Murmuró algo sobre que había algunas cosas que era mejor olvidar, y por la testaruda expresión de su cara ella supo que no diría nada más. De todos modos no le había dicho prácticamente nada. Paula tuvo la sensación de que la vuelta de Pedro a Destiny no le había traído recuerdos solo a ella.
—No estás de muy buen humor hoy —dijo—. ¿Ocurre algo? ¿Has tenido noticias de Nadia?
Marcos llevaba un año divorciado. Su joven esposa los había abandonado a él y a su hijo de dos años por un trabajo en Nueva York. Marcos negó con la cabeza.
—Mandó un paquete para el cumpleaños de Benjamín, que es el mes que viene, y una nota diciendo que iba a estar demasiado ocupada y no podría venir a verlo.
Paula tocó su brazo en un gesto de compasión.
—¿Qué tal está Benjamín? —le preguntó.
Marcos sonrió con tristeza.
—Él es lo mejor que tengo en mi vida, pero si no fuese por Rosa Morgan... —movió la cabeza preocupado—. No sé qué haría sin ella. Es una buena ama de llaves y una buena niñera, como una madre para Benja.
—Tiene una hija, ¿No? —preguntó Paula.
Marcos asintió.
—Se llama Daniela. Es doctora. Ahora está aquí.
—¿En tu casa?
—Sí.
—¿Es guapa?
Dev asintió.
—¿Te gusta?
—Aunque así fuera, está totalmente dedicada a su trabajo, y eso no encaja en lo que yo necesito —dijo Marcos moviendo los pies con nerviosismo—. Además, no la voy a ver mucho porque sustituye al doctor Holloway mientras él está fuera. Empieza hoy.
Para ser un hombre de pocas palabras, aquello decía perfectamente lo que sentía Marcos.
—Pedro le ha pedido que se encargue de las guardias médicas de los campeonatos, se celebren donde se celebren.
Aquello la devolvió a su preocupación principal. ¿Tendría su rancho alguna posibilidad de ser elegido para celebrar el campeonato?
—Respecto a lo que hablábamos al principio, Camila no es la única Chaves a la que Pedro guarda rencor —dijo ella.
—Me enteré de su chapuzón involuntario en la piscina —dijo Marcos haciendo una mueca burlona.
—No tengo por qué dar explicaciones, pero te diré que no siento por él nada en absoluto —se apresuró a decir ella.
—¿Acaso te lo he preguntado? —replicó él.
—No pero era solo cuestión de tiempo que lo hicieses —replicó ella.
—Diez años son muchos años. Ni siquiera Pedro Alfonso puede guardar rencor durante tanto tiempo. De todos modos, ten cuidado, porque las cosas que más queremos tienden a escapársenos.
Paula recordó la forma tan intensa en que Pedro la miraba mientras la sujetaba en brazos, y el recuerdo de sus pechos rozando el fuerte torso de Pedro le provocó una sensación de calor en el vientre. Tenía que ser capaz de controlar aquella atracción, o recuerdo, o lo que fuese, antes de verlo otra vez. En aquel momento, él salió de una cafetería y se dirigió hacia donde se encontraba ella. Por la expresión de su cara, no parecía demasiado contento. Un mal presentimiento se apoderó de Paula. ¿Se habría decidido ya? ¿Cuál sería su respuesta?
Mientras se dirigía hacia ellos, Pedro vió a Paula sonreír a Marcos Hart. Aquello lo hizo enfurecer, y lo que más lo disgustó fue precisamente sentir que se enfadaba. ¿Por qué tenía que molestarlo verlos juntos? Marcos y él habían sido amigos. Se habían mantenido en contacto durante todo aquel tiempo, quizá debido a lo que pasó aquella noche junto al lago diez años atrás. Pedro movió la cabeza para librarse de aquel recuerdo no deseado. El hecho era que quería y respetaba a Marcos, aunque éste había logrado lo que él siempre deseó: familia, raíces y dinero. Lo de las raíces lo hizo pensar en Paula y en lo que ella le dijo al respecto en el rancho, y aquello hizo que su furia aumentase. Marcos y ella tenían mucho en común: una familia y unos lazos con aquellas tierras que él nunca comprendería; además, Marcos no iba dando tumbos por la vida como él. Lo que sentía en aquel momento eran celos. Pero aquello era imposible, porque para sentirse celoso había que querer a alguien y él había perdido aquella capacidad hacía mucho tiempo. Se detuvo junto a ellos.
—Hola, Paula. ¿Qué tal, Marcos? —saludó tendiendo la mano.
—Hola, Pedro—contestó Marcos sonriendo mientras le estrechaba la mano y le palmeaba la espalda—. Me alegro de verte.
—Yo también.
—¿Qué tal te va?
—Nunca me había ido mejor —dijo Pedro.
—Vaya, ¿Algún problema? —preguntó Marcos enarcando una ceja.
—No. Todo va bien —contestó Pedro.
—Ya.
jueves, 7 de diciembre de 2017
Irresistible: Capítulo 13
Dos días después de la visita de Pedro, Paulafue a la ciudad, a la tienda de su amiga del instituto Florencia Benson, que se dedicaba a vender antigüedades, regalos, artesanía y artículos elaborados a mano.
—¿No me vas a decir lo que sentiste al volver a ver a Pedro Alfonso? —preguntó Florencia, de pie tras el mostrador.
Paula negó con la cabeza.
—No sentí nada en absoluto —mintió—. Bueno, me marcho. Tengo que ir a ver si han cargado la avena en mi camioneta.
—Puedes correr, pero no te puedes esconder —dijo Florencia.
—Lo más importante para mí es asegurarme de que el rancho de vacaciones tiene éxito. Necesito a Pedro...
—¡Lo sabía! —dijo Florencia en tono triunfal.
—No me has dejado terminar, Flor. Necesito que Pedro escoja mi rancho para el campeonato; entonces tendré una posibilidad.
—Pues espero que lo haga, porque así me comprarás más cosas a mí y podrás mandarme clientes. Todos saldremos ganando.
—Ya estás haciendo un buen negocio —señaló Paula.
—Nunca es suficiente.
—No voy a discutir eso contigo —dijo Paula mirando al tractor de suministro en la calle—. Tengo que solucionar lo de la avena.
Paula abrió la puerta y se despidió de Florencia con la mano antes de cerrar. Al otro lado de la calle estaba el tractor de suministro de Charlie, y Paula había dejado su camioneta junto al dispensador para que la manguera la llenara de avena. Mientras cruzaba la calle se encontró con Marcos Hart.
—¡Qué hay, vecina! —dijo él—. Hacía tiempo que no te veía.
—Hola —dijo ella sonriendo al atractivo ranchero.
Él se quedó de pie junto a ella mientras miraban cómo la camioneta se llenaba de avena. Marcos medía al menos un metro ochenta y cinco, y tenía un hoyuelo de lo más seductor en la barbilla. Sus ojos castaños y su pelo no eran para tirar cohetes, pero en términos generales hacía que los corazones de las mujeres se aceleraran. Todos menos el de Paula, porque sus experiencias habían sido muy negativas. Pedro fue su primera lección, y su ruptura con Lucas McCoy la última. El único amor que se volvería a permitir era el que tenía por su tierra, y si su corazón se volvía a romper, al menos no sería por algo relacionado con una persona. A no ser que Pedro le hubiese mentido, porque si él no era justo y completamente objetivo en la elección del rancho, sería un dolor muy relacionado con una persona el que su rancho se hundiese. Hacía dos días que no lo veía, y estaba a punto de volverse loca preguntándose cuándo se decidiría. En aquel momento recordó que fue Marcos quien le ofreció el puesto de presidente. Paula se aproximó a él.
