Lo encontró tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Luego fue a cambiar la ropa de su propia cama porque no disponía de habitación de invitados.
-¿Cómo me he metido en esto? -murmuró-. Hace una hora yo estaba planeando una horrible venganza.
Cuando volvió a la sala de estar, Pedro estaba despierto y mirando a su alrededor con aire aturdido.
-La cama está preparada. Le he comprado algo para la noche. El paquete está en el dormitorio.
-Gracias. Es muy amable. Puedo manejarme solo.
La habitación estaba iluminada tenuemente por una pequeña lámpara puesta en la mesilla de noche. Pedro sintió un gran alivio porque le dolía mucho la cabeza. Se quitó la ropa, se puso los calzoncillos que ella había comprado y decidió descansar unos minutos antes de ponerse la camiseta. Fue una bendición acomodar la cabeza en la almohada y sentir que el dolor se calmaba con el sueño.
Paula durmió en el sofá. De madrugada se despertó repentinamente y se puso a escuchar con atención. Todo estaba en completo silencio y un leve resplandor se filtraba por el resquicio bajo la puerta del dormitorio. Entonces se acercó a la puerta y, tras unos segundos de vacilación, abrió suavemente. La ropa estaba desparramada por el suelo y Pedro dormía de espaldas con la camiseta en una mano. Al notar que su respiración era regular y relajada, ella concluyó que todo iba bien. Entonces se acercó a la cama sigilosamente con el propósito de apagar la luz. Tal vez la repentina oscuridad perturbó al durmiente porque murmuró algo, se volvió de lado con un brazo fuera de la cama y su mano rozó el muslo de ella. Se quedó petrificada. Lo que menos deseaba era que despertara y la viera allí. Entre la amplia cama y el armario había un estrecho espacio y la mano le impedía pasar. Así que la movió suavemente para abrirse paso, pero de pronto los dedos de Pedro apretaron los suyos. Con la respiración contenida, se arrodilló y trató de liberar su mano. En ese momento, un tenue rayo de luz iluminó el rostro del hombre, que estaba muy cerca del de la joven, y ella pudo contemplar las líneas de su boca. Por la mañana había notado que esa boca delataba una especie de sarcástica seguridad pero, en ese instante, le pareció más suave, más benévola, pronta a la sonrisa y a una risa espontánea, incluso encantadora. Cuando pudo liberar la mano, abandonó apresuradamente la habitación sin mirar atrás.
Pedro despertó repentinamente. El dolor de cabeza había desaparecido por completo y se sintió invadido por una intensa sensación de bienestar. Tal vez tuviera algo que ver con esa mujer extraordinaria que había aparecido en su vida el día anterior y que le había impulsado a conducirse de un modo extraño. Se preguntó si volvería a reconocerse. Aunque la verdad era que nunca se había reconocido del todo en los largos años en que había adoptado una doble personalidad.
No lograba recordar a su madre, Ana Alfonso, fallecida pocas semanas tras su nacimiento. De hecho, sus primeros recuerdos se remontaban a los cuatro años, en la oficina del Registro Civil, mientras su padre contraía matrimonio con una joven de diecinueve años llamada Graciela. Él había adorado a esa mujer y se había sentido seguro junto a ella. Pero había descubierto que la posesión del ser amado no duraba para siempre. Dos años más tarde, Graciela y Horacio adoptaron a Lucas. Era un año menor que Pedro. «Serán compañeros», fue el comentario general. Y lo habían sido. A pesar de los mutuos sabotajes a sus proyectos infantiles, habían hecho una alianza contra el mundo. Aunque era una alianza frágil, siempre al borde de la ruptura.
Su recuerdo más doloroso se remontaba a los nueve años, cuando Horacio y Graciela se divorciaron y ella se marchó llevándose a Lucas. Sólo más tarde fue capaz de comprender que no había tenido otra alternativa. Él era hijo de Horacio, pero no de Graciela, que únicamente podía pedir la custodia de Lucas. Se quedó junto a su padre con el dolor de sentirse abandonado por la única madre que había conocido. Hasta que dos años después, Horacio falleció y los Alfonso lo llevaron a vivir a Nápoles. Para su alegría, Graciela fue a buscarlo. Así fue como ella conoció a Antonio, uno de sus tíos, y pronto se casaron. Pedro adoptó el apellido italiano y desde entonces nunca dejó de sentirse un auténtico Alfonso napolitano. Sin embargo, ante esa hermosa y fascinante mujer cuya cama ocupaba, no podía ser Pedro Alfonso.
Eran las siete de la mañana y todavía estaba oscuro en esa época del año. Tras ponerse los pantalones, abrió un poco la puerta. Un haz de luz iluminaba a la joven, que estaba de perfil junto a la ventana. Tardó un instante en reconocerla. Esa misteriosa criatura con los largos cabellos negros que le caían sobre los hombros, sobre los pechos y hasta la mitad de la espalda, era muy diferente a la mujer austera que había visto de día. La pálida luz gris perfilaba su figura, apagando los colores, hasta dejarla convertida en una sombra. La joven contemplaba la luz naciente como si el amanecer la volviera a la vida.
-Una strega -pensó Pedro.
sábado, 11 de febrero de 2017
Juegos Peligrosos: Capítulo 5
Con un suspiro, Pedro volvió al suyo y lo puso en marcha. Lo que sucedió después fue algo que nunca pudo explicarse, salvo que de pronto olvidó que estaba en Inglaterra y que allí se conducía en sentido contrario. Tal vez a la luz del día lo habría hecho mejor, pero el resplandor de las luces de los otros vehículos le hizo perder el sentido de la dirección. Entonces se produjo un espantoso ruido de metales que chocaban y sintió un fuerte golpe en la cabeza. De pronto, vió que Paula abría su puerta.
-Formidable. Lo único que me faltaba era que un payaso me destrozara el coche... Oiga, ¿Se encuentra bien?
-Sí, muy bien -mintió mientras parpadeaba en un vano esfuerzo por despejarse.
-No lo parece. ¿Se ha golpeado la cabeza?
-No es grave. ¿Y usted? ¿Se ha hecho daño?
-No, todo el daño se lo ha llevado el coche.
Pedro salió muy despacio del vehículo porque la cabeza le daba vueltas y echó una mirada a las abolladuras. No había duda de que la culpa era suya, pensó enfadado consigo mismo por tener que ceder ante ella.
-Lo siento.
-No se preocupe. Ahora iremos a un hospital para que le hagan un reconocimiento.
-Es sólo un rasguño.
-Está bien, aunque lo mantendré vigilado un rato. Venga a casa conmigo. No -añadió al ver que Pedro se dirigía a su coche-. Usted no va a conducir en ese estado. Lo haré yo.
-No quiero dejar el coche abandonado.
-No se quedará aquí. Si sostiene la linterna, yo ataré el cable de remolque.
Pedro tuvo que admitir que unió los dos vehículos con la eficacia de un mecánico. Diez minutos después, llegaron a un elegante bloque de departamentos donde Paula estacionó los dos vehículos con suma habilidad. El costoso piso se encontraba en la segunda planta. Era pulcro, elegante y amueblado con exquisito gusto, aunque a él le pareció que faltaba algo que no supo definir.
