jueves, 6 de julio de 2017

Paternidad Inesperada: Epílogo

A Pedro le costaba emerger de las profundidades del sueño. Iba recordando lo sucedido antes de acostarse. Estaban de celebración: una cena estupenda, con mucho champán, Paula y él, en compañía de Violeta, festejando por todo lo alto la aparición de ella en una revista para novias, con bellísimas fotografías de sus mejores creaciones. Y, por fin, comprendió qué lo había despertado. El bebé berreando. Hizo un esfuerzo por levantarse de la cama, procurando no despertarla. Era una gran noche. Una noche que se tenía bien ganada. No quería que el llanto la despertara de sus sueños, que seguro que eran dulces, llenos de éxito y reconocimiento de su talento. Había trabajado mucho para conseguirlo.

Cuando habían llegado a casa. Diego, que se había quedado de canguro, les aseguró que no había habido ningún incidente. El bebé tenía ya seis meses, y no debería despertarse llorando a esas horas. Y Pedro comprobó, ceñudo, en el reloj despertador, que eran las cuatro y cuarto de la madrugada. En el pasillo había una luz de emergencia encendida, que le permitió llegar sin contratiempos al cuarto del bebé. Al acercarse, vió con sorpresa que había otra luz más fuerte encendida en ese cuarto. Alguien debía de haberse dejado encendida la luz de la mesita de noche. Los berridos habían parado, pero decidió acercarse, por si realmente pasaba algo. Y, ya de paso, para apagar la lámpara. Al llegar al umbral, se paró en seco. Allí estaban su hija y, cómo no, Spike pegado a ella. La niña, desde la altura de sus tres años, estaba mirando de hito en hito al bebé en su cuna.

—¡Escúchame bien, chico! Tú y yo tenemos que llegar a un «cuerdo». A mí no me gusta despertarme cuando aún está oscuro. Y a Spike tampoco.

Y Spike dió un pequeño aullido, para indicar, disciplinadamente, que a él tampoco le gustaba.

—Te voy a enseñar las cosas —dió un paso hasta la mesilla, y apagó la lámpara—. Esto es oscuro. ¿Te has enterado, pequeñajo? Oscuro —repitió, por si acaso—. Cuando esté oscuro, te callas.

 Una pedorreta procedente de la cuna. La lámpara se volvió a iluminar.

—Esto es luz. Puedes berrear cuando hay luz… —sacudió autoritaria el dedo ante el bebé—… pero antes no. Y a mí no me hagas «perrodetas». Un poco de respeto, que soy tu hermana mayor.

Adecuado silencio en la cuna.

—Mejor así —declaró Olivia, satisfecha—. En esta familia, tienes que aprender deprisa, chico. Dale un lametón por ser buen chico, Spike. Y Spike metió la lengua entre los barrotes de la cuna para lamer la manita de Baltazar.

—¡Muy bien! Ahora te vuelvo a dejar oscuro, y Spike y yo nos vamos a la cama. Y tú más vale que te vuelvas a dormir. Te puedes despertar cuando haya luz.

La lámpara se apagó, y Pedro se escurrió hasta su habitación, antes de que lo sorprendiera la patrulla educativa. Se quedó un rato atento, para asegurarse de que todo estaba bien. Reinaba el silencio, así que volvió a acostarse, con una sonrisa de oreja a oreja. Desde luego, su Olivia estaba hecha toda una campeona. Paula se acurrucó contra él.

—Te quiero —farfulló entre sueños.

—Yo también te quiero —le susurró él, besándola en la frente.

Tenía una esposa maravillosa, una hija listísima, un hijo espabilado, un perro encantador. ¿Qué más podía desear un hombre? Tal vez otro crío. Siempre que Paula tuviera ganas, claro. Después de todo, a Baltazar le haría falta un hermano o hermana menor, al que transmitirle el saber familiar. La paternidad, iba viendo , era adictiva. Por lo menos, con una familia como la suya. Y, satisfecho con esa conclusión, cerró los ojos y volvió a dormirse, con la tranquila seguridad de que en su mundo todo iba bien.





FIN

Paternidad Inesperada: Capítulo 41

En conjunto, la actuación de la niña dejó a Paula impresionada, y preguntándose si, después de todo, no habría algo más de cierto en la comunicación instintiva de lo que ella creía. Y en el transcurso de los siguientes días, se le hizo evidente que Pedro tenía una aptitud innata para la familia. Hablaba de sus aprendices como de «sus chicos», y ellos respondían tratándolo como si fuera una especie de segundo padre. Spike iba a todas partes pegado a sus talones, y, lógicamente, participaba prácticamente en todas las actividades. Olivia, la «cría», o, como sospechaba ella, la «cachorrita», para Spike, era la mascota de todos ellos.

Por fin llegó el día en que la enfermera la  declaró curada. Después de acompañarla a la puerta, darle las gracias y despedirse de ella,  fue en busca de Pedro y Olivia para darles la buena nueva. Oyó voces en el porche, que era donde él  daba la última capa de barníz a los muebles, y se encaminó hacia allí, pero se detuvo antes de entrar, al darse cuenta de que estaba reunido con Rodrigo Larosa, el anticuario. No quería interrumpir una conversación de negocios. Pero la tal conversación llegó hasta ella, alta y clara, puesto que la puerta estaba abierta.