—¿Has visto a Pedro Alfonso? —le preguntó.
—No —dijo Marcos negando con la cabeza—. Pero he hablado con él.
—¿Sí? —dijo ella tratando de parecer indiferente.
—Me habló sobre los lugares que ya ha visto para el campeonato, si es a lo que te refieres. Paula sonrió.
—Me conoces demasiado bien, así que, aprovechándome de nuestra amistad, te voy a hacer una pregunta: ¿Crees que tengo alguna posibilidad de conseguirlo?
—Sí. ¿Por qué te preocupas? —preguntó Marcos quitándose el sombrero vaquero y pasándose una mano por el pelo.
—Teniendo en cuenta lo que las hermanas Chaves le hicieron, creo que debo preocuparme.
—Eso fue hace diez años —señaló Marcos—. Entonces éramos jóvenes e inexpertos; todos cometimos errores.
Las palabras de Marcos eran para darle ánimo, pero Paula percibió cómo una sombra cubría sus ojos y apretaba los labios con fuerza, así que no pudo evitar preguntarse qué más estaría recordando.
—¿Te refieres a Camila? —preguntó ella.
—Me refiero a todos, pero Jen se tiró de cabeza con los ojos cerrados —dijo Marcos.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso fue un error seguir a su corazón y fugarse con el amor de su vida?
—Solo tenía dieciocho años. ¿Qué sabía ella sobre Diego Adams?
Paula se dió cuenta de que en lugar de contestar a su pregunta, Marcos le había hecho otra.
—Camila lo amaba. Era el único hombre para ella en el mundo. ¿Qué quieres decir?
—Cuando una chica es tan joven, las estrellas en los ojos pueden nublar su vista. Si hubiese esperado, quizá...
—¿Qué? —quiso saber Paula.
—Ya no importa —dijo Marcos negando con la cabeza—Diego ya no está.
—¿No me vas a decir lo que sentiste al volver a ver a Pedro Alfonso? —preguntó Florencia, de pie tras el mostrador.
Paula negó con la cabeza.
—No sentí nada en absoluto —mintió—. Bueno, me marcho. Tengo que ir a ver si han cargado la avena en mi camioneta.
—Puedes correr, pero no te puedes esconder —dijo Florencia.
—Lo más importante para mí es asegurarme de que el rancho de vacaciones tiene éxito. Necesito a Pedro...
—¡Lo sabía! —dijo Florencia en tono triunfal.
—No me has dejado terminar, Flor. Necesito que Pedro escoja mi rancho para el campeonato; entonces tendré una posibilidad.
—Pues espero que lo haga, porque así me comprarás más cosas a mí y podrás mandarme clientes. Todos saldremos ganando.
—Ya estás haciendo un buen negocio —señaló Paula.
—Nunca es suficiente.
—No voy a discutir eso contigo —dijo Paula mirando al tractor de suministro en la calle—. Tengo que solucionar lo de la avena.
Paula abrió la puerta y se despidió de Florencia con la mano antes de cerrar. Al otro lado de la calle estaba el tractor de suministro de Charlie, y Paula había dejado su camioneta junto al dispensador para que la manguera la llenara de avena. Mientras cruzaba la calle se encontró con Marcos Hart.
—¡Qué hay, vecina! —dijo él—. Hacía tiempo que no te veía.
—Hola —dijo ella sonriendo al atractivo ranchero.
Él se quedó de pie junto a ella mientras miraban cómo la camioneta se llenaba de avena. Marcos medía al menos un metro ochenta y cinco, y tenía un hoyuelo de lo más seductor en la barbilla. Sus ojos castaños y su pelo no eran para tirar cohetes, pero en términos generales hacía que los corazones de las mujeres se aceleraran. Todos menos el de Paula, porque sus experiencias habían sido muy negativas. Pedro fue su primera lección, y su ruptura con Lucas McCoy la última. El único amor que se volvería a permitir era el que tenía por su tierra, y si su corazón se volvía a romper, al menos no sería por algo relacionado con una persona. A no ser que Pedro le hubiese mentido, porque si él no era justo y completamente objetivo en la elección del rancho, sería un dolor muy relacionado con una persona el que su rancho se hundiese. Hacía dos días que no lo veía, y estaba a punto de volverse loca preguntándose cuándo se decidiría. En aquel momento recordó que fue Marcos quien le ofreció el puesto de presidente. Paula se aproximó a él.
—¿Has visto a Pedro Alfonso? —le preguntó.
—No —dijo Marcos negando con la cabeza—. Pero he hablado con él.
—¿Sí? —dijo ella tratando de parecer indiferente.
—Me habló sobre los lugares que ya ha visto para el campeonato, si es a lo que te refieres. Paula sonrió.
—Me conoces demasiado bien, así que, aprovechándome de nuestra amistad, te voy a hacer una pregunta: ¿Crees que tengo alguna posibilidad de conseguirlo?
—Sí. ¿Por qué te preocupas? —preguntó Marcos quitándose el sombrero vaquero y pasándose una mano por el pelo.
—Teniendo en cuenta lo que las hermanas Chaves le hicieron, creo que debo preocuparme.
—Eso fue hace diez años —señaló Marcos—. Entonces éramos jóvenes e inexpertos; todos cometimos errores.
Las palabras de Marcos eran para darle ánimo, pero Paula percibió cómo una sombra cubría sus ojos y apretaba los labios con fuerza, así que no pudo evitar preguntarse qué más estaría recordando.
—¿Te refieres a Camila? —preguntó ella.
—Me refiero a todos, pero Jen se tiró de cabeza con los ojos cerrados —dijo Marcos.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Acaso fue un error seguir a su corazón y fugarse con el amor de su vida?
—Solo tenía dieciocho años. ¿Qué sabía ella sobre Diego Adams?
Paula se dió cuenta de que en lugar de contestar a su pregunta, Marcos le había hecho otra.
—Camila lo amaba. Era el único hombre para ella en el mundo. ¿Qué quieres decir?
—Cuando una chica es tan joven, las estrellas en los ojos pueden nublar su vista. Si hubiese esperado, quizá...
—¿Qué? —quiso saber Paula.
—Ya no importa —dijo Marcos negando con la cabeza—Diego ya no está.
martes, 5 de diciembre de 2017
Irresistible: Capítulo 12
—Nada.
—No importa, me las arreglé yo solo —dijo Pedro.
—Ya sabía eso antes de marcharme. Bueno, ya no tengo que preguntarme si te acuerdas o no —dijo ella intentando sonreír—. La pregunta es: ¿Realmente piensas que es agua pasada o me guardas algún rencor?
Le había gustado sentirla en sus brazos y a pesar suyo,echaba de menos su calor y suavidad, y la forma en que ella le había rodeado el cuello. Pero si le contaba aquello, sería mejor esperar a no estar tan cerca de la piscina. Si la historia se repetía, ella no dudaría en volver a empujarlo. Pedro se dió cuenta de que además de sus otros encantos, le gustaba el pronto que tenía.
—¿Quieres decir que si lo voy a utilizar para no darte el contrato del rodeo?
—No juegues conmigo, Pedro. Claro que me refiero a eso. Necesito la publicidad y tiene que estar dentro de mi presupuesto.
—Ya me he enterado —dijo Pedro tratando de ignorar la forma en que su sinceridad la hacía sonrojar como si un hombre acabase de hacerle el amor.