-Siéntese y déjeme mirarle la frente.
Pedro tuvo que admitir que la cabeza le dolía horriblemente y una mirada al espejo le devolvió una fea magulladura y algunos cortes sangrantes.
-No tardaré nada en limpiarle las heridas y después le prepararé un café fuerte.
Pedro se acomodó en el sofá con los ojos cerrados. De pronto, le pareció oír que ella hablaba por teléfono, pero cuando abrió los ojos, Paula estaba a su lado con una taza de café en la mano.
-Bébase esto.
-Gracias. Llamaré un taxi para que me lleve al hotel. Siento mucho lo de su coche, y por cierto que pagaré la reparación.
-No hace falta. El seguro corre con los gastos.
-No, lo haré yo -se apresuró a decir pensando en los documentos que de otro modo tendría que rellenar con su verdadero nombre.
Justo en ese momento llamaron a la puerta y, al cabo de unos minutos, Paula volvió a la sala con un hombre joven.
-Éste es el doctor Kenton. Lo llamé en cuanto llegamos a casa.
-Le dije que me encuentro bien -gimió.
-¿Por qué no me deja decidirlo a mí? -intervino el médico, con amabilidad-. Tiene una leve conmoción; nada serio, pero debe irse de inmediato a la cama e intentar dormir -dijo tras examinarlo.
Pedro lanzó a la joven una mirada de reproche.
-Entonces me voy de inmediato.
-¿Tiene alguien que lo cuide? -preguntó el médico.
-Realmente, no. Se hospeda en un hotel, por eso lo he traído a casa -intervino la joven.
-Tonterías -protestó Pedro.
-Y aquí se quedará -añadió Paula como si no lo hubiera oído.
-Llévelo a la cama y luego que tome dos de estas cápsulas -dijo el médico tras sacar un frasco de la cartera-. No es necesario que me acompañe a la puerta. Buenas noches.
Cuando se quedaron solos, se miraron con ironía. Entonces ella sonrió divertida.
-No hay nada como ver al oponente en desventaja para recobrar el buen humor -le reprochó Pedro.
-Hay un supermercado muy cerca de aquí. Iré a buscar algunas cosas para usted y cuando vuelva prepararé su cama. Y no se le ocurra marcharse.
-No se preocupe. No podría.
En el supermercado, Paula compró espuma y loción de afeitar, calcetines y ropa interior. Tuvo que adivinar la talla, aunque no le fue difícil. Él era alto, esbelto y de amplios hombros. Justo el tipo de hombre que le gustaba. Finalmente, compró unos comestibles y se apresuró a regresar a casa.
-Formidable. Lo único que me faltaba era que un payaso me destrozara el coche... Oiga, ¿Se encuentra bien?
-Sí, muy bien -mintió mientras parpadeaba en un vano esfuerzo por despejarse.
-No lo parece. ¿Se ha golpeado la cabeza?
-No es grave. ¿Y usted? ¿Se ha hecho daño?
-No, todo el daño se lo ha llevado el coche.
Pedro salió muy despacio del vehículo porque la cabeza le daba vueltas y echó una mirada a las abolladuras. No había duda de que la culpa era suya, pensó enfadado consigo mismo por tener que ceder ante ella.
-Lo siento.
-No se preocupe. Ahora iremos a un hospital para que le hagan un reconocimiento.
-Es sólo un rasguño.
-Está bien, aunque lo mantendré vigilado un rato. Venga a casa conmigo. No -añadió al ver que Pedro se dirigía a su coche-. Usted no va a conducir en ese estado. Lo haré yo.
-No quiero dejar el coche abandonado.
-No se quedará aquí. Si sostiene la linterna, yo ataré el cable de remolque.
Pedro tuvo que admitir que unió los dos vehículos con la eficacia de un mecánico. Diez minutos después, llegaron a un elegante bloque de departamentos donde Paula estacionó los dos vehículos con suma habilidad. El costoso piso se encontraba en la segunda planta. Era pulcro, elegante y amueblado con exquisito gusto, aunque a él le pareció que faltaba algo que no supo definir.
-Siéntese y déjeme mirarle la frente.
Pedro tuvo que admitir que la cabeza le dolía horriblemente y una mirada al espejo le devolvió una fea magulladura y algunos cortes sangrantes.
-No tardaré nada en limpiarle las heridas y después le prepararé un café fuerte.
Pedro se acomodó en el sofá con los ojos cerrados. De pronto, le pareció oír que ella hablaba por teléfono, pero cuando abrió los ojos, Paula estaba a su lado con una taza de café en la mano.
-Bébase esto.
-Gracias. Llamaré un taxi para que me lleve al hotel. Siento mucho lo de su coche, y por cierto que pagaré la reparación.
-No hace falta. El seguro corre con los gastos.
-No, lo haré yo -se apresuró a decir pensando en los documentos que de otro modo tendría que rellenar con su verdadero nombre.
Justo en ese momento llamaron a la puerta y, al cabo de unos minutos, Paula volvió a la sala con un hombre joven.
-Éste es el doctor Kenton. Lo llamé en cuanto llegamos a casa.
-Le dije que me encuentro bien -gimió.
-¿Por qué no me deja decidirlo a mí? -intervino el médico, con amabilidad-. Tiene una leve conmoción; nada serio, pero debe irse de inmediato a la cama e intentar dormir -dijo tras examinarlo.
Pedro lanzó a la joven una mirada de reproche.
-Entonces me voy de inmediato.
-¿Tiene alguien que lo cuide? -preguntó el médico.
-Realmente, no. Se hospeda en un hotel, por eso lo he traído a casa -intervino la joven.
-Tonterías -protestó Pedro.
-Y aquí se quedará -añadió Paula como si no lo hubiera oído.
-Llévelo a la cama y luego que tome dos de estas cápsulas -dijo el médico tras sacar un frasco de la cartera-. No es necesario que me acompañe a la puerta. Buenas noches.
Cuando se quedaron solos, se miraron con ironía. Entonces ella sonrió divertida.
-No hay nada como ver al oponente en desventaja para recobrar el buen humor -le reprochó Pedro.
-Hay un supermercado muy cerca de aquí. Iré a buscar algunas cosas para usted y cuando vuelva prepararé su cama. Y no se le ocurra marcharse.
-No se preocupe. No podría.
En el supermercado, Paula compró espuma y loción de afeitar, calcetines y ropa interior. Tuvo que adivinar la talla, aunque no le fue difícil. Él era alto, esbelto y de amplios hombros. Justo el tipo de hombre que le gustaba. Finalmente, compró unos comestibles y se apresuró a regresar a casa.
jueves, 9 de febrero de 2017
Juegos Peligrosos: Capítulo 4
Y no había intentado volver a hablar con ella, lo que significaba que sí la había liado. En el estacionamiento de la empresa se dirigió a su coche nuevo, cuyas líneas relucientes siempre le producían bienestar. Pero esa vez no fue así. Bajo su calma aparente, estaba furiosa. La habían sorprendido con la guardia baja y había revelado sus verdaderos pensamientos. Y eso no se hacía cuando alguien como ella necesitaba urgentemente llegar a la cima de su carrera. Seguro que ese hombre contaría que no sólo había sido tan estúpida como para confundir su identidad, sino que además se había referido con hostilidad a los nuevos jefes. ¡Magnífico!
