jueves, 8 de febrero de 2018

Eres Mía: Capítulo 30

—¿Quieres hacerme el amor aquí? ¿En la ducha?

Pero primero debía decirle que le creía. Antes de volver a tocarla de un modo que los uniría para siempre.Su desconfianza... había estado equivocado.Tenía que compensárselo.

—No puedo dejar de  pensar...  —le  acarició  el  estómago  mojado.  La  curva  había crecido desde aquella primera noche en la exposición—. En el bebé.

—¿Y? —bajó las manos de su cara y se puso rígida.

—¡No pongas esa cara! —apoyó las dos manos en su vientre y centró la atención en esa nueva vida que tenía entre las manos—. Te creo.

Ella mostró sorpresa.

—¿Aceptas que mi bebé es hijo tuyo?

Le acarició el vientre con las yemas de los dedos. Hubo un movimiento leve bajo sus manos. El corazón le dió un vuelco. Miró a Paula a los ojos cautelosos.

—Creo que los  dos  sabemos  que  soy  demasiado  analítico  y  escéptico  como  para  haber aceptado alguna vez al bebé sin una explicación razonable. Pero no pienso exigir análisis de  ADN  ni  informes  sobre  la  inseminación...  te mereces  algo  mejor.  Mi  confianza. Que te crea por el único motivo de que lo dices tú.

—Lo  es.  Y siendo  tu  esposa,  tu  viuda,  no  surgió  ningún  problema  para  retirar...  el  depósito.

—Sé que este  es  mi  bebé  —afirmó  él  al  sentir  que  se  movía  otra  vez.  Deslizó  las  manos  hasta  su  trasero  y  la  alzó  en  brazos.  Luego  cerró  el  agua—.  Ya  hemos  hablado bastante. Es hora de volver al dormitorio.

Cuando el lunes bajó a desayunar, su vida había cambiado para siempre.La mesa redonda exhibía un mantel con girasoles y estaba puesta para una persona. No  había  rastro  de  Paula.  No  había  esperado  encontrarla,  ya  que  según  su  nuevo  teléfono móvil, eran casi las nueve.Pero como durante todas las mañanas, su primer pensamiento había sido para ella. Paula. Sacó  el  móvil  del  bolsillo  y  la  llamó.  Contestó  al  instante  y  la  voz  se  alegró  al  oír  la  suya.

—¿Cenamos juntos esta noche? —preguntó con voz ronca.

—Sería  estupendo.  Oh,  aguarda  un  momento  —hubo  una  pausa—.  Pedro,  he  de  irme.  Ariel  dice  que  ha  llegado  el  equipo  de  televisión  que  nos  va  a  entrevistar.  El  festival  del  museo  se  encuentra  tan  próximo  que  todo  sucede  a  la  vez.  No  puedo  hablar ahora. Te veo luego.

—Bien. Estaré en el museo a las cinco.

—Primero debería ir a casa a cambiarme.

Al  dejar  el  teléfono,  vio  que  había  mensajes.  Los  escuchó.  Uno  en  particular  despertó su interés. Cuando Leonardo llegó con un plato de tortitas, ya había apuntado el lugar y la hora de encuentro con su contacto.

—Te he estado llamando todo el fin de semana.

Alzó la vista de la última prueba del cuidado programa del museo para el festival y vió a Fernando apoyado en la puerta de su despacho.

—Te dejé mensajes —continuó él ofendido—. Nunca me los devolviste.

El  fin  de  semana  había  sido  una  evasión  maravillosa  para  que  Pedro y  ella  se  redescubrieran y pusieran los cimientos para su futuro.

—Recibí  tus  mensajes...  —hubo  una  pausa  incómoda—.  Pero  ha  sido  una  mañana  de  locos  con  el  festival  a  la  vuelta  de  la  esquina  —añadió  con  un  argumento  de  poco  peso.

Fernando entró y se situó delante de la mesa.

—Te invito a comer.

—Hoy  no  tengo  tiempo  —hizo  una  mueca.  Cada  momento  que  ganara  sería  para  escaparse a cenar con Pedro. Pero necesitaba hablar con Fernando y explicarle que ya no hacía falta ninguna mentira... que Pedro conocía la verdad. Miró su reloj de pulsera—. Puedo hacer un descanso para tomar un café abajo en el patio.

Cinco minutos más tarde encontraban una mesa en un rincón del ajetreado patio.

—¿No es precioso? —comentó Paula cuando les llevaron el pedido.

Fernando se  hallaba  demasiado ocupado sacando  algo  del  bolsillo como  para   responder. Al erguirse, dijo:

—Quería traerte a comer para darte esto.

Eso resultó ser un refulgente solitario de al menos dos quilates.

—No puedo aceptarlo, Fernando.

—¿Porque Pedro regresó de entre los muertos?

—No puedo aceptar casarme contigo mientras aún estoy casada con otro hombre.

—Unos días atrás te hizo feliz fingir que íbamos a casarnos.

