabajo en Alfonso. Es mi herencia. Una herencia levantada por mis abuelos. Sentiría que los habría decepcionado si no hubiera seguido en la empresa. Quiero a Alfonso, es mi sangre.
—Pero...
—Pero he pasado demasiados años centrado sólo en mi trabajo, evitando a la gente. Y no sabía cómo tener las dos cosas.
Ella alzó una ceja. Lo había visto en las revistas y eso demostraba que no había evitado a la gente.
—Oh —dijo él con una risita—. He dado un buen espectáculo, pero nunca me he sentido unido a nadie después de Laura. Nunca he querido. Caro se casó y formó una familia y yo me dediqué a viajar por el mundo velando por nuestros intereses. Pero levantar muros consume mucha energía. Tú lo sabes, Paula.
—Sí, lo sé. Siempre parecías tan seguro de tí mismo. Pedro... Jamás habría sospechado que eras infeliz.
—Y no lo era, en realidad no. Simplemente, había algo que me faltaba. Echaba de menos raíces. Lo que parece estúpido considerando cómo te acabo de contar que mi familia me da un punto de apoyo.
—Hay mucha diferencia entre tener raíces y encontrar el lugar de uno mismo —lo miró a los ojos—. Sé que jamás tendré lo primero. Jamás conocí a mi verdadero padre y mi infancia fue una pesadilla, pero... pero creo que me he hecho un lugar por mí misma.
—Sé que lo tienes. Lo sé porque he podido verlo desde el principio. Eres de aquí. Eres de aquí de una forma que yo nunca había visto —recorrió la casita con la mirada—. Puedo verte entre estas paredes. Has convertido esto en un hogar, uno que es sólo tuyo.
—Eso no significa que no esté sola.
—¿Estás sola, Pau?
—Sí, sí, lo estoy. Al menos, lo estaba y no lo sabía. Tú has cambiado eso.
—Jamás había esperado encontrarte, ¿Sabes? —le agarro una mano y le besó los dedos—. Y a pesar de haberlo hecho, aún no me lo creo. No confiaba en ello. Sentía algo por tí, pero lo dejé a un lado para que no fuera real. Me decía que era algo temporal y que volvería a Italia y estaría bien. Y cuando me dijiste que me amabas...
—Te amo.
Pedro miró al suelo y permaneció unos segundos en silencio hasta que alzó la mirada y dijo:
—Me derrotaste, Pau—se echó hacia delante y apoyó la frente en la de ella—. Tú, la única que tenía derecho a tener miedo... tú has sido la que me has enseñado. Eres un milagro, Paula. Y me muero de miedo de que te levantes un día y te des cuenta de que no soy lo bastante bueno para tí —no podía imaginarse siendo un milagro para nadie. No después de todo lo que había pasado—. Estoy enamorado de tí y pensaba que sólo me necesitabas por tu padrastro.
—Oh, Pedro, ¿Cómo has podido pensar eso? Todo esto no tiene nada que ver con Fernando, sino contigo. Tú has sido la primera persona capaz de verme más allá de lo que me había pasado. La primera persona que me ha hecho olvidar y me ha hecho sentir que el pasado no importaba. La primera persona que me ha hecho sentir como la auténtica Paula. Jamás podrás decepcionarme. Jamás.
Apoyó los codos en las rodillas y le tocó los muslos. Paula pensó en que al principio no quería que la tocara y después se moría por que lo hiciera.
—Estoy cansado de viajar. Tengo una villa, pero no estoy apenas en ella. Cuando era más joven era estimulante, no quería quedarme en un sitio. Pensaba que tenía la sartén de la vida por el mango, pero las cosas cambian. Yo he cambiado. He disfrutado de la reforma del Cascade. Pero entonces, mi padre me llamó la mañana después de que me hablaras de Fernando para enviarme a París.
—¿Por eso te comportaste como lo hiciste? —preguntó ella con una sonrisa.
—Era demasiado. Estaba sintiendo algo por ti de repente y eso me daba miedo. Quería demostrarte que nada de eso tenía importancia para mí. Y por otro lado estaba mi padre diciéndome que tenía que marcharme. He querido cambiar las cosas con él. Además, me debatía entre mis sentimientos hacia tí y los que tengo hacia mi familia —para Paula todo empezaba a tener sentido—. Estaba seguro de que marcharme era la mejor opción. No quería enamorarme. No quería ponerme en una posición en la que alguien pudiese hacerme daño.
