martes, 6 de marzo de 2018

Desafío: Capítulo 15

—¿Y qué hay de lo que yo quiero?

—Eso  es  lo  bonito.  Ambos  queremos  lo  mismo,  ¿Por  qué  no  lo  aceptas?  Te  prometo que no te arrepentirás.

Tenía  una  lengua  de  oro,  no  era  extraño  que  las  mujeres  cayeran  a  sus  pies.  Pensar eso aguijoneó su orgullo lo bastante para resistirse.

—¡Eres el hombre más cabezota que he tenido la desgracia de conocer!

—No  pensarás  eso  cuando  me  conozcas  mejor  —Pedro volvió  a  ponerse  en  marcha.

—Te conozco todo lo bien que pretendo conocerte —afirmó Paula, seca.

 Fue un alivio entrar al comedor y encontrar a la familia ya reunida. Fue directa a  hablar  con  Luciana.  Le  temblaba  el  cuerpo  y  tenía  el  corazón  acelerado.  Se  sentía  acosada, atacada por todos los flancos y atónita por el rápido derrumbamiento de sus defensas. Por  suerte,  Pedro no  la  siguió.  Por  desgracia,  como  Federico no  estaba,  habían  sentado a Pedro a su lado, así que el respiro duró poco. Sin embargo, él se transformó en  la  viva  imagen  de  la  cordialidad  y  el  ingenio,  haciendo  que  la  conversación  fluyera por toda la mesa. No pudo por menos que admirar su capacidad para hacer que  todos  se  sintieran  a  gusto;  pero  sabía  que  utilizaba  ese  mismo  encanto  para  atravesar las defensas de una mujer. Mientras comía los deliciosos platos, tuvo que  admitir,  a  su  pesar,  que  había  mucho  que  admirar  en  Pedro Alfonso,  si  se  obviaba el que era un mujeriego y un conquistador. Como  era  costumbre  en  la  familia,  tomaron  el  café  en  la  terraza.  Paula  le  preguntó  a  Ana por  la  historia  familiar  y  pronto  estuvieron  perdidas  en  las  complejidades de su familia. Le pareció un tema tan fascinante que consiguió olvidar a Pedro, hasta que él habló.

—Deberías  enseñarle  a  Paula la  Biblia  de  la  familia  —le  dijo  a  su  madre—.  Seguro que le interesa. Tiene más de cien años.

 —¿Te gustaría verla? —preguntó Ana.

—Desde luego —asintió Paula—. En mi familia no hay nada similar.

—Lleva a Paula a la biblioteca, Pepe—le pidió Ana a su hijo—. Sabes en qué estantería está.

—Será  un  placer  —contestó  él  con  una  sonrisa.

Se  puso  en  pie  y  miró  a  Paula,  interrogante. Eso  no  era  lo  que  ella  había  pretendido  al  aceptar  la  oferta,  pero  no  podía  negarse,  así  que  se  levantó  con  expresión  risueña  y  lo  siguió.  Parecía  que  todo  estuviera conspirando para acercarla a Pedro. Se le había acelerado el corazón como si esperase algo; por ejemplo el contacto de sus labios en los suyos. La  biblioteca  estaba  poco  más  fresca  que  el  resto  de  la  casa,  a  pesar  de  dar  al  norte. Pedro le cedió el paso para que entrara, cerró la puerta y fue a abrir la cristalera que daba al jardín. Empezaba a oscurecer, así que encendió una lámpara con pantalla verde, que emitía un acogedor resplandor dorado. Ella lo  observó  desde  el  centro  de  la  habitación,  que  parecía  haber  encogido.  Él estaba  junto  a  la  ventana,  pero  lo  sentía  como  si  estuviera  a  su  lado.  La  electricidad  empezó  a  zumbar  en  el  aire,  a  su  alrededor.  Paula tuvo  la  sensación  de  que le faltaba oxígeno. Pedro,  entretanto,  fue  hacia  una  de  las  librerías  que  a  ella le  quedaban  por  explorar y sacó un voluminoso libro con tapas de cuero, que dejó sobre la mesa, junto a la lámpara. Alzó la vista y arqueó las cejas al verla tan lejos.

 —Desde allí no podrás verla —señaló. Paula fue a reunirse con él—. Ábrela tú —invitó, haciéndole sitio ante la mesa.

En cuanto ella estuvo allí, se acercó para mirar por encima de su hombro. Paula hizo  lo  posible  por  concentrarse  en  la  Biblia.  En  la  primera  página  había  inscrita una lista de nombres, con excelente caligrafía.

—El  tercer  nombre  es  interesante  —comentó  Pedro,  estirando  el  brazo  para  señalarlo.  Paula apenas  lo  vió,  porque  sentir  su  cálido  aliento  en  la  nuca  le  provocó  escalofríos—. ¿Puedes leerlo?

 Paula ni  siquiera  habría  podido  recordar  el  abecedario  en  ese  momento,  no  estaba para leer. Sólo sabía que si giraba la cabeza, sus labios se tocarían.

—Pues no —mintió—. La letra es muy pequeña.

—Hay  una  lupa  por  aquí  —murmuró  él,  mirando  a  su  alrededor—.  Ah,  aquí  está  —se  inclinó  hacia  delante  y  su  mejilla  rozó  la  de  ella.  Aimi  soltó  un  gemido  y  Jonas se quedó inmóvil—. ¿Algo va mal? —preguntó, con voz suave.

Pero el brillo de sus ojos indicaba que sabía bien lo que estaba haciendo y el efecto que tenía en ella.

—No,  pero  creo  que  deberíamos  volver  con  los  demás  —consiguió  decir  ella,  sintiendo un cosquilleo en los labios.

—Pero aún no has mirado la Biblia. Hay mucho que ver —añadió, persuasivo—. Sabes que en realidad no quieres marcharte.

