jueves, 18 de enero de 2018

Eres Mía: Capítulo 17

Se  apoyó  contra  la  ventana  y  recordó  todas  las  charlas  felices  que  habían  tenido  sobre formar una familia numerosa. Y en ese momento Paula estaba embarazada. Pero no de él. No estaba realizando el sueño de ambos. Era únicamente el sueño nuevo de ella... parte de la visión que tenía de un futuro con Hall-Lewis.En  la  calidez  del  dormitorio,  supo  que  tendría  que  luchar  por  su  propio  futuro  con  ella.  La  siguiente  parada  sería  una  visita  a  su  abogado,  quien  sin  duda  se  mostraría  atónito de verlo. Su buitre legal al fin podría ganarse la excelente minuta que siempre le había pagado, resucitándolo legalmente de entre los muertos.Su matrimonio distaba mucho de estar acabado.No iba a dejar que Hall-Lewis se la arrebatara sin oponer una dura resistencia.Había vuelto a casa para quedarse.

Paula entró en la casa a oscuras.Unos  candelabros  proyectaban  sombras  suaves  en  los  rincones  del  vestíbulo.  Se  dirigió hacia la escalera alfombrada. Arriba, Leonardo ya había apagado las luces del techo, dejando un resplandor tenue de una lámpara que había en un aparador para que le iluminara el camino. La  puerta  del  dormitorio  estaba  abierta  un  poco.  La  empujó,  fue  hacia  la  silueta  tenue de la cama y se sentó en el borde. Después de quitarse los zapatos de tacón alto, se inclinó y encendió la lámpara de la mesilla.Se incorporó, se bajó la cremallera del vestido negro de algodón y con un contoneo comenzó a quitárselo.

—La verdad es que no tenía en mente un striptease, pero no dejes que eso te frene.

Paula giró en redondo con el corpiño pegado a los pechos y miró al hombre acostado en la cama grande, los brazos cruzados detrás de la cabeza y que la estudiaba con ojos entrecerrados.

—Casi  me  provocas  un  paro  cardíaco.  ¿Qué  haces  aquí?  —demandó—.  En  mi  casa  —entonces notó que tenía el torso desnudo—. ¡No llevas puesto nada!

—¿También has olvidado que duermo desnudo? —sonrió.

Desnudo.  Eso  invocó  imágenes  que  la  hicieron  sudar.  Lo  había  visto  desnudo  un  millón de  veces.  Habían hecho  el  amor.  Y  de  forma  muy  apasionada.  Entonces,  ¿por  qué esa única palabra la hacía temblar como si fuera virgen?

Pedro sonreía  como  un  depredador,   lo que hizo que  sospechara que sabía   exactamente cómo se sentía. Pegó con más fuerza el vestido contra sus pechos.

—Sal de  mi cama  —soltó. 

Sin  importar  lo  que  él  tuviera  en  mente,  no  pensaba  acostarse con él como si fuera una fruta madura y lista para ser devorada.

—Nuestra cama —ante su rubor, murmuró con tono ronco—: ¿No me digas que tu novio usa pijama?

En  el último  instante  recordó  que  le  había  dicho  que  iba  a  casarse  con  Fernando y  contuvo  la  réplica.  Su  incomodidad  aumentó.  Pero  al  menos  esa  ficción  del  novio  le  daba  una  protección  sobre  el  efecto  no  deseado  que  ejercía  sobre  ella  la  presencia  física de Pedro. Absolutamente  decidida  a  no  revelar  su  vulnerabilidad,  echó  la  cabeza  atrás  y  respondió:

—¿No  se  te  pasó  por  la  cabeza  que  al  venir  aquí  esta  noche  podrías  haberte  encontrado con él?

—Es algo que consideré. Para serte sincero, deseaba que pasara.

Ese lado oscuro de Pedro que había sabido que debía existir pero que nunca había visto  la  asustaba.  Había  servido  en  las  Fuerzas  Especiales;  poseía  una  destreza  y  unos  conocimientos que jamás quería llegar a descubrir. Podría hacer pedazos a Fernando.Se preguntó si habría cometido un gran error táctico al decirle que iba a casarse con su amigo. ¿Lo habría puesto en peligro? Tragó saliva y se dijo que estaba exagerando. Nunca le haría daño a Fernando. Él alzó el edredón en un gesto de invitación.

—Pero  tu  novio  no  está  aquí  y  tú  ya  estás  medio  desnuda.  Suelta  ese  vestido  y  métete en la cama.

El corazón le dió un vuelco. Su aplastante incapacidad de resistirse a él era el motivo de la mentira que había urdido.

—Ni lo sueñes.

—¿Se supone que debo ir a buscarte? —le ofreció una sonrisa letal.

La  promesa  manifiesta  en  sus  ojos  hizo  que  Paula temblara.  Lo  haría.  Y  estaba  desnudo bajo la sábana... "Largate ya", pensó.