Mientras conducía hacia la salida del edificio, notó que otro coche la seguía. Ya en la calle, se mantuvo detrás de ella a una distancia prudente. A través del espejo retrovisor vio que era él. En cuanto pudo, aparcó a un lado de la vía y bajó del coche dispuesta a enfrentarse al señor Gonzalez.
-¿Me está siguiendo?
-Sí. Intenté alcanzarla en el estacionamiento, pero la perdí de vista. Pensé que podríamos hablar.
-Hablamos esta mañana y todavía lo lamento.
-De veras que lo siento. Fue una estupidez por mi parte. Intentaba jugarle una broma y salió mal, pero cuando usted dio por sentado que yo era su secretario... bueno, ¿Me va a culpar por haberle seguido el juego?
-Sí. Se comportó de un modo muy poco profesional.
-¿Y cree que es muy profesional no haber comprobado los hechos primero? -replicó, enfadado-. Mire, lo siento. No quiero que esto se convierta en una disputa.
-Se convirtió en una querella en el mismo instante en que usted decidió que yo estaba allí para entretenerlo y mañosamente me hizo decir... -Paula se paró en seco.
-Yo no la obligué a decir cosas como «¡Al diablo con Pedro Alfonso!».
-Y con eso puedo dar por concluidas mis expectativas con los nuevos jefes. Porque tarde o temprano tendrá que informarles. Y si no lo hace, pondrá en peligro sus propias expectativas.
-No se preocupe por mis expectativas -dijo con tranquilidad-. Tengo la virtud de pensar primero antes de hablar. Para ser una mujer ambiciosa, es sorprendentemente imprudente.
-¿Cómo iba a saber que usted...?
-¿Que no soy un subordinado? Mire, olvidemos el asunto. Estoy cansado después de un viaje bastante accidentado. Apenas he dormido. No estoy en mi mejor momento y estoy diciendo cosas que no debería. Me gustaría disculparme como corresponde invitándola a cenar.
-No, gracias. Tengo planes para esta noche. Y ahora, señor Gonzalez, si me perdona, debo volver a casa. Le sugiero que pase la noche escribiendo un informe destinado a sus jefes.
-No era mi propósito pasar así la velada.
-Si me vuelve a seguir, llamaré a la policía.
-¿Para qué? Con toda seguridad usted sabe manejar situaciones como ésta sin ayuda de nadie.
-Una observación absolutamente innecesaria.
-Pensé que lo tomaría como un cumplido.
-Nuestras ideas difieren mucho sobre lo que es un cumplido. ¡Buenas noches!
Sin detenerse a esperar una respuesta, Paula subió a su coche y, aun a riesgo de estropear el motor, arrancó el vehículo con exagerado ímpetu.
Mientras conducía hacia la salida del edificio, notó que otro coche la seguía. Ya en la calle, se mantuvo detrás de ella a una distancia prudente. A través del espejo retrovisor vio que era él. En cuanto pudo, aparcó a un lado de la vía y bajó del coche dispuesta a enfrentarse al señor Gonzalez.
-¿Me está siguiendo?
-Sí. Intenté alcanzarla en el estacionamiento, pero la perdí de vista. Pensé que podríamos hablar.
-Hablamos esta mañana y todavía lo lamento.
-De veras que lo siento. Fue una estupidez por mi parte. Intentaba jugarle una broma y salió mal, pero cuando usted dio por sentado que yo era su secretario... bueno, ¿Me va a culpar por haberle seguido el juego?
-Sí. Se comportó de un modo muy poco profesional.
-¿Y cree que es muy profesional no haber comprobado los hechos primero? -replicó, enfadado-. Mire, lo siento. No quiero que esto se convierta en una disputa.
-Se convirtió en una querella en el mismo instante en que usted decidió que yo estaba allí para entretenerlo y mañosamente me hizo decir... -Paula se paró en seco.
-Yo no la obligué a decir cosas como «¡Al diablo con Pedro Alfonso!».
-Y con eso puedo dar por concluidas mis expectativas con los nuevos jefes. Porque tarde o temprano tendrá que informarles. Y si no lo hace, pondrá en peligro sus propias expectativas.
-No se preocupe por mis expectativas -dijo con tranquilidad-. Tengo la virtud de pensar primero antes de hablar. Para ser una mujer ambiciosa, es sorprendentemente imprudente.
-¿Cómo iba a saber que usted...?
-¿Que no soy un subordinado? Mire, olvidemos el asunto. Estoy cansado después de un viaje bastante accidentado. Apenas he dormido. No estoy en mi mejor momento y estoy diciendo cosas que no debería. Me gustaría disculparme como corresponde invitándola a cenar.
-No, gracias. Tengo planes para esta noche. Y ahora, señor Gonzalez, si me perdona, debo volver a casa. Le sugiero que pase la noche escribiendo un informe destinado a sus jefes.
-No era mi propósito pasar así la velada.
-Si me vuelve a seguir, llamaré a la policía.
-¿Para qué? Con toda seguridad usted sabe manejar situaciones como ésta sin ayuda de nadie.
-Una observación absolutamente innecesaria.
-Pensé que lo tomaría como un cumplido.
-Nuestras ideas difieren mucho sobre lo que es un cumplido. ¡Buenas noches!
Sin detenerse a esperar una respuesta, Paula subió a su coche y, aun a riesgo de estropear el motor, arrancó el vehículo con exagerado ímpetu.
Juegos Peligrosos: Capítulo 3
-Déjemelo a mí. Yo me encargaré de eso -Alfonso se dirigió a la puerta y luego se volvió a él-. A propósito, preferiría que nadie supiera quién soy. Al menos por ahora. Creen que me llamo Horacio Gonzalez. Eso me dará la oportunidad de conocer a la gente de una manera más espontánea. Estoy seguro de que me apoyará en esto.
-Por supuesto, cuente conmigo -dijo Cesar de inmediato.
Paula alzó la vista del ordenador cuando él entró en su despacho.
-Me gustaría que estudiara estos archivos. Le dirán mucho sobre el modo en que Curtis y Leonate han interactuado desde que hace un año empezaron a trabajar juntos.
-Para ser más exactos, hace quince meses. El trabajo conjunto comenzó cuando Curtis hizo una oferta relativa a la fabricación de una nueva clase de enchufes para ordenador.
-Excelente. Veo que ha hecho los deberes.
Luego procedió a ponerlo al día acerca de las actividades de la empresa y su relación con Leonate, haciendo gala de una mente despejada e informada hasta el más mínimo detalle. Pedro se quedó impresionado. También tuvo que reconocer que no le era fácil concentrarse a causa del aroma que emanaba de ella; un perfume original, sutil y misterioso que le llegaba por oleadas hasta el extremo de hacerle pensar si de veras existía. Pedro estaba acostumbrado a los perfumes demasiado intensos y dulces con que las mujeres intentaban atraerlo. En cambio, el de ella era fresco y suave; un aroma contenido, como el del invierno a punto de convertirse en primavera. En ese momento, sonó el teléfono.
-¿Laura? ¿Qué noticias tienes?