La  antigua  Paula,   la  que  había  vivido  la  vida   al  máximo   y   amado   con   entusiasmo, no quería marcharse. Pero la nueva, que sabía que había que pagar por los errores cometidos, intentaba mantener el control. Estaba requiriendo cada átomo de su fuerza de voluntad para no entregarse  a  sus  brazos  y  dejarse  llevar  por  la  intensa  atracción  física  que  sentía.  Nadie  antes  había  conseguido  hacerle  sentir  esa  necesidad,  esa  urgencia.  La  atraía  como  una  llama  a  una  polilla;  sabía  que  podía  quemarse, pero seguía atrayéndola su calor.

 —Tengo  que  irme  —declaró  Paula.  Alzó  una  mano  para  que  se  apartara—.  Necesito aire fresco —sabía que sonaba desesperada, pero le dió igual. Allí dentro no podía  respirar,  él  estaba  absorbiendo  todo  el  oxígeno.  Con  la  poca  fuerza  que  le  quedaba, fue hacia la cristalera.

Pedro la habría seguido, pero sonó el teléfono y tuvo que contestar. Aprovechó para escapar.

Desafío: Capítulo 14

Cuando  Paula despertó,  un  rato  después,  Pedro había  desaparecido.  Que  tuviera  que  repetirse que se sentía aliviada demostró la ambivalencia de sus emociones. Recogió sus  cosas  y  volvió  a  la  casa,  agradeciendo  que  la  familia  no  hubiera  regresado  aún.  Una ducha rápida borró el rastro de su estancia en la piscina, y deseó que fuera igual de  sencillo  volver  a  meter  al  genio  dentro  de  la  lámpara  mágica.  Por  fuera  parecía  serena,  por  dentro  era  un  torbellino.  El  beso  de la  había  inquietado  y  eso  le  disgustaba.  Para  combatir  la  sensación  se  esforzaría  para  adoptar  la  apariencia  habitual: cada mechón de cabello recogido en su sitio con horquillas. No era una gran armadura, pero era la única de la que disponía para la batalla. Pasó  el  resto  de  la  mañana  en  la  biblioteca.  Pudo  concentrarse  y  borrar  de  su  mente esos asombrosos ojos azules. Comió en la terraza con la familia. La sorprendió que él no apareciera, pero así tendría más tiempo para recuperar la compostura.

Paula trabajó hasta que llegó la hora de subir a su habitación y asearse y vestirse para  la  cena.  Mientras  examinaba  su  exiguo  guardarropas,  tuvo  otra  muestra  de  su  ambivalencia  al  descubrirse  deseando  tener  algo  más  que  faldas  y  blusas.  De  inmediato, imaginó a Pedro sonriendo, pensando que se había arreglado por él, y su espalda  se  tensó.  No  iba  a  volver  a  sus  antiguas  costumbres,  cuando  vestirse  para  atraer  a  un  hombre  había  sido  tan  normal  como  respirar.  Era  una  persona  distinta;  mejor y por encima de esos trucos. Por eso, cuando salió de la ducha se puso la falda azul y la blusa de seda blanca sin mangas. Con  el  cabello  recogido  y  aspecto  sereno  y  eficiente,  su  reflejo  le  devolvió  la  fuerza  de  voluntad.  La  mujer  que  veía  en  el  espejo  parecía  capaz  de  enfrentarse  a  todo. Pero una vocecita traicionera cuestionó que fuera así. Aimi se había creído por encima de la tentación, y Pedro estaba probando que se había equivocado. Pensar en él era un error, porque le hacía recordar el beso y la tormenta que había desatado en su interior. Gruñendo  por  su  estupidez,  Paula dejó  de  mirarse  e  inspiró  varias  veces.  «Puedes  hacerlo,  Pau.  Recuerda  cuánto  has  trabajado  para  llegar  donde  estás.  Piensa en Sofía y en lo que le prometiste hacer para compensar lo ocurrido. Sé fuerte. Sé fuerte». Unos  minutos  después,  cuando  se  estaba  poniendo  los  zapatos,  llamaron  a  su  puerta.  Sorprendida,  abrió  y  se  encontró  con  Pedro.  Llevaba  una  camisa  blanca  que  resaltaba el intenso color de sus ojos y tenía las manos metidas en los bolsillos de un elegante pantalón oscuro. El conjunto era un regalo para la vista y ella rezongó para sí.

—Como  Fede no  está,  he  pensado  que  me  correspondía  escoltarte  a  cenar  —explicó él con una de sus sonrisas traviesas—. ¿Estás lista?

—Creo que sabré bajar la escalera yo sólita —dijo Paula con ironía.

Pedro no se inmutó.

—Estoy  seguro,  pero  mis  padres  se  esforzaron  mucho  para  que  tuviéramos  buenos  modales,  así  que  deberías  aceptar  mi  caballeroso  gesto  —contraatacó  él  con  ojos chispeantes.

Consciente  de  lo  ridículo  de  estar  allí  parada,  discutiendo  con  él,  Paula salió  y  cerró la puerta.

—¡Y yo que creía que los tiempos de la caballerosidad se habían acabado! —se burló, yendo hacia la escalera a paso rápido.

Pedro la siguió.

—Eres una mujer difícil de complacer —se quejó él.

 —Lo  cierto  es  que  es  muy  fácil.  Si  te  marcharas,  me  complacerías  mucho  —le  devolvió, con sorna.

Casi dió un bote cuando el puso la mano bajo su codo mientras empezaban a bajar la escalera. Aunque leve, el contacto le llegó muy adentro.

—Ambos sabemos que eso no es verdad, cariño. Tengo una idea bastante clara de qué te complacería, y no sería que me fuese —dijo él con voz sexy.

Los  nervios  de  Paula iniciaron  una  serie  de  volteretas.  Era  difícil  mantener  la  compostura ante un ataque tan fuerte, pero lo consiguió.

—¿También te enseñaron tus padres a ser descarado? —preguntó, aguda.

