martes, 20 de febrero de 2018

Eres Mía: Capítulo 37

Pedro se detuvo.

—¿De dónde ha salido?

—De la misma colección que el jarrón que hay en la parte de atrás del museo. Yo la llamo  la  Máscara de la dama  del  templo.  Sospecho  que  debía  de  estar  en  uno  de  los  templos de Inanna.

—¿El viejo amigo de tu padre se la vendió al museo?

El tono en la voz de Pedro hizo que Paula lo mirara fijamente.

—Así es —respondió con normalidad.

—A  veces  he  pensado  que  todas  las  antigüedades  deberían  permanecer  en  sus  países de origen.

—Con ese razonamiento, los Mármoles de Elgin deberían volver a Atenas.

—Quizá sí —se encogió de hombros.

—¡Pedro!

—No  es  ninguna  herejía  —defendió  su  postura—.  Los  griegos  llevan  una  eternidad  tratando de que  se  los  devuelvan...  igual  que  los  egipcios  han  tratado  de  recuperar  la  piedra roseta. Los objetos pertenecen a sus propios países y sus propias culturas.

—Pero  hay  ocasiones  en  que  necesitamos  proteger  tesoros  de  otras  culturas...  tesoros que son importantes para toda la humanidad.

—Proteger... no robar —musitó Pedro.

—¿Qué quieres decir con eso?

—¿No lo sabes? —enarcó una ceja.

—Deja de hablar en acertijos.

La observó largo rato.

—O  te  has  convertido  en  una  mentirosa  consumada,  cosa  que  no  creo,  o  sigues  siendo demasiado ingenua como para darte libertad por tu propio bien.

—He crecido.

Eso hizo que Pedro sonriera.

—No  crezcas  demasiado.  La  ingenua  de  los  ojos  muy  abiertos  es  parte  de  tu  encanto.

Paula no supo si sentirse divertida u ofendida.

—¿Qué consideras que mi ingenuidad no es capaz de entender?

—¿No te resulta curioso  que  un  coleccionista  tenga  tantas  piezas  de  primera  categoría indocumentadas?

—Están  bien  documentadas  y  su  procedencia  se  puede  rastrear  hasta  antes  de  1970.  ¿Desde  cuándo  una  antigüedad  legítimamente  comprada  se  ha  convertido  en  robo,  Pedro?  ¿Y  dónde te deja eso a tí?  Dedicaste  una  década  a  amasar  una  considerable  fortuna  comerciando  con  antigüedades.  ¿Llamarías  robo  a  todas  esas  transacciones?

—Trabajé  muy  exhaustivamente  para  asegurar  que  jamás  comerciara  con  objetos  robados y artículos del mercado negro. Tú en particular deberías saberlo. Sí, hacía que fuera difícil encontrar mercancía legítima, pero, como te dije hace tantos años cuando compré  esa  tableta...  —con  el  pulgar  indicó  la  dirección  de  un  expositor—  era importante para mí.

—¿Qué quieres dar a entender?

—Hace diez años, cuando estaba en una misión de reconocimiento con las Fuerzas Especiales,  asistí  en  Estambul  a  una  exposición  de  objetos  nunca  antes  expuestos.  Ya  conocía  a  Candela...  ella  me  consiguió  una  invitación.  Algunos de los  artículos  los  había  enviado el Museo de Irak. Había una máscara de mármol realmente única, como nunca antes  o  después  he  vuelto  a  ver...  Sin  embargo,  ahora  encuentro  aquí  una  gemela  idéntica de esa pieza.

Paula comprendió que hablaba de su Dama del templo.

—Eso es imposible  —pero  el  corazón  comenzó  a  martillearle  en  el  pecho—.  Según  la documentación, la máscara lleva más de cincuenta años en los Estados Unidos.

