Pedro entró a la cocina el sábado al amanecer. Llevaba una camiseta y vaqueros desgastados. Puso en marcha la cafetera eléctrica, que la cocinera dejaba preparada la noche anterior y mientras escuchaba chorrear el café, miró por la ventana el extenso césped del fondo, con su piscina rodeada de un borde de ladrillos. En el verano les podría enseñar a los trillizos a nadar, harían barbacoas al aire libre… Luego un pensamiento lo asaltó, como un mazazo en el pecho. Paula y los niños se habrían ido entonces.
—Te has levantado pronto.
Cerró los ojos un instante, preparándose, y luego se dio la vuelta. Los rizos color caoba le enmarcaban el rostro desordenados, como si hubiese pasado la noche con un hombre. Pero ese hombre no era él ni probablemente lo fuese nunca, a juzgar por la expresión preocupada de sus ojos.
—No podía dormir —confesó.
—Yo tampoco.
Se miraron un segundo. Pedro echó en falta la intimidad que había comenzado a crecer entre ellos antes del escándalo. ¿La echaría en falta ella también? ¿Por qué no podía dormir? ¿Habría pensado en él? Parecía cansada. La cafetera dejó de hacer ruido, y se hizo un silencio en la cocina.
—¿Quieres café? —preguntó él.
—Por favor —asintió ella.
Él le alargó una taza, aliviado de tener algo que hacer.
—Gracias —le dijo ella.
—De nada. Eran tan endiabladamente educados. Hubiese deseado tomarla en sus brazos y decirle lo mucho que la quería. Se moría por besarla y pasarle la mano por el pelo hasta hacerla perder la cabeza.
—Llevaré a los niños a elegir sus disfraces para Halloween esta tarde —dijo ella, soplando el café.
—Estaban tan ilusionados anoche —dijo él, consciente de que parte de su insomnio la noche anterior se debía a no ir con ellos—. Será divertido.
—¿Te gustaría venir con nosotros? —le preguntó ella, tomando un sorbo dé café.
La miró a los ojos. Su expresión era inescrutable.
—Claro que me gustaría, pero, ¿Estás segura?
—Me… me vendría bien que me echases una mano —dijo ella, mirándoselas—. Y significaría mucho para los niños —añadió apresuradamente.
Pedro se alegró, pero al mirarla a los ojos no pudo evitar pensar que ella no creía que él lo hiciese por ella.
—Haré todo lo que pueda para que a los trillizos no les falte nada —dijo, con todo su corazón.
Los niños habían sentido la tensión aunque no comprendiesen de lo que se trataba. Medio Storkville lo consideraba un asesino en serie y la otra mitad lo defendía a capa y espada. Le hubiese gustado saber de qué lado estaba Paula.
—Pensaba ir temprano, antes de que se llenasen las tiendas —dijo ella.
Allí estaba su respuesta. Cuanta menos gente los viese juntos, mejor.
—Como te parezca.
—Te aviso que nos puede llevar todo el día. Te sorprenderá ver lo decididos que pueden ser los niños de tres años con respecto al disfraz que quieren.
Sus palabras le levantaron el ánimo. ¿Todo el día? ¿Quería decir que no la preocupaba que la viesen con él?
—Nos tomaremos todo el tiempo que sea necesario.
—Aprovecharé para arreglarme mientras duermen —dijo ella, dirigiéndole una dulce sonrisa antes de irse.
Antes de que Paula y los niños llegasen, su vida había estado vacía. Sabía que lo volvería a estar cuando se fuesen. Pero agradecía tener otro recuerdo para añadir a los que ya atesoraba.
A eso del mediodía, Paula se desplomó en un asiento en el centro comercial. Pedro lo hizo a su lado. Había estado maravilloso con los niños. Si era una actuación, era muy buena. Tenía una paciencia de santo y una tenacidad comparable a la de cualquier enano de tres años.
—Las chicas ya están —dijo ella, dando un suspiro mientras miraba a los niños que se perseguían a unos metros de ellos—. El único que nos falta es Benja —lo llamó—: Ven aquí, cielo. ¿De qué quieres disfrazarte para Halloween? ¿De bombero o astronauta?
—Quiero ser el señor Alf —dijo el niño, mirando a Pedro y asintiendo enfáticamente con la cabeza.
Ojalá pudiese ella pensar que él era su héroe también. Así podría considerar que la idea de que fuese el padre de los mellizos era ridícula. Pero se había equivocado una vez con un hombre. ¿Y si equivocaba de nuevo?
—¿Quieres ponerte traje y corbata para ir a pedir dulces? —preguntó y el niño volvió a asentir con solemnidad.
Cuando miró a Pedro a los ojos, vió su expresión de placer y la chispa en sus ojos.
—Es realmente genial, campeón —dijo él, pero sus siguientes palabras la sorprendieron—: Pero vimos ese casco de bombero fantástico en la tienda y también tenían la manguera, el hacha y la identificación. ¿No te parece que eso sería mejor?
jueves, 23 de marzo de 2017
Protegerte: Capítulo 30
—Tendré los resultados en una semana y media. Mi empresa ha mandado ya una nota de prensa. Algunas personas me creerán —rogaba para que ella se encontrara dentro de esa categoría—, otros no. A pesar de lo que diga la ley, no siempre se considera a una persona inocente hasta que se demuestre lo contrario. La prensa puede ser terrible. Y se puede hacer mucho daño antes de que tenga pruebas de mi inocencia.
Y no solo a los inversores, pensó, mientras la miraba. Si ella estuviese enfadada, sería buen signo. Si demostraba algún tipo de emoción, sabría que le importaba. Pero su ausencia de emociones lo preocupaba. Porque estaba enamorado de ella. Más que nunca. Qué pena que justamente la mujer que era perfecta para él hubiera perdido la confianza por culpa de un hombre sin honor.
—Me da rabia porque estoy pagando el precio de lo que hizo tu esposo —le dijo.
—No tiene nada que ver con Francisco—dijo ella, mirando hacia otro lado y apretando los dientes.
—Claro que sí. Te ha convertido en una escéptica que no confía ni en su propia sombra.
—El artículo presenta un montón de interrogantes con respecto a tí.
—Por la forma en que está escrito, hasta Teresa de Calcuta parecería culpable.
Esperó que ella le dijese que creía en él, que tenía fe incondicional en él. Cuando la conoció, se dio cuenta de que ella era diferente de todas las demás mujeres. Pensó que ella sería quien lo viese, como en realidad era, no solo por su dinero. Mientras el silencio se hacía eterno, se dio cuenta de que nunca había pensado que equivocarse doliese tanto.
—Pedro, no sé qué creer —fue lo único que dijo ella.
—Esperaba que creyeras que no había posibilidad de que yo fuese el padre de esos niños.
—¿No intentarás convencerme?
—¿Qué ganaría con eso, Paula? Ya me has dicho que las palabras no valen nada para tí. Y no parece que te importe demasiado mi forma de actuar. Sigues creyendo lo peor.
—Yo no he dicho que…
—No era necesario que dijeses nada. Ya me has demostrado lo que crees —dijo, dirigiéndose a la puerta y apoyando la mano en el picaporte—. A veces, Paula, las palabras y las acciones no son suficientes. A veces, hay que dar los paso guiados solo por la fe —esperó un instante—. Supongo que no hay nada más que decir.
Al día siguiente en el trabajo, Paula se debatía en un mar de confusiones. Su instinto le decía que Pedro no era el padre de los mellizos, mientras que su cabeza le indicaba que sería tonta si creyese en él, dadas las circunstancias. Estaba en la tienda cuando se abrió la puerta y Laura Caldwell entró.
—Hola, Paula —dijo, aproximándose con una sonrisa.
—Hola, Laura, ¿Qué necesitas? —le preguntó, preparándose para las preguntas que sabía que la otra mujer le haría. Todo el día los clientes le habían lanzado miradas curiosas.
