—¿Y qué hay de lo que yo quiero?
—Eso es lo bonito. Ambos queremos lo mismo, ¿Por qué no lo aceptas? Te prometo que no te arrepentirás.
Tenía una lengua de oro, no era extraño que las mujeres cayeran a sus pies. Pensar eso aguijoneó su orgullo lo bastante para resistirse.
—¡Eres el hombre más cabezota que he tenido la desgracia de conocer!
—No pensarás eso cuando me conozcas mejor —Pedro volvió a ponerse en marcha.
—Te conozco todo lo bien que pretendo conocerte —afirmó Paula, seca.
Fue un alivio entrar al comedor y encontrar a la familia ya reunida. Fue directa a hablar con Luciana. Le temblaba el cuerpo y tenía el corazón acelerado. Se sentía acosada, atacada por todos los flancos y atónita por el rápido derrumbamiento de sus defensas. Por suerte, Pedro no la siguió. Por desgracia, como Federico no estaba, habían sentado a Pedro a su lado, así que el respiro duró poco. Sin embargo, él se transformó en la viva imagen de la cordialidad y el ingenio, haciendo que la conversación fluyera por toda la mesa. No pudo por menos que admirar su capacidad para hacer que todos se sintieran a gusto; pero sabía que utilizaba ese mismo encanto para atravesar las defensas de una mujer. Mientras comía los deliciosos platos, tuvo que admitir, a su pesar, que había mucho que admirar en Pedro Alfonso, si se obviaba el que era un mujeriego y un conquistador. Como era costumbre en la familia, tomaron el café en la terraza. Paula le preguntó a Ana por la historia familiar y pronto estuvieron perdidas en las complejidades de su familia. Le pareció un tema tan fascinante que consiguió olvidar a Pedro, hasta que él habló.
—Deberías enseñarle a Paula la Biblia de la familia —le dijo a su madre—. Seguro que le interesa. Tiene más de cien años.
—¿Te gustaría verla? —preguntó Ana.
—Desde luego —asintió Paula—. En mi familia no hay nada similar.
—Lleva a Paula a la biblioteca, Pepe—le pidió Ana a su hijo—. Sabes en qué estantería está.
—Será un placer —contestó él con una sonrisa.
Se puso en pie y miró a Paula, interrogante. Eso no era lo que ella había pretendido al aceptar la oferta, pero no podía negarse, así que se levantó con expresión risueña y lo siguió. Parecía que todo estuviera conspirando para acercarla a Pedro. Se le había acelerado el corazón como si esperase algo; por ejemplo el contacto de sus labios en los suyos. La biblioteca estaba poco más fresca que el resto de la casa, a pesar de dar al norte. Pedro le cedió el paso para que entrara, cerró la puerta y fue a abrir la cristalera que daba al jardín. Empezaba a oscurecer, así que encendió una lámpara con pantalla verde, que emitía un acogedor resplandor dorado. Ella lo observó desde el centro de la habitación, que parecía haber encogido. Él estaba junto a la ventana, pero lo sentía como si estuviera a su lado. La electricidad empezó a zumbar en el aire, a su alrededor. Paula tuvo la sensación de que le faltaba oxígeno. Pedro, entretanto, fue hacia una de las librerías que a ella le quedaban por explorar y sacó un voluminoso libro con tapas de cuero, que dejó sobre la mesa, junto a la lámpara. Alzó la vista y arqueó las cejas al verla tan lejos.
—Desde allí no podrás verla —señaló. Paula fue a reunirse con él—. Ábrela tú —invitó, haciéndole sitio ante la mesa.
En cuanto ella estuvo allí, se acercó para mirar por encima de su hombro. Paula hizo lo posible por concentrarse en la Biblia. En la primera página había inscrita una lista de nombres, con excelente caligrafía.
—El tercer nombre es interesante —comentó Pedro, estirando el brazo para señalarlo. Paula apenas lo vió, porque sentir su cálido aliento en la nuca le provocó escalofríos—. ¿Puedes leerlo?
Paula ni siquiera habría podido recordar el abecedario en ese momento, no estaba para leer. Sólo sabía que si giraba la cabeza, sus labios se tocarían.
—Pues no —mintió—. La letra es muy pequeña.
—Hay una lupa por aquí —murmuró él, mirando a su alrededor—. Ah, aquí está —se inclinó hacia delante y su mejilla rozó la de ella. Aimi soltó un gemido y Jonas se quedó inmóvil—. ¿Algo va mal? —preguntó, con voz suave.
Pero el brillo de sus ojos indicaba que sabía bien lo que estaba haciendo y el efecto que tenía en ella.
—No, pero creo que deberíamos volver con los demás —consiguió decir ella, sintiendo un cosquilleo en los labios.
—Pero aún no has mirado la Biblia. Hay mucho que ver —añadió, persuasivo—. Sabes que en realidad no quieres marcharte.
La antigua Paula, la que había vivido la vida al máximo y amado con entusiasmo, no quería marcharse. Pero la nueva, que sabía que había que pagar por los errores cometidos, intentaba mantener el control. Estaba requiriendo cada átomo de su fuerza de voluntad para no entregarse a sus brazos y dejarse llevar por la intensa atracción física que sentía. Nadie antes había conseguido hacerle sentir esa necesidad, esa urgencia. La atraía como una llama a una polilla; sabía que podía quemarse, pero seguía atrayéndola su calor.
—Tengo que irme —declaró Paula. Alzó una mano para que se apartara—. Necesito aire fresco —sabía que sonaba desesperada, pero le dió igual. Allí dentro no podía respirar, él estaba absorbiendo todo el oxígeno. Con la poca fuerza que le quedaba, fue hacia la cristalera.
Pedro la habría seguido, pero sonó el teléfono y tuvo que contestar. Aprovechó para escapar.
martes, 6 de marzo de 2018
Desafío: Capítulo 14
Cuando Paula despertó, un rato después, Pedro había desaparecido. Que tuviera que repetirse que se sentía aliviada demostró la ambivalencia de sus emociones. Recogió sus cosas y volvió a la casa, agradeciendo que la familia no hubiera regresado aún. Una ducha rápida borró el rastro de su estancia en la piscina, y deseó que fuera igual de sencillo volver a meter al genio dentro de la lámpara mágica. Por fuera parecía serena, por dentro era un torbellino. El beso de la había inquietado y eso le disgustaba. Para combatir la sensación se esforzaría para adoptar la apariencia habitual: cada mechón de cabello recogido en su sitio con horquillas. No era una gran armadura, pero era la única de la que disponía para la batalla. Pasó el resto de la mañana en la biblioteca. Pudo concentrarse y borrar de su mente esos asombrosos ojos azules. Comió en la terraza con la familia. La sorprendió que él no apareciera, pero así tendría más tiempo para recuperar la compostura.
Paula trabajó hasta que llegó la hora de subir a su habitación y asearse y vestirse para la cena. Mientras examinaba su exiguo guardarropas, tuvo otra muestra de su ambivalencia al descubrirse deseando tener algo más que faldas y blusas. De inmediato, imaginó a Pedro sonriendo, pensando que se había arreglado por él, y su espalda se tensó. No iba a volver a sus antiguas costumbres, cuando vestirse para atraer a un hombre había sido tan normal como respirar. Era una persona distinta; mejor y por encima de esos trucos. Por eso, cuando salió de la ducha se puso la falda azul y la blusa de seda blanca sin mangas. Con el cabello recogido y aspecto sereno y eficiente, su reflejo le devolvió la fuerza de voluntad. La mujer que veía en el espejo parecía capaz de enfrentarse a todo. Pero una vocecita traicionera cuestionó que fuera así. Aimi se había creído por encima de la tentación, y Pedro estaba probando que se había equivocado. Pensar en él era un error, porque le hacía recordar el beso y la tormenta que había desatado en su interior. Gruñendo por su estupidez, Paula dejó de mirarse e inspiró varias veces. «Puedes hacerlo, Pau. Recuerda cuánto has trabajado para llegar donde estás. Piensa en Sofía y en lo que le prometiste hacer para compensar lo ocurrido. Sé fuerte. Sé fuerte». Unos minutos después, cuando se estaba poniendo los zapatos, llamaron a su puerta. Sorprendida, abrió y se encontró con Pedro. Llevaba una camisa blanca que resaltaba el intenso color de sus ojos y tenía las manos metidas en los bolsillos de un elegante pantalón oscuro. El conjunto era un regalo para la vista y ella rezongó para sí.
—Como Fede no está, he pensado que me correspondía escoltarte a cenar —explicó él con una de sus sonrisas traviesas—. ¿Estás lista?
—Creo que sabré bajar la escalera yo sólita —dijo Paula con ironía.
Pedro no se inmutó.
—Estoy seguro, pero mis padres se esforzaron mucho para que tuviéramos buenos modales, así que deberías aceptar mi caballeroso gesto —contraatacó él con ojos chispeantes.
