—Vigílala, Spike. Si algo va mal, me avisas.
El perro se sentó, y estiró el cuello por encima del moisés para examinarla mejor. Era una lástima que aquel nuevo cachorro estuviese tan tapado, porque olía como si necesitara un buen lametazo. Pedro desempaquetó todo lo que acababa de comprar y lo fue colocando sobre el mostrador que comunicaba con la cocina. Los chicos llevaron las demás cosas: las bolsas de pañales, la ropa y demás utensilios, y la maleta de Paula.
—Esto es todo, Pedro —le aseguró Diego. Tenía diecisiete años y una sonrisa siempre en la cara. Era un chico pelirrojo muy servicial.
—Perfecto. Ustedes, chicos, vayan esterilizando los biberones y las tetinas mientras yo instalo el cambiador.
—¿Por qué hay nueve biberones? —preguntó Leandro, un muchacho de diecinueve años, alto y flaco, que tenía verdadera pasión por enterarse de la causa de todo. Como señal de rebelión contra los estereotipos llevaba el largo cabello castaño recogido en una coleta, y, además, un pendiente—. No me parece que el bebe se los vaya a poder beber todos —añadió, preocupado.
—Cálculo de probabilidades, Diego. Tenemos tres fórmulas diferentes para probar, y tres diferentes tetinas, que dejan pasar más o menos leche. Quiero que cada combinación esté preparada y lista: tres biberones de cada fórmula, cada uno con una tetina diferente. Así podremos averiguar cuál prefiere el bebé, sin hacerla esperar mucho entre cada uno.
—Si hervimos las tetinas en tres cacharros diferentes, no nos equivocaremos con los tamaños —sugirió Diego.
—Buena idea —dijo Pedro, con calidez. No había nada como contar con gente con iniciativa propia para que las cosas salieran adelante—. Encárgate tú de ello, Diego. Cinco minutos para las tetinas y diez para los biberones. Yo voy a traer algunas toallas. Esta cría puede ser una campeona en el lanzamiento de leche si se pone a vomitar.
En su interior se felicitaba por su tono práctico y calmado. Estar preparado para lo peor evitaría el pánico, aunque confiaba en que lo peor no superase sus capacidades. Una vez que hubo comprobado por segunda vez que en la mesita de los pañales tenía todo cuanto podía necesitar, se reunió en la cocina con los muchachos. Olivia continuaba durmiendo y los ayudantes habían comenzado a preparar los distintos tipos de leche. Pronto estuvo lista la hilera de biberones, con cada grupo de tres colocado en un cazo de agua tibia para mantenerlos a la temperatura adecuada. Felicitó a sus muchachos por haber hecho un buen trabajo. Entonces un grito que iba en aumento fue la señal de que había llegado el momento. Spike dió un ladrido en señal de aviso. De nuevo comenzaba la acción. Reprimió una sensación de temor al pensar que toda la preparación del mundo no serviría para nada si la niña sentía que todos los hábitos de su pequeña vida habían quedado alterados. Los perros podían sentir el miedo, y por lo que él sabía los bebés también podían. «Soy una roca», se dijo con firmeza y para demostrar que no se alteraba por nada ordenó que comprobasen si los biberones estaban a la temperatura adecuada mientras él cambiaba a la niña.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Diego.
—Se echan unas gotas en el antebrazo. La leche no debe estar más fría ni más caliente que su piel.
Sacó a Olivia de la canastilla justo cuando la niña empezaba a congestionarse para soltar un nuevo grito y la sensación de ser tomada en brazos transformó el grito en un sonido gutural e hizo a la niña abrir los ojos.
—Todo va bien —le aseguró, mientras la depositaba en el cambiador—. Papá se va a encargar de todo.
Olivia posó en él sus ojos mientras le cambiaba el pañal mojado. Spike supervisaba la operación levantado sobre las patas traseras y apoyando las delanteras en la mesa para alcanzar a ver bien. Pero su peso hizo moverse un poco la ligera tabla un instante; pronto el perro reequilibró su peso.
—Con cuidado, Spike —le dijo Pedro, controlando con desesperación una oleada de temor.
No quería que la confianza de Olivia en él se viera minada antes de haberle ofrecido el primer biberón. Por suerte, Spike era un motivo de distracción y la niña clavó en él la mirada. Por su parte, Spike olfateaba el aceite para niños, los polvos de talco y el pañal limpio que le estaban poniendo al bebé. Todo le resultaba muy curioso.
—Ya está —dijo triunfante mientras le metía las piernecitas en el pijama—. Ni tu madre lo podría hacer mejor.
Entonces los grandes ojos redondos de la niña se giraron para enfocarlo y Pedro percibió un cambio hostil en la situación, probablemente el germen de una lucha de voluntades. Algo se había alterado en el mundo de Olivia, y no estaba dispuesta a dejarse engañar. Le advirtió mientras le abrochaba los automáticos:
—Lo que viene ahora te va a parecer un poco raro. No hay nada en el mundo que pueda sustituir a mamá, pero en la vida hay cosas que tienes que aceptar, te gusten o no. Tú eliges entre las opciones que te he preparado. Procura comprender que todo esto es por tu bien.
La grave mirada que la niña devolvió a su padre ante aquella elocuente apelación estaba llena de suspicacia. Estaba nervioso ante la prueba, pero le había dicho la mismísima verdad. ¿Qué otra cosa podía hacer? La vida tenía a veces giros imprevistos. Había que adaptarse y continuar adelante. Él no había planeado ser padre, pero allí estaba, haciendo el papel de padre y madre a la vez. Tomó asiento, sosteniendo a Olivia con un brazo, y le puso una toalla bajo la barbilla para recoger las gotas que cayesen mientras cubría sus piernas con otra toalla mayor para prevenir otros posibles resultados.
—La temperatura es correcta, Pedro —le avisó Leandro.
—Muy bien. Vamos con el primer preparado. Tetina estrecha.
martes, 4 de julio de 2017
Paternidad Inesperada: Capítulo 34
Con ánimo resuelto, salió del salón para dirigirse al dormitorio. Olivia lloraba aún. La tomó de los brazos de la secretaria y se la colocó apoyada en un hombro, con lo que su orejita estaba muy cerca de su boca. Luego, poniendo una voz suave, dijo:
—Escúchame, niña.
Los llantos se detuvieron momentáneamente en un hipido, y Pedro la palmeó con suave aprobación en la espalda mientras le explicaba:
—Tenemos que llegar a un arreglo. Recuérdalo: estamos juntos en esto, tú y yo. Hicimos el daño, y ahora mamá está fuera de juego. Es más: tenemos que salir de esto con buena nota. Un claro eructo explotó cerca de su cuello.
—Eso está bien —la animó—. No te pongas ahora a llorar otra vez, que solo servirá para que tragues más aire. Puede que después de haber estado tomando el pecho de mamá, un biberón no sea lo que más te…
Un berrido agudo le comunicó alto y claro que esa información no era bien recibida. Se le erizó el vello de la nuca. El terror lo invadió, trató por todos los medios de rectificar su error, y fracasó miserablemente. Las palmaditas no calmaban a Olivia. Mecerla tampoco servía de nada. No prestaba la más mínima atención a sus aseveraciones de que todo iría bien si confiaba en él. Pataleaba y movía los puñitos cenados, tenía el rostro permanentemente contraído para berrear, y su cuerpo se revolvía ante cualquier intento de apaciguarla. Con un nuevo impulso de determinación, hizo por despejar su mente ante la invasión de aquel ruido paralizante. No había más que una salida para esa situación. Sus amigos le habían dicho que un vehículo en marcha actuaba como un tranquilizante para un niño. Tenía que llevarla al Range Rover, y salir a la carretera. Si no se calmaba, era imposible que llegara a tomarse un biberón. Y todavía le faltaba dar con la fórmula que le agraciase a su hija, y que no contaba con tener la suerte de acertar a la primera. El farmacéutico le había aconsejado que se llevara tres leches diferentes, para tener alternativas que ofrecerle a la niña. Y también había que probar con diferentes tetinas. Preparar y administrar biberones era un asunto complicado en el que necesitaba toda la cooperación de Olivia si quería buenos resultados. Puso a la enrabietada criatura en el moisés, y la sujetó bien fuerte con la manta. Aunque la niña hizo lo posible por destaparse, afortunadamente no se demoró en salir. La eficiente secretaria de Violeta le preparó la maleta de Paula mientras él llevaba todas las cosas de la niña al coche.
—Buena suerte —le dijo, muy sentidamente.
Pedro la saludó con la mano desde la ventanilla al arrancar. Pensaba que iba a necesitar toda la buena suerte de que pudiera disponer, pero también pensaba que admitirlo así hubiera sido una señal de debilidad. Y era el momento de mostrar una fuerza inalterable. Tenía que demostrar a Paula que era una sólida roca en la que se podía apoyar. Y Olivia también.
Mientras ponía rumbo a su casa tuvo que esforzarse por ignorar el llanto de la niña en el asiento de atrás. Le llevó un buen tramo del camino serenarse. Pero acabó bendiciendo en su interior a los amigos que le habían contado el truco del coche en movimiento. Aprovechando aquel momento de paz, empezó a planear el siguiente paso crucial. Ya tenía advertido a sus dos aprendices que iba a llevar a casa a su familia, y que le hacía falta su ayuda. Así que llamó a su casa desde el coche y habló con el mayor de ellos, Leandro, que fue quien atendió el teléfono.
—Llegaré en cuestión de minutos —le informó Pedro—. Paula ha tenido que ir al hospital, así que estoy solo con la cría. Necesito que me ayuden a sacar del coche todas las cosas de la niña y las metan en casa tan pronto como se pueda, así que estén atentos a mi llegada.
—Lo estaremos, Pedro. ¿Alguna otra cosa?
