—¿Quieres hacerme el amor aquí? ¿En la ducha?
Pero primero debía decirle que le creía. Antes de volver a tocarla de un modo que los uniría para siempre.Su desconfianza... había estado equivocado.Tenía que compensárselo.
—No puedo dejar de pensar... —le acarició el estómago mojado. La curva había crecido desde aquella primera noche en la exposición—. En el bebé.
—¿Y? —bajó las manos de su cara y se puso rígida.
—¡No pongas esa cara! —apoyó las dos manos en su vientre y centró la atención en esa nueva vida que tenía entre las manos—. Te creo.
Ella mostró sorpresa.
—¿Aceptas que mi bebé es hijo tuyo?
Le acarició el vientre con las yemas de los dedos. Hubo un movimiento leve bajo sus manos. El corazón le dió un vuelco. Miró a Paula a los ojos cautelosos.
—Creo que los dos sabemos que soy demasiado analítico y escéptico como para haber aceptado alguna vez al bebé sin una explicación razonable. Pero no pienso exigir análisis de ADN ni informes sobre la inseminación... te mereces algo mejor. Mi confianza. Que te crea por el único motivo de que lo dices tú.
—Lo es. Y siendo tu esposa, tu viuda, no surgió ningún problema para retirar... el depósito.
—Sé que este es mi bebé —afirmó él al sentir que se movía otra vez. Deslizó las manos hasta su trasero y la alzó en brazos. Luego cerró el agua—. Ya hemos hablado bastante. Es hora de volver al dormitorio.
Cuando el lunes bajó a desayunar, su vida había cambiado para siempre.La mesa redonda exhibía un mantel con girasoles y estaba puesta para una persona. No había rastro de Paula. No había esperado encontrarla, ya que según su nuevo teléfono móvil, eran casi las nueve.Pero como durante todas las mañanas, su primer pensamiento había sido para ella. Paula. Sacó el móvil del bolsillo y la llamó. Contestó al instante y la voz se alegró al oír la suya.
—¿Cenamos juntos esta noche? —preguntó con voz ronca.
—Sería estupendo. Oh, aguarda un momento —hubo una pausa—. Pedro, he de irme. Ariel dice que ha llegado el equipo de televisión que nos va a entrevistar. El festival del museo se encuentra tan próximo que todo sucede a la vez. No puedo hablar ahora. Te veo luego.
—Bien. Estaré en el museo a las cinco.
—Primero debería ir a casa a cambiarme.
Al dejar el teléfono, vio que había mensajes. Los escuchó. Uno en particular despertó su interés. Cuando Leonardo llegó con un plato de tortitas, ya había apuntado el lugar y la hora de encuentro con su contacto.
—Te he estado llamando todo el fin de semana.
Alzó la vista de la última prueba del cuidado programa del museo para el festival y vió a Fernando apoyado en la puerta de su despacho.
—Te dejé mensajes —continuó él ofendido—. Nunca me los devolviste.
El fin de semana había sido una evasión maravillosa para que Pedro y ella se redescubrieran y pusieran los cimientos para su futuro.
—Recibí tus mensajes... —hubo una pausa incómoda—. Pero ha sido una mañana de locos con el festival a la vuelta de la esquina —añadió con un argumento de poco peso.
Fernando entró y se situó delante de la mesa.
—Te invito a comer.
—Hoy no tengo tiempo —hizo una mueca. Cada momento que ganara sería para escaparse a cenar con Pedro. Pero necesitaba hablar con Fernando y explicarle que ya no hacía falta ninguna mentira... que Pedro conocía la verdad. Miró su reloj de pulsera—. Puedo hacer un descanso para tomar un café abajo en el patio.
Cinco minutos más tarde encontraban una mesa en un rincón del ajetreado patio.
—¿No es precioso? —comentó Paula cuando les llevaron el pedido.
Fernando se hallaba demasiado ocupado sacando algo del bolsillo como para responder. Al erguirse, dijo:
—Quería traerte a comer para darte esto.
Eso resultó ser un refulgente solitario de al menos dos quilates.
—No puedo aceptarlo, Fernando.
—¿Porque Pedro regresó de entre los muertos?
—No puedo aceptar casarme contigo mientras aún estoy casada con otro hombre.
—Unos días atrás te hizo feliz fingir que íbamos a casarnos.
—Fue una mentira estúpida... injusta tanto para tí como para Pedro—e indigna de ella. Solo había sido un arrebato para herirlo. Todo se había debido a su furia... y a su condenado orgullo. Suspiró—. Jamás debí haberte enredado en esto.
Fernando adelantó el torso.
—Divórciate de Pedro... cásate conmigo. Yo siempre estaré ahí para ti. Y nunca te abandonaría. Sería estupendo. Compartiríamos lo que siempre hemos compartido y le daría un padre a tu bebé. Podemos lograr que funcione.
Sin aguardar su respuesta, le tomó la mano y le puso el anillo en el dedo, en la marca vacía donde había estado el anillo de Pedro hasta que se lo había quitado... y lo había perdido.Lo sintió estrecho e incómodo...
jueves, 8 de febrero de 2018
Eres Mía: Capítulo 29
Lo despertó un pájaro carpintero que martilleaba el nogal que había más allá de la ventana.A su lado, Paula no se movió. Giró y se apoyó en un codo, observándola a medida que el día se iluminaba. Finalmente, ella abrió los ojos, que reflejaron sorpresa y también júbilo. Y algo más...Entonces, antes de que él pudiera volver a refugiarse detrás de sus muros, ella soltó:
—Por la noche... sentí tu mano sobre mi estómago —giró hacia él y alargó la mano—. Pedro, debes saber el bebé no es de Fernando.
Pedro tembló. No quería hablar de nada que pudiera aportar discordia...
—Jamás ahondaré en las circunstancias de la concepción de tu hijo. Soy capaz de entender cómo pudo haber sucedido. Debiste sentirte sola.
—¡Aguarda!
Paula se levantó de la cama y Pedro no logró evitar admirar la belleza de sus curvas desnudas.Abrió las puertas del armario. Segundos después, él oyó la caja fuerte. Extrajo un sobre de papel de manila y lo abrió. Con una única hoja en la mano, fue hacia él. Volvió a acostarse en la cama y se la entregó; luego se cubrió la desnudez.
—No necesito...
—Sí.
Él miró la hoja impresa y su firma al pie.
—¿Qué tiene esto que...?
—¡Mírala!
Leyó el encabezado.Acuerdo de Almacenamiento del Cliente Donante.Mientras procesaba las posibilidades, alzó la mirada hacia ella con incredulidad.
—¿Qué intentas decirme?
—Tú eres el padre del bebé.
—Imposible —afirmó sin convicción. Agitó el documento—. ¿De dónde sacaste esto?
—Lo encontré entre los papeles de tu despacho cuando los repasaba... —tragó saliva— el año pasado después de recibir tu anillo. Supe que había llegado el momento de finalizar... cosas.
—¡Cielos!
—Encontrarlo entonces me pareció como si estuviera predestinado. Me proporcionó un objetivo en el desamparo que sentía. Y concebí de inmediato.
Años atrás, la primera vez que había tomado en consideración almacenar su esperma, le había parecido fatalista. No podía excluir la posibilidad de servir en una región donde la guerra química pudiera llegar a afectar su salud. Había sido un seguro... para el futuro. Por si acaso. Pero eso...No podía asimilarlo.
—Vas a tener que dejar que lo asimile —comentó al rato.
—La fe ciega jamás fue tu estilo —confirmó ella con un suspiro—. Y, por supuesto, querrás que me someta a una prueba de paternidad... también te aportaré la documentación de la inseminación artificial. Luego. Ahora, si me disculpas, voy a darme una ducha.
Pedro fue directamente hacia la ducha a través del vapor que nublaba el cuarto de baño. Sin vacilar, entró en el cubículo.Los ojos verdes que se alzaron para mirarlo brillaban por las lágrimas.
