jueves, 21 de junio de 2018

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 38

Se le secó la boca. Había pensado que hacía bien en depositar en él su confianza, pero el modo en que la trataba esa mañana la decepcionó. Había esperado más de él. Una  tontería  porque,  en  el  fondo  de  su  corazón,  sabía  que  no  había  futuro.  Él  no  la  amaba.

—Vamos, come algo, debes de tener mucha hambre.

—Tengo que ir a casa a cambiarme —se alisó los pantalones.

—No hace falta. Tengo algunas cosas de la boutique. Puedes ducharte aquí.

Paula apretó los dientes.La  estaba  tratando  como...  como  si  nada  trascendental  hubiera  sucedido  entre  los dos. Estaba tomando las riendas y decidiendo qué hacer y cuándo. Luca  levantó  la  tapa  de  uno  de  los  platos.  El  olor  a  tostadas  lo  llenó  todo,  el  tentador aroma a vainilla y canela. Le sonó el estómago. No había cenado. ¡Se merecía que se sentara y se comiera todo!

—Pensaba  que  ese  privilegio  estaba  reservado  a  tus  aventuras —dijo  cáustica  metiéndose las manos en los bolsillos.

Le había contado toda su vida y la trataba como a una extraña. Sólo había una explicación. Había  sido  demasiado.  Sus  problemas  eran  demasiado  para  él  y  había  sido  tonta al pensar que Luca podría manejarlo. Había esperado de él más de lo que podía dar. Ella no era sofisticada, era un problema y él se retiraba educadamente.Apenas podía odiarlo por ello. Simplemente, deseó marcharse, pero algo en ella le  decía  que  tenía  que  manejar  la  situación  con  dignidad  y  compostura.  Aún  tenían  que trabajar juntos. Luca  ignoró  la  voz  interior  que  le  decía  que  rebajara  el  tono.  Miraba  a  Paula y  veía su rostro de la noche anterior mientras le hablaba de su padrastro. Había tenido que ayudarla. Lo había querido. Pero  en  ese  momento,  a  la  luz  del  día,  tenía  que  dar  un  paso  atrás.  Aquello  se  parecía  demasiado  a  una  relación  y  no  estaba  preparado.  La  última  vez  que  había  salido en serio con una mujer había interferido con el trabajo. Se había enamorado de Laura,  había  confiado  en  ella.  Le  había  dicho  que  la  amaba.  Hasta  que  se  había  dado  cuenta de que ella no lo quería a él, sino a sus relaciones como Alfonso.Lo  que  sentía  por  Paula no  tenía  que  haber  ocurrido.  No  deberían  haberse  besado.  Su  mirada  permaneció  fría,  aunque  sabía  que  ella  tenía  razón.  Aquello  era  exactamente lo que habría hecho con cualquier mujer a la mañana siguiente.

—Eso es un poco exagerado.

—Lo siento, Pedro. Creo que aún estoy un poco alterada por lo de ayer. Comeré algo —se acercó a la mesa y se sentó, llenándose un plato.

Debería  haberlo  pensado  mejor  antes  de  flirtear  con  Paula.  Ella no  era  de  esa  clase y necesitaba escapar de fuera lo que fuera que compartían. Él no lo llamaría una relación. Las relaciones hacían sufrir a la gente. Como había sufrido su padre. Como él con Laura.

Laura había usado cosas que él le había contado para hacerle daño.«Paula no  haría  algo  así»,  le  dijo  una  voz  interior.  Pero  esa  vez  lo  que  más  le  preocupaba era hacerle daño a ella, ya había sufrido bastante. Dejarlo  en  una  amistad  era  la  mejor  opción,  ¿No?  Paula no  necesitaba  a  un  hombre que le rompiera el corazón. Lo que necesitaba era un amigo.

—Zumo recién exprimido —le sirvió un buen vaso—. Vitamina C para todo el día.

-Gracias —bebió un sorbo y dejó el vaso para agarrar el tenedor—. ¿No vas a comer nada?

—Claro —dijo él y se sentó enfrente.

Paula comió  un  bocado,  después  otro  preguntándose  cuánto  tiempo  resistiría  esa  agonía.  Ese  desayuno  era  una  completa  farsa  después  de  la  intimidad  del  día  anterior.No  había  nada  que  objetar  a  la  conducta  de  él.  Nada.  Era  perfectamente  educado. Pero era evidente que estaba marcando las distancias. Deseó preguntarle si lo de la noche anterior había significado algo para él. Decirle cuánto había apreciado que  hubiera  cuidado  de  ella,  pero  no  pudo.  Él  actuaba  como  si  todo  no  hubiera  significado  nada.  Como  si  desayunar  juntos  en  su  habitación  fuera  algo  normal.  Nada más personal que... una reunión de trabajo. Se sentía en carne viva por los sucesos del día anterior y ser consciente de que se había enamorado de él. Porque él la tratara así. Se preguntó si se habría imaginado su comprensión.Dejó  el  tenedor  en  la  mesa  y  mantuvo  en  su  sitio  la  máscara  que  se  había  puesto. Lo había juzgado mal, depositado su confianza en alguien equivocado.

—Gracias por el desayuno. Tengo que irme —se levantó evitando mirarlo.

—No hace falta. Puedes cambiarte aquí, Paula. Seguro que la ropa que te he pedido te queda bien. Puedes ir a tu oficina desde aquí.

Lo había planeado todo.    Había  dedicado  su  tiempo  a  pensarlo.  Su consideración casi la afectaba. Nada que hubiera hecho o dicho esa mañana le habría sentado peor que su amabilidad.

—Lo  tenías  todo  planeado,  ¿No,  Pedro?  —trató  de  contener  el  temblor  en  la  voz—. Pensaba que yo era la de los planes y tú el impulsivo, pero me equivocaba. Lo tenías  planeado  desde  el  principio,  cómo  hacerte  con  la  directora  difícil,  cómo  manejar a tu hermana, cómo manejarme a mí.

