La cuestión era por qué sentía esos irracionales celos. ¿Quién demonios era ese Ezequiel?
—Me ha enseñado mucho sobre la forma. Es un equilibrio entre la alimentación, el ejercicio regular y la relajación.
—¿Entonces has dejado a tus dos mejores amigos?
—¿A quién? —preguntó sorprendida.
—Ben y Jerry.
—Ah, los helados —rió —. No los he dejado del todo, es triste reconocerlo. Pero ya no son uno de mis alimentos principales. Y si sucumbo es sin adornos, sólo vainilla, ni galletas ni barritas de caramelo.
—Estoy impresionado.
Ella se encogió de hombros.
—No es tan difícil. Simplemente quería cuidar mi salud. Cuando estaba embarazada...
—¿Qué? —interrumpió, suavizando el tono al ver una súbita tristeza en sus ojos.
—Es sólo que... —la tristeza tiñó sus ojos de un verde más oscuro y bonito—. Quería estar más en forma, nada más.
Pedro se dió cuenta de que se echaba la culpa por la pérdida del bebé.
—No fue culpa tuya, Paula —dijo tratando de consolarla, aunque el dolor también había calado hondo en él.
La idea de tener un bebé, ser padre... Había estado nervioso, excitado y, sobre todo, felíz. Un hijo con Paula. La vida no podía ofrecerle nada mejor, pero había conseguido lo peor, perderlos a los dos. Pero el dolor que reflejaban sus ojos lo perturbaba profundamente.
—El médico dijo que no había sido nada que tú hicieras o dejaras de hacer. Nadie sabe por qué ocurren esas cosas.
—Pero me ocurrió a mí —dijo ella—¿Quién más puede culparse?
¿Había llevado con ella esa culpa todo ese año? Era un dolor que no podía entender. Que ella sumiera una responsabilidad por algo que escapaba a su control hacía que le dieran ganas de abrazarla. La necesidad de consolarla era todavía más peligrosa que besarla, y por eso no trató de detenerla cuando echó a andar y se fue.
Paula no sabía que Pedro fuera tan observador. El había notado los cambios en su cuerpo y había dicho que estaba sexy. No era eso por lo que había decidido preocuparse más por su salud. Habría cambiado sus cumplidos por poder tener a su bebé entre los brazos. Se echó hacia atrás en la silla del escritorio y se frotó los ojos. La cuestión era que había perdido el bebé. No había hecho lo correcto aquella noche en urgencias. Él la había abrazado mientras lloraba. Que sus pensamientos se estuvieran deslizando hacia el pasado le decía que era momento de irse a casa. Fue con la silla hasta el ordenador y guardó el archivo en el que había estado trabajando. Si fuera igual de fácil hacer un clic en los pensamientos y apartarlos de la mente. Mejor aún, apretar la tecla de borrar. Pedro había tratado de animarla en el gimnasio hacía siete días. No lo había visto desde entonces y su ausencia hacía que en su corazón creciera el cariño.
—Maldita sea —dijo disgustada consigo misma.
Deseaba no haberse quedado embarazada. Era la conexión con su pasado común, la única razón por la que le había pedido que se casara con él. Había pensado en ello constantemente desde su última conversación y le gustaría no haber pronunciado aquellas palabras. Por mucho que le hubiera gustado marcharse, tenía un contrato que se lo impedía y algo que demostrar. No confiaba en ella, y no podía defraudarlo otra vez.
—Hola —saludó él. Hablando del rey de Roma... Estaba en la puerta de su despacho con su despeinado de final de jornada, muy interesante—¿Qué haces todavía aquí?
—Trabajo aquí. A menos que cambies de opinión y decidas despedirme — podía bromear con eso ya que sabía que no era parte de sus planes.
—¿Despedir a mi estrella?
—¿Sólo estrella? La luz de tu mundo.
—Mi cuerpo celestial —dijo levantando una ceja mientras sonreía.
Seguro que no estaba flirteando. Aquél era terreno peligroso, no podía colaborar sonriendo ella también.
—¿Por qué has venido? ¿O estás aquí sólo para torturarme?
—He venido por trabajo. Tomarte el pelo es uno de los beneficios extra.
No llevaba chaqueta del traje y se había aflojado la corbata y remangado la camisa hasta justo debajo de los codos. Tenía buen aspecto, masculino, y ofrecía una buena visión de los fuertes antebrazos.
—Bueno, ¿De qué se trata? —preguntó cuando estuvo segura de hacerlo en un tono normal.
—He visto la entrevista en Celebrity Access.
Paula se encogió. Ella se había negado a verla. Las entrevistas en los medios no eran algo nuevo, pero no podía soportar verse a sí misma, escuchar su propia voz, criticar sus palabras o desear haber dicho algo más o algo menos. Pero él la había llamado su «estrella».
—¿Qué te pareció?
—Estuviste bien —no parecía sorprendido, más bien contento con el resultado.
martes, 4 de abril de 2017
Te Necesito: Capítulo 14
Estaba acostumbrado a verla en ropa de trabajo. Con pantalón y chaqueta, incluso con la minifalda de la última vez y que dejaba ver unas piernas impresionantes. Pero el top y los pantalones cortísimos que llevaba en ese momento dejaban muy poco a la imaginación. Y eso que él no necesitaba imaginar, conocía cada centímetro cuadrado de su cuerpo.
—Ya me iba —dijo ella.
—Espero que no por mi culpa. ¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien —se giró y agarró la toalla que tenía detrás para secarse la cara—¿Y tú?
—Muy bien.
Desearla era un regalo cuando la veía, pero sabía que después siempre venía una punzada de remordimiento. Besarla no había sido su mayor error después de todo, el peor había sido ir con ella. Porque Paula le había contado cosas personales que podían haber dejado cicatrices en una niña pequeña. Ninguna pregunta sobre lo que ella pensaba acerca del matrimonio. Y, maldición, no quería sacar el tema de por qué había hecho lo que había hecho. Quería estar ofendido.
Paula se colgó la toalla del cuello.
—¿Sabes que ya se ha hecho pública la noticia del compromiso de Luciana?
—Sí.
—¿Y que los medios han publicado que yo soy la organizadora de la boda?
—También.
—Bien —asintió—. En realidad me alegro de que nos hayamos encontrado —no parecía muy feliz, más bien tensa—. He tratado de verte antes.
Él recordó el mensaje.
—¿Qué hay?
—Quiero comentar algo contigo, pero puedo llamarte al despacho más tarde.
—Tengo tiempo ahora.
Mientras hablaba, Paula se balanceaba de un lado a otro, manteniendo calientes los músculos que había ejercitado. La forma de su cuerpo y su movimiento pusieron a Pedro en guardia para no mover ni un músculo. Luchaba por concentrarse en lo que le decía.
—Tienes toda mi atención.
—Me han llamado para pedirme una entrevista en un programa de máxima audiencia.
—Has aceptado, ¿Verdad?
—Con condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Que tú estuvieras de acuerdo —esperó su reacción.
—Sabíamos que esto iba a ocurrir. Contábamos con ello —le recordó.
—Lo sé, pero si sigo adelante no habrá vuelta atrás.
No quería volver atrás porque sólo verla lo trasladaba a un tiempo en el que había pensado que tenía el mundo en sus manos. Después ella le había hecho volver a la realidad de la forma más brusca.
