—¿Corto? —repitió Paula, aterrorizada—. ¿Liso? ¿Y negro? ¿Seguro de que es eso lo que Pedro ha dicho?
—Tu amigo ha insistido mucho, cielo —dijo el peluquero—. Y tiene razón. Vas a estar divina.
Paula no quería estar divina. Quería estar femenina y sexy.
—Pero yo quiero tener el pelo rubio —gimió ella—. Y rizado, cayendo sobre los hombros.
—Lo siento, bonita, pero tienes las puntas fatal. No puedo volver a teñirte de rubio. Pero no te preocupes, de morena vas a estar genial —insistió el afeminado peluquero—. Se lleva muchísimo. Mira…—dijo apartándole el pelo de la cara— tienes unos pómulos estupendos y un cuello largo… pero ahí viene Janine. Vamos a consultar con ella para que te quedes tranquila.
Cuando entraron en salón de belleza y Pedro había pedido que le hicieran un arreglo de pies a cabeza, Paula se sintió avergonzada. ¿No había nada en ella que le gustase?
—El señor Alfonso insistió en que fuera corto y negro —confirmó Jazmín—. Dijo que se enfadaría mucho si no era así. Tiene una idea muy clara de lo que espera, pero si quieres llamarlo…
La seguridad de Paula desapareció en ese momento, como desapareció la ilusión de que a Pedro hubiera empezado a gustarle un poco. Aquellas miradas que lanzaba sobre ella mientras comían la pizza no eran de admiración, sino de examen para ver qué tenía que cambiar. Había estado planeando un cambio de imagen, no enamorándose de ella como estúpidamente había creído.
—Hagan lo que ha dicho el señor Alfonso —suspiró por fin.
Y lo hicieron. ¡Durante ocho horas! Tiñeron su pelo de negro, exfoliaron su cara sin piedad, le depilaron las cejas, le hicieron la manicura y pedicura y terminaron con un masaje hidratante en todo el cuerpo. Afortunadamente, también le dieron de comer y de beber o se hubiera muerto por deshidratación. A las cuatro, pudo quitarse el albornoz que había sido su uniforme durante todo el día y volvió a ponerse la falda de lana gris y el jersey rosa que llevaba al entrar. Yanina la llevó a una habitación donde una chica llamada Yanina empezó a maquillarla, explicando cada paso que daba.
—Estoy poniendo una base de maquillaje de un tono parecido al de tu piel — estaba diciendo Yanina. Sobre el maquillaje le puso polvos transparentes y después sombra de ojos de un tono azul intenso, se los delineó en negro y le puso rímel del mismo color—. Te estoy maquillando para noche, pero para el día sugiero una sombra de ojos más clara, que casi no se note.
Lo último que Yanina aplicó fue el colorete y Paula se quedó asombrada al ver cómo levantaba sus pómulos y le daba a su cara un aspecto radiante. La verdad era que estaba guapísima, incluso con el gorro de plástico que le habían puesto para proteger el peinado. Cuando el peluquero se lo quitó para darle el último toque frente al espejo, se quedó sin habla.
—¿No te lo había dicho? Fabulosa, nena. Estás fabulosa.
No podía creer lo que estaba viendo. El elegante pelo corto hacía que su cuello pareciera larguísimo y sus ojos aún más grandes y almendrados. Parecía una modelo.
—Es increíble —murmuró, mirándose al espejo desde todos los ángulos.
—¿Contenta?
—Mucho.
—Me parece que el señor Alfonso también va a estar muy contento con el producto final —dijo el hombre, guiñándole un ojo.
La expresión «producto final» aplastó las pocas esperanzas que le quedaban. Porque, efectivamente, ella era un producto para Pedro. Él sólo quería que hiciera el papel de mujer de negocios competente y segura de sí misma. No estaba interesado en ella como mujer y tenía que convencerse de ello. El «producto final», sin embargo, había restaurado algo de su autoestima. Al menos podría ir a las oficinas de Femme Fatale al día siguiente sintiéndose cómoda con su apariencia.
Pedro no había podido concentrarse en el trabajo y lo único que había conseguido hacer en todo el día fue comprar comida en el supermercado y pedir que la enviaran a su casa. Y allí estaba, esperando a Paula en la puerta del salón de belleza, sintiéndose aprensivo. Le preocupaba la atracción que empezaba a sentir por ella. Le gustaba, fuera cual fuera su aspecto. Le gustaba la persona con la que había compartido una pizza la noche anterior, aquella chica deliciosa que hablaba con naturalidad, contándole anécdotas de los turistas que iban al hotel de Drybed Creek porque les parecía romántico. Se había reído, pensando secretamente que lo único romántico en Drybed Creek era ella. La verdad era que podría ser calva y le seguiría gustando. Que se hubiera cortado el pelo no iba a valer de nada.
sábado, 3 de junio de 2017
Peligrosa Atracción: Capítulo 25
—Por lo que dices, Paula Chaves no es lo que yo había creído. Parece una chica muy inteligente.
—Y lo es. Además, tiene una voz preciosa y un ligero acento inglés muy impresionante. El consejo de administración de Femme Fatale se va a quedar de piedra. Y el personal también, te lo aseguro. Lo único que hace falta es cambiarle un poquito la imagen.
—¿Qué pasa con su imagen? El informe dice que es atractiva.
—Atractiva para ser camarera en un pueblo, pero eso no vale en Femme Fatale. Y hay que cambiarle la ropa, que es una de las razones por las que te llamo. ¿Dónde está el vestuario de Marina?
—En mi garaje. Lo he guardado en varias maletas enormes.
—¿Podrías traerlas a mi casa mañana? Déjaselas al conserje.
—De acuerdo. ¿Cuándo vas a llevarla a las oficinas?
—El viernes por la mañana.
—Entonces tendré que llamar a Diego Benítez. Nadie le ha contado nada de esta historia y habrá que avisarle.
—Yo tengo algunas reservas con ese Benítez. Si es tan brillante como dicen, ¿por qué no ha conseguido sacar adelante Femme Fatale? La empresa iba perfectamente cuando Marina murió.
—Dice que Marina invirtió demasiado en el perfume que pensaba lanzar. Un proyecto que él ha cancelado.
—Lo sé. Yo iba a hacer la campaña publicitaria. Pero, ¿Por qué cancelar? No se resuelve nada con dar marcha atrás, hay que seguir adelante con los proyectos. Además, si se vende, un perfume da extraordinarios beneficios. Y mi agencia se habría encargado de que se vendiera.
—No estoy seguro. Le pregunté el otro día y me dio una charla sobre cash flow y fluctuaciones del mercado. Tendrás que hablar tú con él, Pepe. Yo solo soy un abogado.
Habían estudiado juntos, compartiendo un diminuto departamento en uno de los peores barrios de Sidney. Los dos pertenecían a familias sin patrimonio y no tenían nada más que su ambición. Los dos estaban decididos a ser alguien en la vida y los dos lo habían conseguido. O Hernán lo había conseguido hasta ese momento… Pedro seguía sin creer en la estupidez de su amigo, que había pedido dinero prestado para comprar acciones de Femme Fatale.
—¿Estás seguro de que esta idea tuya va a funcionar, Pepe?
—Nan, saca la botella de Hermitage de la bodega y empieza a quitarle el polvo. Ahora tengo que irme o nuestra heredera empezara a preguntarse dónde estoy.
Pedro encontró a Paula diciéndole a Arturo lo preciosa que era la vista desde la terraza. Tenía los ojos brillantes y Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para no arrancarle el auricular y tomarla en sus brazos.
—Pedro ha vuelto —dijo ella—. Tengo que colgar antes de que me tire por la terraza por gastar tanto dinero en teléfono… Sí, lo haré. Y no dejes que Delia Walton te haga la cena.