—No, cara, no.
Le agarró las manos. Ella quería creerlo, aunque las palabras del día anterior aún sonaban en su cabeza. Estaba en su casa y parecía que por una razón importante. Tenía que creer que ella era importante.
—Sabes que mi madre abandonó a mi padre cuando yo era muy joven. Y aunque teníamos a nuestro padre, me sentí muy responsable de Caro. Y, algunas veces, de mi padre porque tenía la edad suficiente para darme cuenta de lo que sufría por mi madre. Una y otra vez lo veía pedir su amor y ella se negaba. Nunca fue bastante para ella.
—¿Crees que no decía de verdad lo que te dije ayer?
—No suelo hablar de mis sentimientos, Pau. Necesito ver las cosas, mostrarlas. Dije esas palabras una vez, recuerda que te hablé de Laura. Le entregué mi corazón. Y luego la encontré con otro. Sólo me quería porque era un Alfonso. Yo había confiado en ella. Así que, cuando empecé a sentir algo por tí, me dí todo tipo de excusas.
Paula se imaginó a un Pedro más joven, vibrante por estar enamorado y, después, decepcionado. Le acarició los dedos.
—Así que te dedicaste al trabajo.
—Jamás se ha cuestionado mi trabajo en Alfonso. Es mi herencia. Una herencia levantada por mis abuelos. Sentiría que los habría decepcionado si no hubiera seguido en la empresa. Quiero a Alfonso, es mi sangre.
—Pero...
—Pero he pasado demasiados años centrado sólo en mi trabajo, evitando a la gente. Y no sabía cómo tener las dos cosas.
Ella alzó una ceja. Lo había visto en las revistas y eso demostraba que no había evitado a la gente.
—Oh —dijo él con una risita—. He dado un buen espectáculo, pero nunca me he sentido unido a nadie después de Laura. Nunca he querido. Caro se casó y formó una familia y yo me dediqué a viajar por el mundo velando por nuestros intereses. Pero levantar muros consume mucha energía. Tú lo sabes, Paula.
—Sí, lo sé. Siempre parecías tan seguro de tí mismo. Pedro... Jamás habría sospechado que eras infeliz.
—Y no lo era, en realidad no. Simplemente, había algo que me faltaba. Echaba de menos raíces. Lo que parece estúpido considerando cómo te acabo de contar que mi familia me da un punto de apoyo.
—Hay mucha diferencia entre tener raíces y encontrar el lugar de uno mismo —lo miró a los ojos—. Sé que jamás tendré lo primero. Jamás conocí a mi verdadero padre y mi infancia fue una pesadilla, pero... pero creo que me he hecho un lugar por mí misma.
—Sé que lo tienes. Lo sé porque he podido verlo desde el principio. Eres de aquí. Eres de aquí de una forma que yo nunca había visto —recorrió la casita con la mirada—. Puedo verte entre estas paredes. Has convertido esto en un hogar, uno que es sólo tuyo.
—Eso no significa que no esté sola.
—¿Estás sola, Pau?
—Sí, sí, lo estoy. Al menos, lo estaba y no lo sabía. Tú has cambiado eso.
—Jamás había esperado encontrarte, ¿Sabes? —le agarro una mano y le besó los dedos—. Y a pesar de haberlo hecho, aún no me lo creo. No confiaba en ello. Sentía algo por tí, pero lo dejé a un lado para que no fuera real. Me decía que era algo temporal y que volvería a Italia y estaría bien. Y cuando me dijiste que me amabas...
—Te amo.
Pedro miró al suelo y permaneció unos segundos en silencio hasta que alzó la mirada y dijo:
—Me derrotaste, Pau—se echó hacia delante y apoyó la frente en la de ella—. Tú, la única que tenía derecho a tener miedo... tú has sido la que me has enseñado. Eres un milagro, Paula. Y me muero de miedo de que te levantes un día y te des cuenta de que no soy lo bastante bueno para tí —no podía imaginarse siendo un milagro para nadie. No después de todo lo que había pasado—. Estoy enamorado de tí y pensaba que sólo me necesitabas por tu padrastro.
