jueves, 13 de abril de 2017

Te Necesito: Capítulo 29

—Esto es increíble, Pedro, pero...

—Sabes que estoy empezando a aborrecer esa palabra.

 —Lo siento, es que tengo que... —pensó a toda velocidad en una excusa.

—¿Ordenar tu cajón de calcetines?  —dijo levantando una ceja—¿Limpiar la nevera antes de que las sobras se conviertan en proyectos salvajes de ciencia ficción?

La antigua Paula habría sucumbido, pero la nueva no era tan débil.

—No puedo quedarme. Si me hubieras avisado...

—Me habrías rechazado, Si tienes otros planes... —esperó una respuesta.

Ella simplemente se encogió de hombros con toda la dignidad del mundo.

—Lo siento.

—¿Qué me dices de una copa de vino? —cuando ella empezaba a protestar, Pedro le hizo un gesto con la mano— Sólo para agradecerte todas las horas extras y el trabajo duro. Luciana y yo te estamos muy agradecidos —dió la vuelta a la mesa hasta donde una botella de vino los esperaba y sirvió dos copas—. Es el Cabernet que te gusta.

En contra de lo que le recomendaba su sentido común, aceptó la copa que le tendía. Aparentemente la antigua y la nueva Paula tenían algo en común, las atraía Pedro Alfonso y tenían dificultades para decirle que no. ¿Eso le daba fuerzas o simplemente la hacía ser esquizofrénica? Se tomaría el vino, pero no se sentaría. Tomó un sorbo y aquel líquido suave y con cuerpo se deslizó con toda facilidad por su garganta.

—Está bueno. ¿Cómo sabías que me gustaba?

—Es el que bebimos aquel fin de semana que fuimos al Lago Tahoe.

 Ah, sí, ese fin de semana. Se acordaba de haber ido en el avión de la compañía hasta Reno, donde una limusina los esperaba para llevarlos de excursión por las montañas y alrededor del lago. La cabaña era casi quinientos metros cuadrados de troncos de madera, ventanas y vistas al lago desde prácticamente todas las habitaciones. Una ventana en el techo del dormitorio dejaba ver miles de brillantes estrellas. Simuló hacer un esfuerzo para recordar.

—Creo que me acuerdo.

—¿Recuerdas cuando te caíste al lago?

 —Me tiraste tú. Y creo recordar que fue después de una acalorada discusión sobre las camisetas mojadas.

—También salté yo, así las camisetas de los dos estaban mojadas.

—Sí —dijo ella con ironía— Era exactamente lo mismo.

—Exacto.

—Señor, el agua estaba helada.

Él desvió la mirada un segundo hacia su pecho.

—Para mí no. No estaba segura de si era el vino, el hombre o los recuerdos, pero de repente tenía demasiado calor.

—Tahoe es un lugar precioso. Un buen lugar para desconectar de Las Vegas. ¿Has ido mucho este verano?

Él negó con la cabeza.

—No he vuelto. ¿Qué significaba eso? ¿Por qué no había vuelto?

—Supongo que has estado muy ocupado cerrando el trato del hotel y ahora con lo de las Torres.

—He tenido tiempo  —dijo encogiéndose de hombros.

 Entonces ¿Por qué no había ido? Se inclinó a oler un lirio del ramo.

—Las flores son preciosas.

—Sabía que eran tus favoritas.

 —¿Cómo?

—Me lo dijiste tú.

—¿Cuándo? —preguntó ella.

—En nuestra primera cita —tomó un sorbo de vino, pero sin apartar la mirada de ella— Te mandé unas flores y, cuando te recogí esa noche, me lo dijiste.

—Llevabas puesto un esmoquin —casi se le doblaron las rodillas al recordarlo— Habías hablado de una cena, pero no habías dicho nada de etiqueta.

—Me gustaba tu vestidito de tirantes.

—No era muy adecuado —respondió— Te gustaba quitármelo.