—Esta es tu oportunidad, Pedro.
—¿A qué te refieres?
—Podrás tomarte la revancha con las dos hermanas Chaves—dijo ella metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. De hecho, es la ocasión perfecta para vengarte también de mi padre, por la forma en que te trató.
—Él ya no está, Paula. ¿Por qué querría yo hacer eso?
Ella se encogió de hombros.
—Solo quería comentarlo, se me pasó por la cabeza. Creo que los dos deberíamos dejar nuestras cartas sobre la mesa.
—Pero tú las pones solo ahora, cuando sabes que yo lo recuerdo.
Paula hizo una mueca con la boca.
—Seré muchas cosas, pero nunca me han llamado idiota. Si el desafortunado incidente de la piscina se te hubiese olvidado, no habría sido muy inteligente por mi parte recordártelo, ¿Verdad?
—Supongo que no —acordó él.
—Entonces, ¿Cuál es tu plan? ¿Te vengarás o serás benévolo para demostrar que hemos enterrado el hacha de guerra?
Pedro se quedó pensativo. Paula nunca hizo nada para hacerle daño, y la idea de hacer algo que la perjudicase no le gustaba. Ella sería la más afectada por su decisión. Hizo un esfuerzo para apartar aquellos pensamientos; de ninguna manera iba a ablandarse.
—Estoy aquí para encontrar un sitio para el rodeo. Eso es todo. Tu rancho cumple los requisitos, pero tengo que ir a ver otro sitio. El rancho de Gabriel O'Connor.
—Pero si él es el sheriff. No sabía que estuviese interesado.
—Me dijo que no le importaría que se celebrase allí si era necesario —dijo Pedro metiendo los pulgares en los bolsillos—. Si tu rancho es el mejor tendrás el contrato, si no... —añadió pero no terminó la frase.
—¿Será una evaluación justa? —preguntó ella.
—Lo será.
—Lo único que pido es que la evaluación de mi rancho sea tan objetiva como las de los demás.
—Y la tendrás —contestó él—. Este evento es importante para los muchachos.
Paula asintió y después sonrió.
—¿Estás seguro de que no hay nada que pueda hacer para ganarme tu favor?
Aquello sonaba peligroso. Sus palabras se burlaban de forma inocente y él lo sabía, y no estaba siendo seductora a propósito, pero lo era. Él la miró con escepticismo, haciendo un esfuerzo por mostrar despreocupación al tiempo que su respiración se aceleraba por las ideas que le cruzaban la mente. Lo primero en la lista eran besos lentos y apasionados.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó él con la voz un poco más profunda de lo normal.
—Dicen que se llega al corazón de un hombre, en este caso a su aprobación, a través de su estómago. Podría prepararte la cena.
—Ya —dijo él y se preguntó si se notaría la decepción que sentía.
No debería estar pensando en aquellas cosas; Paula no era como las admiradoras que lo acosaban en el circuito. Además, ella pertenecía a la familia fundadora de Destiny. El tiempo y la experiencia le habían mostrado por qué lo suyo con Jen no había funcionado, por lo mismo por lo que no funcionaría con su hermana pequeña. Por mucho que se sintiese atraído por el cuerpo de Paula, por sus grandes ojos castaños y su pelo, en el que le gustaría enterrar las manos, no iba a permitir que aquello interfiriese en los negocios.
—Me gustaría quedarme a cenar —dijo él—, pero tengo una cita. Después tengo que buscar un sitio donde quedarme e instalar el centro de operaciones para que todo empiece a funcionar.
—De acuerdo —asintió ella—. Quizá en otro momento.
—Quizá —dijo él.
Pero pensaba que sería un idiota si estrechaba la relación con ella. Paula Chaves activaba sus señales de alarma, podía acarrearle problemas.
—No importa, me las arreglé yo solo —dijo Pedro.
—Ya sabía eso antes de marcharme. Bueno, ya no tengo que preguntarme si te acuerdas o no —dijo ella intentando sonreír—. La pregunta es: ¿Realmente piensas que es agua pasada o me guardas algún rencor?
Le había gustado sentirla en sus brazos y a pesar suyo,echaba de menos su calor y suavidad, y la forma en que ella le había rodeado el cuello. Pero si le contaba aquello, sería mejor esperar a no estar tan cerca de la piscina. Si la historia se repetía, ella no dudaría en volver a empujarlo. Pedro se dió cuenta de que además de sus otros encantos, le gustaba el pronto que tenía.
—¿Quieres decir que si lo voy a utilizar para no darte el contrato del rodeo?
—No juegues conmigo, Pedro. Claro que me refiero a eso. Necesito la publicidad y tiene que estar dentro de mi presupuesto.
—Ya me he enterado —dijo Pedro tratando de ignorar la forma en que su sinceridad la hacía sonrojar como si un hombre acabase de hacerle el amor.
—Esta es tu oportunidad, Pedro.
—¿A qué te refieres?
—Podrás tomarte la revancha con las dos hermanas Chaves—dijo ella metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. De hecho, es la ocasión perfecta para vengarte también de mi padre, por la forma en que te trató.
—Él ya no está, Paula. ¿Por qué querría yo hacer eso?
Ella se encogió de hombros.
—Solo quería comentarlo, se me pasó por la cabeza. Creo que los dos deberíamos dejar nuestras cartas sobre la mesa.
—Pero tú las pones solo ahora, cuando sabes que yo lo recuerdo.
Paula hizo una mueca con la boca.
—Seré muchas cosas, pero nunca me han llamado idiota. Si el desafortunado incidente de la piscina se te hubiese olvidado, no habría sido muy inteligente por mi parte recordártelo, ¿Verdad?
—Supongo que no —acordó él.
—Entonces, ¿Cuál es tu plan? ¿Te vengarás o serás benévolo para demostrar que hemos enterrado el hacha de guerra?
Pedro se quedó pensativo. Paula nunca hizo nada para hacerle daño, y la idea de hacer algo que la perjudicase no le gustaba. Ella sería la más afectada por su decisión. Hizo un esfuerzo para apartar aquellos pensamientos; de ninguna manera iba a ablandarse.
—Estoy aquí para encontrar un sitio para el rodeo. Eso es todo. Tu rancho cumple los requisitos, pero tengo que ir a ver otro sitio. El rancho de Gabriel O'Connor.
—Pero si él es el sheriff. No sabía que estuviese interesado.
—Me dijo que no le importaría que se celebrase allí si era necesario —dijo Pedro metiendo los pulgares en los bolsillos—. Si tu rancho es el mejor tendrás el contrato, si no... —añadió pero no terminó la frase.
—¿Será una evaluación justa? —preguntó ella.
—Lo será.
—Lo único que pido es que la evaluación de mi rancho sea tan objetiva como las de los demás.
—Y la tendrás —contestó él—. Este evento es importante para los muchachos.
Paula asintió y después sonrió.
—¿Estás seguro de que no hay nada que pueda hacer para ganarme tu favor?
Aquello sonaba peligroso. Sus palabras se burlaban de forma inocente y él lo sabía, y no estaba siendo seductora a propósito, pero lo era. Él la miró con escepticismo, haciendo un esfuerzo por mostrar despreocupación al tiempo que su respiración se aceleraba por las ideas que le cruzaban la mente. Lo primero en la lista eran besos lentos y apasionados.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó él con la voz un poco más profunda de lo normal.