Pedro pensó deprisa.
- Sí. Busquen los cacharros más grandes que haya en la cocina, llenenlos de agua caliente y ponganlos a hervir al fuego. Es la manera más rápida de esterilizar las tetinas y los biberones.
—Muy bien.
—Por ahora, eso es todo.
Emplear a sus aprendices para aquella ocasión no era evadir su responsabilidad, se dijo. Él seguía siendo quien estaba al cargo, y, además, no había manera de saber cuándo se despertaría Olivia para pedir alimento. Había que ser rápido para complacerla. Si era posible. Leandro y Diego rondaban los veinte años, pero Pedro sabía que eran dignos de confianza, y meticulosos a la hora de seguir sus instrucciones. Compartían con el una innata predisposición a hacer bien las cosas, lo cual era un requisito importante para dedicarse a la restauración. Cualquiera que trabajase con él había de tener a orgullo hacer bien el trabajo. Se alegraba de que toda su batería de cocina fuese de acero inoxidable. Así no corrían riesgos. Ya le había dicho el farmacéutico que no usase cacharros de aluminio para la esterilización. Por supuesto, una vez que hubiera superado con éxito las primeras tomas, emplearía la solución esterilizante y las otras cosas que había comprado, pero eso llevaba seis horas. Había que salir primero de aquel trance, y después ya se establecería una rutina. Y tenía que seguir pensando de manera positiva. El desembarco se desarrolló con tanta eficacia como él esperaba.
—La llevaremos al comedor —dijo, mientras los chicos se apresuraban ya con las cosas de la niña: bañera, cambiador, pañales, los paquetes de la farmacia.
Mientras Pedro transportaba la canastilla con la niña, Spike se colocó automáticamente al otro lado, para vigilar al cachorro. El comedor comunicaba con la cocina. Allí solían almorzar por lo general los chicos. Tenía una sólida mesa de roble, rodeada de media docena de sillas. La televisión y un cómodo sillón reclinable completaban el mobiliario allí presente. Había espacio de sobra para desplegar la mesita, con los pañales y toda la parafernalia que la acompañaba. Soltó el moisés cerca de la televisión, apartada de donde iban a moverse ellos.
—Escúchame, niña.
Los llantos se detuvieron momentáneamente en un hipido, y Pedro la palmeó con suave aprobación en la espalda mientras le explicaba:
—Tenemos que llegar a un arreglo. Recuérdalo: estamos juntos en esto, tú y yo. Hicimos el daño, y ahora mamá está fuera de juego. Es más: tenemos que salir de esto con buena nota. Un claro eructo explotó cerca de su cuello.
—Eso está bien —la animó—. No te pongas ahora a llorar otra vez, que solo servirá para que tragues más aire. Puede que después de haber estado tomando el pecho de mamá, un biberón no sea lo que más te…
Un berrido agudo le comunicó alto y claro que esa información no era bien recibida. Se le erizó el vello de la nuca. El terror lo invadió, trató por todos los medios de rectificar su error, y fracasó miserablemente. Las palmaditas no calmaban a Olivia. Mecerla tampoco servía de nada. No prestaba la más mínima atención a sus aseveraciones de que todo iría bien si confiaba en él. Pataleaba y movía los puñitos cenados, tenía el rostro permanentemente contraído para berrear, y su cuerpo se revolvía ante cualquier intento de apaciguarla. Con un nuevo impulso de determinación, hizo por despejar su mente ante la invasión de aquel ruido paralizante. No había más que una salida para esa situación. Sus amigos le habían dicho que un vehículo en marcha actuaba como un tranquilizante para un niño. Tenía que llevarla al Range Rover, y salir a la carretera. Si no se calmaba, era imposible que llegara a tomarse un biberón. Y todavía le faltaba dar con la fórmula que le agraciase a su hija, y que no contaba con tener la suerte de acertar a la primera. El farmacéutico le había aconsejado que se llevara tres leches diferentes, para tener alternativas que ofrecerle a la niña. Y también había que probar con diferentes tetinas. Preparar y administrar biberones era un asunto complicado en el que necesitaba toda la cooperación de Olivia si quería buenos resultados. Puso a la enrabietada criatura en el moisés, y la sujetó bien fuerte con la manta. Aunque la niña hizo lo posible por destaparse, afortunadamente no se demoró en salir. La eficiente secretaria de Violeta le preparó la maleta de Paula mientras él llevaba todas las cosas de la niña al coche.
—Buena suerte —le dijo, muy sentidamente.
Pedro la saludó con la mano desde la ventanilla al arrancar. Pensaba que iba a necesitar toda la buena suerte de que pudiera disponer, pero también pensaba que admitirlo así hubiera sido una señal de debilidad. Y era el momento de mostrar una fuerza inalterable. Tenía que demostrar a Paula que era una sólida roca en la que se podía apoyar. Y Olivia también.
Mientras ponía rumbo a su casa tuvo que esforzarse por ignorar el llanto de la niña en el asiento de atrás. Le llevó un buen tramo del camino serenarse. Pero acabó bendiciendo en su interior a los amigos que le habían contado el truco del coche en movimiento. Aprovechando aquel momento de paz, empezó a planear el siguiente paso crucial. Ya tenía advertido a sus dos aprendices que iba a llevar a casa a su familia, y que le hacía falta su ayuda. Así que llamó a su casa desde el coche y habló con el mayor de ellos, Leandro, que fue quien atendió el teléfono.
—Llegaré en cuestión de minutos —le informó Pedro—. Paula ha tenido que ir al hospital, así que estoy solo con la cría. Necesito que me ayuden a sacar del coche todas las cosas de la niña y las metan en casa tan pronto como se pueda, así que estén atentos a mi llegada.
—Lo estaremos, Pedro. ¿Alguna otra cosa?
Pedro pensó deprisa.
- Sí. Busquen los cacharros más grandes que haya en la cocina, llenenlos de agua caliente y ponganlos a hervir al fuego. Es la manera más rápida de esterilizar las tetinas y los biberones.
—Muy bien.
—Por ahora, eso es todo.
Emplear a sus aprendices para aquella ocasión no era evadir su responsabilidad, se dijo. Él seguía siendo quien estaba al cargo, y, además, no había manera de saber cuándo se despertaría Olivia para pedir alimento. Había que ser rápido para complacerla. Si era posible. Leandro y Diego rondaban los veinte años, pero Pedro sabía que eran dignos de confianza, y meticulosos a la hora de seguir sus instrucciones. Compartían con el una innata predisposición a hacer bien las cosas, lo cual era un requisito importante para dedicarse a la restauración. Cualquiera que trabajase con él había de tener a orgullo hacer bien el trabajo. Se alegraba de que toda su batería de cocina fuese de acero inoxidable. Así no corrían riesgos. Ya le había dicho el farmacéutico que no usase cacharros de aluminio para la esterilización. Por supuesto, una vez que hubiera superado con éxito las primeras tomas, emplearía la solución esterilizante y las otras cosas que había comprado, pero eso llevaba seis horas. Había que salir primero de aquel trance, y después ya se establecería una rutina. Y tenía que seguir pensando de manera positiva. El desembarco se desarrolló con tanta eficacia como él esperaba.
—La llevaremos al comedor —dijo, mientras los chicos se apresuraban ya con las cosas de la niña: bañera, cambiador, pañales, los paquetes de la farmacia.
Mientras Pedro transportaba la canastilla con la niña, Spike se colocó automáticamente al otro lado, para vigilar al cachorro. El comedor comunicaba con la cocina. Allí solían almorzar por lo general los chicos. Tenía una sólida mesa de roble, rodeada de media docena de sillas. La televisión y un cómodo sillón reclinable completaban el mobiliario allí presente. Había espacio de sobra para desplegar la mesita, con los pañales y toda la parafernalia que la acompañaba. Soltó el moisés cerca de la televisión, apartada de donde iban a moverse ellos.
Paternidad Inesperada: Capítulo 33
Mientras le daba el número, Violeta lo iba marcando en el teléfono del coche.
—Pedro: soy Violeta. Escúchame sin hablar. No hay tiempo para conversaciones. Estoy llegando a la consulta del médico con Pau, que está mala. Tiene fiebre y le duelen los pechos. Tal vez tengan que ingresarla.
—¡Ingresarme! —exclamó Paula, que veía más negro el futuro por momentos.
Violeta no le hizo caso y siguió diciéndole a Pedro:
—¿Estás dispuesto a ayudar con la niña?
—Dime lo que hay que hacer, y lo haré —fue la rápida y decidida respuesta.
—Ve a una farmacia y compra cuanto necesites para alimentar a un recién nacido: leches en polvo, biberones, tetinas, solución esterilizante. Pregúntale al farmacéutico, él sabrá lo que necesitas. Puede que no haga falta, pero es mejor estar preparado. Siempre puedes cambiar lo que compres por otras cosas. La próxima toma es a las dos en punto, pero puede que Olivia la pida antes.
—Voy ahora mismo a la farmacia.
—Aguarda. Si Pau se queda en el hospital, ¿Puedes encargarte tú de la niña?
—Sí, no hay problema. Me la traeré a casa. Y a Paula también, si el médico se limita a recetarle algo. Yo cuidaré de las dos.
—¿Estás seguro de que te las podrás arreglar?
—Son mi familia. Gracias por avisarme, Violeta.
—He dejado a mi secretaria al cuidado de la niña en el departamento; la llamaré cuando sepa algo.
—Iré al departamento tan pronto tenga las cosas para Olivia.
—De acuerdo. Entonces, hasta luego.
Olivia. Pedro la había llamado Olivia. Paula se dijo que era una buena señal. Y la forma que había tenido de decir «mi familia»… No sabía por qué lloraba: Pedro tenía la mejor de las intenciones, pero era como si ella llevase dentro una fuente inagotable de lágrimas.