—Eso es verdad —su sonrisa revelaba orgullo varonil.

Paula se acabó el vino y comenzó a juguetear con la copa vacía. Técnicamente no había sido su primera cita porque no habían salido. No habían ido a cenar.

—Esa fue la noche que concebimos al bebé —se encontró con su mirada a través de las lágrimas que inundaban sus ojos.

Sabía que había sido esa noche porque ninguno de ellos había estado preparado para la fuerza de la pasión que había surgido. Entusiasmo no era una palabra que hiciera justicia a lo que habían sentido. En su descontrolada necesidad de unirse no habían sido siquiera capaces de quitarse la ropa. Y habían creado un bebé. Una niña. No había sido la última vez que habían hecho el amor, pero sí la única sin tomar precauciones.

—Lo sé —la sonrisa de Pedro desapareció.

 ¿Qué estaba pensando? Pero Paula no quería saberlo. Cuanto más tiempo pasaba con él, más quería dejar que el viento se llevara las precauciones, darse una oportunidad. Pero Pedro no era la clase de hombre que perdonaba. Dejó la copa en la mesa.

—Tengo que irme.

Envolviéndose en su dignidad como en un abrigo, se fue. Las lágrimas que ardían en sus ojos no empezaron a caer hasta que fue consciente de que él la dejaba marcharse. Otra vez. Y ella no quería que la dejara. Otra vez.

martes, 11 de abril de 2017

Te Necesito: Capítulo 28

La forma en que la había mirado... Se le iba la cabeza sólo con recordarlo, la miraba como si quisiera devorarla y hacerle el amor cada minuto. Pero no podía estar segura de confiar en su instinto, o en el de él, en ese tema. Además ya habían tenido su oportunidad y había sido un desastre. Una chica inteligente no se metería en ese lío, y ella era una chica muy inteligente. Justo en ese momento sonó el teléfono y contestó.

—Paula Chaves.

—Paula, soy Pablo.

 Era el director del Pinnacle, el primer restaurante del hotel. Habían trabajado juntos muchas veces preparando eventos.

—¿Qué puedo hacer por tí?

—¿Te importaría pasarte un momento por aquí?

En realidad tenía que ocuparse de muchos otros proyectos de Alfonso, pero en el hotel siempre sucedía algo. No podía recordar si tenía algo pendiente con Pablo.

—¿Hay algún problema?

—Ninguna crisis. Sólo necesito tu ayuda para un par de cosas.

—Ahora voy.

 Paula bajó en el ascensor hasta el vestíbulo, donde tomó otro, uno privado, que era el único que llevaba hasta el Pinnacle, en la última planta. Cuando la puerta se abría era como entrar en otro mundo. Luces suaves, madera oscura y paredes que eran enormes  ventanales con vistas al luminoso perfil de Las Vegas. Nada de vaqueros ni camisetas. Chaqueta y corbata para los hombres y una oportunidad para las mujeres de ponerse esos vestidos de noche a la última. Se detuvo al lado de la ventana un momento para disfrutar de la vista del Hotel MGM y de las luces de la cima de la pirámide de Luxor, que taladraban la oscuridad de la noche. Aquella vista nunca dejaba de estimular su imaginación. Amaba ese lugar donde el cielo era el límite, un lugar de millonarios instantáneos. Era el único sitio en el mundo en que se daban a la vez todas las posibilidades de juego. De pronto apareció Pedro a su lado.

—Hola —ella se quedó sin respiración y se miraron un momento.

Entonces ella se rehizo.

—Sea lo que sea que quiere Pablo, seguro que es algo malo si tú también estás aquí. Aunque me dijo que no había ninguna crisis. ¿Qué pasa? —preguntó Paula.

—Nada malo —dijo apoyándole la mano en la cintura para llevarla hasta el restaurante— Ven conmigo.

