Pedro se detuvo.
—¿De dónde ha salido?
—De la misma colección que el jarrón que hay en la parte de atrás del museo. Yo la llamo la Máscara de la dama del templo. Sospecho que debía de estar en uno de los templos de Inanna.
—¿El viejo amigo de tu padre se la vendió al museo?
El tono en la voz de Pedro hizo que Paula lo mirara fijamente.
—Así es —respondió con normalidad.
—A veces he pensado que todas las antigüedades deberían permanecer en sus países de origen.
—Con ese razonamiento, los Mármoles de Elgin deberían volver a Atenas.
—Quizá sí —se encogió de hombros.
—¡Pedro!
—No es ninguna herejía —defendió su postura—. Los griegos llevan una eternidad tratando de que se los devuelvan... igual que los egipcios han tratado de recuperar la piedra roseta. Los objetos pertenecen a sus propios países y sus propias culturas.
—Pero hay ocasiones en que necesitamos proteger tesoros de otras culturas... tesoros que son importantes para toda la humanidad.
—Proteger... no robar —musitó Pedro.
—¿Qué quieres decir con eso?
—¿No lo sabes? —enarcó una ceja.
—Deja de hablar en acertijos.
La observó largo rato.
—O te has convertido en una mentirosa consumada, cosa que no creo, o sigues siendo demasiado ingenua como para darte libertad por tu propio bien.
—He crecido.
Eso hizo que Pedro sonriera.
—No crezcas demasiado. La ingenua de los ojos muy abiertos es parte de tu encanto.
Paula no supo si sentirse divertida u ofendida.
—¿Qué consideras que mi ingenuidad no es capaz de entender?
—¿No te resulta curioso que un coleccionista tenga tantas piezas de primera categoría indocumentadas?
—Están bien documentadas y su procedencia se puede rastrear hasta antes de 1970. ¿Desde cuándo una antigüedad legítimamente comprada se ha convertido en robo, Pedro? ¿Y dónde te deja eso a tí? Dedicaste una década a amasar una considerable fortuna comerciando con antigüedades. ¿Llamarías robo a todas esas transacciones?
—Trabajé muy exhaustivamente para asegurar que jamás comerciara con objetos robados y artículos del mercado negro. Tú en particular deberías saberlo. Sí, hacía que fuera difícil encontrar mercancía legítima, pero, como te dije hace tantos años cuando compré esa tableta... —con el pulgar indicó la dirección de un expositor— era importante para mí.
—¿Qué quieres dar a entender?
—Hace diez años, cuando estaba en una misión de reconocimiento con las Fuerzas Especiales, asistí en Estambul a una exposición de objetos nunca antes expuestos. Ya conocía a Candela... ella me consiguió una invitación. Algunos de los artículos los había enviado el Museo de Irak. Había una máscara de mármol realmente única, como nunca antes o después he vuelto a ver... Sin embargo, ahora encuentro aquí una gemela idéntica de esa pieza.
Paula comprendió que hablaba de su Dama del templo.
—Eso es imposible —pero el corazón comenzó a martillearle en el pecho—. Según la documentación, la máscara lleva más de cincuenta años en los Estados Unidos.
Pero Pedro no mentía. Su reputación se cimentaba en el conocimiento y la integridad. Y sugerir que la pieza era una gemela sería ridículo... En particular dada la situación similar del jarrón que se parecía al Jarrón de Inanna.
martes, 20 de febrero de 2018
jueves, 15 de febrero de 2018
Eres Mía: Capítulo 36
—Entonces, ¿Quién te quería muerto?
—Todavía no lo sé —respondió con tono lóbrego, aunque tenía sus sospechas—. Pero lo averiguaré.
Paula le había tomado la mano y la sostenía como si no fuera a soltársela jamás.
—Los investigadores incluso tenían una foto de los restos del accidente en tu historial... hacía que muriera un poco por dentro cada vez que la miraba.
—Estoy aquí —la consoló.
—¿Fue totalmente falso? ¿O un hombre y una mujer murieron en el desierto?
Eso lo sorprendió.
—¿Un hombre y una mujer?
—Supuestamente, Candela y tú. ¿Has estado en contacto con ella desde tu regreso?
Pedro percibió su tensión mientras esperaba la respuesta.
—No. Quizá es hora de que hable con tus investigadores. ¿Cómo los encontraste?
—Mi padre. Los conocía por Fernando, quien había recurrido a ellos para su negocio de importación-exportación —abrió mucho los ojos—. ¿No creerás que Candela haya podido...? —la pregunta permaneció inconclusa.
—No lo sé —pero no pudo contener la furia que surgió ante la participación de Hall-Lewis. Otra vez—. Después de que haya hablado con esos investigadores, sospecho que tendré que ausentarme durante unos días para realizar algunas comprobaciones.
—¿Vas a volver a Bagdad? —en sus ojos había un temor descamado.
—Puede que no haga falta —le besó la parte superior de la cabeza, luego liberó una mano y la apoyó en su estómago—. Tú necesitas velar por júnior. Como mucho, estaré fuera una semana... me aseguraré de regresar para el festival del museo. Y en esta ocasión te prometo que el anillo no abandonará mi mano.