Consciente de lo ridículo de estar allí parada, discutiendo con él, Paula salió y cerró la puerta.
—¡Y yo que creía que los tiempos de la caballerosidad se habían acabado! —se burló, yendo hacia la escalera a paso rápido.
Pedro la siguió.
—Eres una mujer difícil de complacer —se quejó él.
—Lo cierto es que es muy fácil. Si te marcharas, me complacerías mucho —le devolvió, con sorna.
Casi dió un bote cuando el puso la mano bajo su codo mientras empezaban a bajar la escalera. Aunque leve, el contacto le llegó muy adentro.
—Ambos sabemos que eso no es verdad, cariño. Tengo una idea bastante clara de qué te complacería, y no sería que me fuese —dijo él con voz sexy.
Los nervios de Paula iniciaron una serie de volteretas. Era difícil mantener la compostura ante un ataque tan fuerte, pero lo consiguió.
—¿También te enseñaron tus padres a ser descarado? —preguntó, aguda.
—No, eso lo aprendí yo sólito —rió él.
—Sí, no lo dudo —dijo ella, pensando que había aprendido de maravilla.
—Eso se te da muy bien —comentó Pedro.
Paula lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Mostrar desaprobación —aclaró él.
—Eso es porque te desapruebo —afirmó ella.
—Pero eso no te impide desearme, ¿Verdad, Pau? —la retó él, deteniéndose al llegar a la planta baja.
Negar que lo deseaba sería fútil, el hombre no era ningún tonto. Leía a las mujeres con facilidad diabólica.
—Me impedirá involucrarme contigo, Pedro.
—No —movió la cabeza con seguridad—. Añadirá sabor a nuestra aventura. Lo estoy deseando.
Irritada más allá de lo que creía posible, sobre todo porque parte de ella sabía que Jonas tenía razón, agitó un dedo con ira.
—Escúchame, Pedro Alfonso...
—Te pones guapísima cuando te enfadas —dijo él con una sonrisa que habría derretido el hielo.
—¡Para ya! —Paula, impotente, casi dió una patada en el suelo de pura rabia.
—No lo haría, incluso si pudiera. Estoy embobado contigo, Paula Chaves, y no pararé hasta apagar la fiebre que me quema.
Como declaración, era de órdago. A Paula la dejó sin aire. Movió la cabeza, desconcertada.
Paula trabajó hasta que llegó la hora de subir a su habitación y asearse y vestirse para la cena. Mientras examinaba su exiguo guardarropas, tuvo otra muestra de su ambivalencia al descubrirse deseando tener algo más que faldas y blusas. De inmediato, imaginó a Pedro sonriendo, pensando que se había arreglado por él, y su espalda se tensó. No iba a volver a sus antiguas costumbres, cuando vestirse para atraer a un hombre había sido tan normal como respirar. Era una persona distinta; mejor y por encima de esos trucos. Por eso, cuando salió de la ducha se puso la falda azul y la blusa de seda blanca sin mangas. Con el cabello recogido y aspecto sereno y eficiente, su reflejo le devolvió la fuerza de voluntad. La mujer que veía en el espejo parecía capaz de enfrentarse a todo. Pero una vocecita traicionera cuestionó que fuera así. Aimi se había creído por encima de la tentación, y Pedro estaba probando que se había equivocado. Pensar en él era un error, porque le hacía recordar el beso y la tormenta que había desatado en su interior. Gruñendo por su estupidez, Paula dejó de mirarse e inspiró varias veces. «Puedes hacerlo, Pau. Recuerda cuánto has trabajado para llegar donde estás. Piensa en Sofía y en lo que le prometiste hacer para compensar lo ocurrido. Sé fuerte. Sé fuerte». Unos minutos después, cuando se estaba poniendo los zapatos, llamaron a su puerta. Sorprendida, abrió y se encontró con Pedro. Llevaba una camisa blanca que resaltaba el intenso color de sus ojos y tenía las manos metidas en los bolsillos de un elegante pantalón oscuro. El conjunto era un regalo para la vista y ella rezongó para sí.
—Como Fede no está, he pensado que me correspondía escoltarte a cenar —explicó él con una de sus sonrisas traviesas—. ¿Estás lista?
—Creo que sabré bajar la escalera yo sólita —dijo Paula con ironía.
Pedro no se inmutó.
—Estoy seguro, pero mis padres se esforzaron mucho para que tuviéramos buenos modales, así que deberías aceptar mi caballeroso gesto —contraatacó él con ojos chispeantes.
Consciente de lo ridículo de estar allí parada, discutiendo con él, Paula salió y cerró la puerta.
—¡Y yo que creía que los tiempos de la caballerosidad se habían acabado! —se burló, yendo hacia la escalera a paso rápido.
Pedro la siguió.
—Eres una mujer difícil de complacer —se quejó él.
—Lo cierto es que es muy fácil. Si te marcharas, me complacerías mucho —le devolvió, con sorna.
Casi dió un bote cuando el puso la mano bajo su codo mientras empezaban a bajar la escalera. Aunque leve, el contacto le llegó muy adentro.
—Ambos sabemos que eso no es verdad, cariño. Tengo una idea bastante clara de qué te complacería, y no sería que me fuese —dijo él con voz sexy.
Los nervios de Paula iniciaron una serie de volteretas. Era difícil mantener la compostura ante un ataque tan fuerte, pero lo consiguió.
—¿También te enseñaron tus padres a ser descarado? —preguntó, aguda.
—No, eso lo aprendí yo sólito —rió él.
—Sí, no lo dudo —dijo ella, pensando que había aprendido de maravilla.
—Eso se te da muy bien —comentó Pedro.
Paula lo miró con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Mostrar desaprobación —aclaró él.
—Eso es porque te desapruebo —afirmó ella.
—Pero eso no te impide desearme, ¿Verdad, Pau? —la retó él, deteniéndose al llegar a la planta baja.
Negar que lo deseaba sería fútil, el hombre no era ningún tonto. Leía a las mujeres con facilidad diabólica.
—Me impedirá involucrarme contigo, Pedro.
—No —movió la cabeza con seguridad—. Añadirá sabor a nuestra aventura. Lo estoy deseando.
Irritada más allá de lo que creía posible, sobre todo porque parte de ella sabía que Jonas tenía razón, agitó un dedo con ira.
—Escúchame, Pedro Alfonso...
—Te pones guapísima cuando te enfadas —dijo él con una sonrisa que habría derretido el hielo.
—¡Para ya! —Paula, impotente, casi dió una patada en el suelo de pura rabia.
—No lo haría, incluso si pudiera. Estoy embobado contigo, Paula Chaves, y no pararé hasta apagar la fiebre que me quema.
Como declaración, era de órdago. A Paula la dejó sin aire. Movió la cabeza, desconcertada.
Desafío: Capítulo 13
—¿Es un buen libro? —preguntó Pedro, al pasar a su lado.
—Mucho —le contestó, aunque ni siquiera habría podido decirle de qué trataba.
Lo oyó moverse por ahí y después debió tumbarse, porque oyó un suspiro. Miró por encima del libro y lo vió sobre una tumbona, a unos metros de ella. Decidió que estando allí no le causaría problemas y volvió a la lectura. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que había empezado la misma página media docena de veces, por lo pendiente que estaba de él, cerró el libro y lo dejó a un lado. Ajustó la tumbona en posición horizontal y se tumbó boca abajo, apoyando la cabeza en los brazos. El calor y el silencio hicieron que se adormilara. De repente, sintió unas manos en la espalda, subiendo hacia el cuello. Dió un gritito e intentó incorporarse; las manos lo impidieron.
—Estoy poniéndote crema protectora en la espalda —dijo Pedro con calma—. Vas a quemarte con este sol.
Paula se mordió el labio mientras los dedos rozaban sus costillas, acercándose peligrosamente a sus pechos. Sintió una burbuja de histeria en la garganta, estaba ardiendo y el sol no tenía nada que ver. Deseó que se detuviera, el contacto de sus manos la estaba volviendo loca. Pedro, sin embargo, parecía dispuesto a tomarse su tiempo y cuando por fin acabó ella estuvo a punto de gruñir, no sabía si por alivio o desilusión.
—Creo que con eso valdrá —afirmó él—. ¿O quieres que te ponga también en las piernas?
—¡No! —rechazó ella con demasiada rapidez—. Ya me he puesto yo. Gracias —añadió con voz ronca, sin mirarlo.
—Vale. Ahora tú puedes ponerme a mí en la espalda —dijo él con toda tranquilidad.
—¿Qué? —entonces sí que se volvió hacia él.
Pedro la miró con expresión inocente como la de un niño, sin duda falsa.
—¿Puedes ponerme crema en la espalda? —repitió.
