Se apoyó contra la ventana y recordó todas las charlas felices que habían tenido sobre formar una familia numerosa. Y en ese momento Paula estaba embarazada. Pero no de él. No estaba realizando el sueño de ambos. Era únicamente el sueño nuevo de ella... parte de la visión que tenía de un futuro con Hall-Lewis.En la calidez del dormitorio, supo que tendría que luchar por su propio futuro con ella. La siguiente parada sería una visita a su abogado, quien sin duda se mostraría atónito de verlo. Su buitre legal al fin podría ganarse la excelente minuta que siempre le había pagado, resucitándolo legalmente de entre los muertos.Su matrimonio distaba mucho de estar acabado.No iba a dejar que Hall-Lewis se la arrebatara sin oponer una dura resistencia.Había vuelto a casa para quedarse.
Paula entró en la casa a oscuras.Unos candelabros proyectaban sombras suaves en los rincones del vestíbulo. Se dirigió hacia la escalera alfombrada. Arriba, Leonardo ya había apagado las luces del techo, dejando un resplandor tenue de una lámpara que había en un aparador para que le iluminara el camino. La puerta del dormitorio estaba abierta un poco. La empujó, fue hacia la silueta tenue de la cama y se sentó en el borde. Después de quitarse los zapatos de tacón alto, se inclinó y encendió la lámpara de la mesilla.Se incorporó, se bajó la cremallera del vestido negro de algodón y con un contoneo comenzó a quitárselo.
—La verdad es que no tenía en mente un striptease, pero no dejes que eso te frene.
Paula giró en redondo con el corpiño pegado a los pechos y miró al hombre acostado en la cama grande, los brazos cruzados detrás de la cabeza y que la estudiaba con ojos entrecerrados.
—Casi me provocas un paro cardíaco. ¿Qué haces aquí? —demandó—. En mi casa —entonces notó que tenía el torso desnudo—. ¡No llevas puesto nada!
—¿También has olvidado que duermo desnudo? —sonrió.
Desnudo. Eso invocó imágenes que la hicieron sudar. Lo había visto desnudo un millón de veces. Habían hecho el amor. Y de forma muy apasionada. Entonces, ¿por qué esa única palabra la hacía temblar como si fuera virgen?
Pedro sonreía como un depredador, lo que hizo que sospechara que sabía exactamente cómo se sentía. Pegó con más fuerza el vestido contra sus pechos.
—Sal de mi cama —soltó.
Sin importar lo que él tuviera en mente, no pensaba acostarse con él como si fuera una fruta madura y lista para ser devorada.
—Nuestra cama —ante su rubor, murmuró con tono ronco—: ¿No me digas que tu novio usa pijama?
En el último instante recordó que le había dicho que iba a casarse con Fernando y contuvo la réplica. Su incomodidad aumentó. Pero al menos esa ficción del novio le daba una protección sobre el efecto no deseado que ejercía sobre ella la presencia física de Pedro. Absolutamente decidida a no revelar su vulnerabilidad, echó la cabeza atrás y respondió:
—¿No se te pasó por la cabeza que al venir aquí esta noche podrías haberte encontrado con él?
—Es algo que consideré. Para serte sincero, deseaba que pasara.
Ese lado oscuro de Pedro que había sabido que debía existir pero que nunca había visto la asustaba. Había servido en las Fuerzas Especiales; poseía una destreza y unos conocimientos que jamás quería llegar a descubrir. Podría hacer pedazos a Fernando.Se preguntó si habría cometido un gran error táctico al decirle que iba a casarse con su amigo. ¿Lo habría puesto en peligro? Tragó saliva y se dijo que estaba exagerando. Nunca le haría daño a Fernando. Él alzó el edredón en un gesto de invitación.
—Pero tu novio no está aquí y tú ya estás medio desnuda. Suelta ese vestido y métete en la cama.
El corazón le dió un vuelco. Su aplastante incapacidad de resistirse a él era el motivo de la mentira que había urdido.
—Ni lo sueñes.
—¿Se supone que debo ir a buscarte? —le ofreció una sonrisa letal.
La promesa manifiesta en sus ojos hizo que Paula temblara. Lo haría. Y estaba desnudo bajo la sábana... "Largate ya", pensó.
—¡Eres imposible! —subiéndose el vestido, cruzó la habitación antes de que la tentación pudiera ganarle—. Esto ha ido demasiado lejos. Voy a darme una ducha y cuando salga, te quiero fuera de aquí. Puedes elegir cualquiera de los dormitorios para invitados, pero este es mi dormitorio.Al cerrar con fuerza la puerta del cuarto de baño principal, lo oyó gruñir:
—Y esta es mi cama. Tú eres mi esposa... a pesar de que parezca que lo hayas olvidado.
jueves, 18 de enero de 2018
martes, 16 de enero de 2018
Eres Mía: Capítulo 16
En la esquina del museo paró un taxi y le dió una dirección. En su mente solo había sitio para las últimas revelaciones de Paula. Se había quitado la alianza. Había aceptado casarse con Hall-Lewis.Y ya lo había declarado muerto.Mientras él había pensado en ella todos los días, consumido por el modo en que podría llegar a encontrar el camino de vuelta a su lado, ella había estado planeando el modo de enterrarlo vivo.Con la vista clavada en la ventanilla, pensó que en su vida anterior había sido impaciente. Pero su cautiverio, donde los minutos se habían extendido a horas y las horas a días, había cambiado eso. Había adquirido la capacidad de bloquear todo salvo lo que más deseaba: sobrevivir.El taxi se detuvo ante una casa de ladrillo visto en una avenida alineada de árboles. Pagó con los últimos dólares que le había prestado Akam y fue hacia la vivienda que le había comprado a Paula en lo que parecía otra vida. En la puerta de entrada, en unas letras de latón se leía: «Bienvenida a casa».Llamó al timbre. No reconoció al criado bajo y calvo que abrió.
—¿Dónde esta Bernardo? —demandó, sorprendido de no ver al hombre elegante y encorvado que Paula y él habían contratado en tiempos más felices.
—Bernardo se jubiló el año pasado, se... —el mayordomo estudió los vaqueros y la camiseta negra que llevaba y que remarcaba el torso y los brazos musculosos antes de frenar el resto del cortés y automático señor—. No estamos buscando guardaespaldas.
Pedro le dedicó al desconocido que le frenaba la entrada a su hogar una mirada letal.
—No busco trabajo. Soy Pedro Alfonso.
El mayordomo se mantuvo firme, los ojos reflejando incredulidad.
—El señor Alfonso está muerto.
A pesar de su crispación, se dijo que el hombre cumplía con su trabajo. Al final se apiadó y sacó un pasaporte tan nuevo que las tapas seguían rígidas. Lo abrió en la página de identificación.
—¿Satisfecho?
El hombre miró la foto y tragó saliva.
—Al parecer le debo una disculpa, señor Alfonso.
—No es necesario —se guardó el pasaporte falso y enarcó una ceja—. No he retenido su nombre.
Los dos sabían que el mayordomo no lo había dado. La cara del otro mostró incomodidad.
—Me llamo Leonardo. La doctora sigue en el museo, señor.
Se refería a Paula. Otra información que había descuidado compartir con él: había sacado el doctorado. Otra cosa que se había perdido. Controló la frustración de la trágica injusticia de toda la situación. Si permitía que el resentimiento y la ira afloraran, se volvería loco.—
Lo sé —repuso con calma—. Vengo de allí.
El ceño del mayordomo se vió remplazado por alivio.
—Entonces, ¿Regresará cuando la doctora se encuentre en casa?
Para evitar un punto muerto inútil, preguntó:
—¿Samuel sigue formando parte del personal?
Le irritó tener que preguntarle a un hombre que desconocía si el chófer aún trabajaba para él.El mayordomo asintió, pero siguió bloqueando la puerta. Pedro avanzó.
—Vaya a buscarlo, Leonardo—espetó—. No pienso quedarme aquí de pie todo el día.
