jueves, 22 de febrero de 2018

Desafío: Sinopsis

¡De señorita correcta y formal… a novia de un donjuán!
Paula Chaves ha decidido dejar su pasado atrás. Pero un hombre parece empeñado en derrumbar sus defensas. Aimi tiene que resistirse. Debe hacerlo por el bien de su reputación.
Pedro Alfonso, rico hombre de negocios, sabe que, bajo su apariencia remilgada, Paula es una mujer apasionada. Mientras se rinde a él, Pedro va descubriendo los oscuros secretos que la volvieron tan desafiante…

martes, 20 de febrero de 2018

Eres Mía: Capítulo 42

—¿Que me amas? —tanteó.

—¿No es obvio? —le apretó la mano.

—De acuerdo, tal vez he sido espesa —reconoció ella—. ¿Me perdonas?

—Claro  que  te perdono si  buscas  ser  perdonada.  Oh,  y  no olvides  que  creí  en  nuestro bebé sin solicitar pruebas científicas —esbozó una leve sonrisa.

Paula también sonrió.

—Decididamente eso  fue un acto de  amor  —Pedro siempre  había  requerido  pruebas  científicas  para creer en  algo—.  Debí  darme cuenta  —entonces  su  cuerpo  se  sacudió— ¡Ay!

—¿Estás bien? —de inmediato se puso de pie.

—Sí, y también el bebé —le tomó la mano y la apoyó sobre su vientre—. El bebé se movió. Siéntelo.

—Eh,  aún no  es tu momento  —reprendió  Pedro—.  Deja  de  patalear  y  dale  un  respiro a tu madre... necesita descansar.

Y a Paula empezaron a cerrársele los ojos.Cuando despertó, Pedro se hallaba dormido en el sillón junto a la cama.

—¿Cómo te encuentras, cariño?

—Lista para irme a casa —le sonrió.

—El médico vino antes y te van a dar el alta. Tu tensión ha vuelto a la normalidad. Todo parece bien... igual que el bebé —añadió.

—Entonces, ¿Por qué sigues con cara de preocupación?

—No tiene nada que ver con el bebé, pero en las últimas horas han pasado muchas cosas.

—¿Mi padre? —Pedro asintió—. Cuéntame... necesito saberlo.

—Anoche  Fernando se  entregó  al  FBI.  Tenía  la  idea  descabellada  de  que  podrían  concederle  inmunidad  si  delataba  a  tu  padre.  Cuando  las  autoridades  llegaron  a  su  ático, se había ido.

—Bromeas —susurró Paula, cubriéndose la boca con la mano.

—No.  Al  parecer, la  casa  parecía  haber  sido  registrada  de arriba  abajo.  Faltaban  piezas... pequeñas pero muy valiosas, según lo que Fernando le contó a los federales... y los lienzos  habían  sido  sacados  de  los  marcos.   La  caja   fuerte  estaba   abierta   y   no   encontraron  por  ninguna  parte  el  pasaporte de  tu  padre.  Ha  escapado.  Después  de  verlo anoche,  él  sabía  que  irías  a  la  policía.  Finalmente  se  le  agotó  el  tiempo.  Probablemente empezó  a  idear   un   plan   de  escape   desde   el   momento   en   que   regresaste a casa.

Pedro continuó.

—Eso no es todo. Fernando le contó a las autoridades que tu padre organizó la muerte de un taxista de Bagdad y de la pobre Anita y luego hizo que quemaran los cuerpos en mi  coche  de alquiler  para  escenificar  mi  muerte.  De  modo  que  los  cargos  van  aumentando.  Desde  luego,  el  FBI  cree  que  Fernando desempeñó  un  papel  mucho  más  activo que él que él reconoce.

—No puedo  creerlo  —Paula movió  la  cabeza—.  Mi  mejor  amigo  y  mi  padre.  ¿Cómo  voy a poder volver a confiar en mi propia capacidad de juicio?

—Te casaste conmigo —señaló Pedro—. Ahí no te equivocaste.

—Tú eres diferente... tienes integridad. Hasta mi padre lo reconoció.

Pedro se sentó en el borde de la cama.