Paula se inclinó hacia atrás para relajar las abdominales y Pedro pudo ver que no había un gramo de grasa en su cuerpo. No era que no estuviera en forma cuando habían estado juntos, pero él, que había conocido al detalle cada pliegue de su cuerpo, cada curva... la veía diferente, esculpida de un modo que no lo estaba un año antes.
—Haz la entrevista.
—De acuerdo —bebió otro sorbo de agua— Sólo para que lo sepas, pienso asumir toda la responsabilidad sobre la no celebración de la boda y la versión oficial será que seguimos siendo buenos amigos.
—No olvides mencionar las Torres Alfonso.
—Y si no preguntan... llevaré la conversación hacia tí y tu proyecto.
—Bien.
—La otra cuestión es la fiesta de compromiso.
—¿Qué pasa con eso?
—Luciana me acaba de mandar la lista de invitados. Te la enviaré por correo electrónico en cuanto vuelva a mi despacho. Quiero que le eches un vistazo por si hay que hacer correcciones o añadir a alguien. Las invitaciones tienen que salir en un par de días.
—De acuerdo.
Parecía completamente centrada en el trabajo. ¿Por qué le sorprendía eso? Seguramente porque él no podía apartar los ojos de su boca y preguntarse si la tierra había temblado sólo para él o lo había notado alguien más.
—Por cierto —dijo él— Vas a tener un aspecto imponente en la tele.
—Dicen que la cámara te pone cinco kilos más. Tendrás que reservar tu juicio hasta después de haberme visto.
—Mi juicio y mi vista están perfectamente. Estás fantástica, diferente.
—Sigo siendo la misma.
Había empezado a ser consciente de lo poco que sabía de ella, así que ese «la misma» no tenía mucho significado. Cruzó los brazos y la miró con detenimiento.
—Sí y no. Está realmente bien, en forma y sexy. El rubor de sus mejillas no era todo fruto del ejercicio.
—He estado practicando con un entrenador personal, Ezequiel.
—Se nota —dijo sin entonación.
—Ya me iba —dijo ella.
—Espero que no por mi culpa. ¿Cómo estás? —preguntó.
—Bien —se giró y agarró la toalla que tenía detrás para secarse la cara—¿Y tú?
—Muy bien.
Desearla era un regalo cuando la veía, pero sabía que después siempre venía una punzada de remordimiento. Besarla no había sido su mayor error después de todo, el peor había sido ir con ella. Porque Paula le había contado cosas personales que podían haber dejado cicatrices en una niña pequeña. Ninguna pregunta sobre lo que ella pensaba acerca del matrimonio. Y, maldición, no quería sacar el tema de por qué había hecho lo que había hecho. Quería estar ofendido.
Paula se colgó la toalla del cuello.
—¿Sabes que ya se ha hecho pública la noticia del compromiso de Luciana?
—Sí.
—¿Y que los medios han publicado que yo soy la organizadora de la boda?
—También.
—Bien —asintió—. En realidad me alegro de que nos hayamos encontrado —no parecía muy feliz, más bien tensa—. He tratado de verte antes.
Él recordó el mensaje.
—¿Qué hay?
—Quiero comentar algo contigo, pero puedo llamarte al despacho más tarde.
—Tengo tiempo ahora.
Mientras hablaba, Paula se balanceaba de un lado a otro, manteniendo calientes los músculos que había ejercitado. La forma de su cuerpo y su movimiento pusieron a Pedro en guardia para no mover ni un músculo. Luchaba por concentrarse en lo que le decía.
—Tienes toda mi atención.
—Me han llamado para pedirme una entrevista en un programa de máxima audiencia.
—Has aceptado, ¿Verdad?
—Con condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Que tú estuvieras de acuerdo —esperó su reacción.
—Sabíamos que esto iba a ocurrir. Contábamos con ello —le recordó.
—Lo sé, pero si sigo adelante no habrá vuelta atrás.
No quería volver atrás porque sólo verla lo trasladaba a un tiempo en el que había pensado que tenía el mundo en sus manos. Después ella le había hecho volver a la realidad de la forma más brusca.
Paula se inclinó hacia atrás para relajar las abdominales y Pedro pudo ver que no había un gramo de grasa en su cuerpo. No era que no estuviera en forma cuando habían estado juntos, pero él, que había conocido al detalle cada pliegue de su cuerpo, cada curva... la veía diferente, esculpida de un modo que no lo estaba un año antes.
—Haz la entrevista.
—De acuerdo —bebió otro sorbo de agua— Sólo para que lo sepas, pienso asumir toda la responsabilidad sobre la no celebración de la boda y la versión oficial será que seguimos siendo buenos amigos.
—No olvides mencionar las Torres Alfonso.
—Y si no preguntan... llevaré la conversación hacia tí y tu proyecto.
—Bien.
—La otra cuestión es la fiesta de compromiso.
—¿Qué pasa con eso?
—Luciana me acaba de mandar la lista de invitados. Te la enviaré por correo electrónico en cuanto vuelva a mi despacho. Quiero que le eches un vistazo por si hay que hacer correcciones o añadir a alguien. Las invitaciones tienen que salir en un par de días.
—De acuerdo.
Parecía completamente centrada en el trabajo. ¿Por qué le sorprendía eso? Seguramente porque él no podía apartar los ojos de su boca y preguntarse si la tierra había temblado sólo para él o lo había notado alguien más.
—Por cierto —dijo él— Vas a tener un aspecto imponente en la tele.
—Dicen que la cámara te pone cinco kilos más. Tendrás que reservar tu juicio hasta después de haberme visto.
—Mi juicio y mi vista están perfectamente. Estás fantástica, diferente.
—Sigo siendo la misma.
Había empezado a ser consciente de lo poco que sabía de ella, así que ese «la misma» no tenía mucho significado. Cruzó los brazos y la miró con detenimiento.
—Sí y no. Está realmente bien, en forma y sexy. El rubor de sus mejillas no era todo fruto del ejercicio.
—He estado practicando con un entrenador personal, Ezequiel.
—Se nota —dijo sin entonación.
Te Necesito: Capítulo 13
Apenas había pensado aquello cuando él separó la boca y soltó un profundo suspiro.
—Bueno —dijo ella con voz temblorosa.
—Un tema delicado —su voz era ronca y llena de deseo.
—¿Forma esto parte de la estrategia Alfonso de organizar un evento para mantenernos en primera línea? ¿O del plan de olvidar y perdonar?
—¿Por qué no lo llamamos beso y reconciliación?
—¿Qué te parece nada de lo anterior?
Con los nudillos, Pedro le levantó la barbilla hasta que encontró sus ojos.
—¿Qué tal esto?
Le latía el corazón demasiado deprisa y lo que vio en sus ojos le dijo que él lo sabía. Eso era malo. Si lo hubiera visto venir podría haberse preparado, pero no lo había visto. ¿Qué pasaba si estaba planeando que se enamorara de él otra vez para luego largarse? ¿Qué pasaba si ese beso era el siguiente paso de su plan? ¿Y si el plan funcionaba? Había sido capaz de resistirse a la atracción de Pedro Alfonso, pero eso había sido antes de que la besara y despertara deseos que había tratado de olvidar durante un año, Paula apretó los labios, saboreando aún el beso.
