¡De señorita correcta y formal… a novia de un donjuán!
Paula Chaves ha decidido dejar su pasado atrás. Pero un hombre parece empeñado en derrumbar sus defensas. Aimi tiene que resistirse. Debe hacerlo por el bien de su reputación.
Pedro Alfonso, rico hombre de negocios, sabe que, bajo su apariencia remilgada, Paula es una mujer apasionada. Mientras se rinde a él, Pedro va descubriendo los oscuros secretos que la volvieron tan desafiante…
jueves, 22 de febrero de 2018
martes, 20 de febrero de 2018
Eres Mía: Capítulo 42
—¿Que me amas? —tanteó.
—¿No es obvio? —le apretó la mano.
—De acuerdo, tal vez he sido espesa —reconoció ella—. ¿Me perdonas?
—Claro que te perdono si buscas ser perdonada. Oh, y no olvides que creí en nuestro bebé sin solicitar pruebas científicas —esbozó una leve sonrisa.
Paula también sonrió.
—Decididamente eso fue un acto de amor —Pedro siempre había requerido pruebas científicas para creer en algo—. Debí darme cuenta —entonces su cuerpo se sacudió— ¡Ay!
—¿Estás bien? —de inmediato se puso de pie.
—Sí, y también el bebé —le tomó la mano y la apoyó sobre su vientre—. El bebé se movió. Siéntelo.
—Eh, aún no es tu momento —reprendió Pedro—. Deja de patalear y dale un respiro a tu madre... necesita descansar.
Y a Paula empezaron a cerrársele los ojos.Cuando despertó, Pedro se hallaba dormido en el sillón junto a la cama.
—¿Cómo te encuentras, cariño?
—Lista para irme a casa —le sonrió.
—El médico vino antes y te van a dar el alta. Tu tensión ha vuelto a la normalidad. Todo parece bien... igual que el bebé —añadió.
—Entonces, ¿Por qué sigues con cara de preocupación?
—No tiene nada que ver con el bebé, pero en las últimas horas han pasado muchas cosas.
—¿Mi padre? —Pedro asintió—. Cuéntame... necesito saberlo.
—Anoche Fernando se entregó al FBI. Tenía la idea descabellada de que podrían concederle inmunidad si delataba a tu padre. Cuando las autoridades llegaron a su ático, se había ido.
—Bromeas —susurró Paula, cubriéndose la boca con la mano.
—No. Al parecer, la casa parecía haber sido registrada de arriba abajo. Faltaban piezas... pequeñas pero muy valiosas, según lo que Fernando le contó a los federales... y los lienzos habían sido sacados de los marcos. La caja fuerte estaba abierta y no encontraron por ninguna parte el pasaporte de tu padre. Ha escapado. Después de verlo anoche, él sabía que irías a la policía. Finalmente se le agotó el tiempo. Probablemente empezó a idear un plan de escape desde el momento en que regresaste a casa.
Pedro continuó.
—Eso no es todo. Fernando le contó a las autoridades que tu padre organizó la muerte de un taxista de Bagdad y de la pobre Anita y luego hizo que quemaran los cuerpos en mi coche de alquiler para escenificar mi muerte. De modo que los cargos van aumentando. Desde luego, el FBI cree que Fernando desempeñó un papel mucho más activo que él que él reconoce.
—No puedo creerlo —Paula movió la cabeza—. Mi mejor amigo y mi padre. ¿Cómo voy a poder volver a confiar en mi propia capacidad de juicio?
—Te casaste conmigo —señaló Pedro—. Ahí no te equivocaste.
—Tú eres diferente... tienes integridad. Hasta mi padre lo reconoció.
Pedro se sentó en el borde de la cama.
—Reconozco que siento cierta ambivalencia. Tu padre es lo bastante inteligente como para ir a un país que no tenga tratado de extradición con los Estados Unidos. Y así como creo que debería ser encarcelado por lo que me hizo y por el saqueo de inestimables piezas de museo, no puedo olvidar que siempre será tu padre.
Paula le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.
—Gracias.
Él inclinó la cabeza para besarla.
Una semana más tarde, Paula se detuvo en el umbral de su nuevo y más espacioso despacho. Había sido nombrada conservadora en funciones del museo después de que Ariel Daley hubiera dimitido. Pedro estaba sentado en el sillón detrás del escritorio.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte. Iba a llevarte a cenar a Fives para celebrarlo, pero ya no quedaban mesas libres —empujó el sillón y se incorporó, poniéndose la chaqueta—. ¿Tienes hambre?
—Me muero de hambre —reconoció—. Después de todo, somos dos para alimentar.
—Entonces, vayamos a buscar algo para que coman los dos —la tomó de la mano.
Se decantaron por unos perritos calientes en un puesto en una esquina cerca de Central Park.
—Demos un paseo por el parque —dijo Pedro.
Comieron mientras caminaban y al terminar se tomaron de la mano.No les sorprendió terminar en el roble donde Pedro se había declarado.
—Te amo, Pau. ¿Quieres casarte conmigo?
Con el corazón derretido, lo miró fijamente.
—Ya estamos casados.
—Pensé que tal vez podríamos renovar nuestros votos. ¿Qué dices?
—Sí —respondió sin titubear.
Pedro buscó en el bolsillo de la chaqueta antes de inclinarse para besarla. Luego se irguió.
—Dame tu mano.
