—De hombre a hombre —gritó Benítez antes de que Pedro desapareciera—. Yo que tú me alejaría de esa chica.
Cuando escuchó la voz de Pedro en la oficina contigua, el corazón de Paula dió un vuelco. Y cuando abrió la puerta y la miró, supo que él lo sabía. Pedro cerró la puerta firmemente, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Benítez me ha contado su versión de la historia, pero quiero oír lo que ocurrió entre los dos de tus propios labios. Y no intentes engañarme como sospecho que hiciste anoche porque ahora tengo la cabeza clara.
Paula saltó de su silla.
—¡Yo nunca he intentado engañarte!
—Eras virgen y no me lo dijiste —la acusó él—. No sólo me hiciste creer que habías tenido una aventura, sino que él no había sido el primero.
—No es verdad —replicó ella—. Te dije que Diego no me había enseñado lo que era el sexo y es verdad, pero tú asumiste que había habido otros.
—Eso es jugar con las palabras.
—Algo que tú nunca has hecho, supongo.
—Yo no miento a las mujeres, Paula. He sido sincero contigo desde el principio.
—¿Sobre qué?
—Sobre la clase de hombre que soy. Te dije que conmigo sólo era sexo, que no puedo soportar la pretensión de que es amor.
—Qué galante por tu parte. Entonces, supongo que te sentirás aliviado al saber que para mí también fue sólo sexo —dijo Paula entonces—. Por eso te dejé pensar que no era virgen. Porque sabía que no lo habríamos hecho de otra forma.
—No te creo. Benítez dice que tú no te acostarías con un hombre a menos que estuvieras enamorada.
Paula se quedó estupefacta. No sabía que Diego la conociera tan bien. Porque, por supuesto, estaba enamorada de Pedro. El día anterior no estaba segura. La intensidad de su deseo por él había enmascarado sus verdaderos sentimientos. No había sabido la verdad hasta que, al ver a Diego, su única preocupación había sido perder a Pedro. Perder su respeto, su admiración, su amistad. ¿Qué podía hacer? «Nunca me digas que me quieres». ¿Qué era lo que él quería de una mujer? Amor no, desde luego. Sospechaba que le gustaban las mujeres independientes y con carácter. A él no le gustaría que le suplicara, que le diera explicaciones.
—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Crees que puedo estar enamorada de tí?
—¿Lo estás? —demandó él.
Paula esperaba que su expresión no la delatase.
—¡No seas ridículo! Tú eres demasiado egoísta, demasiado arrogante como para que yo te ame. Pero te deseo, Pedro. Te deseo desde que te ví —dijo ella. Pudo apreciar un ligero temblor en los labios del hombre. Pero la confesión no parecía haberlo molestado—. Puede que fuera virgen cuando te conocí, pero mi supuesta aventura con Diego me había abierto los ojos a una parte de mí misma que no conocía. Nunca antes me había sentido excitada por un hombre y él me excitaba mucho, me hacía sentir deseada…
—Qué bien —murmuró Pedro, irritado.
Paula se dió cuenta del sarcasmo y le gustó. Significaba que estaba un poco celoso. Y eso le daba confianza.
—Pero ni siquiera Diego me había preparado para lo que siento por tí. Una alarma de incendios no me habría parado si hubiera estado contigo en esa habitación de hotel. De modo que no iba a dejar que una barrera tan pequeña como mi virginidad nos separase. Tú mismo me dijiste que debía concentrarme cuando quisiera algo. Pues anoche me concentré en algo que quería y lo conseguí. ¿Es un crimen? —preguntó—. Quizá mentí por omisión, pero tú deberías haberte dado cuenta de que era virgen.
—No acostumbro a desflorar vírgenes —replicó él—. Tú eres la primera, que yo sepa.
—¿En serio? Pues tampoco estuvo tan mal, ¿No?
—¡Por favor, Paula! sé que anoche debió dolerte —murmuró él, pasándose la mano por el pelo—. Yo no me dí cuenta, pero eso hace que me sienta…
—¿Cómo te sientes, Pedro?
—Como un animal. Y no lo soy.
—Claro que no —dijo Paula, pasándole la mano por el pelo—. Yo creo que fuiste maravilloso. Todo lo que yo quería… —susurró.
—No hagas eso —dijo él, tomándola por las muñecas—. Sigue haciéndolo y tendrás lo que quieres otra vez. Aquí mismo. Ahora mismo, sobre esa mesa. Ni siquiera tendremos que desnudamos. Te sorprendería saber lo fácil que es hacerlo sin quitarte las medias. ¿Eso te excita? —preguntó. Paula lo miró y en sus ojos Pedro pudo ver que no se había equivocado. Pero ella no decía nada—. Decídete, cariño — murmuró, deslizando un dedo por su garganta hasta llegar al pecho, acariciándola, jugando con ella hasta que el pezón se puso duro dentro del sujetador.
Paula estaba empezando a perder el control y sólo la idea de que pudiera entrar la secretaria evitó que se rindiera a sus deseos. No podría soportar que nadie más la viera así. El amor había hecho que perdiera la vergüenza, pero no tanto.
—No —gimió, apartándose—. Aquí no.
jueves, 8 de junio de 2017
martes, 6 de junio de 2017
Peligrosa Atracción: Capítulo 32
Benítez parecía preocupado mientras se dirigían a su oficina. Y debía estarlo, pensó Pedro con maliciosa alegría.
—No me pases llamadas, Carla —dijo Benítez, sin molestarse en presentar a su secretaria. La oficina de Marina había sido renovada con muebles caros, alfombras y obras de arte. Pedro se preguntaba cómo podía justificar tantos gastos si sólo estaba ocupando el puesto de gerente de forma temporal. A menos, claro, que hubiera planeado quedarse indefinidamente—. Esto es una sorpresa —empezó a decir, mientras se sentaba frente al impresionante escritorio de caoba—. No, sorpresa no es la palabra. Una casualidad increíble, más bien. Tendrás que perdonarme, Paula, pero en este momento estoy sin palabras. El cambio es tan impresionante…
—Desde luego —lo interrumpió ella—. Desgraciadamente, yo no veo ningún cambio en tí. Creo que puedes decir que tus días como gerente de Femme Fatale están contados, Diego. De hecho, se han terminado. Ahora mismo.
Bravo, pensó Pedro. Paula estaba furiosa, pero mantenía el control.
—No puedes hacer eso —dijo él, con expresión seria.
—¿Puedo hacerlo, Pedro? —preguntó , arqueando sus bien depiladas cejas.
—Claro que sí. Puedes contratar y despedir a quien quieras.
—Entonces, sus servicios en Femme Fatale ya no son necesarios, señor Benítez.
—¡Eres una zorra!
Pedro se levantó inmediatamente.
—Yo que tú tendría cuidado, amigo. Si no cierras la boca, despídete de la indemnización que pensaba pagarte por dejar el puesto.
El dinero solía detener a los canallas como él y Pedro lo sabía. Aunque él no estaba hablando de dinero.
—¿Cuánto?
—Ven conmigo y te daré un cheque ahora mismo.
Diego no perdió un segundo. Guardó sus cosas en un maletín de piel y salió del despacho sin mirar a Paula. Pedro fue tras él y le indicó que lo siguiera hasta el aparcamiento.
—¿Dónde está el cheque? —preguntó Diego.
—Aquí —contestó Pedro, golpeándolo con el puño en el estómago. Dos veces. Benítez cayó, de rodillas entre dos coches, buscando aire—. Y no te molestes en denunciarme porque no hay testigos.