Pedro se preguntaba en qué demonios estaría pensando cuando había besado a Paula. La respuesta era que no estaba pensando, al menos no con la cabeza. Desde aquel primer día en la oficina había querido saborearla de nuevo, sólo para sacársela de la cabeza. Luego ella lo había llevado a esa jaula de grillos llamada el Jardín del amor. El beso había comenzado como una manera de demostrarle quién era el jefe, pero se había transformado en algo completamente distinto. Había sido una completa estupidez.
Había pasado una semana desde ese episodio de pérdida del control. Cuando no estaba pensando en besarla de nuevo, Pedro corría de un lado para otro por todo el Valle de Las Vegas, concentrándose en las Torres Alfonso para apartar todo lo demás de su cabeza. De hecho, el trabajo había sido siempre su salvación. No era una coincidencia que cuando el destino estropeaba su vida personal, sus negocios no podían ir mejor. Pero Paula tenía una increíble habilidad para colarse en su cabeza. En medio de una reunión. Mientras estaba tratando de asimilar la información de una hoja de cálculo. En sueños, cuando volvía a tenerla entre sus brazos. Que no hubiera vuelto a verla desde el Jardín del amor no significaba que no pensara en ella. Entró en su despacho y miró los mensajes de encima de su mesa. Uno era de Paula. Sólo con ver su nombre sintió una oleada de calor por todo el cuerpo. Aquello era irritante y frustrante. Además, después de una maratoniana comida de trabajo para negociar el precio de los materiales y del combustible, sentía que necesitaba hacer algo de ejercicio para aclarar la mente. Agarró el macuto con los pantalones cortos, la camiseta y las zapatillas de deporte que tenía en un armario y se dirigió al gimnasio de la empresa. Se cambió en el vestuario e hizo unos estiramientos antes de ir a la zona de ejercicios donde había cintas de carrera, bicicletas estáticas, máquinas de pesas... Los cristales ahumados atenuaban el calor típico del verano de Las Vegas. Un canturreo atrajo su atención hacia una mujer que se bajaba de una de las cintas. A la hora de la comida esa sala solía estar abarrotada, pero era más tarde y había esperado estar solo. Cuando la chica se dió la vuelta, reconoció a Paula y sintió como un puñetazo en el estómago. Ella respiró dos veces antes de que la alarma se mostrara en su expresión.
—Pedro.
—Hola —se acercó y apoyó un codo en el manillar de la cinta.
—Bueno —dijo ella con voz temblorosa.
—Un tema delicado —su voz era ronca y llena de deseo.
—¿Forma esto parte de la estrategia Alfonso de organizar un evento para mantenernos en primera línea? ¿O del plan de olvidar y perdonar?
—¿Por qué no lo llamamos beso y reconciliación?
—¿Qué te parece nada de lo anterior?
Con los nudillos, Pedro le levantó la barbilla hasta que encontró sus ojos.
—¿Qué tal esto?
Le latía el corazón demasiado deprisa y lo que vio en sus ojos le dijo que él lo sabía. Eso era malo. Si lo hubiera visto venir podría haberse preparado, pero no lo había visto. ¿Qué pasaba si estaba planeando que se enamorara de él otra vez para luego largarse? ¿Qué pasaba si ese beso era el siguiente paso de su plan? ¿Y si el plan funcionaba? Había sido capaz de resistirse a la atracción de Pedro Alfonso, pero eso había sido antes de que la besara y despertara deseos que había tratado de olvidar durante un año, Paula apretó los labios, saboreando aún el beso.
Pedro se preguntaba en qué demonios estaría pensando cuando había besado a Paula. La respuesta era que no estaba pensando, al menos no con la cabeza. Desde aquel primer día en la oficina había querido saborearla de nuevo, sólo para sacársela de la cabeza. Luego ella lo había llevado a esa jaula de grillos llamada el Jardín del amor. El beso había comenzado como una manera de demostrarle quién era el jefe, pero se había transformado en algo completamente distinto. Había sido una completa estupidez.
Había pasado una semana desde ese episodio de pérdida del control. Cuando no estaba pensando en besarla de nuevo, Pedro corría de un lado para otro por todo el Valle de Las Vegas, concentrándose en las Torres Alfonso para apartar todo lo demás de su cabeza. De hecho, el trabajo había sido siempre su salvación. No era una coincidencia que cuando el destino estropeaba su vida personal, sus negocios no podían ir mejor. Pero Paula tenía una increíble habilidad para colarse en su cabeza. En medio de una reunión. Mientras estaba tratando de asimilar la información de una hoja de cálculo. En sueños, cuando volvía a tenerla entre sus brazos. Que no hubiera vuelto a verla desde el Jardín del amor no significaba que no pensara en ella. Entró en su despacho y miró los mensajes de encima de su mesa. Uno era de Paula. Sólo con ver su nombre sintió una oleada de calor por todo el cuerpo. Aquello era irritante y frustrante. Además, después de una maratoniana comida de trabajo para negociar el precio de los materiales y del combustible, sentía que necesitaba hacer algo de ejercicio para aclarar la mente. Agarró el macuto con los pantalones cortos, la camiseta y las zapatillas de deporte que tenía en un armario y se dirigió al gimnasio de la empresa. Se cambió en el vestuario e hizo unos estiramientos antes de ir a la zona de ejercicios donde había cintas de carrera, bicicletas estáticas, máquinas de pesas... Los cristales ahumados atenuaban el calor típico del verano de Las Vegas. Un canturreo atrajo su atención hacia una mujer que se bajaba de una de las cintas. A la hora de la comida esa sala solía estar abarrotada, pero era más tarde y había esperado estar solo. Cuando la chica se dió la vuelta, reconoció a Paula y sintió como un puñetazo en el estómago. Ella respiró dos veces antes de que la alarma se mostrara en su expresión.
—Pedro.
—Hola —se acercó y apoyó un codo en el manillar de la cinta.
sábado, 1 de abril de 2017
Te Necesito: Capítulo 12
—¿Para usted y ése? —el chico miró a Pedro y no pareció impresionado por la mirada de éste.
—No —ella tampoco estaba impresionada por la mirada. A lo mejor así la próxima vez le dejaba hacer su trabajo sola.
—Eso sí que es bueno —el muchacho le dedicó a ella una mirada de interés— Eche un vistazo.
Ella miró el vestíbulo lleno de gente.
—¿Estás seguro de que no molestaremos?
—No. Siempre está así. Tenemos una boda cada media hora durante toda la noche. Nadie lo notará. La boda de lujo cuesta alrededor de ciento cincuenta dólares. Eso incluye los anillos y una limusina— Se volvió a poner los auriculares y ajustó el volumen.
Pedro frunció el ceño ante una hilera de gente vestida de cualquier modo, desde lentejuelas rojas hasta vaqueros rotos en las rodillas, que recorría la sala de extremo a extremo. La miró.
—Vamos, Pedro —dijo ella.
Lo agarró del brazo y caminó con decisión entre la masa hasta llegar a la sala de ceremonias. Una vez dentro se sentaron al final, en un banco muy duro. Pedro se inclinó y le susurró:
—Con una boda cada media hora, supongo que no estarán muy preocupados por la comodidad de los invitados.
—No seas tan gruñón —mirando hacia abajo, dijo— Auténticas baldosas de plástico.
Él se acercó más.
—A juego con la auténtica roca de plástico que recubre el atril. Su respiración le rozaba la oreja y le erizaba el vello.
—Mira, el ventilador que mueve aquellas cintas de plástico en frente del fondo azul que simula una catarata es un detalle particularmente bonito.