Paula sonrió después de colgar.
—¿Por qué sonríes?
—Hombres.
—¿Hombres? —repitió él.
—Sí. Diles que no hagan algo y eso se convierte en lo más atractivo del mundo para ellos.
—¿A qué te refieres exactamente?
—Delia Walton. Llevo mucho tiempo intentando emparejarlo con ella, pero Arturo no quería saber nada. Hasta que empecé a aconsejarle que no la viera.
—¿Quieres que Arturo se case con ella?
—Por supuesto. Sería la solución a mis preocupaciones.
—Ya veo.
Pedro sacudió la cabeza, asombrado. Pero las palabras de Paula lo habían hecho pensar. Ella había empezado a parecerle más atractiva cuando a Arturo le había advertido contra ella. ¿Era tan sencillo? ¿La deseaba tanto porque era fruta prohibida? Era perverso, pero posible.
—¿Por qué me miras así?
—Perdón —murmuró Harry, que no se había dado ni cuenta.
—Es mi pelo, ¿verdad?
—No. Estaba pensando. A veces me quedo mirando cuando pienso.
—¿En qué estabas pensando?
—En qué podamos cenar.
—¿Qué tal una pizza?
—¡Pizza! Creí que te gustaba comer cosas sanas.
—De vez en cuando tomo una pizza. No tengo el colesterol alto como Arturo. ¿Y tú?
—No tengo ni idea.
Paula lo miró, incrédula.
—Deberías cuidarte mejor o un día te dará un ataque al corazón.
—No tengo intención de cambiar mi forma de vida ni de preocuparme por mi salud. Hago ejercicio regularmente y eso compensa mis pequeños excesos —dijo él—. Por cierto, he encontrado un sitio en el que pueden arreglarte el pelo mañana — añadió, prudente. Pedro había decidido no decirle que la iban cambiar de la cabeza a los pies. Algunas cosas era mejor no decirlas. Sobre todo a las mujeres. Podían ser muy sensibles a una crítica sobra su aspecto—. Y Hernán va a traer la ropa de tu tía porque el viernes por la mañana harás tu entrada en las oficinas de Femme Fatale.
Paula se puso pálida.
—¿Tan pronto?
—No hay por qué retrasarlo.
—Voy… voy a ponerme muy nerviosa, Pedro.
—Es normal. Pero no dejes que los nervios te atenacen.
—¿Y cómo hago eso?
—Concéntrate.
—¿Concentrarme? —repitió ella, inclinando la cabeza de forma encantadora.
—Concéntrate firmemente en lo que quieres. Y no dejes que nada, nada en absoluto te distraiga.
Pedro intentó no tomarse sus propias palabras al pie de la letra, porque si lo hacía estaría perdido y ella también. La deseaba como nunca había deseado a una mujer en toda su vida.
—¿Y qué es lo que quiero? —pregunto Paula, ingenuamente.
—El respeto del personal —contestó Pedro con firmeza—. Y la revitalización de tu empresa.
—Mi empresa…
—Tuya, Paula. Recuerda que Femme Fatale es tu empresa.
—Mía —repitió ella, mordiéndose los labios.
Pedro estaba empezando a tener deseos incontrolables cuando sonó el teléfono. Romina que llamaba para pedirle perdón. Seguro. Y quizá la perdonaría aquella vez, al menos hasta que la «niña» de Arturo estuviera de vuelta en casa. A salvo.
—Pedro Alfonso.
—Pedro, soy Aldana. Candelaria me ha hablado de un salón que se llama Jazmín. Tengo la dirección y el teléfono. ¿Tienes un bolígrafo?
—Dime —dijo Pedro, anotando la dirección en un papel.
—Cande dice que es posible que puedan atenderla mañana y que te advierta que es un salón tremendamente caro. También me ha advertido que te pongas serio sobre el pelo, porque las peluqueras siempre intentan convencer a la cliente de que se haga lo que ellas quieren.
—No te preocupes —dijo Pedro —. Sé exactamente lo que quiero. Y que Dios las ayude si no siguen mis órdenes.
—Y lo es. Además, tiene una voz preciosa y un ligero acento inglés muy impresionante. El consejo de administración de Femme Fatale se va a quedar de piedra. Y el personal también, te lo aseguro. Lo único que hace falta es cambiarle un poquito la imagen.
—¿Qué pasa con su imagen? El informe dice que es atractiva.
—Atractiva para ser camarera en un pueblo, pero eso no vale en Femme Fatale. Y hay que cambiarle la ropa, que es una de las razones por las que te llamo. ¿Dónde está el vestuario de Marina?
—En mi garaje. Lo he guardado en varias maletas enormes.
—¿Podrías traerlas a mi casa mañana? Déjaselas al conserje.
—De acuerdo. ¿Cuándo vas a llevarla a las oficinas?
—El viernes por la mañana.
—Entonces tendré que llamar a Diego Benítez. Nadie le ha contado nada de esta historia y habrá que avisarle.
—Yo tengo algunas reservas con ese Benítez. Si es tan brillante como dicen, ¿por qué no ha conseguido sacar adelante Femme Fatale? La empresa iba perfectamente cuando Marina murió.
—Dice que Marina invirtió demasiado en el perfume que pensaba lanzar. Un proyecto que él ha cancelado.
—Lo sé. Yo iba a hacer la campaña publicitaria. Pero, ¿Por qué cancelar? No se resuelve nada con dar marcha atrás, hay que seguir adelante con los proyectos. Además, si se vende, un perfume da extraordinarios beneficios. Y mi agencia se habría encargado de que se vendiera.
—No estoy seguro. Le pregunté el otro día y me dio una charla sobre cash flow y fluctuaciones del mercado. Tendrás que hablar tú con él, Pepe. Yo solo soy un abogado.
Habían estudiado juntos, compartiendo un diminuto departamento en uno de los peores barrios de Sidney. Los dos pertenecían a familias sin patrimonio y no tenían nada más que su ambición. Los dos estaban decididos a ser alguien en la vida y los dos lo habían conseguido. O Hernán lo había conseguido hasta ese momento… Pedro seguía sin creer en la estupidez de su amigo, que había pedido dinero prestado para comprar acciones de Femme Fatale.
—¿Estás seguro de que esta idea tuya va a funcionar, Pepe?
—Nan, saca la botella de Hermitage de la bodega y empieza a quitarle el polvo. Ahora tengo que irme o nuestra heredera empezara a preguntarse dónde estoy.
Pedro encontró a Paula diciéndole a Arturo lo preciosa que era la vista desde la terraza. Tenía los ojos brillantes y Pedro tuvo que hacer un esfuerzo para no arrancarle el auricular y tomarla en sus brazos.
—Pedro ha vuelto —dijo ella—. Tengo que colgar antes de que me tire por la terraza por gastar tanto dinero en teléfono… Sí, lo haré. Y no dejes que Delia Walton te haga la cena.
Paula sonrió después de colgar.
—¿Por qué sonríes?
—Hombres.
—¿Hombres? —repitió él.
—Sí. Diles que no hagan algo y eso se convierte en lo más atractivo del mundo para ellos.
—¿A qué te refieres exactamente?
—Delia Walton. Llevo mucho tiempo intentando emparejarlo con ella, pero Arturo no quería saber nada. Hasta que empecé a aconsejarle que no la viera.
—¿Quieres que Arturo se case con ella?
—Por supuesto. Sería la solución a mis preocupaciones.
—Ya veo.
Pedro sacudió la cabeza, asombrado. Pero las palabras de Paula lo habían hecho pensar. Ella había empezado a parecerle más atractiva cuando a Arturo le había advertido contra ella. ¿Era tan sencillo? ¿La deseaba tanto porque era fruta prohibida? Era perverso, pero posible.