—Pañales desechables y camisetas de todos los tamaños. Para emergencias, cuando se vuelcan cosas encima. Espero que tengas alguna oferta —dijo Laura.
—Ya veo que Benja ha hecho de las suyas —rió Paula, recordando con ganas de llorar que ese motivo había conocido a Quentin. Día tras día, lo que sentía por él se había ido fortaleciendo y no podía creer que se conociesen hacía tan poco tiempo. Creyó haber tocado el cielo con las manos y ahora su mundo se había destruido totalmente—. Allí tienes los saldos, sobre esa mesa.
—¿Cómo están Pedro y tú? —le preguntó Laura con naturalidad mientras revolvía la mesa.
—Bien —dijo Paula, sin intentar disimular nada.
—No sabía que él era el benefactor misterioso —dijo Laura, mirándola a los ojos—. Pero me alegro de haberme enterado.
—¿Porqué?
—Para poder agradecérselo. Gracias a su generosidad, pude inaugurar la guardería mucho antes de lo que pensaba. Es un servicio que Storkville necesitaba desesperadamente, las madres en especial.
—¿No crees que sea el padre de los mellizos?
Laura sacudió su rubio cabello para negar enfáticamente y sus ojos castaños brillaron con intensidad.
—En absoluto. Por empezar, recibí el dinero antes de que abriese Baby Care, es decir antes de que me dejasen allí a los mellizos. No tiene sentido que me diese el dinero para la guardería como pago por los mellizos. Podría habérselos entregado al condado. ¿Cómo iba a saber Pedro que Pablo y yo nos llevaríamos a los niños a casa?
—¿Durante cuánto tiempo?
—Nos los quedaremos cuanto podamos —dijo Laura, y una dulce sonrisa le iluminó el rostro.
—¿Y si el sheriff encuentra a la persona que los abandonó? ¿Cómo te sentirás? —preguntó Paula.
—No lo sé. Eso es algo que no puedo responder antes de que suceda. A pesar de la leyenda de la cigüeña de Storkville, creo que los niños tienen padre y madre, tíos, abuelos. Creo que es importante que conozcan a su familia, saber de dónde proceden —suspiró, moviendo la cabeza—. Es tan complicado. Prefiero vivir el presente y no preocuparme innecesariamente.
—Sé a lo que te refieres —dijo Paula, asintiendo.
Se dirigieron a la caja con lo que Laura había elegido.
—Si necesitas algo más… —dijo Paula, después de cobrarle y meter todo en las bolsas.
—Gracias, Paula. Saluda a Pedro de mi parte. Y no te preocupes por esas sospechas estúpidas, ya pasará. No permitas que destruyan lo que tú has logrado con él.
—Se lo diré.
A pesar de lo que Laura había dicho, la evidencia del periódico era cierta. Tendría que haber tenido más cuidado en lo que pedía. Casi había deseado que hubiese algo que le impidiese enamorarse de él. ¿Era ya demasiado tarde para volverse atrás?
Pero Laura había suscitado la cuestión más importante: ¿Qué era lo que ella había logrado con Pedro?
Y no solo a los inversores, pensó, mientras la miraba. Si ella estuviese enfadada, sería buen signo. Si demostraba algún tipo de emoción, sabría que le importaba. Pero su ausencia de emociones lo preocupaba. Porque estaba enamorado de ella. Más que nunca. Qué pena que justamente la mujer que era perfecta para él hubiera perdido la confianza por culpa de un hombre sin honor.
—Me da rabia porque estoy pagando el precio de lo que hizo tu esposo —le dijo.
—No tiene nada que ver con Francisco—dijo ella, mirando hacia otro lado y apretando los dientes.
—Claro que sí. Te ha convertido en una escéptica que no confía ni en su propia sombra.
—El artículo presenta un montón de interrogantes con respecto a tí.
—Por la forma en que está escrito, hasta Teresa de Calcuta parecería culpable.
Esperó que ella le dijese que creía en él, que tenía fe incondicional en él. Cuando la conoció, se dio cuenta de que ella era diferente de todas las demás mujeres. Pensó que ella sería quien lo viese, como en realidad era, no solo por su dinero. Mientras el silencio se hacía eterno, se dio cuenta de que nunca había pensado que equivocarse doliese tanto.
—Pedro, no sé qué creer —fue lo único que dijo ella.
—Esperaba que creyeras que no había posibilidad de que yo fuese el padre de esos niños.
—¿No intentarás convencerme?
—¿Qué ganaría con eso, Paula? Ya me has dicho que las palabras no valen nada para tí. Y no parece que te importe demasiado mi forma de actuar. Sigues creyendo lo peor.
—Yo no he dicho que…
—No era necesario que dijeses nada. Ya me has demostrado lo que crees —dijo, dirigiéndose a la puerta y apoyando la mano en el picaporte—. A veces, Paula, las palabras y las acciones no son suficientes. A veces, hay que dar los paso guiados solo por la fe —esperó un instante—. Supongo que no hay nada más que decir.
Al día siguiente en el trabajo, Paula se debatía en un mar de confusiones. Su instinto le decía que Pedro no era el padre de los mellizos, mientras que su cabeza le indicaba que sería tonta si creyese en él, dadas las circunstancias. Estaba en la tienda cuando se abrió la puerta y Laura Caldwell entró.
—Hola, Paula —dijo, aproximándose con una sonrisa.
—Hola, Laura, ¿Qué necesitas? —le preguntó, preparándose para las preguntas que sabía que la otra mujer le haría. Todo el día los clientes le habían lanzado miradas curiosas.
—Pañales desechables y camisetas de todos los tamaños. Para emergencias, cuando se vuelcan cosas encima. Espero que tengas alguna oferta —dijo Laura.
—Ya veo que Benja ha hecho de las suyas —rió Paula, recordando con ganas de llorar que ese motivo había conocido a Quentin. Día tras día, lo que sentía por él se había ido fortaleciendo y no podía creer que se conociesen hacía tan poco tiempo. Creyó haber tocado el cielo con las manos y ahora su mundo se había destruido totalmente—. Allí tienes los saldos, sobre esa mesa.
—¿Cómo están Pedro y tú? —le preguntó Laura con naturalidad mientras revolvía la mesa.
—Bien —dijo Paula, sin intentar disimular nada.
—No sabía que él era el benefactor misterioso —dijo Laura, mirándola a los ojos—. Pero me alegro de haberme enterado.
—¿Porqué?
—Para poder agradecérselo. Gracias a su generosidad, pude inaugurar la guardería mucho antes de lo que pensaba. Es un servicio que Storkville necesitaba desesperadamente, las madres en especial.
—¿No crees que sea el padre de los mellizos?
Laura sacudió su rubio cabello para negar enfáticamente y sus ojos castaños brillaron con intensidad.
—En absoluto. Por empezar, recibí el dinero antes de que abriese Baby Care, es decir antes de que me dejasen allí a los mellizos. No tiene sentido que me diese el dinero para la guardería como pago por los mellizos. Podría habérselos entregado al condado. ¿Cómo iba a saber Pedro que Pablo y yo nos llevaríamos a los niños a casa?
—¿Durante cuánto tiempo?
—Nos los quedaremos cuanto podamos —dijo Laura, y una dulce sonrisa le iluminó el rostro.
—¿Y si el sheriff encuentra a la persona que los abandonó? ¿Cómo te sentirás? —preguntó Paula.
—No lo sé. Eso es algo que no puedo responder antes de que suceda. A pesar de la leyenda de la cigüeña de Storkville, creo que los niños tienen padre y madre, tíos, abuelos. Creo que es importante que conozcan a su familia, saber de dónde proceden —suspiró, moviendo la cabeza—. Es tan complicado. Prefiero vivir el presente y no preocuparme innecesariamente.
—Sé a lo que te refieres —dijo Paula, asintiendo.
Se dirigieron a la caja con lo que Laura había elegido.