—Fue una mentira estúpida... injusta tanto para tí como para Pedro—e indigna de ella. Solo había sido un arrebato para herirlo. Todo se había debido a su furia... y a su condenado orgullo. Suspiró—. Jamás debí haberte enredado en esto.

Fernando  adelantó el torso.

—Divórciate  de  Pedro...  cásate  conmigo.  Yo  siempre  estaré  ahí  para  ti.  Y  nunca  te  abandonaría. Sería estupendo. Compartiríamos lo que siempre hemos compartido y le daría un padre a tu bebé. Podemos lograr que funcione.

Sin  aguardar su  respuesta,  le  tomó  la  mano  y  le  puso  el  anillo  en  el  dedo,  en  la  marca vacía donde había estado el anillo de Pedro hasta que se lo había quitado... y lo había perdido.Lo sintió estrecho e incómodo...

Eres Mía: Capítulo 29

Lo despertó un pájaro carpintero que martilleaba el nogal que había más allá de la ventana.A su lado, Paula no se movió. Giró  y  se  apoyó  en  un  codo,  observándola  a  medida  que  el  día  se  iluminaba.  Finalmente, ella abrió los ojos, que reflejaron sorpresa y también júbilo. Y algo más...Entonces,  antes  de  que  él  pudiera  volver  a  refugiarse  detrás  de  sus  muros,  ella  soltó:

—Por  la  noche...  sentí  tu  mano  sobre  mi  estómago  —giró  hacia  él  y  alargó  la  mano—. Pedro, debes saber el bebé no es de Fernando.

Pedro tembló. No quería hablar de nada que pudiera aportar discordia...

—Jamás  ahondaré  en  las  circunstancias  de  la  concepción  de  tu  hijo.  Soy  capaz  de  entender cómo pudo haber sucedido. Debiste sentirte sola.

—¡Aguarda!

Paula se levantó de la cama y Pedro no logró evitar admirar la belleza de sus curvas desnudas.Abrió  las  puertas  del  armario.  Segundos  después,  él  oyó  la  caja  fuerte.  Extrajo  un  sobre de papel de manila y lo abrió. Con una única hoja en la mano, fue hacia él. Volvió a acostarse en la cama y se la entregó; luego se cubrió la desnudez.

—No necesito...

—Sí.

Él miró la hoja impresa y su firma al pie.

—¿Qué tiene esto que...?

—¡Mírala!

Leyó el encabezado.Acuerdo de Almacenamiento del Cliente Donante.Mientras procesaba las posibilidades, alzó la mirada hacia ella con incredulidad.

—¿Qué intentas decirme?

—Tú eres el padre del bebé.

—Imposible —afirmó  sin  convicción.  Agitó  el  documento—.  ¿De  dónde  sacaste  esto?

—Lo  encontré  entre  los  papeles  de  tu  despacho  cuando  los  repasaba...  —tragó saliva— el año pasado después de recibir tu anillo. Supe que había llegado el momento de finalizar... cosas.

—¡Cielos!

—Encontrarlo  entonces  me  pareció  como  si  estuviera  predestinado. Me proporcionó un objetivo en el desamparo que sentía. Y concebí de inmediato.

Años atrás,  la  primera  vez  que  había  tomado  en  consideración  almacenar  su  esperma,  le  había  parecido  fatalista.  No  podía  excluir  la  posibilidad  de  servir  en  una  región  donde  la guerra  química  pudiera  llegar  a  afectar  su  salud.  Había  sido  un  seguro... para el futuro. Por si acaso. Pero eso...No podía asimilarlo.

—Vas a tener que dejar que lo asimile —comentó al rato.

—La fe ciega jamás fue tu estilo —confirmó ella con un suspiro—. Y, por supuesto, querrás   que me someta  a  una prueba de paternidad... también te aportaré  la  documentación  de  la  inseminación  artificial.  Luego.  Ahora,  si  me  disculpas,  voy  a  darme una ducha.

Pedro fue directamente hacia la ducha a través del vapor que nublaba el cuarto de baño. Sin vacilar, entró en el cubículo.Los ojos verdes que se alzaron para mirarlo brillaban por las lágrimas.

—¡No llores! —la abrazó con fuerza y el agua cayó sobre ambos.

—No lloro —se arrebujó contra su pecho.

—Pues me habrías engañado muy bien.

—Pedro—levantó la cara—, he perdido mi anillo...


Era lo último que habría esperado. Y resultaba evidente que eso la afectaba mucho. Pero la pérdida explicaba por qué no lo llevaba puesto.

—Shhh. Te compraré otro.

—No será lo mismo  —soltó un sollozo—.  Me lo  quité  para  lavarme  las  manos  y  lo  dejé en los aseos de mujeres en el museo. Al regresar, ya no estaba.

No permitió que dijera otra palabra. Le reclamó la boca. Probó sus lágrimas. Al final dijo:

—¡Paula!

Ella echó  la  cara  hacia  atrás  y  el  agua  cayó  sobre  sus  mejillas,  llevándose  las  lágrimas.

—¿Sí?

—Acabas conmigo —gimió.