Le había comprado otro anillo. El metal se deslizó por su dedo, encajando a la perfección. Bajó la vista y se quedó de piedra.Tres alianzas entrelazadas de oro brillaban en su dedo.
—¡Pedro!
—Fui a comprobarlo con la seguridad del museo...—... ellos no lo tenían. Lo sé porque fue el primer lugar al que me dirigí. ¿Dónde lo encontraste?
—Una mujer japonesa lo entregó en la comisaría más próxima al museo —le sonrió—. Menos mal que se me ocurrió preguntarlo.
—Estaré siempre en deuda con ella —se pasó una mano por el estómago—. Es de nuestra familia.
—Nuestra familia —convino él, apoyando los brazos sobre los hombros de Paula—. Tú, el bebé y yo.
FIN
—¿No es obvio? —le apretó la mano.
—De acuerdo, tal vez he sido espesa —reconoció ella—. ¿Me perdonas?
—Claro que te perdono si buscas ser perdonada. Oh, y no olvides que creí en nuestro bebé sin solicitar pruebas científicas —esbozó una leve sonrisa.
Paula también sonrió.
—Decididamente eso fue un acto de amor —Pedro siempre había requerido pruebas científicas para creer en algo—. Debí darme cuenta —entonces su cuerpo se sacudió— ¡Ay!
—¿Estás bien? —de inmediato se puso de pie.
—Sí, y también el bebé —le tomó la mano y la apoyó sobre su vientre—. El bebé se movió. Siéntelo.
—Eh, aún no es tu momento —reprendió Pedro—. Deja de patalear y dale un respiro a tu madre... necesita descansar.
Y a Paula empezaron a cerrársele los ojos.Cuando despertó, Pedro se hallaba dormido en el sillón junto a la cama.
—¿Cómo te encuentras, cariño?
—Lista para irme a casa —le sonrió.
—El médico vino antes y te van a dar el alta. Tu tensión ha vuelto a la normalidad. Todo parece bien... igual que el bebé —añadió.
—Entonces, ¿Por qué sigues con cara de preocupación?
—No tiene nada que ver con el bebé, pero en las últimas horas han pasado muchas cosas.
—¿Mi padre? —Pedro asintió—. Cuéntame... necesito saberlo.
—Anoche Fernando se entregó al FBI. Tenía la idea descabellada de que podrían concederle inmunidad si delataba a tu padre. Cuando las autoridades llegaron a su ático, se había ido.
—Bromeas —susurró Paula, cubriéndose la boca con la mano.
—No. Al parecer, la casa parecía haber sido registrada de arriba abajo. Faltaban piezas... pequeñas pero muy valiosas, según lo que Fernando le contó a los federales... y los lienzos habían sido sacados de los marcos. La caja fuerte estaba abierta y no encontraron por ninguna parte el pasaporte de tu padre. Ha escapado. Después de verlo anoche, él sabía que irías a la policía. Finalmente se le agotó el tiempo. Probablemente empezó a idear un plan de escape desde el momento en que regresaste a casa.
Pedro continuó.
—Eso no es todo. Fernando le contó a las autoridades que tu padre organizó la muerte de un taxista de Bagdad y de la pobre Anita y luego hizo que quemaran los cuerpos en mi coche de alquiler para escenificar mi muerte. De modo que los cargos van aumentando. Desde luego, el FBI cree que Fernando desempeñó un papel mucho más activo que él que él reconoce.
—No puedo creerlo —Paula movió la cabeza—. Mi mejor amigo y mi padre. ¿Cómo voy a poder volver a confiar en mi propia capacidad de juicio?
—Te casaste conmigo —señaló Pedro—. Ahí no te equivocaste.
—Tú eres diferente... tienes integridad. Hasta mi padre lo reconoció.
Pedro se sentó en el borde de la cama.
—Reconozco que siento cierta ambivalencia. Tu padre es lo bastante inteligente como para ir a un país que no tenga tratado de extradición con los Estados Unidos. Y así como creo que debería ser encarcelado por lo que me hizo y por el saqueo de inestimables piezas de museo, no puedo olvidar que siempre será tu padre.
Paula le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.
—Gracias.
Él inclinó la cabeza para besarla.
Una semana más tarde, Paula se detuvo en el umbral de su nuevo y más espacioso despacho. Había sido nombrada conservadora en funciones del museo después de que Ariel Daley hubiera dimitido. Pedro estaba sentado en el sillón detrás del escritorio.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte. Iba a llevarte a cenar a Fives para celebrarlo, pero ya no quedaban mesas libres —empujó el sillón y se incorporó, poniéndose la chaqueta—. ¿Tienes hambre?
—Me muero de hambre —reconoció—. Después de todo, somos dos para alimentar.
—Entonces, vayamos a buscar algo para que coman los dos —la tomó de la mano.
Se decantaron por unos perritos calientes en un puesto en una esquina cerca de Central Park.
—Demos un paseo por el parque —dijo Pedro.
Comieron mientras caminaban y al terminar se tomaron de la mano.No les sorprendió terminar en el roble donde Pedro se había declarado.
—Te amo, Pau. ¿Quieres casarte conmigo?
Con el corazón derretido, lo miró fijamente.
—Ya estamos casados.
—Pensé que tal vez podríamos renovar nuestros votos. ¿Qué dices?
—Sí —respondió sin titubear.
Pedro buscó en el bolsillo de la chaqueta antes de inclinarse para besarla. Luego se irguió.
—Dame tu mano.