—Dicen que se llega al corazón de un hombre, en este caso a su aprobación, a través de su estómago. Podría prepararte la cena.
—Ya —dijo él y se preguntó si se notaría la decepción que sentía.
No debería estar pensando en aquellas cosas; Paula no era como las admiradoras que lo acosaban en el circuito. Además, ella pertenecía a la familia fundadora de Destiny. El tiempo y la experiencia le habían mostrado por qué lo suyo con Jen no había funcionado, por lo mismo por lo que no funcionaría con su hermana pequeña. Por mucho que se sintiese atraído por el cuerpo de Paula, por sus grandes ojos castaños y su pelo, en el que le gustaría enterrar las manos, no iba a permitir que aquello interfiriese en los negocios.
—Me gustaría quedarme a cenar —dijo él—, pero tengo una cita. Después tengo que buscar un sitio donde quedarme e instalar el centro de operaciones para que todo empiece a funcionar.
—De acuerdo —asintió ella—. Quizá en otro momento.
—Quizá —dijo él.
Pero pensaba que sería un idiota si estrechaba la relación con ella. Paula Chaves activaba sus señales de alarma, podía acarrearle problemas.
Irresistible: Capítulo 11
Pedro sabía que Paula estaba actuando de forma extraña. Finalmente se dió cuenta de que era porque no estaba segura de si él recordaba que lo había empujado a la piscina diez años atrás, así que ahora podían jugar los. Dobló las rodillas y bajó los brazos repentinamente, como si fuese a soltarla. Ella gritó y se agarró a él. A Pedro le gustaba la forma en que Paula le rodeaba el cuello con sus brazos. Pero, sobre todo, le gustaba sentirla apretada contra él; era dulce y femenina, y tenía unas curvas perfectas, incluyendo sus pechos. Estos eran nuevos para él, pues la última vez que la vio, cuando se lanzó contra él y lo besó, estaba más lisa que una tabla. Tragó saliva y miró su cara, admirando aquellos grandes y bonitos ojos castaños. Y su boca, tan cercana. Lo único que tenía que hacer era inclinarse hacia delante un poco y robarla un beso.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo él.
No podía resistirse a mantenerla suspendida un poco más.
—¿Qué? —dijo ella mirando el agua antes de mirarlo a él.
—Si aquella noche hubieses sabido que había descubierto a tu hermana y a Diego juntos, ¿Me habrías empujado de todos modos a la piscina?
—Sí —dijo ella sin dudarlo—. Te lo tenías merecido. Te portaste muy mal conmigo.
Los recuerdos de la única vez en su vida que había sido casi completamente feliz volvieron a apoderarse de Pedro. Camila, su primer amor; la chica con la que todos querían estar y que él pensaba que era suya hasta que la encontró con Diego. Aquello lo destrozó. Perdió la cabeza y pegó a Diego hasta que Camila consiguió apartarlo. Después, furiosa, le dijo que no quería volver a verlo. Ellos se marcharon y él se fue a la piscina a pensar, sintiéndose engañado, furioso y queriendo hacerle a otra persona tanto daño como le habían hecho a él, y así es como se lo encontró Paula. Ella le había dicho que lo amaba y lo besó inocentemente. Pedro arremetió contra la única persona que le había dado amistad. Pasó mucho tiempo hasta que se arrepintió de aquello y del hecho de no haber tenido la oportunidad de contarle a Camila la verdad sobre Diego antes de que se casasen. Cuando éste murió, ya no tuvo sentido. Se encontró con la mirada de Paula.
—Tienes razón, no era buena compañía aquella noche, pero intenté avisarte.
—Éramos amigos, y los amigos intentan ayudarse cuando surge un problema. Yo no abandono a la gente por la que me preocupo.
—¿Te preocupabas por mí?
—Sí.
Pedro sintió que los pechos de ella estaban apretados contra él; las estilizadas caderas y la estrecha cintura estaban apoyadas contra su estómago, y su dulce respiración le abanicaba la cara. También se dió cuenta de que pensar era una cosa, pero actuar en consecuencia sería una estupidez.
—Por cierto —dijo ella agarrándolo con fuerza— ¿Te importaría dejarme en el suelo?
Claro que sí le importaría. Cuando la miró a los ojos, vió una preocupación que estaba seguro de que no tenía nada que ver con caer a la piscina. ¿Qué la preocupaba? ¿Y por qué lo molestaba que ella estuviese preocupada?
—Aún no he decidido dónde dejarte —dijo sinceramente.
Ella se agarró con más fuerza aún.
—¿Has cambiado de opinión sobre lo de no ver o hablar con nadie que se apellide Chaves?
—¿Cómo? —preguntó él.
No tenía ni idea de qué estaba hablando.
—La noche que te empujé a la piscina me dijiste que no querías tener nada que ver con Jen o conmigo porque...
—Porque te apellidabas Chaves—terminó él.
Pedro se había olvidado de aquello, pero Paula no. Obviamente le había hecho mucho daño. ¿Habría sido él su primer amor?
—Para contestar a tu pregunta —dijo él— no me importa ser amigo de cualquiera. La amistad pura es algo muy bonito.
—¿Pura? —preguntó ella.
—Sí, me refiero a cuando a alguien le gustas por tí mismo, no por lo que puedas hacer por él.
Camila había sido su primera lección. Ella lo quería porque su padre no lo aprobaba. En el circuito, las mujeres se le acercaban porque ganaba mucho dinero y era famoso. Lo que Paula quería era que se celebrase el rodeo en su rancho para dar publicidad al rancho de vacaciones. Lo único que la diferenciaba de las demás es que ella había sido sincera. Sería un idiota si se dejase atraer por ella. Nadie se había interesado nunca por él. ¿Por qué iba a ser ella distinta?
—Sé cómo funciona el mundo real —dijo dejándola en el suelo—. Ya no soy un niño.
—Yo tampoco —dijo ella alejándose.
Tomó aire y suspiró.
—¿Sabes lo que pesan unos vaqueros empapados? —le preguntó Pedro—. ¿Y unas botas llenas de agua? Podría haberme ahogado.
—Te merecías eso y más después de lo que me dijiste. Había niños alrededor de la piscina —le dijo—y se rieron cuando...
—¿Qué?
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo él.
No podía resistirse a mantenerla suspendida un poco más.
—¿Qué? —dijo ella mirando el agua antes de mirarlo a él.
—Si aquella noche hubieses sabido que había descubierto a tu hermana y a Diego juntos, ¿Me habrías empujado de todos modos a la piscina?
—Sí —dijo ella sin dudarlo—. Te lo tenías merecido. Te portaste muy mal conmigo.
Los recuerdos de la única vez en su vida que había sido casi completamente feliz volvieron a apoderarse de Pedro. Camila, su primer amor; la chica con la que todos querían estar y que él pensaba que era suya hasta que la encontró con Diego. Aquello lo destrozó. Perdió la cabeza y pegó a Diego hasta que Camila consiguió apartarlo. Después, furiosa, le dijo que no quería volver a verlo. Ellos se marcharon y él se fue a la piscina a pensar, sintiéndose engañado, furioso y queriendo hacerle a otra persona tanto daño como le habían hecho a él, y así es como se lo encontró Paula. Ella le había dicho que lo amaba y lo besó inocentemente. Pedro arremetió contra la única persona que le había dado amistad. Pasó mucho tiempo hasta que se arrepintió de aquello y del hecho de no haber tenido la oportunidad de contarle a Camila la verdad sobre Diego antes de que se casasen. Cuando éste murió, ya no tuvo sentido. Se encontró con la mirada de Paula.