—¡Eres  imposible!  —subiéndose  el  vestido,  cruzó  la  habitación  antes  de  que  la  tentación  pudiera  ganarle—.  Esto  ha  ido  demasiado  lejos.  Voy  a  darme  una  ducha  y  cuando salga, te quiero fuera de aquí. Puedes elegir cualquiera de los dormitorios para invitados, pero este es mi dormitorio.Al cerrar con fuerza la puerta del cuarto de baño principal, lo oyó gruñir:

—Y  esta  es  mi  cama.  Tú  eres  mi  esposa...  a  pesar  de  que  parezca  que  lo  hayas  olvidado.

martes, 16 de enero de 2018

Eres Mía: Capítulo 16

En la esquina del museo paró un taxi y le dió una dirección. En su mente solo había sitio para las últimas revelaciones de Paula. Se había quitado la alianza. Había aceptado casarse con Hall-Lewis.Y ya lo había declarado muerto.Mientras  él  había  pensado  en  ella  todos  los  días,  consumido  por  el  modo  en  que  podría llegar a encontrar el camino de vuelta a su lado, ella había estado planeando el modo de enterrarlo vivo.Con  la  vista  clavada  en  la  ventanilla,  pensó  que  en  su  vida  anterior  había  sido  impaciente.  Pero  su  cautiverio,  donde  los  minutos  se  habían  extendido  a  horas  y  las  horas a días, había cambiado eso. Había adquirido la capacidad de bloquear todo salvo lo que más deseaba: sobrevivir.El taxi se detuvo ante una casa de ladrillo visto en una avenida alineada de árboles. Pagó con los últimos dólares que le había prestado Akam y fue hacia la vivienda que le había  comprado  a  Paula en  lo  que  parecía  otra  vida.  En  la  puerta  de  entrada,  en  unas  letras de latón se leía: «Bienvenida a casa».Llamó al timbre. No reconoció al criado bajo y calvo que abrió.

—¿Dónde  esta  Bernardo?  —demandó,  sorprendido  de  no  ver  al  hombre  elegante  y  encorvado que Paula y él habían contratado en tiempos más felices.

—Bernardo se  jubiló  el  año  pasado,  se...  —el  mayordomo  estudió  los  vaqueros  y  la  camiseta negra que llevaba y que remarcaba el torso y los brazos musculosos antes de frenar el resto del cortés y automático señor—. No estamos buscando guardaespaldas.

Pedro le  dedicó  al  desconocido  que  le  frenaba  la  entrada  a  su  hogar  una  mirada  letal.

—No busco trabajo. Soy Pedro Alfonso.

El mayordomo se mantuvo firme, los ojos reflejando incredulidad.

—El señor Alfonso está muerto.

A  pesar  de  su  crispación,  se  dijo  que  el  hombre  cumplía  con  su  trabajo.  Al  final  se  apiadó  y  sacó  un  pasaporte  tan  nuevo  que  las  tapas  seguían  rígidas.  Lo  abrió  en  la  página de identificación.

—¿Satisfecho?

El hombre miró la foto y tragó saliva.

—Al parecer le debo una disculpa, señor Alfonso.

—No  es  necesario  —se  guardó el  pasaporte  falso  y  enarcó  una  ceja—.  No  he  retenido su nombre.

Los dos sabían que el mayordomo no lo había dado. La cara del otro mostró incomodidad.

—Me llamo Leonardo. La doctora sigue en el museo, señor.

Se  refería  a  Paula.  Otra  información  que  había  descuidado  compartir  con  él:  había  sacado  el  doctorado.  Otra  cosa  que  se  había  perdido.  Controló  la  frustración  de  la  trágica injusticia de toda la situación. Si permitía que el resentimiento y la ira afloraran, se volvería loco.—

Lo sé —repuso con calma—. Vengo de allí.

El ceño del mayordomo se vió remplazado por alivio.

—Entonces, ¿Regresará cuando la doctora se encuentre en casa?

Para evitar un punto muerto inútil, preguntó:

—¿Samuel  sigue formando parte del personal?

Le  irritó  tener  que  preguntarle  a  un  hombre  que  desconocía  si  el  chófer  aún  trabajaba para él.El mayordomo asintió, pero siguió bloqueando la puerta. Pedro avanzó.

—Vaya a buscarlo, Leonardo—espetó—. No pienso quedarme aquí de pie todo el día.

Cinco minutos más tarde, Pedro se encontraba dentro de su propio hogar. Un  Samuel sonriente  lo  seguía  de  cerca con  lágrimas  en  los  ojos  mientras  Pedro,  también  con  un  nudo  en  la  garganta  por  la  emoción,  estudiaba  el  interior  del  hogar  que no había visto en años. Había  una  diferencia  sutil.  Las  paredes  blancas  habían  dado  paso  a  tonalidades  oscuras que formaban un fondo excelente para el Kandinsky por el que Paula y él habían pujado un mes después de comprar la casa. El  cofre  grande  que  en  una  ocasión  había  estado  contra  la  pared  había  sido  sustituido por un aparador de nogal que le daba al recibidor un aire de extrañeza que no había previsto. Subió la escalera alfombrada y, al final de un pasillo que en uno de sus lados exhibía ventanales arqueados, entró en el dormitorio principal.Las  cortinas  tenían  una  tonalidad  verde  que  resaltaban  el  marfil  suntuoso  del  papel de las paredes. Siguió buscando con la vista signos familiares de la vida cotidiana de  Paula.  Salvo  por  un  jarrón  que  tenía  flores  blancas  y  dos  frascas  aromáticas  en  el  tocador, este carecía de toda parafernalia femenina.Toques secretos de jazmín flotaban en el aire.El sol de la tarde se filtraba a través de las ramas del nogal que había del otro lado de la ventana, moteando el edredón impecable. La magnífica cama de caoba con dosel que  los  dos  habían  elegido  después  de  pasar  un  hilarante  día  de  San  Valentín  probando camas en lo que parecía un siglo atrás, aún le daba calidez a la habitación.En  esa  cama  le  había  hecho  el  amor  a  su  esposa  más  veces  que  las  que  quería  recordar. La alfombra mullida amortiguaba sus pasos. Se detuvo ante los amplios ventanales que daban al patio trasero, lleno de abedules. De  forma  espontánea,  recordó  el  momento  eléctrico  en  el  despacho  de  Paula,  el  calor  de  su  lengua  al  tocarle  el  labio...  Dios,  se  había  sentido  tentado  a  no  parar,  a  pegarla contra él y a hundirse en su íntima suavidad.Pero  había  estado  demasiado  enfadado.  Ahí,  en  ese  dormitorio  donde  habían  compartido tantas horas de felicidad, quizá fuera diferente.Ese era su hogar.Y Paula era su esposa, no su viuda.