—¿Perdón?

Paula se alisó la blusa y miró para asegurarse de que no se dejaba nada. Vió una horquilla en el sofá y la recogió. Se la metió en el bolsillo evitando siempre mirarlo.

—Lo  comprendo.  No  hace  falta  que  me  despidas  con  un  desayuno  y...  y  tanta  consideración.

Pedro se puso de pie y la miró con gesto de desaprobación.

—Nada de lo que he hecho esta mañana ha sido por obligación, Paula.

—Seguro.  No  podías  despertarme  y  echarme,  no  es  de  buena  educación,  no  cuando se supone que... ¿Qué se supone que volverá a pasar, Pedro? —finalmente lo miró y no supo lo que pensaba.

—Confieso  que  no  estoy  seguro  de  qué  es  lo  apropiado  para  decir  en  esta  situación. Nunca he pasado por ella antes.

La miró fijamente. Nunca había estado en una situación en que le preocuparan más los sentimientos de la mujer que los suyos. Entonces, ¿por qué estaba enfadada?  Había tratado de  hacerlo  bien.  Ocuparse de  ella, hacerle  el día  más  fácil,  incluso  había pedido desayuno para los dos. Había tratado de demostrarle que lo que había pasado  el  día  anterior  no  suponía  ninguna  diferencia  para  él.  Incluso  la  respetaba  aún más. Y ella estaba furiosa con él. Paula empezó a marcharse con el corazón hundido. Seguramente ésa fuera una situación nueva para él. Lo necesitaba tanto que era obvio que había imaginado cosas que no eran reales. Si hubieran sido reales, la habría despertado con una sonrisa. Le habría  preguntado  cómo  estaba  y  ella  le  habría  dicho  que  estaba  bien.  Y  quizá  la  habría besado como anhelaba que hiciera. Pero lo había asustado. Y ni siquiera tenía la decencia de ser sincero.

—Me voy. Gracias por la ropa, pero no.

—¿Adónde  vas?  —por  fin  en  su  tono  había  algo  más  que  maneras  educadas.  Ella  se  detuvo,  pero  después  abrió  la  puerta—.  Paula,  tenemos  una  reunión  con  la  gente del spa en una hora.

—Estoy segura de que podrás hacerte cargo, me voy a tomar el día libre.

Salió  al  pasillo  y  cerró  la  puerta  tras  ella.  Respiró  hondo.  Era  el  momento  de  volver a hacer lo que se le daba mejor: confiar en sí misma.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 37

—Prácticamente puedo oír tu mente trabajar, Pau—dijo sin darse la vuelta—. Por favor, déjalo.

Paula se levantó y se acercó a la ventana para quedarse de pie tras él. Lo rodeó con los brazos y apoyó la mejilla en su espalda. Pedro tragó  para  deshacer  el  nudo  que  tenía  en  la  garganta.  Lo  que  él  había  pasado  en  su  infancia  no  era  nada  comparado  con  el  infierno  que  ella  había  vivido.  Trató de imaginársela en el suelo, herida, y no pudo. Le parecía demasiado terrible. ¿Qué  clase  de  hombre  le  hacía  algo  así  a  otro  ser  humano?  ¿A  una  mujer  que  se  suponía que amaba?

—Está nevando —murmuró él.

¿Por  qué  la  gente  hería  a  quienes  se  suponía  que  quería?  Sabía  que  no  podía  dejar  a  Paula pasar  sola  por  aquello,  aunque  eso  le  trajera  recuerdos  que  aborrecía,  como  los  de  reconfortar  a  Carolina cuando  su  madre  los  había  abandonado.  Su  abuela  siempre  había  estado  ahí  para  ayudar.  ¿Qué  diría  ella  en  ese  momento?  Sabía  exactamente  lo  que  diría  y  no  le  gustó  la  respuesta.  Le  habría  dicho  que  dejara  el  rencor y perdonara.

Paula suspiró  apoyada  en  su  espalda  y  él  cerró  los  ojos.  Menudo  día.  Se  alegró  de  haber  manejado  a  Reilly  como  lo  había  hecho.  Una  respuesta  física  habría  asustado aún más a Paula. Todo el día había pesando sólo en Paula y eso no era bueno. Ella   no  necesitaba  a  un  hombre  como  él.  Necesitaba  alguien  en  quien  poder  apoyarse. Alguien que le diera estabilidad y seguridad y formara un hogar con ella. Incluso había hablado del deseo de tener hijos.  Él siempre había sido el heredero de Alfonso,  el  que  todo  el  mundo  asumía  que  ocuparía  el  lugar  de  su  padre.  Y  seguía  luchando contra él. Miró el reflejo de la habitación en los cristales. No había nada personal en ella, ni  cuadros,  ni  adornos,  nada  que  la  convirtiera  en  un  hogar  y  así  era  como  vivía  él.  Era  lo  que  era.  Finalmente  la  olvidaría.  Pero  con  sus  brazos  alrededor,  lo  único  que  deseaba era abrazarla.

—Quédate esta noche, Pau.

—Pedro, yo... —se incorporó y separó la mejilla de la espalda.

—No en mi cama —por una vez en su vida aquello no tenía nada que ver con el sexo.  Se  dio  la  vuelta  para  mirarla—.  Simplemente,  quédate.  Me  preocuparé  mucho  por tí si te vas a casa. Puedes quedarte con la cama. Dormiré en el sofá.

—Lo que has hecho hoy por mí no lo ha hecho nadie nunca. No puedo abusar más de tu tiempo.

—No  abusas de mi  tiempo   —se  miraron en silencio—.   Espera aquí   —desapareció  en  el  dormitorio  y  volvió  con  una  camiseta—.  No  tengo  pijama  para  dejarte.

—Gracias —aceptó la camiseta.