—Y aún no he empezado —con el dedo índice jugueteó con su labio inferior.

—¡Para! —pero  Paula se  puso  de  puntillas  hasta  que  pudo  verle  las  motas  doradas  que hacía que sus ojos verdes brillaran con luminosa intensidad—. Antes... —titubeó— antes de que lamentes no hablar más primero.

—No lo lamentaré —le aseguró, acariciándole las mejillas—. Podemos hablar luego. Has perdido peso. No solías tener tan definidos los pómulos. Pero he de reconocer que me gusta. Es increíblemente sexy.

Él gruñó. Paula rió. Y  con  una  oleada  de  anhelo,  Pedro supo  que  amaba  a  esa  mujer...  con  todo  su  corazón.

—Deberíamos...

—¿Ir al dormitorio? —Pedro gimió.

Se aferró a él.

martes, 6 de febrero de 2018

Eres Mía: Capítulo 28

El corazón de Paula se desbocó. Sacudida   por   más   lujuria   que   la   que   recordaba   haber   experimentado  jamás,  murmuró:

—Deja que te ayude.

Él gimió.

—Date la vuelta.

Solo pudo complacerlo. El sonido de  la  cremallera  reverberó  sorprendentemente  alto.  Sintió  que  su  top  cedía. Luego los labios de Pedro se posaron en la piel sensible de su nuca y trazó una línea de fuego  a  lo  largo  del  punto  erótico  que  únicamente  él  conocía.  Tembló  de  placer. Lo había echado tanto de menos.La giró en sus brazos.

—Puedes ayudar  deshaciéndote  de  ese  condenado  top.  Lo  más  factible  es  que  en  este momento yo termine por romperlo... y es demasiado bonito.

Con fluidez, se  lo  quitó  por  la  cabeza  y  dejó  los  pechos  cubiertos  solo  por  el  sujetador.

—Eres hermosa.

El  sujetador,  de fino encaje amarillo pálido,  contenía  unos  pechos  plenos   y   voluptuosos, con los pezones oscuros. Contuvo un gemido. Alargó las manos trémulas y acarició las curvas de sus hombros, su cintura... hasta llegar a las caderas. Una  vez  allí,  tiró  con  torpeza  de  la  cremallera  de  la  falda,  que  cayó  en  pliegues  al  suelo. La alzó y la pegó a su pecho, bien consciente de que casi se hallaba desnuda, y se dirigió a la cama interminable, sobre la cual la depositó con cuidado.Desnudo,  se  tumbó  a  su  lado,  y  apoyándose  en  un  codo,  se  inclinó  para  besar  la  curva de piel que salía por la parte superior del encaje. La  piel  de  Paula era  suave  bajo  sus  labios  y  tras  la  delicada  tela  podía  ver  cómo  se  endurecía el pezón oscuro hasta formar una cumbre en punta.Las manos le temblaron al ocuparse del cierre frontal del sujetador. Una vez suelto, las  copas  se  separaron.  Coronándole  los  pechos  con  las  manos,  pasó  los  dedos  pulgares sobre las cimas henchidas.Clea echó la cabeza atrás y gimió. Pedro se inclinó y sustituyó el dedo pulgar por la boca, y succionó con suavidad hasta que los gemidos se volvieron más sonoros. Con  la  boca  bajó  por  el  costado  de  un  pecho,  plantando  besos  en  el  valle  central  antes de ascender por el otro hasta llegar a la cumbre.Una vez más, Paula no pudo contener el sonido ronco que escapó de su garganta.

—Lucho por mostrar contención —musitó mientras la acercaba al borde de la cama y  eliminaba  la  última  prenda  que  los  separaba  y  le  abría  las  piernas.  Se situó  en  el  espacio  que  había  creado  entre  los  muslos  de  Paula—.  Pero  te  prometo  que  iré  realmente despacio. Tendré cuidado. Tú dime lo que quieres.—Solo estoy embarazada, así que es difícil que me quiebre. Pero si lo quieres saber, te quiero a tí —musitó, tomándole la cabeza entre las manos—. Dentro de mí. Ahora.

Al  avanzar,  la  luz  titiló  por  sus  extremidades,  dándole  a  su  piel  una  tonalidad  de  bronce. Se detuvo ante la entrada del cuerpo de ella.

—¿Estás segura? —susurró—. ¿No quieres esperar, jugar un poco más?

—Habrá tiempo de sobra para eso más adelante. Ahora mismo estoy hambrienta.

—Yo también —reconoció. Y se apoyó sobre los codos y lamió el labio inferior antes de posar por completo la boca sobre la suya. Minutos después, comentó—: No ha sido más que un aperitivo.

—Necesito  el  plato  principal  —respondió  Paula,  con  el  corazón  martilleándole  de  deseo. Pedro soltó una carchada.

—¡Ya te he alimentado, mujer insaciable!