—¡No llores! —la abrazó con fuerza y el agua cayó sobre ambos.
—No lloro —se arrebujó contra su pecho.
—Pues me habrías engañado muy bien.
—Pedro—levantó la cara—, he perdido mi anillo...
Era lo último que habría esperado. Y resultaba evidente que eso la afectaba mucho. Pero la pérdida explicaba por qué no lo llevaba puesto.
—Shhh. Te compraré otro.
—No será lo mismo —soltó un sollozo—. Me lo quité para lavarme las manos y lo dejé en los aseos de mujeres en el museo. Al regresar, ya no estaba.
No permitió que dijera otra palabra. Le reclamó la boca. Probó sus lágrimas. Al final dijo:
—¡Paula!
Ella echó la cara hacia atrás y el agua cayó sobre sus mejillas, llevándose las lágrimas.
—¿Sí?
—Acabas conmigo —gimió.
—Y aún no he empezado —con el dedo índice jugueteó con su labio inferior.
—¡Para! —pero Paula se puso de puntillas hasta que pudo verle las motas doradas que hacía que sus ojos verdes brillaran con luminosa intensidad—. Antes... —titubeó— antes de que lamentes no hablar más primero.
—No lo lamentaré —le aseguró, acariciándole las mejillas—. Podemos hablar luego. Has perdido peso. No solías tener tan definidos los pómulos. Pero he de reconocer que me gusta. Es increíblemente sexy.
Él gruñó. Paula rió. Y con una oleada de anhelo, Pedro supo que amaba a esa mujer... con todo su corazón.
—Deberíamos...
—¿Ir al dormitorio? —Pedro gimió.
Se aferró a él.
—Por la noche... sentí tu mano sobre mi estómago —giró hacia él y alargó la mano—. Pedro, debes saber el bebé no es de Fernando.
Pedro tembló. No quería hablar de nada que pudiera aportar discordia...
—Jamás ahondaré en las circunstancias de la concepción de tu hijo. Soy capaz de entender cómo pudo haber sucedido. Debiste sentirte sola.
—¡Aguarda!
Paula se levantó de la cama y Pedro no logró evitar admirar la belleza de sus curvas desnudas.Abrió las puertas del armario. Segundos después, él oyó la caja fuerte. Extrajo un sobre de papel de manila y lo abrió. Con una única hoja en la mano, fue hacia él. Volvió a acostarse en la cama y se la entregó; luego se cubrió la desnudez.
—No necesito...
—Sí.
Él miró la hoja impresa y su firma al pie.
—¿Qué tiene esto que...?
—¡Mírala!
Leyó el encabezado.Acuerdo de Almacenamiento del Cliente Donante.Mientras procesaba las posibilidades, alzó la mirada hacia ella con incredulidad.
—¿Qué intentas decirme?
—Tú eres el padre del bebé.
—Imposible —afirmó sin convicción. Agitó el documento—. ¿De dónde sacaste esto?
—Lo encontré entre los papeles de tu despacho cuando los repasaba... —tragó saliva— el año pasado después de recibir tu anillo. Supe que había llegado el momento de finalizar... cosas.
—¡Cielos!
—Encontrarlo entonces me pareció como si estuviera predestinado. Me proporcionó un objetivo en el desamparo que sentía. Y concebí de inmediato.
Años atrás, la primera vez que había tomado en consideración almacenar su esperma, le había parecido fatalista. No podía excluir la posibilidad de servir en una región donde la guerra química pudiera llegar a afectar su salud. Había sido un seguro... para el futuro. Por si acaso. Pero eso...No podía asimilarlo.
—Vas a tener que dejar que lo asimile —comentó al rato.
—La fe ciega jamás fue tu estilo —confirmó ella con un suspiro—. Y, por supuesto, querrás que me someta a una prueba de paternidad... también te aportaré la documentación de la inseminación artificial. Luego. Ahora, si me disculpas, voy a darme una ducha.
Pedro fue directamente hacia la ducha a través del vapor que nublaba el cuarto de baño. Sin vacilar, entró en el cubículo.Los ojos verdes que se alzaron para mirarlo brillaban por las lágrimas.
—¡No llores! —la abrazó con fuerza y el agua cayó sobre ambos.
—No lloro —se arrebujó contra su pecho.
—Pues me habrías engañado muy bien.
—Pedro—levantó la cara—, he perdido mi anillo...
Era lo último que habría esperado. Y resultaba evidente que eso la afectaba mucho. Pero la pérdida explicaba por qué no lo llevaba puesto.
—Shhh. Te compraré otro.
—No será lo mismo —soltó un sollozo—. Me lo quité para lavarme las manos y lo dejé en los aseos de mujeres en el museo. Al regresar, ya no estaba.
No permitió que dijera otra palabra. Le reclamó la boca. Probó sus lágrimas. Al final dijo:
—¡Paula!
Ella echó la cara hacia atrás y el agua cayó sobre sus mejillas, llevándose las lágrimas.
—¿Sí?
—Acabas conmigo —gimió.
—Y aún no he empezado —con el dedo índice jugueteó con su labio inferior.
—¡Para! —pero Paula se puso de puntillas hasta que pudo verle las motas doradas que hacía que sus ojos verdes brillaran con luminosa intensidad—. Antes... —titubeó— antes de que lamentes no hablar más primero.
—No lo lamentaré —le aseguró, acariciándole las mejillas—. Podemos hablar luego. Has perdido peso. No solías tener tan definidos los pómulos. Pero he de reconocer que me gusta. Es increíblemente sexy.
Él gruñó. Paula rió. Y con una oleada de anhelo, Pedro supo que amaba a esa mujer... con todo su corazón.
—Deberíamos...
—¿Ir al dormitorio? —Pedro gimió.
Se aferró a él.
martes, 6 de febrero de 2018
Eres Mía: Capítulo 28
El corazón de Paula se desbocó. Sacudida por más lujuria que la que recordaba haber experimentado jamás, murmuró:
—Deja que te ayude.
Él gimió.
—Date la vuelta.
Solo pudo complacerlo. El sonido de la cremallera reverberó sorprendentemente alto. Sintió que su top cedía. Luego los labios de Pedro se posaron en la piel sensible de su nuca y trazó una línea de fuego a lo largo del punto erótico que únicamente él conocía. Tembló de placer. Lo había echado tanto de menos.La giró en sus brazos.
—Puedes ayudar deshaciéndote de ese condenado top. Lo más factible es que en este momento yo termine por romperlo... y es demasiado bonito.
Con fluidez, se lo quitó por la cabeza y dejó los pechos cubiertos solo por el sujetador.
—Eres hermosa.
El sujetador, de fino encaje amarillo pálido, contenía unos pechos plenos y voluptuosos, con los pezones oscuros. Contuvo un gemido. Alargó las manos trémulas y acarició las curvas de sus hombros, su cintura... hasta llegar a las caderas. Una vez allí, tiró con torpeza de la cremallera de la falda, que cayó en pliegues al suelo. La alzó y la pegó a su pecho, bien consciente de que casi se hallaba desnuda, y se dirigió a la cama interminable, sobre la cual la depositó con cuidado.Desnudo, se tumbó a su lado, y apoyándose en un codo, se inclinó para besar la curva de piel que salía por la parte superior del encaje. La piel de Paula era suave bajo sus labios y tras la delicada tela podía ver cómo se endurecía el pezón oscuro hasta formar una cumbre en punta.Las manos le temblaron al ocuparse del cierre frontal del sujetador. Una vez suelto, las copas se separaron. Coronándole los pechos con las manos, pasó los dedos pulgares sobre las cimas henchidas.Clea echó la cabeza atrás y gimió. Pedro se inclinó y sustituyó el dedo pulgar por la boca, y succionó con suavidad hasta que los gemidos se volvieron más sonoros. Con la boca bajó por el costado de un pecho, plantando besos en el valle central antes de ascender por el otro hasta llegar a la cumbre.Una vez más, Paula no pudo contener el sonido ronco que escapó de su garganta.