El Festival se hallaba en pleno apogeo cuando Paula recibió la llamada de Pedro para comunicarle que ya había vuelto. Eran pasadas las doce y ella había empezado a pensar que no lo conseguiría. Su corazón experimentó un inmenso regocijo. Por toda la Quinta Avenida reinaba un aire festivo. Con la calle bloqueada y las orquestas tocando en la calle, a Paula la atmósfera le resultó contagiosa. De modo que cuando vió a Pedro bajar de un taxi y observar la cola larga que aún aguardaba para entrar en el museo, se apresuró a ir a su encuentro. Con su elegante traje italiano y su impecable afeitado, se lo veía atractivo y cosmopolita.
—Ya has pasado por casa.
—Para quitarme el polvo del viaje —la alzó en brazos y dió una vuelta con ella antes de plantarle un beso en los labios—. Te he echado de menos —comentó pasado un largo rato.
Cuando la dejó en el suelo, lo estudió.
—¿Estás bien?
Él asintió.
—Estoy listo para hablar. Pero primero quiero ver lo que has hecho en el museo.
Paula se mostró entusiasmada.
—¡Ha sido un día fantástico! —tomándolo de la mano, lo llevó más allá de una fila de gente que esperaba y subieron a la primera planta, a la espaciosa galería del ala oeste.
Se había formado una multitud.
—Ven, quiero que veas algo.
Lo condujo hasta el expositor principal, y entonces se hizo visible la gloriosa máscara de mármol que contenía.
—Todavía no lo sé —respondió con tono lóbrego, aunque tenía sus sospechas—. Pero lo averiguaré.
Paula le había tomado la mano y la sostenía como si no fuera a soltársela jamás.
—Los investigadores incluso tenían una foto de los restos del accidente en tu historial... hacía que muriera un poco por dentro cada vez que la miraba.
—Estoy aquí —la consoló.
—¿Fue totalmente falso? ¿O un hombre y una mujer murieron en el desierto?
Eso lo sorprendió.
—¿Un hombre y una mujer?
—Supuestamente, Candela y tú. ¿Has estado en contacto con ella desde tu regreso?
Pedro percibió su tensión mientras esperaba la respuesta.
—No. Quizá es hora de que hable con tus investigadores. ¿Cómo los encontraste?
—Mi padre. Los conocía por Fernando, quien había recurrido a ellos para su negocio de importación-exportación —abrió mucho los ojos—. ¿No creerás que Candela haya podido...? —la pregunta permaneció inconclusa.
—No lo sé —pero no pudo contener la furia que surgió ante la participación de Hall-Lewis. Otra vez—. Después de que haya hablado con esos investigadores, sospecho que tendré que ausentarme durante unos días para realizar algunas comprobaciones.
—¿Vas a volver a Bagdad? —en sus ojos había un temor descamado.
—Puede que no haga falta —le besó la parte superior de la cabeza, luego liberó una mano y la apoyó en su estómago—. Tú necesitas velar por júnior. Como mucho, estaré fuera una semana... me aseguraré de regresar para el festival del museo. Y en esta ocasión te prometo que el anillo no abandonará mi mano.
El Festival se hallaba en pleno apogeo cuando Paula recibió la llamada de Pedro para comunicarle que ya había vuelto. Eran pasadas las doce y ella había empezado a pensar que no lo conseguiría. Su corazón experimentó un inmenso regocijo. Por toda la Quinta Avenida reinaba un aire festivo. Con la calle bloqueada y las orquestas tocando en la calle, a Paula la atmósfera le resultó contagiosa. De modo que cuando vió a Pedro bajar de un taxi y observar la cola larga que aún aguardaba para entrar en el museo, se apresuró a ir a su encuentro. Con su elegante traje italiano y su impecable afeitado, se lo veía atractivo y cosmopolita.
—Ya has pasado por casa.
—Para quitarme el polvo del viaje —la alzó en brazos y dió una vuelta con ella antes de plantarle un beso en los labios—. Te he echado de menos —comentó pasado un largo rato.
Cuando la dejó en el suelo, lo estudió.
—¿Estás bien?
Él asintió.
—Estoy listo para hablar. Pero primero quiero ver lo que has hecho en el museo.
Paula se mostró entusiasmada.
—¡Ha sido un día fantástico! —tomándolo de la mano, lo llevó más allá de una fila de gente que esperaba y subieron a la primera planta, a la espaciosa galería del ala oeste.
Se había formado una multitud.
—Ven, quiero que veas algo.
Lo condujo hasta el expositor principal, y entonces se hizo visible la gloriosa máscara de mármol que contenía.
Eres Mía: Capítulo 35
—Había contratado a Candela como consultora para comprobar artefactos que me interesaban.
—Le dije a Fernando... a papá... a todo el mundo, que era una colega... no tu amante. Que debía de estar ayudándote a confirmar que una compra potencial era auténtica y no una falsificación... o comprobando su procedencia.
No había mantenido a Candela para investigar una compra, pero eso carecía de relevancia en ese momento. Pensó que Paula debía de haber pasado por un infierno... y que en ningún momento había dejado de creer en él. Había sido leal... fiel. Sin embargo, él había dudado de ella nada más regresar. Luego el rompecabezas de su secuestro había ocupado todos sus pensamientos, al tiempo que hablar de sus siniestras teorías con ella quedaba descartado. En ese momento sintió una profunda incomodidad en la boca de su estómago. Quizá Paula tenía razón. La fe ciega jamás había sido su estilo. Y debido a su entrenamiento especial, con el paso de los años el escepticismo y la desconfianza se habían convertido en una segunda naturaleza, estableciendo una fría distancia que le permitía calcular... y luego actuar con gran eficacia.Su desconfianza seguía viva y coleando. Sopesó cómo el anillo había llegado de Akam a un prestamista a kilómetros de distancia. Y quién podría haberlo fotografiado con Candela... y con qué objetivo... y si alguna vez había habido un accidente en el desierto como Paula creía con tanta claridad. O si al final se había vuelto paranoico. Y por encima de todo, la afirmación de Akam de que lo habían contratado para matarlo reverberaba en su cabeza, incrementando su creciente inquietud.