Eres Mía: Capítulo 15

—No legalmente... —se fue dirigiendo hacia la puerta a medida que el cuerpo de él ocultaba el sol—. Hice que te declararan muerto.

—¿Qué?

—Estás muerto, Pedro. Por lo que respecta al mundo, estoy viuda.

Él hizo una mueca.

—No  son  más  que  tonterías.  Estoy  aquí...  vivo...  y  sigues  siendo  mi  esposa  —de pronto estableció la conexión—. Declarado muerto. Por eso congelaron mis cuentas.

La expresión de sus ojos le heló la sangre.

—Sí, hasta que se ejecute tu patrimonio. Luego se repartirán tus posesiones —había olvidado mencionarle la cita del día siguiente en el banco—. Pedro...

—Y  tú,  desde  luego,  lo  heredas  todo...  Ahora  entiendo  tu  motivación  para  que  me  declararan oficialmente muerto.

—Pedro, yo no necesito tu dinero. Tengo mi herencia, un trabajo...

—Que papito te consiguió —se mofó.

—Jamás  me  importó el  dinero.  Los  contactos  de  mi  padre  puede  que  ayudaran  en  mi  presentación  en  el  museo,  pero  conseguí  mi  trabajo,  y  todos  los  ascensos  que  he  obtenido,  en  base  a  mis  méritos.  Soy  responsable  de  mi  propio  éxito.  No  me  puedes  arrebatar  eso  —se  apartó  unos  mechones  de  la  cara—.  He  arreglado  una  cita  con  el  banco para mañana a primera hora.

—Será  mejor  que  llames  a  los  abogados  para  que  también  anulen  la  orden  del  tribunal que me declara muerto —gruñó.

Paula asintió.  El  súbito  silencio  que  reinó  entre  ellos  solo  ayudó  a  potenciar  la  conciencia que tenía de cada movimiento que hacía él. Dió un paso leve hacia la puerta. Pero Pedro llegó primero. Se  acercó  hasta  que  ella  quedó  pegada  contra  el  cristal.  Se  paralizó  al  ver  que  se  inclinaba.La rodeó su aroma familiar; aspiró la fragancia de él y se le aflojaron las rodillas. Pedro entreabrió los labios y Paula recordó el placer que esa boca le había dado en el pasado.Sintió un cosquilleo por la espalda que aportó una urgente percepción eléctrica que realmente no necesitaba.Y supo que Pedro iba a besarla.Dejó de respirar. La supervivencia quedó ahogada por una emoción más poderosa. Pedro susurró  su  nombre  y  ella  sintió  un  palpitar  en  la  parte  baja  del  vientre.  Sin  pensarlo, se humedeció los labios. Pedro exhaló y los músculos de Paula se tensaron. Ya podía sentir su boca... probarlo.La última vez que había experimentado ese nerviosismo sin aliento había sido en la Capilla del Amor en Las Vegas. Pero entonces la esperaba un mundo nuevo. Esperanza. Y  felicidad.  Habían  estado  enamorados,  no  había  existido  esa  tensión  afilada  como  el  mejor acero.

Había sabido que esa huida a Nevada representaría problemas, pero había tenido la seguridad  de  que  su  padre  le  perdonaría  no  celebrar  una  boda  lujosa,  llena  de  invitados a los que apenas conocería. La boda en Las Vegas no había sido ni especial ni íntima, pero su corazón había estado con Pedro. Después de todo, lo amaba.Era suyo para siempre. Lo había sido desde aquel primer momento en la subasta en que le había aconsejado que no pujara por las monedas romanas falsas.En  ese  momento,  el  dedo  pulgar  de  él  se  posó  en  su  labio  inferior  húmedo.  Su  lengua probó esa piel áspera. Sabía a sal y a almizcle. A hombre excitado. Con  el  corazón  desbocado,  Paula se  derritió.  En  esa  ocasión  le  lamió  el  dedo  pulgar  con  lenta  deliberación.  Hizo  remolinear  la  lengua  en  el  pliegue  suave  que  separaba  el  pulgar del dedo índice.Tenían una segunda oportunidad.Iba a salir bien... entre los dos podían hacer que funcionara. La  boca  bajó  sobre  la  suya.  En  contraste  con  la  pasión  ardiente  que  dominaba  a  Pedro,  el  cristal  de  su  espalda  estaba  duro  y  fresco.  Él  movió  los  labios  y  ella  dejó  escapar un gemido. El beso se ahondó. Paula subió las manos por la camiseta de Pedro y le acarició la nuca. La presión de la boca de él cesó de golpe. Ella abrió los ojos. Pedro retrocedió,   estableciendo   distancia   entre   ambos,   con   un   conocimiento   horrible en sus ojos.