No podía pensar en otra cosa que no fuera el calor de la mano de Pedro a través de la blusa de seda. Podía sentir cada dedo y su corazón volvía a estar desbocado. La llevó a través del restaurante, pasado el salón principal donde las mesas se encontraban en una especie de estrado y rodeadas por medias paredes de vidrio coronadas por pasamanos de latón. Estaba repleto de gente, murmullos de voces, sonidos de cubiertos y musicales tintineos de cristal. Llegaron a una de las salas aisladas del salón principal utilizadas para grandes fiestas privadas, O para fiestas más pequeñas, pensó al ver la mesa tan íntima preparada para dos comensales. El perfume de un ramo de flores llenaba el aire. Las llamas de las velas se reflejaban en la cristalería de Waterford y los cantos dorados de la porcelana.

—¿Qué es esto? —dijo mirándolo fijamente.

—Me he tomado la libertad de encargar la cena.

—¿Libertad?

Desde luego que se tomaba libertades. Era el grande y poderoso Pedro Alfonso. Una especie de Mago de Oz, sólo que rico y guapo. Y que había hecho brillar sus ojos una vez, pero ella ya no era la mujer desesperada y débil que había sido. Ya no era tan fácil intimidarla con exhibiciones de riqueza y poder. Claro que si esas hubieran sido las únicas cualidades de Pedro que hubiera encontrado atractivas, no se encontraría en el lío en el que estaba. Tenía que tener una larga charla con Pablo para definir el contenido de la palabra «crisis». Tragó con dificultad al observar lo romántico de la escena y luego lo  miró, que estaba muy atractivo con su traje negro, camisa blanca y corbata roja. ¿Cena romántica o baja en calorías de microondas? Quería quedarse desesperadamente, pero no podía.

Te Necesito: Capítulo 27

—No como nosotros.

—Verdad —Paula se cruzó de brazos— Ya se ha decidido por un sitio, la capilla de bodas del Lago Las Vegas.

—Elegante, alto nivel. Agradable  —dijo estudiando sus tentadores labios.

—Sí. Ahora podemos seguir adelante con la comida, las flores y las invitaciones.

—Quiero ver la lista de invitados cuando te la dé mi hermana.

—De acuerdo. Por los contactos de negocios. Eso puede hacer que la lista sea enorme.

—Como la nuestra —recordó él.

—Hubo mucha gente —confirmó ella— Fue un mandato del cielo que nadie se perdiera mi vergonzoso discurso. Habría preferido una ceremonia con nosotros dos y los Klingons... digo los testigos.

—¿No querías una gran boda? —estaba realmente sorprendido.

Ella negó con la cabeza...

—Habría preferido algo pequeño, íntimo. ¿Quién se hubiera imaginado que una organizadora de eventos no deseara un gran evento? De nuevo tuvo que preguntar:

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque tú eres Pedro Alfonso—dijo encogiéndose de hombros. Inclinó la cabeza como para estudiarlo. —Eres muy carismático. ¿Quién puede decirte que no?

Ella, pensó Pedro.

—También era tu boda.

Paula se agarró al respaldo de la silla que había entre ambos.

—Créeme, aprendí que no ser sincera es una estupidez. Nunca más cometeré el error de ocultar mis sentimientos.

Él trató de recordar. ¿Le había dado Paula alguna pista de lo que deseaba? No podía negar que estaba acostumbrado a que sus órdenes se cumplieran sin preguntar.

—Me gustaría pensar que he escuchado y entendido. Pero no puedo asegurarlo.

 Ella sonrió, pero había tristeza en sus ojos.

—Es agradable escucharte decir eso, Pedro.

 Paula había admitido un error, lo había afrontado y eso le había hecho más sabia. Se había fortalecido con la experiencia. Era suave pero fuerte. Su cuerpo saludable y en forma no era su única diferencia, pensó Pedro. Se había vuelto una mujer fuerte, segura de sí misma. La confianza en sí misma le sentaba muy bien. Antes de haber procesado la idea las palabras acudieron a su boca.