—Entonces, si no te capturaron después del accidente, ¿Qué sucedió? —preguntó Paula—. ¿Cómo llegaste a caer prisionero?
—Una noche me secuestraron en las calles de Bagdad —explicó sin emoción aparente en la voz—, en absoluto cerca del desierto.
—¿Secuestrado en la ciudad? —lo aferró por la parte superior del brazo—. Eso no suena fortuito... sugiere que eras su blanco.
—Eso parece.
Era el acertijo que lo hostigaba en la noche oscura. La pregunta que nunca había querido contestar. Descruzó los brazos y la pegó a él. Era más fácil no mirarla. Acariciarle la espalda. Sentir su calor.
—Pero mis captores eran contrabandistas... no menos peligrosos, aunque no los típicos sicarios. Luego me enteré de que tenían orden de matarme. Sin embargo, Akam, el jefe del grupo, es un canalla desconfiado. Decidió mantenerme vivo como seguro... tenía paranoia de que lo traicionaran. Por algo de la disensión que surgió entonces, deduje que el pago se había convertido en un problema. Sospecho que Akam pensó que podría ser más rentable para él como víctima de secuestro, pero a medida que pasaba el tiempo, eso demostró ser un arriesgado error de juicio. Se había puesto un precio a su propia cabeza, de modo que salvar el pellejo y mantenerse oculto pasó a ser su prioridad. Al final, como ya te he dicho, fue Akam quien me dejó ir y quien arregló que me sacaran de Irak... por una buena cantidad de dinero, desde luego, y que ya he pagado. Pero bien invertida hasta el último céntimo.
Paula temblaba en el círculo de sus brazos. Luego echó la cabeza atrás y le inspeccionó la cara.
—Le dije a Fernando... a papá... a todo el mundo, que era una colega... no tu amante. Que debía de estar ayudándote a confirmar que una compra potencial era auténtica y no una falsificación... o comprobando su procedencia.
No había mantenido a Candela para investigar una compra, pero eso carecía de relevancia en ese momento. Pensó que Paula debía de haber pasado por un infierno... y que en ningún momento había dejado de creer en él. Había sido leal... fiel. Sin embargo, él había dudado de ella nada más regresar. Luego el rompecabezas de su secuestro había ocupado todos sus pensamientos, al tiempo que hablar de sus siniestras teorías con ella quedaba descartado. En ese momento sintió una profunda incomodidad en la boca de su estómago. Quizá Paula tenía razón. La fe ciega jamás había sido su estilo. Y debido a su entrenamiento especial, con el paso de los años el escepticismo y la desconfianza se habían convertido en una segunda naturaleza, estableciendo una fría distancia que le permitía calcular... y luego actuar con gran eficacia.Su desconfianza seguía viva y coleando. Sopesó cómo el anillo había llegado de Akam a un prestamista a kilómetros de distancia. Y quién podría haberlo fotografiado con Candela... y con qué objetivo... y si alguna vez había habido un accidente en el desierto como Paula creía con tanta claridad. O si al final se había vuelto paranoico. Y por encima de todo, la afirmación de Akam de que lo habían contratado para matarlo reverberaba en su cabeza, incrementando su creciente inquietud.
—Entonces, si no te capturaron después del accidente, ¿Qué sucedió? —preguntó Paula—. ¿Cómo llegaste a caer prisionero?
—Una noche me secuestraron en las calles de Bagdad —explicó sin emoción aparente en la voz—, en absoluto cerca del desierto.
—¿Secuestrado en la ciudad? —lo aferró por la parte superior del brazo—. Eso no suena fortuito... sugiere que eras su blanco.
—Eso parece.
Era el acertijo que lo hostigaba en la noche oscura. La pregunta que nunca había querido contestar. Descruzó los brazos y la pegó a él. Era más fácil no mirarla. Acariciarle la espalda. Sentir su calor.
—Pero mis captores eran contrabandistas... no menos peligrosos, aunque no los típicos sicarios. Luego me enteré de que tenían orden de matarme. Sin embargo, Akam, el jefe del grupo, es un canalla desconfiado. Decidió mantenerme vivo como seguro... tenía paranoia de que lo traicionaran. Por algo de la disensión que surgió entonces, deduje que el pago se había convertido en un problema. Sospecho que Akam pensó que podría ser más rentable para él como víctima de secuestro, pero a medida que pasaba el tiempo, eso demostró ser un arriesgado error de juicio. Se había puesto un precio a su propia cabeza, de modo que salvar el pellejo y mantenerse oculto pasó a ser su prioridad. Al final, como ya te he dicho, fue Akam quien me dejó ir y quien arregló que me sacaran de Irak... por una buena cantidad de dinero, desde luego, y que ya he pagado. Pero bien invertida hasta el último céntimo.
Paula temblaba en el círculo de sus brazos. Luego echó la cabeza atrás y le inspeccionó la cara.