—¿Por qué me miras así?
—Perdón —murmuró Harry, que no se había dado ni cuenta.
—Es mi pelo, ¿verdad?
—No. Estaba pensando. A veces me quedo mirando cuando pienso.
—¿En qué estabas pensando?
—En qué podamos cenar.
—¿Qué tal una pizza?
—¡Pizza! Creí que te gustaba comer cosas sanas.
—De vez en cuando tomo una pizza. No tengo el colesterol alto como Arturo. ¿Y tú?
—No tengo ni idea.
Paula lo miró, incrédula.
—Deberías cuidarte mejor o un día te dará un ataque al corazón.
—No tengo intención de cambiar mi forma de vida ni de preocuparme por mi salud. Hago ejercicio regularmente y eso compensa mis pequeños excesos —dijo él—. Por cierto, he encontrado un sitio en el que pueden arreglarte el pelo mañana — añadió, prudente. Pedro había decidido no decirle que la iban cambiar de la cabeza a los pies. Algunas cosas era mejor no decirlas. Sobre todo a las mujeres. Podían ser muy sensibles a una crítica sobra su aspecto—. Y Hernán va a traer la ropa de tu tía porque el viernes por la mañana harás tu entrada en las oficinas de Femme Fatale.
Paula se puso pálida.
—¿Tan pronto?
—No hay por qué retrasarlo.
—Voy… voy a ponerme muy nerviosa, Pedro.
—Es normal. Pero no dejes que los nervios te atenacen.
—¿Y cómo hago eso?
—Concéntrate.
—¿Concentrarme? —repitió ella, inclinando la cabeza de forma encantadora.
—Concéntrate firmemente en lo que quieres. Y no dejes que nada, nada en absoluto te distraiga.
Pedro intentó no tomarse sus propias palabras al pie de la letra, porque si lo hacía estaría perdido y ella también. La deseaba como nunca había deseado a una mujer en toda su vida.
—¿Y qué es lo que quiero? —pregunto Paula, ingenuamente.
—El respeto del personal —contestó Pedro con firmeza—. Y la revitalización de tu empresa.
—Mi empresa…
—Tuya, Paula. Recuerda que Femme Fatale es tu empresa.
—Mía —repitió ella, mordiéndose los labios.
Pedro estaba empezando a tener deseos incontrolables cuando sonó el teléfono. Romina que llamaba para pedirle perdón. Seguro. Y quizá la perdonaría aquella vez, al menos hasta que la «niña» de Arturo estuviera de vuelta en casa. A salvo.
—Pedro Alfonso.
—Pedro, soy Aldana. Candelaria me ha hablado de un salón que se llama Jazmín. Tengo la dirección y el teléfono. ¿Tienes un bolígrafo?
—Dime —dijo Pedro, anotando la dirección en un papel.
—Cande dice que es posible que puedan atenderla mañana y que te advierta que es un salón tremendamente caro. También me ha advertido que te pongas serio sobre el pelo, porque las peluqueras siempre intentan convencer a la cliente de que se haga lo que ellas quieren.
—No te preocupes —dijo Pedro —. Sé exactamente lo que quiero. Y que Dios las ayude si no siguen mis órdenes.
jueves, 1 de junio de 2017
Peligrosa Atracción: Capítulo 24
Y era normal. Sabía que las mujeres sólo pasaban la noche con él…
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Indefinidamente.
—¿Por qué?
—No tienes por qué saberlo, Romina.
—Yo creo que sí.
—No tiene nada que ver contigo y conmigo.
—¿Es que hay algo que tenga que ver contigo y conmigo?
—¿Qué quieres decir? —preguntó él.
—Quiero decir, Pedro, que o me dices quién es esa chica y qué relación tienes con ella o hemos terminado.
—¿No lo dirás en serio?
—Absolutamente en serio.
—Pues entonces, me parece que hemos terminado.
Romina oltó una palabrota muy poco elegante y colgó. Él colgó también y se quedó mirando el auricular. ¿Por qué demonios había hecho eso?, se preguntaba.
—¡Maldita sea! —exclamó, entre dientes.
Volvió a tomar el auricular y marcó el teléfono de su agencia. La recepcionista se habría marchado, pero siempre había alguien trabajando.
—¿Sí? —contestó una voz femenina.
—¿Eres tú, Aldana?
—Sí.
—Estupendo. Contigo precisamente quería hablar.
—¿Jefe?
—El mismo.
—¿Dónde estás? Tengo que hacer un par de preguntas sobre la cuenta de Packard, pero Silvana me dijo que estabas fuera de la ciudad.
—He vuelto. ¿Qué problema hay?
—Ninguno. Lo he aclarado con Patricio.
—Estupendo. Tengo un pequeño trabajo para tí. Es urgente.
—Pedro, son casi las siete y tengo que ir a casa a arreglarme. Tomás me ha
invitado a cenar.
—No tardarás mucho, no te preocupes. Necesito el teléfono de un salón de belleza, de esos que hacen de todo. Ya sabes, de los que entras como un monstruo y sales convertida en una princesa.
—Ah, ya veo. Crees que soy cliente de uno de esos salones, ¿No?
Harry tuvo que reírse.
—La verdad es que últimamente estás irreconocible.
—Pues lo he hecho yo misma, Pedro…con un poquito de ayuda de Candelaria.
—¿Quién es Candelaria?
—Una amiga mía.
—¿Crees que ella conocerá algún salón de belleza?
—Es posible. Cande siempre está divina.
—¿A qué se dedica?
—Directora de una inmobiliaria.
—¿Soltera?
—Divorciada.
—¿Edad?
—Unos treinta.
—¿Me das su número?
Aldana rió.
—Estás perdiendo el tiempo, Pedro, Candelaria sigue en la fase de odiar a los hombres después de su divorcio. Ni siquiera cree que Tomás haya cambiado.
—Los hombres no cambian, Aldana —dijo Pedro—. Sólo hacen creer a las mujeres que han cambiado.
—Eres un cínico, Pedro. Me enteraré de lo del salón de belleza y te llamaré más tarde. ¿Dónde te llamo?
Pedro le dió el número de su casa; la línea que aparecía en la guía, no la privada.
—Gracias, Aldana.
—De nada. Una pregunta.
—¿Qué?
—¿Para quién es esto?
—Para una amiga.
—¿Desde cuándo tienes «amigas»?
—¿Y ahora quién es la cínica?
—Tengo que irme, Pedro —rió ella.
Pedro colgó, esperando que sonara el teléfono inmediatamente. Pero se había equivocado. Aparentemente, Romina había terminado con él de forma definitiva. Y, sin embargo, se sentía aliviado. Después llamó Hernán, que parecía aliviado de que las cosas fueran tan bien.
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Indefinidamente.
—¿Por qué?
—No tienes por qué saberlo, Romina.
—Yo creo que sí.
—No tiene nada que ver contigo y conmigo.
—¿Es que hay algo que tenga que ver contigo y conmigo?
—¿Qué quieres decir? —preguntó él.
—Quiero decir, Pedro, que o me dices quién es esa chica y qué relación tienes con ella o hemos terminado.
—¿No lo dirás en serio?
—Absolutamente en serio.
—Pues entonces, me parece que hemos terminado.
Romina oltó una palabrota muy poco elegante y colgó. Él colgó también y se quedó mirando el auricular. ¿Por qué demonios había hecho eso?, se preguntaba.
—¡Maldita sea! —exclamó, entre dientes.
Volvió a tomar el auricular y marcó el teléfono de su agencia. La recepcionista se habría marchado, pero siempre había alguien trabajando.
—¿Sí? —contestó una voz femenina.
—¿Eres tú, Aldana?
—Sí.
