Sabía que algún día volvería a Broken Hill, o quizá a alguna ciudad más grande, pero por el momento no podía hacerlo. Arturo decía que estaba bien, pero seguía tosiendo por las mañanas. Además, cada vez que se daba la vuelta, le daba por beber, fumar y comer fatal. Si no hubiera sido por ella, habría muerto el invierno anterior. Los hombres eran un desastre, en su opinión. Y la prueba era lo que le había ocurrido a su padre.
—Necesitan una enfermera —murmuró para sí misma—. Todos ellos.
—¿Estás hablando sola, cariño?
Paula levantó la mirada. Arturo tenía la naríz más roja de lo normal.
—Has estado bebiendo, ¿Verdad? —lo acusó ella, mirando la botella de Jack Daniels que parecía sospechosamente más llena que la noche anterior—. Y encima has rellenado la botella.
—Calla —susurró Arturo—. No querrás que te oigan los clientes, ¿Verdad?
—¿Qué clientes? —preguntó ella, con las manos en las caderas.
Sólo una persona iba al bar a aquella hora y era el viejo Juan, el borracho del pueblo. Como siempre, estaba solo frente a una mesa, bebiendo y sin prestar atención a nada ni a nadie. El bar estaba tan silencioso como una tumba. Por eso Paula pudo escuchar el ruido de un coche que se acercaba. Probablemente turistas, pensó. Y esperaba que fueran de los que encontraban romántico el hotel. Si no, que al menos quisieran tomar un trago. O un bocadillo. Era una pena que no hiciera calor. En verano, los turistas siempre entraban en el bar para tomar una cerveza. Se animó un poco cuando escuchó las ruedas del coche en el camino de grava que hacía las veces de estacionamiento.
Poco después, oyó un portazo y unos pasos sobre el porche de madera que rodeaba el hotel Drybed Creek. Una figura alta se materializó frente a las puertas batientes; una figura alta y de hombros anchos. Cuando entró, Paula se quedó mirándolo. Fijamente. Porque nunca había visto un hombre como él en Drybed Creek. Parecía salido de una revista de moda masculina. Era alto, elegante y sofisticado. Y guapísimo, con una cara como esculpida, la mandíbula cuadrada y una boca muy sensual. Su cabello era castaño, apartado de la frente con un estilo juvenil. Aquel pelo brillaba como ella no había visto nunca brillar el pelo de un hombre. Pero lo más atractivo eran sus ojos. De color gris claro, rodeados de largas pestañas; unos ojos brillantes e inteligentes. Pensó que era el hombre más guapo que había visto nunca. Y tan sexy, tan atractivo…
Si no hubiera sido por su experiencia con Diego, su corazón habría empezado a latir como loco por aquel extraño. Si no hubiera sido por él, se sentiría avergonzada de su pelo. Incluso podría haber hecho el ridículo intentando que aquel hombre se fijara en ella.
No había pensado que alguna vez se sentiría agradecida a Diego por nada. Pero en ese momento lo estaba. Él le había enseñado una lección sobre su debilidad por los hombres muy guapos, hombres que no querrían nada de una chica como ella, excepto lo más obvio. Su corazón, sin embargo, empezó a latir un poco más rápido mientras el extraño se dirigía a la barra, pero no mostró ni la más mínima admiración y la única pregunta que se hacía era… ¿Qué demonios hacía un hombre como aquel en Drybed Creek?
sábado, 20 de mayo de 2017
Peligrosa Atracción: Capítulo 3
Paula se miró en el espejo del bar y estuvo a punto de echarse a llorar. Tenía el pelo destrozado. ¡Destrozado! ¿Por qué había intentado teñirse ella misma las raíces? ¿No le había advertido su peluquera que tenía un pelo difícil de teñir? Pero, ¿Qué iba a hacer si tenía unas raíces negras de cinco centímetros y, sencillamente, no tenía tiempo de ir a Broken Hill? Había visto el tinte en la tienda y lo había comprado, convencida de que si seguía las instrucciones al pie de la letra, el pelo le quedaría bien.
¡Y le había quedado espantoso! Las raíces, rojas y el resto del pelo rubio paja. Sin embargo, la fotografía que aparecía en la caja del tinte prometía un pelo brillante, rubio y saludable. Por supuesto, no se había dado cuenta de que la fecha de caducidad había expirado tres años antes. Cuando bajó a desayunar por la mañana, amargada, Arturo le había quitado importancia. Pero, ¿Qué sabía él? Estaba medio cegato el pobre. Pero, con más de sesenta años, había tenido una vida muy dura y, además, teniendo que criar a una niña que ni siquiera era su hija.
Desde que la mina de plata había cerrado diez años antes, Drybed Creek había pasado de ser un pueblo lleno de gente a un poblacho con una sola tienda, un bar que hacía las veces de hotel, un garaje en el que servían comida y… moscas, muchas moscas.
Era la única mujer soltera de menos de cincuenta años y nunca había conocido a nadie en Drybed Creek que fuera un posible candidato para ser su pareja y el padre de sus hijos. Comprensible, dado el tipo de hombre que vivía allí, por no mencionar el tipo de hombres que frecuentaban el bar. Camioneros sudorosos y cubiertos de polvo que no eran precisamente lo mejor para despertar las ilusiones de una mujer. ¡Su listón estaba un poquito más alto que eso!
Había creído encontrar al hombre de sus sueños unos meses antes en Broken Hill. Pero se había equivocado. Amargamente. Sin embargo, había dejado de pensar en el matrimonio. Su prioridad en la vida era arreglar las habitaciones del hotel para sacar partido de los turistas que llegaban de vez en cuando. A la gente, aquel hotel perdido en medio de la nada le parecía un sitio romántico. No pensaba que hubiera nada ni remotamente romántico en Drybed Creek, pero era su hogar. Aunque la ciudad de sus sueños era Sidney. ¿Cuántas veces había escuchado quejas sobre el tráfico, el ruido, las drogas, la delincuencia?
Tenía que admitir que en Drybed Creek no había ni tráfico, ni ruido. Y en cuanto a drogas y criminalidad… la escasa población y la pobreza de la mayoría de los habitantes alejaban a los delincuentes. El único vicio de aquel lugar era el ponche. Y las competiciones de dardos los viernes por la noche. Esas noches había muchas apuestas ilegales que le hubieran interesado a la policía. Si hubiera policía en Drybed Creek. La verdad era que aquel era prácticamente un pueblo fantasma. Quizá era por eso por lo que los turistas lo encontraban romántico. Pero fuera cual fuera la atracción, la única forma de ganar dinero allí era ofreciendo buena cama y buena comida a los visitantes.