Ella desapareció en el dormitorio y oyó la puerta del cuarto de baño cerrarse. Al no  oír  nada  después  de  unos  minutos,  decidió  ver  qué  pasaba.  Estaba  en  su  cama,  con  el  edredón  hasta  la  barbilla.  Se  había  dormido  antes  de  que  hubiera  podido  preguntarle si quería comer algo.Mari  se  despertó  por  la  luz  del  sol  que  se  colaba  por  la  ventana.  Se  apartó  el  pelo  de  la  cara  y  vio  que  esta  en  la  cama  de  Pedro.  Había  pasado  allí  la  noche.  Y  ni  siquiera  se  había  acordado  de  ir  a  casa,  ni  de  Bobby.  Tuvo  la  esperanza  de  que  hubiera salido por la portezuela del porche.

Miró  el  reloj:  las  nueve  de  la  mañana.  ¡Había  dormido  de  un  tirón  y  no  había  sufrido  ninguna  de  las  pesadillas  que  la  asaltaban  últimamente!  Sintió  un  poco  de  inquietud al pensar que todo el personal estaría ya en el hotel y ella sólo tenía la ropa del  día  anterior.  Tenía  que  haber  usado  la  cabeza  por  la  noche.  Bueno,  nada  había  sido lógico la noche anterior.

—Buenos días —dijo Pedro desde la puerta.

—Pedro, lo siento mucho, he dormido... —se sentó en la cama.

—Aquí toda la noche —terminó él la frase con una sonrisa—. Casi quince horas.

—Debía de estar más cansada de lo que pensaba —dijo, un poco confusa.

Sintió  que  se  estaba  ruborizando.  Tenía  que  salir  de  aquella  situación  con  un  poco  de  ingenio.  A  la  luz  del  día  se  dio  cuenta  de  que  haberle  revelado  sus  verdaderos sentimientos había sido un error.

—Creo que dormir así te hacía falta desde hacía mucho —respondió él.

Llamaron a la puerta y Paula lo miró desconcertada. Él se limitó a encogerse de hombros.

—He  pedido  que  nos  traigan  el  desayuno,  debes  de  estar  muerta  de  hambre,  ayer no cenaste.

Se  fue  a  abrir  la  puerta  mientras  Paula se  vestía  y  se  recogía  el  pelo.  Cuando  salió del dormitorio un camarero empujaba un carrito lleno de bandejas.

—Gracias,  Gerardo—Pedro le  dió  un  billete,  el  camarero  asintió  y  sonrió  en  dirección a Paula.

—¿Qué va a pensar el personal de todo esto?

—Ya has estado aquí.

—No así. No saliendo de tu dormitorio.

Pedro acercó el carrito a la mesa.

—No te preocupes. Estoy acostumbrado. Siempre se olvida.

Paula cerró la boca. Luca estaba acostumbrado a esas situaciones. Ella no.

—Siento  lo  de  ayer.  No  debería  haber  vaciado  mis  preocupaciones  en  tí—se sentía obligada a disculparse.

De pronto hubo una sensación de incomodidad entre los dos. Quizá él se sentía molesto por conocer todos sus secretos. No podía culparlo por ello.

—Está  bien.  Es  bueno  lo  que  has  hecho.  Imagino  que  te  sientes  mejor  por  haberlo sacado. Lo comprendo, Paula, de verdad.

¿Por qué  actuaba  él  de  un  modo  tan  distinto?  La  noche  anterior  le  había  agarrado  la  mano  y  ella  le  había  contado  sus  más  profundas  preocupaciones.  La  había abrazado y ella había llorado. En ese momento... Dios, la estaba tratando como si fuera una de sus aventuras.

martes, 19 de junio de 2018

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 36

—¿Qué pasó ese día, Paula?

Su  voz  le  dio  valor.  Después  de  lo  que  había  hecho,  contárselo  era  lo  lógico,  aunque difícil.

—Me  marché  de  casa  y  me  sentí  dividida  porque  por  un  lado  dejaba  a  mi  madre,  pero por  otro  me  sentía  segura.  Mi  madre  me  llamó  y  me  dijo  que  iba  a  abandonarlo —se  dió  cuenta  de  que  tenía  los  ojos  resecos.  Recordó  la  alegría  que  había sentido porque a lo mejor podían retomar su relación—. Yo le dije que podía ir a ayudarla, pero cuando llegué él se había adelantado. Había descubierto las maletas y  cuando  la  ví  estaba  sangrando  e  inconsciente  en  el  suelo  con  un  brazo  roto  y  una  fractura de cráneo. Su ropa estaba tirada por todas partes hecha jirones.

—Dio mio —sólo fue capaz de decir Pedro.

—Sucede,  Pedro,  con  mucha  más  frecuencia  de  la  que  debería  —le  puso  la  otra mano encima para tomar fuerzas—. Me encontró allí con el teléfono en la mano para llamar a la policía. Me lo quitó de la mano y me golpeó con él. Cuando me desperté, mi  madre  seguía  inconsciente  y  yo  tenía  una  conmoción,  costillas  rotas  y  lesiones  internas  donde  él...  —se  le  quebró  la  voz  un  poco—.  Donde  él  me  había  dado  patadas  una  y  otra  vez.  Nos  dejó  allí,  Pedro.  Nos  dejó  para  que  muriéramos.  Pero  el  cartero  vió  manchas  de  manos  ensangrentadas  en  la  puerta  y  en  la  barandilla  de  la  escalera. Llamó a la policía y el resto es historia.

—Sólo que no es historia —le alzó la barbilla suavemente con un dedo—. Nada semejante  desaparece  por  completo,  no  puede.  Oh,  Pau—se  llevó  las  manos  a  los  labios y las besó con los ojos cerrados.

Paula miró  la  ternura  con  la  que  la  besaba.  ¿De  dónde  había  salido?  ¿Por  qué  estaba allí, exactamente lo que necesitaba cuando lo necesitaba?

