sábado, 10 de junio de 2017

Peligrosa Atracción: Capítulo 40

—Cuéntame qué te pasa. Sé que ocurre algo y…

—¿Crees que te estoy engañando? —la interrumpió él.

Paula se quedo atónita.

 —¿Me estás engañando, Pepe?

—Muy típico —dijo él, irónico—. Piensas que te engaño porque tú estás aburrida de mí.

—¡Yo no estoy aburrida de tí!

—Fuiste tú la que no disfrutó el sábado, no yo. Eres tú la que se porta de forma diferente. ¿Por qué no lo admites?

—No estás siendo sincero —consiguió decir ella, escondiendo las lágrimas—. ¡No quieres que siga viviendo contigo y no tienes valor para decírmelo! Te ví la otra noche, Pedro. No podías apartar los ojos de esa rubia. Quizá aún no me has engañado, pero estás deseando hacerlo.

Un silencio atronador los envolvió entonces. Y duró hasta que llegaron al estacionamiento.

—No quiero una escena, Pau. No puedo soportar las escenas.

—Y yo no puedo soportar esto —replicó ella.

—¿Qué quieres decir con «esto»?

 —No saber dónde estamos. ¿Cómo puedo hacer el amor con un hombre que desea a otra mujer?

—Yo creo que eres tú quien desea que yo sea otro hombre —dijo él con frialdad.

—Solo quiero que seas el hombre que conocí, Pedro. Ese hombre me gusta y lo deseo. Pero no eres el mismo. Has cambiado.

—¿Yo he cambiado? Eso tiene gracia. ¿Y qué quieres hacer, Paula?

Ella se quedó callada. Su corazón se encogió, pero el orgullo la mantuvo firme.

—Esta noche dormiré en mi habitación y mañana empezaré a buscar un departamento.

Esperaba que él discutiera, que le suplicase que no se fuera.

 —De acuerdo —fue todo lo que dijo Pedro.

Paula salió del coche, pero él no se movió.

—¿No vas a subir?

—Tengo que ir a casa de Hernán.

Paula casi soltó una carcajada. Estaba mintiendo. Sin duda habría llamado a la rubia desde su móvil. Hernán no era más que una excusa, una patética excusa. Casi lo odiaba en aquel momento.

—Muy bien —murmuró, cerrando de un portazo.

No se molestó en volver la cabeza, pero lo oyó salir del aparcamiento a toda velocidad. Una vez dentro del departamento,  se echó a llorar. Y siguió llorando durante casi una hora hasta que, angustiada, fue a darse una ducha. De repente, todo se había terminado entre Pedro y ella. No creía que fuera por la rubia. Simplemente, la había conocido cuando estaba empezando a cansarse de ella. Quizá el deseo de Pedro por una mujer tenía fecha de caducidad. Quizá después de tener a una mujer tantas veces como deseaba, sus hormonas le decían que buscara otra.

Pensó en llamar a Arturo y llorar sobre su hombro, pero decidió no hacerlo. Hablaba con él casi todos los días, pero no le había contado nada sobre Pedro. No quería preocuparlo y tampoco quería estropear la amistad que había nacido entre los dos hombres. Se fue a la cama, pero cuando se quedó dormida tuvo una pesadilla y se despertó, sobresaltada. Su reloj marcaba la una. Apenas había dormido dos horas.

Peligrosa Atracción: Capítulo 39

—Has hecho mucho más que eso —dijo ella.

Por un momento, Pedro pensó que iba a ponerse a llorar. Pero no lo hizo. Paula levantó su copa y sonrió.

—Por Pedro Alfonso. Mi mentor y mejor amigo.

De repente, Pedro vió lo que aquella noche significaba para ella. Era la noche de su graduación. Estaba a punto de pasar de estudiante a licenciada. Y el papel que él hacía en su vida pronto estaría de sobra. Debía prepararse para una despedida. No sería aquella noche, pero pronto. Iba a ocurrir muy pronto.

—Nos llevamos muy bien, ¿Verdad? —sonrió él para esconder su dolor.