—El chico se está portando francamente bien, Pau —le dijo Violeta mientras estacionaba su BMW en el estacionamiento del centro médico—. Tiene corazón. Como directora de una agencia de bodas, he conocido a infinidad de novios, y te aseguro que Pedro destaca de entre ellos en bastantes aspectos.
—Gracias, Viole—atinó a decir Paula.
Ojalá hubiera recurrido a ella antes de llegar al lamentable estado en que se encontraba.
—Ahora, vayamos a ver al doctor.
Paula pensó que ya nada estaba en sus manos. El destino había vuelto a hacer que su vida diese un giro que ella no podía haber previsto, y sobre cuyo resultado no tenía ningún control. Dependía de Pedro hacer que las cosas salieran bien. Si tenía coraje suficiente.
La pequeña Oli gritaba a todo pulmón, y no escuchaba una sola palabra de lo que Pedro decía. Aunque él caminara arriba y abajo por el salón con ella en brazos, pasándole suavemente la mano por la espalda, no obtenía mejor resultado. La cría no admitía razones ni consuelo. Cuando estaba ya desesperado por tener noticias de Paula y nuevas instrucciones, sonó el teléfono.
—Ya contesto yo —le dijo a la secretaria de Violeta, pasándole enseguida al bebé—. Llévesela al dormitorio, y cierre la puerta. No quiero que Paula la oiga llorar y se preocupe. ¡Rápido! —tan pronto como la puerta se cerró, descolgó el teléfono—. Soy Pedro. ¿Cómo está Pau? —preguntó ansioso.
—Ha pasado lo peor que podía pasar. Tiene abscesos. El doctor le acaba de inyectar antibióticos y la ha enviado al hospital Royal North Shore. Estamos ya en camino, y esta tarde la verá el cirujano.
—¿El cirujano? —repitió Pedro alarmado.
—No es gran cosa. Incisión y drenaje. Bajo anestesia general.
—Eso podría sentarle bastante mal —dijo preocupado, con el estómago encogido ante lo que ella tenía que pasar.
—Ya está bastante mal. Probablemente la tengan en el hospital un par de días. ¿Tienes todo lo que necesitas para Olivia?
En ese momento fue cuando comprendió sobresaltado que iba a tener que arreglárselas él solo con la niña. No una o dos horas, sino ¡Un par de días! ¡Con sus noches! Sin poder recurrir a Paula en caso de emergencia. Ahora toda la responsabilidad era suya. Se esforzó en reprimir una incipiente sensación de pánico. ¿No era él el que repetía que ningún crío iba a poder con él?
—Lo tengo todo listo y preparado —respondió con firmeza, infundiendo confianza—. Dile a Pau que no se preocupe, que Olivia no podría tener un padre más competente. Yo me ocuparé de todo en este frente.
Así era como Paula la llamaba: Olivia. Y ahora que iba a tener que hacer de padre y madre, lo mejor sería llamarla también así, para duplicar sus armas.
—Bien —dijo Violeta al oírlo—. Me pasaré esta tarde a última hora por tu casa para quedarme con la niña, y así tú podrás ir al hospital a ver a Pau, y tranquilizarla. ¿Te parece?
El alivio se expandió por su interior. No estaba totalmente solo. Si hacía falta, Violeta lo ayudaría. Y también estaban Rodrigo y Nadia, y un montón de amigos a los que podía recurrir. El pánico retrocedió un tanto.
—Eso sería estupendo, Violeta. Dile a Pau que la quiero, y gracias otra vez —dijo, con sincera gratitud por su amistad y consideración.
Pedro colgó el auricular y respiró hondo repetidas veces para deshacer el nudo que se le había formado en el estómago y oxigenarse el cerebro. Iba a necesitar la cabeza fría y una constitución de hierro. La vida y el bienestar de la niña estaban en sus manos. De repente, pensó que recurrir a sus amistades para ocuparse de la niña podría ser tomado en este caso por Paula como una evasión de responsabilidad. De hecho, lo era. Olivia era su hija, y él le había dicho que nada de niñeras, que no iba a dejar que nadie se encargase de su hija. Esa sí que era la prueba definitiva. Ya podía manejar bien la situación o ella lo echaría para siempre de sus vidas. Y con toda razón. Si no podía actuar como un padre responsable durante una crisis, no se merecería nada más.
—Pedro: soy Violeta. Escúchame sin hablar. No hay tiempo para conversaciones. Estoy llegando a la consulta del médico con Pau, que está mala. Tiene fiebre y le duelen los pechos. Tal vez tengan que ingresarla.
—¡Ingresarme! —exclamó Paula, que veía más negro el futuro por momentos.
Violeta no le hizo caso y siguió diciéndole a Pedro:
—¿Estás dispuesto a ayudar con la niña?
—Dime lo que hay que hacer, y lo haré —fue la rápida y decidida respuesta.
—Ve a una farmacia y compra cuanto necesites para alimentar a un recién nacido: leches en polvo, biberones, tetinas, solución esterilizante. Pregúntale al farmacéutico, él sabrá lo que necesitas. Puede que no haga falta, pero es mejor estar preparado. Siempre puedes cambiar lo que compres por otras cosas. La próxima toma es a las dos en punto, pero puede que Olivia la pida antes.
—Voy ahora mismo a la farmacia.
—Aguarda. Si Pau se queda en el hospital, ¿Puedes encargarte tú de la niña?
—Sí, no hay problema. Me la traeré a casa. Y a Paula también, si el médico se limita a recetarle algo. Yo cuidaré de las dos.
—¿Estás seguro de que te las podrás arreglar?
—Son mi familia. Gracias por avisarme, Violeta.
—He dejado a mi secretaria al cuidado de la niña en el departamento; la llamaré cuando sepa algo.
—Iré al departamento tan pronto tenga las cosas para Olivia.
—De acuerdo. Entonces, hasta luego.
Olivia. Pedro la había llamado Olivia. Paula se dijo que era una buena señal. Y la forma que había tenido de decir «mi familia»… No sabía por qué lloraba: Pedro tenía la mejor de las intenciones, pero era como si ella llevase dentro una fuente inagotable de lágrimas.
—El chico se está portando francamente bien, Pau —le dijo Violeta mientras estacionaba su BMW en el estacionamiento del centro médico—. Tiene corazón. Como directora de una agencia de bodas, he conocido a infinidad de novios, y te aseguro que Pedro destaca de entre ellos en bastantes aspectos.
—Gracias, Viole—atinó a decir Paula.
Ojalá hubiera recurrido a ella antes de llegar al lamentable estado en que se encontraba.
—Ahora, vayamos a ver al doctor.
Paula pensó que ya nada estaba en sus manos. El destino había vuelto a hacer que su vida diese un giro que ella no podía haber previsto, y sobre cuyo resultado no tenía ningún control. Dependía de Pedro hacer que las cosas salieran bien. Si tenía coraje suficiente.
La pequeña Oli gritaba a todo pulmón, y no escuchaba una sola palabra de lo que Pedro decía. Aunque él caminara arriba y abajo por el salón con ella en brazos, pasándole suavemente la mano por la espalda, no obtenía mejor resultado. La cría no admitía razones ni consuelo. Cuando estaba ya desesperado por tener noticias de Paula y nuevas instrucciones, sonó el teléfono.
—Ya contesto yo —le dijo a la secretaria de Violeta, pasándole enseguida al bebé—. Llévesela al dormitorio, y cierre la puerta. No quiero que Paula la oiga llorar y se preocupe. ¡Rápido! —tan pronto como la puerta se cerró, descolgó el teléfono—. Soy Pedro. ¿Cómo está Pau? —preguntó ansioso.
—Ha pasado lo peor que podía pasar. Tiene abscesos. El doctor le acaba de inyectar antibióticos y la ha enviado al hospital Royal North Shore. Estamos ya en camino, y esta tarde la verá el cirujano.
—¿El cirujano? —repitió Pedro alarmado.
—No es gran cosa. Incisión y drenaje. Bajo anestesia general.
—Eso podría sentarle bastante mal —dijo preocupado, con el estómago encogido ante lo que ella tenía que pasar.
—Ya está bastante mal. Probablemente la tengan en el hospital un par de días. ¿Tienes todo lo que necesitas para Olivia?
En ese momento fue cuando comprendió sobresaltado que iba a tener que arreglárselas él solo con la niña. No una o dos horas, sino ¡Un par de días! ¡Con sus noches! Sin poder recurrir a Paula en caso de emergencia. Ahora toda la responsabilidad era suya. Se esforzó en reprimir una incipiente sensación de pánico. ¿No era él el que repetía que ningún crío iba a poder con él?
—Lo tengo todo listo y preparado —respondió con firmeza, infundiendo confianza—. Dile a Pau que no se preocupe, que Olivia no podría tener un padre más competente. Yo me ocuparé de todo en este frente.
Así era como Paula la llamaba: Olivia. Y ahora que iba a tener que hacer de padre y madre, lo mejor sería llamarla también así, para duplicar sus armas.
—Bien —dijo Violeta al oírlo—. Me pasaré esta tarde a última hora por tu casa para quedarme con la niña, y así tú podrás ir al hospital a ver a Pau, y tranquilizarla. ¿Te parece?
El alivio se expandió por su interior. No estaba totalmente solo. Si hacía falta, Violeta lo ayudaría. Y también estaban Rodrigo y Nadia, y un montón de amigos a los que podía recurrir. El pánico retrocedió un tanto.
—Eso sería estupendo, Violeta. Dile a Pau que la quiero, y gracias otra vez —dijo, con sincera gratitud por su amistad y consideración.