—Lo  siento  tanto...  Nadie  debería  pasar  jamás  por  algo  así  —le  susurró  en  las  yemas de los dedos.

Y entonces se inclinó hacia delante y la besó en los labios.Ella se entregó a su abrazo. Él era fuerte y creaba una barrera entre ella y el feo pasado. Cuando estaba con él era la Paula  que siempre había querido ser, libre del dominio que Fernando había ejercido sobre ella durante años. El beso fue suave, tentador, dulce. No sabía que él pudiera ser tan dulce. Tampoco sabía que ella fuera capaz de amar, pero así era. Amaba a Pedro. Y no sabía qué hacer.

—Y  ahora  está  fuera  de  la  cárcel  y  tienes  miedo  de  que  venga  por  tí.  ¿Y  tu  madre?

—Las  autoridades  me  mantienen  informada  mientras  este  en  condicional.  Por  supuesto  pienso  en  ello  y  me  pregunto  si  me  odia  por  mandarlo  a  la  cárcel.  Pero  tampoco me permito pensarlo mucho porque es paralizante. He pasado demasiados años  mirando  por  encima  del  hombro.  Y  es  de  esas  cosas  a  las  que  llegas  a  acostumbrarte.

—¿Y tu madre?

—No  hablo  con  mi  madre  con  frecuencia...  parece  haber  un  muro  entre  nosotras.  Ni  siquiera  sé  dónde  vive.  Yo...  —carraspeó—.  Una  parte  de  mí  aún  se  pregunta  por  qué  permitió  que  aquello  sucediera.  Por  qué  se  quedó  con  un  hombre  que la golpeaba. Que me golpeaba. ¿Por qué no intentó salir de ahí? —miró a Pedro—. ¿Qué clase de madre hace tanto daño a su propia hija? ¿Qué clase de madre no pone el bienestar de su hija por encima de todo? Hay veces que pienso en la casa que me gustaría, los hijos que podría tener algún día. ¿Los haría pasar por algo así? Sé que no podría. He tratado de entenderlo, pero no puedo. Lo único que se me ocurre es que estuviera demasiado asustada como para hacer nada.

—Yo tampoco lo sé —dijo Pedro—. Apenas recuerdo a mi madre.

—Dijiste que los había abandonado a Caro y a tí. Eso debió de ser duro.

—Sólo recuerdo la sensación de no importarle —Paula abrió mucho los ojos por el odio en su expresión—. Nos abandonó cuando yo era un niño. Mi padre nos crió a Caro y a mí —caminó hasta la ventana.

—Lo  siento  —murmuró—.  Tuvo  que  ser  horrible  para  tí.  ¿Volvió  a  casarse  tu  padre?

—No  tiene  importancia  —carraspeó—.  Fue  hace  mucho  tiempo.  Y  no  es  nada  comparado con lo tuyo. Nada.

Hablaba  con  vehemencia  y  Paula supo  que  era  para  ocultar  su  dolor.  Y  por  un  momento se olvidó de ella misma y se preguntó por el niño que habría sido y cómo había  sufrido.  Quizá  la  cucharita  de  plata  con  que  había  nacido  no  había  brillado  tanto  como  ella  había  pensado.  ¡Cómo  deseó  poderlo  ayudar  como  él  la  había  ayudado a ella!Se  había  enamorado  de  Pedro y  eso  le  iba  a  romper  el  corazón.  A  Pedro le  importaba, sí, lo sabía, pero ¿Amor? Por decisión propia, él no amaba. Tenía  que  dar  un  paso  atrás.  Desnudar  sus  almas  era  bueno, pero  no  era  tan  tonta  como  para  pensar  que  tendría  un  final  feliz.  Pedro no  vivía  allí.  No  era  de  allí.  Era  de  Italia  y  su  lugar  estaba  allí  con  su  familia  y  el  imperio  Alfonso y  lo  que  estaba  sucediendo entre ellos era un accidente en sus vidas. Necesario, quizá, pero pasajero. ¿Cómo iba a decirle lo que sentía de verdad?

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 35

Pedro se sentó en el sofá al lado de ella, mirándola. Su cálida mano sujetaba la de ella y Paula se agarró a esa sensación de conexión para mantener el control. Una vez pronunciadas  las  palabras,  todo  parecía  irreal.  Como  si  no  pudiera  haber  sucedido. Pero sí, había sucedido y él le acarició la mano en respuesta.Nunca hablaba de ese día. Jamás. Pero quizá en ese momento lo necesitaba. Esa tarde  le  había  enseñado  que  esa  vida  no  había  quedado  atrás  como  pensaba.  Y  la  aterradora   verdad era que   Fernando estaba fuera de la prisión  y  saberlo   había   debilitado  su  barrera  de  protección  más  de  lo  que  le  gustaba  admitir.  Pedro era  lo  único que la sustentaba en ese momento.Lo  miró  a  los  ojos.  La  miraba  tranquilo  esperando  que  empezara,  dándole  el  tiempo que necesitaba. Era un hombre en el que apoyarse. No el rico heredero de las revistas. Ese no era el Pedro real.  El Pedro real estaba sentado a su lado y era un puerto seguro en la tormenta.Miró  la  sensual  curva  de  sus  labios  y  se  sintió  sorprendida  de  que  un  hombre  así  besase  a  una  mujer  como  ella  y  más  de  una  vez.  Cosas  así  no  sucedían.  La  vida  real no era así. Desde  luego,  esas  cosas  no  le  sucedían  a  una  chica  corriente  de  Ontario,  pero  ahí  estaba  él,  esperando.  Sin  prisa,  sin  discutir.  Por  primera  vez  en  su  vida  deseaba  abrirse a otro ser humano.

—Paula, no tienes que contármelo si es demasiado difícil. Está bien.

Paula se llevó su mano a la boca y la besó. Cerró los ojos. Cuando estaba con él, Fernando perdía su poder.