Cinco minutos más tarde, Pedro se encontraba dentro de su propio hogar. Un Samuel sonriente lo seguía de cerca con lágrimas en los ojos mientras Pedro, también con un nudo en la garganta por la emoción, estudiaba el interior del hogar que no había visto en años. Había una diferencia sutil. Las paredes blancas habían dado paso a tonalidades oscuras que formaban un fondo excelente para el Kandinsky por el que Paula y él habían pujado un mes después de comprar la casa. El cofre grande que en una ocasión había estado contra la pared había sido sustituido por un aparador de nogal que le daba al recibidor un aire de extrañeza que no había previsto. Subió la escalera alfombrada y, al final de un pasillo que en uno de sus lados exhibía ventanales arqueados, entró en el dormitorio principal.Las cortinas tenían una tonalidad verde que resaltaban el marfil suntuoso del papel de las paredes. Siguió buscando con la vista signos familiares de la vida cotidiana de Paula. Salvo por un jarrón que tenía flores blancas y dos frascas aromáticas en el tocador, este carecía de toda parafernalia femenina.Toques secretos de jazmín flotaban en el aire.El sol de la tarde se filtraba a través de las ramas del nogal que había del otro lado de la ventana, moteando el edredón impecable. La magnífica cama de caoba con dosel que los dos habían elegido después de pasar un hilarante día de San Valentín probando camas en lo que parecía un siglo atrás, aún le daba calidez a la habitación.En esa cama le había hecho el amor a su esposa más veces que las que quería recordar. La alfombra mullida amortiguaba sus pasos. Se detuvo ante los amplios ventanales que daban al patio trasero, lleno de abedules. De forma espontánea, recordó el momento eléctrico en el despacho de Paula, el calor de su lengua al tocarle el labio... Dios, se había sentido tentado a no parar, a pegarla contra él y a hundirse en su íntima suavidad.Pero había estado demasiado enfadado. Ahí, en ese dormitorio donde habían compartido tantas horas de felicidad, quizá fuera diferente.Ese era su hogar.Y Paula era su esposa, no su viuda.
—¿Dónde esta Bernardo? —demandó, sorprendido de no ver al hombre elegante y encorvado que Paula y él habían contratado en tiempos más felices.
—Bernardo se jubiló el año pasado, se... —el mayordomo estudió los vaqueros y la camiseta negra que llevaba y que remarcaba el torso y los brazos musculosos antes de frenar el resto del cortés y automático señor—. No estamos buscando guardaespaldas.
Pedro le dedicó al desconocido que le frenaba la entrada a su hogar una mirada letal.
—No busco trabajo. Soy Pedro Alfonso.
El mayordomo se mantuvo firme, los ojos reflejando incredulidad.
—El señor Alfonso está muerto.
A pesar de su crispación, se dijo que el hombre cumplía con su trabajo. Al final se apiadó y sacó un pasaporte tan nuevo que las tapas seguían rígidas. Lo abrió en la página de identificación.
—¿Satisfecho?
El hombre miró la foto y tragó saliva.
—Al parecer le debo una disculpa, señor Alfonso.
—No es necesario —se guardó el pasaporte falso y enarcó una ceja—. No he retenido su nombre.
Los dos sabían que el mayordomo no lo había dado. La cara del otro mostró incomodidad.
—Me llamo Leonardo. La doctora sigue en el museo, señor.
Se refería a Paula. Otra información que había descuidado compartir con él: había sacado el doctorado. Otra cosa que se había perdido. Controló la frustración de la trágica injusticia de toda la situación. Si permitía que el resentimiento y la ira afloraran, se volvería loco.—
Lo sé —repuso con calma—. Vengo de allí.
El ceño del mayordomo se vió remplazado por alivio.
—Entonces, ¿Regresará cuando la doctora se encuentre en casa?
Para evitar un punto muerto inútil, preguntó:
—¿Samuel sigue formando parte del personal?
Le irritó tener que preguntarle a un hombre que desconocía si el chófer aún trabajaba para él.El mayordomo asintió, pero siguió bloqueando la puerta. Pedro avanzó.
—Vaya a buscarlo, Leonardo—espetó—. No pienso quedarme aquí de pie todo el día.
Cinco minutos más tarde, Pedro se encontraba dentro de su propio hogar. Un Samuel sonriente lo seguía de cerca con lágrimas en los ojos mientras Pedro, también con un nudo en la garganta por la emoción, estudiaba el interior del hogar que no había visto en años. Había una diferencia sutil. Las paredes blancas habían dado paso a tonalidades oscuras que formaban un fondo excelente para el Kandinsky por el que Paula y él habían pujado un mes después de comprar la casa. El cofre grande que en una ocasión había estado contra la pared había sido sustituido por un aparador de nogal que le daba al recibidor un aire de extrañeza que no había previsto. Subió la escalera alfombrada y, al final de un pasillo que en uno de sus lados exhibía ventanales arqueados, entró en el dormitorio principal.Las cortinas tenían una tonalidad verde que resaltaban el marfil suntuoso del papel de las paredes. Siguió buscando con la vista signos familiares de la vida cotidiana de Paula. Salvo por un jarrón que tenía flores blancas y dos frascas aromáticas en el tocador, este carecía de toda parafernalia femenina.Toques secretos de jazmín flotaban en el aire.El sol de la tarde se filtraba a través de las ramas del nogal que había del otro lado de la ventana, moteando el edredón impecable. La magnífica cama de caoba con dosel que los dos habían elegido después de pasar un hilarante día de San Valentín probando camas en lo que parecía un siglo atrás, aún le daba calidez a la habitación.En esa cama le había hecho el amor a su esposa más veces que las que quería recordar. La alfombra mullida amortiguaba sus pasos. Se detuvo ante los amplios ventanales que daban al patio trasero, lleno de abedules. De forma espontánea, recordó el momento eléctrico en el despacho de Paula, el calor de su lengua al tocarle el labio... Dios, se había sentido tentado a no parar, a pegarla contra él y a hundirse en su íntima suavidad.Pero había estado demasiado enfadado. Ahí, en ese dormitorio donde habían compartido tantas horas de felicidad, quizá fuera diferente.Ese era su hogar.Y Paula era su esposa, no su viuda.
Eres Mía: Capítulo 15
—No legalmente... —se fue dirigiendo hacia la puerta a medida que el cuerpo de él ocultaba el sol—. Hice que te declararan muerto.
—¿Qué?
—Estás muerto, Pedro. Por lo que respecta al mundo, estoy viuda.
Él hizo una mueca.
—No son más que tonterías. Estoy aquí... vivo... y sigues siendo mi esposa —de pronto estableció la conexión—. Declarado muerto. Por eso congelaron mis cuentas.
La expresión de sus ojos le heló la sangre.
—Sí, hasta que se ejecute tu patrimonio. Luego se repartirán tus posesiones —había olvidado mencionarle la cita del día siguiente en el banco—. Pedro...
—Y tú, desde luego, lo heredas todo... Ahora entiendo tu motivación para que me declararan oficialmente muerto.
—Pedro, yo no necesito tu dinero. Tengo mi herencia, un trabajo...
—Que papito te consiguió —se mofó.
—Jamás me importó el dinero. Los contactos de mi padre puede que ayudaran en mi presentación en el museo, pero conseguí mi trabajo, y todos los ascensos que he obtenido, en base a mis méritos. Soy responsable de mi propio éxito. No me puedes arrebatar eso —se apartó unos mechones de la cara—. He arreglado una cita con el banco para mañana a primera hora.
—Será mejor que llames a los abogados para que también anulen la orden del tribunal que me declara muerto —gruñó.