A Arnie, sin embargo, no le gustaba demasiado la idea porque pensaba que era demasiado trabajo. Tanya lo había convencido, diciendo que ella se encargaría de todo. Pintaría las habitaciones, haría los desayunos y lavaría las sábanas. Cuando Arturo había señalado que tenía que trabajar detrás de la barra y hacer la limpieza, Paula insistió en que el trabajo duro nunca había matado a nadie. Ella era joven y fuerte. ¡Y estaba aburrida de muerte! La idea de tener compañía de vez en cuando también le parecía atractiva. Sería estupendo hablar con gente que no fuera de Drybed Creek. No se había dado cuenta de que era un sitio tan aburrido hasta que volvió allí unas semanas atrás. No le había importado vivir en el pueblo cuando era una niña, pero al terminar el instituto se trasladó a Broken Hill para buscar trabajo y allí se abrió para ella un mundo lleno de posibilidades.
Aunque era una chica inteligente, había perdido muchos años de colegio siguiendo a su padre de una ciudad a otra y sus calificaciones en el instituto no le habían dado acceso a la universidad. De modo que se matriculó en una academia de informática, que pagaba trabajando como camarera. Cuando terminó el curso, consiguió un trabajo como secretaria, pero descubrió que no le gustaba ser el último mono en una empresa y optó por el puesto de recepcionista en un pequeño hotel cerca del aeropuerto. Cuando el director había tenido que salir de viaje inesperadamente, dejándola a cargo del hotel de forma temporal, había descubierto su vocación. Le gustaba ser la jefa. Aunque no le habían dado el título de directora de forma oficial, estaba dirigiendo el hotel ella solita cuando Arnie se había puesto enfermo. Una de sus gripes se había convertido en neumonía y había vuelto a Drybed Creek para cuidar de él.
¡Y le había quedado espantoso! Las raíces, rojas y el resto del pelo rubio paja. Sin embargo, la fotografía que aparecía en la caja del tinte prometía un pelo brillante, rubio y saludable. Por supuesto, no se había dado cuenta de que la fecha de caducidad había expirado tres años antes. Cuando bajó a desayunar por la mañana, amargada, Arturo le había quitado importancia. Pero, ¿Qué sabía él? Estaba medio cegato el pobre. Pero, con más de sesenta años, había tenido una vida muy dura y, además, teniendo que criar a una niña que ni siquiera era su hija.
Desde que la mina de plata había cerrado diez años antes, Drybed Creek había pasado de ser un pueblo lleno de gente a un poblacho con una sola tienda, un bar que hacía las veces de hotel, un garaje en el que servían comida y… moscas, muchas moscas.
Era la única mujer soltera de menos de cincuenta años y nunca había conocido a nadie en Drybed Creek que fuera un posible candidato para ser su pareja y el padre de sus hijos. Comprensible, dado el tipo de hombre que vivía allí, por no mencionar el tipo de hombres que frecuentaban el bar. Camioneros sudorosos y cubiertos de polvo que no eran precisamente lo mejor para despertar las ilusiones de una mujer. ¡Su listón estaba un poquito más alto que eso!
Había creído encontrar al hombre de sus sueños unos meses antes en Broken Hill. Pero se había equivocado. Amargamente. Sin embargo, había dejado de pensar en el matrimonio. Su prioridad en la vida era arreglar las habitaciones del hotel para sacar partido de los turistas que llegaban de vez en cuando. A la gente, aquel hotel perdido en medio de la nada le parecía un sitio romántico. No pensaba que hubiera nada ni remotamente romántico en Drybed Creek, pero era su hogar. Aunque la ciudad de sus sueños era Sidney. ¿Cuántas veces había escuchado quejas sobre el tráfico, el ruido, las drogas, la delincuencia?
Tenía que admitir que en Drybed Creek no había ni tráfico, ni ruido. Y en cuanto a drogas y criminalidad… la escasa población y la pobreza de la mayoría de los habitantes alejaban a los delincuentes. El único vicio de aquel lugar era el ponche. Y las competiciones de dardos los viernes por la noche. Esas noches había muchas apuestas ilegales que le hubieran interesado a la policía. Si hubiera policía en Drybed Creek. La verdad era que aquel era prácticamente un pueblo fantasma. Quizá era por eso por lo que los turistas lo encontraban romántico. Pero fuera cual fuera la atracción, la única forma de ganar dinero allí era ofreciendo buena cama y buena comida a los visitantes.
A Arnie, sin embargo, no le gustaba demasiado la idea porque pensaba que era demasiado trabajo. Tanya lo había convencido, diciendo que ella se encargaría de todo. Pintaría las habitaciones, haría los desayunos y lavaría las sábanas. Cuando Arturo había señalado que tenía que trabajar detrás de la barra y hacer la limpieza, Paula insistió en que el trabajo duro nunca había matado a nadie. Ella era joven y fuerte. ¡Y estaba aburrida de muerte! La idea de tener compañía de vez en cuando también le parecía atractiva. Sería estupendo hablar con gente que no fuera de Drybed Creek. No se había dado cuenta de que era un sitio tan aburrido hasta que volvió allí unas semanas atrás. No le había importado vivir en el pueblo cuando era una niña, pero al terminar el instituto se trasladó a Broken Hill para buscar trabajo y allí se abrió para ella un mundo lleno de posibilidades.
Aunque era una chica inteligente, había perdido muchos años de colegio siguiendo a su padre de una ciudad a otra y sus calificaciones en el instituto no le habían dado acceso a la universidad. De modo que se matriculó en una academia de informática, que pagaba trabajando como camarera. Cuando terminó el curso, consiguió un trabajo como secretaria, pero descubrió que no le gustaba ser el último mono en una empresa y optó por el puesto de recepcionista en un pequeño hotel cerca del aeropuerto. Cuando el director había tenido que salir de viaje inesperadamente, dejándola a cargo del hotel de forma temporal, había descubierto su vocación. Le gustaba ser la jefa. Aunque no le habían dado el título de directora de forma oficial, estaba dirigiendo el hotel ella solita cuando Arnie se había puesto enfermo. Una de sus gripes se había convertido en neumonía y había vuelto a Drybed Creek para cuidar de él.