—Cuando tenía seis años, mi madre se casó con Fernando Langston —se concentró en el rostro de Pedro para mantener las imágenes alejadas—. Nunca conocí a mi padre auténtico.  Ella  me  había  criado  sola  hasta  ese  momento  y  me  dijo  que  las  cosas  mejorarían, que tendríamos una familia nueva. Pero no resultó así.

—No fue el cuento de hadas que esperabas.

—El maltrato no empezó desde el principio, pero eso ahora no importa. Lo que importa  es  que  cuando  empezó  creció  deprisa  y  descontroladamente  y  nosotras  estábamos  aterrorizadas.  Él  tenía  todo  el  control.  Nos  gobernaba  por  el  miedo  y  era  horrible. Esos años fueron...No  pudo  seguir. 

Los  recuerdos  la  inundaron  y  se  le  cerró  la  garganta.  La  imagen de ella paralizada en un rincón mientras él gritaba a su madre. La furia en su rostro  mientras  la  golpeaba  con  los  puños.  Las  muchas  noches  que  había  intentado  defenderla sólo para recibir el mismo trato. Los años de mangas largas y maquillaje. El miedo a hablar y la sensación de culpabilidad al oír los golpes del otro lado de la pared, demasiado paralizada para hacer nada.  El  andar de puntillas siempre temerosa de decir algo inadecuado o hacer algo mal. Años esperando oír decir a su madre que aquello se había terminado, pero eso nunca sucedió.

Por primera vez, Paula olvidó todos los atestados policiales, la terapia, todas las formas  en  que  se  había  dicho  que  había  progresado  y  sencillamente  lloró...  lloró  lagrimas frías y desoladoras. Pedro la rodeó con sus brazos cálidos, sólidos, seguros. Lloró por la infancia que había perdido, la culpa que aún sentía, el miedo que nunca acababa de desaparecer y el hecho de que, por fin, había llegado al punto en que podía llorar por todo.Luca  lo  había  hecho  posible.  Por  algún  milagro  la  había  empujado  a  vivir  y  le  había mostrado la realidad. Después  de  unos  minutos  se  recostó  en  el  sillón  y  se  secó  los  ojos.  Pedro fue  al  cuarto de baño y volvió con una caja de pañuelos de papel. Le ofreció un par de ellos.

—Siento haber llorado encima de tí.

—Por  favor,  no  te  disculpes  —se  sentó  en  el  borde  de  la  mesita  de  café  mirándola—. Sólo quiero asegurarme de que estás bien.

En ese momento sonó el teléfono y Pedro lo miró con el ceño fruncido.

—Atiéndelo —dijo Paula, pero Pedro sacudió la cabeza.

—Puede esperar.

El  teléfono  siguió  sonando  y  él  se  levantó  a  atenderlo.  Paula se  sintió  agotada.  Sólo se había sentido así de agotada el día que tuvo que testificar en el juicio. Oyó  a  Pedro hablar  por  teléfono.  Sus  ojos  seguían  fijos  en  ella,  que  trataba  de recolocarse el pelo.

—Lo siento, pero estoy con algo mucho más importante ahora mismo. Tendrás que ocuparte tú. Llamaré mañana —colgó el teléfono y volvió con ella, se sentó en la mesa y le agarró las manos—. Lo siento.

—Si tienes que irte, por mí está bien. Estoy bien.

—No estás bien. Y puede esperar. Ahora, mi prioridad eres tú.

Jamás, en toda su vida, nadie le había dicho algo así. Nadie la había puesto en primer  lugar.  Pero  Pedro,  el  adicto  al  trabajo,  había  dejado  lo  que  fuera  que  lo  reclamaba. Se humedeció los labios.

—Hoy  se  me  han  olvidado  todas  las  cosas  que  aprendí  en  la  terapia  y  sólo  he  sentido el miedo, la responsabilidad. Si hubiera hecho otra cosa no habría sucedido... —tragó,  le  costaba  seguir—.  Oh,  pensaba  que  ya  lo  había  superado.  He  trabajado  muchísimo  y  de  pronto  parecía  como  si  no  hubiese  pasado  todo  ese  tiempo.  Y  entonces has aparecido tú. Me he alegrado tanto de verte...

—Te había agarrado, no podía permitirlo —le acarició en una mejilla.

—En ese momento estaba atrapada, había retrocedido siete años. Ese día... —su voz casi se desvaneció un momento.

Todo  estaba  en  el  atestado  policial.  En  su  historial  médico.  Pero  nunca  se  lo  había contado a nadie a quien no estuviera pagando para ello.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 34

—Y he tenido ganas cuando le he visto tocarte. Pero muchas veces hay mejores maneras  de  solucionar  las  cosas  que  con  los  puños.  Ahora  se  ha  marchado  y  no  volverá. A ningún hotel Alfonso. Me aseguraré de ello.

No podía saber lo mucho que esas palabras significaban para ella. El  calor  de  su  cuerpo  desapareció  un  momento  y  lo  oyó  trastear  en  el  bar.  Cuando volvió le puso un vaso de agua en la mano.

—Esto funcionará  mejor  que el  brandy   —sugirió   tranquilo   mientras   ella   agarraba el vaso.

Bebió un buen sorbo y se preguntó qué podía contarle para que entendiera. Que entendiera por qué había reaccionado así y lo mucho que significaba para ella tenerlo a su lado.

—Paula, ¿Había algo que pudieras hacer para contentar a Reilly?

—Magia  para  que  la  habitación  Primrosesaliera  de  nuestra  nueva  zona  de  masajes. Pero debería haber encontrado algún modo. Hemos sido nosotros quienes le hemos causado las molestias. Tenía derecho a estar enfadado y...

—No te atrevas a excusarlo. Ni te atrevas, Paula. No hay ninguna excusa por la que un hombre pueda levantarle la mano a una mujer. Jamás.