-Estoy hospitalizada. Desgraciadamente pasarán algunos meses antes de que pueda volver a la oficina. No sabes cómo lo siento, Paula.
-No te preocupes por nada. Lo único que importa es que el bebé se encuentre bien.
-Dios te bendiga.
Pensativamente, Paula puso el auricular en su sitio.
-¿Su secretaria? ¿No volverá?
-Así parece. En todo caso...
En ese preciso momento, una joven entró apresuradamente.
-¿Señorita Chaves? Siento no haber podido llegar antes. Me envían del departamento de personal. Dijeron que usted necesitaba una secretaria.
-Pero... -Paula miró a Pedro.
-Es un poco complicado -el hombre empezó a balbucear con inquietud.
-¿Quiere esperar fuera, por favor? -le pidió Paula a la secretaria con amabilidad.
Cuando se hubo marchado, se enfrentó a Alfonso-. ¿Quién es usted?
-Ya se lo dije. Me llamo Horacio Gonzalez.
-Pero, ¿Quién es Horacio Gonzalez? ¿Y por qué dice que es mi nuevo secretario cuando no lo es?
-Seamos justos. No le he dicho que fuese su secretario. Usted sacó esa conclusión precipitadamente. No me dio la oportunidad de explicarme, simplemente se limitó a darme órdenes y yo obedecí. Tiene que reconocer que ése es su modo de actuar.
Pedro sabía que exageraba, pero cualquier cosa era mejor que decir la verdad. ¿O no? Tal vez ésa fuera su última oportunidad para aclarar la situación. Entonces aspiró una gran bocanada de aire y, cuando estaba a punto de hablar, una voz desde la puerta selló su destino.
-¡Horacio, amigo mío, es un placer verte por aquí! -exclamó Cesar Tandy acercándose a él con una sonrisa, consciente del papel que le tocaba jugar. Pedro dejó escapar una maldición mentalmente-. Veo que ya conoces a Paula. Excelente -añadió totalmente ajeno al desastre que provocaba.
-Oh, sí. Has llegado justo cuando nos estábamos presentando-dijo Paula cortésmente, con una fría mirada.
-Aún no le he dicho quién soy ni de dónde vengo -declaró Pedro al tiempo que le lanzaba a Cesar una feroz mirada de advertencia-. Es un poco complicado... pero digamos que soy una especie de embajador de Leonate Europa que ha venido a preparar el terreno antes de la llegada de la artillería.
-¿Y visitar primero mi despacho era parte de la preparación del terreno?
-Señorita Chaves, su nombre ha sido mencionado como uno de los más valiosos de la firma. Y ahora que hemos hablado, voy a pedirle que me asesore con su información sobre la empresa. Tal vez los tres podríamos comer juntos e intercambiar opiniones.
-¡Buena idea! -exclamó Cesar.
-Muy amable por su parte -contestó ella con fría tranquilidad-. Pero temo que mi comida va a consistir en una manzana en mi mesa de trabajo. Ha llegado una secretaria nueva y tenemos mucho que hacer.
Cesar, aterrorizado, murmuró con urgencia.
-Paula, creo que...
-Naturalmente que respeto su decisión -intervino Pedro con suavidad-. Lo dejaremos para otra ocasión. Cesar, ¿Por qué no vamos a charlar a otra parte?
Ambos se marcharon dejando a Paula con la sensación de que las cosas se habían liado por su culpa y con el deseo de golpearse la cabeza contra la pared. Cuando su jornada hubo terminado, fue a ver a Cesar. Este le dijo alegremente que el recién llegado se había marchado hacía una hora.
-Por supuesto, cuente conmigo -dijo Cesar de inmediato.
Paula alzó la vista del ordenador cuando él entró en su despacho.
-Me gustaría que estudiara estos archivos. Le dirán mucho sobre el modo en que Curtis y Leonate han interactuado desde que hace un año empezaron a trabajar juntos.
-Para ser más exactos, hace quince meses. El trabajo conjunto comenzó cuando Curtis hizo una oferta relativa a la fabricación de una nueva clase de enchufes para ordenador.
-Excelente. Veo que ha hecho los deberes.
Luego procedió a ponerlo al día acerca de las actividades de la empresa y su relación con Leonate, haciendo gala de una mente despejada e informada hasta el más mínimo detalle. Pedro se quedó impresionado. También tuvo que reconocer que no le era fácil concentrarse a causa del aroma que emanaba de ella; un perfume original, sutil y misterioso que le llegaba por oleadas hasta el extremo de hacerle pensar si de veras existía. Pedro estaba acostumbrado a los perfumes demasiado intensos y dulces con que las mujeres intentaban atraerlo. En cambio, el de ella era fresco y suave; un aroma contenido, como el del invierno a punto de convertirse en primavera. En ese momento, sonó el teléfono.
-¿Laura? ¿Qué noticias tienes?
-Estoy hospitalizada. Desgraciadamente pasarán algunos meses antes de que pueda volver a la oficina. No sabes cómo lo siento, Paula.
-No te preocupes por nada. Lo único que importa es que el bebé se encuentre bien.
-Dios te bendiga.
Pensativamente, Paula puso el auricular en su sitio.
-¿Su secretaria? ¿No volverá?
-Así parece. En todo caso...
En ese preciso momento, una joven entró apresuradamente.
-¿Señorita Chaves? Siento no haber podido llegar antes. Me envían del departamento de personal. Dijeron que usted necesitaba una secretaria.
-Pero... -Paula miró a Pedro.
-Es un poco complicado -el hombre empezó a balbucear con inquietud.
-¿Quiere esperar fuera, por favor? -le pidió Paula a la secretaria con amabilidad.
Cuando se hubo marchado, se enfrentó a Alfonso-. ¿Quién es usted?
-Ya se lo dije. Me llamo Horacio Gonzalez.
-Pero, ¿Quién es Horacio Gonzalez? ¿Y por qué dice que es mi nuevo secretario cuando no lo es?
-Seamos justos. No le he dicho que fuese su secretario. Usted sacó esa conclusión precipitadamente. No me dio la oportunidad de explicarme, simplemente se limitó a darme órdenes y yo obedecí. Tiene que reconocer que ése es su modo de actuar.
Pedro sabía que exageraba, pero cualquier cosa era mejor que decir la verdad. ¿O no? Tal vez ésa fuera su última oportunidad para aclarar la situación. Entonces aspiró una gran bocanada de aire y, cuando estaba a punto de hablar, una voz desde la puerta selló su destino.
-¡Horacio, amigo mío, es un placer verte por aquí! -exclamó Cesar Tandy acercándose a él con una sonrisa, consciente del papel que le tocaba jugar. Pedro dejó escapar una maldición mentalmente-. Veo que ya conoces a Paula. Excelente -añadió totalmente ajeno al desastre que provocaba.
-Oh, sí. Has llegado justo cuando nos estábamos presentando-dijo Paula cortésmente, con una fría mirada.
-Aún no le he dicho quién soy ni de dónde vengo -declaró Pedro al tiempo que le lanzaba a Cesar una feroz mirada de advertencia-. Es un poco complicado... pero digamos que soy una especie de embajador de Leonate Europa que ha venido a preparar el terreno antes de la llegada de la artillería.