—Oh, Pedro, ¿Cómo has podido pensar eso? Todo esto no tiene nada que ver con Fernando, sino contigo. Tú has sido la primera persona capaz de verme más allá de lo que me había pasado. La primera persona que me ha hecho olvidar y me ha hecho sentir que el pasado no importaba. La primera persona que me ha hecho sentir como la auténtica Paula. Jamás podrás decepcionarme. Jamás.
Apoyó los codos en las rodillas y le tocó los muslos. Paula pensó en que al principio no quería que la tocara y después se moría por que lo hiciera.
—Estoy cansado de viajar. Tengo una villa, pero no estoy apenas en ella. Cuando era más joven era estimulante, no quería quedarme en un sitio. Pensaba que tenía la sartén de la vida por el mango, pero las cosas cambian. Yo he cambiado. He disfrutado de la reforma del Cascade. Pero entonces, mi padre me llamó la mañana después de que me hablaras de Fernando para enviarme a París.
—¿Por eso te comportaste como lo hiciste? —preguntó ella con una sonrisa.
—Era demasiado. Estaba sintiendo algo por ti de repente y eso me daba miedo. Quería demostrarte que nada de eso tenía importancia para mí. Y por otro lado estaba mi padre diciéndome que tenía que marcharme. He querido cambiar las cosas con él. Además, me debatía entre mis sentimientos hacia tí y los que tengo hacia mi familia —para Paula todo empezaba a tener sentido—. Estaba seguro de que marcharme era la mejor opción. No quería enamorarme. No quería ponerme en una posición en la que alguien pudiese hacerme daño.
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 46
No amaneció gris, sino blanco puro. Paula miró por la ventana y sacudió la cabeza. La noche anterior ni siquiera se había fijado en la tormenta, pero en esa época, en las montañas cualquier cosa era posible. ¿Debía ir a trabajar o tomarse el día libre? Era un trayecto corto, pero no habían limpiado la carretera y no estaba segura de que su coche pequeño no derrapara. Por no mencionar la vuelta. Los copos seguían cayendo con tanta intensidad que casi no veía el aparcamiento frente a la casita. Bobby volvió de su paseo por el jardín sacudiéndose la nieve lleno de felicidad. Paula lo acarició y entró en el cuarto de baño. Se vio los ojos y decidió que aprovecharía que era la jefa. Llamaría y trabajaría desde casa.Puso en marcha la cafetera y calculó la diferencia horaria con París. Allí sería por la tarde. ¿Qué estaría haciendo él? En poco tiempo estaría en Italia con su padre, Caro y sus hijos. Todo lo que quería ese primer día que él había aparecido era librarse de él y conservar su trabajo. Y lo había conseguido. Y sabía que la triste realidad era que el día anterior había estado dispuesta a dimitir si él le hubiera dicho que también la amaba.Estaba empezando su segunda taza de café cuando llamaron a la puerta. Abrió y se encontró con Pedro envuelto en una pesada parka con el logotipo del Bow Valley Inn en el pecho.
—¡Pedro!
—¿Puedo pasar?
Se había quedado tan sorprendida al verlo que seguía e pie en medio de la puerta, paralizada.
—¡Claro! ¿Cómo has... cuándo...? Quiero decir, ¿qué ha pasado con tu vuelo?Entró.
—No lo he tomado —respondió quitándose un gorro negro de la cabeza y metiéndolo en un bolsillo.
De pronto Paula se dió cuenta de que estaba delante de él descalza, y con un pijama de franela rosa.
—¡Oh, Señor, perdona un momento! —se ruborizó al ver que él no quitaba los ojos del pijama rosa.
—Paula—dijo él y ella siguió sin moverse.
El día anterior le había dicho adiós y la había rechazado educadamente. ¿Qué hacía allí?
—No he podido tomar el avión.
—¿No has podido?
Él negó con la cabeza y ella trató de no concebir falsas esperanzas. Ya se habían dicho todo lo que había que decirse. Todo había quedado claro. Pedro se desabrochó el abrigo y se lo quitó.
—Me alegro de que no hayas ido a la oficina. Las carreteras están fatal.
—Aun así, has conseguido llegar aquí —se giró hacia el armario, sorprendida por lo fácilmente que convertía en palabras lo que pensaba.Un mes antes eso no habría sido posible. Una prueba más de lo mucho que había cambiado desde que Luca había llegado al Cascade. Le debía más de lo que él creía.
