—Necesito hablar contigo.
Paula, vestida como la Escarlata de Lo que el viento se llevó, con un vestido verde con miriñaque, se dio la vuelta para mirar a Pedro que bajaba las escaleras, disfrazado de Rhett Butler. Estaba tan guapo que se quedó sin aliento al verlo.
—Alabado sea el Señor —dijo ella, imitando un acento sureño y parpadeando cuando él llegó a su lado—. Señor Butler, está usted guapísimo.
—Gracias —sonrió él, ajustándose la corbata. Luego frunció el ceño, frustrado— . Entre ocuparme de tus suegros, celebrar, y la fiesta de esta noche, no hemos hablado desde que la juez dictaminó a nuestro favor. No puedo esperar más. Y, francamente, querida, a mí sí que me importa —dijo, imitando al personaje de la película.
Tenía razón. Desde el día anterior por la tarde quería decirle cuánto sentía haber dudado de él y lo mucho que lo amaba. Con un poco de suerte, él lograría perdonarla y devolverle su amor. Pero no habían podido estar ni un minuto solos. Al volver del juzgado, iban con los trillizos, que siempre estaban atentos a la conversación de los adultos. Luego habían celebrado el fallo de la juez con los padres de él. Y, desde la mañana, corrían de aquí para allá preparando todo para la fiesta de disfraces anual que se celebraba en la casa de los Alfonso. Ella había encontrado un amor indestructible ante la adversidad. Eso era demasiado importante como para hablarlo a la carrera.
—Yo tampoco puedo esperar.
—Paula, quiero que sepas…
—Hola Pedro. Hola, Paula —dijo el sheriff Alberto Malone, entrando—. La empleada nos ha abierto. Recuerdan a Emma.
—Por supuesto —dijo Paula, sonriendo. Emma estaba disfrazada de gitana, con un colorido traje y montones de brazaletes y collares—. ¿Cómo estás?
—Bien, teniendo en cuenta que no puedo recordar ni mi propio nombre y otra vez me he quedado sin casa.
—¿No estabas viviendo con la tía Gloria? —preguntó Pedro, pasándole el brazo posesivamente por la cintura a Dana.
—Le cayeron un montón de parientes a pasar las vacaciones y me daba corte quitarles el sitio.
—Yo la invité a que se quedara conmigo —terció Alberto—. Temporalmente — añadió.
—Hola a todo el mundo —dijo Ana, entrando al vestíbulo con Horacio.
—¿De qué van? —preguntó Pedro de guasa, porque era evidente por sus trajes que eran el rey y la reina de corazones.
—No está bien tomarles el pelo al rey y la reina de corazones —dijo Ana, elevando una ceja imperiosamente—. Y ahora que sabemos los resultados de la prueba del ADN, creo Alberto, que le debes una disculpa a mi hijo. ¿Cómo pudiste creer que Pepe era el padre de esos niños?
—No lo creía, señora Alfonso —sonrió Alberto—. Pero había que seguir todas las pistas posibles. Está claro que el sonajero fue robado. ¿Sabe quién puede haber sido?
—Pepe me hizo la misma pregunta y he estado pensando. La única que se me ocurre es una chica que trabajó un tiempo en la casa. Recuerdo que le gustaba mucho la exhibición de antigüedades. ¿Cómo se llamaba? Josefina, creo.
—Si se acordara del apellido…
—Era una chica adorable, jovencita —se quedó pensando Ana—. A ver… El apellido comenzaba con D, un minuto… ¡Ya sé! —sonrió, chasqueando los dedos—. Douglas. Josefina Douglas.
—Ya me ocuparé de investigarlo.
—Pero esta noche no —dijo Pedro—. Hasta los representantes de la ley pueden tomarse un descanso de vez en cuando.
—Se esfuerza siempre demasiado —dijo Emma, elevando la mirada hacia el alto hombre que la había protegido.
El sheriff pareció incomodarse al ser el centro de atención.
—Storkville es un pueblo muy tranquilo. Normalmente no trabajo tanto, aunque sigo investigando el atraco de Emma y buscando a la madre de los mellizos, pero mañana mismo comenzaré a seguir esta pista nueva.
—Laura y Pablo los tratan como si fuesen suyos —dijo Paula, refiriéndose a los mellizos—. La última vez que hablé con ella, me dio la impresión de que quería quedárselos.
—Desde luego que no les falta atención —asintió Alberto—. Emma no se puede separar de ellos.
—Tiene razón —dijo Emma, sonriendo—. Necesito estar cerca de ellos.
—¿Sabe algo sobre su pasado? —preguntó Horacio.
—No —dijo Emma—. El médico me dijo que intentara no pensar, que ya me volvería la memoria.
Mientras hablaban, había ido llegando gente. Ana y Horacio se dirigieron a ocuparse de sus invitados, Alberto y Emma se fueron a buscar una copa. De repente, Pedro y Paula se encontraron solos.
—Tus, padres fueron maravillosos con los Martínez—dijo Paula, elevando la mirada hacia él—. Están con los trillizos, dándoles el baño.
—Espero que se hayan traído chubasqueros —dijo él con ironía—. pau, quiero decirte algo… ¡Demonios! La reportera del Sentinel.
—Hay una serie de cosas que me gustaría decirle —dijo Paula, yendo a buscarla. Cuando llegó hasta ella, le dió unos golpecitos en el hombro—. Brenda, me gustaría hablar con usted.
—Desde luego, señora Alfonso.
Paula la llevó hasta el vestíbulo, donde esperaba Pedro.
—¿Ha oído que los resultados de la prueba del ADN han dejado a mi esposo libre de sospecha?
—Recibimos la información demasiado tarde para que saliese en el periódico de hoy —respondió la periodista, con expresión avergonzada—. Pero la historia saldrá mañana completa.
—Espero que no escondan el artículo en la cuarta página, ¿Sabe? Quiero grandes titulares.
—Mi esposa se refiere a que le den tanta importancia a lo que pongan ahora como a lo que dijeron antes —dijo Pedro, diplomático.
—Sí, señor —dijo Brenda, incómoda.
—¿Qué hace aquí esta noche?
—Estoy cubriendo la fiesta. Me han vuelto a encargar de los «ecos de sociedad».
—Me alegro. Espero que aprenda a ser una periodista responsable. Y que se divierta —dijo Paula.
—Gracias —dijo la mujer, sonriendo nerviosa antes de alejarse.
Pedro la llevó a una esquina para tener un poco de intimidad antes de que apareciese nadie más.
—Antes de que nos vuelvan a interrumpir, ¿Se puede saber por qué le diste los resultados de los análisis a la juez sin abrir el sobre. Los niños corrieron un riesgo…
—Los niños no corrieron ningún riesgo —dijo ella, con confianza—. Yo sabía los resultados, aunque no los mirase. Eres mi héroe, Pepe. El hombre más maravilloso del mundo, y te amo. Y si puedes perdonarme por no tenerte confianza, ha llegado el momento para las declaraciones románticas y llenas de fiorituras.
—Yo también te amo. Desde el primer instante. Pero como no creía en el amor a primera vista, no sabía por qué te había propuesto matrimonio después de conocerte durante tan poco tiempo —dijo, acercando sus labios a los de ella.
La unión de sus labios, siempre maravillosa, fue todavía mejor que antes, porque ahora ambos sabían que su amor era retribuido.
FIN
sábado, 25 de marzo de 2017
Protegerte: Capítulo 37
—Paula trabaja todo el día —dijo la señora Martínez, mirando a su nuera y a Pedro—. Hasta hace poco, estaba sola y apenas le alcanzaba para vivir. Mi esposoy yo tenemos una posición desahogada y podríamos darles a los niños la atención, el tiempo y el cuidado que ellos necesitan sin necesidad de recurrir a extraños…
—Laura no es una extraña. Conozco a la directora de la guardería personalmente —dijo Paula, intentando defenderse.
—Ya tendrá su oportunidad de hablar, señora Alfonso—intervino la juez con calma, volviendo su atención a los Martínez—. Ahora se ha vuelto a casar con Pedro Alfonso, así que supongo que el dinero ya no es un problema. Y tampoco lo es trabajar. Actualmente hay muchas madres que dividen su tiempo entre sus hijos y su profesión.