Sin dudar que aceptaría, volvió a su tumbona y se tumbó boca abajo. Paula se incorporó y, con desgana, agarró el bote de crema. En su interior se libraba una batalla. Por un lado, sabía que lo sensato sería negarse, por otro, su parte sensual que, había conseguido escapar de su prisión de hielo, quería explorar los intrigantes planos de su cuerpo bronceado. Ésa fue la parte que ganó la batalla; fue hacia él. Se arrodilló a su lado, echó un chorro de crema en el centro de su espalda, inspiró con fuerza y empezó a extenderla con las palmas de las manos. Había pretendido hacerlo de forma profesional, pero una vez lo tocó distanciarse se convirtió en un imposible. Tenía la piel firme pero sedosa, y la sensación era muy erótica. Perdió la noción del paso del tiempo, disfrutando del contacto.
—Mmm —suspiró Pedro con placer evidente—. Fantástico. Tienes unas manos maravillosas. Podría acostumbrarme a esto.
Fue poco más que un murmullo sensual, pero devolvió a Paula a la realidad. «¿Qué estás haciendo?», se preguntó, horrorizada. Roja como la grana, acabó con su tarea y se apoyó en los talones.
—Ya está —dijo, preparándose para levantarse.
Tenía que alejarse de él cuanto antes. Pedro se apoyó en un codo, agarró su muñeca y tiró de ella, acercándola.
—Aún no te he dado las gracias —ronroneó.
—Para, Pedro—protestó Paula, intentando mantener el equilibrio.
Pero, en un parpadeo, él se tumbó de espaldas y no pudo evitar caer sobre su pecho. Con ojos chispeantes de malicia, rodeó su cuello con la mano libre y atrajo su boca hacia la suya. Aimi intentó apartarse, pero él era demasiado fuerte. Sus labios capturaron los de ella con sensualidad impactante. Fue un beso largo que removió las brasas de su pasión mutua. La boca de él reclamaba la suya, exigiendo una respuesta que ella intentó negarle, sin éxito. Durante una eternidad, se perdió en el calor de sus labios y la caricia de su lengua. Cuanto más le daba, más deseaba ella; fue el graznido de un cuervo sobrevolando la piscina lo que la devolvió a la tierra de sopetón. Apartándose, Paula miró los ojos brillantes de humor y de algo más profundo. Sé le revolvió el estómago de asco por haberse rendido de nuevo a los egoístas placeres que una vez habían regido su vida. Su sangre se convirtió en hielo.
—Creo que ése es agradecimiento más que suficiente —dijo, levantándose—. La próxima vez, limítate a decir «gracias».
—Eso no sería tan divertido —se rió Pedro, observándola volver a su tumbona y echarse boca arriba, mirando hacia otro lado—. Has disfrutado, Pau. ¡No simules que no!
Ella lo ignoró y cerró los ojos. Era verdad que había disfrutado. Besar a Pedro había sido una experiencia increíble, que no olvidaría. Una y otra vez, revivió el momento. Todos sus sentidos se habían exacerbado por el aroma, tacto y sabor de él, tal y como había sabido que ocurriría. El hombre era irresistible, pero tenía que conseguir resistirse; a él sólo le interesaba la diversión de la caza. No podía convertirse en otro de sus trofeos. Tenía que recordar las razones por las que había renunciado a la Paula de años antes: para poder vivir consigo misma y con lo que había hecho. Por desgracia, la vieja Paula se había liberado de sus cadenas un momento. Sin embargo, sólo había sido una escaramuza y ella recuperaría el control. Tendría que librar muchas más batallas y las ganaría todas. Suspirando, ordenó a su cuerpo que dejara de reaccionar ante el hombre que había a unos metros. No se lanzaría a los brazos de Pedro, él sólo quería divertirse y ella valía más que eso. Mucho más. Se relajó y se quedó dormida.
—Mucho —le contestó, aunque ni siquiera habría podido decirle de qué trataba.
Lo oyó moverse por ahí y después debió tumbarse, porque oyó un suspiro. Miró por encima del libro y lo vió sobre una tumbona, a unos metros de ella. Decidió que estando allí no le causaría problemas y volvió a la lectura. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que había empezado la misma página media docena de veces, por lo pendiente que estaba de él, cerró el libro y lo dejó a un lado. Ajustó la tumbona en posición horizontal y se tumbó boca abajo, apoyando la cabeza en los brazos. El calor y el silencio hicieron que se adormilara. De repente, sintió unas manos en la espalda, subiendo hacia el cuello. Dió un gritito e intentó incorporarse; las manos lo impidieron.
—Estoy poniéndote crema protectora en la espalda —dijo Pedro con calma—. Vas a quemarte con este sol.
Paula se mordió el labio mientras los dedos rozaban sus costillas, acercándose peligrosamente a sus pechos. Sintió una burbuja de histeria en la garganta, estaba ardiendo y el sol no tenía nada que ver. Deseó que se detuviera, el contacto de sus manos la estaba volviendo loca. Pedro, sin embargo, parecía dispuesto a tomarse su tiempo y cuando por fin acabó ella estuvo a punto de gruñir, no sabía si por alivio o desilusión.
—Creo que con eso valdrá —afirmó él—. ¿O quieres que te ponga también en las piernas?
—¡No! —rechazó ella con demasiada rapidez—. Ya me he puesto yo. Gracias —añadió con voz ronca, sin mirarlo.
—Vale. Ahora tú puedes ponerme a mí en la espalda —dijo él con toda tranquilidad.
—¿Qué? —entonces sí que se volvió hacia él.
Pedro la miró con expresión inocente como la de un niño, sin duda falsa.
—¿Puedes ponerme crema en la espalda? —repitió.
Sin dudar que aceptaría, volvió a su tumbona y se tumbó boca abajo. Paula se incorporó y, con desgana, agarró el bote de crema. En su interior se libraba una batalla. Por un lado, sabía que lo sensato sería negarse, por otro, su parte sensual que, había conseguido escapar de su prisión de hielo, quería explorar los intrigantes planos de su cuerpo bronceado. Ésa fue la parte que ganó la batalla; fue hacia él. Se arrodilló a su lado, echó un chorro de crema en el centro de su espalda, inspiró con fuerza y empezó a extenderla con las palmas de las manos. Había pretendido hacerlo de forma profesional, pero una vez lo tocó distanciarse se convirtió en un imposible. Tenía la piel firme pero sedosa, y la sensación era muy erótica. Perdió la noción del paso del tiempo, disfrutando del contacto.
—Mmm —suspiró Pedro con placer evidente—. Fantástico. Tienes unas manos maravillosas. Podría acostumbrarme a esto.
Fue poco más que un murmullo sensual, pero devolvió a Paula a la realidad. «¿Qué estás haciendo?», se preguntó, horrorizada. Roja como la grana, acabó con su tarea y se apoyó en los talones.
—Ya está —dijo, preparándose para levantarse.
Tenía que alejarse de él cuanto antes. Pedro se apoyó en un codo, agarró su muñeca y tiró de ella, acercándola.
—Aún no te he dado las gracias —ronroneó.
—Para, Pedro—protestó Paula, intentando mantener el equilibrio.
Pero, en un parpadeo, él se tumbó de espaldas y no pudo evitar caer sobre su pecho. Con ojos chispeantes de malicia, rodeó su cuello con la mano libre y atrajo su boca hacia la suya. Aimi intentó apartarse, pero él era demasiado fuerte. Sus labios capturaron los de ella con sensualidad impactante. Fue un beso largo que removió las brasas de su pasión mutua. La boca de él reclamaba la suya, exigiendo una respuesta que ella intentó negarle, sin éxito. Durante una eternidad, se perdió en el calor de sus labios y la caricia de su lengua. Cuanto más le daba, más deseaba ella; fue el graznido de un cuervo sobrevolando la piscina lo que la devolvió a la tierra de sopetón. Apartándose, Paula miró los ojos brillantes de humor y de algo más profundo. Sé le revolvió el estómago de asco por haberse rendido de nuevo a los egoístas placeres que una vez habían regido su vida. Su sangre se convirtió en hielo.
—Creo que ése es agradecimiento más que suficiente —dijo, levantándose—. La próxima vez, limítate a decir «gracias».
—Eso no sería tan divertido —se rió Pedro, observándola volver a su tumbona y echarse boca arriba, mirando hacia otro lado—. Has disfrutado, Pau. ¡No simules que no!