—Tienes razón, no era buena compañía aquella noche, pero intenté avisarte.
—Éramos amigos, y los amigos intentan ayudarse cuando surge un problema. Yo no abandono a la gente por la que me preocupo.
—¿Te preocupabas por mí?
—Sí.
Pedro sintió que los pechos de ella estaban apretados contra él; las estilizadas caderas y la estrecha cintura estaban apoyadas contra su estómago, y su dulce respiración le abanicaba la cara. También se dió cuenta de que pensar era una cosa, pero actuar en consecuencia sería una estupidez.
—Por cierto —dijo ella agarrándolo con fuerza— ¿Te importaría dejarme en el suelo?
Claro que sí le importaría. Cuando la miró a los ojos, vió una preocupación que estaba seguro de que no tenía nada que ver con caer a la piscina. ¿Qué la preocupaba? ¿Y por qué lo molestaba que ella estuviese preocupada?
—Aún no he decidido dónde dejarte —dijo sinceramente.
Ella se agarró con más fuerza aún.
—¿Has cambiado de opinión sobre lo de no ver o hablar con nadie que se apellide Chaves?
—¿Cómo? —preguntó él.
No tenía ni idea de qué estaba hablando.
—La noche que te empujé a la piscina me dijiste que no querías tener nada que ver con Jen o conmigo porque...
—Porque te apellidabas Chaves—terminó él.
Pedro se había olvidado de aquello, pero Paula no. Obviamente le había hecho mucho daño. ¿Habría sido él su primer amor?
—Para contestar a tu pregunta —dijo él— no me importa ser amigo de cualquiera. La amistad pura es algo muy bonito.
—¿Pura? —preguntó ella.
—Sí, me refiero a cuando a alguien le gustas por tí mismo, no por lo que puedas hacer por él.
Camila había sido su primera lección. Ella lo quería porque su padre no lo aprobaba. En el circuito, las mujeres se le acercaban porque ganaba mucho dinero y era famoso. Lo que Paula quería era que se celebrase el rodeo en su rancho para dar publicidad al rancho de vacaciones. Lo único que la diferenciaba de las demás es que ella había sido sincera. Sería un idiota si se dejase atraer por ella. Nadie se había interesado nunca por él. ¿Por qué iba a ser ella distinta?
—Sé cómo funciona el mundo real —dijo dejándola en el suelo—. Ya no soy un niño.
—Yo tampoco —dijo ella alejándose.
Tomó aire y suspiró.
—¿Sabes lo que pesan unos vaqueros empapados? —le preguntó Pedro—. ¿Y unas botas llenas de agua? Podría haberme ahogado.
—Te merecías eso y más después de lo que me dijiste. Había niños alrededor de la piscina —le dijo—y se rieron cuando...
—¿Qué?
Irresistible: Capítulo 10
¿Acaso estaban destinados a hacer negocios mutuamente con un cebo? ¿Acaso era aquella la forma de llevar un rodeo? Deseaba simplemente poder decirle que la avisara cuando hubiese tomado una decisión, pero había llegado demasiado lejos como para echarse atrás.
—Iba a decir que una promoción por parte de un campeón de rodeo famoso ayudaría bastante a correr la voz —dijo enarcando una ceja—. Una persona como tú atraería la atención incluso de las personas que no van a los rodeos.
—¿Publicidad gratuita? —preguntó él, aunque empezaba a sonreír y aquello hizo que Taylor también sonriese.
—Una chica tiene que hacer lo que tiene que hacer. No me licencié en Dirección de Ranchos para nada.
¿Cómo puede salir mal algo que es gratis? Estaban llegando a la piscina y al jacuzzi que ella había instalado. Tenía sentido que los huéspedes quisiesen relajarse y refrescarse después de un acalorado y polvoriento paseo a caballo. Su idea era atraer a los huéspedes con la experiencia del rancho al mismo tiempo que les ofrecía todas las comodidades de una casa. Desgraciadamente la visión de la piscina la hizo sentirse incómoda. ¿Lo ayudaría a recordar lo que ocurrió hace diez años? Si hubiese estado atenta, habría estacionado al otro lado de la casa, pero desde que estaba él allí no había tenido un solo pensamiento coherente. Ojalá él no se fijase en la piscina. A medida que se acercaban, ella se puso entre él y la piscina y deseó ser más alta para taparle la vista. Paula señaló en la dirección contraria.
—Mira qué nubes. ¿Crees que habrá tormenta?
Él se dió la vuelta para ver de qué estaba hablando y volvió a mirarla a ella.
—No lo creo, son nubecillas muy pequeñas.
Mientras continuaban andando, ella le señaló otra cosa para enseñarle.
—Quiero plantar flores allí —dijo ella esperando distraerlo. Un poquito más lejos y llegaría a casa a salvo—. Para darle color al rancho.
Pedro la miró.
—Muy bien.
—Y allí —dijo señalándole un punto vacío junto a la casa—, estoy pensando en hacer un huerto.
—¿Todo eso en tu abundante tiempo libre?
—¿Por qué no?
—¿Desde cuándo eres granjera? —le preguntó sorprendido.
—Haré lo que sea y me convertiré en lo que haga falta para que esto funcione. Si yo puedo evitarlo, nadie que no sea mi familia pondrá las manos en este rancho.
—Tu determinación es digna de admiración —dijo él deteniéndose junto a la piscina. Miró al agua cristalina y cuando se encontró de nuevo con su mirada, vió un brillo de algo en sus ojos—. Pero incluso aunque elija otro lugar, tus ideas son buenas. No deberías tener ningún problema en atraer turistas.
—No con la suficiente rapidez —dijo ella.
—¿Qué quieres decir?
Mientras hacía la pregunta, Pedro miró por encima de su hombro al agua. Cuando Paula volvió a verle los ojos, la expresión que vió en ellos la hizo temblar. Ella lo tocó en el brazo para volver a tener su atención, pero el calor del fuerte antebrazo de Pedro calentó la piel de su mano y atrajo la atención de ella. Rápidamente retiró la mano como si se hubiese quemado. En cierto sentido era lo que había ocurrido.
—Si no sale bien este año, el siguiente funcionará, o el siguiente —le dijo él.
Paula negó con la cabeza.
—Dispongo de un año, después mi capital se habrá terminado. El rancho tiene que estar pagando sus propios gastos para entonces. Tengo un presupuesto publicitario limitado, y esta sería la mejor forma de que la gente se enterase.
—Ya veo —dijo él volviendo a mirar la piscina de nuevo—. No recuerdo esta piscina.
Ella quería decirle que se olvidara de ese tema pero no lo hizo. Tenía la sospecha de que él acababa de recordarlo todo.
—Es nueva —dijo ella—. ¿Vas a darme el contrato a mí?
—El rancho cumple todos los requisitos —comentó él. De repente sonrió—. Pero no quisiera meterme en nada de cabeza antes de tener todos los datos.
Paula tragó saliva.
—Los datos siempre son buenos.
—«Todos» los datos, para no hacer algo de lo que arrepentirse. No es que haya aprendido eso de tí.
Y sin avisar, la tomó en brazos como si fuese una muñeca y la sujetó por encima de la piscina.
—Iba a decir que una promoción por parte de un campeón de rodeo famoso ayudaría bastante a correr la voz —dijo enarcando una ceja—. Una persona como tú atraería la atención incluso de las personas que no van a los rodeos.
—¿Publicidad gratuita? —preguntó él, aunque empezaba a sonreír y aquello hizo que Taylor también sonriese.