—Ya que lo menciona —dijo la señora Martínez—, Gerardo y yo creemos que se ha casado solamente para evitar que lográsemos la custodia de los niños. Según lo que dicen los periódicos, se sospecha que él es el padre de los mellizos abandonados en Storkville. Un hombre como él, capaz de abandonar a su propia sangre, no tendría que tener influencia sobre nuestros hijos.
Pedro, que tenía una mano sobre el hombro de Paula, sintió cómo ella se ponía tensa de rabia. Luego ella se inclinó para sacar algo de su bolso. Era el sobre del laboratorio. Estaba seguro de que contenía el resultado de los análisis. ¿Qué pensaba hacer con él?
—Señoría, ¿Me permite hablar? —dijo Paula.
—Sí.
—Para empezar —comenzó, lanzándoles una mirada a sus antiguos suegros—, es verdad que Pedro y yo nos casamos apresuradamente. Pero, como él dijo una vez tan elocuentemente, cuando todo está bien, ¿Para qué esperar? Yo lo quiero mucho.
Pedro se dió cuenta de que ella se lo decía a él, y el alivio lo invadió. No podía creer en su suerte. ¡Ella lo amaba! Se le hinchó el pecho de la esperanza de que a pesar de todo lo que tenían en su contra, quizás tuviesen una oportunidad de lograr la felicidad.
—¿Qué más, señora Alfonso?
—Quiero a mis hijos con todo mi corazón, así que para mí, su custodia me resulta muy importante. Cuando recibí la demanda, me dió mucha rabia y me asusté también, poniéndome a la defensiva. Pero en el camino hacia aquí, mi hijo me recordó que los niños tienen recuerdos cariñosos de sus abuelos. Estoy segura de que el señor y la señora Martínez los quieren mucho también, pero nadie es mejor para ellos que su madre —añadió con énfasis.
—¿Es eso todo lo que tiene que decir?
—No, Señoría —dijo, alargándole a la juez el sobre sellado—. Mi esposo nunca abandonaría a un niño, y mucho menos a uno propio. Y apoya con su cariño y su solidez a los trillizos. Estos resultados del laboratorio llegaron a casa justo antes de que saliésemos de casa. Demostrarán su inocencia.
—¿Paula? —preguntó él—. ¿Estás segura?
—Sin ninguna duda —dijo ella, mirándolo a los ojos y apretando con la suya la mano que él le apoyaba en el hombro.
Pedro no lo podía creer. Ella le había entregado lo que podía resultar un elemento decisivo en el juicio por la custodia de sus hijos sin siquiera asegurarse de que él decía la verdad. A menos que tuviese completa fe en él, Quentin sabía que no lo habría hecho. Le demostraba arriesgando el bienestar de sus hijos que confiaba en él sin ninguna duda. El amor que sentía por ella nunca había sido tan grande como en ese momento. Contuvo la respiración mientras la juez leía los resultados. Lo miró a él y luego a los Martínez.
—Esto confirma sin lugar a dudas que Pedro Alfonso no puede ser el padre de esos mellizos —dijo la juez, entrelazando los dedos y apoyando las manos sobre la mesa—. Con demasiada frecuencia veo a niños que nadie quiere. Los trillizos son afortunados de tener tanta gente que los quiera —dijo el juez, mirando a ambas parejas—. Pero todavía no hemos oído a los niños.
—Son poco más que unos bebés —se asombró Beatríz Martínez—. ¿Cómo pueden saber lo que quieren?
—Mi experiencia me dice que no se puede engañar a los niños. Quiero ver cómo se sienten ellos. Hágalos entrar, por favor —le dijo a Pedro.
—Entren, por favor —dijo este—. Solo los niños —aclaró.
Benjamín, que se hallaba en el otro extremo de la antesala, se dió la vuelta al oír su voz. Pedro se preparó para el impacto.
—Hola, señor Alf. Hace mucho rato que estamos aquí.
—Sí, campeón, pero creo que ya hemos terminado. Hay alguien que os quiere ver a todos —le dijo.
Dejó a Benja en el suelo y se inclinó para guiar a las niñas a que entraran en la sala del juez. Melina e Isabella lo hicieron tímidamente y miraron a sus abuelos. Benja se había subido al regazo de Paula y le rodeaba el cuello con los brazos.
—Quiero irme a casa, mami. Contigo y el señor Alf.
—Se parece tanto a Francisco —susurró Beatríz.
—No es nuestro hijo, Bea —dijo Gerardo—. Francisco se ha ido y no está bien intentar recuperarlo a través de nuestros nietos.
Pedro miró a Beatríz Martínez que pareció encogerse frente a sus ojos.
—Tienes razón. Oh, Paula, no puedo proseguir con esto —dijo, negando con la cabeza—. Los quiero demasiado como para separarlos de su madre.
—No necesita hacerlo —dijo Paula, tomándola de la mano—. Pueden verlos cuando quieran. Yo no intentaría separarlos de ustedes. Y creo con todo mi corazón que los necesitan a ustedes también, para ayudarlos a recordar las cosas buenas de su padre.
—Él tenía sus fallos. Nosotros no los corregimos y luego tú pagaste por ellos, Paula. Supongo que lo que queríamos era una posibilidad de corregirlos a través de sus hijos. Lo siento.
—Olvídelo. Nadie es perfecto. Pero somos una familia. Y es importante que todos les enseñemos y les mostremos sus raíces.
—Bien, supongo que no me necesitan más —dijo la juez—. Ojalá todos mis casos fuesen tan sencillos como este —añadió con una sonrisa—. Pueden usar la sala todo lo que quieran.
—Gracias, Señoría —dijo Pedro.
—Paula, lamento haberte hecho pasar por esto —dijo Gerardo, revolviéndole el pelo con la mano a Benja, que se había acercado a él para pedirle que lo volviese a llevar a pescar—. A usted también, señor Alfonso.
—Por favor, llámeme Pedro.
—Te lo agradezco, hijo. Queremos participar de la vida de nuestros nietos. Lo único que pedimos es verlos a menudo.
—Nos gustaría que lo hiciesen —intervino Paula—. Tendrían que verlos disfrazados para la fiesta de Halloween.
—Tengo una idea —dijo Pedro—. Mañana por la noche damos una fiesta en la casa. ¿Por qué no pasan el fin de semana con nosotros y así los pueden ver?
—Gracias. Es muy generoso de tu parte —dijo Gerardo, estrechándole la mano—. Nos causará mucha ilusión, ¿Verdad Bea?
—Sin duda —dijo su esposa.
Duda. Pedro pensó en esa palabra mientras miraba a Paula abrazar a la abuela de sus hijos. Deseaba estar con su esposa a solas. Tenían varias cosas importantes que hablar, como romper en trozos su acuerdo prematrimonial. Como convertir su fusión en matrimonio.
—Laura no es una extraña. Conozco a la directora de la guardería personalmente —dijo Paula, intentando defenderse.
—Ya tendrá su oportunidad de hablar, señora Alfonso—intervino la juez con calma, volviendo su atención a los Martínez—. Ahora se ha vuelto a casar con Pedro Alfonso, así que supongo que el dinero ya no es un problema. Y tampoco lo es trabajar. Actualmente hay muchas madres que dividen su tiempo entre sus hijos y su profesión.
—Ya que lo menciona —dijo la señora Martínez—, Gerardo y yo creemos que se ha casado solamente para evitar que lográsemos la custodia de los niños. Según lo que dicen los periódicos, se sospecha que él es el padre de los mellizos abandonados en Storkville. Un hombre como él, capaz de abandonar a su propia sangre, no tendría que tener influencia sobre nuestros hijos.
Pedro, que tenía una mano sobre el hombro de Paula, sintió cómo ella se ponía tensa de rabia. Luego ella se inclinó para sacar algo de su bolso. Era el sobre del laboratorio. Estaba seguro de que contenía el resultado de los análisis. ¿Qué pensaba hacer con él?
—Señoría, ¿Me permite hablar? —dijo Paula.
—Sí.
—Para empezar —comenzó, lanzándoles una mirada a sus antiguos suegros—, es verdad que Pedro y yo nos casamos apresuradamente. Pero, como él dijo una vez tan elocuentemente, cuando todo está bien, ¿Para qué esperar? Yo lo quiero mucho.