—Es toda una campeona, Rodri—declaró Pedro, lleno de orgullo—. Duerme toda la noche seguida. No da ningún problema. Más te vale tener una niña la próxima vez.

—Sí, me temo que los chicos hacen más ruido —se oyó responder, un poco mohíno, al otro—. Oye, tiene exactamente tu barbilla, Pepe.

—Pero los ojos son clavados a los de Paula.

—Y el pelo rubio lo habrá sacado de tí.

—Supongo que sí. Va a ser impresionante, Rodri. Una rubia con unos ojazos oscuros para parar un tren.

—Parece que a su papá ya lo tiene totalmente conquistado —dijo Rodrigo, divertido.

Y Pedro rió.

—Pues sí. Y a ese chico tuyo, ya le puedes ir advirtiendo que no se le acerque demasiado, porque me encontrará con escopeta en mano.

 Y Paula sonrió al oírlo. No era que tuviera muchas dudas acerca de la actitud de Pedro para con Olivia, pero, desde luego, después de oír esa conversación, no le cabía ninguna.

—Bueno, tengo que irme ya —dijo Rodrigo, volviendo por un momento a los asuntos de negocios—. El escritorio ha quedado soberbio, Pepe, a mi cliente le va a encantar.

—Leandro te lo acercará esta tarde. Te acompaño a calle, y, de camino, hay en el taller otra cosa que quiero que veas.

Con un poco de apuro, Paula se escabulló para que no se la encontraran en medio del pasillo.

—Cuida de Olivia, Spike —se volvió Pedro en el umbral a decir—. Yo no tardaré.

Esas libertades que parecía darle al perro la  sorprendieron. En cuanto no hubo moros en la costa, se acercó de nuevo a la entrada del porche. Spike estaba sentado junto al moisés, con la cabeza inclinada y las orejas alerta, mientras Olivia movía los puñitos y hacía pompitas. El perro produjo un sonido entre interrogador y quejumbroso, y, en respuesta, la niña alzó la voz, en tono de apremio. Spike se dejó caer junto al moisés, apoyando la cabeza sobre el borde del mismo. Olivia gorjeó. Paula tuvo la intensa impresión de que a esa enorme bestia, que tanto respeto le causaba a ella, a la niña la tenía ya totalmente conquistada también. Desde luego, miedo no le daba ninguno. Aprovechó la proximidad del perro para agarrar un puñado de sus pelos, y Spike sacó su larga lengua y le rozó con ella suavemente la barbilla. Olivia gorjeó gozosa, y Spike, que había notado la presencia de Paula, volvió la cabeza hacia el umbral a mirarla, como si le dijera: «Me lo ha pedido ella».

—Muy bien, mientras no te la comas de un bocado —se oyó decirle, benévolamente, para, al momento siguiente, preguntarse si había perdido el juicio.

Pero el perro volvió a apoyar la cabeza tranquilamente, dejando que Olivia jugara con su pelo, y sin inmutarse en absoluto, mientras el bebé emitía gorgoritos, divirtiéndose, al parecer, mucho.

—No te preocupes. Spike está convencido de que es su niñera.

Paula se sobresaltó al pasarle Pedro el brazo por la cintura, pero se relajó prontamente al recostarla cariñosamente contra él.

—Es tan grandote —contestó, dando un suspiro.

—Tanto mejor para protegerla. Spike la defendería con su vida, Pau. Pero si quieres que le regalemos un perro más pequeño…

—No —era evidente que entre perro y niña se había forjado un vínculo misterioso, con el que los dos estaban contentos. Sin duda, algo tendría que ver en ello Jack, y ella confiaba en su intuición—, pero siento tener que decirte que Olivia te está quitando a tu perro —le advirtió, medio en broma.

—Ya, ya —murmuró él, mordisqueándole la oreja—. Hay algo irresistible en los pequeñajos, los bebés, los cachorros, los gatitos, los pollitos. Debe de ser la primera vez que Spike se encuentra con un cachorro, y no debe querer perderse nada de lo que vaya sucediendo.

 Fue su propia intuición la que le dijo a Paula que él estaba hablando en realidad de sí mismo. Tampoco él quería perderse nada de ese proceso. La próxima vez, estaría junto a ella a lo largo de todo el embarazo. La próxima vez, no habría soledad alguna, sino todo lo contrario.

—Me ha dicho la enfermera que estoy muy bien —le dijo entonces—, y que me he recuperado muy rápidamente, gracias a que tú te has hecho cargo de todas las obligaciones. Por cierto, que ya puedo volver al trabajo.

Pedro cambió de postura. Paula lo sintió erguirse, y su pecho dilatarse, y, al cabo de un momento, su aliento le recorrió el cabello.

—Los chicos te han hecho una mesa estupenda, a la medida de tus necesidades. La podríamos instalar en el solarium, y convertirlo en un perfecto taller para ti. Desde aquí llegarías en coche en un cuarto de hora a casa de Violeta, para probar en su saloncito.

—Tengo que hablar con Viole —le contestó, sonriendo.

—Estoy seguro de que le parecerá bien.

 Y Paula se dió la vuelta, dentro de su abrazo, para que él viera la felicidad y la confianza que brillaban en su mirada.

—Tengo que hablar con ella de todos modos —dijo—. Para pedirle fecha de boda. Si sigues queriendo casarte conmigo.