—¿Por qué? —preguntó Benítez, casi sin voz—. ¿Qué te he hecho?
—No es lo que me has hecho a mí, es por lo que le hiciste a Paula. Eres un hipócrita y un canalla, Benítez. Pero esta vez te has acostado con la mujer equivocada.
Benítez se levantó con dificultad, sujetándose el estómago.
—Pero si no lo hice. Te lo juro. Está mintiendo si dice que nos hemos acostado.
—No me cuentes historias.
—No son historias. Estuvo provocándome durante días, pero sólo aceptó acostarse conmigo cuando le dije que iba a casarme con ella. Y entonces saltó esa maldita alarma de incendios… Te lo juro, Alfonso. No pasó nada —explicó el hombre—. A la mañana siguiente llamó mi mujer y Paula me dijo que no quería saber nada de mí. Las vírgenes son unas histéricas —añadió, despectivo—. Tienen que creer que están enamoradas antes de dar el último paso. Normalmente no me molesto con chicas como ella, pero Paula tenía algo especial. Y a tí también te ha enganchado, ¿verdad? Por eso has perdido los nervios —siguió diciendo, mientras tomaba el maletín del suelo—. Pues créeme, tendrás que decirle que la quieres porque si no, no vas a llegar a ningún sitio con ella.
Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para no romperle los dientes. Pero Paula no podía haber sido virgen. Él se habría dado cuenta. Habría sentido algo. «Y lo sentiste, idiota. ¿Recuerdas lo estrecha que era? ¿Y el grito que dió cuando la penetraste?» No quería ni pensar que hubiera sido un grito de dolor y no de placer. ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué esconder algo como eso? ¿Y por qué se había acostado con él sin promesas de amor y matrimonio? ¿Por qué? No quería pensar que ella creyera estar enamorada de él. ¿No sabía que él no podría amarla? ¿Que lo único que podía ofrecer era amistad y sexo? Salió del estacionamiento dispuesto a conseguir respuestas. Si había algo que no pudiera soportar era la incertidumbre emocional. Tenía que saber dónde estaba. Y tenía que dejar clara su posición. El amor no estaba en su agenda. No lo había estado nunca.
—No me pases llamadas, Carla —dijo Benítez, sin molestarse en presentar a su secretaria. La oficina de Marina había sido renovada con muebles caros, alfombras y obras de arte. Pedro se preguntaba cómo podía justificar tantos gastos si sólo estaba ocupando el puesto de gerente de forma temporal. A menos, claro, que hubiera planeado quedarse indefinidamente—. Esto es una sorpresa —empezó a decir, mientras se sentaba frente al impresionante escritorio de caoba—. No, sorpresa no es la palabra. Una casualidad increíble, más bien. Tendrás que perdonarme, Paula, pero en este momento estoy sin palabras. El cambio es tan impresionante…
—Desde luego —lo interrumpió ella—. Desgraciadamente, yo no veo ningún cambio en tí. Creo que puedes decir que tus días como gerente de Femme Fatale están contados, Diego. De hecho, se han terminado. Ahora mismo.
Bravo, pensó Pedro. Paula estaba furiosa, pero mantenía el control.
—No puedes hacer eso —dijo él, con expresión seria.
—¿Puedo hacerlo, Pedro? —preguntó , arqueando sus bien depiladas cejas.
—Claro que sí. Puedes contratar y despedir a quien quieras.
—Entonces, sus servicios en Femme Fatale ya no son necesarios, señor Benítez.
—¡Eres una zorra!
Pedro se levantó inmediatamente.
—Yo que tú tendría cuidado, amigo. Si no cierras la boca, despídete de la indemnización que pensaba pagarte por dejar el puesto.
El dinero solía detener a los canallas como él y Pedro lo sabía. Aunque él no estaba hablando de dinero.
—¿Cuánto?
—Ven conmigo y te daré un cheque ahora mismo.
Diego no perdió un segundo. Guardó sus cosas en un maletín de piel y salió del despacho sin mirar a Paula. Pedro fue tras él y le indicó que lo siguiera hasta el aparcamiento.
—¿Dónde está el cheque? —preguntó Diego.
—Aquí —contestó Pedro, golpeándolo con el puño en el estómago. Dos veces. Benítez cayó, de rodillas entre dos coches, buscando aire—. Y no te molestes en denunciarme porque no hay testigos.
—¿Por qué? —preguntó Benítez, casi sin voz—. ¿Qué te he hecho?
—No es lo que me has hecho a mí, es por lo que le hiciste a Paula. Eres un hipócrita y un canalla, Benítez. Pero esta vez te has acostado con la mujer equivocada.
Benítez se levantó con dificultad, sujetándose el estómago.
—Pero si no lo hice. Te lo juro. Está mintiendo si dice que nos hemos acostado.
—No me cuentes historias.
—No son historias. Estuvo provocándome durante días, pero sólo aceptó acostarse conmigo cuando le dije que iba a casarme con ella. Y entonces saltó esa maldita alarma de incendios… Te lo juro, Alfonso. No pasó nada —explicó el hombre—. A la mañana siguiente llamó mi mujer y Paula me dijo que no quería saber nada de mí. Las vírgenes son unas histéricas —añadió, despectivo—. Tienen que creer que están enamoradas antes de dar el último paso. Normalmente no me molesto con chicas como ella, pero Paula tenía algo especial. Y a tí también te ha enganchado, ¿verdad? Por eso has perdido los nervios —siguió diciendo, mientras tomaba el maletín del suelo—. Pues créeme, tendrás que decirle que la quieres porque si no, no vas a llegar a ningún sitio con ella.
Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para no romperle los dientes. Pero Paula no podía haber sido virgen. Él se habría dado cuenta. Habría sentido algo. «Y lo sentiste, idiota. ¿Recuerdas lo estrecha que era? ¿Y el grito que dió cuando la penetraste?» No quería ni pensar que hubiera sido un grito de dolor y no de placer. ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué esconder algo como eso? ¿Y por qué se había acostado con él sin promesas de amor y matrimonio? ¿Por qué? No quería pensar que ella creyera estar enamorada de él. ¿No sabía que él no podría amarla? ¿Que lo único que podía ofrecer era amistad y sexo? Salió del estacionamiento dispuesto a conseguir respuestas. Si había algo que no pudiera soportar era la incertidumbre emocional. Tenía que saber dónde estaba. Y tenía que dejar clara su posición. El amor no estaba en su agenda. No lo había estado nunca.
Peligrosa Atracción: Capítulo 31
—Estar contigo es como estar en el cielo —murmuró sobre sus labios—. ¿Qué hombre puede rechazar la ambrosía después de probarla?
Pedro tuvo que arrancar de nuevo, pero seguía sintiendo en sus labios el calor de los labios femeninos. Estaba deseando terminar con la visita a Femme Fatale. Estaba deseando que llegara la noche. Paula sonreía, sin darse cuenta. Él seguía deseándola. Había dicho que estar con ella era como estar en el cielo. Y ella se sentía en el cielo en ese momento. Era tan feliz que dejó de estar nerviosa. Nada importaba tanto como que Pedro siguiera deseándola. Nada. Diez minutos después, él paró frente a un edificio que parecía un almacén, con un enorme cartel de la empresa Femme Fatale. Empezó a sentir mariposas en el estómago cuando él la tomó del brazo para llevarla hasta un amplio vestíbulo de mármol gris. La chica que había tras el mostrador de recepción sonrió amablemente al verlos.