Peligrosa Atracción: Capítulo 2
La idea de que uno de sus compañeros solteros pudiera traicionar la hermandad de esa forma hizo que Pedro sacara un cigarrillo. Sí, desde luego, tener una compañera de cama inteligente era muy excitante, pero tenía complicaciones. Tales mujeres siempre querían más de lo que él estaba dispuesto a dar. Incluso aunque no quisieran casarse, inevitablemente querían exclusividad. Y eso significaba que querían vigilarte de cerca, decirte qué hacer, cuándo hacerlo…
Había decidido mucho tiempo atrás, cuando se escapó de la casa de sus tíos, que nadie le diría lo que tenía que hacer. Ningún hombre y, desde luego, ninguna mujer. Había conseguido un status. Era el jefe de todas las facetas de su vida y le gustaba que fuera así. Cuando amigos como Pablo le preguntaban por qué no se casaba, simplemente decía que ese tipo de vida no era para él. Si tuviera mujer e hijos, ¿habría podido tomar un avión hasta Broken Hill sin esperar un segundo, sin tener que consultar a nadie y sin dar explicaciones? ¡Nunca!
¿Podía un marido pedirle a una joven desconocida que fuera a Sidney y se quedase a vivir en su casa durante un mes? ¡No! Pero él sí podía. Pedro podía hacer lo que le diera la gana. Y realmente quería hacer lo que estaba haciendo. Lo cual era sorprendente. Pensaba que había montado toda aquella operación sólo para ayudar a Hernán. Pensaba que estaba siendo un buen amigo para un hombre que se enfrentaba con problemas económicos y matrimoniales. Pero había descubierto mientras iba en el avión que ayudar a su amigo no era la única razón.
Aquello era un reto. Y, últimamente, faltaban retos en su vida. En realidad, lo sabía todo sobre el negocio de la publicidad y había ganado millones. Tenía todo lo que una vida de éxito podía ofrecerle: un coche de lujo, un ropero de lujo, un dúplex en el puerto de Sidney, una cuenta corriente de lujo. Y cualquier mujer que pudiera desear. Aburrido, en realidad. Rescatar la empresa Femme Fatale, sin embargo, no sería aburrido. Incluso podía ganar dinero, ya que él mismo tenía algunas acciones. Aunque no tantas como Pablo. Sacudió la cabeza al recordar la conversación con un Hernán atribulado el día anterior.
—La heredera es una camarera, por Dios bendito. Y encima vive en un sitio perdido, en medio de ninguna parte. He perdido todos mis ahorros. No puedo creer que haya tenido tan mala suerte.
Pedro no pensaba que la suerte tuviera nada que ver con la desgracia de Hernán. Más bien la avaricia.
Un par de meses atrás, Femme Fatale, era una empresa que funcionaba, un líder en el mercado de lencería femenina con una presidenta muy dinámica, Marina Gilcrest. Ella había abierto la empresa varios años antes en su propia casa, llevando el negocio como si fuera un servicio por catalogo. En menos de dos años se había expandido, abriendo tiendas en toda Australia y llevando los productos a Europa y Estados Unidos. Incluso cotizaba en bolsa. Creía que una pequeña parte del éxito se debía a su agencia de publicidad. Ellos habían hecho los anuncios de Femme Fatale y habían sido un éxito.
Cuando Marina había decidido unos meses atrás lanzar una línea de perfume se había dirigido a Pedro para planear una campana publicitaria. Pero no habían llegado muy lejos porque ella y su directora de marketing y amante habían muerto en un accidente de tráfico. Cuando la noticia apareció en los periódicos, las acciones de Femme Fatale empezaron a caer peligrosamente. Y cuando los detalles del testamento de Marina fueron publicados, la situación se había deteriorado aún más. Le dejaba toda su fortuna a su amante, desgraciadamente muerta al mismo tiempo que ella y, en segundo lugar, a su pariente más cercana, cuya identidad era desconocida.
—¿Qué habrá poseído a Marina para hacer esa locura? —le había preguntado a Hernán al conocer aquella extraordinaria cláusula. Pablo era el abogado de Marina y suyo, aunque también eran amigos.
—Fue una cosa de última hora. Marina le había dejado todo a su novia y no podía imaginar que morirían a la vez. Siempre decía que si Patricia moría antes que ella cambiaría el testamento. Cuando le dije que había una posibilidad de que muriesen al mismo tiempo, ella se lo tomó a risa. Yo insistí, diciéndole que esas cosas pasaban y que si moría sin dejar otro legatario, su ex marido podría intentar quedarse con la empresa. Entonces decidió consignar en el testamento que, si ella y su novia morían, la fortuna iría a parar a su pariente más cercana, siempre que fuera una mujer. Cuando le pregunté quién era, ella me dijo que no tenía ni idea, pero que debía tener alguna prima por alguna parte.
—¿Y la hay?
—Sus padres están muertos y también su hermano, que estaba soltero. Los padres de Marina eran ingleses, de modo que quizá tenga parientes en Inglaterra. He contratado un detective, pero me ha dicho que estas cosas llevan su tiempo…
El detective había tardado un mes en encontrar una pariente de Marina. Tiempo suficiente para que los puestos directivos de Femme Fatale se fueran a otras empresas.
El día anterior, las acciones habían tocado fondo, llegando a valer menos de un cuarto de lo que valían dos meses atrás. Pedro había perdido miles de dólares, pero Hernán había perdido una fortuna.
Cuando el día anterior habían descubierto que el hermano de Marina tenía una hija ilegítima, una chica de veintitrés años que trabajaba como camarera en un bar en medio del paramo australiano, Pablo había caído en una depresión. Estaba seguro de que la chica vendería las acciones, especialmente sabiendo que eso era todo lo que su tía Marina le había dejado.
—¿Te puedes creer que Marina no tenía nada más que Femme Fatale? —le había dicho Hernán mientras comían—. Su departamento era alquilado y su cuenta corriente esta en números rojos. Lo había puesto todo en la empresa.
—Esas cosas pasan.
—No sé qué le voy a decir a Nadia.
—¿No se lo has contado a tu mujer?
—Aún no. Ella siempre me está diciendo que me arriesgo demasiado con las inversiones y me va a matar cuando se entere. Me dejará y se llevará a los niños, seguro. No podría soportarlo, Pepe. Tienes que ayudarme.
—¿Yo?
—Sí, tú. Tú eres un hombre de ideas. Consigue que recupere mi dinero y seré tu esclavo de por vida.
—No es una oferta muy tentadora —había dicho Pedro—. Me gusta que mis esclavas sean mujeres. Pero te diré una cosa, amigo. Si consigo recuperar tu dinero, quiero esa botella de vino de cosecha que compraste en la subasta el año pasado.
—¿El Grange Hermitage?
—Ése.
—Pero… ¡Te lo beberás!
—Para eso está el vino, ¿No?