Pedro se dió cuenta de que ella se lo decía a él, y el alivio lo invadió. No podía creer en su suerte. ¡Ella lo amaba! Se le hinchó el pecho de la esperanza de que a pesar de todo lo que tenían en su contra, quizás tuviesen una oportunidad de lograr la felicidad.
—¿Qué más, señora Alfonso?
—Quiero a mis hijos con todo mi corazón, así que para mí, su custodia me resulta muy importante. Cuando recibí la demanda, me dió mucha rabia y me asusté también, poniéndome a la defensiva. Pero en el camino hacia aquí, mi hijo me recordó que los niños tienen recuerdos cariñosos de sus abuelos. Estoy segura de que el señor y la señora Martínez los quieren mucho también, pero nadie es mejor para ellos que su madre —añadió con énfasis.
—¿Es eso todo lo que tiene que decir?
—No, Señoría —dijo, alargándole a la juez el sobre sellado—. Mi esposo nunca abandonaría a un niño, y mucho menos a uno propio. Y apoya con su cariño y su solidez a los trillizos. Estos resultados del laboratorio llegaron a casa justo antes de que saliésemos de casa. Demostrarán su inocencia.
—¿Paula? —preguntó él—. ¿Estás segura?
—Sin ninguna duda —dijo ella, mirándolo a los ojos y apretando con la suya la mano que él le apoyaba en el hombro.
Pedro no lo podía creer. Ella le había entregado lo que podía resultar un elemento decisivo en el juicio por la custodia de sus hijos sin siquiera asegurarse de que él decía la verdad. A menos que tuviese completa fe en él, Quentin sabía que no lo habría hecho. Le demostraba arriesgando el bienestar de sus hijos que confiaba en él sin ninguna duda. El amor que sentía por ella nunca había sido tan grande como en ese momento. Contuvo la respiración mientras la juez leía los resultados. Lo miró a él y luego a los Martínez.
—Esto confirma sin lugar a dudas que Pedro Alfonso no puede ser el padre de esos mellizos —dijo la juez, entrelazando los dedos y apoyando las manos sobre la mesa—. Con demasiada frecuencia veo a niños que nadie quiere. Los trillizos son afortunados de tener tanta gente que los quiera —dijo el juez, mirando a ambas parejas—. Pero todavía no hemos oído a los niños.
—Son poco más que unos bebés —se asombró Beatríz Martínez—. ¿Cómo pueden saber lo que quieren?
—Mi experiencia me dice que no se puede engañar a los niños. Quiero ver cómo se sienten ellos. Hágalos entrar, por favor —le dijo a Pedro.
—Entren, por favor —dijo este—. Solo los niños —aclaró.
Benjamín, que se hallaba en el otro extremo de la antesala, se dió la vuelta al oír su voz. Pedro se preparó para el impacto.
—Hola, señor Alf. Hace mucho rato que estamos aquí.
—Sí, campeón, pero creo que ya hemos terminado. Hay alguien que os quiere ver a todos —le dijo.
Dejó a Benja en el suelo y se inclinó para guiar a las niñas a que entraran en la sala del juez. Melina e Isabella lo hicieron tímidamente y miraron a sus abuelos. Benja se había subido al regazo de Paula y le rodeaba el cuello con los brazos.
—Quiero irme a casa, mami. Contigo y el señor Alf.
—Se parece tanto a Francisco —susurró Beatríz.
—No es nuestro hijo, Bea —dijo Gerardo—. Francisco se ha ido y no está bien intentar recuperarlo a través de nuestros nietos.
Pedro miró a Beatríz Martínez que pareció encogerse frente a sus ojos.
—Tienes razón. Oh, Paula, no puedo proseguir con esto —dijo, negando con la cabeza—. Los quiero demasiado como para separarlos de su madre.
—No necesita hacerlo —dijo Paula, tomándola de la mano—. Pueden verlos cuando quieran. Yo no intentaría separarlos de ustedes. Y creo con todo mi corazón que los necesitan a ustedes también, para ayudarlos a recordar las cosas buenas de su padre.
—Él tenía sus fallos. Nosotros no los corregimos y luego tú pagaste por ellos, Paula. Supongo que lo que queríamos era una posibilidad de corregirlos a través de sus hijos. Lo siento.
—Olvídelo. Nadie es perfecto. Pero somos una familia. Y es importante que todos les enseñemos y les mostremos sus raíces.
—Bien, supongo que no me necesitan más —dijo la juez—. Ojalá todos mis casos fuesen tan sencillos como este —añadió con una sonrisa—. Pueden usar la sala todo lo que quieran.
—Gracias, Señoría —dijo Pedro.
—Paula, lamento haberte hecho pasar por esto —dijo Gerardo, revolviéndole el pelo con la mano a Benja, que se había acercado a él para pedirle que lo volviese a llevar a pescar—. A usted también, señor Alfonso.
—Por favor, llámeme Pedro.
—Te lo agradezco, hijo. Queremos participar de la vida de nuestros nietos. Lo único que pedimos es verlos a menudo.
—Nos gustaría que lo hiciesen —intervino Paula—. Tendrían que verlos disfrazados para la fiesta de Halloween.
—Tengo una idea —dijo Pedro—. Mañana por la noche damos una fiesta en la casa. ¿Por qué no pasan el fin de semana con nosotros y así los pueden ver?
—Gracias. Es muy generoso de tu parte —dijo Gerardo, estrechándole la mano—. Nos causará mucha ilusión, ¿Verdad Bea?
—Sin duda —dijo su esposa.
Duda. Pedro pensó en esa palabra mientras miraba a Paula abrazar a la abuela de sus hijos. Deseaba estar con su esposa a solas. Tenían varias cosas importantes que hablar, como romper en trozos su acuerdo prematrimonial. Como convertir su fusión en matrimonio.
Protegerte: Capítulo 36
—Listo Benja. Vete abajo con las niñas —dijo Pedro, y el niño salió corriendo.
Varias horas más tarde, Pedro se hallaba con Paula preparando a los niños para el juicio. Lo miró, una roca, apoyándola aunque hubiese tensión entre los dos. ¿Cómo se le había ocurrido aunque fuese por un instante que él había hecho lo que insinuaban las historias de los periódicos? Y, más importante todavía, ¿cómo habría logrado arreglárselas sin él antes? Un hombre corriente le hubiese retirado el saludo después de su comportamiento, pero Pedro le había demostrado que estaba por encima de la media, hasta besando. ¿Podría contar con él para que la apoyase una última vez frente al juez?
—Tenemos que lograr que los niños estén allí sin una mancha —dijo, sintiendo que la invadía el pánico—. ¿Y si llegamos tarde? ¿Y si Benja parece que ha sido criado por lobos? ¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué quieres decir? —la miró a los ojos—. ¿Que no quieres que te acompañe?
—Creo que no podría sobrellevar esto sin tu apoyo —le dijo, poniendo su corazón en cada palabra. Sabía que la confianza era la mejor forma de demostrarle que no tenía dudas. A ella no le iban las cosas exageradas y no sonaría convincente— . Y tú, ¿Quieres venir?
Quizás él había cambiado de opinión. ¿Su indecisión se habría cobrado su apoyo además de su amor? Se le hizo un nudo en el estómago mientras contenía la respiración.
—No me lo perdería por nada del mundo —dijo él con sencillez. Señaló la chaqueta de Benja—. No te preocupes, apenas si se nota la mancha.
—Eso quiere decir que se nota. El juez pensará que soy una madre horrible, dejando que mi hijo vaya manchado.
Pedro la agarró de los hombros y la miró a los ojos.
—Eso quiere decir que Benja es un niño normal y que tú dejas que lo sea. Pero, al ver la ansiedad en sus ojos, sonrió levemente. —Pero si ello te hace sentir mejor —añadió— en el lavadero hay un quitamanchas fantástico. Lo sé por experiencia —le dió un apretón para tranquilizarla—. Yo iré metiendo a los niños en el coche mientras tú le quitas la mancha a la chaqueta.
—De acuerdo.