—Tengo un todoterreno. Tú tienes un coche normal.
—Llamé para decir que trabajaría desde casa. Debería vestirme...
—Espera —la urgencia de esa palabra la detuvo—. He venido a decirte algunas cosas. Cosas que debería haber dicho ayer, pero me pillaste con la guardia baja —se agachó a quitarse las botas y caminó por la tarima para estar cerca de ella—. Mi Paula—susurró y le acarició una mejilla.
—No —se echó hacia atrás—. Pedro, no puedo. Ayer dijiste todo lo que necesitaba saber.
Pero él la ignoró, le agarró la otra mejilla y la besó en los párpados.
—En eso te equivocas. Dije demasiadas cosas y todas equivocadas. Tú, Paula, me has hecho un cobarde y eso no es algo que me guste.
—No te da miedo nada —susurró ella sin aliento.
—Tengo miedo de tí. Tengo miedo de mí, de cómo me siento cuando estoy contigo. Y entonces, de camino a Calgary, me he dado cuenta de lo increíblemente difícil que te tuvo que resultar decir lo que me dijiste. Y que te merecías algo mejor por mi parte.
—¿Y por eso estás aquí?
—Eso es lo que me da miedo, Pau. Haces que desee darte más. Haces que quiera ser digno y me da miedo enamorarme. Otra vez.
—No comprendo.
La tomó de la mano y la llevó a una mesa con sillas que había entre la cocina y el cuarto de estar. Se sentaron con las rodillas juntas.
—Pau, te mereces mucho más de lo que yo puedo darte. Nunca he dado importancia al amor y todo lo que conlleva. Tú estas saliendo de las sombras. Dije lo que dije porque soy demasiado egoísta como para terminar las cosas como quería. Quería que siguiéramos siendo amigos y, si no eso, al menos compañeros que han compartido algo importante —le acarició las rodillas—. Haces que quiera cosas. Cosas que no he querido en mucho tiempo. Pensaba que estaba tomando la decisión adecuada marchándome. Por tí, por mí. Pensaba que mis razones eran buenas, pero me equivocaba. Le dije a Eduardo que me volviera a traer. Y he pasado toda la noche intentando resolver las cosas.
—¡Pedro!
—¿Puedo pasar?
Se había quedado tan sorprendida al verlo que seguía e pie en medio de la puerta, paralizada.
—¡Claro! ¿Cómo has... cuándo...? Quiero decir, ¿qué ha pasado con tu vuelo?Entró.
—No lo he tomado —respondió quitándose un gorro negro de la cabeza y metiéndolo en un bolsillo.
De pronto Paula se dió cuenta de que estaba delante de él descalza, y con un pijama de franela rosa.
—¡Oh, Señor, perdona un momento! —se ruborizó al ver que él no quitaba los ojos del pijama rosa.
—Paula—dijo él y ella siguió sin moverse.
El día anterior le había dicho adiós y la había rechazado educadamente. ¿Qué hacía allí?
—No he podido tomar el avión.
—¿No has podido?
Él negó con la cabeza y ella trató de no concebir falsas esperanzas. Ya se habían dicho todo lo que había que decirse. Todo había quedado claro. Pedro se desabrochó el abrigo y se lo quitó.
—Me alegro de que no hayas ido a la oficina. Las carreteras están fatal.
—Aun así, has conseguido llegar aquí —se giró hacia el armario, sorprendida por lo fácilmente que convertía en palabras lo que pensaba.Un mes antes eso no habría sido posible. Una prueba más de lo mucho que había cambiado desde que Luca había llegado al Cascade. Le debía más de lo que él creía.
—Tengo un todoterreno. Tú tienes un coche normal.
—Llamé para decir que trabajaría desde casa. Debería vestirme...
—Espera —la urgencia de esa palabra la detuvo—. He venido a decirte algunas cosas. Cosas que debería haber dicho ayer, pero me pillaste con la guardia baja —se agachó a quitarse las botas y caminó por la tarima para estar cerca de ella—. Mi Paula—susurró y le acarició una mejilla.
—No —se echó hacia atrás—. Pedro, no puedo. Ayer dijiste todo lo que necesitaba saber.
Pero él la ignoró, le agarró la otra mejilla y la besó en los párpados.