—Lucho por mostrar contención —musitó mientras la acercaba al borde de la cama y eliminaba la última prenda que los separaba y le abría las piernas. Se situó en el espacio que había creado entre los muslos de Paula—. Pero te prometo que iré realmente despacio. Tendré cuidado. Tú dime lo que quieres.—Solo estoy embarazada, así que es difícil que me quiebre. Pero si lo quieres saber, te quiero a tí —musitó, tomándole la cabeza entre las manos—. Dentro de mí. Ahora.
Al avanzar, la luz titiló por sus extremidades, dándole a su piel una tonalidad de bronce. Se detuvo ante la entrada del cuerpo de ella.
—¿Estás segura? —susurró—. ¿No quieres esperar, jugar un poco más?
—Habrá tiempo de sobra para eso más adelante. Ahora mismo estoy hambrienta.
—Yo también —reconoció. Y se apoyó sobre los codos y lamió el labio inferior antes de posar por completo la boca sobre la suya. Minutos después, comentó—: No ha sido más que un aperitivo.
—Necesito el plato principal —respondió Paula, con el corazón martilleándole de deseo. Pedro soltó una carchada.
—¡Ya te he alimentado, mujer insaciable!
Desde su regreso, era la primera vez que lo oía expresar un júbilo tan abierto. Actuó como el más poderoso de los afrodisíacos. Onduló contra su cuerpo hasta que sintió el latir de ambos corazones al unísono. Pedro introdujo una mano entre sus cuerpos y ella tembló bajo la caricia de esos dedos. Luego el contacto se relajó y se vio sustituido por un calor familiar y directo. Avanzando, se introdujo en ella con una facilidad que Paula no había imaginado.Se movieron al mismo ritmo, como una danza no olvidada. Una danza íntima para amantes. El ritmo se incrementó, los embates de Pedro más profundos. El placer se retorció, tensándose en el cuerpo de Paula. Hasta que, con un embiste final, llegó la liberación, enviándolos a los dos a un reino de color y deleite cegador.
—Deja que te ayude.
Él gimió.
—Date la vuelta.
Solo pudo complacerlo. El sonido de la cremallera reverberó sorprendentemente alto. Sintió que su top cedía. Luego los labios de Pedro se posaron en la piel sensible de su nuca y trazó una línea de fuego a lo largo del punto erótico que únicamente él conocía. Tembló de placer. Lo había echado tanto de menos.La giró en sus brazos.
—Puedes ayudar deshaciéndote de ese condenado top. Lo más factible es que en este momento yo termine por romperlo... y es demasiado bonito.
Con fluidez, se lo quitó por la cabeza y dejó los pechos cubiertos solo por el sujetador.
—Eres hermosa.
El sujetador, de fino encaje amarillo pálido, contenía unos pechos plenos y voluptuosos, con los pezones oscuros. Contuvo un gemido. Alargó las manos trémulas y acarició las curvas de sus hombros, su cintura... hasta llegar a las caderas. Una vez allí, tiró con torpeza de la cremallera de la falda, que cayó en pliegues al suelo. La alzó y la pegó a su pecho, bien consciente de que casi se hallaba desnuda, y se dirigió a la cama interminable, sobre la cual la depositó con cuidado.Desnudo, se tumbó a su lado, y apoyándose en un codo, se inclinó para besar la curva de piel que salía por la parte superior del encaje. La piel de Paula era suave bajo sus labios y tras la delicada tela podía ver cómo se endurecía el pezón oscuro hasta formar una cumbre en punta.Las manos le temblaron al ocuparse del cierre frontal del sujetador. Una vez suelto, las copas se separaron. Coronándole los pechos con las manos, pasó los dedos pulgares sobre las cimas henchidas.Clea echó la cabeza atrás y gimió. Pedro se inclinó y sustituyó el dedo pulgar por la boca, y succionó con suavidad hasta que los gemidos se volvieron más sonoros. Con la boca bajó por el costado de un pecho, plantando besos en el valle central antes de ascender por el otro hasta llegar a la cumbre.Una vez más, Paula no pudo contener el sonido ronco que escapó de su garganta.
—Lucho por mostrar contención —musitó mientras la acercaba al borde de la cama y eliminaba la última prenda que los separaba y le abría las piernas. Se situó en el espacio que había creado entre los muslos de Paula—. Pero te prometo que iré realmente despacio. Tendré cuidado. Tú dime lo que quieres.—Solo estoy embarazada, así que es difícil que me quiebre. Pero si lo quieres saber, te quiero a tí —musitó, tomándole la cabeza entre las manos—. Dentro de mí. Ahora.
Al avanzar, la luz titiló por sus extremidades, dándole a su piel una tonalidad de bronce. Se detuvo ante la entrada del cuerpo de ella.
—¿Estás segura? —susurró—. ¿No quieres esperar, jugar un poco más?
—Habrá tiempo de sobra para eso más adelante. Ahora mismo estoy hambrienta.
—Yo también —reconoció. Y se apoyó sobre los codos y lamió el labio inferior antes de posar por completo la boca sobre la suya. Minutos después, comentó—: No ha sido más que un aperitivo.
—Necesito el plato principal —respondió Paula, con el corazón martilleándole de deseo. Pedro soltó una carchada.
—¡Ya te he alimentado, mujer insaciable!
Desde su regreso, era la primera vez que lo oía expresar un júbilo tan abierto. Actuó como el más poderoso de los afrodisíacos. Onduló contra su cuerpo hasta que sintió el latir de ambos corazones al unísono. Pedro introdujo una mano entre sus cuerpos y ella tembló bajo la caricia de esos dedos. Luego el contacto se relajó y se vio sustituido por un calor familiar y directo. Avanzando, se introdujo en ella con una facilidad que Paula no había imaginado.Se movieron al mismo ritmo, como una danza no olvidada. Una danza íntima para amantes. El ritmo se incrementó, los embates de Pedro más profundos. El placer se retorció, tensándose en el cuerpo de Paula. Hasta que, con un embiste final, llegó la liberación, enviándolos a los dos a un reino de color y deleite cegador.
Eres Mía: Capítulo 27
—En los primeros meses lo planeé, pero no dispuse de oportunidades... se me vigilaba estrechamente. Después de empezar a trasladarnos, tuve más libertad... aunque por entonces, sabía que me harían falta recursos para salir de Irak. Akam y yo habíamos empezado a forjar una relación. Mantenerme prisionero se convirtió en una amenaza para él. Tenía dos elecciones... matarme o soltarme.
—¿Te dejó ir? —Paula tembló bajo su contacto.
—Al final me ayudó. Era kurdo y procedía de un largo linaje de contrabandistas. Organizó que fuera a un punto en el norte de Al Sulaymaniyah, donde me dejaron con indicaciones para llegar a un poblado en las montañas y con una carta de presentación para una banda de contrabandistas que operaba allí. El plan era acompañarlos por una antigua ruta de contrabando a través de las montañas hasta llegar a Turquía, donde tenía un primo lejano que me proporcionaría un pasaporte. El viaje llevó mucho más tiempo del imaginado. La ruta se acerca bastante a Irán y la frontera no está marcada. Nuestro grupo fue arrestado por penetrar en Irán y nos confiscaron los caballos y las provisiones.
—Oh, Pedro.
—Nos retuvieron varios meses antes de soltarnos y yo fui afortunado de que también me consideraran un contrabandista. Había cosido algún dinero que me había dado Akam a la cintura de mis vaqueros y por suerte los guardias no lo descubrieron —sonrió—. Yo le había prometido que se lo devolvería, con intereses generosos y una bonificación sustancial... después de todo, él había corrido un riesgo importante.
—¡Es terrible! Quiero saberlo todo... cada detalle.