Le había comprado otro anillo. El metal se deslizó por su dedo, encajando a la perfección. Bajó la vista y se quedó de piedra.Tres alianzas entrelazadas de oro brillaban en su dedo.
—¡Pedro!
—Fui a comprobarlo con la seguridad del museo...—... ellos no lo tenían. Lo sé porque fue el primer lugar al que me dirigí. ¿Dónde lo encontraste?
—Una mujer japonesa lo entregó en la comisaría más próxima al museo —le sonrió—. Menos mal que se me ocurrió preguntarlo.
—Estaré siempre en deuda con ella —se pasó una mano por el estómago—. Es de nuestra familia.
—Nuestra familia —convino él, apoyando los brazos sobre los hombros de Paula—. Tú, el bebé y yo.
FIN
Eres Mía: Capítulo 41
Le dió un beso en el cabello a Paula.
—Cariño, sabes que voy a tener que llamar a las autoridades, ¿Verdad?
Ella guardó silencio durante largos segundos. Luego giró la cabeza y pedrosupo que su corazón estaba á punto de romperse.
—Pedro, siento tanto haber dudado de tí. Pensé... pensé que entre papá y tú solo era un choque de dos personalidades fuertes. No ví lo que estaba pasando... cuánto te despreciaba.
—Representaba una amenaza para él.
—Es lo que él mismo dijo. ¿Podrás perdonarme algún día?
Sintió los primeros rayos de esperanza. Pero antes de poder contestarle, la cara de ella se desencajó y se llevó la mano al costado.
—Pedro.
El dolor. Ella se dobló sobre su regazo. Metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil.
—¿Leonardo? ¿Samuel se ha ido a casa? —escuchó—. Necesito que traigas el Lincoln a la entrada. Vamos al hospital.
Paula giró la cabeza sobre la almohada cuando Pedro entró. Nunca lo había visto tan pálido.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó él con suavidad.
—Mucho mejor ahora que sé que el dolor agudo en mis costados se debía a un ligamento en vez de a algo más grave. Y el bebé también está bien.
—Pero necesitas descansar. Tu tensión arterial es más alta que lo que debería, por eso te ingresaron. Aunque el equipo médico me ha informado de que ya ha empezado a mejorar —acercó una silla, se dejó caer a su lado y se cubrió la cara con las manos.
Paula le tocó la mejilla y de inmediato la tensión de sus facciones se suavizó. Eso hizo que ella pensara en lo que más le exacerbaba la tensión en ese momento.
—¿Sabes algo de mi padre? —preguntó con cierta vacilación.
—Paula... —apoyó la mano sobre la de ella—. El FBI va a arrestarlo —ella cerró los ojos. Cuando los abrió, él la miraba con intensidad—. Voy a estar a tu lado... pase lo que pase. No lo olvides.
Lo que decía Pedro tenía sentido. Sus prioridades eran el bebé y su marido. Su padre había tomado unas decisiones con cuyas consecuencias tendría que cargar por el daño que le había hecho a Pedro.
—Siempre estaré agradecida por la fortaleza que tuviste para volver a casa conmigo.
—Hay que agradecérselo al amor —indicó él.
Paula se quedó boquiabierta.
—¿A-amor? —tartamudeó.
—¡Oh, Pau! —no pudo contener una risita—. Quizá no se me den bien las palabras, pero ya te he dicho que siempre has sido únicamente tú. ¿Qué más necesitas que te diga?
—Cariño, sabes que voy a tener que llamar a las autoridades, ¿Verdad?
Ella guardó silencio durante largos segundos. Luego giró la cabeza y pedrosupo que su corazón estaba á punto de romperse.
—Pedro, siento tanto haber dudado de tí. Pensé... pensé que entre papá y tú solo era un choque de dos personalidades fuertes. No ví lo que estaba pasando... cuánto te despreciaba.
—Representaba una amenaza para él.
—Es lo que él mismo dijo. ¿Podrás perdonarme algún día?
Sintió los primeros rayos de esperanza. Pero antes de poder contestarle, la cara de ella se desencajó y se llevó la mano al costado.
—Pedro.
El dolor. Ella se dobló sobre su regazo. Metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil.
—¿Leonardo? ¿Samuel se ha ido a casa? —escuchó—. Necesito que traigas el Lincoln a la entrada. Vamos al hospital.
Paula giró la cabeza sobre la almohada cuando Pedro entró. Nunca lo había visto tan pálido.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó él con suavidad.
—Mucho mejor ahora que sé que el dolor agudo en mis costados se debía a un ligamento en vez de a algo más grave. Y el bebé también está bien.
—Pero necesitas descansar. Tu tensión arterial es más alta que lo que debería, por eso te ingresaron. Aunque el equipo médico me ha informado de que ya ha empezado a mejorar —acercó una silla, se dejó caer a su lado y se cubrió la cara con las manos.
Paula le tocó la mejilla y de inmediato la tensión de sus facciones se suavizó. Eso hizo que ella pensara en lo que más le exacerbaba la tensión en ese momento.
—¿Sabes algo de mi padre? —preguntó con cierta vacilación.
—Paula... —apoyó la mano sobre la de ella—. El FBI va a arrestarlo —ella cerró los ojos. Cuando los abrió, él la miraba con intensidad—. Voy a estar a tu lado... pase lo que pase. No lo olvides.
Lo que decía Pedro tenía sentido. Sus prioridades eran el bebé y su marido. Su padre había tomado unas decisiones con cuyas consecuencias tendría que cargar por el daño que le había hecho a Pedro.