Cuando se marchó, echó en falta su presencia tranquilizadora. En cuanto acabase el tema de la custodia, a su favor, esperaba, encontraría la forma de convencerlo de que lo amaba. Cuando volvió del lavadero, después de quitarle la mancha a la chaquetita, una de las empleadas de la casa la detuvo.
—¿Señora Alfonso? —dijo, con un sobre en la mano—. Ha llegado este sobre por mensajero para el señor. ¿Se lo puede dar?
—Por supuesto, Silvia —dijo, mirando distraída el remitente. Los resultados de la prueba de ADN.
El corazón le dió un vuelco. Comenzó a abrir la carta, aunque estaba segura de que dirían que Pedro no era el padre de los mellizos. Luego tuvo una idea. Su suerte ya estaba cambiando para mejor. Ya tenía la forma de demostrar su inquebrantable fe en él. Tomó la carta sin abrir y la guardó en su bolso. Cuando subió al coche, miró a los trillizos como si fuese la última vez.
—¿Veremos a la Grandma Bea y G.G.? —preguntó Bneja.
—¿Quién es G.G.? —preguntó Pedro.
—Grandpa George. —Una vez fui a pescar con G.G. —dijo Benja.
—Eras tan pequeño, que me sorprende que lo recuerdes —dijo Paula.
Con el tema de la custodia, se había olvidado de lo bueno que tenían los Martínez, de todo lo que habían hecho por los trillizos.
Pedro la miró desde su sitio frente al volante del lujoso coche.
—¿Ha salido bien? —preguntó, lanzándole una mirada a la chaqueta que ella llevaba en el regazo.
Ella tragó el nudo que tenía en la garganta.
—Perfecto. Pero mejor me la quedo yo hasta que lleguemos. No quiero correr ningún riesgo.
—Todo saldrá bien —dijo él, alargando la mano para darle un apretón.
—Lo sé —respondió ella, devolviéndole la presión.
Intentaba decirle con ese gesto que le confiaba todo: sus hijos y su corazón. Se hallaban con los Martínez y la juez Susana Warner, que parecía demasiado joven para tomar una decisión tan salomónica. Pedro no sabía si el hecho de que fuese mujer era positivo o no. Los niños y los abogados esperaban fuera.
—Esta es una sesión informal para evitar un juicio dentro de lo posible. Necesito saber por qué quieren la custodia de estos niños —le preguntó a los Martínez.
—Mi esposo y yo creemos que seríamos más adecuados para criar nuestros nietos —dijo Beatríz Martínez, después de lanzarle una rápida mirada al hombre mayor a su lado.
Pedro vió una profunda tristeza en los ojos de los dos.
—¿Y por qué piensa que los niños estarían mejor con ustedes? —preguntó la juez.
Varias horas más tarde, Pedro se hallaba con Paula preparando a los niños para el juicio. Lo miró, una roca, apoyándola aunque hubiese tensión entre los dos. ¿Cómo se le había ocurrido aunque fuese por un instante que él había hecho lo que insinuaban las historias de los periódicos? Y, más importante todavía, ¿cómo habría logrado arreglárselas sin él antes? Un hombre corriente le hubiese retirado el saludo después de su comportamiento, pero Pedro le había demostrado que estaba por encima de la media, hasta besando. ¿Podría contar con él para que la apoyase una última vez frente al juez?
—Tenemos que lograr que los niños estén allí sin una mancha —dijo, sintiendo que la invadía el pánico—. ¿Y si llegamos tarde? ¿Y si Benja parece que ha sido criado por lobos? ¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué quieres decir? —la miró a los ojos—. ¿Que no quieres que te acompañe?
—Creo que no podría sobrellevar esto sin tu apoyo —le dijo, poniendo su corazón en cada palabra. Sabía que la confianza era la mejor forma de demostrarle que no tenía dudas. A ella no le iban las cosas exageradas y no sonaría convincente— . Y tú, ¿Quieres venir?
Quizás él había cambiado de opinión. ¿Su indecisión se habría cobrado su apoyo además de su amor? Se le hizo un nudo en el estómago mientras contenía la respiración.
—No me lo perdería por nada del mundo —dijo él con sencillez. Señaló la chaqueta de Benja—. No te preocupes, apenas si se nota la mancha.
—Eso quiere decir que se nota. El juez pensará que soy una madre horrible, dejando que mi hijo vaya manchado.
Pedro la agarró de los hombros y la miró a los ojos.
—Eso quiere decir que Benja es un niño normal y que tú dejas que lo sea. Pero, al ver la ansiedad en sus ojos, sonrió levemente. —Pero si ello te hace sentir mejor —añadió— en el lavadero hay un quitamanchas fantástico. Lo sé por experiencia —le dió un apretón para tranquilizarla—. Yo iré metiendo a los niños en el coche mientras tú le quitas la mancha a la chaqueta.
—De acuerdo.
Cuando se marchó, echó en falta su presencia tranquilizadora. En cuanto acabase el tema de la custodia, a su favor, esperaba, encontraría la forma de convencerlo de que lo amaba. Cuando volvió del lavadero, después de quitarle la mancha a la chaquetita, una de las empleadas de la casa la detuvo.
—¿Señora Alfonso? —dijo, con un sobre en la mano—. Ha llegado este sobre por mensajero para el señor. ¿Se lo puede dar?
—Por supuesto, Silvia —dijo, mirando distraída el remitente. Los resultados de la prueba de ADN.
El corazón le dió un vuelco. Comenzó a abrir la carta, aunque estaba segura de que dirían que Pedro no era el padre de los mellizos. Luego tuvo una idea. Su suerte ya estaba cambiando para mejor. Ya tenía la forma de demostrar su inquebrantable fe en él. Tomó la carta sin abrir y la guardó en su bolso. Cuando subió al coche, miró a los trillizos como si fuese la última vez.
—¿Veremos a la Grandma Bea y G.G.? —preguntó Bneja.
—¿Quién es G.G.? —preguntó Pedro.
—Grandpa George. —Una vez fui a pescar con G.G. —dijo Benja.
—Eras tan pequeño, que me sorprende que lo recuerdes —dijo Paula.
Con el tema de la custodia, se había olvidado de lo bueno que tenían los Martínez, de todo lo que habían hecho por los trillizos.
Pedro la miró desde su sitio frente al volante del lujoso coche.
—¿Ha salido bien? —preguntó, lanzándole una mirada a la chaqueta que ella llevaba en el regazo.
Ella tragó el nudo que tenía en la garganta.
—Perfecto. Pero mejor me la quedo yo hasta que lleguemos. No quiero correr ningún riesgo.
—Todo saldrá bien —dijo él, alargando la mano para darle un apretón.
—Lo sé —respondió ella, devolviéndole la presión.
Intentaba decirle con ese gesto que le confiaba todo: sus hijos y su corazón. Se hallaban con los Martínez y la juez Susana Warner, que parecía demasiado joven para tomar una decisión tan salomónica. Pedro no sabía si el hecho de que fuese mujer era positivo o no. Los niños y los abogados esperaban fuera.
—Esta es una sesión informal para evitar un juicio dentro de lo posible. Necesito saber por qué quieren la custodia de estos niños —le preguntó a los Martínez.
—Mi esposo y yo creemos que seríamos más adecuados para criar nuestros nietos —dijo Beatríz Martínez, después de lanzarle una rápida mirada al hombre mayor a su lado.
Pedro vió una profunda tristeza en los ojos de los dos.
—¿Y por qué piensa que los niños estarían mejor con ustedes? —preguntó la juez.
Protegerte: Capítulo 35
—No me sorprende que desconfiara de las mujeres. Él y yo tenemos más en común de lo que pensaba.
—Es una pena que los demás influyan tanto en nuestras vidas. La confianza de Pepe recibió un buen vapuleo cuando era niño.
—¿Cómo es posible que Pepe no sepa que es tan guapo? Créeme, lo es, y no importa que lleve ropa de marca o harapos. Además, la belleza no es lo que importa. Es también encantador y divertido y dulce y cariñoso. Y… ¿qué? —preguntó, cuando la otra mujer sonrió.
—Estás enamorada de él —afirmó Ana—. A pesar de todas las porquerías que pone el periódico—. Y él te quiere también.