—Es tarde y todavía no he cenado. ¿Cenas conmigo Paula?

 Abrió los ojos desmesuradamente y dijo:

—¿De verdad crees que es una buena idea?

Seguramente no, pero ¿Desde cuándo actuaba juiciosamente un tipo que tenía más testosterona que sentido común?

—¿Siempre respondes una pregunta con otra? —preguntó él.

—¿Y tú? —replicó ella haciendo una mueca con los labios.

¡Cómo la deseaba!

—¿Sí o no, Paula?  —dijo casi en un gruñido.

—¿Qué te parece, no gracias? —respondió alejándose— Tengo trabajo. Buenas noches, Pedro.

Él dejó escapar un gran suspiro, se cruzó de brazos y salió tras ella. Al llegar a la puerta se detuvo. ¿Qué tenía Paula para que fuera tras ella buscando más rechazo? La respuesta era sencilla: la deseaba y quería tenerla. El anhelo rondaba por su mente mientras era consciente de que lo que había cambiado en ella haría que no fuera fácil. Así que ya tenía la respuesta a su pregunta, estaba emprendiendo el viaje de nuevo. No el mismo viaje, porque en esa ocasión sabría manejar mejor sus emociones, dejarlas fluir.


¿Cuándo había empezado a anhelar la presencia de Pedro? Paula decidió que encontraría la forma de controlar cualquier parte de ella que estuviera deseando que él apareciera holgazaneando en la puerta de su despacho para invitarla a cenar. ¿Qué mujer en su sano juicio rechazaría una invitación para cenar con Pedro Alfonso? ¿Acaso tenía algo mejor que hacer? Extendió los brazos con las manos hacia arriba como si sopesara las alternativas.

—Cenar con un hombre guapo, sexy y divertido. Y fabulosamente rico — levantó una de las manos— O una cena congelada baja en calorías en un coqueto aunque totalmente hipotecado y solitario apartamento —levantó la otra mano hasta justo debajo de la anterior— Paula, definitivamente no estás en tus cabales.

Cualquier persona que hubiera escuchado el dilema habría estado de acuerdo. Y aquélla no era la primera vez que se sentía culpable por no aceptar la invitación de Pedro.

Te Necesito: Capítulo 26

—Después del Festival de Cine de Las Vegas, tenemos los tipos esos de los artilugios.

—¿Quiénes? —estaba distraído contemplando sus preciosos hoyuelos, pero aquel comentario atrajo su atención.

—Ya sabes... —miró sus notas— Los que exponen los últimos inventos de la electrónica. Es como ver el canal de ciencia ficción.

—¿Porque parecen aliens? —preguntó.

—No. porque algunos inventos son futuristas. Estoy segura de que son gente adorable —dijo en tono políticamente correcto— De acuerdo —suspiró— Odio la tecnología.

—Señorita Chaves, estoy impresionado y espantado.

—Triste pero cierto. Es mi trágico sino. Mi oscuro secreto. Los ordenadores son un mal necesario —golpeó la alfombrilla del ratón con el bolígrafo para reforzar sus afirmaciones— Pero no hay que equivocarse... son malos.

—Un invento del diablo.

—En realidad esos tipos son los responsables. Y justo cuando empiezas a pensar que sabes manejarlos salen con un nuevo invento que se supone que hace todo más sencillo. ¿A quién tratan de ayudar?

Para él aquello era nuevo. La encontró encantadora e irresistible. Puntualización, tal vez no completamente nuevo, sino no ensombrecido por los malos recuerdos. El problema era qué hacía con ello. Ya habían recorrido ese camino antes. Esa vez iban cargados con equipaje emocional. Lo que no había cambiado era el modo en que la deseaba. Pero, ¿A dónde iban? ¿Y quería él emprender el viaje?