—Una chica tiene que hacer lo que tiene que hacer. No me licencié en Dirección de Ranchos para nada.
¿Cómo puede salir mal algo que es gratis? Estaban llegando a la piscina y al jacuzzi que ella había instalado. Tenía sentido que los huéspedes quisiesen relajarse y refrescarse después de un acalorado y polvoriento paseo a caballo. Su idea era atraer a los huéspedes con la experiencia del rancho al mismo tiempo que les ofrecía todas las comodidades de una casa. Desgraciadamente la visión de la piscina la hizo sentirse incómoda. ¿Lo ayudaría a recordar lo que ocurrió hace diez años? Si hubiese estado atenta, habría estacionado al otro lado de la casa, pero desde que estaba él allí no había tenido un solo pensamiento coherente. Ojalá él no se fijase en la piscina. A medida que se acercaban, ella se puso entre él y la piscina y deseó ser más alta para taparle la vista. Paula señaló en la dirección contraria.
—Mira qué nubes. ¿Crees que habrá tormenta?
Él se dió la vuelta para ver de qué estaba hablando y volvió a mirarla a ella.
—No lo creo, son nubecillas muy pequeñas.
Mientras continuaban andando, ella le señaló otra cosa para enseñarle.
—Quiero plantar flores allí —dijo ella esperando distraerlo. Un poquito más lejos y llegaría a casa a salvo—. Para darle color al rancho.
Pedro la miró.
—Muy bien.
—Y allí —dijo señalándole un punto vacío junto a la casa—, estoy pensando en hacer un huerto.
—¿Todo eso en tu abundante tiempo libre?
—¿Por qué no?
—¿Desde cuándo eres granjera? —le preguntó sorprendido.
—Haré lo que sea y me convertiré en lo que haga falta para que esto funcione. Si yo puedo evitarlo, nadie que no sea mi familia pondrá las manos en este rancho.
—Tu determinación es digna de admiración —dijo él deteniéndose junto a la piscina. Miró al agua cristalina y cuando se encontró de nuevo con su mirada, vió un brillo de algo en sus ojos—. Pero incluso aunque elija otro lugar, tus ideas son buenas. No deberías tener ningún problema en atraer turistas.
—No con la suficiente rapidez —dijo ella.
—¿Qué quieres decir?
Mientras hacía la pregunta, Pedro miró por encima de su hombro al agua. Cuando Paula volvió a verle los ojos, la expresión que vió en ellos la hizo temblar. Ella lo tocó en el brazo para volver a tener su atención, pero el calor del fuerte antebrazo de Pedro calentó la piel de su mano y atrajo la atención de ella. Rápidamente retiró la mano como si se hubiese quemado. En cierto sentido era lo que había ocurrido.
—Si no sale bien este año, el siguiente funcionará, o el siguiente —le dijo él.
Paula negó con la cabeza.
—Dispongo de un año, después mi capital se habrá terminado. El rancho tiene que estar pagando sus propios gastos para entonces. Tengo un presupuesto publicitario limitado, y esta sería la mejor forma de que la gente se enterase.
—Ya veo —dijo él volviendo a mirar la piscina de nuevo—. No recuerdo esta piscina.
Ella quería decirle que se olvidara de ese tema pero no lo hizo. Tenía la sospecha de que él acababa de recordarlo todo.
—Es nueva —dijo ella—. ¿Vas a darme el contrato a mí?
—El rancho cumple todos los requisitos —comentó él. De repente sonrió—. Pero no quisiera meterme en nada de cabeza antes de tener todos los datos.
Paula tragó saliva.
—Los datos siempre son buenos.
—«Todos» los datos, para no hacer algo de lo que arrepentirse. No es que haya aprendido eso de tí.
Y sin avisar, la tomó en brazos como si fuese una muñeca y la sujetó por encima de la piscina.
Irresistible: Capítulo 9
—Quiero hacer algo que no esté tan ligado a la agricultura. La sequía, y el precio del ganado y la comida, todo puede suponer una diferencia económica.
—¿Por qué es tan importante de repente?
—Tengo una hipoteca.
—¿Desde cuándo? —preguntó él frunciendo el ceño—. Creía que tu padre era el dueño de la tierra. ¿Ha ocurrido algo?
—Él murió y mi madre puso el rancho en venta.
—¿Por qué?
—¿Por qué te sorprende? —le preguntó mientras estudiaba la expresión de su cara. —Tu familia es orgullosa, es un pilar de esta comunidad. Han sido terratenientes durante muchas generaciones y no me imaginaba que un Chaves fuese capaz de deshacerse de la tierra.
Paula suspiró.
—Mi madre nació y se crió en el norte de Dallas; es una mujer de ciudad sofisticada. Ella fue feliz aquí cuando mi padre vivía y se encargaba de todo. Después, lo echaba de menos y había demasiados recuerdos. Él heredó la tierra, así que a ella no le ataba ningún lazo emocional.
—Pero venderla estando tú aquí parece un poco duro —dijo él.
—Incluso para un Chaves—terminó ella.
—Lo has dicho tú, no yo —contestó él encogiéndose de hombros.
—No es que importe, pero ella era Chaves por matrimonio. Y eso que él era el que había hablado de agua pasada y de no guardar rencor. Decidió que sería mejor no contar con recibir ayuda de él.
—Mi madre necesitaba dinero para vivir en Dallas —le explicó Paula—. No podía quedarse aquí y tampoco tenía recursos para marcharse. Era su única opción.
—Y tú no podías dejar que la tierra dejase de pertenecer a la familia.
Aquello no era una pregunta y ella se preguntó cómo la conocía tan bien.
—Supongo que en ese sentido soy como mi padre. Para mí significa mucho que siempre haya habido un Stevens en el rancho; unas raíces tan profundas son duras de sacar.
—A mí me ha ido muy bien sin raíces —dijo él apretando los labios.
—No te lo estoy echando en cara, Pedro, solo te explico por qué estoy yo al cargo ahora.
—De acuerdo, pero ¿Por qué un rancho de vacaciones?
—Me gusta la idea de tener huéspedes y poder enseñarles el modo de vida que a mí me gusta. Y... —añadió, pero se detuvo y se preguntó si se atrevería a mostrarle siquiera un pequeño asomo de debilidad. Pero no tenía mucho que perder si se lo contaba.
—Creo que puedo hacer que sea rentable.
—¿Qué ocurrirá si no lo consigues?
Aquello era algo en lo que intentaba no pensar. Había invertido todas sus energías en planteamientos positivos y se decía continuamente que el fracaso no era una opción. Ahora que estaba a punto de meterse de cabeza, estaba completamente asustada.
—¿Paula?
—Si no funciona, podría perder el rancho —dijo ella en voz baja—. Mi madre y Camila podrían ayudar, pero quiero hacerlo sola.
—Supongo que si el campeonato se celebrara aquí, conseguirías publicidad.
—Eso es. Si la gente apropiada tiene una experiencia positiva, la publicidad sería incalculable. Y eso sin mencionar... —dijo pero se detuvo.
Había tenido suerte de que él no se desternillara de risa, pero no había forma de que él la ayudase si no servía a sus propósitos también.
—¿Qué?
—Nada —dijo ella, se dió la vuelta y comenzó a caminar hacia la casa.
Pedro caminó junto a ella.
—Dímelo.
—Primero dime tú a mí si me vas a dar el visto bueno para que se celebre aquí.