Eres Mía: Capítulo 34
La soltó a regañadientes y ella atravesó la habitación; él la siguió escaleras abajo y la vió desaparecer en su despacho. Cuando la alcanzó, la vió detrás de su escritorio, sobre el que reposaba un estuche negro.
—¿Qué es?
—Ábrelo.Alzó la tapa y contuvo el aliento al ver lo que había en el interior.
Su anillo de boda. Los ojos de Paula brillaban.
—Pensé que podrías querer volver a llevarlo.
—Sí.
Ella sacó el anillo del estuche.
—Dame tu mano.
La emoción le provocó un nudo en la garganta al verla deslizárselo en el dedo.
—¡Y no te lo quites jamás! —añadió Paula.
—No por voluntad propia —la última vez se lo habían arrebatado, después de golpearlo duramente ante la resistencia que opuso.
Algo le dió vueltas en la cabeza. Cruzó los brazos y preguntó con cautela:
—¿Quién lo devolvió?
—Lo entregaron el año pasado a cambio de una recompensa. Un prestamista que vivía en un poblado del desierto no lejos de Bagdad, cerca del lugar del accidente que supuestamente te había costado la vida. Debió de tenerlo años. Tuve suerte de que nunca lo vendiera.
Se centró en el detalle que más le interesaba.
—¿El lugar del accidente?
—Con el todoterreno que alquilaste.
—Paula, jamás tuve un accidente con un vehículo alquilado.
Recordó el secuestro llevado a cabo por cuatro pistoleros en las calles de Bagdad, en ninguna parte cerca del desierto. La oscuridad del vacío que estaba mirando se amplió.
—Pero el investigador que contraté informó de que habías alquilado un vehículo en Kuwait para entrar en Bagdad —protestó ella, acercándose con cara desconcertada.
—Sí alquilé un vehículo —dijo él con paciencia—, pero desde luego nunca choqué con él.
—Pero... No lo entiendo.
Él tampoco. Aún. Y aunque era evidente que la conversación la estaba perturbando, necesitaba detalles de los acontecimientos que habían devastado sus vidas. Cambió de enfoque.
—¿No se te ocurrió pensar que quizá en aquel momento no había estado en el vehículo?
—¡Por supuesto! Pedí pruebas. Se me dijo que tus restos calcinados habían sido enterrados en una fosa común. Que no se podía localizar lo que quedaba de tí para fletarlo a casa.
—Esa información fue claramente errónea.
Ella respiraba entrecortadamente, su angustia palpable. Con dedos trémulos le tocó el antebrazo.
—Eso lo sé... ahora. No te habría hecho declarar muerto solo en base a eso... al principio me negué a aceptar que lo estuvieras. Pero el anillo lo cambió todo. Supe que debías estar muerto.
El dolor en los ojos de ella le hizo daño.
—¿No pensaste que podría haberme deshecho de él para conseguir dinero?
Ella movió la cabeza con férrea determinación.
—Nunca. Todo el mundo intentó decirme que habías abandonado nuestro matrimonio... y yo me negué a creerlo. Incluso cuando me mostraron fotos de tí con Candela en una cafetería en Atenas y me informaron de que también te habían visto con ella en Bagdad, confiaba en tí.
—¿Qué es?
—Ábrelo.Alzó la tapa y contuvo el aliento al ver lo que había en el interior.
Su anillo de boda. Los ojos de Paula brillaban.
—Pensé que podrías querer volver a llevarlo.
—Sí.
Ella sacó el anillo del estuche.
—Dame tu mano.
La emoción le provocó un nudo en la garganta al verla deslizárselo en el dedo.
—¡Y no te lo quites jamás! —añadió Paula.
—No por voluntad propia —la última vez se lo habían arrebatado, después de golpearlo duramente ante la resistencia que opuso.
Algo le dió vueltas en la cabeza. Cruzó los brazos y preguntó con cautela:
—¿Quién lo devolvió?
—Lo entregaron el año pasado a cambio de una recompensa. Un prestamista que vivía en un poblado del desierto no lejos de Bagdad, cerca del lugar del accidente que supuestamente te había costado la vida. Debió de tenerlo años. Tuve suerte de que nunca lo vendiera.
Se centró en el detalle que más le interesaba.
—¿El lugar del accidente?
—Con el todoterreno que alquilaste.
—Paula, jamás tuve un accidente con un vehículo alquilado.
Recordó el secuestro llevado a cabo por cuatro pistoleros en las calles de Bagdad, en ninguna parte cerca del desierto. La oscuridad del vacío que estaba mirando se amplió.
—Pero el investigador que contraté informó de que habías alquilado un vehículo en Kuwait para entrar en Bagdad —protestó ella, acercándose con cara desconcertada.
—Sí alquilé un vehículo —dijo él con paciencia—, pero desde luego nunca choqué con él.
—Pero... No lo entiendo.
Él tampoco. Aún. Y aunque era evidente que la conversación la estaba perturbando, necesitaba detalles de los acontecimientos que habían devastado sus vidas. Cambió de enfoque.
—¿No se te ocurrió pensar que quizá en aquel momento no había estado en el vehículo?
—¡Por supuesto! Pedí pruebas. Se me dijo que tus restos calcinados habían sido enterrados en una fosa común. Que no se podía localizar lo que quedaba de tí para fletarlo a casa.
—Esa información fue claramente errónea.
Ella respiraba entrecortadamente, su angustia palpable. Con dedos trémulos le tocó el antebrazo.