-¿Y visitar primero mi despacho era parte de la preparación del terreno?
-Señorita Chaves, su nombre ha sido mencionado como uno de los más valiosos de la firma. Y ahora que hemos hablado, voy a pedirle que me asesore con su información sobre la empresa. Tal vez los tres podríamos comer juntos e intercambiar opiniones.
-¡Buena idea! -exclamó Cesar.
-Muy amable por su parte -contestó ella con fría tranquilidad-. Pero temo que mi comida va a consistir en una manzana en mi mesa de trabajo. Ha llegado una secretaria nueva y tenemos mucho que hacer.
Cesar, aterrorizado, murmuró con urgencia.
-Paula, creo que...
-Naturalmente que respeto su decisión -intervino Pedro con suavidad-. Lo dejaremos para otra ocasión. Cesar, ¿Por qué no vamos a charlar a otra parte?
Ambos se marcharon dejando a Paula con la sensación de que las cosas se habían liado por su culpa y con el deseo de golpearse la cabeza contra la pared. Cuando su jornada hubo terminado, fue a ver a Cesar. Este le dijo alegremente que el recién llegado se había marchado hacía una hora.
Juegos Peligrosos: Capítulo 2
Un hombre joven la miraba con gran interés desde la puerta. Era muy alto, de cabellos y ojos castaños. La boca era amplia y firme y parecía mirarla con aire divertido. Paula deseó desesperadamente que sus labios no se hubieran movido mientras repetía su mantra.
-¿Puedo ayudarlo? -preguntó con tranquilidad.
-Busco a Paula Chaves. Abajo me dijeron que la encontraría aquí. El departamento de personal se encontraba en la planta baja y era bastante corriente que contrataran secretarios masculinos.
-Yo soy Paula Chaves. Me alegra que haya venido tan pronto. Dijeron que me enviarían un sustituto en cinco minutos, pero... -murmuró mientras se encogía de hombros.
-¿Sustituto?
-Bueno, no es una sustitución permanente. Sólo temporal, hasta que mi secretaria se recupere. ¿Lleva mucho tiempo en la empresa?
-No, muy poco -contestó con cautela.
-No se preocupe, no tardará en ponerse al día. Ahora estamos sumidos en un torbellino. Una firma italiana llamada Leonate Europa ha comprado nuestra empresa y muy pronto llegará alguien a hacerse cargo de ella. Todos estamos nerviosos, esperando con temor que nos digan cuál será nuestro destino.
Él alzó una ceja.
-¿Temor? ¿Usted?
-Sí -respondió con una media sonrisa complacida-. Bueno, lo veremos cuando me haya reunido con Su Majestad.
-¿Y quién es?
-Pedro Alfonso. El «gran hombre» que vendrá a meternos a todos en cintura. ¡Qué caradura!
-¿No será un poco pronto para juzgarlo? Tal vez sea una persona correcta.
-¿Correcto? -espetó. Repentinamente, su talante cuidadosamente cultivado se rompió bajo el peso de la rabia-. ¿Correcto? Es un depredador que piensa que puede hacer lo que quiere y al infierno con los demás. Ojalá estuviera aquí para decirle lo que pienso de un hombre que, en la creencia de que todo se puede comprar con dinero, viene a esta empresa y se encarga de trastornar mi promoción cuando estoy a punto de conseguirla.
-Ésa es una de las virtudes del dinero -observó él, con suavidad.
-¡Al diablo con las virtudes y al diablo con Pedro Alfonso! -espetó Paula.
La visión de sus ojos como ascuas lo dejó hechizado. Muchos hombres habían perdido la cabeza por unos ojos como ésos, pensó. Y él corría el peligro de ser unos de ellos.
-Bueno, no comente con nadie lo que acaba de oír. No debí haber hablado con tanta libertad ante usted -dijo con un suspiro cuando se hubo calmado.
-Mis labios están sellados. Juro que nunca le diré a Pedro Alfonso lo que piensa sobre él.
-Muchas gracias.
-De nada.
Él se aclaró la garganta mientras luchaba contra una tentación arrolladora. Un hombre juicioso le diría la verdad antes de que fuese demasiado tarde. Aunque la verdad era que nunca había tenido tan pocos deseos de ser juicioso.
-A propósito, debí haberle preguntado su nombre.
-¿Qué? -Su nombre.
-Ah, mi nombre -murmuró. «Dile la verdad. Sé honesto. Juega limpio. ¡Al diablo!»-. Me llamo Horacio Gonzalez.
Había sido el nombre de su padre inglés, aunque hacía largos años que Pedro vivía en Italia bajo el apellido Alfonso. Todavía podía hablar inglés sin trazas de acento italiano.
-Muy bien, señor Gonzalez.
-Puede llamarme Horacio.
-Y usted puede llamarme señorita Chaves -replicó con firmeza, pensando que era hora de recuperar el terreno que había perdido por su explosión de franqueza.
-Sí, señora -contestó Pedro, en tono sumiso.
-Mejor será que nos pongamos a trabajar cuanto antes.
-¿Podría concederme unos cuantos minutos? Vuelvo enseguida.
-Desde luego.
Cesar Tandy pensó que era una desgracia haber llegado con media hora de retraso precisamente aquel día, que era crucial para la empresa.
-Ah, no... -murmuró al ver al hombre que lo esperaba en su despacho-. Señor Alfonso... puedo asegurarle...
-No se preocupe, Cesar. He venido a su despacho sólo para una breve charla.
-Puedo enseñarle la oficina y presentarle a...
-Más tarde. He estado examinando los acuerdos financieros que le propusimos con Enrique y creo que son un tanto exiguos. Estoy seguro de que merece una cantidad más generosa.
-Siempre es de agradecer. El señor Leonate me dijo que la empresa no podía pagar más.
-¿Puedo ayudarlo? -preguntó con tranquilidad.
-Busco a Paula Chaves. Abajo me dijeron que la encontraría aquí. El departamento de personal se encontraba en la planta baja y era bastante corriente que contrataran secretarios masculinos.
-Yo soy Paula Chaves. Me alegra que haya venido tan pronto. Dijeron que me enviarían un sustituto en cinco minutos, pero... -murmuró mientras se encogía de hombros.
-¿Sustituto?
-Bueno, no es una sustitución permanente. Sólo temporal, hasta que mi secretaria se recupere. ¿Lleva mucho tiempo en la empresa?
-No, muy poco -contestó con cautela.
-No se preocupe, no tardará en ponerse al día. Ahora estamos sumidos en un torbellino. Una firma italiana llamada Leonate Europa ha comprado nuestra empresa y muy pronto llegará alguien a hacerse cargo de ella. Todos estamos nerviosos, esperando con temor que nos digan cuál será nuestro destino.
Él alzó una ceja.
-¿Temor? ¿Usted?
-Sí -respondió con una media sonrisa complacida-. Bueno, lo veremos cuando me haya reunido con Su Majestad.
-¿Y quién es?
-Pedro Alfonso. El «gran hombre» que vendrá a meternos a todos en cintura. ¡Qué caradura!
-¿No será un poco pronto para juzgarlo? Tal vez sea una persona correcta.