Pero  Pedro no  mentía.  Su  reputación  se  cimentaba  en  el  conocimiento  y  la  integridad.  Y  sugerir  que  la  pieza  era  una  gemela  sería  ridículo...  En  particular  dada  la  situación similar del jarrón que se parecía al Jarrón de Inanna.

jueves, 15 de febrero de 2018

Eres Mía: Capítulo 36

—Entonces, ¿Quién te quería muerto?

—Todavía no lo sé  —respondió  con  tono  lóbrego,  aunque  tenía  sus  sospechas—. Pero lo averiguaré.

Paula le había tomado la mano y la sostenía como si no fuera a soltársela jamás.

—Los  investigadores  incluso  tenían  una foto de  los  restos  del  accidente  en  tu  historial... hacía que muriera un poco por dentro cada vez que la miraba.

—Estoy aquí —la consoló.

—¿Fue totalmente falso? ¿O un hombre y una mujer murieron en el desierto?

Eso lo sorprendió.

—¿Un hombre y una mujer?

—Supuestamente, Candela y tú. ¿Has estado en contacto con ella desde tu regreso?

Pedro percibió su tensión mientras esperaba la respuesta.

—No. Quizá es hora de que hable con tus investigadores. ¿Cómo los encontraste?

—Mi padre. Los conocía por Fernando, quien había recurrido a ellos para su negocio de importación-exportación —abrió  mucho los ojos—.   ¿No  creerás que Candela haya   podido...? —la pregunta permaneció inconclusa.

—No lo sé —pero no pudo contener la furia que surgió ante la participación de Hall-Lewis.  Otra  vez—.  Después de que haya hablado  con  esos  investigadores, sospecho  que tendré que ausentarme durante unos días para realizar algunas comprobaciones.

—¿Vas a volver a Bagdad? —en sus ojos había un temor descamado.

—Puede que no haga falta —le besó la parte superior de la cabeza, luego liberó una mano y la apoyó en su estómago—. Tú necesitas velar por júnior. Como mucho, estaré fuera  una  semana...  me  aseguraré  de  regresar  para  el  festival del  museo.  Y  en  esta  ocasión te prometo que el anillo no abandonará mi mano.


El Festival se hallaba en pleno apogeo cuando Paula recibió la llamada de Pedro para comunicarle  que  ya  había  vuelto.  Eran  pasadas  las  doce  y  ella  había  empezado  a  pensar que no lo conseguiría. Su corazón experimentó un inmenso regocijo. Por  toda  la  Quinta  Avenida  reinaba  un  aire  festivo.  Con  la  calle  bloqueada  y  las  orquestas tocando en la calle, a Paula la atmósfera le resultó contagiosa.  De modo que cuando  vió  a  Pedro bajar  de  un  taxi  y  observar la cola  larga  que aún  aguardaba  para  entrar en el museo, se apresuró a ir a su encuentro. Con  su elegante  traje  italiano  y  su  impecable  afeitado,  se lo  veía  atractivo  y  cosmopolita.

—Ya has pasado por casa.

—Para quitarme el polvo del viaje —la alzó en brazos y dió una vuelta con ella antes de  plantarle un beso  en  los  labios—.  Te he echado de menos  —comentó  pasado  un  largo rato.

Cuando la dejó en el suelo, lo estudió.

—¿Estás bien?

Él asintió.

—Estoy listo para hablar. Pero primero quiero ver lo que has hecho en el museo.

Paula se mostró entusiasmada.

—¡Ha sido un día fantástico! —tomándolo de la mano, lo llevó más allá de una fila de  gente  que  esperaba  y  subieron  a  la  primera  planta,  a  la  espaciosa  galería  del  ala  oeste.

Se había formado una multitud.

—Ven, quiero que veas algo.

Lo  condujo  hasta  el  expositor  principal,  y  entonces  se  hizo  visible  la  gloriosa  máscara de mármol que contenía.

Eres Mía: Capítulo 35

—Había  contratado  a Candela como  consultora  para  comprobar  artefactos  que  me  interesaban.