—Venimos a ver al señor Benítez—dijo Pedro—. ¿Puede decirle que han llegado el señor Alfonso y la señorita Chaves?
Paula se quedó sorprendida al escuchar el apellido de Diego.
—¿Has dicho señor Benítez? —susurró cuando la chica llamaba por teléfono.
—Diego Benítez. Es el gerente que la firma de Hernán puso a cargo de Femme Fatale cuando murió tu tía.
Paula pensó que iba a desmayarse.
—Dios mío…—murmuró.
—¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?
—Es Diego.
—¿Qué Diego?
—«Mi» Diego.
—¿«Tu» Diego?
—Creo que sí.
Pedro estaba perplejo.
—En Sidney viven cinco millones de personas, Paula. Y el apellido Benítez es relativamente común. No puede ser el mismo hombre.
—Si tiene unos treinta y cinco años, pelo negro, ojos azules y un hoyito en la barbilla, es Diego.
En ese momento, un hombre de unos treinta y cinco años, ojos azules y un hoyito en la barbilla apareció en el vestíbulo. El monstruo en persona. Desgraciadamente, no parecía el ser patético que Pedro había imaginado, sino un hombre que conocía bien a las mujeres; un hombre que lo sabía todo sobre ellas. Hubiera deseado pulverizar a aquel bastardo por seducir a su chica y destrozar las ilusiones que se había hecho sobre su inocencia.
—Señor Alfonso —dijo el de los ojos azules, ofreciendo su mano.
Pedro la apretó con fuerza, con rabia más bien. Aquel tipo era muy guapo. La clase de hombre del que las mujeres se enamoraban como locas.
—Hernán me ha llamado para decir que venía con la señorita Chaves —dijo el monstruo—. No nos conocemos, pero sí conozco bien el trabajo de su agencia. Sobre todo las campañas de publicidad de Femme Fatale. Y hablando de eso, estoy encantado de conocer por fin a la misteriosa heredera. ¿Cómo esta, señorita Chaves? —sonrió Benítez, estrechando su mano.
Pedro sonrió al darse cuenta de que no la reconocía. Ni siquiera sabía su apellido. Para él, Paula solo había sido una diversión. ¿Se habría reído de su inexperiencia? ¿Habría disfrutado haciendo que se enamorase de él y tomando todo lo que ella generosamente le ofrecía?
—Bienvenida a Sidney —siguió diciendo Diego, sin soltar su mano—. Como sabrá, yo he intentado reflotar Femme Fatale después de la desgraciada muerte de Marina, pero está siendo muy difícil. Gran parte del personal ejecutivo ha dimitido y me temo que su tía cometió un error al aventurarse en un nuevo perfume; algo que le ha costado una fortuna a la empresa. Pero usted no tiene que preocuparse de esas cosas —añadió, condescendiente—. Puede dejarme esas preocupaciones a mí.
Pedro miró a Paula. ¿Por qué no decía nada? ¿Por qué no apartaba la mano y le decía a aquel bastardo que no la tocase? ¿Por qué lo miraba con una expresión casi de terror? ¿Seguiría amándolo? Se sentía enfermo.
—No la reconoce, ¿Verdad? —preguntó bruscamente.
—¿Perdón?
—No me pida perdón a mí. Pídaselo a Paula.
—¿Paula? —repitió él, mirándola—. ¡Dios mío! Eres tú, Paula.
—La misma, Diego.
—Pero… estás tan diferente. Tu pelo, tu cara… tu ropa.
—Es asombroso lo que se puede hacer con un poco de dinero —dijo Paula con frialdad. Pedro se sentía orgulloso de ella. Y aliviado. Aquel no era el tono de una niña enamorada—. Vamos a tu despacho, Diego. Tenemos muchas cosas que discutir —añadió, aparentemente muy segura de sí misma.
Pedro tuvo que arrancar de nuevo, pero seguía sintiendo en sus labios el calor de los labios femeninos. Estaba deseando terminar con la visita a Femme Fatale. Estaba deseando que llegara la noche. Paula sonreía, sin darse cuenta. Él seguía deseándola. Había dicho que estar con ella era como estar en el cielo. Y ella se sentía en el cielo en ese momento. Era tan feliz que dejó de estar nerviosa. Nada importaba tanto como que Pedro siguiera deseándola. Nada. Diez minutos después, él paró frente a un edificio que parecía un almacén, con un enorme cartel de la empresa Femme Fatale. Empezó a sentir mariposas en el estómago cuando él la tomó del brazo para llevarla hasta un amplio vestíbulo de mármol gris. La chica que había tras el mostrador de recepción sonrió amablemente al verlos.
—Venimos a ver al señor Benítez—dijo Pedro—. ¿Puede decirle que han llegado el señor Alfonso y la señorita Chaves?
Paula se quedó sorprendida al escuchar el apellido de Diego.
—¿Has dicho señor Benítez? —susurró cuando la chica llamaba por teléfono.
—Diego Benítez. Es el gerente que la firma de Hernán puso a cargo de Femme Fatale cuando murió tu tía.
Paula pensó que iba a desmayarse.
—Dios mío…—murmuró.
—¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?
—Es Diego.
—¿Qué Diego?
—«Mi» Diego.
—¿«Tu» Diego?
—Creo que sí.
Pedro estaba perplejo.
—En Sidney viven cinco millones de personas, Paula. Y el apellido Benítez es relativamente común. No puede ser el mismo hombre.
—Si tiene unos treinta y cinco años, pelo negro, ojos azules y un hoyito en la barbilla, es Diego.
En ese momento, un hombre de unos treinta y cinco años, ojos azules y un hoyito en la barbilla apareció en el vestíbulo. El monstruo en persona. Desgraciadamente, no parecía el ser patético que Pedro había imaginado, sino un hombre que conocía bien a las mujeres; un hombre que lo sabía todo sobre ellas. Hubiera deseado pulverizar a aquel bastardo por seducir a su chica y destrozar las ilusiones que se había hecho sobre su inocencia.
—Señor Alfonso —dijo el de los ojos azules, ofreciendo su mano.
Pedro la apretó con fuerza, con rabia más bien. Aquel tipo era muy guapo. La clase de hombre del que las mujeres se enamoraban como locas.
—Hernán me ha llamado para decir que venía con la señorita Chaves —dijo el monstruo—. No nos conocemos, pero sí conozco bien el trabajo de su agencia. Sobre todo las campañas de publicidad de Femme Fatale. Y hablando de eso, estoy encantado de conocer por fin a la misteriosa heredera. ¿Cómo esta, señorita Chaves? —sonrió Benítez, estrechando su mano.
Pedro sonrió al darse cuenta de que no la reconocía. Ni siquiera sabía su apellido. Para él, Paula solo había sido una diversión. ¿Se habría reído de su inexperiencia? ¿Habría disfrutado haciendo que se enamorase de él y tomando todo lo que ella generosamente le ofrecía?
—Bienvenida a Sidney —siguió diciendo Diego, sin soltar su mano—. Como sabrá, yo he intentado reflotar Femme Fatale después de la desgraciada muerte de Marina, pero está siendo muy difícil. Gran parte del personal ejecutivo ha dimitido y me temo que su tía cometió un error al aventurarse en un nuevo perfume; algo que le ha costado una fortuna a la empresa. Pero usted no tiene que preocuparse de esas cosas —añadió, condescendiente—. Puede dejarme esas preocupaciones a mí.
Pedro miró a Paula. ¿Por qué no decía nada? ¿Por qué no apartaba la mano y le decía a aquel bastardo que no la tocase? ¿Por qué lo miraba con una expresión casi de terror? ¿Seguiría amándolo? Se sentía enfermo.