Paula asintió. El súbito silencio que reinó entre ellos solo ayudó a potenciar la conciencia que tenía de cada movimiento que hacía él. Dió un paso leve hacia la puerta. Pero Pedro llegó primero. Se acercó hasta que ella quedó pegada contra el cristal. Se paralizó al ver que se inclinaba.La rodeó su aroma familiar; aspiró la fragancia de él y se le aflojaron las rodillas. Pedro entreabrió los labios y Paula recordó el placer que esa boca le había dado en el pasado.Sintió un cosquilleo por la espalda que aportó una urgente percepción eléctrica que realmente no necesitaba.Y supo que Pedro iba a besarla.Dejó de respirar. La supervivencia quedó ahogada por una emoción más poderosa. Pedro susurró su nombre y ella sintió un palpitar en la parte baja del vientre. Sin pensarlo, se humedeció los labios. Pedro exhaló y los músculos de Paula se tensaron. Ya podía sentir su boca... probarlo.La última vez que había experimentado ese nerviosismo sin aliento había sido en la Capilla del Amor en Las Vegas. Pero entonces la esperaba un mundo nuevo. Esperanza. Y felicidad. Habían estado enamorados, no había existido esa tensión afilada como el mejor acero.
Había sabido que esa huida a Nevada representaría problemas, pero había tenido la seguridad de que su padre le perdonaría no celebrar una boda lujosa, llena de invitados a los que apenas conocería. La boda en Las Vegas no había sido ni especial ni íntima, pero su corazón había estado con Pedro. Después de todo, lo amaba.Era suyo para siempre. Lo había sido desde aquel primer momento en la subasta en que le había aconsejado que no pujara por las monedas romanas falsas.En ese momento, el dedo pulgar de él se posó en su labio inferior húmedo. Su lengua probó esa piel áspera. Sabía a sal y a almizcle. A hombre excitado. Con el corazón desbocado, Paula se derritió. En esa ocasión le lamió el dedo pulgar con lenta deliberación. Hizo remolinear la lengua en el pliegue suave que separaba el pulgar del dedo índice.Tenían una segunda oportunidad.Iba a salir bien... entre los dos podían hacer que funcionara. La boca bajó sobre la suya. En contraste con la pasión ardiente que dominaba a Pedro, el cristal de su espalda estaba duro y fresco. Él movió los labios y ella dejó escapar un gemido. El beso se ahondó. Paula subió las manos por la camiseta de Pedro y le acarició la nuca. La presión de la boca de él cesó de golpe. Ella abrió los ojos. Pedro retrocedió, estableciendo distancia entre ambos, con un conocimiento horrible en sus ojos.
—Bueno... será mejor que me vaya... no has parado de decirme todo el trabajo que tenías y yo te impido ejecutarlo. Y pensándolo mejor, le daré órdenes a mis abogados para que cancelen ellos la orden de mi fallecimiento. De ese modo no te quitaré tu valioso tiempo.
Canalla...De modo que sabía que lo deseaba. Qué humillante. Iba a dejarla colgada de esa manera... hambrienta de él. Cerró las manos con fuerza, decidida a contenerse y a no suplicarle que la besara... una vez más.Con qué facilidad había derribado las barreras que había intentado levantar en torno a él. Con qué facilidad ella se había olvidado de Candela...Él volvió a inclinarse hacia ella.
—Toma esto como una advertencia —le gruñó al oído.
Negándose a amilanarse, no se movió. Pedro apoyó la yema de su dedo índice bajo el mentón de ella y se lo alzó, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Disto mucho de estar muerto. Y así como quizá estés planeando casarte con otro hombre, sigues deseándome a mí. Piensa en eso... porque es en lo único en lo que voy a pensar yo... toda la noche.
Sin darle la oportunidad de responder, la soltó, dió media vuelta y se fue. Mordiéndose el labio inferior, contuvo el sollozo que amenazaba con salir de su garganta.En el despacho reinó el silencio. Encorvó los hombros. Demasiado extenuada para moverse, apoyó la cabeza en el frescor del cristal y deseó con toda su alma no tener que volver a ver jamás a Pedro.Canalla arrogante. ¡No se merecía su lealtad!Ni siquiera tenía manera de contactar con él... tendría que esperar que la llamara.Al menos había tenido el valor de quebrar un vínculo con él y quitarse la alianza. De pronto sintió una oleada de adrenalina. Aún podía visualizar el lugar donde lo había dejado en la encimera de granito. Se había secado las manos, pero después había olvidado recoger el anillo.En el momento en que abrió la puerta de los aseos femeninos, el corazón le martilleaba. Con pavor posó la vista junto al lavabo.La alianza no estaba.
—¿Qué?
—Estás muerto, Pedro. Por lo que respecta al mundo, estoy viuda.
Él hizo una mueca.
—No son más que tonterías. Estoy aquí... vivo... y sigues siendo mi esposa —de pronto estableció la conexión—. Declarado muerto. Por eso congelaron mis cuentas.
La expresión de sus ojos le heló la sangre.
—Sí, hasta que se ejecute tu patrimonio. Luego se repartirán tus posesiones —había olvidado mencionarle la cita del día siguiente en el banco—. Pedro...
—Y tú, desde luego, lo heredas todo... Ahora entiendo tu motivación para que me declararan oficialmente muerto.
—Pedro, yo no necesito tu dinero. Tengo mi herencia, un trabajo...
—Que papito te consiguió —se mofó.
—Jamás me importó el dinero. Los contactos de mi padre puede que ayudaran en mi presentación en el museo, pero conseguí mi trabajo, y todos los ascensos que he obtenido, en base a mis méritos. Soy responsable de mi propio éxito. No me puedes arrebatar eso —se apartó unos mechones de la cara—. He arreglado una cita con el banco para mañana a primera hora.
—Será mejor que llames a los abogados para que también anulen la orden del tribunal que me declara muerto —gruñó.
Paula asintió. El súbito silencio que reinó entre ellos solo ayudó a potenciar la conciencia que tenía de cada movimiento que hacía él. Dió un paso leve hacia la puerta. Pero Pedro llegó primero. Se acercó hasta que ella quedó pegada contra el cristal. Se paralizó al ver que se inclinaba.La rodeó su aroma familiar; aspiró la fragancia de él y se le aflojaron las rodillas. Pedro entreabrió los labios y Paula recordó el placer que esa boca le había dado en el pasado.Sintió un cosquilleo por la espalda que aportó una urgente percepción eléctrica que realmente no necesitaba.Y supo que Pedro iba a besarla.Dejó de respirar. La supervivencia quedó ahogada por una emoción más poderosa. Pedro susurró su nombre y ella sintió un palpitar en la parte baja del vientre. Sin pensarlo, se humedeció los labios. Pedro exhaló y los músculos de Paula se tensaron. Ya podía sentir su boca... probarlo.La última vez que había experimentado ese nerviosismo sin aliento había sido en la Capilla del Amor en Las Vegas. Pero entonces la esperaba un mundo nuevo. Esperanza. Y felicidad. Habían estado enamorados, no había existido esa tensión afilada como el mejor acero.
Había sabido que esa huida a Nevada representaría problemas, pero había tenido la seguridad de que su padre le perdonaría no celebrar una boda lujosa, llena de invitados a los que apenas conocería. La boda en Las Vegas no había sido ni especial ni íntima, pero su corazón había estado con Pedro. Después de todo, lo amaba.Era suyo para siempre. Lo había sido desde aquel primer momento en la subasta en que le había aconsejado que no pujara por las monedas romanas falsas.En ese momento, el dedo pulgar de él se posó en su labio inferior húmedo. Su lengua probó esa piel áspera. Sabía a sal y a almizcle. A hombre excitado. Con el corazón desbocado, Paula se derritió. En esa ocasión le lamió el dedo pulgar con lenta deliberación. Hizo remolinear la lengua en el pliegue suave que separaba el pulgar del dedo índice.Tenían una segunda oportunidad.Iba a salir bien... entre los dos podían hacer que funcionara. La boca bajó sobre la suya. En contraste con la pasión ardiente que dominaba a Pedro, el cristal de su espalda estaba duro y fresco. Él movió los labios y ella dejó escapar un gemido. El beso se ahondó. Paula subió las manos por la camiseta de Pedro y le acarició la nuca. La presión de la boca de él cesó de golpe. Ella abrió los ojos. Pedro retrocedió, estableciendo distancia entre ambos, con un conocimiento horrible en sus ojos.
