Pedro no necesitaba que nadie le dijera que tenía que hablar con Luciana. Él la había criado. Dió instrucciones a su chofer para que llevara a Paula de vuelta a su despacho en el otro hotel y se quedó observando cómo el coche se mezclaba con el tráfico de Las Vegas Boulevard. «Algunas veces no dispones de toda una vida». ¿Qué hacía diciendo eso? Sus padres habían muerto y había sido una tragedia. Él había pasado del dolor a la rabia y de la rabia a la resignación. Y había hecho lo mismo cuando Paula lo abandonó. Había salido adelante con su furia como escudo. En cuanto la había visto de nuevo, su escudo había empezado a desmoronarse. Pero aquello era algo en lo que podía pensar más tarde; en ese momento lo que necesitaba era hablar con su hermana. Se dió la vuelta y entró con energía en el vestíbulo, tomó el ascensor hasta las oficinas de los ejecutivos. La de Luciana se encontraba al final del pasillo, frente a la de Hernán; ambas estaban situadas en una esquina del edificio con ventanales desde el suelo al techo. Entró en el despacho de su hermana, decorado con pinturas de temas náuticos, un jarrón Waterford con flores y estantes con su colección de cuadro. Le gustaba estar rodeada de cosas bonitas, pero él prefería lo espartano. Otra diferencia en su ADN.
—¿Qué demonios te pasa? —preguntó de pie frente a su mesa.
Ella levantó la vista y sus ojos mostraron una mirada desafiante.
—Estoy perfectamente, muchas gracias. Ahora tengo que trabajar. No me interrumpas, por favor.
Él se pasó los dedos por el pelo.
—Volvamos a empezar.
—¿Volvamos? Yo no he empezado nada.
—De acuerdo, yo volveré a empezar. No eres tú misma.
Luciana dejó el bolígrafo encima de los papeles.
—¿Entonces quién soy?
—No la decidida hermana a la que quiero.
Luciana parpadeó y desvió la mirada.
—¿Cómo has llegado a esa conclusión?
—Luciana Alfonso no tendría tantos problemas para decidir dónde quiere casarse si no hubiera algo rondando en su cabeza.
—A veces odio que me conozcas tan bien.
—¿Cuál es el problema? —insistió Pedro, esa vez en un tono mucho más amable.
—Tengo dudas sobre si casarme o no.
—Entiendo —eso no era una gran sorpresa. Pedro apoyó una cadera en el borde de la mesa—¿Qué clase de dudas?
—Demasiadas dudas, y muy poco tiempo.
—Tómate todo el tiempo que necesites. Es importante.
—De acuerdo —dejó escapar un largo suspiro— Nan es un hombre maravilloso, pero ¿Es el adecuado para mí? ¿He dicho que sí sólo porque nos conocemos desde siempre? ¿Porque es tu mejor amigo? ¿O estoy realmente enamorada de él?
—Sólo tú puedes responder a eso.
—Ése es el problema —levantó las manos— No puedo. Éramos felices hasta que lo estropeó todo pidiéndome que me casara con él.
—Ah, tienes reservas sobre llegar a un acuerdo serio y legal para el resto de tu vida.
—¡Sí! —se recostó en la silla— No creí que me entendieras.
—Claro que te entiendo. Todo el mundo tiene dudas, es normal.
—¿De verdad?
—Recuerdo estar nervioso, con razón, cuando todo se dió la vuelta.
—Hay mucho de eso ahora...
—¿Qué quieres decir? —preguntó Pedro.
Su hermana tenía esa mirada que ponía cuando era pequeña y le ocultaba algo.
—La noche antes de tu boda, Paula me habló de que tenía dudas.
Las recientes revelaciones que le había hecho Paula le hacían tener una idea sobre cuántas dudas podía tener, pero su hermana nunca le había dicho ni una palabra.
—¿Qué te dijo?
—No lo recuerdo exactamente —respondió Luciana— En general, tenía miedo de que los dos estuvieran cometiendo un error.
—¿Tú qué le dijiste?
—Alguna cosa del tipo de olvídalo, no lo pienses...
—Lu...
—No exactamente con esas palabras.
—¿Dijo algo de sus padres?
—No, que yo recuerde, ¿Por qué?
sábado, 8 de abril de 2017
Te Necesito: Capítulo 21
—Pedro, vas a tener que asumir el hecho de que tu hermana es una mujer y, por definición, emocional. Y el estrés al que se encuentra sometida va a exacerbar su emotividad.
—¿Es una promesa?
—¿Me has entendido?
—Sí —afirmó él.
—Entonces es una promesa.
—¿Me estás diciendo que esto es cosa de chicas?
Paula lo miró.
—Te estoy diciendo que ella no es como tú. E incluso aunque lo fuera, que compartieran cromosomas no te daría la clave para descifrar lo que sucede en su cabeza. Si ése fuera el caso, yo tendría la clave para saber por qué mis padres se casaron.
—¿Estás empleando metáforas o algo así? —dijo con una chispa de diversión en los ojos.
—La cuestión es que yo sólo conocí la parte de su matrimonio en que se peleaban, en que trataban de hacerse daño. Creí que todo el mundo vivía así.
—Debió de ser muy difícil.
—Lo fue. Leía mucho cuando era pequeña —admitió— Los libros eran mi refugio donde escapar de las peleas y los insultos.
—¿Qué leías? —peguntó.
—¿Importa?
—Sí.
Paula suspiró.
—Cuentos de hadas. Me encantaban los finales felices. Yo quería algo así, pero nunca sucedía. Cuando mis padres estaban lo suficientemente cerca uno de otro, podías cortar la tensión con un cuchillo. Empecé a tener problemas gástricos y llegaron a pensar que tuviera una úlcera.
—Paula—se arrellanó en el asiento y la miró a los ojos con intensidad—. No lo sabía.
—¿Cómo ibas a saberlo? Nunca dije nada.
—Me gustaría que lo hubieras hecho. Explica muchas cosas.
Muchas, pero no todas, pensó ella. Sólo su miedo y resistencia. Explicaba por qué pensaba que el matrimonio eran arenas movedizas. El «sí, quiero» era el paso previo a que las cosas se volvieran desagradables. Su abuela le había contado que sus padres se enamoraron nada más verse. Había pensado que aquello era muy romántico, hasta que todo saltó en pedazos. Para empeorar las cosas, en el momento que había puesto los ojos en Pedro, lo había querido. Todavía lo quería. Eran la tensión, la amargura y las palabras fuertes lo que no quería y eso sería lo que acabaría llegando. No lo culpaba por estar enfadado por la forma en que ella había suspendido la boda. Pero después de que las cosas se hubieran calmado, pensaba que debería haberla llamado. Si la hubiera amado de verdad se habría puesto en contacto con ella. Seguía mirándola.
—Tenemos que trabajarnos la comunicación —dijo.
—Tienes razón —guardó las notas en su maletín— Pero ahora tengo mucho trabajo.
—Eso no es lo que quería decir. No hay nada que no funcione en nuestro intercambio de información en el trabajo.
—Entonces está todo bien.
Parecía desconcertado mientras negaba con la cabeza.
—Íbamos a casarnos.
El dolor que había logrado encerrar en una burbuja protectora un año antes estaba intentando liberarse.
—Nada de notas de prensa, jefe. ¿Qué pretendes?
—No pretendo nada. Son otras preguntas.
Un año antes no habría respondido a sus preguntas, pero se las había planteado tantas veces desde entonces... Lo que no te mataba te hacía más fuerte y Pedro Alfonso ya no la intimidaba.
—¿Qué pregunta, por ejemplo? —dijo ella.
—Por ejemplo —dijo—, ¿Por qué hay tantas cosas que desconocemos el uno del otro?
«Déjame decirte los porqués», pensó. Por su exigente carrera profesional y la de ella. Por el bebé y por haberlo perdido. A pesar de la poderosa atracción que anulaba todo excepto la necesidad de estar juntos a cada segundo.