—Bueno... será mejor que me vaya... no has parado de decirme todo el trabajo que tenías y yo te impido ejecutarlo. Y pensándolo mejor, le daré órdenes a mis abogados para  que  cancelen  ellos  la  orden de mi  fallecimiento.  De ese  modo  no  te  quitaré  tu  valioso tiempo.

Canalla...De  modo  que  sabía  que  lo  deseaba.  Qué  humillante.  Iba  a  dejarla  colgada  de  esa  manera... hambrienta de él. Cerró las manos con fuerza, decidida a contenerse y a no suplicarle que la besara... una vez más.Con  qué  facilidad  había  derribado  las  barreras  que  había  intentado  levantar  en  torno a él. Con qué facilidad ella se había olvidado de Candela...Él volvió a inclinarse hacia ella.

—Toma esto como una advertencia —le gruñó al oído.

Negándose a amilanarse, no se movió. Pedro apoyó la yema de su dedo índice bajo el mentón de ella y se lo alzó, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Disto mucho de estar muerto. Y así como quizá estés planeando casarte con otro hombre, sigues deseándome a mí. Piensa en eso... porque es en lo único en lo que voy a pensar yo... toda la noche.

Sin darle la oportunidad de responder, la soltó, dió media vuelta y se fue. Mordiéndose  el  labio  inferior,  contuvo  el  sollozo  que  amenazaba  con  salir  de  su  garganta.En el despacho reinó el silencio. Encorvó  los  hombros.  Demasiado  extenuada  para  moverse,  apoyó  la  cabeza  en  el  frescor del cristal y deseó con toda su alma no tener que volver a ver jamás a Pedro.Canalla arrogante. ¡No se merecía su lealtad!Ni siquiera tenía manera de contactar con él... tendría que esperar que la llamara.Al menos había tenido el valor de quebrar un vínculo con él y quitarse la alianza. De  pronto  sintió  una  oleada  de  adrenalina.  Aún  podía  visualizar  el  lugar  donde  lo  había  dejado  en  la  encimera  de  granito.  Se  había  secado  las  manos,  pero  después  había olvidado recoger el anillo.En  el  momento  en  que  abrió  la  puerta  de  los  aseos  femeninos,  el  corazón  le  martilleaba. Con pavor posó la vista junto al lavabo.La alianza no estaba.

Eres Mía: Capítulo 14

—¿Quieres que te lo deletree?

—Así  como  es  cierto  que  la  base  de  este  jarrón  se  rompió  como  el  de  Warka,  me  molesta tu implicación de que fue como resultado de su robo del Museo de Irak. Este no  es  el  Jarrón  de  Inanna  que  tú  viste  allí.  Este  jarrón  posee  una  procedencia  segura.  Creo que sufrió daños hace unos años, cuando se inspeccionó por motivos del seguro.—¿Y no se restauró entonces? —inquirió él con incredulidad.

—A  mí  también  me  resultó  peculiar  —reconoció  Paula—.  Pero  el  coleccionista  se  hace mayor y el mantenimiento le resultaba agotador. Lo hicimos restaurar nada más adquirirlo.  Verás  que  no  fue  el  primer  daño  que  recibió.  Siglos  atrás  debió  de  caerse,  porque fue restaurado por artesanos antiguos. ¿Lo ves?

Ella señaló las marcas y le dedicó una mirada de reojo para evaluar su reacción. Ni un parpadeo.Dejó de mirar el jarrón de alabastro y centró su atención en ella.

—Lo  veo,  y  sospecho  que  es  muy  factible  que  fuera  robado...  y  vendido  en  el  lucrativo  mercado  negro  a  un  coleccionista  que  lo  mantuvo  bajo  fuertes  medidas  de  seguridad.

Molesta ante la implicación de que tanto ella como Ariel Daley, el conservador jefe ya mayor, pudieran comprar artefactos en el mercado negro, nombró al vendedor, un coleccionista privado de excelente reputación.Él enarcó una ceja.

—¿Aceptó separarse voluntariamente de la que debía ser la joya de la corona de su colección?

 Se  preguntó  si  de  verdad  creía  que  había  habido  algo  turbio  o  solo  intentaba  crisparla.

—Es un viejo amigo de mi padre. No tiene hijos... y sus herederos carecen de interés por  las  antigüedades.  Y como  te  acabo  de  informar,  la  pieza  ya  estaba  dañada.  Creo  que  el  pobre  hombre  estaba  encantado  de  que  la  restauraran  y  expusieran  en  el  museo  para  que  la  gente  pudiera  gozar  de  ella.  Fuimos  muy  afortunados  de  adquirir  parte de su colección.

La sorpresa de Pedro se puso de manifiesto.

—¿Hay más piezas?

—Oh,  sí  —el orgullo hizo que  sonriera—.  Pero  aún  las  están  catalogando...  Ariel   comprueba  la  procedencia  de  cada  pieza.  Pero  ha  ayudado  que  nuestro  coleccionista  sea  mayor  y  realizara  casi  todas  sus  adquisiciones  antes  de  la  década  de  los  setenta.  Durante un tiempo no se expondrán... la limpieza y restauración lleva mucho tiempo... aunque  exhibiremos  una  de  las  piezas  más  espectaculares  para  que  coincida  con  el  festival del museo.—Y  para  convencerte  del  cuidado  que  pusimos,  Ariel  contactó  con  el  museo  de  Bagdad  y  confirmó  que  el  Jarrón  de  Inanna  no  había  sido  saqueado.  No  figura  en  su  inventario de artefactos perdidos.La miró a los ojos.