—¡Que Dios me ayude! Pero de acuerdo. Cualquier cosa si consigues hacer un milagro.
De modo que allí estaba Pedro, dirigiéndose a Drybed Creek, más excitado de lo que lo había estado desde… desde que había abierto la agencia de publicidad años atrás. Estaba deseando conocer a esa Paula Chaves. Una lástima que aún le quedaran doscientos kilómetros. Afortunadamente, la carretera era recta y apenas había tráfico. Llegaría alrededor de las cuatro. Después de encender otro cigarrillo, pisó el acelerador. El paisaje desaparecía frente a él mientras se preguntaba qué estaría haciendo Paula en aquel momento. Desde luego, no esperaría verlo. Y tampoco esperaría aquella noticia. Había convencido a Hernán de que no la llamara por teléfono.
—Deja que se lo diga yo personalmente —le había dicho, sonriendo como un lobo.
Hernán lo miró con aprensión.
—No pensarás seducirla, ¿Verdad?
—No seas ridículo —replicó Pedro—. Nunca mezclo los negocios con el placer.
A menos que fuera estrictamente necesario, claro.
Había decidido mucho tiempo atrás, cuando se escapó de la casa de sus tíos, que nadie le diría lo que tenía que hacer. Ningún hombre y, desde luego, ninguna mujer. Había conseguido un status. Era el jefe de todas las facetas de su vida y le gustaba que fuera así. Cuando amigos como Pablo le preguntaban por qué no se casaba, simplemente decía que ese tipo de vida no era para él. Si tuviera mujer e hijos, ¿habría podido tomar un avión hasta Broken Hill sin esperar un segundo, sin tener que consultar a nadie y sin dar explicaciones? ¡Nunca!
¿Podía un marido pedirle a una joven desconocida que fuera a Sidney y se quedase a vivir en su casa durante un mes? ¡No! Pero él sí podía. Pedro podía hacer lo que le diera la gana. Y realmente quería hacer lo que estaba haciendo. Lo cual era sorprendente. Pensaba que había montado toda aquella operación sólo para ayudar a Hernán. Pensaba que estaba siendo un buen amigo para un hombre que se enfrentaba con problemas económicos y matrimoniales. Pero había descubierto mientras iba en el avión que ayudar a su amigo no era la única razón.
Aquello era un reto. Y, últimamente, faltaban retos en su vida. En realidad, lo sabía todo sobre el negocio de la publicidad y había ganado millones. Tenía todo lo que una vida de éxito podía ofrecerle: un coche de lujo, un ropero de lujo, un dúplex en el puerto de Sidney, una cuenta corriente de lujo. Y cualquier mujer que pudiera desear. Aburrido, en realidad. Rescatar la empresa Femme Fatale, sin embargo, no sería aburrido. Incluso podía ganar dinero, ya que él mismo tenía algunas acciones. Aunque no tantas como Pablo. Sacudió la cabeza al recordar la conversación con un Hernán atribulado el día anterior.
—La heredera es una camarera, por Dios bendito. Y encima vive en un sitio perdido, en medio de ninguna parte. He perdido todos mis ahorros. No puedo creer que haya tenido tan mala suerte.
Pedro no pensaba que la suerte tuviera nada que ver con la desgracia de Hernán. Más bien la avaricia.
Un par de meses atrás, Femme Fatale, era una empresa que funcionaba, un líder en el mercado de lencería femenina con una presidenta muy dinámica, Marina Gilcrest. Ella había abierto la empresa varios años antes en su propia casa, llevando el negocio como si fuera un servicio por catalogo. En menos de dos años se había expandido, abriendo tiendas en toda Australia y llevando los productos a Europa y Estados Unidos. Incluso cotizaba en bolsa. Creía que una pequeña parte del éxito se debía a su agencia de publicidad. Ellos habían hecho los anuncios de Femme Fatale y habían sido un éxito.
Cuando Marina había decidido unos meses atrás lanzar una línea de perfume se había dirigido a Pedro para planear una campana publicitaria. Pero no habían llegado muy lejos porque ella y su directora de marketing y amante habían muerto en un accidente de tráfico. Cuando la noticia apareció en los periódicos, las acciones de Femme Fatale empezaron a caer peligrosamente. Y cuando los detalles del testamento de Marina fueron publicados, la situación se había deteriorado aún más. Le dejaba toda su fortuna a su amante, desgraciadamente muerta al mismo tiempo que ella y, en segundo lugar, a su pariente más cercana, cuya identidad era desconocida.
—¿Qué habrá poseído a Marina para hacer esa locura? —le había preguntado a Hernán al conocer aquella extraordinaria cláusula. Pablo era el abogado de Marina y suyo, aunque también eran amigos.
—Fue una cosa de última hora. Marina le había dejado todo a su novia y no podía imaginar que morirían a la vez. Siempre decía que si Patricia moría antes que ella cambiaría el testamento. Cuando le dije que había una posibilidad de que muriesen al mismo tiempo, ella se lo tomó a risa. Yo insistí, diciéndole que esas cosas pasaban y que si moría sin dejar otro legatario, su ex marido podría intentar quedarse con la empresa. Entonces decidió consignar en el testamento que, si ella y su novia morían, la fortuna iría a parar a su pariente más cercana, siempre que fuera una mujer. Cuando le pregunté quién era, ella me dijo que no tenía ni idea, pero que debía tener alguna prima por alguna parte.
—¿Y la hay?
—Sus padres están muertos y también su hermano, que estaba soltero. Los padres de Marina eran ingleses, de modo que quizá tenga parientes en Inglaterra. He contratado un detective, pero me ha dicho que estas cosas llevan su tiempo…
El detective había tardado un mes en encontrar una pariente de Marina. Tiempo suficiente para que los puestos directivos de Femme Fatale se fueran a otras empresas.
El día anterior, las acciones habían tocado fondo, llegando a valer menos de un cuarto de lo que valían dos meses atrás. Pedro había perdido miles de dólares, pero Hernán había perdido una fortuna.
Cuando el día anterior habían descubierto que el hermano de Marina tenía una hija ilegítima, una chica de veintitrés años que trabajaba como camarera en un bar en medio del paramo australiano, Pablo había caído en una depresión. Estaba seguro de que la chica vendería las acciones, especialmente sabiendo que eso era todo lo que su tía Marina le había dejado.
—¿Te puedes creer que Marina no tenía nada más que Femme Fatale? —le había dicho Hernán mientras comían—. Su departamento era alquilado y su cuenta corriente esta en números rojos. Lo había puesto todo en la empresa.
—Esas cosas pasan.