—No la reconoce, ¿Verdad? —preguntó bruscamente.
—¿Perdón?
—No me pida perdón a mí. Pídaselo a Paula.
—¿Paula? —repitió él, mirándola—. ¡Dios mío! Eres tú, Paula.
—La misma, Diego.
—Pero… estás tan diferente. Tu pelo, tu cara… tu ropa.
—Es asombroso lo que se puede hacer con un poco de dinero —dijo Paula con frialdad. Pedro se sentía orgulloso de ella. Y aliviado. Aquel no era el tono de una niña enamorada—. Vamos a tu despacho, Diego. Tenemos muchas cosas que discutir —añadió, aparentemente muy segura de sí misma.
Peligrosa Atracción: Capítulo 30
Paula saltó de la cama y cerró la puerta con llave. Cuando levantó las sábanas se quedó atónita al ver las manchas rojas.
—Oh, no —gimió. Pensaba que habría sangrado un poco, pero no tanto. El dolor había sido mínimo y había gritado más de sorpresa que de agonía.
Pedro no había notado que era virgen porque ella no había actuado como si lo fuera. Tumbada allí con las piernas abiertas, dejando que hiciera lo que quisiera con ella. Pero el placer de sentir la boca del hombre allí abajo… Él había estado en lo cierto. Había sido un orgasmo fantástico. Él era un amante increíble; tierno, experto, imaginativo y apasionado. Pero también era un playboy incorregible, como Arturo le había advertido. Lo que quería de ella era sexo sin ataduras. Sexo sin consecuencias ni compromisos. «No me digas nunca que me quieres», le había advertido. No tenía intención de hacerlo. Y no tenía intención de decirle que había sido virgen hasta aquella noche. Llevó la sábana al baño para lavar la evidencia de su virginidad. Él le había dicho que para conseguir lo que quería tenía que concentrarse y Paula pensaba concentrarse en ser la clase de mujer que Pedro deseaba.
—¿Qué tal estoy?
Pedro hizo lo que pudo para mirarla con frialdad, pero con aquel traje rojo Paula no inspiraba frialdad en absoluto. Como no la había inspirado la noche anterior después del baño, paseando por la casa con un pijama de seda blanco que se pegaba a su piel. Había tenido que darse la ducha fría más larga de su vida, tras la cual había pensado que sus partes nunca volverían a aparecer. Pero se había equivocado.
—¿No te parece que el escote es un poco exagerado?
—¿Tú crees? —murmuró ella, nerviosa.
Le gustaba verla nerviosa. Era más la Paula que había llevado a Sidney. El numerito que había montado la noche anterior después del baño lo había irritado profundamente, aunque no lo engañó ni por un momento. Aunque se hubiera acostado con toda la población masculina de Broken Hill, seguía siendo una niña en lo que a hombres se refería. Sus contactos sexuales debían haber sido torpes y rápidos. Pero, a partir de aquella noche, él pensaba introducirla en los aspectos más finos de la experiencia erótica. No quería que ella aparentase saberlo todo, porque estaba seguro de que no era así. El pensamiento lo excitó. Demasiado.
—Muy exagerado —dijo con firmeza—. No se trata de seducir a nadie, sino de impresionar con una imagen profesional. Así que ve a ponerte algo debajo de la chaqueta. ¡Y quítate esos pendientes, por favor!
Ella lo hizo, un poco desilusionada. Pedro no podía soportar ver su expresión de tristeza, pero era lo mejor. Dejaría que se pusiera los pendientes por la noche, cuando estuviera completamente desnuda.
—¿Una blusa de satén te parece adecuada?
—Cualquier cosa —contestó él.
La blusa escondía el escote, pero no consiguió atemperar su ardor. Pedro sacudió la cabeza. Pobre Hernán, pensaba. Había puesto su futuro en las manos de un loco ofuscado por una mujer. Y no había estado tan obsesionado en años. En realidad, jamás había estado tan obsesionado con ninguna mujer. Suspirando pesadamente, se dirigió a la puerta con una Paula pálida tras él.
Paula estaba sentada en el Porsche negro, odiándose a sí misma por su falta de confianza y su falta de habilidad para despertar el interés del hombre. Si el traje le había parecido tan poco adecuado, ¿Por qué no se lo había dicho antes? ¿Por qué había esperado hasta el último momento? Quizá había decidido que no quería seguir manteniendo relaciones con ella y no se atrevía a decírselo. Permaneció callado durante todo el trayecto y ella intentó disfrutar del paseo admirando las calles de Sidney, pero su angustia se lo impedía. Estaban parados en un semáforo cuando decidió que había aguantado suficiente.
—Si no quieres volver a acostarte conmigo, puedes decirlo. No tienes por qué portarte con esa frialdad.
Pedro se quedó atónito. Estaba tan guapo aquella mañana que a Paula le resultaba increíble pensar que había estado entre sus brazos por la noche. La idea de que su aventura con él hubiera terminado hacía que su corazón se encogiera.
—¿Y por qué crees que quiero eso?
—Es un presentimiento.
—Pues estás equivocada —murmuró él—. ¿Tú quieres que se termine?
—¡No! —exclamó Paula, sin pensar.
Pedro intentó no sonreír. ¿Qué otra mujer sería más abierta e ingenua sobre sus deseos?
—Oh, no —gimió. Pensaba que habría sangrado un poco, pero no tanto. El dolor había sido mínimo y había gritado más de sorpresa que de agonía.
Pedro no había notado que era virgen porque ella no había actuado como si lo fuera. Tumbada allí con las piernas abiertas, dejando que hiciera lo que quisiera con ella. Pero el placer de sentir la boca del hombre allí abajo… Él había estado en lo cierto. Había sido un orgasmo fantástico. Él era un amante increíble; tierno, experto, imaginativo y apasionado. Pero también era un playboy incorregible, como Arturo le había advertido. Lo que quería de ella era sexo sin ataduras. Sexo sin consecuencias ni compromisos. «No me digas nunca que me quieres», le había advertido. No tenía intención de hacerlo. Y no tenía intención de decirle que había sido virgen hasta aquella noche. Llevó la sábana al baño para lavar la evidencia de su virginidad. Él le había dicho que para conseguir lo que quería tenía que concentrarse y Paula pensaba concentrarse en ser la clase de mujer que Pedro deseaba.
—¿Qué tal estoy?
Pedro hizo lo que pudo para mirarla con frialdad, pero con aquel traje rojo Paula no inspiraba frialdad en absoluto. Como no la había inspirado la noche anterior después del baño, paseando por la casa con un pijama de seda blanco que se pegaba a su piel. Había tenido que darse la ducha fría más larga de su vida, tras la cual había pensado que sus partes nunca volverían a aparecer. Pero se había equivocado.
—¿No te parece que el escote es un poco exagerado?
—¿Tú crees? —murmuró ella, nerviosa.
Le gustaba verla nerviosa. Era más la Paula que había llevado a Sidney. El numerito que había montado la noche anterior después del baño lo había irritado profundamente, aunque no lo engañó ni por un momento. Aunque se hubiera acostado con toda la población masculina de Broken Hill, seguía siendo una niña en lo que a hombres se refería. Sus contactos sexuales debían haber sido torpes y rápidos. Pero, a partir de aquella noche, él pensaba introducirla en los aspectos más finos de la experiencia erótica. No quería que ella aparentase saberlo todo, porque estaba seguro de que no era así. El pensamiento lo excitó. Demasiado.