Pedro hizo una mueca para sus adentros. Había sabido que llegaría ese momento. Y que luego insistiría en conocer los detalles de por qué había ido a Irak en primer lugar.
—Paula, esta es mi promesa. Te contaré todo lo que sé. Pero primero hay algunas cosas que he de aclarar. Necesito que me des tiempo.
—Claro que te lo daré. Dios mío, ni siquiera soy capaz de pensar en lo traumática que debe de haber sido toda la experiencia. Tómate el tiempo que necesites. Aquí estaré.Deseó no haber dudado nunca de él. Había sabido que estaba vivo. Que algo le había impedido volver a casa... pero eso era horrible.
—Gracias —le besó las yemas de los dedos que le sostenían la cara y Pedro emitió un gemido.
—¿Cómo has podido pensar que había alguien más? Desde el día en que nos conocimos solo has existido tú —se inclinó y le cubrió la boca con la suya.
El beso se inició con una gentileza suave, y solo cuando ella abrió la boca él aprovechó el momento para atravesar la suave barrera de sus labios e introducir la lengua entre ellos al tiempo que la abrazaba.Durante unos segundos se quedó quieta, luego se puso de puntillas para ir al encuentro de ese beso y rodearle el cuello con los brazos. Cerró los ojos, disfrutando del sabor y de la sensación de Pedro. Su cuerpo se fundió contra el de su marido mientras él le saqueaba la boca con una lengua dúctil y hábil que encendió el calor latente en la boca de su estómago hasta convertirlo en el rugido de las llamas. Había mucho tiempo que recuperar, muchos días malos que desterrar de la vida de Pedro.Con un sonido ronco la pegó a él y Paula fue consciente de la erección, de esa dureza contra su estómago. Se pegó más a él. Fue Pedro quien se apartó primero.
—Créeme, jamás habrá alguien más que tú.
Sus ojos eran sinceros. Directos. No había oscuridad... ni distancia.
—Vayamos a casa.
El sol brillaba en la aldaba de latón de la puerta principal. Dentro sonaba un teléfono. Paula introdujo la clave de seguridad en el panel y Brand abrió la puerta antes de seguirla al interior. El teléfono se había callado. Reinaba el silencio. Leonardo no trabajaba los fines de semana y Samuel se había retirado a su departamento encima del garaje. En el dormitorio de la primera planta, los haces de luz de la tarde hacían que el aire fuera cálido y dorado.Deteniéndose junto a la cama grande, giró la cabeza para ver a Paula en el umbral, con un vestigio de incertidumbre en los ojos.
—Ven aquí —abrió los brazos y ella voló a su círculo.
—¿Estás seguro? —le preguntó.
—¡Desde luego! —sonrió—. Ni por un minuto olvidé lo hermosa que eres —recalcó la afirmación con un beso.
Luego alzó la cabeza y vió el brillo en sus ojos. Ella fue a decir algo y él se aprovechó y besó la boca abierta. Paula calló. Le tomó el rostro en las manos y ladeó la cabeza, ahondando el beso, hasta que la respiración se le aceleró.Finalmente, Pedro levantó la cabeza. Las mejillas de Paula se veían acaloradas. El pasó los dedos por el cabello oscuro y pensó en lo mucho que había anhelado eso. Luego bajó las manos por la espalda en una caricia lenta y sensual hasta que llegó al borde de su top.
—Quiero mirarte... toda.
—Tú primero —dijo ella, separándose del abrazo.
—Lo que desee la dama.
Entonces se dedicó a observar con la boca reseca mientras se desabrochaba la camisa y se aflojaba los pantalones para quitársela con gesto impaciente. El torso musculoso brilló bajo la deslumbrante luz de la tarde, bronceado por el sol del desierto.Pedro le sonrió al tiempo que se desprendía de los vaqueros.Los calzoncillos reflejaban suficiente deseo y ardor como para erradicar todo pensamiento de su cabeza.
—¿Te dejó ir? —Paula tembló bajo su contacto.
—Al final me ayudó. Era kurdo y procedía de un largo linaje de contrabandistas. Organizó que fuera a un punto en el norte de Al Sulaymaniyah, donde me dejaron con indicaciones para llegar a un poblado en las montañas y con una carta de presentación para una banda de contrabandistas que operaba allí. El plan era acompañarlos por una antigua ruta de contrabando a través de las montañas hasta llegar a Turquía, donde tenía un primo lejano que me proporcionaría un pasaporte. El viaje llevó mucho más tiempo del imaginado. La ruta se acerca bastante a Irán y la frontera no está marcada. Nuestro grupo fue arrestado por penetrar en Irán y nos confiscaron los caballos y las provisiones.
—Oh, Pedro.
—Nos retuvieron varios meses antes de soltarnos y yo fui afortunado de que también me consideraran un contrabandista. Había cosido algún dinero que me había dado Akam a la cintura de mis vaqueros y por suerte los guardias no lo descubrieron —sonrió—. Yo le había prometido que se lo devolvería, con intereses generosos y una bonificación sustancial... después de todo, él había corrido un riesgo importante.
—¡Es terrible! Quiero saberlo todo... cada detalle.
Pedro hizo una mueca para sus adentros. Había sabido que llegaría ese momento. Y que luego insistiría en conocer los detalles de por qué había ido a Irak en primer lugar.
—Paula, esta es mi promesa. Te contaré todo lo que sé. Pero primero hay algunas cosas que he de aclarar. Necesito que me des tiempo.
—Claro que te lo daré. Dios mío, ni siquiera soy capaz de pensar en lo traumática que debe de haber sido toda la experiencia. Tómate el tiempo que necesites. Aquí estaré.Deseó no haber dudado nunca de él. Había sabido que estaba vivo. Que algo le había impedido volver a casa... pero eso era horrible.
—Gracias —le besó las yemas de los dedos que le sostenían la cara y Pedro emitió un gemido.
—¿Cómo has podido pensar que había alguien más? Desde el día en que nos conocimos solo has existido tú —se inclinó y le cubrió la boca con la suya.
El beso se inició con una gentileza suave, y solo cuando ella abrió la boca él aprovechó el momento para atravesar la suave barrera de sus labios e introducir la lengua entre ellos al tiempo que la abrazaba.Durante unos segundos se quedó quieta, luego se puso de puntillas para ir al encuentro de ese beso y rodearle el cuello con los brazos. Cerró los ojos, disfrutando del sabor y de la sensación de Pedro. Su cuerpo se fundió contra el de su marido mientras él le saqueaba la boca con una lengua dúctil y hábil que encendió el calor latente en la boca de su estómago hasta convertirlo en el rugido de las llamas. Había mucho tiempo que recuperar, muchos días malos que desterrar de la vida de Pedro.Con un sonido ronco la pegó a él y Paula fue consciente de la erección, de esa dureza contra su estómago. Se pegó más a él. Fue Pedro quien se apartó primero.
—Créeme, jamás habrá alguien más que tú.
Sus ojos eran sinceros. Directos. No había oscuridad... ni distancia.
—Vayamos a casa.
El sol brillaba en la aldaba de latón de la puerta principal. Dentro sonaba un teléfono. Paula introdujo la clave de seguridad en el panel y Brand abrió la puerta antes de seguirla al interior. El teléfono se había callado. Reinaba el silencio. Leonardo no trabajaba los fines de semana y Samuel se había retirado a su departamento encima del garaje. En el dormitorio de la primera planta, los haces de luz de la tarde hacían que el aire fuera cálido y dorado.Deteniéndose junto a la cama grande, giró la cabeza para ver a Paula en el umbral, con un vestigio de incertidumbre en los ojos.
—Ven aquí —abrió los brazos y ella voló a su círculo.
—¿Estás seguro? —le preguntó.
—¡Desde luego! —sonrió—. Ni por un minuto olvidé lo hermosa que eres —recalcó la afirmación con un beso.