—Eso lo sé... ahora. No te habría hecho declarar muerto solo en base a eso... al principio me negué a aceptar que lo estuvieras. Pero el anillo lo cambió todo. Supe que debías estar muerto.
El dolor en los ojos de ella le hizo daño.
—¿No pensaste que podría haberme deshecho de él para conseguir dinero?
Ella movió la cabeza con férrea determinación.
—Nunca. Todo el mundo intentó decirme que habías abandonado nuestro matrimonio... y yo me negué a creerlo. Incluso cuando me mostraron fotos de tí con Candela en una cafetería en Atenas y me informaron de que también te habían visto con ella en Bagdad, confiaba en tí.
Eres Mía: Capítulo 33
—Sospecho que sí te ama. Mi regreso, haciendo que volviera a perderte, se lo habrá hecho descubrir.
Pero Paula lo negaba con un movimiento de cabeza.
—Nunca fui suya para que pudiera perderme. No, solo intentaba endulzar una propuesta mercenaria. Si se casaba conmigo, mi padre habría saldado todas sus deudas.
Se la veía tan angustiada que, sin importarle la atención que pudiera atraer sobre ellos, fue a ponerse en cuclillas junto a su silla y la abrazó. Ella lo rodeó con los brazos.
—Nunca en esta vida permitiré que eso suceda.
Esa era su mujer y llevaba dentro a su hijo. La oleada de posesión primitiva lo desconcertó. Lamentaba no haber hecho papilla a Hall-Lewis cuando tuvo la oportunidad. Había herido a Paula.
—Fernando es un idiota —musitó.
Paula se apoyó en él.
—Siento como si me hubiera equivocado por completo en mi evaluación de él. Era mi amigo... mi mejor amigo.
—Estoy seguro de que aún se considera tu amigo.
—Entonces, ¿Cómo puede hacerme esto?
—Fernando siempre se querrá más a sí mismo. Piensa en él como un imbécil superficial —le dio un beso en la mejilla—. El dinero lleva a los hombres a hacer las cosas más estúpidas...
Ella se secó las lágrimas y luego rio. Ladeó la cabeza.
—Pero no a tí —lo expresó con convicción.
Pedro movió la cabeza, le apartó un mechón de la cara y se sintió aliviado de ver que la expresión de angustia había desaparecido.
—Hace mucho aprendí que en la vida hay cosas más importantes que el dinero —los últimos cuatro años solo habían servido para reafirmar esa creencia. La salud, la cordura, el amor... nada de eso podía comprarse.
—Gracias por no decir ya te lo dije —murmuró Paula.
—Solo lamento no haber podido ahorrarte la experiencia de que Fernando te hiriera.
—Lo superaré. Al menos te tengo a tí... así que hay un lugar en mi corazón que está intacto. Ahora me duele el orgullo y me siento estúpida. ¿Por qué siempre confío en las personas equivocadas?
Suspirando, ella se irguió y Pedro se puso de pie.También él había traicionado su confianza. No era agradable aceptarlo. No deseaba figurar en una lista con las personas que la habían decepcionado.Volvió a su silla y preguntó:
—¿Te apetece tomar algo de postre? —ella movió la cabeza—. ¿Café?
—Cancela el café —lo miró largamente—. La cena estuvo deliciosa, pero ahora me gustaría ir a casa.
Casa.Coincidieron en eso. No había otro sitio donde Pedro deseara estar.
Habían pasado casi tres semanas desde su regreso a casa, y cada vez que volvía de la nueva oficina que había montado, seguía lleno de expectación al ver a Paula. Esa noche, después de reunirse con un oscuro exagente de las fuerzas especiales, llegaba más tarde que de costumbre. Leonardo ya se había marchado. Paula no se hallaba en la terraza ni acurrucada en el chesterfield del estudio. Subió los escalones de dos en dos. La encontró en la habitación del bebé junto a la cuna que habían comprado juntos unos días antes, colocando encima de ella un móvil compuesto de patos amarillos. No lo había oído llegar y se detuvo en la puerta, grabando en la memoria la imagen que ofrecía enfundada en unos vaqueros viejos, una camiseta blanca y descalza. Dadas las preguntas que había estado formulando en las últimas semanas, se arriesgaba a liberar a los fantasmas de los monstruos enterrados en lo más hondo de su inconsciente... monstruos que sospechaba que jamás podría contener una vez que hubieran escapado.Pero necesitaba respuestas. Solo entonces podría recobrar la paz y la cordura que anhelaba y continuar con su vida con Paula. Se movió ligeramente y ella giró la cabeza. Al instante el rostro se le iluminó con una sonrisa.
—¡Pedro!
El placer que mostró derritió el frío vacío que anidaba en su interior.Fue hacia ella, la tomó en brazos y le dió un beso en el cuello.Paula enganchó los dedos en la cintura de los pantalones de su traje.
—Tengo algo para tí.
—Solo te necesito a tí.
Paula era su sol... su amor... su todo. Y su mayor temor era que encontrar las respuestas que buscaba únicamente sirviera para herirla más.
Pero Paula lo negaba con un movimiento de cabeza.
—Nunca fui suya para que pudiera perderme. No, solo intentaba endulzar una propuesta mercenaria. Si se casaba conmigo, mi padre habría saldado todas sus deudas.
Se la veía tan angustiada que, sin importarle la atención que pudiera atraer sobre ellos, fue a ponerse en cuclillas junto a su silla y la abrazó. Ella lo rodeó con los brazos.
—Nunca en esta vida permitiré que eso suceda.