—Si necesitas algo más… —dijo Paula, después de cobrarle y meter todo en las bolsas.
—Gracias, Paula. Saluda a Pedro de mi parte. Y no te preocupes por esas sospechas estúpidas, ya pasará. No permitas que destruyan lo que tú has logrado con él.
—Se lo diré.
A pesar de lo que Laura había dicho, la evidencia del periódico era cierta. Tendría que haber tenido más cuidado en lo que pedía. Casi había deseado que hubiese algo que le impidiese enamorarse de él. ¿Era ya demasiado tarde para volverse atrás?
Pero Laura había suscitado la cuestión más importante: ¿Qué era lo que ella había logrado con Pedro?
Protegerte: Capítulo 29
—No —dijo su madre, sobresaltada.
Horacio se quedó silencioso y serio.
—Es una coincidencia que el mismo día, Alberto Malone viniese a verme por lo del sonajero. Pensé que la imagen de un hombre casado ayudaría en caso de que las sospechas se hiciesen públicas. Pensamos que unidos seríamos más fuertes en ambos casos.
—De acuerdo —dijo ella.
Entró en la habitación de los niños y Benja se sentó en la cama.
—¡Señor Alf! ¡Has venido!
—Perdonenme, chicos, que no viniese antes —dijo, besando a las niñas. Se sentó en la cama de Benja—, pero ha sido un día terrible —y probablemente se pondría peor, pensó.
—¿Necesitas un abrazo? —preguntó el niño, tendiéndole los brazos—. Mami me da uno cuando me siento mal.
—De acuerdo —dijo Pedro, tomándolo en sus brazos.
—¿Estás mejor? —preguntó Benja.
—Mucho mejor, gracias —dijo, con la garganta agarrotada—. Ahora, a dormir todo el mundo. Buenas noches.
—Buenas noches —le respondieron al unísono.
Dejó la puerta entreabierta y se unió a Paula en el saloncito.
—Perdona que llegue tarde. Ha sido un día terrible.
—No me digas —respondió ella desde el otro extremo con los brazos cruzados.
—Mamá me ha dicho que ha llegado una carta por mensajero de los abogados. ¿Qué pasa?
—Que han adelantado la audiencia. Es el viernes antes de Halloween.
—¡Demonios! —exclamó, pasándose la mano por el cabello—. No podrían haber buscado peor momento.
—En eso sí que tienes razón.
Su tono le indicó que había muchas otras cosas en las que no tenía razón. Luego vió el periódico sobre la mesilla.
—Ya te has enterado y estás molesta.
—¿Por qué iba a estarlo? Tú no me dijiste que te habías hecho la prueba del ADN.
—Sé que parece lo que no es.
—¿Porque encontraron tu sonajero con los mellizos? ¿Porque tú donaste un montón de dinero a la guardería cuando los abandonaron allí? Eso son solo coincidencias.
—Es cierto —dijo, pero no se sintió mejor por ello.
—Según dice el periódico, el sheriff te interrogó hace varias semanas, lo que quiere decir que sabías todo esto antes de proponerme matrimonio.
—Sí, pero ese no fue el motivo por el que… Mira, Pau, mi reputación se ha dañado. El sheriff Malone me prometió mantener la investigación en secreto para evitar justamente esto.
—¿Qué quieres decir con «justamente esto»?
—Un escándalo personal, verdadero o no, afecta a la empresa. Mañana las acciones de Alfonso estarán por los suelos. Los inversores perderán dinero. Muchos de ellos cuentan con ese dinero para mandar a sus hijos a la universidad, o es su pensión —dijo, y un músculo de la mejilla se le contrajo—. Estaba tan seguro de que esto se aclararía que ni se lo había dicho a mis padres. Además, pensaba que cuantos menos lo supiesen, más posibilidades tendría de tener los resultados de la prueba del ADN antes de que el tema se hiciera público.
—¿Y qué pasa con la prueba del ADN? —preguntó ella, tensa.
Horacio se quedó silencioso y serio.
—Es una coincidencia que el mismo día, Alberto Malone viniese a verme por lo del sonajero. Pensé que la imagen de un hombre casado ayudaría en caso de que las sospechas se hiciesen públicas. Pensamos que unidos seríamos más fuertes en ambos casos.
—De acuerdo —dijo ella.
Entró en la habitación de los niños y Benja se sentó en la cama.
—¡Señor Alf! ¡Has venido!
—Perdonenme, chicos, que no viniese antes —dijo, besando a las niñas. Se sentó en la cama de Benja—, pero ha sido un día terrible —y probablemente se pondría peor, pensó.
—¿Necesitas un abrazo? —preguntó el niño, tendiéndole los brazos—. Mami me da uno cuando me siento mal.
—De acuerdo —dijo Pedro, tomándolo en sus brazos.
—¿Estás mejor? —preguntó Benja.
—Mucho mejor, gracias —dijo, con la garganta agarrotada—. Ahora, a dormir todo el mundo. Buenas noches.
—Buenas noches —le respondieron al unísono.
Dejó la puerta entreabierta y se unió a Paula en el saloncito.
—Perdona que llegue tarde. Ha sido un día terrible.
—No me digas —respondió ella desde el otro extremo con los brazos cruzados.
—Mamá me ha dicho que ha llegado una carta por mensajero de los abogados. ¿Qué pasa?
—Que han adelantado la audiencia. Es el viernes antes de Halloween.
—¡Demonios! —exclamó, pasándose la mano por el cabello—. No podrían haber buscado peor momento.
—En eso sí que tienes razón.
Su tono le indicó que había muchas otras cosas en las que no tenía razón. Luego vió el periódico sobre la mesilla.
—Ya te has enterado y estás molesta.
—¿Por qué iba a estarlo? Tú no me dijiste que te habías hecho la prueba del ADN.
—Sé que parece lo que no es.
—¿Porque encontraron tu sonajero con los mellizos? ¿Porque tú donaste un montón de dinero a la guardería cuando los abandonaron allí? Eso son solo coincidencias.
—Es cierto —dijo, pero no se sintió mejor por ello.
—Según dice el periódico, el sheriff te interrogó hace varias semanas, lo que quiere decir que sabías todo esto antes de proponerme matrimonio.
—Sí, pero ese no fue el motivo por el que… Mira, Pau, mi reputación se ha dañado. El sheriff Malone me prometió mantener la investigación en secreto para evitar justamente esto.
—¿Qué quieres decir con «justamente esto»?
—Un escándalo personal, verdadero o no, afecta a la empresa. Mañana las acciones de Alfonso estarán por los suelos. Los inversores perderán dinero. Muchos de ellos cuentan con ese dinero para mandar a sus hijos a la universidad, o es su pensión —dijo, y un músculo de la mejilla se le contrajo—. Estaba tan seguro de que esto se aclararía que ni se lo había dicho a mis padres. Además, pensaba que cuantos menos lo supiesen, más posibilidades tendría de tener los resultados de la prueba del ADN antes de que el tema se hiciera público.
—¿Y qué pasa con la prueba del ADN? —preguntó ella, tensa.
martes, 21 de marzo de 2017
Protegerte: Capítulo 28
El lunes por la mañana, Pedro entró muy animado en el despacho. El fin de semana había sido fabuloso, y lo que recordaba como más importante era haber besado a Paula en el vivero. Lo bueno era que ella le había agradecido el que hubiera pensado rápidamente en cómo proteger a sus hijos. Pero no lo había hecho solo por ellos, a pesar de que los adoraba. Había disfrutado de ese beso al máximo. Y, a juzgar por el resto del fin de semana, Paula también. Se estaban acercando. Lo sentía. La vida era maravillosa.
—¿No es un día maravilloso, Daniela?
—¿Lo cree de verdad realmente? —le preguntó ella, dudosa.
—La verdad es que sí. ¿Usted no? —le preguntó al ver su expresión tensa—. ¿Por qué no iba a creerlo?
Antes de que ella pudiese responder, llamaron al teléfono.