Ella estaba segura de su amor, pero lo que le llamó la atención fue lo del amor de Pedro.
—¿Cómo lo sabes?
—Por más que diga que se casó contigo para proteger su imagen, lo conozco, y sé que está enamorado de tí.
Antes de que Paula pudiese preguntarle cómo lo sabía, el hombre en cuestión entró al saloncito por la puerta de conexión.
—¿Qué pasa? —preguntó, lanzándoles una mirada de curiosidad al verles la expresión del rostro—. No pretendía interrumpiros, pero necesito hablar con Paula sobre la audiencia de esta tarde por la custodia de los niños. Ha habido cambios.
—¿Cuáles? —preguntó Paula, con una opresión en el pecho.
—Los dejo solos, entonces —dijo Ana, poniéndose de pie. Le dió un apretón en la mano a Paula—. Cualquier cosa que necesites, dímelo.
—He recibido una llamada de los abogados —dijo Pedro, una vez que su madre se hubo ido, sin acercarse.
A pesar de desear que él la abrazase y la apoyase como antes, no lo culpaba por no acercarse. En vez de defenderlo, ella había estado indecisa, dejando qué creyese que ella creía en lo que se sospechaba de él. Ella le había dicho que los actos eran más importantes que las palabras. Desgraciadamente, sus actos ya habían hablado por ella, y ahora no había palabras para paliar el daño.
—¿Qué te han dicho?
—El juez designado al caso quiere hablar con las dos partes esta tarde.
—¿Es eso bueno o malo? —preguntó ella.
—No sé qué decirte —reconoció él—. Puede que sea bueno, pero quién sabe.
—¿Qué puede pasar?
—Si su abogado es bueno, sacará a relucir las sospechas sobre mí. Mencionará la prensa de hoy y dirá que os estoy usando a tí y a los mellizos para limpiar mi imagen pública. Al igual que la reportera del Sentinel, un buen abogado puede escarbar en mi vida y llegar a la conclusión de que te casaste conmigo para no perder a los trillizos.
—Pero ahora…
—Quizás no debería ir yo —dijo Pedro—. Podrías perder a los niños por mi culpa. Piénsalo, Pau, si ni siquiera tú puedes decir que no crees en lo que se dice de mí.
—No creo en lo que se dice de tí.
—De acuerdo —dijo él, dirigiéndole una mirada escéptica.
¿Cómo iba a convencerlo de que decía la verdad? Porque sabía perfectamente, antes de hablar con su madre, que él era incapaz de darle la espalda a un niño, especialmente suyo.
—Si quieres que vaya, dímelo —dijo Pedro—. Piénsalo bien. Lo comprenderé, digas lo que digas.
Antes de que pudiese decirle que no tenía nada que pensar, se había ido. Llena de horror, Dana se dio cuenta de que si los Martínez conseguían la custodia de los niños, perdería todo lo que tenía, ya que no había forma de demostrarle a Pedro que creía en él y lo amaba de veras.
—Es una pena que los demás influyan tanto en nuestras vidas. La confianza de Pepe recibió un buen vapuleo cuando era niño.
—¿Cómo es posible que Pepe no sepa que es tan guapo? Créeme, lo es, y no importa que lleve ropa de marca o harapos. Además, la belleza no es lo que importa. Es también encantador y divertido y dulce y cariñoso. Y… ¿qué? —preguntó, cuando la otra mujer sonrió.
—Estás enamorada de él —afirmó Ana—. A pesar de todas las porquerías que pone el periódico—. Y él te quiere también.
Ella estaba segura de su amor, pero lo que le llamó la atención fue lo del amor de Pedro.
—¿Cómo lo sabes?
—Por más que diga que se casó contigo para proteger su imagen, lo conozco, y sé que está enamorado de tí.
Antes de que Paula pudiese preguntarle cómo lo sabía, el hombre en cuestión entró al saloncito por la puerta de conexión.
—¿Qué pasa? —preguntó, lanzándoles una mirada de curiosidad al verles la expresión del rostro—. No pretendía interrumpiros, pero necesito hablar con Paula sobre la audiencia de esta tarde por la custodia de los niños. Ha habido cambios.
—¿Cuáles? —preguntó Paula, con una opresión en el pecho.
—Los dejo solos, entonces —dijo Ana, poniéndose de pie. Le dió un apretón en la mano a Paula—. Cualquier cosa que necesites, dímelo.
—He recibido una llamada de los abogados —dijo Pedro, una vez que su madre se hubo ido, sin acercarse.
A pesar de desear que él la abrazase y la apoyase como antes, no lo culpaba por no acercarse. En vez de defenderlo, ella había estado indecisa, dejando qué creyese que ella creía en lo que se sospechaba de él. Ella le había dicho que los actos eran más importantes que las palabras. Desgraciadamente, sus actos ya habían hablado por ella, y ahora no había palabras para paliar el daño.
—¿Qué te han dicho?
—El juez designado al caso quiere hablar con las dos partes esta tarde.
—¿Es eso bueno o malo? —preguntó ella.
—No sé qué decirte —reconoció él—. Puede que sea bueno, pero quién sabe.
—¿Qué puede pasar?
—Si su abogado es bueno, sacará a relucir las sospechas sobre mí. Mencionará la prensa de hoy y dirá que os estoy usando a tí y a los mellizos para limpiar mi imagen pública. Al igual que la reportera del Sentinel, un buen abogado puede escarbar en mi vida y llegar a la conclusión de que te casaste conmigo para no perder a los trillizos.
—Pero ahora…
—Quizás no debería ir yo —dijo Pedro—. Podrías perder a los niños por mi culpa. Piénsalo, Pau, si ni siquiera tú puedes decir que no crees en lo que se dice de mí.
—No creo en lo que se dice de tí.
—De acuerdo —dijo él, dirigiéndole una mirada escéptica.
¿Cómo iba a convencerlo de que decía la verdad? Porque sabía perfectamente, antes de hablar con su madre, que él era incapaz de darle la espalda a un niño, especialmente suyo.
—Si quieres que vaya, dímelo —dijo Pedro—. Piénsalo bien. Lo comprenderé, digas lo que digas.
Antes de que pudiese decirle que no tenía nada que pensar, se había ido. Llena de horror, Dana se dio cuenta de que si los Martínez conseguían la custodia de los niños, perdería todo lo que tenía, ya que no había forma de demostrarle a Pedro que creía en él y lo amaba de veras.
Protegerte: Capítulo 34
La mañana siguiente a la fiesta de la guardería, Paula estaba sentada en el sofá de su saloncito, con ganas de estrangular a la reportera del Storkville Sentinel.
—Adelante —dijo, cuando llamaron a la puerta.
—Hola —dijo Ana, al entrar.
—Hola —respondió, disimulando su sorpresa.
Era la primera vez desde que se casaron hacía tres semanas, que la madre de Pedro acudía a sus habitaciones. Siempre habían respetado su vida privada, como si viviesen en una casa diferente. Sabía que, después de que la historia saltase a la prensa, Pedro les había explicado a sus padres las circunstancias de su boda. Pero ella no había detectado ningún cambio en la actitud cariñosa que le habían demostrado desde el principio.
—Siéntate —invitó a Ana, señalándole un sitio a su lado.
—Gracias —dijo Ana, uniendo las manos en la falda—. ¿Puedo hacerte una pregunta sobre Pepe y tú?
Miró a su suegra. La cariñosa expresión de su rostro suavizaba la pregunta.
—¿Qué quieres saber?
—¿Por qué te casaste con él? Quiero saber la verdad. ¿Qué tiene mi hijo que te convenció para volver a hacer votos, que estoy segura de que te has tomado en serio? —preguntó, y no había crítica ni sospecha en su expresión. Parecía meramente curiosa y preocupada por su hijo, como cualquier madre.
—Porque fue amable con un niño que le manchó los pantalones.
—¿Algo más?
—Logró sacar tiempo para asistir a una fiesta de Halloween en la guardería a pesar de que sabía que la prensa haría su agosto con ello —dijo con rabia, arrojando el periódico sobre la mesa—. «EL LOBO CON PIEL DE CORDERO SE ESCONDE TRAS LAS FALDAS DE SU MUJER» —se burló—. Se creen que sus titulares son tan ingeniosos, me pone de los nervios.