—Mejor que bien.

—¿Te apetece ir a la ópera esta noche?

—Mucho.

—Vendrá a buscamos una limusina.

—¿Una limusina? Eres tan extravagante…

—Me gusta gastarme el dinero con las mujeres —la interrumpió él, volviéndose para llenar su copa. No quería ver el efecto que aquel comentario hacía en ella porque ¿Qué haría si a Paula le daba igual? ¿Cómo podría soportar que a ella no le importara?

Paula apretó su copa con fuerza, intentando disimular. Aunque él no podía darse cuenta porque ni siquiera estaba mirándola. ¿Lo habría dicho deliberadamente? ¿Le estaba haciendo saber que lo de comprar vestidos caros y alquilar limusinas era algo que solía hacer con las mujeres, como una forma de darles las gracias por los servicios prestados? ¿Que ella no era especial? Pedro se portaba de forma diferente aquella noche. Cada una de sus palabras parecía cargada de veneno. ¿Habría hecho algo que lo hubiera molestado? No lo creía.

—¿Cuándo tenemos que marcharnos? —preguntó.

Pedro miró su Rolex de oro, un juguete que debía haberle costado una fortuna. Como el esmoquin italiano que llevaba.

—La limusina vendrá a buscamos a las siete.

Nunca había estado tan guapo ni tan distante como aquella noche. Por muy guapa que estuviera ella, por mucho que intentara ser la mujer que él siempre desearía tener a su lado, Paula no podía dejar de pensar que su relación no iba a durar. Aquel miedo aumentaba cada vez que tenían que salir juntos y Pedro se encontraba con mujeres mucho más guapas y más sofisticadas que ella. Invariablemente,  intentaba seducirlo en momentos como aquel porque de ese modo alejaba sus miedos. Le gustaba verlo excitado en sitios comprometidos, le gustaba robarle el control. Adoraba verlo sudar de deseo en público, apretarse contra él en un ascensor lleno de gente, tocarlo por debajo de la mesa en un restaurante o incluso cuando estaba conduciendo. Un par de veces, él había parado en el arcén para dar rienda suelta a su deseo, sin pensar que alguien podía verlos. Se pregunto cómo reaccionaría si lo provocara en la limusina. Pero cuando, sentados en el asiento del enorme coche, puso la mano provocativamente sobre su muslo, Pedro la apartó.

—Cariño, tienes que aprender que a los hombres nos gusta dar el primer paso. Pero tendrás lo que quieres antes de que termine la noche, te lo prometo.

Paula se sintió humillada y, desde aquel momento, la noche se convirtió en un completo desastre. No le apetecía nada ver a toda aquella gente rica y famosa, ni las elegantes mujeres que no dejaban de mirar a Pedro. Sobre todo a una en particular; una rubia con figura de modelo que llevaba un ajustado vestido dorado. Pedro estuvo hablando con ella durante más de quince minutos. No le gustó la ópera. ¿Cómo podía gustarle si los celos la estaban matando? Tampoco disfrutó del viaje de vuelta porque Pedro parecía estar a kilómetros de distancia ni más tarde, cuando le hizo el amor sin caricias previas, insistiendo en una posición que una vez le había parecido muy sexy, pero que aquella noche le parecía lasciva y sucia. Paula no llegó al orgasmo. Después, el fue al cuarto de baño a ducharse, dejándola con la cara sobre la almohada, llorando.

Al día siguiente, Pedro fue a comer con Hernán y no volvió hasta la noche. Paula fingió estar dormida, pero estuvo despierta durante horas, con el corazón roto. Consiguió soportar la prueba de la reunión del consejo al día siguiente porque estaba preparada. Pero le afectó mucho la ausencia de él que, supuestamente, tenía asuntos urgentes que atender. Aquella noche hubo una cena con todos los empleados de la empresa y la tensión saltó por fin durante el viaje de vuelta a casa.

—Pepe, ¿Qué te pasa? ¿No te alegras de que las cosas hayan salido tan bien en el consejo de administración?