—Muy exagerado —dijo con firmeza—. No se trata de seducir a nadie, sino de impresionar con una imagen profesional. Así que ve a ponerte algo debajo de la chaqueta. ¡Y quítate esos pendientes, por favor!
Ella lo hizo, un poco desilusionada. Pedro no podía soportar ver su expresión de tristeza, pero era lo mejor. Dejaría que se pusiera los pendientes por la noche, cuando estuviera completamente desnuda.
—¿Una blusa de satén te parece adecuada?
—Cualquier cosa —contestó él.
La blusa escondía el escote, pero no consiguió atemperar su ardor. Pedro sacudió la cabeza. Pobre Hernán, pensaba. Había puesto su futuro en las manos de un loco ofuscado por una mujer. Y no había estado tan obsesionado en años. En realidad, jamás había estado tan obsesionado con ninguna mujer. Suspirando pesadamente, se dirigió a la puerta con una Paula pálida tras él.
Paula estaba sentada en el Porsche negro, odiándose a sí misma por su falta de confianza y su falta de habilidad para despertar el interés del hombre. Si el traje le había parecido tan poco adecuado, ¿Por qué no se lo había dicho antes? ¿Por qué había esperado hasta el último momento? Quizá había decidido que no quería seguir manteniendo relaciones con ella y no se atrevía a decírselo. Permaneció callado durante todo el trayecto y ella intentó disfrutar del paseo admirando las calles de Sidney, pero su angustia se lo impedía. Estaban parados en un semáforo cuando decidió que había aguantado suficiente.
—Si no quieres volver a acostarte conmigo, puedes decirlo. No tienes por qué portarte con esa frialdad.
Pedro se quedó atónito. Estaba tan guapo aquella mañana que a Paula le resultaba increíble pensar que había estado entre sus brazos por la noche. La idea de que su aventura con él hubiera terminado hacía que su corazón se encogiera.
—¿Y por qué crees que quiero eso?
—Es un presentimiento.
—Pues estás equivocada —murmuró él—. ¿Tú quieres que se termine?
—¡No! —exclamó Paula, sin pensar.
Pedro intentó no sonreír. ¿Qué otra mujer sería más abierta e ingenua sobre sus deseos?
Peligrosa Atracción: Capítulo 29
—No siempre —contestó con sinceridad— Creo que tú necesitabas desesperadamente que alguien te hiciera el amor de una forma adecuada.
—¿Tú crees?
—Sí. Me parece que ese Diego no ha sabido enseñarte lo que es el sexo.
Paula levantó la cabeza.
—¿Crees que Diego me enseñó lo que es el sexo?
Pedro se quedó perplejo.
—¿No fue él el primero?
—Yo… yo…
Pedro vió miedo en sus ojos. Y no quería ver miedo en los ojos de Paula.
—Lo siento, cariño. No debería haber sacado el tema. Con cuántos hombres te has acostado no es asunto mío. Créeme, me alegro de que hayas tenido otras relaciones sexuales. Si no fuera así, yo no estaría aquí contigo —empezó a decir—. Por mucho que me gustes, le dí mi palabra a Arturo de devolverte a Drybed Creek como te encontré. Él cree que eres virgen y yo lo creí también hasta que me contaste lo de Diego. Por eso pensé que él había sido tu primer y único amante.
Paula lo miró, atónita.
—¿Estás diciendo que no me habrías hecho el amor si fuera virgen?
—Pues… al menos habría luchado más contra mis más bajos instintos.
—¿Bajos instintos? —repitió ella, arrugando la naríz.
—Instintos básicos, de acuerdo —concedió él—. Todos tenemos instintos básicos y tú esta noche estabas pidiendo guerra. Me deseabas, cariño. Y me necesitabas. Así que no lo niegues —añadió, muy seguro de sí mismo. Paula no dijo una palabra, pero en sus ojos había confusión y vergüenza. Pedro no lo entendía y estaba empezando a sentirse irritado con la situación. Y con ella. Típico de las mujeres arrepentirse de algo que acababan de hacer—. Nos hemos acostado juntos, cariño. Y ha estado muy bien. Has tenido un orgasmo fantástico. Acéptalo. Eres una criatura muy sexual, solo necesitabas un hombre un poco experto para despertarla. Ahora, puedes volver a tu caparazón y pensar que me he aprovechado de ti o portarte como una mujer adulta y con deseos adultos. ¿Qué prefieres?
Paula levantó la barbilla, desafiante.
—No intentes manipularme, Pedro Alfonso. Nunca he dicho que te hayas aprovechado de mí y soy responsable de mis propias acciones. Siéntete exonerado de culpa si eso es lo que tanto te fastidia. Pero, por favor, no vuelvas a hacerle a Arturo ninguna promesa porque tú y yo sabemos que, en lo que se refiere al sexo, eres incapaz de mantenerlas. Eres tan mentiroso como Diego. Pero mucho más listo.
—¿Qué?
—Yo no te gustaba al principio. Sólo he empezado a gustarte ahora que has cortado con tu novia y me has convertido en algo que se parece más a lo que a tí te gusta. Seguro que Romina es morena y tiene el pelo corto —siguió ella, furiosa—. Pero no te preocupes. No me estoy quejando. Mira lo que yo he conseguido: un orgasmo fantástico. Y seguro que podría tener más —añadió, irónica. Pedro estaba boquiabierto—. Pero no esta noche. Mañana es un gran día. Femme Fatale, ¿Recuerdas? Ahora mismo necesito un baño, algo de cena y ocho horas de sueño. Así que, si no te importa… me gustaría estar sola.
Pedro también estaba furioso. Arturo le había advertido que Paula era difícil y acababa de recibir la primera lección.
—Muy bien —dijo, saltando de la cama antes de darse cuenta de que su furia se había convertido en una erección.
Al verlo, Paula se puso colorada.
Pedro sonrió diabólicamente, pensando en la noche siguiente, cuando le enseñaría a aquella chica tan orgullosa que el sexo era una fuerza muy poderosa y la satisfacción sexual una necesidad urgente que no se para ante nada. Él la convertiría en una esclava de esa necesidad. Haría que no pudiera vivir sin ella. Haría que lo suplicara.
—Tus deseos son órdenes para mí —dijo, irónico—. Llámame si quieres que te frote la espalda.
Después de eso, salió de la habitación.
—¿Tú crees?
—Sí. Me parece que ese Diego no ha sabido enseñarte lo que es el sexo.
Paula levantó la cabeza.
—¿Crees que Diego me enseñó lo que es el sexo?
Pedro se quedó perplejo.
—¿No fue él el primero?
—Yo… yo…
Pedro vió miedo en sus ojos. Y no quería ver miedo en los ojos de Paula.
—Lo siento, cariño. No debería haber sacado el tema. Con cuántos hombres te has acostado no es asunto mío. Créeme, me alegro de que hayas tenido otras relaciones sexuales. Si no fuera así, yo no estaría aquí contigo —empezó a decir—. Por mucho que me gustes, le dí mi palabra a Arturo de devolverte a Drybed Creek como te encontré. Él cree que eres virgen y yo lo creí también hasta que me contaste lo de Diego. Por eso pensé que él había sido tu primer y único amante.
Paula lo miró, atónita.
—¿Estás diciendo que no me habrías hecho el amor si fuera virgen?
—Pues… al menos habría luchado más contra mis más bajos instintos.
—¿Bajos instintos? —repitió ella, arrugando la naríz.