Luego alzó la cabeza y vió el brillo en sus ojos. Ella fue a decir algo y él se aprovechó y besó la boca abierta. Paula calló. Le tomó el rostro en las manos y ladeó la cabeza, ahondando el beso, hasta que la respiración se le aceleró.Finalmente, Pedro levantó la cabeza. Las mejillas de Paula se veían acaloradas. El pasó los dedos por el cabello oscuro y pensó en lo mucho que había anhelado eso. Luego bajó las manos por la espalda en una caricia lenta y sensual hasta que llegó al borde de su top.
—Quiero mirarte... toda.
—Tú primero —dijo ella, separándose del abrazo.
—Lo que desee la dama.
Entonces se dedicó a observar con la boca reseca mientras se desabrochaba la camisa y se aflojaba los pantalones para quitársela con gesto impaciente. El torso musculoso brilló bajo la deslumbrante luz de la tarde, bronceado por el sol del desierto.Pedro le sonrió al tiempo que se desprendía de los vaqueros.Los calzoncillos reflejaban suficiente deseo y ardor como para erradicar todo pensamiento de su cabeza.
Eres Mía: Capítulo 26
—No entiendo —dijo Paula, respirando hondo—. Creía que había otra persona.
—¿Quién? ¿Candela? —vió la inseguridad en el rostro de ella—. Vamos, demos un paseo.
Se puso de pie y en cuestión de minutos pagó la cuenta y la condujo fuera del restaurante hasta un sendero que seguía la ribera del lago. Paula recuperó la voz.
—¿Es Candela? ¿O se trata de otra mujer? —el corazón le martilleó en el pecho mientras aguardaba la respuesta.
Se detuvieron y vió que en los ojos de Brand había una expresión extraña.
—No hay otra mujer —afirmó.
—¿Y qué me dices de Candela? —debía saberlo.
—¿Qué pasa con ella? —se encogió de hombros.
Paula se esforzó en ocultar su frustración mientras se explicaba:
—El detective que contraté después de que desaparecieras sospechaba que estabas teniendo una aventura... me dijo que había encontrado todas las señales de la infidelidad —él solo entrecerró los ojos—. Encontró pruebas de que Candela y tú habían pasado bastante tiempo juntos. En Grecia. Y después de la primera vez que hablé contigo, se fueron juntos a Irak.
—Anita era una colega. Me estaba ayudando con... un proyecto.
—Jamás me mencionaste nada de eso.
—Tú siempre te has mostrado sensible con ella...
Era reacio a sacar su nombre.
—Al parecer, con buen motivo. Dijiste que solo habían tenido unas citas... ¡Cuándo la verdad es que vivieron juntos!
—Estuve torpe. Lo reconozco —alzó los hombros y extendió las manos—. Eras irracionalmente paranoica con todo lo concerniente a ella, así que mentí para que dejara de preocuparte. Seguía trabajando con ella... y necesitaba que te relajaras y aceptaras eso. Luego fue demasiado tarde para contarte la verdad sin crear un problema mucho mayor. Estaba metido hasta el cuello.
Paula tuvo que reconocer que a Pedro no le faltaba razón en lo que decía. Como arqueóloga y experta en antigüedades de Oriente Medio, Anita había compartido la pasión de Pedro... lo que a sus ojos la hacía más peligrosa. En los primeros días, la había invitado a una cena en su casa. Ella se había sentido amenazada y apenas había respondido a los intentos amistosos de acercamiento de la mujer. Pedro lo había notado. Luego él le había hecho el amor y la había reafirmado, diciéndole que solo la amaba a ella. Únicamente a ella. Y ella le había creído.
—¿Cuál era el proyecto en el que te ayudaba? —preguntó al final.
—Ya no importa.
Paula se recobró y dijo:
—Me parece que sí —y no le importó percibir la ira contenida en él.
—El proyecto era confidencial... se descartó —metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar deprisa—. Jamás tuve la oportunidad de verlo acabado.
Eso era típico del Pedro con el que había vivido. Nunca había sido propenso a ofrecer explicaciones. Pero ella había cambiado. Quería una pareja en igualdad de condiciones. No un marido que la tratara como a una niña. Trotó detrás de él.
—De acuerdo, así que no puedes darme detalles. Pero sí puedes decirme dónde estuvieron.
—No quieres saberlo —movió la cabeza.
—Sí quiero —cuando él permaneció en silencio, las lágrimas que habían estado amenazándola brotaron—. Maldito seas. ¿Tienes alguna idea de por lo que he pasado?
Aminoró el paso y, parpadeando con furia, abandonó el sendero para acercarse al lago. Una brisa agitaba la superficie del agua y llegaba hasta la costa, pero ni lo notó.Más que oír, sintió la aproximación de Pedro.Años de dolor contenido y de resentimiento en ebullición pudieron con ella.
—Ni una palabra de tí. ¿En casi cuatro años no pudiste siquiera hacerme saber que estabas bien, vivo? —de su garganta escapó un sollozo—. ¿Sabes lo sola que he estado sin tí? ¿La incertidumbre que he tenido que soportar? ¿Lo asustada que he estado?
—Paula, lo siento —la tomó por los hombros y ella se puso tensa—. Lo entiendo —musitó con inesperada gentileza—. No tienes que justificarte ante mí. Quizá no me guste, pero puedo aceptar que me creyeras muerto y que tu soledad necesitara consuelo.
Seguía creyendo que se había acostado con Fernando. ¿Tanto le costaba salir de su cuadrícula y analizar que podría no haber necesitado un amante para quedarse embarazada?
—¿Te haces una idea de lo que fue vivir un día tras otro tratando de descifrar por qué te habías marchado? ¿Tratando de entender qué había en mí que te había llevado a tomar la decisión de marcharte y permanecer lejos cuatro años?
—Jamás fue así.
—Y desde que has vuelto me he ido convenciendo más de que la evaluación inicial de los investigadores era correcta... que me abandonaste por Candela—todo su dolor quedó expuesto—. Era lo que creyeron desde el principio todos los demás.
Le enmarcó el rostro con las manos.
—No he estado en un nidito de amor. Fui hecho prisionero... el primer año apenas vi la luz.
—¡Pedro! —el horror oscureció sus ojos—. ¿Por qué?
—Al principio pensé que se trataba de un secuestro oportunista y que Akam, el líder, había supuesto que yo era un extranjero rico con el que esperaba obtener unos beneficios fáciles. Cuando ví que no paraba de levantar el campamento y adentrarse en el desierto, llegué a la conclusión de que se había asustado y temía represalias.
—¿Pero escapaste?
Él negó con la cabeza.
—¿Quién? ¿Candela? —vió la inseguridad en el rostro de ella—. Vamos, demos un paseo.
Se puso de pie y en cuestión de minutos pagó la cuenta y la condujo fuera del restaurante hasta un sendero que seguía la ribera del lago. Paula recuperó la voz.
—¿Es Candela? ¿O se trata de otra mujer? —el corazón le martilleó en el pecho mientras aguardaba la respuesta.
Se detuvieron y vió que en los ojos de Brand había una expresión extraña.
—No hay otra mujer —afirmó.
—¿Y qué me dices de Candela? —debía saberlo.
—¿Qué pasa con ella? —se encogió de hombros.
Paula se esforzó en ocultar su frustración mientras se explicaba:
—El detective que contraté después de que desaparecieras sospechaba que estabas teniendo una aventura... me dijo que había encontrado todas las señales de la infidelidad —él solo entrecerró los ojos—. Encontró pruebas de que Candela y tú habían pasado bastante tiempo juntos. En Grecia. Y después de la primera vez que hablé contigo, se fueron juntos a Irak.
—Anita era una colega. Me estaba ayudando con... un proyecto.
—Jamás me mencionaste nada de eso.
—Tú siempre te has mostrado sensible con ella...
Era reacio a sacar su nombre.