—Le  dije a Fernando...  a  papá...  a  todo el  mundo,  que  era una  colega...  no  tu  amante.  Que debía de estar ayudándote a confirmar que una compra potencial era auténtica y no una falsificación... o comprobando su procedencia.

No había mantenido  a  Candela para  investigar  una  compra,  pero  eso  carecía  de  relevancia en ese momento. Pensó que Paula debía de haber pasado por un infierno... y que en ningún momento había dejado de creer en él. Había sido leal... fiel. Sin embargo, él había dudado de ella nada más regresar. Luego el rompecabezas de su  secuestro  había  ocupado  todos  sus  pensamientos,  al  tiempo  que  hablar  de  sus  siniestras teorías con ella quedaba descartado. En  ese  momento  sintió  una  profunda  incomodidad  en  la  boca  de  su  estómago.  Quizá Paula tenía   razón.   La fe ciega   jamás  había  sido  su  estilo.  Y   debido  a   su  entrenamiento  especial,  con  el  paso  de  los  años  el  escepticismo  y  la  desconfianza  se  habían  convertido  en  una  segunda  naturaleza,  estableciendo  una  fría  distancia  que  le  permitía calcular... y luego actuar con gran eficacia.Su  desconfianza  seguía  viva  y  coleando.  Sopesó  cómo  el  anillo  había  llegado  de  Akam a un prestamista a kilómetros de distancia. Y quién podría haberlo fotografiado con  Candela...  y  con  qué  objetivo...  y  si  alguna  vez  había  habido  un  accidente  en  el  desierto como Paula creía con tanta claridad. O si al final se había vuelto paranoico. Y  por  encima  de  todo,  la  afirmación  de  Akam  de  que  lo  habían  contratado  para  matarlo reverberaba en su cabeza, incrementando su creciente inquietud.

—Entonces,  si  no te capturaron  después  del  accidente,  ¿Qué  sucedió?  —preguntó Paula—. ¿Cómo llegaste a caer prisionero?

—Una  noche me secuestraron  en  las  calles  de  Bagdad  —explicó  sin  emoción  aparente en la voz—, en absoluto cerca del desierto.

—¿Secuestrado en  la  ciudad?  —lo aferró por la  parte  superior  del  brazo—.  Eso  no  suena fortuito... sugiere que eras su blanco.

—Eso parece.

Era  el  acertijo  que  lo  hostigaba  en  la  noche  oscura.  La  pregunta  que  nunca  había  querido  contestar.  Descruzó  los  brazos  y  la  pegó  a  él.  Era  más  fácil  no  mirarla.  Acariciarle la espalda. Sentir su calor.

—Pero  mis  captores  eran  contrabandistas...  no  menos  peligrosos,  aunque  no  los  típicos  sicarios.  Luego  me  enteré  de  que  tenían  orden  de  matarme.  Sin  embargo,  Akam, el  jefe  del  grupo,  es  un  canalla  desconfiado.  Decidió  mantenerme  vivo  como  seguro...  tenía  paranoia  de  que  lo  traicionaran.  Por  algo  de  la  disensión  que  surgió  entonces,  deduje  que  el  pago  se  había  convertido  en  un  problema.  Sospecho  que  Akam  pensó  que  podría  ser  más  rentable  para  él  como  víctima  de  secuestro,  pero  a  medida que pasaba el tiempo, eso demostró ser un arriesgado error de juicio. Se había puesto  un  precio  a  su  propia  cabeza,  de  modo  que  salvar  el  pellejo  y  mantenerse  oculto pasó a ser su prioridad. Al final, como ya te he dicho, fue Akam quien me dejó ir y  quien  arregló  que  me  sacaran  de  Irak...  por  una  buena  cantidad  de  dinero,  desde  luego, y que ya he pagado. Pero bien invertida hasta el último céntimo.

Paula temblaba  en  el  círculo  de  sus  brazos.  Luego  echó  la  cabeza  atrás  y  le  inspeccionó la cara.