Pedro colgó el auricular y respiró hondo repetidas veces para deshacer el nudo que se le había formado en el estómago y oxigenarse el cerebro. Iba a necesitar la cabeza fría y una constitución de hierro. La vida y el bienestar de la niña estaban en sus manos. De repente, pensó que recurrir a sus amistades para ocuparse de la niña podría ser tomado en este caso por Paula como una evasión de responsabilidad. De hecho, lo era. Olivia era su hija, y él le había dicho que nada de niñeras, que no iba a dejar que nadie se encargase de su hija. Esa sí que era la prueba definitiva. Ya podía manejar bien la situación o ella lo echaría para siempre de sus vidas. Y con toda razón. Si no podía actuar como un padre responsable durante una crisis, no se merecería nada más.
sábado, 1 de julio de 2017
Paternidad Inesperada: Capítulo 32
El problema era grave, y ella no podía seguir haciendo como si no existiera. No iba a mejor, sino a peor, cada vez peor. Desde esa primera noche en que Olivia durmió de un tirón, no tenía bien los pechos. Y esa mañana habían sido una tortura las dos tomas. La semana pasada había estado usando el sacaleches para drenar el exceso de líquido. Dolía, pero había continuado haciéndolo hasta el día anterior. Tal vez la causa fuera su inexperiencia. Pero, cualquiera que fuese la razón, tenía ahora un bulto colorado y duro en cada pecho, hacia la axila, febril y extremadamente doloroso. No le hacía falta ponerse el termómetro para comprender que tenía fiebre. Y, para colmo, su hija no se quedaba tranquila después de mamar, como si no tomara ya lo suficiente. Sentía dolor incluso con levantar el moisés. Se dió cuenta de que no podría acercarse sola hasta la consulta del médico. Se le iba la cabeza a causa de la fiebre. Y podía ser peligroso si se caía. Por eso tomó la decisión más prudente, y llamó a Violeta, que estaba al lado, y que le haría ese favor sin dudarlo.
—Soy Paula—dijo, y, sin más preámbulo—: No me siento bien. Necesito tu ayuda.
—Enseguida voy.
Con un suspiro de alivio, colgó el teléfono. Violeta tenía la capacidad de cortar su efusividad cuando hacía falta actuar. Bajo la reina de las relaciones públicas, había un cerebro eficacísimo. Se presentó al cabo de unos instantes, irrumpiendo en el departamento cargada de determinación. Se dió la vuelta, mareada, desde la encimera en la cual se había apoyado para usar el teléfono. Violeta le echó una mirada, y luego la tomó del brazo y la condujo hasta el sillón más próximo. Le puso una mano en la frente y comenzó a interrogarla:
—¿Gripe? ¿El estómago? ¿Qué te ocurre?
Paula se puso a explicarle con voz entrecortada lo que le ocurría.
—Mastitis —diagnosticó Violeta—. Tienes una infección en los pechos. Incluso puede ser que haya abscesos. A mi hermana le sucedió lo mismo. Puede suceder al destetar a un niño.
—Pero si yo no pienso destetar a Olivia —se quejó Paula.
—Ya, pero ella se duerme. Es lo mismo. Si se pasa la noche sin mamar, tú acumulas leche. Tendrás que tomar antibióticos para combatir la infección, y tal vez tengan que darte además pastillas para dejar de producir leche. Hay que ir al médico ahora mismo.
Las lágrimas se agolpaban en los ojos de Paula.
—¿Me estás diciendo que ya no podré dar de mamar a Olivia?
—Eso depende de cómo sea de grave la infección. Pero los niños salen perfectamente adelante con los biberones, Pau. Ahora no es momento de pensar en lo que le conviene más a Olivia, sino en lo que te hace falta a tí.
Paula se sentía demasiado débil como para oponer resistencia a la actividad que Violeta ya había comenzado a desplegar.
Violeta llamó a su secretaria,que se presentó de inmediato con su bolso y las llaves del coche. Le dejó su teléfono móvil, con instrucciones para que atendiese las llamadas de trabajo. Así, la secretaria se quedaría en el departamento de Paula, al cuidado de la niña, y, si surgía algún problema, Violeta estaría localizable en el teléfono del automóvil o en la consulta del médico. En cuestión de minutos, Paula y su amiga estaban camino.
—¿Está Pedro al corriente? —preguntó Violeta.
—No.
—¿No le contaste que tenías problemas?
—No quería preocuparlo.
Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Paula y empezaron a correr por sus mejillas. El fin de semana pasado, Pedro había estado maravilloso, aunque no le hacía gracia verla emplear el sacaleches. Era palpable el rechazo que aquello le producía; aunque se limitara a fruncir el ceño, para ella era evidente que sentía que aquello no debería suceder. Así que le había puesto la excusa de que estaba sobrecargada de trabajo para no recibirlo las dos últimas noches, porque no quería que él presenciase su malestar. No cabía duda de que él le echaría a Olivia la culpa, y todo empezaría a torcerse. Tal vez fuese cobardía por parte de ella el evitar problemas que pudieran quitarle a Pedro las ganas de seguir adelante con la paternidad, pero había dejado de parecerle buena idea el poner a prueba su resolución. Seguramente, haber hecho el amor con él había sido un gran error. Pero lo deseaba tanto…
—Dame el número de teléfono de Pedro —ordenó Violeta.
—¿Para qué?
—Tú no puedes arreglártelas sola con esto, Pau.
—A otras madres solteras no les quedar más remedio —replicó.
—¿Qué sentido tiene ocultárselo? O puedes contar con Pedro, o no puedes. Es mejor descubrirlo ahora, Pau.
Lógica aplastante. Pero el temor de perderlo persistía.
—Solo son las once. Estará ocupado con su trabajo, y puede que esto no sea tan grave como crees, Viole.
Aquel optimismo desesperado recibió un bufido irónico.
—Tienes una fiebre de cuidado. Si Pedro no va a hacerse cargo de Oli cuando tú estés mala, no merece la pena quedarse con él —declaró Violeta, que no tenía el juicio nublado por el deseo—. Seguramente, a la niña va a haber que darle un biberón dentro de un rato, así que hará falta comprar todo lo necesario. Este es el momento en el que todos deben sumarse a la causa. Dame su teléfono.
A Paula le daba vueltas la cabeza. Había demasiadas cosas que hacer, y ella se sentía demasiado débil y atontada para hacerlas. Además, lo que Violeta acababa de decirle era la pura verdad: si Pedro no era capaz de apañárselas en esa situación, era un malísimo presagio para una vida compartida.
—Soy Paula—dijo, y, sin más preámbulo—: No me siento bien. Necesito tu ayuda.
—Enseguida voy.
Con un suspiro de alivio, colgó el teléfono. Violeta tenía la capacidad de cortar su efusividad cuando hacía falta actuar. Bajo la reina de las relaciones públicas, había un cerebro eficacísimo. Se presentó al cabo de unos instantes, irrumpiendo en el departamento cargada de determinación. Se dió la vuelta, mareada, desde la encimera en la cual se había apoyado para usar el teléfono. Violeta le echó una mirada, y luego la tomó del brazo y la condujo hasta el sillón más próximo. Le puso una mano en la frente y comenzó a interrogarla:
—¿Gripe? ¿El estómago? ¿Qué te ocurre?
Paula se puso a explicarle con voz entrecortada lo que le ocurría.
—Mastitis —diagnosticó Violeta—. Tienes una infección en los pechos. Incluso puede ser que haya abscesos. A mi hermana le sucedió lo mismo. Puede suceder al destetar a un niño.
—Pero si yo no pienso destetar a Olivia —se quejó Paula.
—Ya, pero ella se duerme. Es lo mismo. Si se pasa la noche sin mamar, tú acumulas leche. Tendrás que tomar antibióticos para combatir la infección, y tal vez tengan que darte además pastillas para dejar de producir leche. Hay que ir al médico ahora mismo.
Las lágrimas se agolpaban en los ojos de Paula.
—¿Me estás diciendo que ya no podré dar de mamar a Olivia?
—Eso depende de cómo sea de grave la infección. Pero los niños salen perfectamente adelante con los biberones, Pau. Ahora no es momento de pensar en lo que le conviene más a Olivia, sino en lo que te hace falta a tí.
Paula se sentía demasiado débil como para oponer resistencia a la actividad que Violeta ya había comenzado a desplegar.
Violeta llamó a su secretaria,que se presentó de inmediato con su bolso y las llaves del coche. Le dejó su teléfono móvil, con instrucciones para que atendiese las llamadas de trabajo. Así, la secretaria se quedaría en el departamento de Paula, al cuidado de la niña, y, si surgía algún problema, Violeta estaría localizable en el teléfono del automóvil o en la consulta del médico. En cuestión de minutos, Paula y su amiga estaban camino.
—¿Está Pedro al corriente? —preguntó Violeta.
—No.
—¿No le contaste que tenías problemas?
—No quería preocuparlo.
Las lágrimas volvieron a llenar los ojos de Paula y empezaron a correr por sus mejillas. El fin de semana pasado, Pedro había estado maravilloso, aunque no le hacía gracia verla emplear el sacaleches. Era palpable el rechazo que aquello le producía; aunque se limitara a fruncir el ceño, para ella era evidente que sentía que aquello no debería suceder. Así que le había puesto la excusa de que estaba sobrecargada de trabajo para no recibirlo las dos últimas noches, porque no quería que él presenciase su malestar. No cabía duda de que él le echaría a Olivia la culpa, y todo empezaría a torcerse. Tal vez fuese cobardía por parte de ella el evitar problemas que pudieran quitarle a Pedro las ganas de seguir adelante con la paternidad, pero había dejado de parecerle buena idea el poner a prueba su resolución. Seguramente, haber hecho el amor con él había sido un gran error. Pero lo deseaba tanto…
—Dame el número de teléfono de Pedro —ordenó Violeta.
—¿Para qué?