—Al parecer, con buen motivo. Dijiste que solo habían tenido unas citas... ¡Cuándo la verdad es que vivieron juntos!
—Estuve torpe. Lo reconozco —alzó los hombros y extendió las manos—. Eras irracionalmente paranoica con todo lo concerniente a ella, así que mentí para que dejara de preocuparte. Seguía trabajando con ella... y necesitaba que te relajaras y aceptaras eso. Luego fue demasiado tarde para contarte la verdad sin crear un problema mucho mayor. Estaba metido hasta el cuello.
Paula tuvo que reconocer que a Pedro no le faltaba razón en lo que decía. Como arqueóloga y experta en antigüedades de Oriente Medio, Anita había compartido la pasión de Pedro... lo que a sus ojos la hacía más peligrosa. En los primeros días, la había invitado a una cena en su casa. Ella se había sentido amenazada y apenas había respondido a los intentos amistosos de acercamiento de la mujer. Pedro lo había notado. Luego él le había hecho el amor y la había reafirmado, diciéndole que solo la amaba a ella. Únicamente a ella. Y ella le había creído.
—¿Cuál era el proyecto en el que te ayudaba? —preguntó al final.
—Ya no importa.
Paula se recobró y dijo:
—Me parece que sí —y no le importó percibir la ira contenida en él.
—El proyecto era confidencial... se descartó —metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar deprisa—. Jamás tuve la oportunidad de verlo acabado.
Eso era típico del Pedro con el que había vivido. Nunca había sido propenso a ofrecer explicaciones. Pero ella había cambiado. Quería una pareja en igualdad de condiciones. No un marido que la tratara como a una niña. Trotó detrás de él.
—De acuerdo, así que no puedes darme detalles. Pero sí puedes decirme dónde estuvieron.
—No quieres saberlo —movió la cabeza.
—Sí quiero —cuando él permaneció en silencio, las lágrimas que habían estado amenazándola brotaron—. Maldito seas. ¿Tienes alguna idea de por lo que he pasado?
Aminoró el paso y, parpadeando con furia, abandonó el sendero para acercarse al lago. Una brisa agitaba la superficie del agua y llegaba hasta la costa, pero ni lo notó.Más que oír, sintió la aproximación de Pedro.Años de dolor contenido y de resentimiento en ebullición pudieron con ella.
—Ni una palabra de tí. ¿En casi cuatro años no pudiste siquiera hacerme saber que estabas bien, vivo? —de su garganta escapó un sollozo—. ¿Sabes lo sola que he estado sin tí? ¿La incertidumbre que he tenido que soportar? ¿Lo asustada que he estado?
—Paula, lo siento —la tomó por los hombros y ella se puso tensa—. Lo entiendo —musitó con inesperada gentileza—. No tienes que justificarte ante mí. Quizá no me guste, pero puedo aceptar que me creyeras muerto y que tu soledad necesitara consuelo.
Seguía creyendo que se había acostado con Fernando. ¿Tanto le costaba salir de su cuadrícula y analizar que podría no haber necesitado un amante para quedarse embarazada?
—¿Te haces una idea de lo que fue vivir un día tras otro tratando de descifrar por qué te habías marchado? ¿Tratando de entender qué había en mí que te había llevado a tomar la decisión de marcharte y permanecer lejos cuatro años?
—Jamás fue así.
—Y desde que has vuelto me he ido convenciendo más de que la evaluación inicial de los investigadores era correcta... que me abandonaste por Candela—todo su dolor quedó expuesto—. Era lo que creyeron desde el principio todos los demás.
Le enmarcó el rostro con las manos.
—No he estado en un nidito de amor. Fui hecho prisionero... el primer año apenas vi la luz.
—¡Pedro! —el horror oscureció sus ojos—. ¿Por qué?
—Al principio pensé que se trataba de un secuestro oportunista y que Akam, el líder, había supuesto que yo era un extranjero rico con el que esperaba obtener unos beneficios fáciles. Cuando ví que no paraba de levantar el campamento y adentrarse en el desierto, llegué a la conclusión de que se había asustado y temía represalias.
—¿Pero escapaste?
Él negó con la cabeza.
Eres Mía: Capítulo 25
—Paula, no pienses que tienes que casarte con Fernando para darle un padre al bebé. Yo aceptaré a tu hijo.
—Podría ser tuyo... si quisieras.
Pedro le soltó la mano y miró sus ojos verdes.
—¿Hablas de adopción? —lo tomaría en consideración... haría cualquier cosa para no perderla.
—Podemos hablar de eso más adelante —dijo ella—. Ya tenemos mucho de qué hablar.
—Desde luego. Y lo más importante, quiero que le digas a Hall-Lewis que no tiene futuro. No te vas a casar con él. ¿Sabes que está arruinado?
La sorpresa en el rostro de ella le indicó que lo desconocía.
—¿Cuándo has tenido tiempo para averiguarlo?
—Tengo mis fuentes —respondió misteriosamente. Alzó el vaso y bebió un trago del refresco, sin dejar de observarla en ningún momento, sopesando la ventaja que podría haberle dado esa información—. ¿Sabes que le dieron sesenta días para aportar un millón de dólares que frenara temporalmente a sus acreedores?
—¿Adonde quieres llegar, Pedro? —preguntó incómoda.
—Para él, tú fácilmente vales un millón de dólares. La boda representaría una solución sencilla para todos los problemas financieros de Fernando.
—Un millón de dólares —jugó con el pie de su copa—. Y ese es el único motivo por el que Fernando querría casarse conmigo, ¿No?
—¡Claro que no! Tienes mucho que ofrecerle a Fernando... eres un tesoro inapreciable para cualquier hombre —pero notó que ella no le escuchaba. Dobló con cuidado la servilleta y la dejó sobre la mesa.Al alzar la vista, tenía el rostro inexpresivo.
—No voy a casarme con Fernando... nunca pensé en hacerlo.
El alivio le quitó una carga de una tonelada de peso.
—Entonces, ¿Por qué me contaste lo contrario?
—Cuando te volví a ver... —calló un momento—. En mis fantasías llevaba años imaginando ese momento. Pero la realidad no se pareció en nada a lo que yo había esperado. Estabas tan distinto... tan duro, tan enfadado. Necesitaba tiempo para pensar.
Pedro se dijo que él mismo había provocado su propia caída. Antes de poder defenderse, ella volvió a hablar.
—Porque si amara de verdad a Fernando, no importaría que estuviera arruinado... porque nos tendríamos el uno al otro. Eso nos daría todas las riquezas que yo necesitaría.¡No amaba a Hall-Lewis!
—Tu fideicomiso habría ayudado.
Los ojos verdes de ella comenzaron a brillar.
—¿Por qué siempre surge eso? Y no soy yo quien no para de sacar el tema.
—No, en el pasado fueron tu padre, tu amigo Fernando y tus otros amigos de la alta sociedad.Captó la amargura que él no pudo ocultar.
—No pensé que notaras que te acusaban de haberte casado conmigo por mi fideicomiso...
—Lo noté.
—Yo jamás lo creí —lo estudió con ojos suaves—. ¡Te hizo daño!
—Daño no —movió la cabeza—. Me irritó, como el zumbido de los mosquitos en el calor de la noche desértica
—Tendría que empezar a trabajar en ser más abierto, y también en ser padre. Aprendería a ser el hombre de familia que quería ella.
El contacto de ella lo sobresaltó. Paula se había adelantado y apoyado la mano izquierda en su brazo.
—Venías de una familia grande. Te alistaste en las Fuerzas Especiales... te convertiste en un experto en tu campo. Luego descubriste la pasión por los objetos antiguos y buscaste aprender todo lo que podías sobre el tema. Eso es mucho más admirable que ser un magnate de fideicomiso. Fue tu pasión lo que me atrajo de tí... eras distinto. Por eso me enamoré de tí.