Desde su regreso, era la primera vez que lo oía expresar un júbilo tan abierto. Actuó como el más poderoso de los afrodisíacos. Onduló contra su cuerpo hasta que sintió el latir de ambos corazones al unísono. Pedro introdujo  una  mano  entre  sus  cuerpos  y  ella  tembló  bajo  la  caricia  de  esos  dedos. Luego el contacto se relajó y se vio sustituido por un calor familiar y directo. Avanzando, se introdujo en ella con una facilidad que Paula no había imaginado.Se  movieron  al  mismo  ritmo,  como  una  danza  no  olvidada.  Una  danza  íntima  para  amantes.  El  ritmo  se  incrementó,  los  embates  de  Pedro más  profundos.  El  placer  se  retorció,  tensándose  en  el  cuerpo  de  Paula.  Hasta  que,  con  un  embiste  final,  llegó  la  liberación, enviándolos a los dos a un reino de color y deleite cegador.

Eres Mía: Capítulo 27

—En  los  primeros  meses  lo  planeé,  pero  no  dispuse  de  oportunidades...  se  me  vigilaba  estrechamente.  Después  de  empezar  a  trasladarnos,  tuve  más  libertad...  aunque por entonces, sabía que me harían falta recursos para salir de Irak. Akam y yo habíamos empezado a forjar una relación. Mantenerme prisionero se convirtió en una amenaza para él. Tenía dos elecciones... matarme o soltarme.

—¿Te dejó ir? —Paula tembló bajo su contacto.

—Al final me  ayudó.  Era  kurdo  y  procedía  de  un  largo  linaje  de  contrabandistas.  Organizó que fuera a un punto en el norte de Al Sulaymaniyah, donde me dejaron con indicaciones para llegar a un poblado en las montañas y con una carta de presentación para una banda de contrabandistas que operaba allí. El plan era acompañarlos por una antigua  ruta  de  contrabando  a través  de  las  montañas  hasta  llegar  a  Turquía,  donde  tenía  un  primo  lejano  que  me  proporcionaría  un  pasaporte.  El  viaje  llevó  mucho  más  tiempo del imaginado. La ruta se acerca bastante a Irán y la frontera no está marcada. Nuestro  grupo  fue  arrestado  por  penetrar  en  Irán  y  nos  confiscaron  los  caballos  y  las  provisiones.

—Oh, Pedro.

—Nos  retuvieron  varios  meses  antes  de  soltarnos  y  yo  fui  afortunado  de  que  también me consideraran un contrabandista. Había cosido algún dinero que me había dado Akam a la cintura de mis vaqueros y por suerte los guardias no lo descubrieron —sonrió—.  Yo le había  prometido  que  se  lo  devolvería,  con  intereses  generosos  y  una  bonificación sustancial... después de todo, él había corrido un riesgo importante.

—¡Es terrible! Quiero saberlo todo... cada detalle.

Pedro hizo una mueca para sus adentros. Había sabido que llegaría ese momento. Y que luego insistiría en conocer los detalles de por qué había ido a Irak en primer lugar.

—Paula,  esta  es  mi  promesa.  Te  contaré  todo  lo  que  sé.  Pero  primero  hay  algunas  cosas que he de aclarar. Necesito que me des tiempo.

—Claro que te  lo  daré.  Dios  mío,  ni  siquiera  soy  capaz  de  pensar  en  lo  traumática  que  debe  de  haber  sido  toda  la  experiencia.  Tómate  el  tiempo  que  necesites.  Aquí  estaré.Deseó  no  haber  dudado  nunca  de  él.  Había  sabido  que  estaba  vivo.  Que  algo  le  había impedido volver a casa... pero eso era horrible.

—Gracias —le besó las yemas de los dedos que le sostenían la cara y Pedro emitió un gemido.

—¿Cómo  has  podido  pensar  que  había  alguien  más?  Desde  el  día  en  que  nos  conocimos solo has existido tú —se inclinó y le cubrió la boca con la suya.

El beso se  inició  con  una  gentileza  suave,  y  solo  cuando  ella  abrió  la  boca  él  aprovechó  el  momento  para  atravesar  la  suave  barrera  de  sus  labios e  introducir  la  lengua entre ellos al tiempo que la abrazaba.Durante  unos  segundos  se  quedó  quieta,  luego  se  puso  de  puntillas  para  ir  al  encuentro  de  ese  beso  y  rodearle  el  cuello  con  los  brazos.  Cerró  los  ojos,  disfrutando  del  sabor  y  de  la  sensación  de  Pedro.  Su  cuerpo  se  fundió  contra  el  de  su  marido  mientras  él  le  saqueaba  la  boca  con  una  lengua  dúctil  y  hábil  que  encendió  el  calor  latente en la boca de su estómago hasta convertirlo en el rugido de las llamas. Había mucho tiempo que recuperar, muchos días malos que desterrar de la vida de Pedro.Con un sonido ronco la pegó a él y Paula fue consciente de la erección, de esa dureza contra su estómago. Se pegó más a él. Fue Pedro quien se apartó primero.

—Créeme, jamás habrá alguien más que tú.

Sus ojos eran sinceros. Directos. No había oscuridad... ni distancia.

—Vayamos a casa.