Paula buscó una verdad más general. Buscó su mirada y encontró en ella la intensidad que le hacía un hombre inolvidable.
—Sucedió todo tan rápido...
—Aun así... —la confusión nubló su vista mientras se pasaba una mano por el pelo.
—Aun así —dijo con amabilidad— Saber cosas uno de otro lleva tiempo. Posiblemente toda la vida.
—Algunas veces no dispones de toda una vida.
Paula sabía que estaba hablando de sus padres.
—Pasaron la vida juntos, nunca tuvieron que preguntarse qué más podía haber.
—Sí —contestó él. —Y, en mi opinión, antes de que Luciana decida qué va a hacer, deberías hablar con ella y averiguar qué pasa.
—¿Es una promesa?
—¿Me has entendido?
—Sí —afirmó él.
—Entonces es una promesa.
—¿Me estás diciendo que esto es cosa de chicas?
Paula lo miró.
—Te estoy diciendo que ella no es como tú. E incluso aunque lo fuera, que compartieran cromosomas no te daría la clave para descifrar lo que sucede en su cabeza. Si ése fuera el caso, yo tendría la clave para saber por qué mis padres se casaron.
—¿Estás empleando metáforas o algo así? —dijo con una chispa de diversión en los ojos.
—La cuestión es que yo sólo conocí la parte de su matrimonio en que se peleaban, en que trataban de hacerse daño. Creí que todo el mundo vivía así.
—Debió de ser muy difícil.
—Lo fue. Leía mucho cuando era pequeña —admitió— Los libros eran mi refugio donde escapar de las peleas y los insultos.
—¿Qué leías? —peguntó.
—¿Importa?
—Sí.
Paula suspiró.
—Cuentos de hadas. Me encantaban los finales felices. Yo quería algo así, pero nunca sucedía. Cuando mis padres estaban lo suficientemente cerca uno de otro, podías cortar la tensión con un cuchillo. Empecé a tener problemas gástricos y llegaron a pensar que tuviera una úlcera.
—Paula—se arrellanó en el asiento y la miró a los ojos con intensidad—. No lo sabía.
—¿Cómo ibas a saberlo? Nunca dije nada.
—Me gustaría que lo hubieras hecho. Explica muchas cosas.
Muchas, pero no todas, pensó ella. Sólo su miedo y resistencia. Explicaba por qué pensaba que el matrimonio eran arenas movedizas. El «sí, quiero» era el paso previo a que las cosas se volvieran desagradables. Su abuela le había contado que sus padres se enamoraron nada más verse. Había pensado que aquello era muy romántico, hasta que todo saltó en pedazos. Para empeorar las cosas, en el momento que había puesto los ojos en Pedro, lo había querido. Todavía lo quería. Eran la tensión, la amargura y las palabras fuertes lo que no quería y eso sería lo que acabaría llegando. No lo culpaba por estar enfadado por la forma en que ella había suspendido la boda. Pero después de que las cosas se hubieran calmado, pensaba que debería haberla llamado. Si la hubiera amado de verdad se habría puesto en contacto con ella. Seguía mirándola.
—Tenemos que trabajarnos la comunicación —dijo.
—Tienes razón —guardó las notas en su maletín— Pero ahora tengo mucho trabajo.
—Eso no es lo que quería decir. No hay nada que no funcione en nuestro intercambio de información en el trabajo.
—Entonces está todo bien.
Parecía desconcertado mientras negaba con la cabeza.
—Íbamos a casarnos.
El dolor que había logrado encerrar en una burbuja protectora un año antes estaba intentando liberarse.
—Nada de notas de prensa, jefe. ¿Qué pretendes?
—No pretendo nada. Son otras preguntas.
Un año antes no habría respondido a sus preguntas, pero se las había planteado tantas veces desde entonces... Lo que no te mataba te hacía más fuerte y Pedro Alfonso ya no la intimidaba.
—¿Qué pregunta, por ejemplo? —dijo ella.
—Por ejemplo —dijo—, ¿Por qué hay tantas cosas que desconocemos el uno del otro?
«Déjame decirte los porqués», pensó. Por su exigente carrera profesional y la de ella. Por el bebé y por haberlo perdido. A pesar de la poderosa atracción que anulaba todo excepto la necesidad de estar juntos a cada segundo.
Paula buscó una verdad más general. Buscó su mirada y encontró en ella la intensidad que le hacía un hombre inolvidable.
—Sucedió todo tan rápido...
—Aun así... —la confusión nubló su vista mientras se pasaba una mano por el pelo.
—Aun así —dijo con amabilidad— Saber cosas uno de otro lleva tiempo. Posiblemente toda la vida.
—Algunas veces no dispones de toda una vida.
Paula sabía que estaba hablando de sus padres.
—Pasaron la vida juntos, nunca tuvieron que preguntarse qué más podía haber.
—Sí —contestó él. —Y, en mi opinión, antes de que Luciana decida qué va a hacer, deberías hablar con ella y averiguar qué pasa.
jueves, 6 de abril de 2017
Te Necesito: Capítulo 20
Antes de que pudiera detenerlo la tomó entre sus brazos y la sostuvo contra su cuerpo. La fuerza y calidez derritieron su resistencia como un cubito de hielo al sol. No pudo resistirse a apoyar la mejilla en su pecho y disfrutar del fuerte latido de su corazón. No quería su lástima, pero como él había dicho, si la vida te da limones... Dejó escapar un profundo suspiro y después se separó de él y le sonrió.
—Esta es tu fiesta, Pedro. Tuya, de Luciana y Hernán. Lo último que quiero es aguársela. Literalmente —dijo desenfadada— Vete con los demás.
—Ven conmigo.
Ella sacudió la cabeza.
—No. Diviértete. Te lo mereces.
Esa vez estuvo contenta de dejarlo ir antes de hacer algo de lo que se hubiera arrepentido.
—¿Qué te parece casarte con tu caballero metido en una reluciente armadura en el Excalibur?
Paula estaba sentada en el asiento trasero de la limusina de Pedro, junto a él y Luciana. Habían visitado tres posibles emplazamientos en el Strip para la boda y se dirigían al Hotel Alfonso, donde trabajaba Luciana. Estaba tratando sin mucho éxito de conseguir la aprobación de algo por parte de la exquisita novia. Una semana antes había tenido la sensación de que algo no iba bien con la hermana de Pedro, y en ese momento estaba segura de ello.
Luciana se mordió el labio.
—La idea de Nan como Lancelot es muy romántica, pero no creo que sea para nosotros —miró a los dos—¿No sabes que la historia del Rey Arturo y Ginebra acabó trágicamente y con ella en un convento?
—Entiendo la apelación —dijo Pedro con ironía.
—Bueno, dejenlo ya los dos —intervino Paula— Paz y amor —tachó el Excalibur de su lista— A mí me ha gustado el HMS Britannia en la Isla del Tesoro. Los piratas eran graciosos.
Luciana frunció el ceño.
—No creo que Hernán dé el tipo de aventurero. Es algo tímido. Rescatarme a mí como parte de la ceremonia lo dejaría helado.
—No si estuvieras realmente en peligro —intervino Pedro— Y eso podría arreglarse.
—Pedro... —lo miró Paula.
—Si esta boda va a celebrarse con un programa, es necesario elegir un lugar para poder enviar las invitaciones.
—Lo intento —la voz de Luciana tenía el filo de un cristal.
—No la presione, Pedro. Cuando encontremos el lugar adecuado, ella lo sabrá.
—Gracias, Paula—dijo dedicando a su hermano una mirada de triunfo.
—El Venetian ofrece un par de opciones para celebrar la ceremonia que podrían servir —dijo Paula mirando sus notas y deteniéndose cuando la expresión de Luciana no fue precisamente de entusiasmo.
La futura novia se cruzó de brazos.