Eres Mía: Capítulo 34

La soltó a regañadientes y ella atravesó la habitación; él la siguió escaleras abajo y la vió desaparecer en su despacho. Cuando la alcanzó, la vió detrás de su escritorio, sobre el que reposaba un estuche negro.

—¿Qué es?

—Ábrelo.Alzó la tapa y contuvo el aliento al ver lo que había en el interior.

Su anillo de boda. Los ojos de Paula brillaban.

—Pensé que podrías querer volver a llevarlo.

—Sí.

Ella sacó el anillo del estuche.

—Dame tu mano.

La emoción le provocó un nudo en la garganta al verla deslizárselo en el dedo.

—¡Y no te lo quites jamás! —añadió Paula.

—No  por voluntad propia  —la  última vez se lo habían  arrebatado, después de golpearlo duramente ante la resistencia que opuso.

Algo le dió vueltas en la cabeza. Cruzó los brazos y preguntó con cautela:

—¿Quién lo devolvió?

—Lo  entregaron el año pasado  a  cambio  de  una  recompensa.  Un  prestamista  que  vivía en un poblado del desierto no lejos de Bagdad, cerca del lugar del accidente que supuestamente  te  había  costado  la  vida.  Debió de  tenerlo años.  Tuve suerte de que  nunca lo vendiera.

Se centró en el detalle que más le interesaba.

—¿El lugar del accidente?

—Con el todoterreno que alquilaste.

—Paula, jamás tuve un accidente con un vehículo alquilado.

Recordó el secuestro llevado  a  cabo  por  cuatro  pistoleros  en  las  calles  de  Bagdad,  en  ninguna  parte  cerca  del  desierto.  La  oscuridad  del  vacío  que  estaba  mirando  se  amplió.

—Pero el investigador que contraté informó de que habías alquilado un vehículo en Kuwait para entrar en Bagdad —protestó ella, acercándose con cara desconcertada.

—Sí  alquilé  un  vehículo —dijo  él  con paciencia—,  pero desde luego nunca  choqué  con él.

—Pero... No lo entiendo.

Él tampoco. Aún. Y aunque era evidente que la conversación la estaba perturbando, necesitaba detalles de los acontecimientos que habían devastado sus vidas. Cambió de enfoque.

—¿No  se  te  ocurrió  pensar  que  quizá  en  aquel  momento  no  había  estado  en el vehículo?

—¡Por  supuesto!  Pedí  pruebas.  Se me dijo  que tus  restos  calcinados  habían  sido  enterrados en una fosa  común.  Que no se  podía  localizar  lo  que  quedaba  de  tí  para  fletarlo a casa.

—Esa información fue claramente errónea.

Ella respiraba entrecortadamente, su angustia palpable. Con dedos trémulos le tocó el antebrazo.

—Eso lo sé...  ahora.  No te habría  hecho  declarar  muerto  solo  en  base  a  eso...  al  principio me negué a aceptar que lo estuvieras. Pero el anillo lo cambió todo. Supe que debías estar muerto.

El dolor en los ojos de ella le hizo daño.

—¿No pensaste que podría haberme deshecho de él para conseguir dinero?

Ella movió la cabeza con férrea determinación.

—Nunca.   Todo el  mundo  intentó  decirme que  habías abandonado nuestro   matrimonio...  y  yo me  negué  a  creerlo.  Incluso  cuando  me  mostraron  fotos  de  tí  con  Candela en una cafetería en Atenas y me informaron de que también te habían visto con ella en Bagdad, confiaba en tí.

Eres Mía: Capítulo 33

—Sospecho que sí te ama. Mi regreso, haciendo que volviera a perderte, se lo habrá hecho descubrir.

Pero Paula lo negaba con un movimiento de cabeza.

—Nunca  fui  suya  para  que  pudiera  perderme.  No,  solo  intentaba  endulzar  una  propuesta  mercenaria.  Si  se  casaba  conmigo,  mi  padre  habría  saldado  todas  sus  deudas.