—Reconozco  que  siento  cierta  ambivalencia.  Tu  padre  es  lo  bastante  inteligente  como para ir a un país que no tenga tratado de extradición con los Estados Unidos. Y así  como  creo  que  debería  ser  encarcelado  por  lo  que  me  hizo  y  por  el  saqueo  de  inestimables piezas de museo, no puedo olvidar que siempre será tu padre.

Paula le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.

—Gracias.

Él inclinó la cabeza para besarla.

Una  semana  más  tarde,  Paula se  detuvo  en  el  umbral  de  su  nuevo  y  más  espacioso  despacho. Había sido nombrada conservadora en funciones del museo después de que Ariel Daley hubiera dimitido. Pedro estaba sentado en el sillón detrás del escritorio.

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte.  Iba  a llevarte  a  cenar  a  Fives  para  celebrarlo,  pero  ya  no  quedaban  mesas  libres  —empujó  el  sillón  y  se  incorporó,  poniéndose  la  chaqueta—.  ¿Tienes  hambre?

—Me  muero de hambre  —reconoció—.   Después de todo, somos dos para alimentar.

—Entonces, vayamos a buscar algo para que coman los dos —la tomó de la mano.

Se  decantaron  por  unos  perritos  calientes  en  un  puesto  en  una  esquina  cerca  de  Central Park.

—Demos un paseo por el parque —dijo Pedro.

Comieron mientras caminaban y al terminar se tomaron de la mano.No les sorprendió terminar en el roble donde Pedro se había declarado.

—Te amo, Pau. ¿Quieres casarte conmigo?

Con el corazón derretido, lo miró fijamente.

—Ya estamos casados.

—Pensé que tal vez podríamos renovar nuestros votos. ¿Qué dices?

—Sí —respondió sin titubear.

Pedro buscó en el bolsillo de la chaqueta antes de inclinarse para besarla. Luego se irguió.

—Dame tu mano.

Le  había  comprado  otro  anillo.  El metal  se  deslizó  por  su  dedo,  encajando  a  la  perfección. Bajó la vista y se quedó de piedra.Tres alianzas entrelazadas de oro brillaban en su dedo.

—¡Pedro!

—Fui a comprobarlo con la seguridad del museo...—... ellos no lo tenían. Lo sé porque fue el primer lugar al que me dirigí. ¿Dónde lo encontraste?

—Una  mujer  japonesa  lo entregó  en  la  comisaría  más  próxima  al  museo  —le sonrió—. Menos mal que se me ocurrió preguntarlo.

—Estaré  siempre  en  deuda  con  ella  —se  pasó  una  mano  por  el  estómago—.  Es  de  nuestra familia.

—Nuestra  familia  —convino  él,  apoyando  los  brazos  sobre  los  hombros  de  Paula—. Tú, el bebé y yo.



FIN

Eres Mía: Capítulo 41

Le dió un beso en el cabello a Paula.

—Cariño, sabes que voy a tener que llamar a las autoridades, ¿Verdad?

Ella guardó silencio durante largos segundos. Luego giró la cabeza y pedrosupo que su corazón estaba á punto de romperse.

—Pedro, siento tanto haber dudado  de  tí.  Pensé...  pensé  que  entre  papá  y  tú  solo  era un choque de dos personalidades fuertes. No ví lo que estaba pasando... cuánto te despreciaba.

—Representaba una amenaza para él.

—Es lo que él mismo dijo. ¿Podrás perdonarme algún día?

Sintió los primeros rayos de esperanza. Pero antes de poder contestarle, la cara de ella se desencajó y se llevó la mano al costado.

—Pedro.

El dolor. Ella se dobló sobre su regazo. Metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil.

—¿Leonardo? ¿Samuel se ha ido a casa? —escuchó—. Necesito que traigas el Lincoln a la entrada. Vamos al hospital.

Paula giró la cabeza sobre la almohada cuando Pedro entró. Nunca lo había visto tan pálido.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó él con suavidad.

—Mucho  mejor  ahora  que  sé  que  el  dolor agudo  en  mis  costados  se  debía  a  un  ligamento en vez de a algo más grave. Y el bebé también está bien.

—Pero necesitas descansar. Tu tensión arterial es más alta que lo que debería, por eso te ingresaron. Aunque el equipo médico me ha informado de que ya ha empezado a mejorar —acercó una silla, se dejó caer a su lado y se cubrió la cara con las manos.