—Siempre estaré agradecida por la fortaleza que tuviste para volver a casa conmigo.
—Hay que agradecérselo al amor —indicó él.
Paula se quedó boquiabierta.
—¿A-amor? —tartamudeó.
—¡Oh, Pau! —no pudo contener una risita—. Quizá no se me den bien las palabras, pero ya te he dicho que siempre has sido únicamente tú. ¿Qué más necesitas que te diga?
Eres Mía: Capítulo 40
Miguel Chaves se alejó y se detuvo ante un pedestal con un bronce antiguo. Paula ni siquiera quiso pensar en la procedencia que también podía tener esa pieza.
—En cuanto conocí a ese hombre supe que llegaría este día —tocó el bronce—. Y cuando tu marido regresó, intenté ganar tiempo. Traté de convencer a Ariel de que no exhibiera la pieza... le dije que deberíamos esperar hasta que el museo pudiera exponer todos los artículos juntos. Pero no quiso... y yo no pude revelarle la razón.
—¿O sea que Ariel no formó parte de la trama?
—Ariel autorizaba todas las adquisiciones y comprobaba la procedencia de cada artículo.
—Creo que tenía sospechas. Nunca hizo muchas preguntas... siempre y cuando se aportara un vestigio legal de procedencia. El suficiente para cubrir su trasero burócrata.
—Yo jamás sospeché nada.
—Eres mi hija. Desde luego, nunca quise enredarte en el lado más oscuro de mi vida.
—Pero estabas dispuesto a dejar que me casara con Fernando, sabiendo que él lo intuía todo.
Su padre le dedicó una sonrisa triste.
—Pensábamos parar estando en la cima. Cuatro años atrás nos acercábamos a ese punto. Si Pedro no hubiera empezado a hacer preguntas o hubiera ido a Irak en busca de las respuestas, las cosas habrían podido ser distintas. La máscara iba a ser nuestra jubilación.
—No culpes a Pedro. Y no funcionó de esa manera... Fernando está en la bancarrota.
—En los últimos años ha desarrollado un problema con el juego. De modo que en Pedro elegiste al mejor hombre, después de todo —reconoció su padre con un suspiro.
—Lo que no entiendes es que lo amo. Para mí solo existe Pedro. No Fernando. Ni nadie más. Nunca.
—Ese hombre frío te ama. Deberías recordarle que soy tu padre... que si me denuncia quedarás destrozada.
—No me pidas eso —suplicó—. Ni siquiera por mí —supo que había llegado el momento de crecer.
Ya no era la niña de papá y no haría eso por él.Su padre la abrazó con fuerza.
—Sin importar cómo termine esto, nunca olvides que te quiero. Eres la mejor hija que podría tener un hombre.
Un vistazo a la expresión de Paula hizo que contuviera las preguntas que quería hacerle, la tomara en brazos y la condujera al despacho. Se sentó, la acomodó en su regazo y observó los ojos pesarosos.
—¿Qué ha pasado?
—Otra vez tenías razón... —enterró la cara en la pechera de su camisa.
—Preferiría equivocarme todas las veces si tener razón te deja así —no soportaba ver tanto dolor.
—¡Oh, Pedro! —tembló en sus brazos—. Fui a ver a mi padre.
De haber sabido que iría a enfrentarse a su padre, habría movido cielo y tierra para estar a su lado. Pensó que nadie tendría que enfrentarse a lo que él se enfrentaba en ese momento. Hacer lo correcto podía costarle su felicidad. Su esposa. Su bebé. Su familia. Todo por lo que había luchado los últimos cuatro años.También podía guardar silencio... y dejar que Miguel se fuera libre.Sin embargo, sabía que no podía ser el hombre que consideraba que era si permitía que Miguel , y Fernando, siguieran impunes.
—En cuanto conocí a ese hombre supe que llegaría este día —tocó el bronce—. Y cuando tu marido regresó, intenté ganar tiempo. Traté de convencer a Ariel de que no exhibiera la pieza... le dije que deberíamos esperar hasta que el museo pudiera exponer todos los artículos juntos. Pero no quiso... y yo no pude revelarle la razón.
—¿O sea que Ariel no formó parte de la trama?
—Ariel autorizaba todas las adquisiciones y comprobaba la procedencia de cada artículo.
—Creo que tenía sospechas. Nunca hizo muchas preguntas... siempre y cuando se aportara un vestigio legal de procedencia. El suficiente para cubrir su trasero burócrata.
—Yo jamás sospeché nada.
—Eres mi hija. Desde luego, nunca quise enredarte en el lado más oscuro de mi vida.
—Pero estabas dispuesto a dejar que me casara con Fernando, sabiendo que él lo intuía todo.
Su padre le dedicó una sonrisa triste.
—Pensábamos parar estando en la cima. Cuatro años atrás nos acercábamos a ese punto. Si Pedro no hubiera empezado a hacer preguntas o hubiera ido a Irak en busca de las respuestas, las cosas habrían podido ser distintas. La máscara iba a ser nuestra jubilación.
—No culpes a Pedro. Y no funcionó de esa manera... Fernando está en la bancarrota.
—En los últimos años ha desarrollado un problema con el juego. De modo que en Pedro elegiste al mejor hombre, después de todo —reconoció su padre con un suspiro.
—Lo que no entiendes es que lo amo. Para mí solo existe Pedro. No Fernando. Ni nadie más. Nunca.