Pedro se levantó, dió la vuelta a la mesa y después se apoyó en un lateral del escritorio. Estaba tan cerca de Paula que podía oler el dulce aroma de su perfume y sentir el calor de su piel. Tan cerca que podía ver el pulso desbocado en su cuello.

—A ver si lo entiendo. Según tú, esos cacharros son los descendientes de Satán.

—La cuestión es que los tipos de la tecnología son clientes leales y unos quinientos de ellos se registrarán a la vez. Será un reto acomodarlos a ellos y a todos sus artilugios en el mayor espacio disponible del hotel. Vamos a tener que abrir las divisiones y ampliar la sala de banquetes para que puedan exponer sus avanzados aparatos electrónicos de tortura.

—¿Qué pasa con las conexiones eléctricas? —preguntó él.

—Estoy trabajando con el equipo de ingeniería. Vamos a necesitar cable de calibre industrial, pero ya lo están buscando.

—De acuerdo —asintió él—. ¿Qué pasa con las Torres Alfonso? Faltan unas seis semanas para la gran inauguración.

—Como ya sabes, vamos a celebrarla en fin de semana. Ya se han enviado las invitaciones a toda la lista prioritaria. Estoy moviendo todo lo necesario para celebrar una recepción el viernes por la noche. El sábado tendremos un corte de cinta para los medios y tu equipo súper profesional hará una presentación. Descubrirán la maqueta de las diferentes plantas y hablarán de los precios de la compra sobre plano.

—Perfecto.

—Tendremos diferentes ofertas para el fin de semana en el hotel. Un torneo de golf en el club de campo, paquetes de masaje y spa...

—Las típicas ofertas que atraen a la gente.

—A los famosos —asintió ella y revisó sus notas— Hemos tenido una respuesta muy positiva.

—¿Todo en marcha?

—Sí —cerró la libreta, se puso de pie y retrocedió unos pasos— Así que creo que eso es todo.

¿Cuando se acababa el trabajo ya estaba todo? Miró sus labios y se dió cuenta de que para él estaba bien de trabajo por ese día y de que un poco de placer no le haría daño.

—No he terminado todavía —dijo él.

—¿No?

—¿Has hablado con Luciana?

 Asintió con la cabeza.

—Ya sé que la boda sigue adelante. Parece que Hernán quiso saber qué iba mal y aclararon las cosas...

Te Necesito: Capítulo 25

—Para ser sincera, la decisión de cancelar la boda fue muy difícil —por muchas razones, pensó ella.

—Me puedo hacer una idea de lo difícil que tuvo que ser estar delante de toda esa gente.

¿Era respeto lo que había en su expresión? Nunca había creído que Pedro pudiera mirarla de ese modo. Una mitad de ella quería bailar de alegría, la otra mitad no lo creía. Era más seguro quedarse con la segunda mitad.

—Me dije a mí misma que enfrentarme con la gente no era el peor de los dos males.

—¿Casarse conmigo era un mal? —no estaba claro si su entonación reflejaba diversión u ofensa.

—Lo era si no nos hacía felices a ninguno de los dos.

—Eso no podías saberlo —dijo a la defensiva.

—Tú tampoco. Y ésa es la cuestión. Tú deberías haber tenido alguna duda también.

—¿Por qué dices eso?

—Porque me dejaste ir.

—Era lo que tú querías.

—Cancelé la boda y traté de disculparme contigo. Tú dejaste que me fuera. Nunca dijiste «hablemos», o «no quiero verte ni en pintura» o «vete al infierno». Simplemente no hubo nada. Nunca miraste atrás. Tu silencio decía a gritos que estabas de acuerdo con mi decisión.

—Estoy hablando de ello ahora.

—Demasiado tarde, Pedro.

—Te equivocas, yo...

—¿Qué?

Pedro miró el reloj, frunció el ceño y dijo:

—No puedo hablar ahora, tengo una reunión con los contratistas —y se dirigió a la puerta— Hablaremos más tarde.