—No tanto como el enrejado de auténtica madera que cubre las paredes.
—Y protegido por las rosas de plástico clavadas en él —estuvo de acuerdo ella.
—Y pensar que tienes todo esto por sólo ciento cincuenta pavos... Su expresión de sincero sentido del humor era tan bonita, tan divertida, tan completamente inesperada, tan cálida...
Paula se tapó la boca con la mano para reprimir la risa. En ese momento, una novia caminaba hacia el altar metida en un crujiente vestido de raso rojo. Cuando el pasillo estuvo despejado, se deslizó fuera de la sala con Pedro detrás de ella. En el ya vacío vestíbulo, los dos rompieron a reír. Era la primera vez que se reían juntos en más de un año. Pensar en ello la hizo detenerse fría, pero los sentimientos que fluían entre ambos eran de calor. Era demasiado íntimo, pensó ella, luchando para recuperar el aliento perdido, y no por causa de la risa.
—Este sitio es divertidísimo. Hortera cien por cien —dijo ella.
Pedro asintió con la cabeza mientras miraba alrededor.
—A Nan le gustará el precio. Sabe reconocer una ganga cuando la ve.
—Mira —dijo ella señalando una puerta con la barbilla— Toda la gente se ha metido en esa sala, vamos a ver qué hay.
—De acuerdo —Pedro la tomó de la mano y la llevó a través de la polvorienta moqueta azul.
Paula estaba impresionada por cómo había entrado él en el juego, pero mucho más sorprendida por lo bien que se sentía con su mano en la de él. Estaba sorprendida por que un gesto tan inofensivo hiciera temblar su corazón. Bueno, el gesto no era tan inofensivo, pensó después. Se soltó de su mano en cuanto se colaron en la sala y vieron a otra novia en un ceñido traje blanco por la rodilla. El novio permanecía de pie a su lado mientras ellos no podían reprimir una sonrisa. Pedro la miró con una expresión de ironía.
—¿Qué viene luego? ¿La capilla con el imitador de Elvis?
—No tienes romanticismo en el alma —se mofó ella.
—Tengo tanto como el próximo tipo —se defendió— Aunque nunca podré alcanzar el romanticismo de la decoración de este lugar.
—¿A quién le preocupa la decoración? Míralos —dijo ella señalando a la pareja que esperaba para unir sus vidas.
—¿Qué?
—Sólo tienen ojos el uno para el otro —suspiró y volvió hacia la puerta— No les importa si se casan en una capilla o en un armario. El amor es lo único que importa —¿Qué demonios sabía ella del amor? Además, se lo acababa de decir a Pedro. Se dió la vuelta bruscamente — Vámonos.
—Sí.
Él le apoyó la mano en la espalda para guiarla entre la gente. Era un gesto de cortesía, mucho para el Pedro que ella recordaba. Podía sentir el calor de sus dedos a través de la blusa. Sujetó la puerta para que ella saliera a la cálida tarde de verano. Respiró hondo tratando de acompasar su respiración, algo nada fácil de lograr mientras él siguiera tocándola. Bajaron por la rampa del estacionamiento y, antes de llegar a la limusina, Pedro la agarró del brazo.
—Tengo una pregunta.
—¿Qué? —se obligó a sí misma a mirarlo a los ojos.
—¿Por qué me has traído aquí?
—Para confundirte.
Un destello brilló en los ojos de Pedro.
—¿Eso no es buena idea, Paula? No ganarás.
Estaban sólo los dos, la luna, las estrellas y la cálida brisa. Algo en la expresión de él anunciaba peligro, pero Paula no se podía mover. Era una mirada que le recordaba la primera vez que lo había visto... Y de pronto Pedro deslizó los dedos entre su pelo y sostuvo su cara de modo que pudiera bajar con su boca hasta la de ella. Una voz en su cabeza le gritaba a Paula «corre y no mires atrás». Pero su corazón ya estaba anticipando el calor de sus labios. No podía detenerse ni respirar. Todo lo que sabía era que sentía unas irreprimibles ansias de devolverle el beso. Abrió la boca y creyó escucharle gemir, a pesar de que la sangre que martilleaba en sus oídos casi no le permitía oír nada. Pedro apoyó sus labios en los de ella y la acarició con la lengua. Escalofríos de excitación recorrieron el cuerpo de Paula. No quería aquello, pero lo estaba sintiendo de nuevo. Era como si su cuerpo hubiera estado en hibernación esperando a que la magia de él la despertara. Todo lo que podía pensar era que quería besarlo siempre.
—No —ella tampoco estaba impresionada por la mirada. A lo mejor así la próxima vez le dejaba hacer su trabajo sola.
—Eso sí que es bueno —el muchacho le dedicó a ella una mirada de interés— Eche un vistazo.
Ella miró el vestíbulo lleno de gente.
—¿Estás seguro de que no molestaremos?
—No. Siempre está así. Tenemos una boda cada media hora durante toda la noche. Nadie lo notará. La boda de lujo cuesta alrededor de ciento cincuenta dólares. Eso incluye los anillos y una limusina— Se volvió a poner los auriculares y ajustó el volumen.
Pedro frunció el ceño ante una hilera de gente vestida de cualquier modo, desde lentejuelas rojas hasta vaqueros rotos en las rodillas, que recorría la sala de extremo a extremo. La miró.
—Vamos, Pedro —dijo ella.
Lo agarró del brazo y caminó con decisión entre la masa hasta llegar a la sala de ceremonias. Una vez dentro se sentaron al final, en un banco muy duro. Pedro se inclinó y le susurró:
—Con una boda cada media hora, supongo que no estarán muy preocupados por la comodidad de los invitados.
—No seas tan gruñón —mirando hacia abajo, dijo— Auténticas baldosas de plástico.
Él se acercó más.
—A juego con la auténtica roca de plástico que recubre el atril. Su respiración le rozaba la oreja y le erizaba el vello.
—Mira, el ventilador que mueve aquellas cintas de plástico en frente del fondo azul que simula una catarata es un detalle particularmente bonito.
—No tanto como el enrejado de auténtica madera que cubre las paredes.
—Y protegido por las rosas de plástico clavadas en él —estuvo de acuerdo ella.
—Y pensar que tienes todo esto por sólo ciento cincuenta pavos... Su expresión de sincero sentido del humor era tan bonita, tan divertida, tan completamente inesperada, tan cálida...
Paula se tapó la boca con la mano para reprimir la risa. En ese momento, una novia caminaba hacia el altar metida en un crujiente vestido de raso rojo. Cuando el pasillo estuvo despejado, se deslizó fuera de la sala con Pedro detrás de ella. En el ya vacío vestíbulo, los dos rompieron a reír. Era la primera vez que se reían juntos en más de un año. Pensar en ello la hizo detenerse fría, pero los sentimientos que fluían entre ambos eran de calor. Era demasiado íntimo, pensó ella, luchando para recuperar el aliento perdido, y no por causa de la risa.
—Este sitio es divertidísimo. Hortera cien por cien —dijo ella.
Pedro asintió con la cabeza mientras miraba alrededor.
—A Nan le gustará el precio. Sabe reconocer una ganga cuando la ve.
—Mira —dijo ella señalando una puerta con la barbilla— Toda la gente se ha metido en esa sala, vamos a ver qué hay.
—De acuerdo —Pedro la tomó de la mano y la llevó a través de la polvorienta moqueta azul.