-¿Correcto? -espetó. Repentinamente, su talante cuidadosamente cultivado se rompió bajo el peso de la rabia-. ¿Correcto? Es un depredador que piensa que puede hacer lo que quiere y al infierno con los demás. Ojalá estuviera aquí para decirle lo que pienso de un hombre que, en la creencia de que todo se puede comprar con dinero, viene a esta empresa y se encarga de trastornar mi promoción cuando estoy a punto de conseguirla.
-Ésa es una de las virtudes del dinero -observó él, con suavidad.
-¡Al diablo con las virtudes y al diablo con Pedro Alfonso! -espetó Paula.
La visión de sus ojos como ascuas lo dejó hechizado. Muchos hombres habían perdido la cabeza por unos ojos como ésos, pensó. Y él corría el peligro de ser unos de ellos.
-Bueno, no comente con nadie lo que acaba de oír. No debí haber hablado con tanta libertad ante usted -dijo con un suspiro cuando se hubo calmado.
-Mis labios están sellados. Juro que nunca le diré a Pedro Alfonso lo que piensa sobre él.
-Muchas gracias.
-De nada.
Él se aclaró la garganta mientras luchaba contra una tentación arrolladora. Un hombre juicioso le diría la verdad antes de que fuese demasiado tarde. Aunque la verdad era que nunca había tenido tan pocos deseos de ser juicioso.
-A propósito, debí haberle preguntado su nombre.
-¿Qué? -Su nombre.
-Ah, mi nombre -murmuró. «Dile la verdad. Sé honesto. Juega limpio. ¡Al diablo!»-. Me llamo Horacio Gonzalez.
Había sido el nombre de su padre inglés, aunque hacía largos años que Pedro vivía en Italia bajo el apellido Alfonso. Todavía podía hablar inglés sin trazas de acento italiano.
-Muy bien, señor Gonzalez.
-Puede llamarme Horacio.
-Y usted puede llamarme señorita Chaves -replicó con firmeza, pensando que era hora de recuperar el terreno que había perdido por su explosión de franqueza.
-Sí, señora -contestó Pedro, en tono sumiso.
-Mejor será que nos pongamos a trabajar cuanto antes.
-¿Podría concederme unos cuantos minutos? Vuelvo enseguida.
-Desde luego.
Cesar Tandy pensó que era una desgracia haber llegado con media hora de retraso precisamente aquel día, que era crucial para la empresa.
-Ah, no... -murmuró al ver al hombre que lo esperaba en su despacho-. Señor Alfonso... puedo asegurarle...
-No se preocupe, Cesar. He venido a su despacho sólo para una breve charla.
-Puedo enseñarle la oficina y presentarle a...
-Más tarde. He estado examinando los acuerdos financieros que le propusimos con Enrique y creo que son un tanto exiguos. Estoy seguro de que merece una cantidad más generosa.
-Siempre es de agradecer. El señor Leonate me dijo que la empresa no podía pagar más.
Juegos Peligrosos: Capítulo 1
En la sede de la compañía londinense Curtis Electronics había mucha tensión, mucho movimiento y todo el personal se preguntaba quiénes serían recomendados y a quiénes se daría de baja.
-No se van a deshacer de mí después de todo lo que he trabajado para esta empresa - declaró con firmeza Paula Chaves.
-Sí que es mala suerte que ocurra justo ahora. El señor Tandy se iba a jubilar pronto y tú lo habrías sustituido -dijo Laura, su secretaria, en tono comprensivo-. Y lo peor es que no se sabe cuándo llegarán los otros.
-Ni siquiera el señor Tandy lo sabe. «De un momento a otro», es todo lo que puede decir.
-Con toda seguridad no será hoy. ¿Quién empezaría a trabajar un viernes?
-Alguien que tuviera la intención de sorprendernos. Aunque yo no lo voy a permitir.
-Y además hoy es viernes trece, día de mala suerte.
-No me digas que eres supersticiosa. Eso es una tontería. Cada uno se labra su propio destino. Y ahora, vamos a tomar una taza de té. No tienes buen aspecto.
-Me encuentro muy bien -mintió Laura con valentía-. No deberías prepararlo tú. Eres mi jefa.
-Pero eres tú la que está embarazada -replicó Paula con una sonrisa cálida que suavizaba su severa expresión.
Aunque su bondad natural tendía a asomar a la superficie, ella cultivaba esa severidad, empeñada en que el mundo se la creyera.
-El té me sienta bien -dijo Laura cuando lo hubo probado-. ¿Alguna vez has deseado tener hijos?
-Sí. Me casé locamente enamorada de David. Todo lo que quería era ser su esposa y madre de sus hijos. Aunque se me puede perdonar, porque entonces sólo tenía dieciocho años.
-¿Y él valoró tu servil devoción?
-¡Vaya si la valoró! Necesitaba una mujer que trabajara para que él pudiera hacer cursos y conseguir títulos a fin de ascender en su carrera. Cuando lo consiguió, cambió de esposa y yo me quedé sin nada. Así que decidí trabajar duro y hacer mi propia carrera.
-Tuviste mala suerte; pero no todos los hombres son iguales.
-Los ambiciosos, sí. Nos utilizan, a menos que nosotras los utilicemos primero.
-Y eso es lo que tú intentas hacer -dijo Laura, comprensiva-. ¿Eres felíz?
-¿Qué es la felicidad? Puedo decir que no soy infeliz. Todavía recuerdo cómo me sentí cuando David se marchó y juré que nunca me volvería a pasar. Voy a conseguir el puesto de Tandy. Espera y verás. Sólo tengo que convencer a los que vengan de Italia.
-¿Cómo te manejas en italiano?
-Bien. He estudiado mucho, aunque creo que aquí todo el mundo ha hecho lo mismo.
-Pero ninguno está tan preparado como tú. Con esa cabeza y además... -Laura hizo un ademán indicando la figura de Paula, que se echó a reír.
Era muy alta, de largas piernas, cuello largo y rasgos bien definidos. Tenía una exuberante cabellera negra, aunque se peinaba con el pelo hacia atrás y trenzado. En la profundidad de sus ojos oscuros, ocasionalmente brillaba una chispa de buen humor, aunque ella se afanaba por ocultarla. Se había creado una imagen de mujer impecable y se ajustaba a ella. Aunque no lo lograba del todo, porque sabía que en su interior todavía albergaba a la niña que había sido, llena de confianza e ilusiones, absolutamente carente de cálculo. No sólo había amado a su marido, lo había adorado ciegamente. En ese entonces poseía mucho genio y una lengua ingobernable que solía dispararse antes de que su mente pudiera impedirlo. En la actualidad, se permitía un estallido ocasionalmente, aunque también estaba doblegando ese aspecto de su carácter.
-¿Sabes quién vendrá a examinarnos?
-Probablemente Pedro Alfonso. He buscado datos sobre la empresa italiana a través de la red, pero no hay mucha información. Los dueños son dos socios, Enrique Leonate y Pedro Alfonso. Encontré algo sobre Leonate, pero sobre Alfonso no hay nada.
-¿Cómo es el señor Leonate?
-Un hombre aburrido, de mediana edad. Ojalá el otro no se le parezca.
-Laura, tú no te encuentras bien.
-Se me pasará.