En el momento en que Reilly le había agarrado el brazo había olvidado todo lo que había aprendido desde ese día hacía siete años. Se había olvidado de cómo estar bien y en lugar de eso se había sentido mal. Y Pedro tenía razón, estaba excusándolo. Eso  lo  había  hecho  muy  bien.  Se  había  echado  la  culpa  a  sí  misma,  a  jugar  al  «si  sólo...».  Si  hubiera  sido  más  inteligente,  más  guapa,  él  se  habría  portado  mejor.  Si  hubiera dicho algo diferente, o si no hubiera dicho nada... Si no lo hubiera mirado a los ojos, si hubiera cocido la pasta un poco más, si sólo, si sólo...Y durante unos segundos lo había creído de verdad. Si hubiera dicho otra cosa, quizá Reilly no la habría agarrado. Siete años de progresos tirados por la alcantarilla.

—Paula—se arrodilló delante de ella—. Corazón. He visto la cara que tenías cuando te ha agarrado. Estabas pálida. Esto ya te ha sucedido antes, ¿Verdad?

No lloraría, no lo haría. Afirmó con la cabeza tímidamente.

—Oh, Paula, lo siento muchísimo.

Ese  amable  y  dulce  Pedro estaba  desmontando  sus  defensas  completamente.  Cada  lugar  que  tocaban  sus  manos  lo  sentía  caliente  y  tranquilo.  Cada  palabra  que  decía curaba algo dentro de ella. No quería su lástima. Quería su comprensión y... su amor. Era todo lo que siempre había querido y que no había conocido.

—Todo tiene sentido ahora —continuó él—. Ese día en el ático, todas esas veces que no querías ser tocada... ¿Quién fue, Paula? ¿Un ex marido?

Ella negó con la cabeza.

—Un novio entonces.

Volvió a sacudir la cabeza.

—No, nada de eso —podía confiar en Pedro, lo sabía en el fondo de su corazón—. Fue mi padrastro.

Pedro dijo  algo  en  italiano  que  ella  no  entendió,  pero  cuyo  significado  era  evidente.

—¿Te golpeaba?

—Sí. A mí... y a mi madre.

Pedro se levantó, se acercó al bar y se sirvió una copa. Volvió a su lado.

—¿Dónde está ahora?

Paula cruzó  las  manos  sobre  el  regazo.  Trató  de  no  pensar  en  las  palizas.  En  cómo Fernando se iba por ella después de haberse cansado de pegar a su madre.

—Estaba...   estaba en  la cárcel, pero ahora está  fuera.   Salió en  libertad condicional el día antes de que tú y yo fuéramos... —se detuvo, respiró hondo—. El día del ático.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

Alzó la vista. No estaba enfadado con ella, estaba enfadado por ella. Listo para protegerla.

—Has dicho que está en libertad condicional. ¿Vendrá por tí? Maldita sea, Pau, ¡Podría haberte protegido! Deberías haberme dicho algo en lugar de pasar por esto tú sola.

—¿Qué te habría dicho?

—Si hubiera sabido que estabas asustada —dejó la copa—, si hubiera conocido la  razón  por  la  que  no  te  gustaba el  contacto,  te  juro,  Pau,  que  no  te  habría  presionado. No soy cruel.

—¿Y qué te habría dicho? ¿Hola, jefe nuevo, por favor no se lo tome a mal, no me  gusta  el  contacto  físico  porque  mi  padrastro  era  un  sádico  que  me  golpeaba  constantemente? Una bonita forma de romper el hielo, ¿No crees?

—Todas las veces que te he abrazado, las veces que te he sentido temblar... Dio, Pau, lo siento.

Pensó que él se merecía la verdad, al menos una parcial.

—No  temblaba  de  miedo,  Pedro.  Contigo  no.  ¿No  te  das  cuenta  de  cuánto significa para mí que me hayas defendido hoy? Nadie ha hecho algo así por mí antes. Yo...  yo...  —se  interrumpió.  No  podía  decirle  cómo  se  sentía,  era  algo  demasiado  nuevo—.  Por  favor,  no  pienses  nunca  que  he  tenido  miedo  de  tí.  Nunca  me  he  sentido en peligro físico.

«Sólo en peligro por lo que siento por tí», pensó. Ésa era la parte que no podía contarle.  Era  lo  único  que  no  podía  permitirse.  Había  sabido  desde  el  principio  que  entre  los  dos  nunca  habría  nada  serio.  Era  Pedro Alfonso,  con  residencia  en  Florencia, heredero de un imperio. Eran de mundos diferentes. No podía enterarse de que cada día que pasaba se enamoraba más de él. ¿Qué iba a hacer con esos sentimientos? No se sentía preparada para manejarlos, mucho menos para compartirlos.

—¿Tienes miedo de tu padrastro ahora? ¿Qué pasa con tu madre? ¿Dónde está?

No  estaba  segura  de  cuánto  contarle.  Era  una  larga  historia.  No  dijo  nada  y  habló él.

—Perdona, me estoy entrometiendo. No quieres hablar de ello y lo respeto.

—No —se   levantó   del   sofá—.   No trato de excluirte,Pedro, tienes que comprenderlo.  Aquí  nadie  sabe  nada  de  esto,  empecé  una  nueva  vida,  la  levanté  desde las ruinas. Y pensaba que la había dejado atrás. Hice una terapia. Pensaba que estaba  bien,  pero me  he  dado  cuenta  de  que  no  puedo  dejarla  atrás,  Reilly  me lo  ha  demostrado.  Y  justo  ahora...  —lo  necesitaba.  A  Pedro,  complicado,  arrogante  y  temporal—.  Justo  ahora  eres  el  único  que  me  puede  ayudar  a  no  perderla.  Hoy  ha  vuelto todo. Te... te necesito, Pedro.

Esperó que él huyera gritando, pero le tendió la mano, ella la agarró y él dijo:

—Cuéntame.