El sol brillaba  en  la  aldaba  de  latón  de  la  puerta  principal.   Dentro  sonaba  un  teléfono. Paula introdujo  la  clave  de  seguridad  en  el  panel  y  Brand  abrió  la  puerta  antes  de  seguirla al interior. El teléfono se había callado. Reinaba el silencio. Leonardo no   trabajaba  los   fines   de   semana  y  Samuel se  había  retirado  a  su   departamento encima del garaje. En el dormitorio de la primera planta, los haces de luz de la tarde hacían que el aire fuera cálido y dorado.Deteniéndose  junto  a  la  cama  grande,  giró  la  cabeza  para  ver  a  Paula en  el  umbral,  con un vestigio de incertidumbre en los ojos.

—Ven aquí —abrió los brazos y ella voló a su círculo.

—¿Estás seguro? —le preguntó.

—¡Desde luego! —sonrió—. Ni por un minuto olvidé lo hermosa que eres —recalcó la afirmación con un beso.

Luego alzó la cabeza y vió el brillo en sus ojos. Ella fue a decir algo y él se aprovechó y  besó  la  boca abierta.  Paula calló.  Le  tomó  el  rostro  en  las  manos  y  ladeó  la  cabeza,  ahondando el beso, hasta que la respiración se le aceleró.Finalmente, Pedro levantó la cabeza. Las mejillas de Paula se veían acaloradas. El  pasó  los  dedos  por  el  cabello  oscuro  y  pensó  en  lo  mucho  que  había  anhelado  eso. Luego bajó las manos por la espalda en una caricia lenta y sensual hasta que llegó al borde de su top.

—Quiero mirarte... toda.

—Tú primero —dijo ella, separándose del abrazo.

—Lo que desee la dama.

Entonces  se  dedicó  a  observar  con  la  boca  reseca  mientras  se  desabrochaba  la  camisa y se aflojaba los pantalones para quitársela con gesto impaciente. El torso musculoso brilló bajo la deslumbrante luz de la tarde, bronceado por el sol del desierto.Pedro le sonrió al tiempo que se desprendía de los vaqueros.Los  calzoncillos  reflejaban  suficiente  deseo  y  ardor  como  para  erradicar  todo  pensamiento de su cabeza.

Eres Mía: Capítulo 26

—No entiendo —dijo Paula, respirando hondo—. Creía que había otra persona.

—¿Quién?  ¿Candela?  —vió  la  inseguridad  en  el  rostro  de  ella—.  Vamos,  demos  un  paseo.

Se  puso  de  pie  y  en  cuestión  de  minutos  pagó  la  cuenta  y  la  condujo  fuera  del  restaurante hasta un sendero que seguía la ribera del lago. Paula recuperó la voz.

—¿Es  Candela?  ¿O  se  trata  de  otra  mujer?  —el  corazón  le  martilleó  en  el  pecho  mientras aguardaba la respuesta.

Se detuvieron y vió que en los ojos de Brand había una expresión extraña.

—No hay otra mujer —afirmó.

—¿Y qué me dices de Candela? —debía saberlo.

—¿Qué pasa con ella? —se encogió de hombros.

Paula se esforzó en ocultar su frustración mientras se explicaba:

—El detective que contraté después de que desaparecieras sospechaba que estabas teniendo una  aventura...  me  dijo  que  había encontrado  todas  las  señales  de  la  infidelidad —él solo entrecerró los ojos—. Encontró pruebas de que Candela y tú habían pasado  bastante  tiempo  juntos.  En  Grecia.  Y  después  de  la  primera  vez  que  hablé  contigo, se fueron juntos a Irak.

—Anita era una colega. Me estaba ayudando con... un proyecto.

—Jamás me mencionaste nada de eso.

—Tú siempre te has mostrado sensible con ella...

Era reacio a sacar su nombre.

—Al parecer, con buen motivo. Dijiste que solo habían tenido unas citas... ¡Cuándo la verdad es que vivieron  juntos!

—Estuve torpe.  Lo  reconozco  —alzó  los  hombros  y  extendió  las  manos—.  Eras  irracionalmente  paranoica con  todo  lo  concerniente  a  ella, así  que  mentí  para  que dejara  de  preocuparte.  Seguía trabajando  con  ella...  y  necesitaba  que  te  relajaras  y  aceptaras  eso.  Luego  fue  demasiado  tarde  para  contarte  la  verdad  sin  crear  un  problema mucho mayor. Estaba metido hasta el cuello.

Paula tuvo  que  reconocer  que  a  Pedro no  le  faltaba  razón  en  lo  que  decía.  Como  arqueóloga  y  experta  en  antigüedades  de  Oriente  Medio,  Anita  había  compartido  la  pasión  de  Pedro...  lo  que  a  sus  ojos  la  hacía  más  peligrosa.  En  los  primeros  días,  la  había invitado a una cena en su casa. Ella se había sentido amenazada y apenas había respondido  a  los  intentos  amistosos  de  acercamiento de la  mujer.  Pedro lo  había  notado. Luego él le había hecho el amor y la había reafirmado, diciéndole que solo la amaba a ella. Únicamente a ella. Y ella le había creído.