—Instintos básicos, de acuerdo —concedió él—. Todos tenemos instintos básicos y tú esta noche estabas pidiendo guerra. Me deseabas, cariño. Y me necesitabas. Así que no lo niegues —añadió, muy seguro de sí mismo. Paula no dijo una palabra, pero en sus ojos había confusión y vergüenza. Pedro no lo entendía y estaba empezando a sentirse irritado con la situación. Y con ella. Típico de las mujeres arrepentirse de algo que acababan de hacer—. Nos hemos acostado juntos, cariño. Y ha estado muy bien. Has tenido un orgasmo fantástico. Acéptalo. Eres una criatura muy sexual, solo necesitabas un hombre un poco experto para despertarla. Ahora, puedes volver a tu caparazón y pensar que me he aprovechado de ti o portarte como una mujer adulta y con deseos adultos. ¿Qué prefieres?
Paula levantó la barbilla, desafiante.
—No intentes manipularme, Pedro Alfonso. Nunca he dicho que te hayas aprovechado de mí y soy responsable de mis propias acciones. Siéntete exonerado de culpa si eso es lo que tanto te fastidia. Pero, por favor, no vuelvas a hacerle a Arturo ninguna promesa porque tú y yo sabemos que, en lo que se refiere al sexo, eres incapaz de mantenerlas. Eres tan mentiroso como Diego. Pero mucho más listo.
—¿Qué?
—Yo no te gustaba al principio. Sólo he empezado a gustarte ahora que has cortado con tu novia y me has convertido en algo que se parece más a lo que a tí te gusta. Seguro que Romina es morena y tiene el pelo corto —siguió ella, furiosa—. Pero no te preocupes. No me estoy quejando. Mira lo que yo he conseguido: un orgasmo fantástico. Y seguro que podría tener más —añadió, irónica. Pedro estaba boquiabierto—. Pero no esta noche. Mañana es un gran día. Femme Fatale, ¿Recuerdas? Ahora mismo necesito un baño, algo de cena y ocho horas de sueño. Así que, si no te importa… me gustaría estar sola.
Pedro también estaba furioso. Arturo le había advertido que Paula era difícil y acababa de recibir la primera lección.
—Muy bien —dijo, saltando de la cama antes de darse cuenta de que su furia se había convertido en una erección.
Al verlo, Paula se puso colorada.
Pedro sonrió diabólicamente, pensando en la noche siguiente, cuando le enseñaría a aquella chica tan orgullosa que el sexo era una fuerza muy poderosa y la satisfacción sexual una necesidad urgente que no se para ante nada. Él la convertiría en una esclava de esa necesidad. Haría que no pudiera vivir sin ella. Haría que lo suplicara.
—Tus deseos son órdenes para mí —dijo, irónico—. Llámame si quieres que te frote la espalda.
Después de eso, salió de la habitación.
sábado, 3 de junio de 2017
Peligrosa Atracción: Capítulo 28
Sin embargo él dudó un momento, decidido a advertirla antes de aceptar lo que le ofrecía.
—Recuerda que sólo es sexo, Paula. Nada más. No pienses que puede haber algo más conmigo.
Los ojos de ella se oscurecieron, pero no apartó la mirada.
—Lo sé, Pedro. No soy una niña.
—No me digas que me quieres. No me digas nunca que me quieres.
—Cállate y bésame —murmuró ella, exasperada.
Pedro lanzó una maldición en voz baja. Y la besó. Y la besó y la besó, asustado de lo que estaba ocurriendo en aquel momento. Hasta que besarla dejó de ser suficiente. Necesitaba sentir todo su cuerpo cubriendo el de Paula. Necesitaba algo más que su lengua dentro de ella. Cuando el deseo lo golpeó, tomó el control, dejando que su experto instinto masculino tomara el lugar de su inexperto corazón. Desnudarla era lo primero. En un instante, ella estuvo desnuda de cintura para arriba, el sujetador en el suelo, sus deliciosos pechos temblando en sus manos, sus pezones erectos entre sus dedos. La llamarada de deseo que provocó el primer gemido hizo que los escrúpulos de Pedro desaparecieran del todo. La cremallera de la falda fue fácil víctima de sus dedos y la prenda cayó a sus pies.
—Quítate los zapatos —la ordenó.
Y Paula lo hizo, quedando frente a él sólo con una braguita blanca. Pedro la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. Sobre ella había un montón de trajes, pero eso no lo detuvo. Su pasión lo hacía fuerte y la sujetó con un brazo mientras con el otro tiraba del edredón para deshacerse de la ropa. Y después la tumbó suavemente sobre las sábanas color crema para llevarla a un mundo en el que él había estado tantas veces antes. Pero nunca como aquella…
Paula lanzó un gemido cuando notó los labios del hombre cerrándose sobre uno de sus pezones. Y volvió a gemir, sorprendida, cuando él le quitó las braguitas y empezó a acariciarla entre las piernas. Cuando él la besó allí, un escalofrío de placer la hizo temblar de forma incontrolable. Pedro la abandonó brevemente para ir a su dormitorio a buscar protección y cuando volvió ella no había movido un músculo. La encontró como la había dejado, las piernas separadas, los ojos brillantes… Pero su cuerpo abierto para él no era en absoluto lascivo o lujurioso. Él se sentía conmovido por la intensidad de su excitación y la evidencia de ello ante sus ojos. Incapaz de esperar más se colocó sobre ella para introducir su turgente sexo en la humedad femenina. Paula gritó, gimiendo de placer mientras él embestía con fuerza. Era tan estrecha. Tan deliciosa, exquisitamente estrecha. Sería tan fácil olvidarse de todo, excepto de su propio placer… Pero eso sólo lo haría un monstruo como ese Diego. Aunque podía ser egoísta en la cama, simplemente no podía serlo con Paula. Ella se merecía más. Se merecía lo mejor. De modo que pensó en otra cosa y esperó hasta que ella empezó a clavarle las uñas en la espalda. Entonces y sólo entonces embistió profundamente. Ella le clavaba las uñas con fuerza, pero a él no le importaba el dolor. Le gustaba, cómo le gustaba la fuerza con la que lo sujetaba por dentro. Sintió que ella llegaba al orgasmo, los espasmos literalmente robándole el aliento; y el suyo también, llevándole a un clímax que no parecía terminar nunca.
La cabeza le daba vueltas… Su corazón seguía latiendo salvajemente unos minutos después. Por fin, Paula se dejó caer en sus brazos, quejándose cuando él se levantó para el necesario viaje al cuarto de baño. Pedro no quería dejarla, ni siquiera por un segundo. Cuando volvió, vió que ella había cubierto su desnudez con la sábana. Su corazón se encogió un poco. Se sentía culpable. Aunque era un poco tarde para eso.
—Ven aquí, preciosa —murmuró, tomándola entre sus brazos.
Cuando Paula apoyó la cabeza sobre su pecho, dejó escapar un profundo suspiro de satisfacción. Se sentía culpable, pero también se sentía maravillosamente bien, completamente relajado. No necesitaba un cigarrillo. Lo único que quería era estar tumbado con ella, saboreando la experiencia. Sospechaba que nunca un hombre la había acariciado como él. Sospechaba que había un millón de cosas que nunca había hecho. Agradecía que el monstruo de Diego fuera un patán en la cama.
—¿Todas las mujeres disfrutan tanto contigo?