Esa era su mujer y llevaba dentro a su hijo. La oleada de posesión primitiva lo desconcertó. Lamentaba no haber hecho papilla a Hall-Lewis cuando tuvo la oportunidad. Había herido a Paula.
—Fernando es un idiota —musitó.
Paula se apoyó en él.
—Siento como si me hubiera equivocado por completo en mi evaluación de él. Era mi amigo... mi mejor amigo.
—Estoy seguro de que aún se considera tu amigo.
—Entonces, ¿Cómo puede hacerme esto?
—Fernando siempre se querrá más a sí mismo. Piensa en él como un imbécil superficial —le dio un beso en la mejilla—. El dinero lleva a los hombres a hacer las cosas más estúpidas...
Ella se secó las lágrimas y luego rio. Ladeó la cabeza.
—Pero no a tí —lo expresó con convicción.
Pedro movió la cabeza, le apartó un mechón de la cara y se sintió aliviado de ver que la expresión de angustia había desaparecido.
—Hace mucho aprendí que en la vida hay cosas más importantes que el dinero —los últimos cuatro años solo habían servido para reafirmar esa creencia. La salud, la cordura, el amor... nada de eso podía comprarse.
—Gracias por no decir ya te lo dije —murmuró Paula.
—Solo lamento no haber podido ahorrarte la experiencia de que Fernando te hiriera.
—Lo superaré. Al menos te tengo a tí... así que hay un lugar en mi corazón que está intacto. Ahora me duele el orgullo y me siento estúpida. ¿Por qué siempre confío en las personas equivocadas?
Suspirando, ella se irguió y Pedro se puso de pie.También él había traicionado su confianza. No era agradable aceptarlo. No deseaba figurar en una lista con las personas que la habían decepcionado.Volvió a su silla y preguntó:
—¿Te apetece tomar algo de postre? —ella movió la cabeza—. ¿Café?
—Cancela el café —lo miró largamente—. La cena estuvo deliciosa, pero ahora me gustaría ir a casa.
Casa.Coincidieron en eso. No había otro sitio donde Pedro deseara estar.
Habían pasado casi tres semanas desde su regreso a casa, y cada vez que volvía de la nueva oficina que había montado, seguía lleno de expectación al ver a Paula. Esa noche, después de reunirse con un oscuro exagente de las fuerzas especiales, llegaba más tarde que de costumbre. Leonardo ya se había marchado. Paula no se hallaba en la terraza ni acurrucada en el chesterfield del estudio. Subió los escalones de dos en dos. La encontró en la habitación del bebé junto a la cuna que habían comprado juntos unos días antes, colocando encima de ella un móvil compuesto de patos amarillos. No lo había oído llegar y se detuvo en la puerta, grabando en la memoria la imagen que ofrecía enfundada en unos vaqueros viejos, una camiseta blanca y descalza. Dadas las preguntas que había estado formulando en las últimas semanas, se arriesgaba a liberar a los fantasmas de los monstruos enterrados en lo más hondo de su inconsciente... monstruos que sospechaba que jamás podría contener una vez que hubieran escapado.Pero necesitaba respuestas. Solo entonces podría recobrar la paz y la cordura que anhelaba y continuar con su vida con Paula. Se movió ligeramente y ella giró la cabeza. Al instante el rostro se le iluminó con una sonrisa.
—¡Pedro!
El placer que mostró derritió el frío vacío que anidaba en su interior.Fue hacia ella, la tomó en brazos y le dió un beso en el cuello.Paula enganchó los dedos en la cintura de los pantalones de su traje.
—Tengo algo para tí.
—Solo te necesito a tí.
Paula era su sol... su amor... su todo. Y su mayor temor era que encontrar las respuestas que buscaba únicamente sirviera para herirla más.
jueves, 8 de febrero de 2018
Eres Mía: Capítulo 32
A las cinco encontró a Pedro en la galería larga, examinando su tigre. Vestido con un traje de Cesare Antolini, permanecía quieto mientras ella se acercaba por detrás, con los tacones resonando en el suelo de mármol. Se detuvo a su lado y lo miró.
—Es magnífico, ¿No te parece? —y no solo hablaba del tigre de piedra.
—Una reliquia de otro tiempo —comentó absorto—. Es fiero y espléndido, con una dignidad real.
—Noble.
—Sí —Pedro guardó silencio ante esa criatura tallada hacía un par de miles de años.
—A veces me pregunto si no sería más sencillo vivir en su mundo —indicó Paula—. Sin otra preocupación que encontrar agua y alimento, y una compañera para transmitir sus genes a sus cachorros antes de volver a seguir su camino.
—Instintos directos —la miró con ojos que transmitían masculinidad—. Sexo, supervivencia, hambre, sed.
—¡Exacto! —Paula sonrió.
—Matando solo por comida. Sin necesidad de pensar en la codicia, las mentiras y los engaños.
Ella se sintió perdida.
—¿A qué te refieres? —desde que antes viera a Fernando, en su estómago había flotado una sensación de náusea. Remordimiento. Culpa por la mentira del compromiso.
—Nada —él sonrió—. Filosofía hueca.
Y Paula se sintió aliviada. Pedro posó la vista en el pequeño bulto de su bebé antes de volver a mirarla a la cara con expresión inescrutable.
—Siempre supe que eras hermosa... pero ahora resplandeces.