Ella lo ignoró y cerró los ojos. Era verdad que había disfrutado. Besar a Pedro había sido una experiencia increíble, que no olvidaría. Una y otra vez, revivió el momento. Todos sus sentidos se habían exacerbado por el aroma, tacto y sabor de él, tal y como había sabido que ocurriría. El hombre era irresistible, pero tenía que conseguir resistirse; a él sólo le interesaba la diversión de la caza. No podía convertirse en otro de sus trofeos. Tenía que recordar las razones por las que había renunciado a la Paula de años antes: para poder vivir consigo misma y con lo que había hecho. Por desgracia, la vieja Paula se había liberado de sus cadenas un momento. Sin embargo, sólo había sido una escaramuza y ella recuperaría el control. Tendría que librar muchas más batallas y las ganaría todas. Suspirando, ordenó a su cuerpo que dejara de reaccionar ante el hombre que había a unos metros. No se lanzaría a los brazos de Pedro, él sólo quería divertirse y ella valía más que eso. Mucho más. Se relajó y se quedó dormida.
jueves, 1 de marzo de 2018
Desafío: Capítulo 12
Sorprendentemente, Paula durmió mejor esa noche, tal vez por puro agotamiento. Cuando se había reunido con la familia en la terraza, Pedro no estaba allí. Ella no había preguntado por él, había suspirado con alivio. El día amaneció tan caluroso como los precedentes. Era domingo y la familia fue a la iglesia, pero prefirió quedarse en casa. Tras desayunar con ellos, fue con sus lápices y libretas a la biblioteca, a continuar con su investigación. Pero aun con las ventanas abiertas de par en par, faltaba el aire. Perseveró un rato, después dejó el lápiz y suspiró con frustración. Demasiado calor. Pensó en el agua fresca de la piscina. Suponía que la familia tardaría una hora o dos en regresar, así que podía aprovechar para darse un baño en su ausencia. Subió a su habitación a ponerse el bañador bajo la falda y la blusa. Equipada con protección solar, una toalla y un libro, bajó y salió por la puerta trasera. Dejó su ropa en una tumbona, baja una sombrilla y se introdujo en la deliciosa agua fresca, cerrando los ojos para incrementar su placer. Era maravilloso. Tarareó una melodía mientras flotaba de espaldas. Perdió la noción del tiempo hasta que oyó un intenso ruido a su derecha y una cascada de agua cayó sobre ella. Se frotó los ojos y volvió la cabeza. En el otro extremo de la piscina emergió una cabeza morena y supo de inmediato que era Pedro. Lo observó nadar hasta la pared, girar y nadar hacia ella. Era impresionante verlo en el agua, parecía avanzar sin esfuerzo alguno. Pedro se detuvo a su lado, sonrió y se apartó el pelo de los ojos.
—Lo siento si te he molestado —se disculpó, con el habitual brillo de humor en los ojos.
—No sabía que habían vuelto —contestó ella, intentando mantener la serenidad.
—¿Vuelto? —preguntó Pedro, enarcando una ceja y acercándose más.
—De la iglesia —se alejó más, hasta que el borde de la piscina impidió su huida.
Maldiciendo para sí, Paula alzó la barbilla y lo miró.
—Ah, yo no voy a la iglesia, excepto en ocasiones especiales —sonrió, captando su nerviosismo—. Por eso cuentas con el placer de mi compañía esta mañana —una de sus piernas rozó las de ellas.
Paula sabía que lo había hecho a propósito, pero no por eso dejó de sentir una intensa sensación. Entreabrió los labios y tomó aire; por desgracia, una oleada de agua golpeó su rostro en ese instante y, atragantándose, empezó a toser. Pedro la rodeó con un brazo y enredó las piernas con las suyas, manteniéndola a flote.
—Tranquila. Te tengo —afirmó, tranquilizador.
Paula captó el tono divertido de su voz.
—¡Lo has hecho a propósito! —lo acusó, en cuanto pudo hablar.
—¿Haría yo algo así? —se burló él.
En ese momento Paula se dió cuenta de que estaba agarrada a sus hombros y que su piel bronceada era tan suave y agradable que deseaba acariciarla. Sintió la fuerza del brazo que rodeaba su cintura y eso provocó un estallido de fuegos artificiales en sus nervios.
—¡Claro que sí! —escupió ella airada, intentando apartarlo. Era inamovible como una montaña, así que desistió para no hacer aún más el ridículo—. Ya puedes soltarme, estoy bien.
—No te preocupes. Estoy cómodo así —replicó él con una sonrisa.
Paula no lo estaba en absoluto. La parte rebelde de sí misma, que había emergido esos últimos dos días, habría seguido así mucho tiempo, pero ésa no era la cuestión. No podía estar en sus brazos en ninguna circunstancia. Con las piernas enredadas en un nudo, su mente estaba conjurando imágenes eróticas que no iban a ayudarla a luchar contra su atracción por él. De repente, se le ocurrió cómo recuperar su libertad.
—Pedro—le dijo con el tono seductor que tan buenos resultados le había dado en otros tiempo.
Él la miró a los ojos.
—Sí, Pau, cariño.
—Puede que no te hayas dado cuenta, pero mi rodilla está estratégicamente situada —dijo ella con voz suave—. Si yo fuera tú, me soltaría.
—Tienes razón —Pedro dejó escapar una risita—. ¿Harías algo tan terrible? —al ver la amenaza de sus ojos, se rindió—. Tú ganas —la soltó y Paula nadó rápidamente hacia los escalones.
Salió de la piscina con los nervios a flor de piel. Supo que él la contemplaba mientras iba a su tumbona y se secaba. No tenía ni idea de qué diablos hacer. Si se marchaba, Pedro sabría que la había afectado. La única opción era quedarse y capear el temporal. Por eso se concentró en ponerse protección solar y luego se sentó a leer. Sin embargo, por encima del borde del libro, lo veía nadar de un lado a otro. Inconscientemente, bajó el libro, observando su poderoso cuerpo cortar el agua. Hipnotizada, no se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que él se detuvo; alzó el libro. Minutos después vio, por el rabillo del ojo, que había salido de la piscina e iba hacia ella. La visión de su esbelto cuerpo masculino, bronceado y brillante por el agua, hizo que se le cerrara la garganta y se le secara la boca. Estaba para comérselo. El bañador negro dejaba poco a la imaginación y ella sintió cómo se derretía ante tanta virilidad. Todo lo que había de femenino en ella reaccionó a la visión.
—Lo siento si te he molestado —se disculpó, con el habitual brillo de humor en los ojos.
—No sabía que habían vuelto —contestó ella, intentando mantener la serenidad.
—¿Vuelto? —preguntó Pedro, enarcando una ceja y acercándose más.
—De la iglesia —se alejó más, hasta que el borde de la piscina impidió su huida.
Maldiciendo para sí, Paula alzó la barbilla y lo miró.
—Ah, yo no voy a la iglesia, excepto en ocasiones especiales —sonrió, captando su nerviosismo—. Por eso cuentas con el placer de mi compañía esta mañana —una de sus piernas rozó las de ellas.
Paula sabía que lo había hecho a propósito, pero no por eso dejó de sentir una intensa sensación. Entreabrió los labios y tomó aire; por desgracia, una oleada de agua golpeó su rostro en ese instante y, atragantándose, empezó a toser. Pedro la rodeó con un brazo y enredó las piernas con las suyas, manteniéndola a flote.
—Tranquila. Te tengo —afirmó, tranquilizador.
Paula captó el tono divertido de su voz.
—¡Lo has hecho a propósito! —lo acusó, en cuanto pudo hablar.
—¿Haría yo algo así? —se burló él.
En ese momento Paula se dió cuenta de que estaba agarrada a sus hombros y que su piel bronceada era tan suave y agradable que deseaba acariciarla. Sintió la fuerza del brazo que rodeaba su cintura y eso provocó un estallido de fuegos artificiales en sus nervios.
—¡Claro que sí! —escupió ella airada, intentando apartarlo. Era inamovible como una montaña, así que desistió para no hacer aún más el ridículo—. Ya puedes soltarme, estoy bien.
—No te preocupes. Estoy cómodo así —replicó él con una sonrisa.
Paula no lo estaba en absoluto. La parte rebelde de sí misma, que había emergido esos últimos dos días, habría seguido así mucho tiempo, pero ésa no era la cuestión. No podía estar en sus brazos en ninguna circunstancia. Con las piernas enredadas en un nudo, su mente estaba conjurando imágenes eróticas que no iban a ayudarla a luchar contra su atracción por él. De repente, se le ocurrió cómo recuperar su libertad.
—Pedro—le dijo con el tono seductor que tan buenos resultados le había dado en otros tiempo.
Él la miró a los ojos.
—Sí, Pau, cariño.
—Puede que no te hayas dado cuenta, pero mi rodilla está estratégicamente situada —dijo ella con voz suave—. Si yo fuera tú, me soltaría.
—Tienes razón —Pedro dejó escapar una risita—. ¿Harías algo tan terrible? —al ver la amenaza de sus ojos, se rindió—. Tú ganas —la soltó y Paula nadó rápidamente hacia los escalones.