—Estupendo. Contigo precisamente quería hablar.
—¿Jefe?
—El mismo.
—¿Dónde estás? Tengo que hacer un par de preguntas sobre la cuenta de Packard, pero Silvana me dijo que estabas fuera de la ciudad.
—He vuelto. ¿Qué problema hay?
—Ninguno. Lo he aclarado con Patricio.
—Estupendo. Tengo un pequeño trabajo para tí. Es urgente.
—Pedro, son casi las siete y tengo que ir a casa a arreglarme. Tomás me ha
invitado a cenar.
—No tardarás mucho, no te preocupes. Necesito el teléfono de un salón de belleza, de esos que hacen de todo. Ya sabes, de los que entras como un monstruo y sales convertida en una princesa.
—Ah, ya veo. Crees que soy cliente de uno de esos salones, ¿No?
Harry tuvo que reírse.
—La verdad es que últimamente estás irreconocible.
—Pues lo he hecho yo misma, Pedro…con un poquito de ayuda de Candelaria.
—¿Quién es Candelaria?
—Una amiga mía.
—¿Crees que ella conocerá algún salón de belleza?
—Es posible. Cande siempre está divina.
—¿A qué se dedica?
—Directora de una inmobiliaria.
—¿Soltera?
—Divorciada.
—¿Edad?
—Unos treinta.
—¿Me das su número?
Aldana rió.
—Estás perdiendo el tiempo, Pedro, Candelaria sigue en la fase de odiar a los hombres después de su divorcio. Ni siquiera cree que Tomás haya cambiado.
—Los hombres no cambian, Aldana —dijo Pedro—. Sólo hacen creer a las mujeres que han cambiado.
—Eres un cínico, Pedro. Me enteraré de lo del salón de belleza y te llamaré más tarde. ¿Dónde te llamo?
Pedro le dió el número de su casa; la línea que aparecía en la guía, no la privada.
—Gracias, Aldana.
—De nada. Una pregunta.
—¿Qué?
—¿Para quién es esto?
—Para una amiga.
—¿Desde cuándo tienes «amigas»?
—¿Y ahora quién es la cínica?
—Tengo que irme, Pedro —rió ella.
Pedro colgó, esperando que sonara el teléfono inmediatamente. Pero se había equivocado. Aparentemente, Romina había terminado con él de forma definitiva. Y, sin embargo, se sentía aliviado. Después llamó Hernán, que parecía aliviado de que las cosas fueran tan bien.
Peligrosa Atracción: Capítulo 23
Él había adoptado una actitud más profesional desde que llegaron a Sidney. Claramente, estaba de vuelta en su ciudad, en su mundo y había vuelto a ser el hombre de negocios que era. Paula se preguntaba cuándo podría preguntarle sobre el asunto del cambio de imagen del que había hablado en el taxi.
Pedro descolgó el teléfono mientras se sentaba en una esquina del escritorio.
—Antes voy a llamar para reservar mesa en un restaurante.
—Oh, no, por favor. Esta noche, no, Pedro —protestó ella—. Estoy cansada y la verdad es que no quiero ir a ninguna parte hasta que me arregle el pelo —añadió. Había intentado olvidarlo durante todo el día y casi lo había conseguido, pero la elegante casa de Pedro le había recordado lo inadecuada que era—. Tú puedes ir a cenar fuera si quieres. Mira, ya sé que puede parecer una tontería, pero es que no soporto tener el pelo mal.
—De acuerdo —se encogió Pedro de hombros—. Pediremos algo por teléfono. ¿Cuál es el número de Arturo? —preguntó. Paula se lo dió—. ¿Arturo? Soy Pedro. Sí, hemos llegado… No, el avión no se ha estrellado, aunque me parece que Paula tenía un poco de miedo. Enseguida se pone —sonrió él, ofreciéndole el auricular—. Habla con él todo el tiempo que quieras. Yo tengo que hacer algunas llamadas.
Pedro se alegró de alejarse de Paula y decidió llamar a Romina para asegurarse una noche de sexo y pecado. Aquella chica estaba metiéndose dentro de su piel. Que ella volviera a llamar la atención sobre su pelo decía muchas cosas. La turbadora verdad era que lo había olvidado y solo veía aquellos ojos violetas, aquellos enormes y harinosos ojos violetas. Cerró la puerta del dormitorio de un portazo, murmurando una maldición.
—Haré que le corten el pelo. Eso es lo que haré. Odio el pelo corto. Y me olvidaré de esa estúpida idea de vestirla con ropa que a mí me gusta. ¡Que se ponga la ropa de Marina! —exclamó, sentándose sobre la cama y marcando el número de la oficina de Romina.
—Romina Harley —la escuchó al otro lado del hilo, con aquella voz ronca que siempre le había parecido tan sexy. ¿Por qué entonces, de repente parecía preferir otra, con un ligero acento inglés?
—Hola, soy Pedro.
—¡Pepe! Llevo todo el día llamándote —dijo ella—. Tu secretaria me ha dicho que habías salido de la ciudad.
—Es verdad. Oye, Romi, tengo que verte. ¿Qué tal esta noche? —preguntó Pedro. Pero Romina no contestó—. ¿Romi? ¿estás ahí?
—¿No vas a preguntarme por qué he estado llamándote?
—¿Qué?
—¿Por qué los hombres no pueden pensar más que en una cosa, sobre todo cuando tienen sexo en la cabeza? Las cosas tienen que irte mal cuando quieres verme un día de diario.
—Me conoces muy bien —bromeó él.
La risa de Romina no era agradable.
—No, Pepe. No te conozco en absoluto. No al auténtico Pedro, sólo esa parte que ocasionalmente domina tu proceso mental. Lo siento, cariño, pero no. Esta noche tengo un millón de cosas que hacer. Me marcho a Melbourne mañana a primera hora. Por eso estaba intentando llamarte.
—Maldita sea.
—Volveré el sábado por la tarde.
—Faltan tres días.
—¿Por qué no vienes conmigo? —sugirió ella—. Tengo las noches libres.
—Pero yo no tengo los días libres.
—No vendrías aunque pudieras.
—No, Romi. Es verdad.
—En fin. Lo he intentado. Bueno, nos vemos el sábado por la noche. ¿Cenamos?
—Si insistes.
—Insisto. Y después… ¿tu casa o la mía?
—La mía —contestó él.
Pero después se sintió culpable porque sabía que no estaría pensando en Romina esa noche, sino en la chica que dormía al otro lado del pasillo. Quería pensar en Paula. Por eso había dicho que en su casa. Siempre decía que era sincero con las mujeres, pero aquello no era sincero. Era usar a Romina de la peor forma posible.
—¿Romi?
—¿Sí?
—Nada —murmuró Pedro. La alternativa, después de todo, era mucho más perversa. No podía… no debía hacerlo—. Necesito que me des el nombre de un instituto de belleza en el que puedan cambiar la imagen de una chica completamente. Pelo, uñas, piel, maquillaje. Quiero el mejor. Y lo quiero para mañana.
De nuevo hubo un silencio al otro lado del hilo.
—¿Es algo de trabajo? —preguntó Romina por fin.
—No, es personal.
—Ya veo. ¿Y quién es esa chica tan necesitada?
—Sólo una chica.
—¿Es ella la razón por la que te has ido de la ciudad?
—Sí.
—¿Y la has traído contigo?
—Sí.
—¿Está en tu casa? —preguntó Romina, sorprendida.
Pedro descolgó el teléfono mientras se sentaba en una esquina del escritorio.
—Antes voy a llamar para reservar mesa en un restaurante.