Paula le tocó la mejilla y de inmediato la tensión de sus facciones se suavizó. Eso hizo que ella pensara en lo que más le exacerbaba la tensión en ese momento.

—¿Sabes algo de mi padre? —preguntó con cierta vacilación.

—Paula... —apoyó  la  mano sobre  la  de  ella—.  El  FBI  va a  arrestarlo  —ella  cerró  los  ojos.  Cuando  los  abrió,  él  la  miraba  con  intensidad—.  Voy  a  estar a  tu lado...  pase  lo  que pase. No lo olvides.

Lo  que  decía  Pedro tenía  sentido.  Sus  prioridades  eran  el bebé  y  su  marido.  Su  padre  había tomado  unas  decisiones  con  cuyas  consecuencias  tendría  que  cargar  por  el daño que le había hecho a Pedro.

—Siempre estaré agradecida por  la  fortaleza  que  tuviste  para  volver  a casa conmigo.

—Hay que agradecérselo al amor —indicó él.

Paula se quedó boquiabierta.

—¿A-amor? —tartamudeó.

—¡Oh, Pau! —no pudo contener una risita—. Quizá no se me den bien las palabras, pero ya  te he dicho  que  siempre  has  sido  únicamente  tú.  ¿Qué  más necesitas que te diga?

Eres Mía: Capítulo 40

Miguel Chaves se alejó y se detuvo ante un pedestal con un bronce antiguo. Paula ni siquiera quiso pensar en la procedencia que también podía tener esa pieza.

—En  cuanto  conocí  a ese hombre supe que llegaría este  día  —tocó  el  bronce—.  Y  cuando tu marido regresó, intenté ganar tiempo. Traté de convencer a Ariel  de que no exhibiera  la  pieza...  le  dije  que  deberíamos  esperar  hasta  que  el  museo  pudiera  exponer todos los artículos juntos. Pero no quiso... y yo no pude revelarle la razón.

—¿O  sea  que  Ariel no  formó  parte  de  la  trama? 

—Ariel  autorizaba  todas  las  adquisiciones y comprobaba la procedencia de cada artículo.

—Creo que  tenía  sospechas.  Nunca  hizo  muchas  preguntas...  siempre  y  cuando  se  aportara  un  vestigio   legal  de  procedencia.   El   suficiente  para  cubrir   su   trasero   burócrata.

—Yo jamás sospeché nada.

—Eres  mi  hija.  Desde  luego,  nunca  quise  enredarte  en  el  lado  más  oscuro  de  mi  vida.

—Pero estabas dispuesto a dejar que me casara con Fernando, sabiendo que él lo intuía todo.

Su padre le dedicó una sonrisa triste.

—Pensábamos parar estando en la cima. Cuatro años atrás nos acercábamos a ese punto. Si Pedro no hubiera empezado a hacer preguntas o hubiera ido a Irak en busca de las respuestas, las cosas habrían podido ser distintas. La máscara iba a ser nuestra jubilación.

—No culpes a Pedro. Y no funcionó de esa manera... Fernando está en la bancarrota.

—En  los  últimos  años  ha  desarrollado  un  problema  con  el  juego.  De  modo  que  en  Pedro elegiste al mejor hombre, después de todo —reconoció su padre con un suspiro.

—Lo que no entiendes es que lo amo. Para mí solo existe Pedro. No Fernando. Ni nadie más. Nunca.

—Ese hombre frío  te  ama.  Deberías  recordarle  que  soy  tu  padre...  que  si  me  denuncia quedarás destrozada.

—No  me  pidas  eso —suplicó—.  Ni  siquiera  por  mí  —supo  que  había  llegado  el  momento de crecer.

Ya no era la niña de papá y no haría eso por él.Su padre la abrazó con fuerza.

—Sin  importar  cómo  termine  esto,  nunca  olvides  que  te  quiero.  Eres  la  mejor  hija  que podría tener un hombre.

Un  vistazo  a  la  expresión  de  Paula hizo  que  contuviera  las  preguntas  que  quería  hacerle,  la  tomara  en  brazos  y  la  condujera  al  despacho.  Se  sentó,  la  acomodó  en  su  regazo y observó los ojos pesarosos.