—No, eso lo aprendí yo sólito —rió él.

—Sí, no lo dudo —dijo ella, pensando que había aprendido de maravilla.

 —Eso se te da muy bien —comentó Pedro.

Paula lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—Mostrar desaprobación —aclaró él.

 —Eso es porque te desapruebo —afirmó ella.

—Pero eso no te impide desearme, ¿Verdad, Pau? —la retó él, deteniéndose al llegar a la planta baja.

Negar  que  lo  deseaba  sería  fútil,  el  hombre  no  era  ningún  tonto.  Leía  a  las  mujeres con facilidad diabólica.

—Me impedirá involucrarme contigo, Pedro.

 —No —movió la cabeza con seguridad—. Añadirá sabor a nuestra aventura. Lo estoy deseando.

Irritada  más  allá  de  lo  que  creía  posible,  sobre  todo  porque  parte  de  ella  sabía  que Jonas tenía razón, agitó un dedo con ira.

—Escúchame, Pedro Alfonso...

—Te  pones  guapísima  cuando  te  enfadas  —dijo  él  con  una  sonrisa  que  habría  derretido el hielo.

—¡Para ya! —Paula, impotente, casi dió una patada en el suelo de pura rabia.

—No lo haría, incluso si pudiera. Estoy embobado contigo, Paula Chaves, y no pararé hasta apagar la fiebre que me quema.

Como  declaración,  era  de  órdago.  A Paula la  dejó  sin  aire.  Movió  la  cabeza,  desconcertada.

Desafío: Capítulo 13

—¿Es un buen libro? —preguntó Pedro, al pasar a su lado.

—Mucho —le contestó, aunque ni siquiera habría podido decirle de qué trataba.

Lo  oyó  moverse  por  ahí  y  después  debió  tumbarse,  porque  oyó  un  suspiro.  Miró por encima del libro y lo vió sobre una tumbona, a unos metros de ella. Decidió que estando allí no le causaría problemas y volvió a la lectura. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que había empezado la misma página media docena de veces, por lo pendiente que estaba de él, cerró el libro y lo dejó a un lado. Ajustó  la  tumbona  en  posición  horizontal  y  se  tumbó  boca  abajo,  apoyando  la  cabeza en los brazos. El calor y el silencio hicieron que se adormilara. De repente, sintió unas manos en  la  espalda,  subiendo  hacia  el  cuello.  Dió  un  gritito  e  intentó  incorporarse;  las  manos lo impidieron.

—Estoy  poniéndote  crema  protectora  en  la  espalda  —dijo  Pedro con  calma—.  Vas a quemarte con este sol.

Paula se  mordió  el  labio  mientras  los  dedos  rozaban  sus  costillas,  acercándose  peligrosamente  a  sus  pechos.  Sintió  una  burbuja  de  histeria  en  la  garganta,  estaba  ardiendo  y  el  sol  no  tenía  nada  que  ver.  Deseó  que  se  detuviera,  el  contacto  de  sus  manos  la  estaba  volviendo  loca.  Pedro,  sin  embargo,  parecía  dispuesto  a  tomarse  su  tiempo y cuando por fin acabó ella estuvo a punto de gruñir, no sabía si por alivio o desilusión.

—Creo  que  con  eso  valdrá  —afirmó  él—.  ¿O  quieres  que  te  ponga  también  en  las piernas?

—¡No! —rechazó ella con demasiada rapidez—. Ya me he puesto yo. Gracias —añadió con voz ronca, sin mirarlo.

—Vale.  Ahora  tú  puedes  ponerme  a  mí  en  la  espalda  —dijo  él  con  toda  tranquilidad.

—¿Qué? —entonces sí que se volvió hacia él.

Pedro la miró con expresión inocente como la de un niño, sin duda falsa.

—¿Puedes  ponerme  crema  en  la  espalda?  —repitió.

Sin  dudar  que  aceptaría,  volvió a su tumbona y se tumbó boca abajo. Paula se  incorporó  y,  con  desgana,  agarró  el bote de crema. En su interior se libraba una batalla. Por un lado, sabía que lo sensato sería negarse, por otro, su parte sensual  que,  había  conseguido  escapar  de  su  prisión  de  hielo,  quería  explorar  los  intrigantes  planos  de  su  cuerpo  bronceado.  Ésa  fue  la  parte  que  ganó  la  batalla;  fue  hacia él. Se  arrodilló  a  su  lado,  echó  un  chorro  de  crema  en  el  centro  de  su  espalda,  inspiró  con  fuerza  y  empezó  a  extenderla  con  las  palmas  de  las  manos.  Había  pretendido  hacerlo  de  forma  profesional,  pero  una  vez  lo  tocó  distanciarse  se  convirtió  en  un  imposible.  Tenía  la  piel  firme  pero  sedosa,  y  la  sensación  era  muy  erótica. Perdió la noción del paso del tiempo, disfrutando del contacto.

—Mmm  —suspiró  Pedro con  placer  evidente—.  Fantástico.  Tienes  unas  manos  maravillosas. Podría acostumbrarme a esto.

Fue  poco  más  que  un  murmullo  sensual,  pero  devolvió  a  Paula a  la  realidad.  «¿Qué estás haciendo?», se preguntó, horrorizada. Roja como la grana, acabó con su tarea y se apoyó en los talones.

—Ya está —dijo, preparándose para levantarse.

Tenía que alejarse de él cuanto antes. Pedro se apoyó en un codo, agarró su muñeca y tiró de ella, acercándola.

—Aún no te he dado las gracias —ronroneó.

—Para, Pedro—protestó  Paula,  intentando  mantener  el  equilibrio.