—Tú no puedes arreglártelas sola con esto, Pau.
—A otras madres solteras no les quedar más remedio —replicó.
—¿Qué sentido tiene ocultárselo? O puedes contar con Pedro, o no puedes. Es mejor descubrirlo ahora, Pau.
Lógica aplastante. Pero el temor de perderlo persistía.
—Solo son las once. Estará ocupado con su trabajo, y puede que esto no sea tan grave como crees, Viole.
Aquel optimismo desesperado recibió un bufido irónico.
—Tienes una fiebre de cuidado. Si Pedro no va a hacerse cargo de Oli cuando tú estés mala, no merece la pena quedarse con él —declaró Violeta, que no tenía el juicio nublado por el deseo—. Seguramente, a la niña va a haber que darle un biberón dentro de un rato, así que hará falta comprar todo lo necesario. Este es el momento en el que todos deben sumarse a la causa. Dame su teléfono.
A Paula le daba vueltas la cabeza. Había demasiadas cosas que hacer, y ella se sentía demasiado débil y atontada para hacerlas. Además, lo que Violeta acababa de decirle era la pura verdad: si Pedro no era capaz de apañárselas en esa situación, era un malísimo presagio para una vida compartida.
Paternidad Inesperada: Capítulo 31
—De acuerdo —dijo él, más animosamente, y le dió un beso, para no caer en el abatimiento. E, inmediatamente, con una sonrisa deslumbradora, le preguntó—. ¿Qué me dices de venirse las dos a pasar el fin de semana en mi casa? Así podré ejercer dos días seguidos de padre, y tú podrás tomar nota de qué tal lo hago.
La segunda persona del plural le sonó divinamente a ella, aunque le habría gustado que utilizara más el nombre de Olivia, pero, de momento, también ella tendría paciencia con él.
—Me parece muy bien —y, una vez puestos de acuerdo sobre eso, le pasó la mano por el cuello, pegándose a él.
Pedro no necesitaba más insinuación, así que al momento reanudaron las caricias recíprocas, que Paula disfrutó con la misma intensidad que antes, y aún más alegría, eliminada una de las grandes barreras mentales que sentía. Ojalá tuviera en su mano el acabar con la otra.
A la mañana siguiente, Pedro aprendió una importante lección: cuando se trata con bebés, el éxito puede convertirse en desastre en cuestión de minutos. Creía haber dado un gran paso porque la niña había dormido toda la noche de un tirón, tal y como su padre le había sugerido, dándole a mamá la oportunidad de descansar, amén de la de reencontrarse con la satisfacción que el amor físico entre un hombre y una mujer podía proporcionar. Pensaba que su niña era estupenda, que comprendía perfectamente el sentido de la cooperación y lo obedecía al pie de la letra. ¿Y qué pasó entonces? Pues que, por no haberse despertado para su toma de madrugada, para cuando sintió hambre, al amanecer, los pechos de Paula estaban tan rebosantes de leche que, al primer chupetón de la niña, se derramaron como un grifo en su garganta. La cría no podía tragar aquello, así que lo devolvió a borbotones, poniéndolo todo perdido. Se encargó de limpiar el desastre, y Paula acertó a tumbarse boca arriba, para dar de mamar a la niña en esa postura, con lo que el chorro no la atragantaba. Con eso quedó resuelto el problema de la alimentación de Olivia, pero no el de Paula, ya que la niña no podía beberse toda la leche extra que se había almacenado durante la noche en los pechos de su madre. Por eso, aun después de la toma, a ella le seguían doliendo.
—Tendré que usar un sacaleches —le dijo a Pedro, preocupada—. ¿Podrías buscar una farmacia de guardia y comprarme uno?
—Un sacaleches —repitió él, incrédulo.
Pedro se imaginaba algo parecido a lo que le aplicaban en las ubres a las vacas para ordeñarlas automáticamente. Lo había visto cuando estaba en el colegio, en una excursión didáctica a una granja. ¿Y Paula iba a tener que usar esa cosa tan horrible?
—Sí. Debería haber comprado uno, pero no contaba con que Oli empezase tan pronto a dormir por las noches de un tirón —aquello hizo que él se sintiese culpable.
—En Epping Road hay una farmacia abierta las veinticuatro horas, si no te importa acercarte.
—Claro que no. Tardaré como veinte minutos ¿Estarás bien, Pau? — preguntó ansioso.
—Sí, sí; ahora te traigo el dinero.
—Ya lo pagaré yo.
Aparte de su deseo de ayudarla, sabía que acababa de meter la pata, y se sentía muy culpable. Paula llevaba razón al decir que los seres humanos eran más complicados de lo que él pensaba. Mientras conducía el Range Rover, continuaba culpándose por no haber previsto las consecuencias de su iniciativa con la pequeña Oli. Y qué iba a prever la pobrecita; por fiarse de lo que le había dicho su papá, casi se había ahogado con la leche de su madre. Al parecer, aquello era como cuando se cambia… algo del medio ambiente, por pequeño que sea, y se produce una reacción en cadena, que concluye en desastre. ¡Craso error el suyo! Menos mal que Paula no sabía nada de la conversación que él había tenido con su hija, porque, si no, tendría en esos momentos un punto negro en su contra. Probablemente, a ella le habría parecido egoísta su actitud, al restringir las necesidades de la niña para disponer de más tiempo con ella, y no le faltaría razón, en parte. Pero él no había querido causar ningún daño. Aquello había sido todo un escarmiento, y pensaba ser mucho más prudente en el futuro al tratar de arreglar las cosas. Por suerte era sábado y había poco tráfico en Epping Road a aquellas horas de la mañana. Llegó pronto al centro comercial y dio con la farmacia de guardia. Llamó al timbre y, cuando el farmacéutico acudió, le contó el problema. Sintió bastante alivio al ver que el sacaleches resultaba ser relativamente pequeño y fácil de usar.
—La aconsejo que se lleve también un tarro de crema —dijo el farmacéutico.
—¿Y eso para qué?
—El sacaleches puede irritarle los pezones a su esposa. Ya los tendrá bastante sensibles, y, si se le hacen grietas, le dolerán bastante. Lo mejor es que se aplique una buena crema.
¡Grietas en los pezones! La cosa iba de mal en peor. ¡Qué tremendo error!
—De acuerdo, me llevo un tarro. ¿Puede hacernos falta alguna otra cosa?
—No. Si se cuida, debería mejorar. Si no fuera así, debe consultar a un médico.
—Me encargaré de que se cuide —aseguró Pedro, que detestaba la idea de que, a consecuencia de su actuación, Paula acabase en el médico.
Mientras pagaba y recogía las cosas, pensó que nada era sencillo, que los bebés podían complicar el curso normal de los acontecimientos. Lo había visto con sus amistades, sin darse cuenta de lo complejo que podía llegar a ser. Siempre había pensado que la clave era mantener el control, no permitir que se hicieran con él los pequeños mo… mocosos, pero ya iba viendo que el control no era tan fácil de definir. Iba a tener que dedicarle más interés y reflexión.
Una vez de regreso hacia Lane Cove en el Range Rover, decidió que tenía que hacer realmente bien las cosas, una vez embarcado en la crianza de un bebé. Nada de nuevos ardides sin calcular cuáles podían ser los resultados: no podía permitirse que Paula lo pillase en muchos errores. Después de esa noche, estaba seguro de que las puertas estaban abiertas para él, y no iba a ser él precisamente quien se las cerrase en las narices. Al menos contaba con el fin de semana entero para arreglar su equivocación. Si llegaba a conocer a los padres de ella, pensaba decirles un par de cosas; qué era eso de no haberla deseado y hacerla pasar tan malos ratos. Al menos a él simplemente lo habían ignorado; en comparación, era para considerase afortunado. Ella había llevado peor parte. No era de extrañar que necesitase mucha seguridad. En cuanto a la pequeña Oli, se imaginaba que no tendría grandes problemas con ella. Era buena, y escuchaba a su padre como un buen soldado. Tendría que encontrar un momento para hablar a solas con ella y explicarle que había cambio de estrategia, y debía volver a su antiguo horario de tomas. Y esa noche… bueno, esa noche solamente abrazaría a Paula. A menos que ella quisiera algo más, en cuyo caso no sería él quien la dejara con las ganas. El farmacéutico había dado por sentado que se trataba de su esposa, y estaba decidido a hacer de eso una realidad tan pronto como pudiera. Seguramente a Paula no le llevaría mucho tiempo descubrir que él no era como su padre. Ni como el suyo tampoco. Lo único que le hacía falta era un mayor entendimiento con la pequeña Oli. Los niños tenían un instinto especial para saber lo que les convenía. Era una sencilla cuestión de lógica: una niña necesitaba un padre y, evidentemente, él era el adecuado. Deseaba ansiosamente que todo fuera, en efecto, así de sencillo.
La segunda persona del plural le sonó divinamente a ella, aunque le habría gustado que utilizara más el nombre de Olivia, pero, de momento, también ella tendría paciencia con él.
—Me parece muy bien —y, una vez puestos de acuerdo sobre eso, le pasó la mano por el cuello, pegándose a él.
Pedro no necesitaba más insinuación, así que al momento reanudaron las caricias recíprocas, que Paula disfrutó con la misma intensidad que antes, y aún más alegría, eliminada una de las grandes barreras mentales que sentía. Ojalá tuviera en su mano el acabar con la otra.