—Bueno... será mejor que me vaya... no has parado de decirme todo el trabajo que tenías y yo te impido ejecutarlo. Y pensándolo mejor, le daré órdenes a mis abogados para que cancelen ellos la orden de mi fallecimiento. De ese modo no te quitaré tu valioso tiempo.
Canalla...De modo que sabía que lo deseaba. Qué humillante. Iba a dejarla colgada de esa manera... hambrienta de él. Cerró las manos con fuerza, decidida a contenerse y a no suplicarle que la besara... una vez más.Con qué facilidad había derribado las barreras que había intentado levantar en torno a él. Con qué facilidad ella se había olvidado de Candela...Él volvió a inclinarse hacia ella.
—Toma esto como una advertencia —le gruñó al oído.
Negándose a amilanarse, no se movió. Pedro apoyó la yema de su dedo índice bajo el mentón de ella y se lo alzó, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Disto mucho de estar muerto. Y así como quizá estés planeando casarte con otro hombre, sigues deseándome a mí. Piensa en eso... porque es en lo único en lo que voy a pensar yo... toda la noche.
Sin darle la oportunidad de responder, la soltó, dió media vuelta y se fue. Mordiéndose el labio inferior, contuvo el sollozo que amenazaba con salir de su garganta.En el despacho reinó el silencio. Encorvó los hombros. Demasiado extenuada para moverse, apoyó la cabeza en el frescor del cristal y deseó con toda su alma no tener que volver a ver jamás a Pedro.Canalla arrogante. ¡No se merecía su lealtad!Ni siquiera tenía manera de contactar con él... tendría que esperar que la llamara.Al menos había tenido el valor de quebrar un vínculo con él y quitarse la alianza. De pronto sintió una oleada de adrenalina. Aún podía visualizar el lugar donde lo había dejado en la encimera de granito. Se había secado las manos, pero después había olvidado recoger el anillo.En el momento en que abrió la puerta de los aseos femeninos, el corazón le martilleaba. Con pavor posó la vista junto al lavabo.La alianza no estaba.
Eres Mía: Capítulo 14
—¿Quieres que te lo deletree?
—Así como es cierto que la base de este jarrón se rompió como el de Warka, me molesta tu implicación de que fue como resultado de su robo del Museo de Irak. Este no es el Jarrón de Inanna que tú viste allí. Este jarrón posee una procedencia segura. Creo que sufrió daños hace unos años, cuando se inspeccionó por motivos del seguro.—¿Y no se restauró entonces? —inquirió él con incredulidad.
—A mí también me resultó peculiar —reconoció Paula—. Pero el coleccionista se hace mayor y el mantenimiento le resultaba agotador. Lo hicimos restaurar nada más adquirirlo. Verás que no fue el primer daño que recibió. Siglos atrás debió de caerse, porque fue restaurado por artesanos antiguos. ¿Lo ves?
Ella señaló las marcas y le dedicó una mirada de reojo para evaluar su reacción. Ni un parpadeo.Dejó de mirar el jarrón de alabastro y centró su atención en ella.
—Lo veo, y sospecho que es muy factible que fuera robado... y vendido en el lucrativo mercado negro a un coleccionista que lo mantuvo bajo fuertes medidas de seguridad.
Molesta ante la implicación de que tanto ella como Ariel Daley, el conservador jefe ya mayor, pudieran comprar artefactos en el mercado negro, nombró al vendedor, un coleccionista privado de excelente reputación.Él enarcó una ceja.
—¿Aceptó separarse voluntariamente de la que debía ser la joya de la corona de su colección?
Se preguntó si de verdad creía que había habido algo turbio o solo intentaba crisparla.
—Es un viejo amigo de mi padre. No tiene hijos... y sus herederos carecen de interés por las antigüedades. Y como te acabo de informar, la pieza ya estaba dañada. Creo que el pobre hombre estaba encantado de que la restauraran y expusieran en el museo para que la gente pudiera gozar de ella. Fuimos muy afortunados de adquirir parte de su colección.
La sorpresa de Pedro se puso de manifiesto.
—¿Hay más piezas?
—Oh, sí —el orgullo hizo que sonriera—. Pero aún las están catalogando... Ariel comprueba la procedencia de cada pieza. Pero ha ayudado que nuestro coleccionista sea mayor y realizara casi todas sus adquisiciones antes de la década de los setenta. Durante un tiempo no se expondrán... la limpieza y restauración lleva mucho tiempo... aunque exhibiremos una de las piezas más espectaculares para que coincida con el festival del museo.—Y para convencerte del cuidado que pusimos, Ariel contactó con el museo de Bagdad y confirmó que el Jarrón de Inanna no había sido saqueado. No figura en su inventario de artefactos perdidos.La miró a los ojos.
—Yo habría hecho exactamente lo mismo. Pero eso no garantiza que no haya sido saqueado, solo que su desaparición aún no se ha registrado.
El impacto de esos ojos hizo que sus siguientes palabras murieran mudas en su boca. La mirada de Pedro se agudizó y le tomó la mano. Mientras el dedo pulgar acariciaba la ligera hendidura donde había estado la alianza, experimentó una descarga de sensaciones.
—No llevas puesta la alianza.
—Me la quité.
—¿Por qué?
En ese momento entró un grupo de turistas japoneses en una excursión guiada por el museo.
—Este no es el lugar para mantener esta discusión —dijo, agradecida por el respiro.
—¿Por qué? —repitió él con más insistencia, sin moverse.
El aire entre ellos crepitaba. Se le encendieron las mejillas.
—Estamos dando un espectáculo.
Sin aguardar la respuesta de él, liberó su mano y escapó de la galería como si la persiguiera el mismo diablo. Pedro llenó el umbral de la puerta de su despacho.Paula pensó que había llegado el diablo en persona...Desterró esa imagen y respiró hondo. La reacción al contacto con él la había sacudido. La atracción que siempre le había provocado parecía tan poderosa como siempre... aun cuando él la odiaba.Se preguntó qué diablos le pasaba. La había abandonado por otra mujer. ¿Cómo podía siquiera sentirse tentada por un hombre cuyo desprecio por ella resultaba palpable? Pero había una salida... que lo situaría para siempre fuera de su alcance.Era hora de pensar en su propia supervivencia. Y en la de su bebé.
—Me quité la alianza porque... —la voz se le quebró y tragó saliva.
Pedro se quedó inmóvil y con los ojos entornados. Ahí no había amor, solo oscuridad.
—Fernando me pidió en matrimonio y...
—¡No! —el sonido estalló de él.
Con rapidez, añadió:
—Le dije que sí —alzó el mentón y sus ojos se encontraron—. Un bebé necesita un padre.
Para sus adentros se disculpó con Fernando por su cobardía. Pero sería más fácil de esa manera. Pedro ya había llegado a la conclusión de que el bebé era de su amigo. Y ella no quería a ese desconocido de ojos fríos y naturaleza suspicaz.
—No puedes casarte con Hall-Lewis... estás casada conmigo.
—No, no lo estoy. Tú estás muerto.
—¿Disculpa? —se acercó, demasiado grande y peligroso—. Estoy bien vivo.
—Así como es cierto que la base de este jarrón se rompió como el de Warka, me molesta tu implicación de que fue como resultado de su robo del Museo de Irak. Este no es el Jarrón de Inanna que tú viste allí. Este jarrón posee una procedencia segura. Creo que sufrió daños hace unos años, cuando se inspeccionó por motivos del seguro.—¿Y no se restauró entonces? —inquirió él con incredulidad.
—A mí también me resultó peculiar —reconoció Paula—. Pero el coleccionista se hace mayor y el mantenimiento le resultaba agotador. Lo hicimos restaurar nada más adquirirlo. Verás que no fue el primer daño que recibió. Siglos atrás debió de caerse, porque fue restaurado por artesanos antiguos. ¿Lo ves?
Ella señaló las marcas y le dedicó una mirada de reojo para evaluar su reacción. Ni un parpadeo.Dejó de mirar el jarrón de alabastro y centró su atención en ella.
—Lo veo, y sospecho que es muy factible que fuera robado... y vendido en el lucrativo mercado negro a un coleccionista que lo mantuvo bajo fuertes medidas de seguridad.