Él la miró con frialdad.

—Por supuesto que me alegro. ¿Cómo no iba a alegrarme? Estoy ganando dinero.

—Es que llevas unos días tan raro…

—Tengo muchas cosas en la cabeza.

Peligrosa Atracción: Capítulo 38

—No te quedes ahí de espaldas, Pedro. Date la vuelta y dime cómo estoy.

Pedro estaba en la terraza, fumando. Sabía lo que estaba a punto de ver. Lo había visto antes, en la tienda. Había sido un tonto vistiéndola con ropa que a él le gustaba. Pero él era un loco… con ella. Se volvió. El vestido blanco de  lentejuelas  con escote «palabra de honor» y falda larga se pegaba seductoramente a sus muslos; era simplemente como para dejar a cualquiera sin aliento. Paula se acercó, alta y elegante, con una estola blanca sobre los hombros. Él miró aquellos ojos de color violeta y sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Ella se había convertido en una mujer de mundo, una mujer sexy que parecía tener más de veintitrés años. Se había convertido en una verdadera femme fatale durante las últimas semanas, una mujer por la que un hombre iría a cualquier parte. Aquel pensamiento lo distrajo momentáneamente.

—¿Qué ocurre? —preguntó Paula—. ¿No te gusta el vestido? Si no te gusta, dímelo.

—Me encanta —dijo él—. Es que acabo de tener una idea para el nuevo perfume.

—¿Cuál?

—Cada aroma podría tener el nombre de una famosa femme fatale de la historia; Cleopatra, Helena de Troya, Salomé, Mata Hari. Las ideas para anuncios serían ilimitadas.

—¡Oh, Pepe! Es una idea brillante. ¡Te besaría, pero me estropearía el carmín!

—No te preocupes —sonrió él—. Prefiero que no lo hagas. La última vez terminamos debajo de tu escritorio.

Había pasado casi un mes desde que llegaron a Sidney. Un mes maravilloso y terrible en el que Pedro había hecho todo lo posible para que se enamorase de él. Le había hecho el amor hasta agotarse, la había llevado a todas partes, habían hablado durante horas sobre sus ideas para Femme Fatale y la había observado convertirse en la mujer que siempre había sabido que sería.

La reunión del consejo tendría lugar el próximo lunes, pero ya estaban tomadas todas las decisiones. Paula le había dado la vuelta a la empresa de su tía, revitalizándola. Había conseguido que las tres ejecutivas volvieran a ocupar sus puestos, había retomado el proyecto del perfume, contratando de nuevo a su agencia para hacer la campaña y había aportado ideas como crear modelos atrevidos para mujeres rellenitas y dejar de fabricar algunos que no habían dado los beneficios esperados.

Pedro aplaudía sus ideas. Las acciones habían empezado a subir, en parte porque él había comprado una gran cantidad y en parte porque empezaba a hacerse público que la empresa funcionaba de nuevo. No tenía dudas de que, después del lunes, el precio volvería a ser el mismo que antes de la muerte de Marina. Hernán estaba perplejo y él… desesperado. Paula no se había enamorado. Estaba seguro de ello. Si fuera así, se habría traicionado a sí misma. Le habría dicho que dejara de fumar, incluso le habría dicho que dejara de beber. Querría cocinar para él… ¡Pero ella ni siquiera había hecho tostadas en todo un mes! ¡Nada! Lo único que quería de él era su experiencia profesional. Y su cuerpo. Desde luego que deseaba su cuerpo. En aquel mes, se había convertido en una maníaca sexual. Para una chica que se había puesto colorada ante la idea de pasear desnuda delante de él, Paula había aprendido muy deprisa. Lo mataba pensar que él le había enseñado todo lo que sabía para que otro hombre llegara después y se llevara el beneficio de su experiencia en el dormitorio. Aunque las cosas no se limitaban al dormitorio. No estaba seguro en ninguna parte. Peor, era incapaz de resistirse. Ella solo tenía que mirarlo de cierta forma y estaba perdido. Lo mantenía excitado todo el tiempo. Ni siquiera se atrevía a ir a buscarla para comer. El día anterior, Carla había estado a punto de pillarlos debajo del escritorio. Lo había encontrado divertido, pero él no. Había dejado de ser una persona para convertirse en un cuerpo, un juguete que ella usaba para satisfacer sus demandas eróticas. Quizá era el momento de empezar a protegerse distanciándose un poco, pensaba. Quizá tenía que aceptar la derrota por primera vez en su vida. La idea lo desesperaba. Tomó la botella de champan y, maldiciendo en silencio, llenó dos copas.