—¿Cuál era el proyecto en el que te ayudaba? —preguntó al final.

—Ya no importa.

Paula se recobró y dijo:

—Me parece que sí —y no le importó percibir la ira contenida en él.

—El  proyecto  era  confidencial...  se  descartó  —metió  las  manos  en  los  bolsillos  y  comenzó a caminar deprisa—. Jamás tuve la oportunidad de verlo acabado.

Eso era típico  del Pedro con  el  que  había  vivido.  Nunca  había  sido  propenso  a  ofrecer  explicaciones.  Pero  ella  había  cambiado.  Quería  una  pareja  en  igualdad  de  condiciones. No un marido que la tratara como a una niña. Trotó detrás de él.

—De  acuerdo,  así  que  no  puedes  darme  detalles.  Pero  sí  puedes  decirme  dónde  estuvieron.

—No quieres saberlo —movió la cabeza.

—Sí  quiero  —cuando  él  permaneció  en  silencio,  las  lágrimas  que  habían  estado  amenazándola brotaron—. Maldito seas. ¿Tienes alguna idea de por lo que he pasado?

Aminoró el  paso  y,  parpadeando  con  furia,  abandonó  el  sendero  para  acercarse  al  lago. Una brisa agitaba la superficie del agua y llegaba hasta la costa, pero ni lo notó.Más que oír, sintió la aproximación de Pedro.Años de dolor contenido y de resentimiento en ebullición pudieron con ella.

—Ni una palabra de tí. ¿En casi cuatro años no pudiste siquiera hacerme saber que estabas bien, vivo? —de su garganta escapó un sollozo—. ¿Sabes lo sola que he estado sin tí? ¿La incertidumbre que he tenido que soportar? ¿Lo asustada que he estado?

—Paula, lo siento  —la tomó por los hombros y  ella  se  puso  tensa—.  Lo  entiendo  —musitó  con  inesperada  gentileza—.  No  tienes  que  justificarte  ante  mí.  Quizá  no  me  guste,  pero  puedo  aceptar  que  me  creyeras  muerto  y  que  tu  soledad  necesitara  consuelo.

Seguía creyendo que se había acostado con Fernando. ¿Tanto  le  costaba  salir  de  su  cuadrícula  y  analizar  que  podría  no  haber  necesitado  un amante para quedarse embarazada?

—¿Te haces una  idea  de  lo  que  fue  vivir  un  día  tras  otro  tratando  de  descifrar  por  qué te habías marchado? ¿Tratando de entender qué había en mí que te había llevado a tomar la decisión de marcharte y permanecer lejos cuatro años?

—Jamás fue así.

—Y desde que has vuelto me he ido convenciendo más de que la evaluación inicial de  los  investigadores  era  correcta...  que  me  abandonaste  por  Candela—todo  su  dolor  quedó expuesto—. Era lo que creyeron desde el principio todos los demás.

Le enmarcó el rostro con las manos.

—No he estado en un nidito de amor. Fui hecho prisionero... el primer año apenas vi la luz.

—¡Pedro! —el horror oscureció sus ojos—. ¿Por qué?

—Al  principio  pensé  que  se  trataba  de  un  secuestro  oportunista  y  que  Akam,  el  líder, había supuesto que yo era un extranjero rico con el que esperaba obtener unos beneficios  fáciles.  Cuando  ví  que  no  paraba  de  levantar  el  campamento  y  adentrarse  en el desierto, llegué a la conclusión de que se había asustado y temía represalias.

—¿Pero escapaste?

Él negó con la cabeza.

Eres Mía: Capítulo 25

—Paula, no pienses que tienes que casarte con Fernando para darle un padre al bebé. Yo aceptaré a tu hijo.

—Podría ser tuyo... si quisieras.

Pedro le soltó la mano y miró sus ojos verdes.

—¿Hablas de adopción?  —lo  tomaría  en  consideración...  haría  cualquier  cosa  para  no perderla.

—Podemos hablar de eso  más  adelante  —dijo  ella—.  Ya  tenemos  mucho  de  qué  hablar.

—Desde luego.  Y lo  más  importante,  quiero  que  le  digas  a  Hall-Lewis  que  no  tiene  futuro. No te vas a casar con él. ¿Sabes que está arruinado?

La sorpresa en el rostro de ella le indicó que lo desconocía.

—¿Cuándo has tenido tiempo para averiguarlo?

—Tengo  mis  fuentes  —respondió  misteriosamente.  Alzó  el  vaso  y  bebió  un  trago  del  refresco,  sin  dejar  de  observarla  en  ningún  momento,  sopesando  la  ventaja  que  podría haberle dado esa información—. ¿Sabes que le dieron sesenta días para aportar un millón de dólares que frenara temporalmente a sus acreedores?

—¿Adonde quieres llegar, Pedro? —preguntó incómoda.

—Para  él,  tú  fácilmente  vales  un  millón  de  dólares.  La  boda representaría  una  solución sencilla para todos los problemas financieros de Fernando.