Pedro sabía de qué estaba hablando. Que las mujeres tuvieran orgasmos durante la penetración no era tan corriente como decían las revistas femeninas. Y tampoco era siempre fallo del hombre que las mujeres no tuvieran orgasmos, aunque podían ayudar a su pareja a llegar con más facilidad. El orgasmo empieza en la cabeza, no en el cuerpo. A él le habría gustado llevarse todo el crédito, pero la verdad era que ella estaba preparada. De nuevo, pensó que debía darle las gracias a Diego.
—Recuerda que sólo es sexo, Paula. Nada más. No pienses que puede haber algo más conmigo.
Los ojos de ella se oscurecieron, pero no apartó la mirada.
—Lo sé, Pedro. No soy una niña.
—No me digas que me quieres. No me digas nunca que me quieres.
—Cállate y bésame —murmuró ella, exasperada.
Pedro lanzó una maldición en voz baja. Y la besó. Y la besó y la besó, asustado de lo que estaba ocurriendo en aquel momento. Hasta que besarla dejó de ser suficiente. Necesitaba sentir todo su cuerpo cubriendo el de Paula. Necesitaba algo más que su lengua dentro de ella. Cuando el deseo lo golpeó, tomó el control, dejando que su experto instinto masculino tomara el lugar de su inexperto corazón. Desnudarla era lo primero. En un instante, ella estuvo desnuda de cintura para arriba, el sujetador en el suelo, sus deliciosos pechos temblando en sus manos, sus pezones erectos entre sus dedos. La llamarada de deseo que provocó el primer gemido hizo que los escrúpulos de Pedro desaparecieran del todo. La cremallera de la falda fue fácil víctima de sus dedos y la prenda cayó a sus pies.
—Quítate los zapatos —la ordenó.
Y Paula lo hizo, quedando frente a él sólo con una braguita blanca. Pedro la tomó en sus brazos y la llevó a la cama. Sobre ella había un montón de trajes, pero eso no lo detuvo. Su pasión lo hacía fuerte y la sujetó con un brazo mientras con el otro tiraba del edredón para deshacerse de la ropa. Y después la tumbó suavemente sobre las sábanas color crema para llevarla a un mundo en el que él había estado tantas veces antes. Pero nunca como aquella…
Paula lanzó un gemido cuando notó los labios del hombre cerrándose sobre uno de sus pezones. Y volvió a gemir, sorprendida, cuando él le quitó las braguitas y empezó a acariciarla entre las piernas. Cuando él la besó allí, un escalofrío de placer la hizo temblar de forma incontrolable. Pedro la abandonó brevemente para ir a su dormitorio a buscar protección y cuando volvió ella no había movido un músculo. La encontró como la había dejado, las piernas separadas, los ojos brillantes… Pero su cuerpo abierto para él no era en absoluto lascivo o lujurioso. Él se sentía conmovido por la intensidad de su excitación y la evidencia de ello ante sus ojos. Incapaz de esperar más se colocó sobre ella para introducir su turgente sexo en la humedad femenina. Paula gritó, gimiendo de placer mientras él embestía con fuerza. Era tan estrecha. Tan deliciosa, exquisitamente estrecha. Sería tan fácil olvidarse de todo, excepto de su propio placer… Pero eso sólo lo haría un monstruo como ese Diego. Aunque podía ser egoísta en la cama, simplemente no podía serlo con Paula. Ella se merecía más. Se merecía lo mejor. De modo que pensó en otra cosa y esperó hasta que ella empezó a clavarle las uñas en la espalda. Entonces y sólo entonces embistió profundamente. Ella le clavaba las uñas con fuerza, pero a él no le importaba el dolor. Le gustaba, cómo le gustaba la fuerza con la que lo sujetaba por dentro. Sintió que ella llegaba al orgasmo, los espasmos literalmente robándole el aliento; y el suyo también, llevándole a un clímax que no parecía terminar nunca.
La cabeza le daba vueltas… Su corazón seguía latiendo salvajemente unos minutos después. Por fin, Paula se dejó caer en sus brazos, quejándose cuando él se levantó para el necesario viaje al cuarto de baño. Pedro no quería dejarla, ni siquiera por un segundo. Cuando volvió, vió que ella había cubierto su desnudez con la sábana. Su corazón se encogió un poco. Se sentía culpable. Aunque era un poco tarde para eso.
—Ven aquí, preciosa —murmuró, tomándola entre sus brazos.
Cuando Paula apoyó la cabeza sobre su pecho, dejó escapar un profundo suspiro de satisfacción. Se sentía culpable, pero también se sentía maravillosamente bien, completamente relajado. No necesitaba un cigarrillo. Lo único que quería era estar tumbado con ella, saboreando la experiencia. Sospechaba que nunca un hombre la había acariciado como él. Sospechaba que había un millón de cosas que nunca había hecho. Agradecía que el monstruo de Diego fuera un patán en la cama.
—¿Todas las mujeres disfrutan tanto contigo?
Pedro sabía de qué estaba hablando. Que las mujeres tuvieran orgasmos durante la penetración no era tan corriente como decían las revistas femeninas. Y tampoco era siempre fallo del hombre que las mujeres no tuvieran orgasmos, aunque podían ayudar a su pareja a llegar con más facilidad. El orgasmo empieza en la cabeza, no en el cuerpo. A él le habría gustado llevarse todo el crédito, pero la verdad era que ella estaba preparada. De nuevo, pensó que debía darle las gracias a Diego.
Peligrosa Atracción: Capítulo 27
Pedro no había anticipado, sin embargo, que la idea de hacerla menos atractiva fuera a dar precisamente el resultado contrario. Cuando la puerta del salón se abrió y Paula se dirigió hacia él, no era la «niña» de Arturo, sino una criatura completamente diferente. Una sofisticada y sorprendente criatura a quien aquel pelo corto negro hacia más sexy que el demonio. Cuando se acercaba, el arco de sus cejas, la larga curva de su cuello o y la generosidad de sus labios hicieron que sintiera una tensión en la entrepierna. La perversidad del destino era increíble, pensaba, inclinándose para abrir su puerta.
—No te gusta —dijo ella.
—No es exactamente lo que yo había esperado.
El disgusto de Paula al oír esas palabras hizo que se sintiera como un bellaco. Pero se negaba a hacerle cumplidos. Sabía que su opinión era demasiado importante para ella. Ya era suficiente con que él la deseara. Si ella empezaba a sentirse atraída hacia él, estaban perdidos.
—Pero no está mal, Paula —añadió—. Ahora vamos a casa. Hernán ha llevado la ropa de Marina y tenemos que encontrar algo para mañana. Había pensado que cenáramos juntos esta noche, pero ha surgido algo importante y tengo que marcharme.
—Oh… —murmuró ella, desilusionada.
Pedro sospechó que tendría que evitarla muchas noches a partir de aquel momento. Al día siguiente no habría peligro porque iban a estar rodeados de gente y su mente estaría ocupada con la misión que tenía entre manos. Pero durante el fin de semana empezarían los problemas. Tendría que buscar poner excusas y encontrar una persona que le enseñara Sidney; alguna mujer sensata y seria. Con su nueva imagen, los hombres se lanzarían sobre Paula como moscas. Era una lástima que Aldana estuviera tan ocupada con los preparativos de su boda o se lo habría pedido a ella. Quizá Candelaria, su amiga, se prestaría. Estaba en la fase de odiar a los hombres, de modo que era perfecta. Seguía pensando en el asunto media hora después, mientras esperaba que Paula saliera de la habitación con uno de los trajes de su tía. Pero no quería esperar ni un segundo más. No quería estar a solas con ella. Lo único que quería era ir al gimnasio para hacer ejercicio hasta agotarse, tomar un par de copas y volver a casa cuando ella estuviera dormida.