—¿Estamos celebrando algo especial? —preguntó Paula, sonriendo como una niña.

Ocasionalmente, volvía a ser la cría que Pedro había conocido y de la que se había enamorado. Su expresión se hacía más suave, sus ojos se volvían dulces y, por un segundo, él se sentía tentado de decirle lo que sentía. Pero, además de una natural aversión al fracaso, Pedro  sentía miedo de exponerse emocionalmente. ¿Para qué iba a humillarse?

—¿Brindamos por el éxito en la reunión del consejo?

—Pero eso no será hasta el lunes.

—¿Por tu éxito en Femme Fatale hasta ahora?

—Te lo debo a tí, Pepe.

—Tonterías. Yo lo único que he hecho es aconsejarte.

Peligrosa Atracción: Capítulo 37

Cuando entraron en el departamento, Pedro la tomó en sus brazos y la besó como si quisiera devorarla. Sus besos eran seductores, sensuales y húmedos. Paula se apretaba contra él, deseando más.

—Tienes cinco minutos —dijo él con voz ronca, apartándose.

—¿Para qué?

—Para hacer lo que quieras mientras yo lleno la bañera. Puedes ponerte algo más cómodo si quieres.

 —Pero creí que íbamos a bañarnos juntos…

—Y así es.

—Entonces, ¿Para qué voy a vestirme?

Pedro levantó las cejas.

—¿No quieres ponerte algo sexy?

—No tengo nada sexy que ponerme.

—Cariño, el pijama de satén que llevabas ayer es muy sexy. Y es un crimen ponérselo delante de un hombre, sobre todo con tus pezones.

—No me había dado cuenta —murmuró ella.

—También puedes pasear desnuda delante de mí.

—¿Desnuda?  ¡Oh, no! No podría hacer eso. Pedro la miró, sonriendo. Sabía que la tendría paseando desnuda frente a él antes de que terminara la noche. —Eres un hombre perverso, ¿lo sabías?

—No deberías haberme contado el secreto para tu cooperación —sonrió él, besándola de tal forma que Paula se habría desnudado allí mismo si él se lo hubiera pedido. Pero, unos segundos después, Pedro la soltó, le dio la vuelta y la golpeó cariñosamente en el trasero—. Y ahora sé una buena chica y ve a tu habitación.

Los retrasos no eran buenos, pensaba Paula, daban tiempo para pensar, para enfriarse, para preocuparse. Los nervios la enviaron corriendo al baño y después se desnudó, se lavó los dientes y se puso el pijama. Se estaba retocando los labios frente al espejo cuando vió a Pedro en el pasillo. Llevaba una bata verde oscuro de seda y parecía no llevar nada debajo. Estaba muy excitado.

—Me encanta ese color de labios —dijo él con voz ronca—. Ponte los pendientes que llevabas esta mañana.

—¿Pendientes? —repitió ella—. ¿Con el pijama?

—No llevarás el pijama durante mucho rato.