—Oh, no, por favor. Esta noche, no, Pedro —protestó ella—. Estoy cansada y la verdad es que no quiero ir a ninguna parte hasta que me arregle el pelo —añadió. Había intentado olvidarlo durante todo el día y casi lo había conseguido, pero la elegante casa de Pedro le había recordado lo inadecuada que era—. Tú puedes ir a cenar fuera si quieres. Mira, ya sé que puede parecer una tontería, pero es que no soporto tener el pelo mal.
—De acuerdo —se encogió Pedro de hombros—. Pediremos algo por teléfono. ¿Cuál es el número de Arturo? —preguntó. Paula se lo dió—. ¿Arturo? Soy Pedro. Sí, hemos llegado… No, el avión no se ha estrellado, aunque me parece que Paula tenía un poco de miedo. Enseguida se pone —sonrió él, ofreciéndole el auricular—. Habla con él todo el tiempo que quieras. Yo tengo que hacer algunas llamadas.
Pedro se alegró de alejarse de Paula y decidió llamar a Romina para asegurarse una noche de sexo y pecado. Aquella chica estaba metiéndose dentro de su piel. Que ella volviera a llamar la atención sobre su pelo decía muchas cosas. La turbadora verdad era que lo había olvidado y solo veía aquellos ojos violetas, aquellos enormes y harinosos ojos violetas. Cerró la puerta del dormitorio de un portazo, murmurando una maldición.
—Haré que le corten el pelo. Eso es lo que haré. Odio el pelo corto. Y me olvidaré de esa estúpida idea de vestirla con ropa que a mí me gusta. ¡Que se ponga la ropa de Marina! —exclamó, sentándose sobre la cama y marcando el número de la oficina de Romina.
—Romina Harley —la escuchó al otro lado del hilo, con aquella voz ronca que siempre le había parecido tan sexy. ¿Por qué entonces, de repente parecía preferir otra, con un ligero acento inglés?
—Hola, soy Pedro.
—¡Pepe! Llevo todo el día llamándote —dijo ella—. Tu secretaria me ha dicho que habías salido de la ciudad.
—Es verdad. Oye, Romi, tengo que verte. ¿Qué tal esta noche? —preguntó Pedro. Pero Romina no contestó—. ¿Romi? ¿estás ahí?
—¿No vas a preguntarme por qué he estado llamándote?
—¿Qué?
—¿Por qué los hombres no pueden pensar más que en una cosa, sobre todo cuando tienen sexo en la cabeza? Las cosas tienen que irte mal cuando quieres verme un día de diario.
—Me conoces muy bien —bromeó él.
La risa de Romina no era agradable.
—No, Pepe. No te conozco en absoluto. No al auténtico Pedro, sólo esa parte que ocasionalmente domina tu proceso mental. Lo siento, cariño, pero no. Esta noche tengo un millón de cosas que hacer. Me marcho a Melbourne mañana a primera hora. Por eso estaba intentando llamarte.
—Maldita sea.
—Volveré el sábado por la tarde.
—Faltan tres días.
—¿Por qué no vienes conmigo? —sugirió ella—. Tengo las noches libres.
—Pero yo no tengo los días libres.
—No vendrías aunque pudieras.
—No, Romi. Es verdad.
—En fin. Lo he intentado. Bueno, nos vemos el sábado por la noche. ¿Cenamos?
—Si insistes.
—Insisto. Y después… ¿tu casa o la mía?
—La mía —contestó él.
Pero después se sintió culpable porque sabía que no estaría pensando en Romina esa noche, sino en la chica que dormía al otro lado del pasillo. Quería pensar en Paula. Por eso había dicho que en su casa. Siempre decía que era sincero con las mujeres, pero aquello no era sincero. Era usar a Romina de la peor forma posible.
—¿Romi?
—¿Sí?
—Nada —murmuró Pedro. La alternativa, después de todo, era mucho más perversa. No podía… no debía hacerlo—. Necesito que me des el nombre de un instituto de belleza en el que puedan cambiar la imagen de una chica completamente. Pelo, uñas, piel, maquillaje. Quiero el mejor. Y lo quiero para mañana.
De nuevo hubo un silencio al otro lado del hilo.
—¿Es algo de trabajo? —preguntó Romina por fin.
—No, es personal.
—Ya veo. ¿Y quién es esa chica tan necesitada?
—Sólo una chica.
—¿Es ella la razón por la que te has ido de la ciudad?
—Sí.
—¿Y la has traído contigo?
—Sí.
—¿Está en tu casa? —preguntó Romina, sorprendida.
Peligrosa Atracción: Capítulo 22
Pedro la observó levantar la barbilla de forma desafiante y entrar con confianza en el dúplex, sin saber lo que él podría hacerle si decidía olvidar la promesa que le había hecho a Arturo. Paula no tendría defensa contra su experiencia y su conocimiento de las mujeres. Y no podría hacer nada si decidía seducirla. Su ingenuidad lo frustraba y lo encantaba a la vez. ¡Ni siquiera sabía cómo usar una tarjeta de seguridad! ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había llevado a su casa una mujer que no hubiera probado todo lo que la vida y los hombres podían ofrecer? Y quería decir «todo».
Paula, sin embargo, era relativamente inocente. No era virgen, pero seguía siendo inexperta. ¿Por qué si no se pondría colorada por cualquier cosa? La verdad era que seguramente el monstruo de Diego era el único hombre con el que se había ido a la cama. Y seguro que el tipo no tenía ni idea. Pedro pensaba en todas las cosas que podía enseñarle y… en el placer que podía darle. Una pena que sus pensamientos no pudieran hacerse realidad. Siempre había sido un hombre de palabra. Aunque, técnicamente, acostarse con Paula no sería romper su promesa de llevarla de vuelta a Drybed Creek como la había sacado de allí, porque ella no era virgen. Pero sabía que seducirla no era cuidar de ella. Hubiera sido diferente si fuera un poco mayor y menos vulnerable. El problema con una chica como ella era que se enamoraría de él antes de poder decir: «dame otro preservativo, cariño». De modo que no, no habría seducción aquella noche. Ni ninguna otra noche durante un mes. No iba a caer tan bajo. Pero, desde luego, Paula era una tentación. Mucho más de lo que había imaginado.
—Voy a enseñarte la casa —dijo con cierta brusquedad—. Y después tengo que hacer varias llamadas.
Paula seguía a Pedro con los ojos muy abiertos por todo lo que estaba descubriendo. Esperar que fuera como un palacio era una cosa, pero verlo de cerca, otra muy diferente. No era el lujo de los muebles lo que la asombraba, sino el espacio. Todo era enorme. Los salones, la cocina, los cuartos de baño, las habitaciones. No se podía creer la habitación en la que él le había dicho que iba a dormir. Y la cama tenía un edredón de seda verde bordado en plata absolutamente precioso. El dormitorio principal, decorado en azul y gris con muebles de madera clara, era tan grande como el bar de Drybed Creek. Y la cama era gigante. ¡Nunca había visto una cama tan grande!. El cuarto de baño parecía hecho para un rey, con el suelo y las paredes de mármol, grifos de plata y un candelabro de cristal colgando del techo. Pero fue la terraza lo que la dejó sin habla. La palabra balcón era completamente inadecuada para describir la terraza que rodeaba el dúplex. Y la vista… Estaba transfigurada por la vista del puerto y el horizonte iluminado por la luz del atardecer. El puente estaba a su derecha, el agua oscura y tranquila iluminada por las luces que empezaban a encenderse por todas partes. El edificio de la Ópera frente a ella y los barquitos que surcaban el puerto llenos de gente… Observó un ferry que pasaba frente a la terraza y las caras de la gente apoyadas en la barandilla, que parecían estar mirando hacia arriba, hacia ella. Menuda forma de volver a casa cada noche, pensó. Y decidió allí mismo y en ese mismo instante que no volvería a Broken Hill. Aquella era la vida que quería. Allí, en una hermosa y enorme ciudad como Sidney. Pasara lo que pasara con Femme Fatale, se quedaría allí.