Pero,  en  un  parpadeo, él se tumbó de espaldas y no pudo evitar caer sobre su pecho. Con  ojos  chispeantes  de  malicia,  rodeó  su  cuello  con  la  mano  libre  y  atrajo  su  boca  hacia  la  suya.  Aimi  intentó  apartarse,  pero  él  era  demasiado  fuerte.  Sus  labios  capturaron  los  de  ella  con  sensualidad  impactante.  Fue  un  beso  largo  que  removió  las  brasas  de  su  pasión  mutua.  La  boca  de  él  reclamaba  la  suya,  exigiendo  una  respuesta  que  ella  intentó  negarle,  sin  éxito.  Durante  una  eternidad,  se  perdió  en  el  calor  de  sus  labios  y  la  caricia  de  su  lengua.  Cuanto  más  le  daba,  más  deseaba  ella;  fue el graznido de un cuervo sobrevolando la piscina lo que la devolvió a la tierra de sopetón. Apartándose,  Paula miró  los  ojos  brillantes  de  humor  y  de  algo  más  profundo.  Sé  le  revolvió  el  estómago  de  asco  por  haberse  rendido  de  nuevo  a  los  egoístas  placeres que una vez habían regido su vida. Su sangre se convirtió en hielo.

—Creo que ése es agradecimiento más que suficiente —dijo, levantándose—. La próxima vez, limítate a decir «gracias».

—Eso no sería tan divertido —se rió Pedro, observándola volver a su tumbona y echarse  boca  arriba,  mirando  hacia  otro  lado—.  Has  disfrutado,  Pau.  ¡No  simules  que no!

 Ella  lo  ignoró  y  cerró  los  ojos.  Era  verdad  que  había  disfrutado.  Besar  a  Pedro había  sido  una  experiencia  increíble,  que  no  olvidaría.  Una  y  otra  vez,  revivió  el  momento. Todos sus sentidos se habían exacerbado por el aroma, tacto y sabor de él, tal  y  como  había  sabido  que  ocurriría.  El  hombre  era  irresistible,  pero  tenía  que  conseguir  resistirse;  a  él  sólo  le  interesaba  la  diversión  de  la  caza.  No  podía  convertirse en otro de sus trofeos. Tenía que recordar las razones por las que había renunciado a la Paula de años antes:  para  poder  vivir  consigo  misma  y  con  lo  que  había  hecho.  Por  desgracia,  la  vieja  Paula se  había  liberado  de  sus  cadenas  un  momento.  Sin  embargo,  sólo  había  sido  una  escaramuza  y  ella  recuperaría  el  control.  Tendría  que  librar  muchas  más  batallas y las ganaría todas. Suspirando,  ordenó  a  su  cuerpo  que  dejara  de  reaccionar  ante  el  hombre  que  había a unos metros. No se lanzaría a los brazos de Pedro, él sólo quería divertirse y ella valía más que eso. Mucho más. Se relajó y se quedó dormida.

jueves, 1 de marzo de 2018

Desafío: Capítulo 12

Sorprendentemente,   Paula durmió   mejor   esa   noche,   tal  vez   por   puro   agotamiento.  Cuando se  había  reunido  con  la  familia  en  la  terraza,  Pedro no  estaba  allí. Ella no había preguntado por él, había suspirado con alivio. El día amaneció tan caluroso como los precedentes. Era  domingo  y  la  familia  fue  a  la  iglesia,  pero  prefirió  quedarse  en  casa.  Tras desayunar con ellos, fue con sus lápices y libretas a la biblioteca, a continuar con su  investigación.  Pero  aun  con  las  ventanas  abiertas  de  par  en  par,  faltaba  el  aire.  Perseveró un rato, después dejó el lápiz y suspiró con frustración. Demasiado calor. Pensó en el agua fresca de la piscina. Suponía que la familia tardaría una hora o dos en regresar, así que podía aprovechar para darse un baño en su ausencia. Subió a su habitación a ponerse el bañador bajo la falda y la blusa. Equipada con protección solar, una toalla y un libro, bajó y salió por la puerta trasera. Dejó su ropa en una tumbona, baja una sombrilla y se introdujo en la deliciosa agua  fresca,  cerrando  los  ojos  para  incrementar  su  placer.  Era  maravilloso.  Tarareó  una melodía mientras flotaba de espaldas. Perdió la noción del tiempo hasta que oyó un intenso ruido a su derecha y una cascada de agua cayó sobre ella. Se frotó los ojos y volvió la cabeza. En  el  otro  extremo  de  la  piscina  emergió  una  cabeza  morena  y  supo  de  inmediato  que  era  Pedro.  Lo  observó  nadar  hasta  la  pared,  girar  y  nadar  hacia  ella.  Era  impresionante  verlo  en  el  agua,  parecía  avanzar  sin  esfuerzo  alguno.  Pedro se  detuvo a su lado, sonrió y se apartó el pelo de los ojos.

—Lo siento si te he molestado —se disculpó, con el habitual brillo de humor en los ojos.

 —No sabía que  habían vuelto —contestó  ella,   intentando   mantener   la   serenidad.

—¿Vuelto? —preguntó Pedro, enarcando una ceja y acercándose más.

—De la iglesia —se alejó más, hasta que el borde de la piscina impidió su huida.

Maldiciendo para sí, Paula alzó la barbilla y lo miró.

 —Ah, yo no voy a la iglesia, excepto en ocasiones especiales —sonrió, captando su nerviosismo—. Por eso cuentas con el placer de mi compañía esta mañana —una de sus piernas rozó las de ellas.

Paula sabía  que  lo  había  hecho  a  propósito, pero no por eso dejó de sentir una intensa  sensación.  Entreabrió  los  labios  y  tomó  aire;  por  desgracia,  una  oleada  de  agua  golpeó  su  rostro  en  ese  instante  y,  atragantándose,  empezó  a  toser.  Pedro la  rodeó con un brazo y enredó las piernas con las suyas, manteniéndola a flote.

—Tranquila. Te tengo —afirmó, tranquilizador.

Paula captó el tono divertido de su voz.

—¡Lo has hecho a propósito! —lo acusó, en cuanto pudo hablar.