—Ese hombre frío te ama. Deberías recordarle que soy tu padre... que si me denuncia quedarás destrozada.
—No me pidas eso —suplicó—. Ni siquiera por mí —supo que había llegado el momento de crecer.
Ya no era la niña de papá y no haría eso por él.Su padre la abrazó con fuerza.
—Sin importar cómo termine esto, nunca olvides que te quiero. Eres la mejor hija que podría tener un hombre.
Un vistazo a la expresión de Paula hizo que contuviera las preguntas que quería hacerle, la tomara en brazos y la condujera al despacho. Se sentó, la acomodó en su regazo y observó los ojos pesarosos.
—¿Qué ha pasado?
—Otra vez tenías razón... —enterró la cara en la pechera de su camisa.
—Preferiría equivocarme todas las veces si tener razón te deja así —no soportaba ver tanto dolor.
—¡Oh, Pedro! —tembló en sus brazos—. Fui a ver a mi padre.
De haber sabido que iría a enfrentarse a su padre, habría movido cielo y tierra para estar a su lado. Pensó que nadie tendría que enfrentarse a lo que él se enfrentaba en ese momento. Hacer lo correcto podía costarle su felicidad. Su esposa. Su bebé. Su familia. Todo por lo que había luchado los últimos cuatro años.También podía guardar silencio... y dejar que Miguel se fuera libre.Sin embargo, sabía que no podía ser el hombre que consideraba que era si permitía que Miguel , y Fernando, siguieran impunes.
Eres Mía: Capítulo 39
Se quedó de piedra. Nunca había visto ese lado amargado y venenoso de su padre.
—Siempre has tenido mi inquebrantable lealtad —hasta ese momento—. Fernando me contó que tú sabías que la única razón por la que quería casarse conmigo era porque estaba en la ruina.
—¡No es verdad! Fernando siempre ha querido casarse contigo... habría sido el marido perfecto si ese otro canalla no hubiera interferido.
—Yo me enamoré de Pedro.
—¡Amor!
—Al menos a Pedro no hubo que sobornarlo para que se casara conmigo —ante la expresión atónita de su padre, continuó implacable—: Sí, Fernando me contó que le ofreciste un estímulo.
—Es lo que deberías haber hecho en todo momento... todo habría encajado.
Se mostró asombrada.
—¿Por eso intentaste matar a Pedro? ¿Para que yo quedara libre para casarme con Fernando? —sintió náuseas. Comenzó a dars la vuelta—. Debería irme a casa —la voz baja de su padre la detuvo.
—No lo entiendes, Paula. Iba a destruirme... junto con todo lo que había levantado.
—¿A qué te refieres? —giró en redondo.
—Lo supe nada más presentármelo. Pedro es más agudo que un cuchillo... ve cosas que la mayoría de la gente no nota. Es un canalla frío e inteligente. Ese cerebro analítico que tiene enlaza información y escupe la respuesta. Había vivido en Irak y Afganistán. Entendía el comercio de antigüedades de Oriente Medio... a los jugadores, el mercado negro, el mercado legítimo. Y encima, tenía ese don peculiar de reconocer un fraude a simple vista... y su capacidad de recordar información sobre las piezas más oscuras era formidable. Supe que solo sería cuestión de tiempo.
La confusión de Paula se convirtió en certeza... y amarga decepción.
—Estás involucrado en la compra de piezas robadas. Te defendí —comentó con tristeza—. Le dije a Pedro que tú jamás participarías en algo así —qué ciega había sido su lealtad—. No te conozco para nada, ¿Verdad?
Le debía una disculpa a Pedro. Él tenía razón. Era demasiado ingenua para dejarla obrar por su cuenta. Su padre abrió los brazos.
—Intenté evitarte la noticia de su muerte, querida. Si hubieras creído que tu marido te había abandonado por otra mujer y te hubieras divorciado, habría sido... más fácil.
—Pero yo jamás me creí eso. Lo que significó que debías procurarte otro escenario... y ahí es donde intervienen tus «investigadores» y la muerte de Pedro en un accidente de coche en el desierto con una amante inexistente. El problema fue que los hombres que contrataste para matarlo solo lo secuestraron... y lo mantuvieron vivo como seguro. Así que arreglaste una condena de muerte sobre los secuestradores... y su víctima. De haber tenido éxito, jamás me habría enterado de que habías intentado ejecutar a mi marido.
—Una vez iniciado el proceso, creció como una bola de nieve.
Había sido tan ingenua. Tuvo ganas de llorar. Pero con eso no lograría nada.
—Papá... Pedro ha visto la Dama del templo y sabe cuál es su procedencia original. No me cabe duda de que irá al FBI.
—Siempre has tenido mi inquebrantable lealtad —hasta ese momento—. Fernando me contó que tú sabías que la única razón por la que quería casarse conmigo era porque estaba en la ruina.
—¡No es verdad! Fernando siempre ha querido casarse contigo... habría sido el marido perfecto si ese otro canalla no hubiera interferido.
—Yo me enamoré de Pedro.
—¡Amor!
—Al menos a Pedro no hubo que sobornarlo para que se casara conmigo —ante la expresión atónita de su padre, continuó implacable—: Sí, Fernando me contó que le ofreciste un estímulo.
—Es lo que deberías haber hecho en todo momento... todo habría encajado.
Se mostró asombrada.