Se  la veía  tan  angustiada  que,  sin  importarle  la  atención  que  pudiera  atraer  sobre  ellos, fue a ponerse en cuclillas junto a su silla y la abrazó. Ella lo rodeó con los brazos.

—Nunca en esta vida permitiré que eso suceda.

Esa era su  mujer y  llevaba  dentro a  su  hijo.  La  oleada  de  posesión  primitiva  lo  desconcertó.   Lamentaba  no haber hecho papilla  a  Hall-Lewis   cuando tuvo  la   oportunidad. Había herido a Paula.

—Fernando es un idiota —musitó.

Paula se apoyó en él.

—Siento como si me hubiera equivocado por completo en mi evaluación de él. Era mi amigo... mi mejor amigo.

—Estoy seguro de que aún se considera tu amigo.

—Entonces, ¿Cómo puede hacerme esto?

—Fernando  siempre se querrá más a sí mismo. Piensa en él como un imbécil superficial —le  dio  un  beso  en  la  mejilla—.  El  dinero  lleva  a  los  hombres  a  hacer  las  cosas  más  estúpidas...

Ella se secó las lágrimas y luego rio. Ladeó la cabeza.

—Pero no a tí —lo expresó con convicción.

Pedro movió  la  cabeza,  le  apartó  un mechón  de  la  cara  y  se  sintió  aliviado  de  ver  que la expresión de angustia había desaparecido.

—Hace  mucho  aprendí  que  en  la vida  hay  cosas  más  importantes  que  el  dinero  —los  últimos  cuatro  años  solo  habían servido  para  reafirmar  esa  creencia.  La  salud,  la  cordura, el amor... nada de eso podía comprarse.

—Gracias por no decir ya te lo dije —murmuró Paula.

—Solo lamento no haber podido ahorrarte la experiencia de que Fernando te hiriera.

—Lo superaré. Al menos te tengo a tí... así que hay un lugar en mi corazón que está intacto.  Ahora me duele el orgullo  y  me siento estúpida.  ¿Por  qué  siempre confío  en  las personas equivocadas?

Suspirando, ella se irguió y Pedro se puso de pie.También él había traicionado su confianza. No  era agradable aceptarlo.  No deseaba  figurar  en  una  lista  con  las  personas  que  la habían decepcionado.Volvió a su silla y preguntó:

—¿Te apetece tomar algo de postre? —ella movió la cabeza—. ¿Café?

—Cancela el café —lo miró largamente—. La cena estuvo deliciosa, pero ahora me gustaría ir a casa.

Casa.Coincidieron en eso. No había otro sitio donde Pedro deseara estar.

Habían pasado casi tres semanas desde su regreso a casa, y cada vez que volvía de la nueva oficina que había montado, seguía lleno de expectación al ver a Paula. Esa noche,  después  de  reunirse  con  un  oscuro  exagente  de  las  fuerzas  especiales,  llegaba más tarde que de costumbre. Leonardo ya se había marchado. Paula  no se hallaba en la terraza ni acurrucada en el chesterfield del estudio.  Subió los escalones de dos en dos. La encontró en la habitación del bebé junto a la cuna que habían comprado juntos unos días antes, colocando encima de ella un móvil compuesto de patos amarillos. No lo había oído llegar y se detuvo en la puerta, grabando en la memoria la imagen que ofrecía enfundada en unos vaqueros viejos, una camiseta blanca y descalza. Dadas  las  preguntas  que  había  estado  formulando en  las  últimas  semanas,  se  arriesgaba a liberar a los fantasmas de los monstruos enterrados en lo más hondo de su  inconsciente...  monstruos  que  sospechaba  que  jamás  podría  contener  una  vez  que  hubieran escapado.Pero  necesitaba  respuestas.  Solo  entonces  podría  recobrar  la  paz  y  la  cordura  que  anhelaba y continuar con su vida con Paula. Se  movió  ligeramente  y  ella  giró  la  cabeza.  Al  instante  el  rostro se le  iluminó  con  una sonrisa.