—¿Haría yo algo así? —se burló él.

En  ese  momento  Paula se  dió  cuenta  de  que  estaba  agarrada  a  sus  hombros  y  que  su  piel  bronceada  era  tan  suave  y  agradable  que  deseaba  acariciarla.  Sintió  la  fuerza  del  brazo  que  rodeaba  su  cintura  y  eso  provocó  un  estallido  de  fuegos  artificiales en sus nervios.

—¡Claro  que  sí!  —escupió  ella  airada,  intentando  apartarlo.  Era  inamovible  como una montaña, así que desistió para no hacer aún más el ridículo—. Ya puedes soltarme, estoy bien.

—No te preocupes. Estoy cómodo así —replicó él con una sonrisa.

Paula no  lo  estaba  en  absoluto.  La  parte  rebelde  de  sí  misma,  que  había  emergido esos últimos dos días, habría seguido así mucho tiempo, pero ésa no era la cuestión.  No  podía  estar  en  sus  brazos  en  ninguna  circunstancia.  Con  las  piernas  enredadas en un nudo, su mente estaba conjurando imágenes eróticas que no iban a ayudarla a luchar contra su atracción por él. De repente, se le ocurrió cómo recuperar su libertad.

—Pedro—le dijo con el tono seductor que tan buenos resultados le había dado en otros tiempo.

Él la miró a los ojos.

—Sí, Pau, cariño.

—Puede que no te hayas dado cuenta, pero mi rodilla está estratégicamente situada —dijo ella con voz suave—. Si yo fuera tú, me soltaría.

—Tienes razón —Pedro dejó escapar una risita—. ¿Harías algo tan terrible? —al ver la amenaza de sus ojos, se rindió—. Tú ganas —la soltó y Paula nadó rápidamente hacia los escalones.

Salió  de  la  piscina  con  los  nervios  a  flor  de  piel.  Supo  que  él  la  contemplaba  mientras  iba  a  su  tumbona  y  se  secaba.  No  tenía  ni  idea  de  qué  diablos  hacer.  Si  se  marchaba, Pedro sabría que la había afectado. La única opción era quedarse y capear el temporal. Por  eso  se  concentró  en  ponerse  protección  solar  y  luego  se  sentó  a  leer.  Sin  embargo, por encima del borde del libro, lo veía  nadar de un  lado a  otro.   Inconscientemente,  bajó  el  libro,  observando  su  poderoso  cuerpo  cortar  el  agua.  Hipnotizada, no se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que él se detuvo; alzó el libro. Minutos después vio, por el rabillo del ojo, que había salido de la piscina e iba hacia  ella.  La visión  de  su  esbelto  cuerpo  masculino,  bronceado  y  brillante  por  el  agua, hizo que se le cerrara la garganta y se le secara la boca. Estaba para comérselo. El  bañador  negro  dejaba  poco  a  la  imaginación  y  ella  sintió  cómo  se  derretía  ante  tanta virilidad. Todo lo que había de femenino en ella reaccionó a la visión.

Desafío: Capítulo 11

—Lógico —respondió ella con sarcasmo.

 Le dió la taza y sus manos se rozaron. Paula apartó la mano de golpe y observó, horrorizada, como la taza de porcelana caía al suelo y se hacía añicos.

 —¡Ay, Dios! —exclamó, apurada—. ¡Lo siento mucho! —sin pensarlo, se agachó para recoger los pedazos.

—¡No!  ¡Cuidado!  —ordenó  Pedro,  pero  ya  era  tarde.  Un  trozo  afilado  había  cortado  su  dedo  y  ella  gritó  de  dolor.  Pedro se  inclinó  para  levantarla.  La  llevó  al  fregadero, abrió el grifo y sujetó su mano bajo el agua—. Has hecho una tontería.

 —Ha  sido  sin  pensar  —se  defendió  Paula, haciendo una mueca de dolor por el frío.

—Eso  es  obvio.  Echaré  un  vistazo  —cerró  el  grifo  y  secó  el  corte  con  una  servilleta  limpia,  que  sacó  de  un  cajón—.  Bueno,  no  es  profundo.  Apriétalo  con  la  servilleta mientras voy a buscar antiséptico y tiritas.

Paula,  aturdida,  obedeció.  Había  hecho  una  tontería,  pero  se  debía  a  cuánto  la  afectaba que él la tocase. Pedro regresó y se aseguró de que la herida estaba seca antes de ponerle crema antiséptica y una tirita. Sus cabezas se juntaron y ella contempló las ondas negro azulado, deseando acariciarlas, sentirlas bajo sus dedos. Volvió a la realidad cuando sintió el roce de los labios de él sobre la herida tapada.  Parpadeó,  atónita.  Un  momento  después  se  quedó  sin  aire  cuando  esos  mismos labios besaron la palma de su mano.

—¿Qué haces? —gimió, con el pulso acelerado.

Pedro alzó  la  cabeza,  con  un  brillo  diabólico  en  los  ojos.  No  soltó  su  mano,  siguió acariciándola con el pulgar.

—Algo  que  llevo  deseando  hacer  desde  que  te  ví.  Besarte.  —declaró,  con  voz  sensual.

 Paula se  debatió  entre  dos  mundos.  Su  voz  y  su  caricia  habían  conseguido  que  perdiera el control de sus sentidos. Lo miró, casi hechizada.

—¡Vas demasiado lejos! —protestó, sin fuerza.

—Al contrario —los labios de él se curvaron con una sonrisa perceptiva—, esto ni se acerca a lo que será, y tú lo sabes, cariño.

—¡No  te  atrevas  a  suponer  que  sabes  lo  que  pienso!  —clamó  ella,  aunque  ese  «cariño» había sido como una caricia para sus sentidos.

 Pedro rió suavemente y acarició su labio inferior con un dedo.