—A mí también.
—Me dieron ganas de mostrarles el pergamino que le hicieron los niños, pero él no me dejó, porque sabe que cualquier cosa que digamos, ya se ocuparán ellos de tergiversarla.
—No es necesario que me lo digas. Me gustaría arrancarle a Brenda Kyle el corazón.
Les dió la risa.
—Nunca subestimes la furia de una madre —dijo Paula —. Si no fuese por el sonajero y su donación… Después de todo, es la verdad.
—¿Tienes dudas? —preguntó Ana bruscamente.
—No —dijo Paula, mirándola a los ojos—. No sé —dijo, haciendo un gesto de frustración con las manos—. ¿Y el sonajero?
—No estaba bajo llave. Cualquiera se lo podría haber llevado. Además, eso no quiere decir nada.
—Lleva grabado el escudo de los Alfonso —dijo Paula.
—Pero Pepe no es un Alfonso —añadió Ana.
—Pero usa ese apellido —dijo Paula, aturdida.
—Legalmente, es suyo. Horacio lo adoptó cuando me casé con él.
—Nunca se me ocurrió. Pensaba que Horacio era su padre. Lo llama papá.
—Lo es, en lo que importa —dijo Ana—. Pero el sonajero no es suyo. Aunque fuese el padre de los mellizos no les habría dado como recuerdo algo que no le pertenece. Y en cuanto a la donación —añadió, los ojos velados por el dolor—, él sabe lo que es tener una madre que trabaja. Antes de que me casara con Horacio, Pepe era un niño solo que tenía que quedarse en casa esperando que yo llegase de mi trabajo. Sabe perfectamente lo necesario que resultaba la guardería y su deseo de ayudar a Laura era genuino.
—Es típico de Pepe no buscar el reconocimiento de nadie —dijo Paula, mareada ante la nueva información—. ¿Cómo se conocieron Horacio y tú?
—Parece de novela —dijo Ana, con expresión soñadora—. Yo era la secretaria y él el jefe.
—Qué romántico.
—No te creas. Yo tenía un hijo y era pobre. Su familia pensaba que lo que yo quería era su dinero.
—Te comprendo —dijo Paula—. Por eso Pepe hablaba de las caza fortunas.
—No, habla por su propia experiencia. Cuando me casé con Horacio, él tenía trece años y fue muy duro para él ver que las chicas que se burlaban de él porque no llevaba ropa de marca y esas cosas, comenzaron a prestarle atención al día siguiente de mi boda.
—Qué brujas. Así aprendió que a las mujeres lo único que les interesa es el dinero y lo que este puede comprar.
—Siempre ha intentado evitar que yo sufriese, así que supongo que no ha dicho nada del sonajero a la prensa para protegernos a Horacio y a mí, su familia.
—Todo lo ha hecho por proteger a su familia.
—Así es como se comportan las verdaderas familias, uniéndose ante una agresión externa.
Así era exactamente como él los trataba a ella y a los niños. Una familia desde el principio. Algo que ella no había sentido nunca con Francisco, en todo el tiempo que estuvieron juntos.
—Adelante —dijo, cuando llamaron a la puerta.
—Hola —dijo Ana, al entrar.
—Hola —respondió, disimulando su sorpresa.
Era la primera vez desde que se casaron hacía tres semanas, que la madre de Pedro acudía a sus habitaciones. Siempre habían respetado su vida privada, como si viviesen en una casa diferente. Sabía que, después de que la historia saltase a la prensa, Pedro les había explicado a sus padres las circunstancias de su boda. Pero ella no había detectado ningún cambio en la actitud cariñosa que le habían demostrado desde el principio.
—Siéntate —invitó a Ana, señalándole un sitio a su lado.
—Gracias —dijo Ana, uniendo las manos en la falda—. ¿Puedo hacerte una pregunta sobre Pepe y tú?
Miró a su suegra. La cariñosa expresión de su rostro suavizaba la pregunta.
—¿Qué quieres saber?
—¿Por qué te casaste con él? Quiero saber la verdad. ¿Qué tiene mi hijo que te convenció para volver a hacer votos, que estoy segura de que te has tomado en serio? —preguntó, y no había crítica ni sospecha en su expresión. Parecía meramente curiosa y preocupada por su hijo, como cualquier madre.
—Porque fue amable con un niño que le manchó los pantalones.
—¿Algo más?
—Logró sacar tiempo para asistir a una fiesta de Halloween en la guardería a pesar de que sabía que la prensa haría su agosto con ello —dijo con rabia, arrojando el periódico sobre la mesa—. «EL LOBO CON PIEL DE CORDERO SE ESCONDE TRAS LAS FALDAS DE SU MUJER» —se burló—. Se creen que sus titulares son tan ingeniosos, me pone de los nervios.
—A mí también.
—Me dieron ganas de mostrarles el pergamino que le hicieron los niños, pero él no me dejó, porque sabe que cualquier cosa que digamos, ya se ocuparán ellos de tergiversarla.
—No es necesario que me lo digas. Me gustaría arrancarle a Brenda Kyle el corazón.
Les dió la risa.
—Nunca subestimes la furia de una madre —dijo Paula —. Si no fuese por el sonajero y su donación… Después de todo, es la verdad.
—¿Tienes dudas? —preguntó Ana bruscamente.
—No —dijo Paula, mirándola a los ojos—. No sé —dijo, haciendo un gesto de frustración con las manos—. ¿Y el sonajero?
—No estaba bajo llave. Cualquiera se lo podría haber llevado. Además, eso no quiere decir nada.
—Lleva grabado el escudo de los Alfonso —dijo Paula.
—Pero Pepe no es un Alfonso —añadió Ana.
—Pero usa ese apellido —dijo Paula, aturdida.
—Legalmente, es suyo. Horacio lo adoptó cuando me casé con él.
—Nunca se me ocurrió. Pensaba que Horacio era su padre. Lo llama papá.
—Lo es, en lo que importa —dijo Ana—. Pero el sonajero no es suyo. Aunque fuese el padre de los mellizos no les habría dado como recuerdo algo que no le pertenece. Y en cuanto a la donación —añadió, los ojos velados por el dolor—, él sabe lo que es tener una madre que trabaja. Antes de que me casara con Horacio, Pepe era un niño solo que tenía que quedarse en casa esperando que yo llegase de mi trabajo. Sabe perfectamente lo necesario que resultaba la guardería y su deseo de ayudar a Laura era genuino.
—Es típico de Pepe no buscar el reconocimiento de nadie —dijo Paula, mareada ante la nueva información—. ¿Cómo se conocieron Horacio y tú?
—Parece de novela —dijo Ana, con expresión soñadora—. Yo era la secretaria y él el jefe.
—Qué romántico.
—No te creas. Yo tenía un hijo y era pobre. Su familia pensaba que lo que yo quería era su dinero.
—Te comprendo —dijo Paula—. Por eso Pepe hablaba de las caza fortunas.
—No, habla por su propia experiencia. Cuando me casé con Horacio, él tenía trece años y fue muy duro para él ver que las chicas que se burlaban de él porque no llevaba ropa de marca y esas cosas, comenzaron a prestarle atención al día siguiente de mi boda.
—Qué brujas. Así aprendió que a las mujeres lo único que les interesa es el dinero y lo que este puede comprar.
—Siempre ha intentado evitar que yo sufriese, así que supongo que no ha dicho nada del sonajero a la prensa para protegernos a Horacio y a mí, su familia.
—Todo lo ha hecho por proteger a su familia.
—Así es como se comportan las verdaderas familias, uniéndose ante una agresión externa.
Así era exactamente como él los trataba a ella y a los niños. Una familia desde el principio. Algo que ella no había sentido nunca con Francisco, en todo el tiempo que estuvieron juntos.
Protegerte: Capítulo 33
—No tengo nada que decir —dijo.
—Bien hecho —dijo Pedro, tomándola del brazo para entrar—. Has hablado como la esposa de un magnate —le susurró al oído.
Por poco tiempo, pensó, y la idea de la vida sin Pedro la hizo sentirse increíblemente triste.