—Oficina del señor Alfonso. Un momento, por favor —dijo, apretando un botón. Miró a su jefe—. Parece que no ha visto el periódico.
—No he tenido tiempo —confesó.
—Le llevará un minuto leer los titulares —le dijo, alcanzándole el periódico—. Eso será suficiente para arruinarle la mañana.
Tenía razón. Una mirada fue suficiente para arruinarle la mañana y probablemente toda la vida con Paula. Desgraciadamente todo lo que decía el artículo era cierto. Nunca se había sentido tan frustrado y furioso en su vida. Y preocupado. Necesitaría un milagro para salvar su imagen ante ella.
—Daniela, defienda el fuerte. Tengo que hablar con Paula.
—Pedro —dijo ella, tensa—, tengo dos llamadas externas retenidas. Una es de su abogado y la otra de su jefe de relaciones públicas.
—De acuerdo. Pásemelas al despacho. Luego tengo que hablar con Paula.
Cuando volvió a su casa esa noche, no había podido hablar en todo el día con ella. El teléfono del despacho había sonado prácticamente sin parar todo el día y su jefe de relaciones públicas le había aconsejado que hablase. Guardar silencio era sinónimo de admitir la culpabilidad. Su abogado le había dicho que no dijera nada más que lo que decía el artículo era verdad, pero tergiversado de tal modo que él pareciese culpable. Tenía que negar la paternidad y decir que pronto recibiría la prueba de ADN, que aclararía la cuestión de una vez por todas. Cada vez que había intentado marcharse del despacho había habido una llamada importante. Intentó llamarla varias veces al trabajo, pero le habían dicho que estaba ocupada. Tenía la esperanza de que ella no se hubiese enterado y poder decírselo él mismo. Entró al vestíbulo y se asomó al gran salón. Sus padres se hallaban sentados junto al fuego tomando una copa. Mala señal, ya que lo más fuerte que se tomaba en su casa era zumo de naranja.
—Hola —dijo—. ¿Está Paula en casa?
—Está arriba, metiendo a los niños en cama —asintió su madre con la cabeza.
—Gracias —dijo, comenzando a darse la vuelta.
—Pepe, ¿Qué es toda esta tontería? —le preguntó Horacio, preocupado.
Pedro lanzó un suspiro. Aunque estuviese ansioso por aclarar las cosas con su mujer, les debía a sus padres una explicación.
—No es verdad —dijo, entrando en el salón.
—Ya lo sabemos —dijo Ana, poniéndose de pie y dándole un fuerte abrazo—. Pero, ¿Qué pasa?
—Hace unas semanas el sheriff vino a verme por lo del sonajero que habían encontrado con los mellizos. Reconoció el escudo de los Alfonso me preguntó si sabía algo de ello.
—¿Y por qué ibas a saberlo? Pertenecía a una de las exhibiciones que hay arriba en uno de los dormitorios de huéspedes.
—Exacto —confirmó—. No les dije nada porque me pareció que no tenía importancia y no quise preocuparte innecesariamente.
—El sonajero solo no es nada, pero sumado a la donación que hiciste a Baby Care, donde abandonaron a los niños…
—Quiero que sepan que yo no soy el padre de esos niños. Si lo fuese, me haría responsable de ellos.
—No es necesario que nos lo digas, hijo —aseguró Horacio—. Lo que nos gustaría saber es qué papel juega Paula en todo esto.
—¿A qué te refieres?
—¿Es coincidencia el que la historia aparezca en los periódicos y que hoy haya recibido por mensajero una carta de una firma de abogados de Omaha?
—¿Lo que me preguntas es por qué nos hemos casado precipitadamente? —preguntó Pedro y lanzó un largo suspiro—. Le propuse matrimonio el día en que ella se enteró de que sus suegros la demandaban por la custodia de los trillizos.
—Me parecía que había más de lo que nos habías dicho —dijo Ana, asintiendo con la cabeza.
—Lo siento si te he desilusionado, mamá —dijo Pedro, mirándola a los ojos.
—No seas ridículo —dijo ella con ternura, acariciándole la mejilla—. Jamás me has desilusionado. Ni un instante de tu vida. Y ahora me siento orgullosa de tí —dijo, y una expresión de rabia reemplazó la de ternura—. Me indigna que una buena acción pueda ser tergiversada para que parezca algo sucio y feo. Y hay algo más. Por más que me digas que os habéis casado por conveniencia, sé que hay algo más profundo que eso.
—¿Sabías que tu madre tiene percepciones extrasensoriales? —preguntó Horacio, besándola y rodeándole los hombros con el brazo.
—Hace años que lo dice —dijo Pedro.
—Ríanse si quieren. Nunca he dicho nada por el estilo. Pero tengo ojos en la cara —dijo Ana—. Y ahora, vete a hablar con tu mujer. Cuando llegó tenía mal aspecto. Siento que te hayamos retenido tanto.
Pedro la besó, le dirigió una mirada agradecida a su padre y subió las escaleras de dos en dos. Cuando llegó a la suite de Paula, ella se encontraba dándoles las buenas noches a los niños.
—Quiero ver al señor Alf —decía Benja.
—Todavía no ha vuelto del trabajo, cielo —le respondió Paula.
—Ya he vuelto —dijo Pedro.
—No te había oído —dijo ella, dándose la vuelta con la mano en el pecho—. Qué susto.
—Lo siento —dijo él, deseando tomarla en sus brazos para hacer que desapareciese esa pesadilla. Pero lo único que dijo fue—: Me despediré de los niños y luego quiero hablar contigo.
Deseó oírle decir que no había nada de lo que hablar, que ella no creía que pudiese dar la espalda a sus propios hijos.
—¿No es un día maravilloso, Daniela?
—¿Lo cree de verdad realmente? —le preguntó ella, dudosa.
—La verdad es que sí. ¿Usted no? —le preguntó al ver su expresión tensa—. ¿Por qué no iba a creerlo?
Antes de que ella pudiese responder, llamaron al teléfono.
—Oficina del señor Alfonso. Un momento, por favor —dijo, apretando un botón. Miró a su jefe—. Parece que no ha visto el periódico.
—No he tenido tiempo —confesó.
—Le llevará un minuto leer los titulares —le dijo, alcanzándole el periódico—. Eso será suficiente para arruinarle la mañana.
Tenía razón. Una mirada fue suficiente para arruinarle la mañana y probablemente toda la vida con Paula. Desgraciadamente todo lo que decía el artículo era cierto. Nunca se había sentido tan frustrado y furioso en su vida. Y preocupado. Necesitaría un milagro para salvar su imagen ante ella.
—Daniela, defienda el fuerte. Tengo que hablar con Paula.
—Pedro —dijo ella, tensa—, tengo dos llamadas externas retenidas. Una es de su abogado y la otra de su jefe de relaciones públicas.
—De acuerdo. Pásemelas al despacho. Luego tengo que hablar con Paula.
Cuando volvió a su casa esa noche, no había podido hablar en todo el día con ella. El teléfono del despacho había sonado prácticamente sin parar todo el día y su jefe de relaciones públicas le había aconsejado que hablase. Guardar silencio era sinónimo de admitir la culpabilidad. Su abogado le había dicho que no dijera nada más que lo que decía el artículo era verdad, pero tergiversado de tal modo que él pareciese culpable. Tenía que negar la paternidad y decir que pronto recibiría la prueba de ADN, que aclararía la cuestión de una vez por todas. Cada vez que había intentado marcharse del despacho había habido una llamada importante. Intentó llamarla varias veces al trabajo, pero le habían dicho que estaba ocupada. Tenía la esperanza de que ella no se hubiese enterado y poder decírselo él mismo. Entró al vestíbulo y se asomó al gran salón. Sus padres se hallaban sentados junto al fuego tomando una copa. Mala señal, ya que lo más fuerte que se tomaba en su casa era zumo de naranja.
—Hola —dijo—. ¿Está Paula en casa?