—En eso te equivocas. Dije demasiadas cosas y todas equivocadas. Tú, Paula, me has hecho un cobarde y eso no es algo que me guste.
—No te da miedo nada —susurró ella sin aliento.
—Tengo miedo de tí. Tengo miedo de mí, de cómo me siento cuando estoy contigo. Y entonces, de camino a Calgary, me he dado cuenta de lo increíblemente difícil que te tuvo que resultar decir lo que me dijiste. Y que te merecías algo mejor por mi parte.
—¿Y por eso estás aquí?
—Eso es lo que me da miedo, Pau. Haces que desee darte más. Haces que quiera ser digno y me da miedo enamorarme. Otra vez.
—No comprendo.
La tomó de la mano y la llevó a una mesa con sillas que había entre la cocina y el cuarto de estar. Se sentaron con las rodillas juntas.
—Pau, te mereces mucho más de lo que yo puedo darte. Nunca he dado importancia al amor y todo lo que conlleva. Tú estas saliendo de las sombras. Dije lo que dije porque soy demasiado egoísta como para terminar las cosas como quería. Quería que siguiéramos siendo amigos y, si no eso, al menos compañeros que han compartido algo importante —le acarició las rodillas—. Haces que quiera cosas. Cosas que no he querido en mucho tiempo. Pensaba que estaba tomando la decisión adecuada marchándome. Por tí, por mí. Pensaba que mis razones eran buenas, pero me equivocaba. Le dije a Eduardo que me volviera a traer. Y he pasado toda la noche intentando resolver las cosas.
Mi Destino Eres Tú: Capítulo 45
Dejó que todo el amor que sentía por él brillase en sus ojos.
—Sí, creo que sé por qué —se irguió y cruzó los brazos—. Entonces, quédate. Te amo, Pedro. Quédate conmigo y ámame también.
Nada que ella hubiera dicho podría haberlo afectado más. Su corazón latió de emoción antes de que la realidad lo golpeara. Y en algún rincón de su mente oyó voces de su pasado. Voces que pedían amor y a las que se les negaba. No era lo bastante tonto como para creer que Paula lo dijera de verdad. Y aunque la amara, que no era posible, no podría decírselo.
—Paula, no sé qué decir —sabía que sonaba frío y deseó que fuera distinto—. Sé lo que hablamos anoche y todo era cierto, pero amor... —su voz se desvaneció.
No podía decir las palabras que tenía en la cabeza: «No estoy preparado para el amor».
—Has pasado por algo terrible y creo que tienes que tomarte tu tiempo para analizarlo racionalmente. Verás que en realidad lo que sientes es gratitud.
—Te estoy agradecida —reconoció, aunque no le resultaba fácil—. Por enseñarme a sentir otra vez, Pedro. Por obligarme a salir de mi cascarón y volver al mundo.
—No necesito que me des las gracias.
—Me estás rechazando —dijo intentando disimular el dolor.
Pedro rodeó la mesa y le agarró una mano helada. Habría dado cualquier cosa por no romperle el corazón, pero no podía darle lo que quería. No sabía cómo. ¡Había luchado contra ello toda su vida! No podía cambiar lo que era en un instante sólo porque ella se lo pidiera. Ella lo debilitaba. Lo había conseguido sin siquiera proponérselo. Y porque lo sabía, se echaba toda la culpa a sí mismo por ser tan vulnerable. Y por haberle dado unas esperanzas que no podía cumplir.
—Sigo pensando lo que te dije anoche. Tenemos una conexión, pero los dos sabíamos que no sería para siempre. Siempre lo recordaremos como algo bueno.
No sabía cómo enfrentarse a sus lágrimas, pero para su sorpresa, ella soltó la mano y cuadró los hombros.
—Un buen recuerdo. Eso es todo —trató de sonreír pero se le notaba tanto el dolor que Pedro sintió un sabor amargo.
Tenía que terminar con esa situación antes de cometer una estupidez o hacerle aún más daño. No había elección. Lo esperaban en París. Había dado su palabra de que estaría allí y él nunca incumplía un compromiso con su padre, aunque deseara hacerlo. Tampoco podía romper su vínculo con el Cascade. Reformarlo había significado demasiado y aborrecía marcharse. Era más que un proyecto. Era su proyecto y el de Paula. Al menos, sabía que lo dejaba en buenas manos.