—¿Qué ha pasado?

—Otra vez tenías razón... —enterró la cara en la pechera de su camisa.

—Preferiría  equivocarme  todas  las  veces  si  tener  razón  te  deja  así  —no  soportaba  ver tanto dolor.

—¡Oh, Pedro! —tembló en sus brazos—. Fui a ver a mi padre.

De haber sabido que iría a enfrentarse a su padre, habría movido cielo y tierra para estar a su lado. Pensó que nadie tendría  que enfrentarse  a   lo que él  se  enfrentaba  en   ese   momento. Hacer lo correcto podía costarle su felicidad. Su esposa. Su bebé. Su familia. Todo por lo que había luchado los últimos cuatro años.También podía guardar silencio... y dejar que Miguel se fuera libre.Sin embargo, sabía que no podía ser el hombre que consideraba que era si permitía que Miguel , y Fernando, siguieran impunes.

Eres Mía: Capítulo 39

Se quedó de piedra. Nunca había visto ese lado amargado y venenoso de su padre.

—Siempre has tenido mi inquebrantable lealtad —hasta ese momento—. Fernando me contó  que  tú sabías que  la única  razón  por  la  que quería  casarse conmigo  era  porque  estaba en la ruina.

—¡No es verdad! Fernando siempre ha querido casarse contigo... habría sido el marido perfecto si ese otro canalla no hubiera interferido.

—Yo me enamoré de Pedro.

—¡Amor!

—Al menos a Pedro no hubo que sobornarlo para que se casara conmigo —ante la expresión atónita de  su padre,  continuó implacable—:  Sí,  Fernando me  contó  que  le  ofreciste un estímulo.

—Es lo que deberías haber hecho en todo momento... todo habría encajado.

Se mostró asombrada.

—¿Por eso intentaste matar a Pedro? ¿Para que yo quedara libre para casarme con Fernando? —sintió  náuseas.  Comenzó  a dars  la  vuelta—.  Debería  irme  a  casa  —la  voz  baja de su padre la detuvo.

—No lo entiendes, Paula. Iba a destruirme... junto con todo lo que había levantado.

—¿A qué te refieres? —giró en redondo.

—Lo supe nada más presentármelo. Pedro es más agudo que un cuchillo... ve cosas que  la  mayoría de la  gente  no  nota.  Es  un  canalla frío  e  inteligente.  Ese  cerebro  analítico  que  tiene  enlaza  información  y  escupe  la  respuesta.  Había  vivido  en  Irak  y  Afganistán. Entendía el comercio de antigüedades de Oriente Medio... a los jugadores, el mercado negro, el mercado legítimo. Y encima, tenía ese don peculiar de reconocer un fraude a simple vista... y su capacidad de recordar información sobre las piezas más oscuras era formidable. Supe que solo sería cuestión de tiempo.

La confusión de Paula se convirtió en certeza... y amarga decepción.

—Estás  involucrado  en  la  compra  de  piezas  robadas.  Te defendí  —comentó  con  tristeza—. Le dije a Pedro que tú jamás participarías en algo así —qué ciega había sido su lealtad—. No te conozco para nada, ¿Verdad?

Le  debía  una  disculpa  a  Pedro.  Él  tenía  razón.  Era  demasiado  ingenua  para  dejarla  obrar por su cuenta. Su padre abrió los brazos.

—Intenté evitarte la noticia de su muerte, querida. Si hubieras creído que tu marido te había abandonado por otra mujer y te hubieras divorciado, habría sido... más fácil.

—Pero  yo  jamás  me  creí  eso.   Lo que  significó  que  debías  procurarte  otro   escenario...  y  ahí  es  donde  intervienen  tus  «investigadores»  y  la  muerte  de  Pedro en  un accidente de coche en el desierto con una amante inexistente. El problema fue que los hombres que contrataste para matarlo solo lo secuestraron... y lo mantuvieron vivo como seguro. Así que arreglaste una condena de muerte sobre los secuestradores... y su víctima. De haber tenido éxito, jamás me habría enterado de que habías intentado ejecutar a mi marido.