—Está arriba, metiendo a los niños en cama —asintió su madre con la cabeza.
—Gracias —dijo, comenzando a darse la vuelta.
—Pepe, ¿Qué es toda esta tontería? —le preguntó Horacio, preocupado.
Pedro lanzó un suspiro. Aunque estuviese ansioso por aclarar las cosas con su mujer, les debía a sus padres una explicación.
—No es verdad —dijo, entrando en el salón.
—Ya lo sabemos —dijo Ana, poniéndose de pie y dándole un fuerte abrazo—. Pero, ¿Qué pasa?
—Hace unas semanas el sheriff vino a verme por lo del sonajero que habían encontrado con los mellizos. Reconoció el escudo de los Alfonso me preguntó si sabía algo de ello.
—¿Y por qué ibas a saberlo? Pertenecía a una de las exhibiciones que hay arriba en uno de los dormitorios de huéspedes.
—Exacto —confirmó—. No les dije nada porque me pareció que no tenía importancia y no quise preocuparte innecesariamente.
—El sonajero solo no es nada, pero sumado a la donación que hiciste a Baby Care, donde abandonaron a los niños…
—Quiero que sepan que yo no soy el padre de esos niños. Si lo fuese, me haría responsable de ellos.
—No es necesario que nos lo digas, hijo —aseguró Horacio—. Lo que nos gustaría saber es qué papel juega Paula en todo esto.
—¿A qué te refieres?
—¿Es coincidencia el que la historia aparezca en los periódicos y que hoy haya recibido por mensajero una carta de una firma de abogados de Omaha?
—¿Lo que me preguntas es por qué nos hemos casado precipitadamente? —preguntó Pedro y lanzó un largo suspiro—. Le propuse matrimonio el día en que ella se enteró de que sus suegros la demandaban por la custodia de los trillizos.
—Me parecía que había más de lo que nos habías dicho —dijo Ana, asintiendo con la cabeza.
—Lo siento si te he desilusionado, mamá —dijo Pedro, mirándola a los ojos.
—No seas ridículo —dijo ella con ternura, acariciándole la mejilla—. Jamás me has desilusionado. Ni un instante de tu vida. Y ahora me siento orgullosa de tí —dijo, y una expresión de rabia reemplazó la de ternura—. Me indigna que una buena acción pueda ser tergiversada para que parezca algo sucio y feo. Y hay algo más. Por más que me digas que os habéis casado por conveniencia, sé que hay algo más profundo que eso.
—¿Sabías que tu madre tiene percepciones extrasensoriales? —preguntó Horacio, besándola y rodeándole los hombros con el brazo.
—Hace años que lo dice —dijo Pedro.
—Ríanse si quieren. Nunca he dicho nada por el estilo. Pero tengo ojos en la cara —dijo Ana—. Y ahora, vete a hablar con tu mujer. Cuando llegó tenía mal aspecto. Siento que te hayamos retenido tanto.
Pedro la besó, le dirigió una mirada agradecida a su padre y subió las escaleras de dos en dos. Cuando llegó a la suite de Paula, ella se encontraba dándoles las buenas noches a los niños.
—Quiero ver al señor Alf —decía Benja.
—Todavía no ha vuelto del trabajo, cielo —le respondió Paula.
—Ya he vuelto —dijo Pedro.
—No te había oído —dijo ella, dándose la vuelta con la mano en el pecho—. Qué susto.
—Lo siento —dijo él, deseando tomarla en sus brazos para hacer que desapareciese esa pesadilla. Pero lo único que dijo fue—: Me despediré de los niños y luego quiero hablar contigo.
Deseó oírle decir que no había nada de lo que hablar, que ella no creía que pudiese dar la espalda a sus propios hijos.
Protegerte: Capítulo 27
Cuando Emma llegó al pueblo hacía casi dos meses, le habían querido robar el bolso en la calle y luchó con el asaltante. En la refriega se cayó al suelo, golpeándose la cabeza y perdiendo la memoria. El sheriff Malone había descubierto que su nombre era Emma porque lo llevaba grabado en un collar que tenía puesto, pero no había recuperado la memoria.
Había tanto que Paula hubiese querido olvidar también, como la infidelidad de su primer esposo y la dulzura del actual, por no mencionar sus besos. Le había explicado que el beso del vivero había sido para despistar a la reportera y proteger su matrimonio de conveniencia por el tema de la batalla por la custodia de los niños. Pero la había alterado. Y el contacto con sus labios había tenido un elemento de desesperación que no comprendía. Sin embargo, lo que sí entendía era cómo su propio corazón había reaccionado con el beso.
Emma la vió y le sonrió. Dejó a los niños con unos juguetes y se acercó a ella.
—Hola, Paula —le dijo, con los ojos verdes brillándole de placer. Una melena pelirroja le enmarcaba el bonito rostro con sus rizos.
—Hola, ¿Cómo va todo?
—Bien, considerando que no recuerdo ni mi propio nombre. Lo del bolso no me preocupa tanto, porque las cosas materiales se reemplazan, pero uno no sabe lo preciosos que son los recuerdos hasta que los pierde.
—Tienes razón —suspiró Paula—. Te miraba pensando en las cosas que me gustaría olvidar, pero me he dado cuenta de que todas nuestras experiencias nos van moldeando. Las lecciones que hemos aprendido son importantes para no volver a cometer los mismos errores.
Paula se dió cuenta de repente de que Emma no la escuchaba. Miraba a los mellizos con una expresión perdida en los ojos verdes. Paula esperó un momento, sin saber qué hacer. Luego le tocó el brazo.
—¿Emma, te encuentras bien?
—¿Qué? —preguntó Emma, parpadeando varias veces. Luego se frotó las sienes y miró a Paula—. ¿Has dicho algo?
—Parece que te has desconectado de la realidad un momento. ¿Te encuentras bien?
—Me vino a la mente el vago recuerdo de estar colgando ropa de bebé.
—Eso es fantástico —dijo Paula, pero Emma tenía el ceño fruncido.
—No lo sé —dijo, con algo de desesperación—. Cuando el médico me examinó, me dijo que nunca había tenido niños. Entonces, ¿Por qué iba a estar colgando ropa?
—Ojalá lo supiera —le dijo Paula—. Ojalá pudiese ayudarte.
—El neurólogo me dijo que era solo cuestión de tiempo. Tengo que ser paciente —dijo, haciendo una mueca mientras se masajeaba las sienes.
—¿Te duele? —preguntó Paula.
—Me vienen imágenes, pero no sé como encajarlas. Luego comienza el dolor de cabeza.
—¿Quieres que te vaya a buscar algo?
—El médico me ha recetado unas pastillas —dijo Emma, negando con la cabeza—. Las tomaré cuando llegue a casa, quiero decir a la casa de la tía Gloria, donde me alojo.
Incómoda, Emma se dió la vuelta y comenzó a ordenar las revistas y periódicos de la sala de espera. Agarró el periódico de la mañana y le quitó el plástico. Luego miró los titulares y se quedó petrificada.
—¿Qué pasa? —le preguntó Paula—. ¿Te ha venido algún otro recuerdo?
—No me lo puedo creer —dijo Emma, mirando el periódico. Se dió la vuelta y observó a Paula—. ¿Has visto el periódico de hoy? —le preguntó.
—Salimos antes de que lo trajeran. ¿Qué pasa? —preguntó Paula, alargando la mano y agarrándolo—. Algo te ha llamado la atención. ¿Algún desastre natural?
Cuando leyó los titulares, se quedó sin aire. Era un desastre, desde luego, pero no natural. El artículo era sobre Pedro.
"¿SANTO O PECADOR? ¿GENEROSIDAD O CULPABILIDAD?"
El titular iba seguido de la foto de su esposo. El artículo era peor, insinuaba que Pedro era el padre de los mellizos abandonados en la guardería.