 —No  supongo,  lo  sé.  Ambos  lo  sabemos.  Hemos  sabido  lo  que  pensábamos  y  sentíamos desde el momento en que nos vimos.

Paula  no  necesitaba  oír  eso,  porque  era  verdad.  Sin  embargo,  sirvió  para  que  alzara sus defensas de nuevo e hiciera acopio de fuerzas para no rendirse a él.

—No estoy de acuerdo. Y no he hecho nada para alimentar esa fantasía tuya —exclamó.

—Paula, ¡Sabes que no necesitas hacer nada! Tú y yo conectamos a otro nivel.

 Ella se estremeció; Pedro hablaba de un nivel que ella había jurado no volvería a ver la luz en su vida. Angustiada, se apartó de él.

—Pues vamos a desconectar, ¡No escucharé más tonterías como ésa!

 —Echar a correr no cambiará nada. Ambos sabemos que nos deseamos. Se nota en cada bocanada de aire, en cada latido.

Ella  sabía  bien  a  qué  se  refería.  Y  no  querer  que  ocurriera  era  insuficiente.  La  atracción sensual era más fuerte que nunca y el deseo de explorarla la quemaba por dentro.  No  había  creído  que  pudiera  desear  a  un  hombre  tanto  como  para  sentir  la  tentación de faltar a las promesas que se había hecho tras perder a Sofía. Pensar en ese traumático evento la llevó a alzar la barbilla con determinación.

—Puede que sí, pero no pienso iniciar una relación contigo, Pedro.

—Eso  suena  bien,  pero  ambos  sabemos  que  no  lo  dices  en  serio  —replicó  él,  dejándola sin aire.

—¡Claro que lo digo en serio! ¿Por qué iba a mentir? —lo retó.

Él dejó escapar una risotada.

—Porque este deseo no desaparecerá fácilmente. Tiene que agotarse, y sólo hay una  forma  de  conseguirlo.  Por  eso  tú  y  yo  tendremos  una  aventura  muy  pronto  —declaró él.

 Sus palabras incrementaban la sensación de que iba a ocurrir algo inevitable. Aimi se dijo que no tenía por qué ser así. No estaba obligada a seguir el camino que  se  dibujaba  ante  sus  ojos,  por  atractivo  que  pareciera.  Por  muy  guapo  y  encantador que fuera Jonas, no lo quería en su vida. No perdería lo que había ganado por la evanescente satisfacción de una aventura sexual.

—Si yo fuera tú, no contendría la respiración —le dijo, brusca—. Nunca tendré una aventura contigo.

—Nunca digas nunca, es como agitar un trapo rojo ante un toro —advirtió el.

 —Perderás el tiempo intentando que cambie de opinión —Paula alzó la barbilla, desafiante.

—Ya  veremos.  Me  gustan  los  retos  —sonrió  con  ironía—.  Puede  que  seas  uno  de los mejores a los que me he enfrentado.

—Mantente  lejos  de  mí, Pedro—dijo  ella,  airada  por  su  arrogancia. 

Giró  sobre  los talones y salió de la cocina. El hombre era insoportable. Estaba  tan  enfadada  que  no  podía  reunirse con el resto de la familia. Tenía los nervios  a  flor  de  piel  y  necesitaba  intimidad  para  recuperar  el  aliento  y  pensar.  Acababan  de  volver  a  derrumbar  sus  defensas  con  muy  poco  esfuerzo.  Necesitaba  reconstruirlas cuanto antes.


Paula fue a la biblioteca. No se molestó en encender la luz. Se acomodó en un sillón,  junto  a  la  chimenea.  Cerró  los  ojos  y  rememoró  el  roce  de  los  labios  de  Pedro en su mano. Eso la llevó a preguntarse qué caos provocaría en su ser si permitía un contacto más apasionado. Una parte de ella sabía lo que sería sensato hacer, pero su sensualidad tomaba las  riendas  cuando  él  la  tocaba.  Consciente  de  su  debilidad,  la  única  solución  era  mantener las distancias. Si no dejaba que se acercase, todo iría bien. Cuando, pasados dos días, se alejara de su influencia magnética, la atracción se difuminaría y la Paula del presente volvería a ser la que era.  Suspirando,  rezó  para  que  el  tiempo  pasara  deprisa.  Necesitaba  recuperar  la  calma que tanto le había costado obtener. Sólo entonces se sentiría a salvo de nuevo.

Desafío: Capítulo 10

—¿Qué quería el hospital?

—Me  informaron  sobre  un  caso  de  urgencias  que  acaba  de  llegar.  Es  posible  que  me  necesiten  para  operar,  así  que  querían  avisarme.  No  pinta  bien.  Lo  sabré  en  unas horas. Lo siento, Pau, puede que tenga que volver al hospital esta noche.

—No  importa  —aceptó  Paula,  comprensiva.  Así  era  el  trabajo  de  Federico—.  Al  menos has podido ver a tu familia.

—Sabía que te contraté por una buena razón. Te lo tomas todo con calma, nada te  perturba  —comentó  Federico.  Paula estuvo  a  punto  de  echarse  a  reír,  el  hermano  de  Fede estaba  tirando  por  los  suelos  su  afamada  calma—.  Ven,  vamos  a  comer  algo.  Estoy muerto de hambre, y no sé cuándo volveré a disfrutar de una comida.