—¿Qué te parece? —preguntó Pedro.
—Tienes mucha suerte de vivir aquí —suspiró ella.
—La suerte no ha tenido mucho que ver —dijo Pedro—. ¿Quieres que llamemos a Arturo para decirle que has llegado bien?
—Ah, sí. Por favor.
Paula lo siguió a través de una puerta de cristal hasta un estudio—biblioteca amueblado con el mismo buen gusto que el resto de la casa. A un lado, un sofá de piel azul y dos sillones de brocado delante de una elegante chimenea. Al otro, un escritorio de caoba frente a una pared llena de estanterías con libros. Las lámparas de pie eran verdes, de estilo clásico, aunque había halógenos en el techo para facilitar la lectura. La mezcla de colores, estilos y texturas no parecía extraña; todo lo contrario. Cuando le había preguntado a Pedro si había decorado la casa él mismo, su respuesta le había hecho gracia.
—No, por Dios. El dúplex estaba amueblado.
Paula, sin embargo, era relativamente inocente. No era virgen, pero seguía siendo inexperta. ¿Por qué si no se pondría colorada por cualquier cosa? La verdad era que seguramente el monstruo de Diego era el único hombre con el que se había ido a la cama. Y seguro que el tipo no tenía ni idea. Pedro pensaba en todas las cosas que podía enseñarle y… en el placer que podía darle. Una pena que sus pensamientos no pudieran hacerse realidad. Siempre había sido un hombre de palabra. Aunque, técnicamente, acostarse con Paula no sería romper su promesa de llevarla de vuelta a Drybed Creek como la había sacado de allí, porque ella no era virgen. Pero sabía que seducirla no era cuidar de ella. Hubiera sido diferente si fuera un poco mayor y menos vulnerable. El problema con una chica como ella era que se enamoraría de él antes de poder decir: «dame otro preservativo, cariño». De modo que no, no habría seducción aquella noche. Ni ninguna otra noche durante un mes. No iba a caer tan bajo. Pero, desde luego, Paula era una tentación. Mucho más de lo que había imaginado.
—Voy a enseñarte la casa —dijo con cierta brusquedad—. Y después tengo que hacer varias llamadas.
Paula seguía a Pedro con los ojos muy abiertos por todo lo que estaba descubriendo. Esperar que fuera como un palacio era una cosa, pero verlo de cerca, otra muy diferente. No era el lujo de los muebles lo que la asombraba, sino el espacio. Todo era enorme. Los salones, la cocina, los cuartos de baño, las habitaciones. No se podía creer la habitación en la que él le había dicho que iba a dormir. Y la cama tenía un edredón de seda verde bordado en plata absolutamente precioso. El dormitorio principal, decorado en azul y gris con muebles de madera clara, era tan grande como el bar de Drybed Creek. Y la cama era gigante. ¡Nunca había visto una cama tan grande!. El cuarto de baño parecía hecho para un rey, con el suelo y las paredes de mármol, grifos de plata y un candelabro de cristal colgando del techo. Pero fue la terraza lo que la dejó sin habla. La palabra balcón era completamente inadecuada para describir la terraza que rodeaba el dúplex. Y la vista… Estaba transfigurada por la vista del puerto y el horizonte iluminado por la luz del atardecer. El puente estaba a su derecha, el agua oscura y tranquila iluminada por las luces que empezaban a encenderse por todas partes. El edificio de la Ópera frente a ella y los barquitos que surcaban el puerto llenos de gente… Observó un ferry que pasaba frente a la terraza y las caras de la gente apoyadas en la barandilla, que parecían estar mirando hacia arriba, hacia ella. Menuda forma de volver a casa cada noche, pensó. Y decidió allí mismo y en ese mismo instante que no volvería a Broken Hill. Aquella era la vida que quería. Allí, en una hermosa y enorme ciudad como Sidney. Pasara lo que pasara con Femme Fatale, se quedaría allí.
—¿Qué te parece? —preguntó Pedro.
—Tienes mucha suerte de vivir aquí —suspiró ella.
—La suerte no ha tenido mucho que ver —dijo Pedro—. ¿Quieres que llamemos a Arturo para decirle que has llegado bien?
—Ah, sí. Por favor.
Paula lo siguió a través de una puerta de cristal hasta un estudio—biblioteca amueblado con el mismo buen gusto que el resto de la casa. A un lado, un sofá de piel azul y dos sillones de brocado delante de una elegante chimenea. Al otro, un escritorio de caoba frente a una pared llena de estanterías con libros. Las lámparas de pie eran verdes, de estilo clásico, aunque había halógenos en el techo para facilitar la lectura. La mezcla de colores, estilos y texturas no parecía extraña; todo lo contrario. Cuando le había preguntado a Pedro si había decorado la casa él mismo, su respuesta le había hecho gracia.
—No, por Dios. El dúplex estaba amueblado.
Peligrosa Atracción: Capítulo 21
—¿Cuántas habitaciones? —preguntó en voz baja.
—Cuatro.
—¿Y el balcón es grande?
—Tiene una vista de trescientos sesenta grados.
Paula lanzó una exclamación.
—¿Quieres decir que eres el propietario de todo el piso?
—Sí.
—¡Dios mío, debes de ser millonario!
—Ya te dije que era rico.
—Pero no sabía cuánto.
—¿Eso importa? Al menos, mi dinero te confirma que no estoy intentando ganar nada con este asunto. No tienes que desconfiar de mis motivos para traerte a Sidney.
—Yo no desconfío de tus motivos. No hubiera venido contigo si desconfiara.
—¿Quieres decir que le habrías dado la espalda a la posibilidad de ganar tanto dinero? —sonrió él, escéptico.
—No. Me habría puesto en contacto con la firma de abogados y habría hecho mis propios arreglos —dijo Paula—. No dejo que nadie tome decisiones por mí a menos que esté de acuerdo con ellas.
—Una chica muy sensata. La verdad es que, desde el primer momento, me di cuenta de que no iba a ser fácil persuadirte. Pero espero que sepas aceptar un consejo.
—¿Qué consejo?
—Sobre la imagen que he planeado para tí.
—¿Qué clase de imagen?
El taxi paró en ese momento y la conversación se vio interrumpida.
—Te lo diré arriba —dijo Pedro, abriendo la puerta.
Paula se quedó mirando el moderno bloque de departamentos. No se veía el mar desde allí, pero imaginaba que estaba al otro lado del edificio. Era una estructura de vidrio y acero de más de doce pisos con un vestíbulo de mármol, mostrador de conserjería y un guardia de seguridad. Una fortaleza. Pedro usó lo que parecía la tarjeta de un banco para entrar por la puerta de cristal. Después de saludar al encargado de seguridad, Eduardo, la presentó como su invitada y pidió para ella una tarjeta de entrada. Eduardo le dió una inmediatamente y, maleta en mano, se dirigieron hacia los ascensores, que también requerían el uso de la tarjeta de seguridad. Paula consiguió aprender a usarla después de dos intentos. Había visto esas cosas en las películas americanas, pero no sabía que también se usaban en Australia.
—No hay nada como esto en Broken Hill. ¿No es un poco excesivo?
—Es uno de los edificios más seguros de Sidney. No hay robos ni visitantes inesperados —explicó Pedro. Las puertas del ascensor se abrieron entonces—. Por favor —sonrió, indicándole que saliera. Los tacones de Tanya repiqueteaban sobre el suelo de mármol.
—¿Y si es un visitante deseado? —preguntó ella cuando Pedro dejaba la maleta frente a una enorme puerta de caoba.