Salió de la piscina con los nervios a flor de piel. Supo que él la contemplaba mientras iba a su tumbona y se secaba. No tenía ni idea de qué diablos hacer. Si se marchaba, Pedro sabría que la había afectado. La única opción era quedarse y capear el temporal. Por eso se concentró en ponerse protección solar y luego se sentó a leer. Sin embargo, por encima del borde del libro, lo veía nadar de un lado a otro. Inconscientemente, bajó el libro, observando su poderoso cuerpo cortar el agua. Hipnotizada, no se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que él se detuvo; alzó el libro. Minutos después vio, por el rabillo del ojo, que había salido de la piscina e iba hacia ella. La visión de su esbelto cuerpo masculino, bronceado y brillante por el agua, hizo que se le cerrara la garganta y se le secara la boca. Estaba para comérselo. El bañador negro dejaba poco a la imaginación y ella sintió cómo se derretía ante tanta virilidad. Todo lo que había de femenino en ella reaccionó a la visión.
Desafío: Capítulo 11
—Lógico —respondió ella con sarcasmo.
Le dió la taza y sus manos se rozaron. Paula apartó la mano de golpe y observó, horrorizada, como la taza de porcelana caía al suelo y se hacía añicos.
—¡Ay, Dios! —exclamó, apurada—. ¡Lo siento mucho! —sin pensarlo, se agachó para recoger los pedazos.
—¡No! ¡Cuidado! —ordenó Pedro, pero ya era tarde. Un trozo afilado había cortado su dedo y ella gritó de dolor. Pedro se inclinó para levantarla. La llevó al fregadero, abrió el grifo y sujetó su mano bajo el agua—. Has hecho una tontería.
—Ha sido sin pensar —se defendió Paula, haciendo una mueca de dolor por el frío.
—Eso es obvio. Echaré un vistazo —cerró el grifo y secó el corte con una servilleta limpia, que sacó de un cajón—. Bueno, no es profundo. Apriétalo con la servilleta mientras voy a buscar antiséptico y tiritas.
Paula, aturdida, obedeció. Había hecho una tontería, pero se debía a cuánto la afectaba que él la tocase. Pedro regresó y se aseguró de que la herida estaba seca antes de ponerle crema antiséptica y una tirita. Sus cabezas se juntaron y ella contempló las ondas negro azulado, deseando acariciarlas, sentirlas bajo sus dedos. Volvió a la realidad cuando sintió el roce de los labios de él sobre la herida tapada. Parpadeó, atónita. Un momento después se quedó sin aire cuando esos mismos labios besaron la palma de su mano.
—¿Qué haces? —gimió, con el pulso acelerado.
Pedro alzó la cabeza, con un brillo diabólico en los ojos. No soltó su mano, siguió acariciándola con el pulgar.
—Algo que llevo deseando hacer desde que te ví. Besarte. —declaró, con voz sensual.
Paula se debatió entre dos mundos. Su voz y su caricia habían conseguido que perdiera el control de sus sentidos. Lo miró, casi hechizada.
—¡Vas demasiado lejos! —protestó, sin fuerza.
—Al contrario —los labios de él se curvaron con una sonrisa perceptiva—, esto ni se acerca a lo que será, y tú lo sabes, cariño.
—¡No te atrevas a suponer que sabes lo que pienso! —clamó ella, aunque ese «cariño» había sido como una caricia para sus sentidos.
Pedro rió suavemente y acarició su labio inferior con un dedo.
—No supongo, lo sé. Ambos lo sabemos. Hemos sabido lo que pensábamos y sentíamos desde el momento en que nos vimos.
Paula no necesitaba oír eso, porque era verdad. Sin embargo, sirvió para que alzara sus defensas de nuevo e hiciera acopio de fuerzas para no rendirse a él.
—No estoy de acuerdo. Y no he hecho nada para alimentar esa fantasía tuya —exclamó.
—Paula, ¡Sabes que no necesitas hacer nada! Tú y yo conectamos a otro nivel.
Ella se estremeció; Pedro hablaba de un nivel que ella había jurado no volvería a ver la luz en su vida. Angustiada, se apartó de él.
—Pues vamos a desconectar, ¡No escucharé más tonterías como ésa!
—Echar a correr no cambiará nada. Ambos sabemos que nos deseamos. Se nota en cada bocanada de aire, en cada latido.
Ella sabía bien a qué se refería. Y no querer que ocurriera era insuficiente. La atracción sensual era más fuerte que nunca y el deseo de explorarla la quemaba por dentro. No había creído que pudiera desear a un hombre tanto como para sentir la tentación de faltar a las promesas que se había hecho tras perder a Sofía. Pensar en ese traumático evento la llevó a alzar la barbilla con determinación.
—Puede que sí, pero no pienso iniciar una relación contigo, Pedro.
—Eso suena bien, pero ambos sabemos que no lo dices en serio —replicó él, dejándola sin aire.
—¡Claro que lo digo en serio! ¿Por qué iba a mentir? —lo retó.
Él dejó escapar una risotada.
—Porque este deseo no desaparecerá fácilmente. Tiene que agotarse, y sólo hay una forma de conseguirlo. Por eso tú y yo tendremos una aventura muy pronto —declaró él.
Sus palabras incrementaban la sensación de que iba a ocurrir algo inevitable. Aimi se dijo que no tenía por qué ser así. No estaba obligada a seguir el camino que se dibujaba ante sus ojos, por atractivo que pareciera. Por muy guapo y encantador que fuera Jonas, no lo quería en su vida. No perdería lo que había ganado por la evanescente satisfacción de una aventura sexual.
—Si yo fuera tú, no contendría la respiración —le dijo, brusca—. Nunca tendré una aventura contigo.
—Nunca digas nunca, es como agitar un trapo rojo ante un toro —advirtió el.
—Perderás el tiempo intentando que cambie de opinión —Paula alzó la barbilla, desafiante.
—Ya veremos. Me gustan los retos —sonrió con ironía—. Puede que seas uno de los mejores a los que me he enfrentado.
—Mantente lejos de mí, Pedro—dijo ella, airada por su arrogancia.
Giró sobre los talones y salió de la cocina. El hombre era insoportable. Estaba tan enfadada que no podía reunirse con el resto de la familia. Tenía los nervios a flor de piel y necesitaba intimidad para recuperar el aliento y pensar. Acababan de volver a derrumbar sus defensas con muy poco esfuerzo. Necesitaba reconstruirlas cuanto antes.
Paula fue a la biblioteca. No se molestó en encender la luz. Se acomodó en un sillón, junto a la chimenea. Cerró los ojos y rememoró el roce de los labios de Pedro en su mano. Eso la llevó a preguntarse qué caos provocaría en su ser si permitía un contacto más apasionado. Una parte de ella sabía lo que sería sensato hacer, pero su sensualidad tomaba las riendas cuando él la tocaba. Consciente de su debilidad, la única solución era mantener las distancias. Si no dejaba que se acercase, todo iría bien. Cuando, pasados dos días, se alejara de su influencia magnética, la atracción se difuminaría y la Paula del presente volvería a ser la que era. Suspirando, rezó para que el tiempo pasara deprisa. Necesitaba recuperar la calma que tanto le había costado obtener. Sólo entonces se sentiría a salvo de nuevo.
Le dió la taza y sus manos se rozaron. Paula apartó la mano de golpe y observó, horrorizada, como la taza de porcelana caía al suelo y se hacía añicos.
—¡Ay, Dios! —exclamó, apurada—. ¡Lo siento mucho! —sin pensarlo, se agachó para recoger los pedazos.
—¡No! ¡Cuidado! —ordenó Pedro, pero ya era tarde. Un trozo afilado había cortado su dedo y ella gritó de dolor. Pedro se inclinó para levantarla. La llevó al fregadero, abrió el grifo y sujetó su mano bajo el agua—. Has hecho una tontería.
—Ha sido sin pensar —se defendió Paula, haciendo una mueca de dolor por el frío.
—Eso es obvio. Echaré un vistazo —cerró el grifo y secó el corte con una servilleta limpia, que sacó de un cajón—. Bueno, no es profundo. Apriétalo con la servilleta mientras voy a buscar antiséptico y tiritas.
Paula, aturdida, obedeció. Había hecho una tontería, pero se debía a cuánto la afectaba que él la tocase. Pedro regresó y se aseguró de que la herida estaba seca antes de ponerle crema antiséptica y una tirita. Sus cabezas se juntaron y ella contempló las ondas negro azulado, deseando acariciarlas, sentirlas bajo sus dedos. Volvió a la realidad cuando sintió el roce de los labios de él sobre la herida tapada. Parpadeó, atónita. Un momento después se quedó sin aire cuando esos mismos labios besaron la palma de su mano.
—¿Qué haces? —gimió, con el pulso acelerado.
Pedro alzó la cabeza, con un brillo diabólico en los ojos. No soltó su mano, siguió acariciándola con el pulgar.
—Algo que llevo deseando hacer desde que te ví. Besarte. —declaró, con voz sensual.