—¿Por eso intentaste matar a Pedro? ¿Para que yo quedara libre para casarme con Fernando? —sintió náuseas. Comenzó a dars la vuelta—. Debería irme a casa —la voz baja de su padre la detuvo.
—No lo entiendes, Paula. Iba a destruirme... junto con todo lo que había levantado.
—¿A qué te refieres? —giró en redondo.
—Lo supe nada más presentármelo. Pedro es más agudo que un cuchillo... ve cosas que la mayoría de la gente no nota. Es un canalla frío e inteligente. Ese cerebro analítico que tiene enlaza información y escupe la respuesta. Había vivido en Irak y Afganistán. Entendía el comercio de antigüedades de Oriente Medio... a los jugadores, el mercado negro, el mercado legítimo. Y encima, tenía ese don peculiar de reconocer un fraude a simple vista... y su capacidad de recordar información sobre las piezas más oscuras era formidable. Supe que solo sería cuestión de tiempo.
La confusión de Paula se convirtió en certeza... y amarga decepción.
—Estás involucrado en la compra de piezas robadas. Te defendí —comentó con tristeza—. Le dije a Pedro que tú jamás participarías en algo así —qué ciega había sido su lealtad—. No te conozco para nada, ¿Verdad?
Le debía una disculpa a Pedro. Él tenía razón. Era demasiado ingenua para dejarla obrar por su cuenta. Su padre abrió los brazos.
—Intenté evitarte la noticia de su muerte, querida. Si hubieras creído que tu marido te había abandonado por otra mujer y te hubieras divorciado, habría sido... más fácil.
—Pero yo jamás me creí eso. Lo que significó que debías procurarte otro escenario... y ahí es donde intervienen tus «investigadores» y la muerte de Pedro en un accidente de coche en el desierto con una amante inexistente. El problema fue que los hombres que contrataste para matarlo solo lo secuestraron... y lo mantuvieron vivo como seguro. Así que arreglaste una condena de muerte sobre los secuestradores... y su víctima. De haber tenido éxito, jamás me habría enterado de que habías intentado ejecutar a mi marido.
—Una vez iniciado el proceso, creció como una bola de nieve.
Había sido tan ingenua. Tuvo ganas de llorar. Pero con eso no lograría nada.
—Papá... Pedro ha visto la Dama del templo y sabe cuál es su procedencia original. No me cabe duda de que irá al FBI.
Eres Mía: Capítulo 38
—¿Afirmas que adquirimos un artículo robado? ¿Que las piezas nunca se compraron al amigo de mi padre? Es una acusación muy seria.
—Hace cuatro años, Candela y yo le solicitamos al Museo de Irak permiso para fotografiar esa máscara... y cierto número de piezas de la misma colección. Mi petición fue rechazada con cierta brusquedad —enarcó una ceja—. ¿Coincidencia? No lo creo.
—Hace cuatro años. Pero eso... abrió los ojos.
Él asintió.
—Mi curiosidad se despertó. Empecé a hacer preguntas. Ya había contratado a Candela para que realizara algunas investigaciones para mí... acerca de una pequeña tableta que había visto en este museo, y cuya procedencia Alan me había garantizado que era segura. Me recordó notablemente a una tableta que había visto en Estambul y eso me molestó. Cuanto más ahondaba, más dudaba de que la máscara hubiera regresado alguna vez al Museo de Irak desde Estambul.
—¿Podrías confirmar si alguna vez se informó del robo de la tableta o de la máscara?
Pedro movió la cabeza.
—Pero es evidente que alguien sabía que yo había mostrado interés en esa pieza. Alguien que estaba al tanto de los robos. Y ese alguien iba en serio.
—¿Qué quieres decir? —inquirió conmocionada.
—Desde entonces a Candela no se la ha visto... sospecho que está muerta —observó la galería como si temiera que pudieran oírlos—. Podemos discutir más sobre el tema esta noche... una vez hayan terminado las festividades.
—No —quería llegar al fondo de esa revelación perturbadora—. Esto es demasiado importante para demorarlo. Vayamos a mi despacho.
Una vez allí, Pedro cerró la puerta a su espalda.Paula fue hacia la ventana que daba al patio lleno de gente y al final se volvió hacia él con el rostro lleno de confusión. Él comenzó a hablar.
—Desde que mencionaste que te dieron mi anillo, eso no ha parado de dar vueltas en mi cabeza. Fue muy oportuno el modo en que apareció como una prueba cuando tú te negaste a aceptar cualquier otra explicación —entrecerró los ojos—. Me secuestraron hace casi cuatro años. Pero el anillo me lo arrancaron del dedo en agosto pasado.
Ella sintió que se le ponía la piel de gallina.
—Eso significaría... —su voz se apagó.
—Que todo el tiempo alguien que podía poner ese anillo en tus manos sabía lo que de verdad me había sucedido. Ciertamente, alguien sabía que Akam me tenía prisionero... lo que bastó para ponerlo a este extremadamente nervioso. Por eso me mantuvo con vida en vez de matarme, tal como le habían ordenado.
—Lo que sugieres es imposible —afirmó Paula espantada.
—Diabólico, sí. ¿Imposible? No estoy tan seguro —se encogió de hombros—. Pero espero que tengas razón.
—¡Papá! —su padre jamás juraba en presencia de mujeres.
Retrocedió un paso con la carpeta pegada al pecho.Donald Tomlinson se puso de pie.
—No te alejes de mí de esa manera. Tú no lo crees, ¿Verdad?