—No sé.
—No estaría mal una ceremonia en París. No podemos subir a la Torre Eiffel en la ciudad más romántica del mundo, pero hay una imitación muy buena aquí mismo, en nuestro jardín trasero.
Cuando Luciana encogió los hombros como si todo le diera igual, Pedro frunció el ceño y dijo:
—Voto por una boda en el US Enterprise en el Hilton. Los testigos pueden ser Klingons.
La situación se estaba deteriorando rápidamente y Paula seria la perdedora. Algo preocupaba a Luciana y hasta que eso se resolviera no se tomaría ninguna decisión. Paula tenía la sensación de que la novia tenía dudas, lo que probablemente fuera normal. En su caso habían sido más que nervios. Había tenido sólidas razones para pensar lo que había pensado. Sólo conocía a Pedro hacía unos meses. Aun así su peor fallo había sido no plantear sus dudas antes de que las cosas fueran tan lejos.
Luciana abrió la puerta de la limusina y salió.
—No ayudas, Pepe. Esta es mi boda y quiero que sea perfecta. Menos mal que está Paula. La próxima vez que vayamos a ver sitios, mejor que no vengas.
Cerró de un portazo y Pedro se quedó pasmado. Como un hombre sin ideas.
—La conozco desde que nació. He cuidado de ella desde que tenía diez años. Tenemos más cercanía que la mayoría de los hermanos pero, en este momento, no la conozco en absoluto.
—Nunca antes había estado comprometida.
—¿Y?
—Sacudió la cabeza— Ella lo ama. Él la ama. Casarse es el siguiente paso.
—¿Eres fan de la serie Star Trek? Pareces Spock.
Pedro sonrió abiertamente.
—Me gusta. Ninguna emoción y mucha lógica.
Paula se preguntó dónde se había escondido el hombre sensible que la había abrazado. Estaba ante el Pedro que le había pedido que se casara con él porque estaba embarazada. Racional, sin emociones. Haciendo lo correcto. Ese era el hombre que había aumentado sus dudas.
—Esta es tu fiesta, Pedro. Tuya, de Luciana y Hernán. Lo último que quiero es aguársela. Literalmente —dijo desenfadada— Vete con los demás.
—Ven conmigo.
Ella sacudió la cabeza.
—No. Diviértete. Te lo mereces.
Esa vez estuvo contenta de dejarlo ir antes de hacer algo de lo que se hubiera arrepentido.
—¿Qué te parece casarte con tu caballero metido en una reluciente armadura en el Excalibur?
Paula estaba sentada en el asiento trasero de la limusina de Pedro, junto a él y Luciana. Habían visitado tres posibles emplazamientos en el Strip para la boda y se dirigían al Hotel Alfonso, donde trabajaba Luciana. Estaba tratando sin mucho éxito de conseguir la aprobación de algo por parte de la exquisita novia. Una semana antes había tenido la sensación de que algo no iba bien con la hermana de Pedro, y en ese momento estaba segura de ello.
Luciana se mordió el labio.
—La idea de Nan como Lancelot es muy romántica, pero no creo que sea para nosotros —miró a los dos—¿No sabes que la historia del Rey Arturo y Ginebra acabó trágicamente y con ella en un convento?
—Entiendo la apelación —dijo Pedro con ironía.
—Bueno, dejenlo ya los dos —intervino Paula— Paz y amor —tachó el Excalibur de su lista— A mí me ha gustado el HMS Britannia en la Isla del Tesoro. Los piratas eran graciosos.
Luciana frunció el ceño.
—No creo que Hernán dé el tipo de aventurero. Es algo tímido. Rescatarme a mí como parte de la ceremonia lo dejaría helado.
—No si estuvieras realmente en peligro —intervino Pedro— Y eso podría arreglarse.
—Pedro... —lo miró Paula.
—Si esta boda va a celebrarse con un programa, es necesario elegir un lugar para poder enviar las invitaciones.
—Lo intento —la voz de Luciana tenía el filo de un cristal.
—No la presione, Pedro. Cuando encontremos el lugar adecuado, ella lo sabrá.
—Gracias, Paula—dijo dedicando a su hermano una mirada de triunfo.
—El Venetian ofrece un par de opciones para celebrar la ceremonia que podrían servir —dijo Paula mirando sus notas y deteniéndose cuando la expresión de Luciana no fue precisamente de entusiasmo.
La futura novia se cruzó de brazos.
—No sé.
—No estaría mal una ceremonia en París. No podemos subir a la Torre Eiffel en la ciudad más romántica del mundo, pero hay una imitación muy buena aquí mismo, en nuestro jardín trasero.
Cuando Luciana encogió los hombros como si todo le diera igual, Pedro frunció el ceño y dijo:
—Voto por una boda en el US Enterprise en el Hilton. Los testigos pueden ser Klingons.
La situación se estaba deteriorando rápidamente y Paula seria la perdedora. Algo preocupaba a Luciana y hasta que eso se resolviera no se tomaría ninguna decisión. Paula tenía la sensación de que la novia tenía dudas, lo que probablemente fuera normal. En su caso habían sido más que nervios. Había tenido sólidas razones para pensar lo que había pensado. Sólo conocía a Pedro hacía unos meses. Aun así su peor fallo había sido no plantear sus dudas antes de que las cosas fueran tan lejos.
Luciana abrió la puerta de la limusina y salió.
—No ayudas, Pepe. Esta es mi boda y quiero que sea perfecta. Menos mal que está Paula. La próxima vez que vayamos a ver sitios, mejor que no vengas.
Cerró de un portazo y Pedro se quedó pasmado. Como un hombre sin ideas.
—La conozco desde que nació. He cuidado de ella desde que tenía diez años. Tenemos más cercanía que la mayoría de los hermanos pero, en este momento, no la conozco en absoluto.
—Nunca antes había estado comprometida.
—¿Y?
—Sacudió la cabeza— Ella lo ama. Él la ama. Casarse es el siguiente paso.
—¿Eres fan de la serie Star Trek? Pareces Spock.
Pedro sonrió abiertamente.
—Me gusta. Ninguna emoción y mucha lógica.
Paula se preguntó dónde se había escondido el hombre sensible que la había abrazado. Estaba ante el Pedro que le había pedido que se casara con él porque estaba embarazada. Racional, sin emociones. Haciendo lo correcto. Ese era el hombre que había aumentado sus dudas.
Te Necesito: Capítulo 19
—Los padres de Pedro fueron buenos amigos de Beatríz y míos, pero se fueron demasiado pronto. Nosotros estuvimos ahí para lo que hiciera falta, pero Pedro se hizo cargo de todo, se graduó mientras trabajaba y sacaba adelante a su hermana. Ella es una chica preciosa y mi hijo un hombre afortunado. Así que esta noche que celebramos su compromiso, quiero compartir algo que la madre de ellos dijo una vez. La vida no se mide por el número de veces que respiramos, sino por el número de veces que nos deja sin respiración. Ella está mirando desde el cielo esta noche y deseándoos una vida de momentos sin respiración.
Paula estaba emocionada y contenta de estar en la sombra mientras las lágrimas inundaban sus ojos. Debía de haber sido increíblemente difícil para Pedro hacer lo que había hecho llorando aún la pérdida de sus padres. Más aun si se tenía en cuenta el éxito que había tenido. Era un hombre extraordinario.
Pedro fue el último en brindar por la pareja. Cuando Luciana lo abrazó, el cariño que despidió su abrazo prácticamente incluyó a Paula entre la categoría de las idiotas lloronas. Como organizadora sabía que los brindis eran prácticamente el final de la celebración, aunque los invitados podían quedarse todo lo que quisieran. Así que para ella aquello había terminado y podía marcharse.
Pedro la detuvo en la puerta.
—Eh, Cenicienta, no son las doce. ¿Tienes una carroza de calabaza estacionada?