A la mañana siguiente, Pedro aprendió una importante lección: cuando se trata con bebés, el éxito puede convertirse en desastre en cuestión de minutos. Creía haber dado un gran paso porque la niña había dormido toda la noche de un tirón, tal y como su padre le había sugerido, dándole a mamá la oportunidad de descansar, amén de la de reencontrarse con la satisfacción que el amor físico entre un hombre y una mujer podía proporcionar. Pensaba que su niña era estupenda, que comprendía perfectamente el sentido de la cooperación y lo obedecía al pie de la letra. ¿Y qué pasó entonces? Pues que, por no haberse despertado para su toma de madrugada, para cuando sintió hambre, al amanecer, los pechos de Paula estaban tan rebosantes de leche que, al primer chupetón de la niña, se derramaron como un grifo en su garganta. La cría no podía tragar aquello, así que lo devolvió a borbotones, poniéndolo todo perdido. Se encargó de limpiar el desastre, y Paula acertó a tumbarse boca arriba, para dar de mamar a la niña en esa postura, con lo que el chorro no la atragantaba. Con eso quedó resuelto el problema de la alimentación de Olivia, pero no el de Paula, ya que la niña no podía beberse toda la leche extra que se había almacenado durante la noche en los pechos de su madre. Por eso, aun después de la toma, a ella le seguían doliendo.
—Tendré que usar un sacaleches —le dijo a Pedro, preocupada—. ¿Podrías buscar una farmacia de guardia y comprarme uno?
—Un sacaleches —repitió él, incrédulo.
Pedro se imaginaba algo parecido a lo que le aplicaban en las ubres a las vacas para ordeñarlas automáticamente. Lo había visto cuando estaba en el colegio, en una excursión didáctica a una granja. ¿Y Paula iba a tener que usar esa cosa tan horrible?
—Sí. Debería haber comprado uno, pero no contaba con que Oli empezase tan pronto a dormir por las noches de un tirón —aquello hizo que él se sintiese culpable.
—En Epping Road hay una farmacia abierta las veinticuatro horas, si no te importa acercarte.
—Claro que no. Tardaré como veinte minutos ¿Estarás bien, Pau? — preguntó ansioso.
—Sí, sí; ahora te traigo el dinero.
—Ya lo pagaré yo.
Aparte de su deseo de ayudarla, sabía que acababa de meter la pata, y se sentía muy culpable. Paula llevaba razón al decir que los seres humanos eran más complicados de lo que él pensaba. Mientras conducía el Range Rover, continuaba culpándose por no haber previsto las consecuencias de su iniciativa con la pequeña Oli. Y qué iba a prever la pobrecita; por fiarse de lo que le había dicho su papá, casi se había ahogado con la leche de su madre. Al parecer, aquello era como cuando se cambia… algo del medio ambiente, por pequeño que sea, y se produce una reacción en cadena, que concluye en desastre. ¡Craso error el suyo! Menos mal que Paula no sabía nada de la conversación que él había tenido con su hija, porque, si no, tendría en esos momentos un punto negro en su contra. Probablemente, a ella le habría parecido egoísta su actitud, al restringir las necesidades de la niña para disponer de más tiempo con ella, y no le faltaría razón, en parte. Pero él no había querido causar ningún daño. Aquello había sido todo un escarmiento, y pensaba ser mucho más prudente en el futuro al tratar de arreglar las cosas. Por suerte era sábado y había poco tráfico en Epping Road a aquellas horas de la mañana. Llegó pronto al centro comercial y dio con la farmacia de guardia. Llamó al timbre y, cuando el farmacéutico acudió, le contó el problema. Sintió bastante alivio al ver que el sacaleches resultaba ser relativamente pequeño y fácil de usar.
—La aconsejo que se lleve también un tarro de crema —dijo el farmacéutico.
—¿Y eso para qué?
—El sacaleches puede irritarle los pezones a su esposa. Ya los tendrá bastante sensibles, y, si se le hacen grietas, le dolerán bastante. Lo mejor es que se aplique una buena crema.
¡Grietas en los pezones! La cosa iba de mal en peor. ¡Qué tremendo error!
—De acuerdo, me llevo un tarro. ¿Puede hacernos falta alguna otra cosa?
—No. Si se cuida, debería mejorar. Si no fuera así, debe consultar a un médico.
—Me encargaré de que se cuide —aseguró Pedro, que detestaba la idea de que, a consecuencia de su actuación, Paula acabase en el médico.
Mientras pagaba y recogía las cosas, pensó que nada era sencillo, que los bebés podían complicar el curso normal de los acontecimientos. Lo había visto con sus amistades, sin darse cuenta de lo complejo que podía llegar a ser. Siempre había pensado que la clave era mantener el control, no permitir que se hicieran con él los pequeños mo… mocosos, pero ya iba viendo que el control no era tan fácil de definir. Iba a tener que dedicarle más interés y reflexión.
Una vez de regreso hacia Lane Cove en el Range Rover, decidió que tenía que hacer realmente bien las cosas, una vez embarcado en la crianza de un bebé. Nada de nuevos ardides sin calcular cuáles podían ser los resultados: no podía permitirse que Paula lo pillase en muchos errores. Después de esa noche, estaba seguro de que las puertas estaban abiertas para él, y no iba a ser él precisamente quien se las cerrase en las narices. Al menos contaba con el fin de semana entero para arreglar su equivocación. Si llegaba a conocer a los padres de ella, pensaba decirles un par de cosas; qué era eso de no haberla deseado y hacerla pasar tan malos ratos. Al menos a él simplemente lo habían ignorado; en comparación, era para considerase afortunado. Ella había llevado peor parte. No era de extrañar que necesitase mucha seguridad. En cuanto a la pequeña Oli, se imaginaba que no tendría grandes problemas con ella. Era buena, y escuchaba a su padre como un buen soldado. Tendría que encontrar un momento para hablar a solas con ella y explicarle que había cambio de estrategia, y debía volver a su antiguo horario de tomas. Y esa noche… bueno, esa noche solamente abrazaría a Paula. A menos que ella quisiera algo más, en cuyo caso no sería él quien la dejara con las ganas. El farmacéutico había dado por sentado que se trataba de su esposa, y estaba decidido a hacer de eso una realidad tan pronto como pudiera. Seguramente a Paula no le llevaría mucho tiempo descubrir que él no era como su padre. Ni como el suyo tampoco. Lo único que le hacía falta era un mayor entendimiento con la pequeña Oli. Los niños tenían un instinto especial para saber lo que les convenía. Era una sencilla cuestión de lógica: una niña necesitaba un padre y, evidentemente, él era el adecuado. Deseaba ansiosamente que todo fuera, en efecto, así de sencillo.
Paternidad Inesperada: Capítulo 30
—Ah… —sin prisa, Paula se arrimó a él, estirándose, pegándosele aún más, disfrutando de cada segundo de compartir el lecho con él—. Me podría quedar aquí para siempre —murmuró.
—Ayudaría mucho que te casaras conmigo —aprovechó para decir Pedro.
Como si ella no lo supiera.
—No es tan fácil, Pepe—le dijo, con pesar.
—Ya verás cómo haremos que sea fácil, Pau. Tenemos a Violeta para organizarlo todo. Yo le pagaré encantado.
—No me refería a las gestiones.
—¿Y entonces a qué? —al preguntárselo, Pedro la hizo darse la vuelta, y él, por su parte, se tendió a su lado, para poder verle la cara y ver su expresión—. Dime cuál es el problema, Pau —insistió, con delicadeza.
Había que contar la verdad, y era lo que ella prefería. Si entre ellos iba a existir intimidad, tenía que haber también sinceridad. Tenía que confiar en que Pedro la entendería, y se haría cargo de la historia que ella arrastraba.
—Esto viene de muy lejos, Pepe—le dijo.
—Te escucho.
Y ella se lo contó todo, sin omitir nada. Las constantes riñas entre sus padres, el resentimiento de ambos al verse atrapados por la responsabilidad de cuidar de una criatura que ninguno de los dos deseaba, la repugnancia que sentía a pedirles nada, la mortificación de tenerse que esconder ante cada pelea, el tratar de ser lo menos visible que pudiera, la radical soledad de quien no se siente aceptada, ni siquiera por su abuela, que la acogió por obligación; El recuerdo de la actitud de su madre y de su abuela no la afectaba tanto. Sabía que de ella su hija no iba a recibir sentimientos negativos. Pero la parte del padre, el dolor de verse rechazada por él, eso seguía vivo y presente en su memoria.
—A mi padre le estorbé siempre, Pepe. Cada cosa que hacía conmigo le parecía un fastidio. Me consideraba una molestia.
—¿Te llegó a pegar? —le preguntó Pedro.
—Alguna bofetada me dió, pero no fue eso lo que me hizo daño. El daño venía de su actitud hacia mí. Sencillamente, le habría gustado verse libre de mí.
—No debería haberse casado con tu madre. Ahí se equivocó. Y tú, desde luego, habrías sido mucho más feliz viviendo con otra familia que quisiera adoptarte, Pau.
Ella suspiró profundamente. Al parecer, Pedro no se daba cuenta de que todo lo que decía debía aplicárselo a sí mismo.
—Pedro, tú tampoco querías tener hijos.
Él puso cara de pocos amigos al oírlo.
—¿Tú crees que yo me comportaría así con nuestra hija?
—No quiero que Olivia llegue jamás a sentir lo que a mí me hicieron sentir, Pepe—le dijo, muy seria—. Ya sé que tú tienes buena intención, y que te has portado muy bien con ella, pero tengo mucho miedo de que no puedas seguir haciendo ese esfuerzo.
Y él se quedó un rato callado, meditando, sin dejar de mirarla, y reflejando en su expresión la tristeza de ella, haciéndola suya, admitiendo las dudas que ella confesaba.
—Me he cavado yo solito la fosa, ¿Verdad? —le dijo, al fin—. Pero qué bocazas se puede llegar a ser.
Paula, muy aliviada al ver que él no se sentía injuriado, le contestó, acariciándole el rostro:
—Yo te quiero, Pepe. Eres una persona maravillosa. Y no quiero embarcarte en la aventura de ser padre, si tú no tienes inclinación por serlo. Sobre todo, porque terminaríamos sufriendo todos.