Paula estaba impresionada por cómo había entrado él en el juego, pero mucho más sorprendida por lo bien que se sentía con su mano en la de él. Estaba sorprendida por que un gesto tan inofensivo hiciera temblar su corazón. Bueno, el gesto no era tan inofensivo, pensó después. Se soltó de su mano en cuanto se colaron en la sala y vieron a otra novia en un ceñido traje blanco por la rodilla. El novio permanecía de pie a su lado mientras ellos no podían reprimir una sonrisa. Pedro la miró con una expresión de ironía.
—¿Qué viene luego? ¿La capilla con el imitador de Elvis?
—No tienes romanticismo en el alma —se mofó ella.
—Tengo tanto como el próximo tipo —se defendió— Aunque nunca podré alcanzar el romanticismo de la decoración de este lugar.
—¿A quién le preocupa la decoración? Míralos —dijo ella señalando a la pareja que esperaba para unir sus vidas.
—¿Qué?
—Sólo tienen ojos el uno para el otro —suspiró y volvió hacia la puerta— No les importa si se casan en una capilla o en un armario. El amor es lo único que importa —¿Qué demonios sabía ella del amor? Además, se lo acababa de decir a Pedro. Se dió la vuelta bruscamente — Vámonos.
—Sí.
Él le apoyó la mano en la espalda para guiarla entre la gente. Era un gesto de cortesía, mucho para el Pedro que ella recordaba. Podía sentir el calor de sus dedos a través de la blusa. Sujetó la puerta para que ella saliera a la cálida tarde de verano. Respiró hondo tratando de acompasar su respiración, algo nada fácil de lograr mientras él siguiera tocándola. Bajaron por la rampa del estacionamiento y, antes de llegar a la limusina, Pedro la agarró del brazo.
—Tengo una pregunta.
—¿Qué? —se obligó a sí misma a mirarlo a los ojos.
—¿Por qué me has traído aquí?
—Para confundirte.
Un destello brilló en los ojos de Pedro.
—¿Eso no es buena idea, Paula? No ganarás.
Estaban sólo los dos, la luna, las estrellas y la cálida brisa. Algo en la expresión de él anunciaba peligro, pero Paula no se podía mover. Era una mirada que le recordaba la primera vez que lo había visto... Y de pronto Pedro deslizó los dedos entre su pelo y sostuvo su cara de modo que pudiera bajar con su boca hasta la de ella. Una voz en su cabeza le gritaba a Paula «corre y no mires atrás». Pero su corazón ya estaba anticipando el calor de sus labios. No podía detenerse ni respirar. Todo lo que sabía era que sentía unas irreprimibles ansias de devolverle el beso. Abrió la boca y creyó escucharle gemir, a pesar de que la sangre que martilleaba en sus oídos casi no le permitía oír nada. Pedro apoyó sus labios en los de ella y la acarició con la lengua. Escalofríos de excitación recorrieron el cuerpo de Paula. No quería aquello, pero lo estaba sintiendo de nuevo. Era como si su cuerpo hubiera estado en hibernación esperando a que la magia de él la despertara. Todo lo que podía pensar era que quería besarlo siempre.
Te Necesito: Capítulo 11
—¿Sabes? —empezó a decir— Creo que nunca conociste a mi familia.
Él frunció el ceño.
—No, ahora que lo mencionas... ¿Por qué?
—Es una larga historia. Basta con decir que, si mis padres hubieran venido a nuestra boda, mi bombazo habría sido sólo una nota a pie de página al lado de su guerra.
—Ah.
—Seguro que mi madre habría discutido con mi padre y habría dicho que su marido habría sabido qué hacer conmigo.
—¿Aunque sea tu padrastro?
—Habría buscado alguna razón y se habría atrincherado en ella. Y papá... — sacudió la cabeza— Si ella dice blanco, él dice negro.
—¿Se pelean?
—Como Capuletos y Montescos —afirmó.
En su propia historia la única víctima había sido su corazón. Y seguía siendo un final trágico debido al bagaje que aún arrastraba, producto de su niñez.
—Siempre pensé que era irónico que me pusieran el nombre de una ciudad que se enorgullece de ser neutral. Ahora los dos pueden estar en la misma habitación y tener una conversación civilizada, pero era mucho peor cuando estaban casados.
—¿Cuánto hace que se divorciaron?
—Mucho tiempo, como diez años —dijo recordando el temor y la inseguridad que había pasado encerrada en su cuarto tapándose los oídos con las manos para no escuchar las peleas, las acusaciones y los insultos. Se encontró con los ojos de él mientras trataba de ocultar el dolor en los suyos— Pero fue lo mejor. La relación fue horrible durante demasiado tiempo. Y seguían intentándolo por mí.
—¿Te refieres a eso cuando dices que lo correcto puede ser un error?
En realidad había pensado en las razones de Pedro para seguir adelante con su boda, pero podía ser una buena oportunidad para hacerle pensar que se había referido a sus padres.
—Sí —asintió— A eso me refería.
Él la miró con detenimiento.
—Nunca me hablaste sobre lo que es crecer en un campo de batalla.
—¿No? Frunció el ceño al recordar. Costaba creer que nunca le hubiera hablado de su traumática niñez. Por el contrario, sí recordaba la atracción inflamable que ambos habían compartido. Cuando estaban en la misma sala, saltaban chispas.
Todo lo relacionado con su historia había sido caliente y los había consumido. Habían hecho de todo con sus bocas excepto hablar. Era inevitable que la pasión se agotara, que las ascuas se convirtieran en cenizas. Si hubiera habido algo más que el embarazo que los mantuviera unidos, Pedro no habría desaparecido sin una palabra. Si hubieran seguido adelante con la boda, habrían terminado odiándose. Esa era una de las causas de que se hubiera arrepentido y no se hubiera casado con él. No quería terminar odiándolo. Tampoco quería sentirse atraída por él, pero todavía no sabía cómo iba a hacer para acabar con la atracción. Esperó que él pensara que se refería a su infancia cuando dijo:
—Supongo que lo único que deseo es dejar el pasado atrás.
Siguiendo las indicaciones de Paula, el chofer de la limusina condujo hasta un estacionamiento al lado de un edificio blanco en la esquina de Las Vegas con Sahara Boulevard. Habían pasado varias horas recorriendo capillas y ella no había podido resistirse a tomarse una pequeña compensación. ¿No había querido ir con ella? Pues ya sabía lo que era el trabajo de ir de acá para allá.
El sol había caído, pero la oscuridad aún no impedía que se vieran los baches del estacionamiento ni lo deslucido de la fachada del edificio. Al otro lado del bulevar brillaban las luces de neón de la entrada del Hotel Sahara.
La puerta de Paula se abrió y Pedro la sujetó mientras ella salía tratando de no enseñar mucho por lo corto de la falda. Estaba segura de que él no se perdía detalle. Pedro miró alrededor y levantó una ceja cuando vio el cartel en el edificio: «El jardín del amor». Paula luchaba por mantener una expresión inocente.
—¿Qué te parece? —Le confiere un nuevo sentido a la expresión «capilla para bodas» —respondió él.
—Aún quiero echarle un vistazo —dijo conteniendo la risa.
—¿Por qué? —parecía escéptico.
—No tardaré mucho.
Entraron a un pequeño vestíbulo atestado de gente. A la derecha había una pared con una ventanilla y Paula golpeó suavemente el cristal. Un adolescente la abrió. Le brillaba el pelo negro debido a algún producto que servía para que pareciera un puercoespín. El muchacho se quitó los auriculares enchufados al MP3.