Había tanto que Paula hubiese querido olvidar también, como la infidelidad de su primer esposo y la dulzura del actual, por no mencionar sus besos. Le había explicado que el beso del vivero había sido para despistar a la reportera y proteger su matrimonio de conveniencia por el tema de la batalla por la custodia de los niños. Pero la había alterado. Y el contacto con sus labios había tenido un elemento de desesperación que no comprendía. Sin embargo, lo que sí entendía era cómo su propio corazón había reaccionado con el beso.
Emma la vió y le sonrió. Dejó a los niños con unos juguetes y se acercó a ella.
—Hola, Paula —le dijo, con los ojos verdes brillándole de placer. Una melena pelirroja le enmarcaba el bonito rostro con sus rizos.
—Hola, ¿Cómo va todo?
—Bien, considerando que no recuerdo ni mi propio nombre. Lo del bolso no me preocupa tanto, porque las cosas materiales se reemplazan, pero uno no sabe lo preciosos que son los recuerdos hasta que los pierde.
—Tienes razón —suspiró Paula—. Te miraba pensando en las cosas que me gustaría olvidar, pero me he dado cuenta de que todas nuestras experiencias nos van moldeando. Las lecciones que hemos aprendido son importantes para no volver a cometer los mismos errores.
Paula se dió cuenta de repente de que Emma no la escuchaba. Miraba a los mellizos con una expresión perdida en los ojos verdes. Paula esperó un momento, sin saber qué hacer. Luego le tocó el brazo.
—¿Emma, te encuentras bien?
—¿Qué? —preguntó Emma, parpadeando varias veces. Luego se frotó las sienes y miró a Paula—. ¿Has dicho algo?
—Parece que te has desconectado de la realidad un momento. ¿Te encuentras bien?
—Me vino a la mente el vago recuerdo de estar colgando ropa de bebé.
—Eso es fantástico —dijo Paula, pero Emma tenía el ceño fruncido.
—No lo sé —dijo, con algo de desesperación—. Cuando el médico me examinó, me dijo que nunca había tenido niños. Entonces, ¿Por qué iba a estar colgando ropa?
—Ojalá lo supiera —le dijo Paula—. Ojalá pudiese ayudarte.
—El neurólogo me dijo que era solo cuestión de tiempo. Tengo que ser paciente —dijo, haciendo una mueca mientras se masajeaba las sienes.
—¿Te duele? —preguntó Paula.
—Me vienen imágenes, pero no sé como encajarlas. Luego comienza el dolor de cabeza.
—¿Quieres que te vaya a buscar algo?
—El médico me ha recetado unas pastillas —dijo Emma, negando con la cabeza—. Las tomaré cuando llegue a casa, quiero decir a la casa de la tía Gloria, donde me alojo.
Incómoda, Emma se dió la vuelta y comenzó a ordenar las revistas y periódicos de la sala de espera. Agarró el periódico de la mañana y le quitó el plástico. Luego miró los titulares y se quedó petrificada.
—¿Qué pasa? —le preguntó Paula—. ¿Te ha venido algún otro recuerdo?
—No me lo puedo creer —dijo Emma, mirando el periódico. Se dió la vuelta y observó a Paula—. ¿Has visto el periódico de hoy? —le preguntó.
—Salimos antes de que lo trajeran. ¿Qué pasa? —preguntó Paula, alargando la mano y agarrándolo—. Algo te ha llamado la atención. ¿Algún desastre natural?
Cuando leyó los titulares, se quedó sin aire. Era un desastre, desde luego, pero no natural. El artículo era sobre Pedro.
"¿SANTO O PECADOR? ¿GENEROSIDAD O CULPABILIDAD?"
El titular iba seguido de la foto de su esposo. El artículo era peor, insinuaba que Pedro era el padre de los mellizos abandonados en la guardería.
Protegerte: Capítulo 26
Aprovechando el buen tiempo, bastante gente se había acercado a la tienda montada en el aparcamiento del vivero. La mayoría de los habitantes de Storkvillesabían que Paula y él se habían casado y desde que habían llegado, amigos y conocidos los habían parado para felicitarlos. Ellos se habían comportado como una feliz pareja, pero esa cercanía le hacía más difícil a él, el no besarla entre las calabazas. Y todavía más recordar que su matrimonio era solo por poco tiempo. En cuanto entraron en la tienda, la luz de un flash los iluminó. Cuando pudo recobrarse de la momentánea ceguera, Pedro vió quien había tomado la fotografía. Era Brenda Kyle, la reportera de eventos sociales de Storkville. Era una joven entusiasta y ambiciosa, que buscaba una buena noticia para que la pasasen a una sección más importante del periódico.
—Hola, Pedro —dijo Brenda, dirigiéndole una mirada a Paula—. He oído que se ha casado. ¿No me va a presentar a su esposa?
Pedro hizo las presentaciones y Paula estrechó la mano que se le tendía.
—Encantada de conocerla.
—Hola. ¿Por qué no dejaron que informase sobre su boda? —preguntó Brenda, mirando a Pedro—. Cuando el soltero de oro de Storkville se casa, es una gran noticia.
—Mi esposa y yo preferíamos una ceremonia íntima, solo la familia —dijo Pedro.
Hablar en plural y referirse a Paula de esa forma le causó a ella una gran satisfacción.
—¿Porqué?
—Porque las bodas por todo lo alto no son nuestro estilo —respondió él—. Era para nosotros, no las páginas de sociedad.
—Sigue siendo una noticia. La gente tiene curiosidad —dijo ella, lanzándole una mirada de escepticismo—. ¿Usted es la gerente de Baberos y Botines? ¿Y tiene trillizos?
—La respuesta es sí a ambas preguntas —dijo Paula—. ¿Cómo se ha enterado?
—He hecho unas cuantas preguntas. Ya sabe usted que la leyenda dice que la cigüeña que visita a Storkville concede muchos paquetes a aquellos cuyo amor es ilimitado.
—Eso es lo que tengo entendido —dijo Paula.
—Los trillizos no han nacido aquí —dijo Pedro, intentando protegerla de esa piraña de la información.
—La boda fue precipitada —dijo Brenda, mirando el abdomen de Paula—. Según tengo entendido, no se conocían antes de la apertura de la guardería.
Sintió que Paula le apretaba el brazo y cuando la miró a los ojos, se dóo cuenta de que ella estaba tramando algo cuando lo miró con adoración.
—No se puede imaginar lo romántico que fue para Pepe y para mí —dijo ella, haciéndole ojitos—. Amor a primera vista.
—Me parece que aquí hay gato encerrado —dijo Brenda, señalándolos con el dedo.
—¿Y por qué iba a haber más que el romance? —le preguntó Pedro en tono ligero, pero con un peso enorme en el pecho.
—En un solterón como usted, el cuento del amor a primera vista es un poco difícil de creer. Sea sincero, Pedro, ¿Qué sucede?
Tenía un buen olfato para las noticias. Si seguía así, estaría a cargo de las noticias de la tarde en un periódico neoyorquino antes de cumplir veinticinco años.
Paula lo miró con expresión preocupada. Sabía que ella tenía miedo de que si se revelase la verdad sobre su matrimonio, afectase a el juicio por la custodia fuese afectado.
—Le demostraré lo que sucede —dijo, seguro de que la acción era mejor que las palabras.
Abrazó a Paula, acercándosela al pecho, echándosela sobre el brazo y besándola en la boca al estilo Valentino. La gente que los rodeaba rió, silbando y aplaudiendo. Eso no fue impedimento para que ella reaccionase instantáneamente a su caricia. Deseó que estuviesen en la intimidad de su dormitorio, totalmente solos. A regañadientes, la soltó y vió la mirada borrosa y sensual en los ojos grises de Paula. La sujetó con un brazo y miró a la periodista.
—Ahí tiene. Supongo que esto le aclarará la situación.