—Yo habría  hecho  exactamente  lo  mismo.  Pero  eso  no  garantiza  que  no  haya  sido  saqueado, solo que su desaparición aún no se ha registrado.

El  impacto  de  esos  ojos  hizo  que  sus  siguientes  palabras  murieran  mudas  en  su  boca. La  mirada  de  Pedro se  agudizó  y  le  tomó  la  mano.  Mientras  el  dedo  pulgar  acariciaba   la   ligera   hendidura   donde   había   estado   la   alianza,   experimentó   una   descarga de sensaciones.

—No llevas puesta la alianza.

—Me la quité.

—¿Por qué?

En ese momento entró un grupo de turistas japoneses en una excursión guiada por el museo.

—Este no es el lugar para mantener esta discusión —dijo, agradecida por el respiro.

—¿Por qué? —repitió él con más insistencia, sin moverse.

El aire entre ellos crepitaba. Se le encendieron las mejillas.

—Estamos dando un espectáculo.

Sin  aguardar  la  respuesta  de  él,  liberó  su  mano  y  escapó  de  la  galería  como  si  la  persiguiera el mismo diablo. Pedro llenó el umbral de la puerta de su despacho.Paula pensó que había llegado el diablo en persona...Desterró  esa  imagen  y  respiró  hondo.  La reacción  al  contacto  con  él  la  había  sacudido.  La  atracción  que  siempre  le  había  provocado  parecía  tan  poderosa  como  siempre... aun cuando él la odiaba.Se preguntó qué diablos le pasaba. La había abandonado por otra mujer. ¿Cómo podía siquiera sentirse tentada por un hombre  cuyo  desprecio  por  ella  resultaba  palpable?  Pero  había  una  salida...  que  lo  situaría para siempre fuera de su alcance.Era hora de pensar en su propia supervivencia. Y en la de su bebé.

—Me quité la alianza porque... —la voz se le quebró y tragó saliva.

Pedro se  quedó  inmóvil  y  con  los  ojos  entornados.  Ahí  no  había  amor,  solo  oscuridad.

—Fernando me pidió en matrimonio y...

—¡No! —el sonido estalló de él.

Con rapidez, añadió:

—Le dije que sí —alzó el mentón y sus ojos se encontraron—. Un bebé necesita un padre.

Para sus adentros se disculpó con Fernando por su cobardía. Pero sería más fácil de esa manera. Pedro ya había llegado a la conclusión de que el bebé era de su amigo. Y ella no quería a ese desconocido de ojos fríos y naturaleza suspicaz.

—No puedes casarte con Hall-Lewis... estás casada conmigo.

—No, no lo estoy. Tú estás muerto.

—¿Disculpa? —se acercó, demasiado grande y peligroso—. Estoy bien vivo.

Eres Mía: Capítulo 13

El día de la boda Pedro le había dicho que el rojo representaba la pasión, el blanco era  por  ella,  su  prometida,  mientras  que  el  amarillo  representaba  los  niños  que  tendrían juntos... la familia que ella siempre había anhelado.Se llevó la mano libre al estómago, reconfortada por la presencia de vida que crecía en ella. Tendría el hijo que habían planeado, pero no habría familia...Sin embargo, no albergaba remordimientos.Tomar  la  decisión  de  tener  el  bebé  había  llenado  el  vacío  oscuro  en  los  días  posteriores  en  los  que  se  había  visto  obligada  a aceptar  que  Pedro estaba  realmente  muerto... de lo contrario se habría vuelto loca. Miró el anillo. Ir en pos de aquel sueño era lo que la había mantenido cuerda.Hasta  ahí  llegaba  la  esperanza  de  que  ese  día  le  aportaría  perspectiva.  Y  ahí  se  evaporaba  su  intención  de  hablar  con  Pedro acerca  del  bebé.  Empezaba  a  resultar  imposible...El había cambiado demasiado. Dejó  el  anillo  de  boda  en  la  fría  encimera  de  granito  y  se  secó  las  manos  con  una  toalla  antes  de  echarla  en  el  cesto.  Luego  se  inspeccionó  con  mirada  crítica  en  el  espejo.  Nada  en  ella  había  cambiado.  Estaba  igual  que  el  día  anterior...  que  el  mes  anterior...  incluso  que  el  año  anterior.  Desde  luego,  no  parecía  embarazada  de  diecinueve semanas.Finalmente reconoció que quizá se hallaba algo más delgada. Pedro había  cambiado.  Así  como  siempre  había  sido  reservado  y  más  que  un  poco  enigmático,  jamás  había  dudado  de  que  la  amaba.  Pero  en  ese  momento  no  estaba  distante...  estaba  directamente  en  otro  planeta.  Sin  importar  lo  que  él  quisiera  convencerla  de  creer,  descubrir  su  embarazo  no  podía  ser  responsable  de  semejante  metamorfosis.Ya  no  confiaba  en  ella.  No  la  amaba.  Creía  que  lo  había  traicionado  y  que  se  había  acostado con Fernando. Antes de caer en un sentimiento de culpa, se repitió que toda la situación no tenía nada que ver con ella... ni con el embarazo.Por  motivos  personales,  cuatro  años  atrás  Pedro había  elegido  marcharse,  irse  a  Atenas sin ella, y luego viajar a Bagdad sin comunicárselo, en compañía de una mujer con la que en una ocasión había tenido una relación íntima.Era  hora  de  reconocer  el  hecho  de  que  la  unión  había  empezado  a  desmoronarse  antes de que él se marchara... que no era el templo de fortaleza construido sobre unos cimientos sólidos de amor y confianza que ella había creído que era.