Paula se debatió entre dos mundos. Su voz y su caricia habían conseguido que perdiera el control de sus sentidos. Lo miró, casi hechizada.
—¡Vas demasiado lejos! —protestó, sin fuerza.
—Al contrario —los labios de él se curvaron con una sonrisa perceptiva—, esto ni se acerca a lo que será, y tú lo sabes, cariño.
—¡No te atrevas a suponer que sabes lo que pienso! —clamó ella, aunque ese «cariño» había sido como una caricia para sus sentidos.
Pedro rió suavemente y acarició su labio inferior con un dedo.
—No supongo, lo sé. Ambos lo sabemos. Hemos sabido lo que pensábamos y sentíamos desde el momento en que nos vimos.
Paula no necesitaba oír eso, porque era verdad. Sin embargo, sirvió para que alzara sus defensas de nuevo e hiciera acopio de fuerzas para no rendirse a él.
—No estoy de acuerdo. Y no he hecho nada para alimentar esa fantasía tuya —exclamó.
—Paula, ¡Sabes que no necesitas hacer nada! Tú y yo conectamos a otro nivel.
Ella se estremeció; Pedro hablaba de un nivel que ella había jurado no volvería a ver la luz en su vida. Angustiada, se apartó de él.
—Pues vamos a desconectar, ¡No escucharé más tonterías como ésa!
—Echar a correr no cambiará nada. Ambos sabemos que nos deseamos. Se nota en cada bocanada de aire, en cada latido.
Ella sabía bien a qué se refería. Y no querer que ocurriera era insuficiente. La atracción sensual era más fuerte que nunca y el deseo de explorarla la quemaba por dentro. No había creído que pudiera desear a un hombre tanto como para sentir la tentación de faltar a las promesas que se había hecho tras perder a Sofía. Pensar en ese traumático evento la llevó a alzar la barbilla con determinación.
—Puede que sí, pero no pienso iniciar una relación contigo, Pedro.
—Eso suena bien, pero ambos sabemos que no lo dices en serio —replicó él, dejándola sin aire.
—¡Claro que lo digo en serio! ¿Por qué iba a mentir? —lo retó.
Él dejó escapar una risotada.
—Porque este deseo no desaparecerá fácilmente. Tiene que agotarse, y sólo hay una forma de conseguirlo. Por eso tú y yo tendremos una aventura muy pronto —declaró él.
Sus palabras incrementaban la sensación de que iba a ocurrir algo inevitable. Aimi se dijo que no tenía por qué ser así. No estaba obligada a seguir el camino que se dibujaba ante sus ojos, por atractivo que pareciera. Por muy guapo y encantador que fuera Jonas, no lo quería en su vida. No perdería lo que había ganado por la evanescente satisfacción de una aventura sexual.
—Si yo fuera tú, no contendría la respiración —le dijo, brusca—. Nunca tendré una aventura contigo.
—Nunca digas nunca, es como agitar un trapo rojo ante un toro —advirtió el.
—Perderás el tiempo intentando que cambie de opinión —Paula alzó la barbilla, desafiante.
—Ya veremos. Me gustan los retos —sonrió con ironía—. Puede que seas uno de los mejores a los que me he enfrentado.
—Mantente lejos de mí, Pedro—dijo ella, airada por su arrogancia.
Giró sobre los talones y salió de la cocina. El hombre era insoportable. Estaba tan enfadada que no podía reunirse con el resto de la familia. Tenía los nervios a flor de piel y necesitaba intimidad para recuperar el aliento y pensar. Acababan de volver a derrumbar sus defensas con muy poco esfuerzo. Necesitaba reconstruirlas cuanto antes.
Paula fue a la biblioteca. No se molestó en encender la luz. Se acomodó en un sillón, junto a la chimenea. Cerró los ojos y rememoró el roce de los labios de Pedro en su mano. Eso la llevó a preguntarse qué caos provocaría en su ser si permitía un contacto más apasionado. Una parte de ella sabía lo que sería sensato hacer, pero su sensualidad tomaba las riendas cuando él la tocaba. Consciente de su debilidad, la única solución era mantener las distancias. Si no dejaba que se acercase, todo iría bien. Cuando, pasados dos días, se alejara de su influencia magnética, la atracción se difuminaría y la Paula del presente volvería a ser la que era. Suspirando, rezó para que el tiempo pasara deprisa. Necesitaba recuperar la calma que tanto le había costado obtener. Sólo entonces se sentiría a salvo de nuevo.
Desafío: Capítulo 10
—¿Qué quería el hospital?
—Me informaron sobre un caso de urgencias que acaba de llegar. Es posible que me necesiten para operar, así que querían avisarme. No pinta bien. Lo sabré en unas horas. Lo siento, Pau, puede que tenga que volver al hospital esta noche.
—No importa —aceptó Paula, comprensiva. Así era el trabajo de Federico—. Al menos has podido ver a tu familia.
—Sabía que te contraté por una buena razón. Te lo tomas todo con calma, nada te perturba —comentó Federico. Paula estuvo a punto de echarse a reír, el hermano de Fede estaba tirando por los suelos su afamada calma—. Ven, vamos a comer algo. Estoy muerto de hambre, y no sé cuándo volveré a disfrutar de una comida.
Paula dejó que la guiara, pero no pudo resistirse a mirar de soslayo. Pedro seguía observándola. Miró al frente, con los nervios a flor de piel. «Dios, que el fin de semana pase pronto», rezó para sí. Sabía que podía hacer algo muy, muy estúpido, y todo lo que había conseguido se tambalearía. Por suerte, la extensa familia Alfonso la rescató. Tras consumir una cantidad impresionante de comida, la familia se concentró en lo importante del día: jugar a cosas. Concluyeron con un simulacro de béisbol, de hombres contra mujeres, que creó un escándalo de carcajadas; las reglas eran informales, por decir algo, y peleaban a gritos por cada punto. Ella rió hasta que le dolieron las mandíbulas. Todos acabaron agotados. Gradualmente, los distintos parientes empezaron a dispersarse, de vuelta a sus hogares, y volvió la paz. A nadie le apetecía cenar mucho tras la copiosa comida y el día de agobiante calor. Por suerte, Clara había dejado una ensalada y una quiche en el frigorífico antes de marcharse a casa. Todos bromearon durante la cena. Rememoraron los juegos y Paula pudo concentrarse en eso, en vez de en Jonas, que estaba a pocos pasos de ella. Aunque sus sentidos seguían cosquilleando, receptivos, se enorgulleció de poder ocultarlo. Tras la cena, Paula y Luciana se ofrecieron para lavar los platos; Federico y Santiago dijeron que ellos secarían. Estaban a media tarea cuando el busca de Federico volvió a sonar. Contestó desde el teléfono de la cocina y, por lo que oyeron, nadie dudó que tenía que volver a Londres. Cuando colgó, Paula se secó las manos y corrió hacia él.
—¿Es grave? ¿Tienes que irte ahora? —preguntó, asumiendo su función de ayudante—. ¿Quieres que despeje tu agenda?
—Te avisaré si hace falta. Espero que no sea necesario. Pero, ¿Y tú? Tengo que ir directo al hospital y no regresaré. ¿Cómo volverás a tu casa?
—No es problema. Yo la llevaré de vuelta el lunes —declaró Pedro.
Todos lo miraron. La respuesta instintiva de Paula habría sido rechazar la oferta, pero Federico se le adelantó.
—Buena idea, Pedro. Así podrás dedicar más tiempo a la investigación, Pau—la miró con tanto alivio que ella fue incapaz de oponerse a la idea.
Resignándose a pasar dos días más cerca de Jonas, tomó aire y le dedicó una sonrisa cortés.
—Gracias, eres muy amable —aceptó, pero no se le escapó el brillo diabólico de sus ojos.
—De nada —dijo Pedro.
—Bueno, arreglado —Federico se frotó las manos, ya pensando en su obligación—. Tengo que irme.
—Te ayudaré a hacer la maleta —declaró Paula, siguiéndolo.
Se rozó con Pedro en el umbral y, sin poder impedirlo, alzó la vista hacia él. Vió un brillo malicioso en ese abismo azulado. Se obligó a desviar la mirada. Tenía la sensación de que, si no lo hacía, estaría irremediablemente perdida. Agitada, ayudó a Federico a recoger sus cosas. Le ocultó su estado, porque no quería que se preocupara por ella en vez de concentrarse en su trabajo.
Quince minutos después, él se despedía de sus padres y demás parientes. Paula lo acompañó hasta el coche. Después volvió a la cocina y descubrió, para su consternación, que Pedro era el único que estaba allí, secando un plato.
—¡Oh! —exclamó ella, desconcertada—. ¿Dónde están los demás? —preguntó desde el umbral.