Más tarde se disculparía por romper la promesa, pero si con ello lograba que el bulldog soltase el hueso, habría valido la pena. Era difícil guardar un secreto en Storkville. No le llevaría demasiado trabajo a un reportero decidido enterarse de las sospechas que lo rodeaban. Mirandola, se dió cuenta de todo lo que podía perder. El precio de las acciones volvería a subir, pero se temía que la confianza de ella nunca lo haría.
El lunes por la mañana, Paula llevó a los trillizos a la guardería. Todavía le duraba la felicidad del fin de semana, con su momento cúspide: el beso de Pedro. Se había dado cuenta de su intención y entregado a él con cuerpo y alma. Instantáneamente se olvidó de que los miraban. Cuando él se había separado de ella, estuvo a punto de decirle que se olvidase de la estúpida promesa y la volviese a besar. Al entrar, los niños corrieron a jugar con sus compañeros, y fue a saludar a una nueva voluntaria, llamada Emma, que estaba jugando con Santiago y Estefanía, los mellizos abandonados. Eran adorables, rubios, con ojos azules, y ya podían dar unos pasos temblorosos bajo la vigilante mirada de la voluntaria. Paula la conocía de ir a buscar a los niños todas las noches.
—Hola, Pedro —dijo Brenda, dirigiéndole una mirada a Paula—. He oído que se ha casado. ¿No me va a presentar a su esposa?
Pedro hizo las presentaciones y Paula estrechó la mano que se le tendía.
—Encantada de conocerla.
—Hola. ¿Por qué no dejaron que informase sobre su boda? —preguntó Brenda, mirando a Pedro—. Cuando el soltero de oro de Storkville se casa, es una gran noticia.
—Mi esposa y yo preferíamos una ceremonia íntima, solo la familia —dijo Pedro.
Hablar en plural y referirse a Paula de esa forma le causó a ella una gran satisfacción.
—¿Porqué?
—Porque las bodas por todo lo alto no son nuestro estilo —respondió él—. Era para nosotros, no las páginas de sociedad.
—Sigue siendo una noticia. La gente tiene curiosidad —dijo ella, lanzándole una mirada de escepticismo—. ¿Usted es la gerente de Baberos y Botines? ¿Y tiene trillizos?
—La respuesta es sí a ambas preguntas —dijo Paula—. ¿Cómo se ha enterado?
—He hecho unas cuantas preguntas. Ya sabe usted que la leyenda dice que la cigüeña que visita a Storkville concede muchos paquetes a aquellos cuyo amor es ilimitado.
—Eso es lo que tengo entendido —dijo Paula.
—Los trillizos no han nacido aquí —dijo Pedro, intentando protegerla de esa piraña de la información.
—La boda fue precipitada —dijo Brenda, mirando el abdomen de Paula—. Según tengo entendido, no se conocían antes de la apertura de la guardería.
Sintió que Paula le apretaba el brazo y cuando la miró a los ojos, se dóo cuenta de que ella estaba tramando algo cuando lo miró con adoración.
—No se puede imaginar lo romántico que fue para Pepe y para mí —dijo ella, haciéndole ojitos—. Amor a primera vista.
—Me parece que aquí hay gato encerrado —dijo Brenda, señalándolos con el dedo.
—¿Y por qué iba a haber más que el romance? —le preguntó Pedro en tono ligero, pero con un peso enorme en el pecho.
—En un solterón como usted, el cuento del amor a primera vista es un poco difícil de creer. Sea sincero, Pedro, ¿Qué sucede?
Tenía un buen olfato para las noticias. Si seguía así, estaría a cargo de las noticias de la tarde en un periódico neoyorquino antes de cumplir veinticinco años.
Paula lo miró con expresión preocupada. Sabía que ella tenía miedo de que si se revelase la verdad sobre su matrimonio, afectase a el juicio por la custodia fuese afectado.
—Le demostraré lo que sucede —dijo, seguro de que la acción era mejor que las palabras.
Abrazó a Paula, acercándosela al pecho, echándosela sobre el brazo y besándola en la boca al estilo Valentino. La gente que los rodeaba rió, silbando y aplaudiendo. Eso no fue impedimento para que ella reaccionase instantáneamente a su caricia. Deseó que estuviesen en la intimidad de su dormitorio, totalmente solos. A regañadientes, la soltó y vió la mirada borrosa y sensual en los ojos grises de Paula. La sujetó con un brazo y miró a la periodista.
—Ahí tiene. Supongo que esto le aclarará la situación.
Más tarde se disculparía por romper la promesa, pero si con ello lograba que el bulldog soltase el hueso, habría valido la pena. Era difícil guardar un secreto en Storkville. No le llevaría demasiado trabajo a un reportero decidido enterarse de las sospechas que lo rodeaban. Mirandola, se dió cuenta de todo lo que podía perder. El precio de las acciones volvería a subir, pero se temía que la confianza de ella nunca lo haría.
El lunes por la mañana, Paula llevó a los trillizos a la guardería. Todavía le duraba la felicidad del fin de semana, con su momento cúspide: el beso de Pedro. Se había dado cuenta de su intención y entregado a él con cuerpo y alma. Instantáneamente se olvidó de que los miraban. Cuando él se había separado de ella, estuvo a punto de decirle que se olvidase de la estúpida promesa y la volviese a besar. Al entrar, los niños corrieron a jugar con sus compañeros, y fue a saludar a una nueva voluntaria, llamada Emma, que estaba jugando con Santiago y Estefanía, los mellizos abandonados. Eran adorables, rubios, con ojos azules, y ya podían dar unos pasos temblorosos bajo la vigilante mirada de la voluntaria. Paula la conocía de ir a buscar a los niños todas las noches.
Protegerte: Capítulo 25
—Sí. Han sido muy amables. Estaba preocupada porque las niñas son propensas a las otitis y el aire está tan frío…
—Por no decir que ya estaban cansados.
—¿Te refieres a cansados de comer porquerías, montar en los caballitos, entrar en la Casa del Terror y hacer todo los que se les antojara?
—¿Quieres decir que los estoy malcriando? —le preguntó.
—Sinceramente, sí.
—De acuerdo —asintió con la cabeza, pensativo—. Tienes razón. Pero debo confesar que lo hago por motivos totalmente egoístas. Cuando veo esas caras sonrientes, soy feliz. Me hacen sonreír a mí. Me gusta sonreír —se encogió de hombros, avergonzado—. Venga, vamos a encontrar la calabaza perfecta para la fiesta, calabacita mía.
—No me llames calabacita tuya —dijo ella, riendo—. Quizás deberíamos hacer esto en otro momento. ¿Estás seguro de que a Horacio y a Ana no les molesta ocuparse de los niños? —preguntó, observándole el rostro para ver si mentía o no.
—No puedo leer sus mentes, pero los conozco como padres. E hicieron un buen trabajo, creo —dijo con una breve sonrisa—. Sabían lo que significa llevarse a los niños. Y, al fin y al cabo, Pau, ellos se ofrecieron a hacerlo.
En ese momento, ella odió su relación con Francisco. Le dió rabia que la hubiese convertido en una cínica que cuestionaba todo y a todos.
—Sin embargo —dijo ella mirando hacia donde sus hijos y sus suegros se habían ido, más allá de la gente que circulaba entre las pacas de heno y la exhibición de calabazas—, quizás deberíamos ir a rescatar a tus padres.
—¿Es esa una excusa para no quedarte a solas conmigo? —le preguntó él—. Me he comportado como un perfecto caballero —le recordó.
Cuanto más tiempo pasaban juntos, menos quería ella comportarse como una dama. Recordó, de pronto, que había algo que quería decirle, que necesitaba decirle. Y con sus padres y los niños alrededor, no había encontrado el momento. Hasta ahora.
—Pepe…
—Pau… Se quedaron mirándose un instante antes de que él sonriese. —Primero las damas.
Ella hizo una profunda inspiración antes de hablar…
—Tengo que disculparme por lo de la otra noche. Eres cariñoso y generoso conmigo y los trillizos. Y a pesar de que estarás enfadado…
—¿Por qué iba a estar enfadado?