—Bienvenidos al Jardín del amor.
—Gracias —respondió ella— Me gustaría conocer sus ofertas. Estoy organizando una boda —eso era verdad.
Él frunció el ceño.
—No, ahora que lo mencionas... ¿Por qué?
—Es una larga historia. Basta con decir que, si mis padres hubieran venido a nuestra boda, mi bombazo habría sido sólo una nota a pie de página al lado de su guerra.
—Ah.
—Seguro que mi madre habría discutido con mi padre y habría dicho que su marido habría sabido qué hacer conmigo.
—¿Aunque sea tu padrastro?
—Habría buscado alguna razón y se habría atrincherado en ella. Y papá... — sacudió la cabeza— Si ella dice blanco, él dice negro.
—¿Se pelean?
—Como Capuletos y Montescos —afirmó.
En su propia historia la única víctima había sido su corazón. Y seguía siendo un final trágico debido al bagaje que aún arrastraba, producto de su niñez.
—Siempre pensé que era irónico que me pusieran el nombre de una ciudad que se enorgullece de ser neutral. Ahora los dos pueden estar en la misma habitación y tener una conversación civilizada, pero era mucho peor cuando estaban casados.
—¿Cuánto hace que se divorciaron?
—Mucho tiempo, como diez años —dijo recordando el temor y la inseguridad que había pasado encerrada en su cuarto tapándose los oídos con las manos para no escuchar las peleas, las acusaciones y los insultos. Se encontró con los ojos de él mientras trataba de ocultar el dolor en los suyos— Pero fue lo mejor. La relación fue horrible durante demasiado tiempo. Y seguían intentándolo por mí.
—¿Te refieres a eso cuando dices que lo correcto puede ser un error?
En realidad había pensado en las razones de Pedro para seguir adelante con su boda, pero podía ser una buena oportunidad para hacerle pensar que se había referido a sus padres.
—Sí —asintió— A eso me refería.
Él la miró con detenimiento.
—Nunca me hablaste sobre lo que es crecer en un campo de batalla.
—¿No? Frunció el ceño al recordar. Costaba creer que nunca le hubiera hablado de su traumática niñez. Por el contrario, sí recordaba la atracción inflamable que ambos habían compartido. Cuando estaban en la misma sala, saltaban chispas.
Todo lo relacionado con su historia había sido caliente y los había consumido. Habían hecho de todo con sus bocas excepto hablar. Era inevitable que la pasión se agotara, que las ascuas se convirtieran en cenizas. Si hubiera habido algo más que el embarazo que los mantuviera unidos, Pedro no habría desaparecido sin una palabra. Si hubieran seguido adelante con la boda, habrían terminado odiándose. Esa era una de las causas de que se hubiera arrepentido y no se hubiera casado con él. No quería terminar odiándolo. Tampoco quería sentirse atraída por él, pero todavía no sabía cómo iba a hacer para acabar con la atracción. Esperó que él pensara que se refería a su infancia cuando dijo:
—Supongo que lo único que deseo es dejar el pasado atrás.
Siguiendo las indicaciones de Paula, el chofer de la limusina condujo hasta un estacionamiento al lado de un edificio blanco en la esquina de Las Vegas con Sahara Boulevard. Habían pasado varias horas recorriendo capillas y ella no había podido resistirse a tomarse una pequeña compensación. ¿No había querido ir con ella? Pues ya sabía lo que era el trabajo de ir de acá para allá.
El sol había caído, pero la oscuridad aún no impedía que se vieran los baches del estacionamiento ni lo deslucido de la fachada del edificio. Al otro lado del bulevar brillaban las luces de neón de la entrada del Hotel Sahara.
La puerta de Paula se abrió y Pedro la sujetó mientras ella salía tratando de no enseñar mucho por lo corto de la falda. Estaba segura de que él no se perdía detalle. Pedro miró alrededor y levantó una ceja cuando vio el cartel en el edificio: «El jardín del amor». Paula luchaba por mantener una expresión inocente.
—¿Qué te parece? —Le confiere un nuevo sentido a la expresión «capilla para bodas» —respondió él.
—Aún quiero echarle un vistazo —dijo conteniendo la risa.
—¿Por qué? —parecía escéptico.
—No tardaré mucho.
Entraron a un pequeño vestíbulo atestado de gente. A la derecha había una pared con una ventanilla y Paula golpeó suavemente el cristal. Un adolescente la abrió. Le brillaba el pelo negro debido a algún producto que servía para que pareciera un puercoespín. El muchacho se quitó los auriculares enchufados al MP3.
—Bienvenidos al Jardín del amor.
—Gracias —respondió ella— Me gustaría conocer sus ofertas. Estoy organizando una boda —eso era verdad.
Te Necesito: Capítulo 10
—Eso es diabólico.
—La venganza no tiene nada que ver —respondió Paula.
—¿Quién ha hablado de venganza? —Dijo Vanina en tono escéptico— Pero ahora que lo mencionas, ¿en qué fantasilandia vives? ¿Qué otra razón puede haber?
—¿Que soy buena en mi trabajo? —replicó Paula con ironía.
—Eso es verdad. Pero la venganza tiene que estar en el primer puesto de la lista.
—Las dos sabemos que Pedro podía haber dejado que me fuera en lugar de ponerme al frente de dos proyectos —Paula ya tenía bastante paranoia ella sola como para que se la reforzaran.
—La venganza puede tener muchas formas —dijo Vanina sabiamente.
Eso ya se le había ocurrido a Paula, pero se lo debía a Pedro. Había prometido hacer todo lo que pudiera para que tuviera éxito y no iba a incumplir su palabra. Quería demostrarle que no le volvería a fallar.
—Adiós, Vanina.
Paula se detuvo ante el ascensor y apretó el botón de bajada. Oyó algo tras ella y se dio la vuelta.
—¿Adónde vas? —Preguntó Pedro—¿A una comida de trabajo?
Maldición. Casi lo había logrado. ¿Tenía algún artilugio para localizarla o qué?
—En realidad voy a ver más capillas.
—Bien. Me alegro de haberme tropezado contigo. Te acompaño.
¿Era tropezarse con ella una expresión adecuada si en realidad había sido deliberado el encuentro? Evidentemente él tendría una agenda que cumplir...
—¿Acompañarme?
—Me apetece. Podemos ir en la limusina.
Paula esperaba que aquello no fuera en serio, si no la tarde iba a ser muy larga.
—Gracias, Pedro, pero necesito mi coche. Tengo cosas que hacer, compromisos —dijo vagamente.
—Te llevaré adonde te haga falta.
—Entiendo que quieras detalles, pero yo soy quien organiza la boda. Se supone que yo hago el trabajo de ir de un lado a otro.
—La cuestión es que me gusta ir de un lado a otro —dijo dejando caer la mirada hasta el borde de su falda.
Paula resistió la urgencia de mirar hacia abajo. Ya sabía que la falda era corta y deseó en ese momento que fuera una armadura.
—Pedro, ése es mi trabajo —insistió mirándolo— Por mucho que sientas la necesidad de controlarlo todo, seguro que tienes cosas más importantes que hacer que recorrer capillas de boda.
—Nada es más importante que mi hermana —sus ojos se oscurecieron.