—Tú no hiciste que Pedro se alejara —le dijo a su reflejo en el espejo—. Así que no te atrevas a echarte la culpa a tí.

Observó el anillo sobre el granito.Luego  se  irguió.  Hasta  que  Pedro no  le  dijera  qué  había  salido  mal,  qué  lo  había  impulsado a irse, no pensaba volver a ponérselo jamás.

Para  su  inmenso  alivio,  al  recobrar  la  serenidad  y  salir  de  los  aseos,  Pedro ya  se  había ido de su despacho. Apenas tardó un minuto en llamar al banco y establecer una cita  con  el  director  para  el  día  siguiente.  Pero,  ¿Cómo  contactar  con  Pedro para  hacérselo saber? Colgó  y  se  puso  de  pie  con  rapidez.  Si  podía  alcanzarlo  antes  de  que  dejara  el  edificio...

Lo encontró  en  la   amplia   galería   oeste,   de   techo   alto   y   abovedado,   donde   examinaba   la   adquisición   más   valiosa   que   había   hecho   el   museo   desde   su   desaparición. El sol  estival  entraba  por  los  grandes  ventanales  arqueados  y  hacía  imposible  no  admirar el modo en que los vaqueros le ceñían las caderas estrechas o notar cómo la camiseta negra se estiraba a lo ancho de sus poderosos hombros. La visión le produjo un aleteo en el pecho. La atención de Pedro se centraba en el jarrón de alabastro de sesenta centímetros, expuesto  dentro  de  un  armario  de  cristal  equipado  con  lo  último  en  sensores  de  seguridad. Titubeó.

—¿Qué te parece? —dijo  al  final,  avanzando  hasta  ir  a  detenerse  junto  a  él—.  Del  período uruk. Casi 3500 años de antigüedad. ¿No es fabuloso?

—Había un jarrón muy parecido a este en el Museo de Irak... lo ví una vez.

—He oído hablar de él. El Jarrón de Inanna —expuso Paula con voz de gran respeto—.  Pero,  a  diferencia  de  nuestro  tesoro,  creo  que  aquel  se  encuentra  en  una  condición  impecable. Esta pieza ha recibido daños importantes... aunque se la ha sometido a una restauración experta. Permite que te diga que costó el rescate de un rey. Pero valió la pena, ¿No crees?

Sin apartar la vista del jarrón, Pedro respondió:

—Cuando miro este jarrón, no puedo evitar pensar en el robo del Jarrón de Warka... una  pieza  completamente  diferente  que  no  se  parece  en  nada  a  esta,  pero  que  fue  robada del Museo de Irak durante el saqueo de Bagdad.

—Lo sé —dijo Paula con impaciencia.

—Desde  luego,  la  historia  del  Jarrón  de  Warka  tuvo  un  final  inesperado.  Por  coincidencia,  yo  me  encontraba  en  Bagdad,  como  parte  de  un  batallón  de  tropas  estacionadas allí cuando dos meses más tarde fue devuelto.

—Nunca me lo contaste.

—Fue entregado bajo la guardia de un grupo sorprendido de soldados —expuso sin inflexión en la voz, recitando hechos—. Con una antigüedad de miles de años, el jarrón había sufrido daños y en algún momento de la fase del robo se había roto en catorce piezas. Un precio innecesario que pagar por la codicia de alguien.

Paula se encrespó.

—Entonces,  ¿Por  qué  nuestro  jarrón  te  recuerda  ese  incidente?  —no  podía  creer  que esa conversación se encaminara hacia donde sospechaba.

jueves, 11 de enero de 2018

Eres Mía: Capítulo 12

Las  palabras  secas  lo  golpearon.  Sí,  lo  había  dicho  en  un  arranque  de  orgullo  estúpido. Desde luego, no hablaba en serio. Estaba descolocado, Dolido. Humillado. Y traicionado...Bajo ningún concepto iba a volver a abrirse para que ella lo despedazara.Clea se apartó, apuntó una nota en su agenda y le dijo sin mirarlo:

—Si no te importa, estableceré una cita con el banco y te confirmaré la hora luego.

Sí le importaba.Y lo estaba despidiendo. Lo invadió la incredulidad... y al final emergió el miedo. De haberla perdido de forma irrecuperable. De que nunca pudiera encontrar el camino de vuelta al mundo risueño, cálido y acogedor que habían compartido.Miedo de que el pasado hubiera desaparecido de verdad para siempre.Se controló y se preguntó qué hacía anhelando a una esposa que había encontrado a otro amante, y que encima la había dejado embarazada.Pero antes de poder contenerse, le aferró el brazo. Al instante Paula giró en redondo con mirada de sorpresa.

—¿Qué?

—¿Fue un accidente?