—Prácticamente te eché de tu habitación. Y es realmente tu habitación. Lo que pasa es que me he convertido en una persona que no confía en nadie. Me niego a que me vuelva a suceder lo que me sucedió con Francisco. No me lo puedo permitir. Es responsabilidad mía proteger a los niños.
—Aunque los malcríe un poquito, nunca les haría daño. Lo cual me lleva a preguntarme porqué piensas que si estamos solos te sucederá lo mismo que te sucedió con Francisco.
—¿Por qué no? Eres encantador, inteligente, guapo y besas mejor que la media… —se quedó cortada. No se podía creer lo que había dicho.
—¿Solo mejor que la media? Y yo que pensaba que era excepcional. Mejor que la media es un desafío para un perfeccionista como yo.
Intentaba bromear, pero para ella ese asunto era importante.
—Prometiste que no volverías a besarme.
—No. Tú me echaste porque no quise prometértelo.
—De acuerdo —dijo ella—. Pero ponte en mi lugar. Me enamoré perdidamente de Francisco, y luego él perdió todo interés en mí. Cuando alguien tan guapo como tú se acerca a una chica con tanto ímpetu, después de lo que pasó, quiero salir corriendo.
—Yo sí que he estado en tu lugar, Pau. Ha habido mujeres que han intentado cazar al millonario, pero cuando el interés no tiene profundidad, es imposible mantener la intensidad.
—Entonces comprendes lo que me ha sucedido.
—Sí. Pero ¿Qué te parece si por hoy nos olvidamos de todo eso? Quédate conmigo lo suficiente para elegir una sola calabaza más. Después de todo, ¿Acaso no encontró la Cenicienta una calabaza que se convirtió en carroza?
—Sí, pero piensa el desastre en que resultó el baile. Perdió el zapato, la carroza se convirtió en calabaza, y tuvo que volverse a casa a pie y descalza.
—Eso fue a medianoche y estamos en pleno día. Te prometo que no te besaré aquí.
A Paula le pareció sincero, y sería dar un pasito hacia la confianza. Por otro lado, si era un lobo con piel de cordero, ¿No sería mejor que se descubriese cuanto antes?
—De acuerdo —accedió.
—De acuerdo —sonrió él triunfante.
Pedro tuvo deseos de dar vítores. Pero, ¿Cuánto duraría la victoria? Porque lo que quería ver reflejado en sus ojos era confianza, una fe incondicional en él. ¿Tendría suerte y lograría demostrar su inocencia antes de que ella se enterase de las sospechas que pendían sobre él? Había llamado al laboratorio, preguntando por los resultados de la prueba del ADN y le habían dicho que tardarían dos semanas más, quizás un poco menos. Cruzaba los dedos porque fuese esto último. Así es que lo único que le quedaba era disfrutar del presente y de la compañía de ella.
—Por no decir que ya estaban cansados.
—¿Te refieres a cansados de comer porquerías, montar en los caballitos, entrar en la Casa del Terror y hacer todo los que se les antojara?
—¿Quieres decir que los estoy malcriando? —le preguntó.
—Sinceramente, sí.
—De acuerdo —asintió con la cabeza, pensativo—. Tienes razón. Pero debo confesar que lo hago por motivos totalmente egoístas. Cuando veo esas caras sonrientes, soy feliz. Me hacen sonreír a mí. Me gusta sonreír —se encogió de hombros, avergonzado—. Venga, vamos a encontrar la calabaza perfecta para la fiesta, calabacita mía.
—No me llames calabacita tuya —dijo ella, riendo—. Quizás deberíamos hacer esto en otro momento. ¿Estás seguro de que a Horacio y a Ana no les molesta ocuparse de los niños? —preguntó, observándole el rostro para ver si mentía o no.
—No puedo leer sus mentes, pero los conozco como padres. E hicieron un buen trabajo, creo —dijo con una breve sonrisa—. Sabían lo que significa llevarse a los niños. Y, al fin y al cabo, Pau, ellos se ofrecieron a hacerlo.
En ese momento, ella odió su relación con Francisco. Le dió rabia que la hubiese convertido en una cínica que cuestionaba todo y a todos.
—Sin embargo —dijo ella mirando hacia donde sus hijos y sus suegros se habían ido, más allá de la gente que circulaba entre las pacas de heno y la exhibición de calabazas—, quizás deberíamos ir a rescatar a tus padres.
—¿Es esa una excusa para no quedarte a solas conmigo? —le preguntó él—. Me he comportado como un perfecto caballero —le recordó.
Cuanto más tiempo pasaban juntos, menos quería ella comportarse como una dama. Recordó, de pronto, que había algo que quería decirle, que necesitaba decirle. Y con sus padres y los niños alrededor, no había encontrado el momento. Hasta ahora.
—Pepe…
—Pau… Se quedaron mirándose un instante antes de que él sonriese. —Primero las damas.
Ella hizo una profunda inspiración antes de hablar…
—Tengo que disculparme por lo de la otra noche. Eres cariñoso y generoso conmigo y los trillizos. Y a pesar de que estarás enfadado…
—¿Por qué iba a estar enfadado?
—Prácticamente te eché de tu habitación. Y es realmente tu habitación. Lo que pasa es que me he convertido en una persona que no confía en nadie. Me niego a que me vuelva a suceder lo que me sucedió con Francisco. No me lo puedo permitir. Es responsabilidad mía proteger a los niños.
—Aunque los malcríe un poquito, nunca les haría daño. Lo cual me lleva a preguntarme porqué piensas que si estamos solos te sucederá lo mismo que te sucedió con Francisco.
—¿Por qué no? Eres encantador, inteligente, guapo y besas mejor que la media… —se quedó cortada. No se podía creer lo que había dicho.
—¿Solo mejor que la media? Y yo que pensaba que era excepcional. Mejor que la media es un desafío para un perfeccionista como yo.
Intentaba bromear, pero para ella ese asunto era importante.
—Prometiste que no volverías a besarme.
—No. Tú me echaste porque no quise prometértelo.
—De acuerdo —dijo ella—. Pero ponte en mi lugar. Me enamoré perdidamente de Francisco, y luego él perdió todo interés en mí. Cuando alguien tan guapo como tú se acerca a una chica con tanto ímpetu, después de lo que pasó, quiero salir corriendo.
—Yo sí que he estado en tu lugar, Pau. Ha habido mujeres que han intentado cazar al millonario, pero cuando el interés no tiene profundidad, es imposible mantener la intensidad.
—Entonces comprendes lo que me ha sucedido.
—Sí. Pero ¿Qué te parece si por hoy nos olvidamos de todo eso? Quédate conmigo lo suficiente para elegir una sola calabaza más. Después de todo, ¿Acaso no encontró la Cenicienta una calabaza que se convirtió en carroza?
—Sí, pero piensa el desastre en que resultó el baile. Perdió el zapato, la carroza se convirtió en calabaza, y tuvo que volverse a casa a pie y descalza.
—Eso fue a medianoche y estamos en pleno día. Te prometo que no te besaré aquí.
A Paula le pareció sincero, y sería dar un pasito hacia la confianza. Por otro lado, si era un lobo con piel de cordero, ¿No sería mejor que se descubriese cuanto antes?
—De acuerdo —accedió.
—De acuerdo —sonrió él triunfante.
Pedro tuvo deseos de dar vítores. Pero, ¿Cuánto duraría la victoria? Porque lo que quería ver reflejado en sus ojos era confianza, una fe incondicional en él. ¿Tendría suerte y lograría demostrar su inocencia antes de que ella se enterase de las sospechas que pendían sobre él? Había llamado al laboratorio, preguntando por los resultados de la prueba del ADN y le habían dicho que tardarían dos semanas más, quizás un poco menos. Cruzaba los dedos porque fuese esto último. Así es que lo único que le quedaba era disfrutar del presente y de la compañía de ella.
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