—Un millón de dólares —jugó con el pie de su copa—. Y ese es el único motivo por el que Fernando querría casarse conmigo, ¿No?

—¡Claro que no! Tienes mucho que ofrecerle a Fernando... eres un tesoro inapreciable para  cualquier  hombre  —pero  notó  que  ella  no  le  escuchaba.  Dobló  con  cuidado  la  servilleta y la dejó sobre la mesa.Al alzar la vista, tenía el rostro inexpresivo.

—No voy a casarme con Fernando... nunca pensé en hacerlo.

El alivio le quitó una carga de una tonelada de peso.

—Entonces, ¿Por qué me contaste lo contrario?

—Cuando te volví a  ver...  —calló  un  momento—. En  mis  fantasías  llevaba  años  imaginando  ese  momento.  Pero  la  realidad  no  se  pareció  en  nada  a  lo  que  yo  había  esperado.  Estabas  tan  distinto...  tan  duro,  tan  enfadado.  Necesitaba  tiempo  para  pensar.

Pedro se  dijo  que  él  mismo  había  provocado  su  propia  caída.  Antes  de  poder  defenderse, ella volvió a hablar.

—Porque  si  amara  de  verdad  a  Fernando, no  importaría  que  estuviera  arruinado...  porque  nos  tendríamos  el  uno  al  otro.  Eso  nos  daría  todas  las  riquezas  que  yo  necesitaría.¡No amaba a Hall-Lewis!

—Tu fideicomiso habría ayudado.

Los ojos verdes de ella comenzaron a brillar.

—¿Por qué siempre surge eso? Y no soy yo quien no para de sacar el tema.

—No,  en  el  pasado  fueron  tu  padre,  tu  amigo  Fernando y  tus  otros  amigos  de  la  alta  sociedad.Captó la amargura que él no pudo ocultar.

—No  pensé  que  notaras  que  te  acusaban  de  haberte  casado  conmigo  por  mi  fideicomiso...

—Lo noté.

—Yo jamás lo creí —lo estudió con ojos suaves—. ¡Te hizo daño!

—Daño no —movió la cabeza—. Me irritó, como el zumbido de los mosquitos en el calor  de  la noche desértica 

—Tendría  que  empezar  a  trabajar  en  ser  más  abierto,  y  también en ser padre. Aprendería a ser el hombre de familia que quería ella.

El  contacto  de  ella  lo  sobresaltó.  Paula se  había  adelantado  y  apoyado  la  mano  izquierda en su brazo.

—Venías  de una familia  grande.   Te alistaste en  las Fuerzas Especiales...   te convertiste  en  un  experto  en  tu  campo.  Luego  descubriste  la  pasión  por  los  objetos antiguos  y  buscaste  aprender  todo  lo  que  podías  sobre  el  tema.  Eso  es  mucho  más  admirable  que  ser  un  magnate  de  fideicomiso.  Fue  tu  pasión  lo  que  me  atrajo  de  tí...  eras distinto. Por eso me enamoré de tí.

Su  sinceridad  le   quitó   toda   barrera.   Había  llegado  el  momento  de dejar  de esconderse, sin importar el precio.Apoyó la mano sobre la de ella y la miró a los ojos con toda la verdad en ellos.

—Lo único que siempre he querido eres tú.

martes, 30 de enero de 2018

Eres Mía: Capítulo 24

Salvo él.Tras un momento vibrante, Pedro dijo:

—De acuerdo, ahora no... pero sí luego.

—Pero primero hablaremos.

—Te lo recordaré —la miró con expresión inescrutable.

Después de arreglar que le enviaran toda la compra a casa, empezó a cansarse de ir de  una  tienda  a  otra,  de  la  multitud,  de  no  poder  captar  más  que  un  leve  vistazo  de  cielo  azul.  Comenzaba  a  sentir  cierta  claustrofobia.  Necesitaba  espacio.  Un  paseo  por  el oasis  verde  de  Central  Park  hasta  el  Loeb  Boathouse  Restaurant  proporcionó  el  antídoto perfecto para la inquietud que lo consumía.Los escoltaron hasta una mesa junto al borde del lago. Adrede él había elegido ese restaurante  que  tanto  habían  frecuentado  en  el  pasado.  Pretendía  reavivar  antiguos  recuerdos  de  los  buenos  tiempos  que  habían  compartido,  aunque  sería  importante  mantener la cabeza fría en la conversación que iba a tener lugar. Estaba luchando por lo que más le importaba.Después de todo, Paula seguía siendo su esposa.Y no iba a permitir que eso cambiara. Sin importar lo que planeara Hall-Lewis.

Cuando  regresó  al  camarero,  Pedro cerró  el  menú  sin  haberlo  leído.  Sabía  que  quería el sabor familiar de una hamburguesa con un refresco frío. Hacía mucho que no disfrutaba  de  esos  corrientes  placeres  occidentales.  Y Paula necesitó  un  segundo  para  decantarse por unos raviolis de setas silvestres y una ensalada verde.