—Una vez iniciado el proceso, creció como una bola de nieve.

Había sido tan ingenua. Tuvo ganas de llorar. Pero con eso no lograría nada.

—Papá... Pedro ha visto la Dama del templo y sabe cuál es su procedencia original. No me cabe duda de que irá al FBI.

Eres Mía: Capítulo 38

—¿Afirmas  que  adquirimos  un   artículo  robado?   ¿Que  las  piezas  nunca  se   compraron al amigo de mi padre? Es una acusación muy seria.

—Hace  cuatro  años,  Candela y  yo  le  solicitamos  al  Museo  de  Irak  permiso  para  fotografiar esa máscara... y cierto número de piezas de la misma colección. Mi petición fue rechazada con cierta brusquedad —enarcó una ceja—. ¿Coincidencia? No lo creo.

—Hace cuatro años. Pero eso... abrió los ojos.

Él asintió.

—Mi  curiosidad  se  despertó.  Empecé  a  hacer  preguntas.  Ya  había  contratado  a  Candela para  que  realizara  algunas  investigaciones  para  mí...  acerca  de  una  pequeña  tableta que había visto en este museo, y cuya procedencia Alan me había garantizado que era segura. Me recordó notablemente a una tableta que había visto en Estambul y eso  me  molestó.  Cuanto más ahondaba,  más  dudaba  de  que  la  máscara  hubiera  regresado alguna vez al Museo de Irak desde Estambul.

—¿Podrías  confirmar  si  alguna  vez  se  informó  del  robo  de  la  tableta  o  de  la  máscara?

Pedro movió la cabeza.

—Pero  es  evidente  que  alguien  sabía  que  yo  había  mostrado  interés  en  esa  pieza.  Alguien que estaba al tanto de los robos. Y ese alguien iba en serio.

—¿Qué quieres decir? —inquirió conmocionada.

—Desde entonces a Candela no se la ha visto... sospecho que está muerta —observó la galería como  si temiera que  pudieran  oírlos—.  Podemos discutir  más  sobre  el  tema  esta noche... una vez hayan terminado las festividades.

—No —quería llegar al fondo de esa revelación perturbadora—. Esto es demasiado importante para demorarlo. Vayamos a mi despacho.

Una vez allí, Pedro cerró la puerta a su espalda.Paula fue hacia la ventana que daba al patio lleno de gente y al final se volvió hacia él con el rostro lleno de confusión. Él comenzó a hablar.

—Desde que mencionaste que te dieron mi anillo, eso no ha parado de dar vueltas en mi cabeza. Fue muy oportuno el modo en que apareció como una prueba cuando tú te   negaste a  aceptar  cualquier otra explicación —entrecerró  los  ojos—.   Me secuestraron hace casi cuatro años. Pero el anillo me lo arrancaron del dedo en agosto pasado.

Ella sintió que se le ponía la piel de gallina.

—Eso significaría... —su voz se apagó.

—Que todo el tiempo alguien que podía poner ese anillo en tus manos sabía lo que de   verdad me había sucedido. Ciertamente, alguien  sabía  que  Akam me  tenía   prisionero...  lo  que  bastó  para  ponerlo  a  este  extremadamente  nervioso.  Por  eso  me  mantuvo con vida en vez de matarme, tal como le habían ordenado.

—Lo que sugieres es imposible —afirmó Paula espantada.

—Diabólico,  sí.  ¿Imposible?  No  estoy  tan  seguro  —se  encogió  de  hombros—.  Pero  espero que tengas razón.

—¡Papá! —su padre jamás juraba en presencia de mujeres.

Retrocedió un paso con la carpeta pegada al pecho.Donald Tomlinson se puso de pie.

—No te alejes de mí de esa manera. Tú no lo crees, ¿Verdad?

—Yo... no lo sé —tartamudeó.—¿No estás segura? ¿Le creerías a él antes que a mí?

Aguijoneada por el dolor, cruzó los brazos sobre su vientre.

—Ya no sé qué ni a quién creer. Oh, papá, estoy tan confusa.

Cuando él abrió los brazos, Paula titubeó.

—Le crees a él.

—Convénceme de que es mentira —suplicó.