—Yo... no lo sé —tartamudeó.—¿No estás segura? ¿Le creerías a él antes que a mí?
Aguijoneada por el dolor, cruzó los brazos sobre su vientre.
—Ya no sé qué ni a quién creer. Oh, papá, estoy tan confusa.
Cuando él abrió los brazos, Paula titubeó.
—Le crees a él.
—Convénceme de que es mentira —suplicó.
—¿Convencerte? Soy tu padre. ¿Dónde está tu lealtad? ¿Quién te crió? ¿Quién fue padre y madre para tí después de que esa zorra nos dejara por otro hombre y sus hijos?
—Hace cuatro años, Candela y yo le solicitamos al Museo de Irak permiso para fotografiar esa máscara... y cierto número de piezas de la misma colección. Mi petición fue rechazada con cierta brusquedad —enarcó una ceja—. ¿Coincidencia? No lo creo.
—Hace cuatro años. Pero eso... abrió los ojos.
Él asintió.
—Mi curiosidad se despertó. Empecé a hacer preguntas. Ya había contratado a Candela para que realizara algunas investigaciones para mí... acerca de una pequeña tableta que había visto en este museo, y cuya procedencia Alan me había garantizado que era segura. Me recordó notablemente a una tableta que había visto en Estambul y eso me molestó. Cuanto más ahondaba, más dudaba de que la máscara hubiera regresado alguna vez al Museo de Irak desde Estambul.
—¿Podrías confirmar si alguna vez se informó del robo de la tableta o de la máscara?
Pedro movió la cabeza.
—Pero es evidente que alguien sabía que yo había mostrado interés en esa pieza. Alguien que estaba al tanto de los robos. Y ese alguien iba en serio.
—¿Qué quieres decir? —inquirió conmocionada.
—Desde entonces a Candela no se la ha visto... sospecho que está muerta —observó la galería como si temiera que pudieran oírlos—. Podemos discutir más sobre el tema esta noche... una vez hayan terminado las festividades.
—No —quería llegar al fondo de esa revelación perturbadora—. Esto es demasiado importante para demorarlo. Vayamos a mi despacho.
Una vez allí, Pedro cerró la puerta a su espalda.Paula fue hacia la ventana que daba al patio lleno de gente y al final se volvió hacia él con el rostro lleno de confusión. Él comenzó a hablar.
—Desde que mencionaste que te dieron mi anillo, eso no ha parado de dar vueltas en mi cabeza. Fue muy oportuno el modo en que apareció como una prueba cuando tú te negaste a aceptar cualquier otra explicación —entrecerró los ojos—. Me secuestraron hace casi cuatro años. Pero el anillo me lo arrancaron del dedo en agosto pasado.
Ella sintió que se le ponía la piel de gallina.
—Eso significaría... —su voz se apagó.
—Que todo el tiempo alguien que podía poner ese anillo en tus manos sabía lo que de verdad me había sucedido. Ciertamente, alguien sabía que Akam me tenía prisionero... lo que bastó para ponerlo a este extremadamente nervioso. Por eso me mantuvo con vida en vez de matarme, tal como le habían ordenado.
—Lo que sugieres es imposible —afirmó Paula espantada.
—Diabólico, sí. ¿Imposible? No estoy tan seguro —se encogió de hombros—. Pero espero que tengas razón.
—¡Papá! —su padre jamás juraba en presencia de mujeres.
Retrocedió un paso con la carpeta pegada al pecho.Donald Tomlinson se puso de pie.
—No te alejes de mí de esa manera. Tú no lo crees, ¿Verdad?
—Yo... no lo sé —tartamudeó.—¿No estás segura? ¿Le creerías a él antes que a mí?
Aguijoneada por el dolor, cruzó los brazos sobre su vientre.
—Ya no sé qué ni a quién creer. Oh, papá, estoy tan confusa.
Cuando él abrió los brazos, Paula titubeó.
—Le crees a él.
—Convénceme de que es mentira —suplicó.
—¿Convencerte? Soy tu padre. ¿Dónde está tu lealtad? ¿Quién te crió? ¿Quién fue padre y madre para tí después de que esa zorra nos dejara por otro hombre y sus hijos?
Eres Mía: Capítulo 37
Pedro se detuvo.
—¿De dónde ha salido?
—De la misma colección que el jarrón que hay en la parte de atrás del museo. Yo la llamo la Máscara de la dama del templo. Sospecho que debía de estar en uno de los templos de Inanna.
—¿El viejo amigo de tu padre se la vendió al museo?
El tono en la voz de Pedro hizo que Paula lo mirara fijamente.
—Así es —respondió con normalidad.
—A veces he pensado que todas las antigüedades deberían permanecer en sus países de origen.
—Con ese razonamiento, los Mármoles de Elgin deberían volver a Atenas.
—Quizá sí —se encogió de hombros.
—¡Pedro!
—No es ninguna herejía —defendió su postura—. Los griegos llevan una eternidad tratando de que se los devuelvan... igual que los egipcios han tratado de recuperar la piedra roseta. Los objetos pertenecen a sus propios países y sus propias culturas.
—Pero hay ocasiones en que necesitamos proteger tesoros de otras culturas... tesoros que son importantes para toda la humanidad.
—Proteger... no robar —musitó Pedro.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¿No lo sabes? —enarcó una ceja.
—Deja de hablar en acertijos.
La observó largo rato.