Su sinceridad le quitó toda barrera. Había llegado el momento de dejar de esconderse, sin importar el precio.Apoyó la mano sobre la de ella y la miró a los ojos con toda la verdad en ellos.
—Lo único que siempre he querido eres tú.
—Podría ser tuyo... si quisieras.
Pedro le soltó la mano y miró sus ojos verdes.
—¿Hablas de adopción? —lo tomaría en consideración... haría cualquier cosa para no perderla.
—Podemos hablar de eso más adelante —dijo ella—. Ya tenemos mucho de qué hablar.
—Desde luego. Y lo más importante, quiero que le digas a Hall-Lewis que no tiene futuro. No te vas a casar con él. ¿Sabes que está arruinado?
La sorpresa en el rostro de ella le indicó que lo desconocía.
—¿Cuándo has tenido tiempo para averiguarlo?
—Tengo mis fuentes —respondió misteriosamente. Alzó el vaso y bebió un trago del refresco, sin dejar de observarla en ningún momento, sopesando la ventaja que podría haberle dado esa información—. ¿Sabes que le dieron sesenta días para aportar un millón de dólares que frenara temporalmente a sus acreedores?
—¿Adonde quieres llegar, Pedro? —preguntó incómoda.
—Para él, tú fácilmente vales un millón de dólares. La boda representaría una solución sencilla para todos los problemas financieros de Fernando.
—Un millón de dólares —jugó con el pie de su copa—. Y ese es el único motivo por el que Fernando querría casarse conmigo, ¿No?
—¡Claro que no! Tienes mucho que ofrecerle a Fernando... eres un tesoro inapreciable para cualquier hombre —pero notó que ella no le escuchaba. Dobló con cuidado la servilleta y la dejó sobre la mesa.Al alzar la vista, tenía el rostro inexpresivo.
—No voy a casarme con Fernando... nunca pensé en hacerlo.
El alivio le quitó una carga de una tonelada de peso.
—Entonces, ¿Por qué me contaste lo contrario?
—Cuando te volví a ver... —calló un momento—. En mis fantasías llevaba años imaginando ese momento. Pero la realidad no se pareció en nada a lo que yo había esperado. Estabas tan distinto... tan duro, tan enfadado. Necesitaba tiempo para pensar.
Pedro se dijo que él mismo había provocado su propia caída. Antes de poder defenderse, ella volvió a hablar.
—Porque si amara de verdad a Fernando, no importaría que estuviera arruinado... porque nos tendríamos el uno al otro. Eso nos daría todas las riquezas que yo necesitaría.¡No amaba a Hall-Lewis!
—Tu fideicomiso habría ayudado.
Los ojos verdes de ella comenzaron a brillar.
—¿Por qué siempre surge eso? Y no soy yo quien no para de sacar el tema.
—No, en el pasado fueron tu padre, tu amigo Fernando y tus otros amigos de la alta sociedad.Captó la amargura que él no pudo ocultar.
—No pensé que notaras que te acusaban de haberte casado conmigo por mi fideicomiso...
—Lo noté.
—Yo jamás lo creí —lo estudió con ojos suaves—. ¡Te hizo daño!
—Daño no —movió la cabeza—. Me irritó, como el zumbido de los mosquitos en el calor de la noche desértica
—Tendría que empezar a trabajar en ser más abierto, y también en ser padre. Aprendería a ser el hombre de familia que quería ella.
El contacto de ella lo sobresaltó. Paula se había adelantado y apoyado la mano izquierda en su brazo.
—Venías de una familia grande. Te alistaste en las Fuerzas Especiales... te convertiste en un experto en tu campo. Luego descubriste la pasión por los objetos antiguos y buscaste aprender todo lo que podías sobre el tema. Eso es mucho más admirable que ser un magnate de fideicomiso. Fue tu pasión lo que me atrajo de tí... eras distinto. Por eso me enamoré de tí.
Su sinceridad le quitó toda barrera. Había llegado el momento de dejar de esconderse, sin importar el precio.Apoyó la mano sobre la de ella y la miró a los ojos con toda la verdad en ellos.
—Lo único que siempre he querido eres tú.
martes, 30 de enero de 2018
Eres Mía: Capítulo 24
Salvo él.Tras un momento vibrante, Pedro dijo:
—De acuerdo, ahora no... pero sí luego.
—Pero primero hablaremos.
—Te lo recordaré —la miró con expresión inescrutable.
Después de arreglar que le enviaran toda la compra a casa, empezó a cansarse de ir de una tienda a otra, de la multitud, de no poder captar más que un leve vistazo de cielo azul. Comenzaba a sentir cierta claustrofobia. Necesitaba espacio. Un paseo por el oasis verde de Central Park hasta el Loeb Boathouse Restaurant proporcionó el antídoto perfecto para la inquietud que lo consumía.Los escoltaron hasta una mesa junto al borde del lago. Adrede él había elegido ese restaurante que tanto habían frecuentado en el pasado. Pretendía reavivar antiguos recuerdos de los buenos tiempos que habían compartido, aunque sería importante mantener la cabeza fría en la conversación que iba a tener lugar. Estaba luchando por lo que más le importaba.Después de todo, Paula seguía siendo su esposa.Y no iba a permitir que eso cambiara. Sin importar lo que planeara Hall-Lewis.
Cuando regresó al camarero, Pedro cerró el menú sin haberlo leído. Sabía que quería el sabor familiar de una hamburguesa con un refresco frío. Hacía mucho que no disfrutaba de esos corrientes placeres occidentales. Y Paula necesitó un segundo para decantarse por unos raviolis de setas silvestres y una ensalada verde.
—De joven, solía imaginar que celebraría mi boda aquí, junto al lago —comentó ella con tono soñador una vez que se hubo marchado el camarero.
La información fue inesperada y el interés de Pedro se agudizó.
—Siempre supe que disfrutabas viniendo aquí... pero nunca me habías contado eso.
—Es tan romántico. Los botes, los cisnes. Hasta el horizonte urbano más allá de los árboles te recuerdan que es un mundo secreto en el corazón de Nueva York —en ese momento el camarero les llevó el pedido y después de marcharse, la voz de Paula se suavizó más—: Y no te lo dije porque nunca quise que pensaras que me había perdido un sueño por casarnos en Las Vegas.
Pero se lo había perdido. Paula se había merecido la boda romántica de sus fantasías juveniles. Diablos, incluso era virgen. Recordó la incredulidad y devoción que lo habían abrumado al realizar ese descubrimiento sorprendente la noche nupcial.
—En cualquier caso, me pediste que nos casáramos aquí, en Central Park, ¿Lo recuerdas? Antes de largamos a Las Vegas. Así que debiste sentir el vínculo que tenía con este lugar.
—El calor era sofocante. Me declaré bajo un roble...
—Lo recuerdo —su mirada se tomó súbitamente brumosa y apoyó la mano en el brazo de él.Brand respiró hondo cuando el calor lo atravesó como una lanza. Tras una pausa, acarició el dedo de ella, que mostraba una marca más clara.
—Paula, me gustaría que volvieras a llevar el anillo... después de todo, aún seguimos casados.
—No puedo —la suave ensoñación se desvaneció de su rostro cuando movió la cabeza.
La negativa fue como un golpe en las entrañas de Pedro.Antes de que pudiera responder, les sirvieron la comida. Cenaron en silencio y el murmullo de las conversaciones circundantes llenó el espacio entre ellos. Mientras Pedro reflexionaba sobre la negativa recibida, se dijo que no debería haberlo sorprendido.
—Necesitamos hablar de Fernando—dijo.
—¿Fernando? —ella enarcó las cejas y dejó los cubiertos en el plato vacío—. ¿De qué quieres hablar?
—Es difícil que puedas casarte con él mientras estés casada conmigo —ella fue a decir algo pero la cortó—. No estoy muerto, de modo que nuestro matrimonio sigue vigente. Debes saber que no pienso acceder a un divorcio pasivo y sencillo.