—Que si quiero… —Pedro se rió, incapaz de expresar de otro modo la alegría que sentía—. Quiero que sea una boda por todo lo alto.

 —Eh, que cobra bastante —lo previno, sin poder evitar reírse con él.

 —¿Y qué más da? Será el mejor día de nuestras vidas. ¿Puede un bebé portar las arras?

—Pues no creo —le contestó ella, en el mismo tono—, pero quizá un perro sí.

—Te adoro, Paula Chaves—dijo Pedro, con toda su alma.

Y ella se lo quedó mirando, dejando que toda la emoción que rebosaba en su corazón se asomara a sus ojos, para que pudiera verla él, ese hombre tan maravilloso, su amante, su compañero, el padre de la futura familia de ambos.

—Te amo, Pedro Alfonso—le contestó, apasionadamente, y se puso de puntillas para besarlo. El beso sellaba su compromiso, pero, sobre todo, expresaba su amor, su confianza, el inmenso placer que hallaba en estar junto a él, en que él estuviera junto a ella.

Paternidad Inesperada: Capítulo 40

Lo de que le iba a doler y se sentiría floja durante una semana era la verdad literal, como tuvo ocasión de comprobar Paula. Era completamente imposible que hubiera podido quedarse sola, ni mucho menos ocuparse de la niña. Marcharse a casa con Pedro fue la solución ideal, y le permitió, no solo recuperarse, sino descubrir montones de cosas que la fueron tranquilizando y llenando de seguridad. Cada ver sentía más vergüenza de haber dudado acerca del futuro compartido con él. Nadie podría haberla cuidado con más cariño ni haber estado más pendiente de sus necesidades. Todos los días iba a visitarla una enfermera para comprobar su evolución, pero era Pedro quien le daba de comer, la lavaba, la ayudaba cada vez que necesitaba hacer algo, y le hacía toda la compañía posible. Cuando estaba despierta, él le llevaba a Olivia cuando iba a darle de comer. Ella no podía hacerse cargo de la niña, pero le gustaba verlo con ella en brazos, hablándole como si fuera a entender cada palabra que le dirigiera, e incluyéndola siempre en la conversación. Había instalado una mecedora en el dormitorio, y allí se pasaba las horas muertas, mirándolas a las dos embelesado. La primera vez que vio a Olivia chupar con tantas ganitas del biberón, sintió un enorme desconsuelo. ¿Habría sido imaginación suya aquel poderoso lazo que le había parecido que se formaba entre ella y su hija al amamantarla? Le dolía sentirse tan prescindible. Debilitada en todos los sentidos por la operación, acabó por romper a llorar.

 —Para ella es lo mismo —le explicó entre hipidos a Pedro—. El biberón le sirve igual.

—Le sirve ahora que se ha acostumbrado a él, Pau, pero te aseguro que la primera vez nos volvió locos tratando de dar con un sustituto que le gustara, pero la señorita sabía perfectamente que no le estaban dando la leche de su mamá.

—¿Los tenía a todos? ¿Qué quieres decir?

—A mí, a Leandro, a Diego y a Spike. Yo fui el que tuvo que persuadir a Olivia, mientras ellos se encargaban de la intendencia.

Y Paula le escuchó, sorprendidísima, mientras le describía su aplicación de método científico a la búsqueda del biberón perfecto, la colaboración de sus aprendices, las reacciones de la niña, cómo la había adoctrinado, y cómo se había conformado al fin con el tercer tipo de leche. Terminó por sonreír, lamentando únicamente que no hubiera habido alguien con una videocámara, grabándolo todo.

—Lo hiciste fantásticamente, Pepe —le dijo, con sincera admiración, y considerablemente reanimada tras oír su relato.

Y, al ver la sonrisa que le iluminó la cara, aún se sintió más aliviada. Al parecer, manifestar aprobación funcionaba con todo el mundo. Y alabar a las personas. Agradecerles lo que hacían. El amor y el aprecio iban unidos.

—No dejes que te afecte lo del biberón, Pau —le rogó él, con la mirada llena de cálida simpatía—. Ya sé que te habría gustado seguir amamantándola,pero ya verás como la próxima vez todo nos saldrá mejor. No tendrás que renunciar a nada que quieras darle.

—¿La próxima vez? —Paula no sabía cómo tomarse aquello.

—Oh… —se lo veía confuso, y trató de quitarle importancia—. No es más que una ocurrencia mía. Un poco prematura. Olvídalo. Lo importante es que Olivia está bien. No tienes por qué preocuparte.

—No estás siendo sincero conmigo —lo reconvino Paula—. ¿Por qué no comentas conmigo lo que se te ha ocurrido?

—Es que, verás —contestó él, encogiéndose de hombros—, me parece que he dado por sentadas algunas cosas, y tú me has dicho que no fuera demasiado rápido. Creo que es mejor dejarlo así por ahora, Pau.

—Verás, tengo ahora una nueva política de puertas abiertas —le dijo ella, muy persuasiva—. Soy toda oídos, Pepe —y de verdad deseaba compartir sus pensamientos e ilusiones más íntimos.

Entonces él la miró, con esa mirada directa de sus ojos verdes que parecía clavarse como una flecha en el centro del corazón de Paula, y dudó aún unos instantes, porque temía cometer un error en ese momento. Ella le devolvió otra mirada serena, en la que se reflejaba su deseo de compartir las cosas plenamente con él.