—Afuera, supongo —Pedro se encogió de hombros—. Les dije que acabaríamos nosotros —señaló el fregadero con la cabeza, mientras seguía secando.
Paula rezongó para sí, era justo el tipo de situación que quería evitar. Pedro Alfonso era una tentación andante y, aunque se sentía capaz de resistirse a casi todo, él era harina de otro costal. La atraía como el mitológico canto de las sirenas a los marineros. Era como estar atrapada entre el diablo y una tormenta en el mar. Pero había que terminar con la vajilla y no podía marcharse sin acabar lo iniciado. Así que fue hacia el fregadero y agarró una taza. El silencio era tan intenso que se vio obligada a romperlo.
—Supongo que, en tu trabajo, estás acostumbrado a ofrecer a la gente como voluntaria —comentó con ironía.
Pedro se rió.
—Yo lo llamo delegar. Pago a mis empleados un buen sueldo para que hagan lo que les pido —dijo él, apoyándose en la encimera para mirarla.
Consciente de su mirada, imposible de ignorar, Paula se esforzó por concentrarse en lo que hacía.
—¿No se rebelan nunca?
—De vez en cuando escucho sus opiniones, pero al final decido yo. Tengo un grupo de empleados leales que llevan años conmigo.
—Ya. Has dicho que pagabas bien —lo pinchó ella, incapaz de resistirse.
—Eso es muy cínico. Yo prefiero pensar que disfrutan con su trabajo —Pedro esperó a que lavara la última taza. No quedaba nada por secar.
—Me informaron sobre un caso de urgencias que acaba de llegar. Es posible que me necesiten para operar, así que querían avisarme. No pinta bien. Lo sabré en unas horas. Lo siento, Pau, puede que tenga que volver al hospital esta noche.
—No importa —aceptó Paula, comprensiva. Así era el trabajo de Federico—. Al menos has podido ver a tu familia.
—Sabía que te contraté por una buena razón. Te lo tomas todo con calma, nada te perturba —comentó Federico. Paula estuvo a punto de echarse a reír, el hermano de Fede estaba tirando por los suelos su afamada calma—. Ven, vamos a comer algo. Estoy muerto de hambre, y no sé cuándo volveré a disfrutar de una comida.
Paula dejó que la guiara, pero no pudo resistirse a mirar de soslayo. Pedro seguía observándola. Miró al frente, con los nervios a flor de piel. «Dios, que el fin de semana pase pronto», rezó para sí. Sabía que podía hacer algo muy, muy estúpido, y todo lo que había conseguido se tambalearía. Por suerte, la extensa familia Alfonso la rescató. Tras consumir una cantidad impresionante de comida, la familia se concentró en lo importante del día: jugar a cosas. Concluyeron con un simulacro de béisbol, de hombres contra mujeres, que creó un escándalo de carcajadas; las reglas eran informales, por decir algo, y peleaban a gritos por cada punto. Ella rió hasta que le dolieron las mandíbulas. Todos acabaron agotados. Gradualmente, los distintos parientes empezaron a dispersarse, de vuelta a sus hogares, y volvió la paz. A nadie le apetecía cenar mucho tras la copiosa comida y el día de agobiante calor. Por suerte, Clara había dejado una ensalada y una quiche en el frigorífico antes de marcharse a casa. Todos bromearon durante la cena. Rememoraron los juegos y Paula pudo concentrarse en eso, en vez de en Jonas, que estaba a pocos pasos de ella. Aunque sus sentidos seguían cosquilleando, receptivos, se enorgulleció de poder ocultarlo. Tras la cena, Paula y Luciana se ofrecieron para lavar los platos; Federico y Santiago dijeron que ellos secarían. Estaban a media tarea cuando el busca de Federico volvió a sonar. Contestó desde el teléfono de la cocina y, por lo que oyeron, nadie dudó que tenía que volver a Londres. Cuando colgó, Paula se secó las manos y corrió hacia él.
—¿Es grave? ¿Tienes que irte ahora? —preguntó, asumiendo su función de ayudante—. ¿Quieres que despeje tu agenda?
—Te avisaré si hace falta. Espero que no sea necesario. Pero, ¿Y tú? Tengo que ir directo al hospital y no regresaré. ¿Cómo volverás a tu casa?
—No es problema. Yo la llevaré de vuelta el lunes —declaró Pedro.
Todos lo miraron. La respuesta instintiva de Paula habría sido rechazar la oferta, pero Federico se le adelantó.
—Buena idea, Pedro. Así podrás dedicar más tiempo a la investigación, Pau—la miró con tanto alivio que ella fue incapaz de oponerse a la idea.
Resignándose a pasar dos días más cerca de Jonas, tomó aire y le dedicó una sonrisa cortés.
—Gracias, eres muy amable —aceptó, pero no se le escapó el brillo diabólico de sus ojos.
—De nada —dijo Pedro.
—Bueno, arreglado —Federico se frotó las manos, ya pensando en su obligación—. Tengo que irme.
—Te ayudaré a hacer la maleta —declaró Paula, siguiéndolo.
Se rozó con Pedro en el umbral y, sin poder impedirlo, alzó la vista hacia él. Vió un brillo malicioso en ese abismo azulado. Se obligó a desviar la mirada. Tenía la sensación de que, si no lo hacía, estaría irremediablemente perdida. Agitada, ayudó a Federico a recoger sus cosas. Le ocultó su estado, porque no quería que se preocupara por ella en vez de concentrarse en su trabajo.
Quince minutos después, él se despedía de sus padres y demás parientes. Paula lo acompañó hasta el coche. Después volvió a la cocina y descubrió, para su consternación, que Pedro era el único que estaba allí, secando un plato.
—¡Oh! —exclamó ella, desconcertada—. ¿Dónde están los demás? —preguntó desde el umbral.
—Afuera, supongo —Pedro se encogió de hombros—. Les dije que acabaríamos nosotros —señaló el fregadero con la cabeza, mientras seguía secando.
Paula rezongó para sí, era justo el tipo de situación que quería evitar. Pedro Alfonso era una tentación andante y, aunque se sentía capaz de resistirse a casi todo, él era harina de otro costal. La atraía como el mitológico canto de las sirenas a los marineros. Era como estar atrapada entre el diablo y una tormenta en el mar. Pero había que terminar con la vajilla y no podía marcharse sin acabar lo iniciado. Así que fue hacia el fregadero y agarró una taza. El silencio era tan intenso que se vio obligada a romperlo.
—Supongo que, en tu trabajo, estás acostumbrado a ofrecer a la gente como voluntaria —comentó con ironía.
Pedro se rió.
—Yo lo llamo delegar. Pago a mis empleados un buen sueldo para que hagan lo que les pido —dijo él, apoyándose en la encimera para mirarla.
Consciente de su mirada, imposible de ignorar, Paula se esforzó por concentrarse en lo que hacía.
—¿No se rebelan nunca?
—De vez en cuando escucho sus opiniones, pero al final decido yo. Tengo un grupo de empleados leales que llevan años conmigo.
—Ya. Has dicho que pagabas bien —lo pinchó ella, incapaz de resistirse.
—Eso es muy cínico. Yo prefiero pensar que disfrutan con su trabajo —Pedro esperó a que lavara la última taza. No quedaba nada por secar.
Desafío: Capítulo 9
Para hacer exactamente eso, Paula terminó de desayunar y fue en busca de la biblioteca. Era una habitación maravillosa, llena de estanterías de libros con tapas de cuero. Pasó las horas siguientes echando un vistazo y tomando notas de los libros que le servirían para buscar la información que Nick necesitaba. Encontró un diario escrito por el bisabuelo de Federico, lo llevó a un sillón y se sumergió en él.
—¡Ahí estás! —exclamó Federico entrando en la habitación, mucho después.
Paula alzó la cabeza sorprendida. Estaba tan absorta que no lo había oído llegar.
—¿Me necesitas? —preguntó, bajando las piernas del sillón y poniéndose los zapatos.
—Sí, ha llegado el resto de la familia. Comeremos enseguida —le dijo.
Paula se sintió un poco abrumada.
—Sinceramente, Fede, dudo que tu familia quiera la compañía de una desconocida. Te seré mucho más útil quedándome aquí.
—Los libros pueden esperar —refutó él, quitándole el diario y dejándolo en una mesa—. Quiero que te diviertas este fin de semana.
Paula permitió que la condujera al jardín. La barbacoa estaba dispuesta junto a la piscina, y allí se había congregado la familia. Federico presentó a Paula a los diversos grupos que había alrededor de las mesas. Todos la recibieron con calidez y demostraron su fascinación por el libro para el que estaba ayudando a Federico a recopilar datos. Paula consiguió relajarse y, en vez de simular que lo pasaba bien, empezó a disfrutar. Se lo dijo a Federico cuando se quedaron solos un momento.
—Mi familia es buena gente. Me alegra que hayan conseguido que te sientas cómoda.