Molesta ante la implicación de que tanto ella como Ariel Daley, el conservador jefe ya mayor, pudieran comprar artefactos en el mercado negro, nombró al vendedor, un coleccionista privado de excelente reputación.Él enarcó una ceja.
—¿Aceptó separarse voluntariamente de la que debía ser la joya de la corona de su colección?
Se preguntó si de verdad creía que había habido algo turbio o solo intentaba crisparla.
—Es un viejo amigo de mi padre. No tiene hijos... y sus herederos carecen de interés por las antigüedades. Y como te acabo de informar, la pieza ya estaba dañada. Creo que el pobre hombre estaba encantado de que la restauraran y expusieran en el museo para que la gente pudiera gozar de ella. Fuimos muy afortunados de adquirir parte de su colección.
La sorpresa de Pedro se puso de manifiesto.
—¿Hay más piezas?
—Oh, sí —el orgullo hizo que sonriera—. Pero aún las están catalogando... Ariel comprueba la procedencia de cada pieza. Pero ha ayudado que nuestro coleccionista sea mayor y realizara casi todas sus adquisiciones antes de la década de los setenta. Durante un tiempo no se expondrán... la limpieza y restauración lleva mucho tiempo... aunque exhibiremos una de las piezas más espectaculares para que coincida con el festival del museo.—Y para convencerte del cuidado que pusimos, Ariel contactó con el museo de Bagdad y confirmó que el Jarrón de Inanna no había sido saqueado. No figura en su inventario de artefactos perdidos.La miró a los ojos.
—Yo habría hecho exactamente lo mismo. Pero eso no garantiza que no haya sido saqueado, solo que su desaparición aún no se ha registrado.
El impacto de esos ojos hizo que sus siguientes palabras murieran mudas en su boca. La mirada de Pedro se agudizó y le tomó la mano. Mientras el dedo pulgar acariciaba la ligera hendidura donde había estado la alianza, experimentó una descarga de sensaciones.
—No llevas puesta la alianza.
—Me la quité.
—¿Por qué?
En ese momento entró un grupo de turistas japoneses en una excursión guiada por el museo.
—Este no es el lugar para mantener esta discusión —dijo, agradecida por el respiro.
—¿Por qué? —repitió él con más insistencia, sin moverse.
El aire entre ellos crepitaba. Se le encendieron las mejillas.
—Estamos dando un espectáculo.
Sin aguardar la respuesta de él, liberó su mano y escapó de la galería como si la persiguiera el mismo diablo. Pedro llenó el umbral de la puerta de su despacho.Paula pensó que había llegado el diablo en persona...Desterró esa imagen y respiró hondo. La reacción al contacto con él la había sacudido. La atracción que siempre le había provocado parecía tan poderosa como siempre... aun cuando él la odiaba.Se preguntó qué diablos le pasaba. La había abandonado por otra mujer. ¿Cómo podía siquiera sentirse tentada por un hombre cuyo desprecio por ella resultaba palpable? Pero había una salida... que lo situaría para siempre fuera de su alcance.Era hora de pensar en su propia supervivencia. Y en la de su bebé.
—Me quité la alianza porque... —la voz se le quebró y tragó saliva.
Pedro se quedó inmóvil y con los ojos entornados. Ahí no había amor, solo oscuridad.
—Fernando me pidió en matrimonio y...
—¡No! —el sonido estalló de él.
Con rapidez, añadió:
—Le dije que sí —alzó el mentón y sus ojos se encontraron—. Un bebé necesita un padre.
Para sus adentros se disculpó con Fernando por su cobardía. Pero sería más fácil de esa manera. Pedro ya había llegado a la conclusión de que el bebé era de su amigo. Y ella no quería a ese desconocido de ojos fríos y naturaleza suspicaz.
—No puedes casarte con Hall-Lewis... estás casada conmigo.
—No, no lo estoy. Tú estás muerto.
—¿Disculpa? —se acercó, demasiado grande y peligroso—. Estoy bien vivo.
Eres Mía: Capítulo 13
El día de la boda Pedro le había dicho que el rojo representaba la pasión, el blanco era por ella, su prometida, mientras que el amarillo representaba los niños que tendrían juntos... la familia que ella siempre había anhelado.Se llevó la mano libre al estómago, reconfortada por la presencia de vida que crecía en ella. Tendría el hijo que habían planeado, pero no habría familia...Sin embargo, no albergaba remordimientos.Tomar la decisión de tener el bebé había llenado el vacío oscuro en los días posteriores en los que se había visto obligada a aceptar que Pedro estaba realmente muerto... de lo contrario se habría vuelto loca. Miró el anillo. Ir en pos de aquel sueño era lo que la había mantenido cuerda.Hasta ahí llegaba la esperanza de que ese día le aportaría perspectiva. Y ahí se evaporaba su intención de hablar con Pedro acerca del bebé. Empezaba a resultar imposible...El había cambiado demasiado. Dejó el anillo de boda en la fría encimera de granito y se secó las manos con una toalla antes de echarla en el cesto. Luego se inspeccionó con mirada crítica en el espejo. Nada en ella había cambiado. Estaba igual que el día anterior... que el mes anterior... incluso que el año anterior. Desde luego, no parecía embarazada de diecinueve semanas.Finalmente reconoció que quizá se hallaba algo más delgada. Pedro había cambiado. Así como siempre había sido reservado y más que un poco enigmático, jamás había dudado de que la amaba. Pero en ese momento no estaba distante... estaba directamente en otro planeta. Sin importar lo que él quisiera convencerla de creer, descubrir su embarazo no podía ser responsable de semejante metamorfosis.Ya no confiaba en ella. No la amaba. Creía que lo había traicionado y que se había acostado con Fernando. Antes de caer en un sentimiento de culpa, se repitió que toda la situación no tenía nada que ver con ella... ni con el embarazo.Por motivos personales, cuatro años atrás Pedro había elegido marcharse, irse a Atenas sin ella, y luego viajar a Bagdad sin comunicárselo, en compañía de una mujer con la que en una ocasión había tenido una relación íntima.Era hora de reconocer el hecho de que la unión había empezado a desmoronarse antes de que él se marchara... que no era el templo de fortaleza construido sobre unos cimientos sólidos de amor y confianza que ella había creído que era.
—Tú no hiciste que Pedro se alejara —le dijo a su reflejo en el espejo—. Así que no te atrevas a echarte la culpa a tí.
Observó el anillo sobre el granito.Luego se irguió. Hasta que Pedro no le dijera qué había salido mal, qué lo había impulsado a irse, no pensaba volver a ponérselo jamás.
Para su inmenso alivio, al recobrar la serenidad y salir de los aseos, Pedro ya se había ido de su despacho. Apenas tardó un minuto en llamar al banco y establecer una cita con el director para el día siguiente. Pero, ¿Cómo contactar con Pedro para hacérselo saber? Colgó y se puso de pie con rapidez. Si podía alcanzarlo antes de que dejara el edificio...
Lo encontró en la amplia galería oeste, de techo alto y abovedado, donde examinaba la adquisición más valiosa que había hecho el museo desde su desaparición. El sol estival entraba por los grandes ventanales arqueados y hacía imposible no admirar el modo en que los vaqueros le ceñían las caderas estrechas o notar cómo la camiseta negra se estiraba a lo ancho de sus poderosos hombros. La visión le produjo un aleteo en el pecho. La atención de Pedro se centraba en el jarrón de alabastro de sesenta centímetros, expuesto dentro de un armario de cristal equipado con lo último en sensores de seguridad. Titubeó.
—¿Qué te parece? —dijo al final, avanzando hasta ir a detenerse junto a él—. Del período uruk. Casi 3500 años de antigüedad. ¿No es fabuloso?
—Había un jarrón muy parecido a este en el Museo de Irak... lo ví una vez.