—A mí no me gustó nada ser hijo único, Pau —empezó Pedro—. Y una vez que tenemos a Olivia… Se me había ocurrido que, dentro de uno o dos años… Si te sentías con fuerzas…

—¿Aumentáramos la familia?

—¿A tí qué te parece? —preguntó él con mucha prudencia—. Si prefieres que nos quedemos solo con ella… Solo es una idea.  Eso sí, le he estado dando bastantes vueltas esta última semana. A ver si me explico: ahora ya no me puedo imaginar la vida sin Oli. Quiero muchísimo a esta cría. Y si tuviéramos más, pues aún habría más cariño para todos, ¿A que sí?

Paula sentía unas ganas locas de reírse a carcajadas. Pues no se había equivocado poco con Pedro. Sería como para reírse, si no hubiera estado a punto de resultar, en el fondo, trágico. Las lágrimas pugnaron por salir, pero luchó por dominarse, y volvió a sonreírle serenamente.

—Yo también fui hija única, y entiendo muy bien lo que me estás diciendo, Pepe. A Oli le vendría muy bien tener un hermano o hermana.

—¡Eh! —exclamó él, con una sonrisa de satisfacción—. ¿Estás oyendo eso, pequeñaja? —le dijo a Olivia, que dejó de succionar para prestarle a él toda su atención—. De momento, eres la reina del mambo, pero vas a tener compañía. Pedorreta con pompita.

—Ya estamos otra vez, menuda impertinente estás hecha. Se lo contaré a Spike, si no eres respetuosa.

Y el perro, que estaba sentado junto a la mecedora, se incorporó de un salto para comprobar de qué iba aquello. Miró a Olivia, y la niña lo miró directamente a los ojos, como si le estuviera advirtiendo de que no se le ocurriera interferir entre su padre y ella. Después, levantó sus ojitos hacia Pedro, y entreabrió de nuevo los labios para tomar la tetina.

Paternidad Inesperada: Capítulo 39

Después de haber colocado las cosas de Paula en los cajones de un armario de la habitación, Pedro volvió a sentarse y la  miró con una expresión de amarga resolución que la alarmó. Había ido a visitarla lleno de preocupación, y ella le había echado en cara algo de lo que solamente ella era responsable. Ahora se estaba fraguando el precio de ese error.

—Violeta me ha dicho que te va a doler y te sentirás floja por una semana, más o menos. Había pensado que Olivia y tú se quedaran conmigo. Pero si no es lo que deseas… si prefieres volverte a tu departamento y buscarte otra ayuda…

—No —dijo ella, que tenía que frenar aquel alejamiento de Pedro—. Si no te resulta demasiada molestia… —aquello sonaba incierto y poco firme—. Quiero decir…

—No te sientas obligada a venir tan solo porque me hiciera cargo de Olivia mientras estabas aquí —replicó, antes de que Paula  pudiera rehacer su comentario de otra manera—. He dado demasiadas cosas por sentado, te he empujado a una situación que te desagrada. Es mejor que llevemos las cosas de otra manera. Nunca te he querido lastimar. Bastará una palabra tuya para que lleve las cosas de vuelta a tu departamento.

—No. Deseo ir contigo —dijo con tanta fuerza como pudo.

La mirada directa de Pedro no dejaba lugar para vacilaciones.

—¿Como una postura intermedia o como un compromiso más serio, Pau? Sé sincera conmigo, por favor.

Su corazón empezó a desenfrenarse. ¿Cómo le podía prometer el nivel de confianza que Pedro deseaba, si no sabía siquiera si era capaz de confiar así? Si le hubiera sido posible introducir en su cerebro un interruptor que regulase todos los circuitos negativos que tenía, lo habría hecho. Tampoco era su intención herir lo.

—¿Me darás otra oportunidad, Pepe? —pidió—. Haré cuanto pueda para dejar de temer.

—No tienes por qué hacerlo tú sola, Pau. Mi puerta está siempre abierta para tí, y estoy dispuesto a escuchar. Si tú estás dispuesta a ser sincera conmigo —añadió con frustración en la voz.

 —Sí, ahora me doy cuenta.

El rostro de Pedro se relajó en una media sonrisa.

 —Charlotte no es solamente tuya, Pau. Es de los dos. No somos dos contra uno, sino tres.

—Sí —asintió, tratando de hacer suyo ese nuevo punto de vista—. ¿Tú la quieres, Pedro?

Pedro  pareció quedarse en blanco, como si hubiese perdido contacto con el pensamiento de ella.

—Olivia, nuestra hija, ¿La quieres? —repitió Paula ansiosamente, pues necesitaba oírselo decir.

 Los ojos de Pedro se volvieron a encender, tomó la mano de Paula y sosteniéndola con fervor dijo:

—Sí, sí, claro que sí.

 Era como si le sorprendieran sus propias palabras. ¿Sería cierto lo que acababa de decir?

—Somos una familia —añadió él, con vehemencia.

 Paula aceptó también aquella idea, deseando renunciar a la identidad de madre soltera que durante tanto tiempo la había acompañado. No tenía por qué seguir siéndolo: Pedro le estaba dando la oportunidad, a los tres, de formar una familia.

—Una familia… —repitió, resuelta a afrontar aquella idea en todos sus sentidos.