Había dos mesitas a cada lado de la puerta, con dos elegantes espejos dispuestos para un último retoque de las visitantes femeninas… como la envidiada Romina.
—Pueden llamar al portero automático —contestó Pedro, buscando las llaves en el bolsillo de su chaqueta—. El guardia de seguridad lo acompaña al ascensor para que pueda subir.
—¿Y cómo baja?
—Sólo se necesita la tarjeta para subir.
—¿Y si pierdes la tarjeta?
—Los encargados de seguridad conocen a todos los vecinos y a sus invitados. Quien este de guardia te daría otra tarjeta, pero intenta no perderla. Y cuidado con el bolso. Sidney es una ciudad preciosa, pero llena de maleantes, como todas las grandes ciudades.
—Tendré cuidado —dijo ella—. Y no perderé mi tarjeta. Soy una persona muy cuidadosa.
—Me alegro. Tendrás que serlo.
Paula entendió que él la veía como una niña perdida en el bosque de Sidney. Pues si pensaba eso, estaba equivocado. Podría ser una chica de pueblo comparada con él, pero sabía cuidar de sí misma. Llevaba años viviendo sola y manteniéndose sola. Broken Hill podía no ser Sidney, pero tampoco era Drybed Creek. Tanya había tenido que enfrentarse con todo tipo de situaciones como directora del hotel. Y con todo tipo de hombres; borrachos, vendedores canallas, machitos que no aceptaban un no por respuesta… Diego la había convertido en una tonta durante unas semanas con su aspecto y sus mentiras. Pero ella confiaba en sí misma para sobrevivir. No necesitaba un guardián, ni una carabina. «¿Y no es el momento de que lo demuestres?», le dijo una vocecita.
—Puedo cuidar de mí misma. Tengo veintitrés años —dijo, a la defensiva.
—Veintitrés años no son muchos —sonrió Pedro, abriendo la puerta.
—Las chicas maduran antes que los hombres —insistió ella.
Aquel hombre podía ser irritantemente condescendiente.
—No lo dudo. Estoy seguro de que eres una chica muy madura comparada con un chico de tu edad.
—No soy una chica, soy una mujer.
La mirada del hombre era decididamente sardónica, como si su idea de lo que era una mujer no tuviera nada que ver con ella. Paula intentó no ponerse colorada, pero no lo pudo evitar.
—En ese caso —dijo Pedro, haciendo una floritura con la mano— entra en mi casa… mujer.
—Cuatro.
—¿Y el balcón es grande?
—Tiene una vista de trescientos sesenta grados.
Paula lanzó una exclamación.
—¿Quieres decir que eres el propietario de todo el piso?
—Sí.
—¡Dios mío, debes de ser millonario!
—Ya te dije que era rico.
—Pero no sabía cuánto.
—¿Eso importa? Al menos, mi dinero te confirma que no estoy intentando ganar nada con este asunto. No tienes que desconfiar de mis motivos para traerte a Sidney.
—Yo no desconfío de tus motivos. No hubiera venido contigo si desconfiara.
—¿Quieres decir que le habrías dado la espalda a la posibilidad de ganar tanto dinero? —sonrió él, escéptico.
—No. Me habría puesto en contacto con la firma de abogados y habría hecho mis propios arreglos —dijo Paula—. No dejo que nadie tome decisiones por mí a menos que esté de acuerdo con ellas.
—Una chica muy sensata. La verdad es que, desde el primer momento, me di cuenta de que no iba a ser fácil persuadirte. Pero espero que sepas aceptar un consejo.
—¿Qué consejo?
—Sobre la imagen que he planeado para tí.
—¿Qué clase de imagen?
El taxi paró en ese momento y la conversación se vio interrumpida.
—Te lo diré arriba —dijo Pedro, abriendo la puerta.
Paula se quedó mirando el moderno bloque de departamentos. No se veía el mar desde allí, pero imaginaba que estaba al otro lado del edificio. Era una estructura de vidrio y acero de más de doce pisos con un vestíbulo de mármol, mostrador de conserjería y un guardia de seguridad. Una fortaleza. Pedro usó lo que parecía la tarjeta de un banco para entrar por la puerta de cristal. Después de saludar al encargado de seguridad, Eduardo, la presentó como su invitada y pidió para ella una tarjeta de entrada. Eduardo le dió una inmediatamente y, maleta en mano, se dirigieron hacia los ascensores, que también requerían el uso de la tarjeta de seguridad. Paula consiguió aprender a usarla después de dos intentos. Había visto esas cosas en las películas americanas, pero no sabía que también se usaban en Australia.
—No hay nada como esto en Broken Hill. ¿No es un poco excesivo?
—Es uno de los edificios más seguros de Sidney. No hay robos ni visitantes inesperados —explicó Pedro. Las puertas del ascensor se abrieron entonces—. Por favor —sonrió, indicándole que saliera. Los tacones de Tanya repiqueteaban sobre el suelo de mármol.
—¿Y si es un visitante deseado? —preguntó ella cuando Pedro dejaba la maleta frente a una enorme puerta de caoba.
Había dos mesitas a cada lado de la puerta, con dos elegantes espejos dispuestos para un último retoque de las visitantes femeninas… como la envidiada Romina.
—Pueden llamar al portero automático —contestó Pedro, buscando las llaves en el bolsillo de su chaqueta—. El guardia de seguridad lo acompaña al ascensor para que pueda subir.
—¿Y cómo baja?
—Sólo se necesita la tarjeta para subir.
—¿Y si pierdes la tarjeta?
—Los encargados de seguridad conocen a todos los vecinos y a sus invitados. Quien este de guardia te daría otra tarjeta, pero intenta no perderla. Y cuidado con el bolso. Sidney es una ciudad preciosa, pero llena de maleantes, como todas las grandes ciudades.
—Tendré cuidado —dijo ella—. Y no perderé mi tarjeta. Soy una persona muy cuidadosa.
—Me alegro. Tendrás que serlo.
Paula entendió que él la veía como una niña perdida en el bosque de Sidney. Pues si pensaba eso, estaba equivocado. Podría ser una chica de pueblo comparada con él, pero sabía cuidar de sí misma. Llevaba años viviendo sola y manteniéndose sola. Broken Hill podía no ser Sidney, pero tampoco era Drybed Creek. Tanya había tenido que enfrentarse con todo tipo de situaciones como directora del hotel. Y con todo tipo de hombres; borrachos, vendedores canallas, machitos que no aceptaban un no por respuesta… Diego la había convertido en una tonta durante unas semanas con su aspecto y sus mentiras. Pero ella confiaba en sí misma para sobrevivir. No necesitaba un guardián, ni una carabina. «¿Y no es el momento de que lo demuestres?», le dijo una vocecita.
—Puedo cuidar de mí misma. Tengo veintitrés años —dijo, a la defensiva.
—Veintitrés años no son muchos —sonrió Pedro, abriendo la puerta.
—Las chicas maduran antes que los hombres —insistió ella.
Aquel hombre podía ser irritantemente condescendiente.
—No lo dudo. Estoy seguro de que eres una chica muy madura comparada con un chico de tu edad.
—No soy una chica, soy una mujer.
La mirada del hombre era decididamente sardónica, como si su idea de lo que era una mujer no tuviera nada que ver con ella. Paula intentó no ponerse colorada, pero no lo pudo evitar.
—En ese caso —dijo Pedro, haciendo una floritura con la mano— entra en mi casa… mujer.
martes, 30 de mayo de 2017
Peligrosa Atracción: Capítulo 20
Paula intentó recordar si había experimentado aquella sensación con Diego. No lo creía, aunque la química debía haber sido fuerte para que ella hubiera aceptado acostarse con él; un momento importante para una chica que había jurado no dormir con un hombre hasta que estuviera prometida. Había sido muy cuidadosa con su virtud sin darse cuenta de lo fácil que era no sentirse tentada cuando la carne no pedía a gritos un hombre.