—He oído hablar de él. El Jarrón de Inanna —expuso Paula con voz de gran respeto—. Pero, a diferencia de nuestro tesoro, creo que aquel se encuentra en una condición impecable. Esta pieza ha recibido daños importantes... aunque se la ha sometido a una restauración experta. Permite que te diga que costó el rescate de un rey. Pero valió la pena, ¿No crees?
Sin apartar la vista del jarrón, Pedro respondió:
—Cuando miro este jarrón, no puedo evitar pensar en el robo del Jarrón de Warka... una pieza completamente diferente que no se parece en nada a esta, pero que fue robada del Museo de Irak durante el saqueo de Bagdad.
—Lo sé —dijo Paula con impaciencia.
—Desde luego, la historia del Jarrón de Warka tuvo un final inesperado. Por coincidencia, yo me encontraba en Bagdad, como parte de un batallón de tropas estacionadas allí cuando dos meses más tarde fue devuelto.
—Nunca me lo contaste.
—Fue entregado bajo la guardia de un grupo sorprendido de soldados —expuso sin inflexión en la voz, recitando hechos—. Con una antigüedad de miles de años, el jarrón había sufrido daños y en algún momento de la fase del robo se había roto en catorce piezas. Un precio innecesario que pagar por la codicia de alguien.
Paula se encrespó.
—Entonces, ¿Por qué nuestro jarrón te recuerda ese incidente? —no podía creer que esa conversación se encaminara hacia donde sospechaba.
—Tú no hiciste que Pedro se alejara —le dijo a su reflejo en el espejo—. Así que no te atrevas a echarte la culpa a tí.
Observó el anillo sobre el granito.Luego se irguió. Hasta que Pedro no le dijera qué había salido mal, qué lo había impulsado a irse, no pensaba volver a ponérselo jamás.
Para su inmenso alivio, al recobrar la serenidad y salir de los aseos, Pedro ya se había ido de su despacho. Apenas tardó un minuto en llamar al banco y establecer una cita con el director para el día siguiente. Pero, ¿Cómo contactar con Pedro para hacérselo saber? Colgó y se puso de pie con rapidez. Si podía alcanzarlo antes de que dejara el edificio...
Lo encontró en la amplia galería oeste, de techo alto y abovedado, donde examinaba la adquisición más valiosa que había hecho el museo desde su desaparición. El sol estival entraba por los grandes ventanales arqueados y hacía imposible no admirar el modo en que los vaqueros le ceñían las caderas estrechas o notar cómo la camiseta negra se estiraba a lo ancho de sus poderosos hombros. La visión le produjo un aleteo en el pecho. La atención de Pedro se centraba en el jarrón de alabastro de sesenta centímetros, expuesto dentro de un armario de cristal equipado con lo último en sensores de seguridad. Titubeó.
—¿Qué te parece? —dijo al final, avanzando hasta ir a detenerse junto a él—. Del período uruk. Casi 3500 años de antigüedad. ¿No es fabuloso?
—Había un jarrón muy parecido a este en el Museo de Irak... lo ví una vez.
—He oído hablar de él. El Jarrón de Inanna —expuso Paula con voz de gran respeto—. Pero, a diferencia de nuestro tesoro, creo que aquel se encuentra en una condición impecable. Esta pieza ha recibido daños importantes... aunque se la ha sometido a una restauración experta. Permite que te diga que costó el rescate de un rey. Pero valió la pena, ¿No crees?
Sin apartar la vista del jarrón, Pedro respondió:
—Cuando miro este jarrón, no puedo evitar pensar en el robo del Jarrón de Warka... una pieza completamente diferente que no se parece en nada a esta, pero que fue robada del Museo de Irak durante el saqueo de Bagdad.
—Lo sé —dijo Paula con impaciencia.
—Desde luego, la historia del Jarrón de Warka tuvo un final inesperado. Por coincidencia, yo me encontraba en Bagdad, como parte de un batallón de tropas estacionadas allí cuando dos meses más tarde fue devuelto.
—Nunca me lo contaste.
—Fue entregado bajo la guardia de un grupo sorprendido de soldados —expuso sin inflexión en la voz, recitando hechos—. Con una antigüedad de miles de años, el jarrón había sufrido daños y en algún momento de la fase del robo se había roto en catorce piezas. Un precio innecesario que pagar por la codicia de alguien.
Paula se encrespó.
—Entonces, ¿Por qué nuestro jarrón te recuerda ese incidente? —no podía creer que esa conversación se encaminara hacia donde sospechaba.
jueves, 11 de enero de 2018
Eres Mía: Capítulo 12
Las palabras secas lo golpearon. Sí, lo había dicho en un arranque de orgullo estúpido. Desde luego, no hablaba en serio. Estaba descolocado, Dolido. Humillado. Y traicionado...Bajo ningún concepto iba a volver a abrirse para que ella lo despedazara.Clea se apartó, apuntó una nota en su agenda y le dijo sin mirarlo:
—Si no te importa, estableceré una cita con el banco y te confirmaré la hora luego.
Sí le importaba.Y lo estaba despidiendo. Lo invadió la incredulidad... y al final emergió el miedo. De haberla perdido de forma irrecuperable. De que nunca pudiera encontrar el camino de vuelta al mundo risueño, cálido y acogedor que habían compartido.Miedo de que el pasado hubiera desaparecido de verdad para siempre.Se controló y se preguntó qué hacía anhelando a una esposa que había encontrado a otro amante, y que encima la había dejado embarazada.Pero antes de poder contenerse, le aferró el brazo. Al instante Paula giró en redondo con mirada de sorpresa.
—¿Qué?
—¿Fue un accidente?
A Paula se le agitó la respiración hasta que finalmente casi graznó:
—¡No fue un accidente... yo quería este bebé!
El reconocimiento le atravesó el corazón como una bayoneta.
—¿Por qué?
—Ahora no, Pedro.
—Sí, ahora.
Desde el pasillo les llegó el sonido de voces.
—Esto es ridículo. ¿Quieres hablar? ¿Sabes?, hace cuatro años creía que lo único malo de nuestro matrimonio era que tú siempre mantenías la distancia... jamás me hablabas de lo que estabas pensando. Bueno, pues anoche yo estaba dispuesta a hablar... y tú no —suspiró al percibir la agitación interior de él—. Necesitamos hablar, Pedro. Pero no ahora. Tengo trabajo. Ariel acaba de llamar y puede que venga a verme. Cualquiera podría entrar.
—¡Me importa un bledo quién entre!
—A mí no.
—No necesito esas palabras sentimentales que tú consideras tan importantes. Pero sí quiero saber por qué me traicionaste, traicionaste nuestros votos.
—Traición es una palabra muy fuerte —alzó el mentón.
—Es lo que hiciste. Dime por qué.
—¿No te basta con que tú y yo hubiéramos soñado con iniciar juntos una familia?
—Esas son tonterías románticas —bufó.
—¿Tonterías? —algo aleteó en los ojos de ella—. Bueno, pues esto te va a sonar aún más a tonterías románticas... lo hice por el hombre al que amo.
—Por el padre de tu bebé.
Ella asintió con ojos súbitamente cautelosos.
—Por supuesto.
Aunque lo había estado esperando, quedó conmocionado por el reconocimiento de que lo había traicionado del peor modo posible... enamorándose de otro hombre a pesar de jurar que sería suya para siempre. La furia se extendió por sus venas como si fuera un incendio hasta que pensó que estallaría. Pero luchó por mantener un frío control. Y lo logró.
—¿Y quién es el hombre afortunado? —con un esfuerzo sobrehumano, sonrió con desdén.
—¿Quieres decir que no lo has adivinado?
Él se encogió de hombros y mintió.
—Con franqueza, no he pensado mucho en el asunto.
—Oh —bajó la vista a la mano que le rodeaba el brazo—. ¡Suéltame!
En el acto Pedro apartó la mano, se alejó y se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos con una despreocupación que no sentía.
—Me sorprende que no lo hayas adivinado —repitió ella, retirándose el cabello de los hombros.
El gesto hizo que tuviera ganas de tomarla en brazos y besarla hasta dejarla sin aire.
—Pues sorpréndeme —la desafió en vez de ceder a sus impulsos.