—No sé qué le voy a decir a Nadia.
—¿No se lo has contado a tu mujer?
—Aún no. Ella siempre me está diciendo que me arriesgo demasiado con las inversiones y me va a matar cuando se entere. Me dejará y se llevará a los niños, seguro. No podría soportarlo, Pepe. Tienes que ayudarme.
—¿Yo?
—Sí, tú. Tú eres un hombre de ideas. Consigue que recupere mi dinero y seré tu esclavo de por vida.
—No es una oferta muy tentadora —había dicho Pedro—. Me gusta que mis esclavas sean mujeres. Pero te diré una cosa, amigo. Si consigo recuperar tu dinero, quiero esa botella de vino de cosecha que compraste en la subasta el año pasado.
—¿El Grange Hermitage?
—Ése.
—Pero… ¡Te lo beberás!
—Para eso está el vino, ¿No?
—¡Que Dios me ayude! Pero de acuerdo. Cualquier cosa si consigues hacer un milagro.
De modo que allí estaba Pedro, dirigiéndose a Drybed Creek, más excitado de lo que lo había estado desde… desde que había abierto la agencia de publicidad años atrás. Estaba deseando conocer a esa Paula Chaves. Una lástima que aún le quedaran doscientos kilómetros. Afortunadamente, la carretera era recta y apenas había tráfico. Llegaría alrededor de las cuatro. Después de encender otro cigarrillo, pisó el acelerador. El paisaje desaparecía frente a él mientras se preguntaba qué estaría haciendo Paula en aquel momento. Desde luego, no esperaría verlo. Y tampoco esperaría aquella noticia. Había convencido a Hernán de que no la llamara por teléfono.
—Deja que se lo diga yo personalmente —le había dicho, sonriendo como un lobo.
Hernán lo miró con aprensión.
—No pensarás seducirla, ¿Verdad?
—No seas ridículo —replicó Pedro—. Nunca mezclo los negocios con el placer.
A menos que fuera estrictamente necesario, claro.
Peligrosa Atracción: Capítulo 1
Pedro se sentó frente al volante del jeep que había alquilado en el aeropuerto, estudió los mapas, compró algo de comida y agua mineral en un supermercado y salió de la ciudad. No tenía interés en visitar Broken Hill. Él estaba allí por una sola razón. Encontrar a Paula Chaves en Drybed Creek y llevársela con él a Sidney. Los pueblos mineros, incluso uno tan grande y famoso como Broken Hill, no le resultaban fascinantes. Y tampoco le resultaba fascinante el páramo australiano. Había tenido suficiente páramo de niño como para que le durase una vida entera. Pero era agradable comprobar que aquello seguía siendo un lugar olvidado de Dios. Le hacía recordar por qué había huido de allí cuando tenía dieciséis años y agradecer lo que había conseguido hacer de su vida.
Minutos después de dejar la civilización, en la carretera no había nada más que plantas resecas, piedras y algunos árboles achaparrados. Era el final del invierno, pero no tendría mejor aspecto cuando llegara la primavera y tampoco en verano. En verano, el sol quemaría las plantas y la poca hierba que hubiera crecido con la lluvia y todo volvería a tener un familiar color marrón. El verde no era un color habitual en el campo australiano. Y el azul… el único azul era el del cielo. Sacudió la cabeza. Él prefería Sidney, su puerto y sus jardines verdes, su maravilloso puente y el impresionante edificio de la Opera. Le había encantado el sitio nada más verlo. Incluso le gustaba el ruido del tráfico. Lo hacía sentir vivo. Francamente, estaba deseando volver. Su misión allí no duraría más de una noche antes de volver a casa, supuestamente con la heredera de Femme Fatale sentada a su lado. Solo necesitaba su cooperación durante un mes. ¿Era demasiado pedir cuando el premio al final de aquellas cuatro semanas era una fortuna? Si vendía sus acciones en ese momento, sólo ganaría unos doscientos mil dólares. Nada comparado con la mina de oro que pensaba poner frente a las narices. Estaba seguro de eso por la descripción de Paula que el detective le había dado a Hernán.
Puala Chaves tenía veintitrés anos. Era alta, atractiva y rubia tenida. «Es guapa», había dicho el detective. Que la chica fuera físicamente atractiva era una ventaja para Pedro, pero lo mejor era su edad. Era más fácil influenciar a una mujer joven que a algún pájaro viejo. Las mujeres jóvenes no tenían una opinión propia sobre muchas cosas y, aunque la tuvieran, seguían siendo susceptibles a la persuasión y los halagos, especialmente cuando era él quien persuadía y halagaba. No era engreído por naturaleza, pero tampoco se permitía falsas modestias. Era un hombre atractivo y gustaba mucho a las mujeres. Además, era inteligente y tenía un cerebro tan creativo como manipulador. Podía vender cualquier cosa a cualquiera y, por eso, su empresa, Ideas Locas, era una de las agencias de publicidad más famosas de Sidney. No la más grande. La mejor. Persuadir a la joven camarera para que hiciera lo que le pedía no sería muy difícil. Y se alegraba de que no fuera rubia natural. Eso quería decir que solía ir a la peluquería y cuidaba de su aspecto. No había nada más odioso para él que las mujeres que creían estar guapísimas «al natural», sin maquillaje, tintes ni arreglos. Sintió un escalofrío al recordar a su tía, que lo había criado desde los ocho años. Ella nunca iba a la peluquería, nunca se ponía maquillaje ni perfume, ni ropa decente. Tenía el pelo grasiento, era muy gruesa y cubría sus carnes con enormes vestidos de flores manchados de sudor. Era lógico que se hubiera quedado boquiabierto al ver a las chicas de Sidney. Tan guapas, tan elegantes, con el pelo limpio y cortado a la moda. ¡Y olían tan bien! Cada vez que alguna entraba en el café Double Bay en el que trabajaba de camarero, respiraba su aroma a perfume francés con deleite. Cuando alguna lo invitaba a pasar la noche con ella, pensaba que estaba en el cielo.
Aquellas primeras experiencias sexuales le habían hecho tener muy buen gusto para las mujeres. Le gustaban muy guapas y muy elegantes. Nada era más desagradable para él que una mujer mal vestida. Todas las mujeres de su vida eran guapas. Pero se había dado cuenta de que era mejor evitar a las muy inteligentes. Que una empleada fuera inteligente estaba bien. Tenía varias y eran estupendas. Micaela, por ejemplo. Era una chica brillante y moderna. Y muy atractiva. Pero jamás saldría con ella. Y hacía bien. Micaela iba a casarse el mes siguiente con un hombre al que ni siquiera se le había ocurrido la idea del matrimonio hasta que ella le había echado el lazo. Tomás Garrison había sido una vez muy deseado en Sidney, un playboy de primer orden. Y hasta un par de meses atrás, un soltero de oro. ¿Y dónde estaba? A punto de convertirse en su marido, prometiendo amarla, honrarla y respetarla hasta que la muerte los separase.