—¿Convencerte? Soy tu padre. ¿Dónde está tu lealtad? ¿Quién te crió? ¿Quién fue padre  y  madre  para tí después de que  esa  zorra  nos  dejara  por  otro  hombre  y  sus  hijos?

Eres Mía: Capítulo 37

Pedro se detuvo.

—¿De dónde ha salido?

—De la misma colección que el jarrón que hay en la parte de atrás del museo. Yo la llamo  la  Máscara de la dama  del  templo.  Sospecho  que  debía  de  estar  en  uno  de  los  templos de Inanna.

—¿El viejo amigo de tu padre se la vendió al museo?

El tono en la voz de Pedro hizo que Paula lo mirara fijamente.

—Así es —respondió con normalidad.

—A  veces  he  pensado  que  todas  las  antigüedades  deberían  permanecer  en  sus  países de origen.

—Con ese razonamiento, los Mármoles de Elgin deberían volver a Atenas.

—Quizá sí —se encogió de hombros.

—¡Pedro!

—No  es  ninguna  herejía  —defendió  su  postura—.  Los  griegos  llevan  una  eternidad  tratando de que  se  los  devuelvan...  igual  que  los  egipcios  han  tratado  de  recuperar  la  piedra roseta. Los objetos pertenecen a sus propios países y sus propias culturas.

—Pero  hay  ocasiones  en  que  necesitamos  proteger  tesoros  de  otras  culturas...  tesoros que son importantes para toda la humanidad.

—Proteger... no robar —musitó Pedro.

—¿Qué quieres decir con eso?

—¿No lo sabes? —enarcó una ceja.

—Deja de hablar en acertijos.

La observó largo rato.

—O  te  has  convertido  en  una  mentirosa  consumada,  cosa  que  no  creo,  o  sigues  siendo demasiado ingenua como para darte libertad por tu propio bien.

—He crecido.

Eso hizo que Pedro sonriera.

—No  crezcas  demasiado.  La  ingenua  de  los  ojos  muy  abiertos  es  parte  de  tu  encanto.

Paula no supo si sentirse divertida u ofendida.

—¿Qué consideras que mi ingenuidad no es capaz de entender?

—¿No te resulta curioso  que  un  coleccionista  tenga  tantas  piezas  de  primera  categoría indocumentadas?

—Están  bien  documentadas  y  su  procedencia  se  puede  rastrear  hasta  antes  de  1970.  ¿Desde  cuándo  una  antigüedad  legítimamente  comprada  se  ha  convertido  en  robo,  Pedro?  ¿Y  dónde te deja eso a tí?  Dedicaste  una  década  a  amasar  una  considerable  fortuna  comerciando  con  antigüedades.  ¿Llamarías  robo  a  todas  esas  transacciones?

—Trabajé  muy  exhaustivamente  para  asegurar  que  jamás  comerciara  con  objetos  robados y artículos del mercado negro. Tú en particular deberías saberlo. Sí, hacía que fuera difícil encontrar mercancía legítima, pero, como te dije hace tantos años cuando compré  esa  tableta...  —con  el  pulgar  indicó  la  dirección  de  un  expositor—  era importante para mí.

—¿Qué quieres dar a entender?

—Hace diez años, cuando estaba en una misión de reconocimiento con las Fuerzas Especiales,  asistí  en  Estambul  a  una  exposición  de  objetos  nunca  antes  expuestos.  Ya  conocía  a  Candela...  ella  me  consiguió  una  invitación.  Algunos de los  artículos  los  había  enviado el Museo de Irak. Había una máscara de mármol realmente única, como nunca antes  o  después  he  vuelto  a  ver...  Sin  embargo,  ahora  encuentro  aquí  una  gemela  idéntica de esa pieza.

Paula comprendió que hablaba de su Dama del templo.

—Eso es imposible  —pero  el  corazón  comenzó  a  martillearle  en  el  pecho—.  Según  la documentación, la máscara lleva más de cincuenta años en los Estados Unidos.

Pero  Pedro no  mentía.  Su  reputación  se  cimentaba  en  el  conocimiento  y  la  integridad.  Y  sugerir  que  la  pieza  era  una  gemela  sería  ridículo...  En  particular  dada  la  situación similar del jarrón que se parecía al Jarrón de Inanna.