—Me alegro de que hayan podido venir —los recibió Laura en el salón, decorado con brujas, guirnaldas y calabazas—. Las sillas para los padres están allá, Pedro. Tenemos algo especial preparado.
Paula y Pedro encontraron un sitio y se sentaron. Ella no pudo evitar darse cuenta de que la sillita no era adecuada para su sólido metro ochenta y pico de estatura, pero él parecía totalmente ajeno a ello y tan adorable que la emoción le agarrotó la garganta. Melina e Isabella estaban adorables con sus trajes del Mago de Oz, Dorothy y el hada, y había brujas, gitanas y fantasmas. Laura le dió un pergamino atado con una cinta a Benjamín.
—Ya sabes lo que tienes que hacer, Benja.
Benja, vestido con un traje azul con chaleco idéntico al que llevaba Pedro, se acercó a ellos. Se empujó las gafas sin cristales sobre la naríz.
—Para tí —dijo, dándole el pergamino a Pedro—. Gracias de la escuela.
—De nada, campeón —dijo Pedro.
Intrigado, miró a Paula, pero ella no sabía de qué se trataba.
—Léelo —le ordenó Benja.
—Sí, señor —dijo. Le quitó la cinta y lo abrió—: A Pedro Alfonso con aprecio. Gracias a tu donación, tenemos un sitio seguro para jugar y crecer mientras nuestros padres trabajan. Está firmado por todos los niños —dijo, con un nudo en la garganta, mostrándoselo a Paula para que lo pudiese leer.
Mientras los niños cantaban una canción de gracias que Laura les había enseñado, Paula, con lágrimas en los ojos, deseó que los medios de comunicación estuviesen allí. Había llegado el momento de que se enterasen del bien que había hecho, en vez de crucificarlo. Lo miró, sentado a su lado, percibiendo la fuerte mandíbula, y la forma en que él tragó varias veces, lo único que indicaba su emoción. «Es un buen hombre», pensó. Lo amaba. ¿Por qué no se había dado cuenta de ello antes? La infidelidad y la traición habían destruido el amor que ella sentía por su primer marido, pero a pesar de las feas sospechas que rodeaban a Pedro, lo amaba. Esta vez tenía la terrible sospecha de que nada mataría su amor. Si la traicionaba de la misma forma en que lo había hecho Francisco, no lo podría soportar.
—Bien hecho —dijo Pedro, tomándola del brazo para entrar—. Has hablado como la esposa de un magnate —le susurró al oído.
Por poco tiempo, pensó, y la idea de la vida sin Pedro la hizo sentirse increíblemente triste.
—Me alegro de que hayan podido venir —los recibió Laura en el salón, decorado con brujas, guirnaldas y calabazas—. Las sillas para los padres están allá, Pedro. Tenemos algo especial preparado.
Paula y Pedro encontraron un sitio y se sentaron. Ella no pudo evitar darse cuenta de que la sillita no era adecuada para su sólido metro ochenta y pico de estatura, pero él parecía totalmente ajeno a ello y tan adorable que la emoción le agarrotó la garganta. Melina e Isabella estaban adorables con sus trajes del Mago de Oz, Dorothy y el hada, y había brujas, gitanas y fantasmas. Laura le dió un pergamino atado con una cinta a Benjamín.
—Ya sabes lo que tienes que hacer, Benja.
Benja, vestido con un traje azul con chaleco idéntico al que llevaba Pedro, se acercó a ellos. Se empujó las gafas sin cristales sobre la naríz.
—Para tí —dijo, dándole el pergamino a Pedro—. Gracias de la escuela.
—De nada, campeón —dijo Pedro.
Intrigado, miró a Paula, pero ella no sabía de qué se trataba.
—Léelo —le ordenó Benja.
—Sí, señor —dijo. Le quitó la cinta y lo abrió—: A Pedro Alfonso con aprecio. Gracias a tu donación, tenemos un sitio seguro para jugar y crecer mientras nuestros padres trabajan. Está firmado por todos los niños —dijo, con un nudo en la garganta, mostrándoselo a Paula para que lo pudiese leer.
Mientras los niños cantaban una canción de gracias que Laura les había enseñado, Paula, con lágrimas en los ojos, deseó que los medios de comunicación estuviesen allí. Había llegado el momento de que se enterasen del bien que había hecho, en vez de crucificarlo. Lo miró, sentado a su lado, percibiendo la fuerte mandíbula, y la forma en que él tragó varias veces, lo único que indicaba su emoción. «Es un buen hombre», pensó. Lo amaba. ¿Por qué no se había dado cuenta de ello antes? La infidelidad y la traición habían destruido el amor que ella sentía por su primer marido, pero a pesar de las feas sospechas que rodeaban a Pedro, lo amaba. Esta vez tenía la terrible sospecha de que nada mataría su amor. Si la traicionaba de la misma forma en que lo había hecho Francisco, no lo podría soportar.
jueves, 23 de marzo de 2017
Protegerte: Capítulo 32
Benja se debatió indeciso unos momentos.
—Quiero ser el señor Alf —volvió a decir, antes de salir corriendo hacia sus hermanas.
—Si supiese leer, probablemente no se sentiría así.
—Los niños no comprenden, son impresionables —dijo ella.
—Los adultos también —dijo él, a propósito, con los ojos azules relucientes.
—Pedro, no sé…
—No removamos el tema —dijo él, tendiéndole la mano—. No hay nada más que decir. Además, tengo una idea genial para el traje de Benja.
—¿Qué?
—Comprémosle un traje. A menos que ya tenga uno, necesitará uno para la audiencia.
—No tiene —dijo ella, con el estómago tenso nuevamente al recordar la batalla legal con sus suegros.
—Perdona, no pretendía arruinarte el día —dijo Pedro, leyéndole la expresión. La tomó de la mano y apoyó ambas en su sólido muslo—. Estaremos listos. Mis abogados estarán allí. Todo saldrá bien, no te preocupes.
—Lo sé —dijo ella, intentando controlar el escalofrío que le recorrió el cuerpo ante su contacto, tan masculino. Haciendo un esfuerzo, se concentró en el problema que tenían que resolver: el disfraz de Benja—. ¿Y si le compramos un traje y luego cambia de opinión? Parece ser que ha heredado mi indecisión. ¿Y si cuando llegue Halloween…?
—¿Y si cuando llega Halloween resulta que la prueba del ADN indica que yo soy el padre de los mellizos y él se desilusiona? —concluyó él equivocadamente, con los ojos oscurecidos por la rabia.
—No quería decir eso.
—Seguro que sí. No te culpo. Considerando las circunstancias, una fe incondicional es pedir demasiado.
—Pedro, no es justo, yo…
—Mira, lo siento. Supongo que no puedo quitármelo de la mente. Vayamos a lo que importa ahora, el traje de Benja. Mejor será que le compremos el traje y el disfraz de bombero —dijo él, cambiando de tema.
—No me puedo permitir dos trajes.
—Yo sí. No te lo ofrecería si no pudiese.
—Si quieres…
—Por supuesto —dijo él, ayudándola a levantarse de un tirón—. Vamos.
—¿Te importaría ocuparte de Benja solo? —dijo ella, soltando la mano—. Quiero llevar a las niñas a la papelería para que elijan una tarjeta para sus abuelos.
—¿Los Martínez?
—Siempre les mandamos una tarjeta para Navidad y Laura Caldwell dijo algo que me hizo pensar.
—¿Qué?
—Que los niños necesitan a su familia, de ambos lados. No puedo cambiar a su padre. Alguna vez tendrán preguntas que solo Gerardo y Beatríz Martínez pueden responder. No creo que sea una buena idea quemar los puentes.
—Crees lo peor de mí, basándote en evidencias circunstanciales —dijo él, con el ceño fruncido—, pero, sin embargo, estás dispuesta a tender la mano a quienes sin duda intentan quitarte a los niños —era evidente que se sentía traicionado.
—No sé lo que siento —dijo ella con sinceridad—, pero, ¿Qué daño puede hacer una tarjeta navideña?
—Mucho.
—Pedro, es solo una felicitación.
—Y yo soy culpable hasta que demuestre mi inocencia —respondió, dándose la vuelta—. Benja, vamos a buscar tu traje.