—¿Qué te parece?
Pedro levantó la cabeza al oír su voz. Había estado fumando como una chimenea en un vano intento por calmarse, pero al verla embutida en un ajustado traje de color violeta, su corazón empezó a latir con tanta fuerza como un tambor de la jungla. ¡Tenía que marcharse de allí en aquel mismo instante!
—Aún tiene puesta la etiqueta y es carísimo —murmuró ella, aparentemente encantada con su nuevo aspecto. Y tremendamente sexy, hubiera añadido Pedro—. No quería ponerme un vestido que mi tía hubiera llevado alguna vez a la oficina, así que este es perfecto. ¿No te parece?
—Perfecto —murmuró Pedro con los dientes apretados. A Diego Benítez se le iban a salir los ojos de las órbitas.
—La ropa es de mi talla. Y los zapatos también. ¿Te gustan? —preguntó, moviendo un pie alegremente. Pedro miró en silencio el tobillo y la hermosa pierna desnuda—. Tiene unos accesorios divinos. Y las joyas también. ¿Te gustan estos pendientes? —sonrió, tocando unas perlitas que rozaban delicadamente su largo cuello.
Pedro deseaba alargar la mano para tocarla, para tocar todo su cuerpo. Podía imaginar a Paula sin aquel vestido, desnuda, cada curva de su cuerpo deseando ser acariciada, besada y…
—Tengo que irme, Paula —murmuró, apartando la mirada—. Siento dejarte sola. Hay televisión por cable, si te apetece ver alguna película.
Los ojos de Paula se oscurecieron.
—Vas a salir con Romina, ¿Verdad?
—Sí —mintió él.
Paula dejó caer los hombros, decepcionada. Cuando se dió la vuelta para entrar en su habitación Pedro la siguió con la mirada, pero en lugar de correr hacia la puerta, se encontró corriendo hacia ella.
—He mentido —dijo, tomándola en sus brazos, ciego a todo lo que no fuera la atracción que sentía por aquella mujer—. No voy a salir con Romina. Anoche rompí con ella. Me marchaba para alejarme de tí.
—¿De mí?
—De tí, tonta. Me estás volviendo loco. Creí que podría resistir, pero no puedo. Y estoy harto de intentarlo.
—Pero… pero creí que no te gustaba.
—Me encantas. Y quiero hacerte el amor hasta que me quede sin fuerzas. Es que… le prometí a Arturo cuidar de tí y… bueno, no creo que él tuviera en mente que te hiciera el amor.
¿Por qué estaba balbuceando como un idiota? Había tomado una decisión. Había cruzado la línea. Pero fue ella quien hizo el primer movimiento, enredando los brazos alrededor de su cuello y apretándose contra él.
—Arturo siempre cree que sabe lo que es bueno para mí —murmuró, mirándolo a los ojos—. Pero no lo sabe. Yo creo que hacer el amor sería una forma perfecta de cuidar de mí.
—No te gusta —dijo ella.
—No es exactamente lo que yo había esperado.
El disgusto de Paula al oír esas palabras hizo que se sintiera como un bellaco. Pero se negaba a hacerle cumplidos. Sabía que su opinión era demasiado importante para ella. Ya era suficiente con que él la deseara. Si ella empezaba a sentirse atraída hacia él, estaban perdidos.
—Pero no está mal, Paula —añadió—. Ahora vamos a casa. Hernán ha llevado la ropa de Marina y tenemos que encontrar algo para mañana. Había pensado que cenáramos juntos esta noche, pero ha surgido algo importante y tengo que marcharme.
—Oh… —murmuró ella, desilusionada.
Pedro sospechó que tendría que evitarla muchas noches a partir de aquel momento. Al día siguiente no habría peligro porque iban a estar rodeados de gente y su mente estaría ocupada con la misión que tenía entre manos. Pero durante el fin de semana empezarían los problemas. Tendría que buscar poner excusas y encontrar una persona que le enseñara Sidney; alguna mujer sensata y seria. Con su nueva imagen, los hombres se lanzarían sobre Paula como moscas. Era una lástima que Aldana estuviera tan ocupada con los preparativos de su boda o se lo habría pedido a ella. Quizá Candelaria, su amiga, se prestaría. Estaba en la fase de odiar a los hombres, de modo que era perfecta. Seguía pensando en el asunto media hora después, mientras esperaba que Paula saliera de la habitación con uno de los trajes de su tía. Pero no quería esperar ni un segundo más. No quería estar a solas con ella. Lo único que quería era ir al gimnasio para hacer ejercicio hasta agotarse, tomar un par de copas y volver a casa cuando ella estuviera dormida.
—¿Qué te parece?
Pedro levantó la cabeza al oír su voz. Había estado fumando como una chimenea en un vano intento por calmarse, pero al verla embutida en un ajustado traje de color violeta, su corazón empezó a latir con tanta fuerza como un tambor de la jungla. ¡Tenía que marcharse de allí en aquel mismo instante!
—Aún tiene puesta la etiqueta y es carísimo —murmuró ella, aparentemente encantada con su nuevo aspecto. Y tremendamente sexy, hubiera añadido Pedro—. No quería ponerme un vestido que mi tía hubiera llevado alguna vez a la oficina, así que este es perfecto. ¿No te parece?
—Perfecto —murmuró Pedro con los dientes apretados. A Diego Benítez se le iban a salir los ojos de las órbitas.
—La ropa es de mi talla. Y los zapatos también. ¿Te gustan? —preguntó, moviendo un pie alegremente. Pedro miró en silencio el tobillo y la hermosa pierna desnuda—. Tiene unos accesorios divinos. Y las joyas también. ¿Te gustan estos pendientes? —sonrió, tocando unas perlitas que rozaban delicadamente su largo cuello.
Pedro deseaba alargar la mano para tocarla, para tocar todo su cuerpo. Podía imaginar a Paula sin aquel vestido, desnuda, cada curva de su cuerpo deseando ser acariciada, besada y…
—Tengo que irme, Paula —murmuró, apartando la mirada—. Siento dejarte sola. Hay televisión por cable, si te apetece ver alguna película.
Los ojos de Paula se oscurecieron.
—Vas a salir con Romina, ¿Verdad?
—Sí —mintió él.
Paula dejó caer los hombros, decepcionada. Cuando se dió la vuelta para entrar en su habitación Pedro la siguió con la mirada, pero en lugar de correr hacia la puerta, se encontró corriendo hacia ella.
—He mentido —dijo, tomándola en sus brazos, ciego a todo lo que no fuera la atracción que sentía por aquella mujer—. No voy a salir con Romina. Anoche rompí con ella. Me marchaba para alejarme de tí.
—¿De mí?
—De tí, tonta. Me estás volviendo loco. Creí que podría resistir, pero no puedo. Y estoy harto de intentarlo.
—Pero… pero creí que no te gustaba.
—Me encantas. Y quiero hacerte el amor hasta que me quede sin fuerzas. Es que… le prometí a Arturo cuidar de tí y… bueno, no creo que él tuviera en mente que te hiciera el amor.
¿Por qué estaba balbuceando como un idiota? Había tomado una decisión. Había cruzado la línea. Pero fue ella quien hizo el primer movimiento, enredando los brazos alrededor de su cuello y apretándose contra él.
—Arturo siempre cree que sabe lo que es bueno para mí —murmuró, mirándolo a los ojos—. Pero no lo sabe. Yo creo que hacer el amor sería una forma perfecta de cuidar de mí.
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