—Entiendo a qué te refieres —contestó él, asintiendo—pero, sinceramente, no me parece que tengas motivo para temer, Pau. No te prometo que no me vaya a equivocar, porque esto es todo nuevo para mí…
—Para los dos —intervino ella.
Y él le puso suavemente un dedo sobre los labios y siguió hablando, firme, y, al mismo tiempo, casi suplicante.
—Lo que sí te puedo prometer es que nunca haré ni diré nada, por lo menos a sabiendas, que haga sentirse a nuestra hija no deseada o no aceptada. Yo también he pasado por eso, y te juro que no le haría eso a ningún hijo mío.
No cabía duda de que era sincero. Paula se acordó de lo que había dicho sobre criarse con niñeras y que luego lo despacharan al internado en cuanto fue admitido.
—Por favor, no te preocupes —siguió él, con más fuerza—. La pequeña Oli va a tener un sitio propio en nuestras vidas, y va a ser consciente de eso, desde el primer momento. Y, si no, piensa en Spike.
Este último comentario la confundió.
—¿Qué tiene que ver nuestra hija con el perro?
—Cuando lo llevé a casa del albergue para animales, estaba muerto de miedo, porque lo habían maltratado. Quienquiera que fuese su dueño lo había dejado sin ánimo, sin vitalidad. Pero, como yo le he dado confianza en sí mismo, ahora cree que es mi socio, o algo por el estilo.
A ella no le quedó más remedio que sonreír.
—Oli no es un cachorro, Pedro, y los seres humanos son un poquito más complicados.
—A lo mejor —dijo él, gravemente—, los seres humanos complicamos algunas cosas que valdría más que siguieran siendo sencillas.
—A lo mejor. De todos modos, nos conviene tener un poco de paciencia. No tenemos por qué casarnos precipitadamente.
—Bien —contestó Pedro, con un profundo suspiro—, pero seguir viviendo separados no me deja muchas oportunidades de demostrarte que puedo ser un buen padre, Pau.
Tenía toda la razón, pero ella no podía resolverse todavía a comprometerse con él.
—Ten paciencia, Pepe —le rogó—; me hace falta más tiempo. He tenido que vivir con las consecuencias de las prisas de mis padres por casarse. No quiero arrepentirme el resto de mi vida.
—Ayudaría mucho que te casaras conmigo —aprovechó para decir Pedro.
Como si ella no lo supiera.
—No es tan fácil, Pepe—le dijo, con pesar.
—Ya verás cómo haremos que sea fácil, Pau. Tenemos a Violeta para organizarlo todo. Yo le pagaré encantado.
—No me refería a las gestiones.
—¿Y entonces a qué? —al preguntárselo, Pedro la hizo darse la vuelta, y él, por su parte, se tendió a su lado, para poder verle la cara y ver su expresión—. Dime cuál es el problema, Pau —insistió, con delicadeza.
Había que contar la verdad, y era lo que ella prefería. Si entre ellos iba a existir intimidad, tenía que haber también sinceridad. Tenía que confiar en que Pedro la entendería, y se haría cargo de la historia que ella arrastraba.
—Esto viene de muy lejos, Pepe—le dijo.
—Te escucho.
Y ella se lo contó todo, sin omitir nada. Las constantes riñas entre sus padres, el resentimiento de ambos al verse atrapados por la responsabilidad de cuidar de una criatura que ninguno de los dos deseaba, la repugnancia que sentía a pedirles nada, la mortificación de tenerse que esconder ante cada pelea, el tratar de ser lo menos visible que pudiera, la radical soledad de quien no se siente aceptada, ni siquiera por su abuela, que la acogió por obligación; El recuerdo de la actitud de su madre y de su abuela no la afectaba tanto. Sabía que de ella su hija no iba a recibir sentimientos negativos. Pero la parte del padre, el dolor de verse rechazada por él, eso seguía vivo y presente en su memoria.
—A mi padre le estorbé siempre, Pepe. Cada cosa que hacía conmigo le parecía un fastidio. Me consideraba una molestia.
—¿Te llegó a pegar? —le preguntó Pedro.
—Alguna bofetada me dió, pero no fue eso lo que me hizo daño. El daño venía de su actitud hacia mí. Sencillamente, le habría gustado verse libre de mí.
—No debería haberse casado con tu madre. Ahí se equivocó. Y tú, desde luego, habrías sido mucho más feliz viviendo con otra familia que quisiera adoptarte, Pau.
Ella suspiró profundamente. Al parecer, Pedro no se daba cuenta de que todo lo que decía debía aplicárselo a sí mismo.
—Pedro, tú tampoco querías tener hijos.
Él puso cara de pocos amigos al oírlo.
—¿Tú crees que yo me comportaría así con nuestra hija?
—No quiero que Olivia llegue jamás a sentir lo que a mí me hicieron sentir, Pepe—le dijo, muy seria—. Ya sé que tú tienes buena intención, y que te has portado muy bien con ella, pero tengo mucho miedo de que no puedas seguir haciendo ese esfuerzo.
Y él se quedó un rato callado, meditando, sin dejar de mirarla, y reflejando en su expresión la tristeza de ella, haciéndola suya, admitiendo las dudas que ella confesaba.
—Me he cavado yo solito la fosa, ¿Verdad? —le dijo, al fin—. Pero qué bocazas se puede llegar a ser.
Paula, muy aliviada al ver que él no se sentía injuriado, le contestó, acariciándole el rostro:
—Yo te quiero, Pepe. Eres una persona maravillosa. Y no quiero embarcarte en la aventura de ser padre, si tú no tienes inclinación por serlo. Sobre todo, porque terminaríamos sufriendo todos.
—Entiendo a qué te refieres —contestó él, asintiendo—pero, sinceramente, no me parece que tengas motivo para temer, Pau. No te prometo que no me vaya a equivocar, porque esto es todo nuevo para mí…
—Para los dos —intervino ella.
Y él le puso suavemente un dedo sobre los labios y siguió hablando, firme, y, al mismo tiempo, casi suplicante.
—Lo que sí te puedo prometer es que nunca haré ni diré nada, por lo menos a sabiendas, que haga sentirse a nuestra hija no deseada o no aceptada. Yo también he pasado por eso, y te juro que no le haría eso a ningún hijo mío.
No cabía duda de que era sincero. Paula se acordó de lo que había dicho sobre criarse con niñeras y que luego lo despacharan al internado en cuanto fue admitido.
—Por favor, no te preocupes —siguió él, con más fuerza—. La pequeña Oli va a tener un sitio propio en nuestras vidas, y va a ser consciente de eso, desde el primer momento. Y, si no, piensa en Spike.
Este último comentario la confundió.
—¿Qué tiene que ver nuestra hija con el perro?
—Cuando lo llevé a casa del albergue para animales, estaba muerto de miedo, porque lo habían maltratado. Quienquiera que fuese su dueño lo había dejado sin ánimo, sin vitalidad. Pero, como yo le he dado confianza en sí mismo, ahora cree que es mi socio, o algo por el estilo.
A ella no le quedó más remedio que sonreír.
—Oli no es un cachorro, Pedro, y los seres humanos son un poquito más complicados.
—A lo mejor —dijo él, gravemente—, los seres humanos complicamos algunas cosas que valdría más que siguieran siendo sencillas.
—A lo mejor. De todos modos, nos conviene tener un poco de paciencia. No tenemos por qué casarnos precipitadamente.
—Bien —contestó Pedro, con un profundo suspiro—, pero seguir viviendo separados no me deja muchas oportunidades de demostrarte que puedo ser un buen padre, Pau.
Tenía toda la razón, pero ella no podía resolverse todavía a comprometerse con él.
—Ten paciencia, Pepe —le rogó—; me hace falta más tiempo. He tenido que vivir con las consecuencias de las prisas de mis padres por casarse. No quiero arrepentirme el resto de mi vida.
Paternidad Inesperada: Capítulo 29
—Qué suave eres —y, mientras se balanceaba imperceptiblemente, con ella abrazada, pasaba su mejilla contra el cabello de Paula. Y, como si su movimiento transmitiera la exaltación que sentía, el corazón de ella se puso a hacer piruetas. Pedro respiró profundamente, como si no hubiera notado hasta entonces lo dulce que podía ser el aire—. Y qué bien hueles —añadió, con un suspiro.
—Y tú también —susurró ella.
—Me muero por probarte toda, Pau.
—Sí, por favor.
Le enlazó el cuello con los brazos y se tensó contra él, deleitándose con la resistencia que los músculos de Pedro le ofrecían, llenos de fuerza e irradiando calor. Su mirada era una pura provocación, y sus labios estaban ya entreabiertos. Sentía la necesidad de verse arrastrada a una furiosa vorágine de pasión, de entregarse a un bombardeo de sensaciones, que anularan el sentido común, que todo fuera retrocediendo, dejándolos solo y a ella, hombre y mujer, fundidos en una apoteosis sensual. Salió al encuentro de su boca y lo besó con ansia, con hambre. Sus lenguas bailaban, se adentraban, giraban, cambiaban constantemente de ritmo, siguiéndose la una a la otra, creando una palpitante danza, que era todo un anticipo de la culminación que buscaban. Movió las caderas provocativamente contra las de él, y las manos de Pedro fueron a fijarse en las nalgas de ella, para incitarla a un contacto aún más atrevido. Que era intensamente excitante. Él dejó un momento de besarla.
—Esto va demasiado rápido —dijo, con un gemido.
—No para mí —contestó Paula.
Él la llevó inmediatamente a la cama y le abrió la bata. En contraste con el ímpetu con el que la despojó de la ropa, sus manos, sin perder rapidez, se volvieron tiernas, casi tímidas, al tomarle los pechos, apreciando su peso y todos los cambios que los hacían nuevos para él.