Pero el recuerdo de la visión que habían en sus ojos al entrar la noche anterior en el museo lo encendió. Paula, su hermosa Paula, de pie cerca de Hall-Lewis, con la mano reposando en el brazo del otro. Una amargura aguda y corrosiva le quemó la garganta—. No te molestes, no necesito adivinarlo —lo había sabido en el momento en que Fernando le había tocado el vientre en cuyo interior crecía el bebé—. Fernando Hall-Lewis.
Paula parpadeó dos veces.
—Nunca has sido tonto, Pedro. Debería haber imaginado que lo deducirías.
Con tiempo.La conclusión de Pedro le revolvió el estómago a Paula.Lo estudió allí apoyado contra la puerta. No se parecía en nada al hombre con el que se había casado. Las ondas largas de pelo negro habían sido cortadas, revelando con claridad la mandíbula cuadrada y los velados ojos oceánicos. La boca, plena y apasionada, se había transformado en una línea fina. Se dijo con vehemencia que ese hombre duro e intransigente no la atraía nada.Lo contrario sería una estupidez.Tenía que salir de allí.Antes de poder arrepentirse, pasó a su lado, abandonó el despacho y fue al aseo de señoras pasillo abajo. Por primera vez, no se fijó en las antigüedades que lo decoraban y abrió el grifo y dejó que el agua fría le recorriera las muñecas.El destello de oro a través del agua le brindó una pausa. Despacio, cerró el grifo. Un segundo más tarde, se había quitado la alianza y estudiaba la banda de oro rojo, blanco y amarillo que reposaba en la palma de su mano derecha.
—Si no te importa, estableceré una cita con el banco y te confirmaré la hora luego.
Sí le importaba.Y lo estaba despidiendo. Lo invadió la incredulidad... y al final emergió el miedo. De haberla perdido de forma irrecuperable. De que nunca pudiera encontrar el camino de vuelta al mundo risueño, cálido y acogedor que habían compartido.Miedo de que el pasado hubiera desaparecido de verdad para siempre.Se controló y se preguntó qué hacía anhelando a una esposa que había encontrado a otro amante, y que encima la había dejado embarazada.Pero antes de poder contenerse, le aferró el brazo. Al instante Paula giró en redondo con mirada de sorpresa.
—¿Qué?
—¿Fue un accidente?
A Paula se le agitó la respiración hasta que finalmente casi graznó:
—¡No fue un accidente... yo quería este bebé!
El reconocimiento le atravesó el corazón como una bayoneta.
—¿Por qué?
—Ahora no, Pedro.
—Sí, ahora.
Desde el pasillo les llegó el sonido de voces.
—Esto es ridículo. ¿Quieres hablar? ¿Sabes?, hace cuatro años creía que lo único malo de nuestro matrimonio era que tú siempre mantenías la distancia... jamás me hablabas de lo que estabas pensando. Bueno, pues anoche yo estaba dispuesta a hablar... y tú no —suspiró al percibir la agitación interior de él—. Necesitamos hablar, Pedro. Pero no ahora. Tengo trabajo. Ariel acaba de llamar y puede que venga a verme. Cualquiera podría entrar.
—¡Me importa un bledo quién entre!
—A mí no.
—No necesito esas palabras sentimentales que tú consideras tan importantes. Pero sí quiero saber por qué me traicionaste, traicionaste nuestros votos.
—Traición es una palabra muy fuerte —alzó el mentón.
—Es lo que hiciste. Dime por qué.
—¿No te basta con que tú y yo hubiéramos soñado con iniciar juntos una familia?
—Esas son tonterías románticas —bufó.
—¿Tonterías? —algo aleteó en los ojos de ella—. Bueno, pues esto te va a sonar aún más a tonterías románticas... lo hice por el hombre al que amo.
—Por el padre de tu bebé.
Ella asintió con ojos súbitamente cautelosos.
—Por supuesto.
Aunque lo había estado esperando, quedó conmocionado por el reconocimiento de que lo había traicionado del peor modo posible... enamorándose de otro hombre a pesar de jurar que sería suya para siempre. La furia se extendió por sus venas como si fuera un incendio hasta que pensó que estallaría. Pero luchó por mantener un frío control. Y lo logró.
—¿Y quién es el hombre afortunado? —con un esfuerzo sobrehumano, sonrió con desdén.
—¿Quieres decir que no lo has adivinado?
Él se encogió de hombros y mintió.
—Con franqueza, no he pensado mucho en el asunto.
—Oh —bajó la vista a la mano que le rodeaba el brazo—. ¡Suéltame!
En el acto Pedro apartó la mano, se alejó y se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos con una despreocupación que no sentía.
—Me sorprende que no lo hayas adivinado —repitió ella, retirándose el cabello de los hombros.
El gesto hizo que tuviera ganas de tomarla en brazos y besarla hasta dejarla sin aire.
—Pues sorpréndeme —la desafió en vez de ceder a sus impulsos.
Pero el recuerdo de la visión que habían en sus ojos al entrar la noche anterior en el museo lo encendió. Paula, su hermosa Paula, de pie cerca de Hall-Lewis, con la mano reposando en el brazo del otro. Una amargura aguda y corrosiva le quemó la garganta—. No te molestes, no necesito adivinarlo —lo había sabido en el momento en que Fernando le había tocado el vientre en cuyo interior crecía el bebé—. Fernando Hall-Lewis.
Paula parpadeó dos veces.
—Nunca has sido tonto, Pedro. Debería haber imaginado que lo deducirías.
Con tiempo.La conclusión de Pedro le revolvió el estómago a Paula.Lo estudió allí apoyado contra la puerta. No se parecía en nada al hombre con el que se había casado. Las ondas largas de pelo negro habían sido cortadas, revelando con claridad la mandíbula cuadrada y los velados ojos oceánicos. La boca, plena y apasionada, se había transformado en una línea fina. Se dijo con vehemencia que ese hombre duro e intransigente no la atraía nada.Lo contrario sería una estupidez.Tenía que salir de allí.Antes de poder arrepentirse, pasó a su lado, abandonó el despacho y fue al aseo de señoras pasillo abajo. Por primera vez, no se fijó en las antigüedades que lo decoraban y abrió el grifo y dejó que el agua fría le recorriera las muñecas.El destello de oro a través del agua le brindó una pausa. Despacio, cerró el grifo. Un segundo más tarde, se había quitado la alianza y estudiaba la banda de oro rojo, blanco y amarillo que reposaba en la palma de su mano derecha.
Eres Mía: Capítulo 11
Llegó a la conclusión de que su traidora esposa había tomado la decisión de erradicar todo rastro de él.La ira hirvió en sus entrañas. Al menos eso lo podía controlar.Lo que no podía permitir era que ella presenciara su vulnerabilidad... Lo expuesto que se sentía. Había tenido años de práctica en el empleo de una máscara de reserva impenetrable y en ocultar toda emoción, incluido el dolor. Aprovechándose de eso, respiró hondo y se tomó tiempo en examinarla. El vestido ceñido constreñía sus pechos plenos, que subían y bajaban con cada respiración que daba. Habría jurado que la respiración se le aceleraba al verse sujeta a ese escrutinio.La fuerza de voluntad lo frenó de bajar al estómago levemente hinchado. La mera idea del embarazo lo seguía aturdiendo. Paula fruncía el ceño.
—¿Qué quieres, Pedro?
Resistió el impulso descabellado de decir... a tí.
—También he ido al banco.
El empleado ni siquiera había querido hablar con él. Para su desconcierto, había sido escoltado hasta la puerta por unos empleados de seguridad. En el pasado, los banqueros se habían desvivido por asegurarse sus negocios. La experiencia de ese día había sido una sacudida brusca. Miró a su esposa lleno de frustración.
—Han congelado mis cuentas. Todas. Al parecer tú lo ordenaste. De modo que supongo que el banco necesita tu autorización para volver a activarlas —lo crispaba saber que necesitaba de Paula.