—El equipo del hotel está pendiente de si alguien necesita cualquier cosa. Mi trabajo aquí ha terminado —dijo tranquilamente esperando que la tenue luz no dejara ver los restos de llanto en sus ojos.
—Ha sido un trabajo espectacular. Has superado tu propio listón. Va a ser difícil de mejorar.
Su tono era de broma, pero que le dijera aquello la emocionaba. Había estado luchando por contener las lágrimas y tuvo miedo de que aquello volviera a desbordarlas. Su vulnerabilidad demostraba que no era un buen momento para enfrentarse a Pedro.
—Me alegro de que te haya gustado todo. Buenas noches.
Pedro le puso una mano en el brazo.
—¿Qué pasa, Paula? ¿Estás llorando?
—Claro que no —dijo sorbiendo— Soy una profesional. Una roca. Nervios de acero. Las organizadoras de eventos no lloran.
Él le tendió el pañuelo.
—Si tú lo dices...
—Lo siento —dijo tendiéndole el pañuelo manchado de maquillaje después de limpiarse los ojos.
Pedro le levantó la barbilla con un dedo y estudió su rostro.
—¿Por qué estás triste?
—¿Quién dice que esté triste? ¿No has oído nunca la expresión lágrimas de alegría?
—Sí, y por eso me he figurado que tenía el cincuenta por ciento de posibilidades con la pregunta. La verdad es que nunca he podido apreciar la diferencia, pero no has respondido a mi pregunta. ¿Qué es, alegría o tristeza?
—No estoy segura —respondió encogiéndose de hombros.
—Entonces no sé cómo reaccionar.
—Puede que un poco de ambas —dijo sorprendida agradablemente al ver que él se preocupaba por sus sentimientos— Estaba imaginando lo horrible, lo duro que tiene que ser perder a los padres.
Él frunció el ceño y se metió las manos en los bolsillos.
—Sí, lo es.
—Pero Luciana y tú tuvieron a los Paz. Y se tuvieron el uno al otro. Eso tiene que ayudar. Tener gente a la que recurrir.
—La familia de Nan es extraordinaria —se detuvo y encontró su mirada— Pero tú tenías a tus padres.
—No mucho —le quitó el pañuelo de la mano— Lucharon por mi custodia durante mucho tiempo, hasta que ganó mi madre. Después de un tiempo se cansó de ser una madre sola responsable.
—¿Qué sucedió?
—Me dejaba con mi abuela cuando tenía alguna cita. Luego mi padre y mi madre volvieron a casarse y formaron nuevas familias. Y yo me quedé donde estaba.
—¿No fuiste a vivir con tu madre? —la rabia vibraba en su voz.
—Lo hablamos. Aunque en realidad sólo me preguntó qué quería. Yo no quería dar problemas. Quería quedarme donde estaba, en mi colegio, con mis amigas. Quería el mejor comienzo posible para ella y mi padrastro.
—Hijo de perra...
La rabia en su tono era fuerte, profunda, y deseó poder ver las cosas así también, pero ella simplemente se sentía humillada, especialmente cuando vió la lástima en sus ojos. Lo último que quería era que Pedro Alfonso sintiera pena por ella. Si pudiera retractarse de los detalles miserables de su infancia que le había contado... Con las defensas bajas como estaba, tenía que haberse ido cuando él la había detenido. Además no había probado el alcohol, así que esa vez no podía echarle la culpa al vino. Fingió una sonrisa de despreocupación.
—¿No es gracioso cómo las bodas hacen surgir los sentimientos? —dijo paseando su mirada por la gente— Por cierto, ¿no deberías volver con tus invitados? Buenas noches, Pedro.
—No —la volvió a detener con una mano en el brazo— No creo que haya visto nunca a nadie más necesitado de un abrazo que tú.
Paula estaba emocionada y contenta de estar en la sombra mientras las lágrimas inundaban sus ojos. Debía de haber sido increíblemente difícil para Pedro hacer lo que había hecho llorando aún la pérdida de sus padres. Más aun si se tenía en cuenta el éxito que había tenido. Era un hombre extraordinario.
Pedro fue el último en brindar por la pareja. Cuando Luciana lo abrazó, el cariño que despidió su abrazo prácticamente incluyó a Paula entre la categoría de las idiotas lloronas. Como organizadora sabía que los brindis eran prácticamente el final de la celebración, aunque los invitados podían quedarse todo lo que quisieran. Así que para ella aquello había terminado y podía marcharse.
Pedro la detuvo en la puerta.
—Eh, Cenicienta, no son las doce. ¿Tienes una carroza de calabaza estacionada?
—El equipo del hotel está pendiente de si alguien necesita cualquier cosa. Mi trabajo aquí ha terminado —dijo tranquilamente esperando que la tenue luz no dejara ver los restos de llanto en sus ojos.
—Ha sido un trabajo espectacular. Has superado tu propio listón. Va a ser difícil de mejorar.
Su tono era de broma, pero que le dijera aquello la emocionaba. Había estado luchando por contener las lágrimas y tuvo miedo de que aquello volviera a desbordarlas. Su vulnerabilidad demostraba que no era un buen momento para enfrentarse a Pedro.
—Me alegro de que te haya gustado todo. Buenas noches.
Pedro le puso una mano en el brazo.
—¿Qué pasa, Paula? ¿Estás llorando?
—Claro que no —dijo sorbiendo— Soy una profesional. Una roca. Nervios de acero. Las organizadoras de eventos no lloran.
Él le tendió el pañuelo.
—Si tú lo dices...
—Lo siento —dijo tendiéndole el pañuelo manchado de maquillaje después de limpiarse los ojos.
Pedro le levantó la barbilla con un dedo y estudió su rostro.
—¿Por qué estás triste?
—¿Quién dice que esté triste? ¿No has oído nunca la expresión lágrimas de alegría?
—Sí, y por eso me he figurado que tenía el cincuenta por ciento de posibilidades con la pregunta. La verdad es que nunca he podido apreciar la diferencia, pero no has respondido a mi pregunta. ¿Qué es, alegría o tristeza?
—No estoy segura —respondió encogiéndose de hombros.
—Entonces no sé cómo reaccionar.
—Puede que un poco de ambas —dijo sorprendida agradablemente al ver que él se preocupaba por sus sentimientos— Estaba imaginando lo horrible, lo duro que tiene que ser perder a los padres.
Él frunció el ceño y se metió las manos en los bolsillos.
—Sí, lo es.
—Pero Luciana y tú tuvieron a los Paz. Y se tuvieron el uno al otro. Eso tiene que ayudar. Tener gente a la que recurrir.
—La familia de Nan es extraordinaria —se detuvo y encontró su mirada— Pero tú tenías a tus padres.
—No mucho —le quitó el pañuelo de la mano— Lucharon por mi custodia durante mucho tiempo, hasta que ganó mi madre. Después de un tiempo se cansó de ser una madre sola responsable.
—¿Qué sucedió?
—Me dejaba con mi abuela cuando tenía alguna cita. Luego mi padre y mi madre volvieron a casarse y formaron nuevas familias. Y yo me quedé donde estaba.
—¿No fuiste a vivir con tu madre? —la rabia vibraba en su voz.
—Lo hablamos. Aunque en realidad sólo me preguntó qué quería. Yo no quería dar problemas. Quería quedarme donde estaba, en mi colegio, con mis amigas. Quería el mejor comienzo posible para ella y mi padrastro.
—Hijo de perra...
La rabia en su tono era fuerte, profunda, y deseó poder ver las cosas así también, pero ella simplemente se sentía humillada, especialmente cuando vió la lástima en sus ojos. Lo último que quería era que Pedro Alfonso sintiera pena por ella. Si pudiera retractarse de los detalles miserables de su infancia que le había contado... Con las defensas bajas como estaba, tenía que haberse ido cuando él la había detenido. Además no había probado el alcohol, así que esa vez no podía echarle la culpa al vino. Fingió una sonrisa de despreocupación.