—¡Pedro!

El placer que mostró derritió el frío vacío que anidaba en su interior.Fue hacia ella, la tomó en brazos y le dió un beso en el cuello.Paula enganchó los dedos en la cintura de los pantalones de su traje.

—Tengo algo para tí.

—Solo te necesito a tí.

Paula era  su  sol...  su  amor...  su  todo.  Y  su  mayor  temor  era  que  encontrar  las  respuestas que buscaba únicamente sirviera para herirla más.

jueves, 8 de febrero de 2018

Eres Mía: Capítulo 32

A las cinco encontró a Pedro en la galería larga, examinando su tigre. Vestido con un traje  de Cesare  Antolini,  permanecía  quieto  mientras ella se acercaba  por  detrás,  con  los tacones resonando en el suelo de mármol. Se detuvo a su lado y lo miró.

—Es magnífico, ¿No te parece? —y no solo hablaba del tigre de piedra.

—Una reliquia de otro tiempo —comentó absorto—. Es fiero y espléndido, con una  dignidad real.

—Noble.

—Sí —Pedro guardó silencio ante esa criatura tallada hacía un par de miles de años.

—A  veces  me  pregunto  si  no  sería  más  sencillo  vivir  en  su  mundo  —indicó  Paula—. Sin   otra   preocupación  que  encontrar  agua  y  alimento,   y  una  compañera  para transmitir sus genes a sus cachorros antes de volver a seguir su camino.

—Instintos  directos  —la  miró con  ojos  que  transmitían  masculinidad—.  Sexo,  supervivencia, hambre, sed.

—¡Exacto! —Paula sonrió.

—Matando  solo  por  comida.  Sin  necesidad  de  pensar  en  la  codicia,  las  mentiras  y  los engaños.

Ella se sintió perdida.

—¿A  qué te refieres?  —desde que  antes  viera  a  Fernando,  en  su  estómago  había  flotado   una sensación de  náusea.   Remordimiento.  Culpa por  la  mentira  del  compromiso.

—Nada —él sonrió—. Filosofía hueca.

Y Paula se sintió aliviada. Pedro posó  la  vista  en  el  pequeño  bulto  de  su  bebé  antes  de  volver a mirarla  a  la  cara con expresión inescrutable.

—Siempre supe que eras hermosa... pero ahora resplandeces.

Las palabras  suaves  expulsaron  de  su  mente  los  rescoldos  fríos  de  la  conversación  con Ferando. Se sintió bendecida. Pedro había vuelto. Su bebé crecía. Al fin iban a ser una familia.Pasó el brazo por el de su esposo y tiró de él hacia la salida.

—¿Adónde vamos a ir a cenar?

—Cerca. Fui a lo seguro y reservé una mesa en Fives, en la Quinta Avenida.

—La comida allí siempre es deliciosa.

El  espacioso  salón   de   Fives,   con  sus  mesas  cuidadosamente  distribuidas,   proporcionaba el grado perfecto de intimidad .Sin  embargo,  y  a pesar  de  la  conversación  fluida  entre ellos,  Pedro sabía que  algo  atribulaba a Paula. Después de terminar con el solomillo, le preguntó:

—¿Qué sucede?

—Tenías  razón  —respondió,  dejando  los  cubiertos  en  el  plato—.  Tal  como  dijiste,  Fernando se  encuentra  en  problemas  financieros.  Pensó  que  me divorciaría  de  tí...  y  me  casaría con él.

Los músculos de Pedro experimentaron una tensión eléctrica.

—Eso jamás va a suceder.

—Lo sé —Paula emitió una risa a medias—. Así se lo dije a Fernando.

—¿Cómo reaccionó? —preguntó después de que el camarero retirara los platos.

—Intentó hacerme creer que me amaba.

El  dolor  en  la  voz  de  Paula retorció  las  entrañas de Pedro.  Se  encontraba  ante  un  momento para la verdad.  Costaba  vocalizar  lo  que  habría  preferido  mantener  oculto.  Pero ella se merecía más.