—Brand...
—Así que deberías reconsiderar este plan impulsivo.
—No ha sido nada impulsivo. Tú no estabas. Y conozco a Fernando de toda la vida —alzó el mentón en un gesto típico de ella y lo estudió ceñuda—. De hecho, desde mucho antes de conocerte a tí.
—El tiempo no significa nada. Puedes conocer a alguien de años y no saber nada sobre él... el matrimonio lo cambia todo.
—Me casé contigo al mes de conocerte, Pedro. Y a pesar de estar casados y de pasar casi todas las noches desnudos en brazos del otro, apenas te conocía —hizo una pausa y luego continuó—: A pesar de que me dijiste que me amabas, hubo una parte de tí que siempre mantuviste oculta. Guardaste secretos.
No era la primera vez que sacaba ese tema y Pedro empezaba a creer que Paula tenía razón. Pero igual se defendió.
—Algunos eran secretos muy reales... secretos militares que no tenía libertad de revelar.
—No todos.
—No —reconoció él—. Pero había cosas... terribles que prefería no tratar.
—Bien, puedo aceptar eso. Pero a veces percibía que entre nosotros había una distancia que jamás cruzaría. Al principio lo achaqué al hecho de que eras mayor y que habías visto muchas más cosas que yo. Pero esa distancia... tu reserva formó un muro impenetrable y me hizo difícil entenderte de verdad.
—¿Y consideras que entiendes a Fernando? Sonrió de un modo que no le gustó nada, con diversión... y ternura.
—Fernando me adora. Y él nunca me mentiría...
—¿Estás segura de eso?
—Absolutamente —parpadeó.
La conversación no tenía nada que ver con Fernando y sí con la tensión no resuelta que se retorcía entre ellos. Veía que Paula confiaba en Hall-Lewis y no en su marido. El miedo a perderla superó con creces la traición que tanto lo había indignado. Podía entender por qué se había sentido atraída hacia Fernando, era su amigo, a la vez que creía que Pedro estaba muerto. Pero había vuelto. Y no tenía intención de dejarla ir. No en esa vida.
—De acuerdo, ahora no... pero sí luego.
—Pero primero hablaremos.
—Te lo recordaré —la miró con expresión inescrutable.
Después de arreglar que le enviaran toda la compra a casa, empezó a cansarse de ir de una tienda a otra, de la multitud, de no poder captar más que un leve vistazo de cielo azul. Comenzaba a sentir cierta claustrofobia. Necesitaba espacio. Un paseo por el oasis verde de Central Park hasta el Loeb Boathouse Restaurant proporcionó el antídoto perfecto para la inquietud que lo consumía.Los escoltaron hasta una mesa junto al borde del lago. Adrede él había elegido ese restaurante que tanto habían frecuentado en el pasado. Pretendía reavivar antiguos recuerdos de los buenos tiempos que habían compartido, aunque sería importante mantener la cabeza fría en la conversación que iba a tener lugar. Estaba luchando por lo que más le importaba.Después de todo, Paula seguía siendo su esposa.Y no iba a permitir que eso cambiara. Sin importar lo que planeara Hall-Lewis.
Cuando regresó al camarero, Pedro cerró el menú sin haberlo leído. Sabía que quería el sabor familiar de una hamburguesa con un refresco frío. Hacía mucho que no disfrutaba de esos corrientes placeres occidentales. Y Paula necesitó un segundo para decantarse por unos raviolis de setas silvestres y una ensalada verde.
—De joven, solía imaginar que celebraría mi boda aquí, junto al lago —comentó ella con tono soñador una vez que se hubo marchado el camarero.
La información fue inesperada y el interés de Pedro se agudizó.
—Siempre supe que disfrutabas viniendo aquí... pero nunca me habías contado eso.
—Es tan romántico. Los botes, los cisnes. Hasta el horizonte urbano más allá de los árboles te recuerdan que es un mundo secreto en el corazón de Nueva York —en ese momento el camarero les llevó el pedido y después de marcharse, la voz de Paula se suavizó más—: Y no te lo dije porque nunca quise que pensaras que me había perdido un sueño por casarnos en Las Vegas.
Pero se lo había perdido. Paula se había merecido la boda romántica de sus fantasías juveniles. Diablos, incluso era virgen. Recordó la incredulidad y devoción que lo habían abrumado al realizar ese descubrimiento sorprendente la noche nupcial.
—En cualquier caso, me pediste que nos casáramos aquí, en Central Park, ¿Lo recuerdas? Antes de largamos a Las Vegas. Así que debiste sentir el vínculo que tenía con este lugar.
—El calor era sofocante. Me declaré bajo un roble...
—Lo recuerdo —su mirada se tomó súbitamente brumosa y apoyó la mano en el brazo de él.Brand respiró hondo cuando el calor lo atravesó como una lanza. Tras una pausa, acarició el dedo de ella, que mostraba una marca más clara.
—Paula, me gustaría que volvieras a llevar el anillo... después de todo, aún seguimos casados.
—No puedo —la suave ensoñación se desvaneció de su rostro cuando movió la cabeza.
La negativa fue como un golpe en las entrañas de Pedro.Antes de que pudiera responder, les sirvieron la comida. Cenaron en silencio y el murmullo de las conversaciones circundantes llenó el espacio entre ellos. Mientras Pedro reflexionaba sobre la negativa recibida, se dijo que no debería haberlo sorprendido.
—Necesitamos hablar de Fernando—dijo.
—¿Fernando? —ella enarcó las cejas y dejó los cubiertos en el plato vacío—. ¿De qué quieres hablar?
—Es difícil que puedas casarte con él mientras estés casada conmigo —ella fue a decir algo pero la cortó—. No estoy muerto, de modo que nuestro matrimonio sigue vigente. Debes saber que no pienso acceder a un divorcio pasivo y sencillo.
—Brand...
—Así que deberías reconsiderar este plan impulsivo.
—No ha sido nada impulsivo. Tú no estabas. Y conozco a Fernando de toda la vida —alzó el mentón en un gesto típico de ella y lo estudió ceñuda—. De hecho, desde mucho antes de conocerte a tí.
—El tiempo no significa nada. Puedes conocer a alguien de años y no saber nada sobre él... el matrimonio lo cambia todo.
—Me casé contigo al mes de conocerte, Pedro. Y a pesar de estar casados y de pasar casi todas las noches desnudos en brazos del otro, apenas te conocía —hizo una pausa y luego continuó—: A pesar de que me dijiste que me amabas, hubo una parte de tí que siempre mantuviste oculta. Guardaste secretos.
No era la primera vez que sacaba ese tema y Pedro empezaba a creer que Paula tenía razón. Pero igual se defendió.
—Algunos eran secretos muy reales... secretos militares que no tenía libertad de revelar.
—No todos.
—No —reconoció él—. Pero había cosas... terribles que prefería no tratar.
—Bien, puedo aceptar eso. Pero a veces percibía que entre nosotros había una distancia que jamás cruzaría. Al principio lo achaqué al hecho de que eras mayor y que habías visto muchas más cosas que yo. Pero esa distancia... tu reserva formó un muro impenetrable y me hizo difícil entenderte de verdad.
—¿Y consideras que entiendes a Fernando? Sonrió de un modo que no le gustó nada, con diversión... y ternura.
—Fernando me adora. Y él nunca me mentiría...
—¿Estás segura de eso?
—Absolutamente —parpadeó.
La conversación no tenía nada que ver con Fernando y sí con la tensión no resuelta que se retorcía entre ellos. Veía que Paula confiaba en Hall-Lewis y no en su marido. El miedo a perderla superó con creces la traición que tanto lo había indignado. Podía entender por qué se había sentido atraída hacia Fernando, era su amigo, a la vez que creía que Pedro estaba muerto. Pero había vuelto. Y no tenía intención de dejarla ir. No en esa vida.
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