Minutos después de dejar la civilización, en la carretera no había nada más que plantas resecas, piedras y algunos árboles achaparrados. Era el final del invierno, pero no tendría mejor aspecto cuando llegara la primavera y tampoco en verano. En verano, el sol quemaría las plantas y la poca hierba que hubiera crecido con la lluvia y todo volvería a tener un familiar color marrón. El verde no era un color habitual en el campo australiano. Y el azul… el único azul era el del cielo. Sacudió la cabeza. Él prefería Sidney, su puerto y sus jardines verdes, su maravilloso puente y el impresionante edificio de la Opera. Le había encantado el sitio nada más verlo. Incluso le gustaba el ruido del tráfico. Lo hacía sentir vivo. Francamente, estaba deseando volver. Su misión allí no duraría más de una noche antes de volver a casa, supuestamente con la heredera de Femme Fatale sentada a su lado. Solo necesitaba su cooperación durante un mes. ¿Era demasiado pedir cuando el premio al final de aquellas cuatro semanas era una fortuna? Si vendía sus acciones en ese momento, sólo ganaría unos doscientos mil dólares. Nada comparado con la mina de oro que pensaba poner frente a las narices. Estaba seguro de eso por la descripción de Paula que el detective le había dado a Hernán.
Puala Chaves tenía veintitrés anos. Era alta, atractiva y rubia tenida. «Es guapa», había dicho el detective. Que la chica fuera físicamente atractiva era una ventaja para Pedro, pero lo mejor era su edad. Era más fácil influenciar a una mujer joven que a algún pájaro viejo. Las mujeres jóvenes no tenían una opinión propia sobre muchas cosas y, aunque la tuvieran, seguían siendo susceptibles a la persuasión y los halagos, especialmente cuando era él quien persuadía y halagaba. No era engreído por naturaleza, pero tampoco se permitía falsas modestias. Era un hombre atractivo y gustaba mucho a las mujeres. Además, era inteligente y tenía un cerebro tan creativo como manipulador. Podía vender cualquier cosa a cualquiera y, por eso, su empresa, Ideas Locas, era una de las agencias de publicidad más famosas de Sidney. No la más grande. La mejor. Persuadir a la joven camarera para que hiciera lo que le pedía no sería muy difícil. Y se alegraba de que no fuera rubia natural. Eso quería decir que solía ir a la peluquería y cuidaba de su aspecto. No había nada más odioso para él que las mujeres que creían estar guapísimas «al natural», sin maquillaje, tintes ni arreglos. Sintió un escalofrío al recordar a su tía, que lo había criado desde los ocho años. Ella nunca iba a la peluquería, nunca se ponía maquillaje ni perfume, ni ropa decente. Tenía el pelo grasiento, era muy gruesa y cubría sus carnes con enormes vestidos de flores manchados de sudor. Era lógico que se hubiera quedado boquiabierto al ver a las chicas de Sidney. Tan guapas, tan elegantes, con el pelo limpio y cortado a la moda. ¡Y olían tan bien! Cada vez que alguna entraba en el café Double Bay en el que trabajaba de camarero, respiraba su aroma a perfume francés con deleite. Cuando alguna lo invitaba a pasar la noche con ella, pensaba que estaba en el cielo.
Aquellas primeras experiencias sexuales le habían hecho tener muy buen gusto para las mujeres. Le gustaban muy guapas y muy elegantes. Nada era más desagradable para él que una mujer mal vestida. Todas las mujeres de su vida eran guapas. Pero se había dado cuenta de que era mejor evitar a las muy inteligentes. Que una empleada fuera inteligente estaba bien. Tenía varias y eran estupendas. Micaela, por ejemplo. Era una chica brillante y moderna. Y muy atractiva. Pero jamás saldría con ella. Y hacía bien. Micaela iba a casarse el mes siguiente con un hombre al que ni siquiera se le había ocurrido la idea del matrimonio hasta que ella le había echado el lazo. Tomás Garrison había sido una vez muy deseado en Sidney, un playboy de primer orden. Y hasta un par de meses atrás, un soltero de oro. ¿Y dónde estaba? A punto de convertirse en su marido, prometiendo amarla, honrarla y respetarla hasta que la muerte los separase.
Peligrosa Atracción: Sinopsis
Pedro Alfonso era un publicista de éxito. Vivía en un precioso dúplex con vistas al puerto de Sidney y su agenda estaba repleta de nombres femeninos. Pero necesitaba un reto, y éste llegó en forma de heredera de la compañía Femme Fatale, una empresa de lencería con problemas financieros.
Paula era una chica inteligente y trabajadora, Y, si quería, podría convertirse en una belleza. En poco tiempo, Pedro la había ayudado a hacerse cargo de Femme Fatale y se había enamorado de ella. Sabía que Paula era de las que se casaban, pero él era un hombre de aventuras breves.
¿Debía arriesgarse a seducirla?
Paula era una chica inteligente y trabajadora, Y, si quería, podría convertirse en una belleza. En poco tiempo, Pedro la había ayudado a hacerse cargo de Femme Fatale y se había enamorado de ella. Sabía que Paula era de las que se casaban, pero él era un hombre de aventuras breves.
¿Debía arriesgarse a seducirla?
jueves, 18 de mayo de 2017
Por Tu Amor: Capítulo 40
-Supongo que me lo merezco -dijo él-. Y sí, te quiero en mi cama. Te deseo tanto como te deseaba cuando estuvimos en Irlanda. Pero no se trata de sexo, Paula. Te quiero en mi vida. Quiero tener hijos contigo. Quiero que envejezcamos juntos. Quiero hacerte feliz.
-¿Entonces, me deseabas?
-Inocente Paula -sonrió y le colocó un mechón detrás de la oreja-. No tienes ni idea de lo difícil que fue para mí dejarte marchar esa noche.
-Entonces, ¿Por qué lo hiciste?
-Porque me asustaste cuando dijiste que era tu primera vez. Porque eres una gran responsabilidad y un maravilloso regalo. Porque no soy lo bastante bueno para tí.
-No quiero volver a oír eso, Pedro. Eres un hombre bueno y decente.