Paula se odió por hacerle daño de esa manera, pero no podía mentirle. Ya no estaba segura de lo que sentía, excepto que le habían tomado el pelo una vez y no estaba dispuesta a que le volviese a suceder.
—Pedro, no es necesario que vayas a la fiesta de disfraces —dijo Paula, sentada junto a él en el coche.
La noticia había acaparado la atención de los medios de comunicación de todo el país y la puerta de entrada de la guardería estaba custodiada por equipos de televisión y periodistas, los mismos que los asediaban en la puerta de su casa y el trabajo. Los buitres se habían reunido ahora con la esperanza de verlo en la fiesta de Halloween de los niños.
—Si tienes miedo de que me vean contigo, dilo —dijo él, lanzándole una mirada helada.
—Ya sabes que no es por eso —protestó ella.
—¿De veras? —se rió él amargamente—. Comprendo que quieras mantener las distancias.
—Me preocupas. Te agradezco que me hayas pasado a buscar por la tienda para la fiesta, pero si no vas, los niños lo comprenderán.
—¡Qué va! Lo único que comprenderán es que he roto mi promesa de estar allí hoy. Lo único que me impediría ir es que se produjera un terremoto. No me importa que haya un montón de periodistas que quieran un titular para las noticias de las seis.
—Eres muy bueno —dijo ella, tocándole el hombro.
—¿De veras? —su expresión perdió un poco del frío que tenía hacía unos instantes.
—No lo habría dicho si no lo creyese.
—Vamos, entonces —sonrió él.
Se bajaron del coche y se dirigieron a la guardería, cruzando la calle. La horda de reporteros los rodeó, acercándoles los micrófonos y grabadoras.
—Señor, Alfonso, ¿Qué se sabe de la prueba del ADN?
—¿Es el padre de los mellizos?
—¿Tiene algo que declarar, señor Alfonso?
—No ha cambiado nada desde la última declaración. Eso es todo lo que tengo que decir.
—Señora Alfonso, ¿Es verdad que usted se casó con Pedro para paliar el efecto de que él le diese la espalda a sus propios hijos?
Paula comenzó a temblar por dentro. No se le había ocurrido eso. ¿La estaba usando, junto con los trillizos? Nunca había dicho que la amaba, ni ella lo habría creído si lo hubiera hecho. Al fin y al cabo, ella también lo estaba usando, o mejor dicho, sus considerables recursos, para la batalla por la custodia de sus hijos. No podía decirles eso a los reporteros, porque la haría perder ante sus suegros.
—Quiero ser el señor Alf —volvió a decir, antes de salir corriendo hacia sus hermanas.
—Si supiese leer, probablemente no se sentiría así.
—Los niños no comprenden, son impresionables —dijo ella.
—Los adultos también —dijo él, a propósito, con los ojos azules relucientes.
—Pedro, no sé…
—No removamos el tema —dijo él, tendiéndole la mano—. No hay nada más que decir. Además, tengo una idea genial para el traje de Benja.
—¿Qué?
—Comprémosle un traje. A menos que ya tenga uno, necesitará uno para la audiencia.
—No tiene —dijo ella, con el estómago tenso nuevamente al recordar la batalla legal con sus suegros.
—Perdona, no pretendía arruinarte el día —dijo Pedro, leyéndole la expresión. La tomó de la mano y apoyó ambas en su sólido muslo—. Estaremos listos. Mis abogados estarán allí. Todo saldrá bien, no te preocupes.
—Lo sé —dijo ella, intentando controlar el escalofrío que le recorrió el cuerpo ante su contacto, tan masculino. Haciendo un esfuerzo, se concentró en el problema que tenían que resolver: el disfraz de Benja—. ¿Y si le compramos un traje y luego cambia de opinión? Parece ser que ha heredado mi indecisión. ¿Y si cuando llegue Halloween…?
—¿Y si cuando llega Halloween resulta que la prueba del ADN indica que yo soy el padre de los mellizos y él se desilusiona? —concluyó él equivocadamente, con los ojos oscurecidos por la rabia.
—No quería decir eso.
—Seguro que sí. No te culpo. Considerando las circunstancias, una fe incondicional es pedir demasiado.
—Pedro, no es justo, yo…
—Mira, lo siento. Supongo que no puedo quitármelo de la mente. Vayamos a lo que importa ahora, el traje de Benja. Mejor será que le compremos el traje y el disfraz de bombero —dijo él, cambiando de tema.
—No me puedo permitir dos trajes.
—Yo sí. No te lo ofrecería si no pudiese.
—Si quieres…
—Por supuesto —dijo él, ayudándola a levantarse de un tirón—. Vamos.
—¿Te importaría ocuparte de Benja solo? —dijo ella, soltando la mano—. Quiero llevar a las niñas a la papelería para que elijan una tarjeta para sus abuelos.
—¿Los Martínez?
—Siempre les mandamos una tarjeta para Navidad y Laura Caldwell dijo algo que me hizo pensar.
—¿Qué?
—Que los niños necesitan a su familia, de ambos lados. No puedo cambiar a su padre. Alguna vez tendrán preguntas que solo Gerardo y Beatríz Martínez pueden responder. No creo que sea una buena idea quemar los puentes.
—Crees lo peor de mí, basándote en evidencias circunstanciales —dijo él, con el ceño fruncido—, pero, sin embargo, estás dispuesta a tender la mano a quienes sin duda intentan quitarte a los niños —era evidente que se sentía traicionado.
—No sé lo que siento —dijo ella con sinceridad—, pero, ¿Qué daño puede hacer una tarjeta navideña?
—Mucho.
—Pedro, es solo una felicitación.
—Y yo soy culpable hasta que demuestre mi inocencia —respondió, dándose la vuelta—. Benja, vamos a buscar tu traje.
Paula se odió por hacerle daño de esa manera, pero no podía mentirle. Ya no estaba segura de lo que sentía, excepto que le habían tomado el pelo una vez y no estaba dispuesta a que le volviese a suceder.
—Pedro, no es necesario que vayas a la fiesta de disfraces —dijo Paula, sentada junto a él en el coche.
La noticia había acaparado la atención de los medios de comunicación de todo el país y la puerta de entrada de la guardería estaba custodiada por equipos de televisión y periodistas, los mismos que los asediaban en la puerta de su casa y el trabajo. Los buitres se habían reunido ahora con la esperanza de verlo en la fiesta de Halloween de los niños.
—Si tienes miedo de que me vean contigo, dilo —dijo él, lanzándole una mirada helada.
—Ya sabes que no es por eso —protestó ella.
—¿De veras? —se rió él amargamente—. Comprendo que quieras mantener las distancias.
—Me preocupas. Te agradezco que me hayas pasado a buscar por la tienda para la fiesta, pero si no vas, los niños lo comprenderán.
—¡Qué va! Lo único que comprenderán es que he roto mi promesa de estar allí hoy. Lo único que me impediría ir es que se produjera un terremoto. No me importa que haya un montón de periodistas que quieran un titular para las noticias de las seis.
—Eres muy bueno —dijo ella, tocándole el hombro.
—¿De veras? —su expresión perdió un poco del frío que tenía hacía unos instantes.
—No lo habría dicho si no lo creyese.
—Vamos, entonces —sonrió él.
Se bajaron del coche y se dirigieron a la guardería, cruzando la calle. La horda de reporteros los rodeó, acercándoles los micrófonos y grabadoras.
—Señor, Alfonso, ¿Qué se sabe de la prueba del ADN?
—¿Es el padre de los mellizos?
—¿Tiene algo que declarar, señor Alfonso?
—No ha cambiado nada desde la última declaración. Eso es todo lo que tengo que decir.
—Señora Alfonso, ¿Es verdad que usted se casó con Pedro para paliar el efecto de que él le diese la espalda a sus propios hijos?
Paula comenzó a temblar por dentro. No se le había ocurrido eso. ¿La estaba usando, junto con los trillizos? Nunca había dicho que la amaba, ni ella lo habría creído si lo hubiera hecho. Al fin y al cabo, ella también lo estaba usando, o mejor dicho, sus considerables recursos, para la batalla por la custodia de sus hijos. No podía decirles eso a los reporteros, porque la haría perder ante sus suegros.
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