-No, te irás a casa ahora mismo -dijo al tiempo que llamaba a recepción para que pidieran un taxi-Vete y no vuelvas hasta que te sientas bien.
-¿Y cómo te las arreglarás sin mí?
-Me las arreglaré -afirmó con una brillante sonrisa.
Minutos más tarde, bajaron a recepción. Paula acompañó a Laura hasta el taxi que la esperaba y le hizo un gesto de adiós con la mano. Luego volvió a su despacho pensando que era el peor momento para quedarse sola. Entonces llamó al departamento de personal y explicó que necesitaba con urgencia una secretaria temporal.
-No se preocupe. En cinco minutos le enviaremos a una persona.
-No me dejaré vencer por las circunstancias. Nada me va a derrotar -Paula se dijo una y otra vez con los ojos cerrados. Cuando los abrió nuevamente se llevó la sorpresa de su vida.
-No se van a deshacer de mí después de todo lo que he trabajado para esta empresa - declaró con firmeza Paula Chaves.
-Sí que es mala suerte que ocurra justo ahora. El señor Tandy se iba a jubilar pronto y tú lo habrías sustituido -dijo Laura, su secretaria, en tono comprensivo-. Y lo peor es que no se sabe cuándo llegarán los otros.
-Ni siquiera el señor Tandy lo sabe. «De un momento a otro», es todo lo que puede decir.
-Con toda seguridad no será hoy. ¿Quién empezaría a trabajar un viernes?
-Alguien que tuviera la intención de sorprendernos. Aunque yo no lo voy a permitir.
-Y además hoy es viernes trece, día de mala suerte.
-No me digas que eres supersticiosa. Eso es una tontería. Cada uno se labra su propio destino. Y ahora, vamos a tomar una taza de té. No tienes buen aspecto.
-Me encuentro muy bien -mintió Laura con valentía-. No deberías prepararlo tú. Eres mi jefa.
-Pero eres tú la que está embarazada -replicó Paula con una sonrisa cálida que suavizaba su severa expresión.
Aunque su bondad natural tendía a asomar a la superficie, ella cultivaba esa severidad, empeñada en que el mundo se la creyera.
-El té me sienta bien -dijo Laura cuando lo hubo probado-. ¿Alguna vez has deseado tener hijos?
-Sí. Me casé locamente enamorada de David. Todo lo que quería era ser su esposa y madre de sus hijos. Aunque se me puede perdonar, porque entonces sólo tenía dieciocho años.
-¿Y él valoró tu servil devoción?
-¡Vaya si la valoró! Necesitaba una mujer que trabajara para que él pudiera hacer cursos y conseguir títulos a fin de ascender en su carrera. Cuando lo consiguió, cambió de esposa y yo me quedé sin nada. Así que decidí trabajar duro y hacer mi propia carrera.
-Tuviste mala suerte; pero no todos los hombres son iguales.
-Los ambiciosos, sí. Nos utilizan, a menos que nosotras los utilicemos primero.
-Y eso es lo que tú intentas hacer -dijo Laura, comprensiva-. ¿Eres felíz?
-¿Qué es la felicidad? Puedo decir que no soy infeliz. Todavía recuerdo cómo me sentí cuando David se marchó y juré que nunca me volvería a pasar. Voy a conseguir el puesto de Tandy. Espera y verás. Sólo tengo que convencer a los que vengan de Italia.
-¿Cómo te manejas en italiano?
-Bien. He estudiado mucho, aunque creo que aquí todo el mundo ha hecho lo mismo.
-Pero ninguno está tan preparado como tú. Con esa cabeza y además... -Laura hizo un ademán indicando la figura de Paula, que se echó a reír.
Era muy alta, de largas piernas, cuello largo y rasgos bien definidos. Tenía una exuberante cabellera negra, aunque se peinaba con el pelo hacia atrás y trenzado. En la profundidad de sus ojos oscuros, ocasionalmente brillaba una chispa de buen humor, aunque ella se afanaba por ocultarla. Se había creado una imagen de mujer impecable y se ajustaba a ella. Aunque no lo lograba del todo, porque sabía que en su interior todavía albergaba a la niña que había sido, llena de confianza e ilusiones, absolutamente carente de cálculo. No sólo había amado a su marido, lo había adorado ciegamente. En ese entonces poseía mucho genio y una lengua ingobernable que solía dispararse antes de que su mente pudiera impedirlo. En la actualidad, se permitía un estallido ocasionalmente, aunque también estaba doblegando ese aspecto de su carácter.
-¿Sabes quién vendrá a examinarnos?
-Probablemente Pedro Alfonso. He buscado datos sobre la empresa italiana a través de la red, pero no hay mucha información. Los dueños son dos socios, Enrique Leonate y Pedro Alfonso. Encontré algo sobre Leonate, pero sobre Alfonso no hay nada.
-¿Cómo es el señor Leonate?
-Un hombre aburrido, de mediana edad. Ojalá el otro no se le parezca.
-Laura, tú no te encuentras bien.
-Se me pasará.
-No, te irás a casa ahora mismo -dijo al tiempo que llamaba a recepción para que pidieran un taxi-Vete y no vuelvas hasta que te sientas bien.
-¿Y cómo te las arreglarás sin mí?
-Me las arreglaré -afirmó con una brillante sonrisa.
Minutos más tarde, bajaron a recepción. Paula acompañó a Laura hasta el taxi que la esperaba y le hizo un gesto de adiós con la mano. Luego volvió a su despacho pensando que era el peor momento para quedarse sola. Entonces llamó al departamento de personal y explicó que necesitaba con urgencia una secretaria temporal.
-No se preocupe. En cinco minutos le enviaremos a una persona.
-No me dejaré vencer por las circunstancias. Nada me va a derrotar -Paula se dijo una y otra vez con los ojos cerrados. Cuando los abrió nuevamente se llevó la sorpresa de su vida.
Juegos Peligrosos: Prólogo
-¡Febrero! Las Navidades ya han pasado y la mejor temporada del año aún no ha comenzado -suspiró Federico.
-Quieres decir que todavía no han llegado las hermosas turistas, ¿Verdad? ¿Es que no piensas en otra cosa? -Ramiro se burló de él.
-No. Y tú también piensas en lo mismo, no lo niegues -replicó Federico.
Los mellizos, muy apuestos y en la gloria de los últimos años de la veintena, contemplaban la bahía de Nápoles desde la terraza de la Villa Alfonso. Era la hora del crepúsculo. A la distancia, el Vesubio surgía amenazador y, a sus pies, los jóvenes distinguían las brillantes luces de la ciudad.
-Les gustaría mi país, hijos. En Inglaterra, celebramos San Valentín en febrero. El santo patrono del amor. Flores, tarjetas, besos... ambos estaríais en vuestro elemento -comentó la madre, no lejos de ellos.
-Es Pedro quien irá a Inglaterra -observó Federico-. Aunque él no piensa en esas cosas. Lo único que le interesa son sus negocios.
-Su hermano trabaja mucho. Deberían imitar su ejemplo dijo la madre intentando parecer severa.
La verdad era que los mellizos también trabajaban duro, pero en vez de protestar, se limitaron a sonreír a su madre.
-¿Por qué Pedro vive comprando empresas? ¿Cuándo piensa parar? -preguntó Ramiro.