Paula dejó que la guiara, pero no pudo resistirse a mirar de soslayo. Pedro seguía observándola.  Miró  al  frente,  con  los  nervios  a  flor  de  piel.  «Dios,  que  el  fin  de  semana pase pronto», rezó para sí. Sabía que podía hacer algo muy, muy estúpido, y todo lo que había conseguido se tambalearía. Por  suerte,  la  extensa  familia  Alfonso la  rescató.  Tras  consumir  una  cantidad  impresionante  de  comida,  la  familia  se  concentró  en  lo  importante  del  día:  jugar  a  cosas.  Concluyeron  con  un  simulacro  de  béisbol,  de  hombres  contra  mujeres,  que  creó  un  escándalo  de  carcajadas;  las  reglas  eran  informales,  por  decir  algo,  y  peleaban  a  gritos  por  cada  punto.  Ella rió  hasta  que  le  dolieron  las  mandíbulas.  Todos   acabaron   agotados.   Gradualmente,   los   distintos   parientes   empezaron   a   dispersarse, de vuelta a sus hogares, y volvió la paz. A  nadie  le  apetecía  cenar  mucho  tras  la  copiosa  comida  y  el  día  de  agobiante  calor.  Por  suerte,  Clara había  dejado  una  ensalada  y  una  quiche  en  el  frigorífico  antes  de  marcharse  a  casa.  Todos  bromearon  durante  la  cena.  Rememoraron  los  juegos y Paula pudo concentrarse en eso, en vez de en Jonas, que estaba a pocos pasos de  ella.  Aunque  sus  sentidos  seguían  cosquilleando,  receptivos,  se  enorgulleció  de  poder ocultarlo. Tras  la  cena,  Paula y  Luciana se  ofrecieron  para  lavar  los  platos;  Federico y  Santiago dijeron  que  ellos  secarían.  Estaban  a  media  tarea  cuando  el  busca  de  Federico volvió  a  sonar. Contestó desde el teléfono de la cocina y, por lo que oyeron, nadie dudó que tenía que volver a Londres. Cuando colgó, Paula se secó las manos y corrió hacia él.

—¿Es  grave?  ¿Tienes  que  irte  ahora?  —preguntó,  asumiendo  su  función  de  ayudante—. ¿Quieres que despeje tu agenda?

—Te avisaré si hace falta. Espero que no sea necesario. Pero, ¿Y tú? Tengo que ir directo al hospital y no regresaré. ¿Cómo volverás a tu casa?

—No es problema. Yo la llevaré de vuelta el lunes —declaró Pedro.

Todos lo miraron. La respuesta instintiva de Paula habría sido rechazar la oferta, pero Federico se le adelantó.

—Buena idea, Pedro. Así podrás dedicar más tiempo a la investigación, Pau—la miró con tanto alivio que ella fue incapaz de oponerse a la idea.

Resignándose a pasar dos días más cerca de Jonas, tomó aire y le dedicó una sonrisa cortés.

—Gracias, eres muy amable —aceptó, pero no se le escapó el brillo diabólico de sus ojos.

—De nada —dijo Pedro.

 —Bueno, arreglado —Federico se frotó las manos, ya pensando en su obligación—. Tengo que irme.

—Te ayudaré a hacer la maleta —declaró Paula, siguiéndolo.

Se rozó con Pedro en el umbral y, sin poder impedirlo, alzó la vista hacia él. Vió un brillo malicioso en ese abismo azulado. Se obligó a desviar la mirada. Tenía la sensación de que, si no lo hacía, estaría irremediablemente perdida. Agitada,  ayudó  a  Federico a  recoger  sus  cosas.  Le  ocultó su  estado,  porque  no  quería  que  se  preocupara  por  ella  en  vez  de  concentrarse  en  su  trabajo. 

Quince  minutos después, él se despedía de sus padres y demás parientes. Paula lo acompañó hasta el coche. Después volvió a la cocina y descubrió, para su consternación, que Pedro era el único que estaba allí, secando un plato.

—¡Oh!  —exclamó  ella,  desconcertada—.  ¿Dónde  están  los  demás?  —preguntó  desde el umbral.

—Afuera, supongo —Pedro se encogió de hombros—. Les dije que acabaríamos nosotros —señaló el fregadero con la cabeza, mientras seguía secando.

Paula  rezongó  para  sí,  era  justo  el  tipo  de  situación  que  quería  evitar.  Pedro Alfonso era una tentación andante y, aunque se sentía capaz de resistirse a casi todo, él  era  harina  de  otro  costal.  La  atraía como  el  mitológico  canto  de  las  sirenas  a  los marineros. Era como estar atrapada entre el diablo y una tormenta en el mar. Pero  había  que  terminar  con  la  vajilla  y  no  podía  marcharse  sin  acabar  lo  iniciado. Así que fue hacia el fregadero y agarró una taza. El silencio era tan intenso que se vio obligada a romperlo.

—Supongo  que,  en  tu  trabajo,  estás  acostumbrado  a  ofrecer  a  la  gente  como  voluntaria —comentó con ironía.

 Pedro se rió.

—Yo lo llamo delegar. Pago a mis empleados un buen sueldo para que hagan lo que les pido —dijo él, apoyándose en la encimera para mirarla.

Consciente de  su mirada,   imposible   de   ignorar,  Paula se   esforzó   por   concentrarse en lo que hacía.

—¿No se rebelan nunca?

—De  vez  en  cuando  escucho  sus  opiniones, pero  al  final  decido  yo.  Tengo  un  grupo de empleados leales que llevan años conmigo.

—Ya. Has dicho que pagabas bien —lo pinchó ella, incapaz de resistirse.

—Eso  es  muy  cínico.  Yo  prefiero  pensar  que  disfrutan  con  su  trabajo  —Pedro esperó a que lavara la última taza. No quedaba nada por secar.

Desafío: Capítulo 9

Para  hacer  exactamente  eso,  Paula terminó  de  desayunar  y  fue  en  busca  de  la  biblioteca. Era una habitación maravillosa, llena de estanterías de libros con tapas de cuero.  Pasó  las  horas  siguientes  echando  un  vistazo  y  tomando  notas  de  los  libros  que  le  servirían  para  buscar  la  información  que  Nick  necesitaba.  Encontró  un  diario  escrito por el bisabuelo de Federico, lo llevó a un sillón y se sumergió en él.

—¡Ahí  estás!  —exclamó  Federico entrando  en  la  habitación,  mucho  después.