-No lo bastante para tí. Si lo fuera, me iría ahora mismo de aquí. Pero no puedo hacerlo, pau. Te necesito.
-No estás hablando de negocios.
-Eso es de lo último que quiero hablar -dijo enfadado-. Esto es algo personal. Cuando me dejaste en Londres me dí cuenta de que llevaba enamorado de tí mucho tiempo.
Paula había conocido las diferentes facetas de Pedro Alfonso, pero nunca lo había visto tan desesperado. Tenía miedo de creer que aquello no fuera un sueño.
-Si esto es una manera de...
-No trato de ser encantador. No se trata de eso. Además, no funcionaría, porque me conoces bien.
Eso era cierto. Y su enfado la convencía más que su encanto de que estaba siendo sincero.
-Simplemente, te digo lo que siento. Te quiero y deseo casarme contigo. Y no me conformaré con menos.
-Me has comprendido.
-Ningún hombre te amará como yo te amo. Ningún hombre te querrá más que yo mientras viva. Eres perfecta para mí -le tomó el rostro suavemente entre las manos e hizo que lo mirara a los ojos-. Tienes todo el derecho a torturarme, pero sé que me quieres.
-¿Lo sabes?
-Estabas dispuesta a entregarte a mí. Nunca he respetado a una mujer tanto como a tí. Si no hubiera sido tan estúpido... Daría todo lo que tengo para poder borrar el daño que te he hecho. Pau, dame una oportunidad. Deja que te lo demuestre.
Ella sonrió y la felicidad la invadió por dentro.
-Ya lo has hecho, Pedro. Y tienes razón. Estoy enamorada de tí. Te quiero con todo mi corazón.
Él cerró los ojos un instante.
-Esta es la apuesta más importante de mi vida y quiero hacerlo bien -se arrodilló y sacó un anillo de diamantes del bolsillo-. Paula Chaves, ¿Quieres casarte conmigo?
-Sí.
-¿Nos casaremos aquí? ¿En Florencia? ¿Y dejarás que te lleve de luna de miel a la ciudad que siempre quisiste visitar?
-Sí -susurró ella.
Paula nunca había creído en la posibilidad de tener todo lo que siempre había deseado. Pero cuando Pedro se puso en pie, la tomó en brazos y la besó, supo que aquel chico malo conseguiría que todos sus sueños se hicieran realidad.
FIN
-¿Entonces, me deseabas?
-Inocente Paula -sonrió y le colocó un mechón detrás de la oreja-. No tienes ni idea de lo difícil que fue para mí dejarte marchar esa noche.
-Entonces, ¿Por qué lo hiciste?
-Porque me asustaste cuando dijiste que era tu primera vez. Porque eres una gran responsabilidad y un maravilloso regalo. Porque no soy lo bastante bueno para tí.
-No quiero volver a oír eso, Pedro. Eres un hombre bueno y decente.
-No lo bastante para tí. Si lo fuera, me iría ahora mismo de aquí. Pero no puedo hacerlo, pau. Te necesito.
-No estás hablando de negocios.
-Eso es de lo último que quiero hablar -dijo enfadado-. Esto es algo personal. Cuando me dejaste en Londres me dí cuenta de que llevaba enamorado de tí mucho tiempo.
Paula había conocido las diferentes facetas de Pedro Alfonso, pero nunca lo había visto tan desesperado. Tenía miedo de creer que aquello no fuera un sueño.
-Si esto es una manera de...
-No trato de ser encantador. No se trata de eso. Además, no funcionaría, porque me conoces bien.
Eso era cierto. Y su enfado la convencía más que su encanto de que estaba siendo sincero.
-Simplemente, te digo lo que siento. Te quiero y deseo casarme contigo. Y no me conformaré con menos.
-Me has comprendido.
-Ningún hombre te amará como yo te amo. Ningún hombre te querrá más que yo mientras viva. Eres perfecta para mí -le tomó el rostro suavemente entre las manos e hizo que lo mirara a los ojos-. Tienes todo el derecho a torturarme, pero sé que me quieres.
-¿Lo sabes?
-Estabas dispuesta a entregarte a mí. Nunca he respetado a una mujer tanto como a tí. Si no hubiera sido tan estúpido... Daría todo lo que tengo para poder borrar el daño que te he hecho. Pau, dame una oportunidad. Deja que te lo demuestre.
Ella sonrió y la felicidad la invadió por dentro.
-Ya lo has hecho, Pedro. Y tienes razón. Estoy enamorada de tí. Te quiero con todo mi corazón.
Él cerró los ojos un instante.
-Esta es la apuesta más importante de mi vida y quiero hacerlo bien -se arrodilló y sacó un anillo de diamantes del bolsillo-. Paula Chaves, ¿Quieres casarte conmigo?
-Sí.
-¿Nos casaremos aquí? ¿En Florencia? ¿Y dejarás que te lleve de luna de miel a la ciudad que siempre quisiste visitar?
-Sí -susurró ella.
Paula nunca había creído en la posibilidad de tener todo lo que siempre había deseado. Pero cuando Pedro se puso en pie, la tomó en brazos y la besó, supo que aquel chico malo conseguiría que todos sus sueños se hicieran realidad.
FIN
Por Tu Amor: Capítulo 39
Se fijó en el edificio blanco con tejado rojo. En la distancia, se veía una sobrecogedora vista panorámica de la ciudad y del valle Amo. Estaba tan absorta en lo que veía que tardó unos instantes en darse cuenta de que el aparcamiento estaba desierto. Paula se echó hacia delante y le dijo al conductor:
-Pablo, ¿Estás seguro de que estamos en el lugar adecuado?
-Sí -dijo él-. El conserje del hotel me dio esta dirección. Esto es Carpe Diem.
-Aprovecha la oportunidad -susurró ella.
Aquello le recordaba a Pedro. Pablo abrió la puerta del coche.
-¿Quiere que la acompañe?
-Estaré bien -se bajó del coche-. Pero parece que el sitio no está abierto, así que te agradecería que me esperaras.
-Por supuesto -dijo él-. Estoy encantado de llevar en mi coche a una mujer tan bella.
Paula esperaba encontrar cerrada la puerta del local, pero cuando Pablo tiró de ella, se abrió con facilidad. Dentro, la recibió una camarera con una sonrisa.
-Señorita Chaves, soy Nancy.
-¿Cómo sabe quién soy?
-El hotel nos avisó de que la esperábamos.
Era la hora de cenar, estaba en uno de los mejores restaurantes de la ciudad y el lugar estaba vacío.
-¿Dónde está todo el mundo?