—Fernando  Langston  ha  pasado  siete  años  en  la  cárcel  por  haber  intentado  asesinar a mi madre... y a mí.

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 33

Pedro vió la  mirada  de  Paula fija  en  el  suelo.  Seguía  asustada.  Recordó  un  instante  su  vibración,  su  risa  la  noche  que  habían  bailado  juntos.  Ningún  hombre,  cliente o no, tenía derecho a amedrentarla. A usar la fuerza contra ella.

—Acabo  de  darme  cuenta,  señor  Reilly.  Lo  sentimos  muchísimo,  pero  el Cascade  no  tiene  ninguna  habitación  vacía  en  este  momento.  Estoy  seguro  de  que  podrá  encontrar  alojamiento  en  cualquiera  de  los  estupendos  establecimientos  de  Banff. Por favor, salga de aquí.

—¡Y un cuerno! ¡Voy a hacer que en las oficinas centrales se enteren de esto!

Su intento de resolver la situación había fallado y Pedro sabía que no podía tener a alguien así alojado en el hotel. Esa situación tenía que terminar ya. Si hacía algo así en  un  vestíbulo,  ¿Qué  podría  hacer  en  una  habitación  con  una  camarera?  Tenía  la  obligación de proteger a su personal. Un deber con Paula.

—Por  favor,  hágalo.  Estoy  seguro  de  que  mi  asistente  enviará  su  queja  con  la  máxima celeridad.

—Hijo de...

Pedro lo interrumpió. Cualquier pretensión de ser amigable había desaparecido.

—Estoy   seguro   de   que   las   autoridades   locales   estarán   encantadas   de   proporcionarle  transporte  si  no  dispone  del  suyo  propio  —hizo  un  gesto  con  los  dedos   sobre   la   pierna   sabiendo   que   dos   personas   de   seguridad   del   hotel   se   presentarían en segundos. Habría preferido no tener que recurrir a la policía, pero todo tenía un límite.

Reilly  cuadró  los  hombros,  recogió  su  maleta  del  suelo  y  salió  del  vestíbulo  jurando. Paula lo miró con el rostro aún demudado.

—Lo siento, Pedro. No sabía que...

—No te disculpes. Ven conmigo.

Lo siguió.

—¿Adónde vamos?

—A mi suite para que puedas recomponerte.

Él abrió la puerta y ella entró delante. Se acercó al minibar y sirvió un poco de brandy. Se lo dió.

—Bébete esto. Te devolverá el color a las mejillas.

Paula bebió un sorbo que le ardió en la garganta. Pedro estaba enfadado. Ella había manejado todo mal y estaba enfadado con ella. Al menos, iba a tener el detalle de decírselo en privado.

—Pedro, lo siento —bebió otro sorbo y le devolvió la copa.

—¿Sientes qué?

—Es mi trabajo manejar a los clientes y hoy no he sabido hacerlo.

—Por Dios, ¡no te disculpes por la conducta de ese animal!

Mari dió un paso atrás por el estallido.Él temperó su tono por la reacción.

—Yo  soy  quien  lo  siente,  Paula.  Cuando  he  visto  que  te  agarraba...  parecía  como si te fueras a desmayar.

—¿No estás enfadado conmigo?

—No, cariño —se acercó y la rodeó con los brazos—. No estoy enfadado.

Sintió que las lágrimas le inundaban los ojos mientras los cerraba.

—Lo he visto tocarte y me han dado ganas de agarrarlo del cuello y sacarlo a la calle —le dijo al oído—. Pero ése no es el estilo Alfonso. Al menos, no el de los hoteles. Alfonso es clase y elegancia, no peleas en el vestíbulo. Aunque se lo mereciera.

—Me  alegro  de  que  no  lo  hicieras.  Yo...  odio  la  violencia.  Pero  tenía  miedo,  Pedro. Mucho miedo.

—Me he dado cuenta y he tenido que contenerme.

Salió de entre sus brazos.

—Puedes  pensar  que  has  sido  amable,  pero  he  visto  la  mirada  furiosa  en  tus  ojos.  Oh,  Pedro,  me  he  alegrado  tanto  de  verte...  Sabía  que  no  permitirías  que  me  pasase nada.

—No dejaré que te hagan daño —le pasó un dedo por la mejilla.

—Pero sé que hombres como Reilly pueden hacerlo —empezó a temblar.

Paula sintió los temblores en su interior y fue incapaz de controlarlos. Se quedó fría y de repente no podía respirar.

—¡Porco mondo!

Apenas  registró  la  exclamación  de  Pedro mientras  él  le  agarraba  los  brazos  y  la  llevaba hasta el sofá. Le dijo algo en italiano. La respiración se le aceleró y empezó a ver puntos grises.

—¡Maldita  sea!  ¡Pau,  pon  la  cabeza  entre  las  piernas!  —ordenó  mientras  le  empujaba la cabeza. Ella cerró los ojos—. Respira, cariño —su voz se volvió suave y ella se concentró en respirar.

Reilly se había ido. Fernando se había ido. Nadie le haría daño.Si se lo repetía muchas veces, quizá llegara a creerlo.En  unos  minutos  recuperó  el  control.  Las  sacudidas  la  habían  atacado  tan  rápido  y  fuerte  que  no  le  había  dada  tiempo  a  prepararse.  Las  había  sufrido  con  frecuencia hacía tiempo. había bajado la guardia desde que pasaba los días con Pedro. Estaba a salvo con él. Se ocupaba de ella y saberlo le hacía sentir ganas de echarse a llorar. Siempre había estado sola. Esa vez no, estaba Pedro.

—Pensaba que ibas a pegarle —murmuró abrazada a las rodillas.

martes, 12 de junio de 2018

Mi Destino Eres Tú: Capítulo 32

—Le estaba diciendo —dijo el señor Reilly sin apaciguarse—, que ese arreglo es completamente inaceptable.