Ella ya había hablado de más. Nunca debería haberle hablado de sus sentimientos ni de su infancia, pero todo eso eran tonterías en comparación con lo que acababa de revelarle. Hablar era gratis, pero el precio que tendría que pagar sufriendo podía ser muy alto.

Pedro no podía concentrarse. Eran casi las siete de la tarde y ella estaba toda tiesa en una de las sillas de su despacho. Le había llevado una lista de todos los eventos que se iban a celebrar en los hoteles. De momento a él le interesaban más sus hoyuelos. Y su boca. Habían pasado un par de semanas desde aquel día en que le había puesto la verdad encima de la mesa. Él había tenido dudas sobre la boda y el compromiso. Pero sobre todo no había querido necesitarla. Si quería ser honrado consigo mismo tenía que admitir que, una vez superado el abandono, se había sentido reconfortado, liberado por que ella hubiera cancelado la boda. Pero estaba equivocada al acusarlo de no mirar atrás. El problema era que había ganado el orgullo. Al menos hasta hacía poco, cuando había sabido más de ella. Y ahora tenía que reconocer que sentía una auténtica fascinación que rayaba en la obsesión por sus extraordinarias piernas.

sábado, 8 de abril de 2017

Te Necesito: Capítulo 24

Paula suspiró al ser consciente de que había estado delante del monitor del ordenador por lo menos cinco minutos sin siquiera saber qué intentaba hacer. Todo lo que podía ver era la lástima en los ojos de Pedro. Últimamente, cada vez que se veían era para que ella le revelara algún detalle de su vida. El debía de estar dando las gracias a su buena estrella por que hubiera cancelado la boda. Se había librado de una catástrofe porque ella era una mujer completamente desequilibrada desde un punto de vista emocional. Eso estaba cambiando. Estaba olvidando el pasado. Estaba formada por todo aquello, pero no podía dejar que eso la definiera. A partir de ese momento, cuando estuviera con Pedro, no habría sufrimiento ni revelaciones personales, o el pobre hombre acabaría saliendo corriendo. Estaba decidida a centrarse únicamente en el trabajo. Y de hecho, tenía una buena cantidad, entre la inauguración de la oficina de ventas de las Torres Alfonso  y la boda de Luciana. Y eso que lo segundo seguía en el aire, lo que le recordó que estaba preocupada por ella. Estaba dudando sobre llamarla o no cuando vió a Pedro en la puerta del despacho.

—Hola.

Las manos de Paula empezaron a temblar.

—Hola. Justamente estaba pensando en tí.

—¿No es fantástico entonces que aparezca?

No estaba segura de qué responder, así que apoyó los antebrazos en la mesa y lo miró con detenimiento. Estaba distinto, pero no era capaz de decir por qué.

—¿Era bueno? —preguntó él.

—¿Qué?

—Lo que pensabas de mí.

—Oh


—¿Bueno? No desde su perspectiva, pero si se lo decía sería contravenir la norma que acababa de imponerse—¿Por qué tengo la sensación de que andas a la caza de cumplidos?

—Porque es así.

—Bueno, entonces... -¿Cómo salía de aquello? ¿Maniobras de evasión?—. ¿Cuál era la pregunta?

—¿Por qué estabas pensando en mí?

Podría haber dicho que porque era masoquista o estaba loca, porque pensar en Pedro no era muy inteligente. Así que era el momento de cambiar de tema.

—Déjame puntualizar. Técnicamente me estaba preguntando sobre cómo habría ido tu charla con Luciana.

Él terminó de entrar a la habitación y se sentó en una de las sillas que había frente a la mesa. Interesante. Normalmente se metía dentro de su espacio y ella tenía que hacer un gran esfuerzo para controlar sus hormonas. Era realmente sorprendente que él hubiera mantenido la distancia pero que sus hormonas siguieran revolucionadas.