Paula tragó saliva, pero hizo lo que él le pedía. Por supuesto. Hizo todo lo que él le pidió aquella noche. Y fue una experiencia inolvidable. Mucho tiempo después, cuando estaba a punto de amanecer,  apoyó la cabeza sobre el pecho del hombre y escuchó los latidos de su corazón. Pedro estaba exhausto. Y ella también. Era lógico. Habían hecho el amor tantas veces y de tantas formas diferentes que había perdido la cuenta. No había sido sólo él. Ella era insaciable. Lo que le faltaba en experiencia lo compensaba con su deseo de aprender y darle placer. No había sido sólo deseo lo que inspiraba sus manos y sus labios, sino amor. Disfrutaba al pensar que estaba haciendo el amor con el hombre al que amaba, no que estaba tumbada dejando que aquel hombre hiciera lo que quisiera con ella solo por sexo. Había sido una jornada profundamente emocional que recordaría durante toda su vida. Y, por supuesto, no podía dormir. Su corazón y su cabeza estaban demasiado revueltos. Que difícil había sido no expresar sinceramente sus sentimientos cuando él le había hecho el amor por última vez. Casi había creído que la amaba cuando él la había penetrado suavemente, mirándola a los ojos, sin dejar de moverse hasta que llegó al clímax de una forma increíble. Ella también lo había hecho. Varias veces. No sabía que una mujer podía llegar al orgasmo tantas veces durante una noche. Pero así era. Él había saltado de la cama entonces para ir al cuarto de baño, advirtiéndola que era la última vez. Estaba agotado. Si aun no estaba satisfecha, le había dicho, tendría que esperar hasta por la mañana. Había sonreído, despreocupada. Tenían todo el fin de semana. Pedro se había quedado dormido y ella casi lo prefería. Podía decirle que lo amaba mientras dormía. Podía tocarlo y besarlo y pensar que era suyo para siempre. Se sorprendió al sentir que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Oh, Pedro—murmuró, apretando los labios sobre su pecho—. Te quiero tanto. Si tú me quisieras…

jueves, 8 de junio de 2017

Peligrosa Atracción: Capítulo 36

—Estás cansada, ¿Verdad?

 Paula levantó los ojos del pastel que el camarero acababa de servirle.

—Creo que es el vino —sonrió.

—Te llevaré a casa.

 —Pero aún no hemos terminado el postre y este restaurante es carísimo — protestó ella.

—No te preocupes por el dinero. Voy a llevarte a la cama ahora mismo —dijo Pedro, levantándose.

—Oh.

Paula había tenido sueño hasta aquel momento, pero la palabra «cama» la despertó inmediatamente. Cinco minutos después, estaban de camino a casa. Había intentado olvidar su deseo por Pedro durante toda la tarde, pero allí estaba de nuevo, haciendo que le hirviera la sangre.

—No estás demasiado cansada, ¿Verdad?

—No, pero… me iría bien un baño caliente —contestó ella.

—¿Qué tal si nos bañamos juntos?

 El corazón de Paula dió un vuelco.

—No sé si me gustaría —contestó sinceramente—. Me da un poco de vergüenza.

—¿Por qué iba a tener vergüenza una chica con un cuerpo como el tuyo?

Paula se quedó sorprendida ante aquel comentario. Su cuerpo no estaba mal, en su opinión, pero no era nada extraordinario. Tenía un pecho bonito, pero su constitución era más bien redondeada, no el cuerpo atlético que estaba de moda. Nunca hacía ejercicio y no tenía marcados los abdominales, ni bíceps, ni nada por el estilo. Lo único que tenía era lo que la Naturaleza le había dado; altura para poder soportar una talla noventa y cinco de sujetador y caderas redondas. Las piernas era lo único que había trabajado y sólo porque solía ir corriendo a todas partes; un habito que había adquirido durante la infancia, al ir siempre corriendo detrás de su padre.

—Si no te apetece —dijo Pedro entonces poniéndose serio— no lo haremos. No quiero que hagamos nada que no te apetezca, Paula. Nunca.

—Gracias, Pedro —murmuró ella—. Te lo agradezco. Y me gustaría darme un baño contigo. En serio. Estoy siendo una tonta. Las vírgenes recién desfloradas nos ponernos tontas algunas veces. Tendrás que ser paciente conmigo.

Él la miró, irónico.

—No soy famoso por ser paciente.

Paula sonrió.

—¿Y qué pasa con tu oferta de no hacer nada que no quiera hacer?

—Sigue en pie. Depende de mí que pueda persuadirte o no.