Las palabras suaves expulsaron de su mente los rescoldos fríos de la conversación con Ferando. Se sintió bendecida. Pedro había vuelto. Su bebé crecía. Al fin iban a ser una familia.Pasó el brazo por el de su esposo y tiró de él hacia la salida.
—¿Adónde vamos a ir a cenar?
—Cerca. Fui a lo seguro y reservé una mesa en Fives, en la Quinta Avenida.
—La comida allí siempre es deliciosa.
El espacioso salón de Fives, con sus mesas cuidadosamente distribuidas, proporcionaba el grado perfecto de intimidad .Sin embargo, y a pesar de la conversación fluida entre ellos, Pedro sabía que algo atribulaba a Paula. Después de terminar con el solomillo, le preguntó:
—¿Qué sucede?
—Tenías razón —respondió, dejando los cubiertos en el plato—. Tal como dijiste, Fernando se encuentra en problemas financieros. Pensó que me divorciaría de tí... y me casaría con él.
Los músculos de Pedro experimentaron una tensión eléctrica.
—Eso jamás va a suceder.
—Lo sé —Paula emitió una risa a medias—. Así se lo dije a Fernando.
—¿Cómo reaccionó? —preguntó después de que el camarero retirara los platos.
—Intentó hacerme creer que me amaba.
El dolor en la voz de Paula retorció las entrañas de Pedro. Se encontraba ante un momento para la verdad. Costaba vocalizar lo que habría preferido mantener oculto. Pero ella se merecía más.
—Es magnífico, ¿No te parece? —y no solo hablaba del tigre de piedra.
—Una reliquia de otro tiempo —comentó absorto—. Es fiero y espléndido, con una dignidad real.
—Noble.
—Sí —Pedro guardó silencio ante esa criatura tallada hacía un par de miles de años.
—A veces me pregunto si no sería más sencillo vivir en su mundo —indicó Paula—. Sin otra preocupación que encontrar agua y alimento, y una compañera para transmitir sus genes a sus cachorros antes de volver a seguir su camino.
—Instintos directos —la miró con ojos que transmitían masculinidad—. Sexo, supervivencia, hambre, sed.
—¡Exacto! —Paula sonrió.
—Matando solo por comida. Sin necesidad de pensar en la codicia, las mentiras y los engaños.
Ella se sintió perdida.
—¿A qué te refieres? —desde que antes viera a Fernando, en su estómago había flotado una sensación de náusea. Remordimiento. Culpa por la mentira del compromiso.
—Nada —él sonrió—. Filosofía hueca.
Y Paula se sintió aliviada. Pedro posó la vista en el pequeño bulto de su bebé antes de volver a mirarla a la cara con expresión inescrutable.
—Siempre supe que eras hermosa... pero ahora resplandeces.
Las palabras suaves expulsaron de su mente los rescoldos fríos de la conversación con Ferando. Se sintió bendecida. Pedro había vuelto. Su bebé crecía. Al fin iban a ser una familia.Pasó el brazo por el de su esposo y tiró de él hacia la salida.
—¿Adónde vamos a ir a cenar?
—Cerca. Fui a lo seguro y reservé una mesa en Fives, en la Quinta Avenida.
—La comida allí siempre es deliciosa.
El espacioso salón de Fives, con sus mesas cuidadosamente distribuidas, proporcionaba el grado perfecto de intimidad .Sin embargo, y a pesar de la conversación fluida entre ellos, Pedro sabía que algo atribulaba a Paula. Después de terminar con el solomillo, le preguntó:
—¿Qué sucede?
—Tenías razón —respondió, dejando los cubiertos en el plato—. Tal como dijiste, Fernando se encuentra en problemas financieros. Pensó que me divorciaría de tí... y me casaría con él.
Los músculos de Pedro experimentaron una tensión eléctrica.
—Eso jamás va a suceder.
—Lo sé —Paula emitió una risa a medias—. Así se lo dije a Fernando.
—¿Cómo reaccionó? —preguntó después de que el camarero retirara los platos.
—Intentó hacerme creer que me amaba.
El dolor en la voz de Paula retorció las entrañas de Pedro. Se encontraba ante un momento para la verdad. Costaba vocalizar lo que habría preferido mantener oculto. Pero ella se merecía más.
Eres Mía: Capítulo 31
—¡No! —empezó a quitárselo, pero Fernando le cubrió la mano con la suya.
Su mirada era solemne.
—Te compré ese anillo hace semanas... antes de que apareciera tu marido. Quiero que te divorcies de Pedro. Quiero casarme contigo. Pau, te amo... siempre te he amado.
Lo miró consternada. Con disimulo ella observó alrededor para comprobar si alguien los había oído, pero por suerte nadie prestaba atención a la mesa que ocupaban en el rincón.
—Nunca lo imaginé —le dijo.
¿Cómo había estado tan ciega?
—Soñaba con que algún día me mirarías y sabrías que era el único hombre para tí.
—Oh, Fernando...Qué insensible había sido.
Todos esos años en que lo había tratado como a un hermano, un amigo. Cuánto debía de haber sufrido. Se había enamorado de Pedro... y había dejado a Fernando para que le comunicara a su padre su boda en Las Vegas. Cerró los ojos y respiró hondo. Luego le había dicho a Pedro que iba a casarse con Fernando....Por primera vez, sintió desagrado hacia sí misma. Abrió los ojos y tomó las manos de Fernando.
—Lo siento tanto. Debes considerarme muy egoísta.
—¿Tú no me amas?
Paula movió la cabeza despacio.