Por supuesto, se decía a sí misma que Diego y ella estaban locamente enamorados el uno del otro. Pero era una excusa, una justificación. La verdad era que se había quedado enganchada al placer adictivo de sus besos y a la promesa de más placer. A veces la preocupaba pensar que habría pasado si hubiera dormido con él. Quizá se parecía más a su madre de lo que había creído. Quizá sólo necesitaba un determinado tipo de hombre para despertar en ella a la chica «alegre». Quizá todos los hombres con traje de chaqueta la encendían y despertaban en ella un monstruo de lascivia. Era un pensamiento preocupante, dado que estaba a punto de aterrizar en una ciudad en la que había miles de hombres así. ¿Volvería la cabeza en cada esquina? ¿Sería la esclava de todos ellos? Sólo cuando salieron del avión, aquel miedo desapareció. El aeropuerto estaba lleno de hombres con traje de chaqueta, todos ellos con el móvil pegado a la oreja y la mano al maletín de piel. Varios de ellos la miraron, pero ninguno de ellos la atraía. No sentía nada parecido a lo que sentía estando cerca de Pedro. Casi suspiró aliviada. Mejor ser la esclava de una pasión desordenada que sentirse atraída por cada hombre guapo y elegante que pasara a su lado.
—¿Te sientes mejor ahora con los pies en el suelo? —preguntó Pedro.
Paula dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
—Mucho mejor, gracias —contestó, dispuesta a disfrutar de la ciudad con la que siempre había soñado.
—No juzgues Sidney por la zona que hay alrededor del aeropuerto —le advirtió Pedro cuando tomaban un taxi—. Es una zona industrial espantosa. Siempre están tirando edificios y haciendo bloques nuevos. Pero ese es el progreso. Sidney es una ciudad joven, en continuo cambio. Eso es lo que me gusta de ella. Pero a veces es demasiado ruidosa incluso para mí.
—A mí no me importa el ruido —dijo Paula—. Pero no me imaginaba que hubiera tantos coches.
De repente, en la distancia, Paula vió los que debían ser los rascacielos más altos de la ciudad. Un montón de altísimos edificios agrupados, con una altura increíble.Era espectacular. Aquello era lo que había estado esperando y su corazón latía acelerado mientras se acercaban y ella tenía que levantar los ojos cada vez más. Cuando el taxi entró en un túnel, suspiró desilusionada.
—Desgraciadamente esta calle pasa por debajo del puente —explicó Pedro—. Si te apetece, un día iremos paseando y, si quieres, subiremos a un barco.
—¡Me encantaría! —exclamó ella, un poco sin aliento. Pero es que la dejaba sin aliento ir sentada tan cerca de él, con sus muslos rozándose.
—A mí me encantará llevarte —sonrió él, con sinceridad—. Me gusta enseñar Sidney a los visitantes y creo que me encantaría especialmente enseñártela a tí.
—¿Por qué a mí especialmente?
—Porque me recuerdas a mí mismo cuando llegué. A mí también me pareció una ciudad grandiosa.
En ese momento salían del túnel y Paula se dió la vuelta para admirar el puente, con sus enormes pilares y la espectacular forma de percha. El tamaño de aquel puente era abrumador para una chica del páramo.
—Es increíble, ¿Verdad?
—Sí. No querría vivir en ningún otro sitio. Ya verás la vista que tiene mi departamento.
—Tengo la impresión de que tu apartamento no es un sitio con un pequeño balcón.
—Pues no —rió él.
—¿Qué es, un palacio?
—Es un dúplex muy grande.
Un dúplex para un playboy, pensó Paulla. Al que, ocasionalmente, llevaría alguna mascota para su diversión. La idea debería haberla disgustado, pero se sentía llena de envidia. ¿Qué no daría ella por ser esa mascota, aunque sólo fuera una noche?
Por supuesto, se decía a sí misma que Diego y ella estaban locamente enamorados el uno del otro. Pero era una excusa, una justificación. La verdad era que se había quedado enganchada al placer adictivo de sus besos y a la promesa de más placer. A veces la preocupaba pensar que habría pasado si hubiera dormido con él. Quizá se parecía más a su madre de lo que había creído. Quizá sólo necesitaba un determinado tipo de hombre para despertar en ella a la chica «alegre». Quizá todos los hombres con traje de chaqueta la encendían y despertaban en ella un monstruo de lascivia. Era un pensamiento preocupante, dado que estaba a punto de aterrizar en una ciudad en la que había miles de hombres así. ¿Volvería la cabeza en cada esquina? ¿Sería la esclava de todos ellos? Sólo cuando salieron del avión, aquel miedo desapareció. El aeropuerto estaba lleno de hombres con traje de chaqueta, todos ellos con el móvil pegado a la oreja y la mano al maletín de piel. Varios de ellos la miraron, pero ninguno de ellos la atraía. No sentía nada parecido a lo que sentía estando cerca de Pedro. Casi suspiró aliviada. Mejor ser la esclava de una pasión desordenada que sentirse atraída por cada hombre guapo y elegante que pasara a su lado.
—¿Te sientes mejor ahora con los pies en el suelo? —preguntó Pedro.
Paula dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
—Mucho mejor, gracias —contestó, dispuesta a disfrutar de la ciudad con la que siempre había soñado.
—No juzgues Sidney por la zona que hay alrededor del aeropuerto —le advirtió Pedro cuando tomaban un taxi—. Es una zona industrial espantosa. Siempre están tirando edificios y haciendo bloques nuevos. Pero ese es el progreso. Sidney es una ciudad joven, en continuo cambio. Eso es lo que me gusta de ella. Pero a veces es demasiado ruidosa incluso para mí.
—A mí no me importa el ruido —dijo Paula—. Pero no me imaginaba que hubiera tantos coches.
De repente, en la distancia, Paula vió los que debían ser los rascacielos más altos de la ciudad. Un montón de altísimos edificios agrupados, con una altura increíble.Era espectacular. Aquello era lo que había estado esperando y su corazón latía acelerado mientras se acercaban y ella tenía que levantar los ojos cada vez más. Cuando el taxi entró en un túnel, suspiró desilusionada.
—Desgraciadamente esta calle pasa por debajo del puente —explicó Pedro—. Si te apetece, un día iremos paseando y, si quieres, subiremos a un barco.
—¡Me encantaría! —exclamó ella, un poco sin aliento. Pero es que la dejaba sin aliento ir sentada tan cerca de él, con sus muslos rozándose.
—A mí me encantará llevarte —sonrió él, con sinceridad—. Me gusta enseñar Sidney a los visitantes y creo que me encantaría especialmente enseñártela a tí.
—¿Por qué a mí especialmente?
—Porque me recuerdas a mí mismo cuando llegué. A mí también me pareció una ciudad grandiosa.
En ese momento salían del túnel y Paula se dió la vuelta para admirar el puente, con sus enormes pilares y la espectacular forma de percha. El tamaño de aquel puente era abrumador para una chica del páramo.
—Es increíble, ¿Verdad?
—Sí. No querría vivir en ningún otro sitio. Ya verás la vista que tiene mi departamento.
—Tengo la impresión de que tu apartamento no es un sitio con un pequeño balcón.
—Pues no —rió él.
—¿Qué es, un palacio?
—Es un dúplex muy grande.
Un dúplex para un playboy, pensó Paulla. Al que, ocasionalmente, llevaría alguna mascota para su diversión. La idea debería haberla disgustado, pero se sentía llena de envidia. ¿Qué no daría ella por ser esa mascota, aunque sólo fuera una noche?
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