A Paula se le agitó la respiración hasta que finalmente casi graznó:

—¡No fue un accidente... yo quería este bebé!

El reconocimiento le atravesó el corazón como una bayoneta.

—¿Por qué?

—Ahora no, Pedro.

—Sí, ahora.

Desde el pasillo les llegó el sonido de voces.

—Esto  es  ridículo.  ¿Quieres hablar?  ¿Sabes?,  hace cuatro años  creía que lo  único  malo  de  nuestro  matrimonio  era  que  tú  siempre  mantenías  la  distancia...  jamás  me  hablabas  de  lo  que  estabas  pensando.  Bueno,  pues  anoche  yo  estaba  dispuesta  a  hablar... y tú no —suspiró al percibir la agitación interior de él—. Necesitamos hablar, Pedro. Pero no ahora. Tengo trabajo. Ariel acaba de llamar y puede que venga a verme. Cualquiera podría entrar.

—¡Me importa un bledo quién entre!

—A mí no.

—No necesito esas palabras sentimentales que tú consideras tan importantes. Pero sí quiero saber por qué me traicionaste, traicionaste nuestros votos.

—Traición es una palabra muy fuerte —alzó el mentón.

—Es lo que hiciste. Dime por qué.

—¿No te basta con que tú y yo hubiéramos soñado con iniciar juntos una familia?

—Esas son tonterías románticas —bufó.

—¿Tonterías? —algo aleteó en  los  ojos  de  ella—.  Bueno,  pues  esto  te  va  a  sonar  aún más a tonterías románticas... lo hice por el hombre al que amo.

—Por el padre de tu bebé.

Ella asintió con ojos súbitamente cautelosos.

—Por supuesto.

Aunque lo había estado esperando, quedó conmocionado por el reconocimiento de que  lo  había  traicionado  del  peor  modo  posible...  enamorándose  de  otro  hombre  a  pesar de jurar que sería suya para siempre. La furia se extendió por sus venas como si fuera  un  incendio  hasta  que  pensó  que  estallaría.  Pero  luchó  por  mantener  un  frío  control. Y lo logró.

—¿Y quién es  el hombre  afortunado?  —con  un  esfuerzo  sobrehumano,  sonrió  con  desdén.

—¿Quieres decir que no lo has adivinado?

Él se encogió de hombros y mintió.

—Con franqueza, no he pensado mucho en el asunto.

—Oh —bajó la vista a la mano que le rodeaba el brazo—. ¡Suéltame!

En  el  acto  Pedro apartó  la  mano,  se  alejó  y se apoyó en  el marco  de  la  puerta,  cruzando los brazos con una despreocupación que no sentía.

—Me sorprende que no lo hayas adivinado —repitió ella, retirándose el cabello de los hombros.

El gesto hizo que tuviera ganas de tomarla en brazos y besarla hasta dejarla sin aire.

—Pues sorpréndeme —la desafió en vez de ceder a sus impulsos.

Pero el recuerdo de la visión que habían en sus ojos al entrar la noche anterior en el museo lo encendió. Paula, su hermosa Paula, de pie cerca de Hall-Lewis, con la mano reposando en el brazo del otro. Una amargura aguda y corrosiva le quemó la garganta—. No te molestes, no necesito  adivinarlo  —lo  había  sabido  en  el  momento  en  que  Fernando le  había  tocado  el  vientre en cuyo interior crecía el bebé—. Fernando Hall-Lewis.

Paula parpadeó dos veces.

—Nunca  has  sido  tonto,  Pedro.  Debería  haber  imaginado  que  lo  deducirías.

 Con  tiempo.La conclusión de Pedro le revolvió el estómago a Paula.Lo  estudió  allí  apoyado  contra  la  puerta.  No  se  parecía  en  nada  al  hombre  con  el  que  se  había  casado.  Las ondas  largas  de  pelo  negro  habían  sido  cortadas,  revelando  con  claridad  la  mandíbula  cuadrada  y  los  velados  ojos  oceánicos.  La  boca,  plena  y  apasionada, se había transformado en una línea fina. Se dijo con vehemencia que ese hombre duro e intransigente no la atraía nada.Lo contrario sería una estupidez.Tenía que salir de allí.Antes de poder arrepentirse, pasó a su lado, abandonó el despacho y fue al aseo de señoras pasillo abajo. Por primera vez, no se fijó en las antigüedades que lo decoraban y abrió el grifo y dejó que el agua fría le recorriera las muñecas.El destello de oro a través del agua le brindó una pausa. Despacio,  cerró  el  grifo.  Un  segundo  más  tarde,  se  había  quitado  la  alianza  y  estudiaba  la  banda  de  oro  rojo,  blanco  y  amarillo  que  reposaba  en  la  palma  de  su  mano derecha.

Eres Mía: Capítulo 11

Llegó  a  la  conclusión  de  que  su  traidora  esposa  había  tomado  la  decisión  de  erradicar todo rastro de él.La ira hirvió en sus entrañas. Al menos eso lo podía controlar.Lo  que  no  podía  permitir  era  que  ella  presenciara  su  vulnerabilidad...  Lo  expuesto  que se sentía. Había tenido años de práctica en el empleo de una máscara de reserva impenetrable  y  en  ocultar  toda  emoción,  incluido  el  dolor.  Aprovechándose  de  eso,  respiró  hondo  y  se  tomó  tiempo  en  examinarla.  El  vestido  ceñido  constreñía  sus  pechos plenos, que subían y bajaban con cada respiración que daba. Habría jurado que la respiración se le aceleraba al verse sujeta a ese escrutinio.La  fuerza  de  voluntad  lo  frenó  de  bajar  al  estómago  levemente  hinchado.  La  mera  idea del embarazo lo seguía aturdiendo. Paula  fruncía el ceño.