—¿No es gracioso cómo las bodas hacen surgir los sentimientos? —dijo paseando su mirada por la gente— Por cierto, ¿no deberías volver con tus invitados? Buenas noches, Pedro.
—No —la volvió a detener con una mano en el brazo— No creo que haya visto nunca a nadie más necesitado de un abrazo que tú.
Te Necesito: Capítulo 18
Después se unió a los demás, que lo recibieron con abrazos, besos y sonrisas. Paula sentía como un hueco dentro de ella, algo frío, oscuro, vacío. Lo identificó como envidia. Luciana y él habían sufrido una gran tragedia y no podía imaginarse cómo se sentían, pero habían ganado una nueva familia. Ella nunca experimentaría esa sensación de pertenencia. Tal vez porque ya no sabía lo que era pertenecer a nadie. Entre bastidores, le daba las últimas instrucciones al equipo de camareros. Cuando volvió, la sala estaba repleta de invitados y se mantuvo al margen observando. Pedro y ella no habían celebrado una fiesta de compromiso. Él había querido que se casaran lo antes posible puesto que ella estaba embarazada.
Cuando se dió cuenta de que Luciana iba hacia ella, forzó un sonrisa.
—Paula, te estaba buscando.
Mantenían una tregua, frágil pero que conseguían respetar.
—Aquí estoy —respondió sin ocultar en absoluto lo que había querido decir.
Escondida en un oscuro rincón dispuesta a intervenir si ocurría cualquier imprevisto.
—Bonito vestido, estás fabulosa.
El vestido de satén azul zafiro se ceñía a cada curva de su cuerpo y realzaba su pelo y sus ojos oscuros.
—Gracias, tú también.
—Muy amable —Paula esperó—. ¿Necesitabas algo?
Luciana parecía incómoda.
—Sí, darte las gracias.
—No es necesario. Tu hermano dijo que no escatimara gastos y no lo hice.
—Es todo perfecto. Está claro que has trabajado duro y quería que supieras que Nan y yo lo apreciamos.
Paula escuchó algo en la voz de ella y la miró más de cerca. La hostilidad que siempre esperaba, a pesar de que estaban trabajando juntas, no la había encontrado en Luciana hasta ese momento. Había tensión. Algo en la mirada de la hermana de Pedro le decía que el ser una novia le provocaba una gran tensión. Si alguien podía apreciar los síntomas, era ella.
—Lu, ¿Estás bien?
—Muy bien, puede que algo cansada. Nan y yo hemos trabajado mucho. Y ahora con su familia en la ciudad... las horas se quedan cortas.
—Si alguien conoce la presión que supone casarse, soy yo.
—Eso es cierto —la frente de Luciana se llenó de arrugas— Ahora que pienso en ello, recuerdo la cena de la noche antes de tu boda.
—Fue un momento difícil. No pude dormir —admitió Paula— Estaba tan nerviosa que si algún nervio se hubiera tensado un poco más habría saltado y le hubiera sacado el ojo a alguien.
Luciana no sonrió.
—Tú y yo hablamos en el aseo de señoras. Me dijiste que tenías dudas. Buen momento el que había elegido para anunciarlo
—Lu, lo siento. Necesitaba hablar con alguien, pero no debería haberte elegido a tí. Eres la hermana de Pedro.
—También era tu amiga. Y tu dama de honor.
—Había vino... —señaló Paula— Me aflojó la lengua.
—Me dijiste que tenías miedo de que Pepe no te amara.
—Estaba a punto de sufrir una crisis de ansiedad.
—Y yo te dije todo lo necesario para desencadenarla.
—Todo lo que dijiste fue con mucha calidez —Paula trataba de sonreír.
—Tuve la misma sensibilidad que un búfalo. Y al día siguiente se demostró cuánto te había ayudado. Bueno, ahora hemos invertido los papeles. Me pregunto si el destino castigará a las malas damas de honor...
Paula rió.
—Tranquila, mis problemas no tienen nada que ver contigo. Tu situación es diferente, Nan y tú se conocen desde hace mucho tiempo.
—Lo sé —las señales de preocupación en su frente no habían desaparecido.
—Vas a ser muy feliz. Ve a divertirte, es una orden de tu organizadora.
Luciana asintió con la cabeza y después la abrazó en un impulso.
—Gracias de nuevo por tu trabajo.
Viniendo de la hermana de Pedro , aquel gesto significaba mucho. Pero sabía que organizar aquella fiesta había sido la parte fácil. Ver al hermano de Luciana y mantenerlo informado de todos los detalles había sido el auténtico reto. Al menos esa noche no tenía que verlo, por lo menos de forma tan personal y cercana. Se aseguró de que todo fuera bien y se mantuvo en la sombra. Los medios tenían su foto de Pedro y ella, pero el resto de la noche no era para dedicárselo al pasado, era por el brillante futuro de Luciana y Hernán. Sin embargo, no resultó ser la única que recordaba el pasado, se dió cuenta más tarde cuando Ricardo Paz se levantó y golpeó su copa pidiendo atención. El padre de Hernán era alto, distinguido y todavía guapo, como un adelanto de lo que sería su hijo de mayor.
Se aclaró la garganta.
—Quisiera darle las gracias a Pedro Alfonso por esta fiesta. Y por cuidar de una chica tan especial como Luciana.
La gente aplaudió y él levantó las manos pidiendo silencio.
Cuando se dió cuenta de que Luciana iba hacia ella, forzó un sonrisa.
—Paula, te estaba buscando.
Mantenían una tregua, frágil pero que conseguían respetar.
—Aquí estoy —respondió sin ocultar en absoluto lo que había querido decir.
Escondida en un oscuro rincón dispuesta a intervenir si ocurría cualquier imprevisto.
—Bonito vestido, estás fabulosa.
El vestido de satén azul zafiro se ceñía a cada curva de su cuerpo y realzaba su pelo y sus ojos oscuros.
—Gracias, tú también.
—Muy amable —Paula esperó—. ¿Necesitabas algo?
Luciana parecía incómoda.
—Sí, darte las gracias.
—No es necesario. Tu hermano dijo que no escatimara gastos y no lo hice.
—Es todo perfecto. Está claro que has trabajado duro y quería que supieras que Nan y yo lo apreciamos.
Paula escuchó algo en la voz de ella y la miró más de cerca. La hostilidad que siempre esperaba, a pesar de que estaban trabajando juntas, no la había encontrado en Luciana hasta ese momento. Había tensión. Algo en la mirada de la hermana de Pedro le decía que el ser una novia le provocaba una gran tensión. Si alguien podía apreciar los síntomas, era ella.
—Lu, ¿Estás bien?
—Muy bien, puede que algo cansada. Nan y yo hemos trabajado mucho. Y ahora con su familia en la ciudad... las horas se quedan cortas.
—Si alguien conoce la presión que supone casarse, soy yo.
—Eso es cierto —la frente de Luciana se llenó de arrugas— Ahora que pienso en ello, recuerdo la cena de la noche antes de tu boda.
—Fue un momento difícil. No pude dormir —admitió Paula— Estaba tan nerviosa que si algún nervio se hubiera tensado un poco más habría saltado y le hubiera sacado el ojo a alguien.
Luciana no sonrió.
—Tú y yo hablamos en el aseo de señoras. Me dijiste que tenías dudas. Buen momento el que había elegido para anunciarlo
—Lu, lo siento. Necesitaba hablar con alguien, pero no debería haberte elegido a tí. Eres la hermana de Pedro.
—También era tu amiga. Y tu dama de honor.
—Había vino... —señaló Paula— Me aflojó la lengua.
—Me dijiste que tenías miedo de que Pepe no te amara.
—Estaba a punto de sufrir una crisis de ansiedad.
—Y yo te dije todo lo necesario para desencadenarla.
—Todo lo que dijiste fue con mucha calidez —Paula trataba de sonreír.