 —¿Y cómo vas a persuadirme de que me bañe contigo esta noche?

—¿Un millón de dólares será suficiente?

—¡Bañarte con una mujer debe de ser uno de tus pasatiempos favoritos!

—¿Me creerías si te digo que nunca antes me he bañado con una mujer?

—No.

—Y tendrías razón. Lo he hecho. Pero hace mucho tiempo. Las mujeres no se quedan en mi casa más de una noche, así que tienes suerte. Eres la primera mujer a la que le pido que viva conmigo, ¿Lo sabías?

—¿Me… me estás pidiendo que viva contigo?

Pedro apartó los ojos de la carretera para mirarla.

—¿A qué creías que me refería cuando te pedí que te mudases a mi habitación?

—No lo sé. Vivir con alguien es mucho más que eso, ¿No te parece? —preguntó. Él frunció el ceño—. Mira, Pedro,  una relación contigo no va a ninguna parte. Tú tienes compañeras de cama, no compañeras para toda la vida. Y a mí me parece bien, de verdad. Te adoro, eres un hombre estupendo. Eres buena compañía y un amante genial, justo lo que necesito en este momento de mi vida. Pero prefiero no pensar que estamos viviendo juntos. Es más una aventura, una experiencia.

—¿Una experiencia? —repitió él.

—Una experiencia maravillosa —aseguró Paula—. Una que nunca olvidaré. Pero no me engaño. Algún día tú querrás que termine y yo también —tendría que hacerlo porque sabía que él se cansaría.

Sus sinceras palabras se repetían en su cabeza como un eco: «Nunca me digas que me quieres. Recuerda que conmigo es sólo sexo…»

Pedro la miró durante un segundo, confuso. Y después se echó a reír.

—Esto sí que va a ser un reto.

 —¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que voy a entrar contigo en territorio desconocido.

 —No sé si te entiendo. ¿Te refieres a que yo fuera virgen?

—No exactamente. Pero puede ser parte de ello. Si, quizá una parte importante.

—No te entiendo.

—Da igual. La vida es sorprendente, sobre todo en lo que se refiere a hombres y mujeres. Así que, ¿tengo que ponerme de rodillas para que hagas lo que yo quiero esta noche o vas a hacerlo con el espíritu de que es una experiencia que te prometo no olvidarás?

Paula tuvo que reír.

—Sabes muy bien que no puedo decirte que no. Lo único que tienes que hacer es besarme y soy como arcilla en tus manos.

—Gracias por decírmelo.

—¡Como si no lo supieras!

—Un hombre necesita que se le recuerden esas cosas. Pero no lo olvidaré, confía en mí.

¿Confiar en él? Paula no confiaba en él en absoluto. Pero eso no evitaba que lo amase con todo su corazón y que lo deseara con una fuerza inusitada.

Peligrosa Atracción: Capítulo 35

—Él no entendía que Marina sólo contratase personal femenino. Eran mujeres creativas, independientes y muy capaces que no podían soportar el paternalismo del señor Benítez.

—Benítez era un imbécil en todos los sentidos —dijo Pedro.

Paula sonrió. Y, con una confianza que a ella misma sorprendía, le pidió a Carla que llamase a las jefas de departamento. La jefa de nuevos proyectos estaba furiosa porque Benítez había cancelado el proyecto del nuevo perfume en el que estaba trabajando con Marina. La encargada del departamento de administración se quejó de que Benítez intentaba ligar con todas ellas y no prestaba atención a los asuntos financieros. Una hora después, Paula consideró que sabía suficiente sobre la empresa y les pidió que volvieran a sus despachos.

—Te he estado observando y me parece que ya no me necesitas —dijo Pedro entonces—. Es increíble, pero creo que este trabajo es perfecto para tí.

—Pero…

—Pero nada. Has nacido para esto, cariño. Tú lo sabes y yo también. Para mostrarte la confianza que tengo en ti, voy a comprar acciones de Femme Fatale hoy mismo. No pienso dejar que sea Hernán el único que gane una fortuna.