 Paula alzó la cabeza sorprendida. Estaba tan absorta que no lo había oído llegar.

—¿Me  necesitas?  —preguntó,  bajando  las  piernas  del  sillón  y  poniéndose  los  zapatos.

—Sí, ha llegado el resto de la familia. Comeremos enseguida —le dijo.

Paula se sintió un poco abrumada.

—Sinceramente, Fede,   dudo   que   tu   familia   quiera   la   compañía   de   una   desconocida. Te seré mucho más útil quedándome aquí.

—Los libros pueden esperar —refutó él, quitándole el diario y dejándolo en una mesa—. Quiero que te diviertas este fin de semana.

Paula permitió  que  la  condujera  al  jardín.  La  barbacoa  estaba  dispuesta  junto  a  la piscina, y allí se había congregado la familia. Federico presentó a Paula a los diversos grupos   que había  alrededor   de   las   mesas.   Todos  la  recibieron  con  calidez  y  demostraron  su  fascinación  por  el  libro  para  el  que  estaba  ayudando  a  Federico a  recopilar  datos.  Paula consiguió  relajarse  y,  en  vez  de  simular  que  lo  pasaba  bien,  empezó a disfrutar. Se lo dijo a Federico cuando se quedaron solos un momento.

—Mi  familia  es  buena  gente.  Me  alegra  que  hayan  conseguido  que  te  sientas  cómoda.

Paula miró  a  su  alrededor,  viendo  al  gran  grupo  de  gente  risueña  y  feliz  con  otros ojos. Había tardado mucho, pero ese día estaba descubriendo que podía pasarlo bien sin sentirse culpable. El cielo no había caído sobre su cabeza ni el mundo había llegado  a  su  fin.  No  sabía  por  qué  ese  día  era  distinto  a  cualquier  otro  pero,  por  primera vez en años, había dejado atrás su carga y estaba viviendo el momento.

—Gracias  por  insistir  en  que  me  uniera  a  ustedes—le  contestó  con  una  sonrisa.

—No  se  merecen  —contestó  él,  con  una  inclinación  de  cabeza. 

Paula sintió  el  corazón algo más ligero. No duraría, desde luego, pero aceptó la nueva sensación de libertad sin cuestionarla. Estaban  charlando  con  uno  de  los  primos  de  Nick,  cuando  sonó  el  busca.  Aunque  era  su  fin  de  semana  libre,  era  el  cirujano  especialista  de  guardia  para  emergencias.

 —Es  del  hospital  —anunció  Federico,  reconociendo  el  número—.  Será  mejor  que  hable en casa. No tardaré —dijo, antes de alejarse.

Paula siguió donde estaba hasta que la conversación pasó a un tema del que no sabía nada y se distrajo. Contemplaba los juegos de dos niños cuando un movimiento llamó  su  atención.  Su  corazón  se  saltó  un  latido  al  comprender  que  miraba  a  Pedro,  que paseaba con un hombre mucho mayor que él. No  pudo  desviar  la  mirada,  a  su  pesar  él parecía  totalmente  relajado  y  se  reía de lo que decía el otro hombre.

—Ése es el tío abuelo Alberto—dijo una de las mujeres de la mesa, sobresaltando a Paula, que la miró rápidamente.

—¿Disculpa?

—El  que  está  con  Pedro.  Era  marinero  y  le  encanta  contar  sus  aventuras.  Los  niños lo adoran —explicó la mujer con una sonrisa amistosa.

—Ah, sí —murmuró  Paula, alegrándose de  que  la  mujer  hubiera malinterpretado su interés—. Creo que aún no me lo han presentado.

—Entonces te encantará. Vamos por algo de comida. ¿Vienes? —invitó la mujer.

—Esperaré a Federico—rechazó Paula—. No tardará mucho.

Los  demás  fueron  hacia  el  grupo  que  rodeaba  la  parrilla,  dejando  a  Paula sola  por  el  momento.  De  inmediato,  buscó  a  Pedro con  la  vista,  pero  los  dos  hombres  ya  no estaban a la vista y sintió cierta desazón. Eso le demostró que estaba volviéndose loca. «No puedes seguir así, Pau», se reprochó. Se  puso  en  pie  y  decidió  unirse  a  la  cola  que  esperaba  comida.  Cualquier  cosa  para no pensar en ese maldito hombre. Sin embargo, al girar, se encontró mirándolo directamente  por  encima  de  un  mar  de  gente  sentada.  Antes  de  que  pudiera  moverse, Pedro,  como  si  hubiera  captado  su  mirada,  clavó  los  ojos  en  ella.  La  intensidad de la conexión la anonadó. Por añadidura, sintió un vínculo físico que le urgía  acortar  la  distancia  que  los  separaba.  Los  ojos  azules  parecían  estar  diciendo  «Sé dónde quieres estar, y sólo tienes que venir hacia mí». Entreabrió los labios para tomar aire; él sonrió levemente.

 —¡Ahí estás! —la voz de Federico, a su espalda, hizo que Paula girara en redondo, con el corazón desbocado.

—¡Oh,  Fede!  —exclamó,  medio  mareada  por  la  sorpresa,  medio  por  lo  que  había interrumpido—. ¡Me has asustado!

—Lo siento, Pau—Federico arrugó la frente con preocupación—. ¡Estabas en otro mundo!

Ella deseó estarlo. A millones de kilómetros de Pedro y del hechizo sensual que tejía  a  su  alrededor.  Tal  vez  así  podría  pensar  con  claridad  y  bajarse  de  la  montaña  rusa en la que viajaba desde la primera vez que lo vió. Él era una tentación a la que debía  resistirse  con  todas  sus  fuerzas;  si  no  lo  hacía  no  volvería  a  respetarse  a  sí  misma. Le había fallado a Sofía, no volvería a fallar. Con  eso  en  mente,  se  concentró  en  Federico para  borrar  a  Pedro de  sus  pensamientos.