—¿Qué quieres, Pedro?

Resistió el impulso descabellado de decir... a tí.

—También he ido al banco.

El  empleado  ni  siquiera había querido  hablar  con  él.  Para  su  desconcierto,  había  sido  escoltado  hasta  la  puerta  por  unos  empleados  de  seguridad.  En  el  pasado,  los  banqueros se habían desvivido por asegurarse sus negocios. La experiencia de ese día había sido una sacudida brusca. Miró a su esposa lleno de frustración.

—Han  congelado  mis  cuentas.  Todas.  Al  parecer tú  lo  ordenaste.  De  modo  que  supongo  que  el  banco  necesita  tu  autorización  para  volver  a  activarlas  —lo  crispaba  saber que necesitaba de Paula.

Ella se inclinó  sobre  el  escritorio  y  se  puso  a  buscar  en  una  caja  que  contenía  tarjetas comerciales. El vestido de algodón negro se tensaba sobre las hermosas nalgas de su trasero.La  oleada  ardiente  de  deseo  fue  imprevista.  Juró  para  sus  adentros,  atónito  al  descubrir lo mucho que todavía lo excitaba su esposa embarazada.

—Ah, aquí está —dijo al encontrar la tarjeta que buscaba.

Acercó la agenda, fue a la página indicada y alargó la mano hacia el teléfono.

—¿Qué haces? —demandó él.

—Llamar para establecer una cita para ir los dos al banco mañana.

—Mañana, no. Hoy —insistió Pedro.

—No puedo...

Él avanzó un paso y se situó justo detrás de ella.

—Quiero que esto quede resuelto hoy. Así que haz un hueco en tu agenda.

Paula dejó el auricular.

—Invadir mi espacio personal no va a ayudar. Hoy, no puedo —clavó un dedo en la agenda—. Faltan tres semanas para el festival del museo.

El  teléfono eligió  ese  momento para  sonar.  Paula fue  a  contestar,  pero  la  mano  de  Pedro se cerró sobre la suya, impidiéndoselo. La  llamada  cesó  de  golpe.  Ella miró  el  identificador  de  la  pantalla,  luego  habló  por  encima del hombro.

—¡Era mi jefe!

—Es una pena.

Paula soltó un suspiro impaciente.

—No me fastidies esto.

Ella había cambiado.Y empezaba a comprender el alcance de dicho cambio. A pesar del hecho de que no había dedicado los últimos años a esperarlo, aún había esperado que lo antepusiera a todo  lo  demás.  Llevaba  ausente  cuatro  años.  Empezaba  a  quedar  claro  con  bastante  rapidez  que  él  ya  no era  el  centro de su universo.  Pero  la  bola  de  ardiente  amargura  que tenía en la boca del estómago no iba a traer de vuelta a la Paula, por la que había vivido cada minuto de cuatro años infernales.Pero atosigarla no ayudaba su causa. De  modo  que  se  apoyó  en  los  talones,  enarcó  unas  cejas  burlonas  y  se  afanó  en  buscar alguna señal que le mostrara que a ella todavía le importaba.

—¿Desde cuándo pedirte ayuda se ha vuelto sinónimo de fastidiar algo?

Los ojos de ella mostraron tensión.

—Estoy más que  contenta de ayudarte...  haré las llamadas  y  sacaré  tiempo  libre  mañana.  Pero  si  solo  has  venido  a  ejecutar  juegos  de  poder,  entonces  me  temo  que  tendrás que marcharte. Tengo material que repasar para un folleto que debe estar en la imprenta en unas horas —señaló la pila de libros que había en el suelo—. No puede esperar.

Mostraba una  dignidad dolida  y  le  costó  contenerse  de  tomarla  en  brazos.  La  negativa  de  ella  a  responder  al  instante  a  sus  necesidades  lo  había  puesto  a  la  defensiva.

—Yo también estoy comprobando cosas. Todos los modos en que has cambiado.

—Como te plazca —apartó la vista—. Pero eso no modificará el hecho de que tengo que realizar un trabajo.

Siguió  su  mirada  hacia  la  página  en  la  que  había  estado  concentrada  cuando  él  entró. Corazones.  Había  estado  dibujando corazones.  Quizá  sí  había  estado  hablando  con su amante. Se tragó la bilis y avanzó hasta que sus muslos enfundados en vaqueros le rozaron el  trasero.  En  algún  rincón  de  su  mente  sabía  que  se  estaba  comportando  como  un  imbécil, pero no podía evitarlo. No podía parar de tratar de provocar una reacción, una muestra de emoción espontánea. La suavidad de ella contra su cadera y sus muslos le cortó el aliento.¡Y esa fragancia dulce...!En  ese  momento  la  adrenalina  lo  atravesó  como  un  relámpago.  Bajó  la  cabeza  y  murmuró sobre su nuca:

—¿Estás demasiado ocupada para esto?

Ella giró y sus ojos se clavaron en los del otro. A pesar del crepitar que imperaba en el aire, los de Paula estaban fríos y distantes.

—Anoche dijiste que todo se había terminado.