Durante un rato caminaron en silencio. Pedro se metió las manos en los bolsillos y ella recordó algo con la claridad de un rayo. Él siempre fruncía el ceño y se metía las manos en los bolsillos cuando se concentraba en algo. ¿Por qué tenía que acordarse de aquello? No quería recordar nada sobre él ni sobre lo que ocurrió en el pasado. Resultaba cruel y cómico descubrir que ella y su futuro dependían de un hombre que no sentía ningún amor por su familia, y que tenía todas las razones del mundo para quedarse de brazos cruzados y ver cómo se hundía. Ella no era la que le había hecho daño, pero tenía la sensación de que aquello no importaba y sospechaba que Pedro no tenía mucha experiencia en perdonar. Pero habían pasado diez años y todo el mundo cambia.
—¿Pedro?
Él la miró.
—Aún no me he decidido, tengo que ir a ver otro sitio.
—Al menos dime si crees que el rancho funcionará.
—Si me dices lo que me ibas a contar antes.
—¿Por qué es tan importante de repente?
—Tengo una hipoteca.
—¿Desde cuándo? —preguntó él frunciendo el ceño—. Creía que tu padre era el dueño de la tierra. ¿Ha ocurrido algo?
—Él murió y mi madre puso el rancho en venta.
—¿Por qué?
—¿Por qué te sorprende? —le preguntó mientras estudiaba la expresión de su cara. —Tu familia es orgullosa, es un pilar de esta comunidad. Han sido terratenientes durante muchas generaciones y no me imaginaba que un Chaves fuese capaz de deshacerse de la tierra.
Paula suspiró.
—Mi madre nació y se crió en el norte de Dallas; es una mujer de ciudad sofisticada. Ella fue feliz aquí cuando mi padre vivía y se encargaba de todo. Después, lo echaba de menos y había demasiados recuerdos. Él heredó la tierra, así que a ella no le ataba ningún lazo emocional.
—Pero venderla estando tú aquí parece un poco duro —dijo él.
—Incluso para un Chaves—terminó ella.
—Lo has dicho tú, no yo —contestó él encogiéndose de hombros.
—No es que importe, pero ella era Chaves por matrimonio. Y eso que él era el que había hablado de agua pasada y de no guardar rencor. Decidió que sería mejor no contar con recibir ayuda de él.
—Mi madre necesitaba dinero para vivir en Dallas —le explicó Paula—. No podía quedarse aquí y tampoco tenía recursos para marcharse. Era su única opción.
—Y tú no podías dejar que la tierra dejase de pertenecer a la familia.
Aquello no era una pregunta y ella se preguntó cómo la conocía tan bien.
—Supongo que en ese sentido soy como mi padre. Para mí significa mucho que siempre haya habido un Stevens en el rancho; unas raíces tan profundas son duras de sacar.
—A mí me ha ido muy bien sin raíces —dijo él apretando los labios.
—No te lo estoy echando en cara, Pedro, solo te explico por qué estoy yo al cargo ahora.
—De acuerdo, pero ¿Por qué un rancho de vacaciones?
—Me gusta la idea de tener huéspedes y poder enseñarles el modo de vida que a mí me gusta. Y... —añadió, pero se detuvo y se preguntó si se atrevería a mostrarle siquiera un pequeño asomo de debilidad. Pero no tenía mucho que perder si se lo contaba.
—Creo que puedo hacer que sea rentable.
—¿Qué ocurrirá si no lo consigues?
Aquello era algo en lo que intentaba no pensar. Había invertido todas sus energías en planteamientos positivos y se decía continuamente que el fracaso no era una opción. Ahora que estaba a punto de meterse de cabeza, estaba completamente asustada.
—¿Paula?
—Si no funciona, podría perder el rancho —dijo ella en voz baja—. Mi madre y Camila podrían ayudar, pero quiero hacerlo sola.
—Supongo que si el campeonato se celebrara aquí, conseguirías publicidad.
—Eso es. Si la gente apropiada tiene una experiencia positiva, la publicidad sería incalculable. Y eso sin mencionar... —dijo pero se detuvo.
Había tenido suerte de que él no se desternillara de risa, pero no había forma de que él la ayudase si no servía a sus propósitos también.
—¿Qué?
—Nada —dijo ella, se dió la vuelta y comenzó a caminar hacia la casa.
Pedro caminó junto a ella.
—Dímelo.
—Primero dime tú a mí si me vas a dar el visto bueno para que se celebre aquí.
Durante un rato caminaron en silencio. Pedro se metió las manos en los bolsillos y ella recordó algo con la claridad de un rayo. Él siempre fruncía el ceño y se metía las manos en los bolsillos cuando se concentraba en algo. ¿Por qué tenía que acordarse de aquello? No quería recordar nada sobre él ni sobre lo que ocurrió en el pasado. Resultaba cruel y cómico descubrir que ella y su futuro dependían de un hombre que no sentía ningún amor por su familia, y que tenía todas las razones del mundo para quedarse de brazos cruzados y ver cómo se hundía. Ella no era la que le había hecho daño, pero tenía la sensación de que aquello no importaba y sospechaba que Pedro no tenía mucha experiencia en perdonar. Pero habían pasado diez años y todo el mundo cambia.
—¿Pedro?
Él la miró.
—Aún no me he decidido, tengo que ir a ver otro sitio.
—Al menos dime si crees que el rancho funcionará.
—Si me dices lo que me ibas a contar antes.
jueves, 30 de noviembre de 2017
Irresistible: Capítulo 8
Era la verdad. Por mucho que deseara lo contrario, tenía ganas de hacer negocios con ella, más de las que había tenido por algo en mucho tiempo.
—Bien —dijo ella asintiendo—. Déjame decirte que conozco esto como la palma de mi mano, y si yo conduzco tú podrás ver más cosas.
—De acuerdo. Y nada me gustaría más que tener a una mujer guapa como chófer.
—¿Qué te parece? —le preguntó ella.
—¿Que qué me parece? —musitó él.
Paula había estacionado la furgoneta junto al granero y fueron andando hasta los corrales. Estaban de pie uno al lado del otro con los brazos apoyados en lo alto de la valla; él estaba sobre la tierra y ella en el primer barrote, por lo que tenían los hombros a la misma altura y el ocasional roce de sus brazos generaba unas chispas que amenazaban con incendiar el agostado corazón de Paula. ¿Qué ocurriría si dejaba que las chispas se convirtiesen en llamas?
Paula intentó con todas sus fuerzas no notar la sutil fragancia de su loción de afeitado, o el calor de su cuerpo. Intentó apartar de su mente todas aquellas sensaciones; tenía cosas más importantes en las que pensar, como conseguir el contrato para el campeonato u olvidar que él no era el hombre enfadado que le había dicho que besaba como una niña pequeña. Él era ahora un hombre de verdad, y ella una mujer que estaba lo suficientemente cerca como para sentir los desenfrenados efectos de su masculinidad. Se quedó sin aliento cuando sus miradas se encontraron y no pudo evitar preguntarse qué estaría pasando por la mente de él.
—¿Qué te parece? —repitió ella.
—El rancho tiene buen aspecto —dijo él con cuidado—, incluso mejor de lo que yo recordaba. Has cambiado algunas cosas. ¿Me vas a hablar del proyecto en el que estás trabajando?