—No hace falta que lo supervises. Todavía no tengo nada de que informarte. Ya sé que no tienes ninguna razón para confiar en mí, pero haré todo lo posible para que se haga exactamente lo que quiera Luciana—aseguró Paula.
—Hay algunas cosas que ella quiere que tú no puedes hacer. Como el toque familiar.
Y ella no era de la familia. Casi había sido una Alfonso.
—Esto es importante para mí —insistió él—. Luciana no tiene a su madre para ayudarla a comprar el vestido de novia ni a su padre para llevarla al altar.
—Luciana te tiene a tí—Paula no había querido decir eso, pero las palabras habían surgido solas.
Seguramente porque sentía algún tipo de remordimiento por ser tan cínica. Pedro era muchas cosas, pero un imbécil no era una de ellas. Había sido el padre y la madre de su hermana y había hecho un gran esfuerzo sacándola adelante cuando él casi era un niño. Era un buen hombre. Habría sido mucho más fácil si no lo fuera, si simplemente no le gustara. Pero no era así. Y ése era el mayor problema de todos.
Pedro miró hacia abajo.
—Y no quiero que ella olvide que siempre estaré ahí, especialmente el día de su boda.
—Lo tendré presente —asintió Paula.
No era mentira. Pedro estaba presente siempre, quisiera o no. La campana del ascensor sonó justo antes de abrirse las puertas. Pedro la miró.
—Paula, deja de discutir y entra.
Unos minutos después estaba sentada a su lado en el asiento trasero de su limusina. El lujoso interior era de cuero y moqueta, y el toque final lo ponía el especiado y exótico aroma de Pedro. Desde que se habían alejado de la entrada del hotel, los cristales tintados los protegían del intenso calor del desierto y de las miradas curiosas, porque en Las Vegas todo el mundo miraba las limusinas esperando ver algún famoso. Lo miró y supo que no había nada que pudiera protegerla de él. Otra mirada furtiva y apreció que llevaba una chaqueta negra de punto y unos pantalones de color caqui. Le quedaban bien, aunque dudaba de que algo le quedara mal. Luego pensó en lo que él le había dicho. Las palabras sobre la familia seguían en el aire y buscó algo que rompiera la tensión.
—La venganza no tiene nada que ver —respondió Paula.
—¿Quién ha hablado de venganza? —Dijo Vanina en tono escéptico— Pero ahora que lo mencionas, ¿en qué fantasilandia vives? ¿Qué otra razón puede haber?
—¿Que soy buena en mi trabajo? —replicó Paula con ironía.
—Eso es verdad. Pero la venganza tiene que estar en el primer puesto de la lista.
—Las dos sabemos que Pedro podía haber dejado que me fuera en lugar de ponerme al frente de dos proyectos —Paula ya tenía bastante paranoia ella sola como para que se la reforzaran.
—La venganza puede tener muchas formas —dijo Vanina sabiamente.
Eso ya se le había ocurrido a Paula, pero se lo debía a Pedro. Había prometido hacer todo lo que pudiera para que tuviera éxito y no iba a incumplir su palabra. Quería demostrarle que no le volvería a fallar.
—Adiós, Vanina.
Paula se detuvo ante el ascensor y apretó el botón de bajada. Oyó algo tras ella y se dio la vuelta.
—¿Adónde vas? —Preguntó Pedro—¿A una comida de trabajo?
Maldición. Casi lo había logrado. ¿Tenía algún artilugio para localizarla o qué?
—En realidad voy a ver más capillas.
—Bien. Me alegro de haberme tropezado contigo. Te acompaño.
¿Era tropezarse con ella una expresión adecuada si en realidad había sido deliberado el encuentro? Evidentemente él tendría una agenda que cumplir...
—¿Acompañarme?
—Me apetece. Podemos ir en la limusina.
Paula esperaba que aquello no fuera en serio, si no la tarde iba a ser muy larga.
—Gracias, Pedro, pero necesito mi coche. Tengo cosas que hacer, compromisos —dijo vagamente.
—Te llevaré adonde te haga falta.
—Entiendo que quieras detalles, pero yo soy quien organiza la boda. Se supone que yo hago el trabajo de ir de un lado a otro.
—La cuestión es que me gusta ir de un lado a otro —dijo dejando caer la mirada hasta el borde de su falda.
Paula resistió la urgencia de mirar hacia abajo. Ya sabía que la falda era corta y deseó en ese momento que fuera una armadura.
—Pedro, ése es mi trabajo —insistió mirándolo— Por mucho que sientas la necesidad de controlarlo todo, seguro que tienes cosas más importantes que hacer que recorrer capillas de boda.
—Nada es más importante que mi hermana —sus ojos se oscurecieron.
—No hace falta que lo supervises. Todavía no tengo nada de que informarte. Ya sé que no tienes ninguna razón para confiar en mí, pero haré todo lo posible para que se haga exactamente lo que quiera Luciana—aseguró Paula.
—Hay algunas cosas que ella quiere que tú no puedes hacer. Como el toque familiar.
Y ella no era de la familia. Casi había sido una Alfonso.
—Esto es importante para mí —insistió él—. Luciana no tiene a su madre para ayudarla a comprar el vestido de novia ni a su padre para llevarla al altar.
—Luciana te tiene a tí—Paula no había querido decir eso, pero las palabras habían surgido solas.
Seguramente porque sentía algún tipo de remordimiento por ser tan cínica. Pedro era muchas cosas, pero un imbécil no era una de ellas. Había sido el padre y la madre de su hermana y había hecho un gran esfuerzo sacándola adelante cuando él casi era un niño. Era un buen hombre. Habría sido mucho más fácil si no lo fuera, si simplemente no le gustara. Pero no era así. Y ése era el mayor problema de todos.
Pedro miró hacia abajo.
—Y no quiero que ella olvide que siempre estaré ahí, especialmente el día de su boda.
—Lo tendré presente —asintió Paula.
No era mentira. Pedro estaba presente siempre, quisiera o no. La campana del ascensor sonó justo antes de abrirse las puertas. Pedro la miró.
—Paula, deja de discutir y entra.
Unos minutos después estaba sentada a su lado en el asiento trasero de su limusina. El lujoso interior era de cuero y moqueta, y el toque final lo ponía el especiado y exótico aroma de Pedro. Desde que se habían alejado de la entrada del hotel, los cristales tintados los protegían del intenso calor del desierto y de las miradas curiosas, porque en Las Vegas todo el mundo miraba las limusinas esperando ver algún famoso. Lo miró y supo que no había nada que pudiera protegerla de él. Otra mirada furtiva y apreció que llevaba una chaqueta negra de punto y unos pantalones de color caqui. Le quedaban bien, aunque dudaba de que algo le quedara mal. Luego pensó en lo que él le había dicho. Las palabras sobre la familia seguían en el aire y buscó algo que rompiera la tensión.
Te Necesito: Capítulo 9
—¿Por qué me devolviste el dinero de la boda? No llegó a celebrarse.
—Ese es el porqué.
—No lo entiendo —dijo irritado.
Ella suspiró.
—Fue un error mío, Pedro. Tenía dudas y salieron a la superficie justo el día de la ceremonia. Debería haberlas planteado antes... —se detuvo y se mordió el labio—. Antes de que perdiéramos algo más que las fianzas.
—No me hace falta el dinero.
—Pero yo sí necesito dártelo.
—Así que es por tí.