-Sígame.
paula la siguió por un pasillo y traspasó varias puertas en forma de arco. En algún lugar, había una fuente y percibió el sonido del agua. El aroma a flores invadía el lugar y le daba un toque romántico. La camarera se detuvo junto a una mesa preparada para dos.
-No comprendo... -le dijo Paula a Nancy.
-Hola, Pau.
Se volvió con el corazón acelerado.
-¡Pedro!
Él sonrió a la camarera.
-Gracias, Nancy. Ya me ocupo yo.
Cuando se quedaron a solas, Paula lo miró.
-¿Qué ocurre? Desapareciste sin decir palabra y ahora me das un susto de muerte.
-No era mi intención -agarró la botella de vino que había sobre la mesa y sirvió dos copas.
-Brindemos por Florencia... Por la ciudad, no por una persona.
Con sus palabras llegó el recuerdo de las navidades que había pasado en Londres.
-No.
-De acuerdo. Pues cuéntame qué lugares turísticos has visitado ya -dijo él, y se metió las manos en los bolsillos.
Ella estuvo a punto de decirle lo que podía hacer con las atracciones turísticas, pero se lo pensó mejor. Conocía a Pedro y sabía que era muy testarudo.
-He visto la Piazzale Michelangelo, el Ponte Vecchio, un puente maravilloso que fue el único que dejaron en pie los alemanes al final de la Segunda Guerra Mundial. También he visto Santa María del Fiore y el Duomo.
-Veo que has estado muy ocupada en mi ausencia -comentó él-. ¿Y la ciudad es lo que esperabas?
No. Y era culpa suya. Él le había robado la alegría y no sabía cómo recuperarla.
-Es una bella ciudad.
-No tan bella como tú.
-Vamos al grano, Pedro. ¿Por qué está vacío el restaurante?
-Lo he reservado para nuestro uso privado. Y antes de que me lo preguntes, sí, hablé con el conserje del hotel para que te enviara aquí. Quería darte una sorpresa.
-¿Y para qué tantas molestias?
-Porque todo esto tiene mucho que ver con lo que me sucede -la miró a los ojos y ella sintió un fuerte calor en el vientre.
-¿Como qué?
-Mi vida y mi felicidad -la agarró de la mano y miró la rosa que estaba sobre la mesa-. Esta vez no quiero terminar con flores. Quiero que sean el principio de nuestra relación. Es una rosa roja, la rosa del amor eterno. A pesar de lo que creas, nunca le he dicho esto a otra mujer. Te quiero, Pau. Y quiero casarme contigo.
Ella no lo comprendía. Había tenido su oportunidad y la había desaprovechado.
-Para que nos aclaremos, acabé una vez en tu cama, pero no volverá a pasar.
Él le soltó la mano.
-No se trata de eso.
-¿No?
¿Qué otro motivo podía tener?
-Pablo, ¿Estás seguro de que estamos en el lugar adecuado?
-Sí -dijo él-. El conserje del hotel me dio esta dirección. Esto es Carpe Diem.
-Aprovecha la oportunidad -susurró ella.
Aquello le recordaba a Pedro. Pablo abrió la puerta del coche.
-¿Quiere que la acompañe?
-Estaré bien -se bajó del coche-. Pero parece que el sitio no está abierto, así que te agradecería que me esperaras.
-Por supuesto -dijo él-. Estoy encantado de llevar en mi coche a una mujer tan bella.
Paula esperaba encontrar cerrada la puerta del local, pero cuando Pablo tiró de ella, se abrió con facilidad. Dentro, la recibió una camarera con una sonrisa.
-Señorita Chaves, soy Nancy.
-¿Cómo sabe quién soy?
-El hotel nos avisó de que la esperábamos.
Era la hora de cenar, estaba en uno de los mejores restaurantes de la ciudad y el lugar estaba vacío.
-¿Dónde está todo el mundo?
-Sígame.
paula la siguió por un pasillo y traspasó varias puertas en forma de arco. En algún lugar, había una fuente y percibió el sonido del agua. El aroma a flores invadía el lugar y le daba un toque romántico. La camarera se detuvo junto a una mesa preparada para dos.
-No comprendo... -le dijo Paula a Nancy.
-Hola, Pau.
Se volvió con el corazón acelerado.
-¡Pedro!
Él sonrió a la camarera.
-Gracias, Nancy. Ya me ocupo yo.
Cuando se quedaron a solas, Paula lo miró.
-¿Qué ocurre? Desapareciste sin decir palabra y ahora me das un susto de muerte.
-No era mi intención -agarró la botella de vino que había sobre la mesa y sirvió dos copas.
-Brindemos por Florencia... Por la ciudad, no por una persona.
Con sus palabras llegó el recuerdo de las navidades que había pasado en Londres.
-No.
-De acuerdo. Pues cuéntame qué lugares turísticos has visitado ya -dijo él, y se metió las manos en los bolsillos.
Ella estuvo a punto de decirle lo que podía hacer con las atracciones turísticas, pero se lo pensó mejor. Conocía a Pedro y sabía que era muy testarudo.
-He visto la Piazzale Michelangelo, el Ponte Vecchio, un puente maravilloso que fue el único que dejaron en pie los alemanes al final de la Segunda Guerra Mundial. También he visto Santa María del Fiore y el Duomo.
-Veo que has estado muy ocupada en mi ausencia -comentó él-. ¿Y la ciudad es lo que esperabas?
No. Y era culpa suya. Él le había robado la alegría y no sabía cómo recuperarla.
-Es una bella ciudad.
-No tan bella como tú.
-Vamos al grano, Pedro. ¿Por qué está vacío el restaurante?
-Lo he reservado para nuestro uso privado. Y antes de que me lo preguntes, sí, hablé con el conserje del hotel para que te enviara aquí. Quería darte una sorpresa.
-¿Y para qué tantas molestias?
-Porque todo esto tiene mucho que ver con lo que me sucede -la miró a los ojos y ella sintió un fuerte calor en el vientre.
-¿Como qué?
-Mi vida y mi felicidad -la agarró de la mano y miró la rosa que estaba sobre la mesa-. Esta vez no quiero terminar con flores. Quiero que sean el principio de nuestra relación. Es una rosa roja, la rosa del amor eterno. A pesar de lo que creas, nunca le he dicho esto a otra mujer. Te quiero, Pau. Y quiero casarme contigo.
Ella no lo comprendía. Había tenido su oportunidad y la había desaprovechado.
-Para que nos aclaremos, acabé una vez en tu cama, pero no volverá a pasar.
Él le soltó la mano.
-No se trata de eso.
-¿No?
¿Qué otro motivo podía tener?
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