Quería decirle que no. La asustaba que él se diese cuenta de lo mucho que lo necesitaba; ya era suficientemente malo cuando solo tenía que preocuparse por los recuerdos que él pudiera tener de lo que ella hizo. Pero ahora sabía cómo había averiguado él que la chica a la que amaba, amaba a otra persona, y ella sabía mejor que nadie lo que dolía aquello. Si él estuviese esperando para vengarse, en aquel momento tenía la oportunidad perfecta: lo único que tenía que hacer era celebrar el rodeo en otro lugar. Los planes de Paula no fallarían, pero le llevaría mucho más tiempo llevarlos a cabo, y el tiempo era su enemigo. La publicidad que le brindaría el rodeo le sería de mucha ayuda. Quizá pudiese evitar la pregunta.
—¿Qué es lo que buscas para celebrar el rodeo? —le preguntó.
Pedro se alzó el sombrero ligeramente.
—Lo primero, muchas tierras. Hace falta sitio para un estacionamiento, además de sitio para caravanas y campistas. No estás demasiado lejos de la carretera, así que eso es una ventaja.
—¿Qué más?
—Espacio para tribunas portátiles y casetas de comida, y un corral lo suficientemente grande para celebrar los torneos.
—Lo tengo todo —dijo señalando las zonas delimitadas por las vallas—. Hay tres ruedos, y uno es lo suficientemente grande como para albergar tres de los eventos.
—Ya me he dado cuenta. Lo que quiero saber es por qué.
—¿Qué? —preguntó ella.
—¿Por qué tienes tres? ¿Para qué los necesitas y por qué está la tierra tan blanda y removida? —dijo él mirándola de nuevo—. ¿Qué tienes guardado en la manga? —le preguntó.
—Haces que parezca que estoy intentando conseguir dinero rápido.
—No quería decir eso —dijo él, se dió la vuelta para apoyarse en la valla y cruzó los brazos sobre su impresionante pecho.
Para apartar sus pensamientos de aquella masculina pose, Paula sostuvo su mirada. Después, se bajó de la valla y se irguió.
—Estoy preparando el rancho para abrirlo al público —le dijo.
—¿No te referirás a un rancho de vacaciones? —dijo con la misma expresión de sorpresa que cuando se cayó a la piscina.
Ella asintió.
—Los rodeos son para distintas actividades: montar a caballo, enlazar. Si un principiante se cae, es mejor que lo haga sobre tierra blanda.
—¿Por qué?
—Porque es más blanda y...
Pedro negó con la cabeza.
—Lo que quiero decir es: ¿Por qué dejar de ser un rancho de trabajo?
—Seguirá siendo un rancho de trabajo; mientras a mí me quede aliento, yo haré ese tipo de trabajo. Pero es algo que siempre he querido hacer, enseñarles lo que es el silencio a las personas que viven un ritmo de vida acelerado. Dejar que saboreen el auténtico estilo de vida del oeste.
—¿Y qué más?
Ella no quería aparentar que no lo había entendido; cualquiera en Destiny podía contárselo si preguntaba.
—Bien —dijo ella asintiendo—. Déjame decirte que conozco esto como la palma de mi mano, y si yo conduzco tú podrás ver más cosas.
—De acuerdo. Y nada me gustaría más que tener a una mujer guapa como chófer.
—¿Qué te parece? —le preguntó ella.
—¿Que qué me parece? —musitó él.
Paula había estacionado la furgoneta junto al granero y fueron andando hasta los corrales. Estaban de pie uno al lado del otro con los brazos apoyados en lo alto de la valla; él estaba sobre la tierra y ella en el primer barrote, por lo que tenían los hombros a la misma altura y el ocasional roce de sus brazos generaba unas chispas que amenazaban con incendiar el agostado corazón de Paula. ¿Qué ocurriría si dejaba que las chispas se convirtiesen en llamas?
Paula intentó con todas sus fuerzas no notar la sutil fragancia de su loción de afeitado, o el calor de su cuerpo. Intentó apartar de su mente todas aquellas sensaciones; tenía cosas más importantes en las que pensar, como conseguir el contrato para el campeonato u olvidar que él no era el hombre enfadado que le había dicho que besaba como una niña pequeña. Él era ahora un hombre de verdad, y ella una mujer que estaba lo suficientemente cerca como para sentir los desenfrenados efectos de su masculinidad. Se quedó sin aliento cuando sus miradas se encontraron y no pudo evitar preguntarse qué estaría pasando por la mente de él.
—¿Qué te parece? —repitió ella.
—El rancho tiene buen aspecto —dijo él con cuidado—, incluso mejor de lo que yo recordaba. Has cambiado algunas cosas. ¿Me vas a hablar del proyecto en el que estás trabajando?
Quería decirle que no. La asustaba que él se diese cuenta de lo mucho que lo necesitaba; ya era suficientemente malo cuando solo tenía que preocuparse por los recuerdos que él pudiera tener de lo que ella hizo. Pero ahora sabía cómo había averiguado él que la chica a la que amaba, amaba a otra persona, y ella sabía mejor que nadie lo que dolía aquello. Si él estuviese esperando para vengarse, en aquel momento tenía la oportunidad perfecta: lo único que tenía que hacer era celebrar el rodeo en otro lugar. Los planes de Paula no fallarían, pero le llevaría mucho más tiempo llevarlos a cabo, y el tiempo era su enemigo. La publicidad que le brindaría el rodeo le sería de mucha ayuda. Quizá pudiese evitar la pregunta.
—¿Qué es lo que buscas para celebrar el rodeo? —le preguntó.
Pedro se alzó el sombrero ligeramente.
—Lo primero, muchas tierras. Hace falta sitio para un estacionamiento, además de sitio para caravanas y campistas. No estás demasiado lejos de la carretera, así que eso es una ventaja.
—¿Qué más?
—Espacio para tribunas portátiles y casetas de comida, y un corral lo suficientemente grande para celebrar los torneos.
—Lo tengo todo —dijo señalando las zonas delimitadas por las vallas—. Hay tres ruedos, y uno es lo suficientemente grande como para albergar tres de los eventos.
—Ya me he dado cuenta. Lo que quiero saber es por qué.
—¿Qué? —preguntó ella.
—¿Por qué tienes tres? ¿Para qué los necesitas y por qué está la tierra tan blanda y removida? —dijo él mirándola de nuevo—. ¿Qué tienes guardado en la manga? —le preguntó.
—Haces que parezca que estoy intentando conseguir dinero rápido.
—No quería decir eso —dijo él, se dió la vuelta para apoyarse en la valla y cruzó los brazos sobre su impresionante pecho.
Para apartar sus pensamientos de aquella masculina pose, Paula sostuvo su mirada. Después, se bajó de la valla y se irguió.
—Estoy preparando el rancho para abrirlo al público —le dijo.
—¿No te referirás a un rancho de vacaciones? —dijo con la misma expresión de sorpresa que cuando se cayó a la piscina.
Ella asintió.
—Los rodeos son para distintas actividades: montar a caballo, enlazar. Si un principiante se cae, es mejor que lo haga sobre tierra blanda.
—¿Por qué?
—Porque es más blanda y...
Pedro negó con la cabeza.
—Lo que quiero decir es: ¿Por qué dejar de ser un rancho de trabajo?
—Seguirá siendo un rancho de trabajo; mientras a mí me quede aliento, yo haré ese tipo de trabajo. Pero es algo que siempre he querido hacer, enseñarles lo que es el silencio a las personas que viven un ritmo de vida acelerado. Dejar que saboreen el auténtico estilo de vida del oeste.
—¿Y qué más?
Ella no quería aparentar que no lo había entendido; cualquiera en Destiny podía contárselo si preguntaba.
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