—Si quieres mirarlo así, sí. Fui yo la que no siguió adelante. Hubo mucha gente que lo vió y los periodistas nos acosaron sin piedad para averiguar la causa. Lo siento, y de ninguna manera iba a permitir que pagaras la factura por mi error y que alguien lo usara en mi contra.
Le resultaba increíble que ella pudiera pensar algo así
—¿Te dí yo alguna vez alguna razón para que pensaras así?
—No estuvimos juntos todo ese tiempo, Pedro. No sabía si lo harías. De todos modos, sé que algunas personas lo habrían hecho.
—¿A qué te refieres?
—No importa —el bolso se deslizó por su brazo y se lo volvió a colocar en el hombro —. La cuestión es que decidí suspender la boda y hubo una auténtica tormenta por mi decisión.
—Las decisiones a veces se vuelven contra uno.
—Sí, las decisiones —sus miradas se encontraron y la de ella se llenó de un dolor que intentó ocultar con rabia— Y te digo por qué no incumpliré mis responsabilidades contigo hipotequé mi departamento para pagarte. Necesito el trabajo. Y no suelo echarme atrás en los momentos difíciles.
—Yo tampoco.
—No te estoy acusando de nada.
—No con tus palabras, pero con lo que sugieres...
—No quería sugerir nada. Nadie sabe mejor que yo que tú hiciste lo correcto— el ascensor se detuvo en el piso de las oficinas de los ejecutivos y ella se bajó— Pero algunas veces, Pedro, lo correcto puede ser un error.
La miró marcharse aturdido por lo que le había dicho ¿Cómo hacer lo correcto podía ser un error? ¿No estaba trabajando con ella por el bien del proyecto? La verdad era que esa decisión lo estaba alterando. Hacer lo correcto estaba poniendo su libido por las nubes.
Paula colgó el bolso del cajón superior de su escritorio y salió al despacho de su asistente.
—Vanina.
—Sí, jefa —Vanina Milton era una pelirroja de ojos azules con la nariz llena de pecas.
—Voy a estar fuera de la oficina esta tarde —le informó Paula.
—Ya he visto tu nota.
Aquello sólo ocurría cuando Pedro estaba cerca, pensó Paula. Quería escabullirse antes de que se dejara caer para preguntar si las capillas tenían bancos, sillas o mesas de campo. No lo había visto en una semana, desde que le había dicho que lo correcto podía ser un error. Y el cambio de hábitos de sus visitas diarias la hacía sentirse incómoda.
—He dejado un recado a Melina St. George de Nueva York —dijo a su asistente—. Quiero hablar con ella para que prepare la comida de la inauguración de la oficina de ventas de las Torres Alfonso.
—No es ésa la cocinera que preparó aquel famoso evento en Santa Bárbara?
—La misma —confirmó Paula—. Si llama dímelo y le devolveré la llamada.
—Lo haré, jefa.
—Hasta mañana. No volveré antes de que te hayas ido.
Vanina abrió los ojos azules con sorpresa.
—Tu nota decía sólo que estabas recorriendo capillas. Supongo que no estarás buscando una experiencia religiosa.
—En absoluto —suspiró.
Parecía que todos los pensamientos conducían a Pedro. No sabía cómo detenerlos.
—¿Quién se casa? —Preguntó Vanina—¿Alguien que conozca?
—Luciana Alfonso.
—¿Y, te ha pedido que lo organices? —Vanina no se habría mostrado más asombrada si Paula se hubiera desnudado y saltado a la pista de baile del Bellagio.
—Me lo ha pedido Pedro.
—Ese es el porqué.
—No lo entiendo —dijo irritado.
Ella suspiró.
—Fue un error mío, Pedro. Tenía dudas y salieron a la superficie justo el día de la ceremonia. Debería haberlas planteado antes... —se detuvo y se mordió el labio—. Antes de que perdiéramos algo más que las fianzas.
—No me hace falta el dinero.
—Pero yo sí necesito dártelo.
—Así que es por tí.
—Si quieres mirarlo así, sí. Fui yo la que no siguió adelante. Hubo mucha gente que lo vió y los periodistas nos acosaron sin piedad para averiguar la causa. Lo siento, y de ninguna manera iba a permitir que pagaras la factura por mi error y que alguien lo usara en mi contra.
Le resultaba increíble que ella pudiera pensar algo así
—¿Te dí yo alguna vez alguna razón para que pensaras así?
—No estuvimos juntos todo ese tiempo, Pedro. No sabía si lo harías. De todos modos, sé que algunas personas lo habrían hecho.
—¿A qué te refieres?
—No importa —el bolso se deslizó por su brazo y se lo volvió a colocar en el hombro —. La cuestión es que decidí suspender la boda y hubo una auténtica tormenta por mi decisión.
—Las decisiones a veces se vuelven contra uno.
—Sí, las decisiones —sus miradas se encontraron y la de ella se llenó de un dolor que intentó ocultar con rabia— Y te digo por qué no incumpliré mis responsabilidades contigo hipotequé mi departamento para pagarte. Necesito el trabajo. Y no suelo echarme atrás en los momentos difíciles.
—Yo tampoco.
—No te estoy acusando de nada.
—No con tus palabras, pero con lo que sugieres...
—No quería sugerir nada. Nadie sabe mejor que yo que tú hiciste lo correcto— el ascensor se detuvo en el piso de las oficinas de los ejecutivos y ella se bajó— Pero algunas veces, Pedro, lo correcto puede ser un error.
La miró marcharse aturdido por lo que le había dicho ¿Cómo hacer lo correcto podía ser un error? ¿No estaba trabajando con ella por el bien del proyecto? La verdad era que esa decisión lo estaba alterando. Hacer lo correcto estaba poniendo su libido por las nubes.
Paula colgó el bolso del cajón superior de su escritorio y salió al despacho de su asistente.
—Vanina.
—Sí, jefa —Vanina Milton era una pelirroja de ojos azules con la nariz llena de pecas.
—Voy a estar fuera de la oficina esta tarde —le informó Paula.
—Ya he visto tu nota.
Aquello sólo ocurría cuando Pedro estaba cerca, pensó Paula. Quería escabullirse antes de que se dejara caer para preguntar si las capillas tenían bancos, sillas o mesas de campo. No lo había visto en una semana, desde que le había dicho que lo correcto podía ser un error. Y el cambio de hábitos de sus visitas diarias la hacía sentirse incómoda.
—He dejado un recado a Melina St. George de Nueva York —dijo a su asistente—. Quiero hablar con ella para que prepare la comida de la inauguración de la oficina de ventas de las Torres Alfonso.
—No es ésa la cocinera que preparó aquel famoso evento en Santa Bárbara?
—La misma —confirmó Paula—. Si llama dímelo y le devolveré la llamada.
—Lo haré, jefa.
—Hasta mañana. No volveré antes de que te hayas ido.
Vanina abrió los ojos azules con sorpresa.
—Tu nota decía sólo que estabas recorriendo capillas. Supongo que no estarás buscando una experiencia religiosa.
—En absoluto —suspiró.
Parecía que todos los pensamientos conducían a Pedro. No sabía cómo detenerlos.
—¿Quién se casa? —Preguntó Vanina—¿Alguien que conozca?
—Luciana Alfonso.
—¿Y, te ha pedido que lo organices? —Vanina no se habría mostrado más asombrada si Paula se hubiera desnudado y saltado a la pista de baile del Bellagio.
—Me lo ha pedido Pedro.
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