Nada de puertas cerradas. Pertenecerse el uno al otro. Eso era lo que debía significar ser una familia. Tanto que el amor y el apoyo pudieran darse por sentados. La confusión de ella comenzó a ceder. Pedro tenía razón al decir que los seres humanos tienden a complicar la vida más de lo necesario. Claro que tenía que querer a Olivia. No estaría pidiendo sinceridad si él mismo no estuviese dispuesto y preparado para darle otro tanto. Entrelazó sus dedos con los de él, cerró los ojos y se concentró en el calor y fuerza de aquel roce. Juntos… Una familia.

Paternidad Inesperada: Capítulo 38

—Me lo contó un amigo, cuya esposa tenía los pechos escocidos por amamantar a su hijo. Se ponía en el sujetador una compresa de hojas de repollo para aliviarlos. Y funcionaba.

 —¿Cómo? ¿Por qué? —Paula no se lo podía creer.

Pedro se encogió de hombros.

—No tiene explicación científica, pero funciona. Se deja el repollo en el frigorífico y con las hojas se hace una compresa fría. Cuando se calienta al llevarla puesta, se vuelve a poner otra fría. Podríamos haberlo probado, Pau.

«Podríamos». Los dos. Era ella quien los había separado, no él. Tendría que haberle concedido el beneficio de la duda y dejar aparte sus temores.

—Estoy al corriente de montones de cosas que se pueden hacer con los bebés —dijo Pedro, ansioso—. Me lo han ido contando mis amigos. Supongo que era por eso por lo que yo consideraba a los niños pequeños monstruos. Pero es que ninguno se molestaba en contarme las cosas buenas, como las caritas que pone Oli, o lo maravilloso que es verla feliz.

En el corazón de Paula se mezclaban tantas emociones que no sabía cómo expresarlas. Era culpa suya no abrirse a Pedro, no confiar en él. De haber hablado, él habría compartido con ella tanto lo bueno como lo malo. ¿Cómo podía haber sido tan retorcida? Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas.

—No llores, amor mío. Dime qué es lo que puedo hacer. Si hay algo que quieras… —dijo, tomando un pañuelo de papel y enjugando las lágrimas de Paula.

—Lo siento —dijo ella.

—No pasa nada. Llora, si llorar te alivia. Pero no pienses que eres un fracaso como madre —dijo tiernamente—. Cualquier criatura sería afortunada teniéndote a tí por madre. Amamantar no es tan importante; lo que cuenta es el amor. Y Olivia sabe que es amada.

A Paula le dolía la cabeza, el cuerpo y el corazón, pero la calidez con que Pedro hablaba aliviaba su dolor e hizo un esfuerzo para hablar:

—Gracias por acudir al rescate, Pepe. Con Oli, quiero decir…

—Soy su padre —gruñó él—. Me gustaría que te dieras por enterada de una vez, Pau. No estás sola, a menos que de verdad sea eso lo que prefieres — lo dijo con una dolorosa expresión que necesitaba respuesta.

—No lo prefiero —se limitó a decir ella.

Los ojos de él buscaron los de Paula, escrutadores.

—No es suficiente, Pau —dijo con suavidad—. Dices que me quieres, que me darás una oportunidad. Pero recurriste a Violeta y no a mí. Fue ella la que me pidió que acudiera al rescate: tú me dejaste fuera. Otra vez…

 Más que una amarga acusación, era una triste afirmación de los hechos. Pedro tomó aliento y continuó con un atisbo de compasión en la mirada:

—Me doy cuenta de lo que has padecido en tu infancia, Pau, pero también yo tengo cicatrices. Todos llevamos cosas del pasado a nuestras espaldas, de una u otra forma. Mis padres, en cierto modo, me mantuvieron fuera de sus vidas. No me maltrataron, sencillamente me pusieron al margen. La mayor parte del tiempo, no me prestaban atención.

Su tono era objetivo, no pedía compasión, y ni siquiera comprensión. Pero el peso de años de soledad se reflejaba tras aquellas palabras:

—Comprendo por qué me dejaste al margen durante tu embarazo, aunque tu decisión no tuviese mi amor en cuenta. Pero esa decisión me convertía en alguien indigno de tu consideración. Como hoy. ¿Cómo crees que me hace sentir saber que decidiste no recurrir a mí, y guardártelo todo para tí?

 Ella  no lo había contemplado desde aquel punto de vista. No había querido molestarlo. Eso también era mostrarle consideración.

—Siempre te he tenido muy presente, Pepe.

—Sí, pero no de manera positiva. Yo deseaba estar involucrado, no que me dejases a un lado. Y si tú estás dispuesta a pasar por un trance como éste, antes que abrirte a mí, me pregunto si hago lo correcto al empeñarme en volver a entrar en tu vida.

—No. Yo te quiero, Pepe —exclamó ella—. Te quiero mucho, y por eso me dan miedo las cosas que puedan hacer que te apartes de mí.

—Solo tú puedes apartarme de tí —dijo con una voz que ahora vibraba de emoción—. Yo no hago más que llamar a tu puerta, y eres tú quien abre y vuelve a cerrar. Y el que me la cierres no me hace sentir querido, Pau. Yo ni siquiera trato así a mi perro.