—Tuve la misma sensibilidad que un búfalo. Y al día siguiente se demostró cuánto te había ayudado. Bueno, ahora hemos invertido los papeles. Me pregunto si el destino castigará a las malas damas de honor...
Paula rió.
—Tranquila, mis problemas no tienen nada que ver contigo. Tu situación es diferente, Nan y tú se conocen desde hace mucho tiempo.
—Lo sé —las señales de preocupación en su frente no habían desaparecido.
—Vas a ser muy feliz. Ve a divertirte, es una orden de tu organizadora.
Luciana asintió con la cabeza y después la abrazó en un impulso.
—Gracias de nuevo por tu trabajo.
Viniendo de la hermana de Pedro , aquel gesto significaba mucho. Pero sabía que organizar aquella fiesta había sido la parte fácil. Ver al hermano de Luciana y mantenerlo informado de todos los detalles había sido el auténtico reto. Al menos esa noche no tenía que verlo, por lo menos de forma tan personal y cercana. Se aseguró de que todo fuera bien y se mantuvo en la sombra. Los medios tenían su foto de Pedro y ella, pero el resto de la noche no era para dedicárselo al pasado, era por el brillante futuro de Luciana y Hernán. Sin embargo, no resultó ser la única que recordaba el pasado, se dió cuenta más tarde cuando Ricardo Paz se levantó y golpeó su copa pidiendo atención. El padre de Hernán era alto, distinguido y todavía guapo, como un adelanto de lo que sería su hijo de mayor.
Se aclaró la garganta.
—Quisiera darle las gracias a Pedro Alfonso por esta fiesta. Y por cuidar de una chica tan especial como Luciana.
La gente aplaudió y él levantó las manos pidiendo silencio.
Te Necesito: Capítulo 17
Paula se preguntaba dónde se habían ido las últimas seis semanas. Probablemente con la increíble cantidad de horas de trabajo que había dedicado a preparar la fiesta de compromiso. Demasiado para un pequeño cóctel y pocos invitados. Pero había ocurrido todo a la vez. Incluso había hecho entrevistas para la revista People y para In Síyle. Justo antes de que llegaran los invitados estaba atendiendo a un redactor y un fotógrafo de Celebrity Access, enseñándoles las salas del banquete en la última planta del Hotel Alfonso.
Marina Robinson miró alrededor y suspiró.
—Esta sala parece mágica. Las rosas rojas de las mesas son fabulosas. Parece un cuento de hadas.
—Gracias. Mi trabajo consiste en contratar a la gente de más talento.
Paula estaba encantada con cómo había quedado la decoración de las mesas, baja y circular, de manera que los invitados podían verse sin problemas mientras mantenían una conversación. Las rosas señalaban el centro de cada mesa, dibujando una macha roja sobre el blanco de los manteles. Había flores y plantas por todas partes y se habían situado pequeñas luces blancas en lugares estratégicos para darle al lugar un aire mágico y romántico.
El fotógrafo la situó en frente de un enorme ventanal desde el que se veían los neones de Las Vegas. Como tantas otras veces y sin que sonara odioso, dijo que el hermano de la novia estaba construyendo las Torres Alfonso en el solar contiguo al hotel.
—Paula, estás fantástica, ¿Verdad, Javier?
El fotógrafo asintió mientras miraba por el objetivo.
—La cámara la adora.
—Me alegro de que pienses así.
—Tu vestido es impresionante. ¿Quién lo ha diseñado?
A ella siempre le había parecido extraño ese tema, pero entendía que los diseñadores también necesitaban publicidad.
—Vera Wang —la falda larga de tafetán negro se cruzaba sobre el abdomen y seguía con un corpiño con el escote en uve.
—Estás deslumbrante —dijo Marina.
—No podría haberlo descrito mejor —la voz de Pedro surgió de detrás del fotógrafo.
—Pedro, llegas justo a tiempo —dijo Paula—. Estos son Marina Robinsón y su fotógrafo, Javier, de Celebrity Access. Como hermano de la novia y mejor amigo del novio deberías salir en las fotos.
—Encantado de conocerlos —dijo estrechándoles las manos.
Después se colocó junto a Paula y la expresión de sus ojos la dejó sin respiración. Mientras el flash de la cámara los iluminaba, él le susurró al oído
—Está usted muy guapa, señorita Chaves.
—Usted tampoco está mal —respondió dedicándole una minuciosa observación.
Estaba perfecto con su traje negro. Al verlo se había quedado sin palabras, así que tuvo que hacer un gran esfuerzo para elegir lo que decía el resto de la entrevista.
—¿Armani? —preguntó Marina.
—Buen ojo —bromeó Pedro.
Marina parpadeó unas cuantas veces, carraspeó y mirando a los dos, preguntó
—¿Hay alguna posibilidad de que los dos vuelvan a estar juntos?
—Trabajamos juntos en varios proyectos —respondió Pedro con suavidad.
—Quiero decir como pareja, ¿Paula? ¿Algún comentario?
—Sí —dijo mirando a Pedro de soslayo. Había una pregunta en los ojos de él— De momento toda nuestra energía está puesta en la boda de Luciana Alfonso y la gran inauguración de la oficina de ventas de las Torres Alfonso en unas ocho semanas.
—¿Y después de todo eso?
—Seguimos siendo buenos amigos —dijo Pedro tomando la mano de ella y colocándola junto a su codo para dar por concluida la entrevista.
El gesto los mantendría intrigados, se dijo Paula. Eso era de lo que se trataba. Cuando ya no estaban al alcance del oído de ellos, dijo:
—Los periodistas odian que no se cruce la línea de «viejos amigos».
—Seguramente, pero nosotros somos amigos —dijo él. ¿Lo eran?, se preguntó ella.
—Tranquilo, con nuestra historia y la insaciable curiosidad de los medios, hasta las negativas son una garantía de mantener encendida la llama de la especulación y de que tu apellido siga apareciendo en los medios.
—Gracias —oyó a un grupo entrando en la sala— Luciana y Hernán están aquí con la familia de él.
Paula ya los conocía, el padre de Hernán, Ricardo, su madre Beatríz y dos hermanos más pequeños, Carla y Joaquín. La familia prácticamente había adoptado a Luciana y Pedro tras la muerte de sus padres. Y ella era la mujer a la que habían visto plantarlo en el altar. Probablemente sabrían que ella era la que había organizado esa recepción, pero verla por ahí no sería muy agradable.
—Voy a revisar los detalles de última hora —le dijo a Pedro.
—De acuerdo —la miró un momento antes de darse la vuelta.
Marina Robinson miró alrededor y suspiró.
—Esta sala parece mágica. Las rosas rojas de las mesas son fabulosas. Parece un cuento de hadas.
—Gracias. Mi trabajo consiste en contratar a la gente de más talento.
Paula estaba encantada con cómo había quedado la decoración de las mesas, baja y circular, de manera que los invitados podían verse sin problemas mientras mantenían una conversación. Las rosas señalaban el centro de cada mesa, dibujando una macha roja sobre el blanco de los manteles. Había flores y plantas por todas partes y se habían situado pequeñas luces blancas en lugares estratégicos para darle al lugar un aire mágico y romántico.
El fotógrafo la situó en frente de un enorme ventanal desde el que se veían los neones de Las Vegas. Como tantas otras veces y sin que sonara odioso, dijo que el hermano de la novia estaba construyendo las Torres Alfonso en el solar contiguo al hotel.
—Paula, estás fantástica, ¿Verdad, Javier?
El fotógrafo asintió mientras miraba por el objetivo.
—La cámara la adora.
—Me alegro de que pienses así.
—Tu vestido es impresionante. ¿Quién lo ha diseñado?
A ella siempre le había parecido extraño ese tema, pero entendía que los diseñadores también necesitaban publicidad.
—Vera Wang —la falda larga de tafetán negro se cruzaba sobre el abdomen y seguía con un corpiño con el escote en uve.