—No del modo en que mereces ser amado. Ojalá fuera distinto —le apretó los dedos con suavidad antes de soltárselos y quitarse el anillo—. No puedo llevarlo.
La sonrisa valiente que le ofreció Fernando casi le partió el corazón.
—Lo que tenemos podría ser muy bueno... Te conozco de toda la vida.
—Fernando...
—No te precipites, Pau—sus ojos revelaron el primer indicio de la irritación que sentía. Pero desapareció tan pronto que pareció imaginario—. Si estás esperando a Pedro, cometes un error.
Paula se dijo que Fernando sufría, que era lógico que atacara a Pedro.
—Él es el padre de mi hijo —repuso al final.
—Es un canalla frío y peligroso.
Por su mente pasaron imágenes del fin de semana. La gentileza de Pedro... su alegría... sus lágrimas.
—Piensa en todo lo que podríamos compartir. Tu padre estaría encantado... y el mío bailaría en su tumba. La fusión de dos dinastías.
—¿Dinastías? —el término ampuloso la alertó—. ¿Es por dinero? Por favor, dime que el rumor de tus problemas financieros no es cierto.
—¿Quién te ha hablado de ello?
Al verle la cara supo que Pedro tenía razón.
—¿Por qué no me lo contaste? Podría haberte ayudado con un préstamo para salir de apuros.
—Oh, Paula—sonrió con pesar—solo habría sido la punta del iceberg.
—Le podría haber pedido a mi padre que te respaldara.
—Tu padre está al corriente. Si te casaras conmigo... —miró su vientre, que ya empezaba a manifestarse— y criáramos juntos a tu hijo, estaba dispuesto a saldar todas mis deudas.
—¿Mi padre te dijo eso?
—Tu padre me aprecia... siempre ha querido que nos casáramos.
La afirmación sonaba a cierta. Pero ofrecerse a pagar las deudas de Fernando para casarse con ella... Se sintió traicionada. Abrió el bolso y sacó un billete de cincuenta dólares que dejó en la mesa para cubrir lo consumido, luego se puso de pie. Cuando Fernando amagó con hablar, ella movió la cabeza y dijo:
—Adiós, Fernando.
Su mirada era solemne.
—Te compré ese anillo hace semanas... antes de que apareciera tu marido. Quiero que te divorcies de Pedro. Quiero casarme contigo. Pau, te amo... siempre te he amado.
Lo miró consternada. Con disimulo ella observó alrededor para comprobar si alguien los había oído, pero por suerte nadie prestaba atención a la mesa que ocupaban en el rincón.
—Nunca lo imaginé —le dijo.
¿Cómo había estado tan ciega?
—Soñaba con que algún día me mirarías y sabrías que era el único hombre para tí.
—Oh, Fernando...Qué insensible había sido.
Todos esos años en que lo había tratado como a un hermano, un amigo. Cuánto debía de haber sufrido. Se había enamorado de Pedro... y había dejado a Fernando para que le comunicara a su padre su boda en Las Vegas. Cerró los ojos y respiró hondo. Luego le había dicho a Pedro que iba a casarse con Fernando....Por primera vez, sintió desagrado hacia sí misma. Abrió los ojos y tomó las manos de Fernando.
—Lo siento tanto. Debes considerarme muy egoísta.
—¿Tú no me amas?
Paula movió la cabeza despacio.
—No del modo en que mereces ser amado. Ojalá fuera distinto —le apretó los dedos con suavidad antes de soltárselos y quitarse el anillo—. No puedo llevarlo.
La sonrisa valiente que le ofreció Fernando casi le partió el corazón.
—Lo que tenemos podría ser muy bueno... Te conozco de toda la vida.
—Fernando...
—No te precipites, Pau—sus ojos revelaron el primer indicio de la irritación que sentía. Pero desapareció tan pronto que pareció imaginario—. Si estás esperando a Pedro, cometes un error.
Paula se dijo que Fernando sufría, que era lógico que atacara a Pedro.
—Él es el padre de mi hijo —repuso al final.
—Es un canalla frío y peligroso.
Por su mente pasaron imágenes del fin de semana. La gentileza de Pedro... su alegría... sus lágrimas.
—Piensa en todo lo que podríamos compartir. Tu padre estaría encantado... y el mío bailaría en su tumba. La fusión de dos dinastías.
—¿Dinastías? —el término ampuloso la alertó—. ¿Es por dinero? Por favor, dime que el rumor de tus problemas financieros no es cierto.
—¿Quién te ha hablado de ello?
Al verle la cara supo que Pedro tenía razón.
—¿Por qué no me lo contaste? Podría haberte ayudado con un préstamo para salir de apuros.
—Oh, Paula—sonrió con pesar—solo habría sido la punta del iceberg.
—Le podría haber pedido a mi padre que te respaldara.
—Tu padre está al corriente. Si te casaras conmigo... —miró su vientre, que ya empezaba a manifestarse— y criáramos juntos a tu hijo, estaba dispuesto a saldar todas mis deudas.
—¿Mi padre te dijo eso?
—Tu padre me aprecia... siempre ha querido que nos casáramos.
La afirmación sonaba a cierta. Pero ofrecerse a pagar las deudas de Fernando para casarse con ella... Se sintió traicionada. Abrió el bolso y sacó un billete de cincuenta dólares que dejó en la mesa para cubrir lo consumido, luego se puso de pie. Cuando Fernando amagó con hablar, ella movió la cabeza y dijo:
—Adiós, Fernando.
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