Paula miró a su alrededor, viendo al gran grupo de gente risueña y feliz con otros ojos. Había tardado mucho, pero ese día estaba descubriendo que podía pasarlo bien sin sentirse culpable. El cielo no había caído sobre su cabeza ni el mundo había llegado a su fin. No sabía por qué ese día era distinto a cualquier otro pero, por primera vez en años, había dejado atrás su carga y estaba viviendo el momento.
—Gracias por insistir en que me uniera a ustedes—le contestó con una sonrisa.
—No se merecen —contestó él, con una inclinación de cabeza.
Paula sintió el corazón algo más ligero. No duraría, desde luego, pero aceptó la nueva sensación de libertad sin cuestionarla. Estaban charlando con uno de los primos de Nick, cuando sonó el busca. Aunque era su fin de semana libre, era el cirujano especialista de guardia para emergencias.
—Es del hospital —anunció Federico, reconociendo el número—. Será mejor que hable en casa. No tardaré —dijo, antes de alejarse.
Paula siguió donde estaba hasta que la conversación pasó a un tema del que no sabía nada y se distrajo. Contemplaba los juegos de dos niños cuando un movimiento llamó su atención. Su corazón se saltó un latido al comprender que miraba a Pedro, que paseaba con un hombre mucho mayor que él. No pudo desviar la mirada, a su pesar él parecía totalmente relajado y se reía de lo que decía el otro hombre.
—Ése es el tío abuelo Alberto—dijo una de las mujeres de la mesa, sobresaltando a Paula, que la miró rápidamente.
—¿Disculpa?
—El que está con Pedro. Era marinero y le encanta contar sus aventuras. Los niños lo adoran —explicó la mujer con una sonrisa amistosa.
—Ah, sí —murmuró Paula, alegrándose de que la mujer hubiera malinterpretado su interés—. Creo que aún no me lo han presentado.
—Entonces te encantará. Vamos por algo de comida. ¿Vienes? —invitó la mujer.
—Esperaré a Federico—rechazó Paula—. No tardará mucho.
Los demás fueron hacia el grupo que rodeaba la parrilla, dejando a Paula sola por el momento. De inmediato, buscó a Pedro con la vista, pero los dos hombres ya no estaban a la vista y sintió cierta desazón. Eso le demostró que estaba volviéndose loca. «No puedes seguir así, Pau», se reprochó. Se puso en pie y decidió unirse a la cola que esperaba comida. Cualquier cosa para no pensar en ese maldito hombre. Sin embargo, al girar, se encontró mirándolo directamente por encima de un mar de gente sentada. Antes de que pudiera moverse, Pedro, como si hubiera captado su mirada, clavó los ojos en ella. La intensidad de la conexión la anonadó. Por añadidura, sintió un vínculo físico que le urgía acortar la distancia que los separaba. Los ojos azules parecían estar diciendo «Sé dónde quieres estar, y sólo tienes que venir hacia mí». Entreabrió los labios para tomar aire; él sonrió levemente.
—¡Ahí estás! —la voz de Federico, a su espalda, hizo que Paula girara en redondo, con el corazón desbocado.
—¡Oh, Fede! —exclamó, medio mareada por la sorpresa, medio por lo que había interrumpido—. ¡Me has asustado!
—Lo siento, Pau—Federico arrugó la frente con preocupación—. ¡Estabas en otro mundo!
Ella deseó estarlo. A millones de kilómetros de Pedro y del hechizo sensual que tejía a su alrededor. Tal vez así podría pensar con claridad y bajarse de la montaña rusa en la que viajaba desde la primera vez que lo vió. Él era una tentación a la que debía resistirse con todas sus fuerzas; si no lo hacía no volvería a respetarse a sí misma. Le había fallado a Sofía, no volvería a fallar. Con eso en mente, se concentró en Federico para borrar a Pedro de sus pensamientos.
—¡Ahí estás! —exclamó Federico entrando en la habitación, mucho después.
Paula alzó la cabeza sorprendida. Estaba tan absorta que no lo había oído llegar.
—¿Me necesitas? —preguntó, bajando las piernas del sillón y poniéndose los zapatos.
—Sí, ha llegado el resto de la familia. Comeremos enseguida —le dijo.
Paula se sintió un poco abrumada.
—Sinceramente, Fede, dudo que tu familia quiera la compañía de una desconocida. Te seré mucho más útil quedándome aquí.
—Los libros pueden esperar —refutó él, quitándole el diario y dejándolo en una mesa—. Quiero que te diviertas este fin de semana.
Paula permitió que la condujera al jardín. La barbacoa estaba dispuesta junto a la piscina, y allí se había congregado la familia. Federico presentó a Paula a los diversos grupos que había alrededor de las mesas. Todos la recibieron con calidez y demostraron su fascinación por el libro para el que estaba ayudando a Federico a recopilar datos. Paula consiguió relajarse y, en vez de simular que lo pasaba bien, empezó a disfrutar. Se lo dijo a Federico cuando se quedaron solos un momento.
—Mi familia es buena gente. Me alegra que hayan conseguido que te sientas cómoda.
Paula miró a su alrededor, viendo al gran grupo de gente risueña y feliz con otros ojos. Había tardado mucho, pero ese día estaba descubriendo que podía pasarlo bien sin sentirse culpable. El cielo no había caído sobre su cabeza ni el mundo había llegado a su fin. No sabía por qué ese día era distinto a cualquier otro pero, por primera vez en años, había dejado atrás su carga y estaba viviendo el momento.
—Gracias por insistir en que me uniera a ustedes—le contestó con una sonrisa.
—No se merecen —contestó él, con una inclinación de cabeza.
Paula sintió el corazón algo más ligero. No duraría, desde luego, pero aceptó la nueva sensación de libertad sin cuestionarla. Estaban charlando con uno de los primos de Nick, cuando sonó el busca. Aunque era su fin de semana libre, era el cirujano especialista de guardia para emergencias.
—Es del hospital —anunció Federico, reconociendo el número—. Será mejor que hable en casa. No tardaré —dijo, antes de alejarse.
Paula siguió donde estaba hasta que la conversación pasó a un tema del que no sabía nada y se distrajo. Contemplaba los juegos de dos niños cuando un movimiento llamó su atención. Su corazón se saltó un latido al comprender que miraba a Pedro, que paseaba con un hombre mucho mayor que él. No pudo desviar la mirada, a su pesar él parecía totalmente relajado y se reía de lo que decía el otro hombre.
—Ése es el tío abuelo Alberto—dijo una de las mujeres de la mesa, sobresaltando a Paula, que la miró rápidamente.
—¿Disculpa?
—El que está con Pedro. Era marinero y le encanta contar sus aventuras. Los niños lo adoran —explicó la mujer con una sonrisa amistosa.
—Ah, sí —murmuró Paula, alegrándose de que la mujer hubiera malinterpretado su interés—. Creo que aún no me lo han presentado.
—Entonces te encantará. Vamos por algo de comida. ¿Vienes? —invitó la mujer.
—Esperaré a Federico—rechazó Paula—. No tardará mucho.
Los demás fueron hacia el grupo que rodeaba la parrilla, dejando a Paula sola por el momento. De inmediato, buscó a Pedro con la vista, pero los dos hombres ya no estaban a la vista y sintió cierta desazón. Eso le demostró que estaba volviéndose loca. «No puedes seguir así, Pau», se reprochó. Se puso en pie y decidió unirse a la cola que esperaba comida. Cualquier cosa para no pensar en ese maldito hombre. Sin embargo, al girar, se encontró mirándolo directamente por encima de un mar de gente sentada. Antes de que pudiera moverse, Pedro, como si hubiera captado su mirada, clavó los ojos en ella. La intensidad de la conexión la anonadó. Por añadidura, sintió un vínculo físico que le urgía acortar la distancia que los separaba. Los ojos azules parecían estar diciendo «Sé dónde quieres estar, y sólo tienes que venir hacia mí». Entreabrió los labios para tomar aire; él sonrió levemente.
—¡Ahí estás! —la voz de Federico, a su espalda, hizo que Paula girara en redondo, con el corazón desbocado.
—¡Oh, Fede! —exclamó, medio mareada por la sorpresa, medio por lo que había interrumpido—. ¡Me has asustado!
—Lo siento, Pau—Federico arrugó la frente con preocupación—. ¡Estabas en otro mundo!
Ella deseó estarlo. A millones de kilómetros de Pedro y del hechizo sensual que tejía a su alrededor. Tal vez así podría pensar con claridad y bajarse de la montaña rusa en la que viajaba desde la primera vez que lo vió. Él era una tentación a la que debía resistirse con todas sus fuerzas; si no lo hacía no volvería a respetarse a sí misma. Le había fallado a Sofía, no volvería a fallar. Con eso en mente, se concentró en Federico para borrar a Pedro de sus pensamientos.
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