—¿Que cómo fue la conversación? —dijo Pedro distraídamente— Fue muy diferente de la que tuve con ella sobre de dónde venían los niños.

—Eso es no decir nada —informó ella.

—Todavía estoy valorando los daños.

Paula decidió ser más explícita.

—¿Qué te dijo luciana?

—Tiene dudas sobre la boda.

—Ya.

—No está segura de si está enamorada de Nan o si se casa porque a todo el mundo le parece una buena idea.

—Me lo temía —admitió Paula.

—¿No te sorprende? —preguntó él con una sonrisa fugaz.

—Al ser la reina del recelo matrimonial, reconozco los síntomas.

Se miraron y Pedro apoyó los codos en las rodillas.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Lo de Luciana?

—No —dijo él— lo de tus dudas.

De ningún modo, pensó ella. Nada de hablar de ese tema. Sobre todo porque su mayor duda había sido si él la amaba. Y ya sabía que no.

—Lo más importante es saber si quieres que siga adelante o no con la organización de la boda.

—Congela un poco las cosas.

—De acuerdo —asintió— Todavía no se ha hecho nada en firme, así que no hay daños graves. Ahora, sobre...

—Sobre nosotros —la interrumpió él— Sé que las cosas fueron muy deprisa, pero podías haberme dicho algo.

—Está bien saberlo —sonrió y desvió la mirada, intentando con todas sus fuerzas que su cuerpo no respondiera a la masculinidad de Pedro. Miró el calendario y dijo, intentando cambiar de tema— Creo que tengo una cita telefónica con Melina St. George.

—¿Quién?

—Una chef de Nueva York. Íbamos a comentar posibles menús —se mordió los labios— Lo dejaré de momento. Esperaré a que Luciana me haga saber qué quiere que haga.

—Sí, hablar del problema puede que rebaje su estrés.

—Estoy de acuerdo. ¿Algo más? Si no, tengo trabajo.

—¿Qué pasa contigo? — preguntó Pedro, irritado.

—Yo podría preguntarte lo mismo. Estoy intentando ser una empleada productiva. ¿Cuál es tu excusa?

—De trabajo es de lo último que quiero hablar.

—Pues eso descarta cualquier tema que no sea personal y a mí eso no me apetece. ¿No estás cansado de escuchar las historias de la pobre Paula? Porque yo si estoy cansada de contarlas.

Él deslizó las manos en los bolsillos.

—Si me hubieras hablado de tus padres y de su divorcio antes de nuestra boda, habría...

—¿Qué? —preguntó casi sin poder contener la emoción que le oprimía el pecho. Unió las manos y las apoyó en la mesa— Puedo admitir que estaba aterrorizada de repetir los errores de mis padres. Su matrimonio era mi único modelo y era terrible. ¿Cómo iba yo a hacerlo mejor? —suspiró— Pero el momento que elegí fue el peor. Y no hay manera de que lo hubieras entendido, por mucho que lo creas ahora.

—Ahora sé que cada vez que los medios mencionan a Pedro Alfonso la historia incluye una acotación sobre que fue plantado en el altar por la guapa Paula Chaves.

El corazón comenzó a latirle rápidamente cuando lo miró a los ojos y descubrió que la amargura había desaparecido. Era como si los muros invisibles que había entre ellos hubieran caído y eso no era bueno.

Te Necesito: Capítulo 23

Pedro suspiró.

—Aparentemente, son un buen ejemplo de los riesgos y desastres del matrimonio.

—¿No lo sabías?

—¿Que su infancia fue un auténtico infierno? No hasta hace poco —le contó a Luciana todo lo que Paula le había dicho sobre sus padres y lo que ella había sufrido por su mal matrimonio y peor divorcio— Cuando ya no la querían ninguno, la mandaron con la abuela.

—Oh, Pepe —parecía impactada— No podía ni imaginarlo.

—Sí. —Nuestros padres se fueron de repente y no hubo elección, pero pensar en lo que debe de haber sido para Paula...