Paula apretó  los  dientes.  El  hombre  le  había  dado  la  espalda  a  Macarena  de  un  modo grosero. Era trabajo suyo suavizar a los clientes ásperos.

—Soy   la   directora,   quizá   pueda   servir   de   ayuda.   ¿Qué   habitación   había   reservado?

—La Primrose —dijo Macarena por encima del hombro del cliente.

La Primroseera  una  de  sus  mejores  habitaciones,  pero  no  existía  en  ese  momento.

—Me temo que la habitación que reservó está siendo sometida a una profunda reforma.  Para compensarlo,  señor  Reilly,  podemos  acomodarlo  en  una  suite  de ejecutivo  de  la  tercera  plata  sin  coste  adicional.  Estoy  segura  de  que  encontrará  la  habitación muy satisfactoria. Es mucho más grande...

—Reservé  esa habitación hace tres  meses   y  ocuparé  esa  habitación   —la interrumpió cortante—. No quiero una suite, quiero la Primrose.

Paula respiró  hondo.  Todo  en  Reilly  hacía  de  detonador  en  ella:  su  grosería,  su  tono autoritario, el modo beligerante de hablar...

—Lo   siento,  pero  es  imposible,   esa  habitación  es  parte  del  proceso  de  modernización —sonrió apelando a su sentido común—. En este momento está llena de  tablas  y  herramientas.  Como  directora  le  presento  mis  disculpas  y  estaremos  encantados  de  ofrecerle  otra  habitación  con  desayuno  incluido.  Se  lo  aseguro,  señor  Reilly,  nuestras  suites de  ejecutivo  son  impresionantes  —su  voz  sonaba  cálida  y  confiada, pero por dentro temblaba.

Trató  de  recordar  los  ejercicios  que  le  habían  enseñado  en  la  terapia.  Iban  en  contra  de  todo  lo  que  había  aprendido  de  pequeña.  Miró  por  encima  del  hombre  a  Macarena.

—¿Te ocupas de todo, Macarena?

—Sí, señorita Chaves.

Paula sonrió y se alejó un par de pasos.

—Si cree que eso es bastante, se equivoca, señoritinga ¡No se marche así!

Una  pesada  mano  la  agarró  de  la  muñeca  haciéndole  daño.  Paula gritó  y  se  encogió  de  miedo  antes  de  poder  pensar.  Cerró  los  ojos  esperando  lo  que  vendría  después.  El  sonido  del  gemido  de  conmoción  de  Macarena vibró  dentro  de  ella.  Se  tranquilizó. Sólo era peor cuando mostraba dolor o temor.

—¿Hay algún problema?

Paula alzó  la  vista,  vió  a  Pedro y  deseó  echarse  a  llorar  de  agradecimiento.  Pedro tenía los  ojos  sombríos  de  furia  y  miró  como  un  ángel  vengador  al  hombre  que  la  agarraba. No se había alegrado más en toda su vida de ver a alguien.

—Nada  que  no  pueda  manejar  —dijo  el  hombre  desdeñoso  dando  un  tirón  de  la muñeca.

Paula no pudo reprimir un gesto de dolor y al instante, un músculo se tensó en la mandíbula de Pedro.

—Le  sugiero  enérgicamente  que  suelte  el  brazo  de  la  dama  —dijo  las  palabras  con suavidad, pero en un tono de una dureza innegable.

Como Reilly no la soltó de inmediato, añadió—: Mientras aún pueda.

—Sólo   hemos   tenido   un   pequeño   desacuerdo   —respondió   el   hombre,   decepcionado por tener que soltar a Paula.

Una vez libre, Paula se frotó la muñeca con la otra mano. Sabía que debería decir algo, pero las palabras no le salían. Se quedó muda mirando a Pedro.

—¿Estás bien,  Pau?   —preguntó Pedro dejando de  mirar  un  momento   al   hombre.

Parecía sinceramente preocupado. Pedro jamás permitiría que le sucediese nada. Ella  asintió  y  respiró  hondo  para  calmarse.  Lo  único  que  deseaba  era  que  Reilly  desapareciera.

—Quizá yo pueda ayudarlo —sugirió Pedro, tenso y con tono envenenado.

Paula contuvo  la  respiración  con  la  esperanza  de  que  Pedro  no  recurriera  a  la  violencia.  Provocar  una  escena  era  lo  que  deseaba  ese  hombre,  conocía  a  los  de  su  clase,  los  que  querían  provocar  peleas,  quienes  pensaban  que  la  fuerza  física  lo  resolvía todo.

—¿Y quién es usted?

—Pedro Alfonso, dueño del hotel.

—Señor Alfonso—dijo Reilly con una repentina sonrisa—, creo que quizá debería enseñar a su personal el principio de que el cliente siempre tiene la razón. Reservé la habitación Primrose hace meses y ahora me mandan a una del tercer piso.

Paula habló  por  primera  vez.  Alzó  la  barbilla  y  deseó  que  la  voz  no  le  saliera  temblorosa.

—He cambiado al señor Reilly a una suite del tercer piso.

—El Alfonso Cascade siente mucho las molestias, como estoy seguro de que le habrá dejado claro nuestra directora, la señorita Chaves—Reilly abrió la boca para decir algo, pero  Pedro no  le  dejó—.  Sin  embargo,  no  toleramos  los  abusos  de  ninguna  clase  con  nuestro  personal.  Ella  le  había  reservado  generosamente  una  de  nuestras  suites más exclusivas que estoy seguro de que encontrará más que satisfactoria.

—Le aseguro que no —miró a Paula.

Paula bajó  la  vista.  No  quería  desafiarlo  de  ningún  modo.  Pedro le  iba  permitir  quedarse. Era  lo  más  inteligente  desde  el  punto  de  vista  del  negocio,  pero  no  pudo  evitar sentirse decepcionada. No quiso levantar la vista. Si  él  tenía  que  pensar  que  había  ganado,  estaba  bien.  Era  mejor  que  la  alternativa.