Paula se sintió abrumada ante la descripción de la forma en que lo  había tratado. No tenía excusa. Lo había estado mirando todo desde un punto de vista prejuiciado, sin ver nada más. Con creciente horror comprobaba que le había estado haciendo lo mismo que sus padres le hiciesen a ella: rechazarlo, disminuir su autoestima, concentrarse exclusivamente en sus propios sentimientos, sin tener en cuenta cómo podían afectarle a él las cosas. Que fuese un hombre no lo convertía en inmune a las mismas heridas que ella había ya conocido.

—Probablemente no debería haber sacado esto a relucir —dijo Pedro—estando tú tan mal. No es momento ni lugar.

—Sí lo es, Pepe—susurró ella, oprimiéndole la mano—. Tú necesitabas decirlo y yo oírlo.

—Con tal de que te quedes tranquila —le dijo él, con un amago de sonrisa—, sabiendo que Oli se encuentra segura conmigo.

—Ya estoy tranquila. Muchas gracias. Gracias por tantas cosas.

No era suficiente. Paula podía sentir la tensión del momento y cómo Pedro se había replegado, refugiándose en silencio, pero con determinación, en una postura de autosuficiencia que había aprendido a desarrollar antes de que se llegasen a conocer. Probablemente, sería el mismo terreno seguro donde se había guarecido mientras duró su embarazo y la separación de ambos.

—Te he traído tus cosas de aseo y ropa limpia para cuando salgas de aquí —dijo él.

 Retiró su mano de ella y, al hacerlo, Paula fue todavía más consciente con esa separación física de los resultados de sus reticencia para con él. La barrera defensiva que ella había levantado lo obligaba a él a alzar la suya también.

Paternidad Inesperada: Capítulo 37

—¿Paula?

 La voz de Pedro era suave y preocupada. Ella abrió pesadamente los ojos. Las cortinas del cuarto estaban echadas. Llevaba durmiendo desde la visita del cirujano, quien la había examinado y le había dicho lo que iban a hacer a la mañana siguiente. Los analgésicos eran buenos y, si se estaba quieta, el dolor podía ser mantenido a raya. Pero necesitaba verlo, hablarle. Lentamente, volvió la cabeza.

—Si te duele, no te muevas —se apresuró él a decir, levantándose de la silla para inclinarse hacia ella.

—¿Olivia? —la voz parecía croar,  tenía seca la garganta.

—Está estupendamente. Violeta se ha quedado con ella mientras yo te venía a ver. Se ha adaptado bien a los biberones. Ya se ha tomado dos. No está inquieta, ni alterada. Cuando me fui, la dejé dormidita. Todo va bien y sin problemas.

Paula sabía que debería sentirse aliviada, y agradecida de que Pedro pudiera salir adelante con la niña. Era ridículo sentirse tan desamparada e inútil; las lágrimas se le acumulaban en los ojos. No era justo que le sucediera aquello: largos meses de embarazo y una férrea determinación de hacer todo por su hija, y ahora ni siquiera podría amamantarla. Cerró los ojos para retener las lágrimas, pero se le escurrieron por entre las pestañas. Pedro le apartó con suavidad los cabellos de la frente.

—¿Te duele mucho, Pau? ¿Quieres que busque a una enfermera?

—No.

—¿Qué ocurre entonces, cariño?

 El profundo cariño que había en la voz de Pedro le retorcía el corazón.

—Que soy una fracasada.

—No, no lo eres —aseveró Pedro—. Violeta me ha contado que tus diseños para la boda de Bianca Pinkerton son magníficos. Tienes mucho talento, Pau, y en cuanto la gente se vaya dando cuenta…

Ella movió la cabeza con impaciencia.

—Soy un fracaso como madre. Por pensar en tí.

Pedro  detuvo su mano, y luego la retiró. Paula oyó el ruido de la silla al desplazarse y el crujido del cojín al sentarse él. La sensación de que se apartaba la hizo sentirse peor todavía, como si lo estuviese perdiendo todo.

—¿Por qué dices eso, Pau?

Ella abrió los ojos y lo miró con arrepentimiento doloroso. Luego hizo un esfuerzo por hablar.

—No quería que supieras que estaba enferma. Esperaba que se me pasara. De no haber sido por tí y por haber tardado en acudir al médico… —las lágrimas volvieron a derramarse— todavía estaría dando el pecho a Oli.

Pedro  movió la cabeza con dolorosa confusión.

 —¿Por qué no querías que lo supiera? El amor consiste en compartir, lo bueno y lo malo.

 —No quería que lo malo repercutiera sobre Olivia, que la hicieras a ella responsable.

—¡No lo hago! —exclamó, poniéndose en pie, agitado, gesticulando en el aire para no defender su postura con otros gestos—. ¡Nunca lo habría hecho, Paula! Cómo iba a culparla de nada: solo es una criatura inocente, ¡Por amor del cielo!

Aquella vehemencia destrozaba el corazón de Paula, que, con cansancio, se agarró a la verdad que encerraban las palabras de Pedro y luego lo dejó estar. Uno podía discutir sobre lo lógico y lo razonable hasta el final de los tiempos, sin que eso afectase para nada a las realidades que se basaban en emociones.

—Tú odiabas verme empleando el sacaleches —dijo Paula.

Aquello lo  silenció, dejándole sin argumentos para su defensa de los principios. Los principios estaban muy bien, pero el problema era llevarlos a la práctica. Se dejó caer en el asiento con un gran suspiro como si deseara disminuir la peligrosa presión alcanzada por los sentimientos que hervían en su interior. Tenía el rostro sombrío y no miró directamente a Paula cuando se volvió a inclinar hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.