—Estás deslumbrante —dijo Marina.
—No podría haberlo descrito mejor —la voz de Pedro surgió de detrás del fotógrafo.
—Pedro, llegas justo a tiempo —dijo Paula—. Estos son Marina Robinsón y su fotógrafo, Javier, de Celebrity Access. Como hermano de la novia y mejor amigo del novio deberías salir en las fotos.
—Encantado de conocerlos —dijo estrechándoles las manos.
Después se colocó junto a Paula y la expresión de sus ojos la dejó sin respiración. Mientras el flash de la cámara los iluminaba, él le susurró al oído
—Está usted muy guapa, señorita Chaves.
—Usted tampoco está mal —respondió dedicándole una minuciosa observación.
Estaba perfecto con su traje negro. Al verlo se había quedado sin palabras, así que tuvo que hacer un gran esfuerzo para elegir lo que decía el resto de la entrevista.
—¿Armani? —preguntó Marina.
—Buen ojo —bromeó Pedro.
Marina parpadeó unas cuantas veces, carraspeó y mirando a los dos, preguntó
—¿Hay alguna posibilidad de que los dos vuelvan a estar juntos?
—Trabajamos juntos en varios proyectos —respondió Pedro con suavidad.
—Quiero decir como pareja, ¿Paula? ¿Algún comentario?
—Sí —dijo mirando a Pedro de soslayo. Había una pregunta en los ojos de él— De momento toda nuestra energía está puesta en la boda de Luciana Alfonso y la gran inauguración de la oficina de ventas de las Torres Alfonso en unas ocho semanas.
—¿Y después de todo eso?
—Seguimos siendo buenos amigos —dijo Pedro tomando la mano de ella y colocándola junto a su codo para dar por concluida la entrevista.
El gesto los mantendría intrigados, se dijo Paula. Eso era de lo que se trataba. Cuando ya no estaban al alcance del oído de ellos, dijo:
—Los periodistas odian que no se cruce la línea de «viejos amigos».
—Seguramente, pero nosotros somos amigos —dijo él. ¿Lo eran?, se preguntó ella.
—Tranquilo, con nuestra historia y la insaciable curiosidad de los medios, hasta las negativas son una garantía de mantener encendida la llama de la especulación y de que tu apellido siga apareciendo en los medios.
—Gracias —oyó a un grupo entrando en la sala— Luciana y Hernán están aquí con la familia de él.
Paula ya los conocía, el padre de Hernán, Ricardo, su madre Beatríz y dos hermanos más pequeños, Carla y Joaquín. La familia prácticamente había adoptado a Luciana y Pedro tras la muerte de sus padres. Y ella era la mujer a la que habían visto plantarlo en el altar. Probablemente sabrían que ella era la que había organizado esa recepción, pero verla por ahí no sería muy agradable.
—Voy a revisar los detalles de última hora —le dijo a Pedro.
—De acuerdo —la miró un momento antes de darse la vuelta.
martes, 4 de abril de 2017
Te Necesito: Capítulo 16
—¿Te gustó?
—Si estás buscando halagos, puedo complacerte. Estuvo más que bien. No sé cómo te las arreglaste, pero perdí la cuenta de cuántas veces mencionaste las Torres Alfonso.
—Así saldrá todo a la luz —dijo ella.
—No estoy seguro.
Hubo un avance que prometía más revelaciones de Paula Chaves en su entrevista para Celebriry Access de la semana siguiente.
—Bueno, repetirán mucho de lo que dije, pero orientado de otro modo. Eso es excelente. Nunca sabes lo que está sacado de contexto o cortado.
Pedro se acercó más a la mesa y apoyó la cadera en una esquina.
—Hablando de contexto, encontré especialmente intrigantes tus respuestas a las preguntas sobre tú y yo.
—¿A alguna en particular? —trató de recordar. Había tantas...
—Las que se te hicieron sobre que trabajáramos juntos. Las posibilidades de ser pareja de nuevo.
—Oh, ésas —Paula había esperado ser interrogada sobre su pasado y sus relaciones en ese momento, pero la posibilidad de que ellos fueran pareja de nuevo no la había contemplado, excepto durante unos breves instantes, cuando Pedro la había besado.
Cuando encontró su mirada y vió el brillo en sus ojos, supo que él estaba recordando el beso.
—Sí, esas preguntas —dijo él— Tus respuestas fueron lo suficientemente imprecisas como para que surjan más preguntas.
Siempre era mejor decir la verdad y eso era lo que ella había hecho. Pero también era verdad que nadie tenía más preguntas respecto a Pedro y ella, que ella misma.
—Bueno, fui una jugadora leal con el equipo y dejé que la prensa se aproximase al tema desde otro ángulo. Más publicidad para Alfonso.
—¿Y si la prensa piensa que fue un truco publicitario?
Paula se encogió de hombros, agarró un boul de su mesa y se puso a juguetear con él para mantener los nervios a raya. El sabía tan bien como ella que todo, de hecho, era un asunto de publicidad. Así que, ¿qué le estaba preguntando? ¿Si había algo entre ellos? ¿Si necesitaban reforzar ese punto de vista y fingir una relación?
—Sus especulaciones no son nuestro problema. Y no hay nada que podamos hacer. La prensa nos utiliza tanto como nosotros a ella —sentenció ella.
—En fin, cuando la vida te da limones...
La mirada de Pedro se oscureció. Paula sabía que no confiaba en ella, pero ella tampoco confiaba en él. Era el momento de hacer algún chiste para salir de esa situación.
—Ah, ¡Cómo caen los poderosos! Suspiró, dramática.
—De estrella a limón en nano segundos.
Cuando Pedro rió, su risa removió lugares dentro de ella que trataba con mucha fuerza de mantener congelados. Al reír era fascinante y tentador. Un Pedro Alfonso de ceño fruncido era guapo como para morirse, pero sonriente era prácticamente irresistible. «Céntrate en el trabajo», pensó.
—Me alegro de que te gustara la entrevista. ¿Quieres algo más?
—¿Estás tratando de librarte de mí? —el tono era jocoso.
—Ni lo sueño. Eres mi jefe.
—Y como jefe te digo, ¿qué haces aquí tan tarde?
—Tenía trabajo que terminar antes de irme a casa.
Pedro miró la pila de papeles que había encima de la mesa y preguntó:
—¿No tienes nada que hacer esta noche?
—No —¿Por qué le hacía esa pregunta?
—Es difícil de creer.
—No sé por qué debería tener algo.
—Entonces te lo diré yo, eres guapa, inteligente, divertida.., y soltera.
Su pulso se descontroló y respirar se volvió un reto. Aquello estaba tomando un rumbo muy complicado. Ella trataba de hablar de trabajo y él lo llevaba todo al tema personal. Sabía que lo que tenía que hacer era escaparse como pudiera.
Paula apoyó un codo en la mesa y la barbilla en la palma de la mano y lo miró.
—Podría preguntarte lo mismo, Pedro. Eres guapo, más inteligente que la media, tienes un sentido del humor aceptable cuando quieres. ¿Cómo es que no estás haciendo el papel de soltero en el bar Ghost? ¿O en el Light? ¿O en The House of Blues? Si Las Vegas tienen de algo es bares de tíos solteros ligones.
—¿Ligar? No creo haber disfrutado nunca de eso.
—Deberías probarlo.
—No me interesa. ¿Cuál es tu excusa para no salir? Su excusa era la misma, no tenía ninguna cita porque no le interesaba ligar.
Nada con el otro sexo. No desde que había dejado a Pedro.
—Mi jefe me tiene demasiado ocupada como para tener vida social.
—Tu jefe parece un adicto al trabajo. Olvídate de él y mándalo a la mierda.
—Suena atractivo, pero sigue siendo mi jefe. Y ensuciar su bonita cara sería una vergüenza. Sin contar el desagradable ambiente de trabajo.