—¿Y yo?¿No se supone que yo también debo ganar una fortuna?

—Cariño, los dos sabemos que no vas a vender tus acciones. Estás enganchada.

—Yo… la verdad es que me gustaría dirigir esta empresa. No hay razón para que me marche después de la reunión del consejo, ¿Verdad?

—No.

Paula se sentía emocionada por la confianza que Pedro depositaba en ella, pero sabía que no sería tan fácil.

—Tendré que encontrar un sitio para vivir.

—¿Por qué? Puedes quedarte conmigo todo el tiempo que quieras.

—¿Lo dices en serio? ¿No te molestaría?

 —Muy en serio —sonrió él, mirándola con un calor indecente—. ¿Cómo iba a molestarme? Estoy loco por tí. Incluso iba a decirte que te mudaras a mi dormitorio.

Paula tragó saliva ante la idea de dormir con él cada día, de poder darse la vuelta y tocarlo cuando quisiera.

—Yo…

—¿No te gustaría?

—Sí, creo que sí —asintió ella, poniéndose colorada.

—Estupendo. Si vas a trabajar aquí, sólo podremos vernos por la noche. Y los fines de semana, claro. Pero tengo planes para eso. Podemos pasarlos en la cama — sonrió Pedro—. También quiero enseñarte Sidney y llevarte a la ópera.

A Paula le encantaban sus planes, pero tenía miedo de enamorarse tanto de él que nunca pudiera volver a mirar a otro hombre cuando aquello se terminara. Y se terminaría, estaba segura. Pedro no era un hombre hecho para el matrimonio. Era un playboy. Y los playboys no se enamoran de una sola mujer para toda la vida. Decía que estaba loco por ella, pero sólo porque era algo nuevo. Nuevo y diferente. Ella sospechaba que, tras la sorpresa de saber que era virgen, estaba deseando enseñarle sus técnicas eróticas. Y ella tenía que reconocer que estaba deseando aprender. Pero también sentía aprensión.

—¿Qué pasara cuando te aburras de mí?

Pedro se encogió de hombros.

—Yo podría decir lo mismo, Pau. Quizá una mañana te despertarás y no querrás que vuelva a hacerte el amor.

Paula lo miró. No estaba hablando de ella. Estaba hablando de sí mismo. Porque eso era lo que le ocurría siempre. Un día se despertaba y se daba cuenta de que la mujer que tenía al lado lo dejaba frío.

—Lo dudo, Pedro. Siempre me sentiré atraída por tí. No creo que se me pase nunca.

—Es muy halagador. Pero… los nuevos amantes siempre piensan eso. Lo mejor será que vivamos día a día —sugirió él pragmáticamente—. ¿Quién puede predecir el futuro?

—Muy bien —dijo ella. Probablemente, esa era la única forma de sobrevivir. Vivir día a día, sin pensar nada más.

—Estupendo. Ahora tengo que irme. He de hacer algunas llamadas.

—¿No puedes hacerlas desde aquí? —preguntó Paula.

—Tengo que hacerlas desde mi despacho. No te preocupes Pau, todo va a salir bien. Vendré a buscarte a las siete, si te parece —dijo Pedro.

Paula respiró profundamente. Él tenía razón. Debía hacer aquello ella sola. Al menos, la empresa seguiría estando allí cuando Pedro hubiera desaparecido. La vida seguiría, aunque ella tuviera el corazón roto.

—Me parece bien —dijo por fin.

—Esa es mi chica. No trabajes demasiado, cariño. No quiero que estés agotada esta noche —sonrió Pedro, antes de salir de la oficina.

Peligrosa Atracción: Capítulo 34

—Buena decisión. Un revolcón rápido no es lo que más me gusta. Me gusta el sexo lento y prolongado. Y a la mayoría de las mujeres también. Hasta esta noche entonces.

Era una afirmación, no una pregunta.

Paula intentó disimular su agitación cuando Carla entró para servirles un café. No podía negar la excitación que Pedro producía en ella. Era un deseo intenso, profundo. Un deseo físico que crecía dentro de ella. En realidad,  no sabía cómo iba a poder soportar aquel día.