—Es cierto. No me gustaba —reconoció—. Pero no por los motivos que crees, Pau. Era porque me sentía culpable.

Ella frunció el ceño, sin comprender. Pedro la miró ansioso y buscó su mano, tendida a su lado, para estrecharla con suavidad entre los dedos.

—Escúchame, por favor. Siento que hayas interpretado mis sentimientos de otra manera. Lo último que yo deseaba era causarte ningún dolor — ella dirigió su mirada a los ojos de él, deseando que sus palabras la libraran del dolor de sentirse separada de él—. La primera noche que hicimos el amor, había tenido previamente una charla con Olivia—confesó—. Le dije que se portara bien y durmiese toda la noche de un tirón. Y lo hizo, con el resultado de que tuviste que usar el sacaleches, lo cual era evidentemente molesto para íi. Fue entonces cuando le dije a la niña que volviera a despertarse como era usual, pero ya no hubo forma de que volviera a las andadas. No se le pueden dar a un niño mensajes contradictorios, ahora sí, ahora no. No fue culpa suya.

Paula lo miró incrédula. ¿De verdad se creía que Olivia se enteraba de lo que él le decía?

 —Nada de aquello fue culpa suya —repitió Pedro, pidiéndole perdón con la mirada—. La culpa fue mía. ¡Mía! Fui un egoísta al querer que pudiéramos disponer de toda la noche, como en los viejos tiempos. No sabes cómo lo siento, Pau… no sabía los problemas que te iba a acarrear.

Paula sintió que el estómago se le encogía. Lo había malinterpretado y había juzgado mal a Pedro. Era una locura por parte de él atribuirse la culpa, pero era evidente que lo hacía, creyendo como creía en la comunicación con Olivia, no menos que con su perro.

 —Si hubieras compartido tus preocupaciones conmigo —siguió Pedro, con pesadumbre—, podría haberte ayudado. Te hubiera contado lo de las hojas de repollo, eso podría haberte ahorrado este sufrimiento.

—¿Hojas de repollo?

martes, 4 de julio de 2017

Paternidad Inesperada: Capítulo 36

Diego  le alargó el biberón. Ambos muchachos se quedaron a la espera de la reacción de la niña. Después de haber olido el pañal sucio que había sido desechado, Spike se unió a los demás. Todos los ojos estaban pendientes de la tetina que entraba en la boca de Olivia.

—Está chupando —dijo Diego, nervioso.

—Sí, pero, ¿Saca algo? —preguntó Leandro.

Las pequeñas mandíbulas trabajaron por espacio de un minuto antes de darse por vencidas. Luego escupió la tetina con manifiesta frustración. Empezó a llorar. A Pedro se le volvió a formar un nudo en el estómago. Miró el nivel del biberón. Apenas había descendido.

—Vamos con la intermedia —ordenó, deseoso de mantener la serenidad, a pesar de sus sospechas sobre la disposición de su hija a adaptarse a las circunstancias adversas.

 Mientras Diego se hacía cargo del biberón descartado, Leandro llevó el siguiente. Spike dió un gañido y la niña detuvo su llanto para mirar al perro. Pedro le puso el biberón en la boca y Olivia comenzó a chuparlo. Aunque no por mucho tiempo. Abrió la boca y la leche se le derramó por las comisuras. Tenía una mueca de repugnancia en la carita.

—Ya te lo dije, pequeña. Ninguno de éstos va a saber igual que la leche de tu madre.

 Pedro se escuchó la voz quebrada y por vez primera descubrió en qué forma un niño puede reducir a un manojo de nervios a un adulto. Le pasó el biberón desdeñado a Leandro.

—Ha rechazado el primer preparado. Probemos el segundo. Tetina intermedia.

Antes de ofrecerle el siguiente biberón, Pedro limpió bien los restos del preparado anterior, ya que no quería que la niña lo confundiera con el otro. De una u otra forma, tenía que alimentarla. Olivia se aplicó con apetito a la siguiente tetina y durante los siguientes cinco minutos pareció que iba a ser la ganadora. Pero entonces su estómago se revolvió y el preparado fue devuelto. Manchó las toallas, y Leandro se las llevó a la lavadora. Mientras Diego las reponía, Pedro se esforzó en calmar a la niña, tomándola en brazos y palmeándola suavemente. La niña volvió a vomitar sobre su espalda. «Menuda pesadilla», se dijo, luchando por mantener los nervios bajo control. Spike examinó el vómito y decidió no lamerlo. Leandro lo limpió. Como había vaciado el estómago, Olivia empezó a llorar pidiendo más alimento.

—Tercer preparado, tetina intermedia —pidió Pedro, con un toque de desesperación en la voz. Volvió a colocar a la niña sobre su brazo y la advirtió acerca de lo serio de la situación—. Este es el último, Oli. Ya has rechazado los demás. Piénsatelo bien.

 —A lo mejor deberíamos volver a probar con la tetina estrecha, Pedro—dijo Diego, ansioso—. Así se irá haciendo al sabor, antes de que le pase al estómago.

Pedro asintió, con la mente todavía nublada ante la posibilidad de un nuevo desastre:

—Bien pensado. Puede que la solución sea que le pase menos cantidad.