Ella se inclinó sobre el escritorio y se puso a buscar en una caja que contenía tarjetas comerciales. El vestido de algodón negro se tensaba sobre las hermosas nalgas de su trasero.La oleada ardiente de deseo fue imprevista. Juró para sus adentros, atónito al descubrir lo mucho que todavía lo excitaba su esposa embarazada.
—Ah, aquí está —dijo al encontrar la tarjeta que buscaba.
Acercó la agenda, fue a la página indicada y alargó la mano hacia el teléfono.
—¿Qué haces? —demandó él.
—Llamar para establecer una cita para ir los dos al banco mañana.
—Mañana, no. Hoy —insistió Pedro.
—No puedo...
Él avanzó un paso y se situó justo detrás de ella.
—Quiero que esto quede resuelto hoy. Así que haz un hueco en tu agenda.
Paula dejó el auricular.
—Invadir mi espacio personal no va a ayudar. Hoy, no puedo —clavó un dedo en la agenda—. Faltan tres semanas para el festival del museo.
El teléfono eligió ese momento para sonar. Paula fue a contestar, pero la mano de Pedro se cerró sobre la suya, impidiéndoselo. La llamada cesó de golpe. Ella miró el identificador de la pantalla, luego habló por encima del hombro.
—¡Era mi jefe!
—Es una pena.
Paula soltó un suspiro impaciente.
—No me fastidies esto.
Ella había cambiado.Y empezaba a comprender el alcance de dicho cambio. A pesar del hecho de que no había dedicado los últimos años a esperarlo, aún había esperado que lo antepusiera a todo lo demás. Llevaba ausente cuatro años. Empezaba a quedar claro con bastante rapidez que él ya no era el centro de su universo. Pero la bola de ardiente amargura que tenía en la boca del estómago no iba a traer de vuelta a la Paula, por la que había vivido cada minuto de cuatro años infernales.Pero atosigarla no ayudaba su causa. De modo que se apoyó en los talones, enarcó unas cejas burlonas y se afanó en buscar alguna señal que le mostrara que a ella todavía le importaba.
—¿Desde cuándo pedirte ayuda se ha vuelto sinónimo de fastidiar algo?
Los ojos de ella mostraron tensión.
—Estoy más que contenta de ayudarte... haré las llamadas y sacaré tiempo libre mañana. Pero si solo has venido a ejecutar juegos de poder, entonces me temo que tendrás que marcharte. Tengo material que repasar para un folleto que debe estar en la imprenta en unas horas —señaló la pila de libros que había en el suelo—. No puede esperar.
Mostraba una dignidad dolida y le costó contenerse de tomarla en brazos. La negativa de ella a responder al instante a sus necesidades lo había puesto a la defensiva.
—Yo también estoy comprobando cosas. Todos los modos en que has cambiado.
—Como te plazca —apartó la vista—. Pero eso no modificará el hecho de que tengo que realizar un trabajo.
Siguió su mirada hacia la página en la que había estado concentrada cuando él entró. Corazones. Había estado dibujando corazones. Quizá sí había estado hablando con su amante. Se tragó la bilis y avanzó hasta que sus muslos enfundados en vaqueros le rozaron el trasero. En algún rincón de su mente sabía que se estaba comportando como un imbécil, pero no podía evitarlo. No podía parar de tratar de provocar una reacción, una muestra de emoción espontánea. La suavidad de ella contra su cadera y sus muslos le cortó el aliento.¡Y esa fragancia dulce...!En ese momento la adrenalina lo atravesó como un relámpago. Bajó la cabeza y murmuró sobre su nuca:
—¿Estás demasiado ocupada para esto?
Ella giró y sus ojos se clavaron en los del otro. A pesar del crepitar que imperaba en el aire, los de Paula estaban fríos y distantes.
—Anoche dijiste que todo se había terminado.
—¿Qué quieres, Pedro?
Resistió el impulso descabellado de decir... a tí.
—También he ido al banco.
El empleado ni siquiera había querido hablar con él. Para su desconcierto, había sido escoltado hasta la puerta por unos empleados de seguridad. En el pasado, los banqueros se habían desvivido por asegurarse sus negocios. La experiencia de ese día había sido una sacudida brusca. Miró a su esposa lleno de frustración.
—Han congelado mis cuentas. Todas. Al parecer tú lo ordenaste. De modo que supongo que el banco necesita tu autorización para volver a activarlas —lo crispaba saber que necesitaba de Paula.
Ella se inclinó sobre el escritorio y se puso a buscar en una caja que contenía tarjetas comerciales. El vestido de algodón negro se tensaba sobre las hermosas nalgas de su trasero.La oleada ardiente de deseo fue imprevista. Juró para sus adentros, atónito al descubrir lo mucho que todavía lo excitaba su esposa embarazada.
—Ah, aquí está —dijo al encontrar la tarjeta que buscaba.
Acercó la agenda, fue a la página indicada y alargó la mano hacia el teléfono.
—¿Qué haces? —demandó él.
—Llamar para establecer una cita para ir los dos al banco mañana.
—Mañana, no. Hoy —insistió Pedro.
—No puedo...
Él avanzó un paso y se situó justo detrás de ella.
—Quiero que esto quede resuelto hoy. Así que haz un hueco en tu agenda.
Paula dejó el auricular.
—Invadir mi espacio personal no va a ayudar. Hoy, no puedo —clavó un dedo en la agenda—. Faltan tres semanas para el festival del museo.
El teléfono eligió ese momento para sonar. Paula fue a contestar, pero la mano de Pedro se cerró sobre la suya, impidiéndoselo. La llamada cesó de golpe. Ella miró el identificador de la pantalla, luego habló por encima del hombro.
—¡Era mi jefe!
—Es una pena.
Paula soltó un suspiro impaciente.
—No me fastidies esto.
Ella había cambiado.Y empezaba a comprender el alcance de dicho cambio. A pesar del hecho de que no había dedicado los últimos años a esperarlo, aún había esperado que lo antepusiera a todo lo demás. Llevaba ausente cuatro años. Empezaba a quedar claro con bastante rapidez que él ya no era el centro de su universo. Pero la bola de ardiente amargura que tenía en la boca del estómago no iba a traer de vuelta a la Paula, por la que había vivido cada minuto de cuatro años infernales.Pero atosigarla no ayudaba su causa. De modo que se apoyó en los talones, enarcó unas cejas burlonas y se afanó en buscar alguna señal que le mostrara que a ella todavía le importaba.
—¿Desde cuándo pedirte ayuda se ha vuelto sinónimo de fastidiar algo?
Los ojos de ella mostraron tensión.
—Estoy más que contenta de ayudarte... haré las llamadas y sacaré tiempo libre mañana. Pero si solo has venido a ejecutar juegos de poder, entonces me temo que tendrás que marcharte. Tengo material que repasar para un folleto que debe estar en la imprenta en unas horas —señaló la pila de libros que había en el suelo—. No puede esperar.
Mostraba una dignidad dolida y le costó contenerse de tomarla en brazos. La negativa de ella a responder al instante a sus necesidades lo había puesto a la defensiva.
—Yo también estoy comprobando cosas. Todos los modos en que has cambiado.
—Como te plazca —apartó la vista—. Pero eso no modificará el hecho de que tengo que realizar un trabajo.
Siguió su mirada hacia la página en la que había estado concentrada cuando él entró. Corazones. Había estado dibujando corazones. Quizá sí había estado hablando con su amante. Se tragó la bilis y avanzó hasta que sus muslos enfundados en vaqueros le rozaron el trasero. En algún rincón de su mente sabía que se estaba comportando como un imbécil, pero no podía evitarlo. No podía parar de tratar de provocar una reacción, una muestra de emoción espontánea. La suavidad de ella contra su cadera y sus muslos le cortó el aliento.¡Y esa fragancia dulce...!En ese momento la adrenalina lo atravesó como un relámpago. Bajó la cabeza y murmuró sobre su nuca:
—¿Estás demasiado ocupada para esto?
Ella giró y sus ojos se clavaron en los del otro. A pesar del crepitar que imperaba en el aire, los de Paula estaban fríos y distantes.
—Anoche dijiste que todo se había terminado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)