Pedro no podía soportar aquella mirada de deseo. ¿No sabía que una mujer no debía mirar así a un hombre? Desde luego, no a un hombre como él. A menos que quisiera que se aprovechara de ella en cualquier momento. Como casi acababa de hacer. Pero ella había dicho que todo lo que quería de él era sexo. Nada más. Ni amor, ni compromiso. Sólo sexo. ¿Por qué ese pensamiento lo molestaba? No debería. Era una fantasía masculina; una hermosa mujer, inexperta pero deseando aprender, una ávida estudiante de las artes eróticas con él como maestro. ¿Qué más podía desear? ¿Por qué no estaba dándole las gracias a su buena estrella por la carta blanca que ella acababa de darle en lugar de sentirse desquiciado? El ego masculino, pensó. Habría querido que Paula estuviera enamorada de él, que lo que la moviera la noche anterior fuera un sentimiento más profundo. Ella había dicho que era sólo sexo, pero era mucho más. Había sido fantástico, espectacular. Estaban hechos el uno para el otro en la cama. Por eso no podía esperar a que llegara la noche. Sin embargo, debía hacerlo. Tenía que sacar la cabeza de los pantalones.

—Carla, quiero que me digas que ha estado pasando aquí desde la muerte de Marina —dijo entonces Harry bruscamente—. Dinos qué es exactamente lo que Diego Benítez ha estado haciendo mal.

Carla frunció el ceño.

—Diego se ha marchado, ¿Verdad?

—Tu nueva jefa lo ha despedido —contestó Pedro, señalando a Paula.

Carla sonrió.

—¡Genial! Ese hombre solo ha causado problemas desde que llegó. No tiene ni idea de cómo funciona este sitio.

 —¿Y cómo funciona? —pregunto Paula, sentándose en la silla de Benítez.

Pedro no podía creer que fuera la misma chica que había encontrado tras la barra de un bar en medio del páramo tres días antes. El cambio era increíble. Tenía que estar de acuerdo con Benítez en ese punto. Tenía tal confianza, tal estilo… Era una mujer, no una niña. Una mujer formidable. Una mariposa emergiendo de su capullo. Una mariposa que, algún día, saldría volando y lo abandonaría. La enorme tristeza que produjo aquel pensamiento lo sorprendió. Tardó varios segundos en aceptar lo inaceptable, en creer lo increíble. Pedro Alfonso, enamorándose por primera vez en su vida… ¡Eso no era lo que él quería!

Pero esa actitud no duró mucho tiempo. Él siempre había sido un pragmático y un realista. No tenía sentido negar algo que estaba ocurriendo. Era irónico, pensó mientras observaba a Paula usar sus nuevas alas, que la única mujer que había conseguido capturar su corazón sólo quisiera lo único que él había creído poder ofrecer. Sexo. Tuvo que sonreír. La vida era cruel. Aún así, disfrutaría dándole lo que ella deseaba. Quizá si jugaba bien sus cartas… Pero ¿cómo hacerlo? Nunca antes había querido que una mujer se enamorase de él. Eso sí sería un reto. Se animó considerablemente. Adoraba los retos. El problema era que no tenía ni idea de cómo enfrentarse con aquel. Tendría que ir paso a paso…

Paula sentía los ojos de Pedro clavados en ella mientras hablaba con Carla. No la miraba con deseo, ni siquiera de una forma seductora. Era más una mirada pensativa, profunda. Si no estuviera interesada por lo que decía Carla, se habría puesto muy nerviosa. Afortunadamente, estaba fascinada por lo que estaba aprendiendo sobre Femme Fatale y la desastrosa gerencia de Diego. A la empresa no le pasaba nada, según la secretaria, aunque la dimisión del personal ejecutivo había hecho mucho daño. Las dimisiones habían sido a causa de «roces profesionales» con el señor Benítez.

—¿Roces profesionales? —repitió Paula.

Carla se encogió de hombros.