Todos contuvieron el aliento mientras Olivia empezaba a chupar de la tetina, con más cautela esa vez.

 —Este está rico, rico —le dijo a la niña Pedro, que, en aquel punto, había decidido hacer uso de la propaganda.

Lentamente desapareció del rostro de Olivia la sospecha de que la estaban intentando envenenar. Sus succiones incrementaron el ritmo, y el contenido del biberón comenzó a descender.

—Lo tenemos —exclamó Diego.

—Muy bien —asintió Pedro, cuyos nervios se empezaron a relajar—. Esta es. Perfecto. Nos deshacemos de los dos primeros preparados, y colocamos las tetinas estrechas en los otros dos biberones de esta leche. Guardenlos en el frigorífico para después.

 Esperaba que Olivia estuviese almacenando a su vez aquel sabor y aquella tetina en las células de su memoria, para reconocerlo en futuras tomas. En teoría, el procedimiento científico era impecable, pero los seres humanos eran contradictorios e impredecibles. Y no le había quedado más remedio que reconocer que tenía en brazos un ser humano en miniatura con mente y estómago, propios, que dependía por completo de él para ser alimentado. Era toda una experiencia.

—¿Usamos ya el esterilizador para los biberones que sobran, Pedro? — preguntó Leandro.

—Sí. Lavenlos antes.

Contentos por el éxito, los muchachos volvieron a su trabajo de cocina. Spike continuaba vigilante, intentando almacenar en su mente canina toda la nueva información sobre los cachorros de esa especie. Pedro empezaba a sentirse feliz de que Olivia hubiera acabado por aceptar lo inevitable, al menos por esa vez. Tal vez se hubiera rendido por cansancio o por desesperanza, aunque prefería contemplarlo desde el lado positivo: su hija no se iba a morir de hambre ni de sed; al contrario, estaba a salvo a su lado. Tal y como él le había prometido que estaría.

 —Tu madre estará orgullosa de tí, Oli. Has dado un gran paso. Y lo has hecho estupendamente.

Olivia soltó la tetina porque tenía hipo. ¿Sería el inicio de nuevas protestas? Claro que, a lo mejor, había tragado aire. Pedro depositó el biberón en la mesa para poder darle en la espalda un suave masaje, que dió como resultado dos grandes eructos. Sin vomitar nada. No había señales de que nada fuese mal. Sonrió a los chicos, que habían dejado de faenar en la cocina para contemplar el desenlace de aquello:

—No hay de qué preocuparse. Lo dijo casi mareado por el alivio mientras se cambiaba de brazo a Olivia. Luego le dijo a la niña:

—¿Ves como tu padre te puede cambiar de lado? Igual que mamá. Y ahora, aquí viene otra vez el biberón rico, rico —se lo acercó a la boquita, y la niña volvió a absorber, lo que lo  llenó  de orgullo paternal—. Estás hecha una campeona, Oli. Y aprendes muy deprisa.

Spike ladró para manifestar su acuerdo y rodeó trotando la silla para seguir contemplando la operación, desde el otro lado. Lo peor de la crisis estaba superado.

—Gracias por el trabajo de equipo, muchachos —dijo Pedro con calidez—. Sin su ayuda, creo que las habría pasado muy mal.

—Ha sido una nueva experiencia —dijo Leandro, sonriendo.

—Sí —asintió un Diego, también sonriente—. Operación Biberón. Esa es buena, ¿Verdad, Leandro?

Y ambos rieron, satisfechos de haber podido ayudar. Pedro miró a la pequeña. Todos habían aprendido algo ese día. Sentía una sensación de cercanía que no se parecía a nada de cuanto hubiera sentido con anterioridad. Aquella diminuta personita le era preciosa. Deseaba que fuera feliz. Con él. Con el mundo, con todo. Y, costara lo que costara, él se las arreglaría para que así fuera. Spike se adelantó y apoyó su regazo la cabeza, reclamando también su lugar en la familia. Le acarició el largo pelo revuelto. Si Paula estuviera allí con ellos. Una sensación de carencia menguaba la euforia que debería haberle causado su éxito ejerciendo de padre. Paula debía de estarlo pasando fatal, y  esperaba que en el hospital le dieran los calmantes necesarios, además de antibióticos. De lo contrario, aquella noche montaría una escena. Apenas se habían visto en los últimos tres días, por elección de ella, y empezaba a sospechar que Paula ya se sentía mal, y se lo había estado ocultando. Aunque lo que no entendía era por qué se lo había ocultado. ¿Acaso no se daba cuenta de que él haría cualquier cosa por ella? Había algo en la forma de pensar de Paula que no iba bien. Había pedido ayuda a Violeta, en lugar de a él. Esa tarde averiguaría por qué no había acudido a él, cuando era lo que debería haber hecho de forma automática, instintiva. ¿O todavía no confiaba en él para cuidar de Olivia? Sacudió la cabeza, perplejo, y posó en la niña la mirada. Había dejado de succionar, tenía cerrados los ojos, y en su dulce carita había una expresión de completa satisfacción. Aquello fue para él un verdadero estímulo, que lo llenó de sentimientos favorables, relegando por el momento toda ansiedad y preocupación. «Mi niña», se dijo. «Mía y de Paula». Al menos había podido descargar a ella de una de sus preocupaciones. La Operación Biberón había sido un éxito.