—De joven, solía imaginar que celebraría mi boda aquí, junto al lago —comentó ella con tono soñador una vez que se hubo marchado el camarero.

La información fue inesperada y el interés de Pedro se agudizó.

—Siempre supe que disfrutabas viniendo aquí... pero nunca me habías contado eso.

—Es tan romántico. Los botes, los cisnes. Hasta el horizonte urbano más allá de los árboles te recuerdan que es un mundo secreto en el corazón de Nueva York —en  ese  momento  el  camarero  les  llevó  el  pedido  y  después  de  marcharse,  la voz de Paula se  suavizó más—: Y no te lo dije porque nunca quise que pensaras que me había perdido un sueño por casarnos en Las Vegas.

Pero se lo había perdido. Paula se había merecido la boda romántica de sus fantasías juveniles. Diablos, incluso era virgen. Recordó la incredulidad y devoción que lo habían abrumado al realizar ese descubrimiento sorprendente la noche nupcial.

—En cualquier caso,  me pediste  que  nos casáramos  aquí,  en  Central  Park,  ¿Lo  recuerdas? Antes de largamos a Las Vegas. Así que debiste sentir el vínculo que tenía con este lugar.

—El calor era sofocante. Me declaré bajo un roble...

—Lo  recuerdo  —su  mirada  se  tomó  súbitamente  brumosa  y  apoyó  la  mano  en  el  brazo de él.Brand  respiró  hondo  cuando  el  calor  lo  atravesó  como  una  lanza.  Tras  una  pausa,  acarició el dedo de ella, que mostraba una marca más clara.

—Paula, me gustaría que volvieras a llevar el anillo... después de todo, aún seguimos casados.

—No  puedo  —la  suave  ensoñación  se  desvaneció  de  su  rostro  cuando  movió  la  cabeza.

La negativa fue como un golpe en las entrañas de Pedro.Antes  de  que  pudiera  responder,  les  sirvieron  la comida.  Cenaron  en  silencio  y  el  murmullo de las conversaciones circundantes llenó el espacio entre ellos. Mientras  Pedro reflexionaba  sobre  la  negativa  recibida,  se  dijo  que  no  debería  haberlo sorprendido.

—Necesitamos hablar de Fernando—dijo.

—¿Fernando? —ella  enarcó  las  cejas  y  dejó  los  cubiertos  en  el  plato  vacío—.  ¿De  qué  quieres hablar?

—Es  difícil  que  puedas  casarte  con  él  mientras  estés  casada  conmigo  —ella  fue  a  decir  algo  pero  la  cortó—.  No  estoy  muerto,  de  modo  que  nuestro  matrimonio  sigue  vigente. Debes saber que no pienso acceder a un divorcio pasivo y sencillo.

—Brand...

—Así que deberías reconsiderar este plan impulsivo.

—No ha sido nada impulsivo.  Tú no  estabas.  Y  conozco  a  Fernando de  toda  la  vida  —alzó  el  mentón  en  un  gesto  típico  de  ella y  lo  estudió  ceñuda—.  De  hecho,  desde  mucho antes de conocerte a tí.

—El  tiempo no  significa  nada.  Puedes conocer  a  alguien  de  años  y  no  saber  nada  sobre él... el matrimonio lo cambia todo.

—Me  casé  contigo  al  mes  de  conocerte,  Pedro.  Y  a  pesar  de  estar  casados  y  de  pasar casi todas las noches desnudos en brazos del otro, apenas te conocía —hizo una pausa y luego continuó—: A pesar de que me dijiste que me amabas, hubo una parte de tí que siempre mantuviste oculta. Guardaste secretos.

No era la primera vez que sacaba ese tema y Pedro empezaba a creer que Paula tenía razón. Pero igual se defendió.

—Algunos  eran  secretos  muy  reales...  secretos  militares  que  no  tenía  libertad  de  revelar.

—No todos.

—No —reconoció él—. Pero había cosas... terribles que prefería no tratar.

—Bien,  puedo aceptar  eso.  Pero  a  veces  percibía  que  entre  nosotros  había  una  distancia que jamás cruzaría. Al principio lo achaqué al hecho de que eras mayor y que habías visto muchas más cosas que yo. Pero esa distancia... tu reserva formó un muro impenetrable y me hizo difícil entenderte de verdad.

—¿Y consideras que entiendes a Fernando? Sonrió de un modo que no le gustó nada, con diversión... y  ternura.

—Fernando me adora. Y él nunca me mentiría...

—¿Estás segura de eso?

—Absolutamente —parpadeó.

La conversación no tenía nada que ver con Fernando y sí con la tensión no resuelta que se  retorcía  entre  ellos.  Veía que Paula confiaba  en  Hall-Lewis  y  no en  su  marido.  El  miedo  a  perderla  superó  con  creces  la  traición  que  tanto  lo  había  indignado.  Podía entender por qué se había sentido atraída hacia Fernando, era su amigo, a la vez que creía que Pedro estaba muerto. Pero había vuelto. Y no tenía intención de dejarla ir. No en esa vida.