—Siento que pienses que había algo más. Estaremos en contacto por el hotel. Así que esto no es realmente un adiós.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —lo miró buscando la verdad.
—Sí, es todo.
—Entonces esto es un adiós. Después de todo.
Él asintió. Quizá fuera mejor que se marchara enfadada. Quizá eso le hiciera más fácil seguir adelante.
—Sí, le prometí a mi padre que estaría en París lo antes posible. Me voy dentro de una hora.
—Adiós, Pedro—le tendió una mano—. Ha sido un placer trabajar contigo.
—Adiós, Paula—le estrechó la mano y notó su temblor.
Paula salió de la sala de reuniones y se dirigió a su coche. Una vez dentro finalmente se permitió llorar. Lo había arriesgado todo y había perdido.
—Sí, creo que sé por qué —se irguió y cruzó los brazos—. Entonces, quédate. Te amo, Pedro. Quédate conmigo y ámame también.
Nada que ella hubiera dicho podría haberlo afectado más. Su corazón latió de emoción antes de que la realidad lo golpeara. Y en algún rincón de su mente oyó voces de su pasado. Voces que pedían amor y a las que se les negaba. No era lo bastante tonto como para creer que Paula lo dijera de verdad. Y aunque la amara, que no era posible, no podría decírselo.
—Paula, no sé qué decir —sabía que sonaba frío y deseó que fuera distinto—. Sé lo que hablamos anoche y todo era cierto, pero amor... —su voz se desvaneció.
No podía decir las palabras que tenía en la cabeza: «No estoy preparado para el amor».
—Has pasado por algo terrible y creo que tienes que tomarte tu tiempo para analizarlo racionalmente. Verás que en realidad lo que sientes es gratitud.
—Te estoy agradecida —reconoció, aunque no le resultaba fácil—. Por enseñarme a sentir otra vez, Pedro. Por obligarme a salir de mi cascarón y volver al mundo.
—No necesito que me des las gracias.
—Me estás rechazando —dijo intentando disimular el dolor.
Pedro rodeó la mesa y le agarró una mano helada. Habría dado cualquier cosa por no romperle el corazón, pero no podía darle lo que quería. No sabía cómo. ¡Había luchado contra ello toda su vida! No podía cambiar lo que era en un instante sólo porque ella se lo pidiera. Ella lo debilitaba. Lo había conseguido sin siquiera proponérselo. Y porque lo sabía, se echaba toda la culpa a sí mismo por ser tan vulnerable. Y por haberle dado unas esperanzas que no podía cumplir.
—Sigo pensando lo que te dije anoche. Tenemos una conexión, pero los dos sabíamos que no sería para siempre. Siempre lo recordaremos como algo bueno.
No sabía cómo enfrentarse a sus lágrimas, pero para su sorpresa, ella soltó la mano y cuadró los hombros.
—Un buen recuerdo. Eso es todo —trató de sonreír pero se le notaba tanto el dolor que Pedro sintió un sabor amargo.
Tenía que terminar con esa situación antes de cometer una estupidez o hacerle aún más daño. No había elección. Lo esperaban en París. Había dado su palabra de que estaría allí y él nunca incumplía un compromiso con su padre, aunque deseara hacerlo. Tampoco podía romper su vínculo con el Cascade. Reformarlo había significado demasiado y aborrecía marcharse. Era más que un proyecto. Era su proyecto y el de Paula. Al menos, sabía que lo dejaba en buenas manos.
—Siento que pienses que había algo más. Estaremos en contacto por el hotel. Así que esto no es realmente un adiós.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —lo miró buscando la verdad.
—Sí, es todo.
—Entonces esto es un adiós. Después de todo.
Él asintió. Quizá fuera mejor que se marchara enfadada. Quizá eso le hiciera más fácil seguir adelante.
—Sí, le prometí a mi padre que estaría en París lo antes posible. Me voy dentro de una hora.
—Adiós, Pedro—le tendió una mano—. Ha sido un placer trabajar contigo.
—Adiós, Paula—le estrechó la mano y notó su temblor.
Paula salió de la sala de reuniones y se dirigió a su coche. Una vez dentro finalmente se permitió llorar. Lo había arriesgado todo y había perdido.
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