—El hechizo de una mujer —susurró, y empezó a recorrer con su lengua el contorno ampliado de sus aréolas, provocando cuchilladas de placer en Paula, que la inmovilizaran por completo durante unos segundos, antes de que la urgencia por tocarlo a él la reanimara. Le sacó el polo de los pantalones, y con eso basta para que él abandonara su caricia y pasara a despojarse a toda velocidad de su ropa. El placer de la mutua contemplación vino a sumarse al placentero reconocimiento de los cuerpos, al delicioso fuego que despertaba el contacto.
—Nunca he dejado de acordarme de tí —murmuró Paula— pero solo al tocarte te recuerdo de verdad.
—Va a ser de verdad, Pau, y no vas a tener más ocasión de recordar.
Y empezó a cubrirla de besos, inocentes al principio, y que luego tomaban y daban alternativamente, acariciaban y atormentaban. Y ella se enardecía bajo la voluptuosidad de sus labios y su lengua, ofreciéndosele para que hiciera lo que su pasión le dictara. Todos los puntos sensibles de su cuerpo experimentaban breves espasmos, hasta que el beso más íntimo la llevó el éxtasis, exasperando su deseo de sentirlo dentro de ella. Le clavó las uñas en los hombros.
—Penétrame, Pepe. Ya.
Y él se lanzó dentro de ella mientras lo rodeaba con las piernas, lo abarcaba, lo recibía, con el intenso ritmo de la posesión transportándolos a ambos a un mundo en el que ninguno de los dos existía sin el otro y el deseo hallaba respuesta y satisfacción en el salvaje calor de dar y recibir. Oleada tras oleada de exquisito placer convulsionaron el cuerpo de ella, borrando los recuerdos, convirtiendo los sueños en una vibrante realidad que iba más allá de la imaginación. El amor tenía muchas formas, pero aquel tenía el corazón, cuerpo y alma de él. En su clímax final, pudo sentir a la vez el desbordamiento del orgasmo de Pedro; los brazos de Paula lo enlazaron, para sellar así, una vez más, con un beso su unión. Era su hombre, el único que la había hecho sentir esta mezcla increíble de fragilidad y fuerza, el único capaz de despertar una fe en él que la permitía entregarse, reconocer su vulnerabilidad, y trascenderla, alcanzando junto a él un éxtasis que, paradójicamente, la hacía sentirse invencible.
—Pepe… —su nombre se le escapó en un suspiro de felicidad, mientras lo abrazaba estrechamente.
—Tú y yo, Pau —murmuró él, rodeándola a su vez con sus brazos y llevándola consigo al cambiar de postura, tendiéndose boca arriba—. No hay nada que pueda ser tan maravilloso como esto —terminó su frase.
Y ella se sintió mágicamente invulnerable, al percibir el entusiasmo de él.
—Entonces, ¿Te ha gustado? —le preguntó, no porque necesitara que se lo confirmara, pero deseando oírlo.
Y Pedro se echó a reír, con una risa cargada de ecos del placer que sentía.
—Sí, amor mío, me ha gustado. Me ha gustado como no podría gustarme ninguna otra cosa del mundo.
—Para mí ha sido maravilloso.
Y siguieron un rato así, sencillamente gozando del placer de estar juntos. Ella adoraba pasar las piernas a lo largo de las de Pedro. Igual que sentir, bajo el ancho pecho masculino, el suave latido de su corazón. Pasó sus dedos por los sitios que sabía eran especialmente sensibles y fue recompensado por un gruñido de placer. Él le pasó las uñas por la espalda, rascándole ligeramente la piel, y haciéndola sentirse como una gatita felíz. Tenía ganas de ronronear. Era una cosa que él no se cansaba de hacerle, ni ella de que se lo hiciera. Estar desnuda junto a él encerraba una considerable variedad de placeres.
—Me gusta tu loción del afeitado —le dijo.
—Se llama Obsesión —aunque no le veía la cara, Paula le notó la sonrisa—, verás, eso es lo que quiero despertar en tí.
Ella se echó a reír.
—Pues funciona. Y te advierto que el nombre de mi perfume significa «hechizo».
—Y tú me tienes cautivado.
—Y tú también —susurró ella.
—Me muero por probarte toda, Pau.
—Sí, por favor.
Le enlazó el cuello con los brazos y se tensó contra él, deleitándose con la resistencia que los músculos de Pedro le ofrecían, llenos de fuerza e irradiando calor. Su mirada era una pura provocación, y sus labios estaban ya entreabiertos. Sentía la necesidad de verse arrastrada a una furiosa vorágine de pasión, de entregarse a un bombardeo de sensaciones, que anularan el sentido común, que todo fuera retrocediendo, dejándolos solo y a ella, hombre y mujer, fundidos en una apoteosis sensual. Salió al encuentro de su boca y lo besó con ansia, con hambre. Sus lenguas bailaban, se adentraban, giraban, cambiaban constantemente de ritmo, siguiéndose la una a la otra, creando una palpitante danza, que era todo un anticipo de la culminación que buscaban. Movió las caderas provocativamente contra las de él, y las manos de Pedro fueron a fijarse en las nalgas de ella, para incitarla a un contacto aún más atrevido. Que era intensamente excitante. Él dejó un momento de besarla.
—Esto va demasiado rápido —dijo, con un gemido.
—No para mí —contestó Paula.
Él la llevó inmediatamente a la cama y le abrió la bata. En contraste con el ímpetu con el que la despojó de la ropa, sus manos, sin perder rapidez, se volvieron tiernas, casi tímidas, al tomarle los pechos, apreciando su peso y todos los cambios que los hacían nuevos para él.
—El hechizo de una mujer —susurró, y empezó a recorrer con su lengua el contorno ampliado de sus aréolas, provocando cuchilladas de placer en Paula, que la inmovilizaran por completo durante unos segundos, antes de que la urgencia por tocarlo a él la reanimara. Le sacó el polo de los pantalones, y con eso basta para que él abandonara su caricia y pasara a despojarse a toda velocidad de su ropa. El placer de la mutua contemplación vino a sumarse al placentero reconocimiento de los cuerpos, al delicioso fuego que despertaba el contacto.
—Nunca he dejado de acordarme de tí —murmuró Paula— pero solo al tocarte te recuerdo de verdad.
—Va a ser de verdad, Pau, y no vas a tener más ocasión de recordar.
Y empezó a cubrirla de besos, inocentes al principio, y que luego tomaban y daban alternativamente, acariciaban y atormentaban. Y ella se enardecía bajo la voluptuosidad de sus labios y su lengua, ofreciéndosele para que hiciera lo que su pasión le dictara. Todos los puntos sensibles de su cuerpo experimentaban breves espasmos, hasta que el beso más íntimo la llevó el éxtasis, exasperando su deseo de sentirlo dentro de ella. Le clavó las uñas en los hombros.
—Penétrame, Pepe. Ya.
Y él se lanzó dentro de ella mientras lo rodeaba con las piernas, lo abarcaba, lo recibía, con el intenso ritmo de la posesión transportándolos a ambos a un mundo en el que ninguno de los dos existía sin el otro y el deseo hallaba respuesta y satisfacción en el salvaje calor de dar y recibir. Oleada tras oleada de exquisito placer convulsionaron el cuerpo de ella, borrando los recuerdos, convirtiendo los sueños en una vibrante realidad que iba más allá de la imaginación. El amor tenía muchas formas, pero aquel tenía el corazón, cuerpo y alma de él. En su clímax final, pudo sentir a la vez el desbordamiento del orgasmo de Pedro; los brazos de Paula lo enlazaron, para sellar así, una vez más, con un beso su unión. Era su hombre, el único que la había hecho sentir esta mezcla increíble de fragilidad y fuerza, el único capaz de despertar una fe en él que la permitía entregarse, reconocer su vulnerabilidad, y trascenderla, alcanzando junto a él un éxtasis que, paradójicamente, la hacía sentirse invencible.
—Pepe… —su nombre se le escapó en un suspiro de felicidad, mientras lo abrazaba estrechamente.
—Tú y yo, Pau —murmuró él, rodeándola a su vez con sus brazos y llevándola consigo al cambiar de postura, tendiéndose boca arriba—. No hay nada que pueda ser tan maravilloso como esto —terminó su frase.
Y ella se sintió mágicamente invulnerable, al percibir el entusiasmo de él.
—Entonces, ¿Te ha gustado? —le preguntó, no porque necesitara que se lo confirmara, pero deseando oírlo.
Y Pedro se echó a reír, con una risa cargada de ecos del placer que sentía.
—Sí, amor mío, me ha gustado. Me ha gustado como no podría gustarme ninguna otra cosa del mundo.
—Para mí ha sido maravilloso.
Y siguieron un rato así, sencillamente gozando del placer de estar juntos. Ella adoraba pasar las piernas a lo largo de las de Pedro. Igual que sentir, bajo el ancho pecho masculino, el suave latido de su corazón. Pasó sus dedos por los sitios que sabía eran especialmente sensibles y fue recompensado por un gruñido de placer. Él le pasó las uñas por la espalda, rascándole ligeramente la piel, y haciéndola sentirse como una gatita felíz. Tenía ganas de ronronear. Era una cosa que él no se cansaba de hacerle, ni ella de que se lo hiciera. Estar desnuda junto a él encerraba una considerable variedad de placeres.
—Me gusta tu loción del afeitado —le dijo.
—Se llama Obsesión —aunque no le veía la cara, Paula le notó la sonrisa—, verás, eso es lo que quiero despertar en tí.
Ella se echó a reír.
—Pues funciona. Y te advierto que el nombre de mi perfume significa «hechizo».
—Y tú me tienes cautivado.
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