—O te has convertido en una mentirosa consumada, cosa que no creo, o sigues siendo demasiado ingenua como para darte libertad por tu propio bien.
—He crecido.
Eso hizo que Pedro sonriera.
—No crezcas demasiado. La ingenua de los ojos muy abiertos es parte de tu encanto.
Paula no supo si sentirse divertida u ofendida.
—¿Qué consideras que mi ingenuidad no es capaz de entender?
—¿No te resulta curioso que un coleccionista tenga tantas piezas de primera categoría indocumentadas?
—Están bien documentadas y su procedencia se puede rastrear hasta antes de 1970. ¿Desde cuándo una antigüedad legítimamente comprada se ha convertido en robo, Pedro? ¿Y dónde te deja eso a tí? Dedicaste una década a amasar una considerable fortuna comerciando con antigüedades. ¿Llamarías robo a todas esas transacciones?
—Trabajé muy exhaustivamente para asegurar que jamás comerciara con objetos robados y artículos del mercado negro. Tú en particular deberías saberlo. Sí, hacía que fuera difícil encontrar mercancía legítima, pero, como te dije hace tantos años cuando compré esa tableta... —con el pulgar indicó la dirección de un expositor— era importante para mí.
—¿Qué quieres dar a entender?
—Hace diez años, cuando estaba en una misión de reconocimiento con las Fuerzas Especiales, asistí en Estambul a una exposición de objetos nunca antes expuestos. Ya conocía a Candela... ella me consiguió una invitación. Algunos de los artículos los había enviado el Museo de Irak. Había una máscara de mármol realmente única, como nunca antes o después he vuelto a ver... Sin embargo, ahora encuentro aquí una gemela idéntica de esa pieza.
Paula comprendió que hablaba de su Dama del templo.
—Eso es imposible —pero el corazón comenzó a martillearle en el pecho—. Según la documentación, la máscara lleva más de cincuenta años en los Estados Unidos.
Pero Pedro no mentía. Su reputación se cimentaba en el conocimiento y la integridad. Y sugerir que la pieza era una gemela sería ridículo... En particular dada la situación similar del jarrón que se parecía al Jarrón de Inanna.
—¿De dónde ha salido?
—De la misma colección que el jarrón que hay en la parte de atrás del museo. Yo la llamo la Máscara de la dama del templo. Sospecho que debía de estar en uno de los templos de Inanna.
—¿El viejo amigo de tu padre se la vendió al museo?
El tono en la voz de Pedro hizo que Paula lo mirara fijamente.
—Así es —respondió con normalidad.
—A veces he pensado que todas las antigüedades deberían permanecer en sus países de origen.
—Con ese razonamiento, los Mármoles de Elgin deberían volver a Atenas.
—Quizá sí —se encogió de hombros.
—¡Pedro!
—No es ninguna herejía —defendió su postura—. Los griegos llevan una eternidad tratando de que se los devuelvan... igual que los egipcios han tratado de recuperar la piedra roseta. Los objetos pertenecen a sus propios países y sus propias culturas.
—Pero hay ocasiones en que necesitamos proteger tesoros de otras culturas... tesoros que son importantes para toda la humanidad.
—Proteger... no robar —musitó Pedro.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¿No lo sabes? —enarcó una ceja.
—Deja de hablar en acertijos.
La observó largo rato.
—O te has convertido en una mentirosa consumada, cosa que no creo, o sigues siendo demasiado ingenua como para darte libertad por tu propio bien.
—He crecido.
Eso hizo que Pedro sonriera.
—No crezcas demasiado. La ingenua de los ojos muy abiertos es parte de tu encanto.
Paula no supo si sentirse divertida u ofendida.
—¿Qué consideras que mi ingenuidad no es capaz de entender?
—¿No te resulta curioso que un coleccionista tenga tantas piezas de primera categoría indocumentadas?
—Están bien documentadas y su procedencia se puede rastrear hasta antes de 1970. ¿Desde cuándo una antigüedad legítimamente comprada se ha convertido en robo, Pedro? ¿Y dónde te deja eso a tí? Dedicaste una década a amasar una considerable fortuna comerciando con antigüedades. ¿Llamarías robo a todas esas transacciones?
—Trabajé muy exhaustivamente para asegurar que jamás comerciara con objetos robados y artículos del mercado negro. Tú en particular deberías saberlo. Sí, hacía que fuera difícil encontrar mercancía legítima, pero, como te dije hace tantos años cuando compré esa tableta... —con el pulgar indicó la dirección de un expositor— era importante para mí.
—¿Qué quieres dar a entender?
—Hace diez años, cuando estaba en una misión de reconocimiento con las Fuerzas Especiales, asistí en Estambul a una exposición de objetos nunca antes expuestos. Ya conocía a Candela... ella me consiguió una invitación. Algunos de los artículos los había enviado el Museo de Irak. Había una máscara de mármol realmente única, como nunca antes o después he vuelto a ver... Sin embargo, ahora encuentro aquí una gemela idéntica de esa pieza.
Paula comprendió que hablaba de su Dama del templo.
—Eso es imposible —pero el corazón comenzó a martillearle en el pecho—. Según la documentación, la máscara lleva más de cincuenta años en los Estados Unidos.
Pero Pedro no mentía. Su reputación se cimentaba en el conocimiento y la integridad. Y sugerir que la pieza era una gemela sería ridículo... En particular dada la situación similar del jarrón que se parecía al Jarrón de Inanna.
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