—Hmm —levantó las dos cejas— Eso estaría mal.
Mucho peor que mal, aquello se estaba calentando cada vez más.
—Te juro que te pondré al corriente de todos los detalles. Así que, a menos que haya algún tema de trabajo más que comentar, necesito que me dejes sola, tengo cosas que hacer.
Pedro se incorporó y metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—¿Has pensado en buscarte otro jefe? Estudió su expresión, preguntándose si habría algún significado más profundo en aquella pregunta. Como no encontró ninguna clave, dijo:
—Aunque me exige trabajar duro, me gusta mi jefe —nada como la verdad.
—Creo que se puede decir que el sentimiento es recíproco —dijo él con cuidado.
Había habido mucha reciprocidad durante aquel beso, pensó ella. Demasiada. Si pudiera conseguir que se fuera, todo volvería a la calma.
—De acuerdo. Ahora vete antes de que me olvide del trabajo y mi jefe se deshaga de mí después de todo.
Pedro se detuvo en la puerta y se dió la vuelta para mirarla.
—Si tu jefe te despidiera sería un idiota.
Se fue y Paula suspiró con fuerza. La combustión espontánea era un peligro muy real cada vez que estaban los dos en la misma habitación. Él era la chispa que podía hacer que ella se prendiera en llamas. Lo había sabido esa mañana treinta segundos después de haber entrado en el despacho de Pedro. Había conseguido sobrevivir a la soledad post–Pedro con el corazón abrasado. No podía arriesgarse a una segunda vez.
—Si estás buscando halagos, puedo complacerte. Estuvo más que bien. No sé cómo te las arreglaste, pero perdí la cuenta de cuántas veces mencionaste las Torres Alfonso.
—Así saldrá todo a la luz —dijo ella.
—No estoy seguro.
Hubo un avance que prometía más revelaciones de Paula Chaves en su entrevista para Celebriry Access de la semana siguiente.
—Bueno, repetirán mucho de lo que dije, pero orientado de otro modo. Eso es excelente. Nunca sabes lo que está sacado de contexto o cortado.
Pedro se acercó más a la mesa y apoyó la cadera en una esquina.
—Hablando de contexto, encontré especialmente intrigantes tus respuestas a las preguntas sobre tú y yo.
—¿A alguna en particular? —trató de recordar. Había tantas...
—Las que se te hicieron sobre que trabajáramos juntos. Las posibilidades de ser pareja de nuevo.
—Oh, ésas —Paula había esperado ser interrogada sobre su pasado y sus relaciones en ese momento, pero la posibilidad de que ellos fueran pareja de nuevo no la había contemplado, excepto durante unos breves instantes, cuando Pedro la había besado.
Cuando encontró su mirada y vió el brillo en sus ojos, supo que él estaba recordando el beso.
—Sí, esas preguntas —dijo él— Tus respuestas fueron lo suficientemente imprecisas como para que surjan más preguntas.
Siempre era mejor decir la verdad y eso era lo que ella había hecho. Pero también era verdad que nadie tenía más preguntas respecto a Pedro y ella, que ella misma.
—Bueno, fui una jugadora leal con el equipo y dejé que la prensa se aproximase al tema desde otro ángulo. Más publicidad para Alfonso.
—¿Y si la prensa piensa que fue un truco publicitario?
Paula se encogió de hombros, agarró un boul de su mesa y se puso a juguetear con él para mantener los nervios a raya. El sabía tan bien como ella que todo, de hecho, era un asunto de publicidad. Así que, ¿qué le estaba preguntando? ¿Si había algo entre ellos? ¿Si necesitaban reforzar ese punto de vista y fingir una relación?
—Sus especulaciones no son nuestro problema. Y no hay nada que podamos hacer. La prensa nos utiliza tanto como nosotros a ella —sentenció ella.
—En fin, cuando la vida te da limones...
La mirada de Pedro se oscureció. Paula sabía que no confiaba en ella, pero ella tampoco confiaba en él. Era el momento de hacer algún chiste para salir de esa situación.
—Ah, ¡Cómo caen los poderosos! Suspiró, dramática.
—De estrella a limón en nano segundos.
Cuando Pedro rió, su risa removió lugares dentro de ella que trataba con mucha fuerza de mantener congelados. Al reír era fascinante y tentador. Un Pedro Alfonso de ceño fruncido era guapo como para morirse, pero sonriente era prácticamente irresistible. «Céntrate en el trabajo», pensó.
—Me alegro de que te gustara la entrevista. ¿Quieres algo más?
—¿Estás tratando de librarte de mí? —el tono era jocoso.
—Ni lo sueño. Eres mi jefe.
—Y como jefe te digo, ¿qué haces aquí tan tarde?
—Tenía trabajo que terminar antes de irme a casa.
Pedro miró la pila de papeles que había encima de la mesa y preguntó:
—¿No tienes nada que hacer esta noche?
—No —¿Por qué le hacía esa pregunta?
—Es difícil de creer.
—No sé por qué debería tener algo.
—Entonces te lo diré yo, eres guapa, inteligente, divertida.., y soltera.
Su pulso se descontroló y respirar se volvió un reto. Aquello estaba tomando un rumbo muy complicado. Ella trataba de hablar de trabajo y él lo llevaba todo al tema personal. Sabía que lo que tenía que hacer era escaparse como pudiera.
Paula apoyó un codo en la mesa y la barbilla en la palma de la mano y lo miró.
—Podría preguntarte lo mismo, Pedro. Eres guapo, más inteligente que la media, tienes un sentido del humor aceptable cuando quieres. ¿Cómo es que no estás haciendo el papel de soltero en el bar Ghost? ¿O en el Light? ¿O en The House of Blues? Si Las Vegas tienen de algo es bares de tíos solteros ligones.
—¿Ligar? No creo haber disfrutado nunca de eso.
—Deberías probarlo.
—No me interesa. ¿Cuál es tu excusa para no salir? Su excusa era la misma, no tenía ninguna cita porque no le interesaba ligar.
Nada con el otro sexo. No desde que había dejado a Pedro.
—Mi jefe me tiene demasiado ocupada como para tener vida social.
—Tu jefe parece un adicto al trabajo. Olvídate de él y mándalo a la mierda.
—Suena atractivo, pero sigue siendo mi jefe. Y ensuciar su bonita cara sería una vergüenza. Sin contar el desagradable ambiente de trabajo.
—Hmm —levantó las dos cejas— Eso estaría mal.
Mucho peor que mal, aquello se estaba calentando cada vez más.
—Te juro que te pondré al corriente de todos los detalles. Así que, a menos que haya algún tema de trabajo más que comentar, necesito que me dejes sola, tengo cosas que hacer.
Pedro se incorporó y metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—¿Has pensado en buscarte otro jefe? Estudió su expresión, preguntándose si habría algún significado más profundo en aquella pregunta. Como no encontró ninguna clave, dijo:
—Aunque me exige trabajar duro, me gusta mi jefe —nada como la verdad.
—Creo que se puede decir que el sentimiento es recíproco —dijo él con cuidado.
Había habido mucha reciprocidad durante aquel beso, pensó ella. Demasiada. Si pudiera conseguir que se fuera, todo volvería a la calma.
—De acuerdo. Ahora vete antes de que me olvide del trabajo y mi jefe se deshaga de mí después de todo.
Pedro se detuvo en la puerta y se dió la vuelta para mirarla.
—Si tu jefe te despidiera sería un idiota.
Se fue y Paula suspiró con fuerza. La combustión espontánea era un peligro muy real cada vez que estaban los dos en la misma habitación. Él era la chispa que podía hacer que ella se prendiera en llamas. Lo había sabido esa mañana treinta segundos después de haber entrado en el despacho de Pedro. Había conseguido sobrevivir a la soledad post–Pedro con el corazón abrasado. No podía arriesgarse a una segunda vez.
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