Eres Mía: Capítulo 31

—¡No! —empezó a quitárselo, pero Fernando le cubrió la mano con la suya.

Su mirada era solemne.

—Te compré ese anillo hace semanas... antes de que apareciera tu marido. Quiero que  te  divorcies  de  Pedro.  Quiero  casarme  contigo.  Pau,  te  amo...  siempre  te  he  amado.

Lo  miró  consternada.  Con  disimulo  ella  observó  alrededor  para  comprobar  si  alguien  los  había  oído,  pero  por  suerte  nadie  prestaba  atención  a  la  mesa  que  ocupaban en el rincón.

—Nunca lo imaginé —le dijo.

¿Cómo había estado tan ciega?

—Soñaba con que algún día me mirarías y sabrías que era el único hombre para tí. 

—Oh, Fernando...Qué  insensible  había  sido.

 Todos  esos  años  en  que  lo  había  tratado  como  a  un  hermano, un amigo. Cuánto debía de haber sufrido. Se había enamorado de Pedro... y había  dejado  a  Fernando para  que  le  comunicara  a  su  padre  su  boda  en  Las  Vegas.  Cerró los ojos y respiró hondo. Luego le había dicho a Pedro que iba a casarse con Fernando....Por primera vez, sintió desagrado hacia sí misma. Abrió los ojos y tomó las manos de Fernando.

—Lo siento tanto. Debes considerarme muy egoísta.

—¿Tú no me amas?

Paula movió la cabeza despacio.

—No  del  modo  en  que  mereces  ser  amado.  Ojalá  fuera  distinto  —le  apretó  los  dedos con suavidad antes de soltárselos y quitarse el anillo—. No puedo llevarlo.

La sonrisa valiente que le ofreció Fernando casi le partió el corazón.

—Lo que tenemos podría ser muy bueno... Te conozco de toda la vida.

—Fernando...

—No  te  precipites,  Pau—sus  ojos  revelaron  el  primer  indicio de  la  irritación  que  sentía.  Pero  desapareció  tan  pronto  que  pareció  imaginario—.  Si  estás esperando  a  Pedro, cometes un error.

Paula se dijo que Fernando sufría, que era lógico que atacara a Pedro.

—Él es el padre de mi hijo —repuso al final.

—Es un canalla frío y peligroso.

Por su mente  pasaron  imágenes  del  fin  de semana.  La  gentileza de  Pedro...  su  alegría... sus lágrimas.

—Piensa en todo lo que podríamos compartir. Tu padre estaría encantado... y el mío bailaría en su tumba. La fusión de dos dinastías.

—¿Dinastías? —el  término  ampuloso  la  alertó—.  ¿Es  por dinero?  Por  favor,  dime  que el rumor de tus problemas financieros no es cierto.

—¿Quién te ha hablado de ello?

Al verle la cara supo que Pedro tenía razón.

—¿Por qué no me lo contaste? Podría haberte ayudado con un préstamo para salir de apuros.

—Oh, Paula—sonrió con pesar—solo habría sido la punta del iceberg.

—Le podría haber pedido a mi padre que te respaldara.

—Tu  padre está al  corriente.  Si te casaras  conmigo...  —miró  su  vientre,  que  ya  empezaba  a  manifestarse—  y  criáramos  juntos a  tu  hijo,  estaba  dispuesto  a  saldar  todas mis deudas.

—¿Mi padre te dijo eso?

—Tu padre me aprecia... siempre ha querido que nos casáramos.

La  afirmación sonaba a  cierta.  Pero ofrecerse  a  pagar  las  deudas  de  Fernando para  casarse con ella... Se sintió traicionada. Abrió el bolso y sacó un billete de cincuenta dólares que dejó en la mesa para cubrir lo consumido, luego se puso de pie. Cuando Fernando amagó con hablar, ella movió la cabeza y dijo:

—Adiós, Fernando.