—¿Te refieres a saber que tus padres están vivos en algún sitio y ninguno de los dos te quiere? —la rabia le producía escalofríos—Te entiendo.

—Me gustaría haberlo sabido —admitió Luciana.

—Bienvenida al club —se incorporó y caminó hasta la ventana para mirar el tráfico de la calle. Los turistas caminaban codo con codo arriba y abajo por Las Vegas Boulevard.

—Me siento fatal, Pepe. Paula trató de hablar conmigo y me la quité de encima. Le dije algo sobre que no podían equivocarse porque mi hermano mayor siempre hacía lo correcto.

—Estupendo —se volvió hacia ella y metió las manos en los bolsillos.

—¿Pepe?

—¿Respondió algo a eso?

Luciana negó con la cabeza.

—No, pero tenía una expresión extraña.

—Maldición...

—¿Qué problema hay, Pepe?

¿Que qué problema había? ¿Suponía alguna diferencia conocer la infancia difícil de Paula? Esperaba que no. Lo había dejado plantado una vez. Sería mucho más que estúpido si bajaba el escudo y ella le disparaba otra vez. Se volvería loco.

—Es mi problema. He venido a hablar de Nan y tú.

—Yo preferiría hablar de tí —Luciana parecía desgraciada.

—Si te sientes así —dijo él—, puede que quieras pensar en no seguir adelante con la boda.

—Pero ya hemos celebrado la fiesta de compromiso. Sus padres están tan felices... Y tú. Y la publicidad de las Torres Alfonso... —una sombra oscureció sus ojos— Pepe...

—Nada de eso importa si tú no eres feliz. La decisión que tomes tendrá que salir del corazón. Me gusta la idea de que Nan y tú estén juntos y, desde un punto de vista publicitario, es bueno, pero si hay la más mínima duda en tu cabeza, todas las buenas razones del mundo no son suficientes para casarse.

De repente se interrumpió y se le oscureció la mirada.

—¿Qué ocurre, Pepe?

—Me estoy dando cuenta de que lo que te acabo de decir es prácticamente una cita literal de lo que dijo Paula en una capilla llena de gente para explicar por qué no podía casarse.

—¿De verdad? —dijo Luciana con los ojos abiertos de par en par.

—El contenido de su mensaje es algo que difícilmente podré olvidar.

—Hay mucha sabiduría en lo que dijo.

Pedro empezó a pasear por delante de la mesa de Luciana.

—Y no salió corriendo. Afrontó todo.

—Hay que tener estómago —comentó Luciana mientras tomaba el bolígrafo y jugaba con él— Menudos prejuicios hemos tenido. Al menos yo le dí una especie de disculpas.

—¿Sí? ¿Cuándo?

—En la fiesta de compromiso. Notó que no estaba actuando de forma natural y me preguntó por qué. Todos esos sentimientos sobre Nan han removido muchas cosas, incluyendo los recuerdos sobre Paula y tú y la noche antes de la boda —evidentemente, se estaba poniendo en el lugar de su ex cuñada.

—¿Qué dijo cuando te disculpaste?

Luciana  se encogió de hombros.

—Lo típico en Paula, alguna tontería graciosa.

Esa era su Paula. No, suya no. La rabia se había esfumado, pero eso no significaba que tuviera que volver a intentarlo con ella. Aunque era capaz de mirar hacia atrás sin resentimiento, veía su situación desde una perspectiva diferente. Las cosas entre ellos habían pasado deprisa. No había sido capaz de bajar el ritmo porque ella era graciosa, divertida, inteligente y atractiva. Y tan hermosa... Echó de menos la rabia, quería que volviera para esconderse tras ella. Para que le ayudara a olvidar los buenos recuerdos. Porque si no lo hacía, recordaría que la necesitaba y eso haría que quisiera pasar la vida con ella. Y nadie sabía mejor que él que todo podía hacerse pedazos en un instante.