-Vamos al comedor. No olviden que ésta es la cena de despedida de Pepe -dijo la madre.
-Le damos una cena de despedida cada vez que se va de viaje -objetó Federico.
-¿Por qué no? Es una buena oportunidad para reunir a la familia -replicó Graciela.
-¿Vendrá Lucas? -preguntó Carlo.
-Desde luego que sí -respondió ella, con firmeza-. Sé que discuten de vez en cuando, pero...
-¡De vez en cuando! -se quejaron los mellizos al unísono.
-Bueno, la mayor parte del tiempo. Pero son hermanos.
-No, no lo son.
-Pepe es mi hijastro y Lucas es mi hijo adoptivo, y eso los convierte en hermanos. ¿Queda claro? -replicó Graciela en tono severo.
-Sí, Mamma.
El interior de la casa era cálido y confortable. Sin embargo, Graciela miró a su alrededor, insatisfecha.
-Hay demasiados hombres aquí. Debería haber más mujeres -comentó. Su marido y los hijos la miraron alarmados-. ¿Dónde están mis nueras? Debería tener seis, pero no tengo ni una. Esperaba con ilusión la boda de Julián y Carla, pero... -Graciela se encogió de hombros con un suspiro.
Julián, el hijo mayor, separado de ella desde su nacimiento, el año anterior había viajado para conocerla. Había llegado a Nápoles con Carla, la mujer de la que sin duda estaba enamorado. Sin embargo, la joven había desaparecido misteriosamente de su vida y él había vuelto solo a la villa en Navidad. Y se había negado a hablar de ella.
Poco a poco, la familia se reunió en el gran comedor y, a pesar de sus quejas, la madre los miró con satisfacción. Sus hijos tenían sus apartamentos en Nápoles y para ella era una gran ocasión cuando lograba reunirlos en la villa. Sus ojos se iluminaron al ver a Pedro, hijo de su primer marido inglés, aunque llevaba el apellido Alfonso en honor a su madre italiana.
-Hace demasiado tiempo que no nos vemos -dijo mientras lo abrazaba-. Y mañana vuelves a marcharte.
-Pero no estaré lejos mucho tiempo, Mamma. Tardaré poco en dejar funcionando esa compañía inglesa.
-¿Para qué tenías que comprarla? Estabas haciendo buenos negocios con ellos.
-Decidí comprar Curtis Electronics porque no funciona bien. Enrique Leonate no estaba de acuerdo al principio, pero finalmente accedió a tomar en consideración mi punto de vista.
-Seguro que sí -observó Graciela, con ironía.
Enrique Leonate había sido el único dueño de la empresa Leonate Europa para la que Pedro había empezado a trabajar hacía quince años. Había aprendido rápidamente, había ganado mucho dinero para su jefe y para sí mismo y con el tiempo se había transformado en socio de la empresa. Enrique ya era mayor, estaba cansado y Pedro era un joven lleno de ideas innovadoras. Con el tiempo, Enrique le había permitido llevar las riendas del negocio, aunque habría dado lo mismo porque, como una vez observó con melancolía, tarde o temprano la gente adoptaría los puntos de vista de Pedro.
-Voy a recomendar a unas cuantas personas en Curtis Electronics y les haré saber mis deseos.
-Eso sucederá si encuentras a alguien que te satisfaga. Lo que no suele suceder.
-Es verdad. Aunque Cesar Tandy, el actual director, recomienda a la subdirectora Paula Chaves. Pienso observarla con atención.
-¿Recomendar a una mujer? ¿Tú? -comentó Graciela en tono irónico.
Pedro la miró sorprendido.
-Voy a recomendar a cualquiera que haga lo que yo digo.
-¡Ah, te refieres a esa clase de igualdad de oportunidades! Hijo mío, en tu boca todo parece tan sencillo... -rió Graciela.
-La vida es sencilla si sabes lo que quieres y estás decidido a lograrlo.
El aspecto de Pedro traicionaba su doble herencia. De su madre italiana, fallecida hacía mucho tiempo, había heredado los expresivos ojos oscuros y, de su padre inglés, la barbilla obstinada y la firmeza de la boca.
-Lucas tarda en llegar -comentó Graciela en voz baja.
-Tal vez no se digne aparecer. Todavía está furioso conmigo desde que convencí a Tomás, el brillante inventor electrónico, de que trabajara para mí; pero no te preocupes, Mamma. Ya tendrá su oportunidad de vengarse y seguro que lo hará -dijo alegremente.
La batalla entre los hermanos duraba años y contribuía a añadir sabor a sus vidas. Sin esa eterna rivalidad, habrían sentido que algo les faltaba. Finalmente, Lucas llegó cuando la cena casi concluía.
-Hola, inglés -lo saludó Pedro.
Era su insulto favorito, un recordatorio de que era el único hijo completamente inglés entre todos los miembros de aquella familia italiana.
-Mejor que ser mestizo. Tu problema es que no eres ni una cosa ni otra -replicó Lucas, con una sonrisa.
-Me alegra que hayas venido -dijo Graciela.
-Naturalmente -Lucas levantó su copa en dirección a Pedro-. Tenía que asegurarme de que era cierto que nos deshacíamos de él -añadió en tono sardónico.
Cuando al día siguiente Graciela y Lucas fueron a despedirlo al aeropuerto, ella no pudo evitar un leve suspiro.
-No te preocupes, Mamma -la consoló su hijo al tiempo que le pasaba un brazo por los hombros-. Volverá muy pronto.
-No es eso. La gente suele decir que soy muy afortunada porque Pepe jamás me da motivos de aflicción. Y me aflijo precisamente porque es un hombre demasiado fiable. Es tan sensato que nunca comete estupideces.
-Si ha heredado algo de los Alfonso, te prometo que tarde o temprano hará tonterías.
-¿Y tú qué hablas de los Alfonso? Siempre te has negado a llevar nuestro apellido.
Lucas la abrazó.
-No lo necesito. Ya soy suficientemente estúpido.
-Quieres decir que todavía no han llegado las hermosas turistas, ¿Verdad? ¿Es que no piensas en otra cosa? -Ramiro se burló de él.
-No. Y tú también piensas en lo mismo, no lo niegues -replicó Federico.
Los mellizos, muy apuestos y en la gloria de los últimos años de la veintena, contemplaban la bahía de Nápoles desde la terraza de la Villa Alfonso. Era la hora del crepúsculo. A la distancia, el Vesubio surgía amenazador y, a sus pies, los jóvenes distinguían las brillantes luces de la ciudad.
-Les gustaría mi país, hijos. En Inglaterra, celebramos San Valentín en febrero. El santo patrono del amor. Flores, tarjetas, besos... ambos estaríais en vuestro elemento -comentó la madre, no lejos de ellos.
-Es Pedro quien irá a Inglaterra -observó Federico-. Aunque él no piensa en esas cosas. Lo único que le interesa son sus negocios.
-Su hermano trabaja mucho. Deberían imitar su ejemplo dijo la madre intentando parecer severa.
La verdad era que los mellizos también trabajaban duro, pero en vez de protestar, se limitaron a sonreír a su madre.
-¿Por qué Pedro vive comprando empresas? ¿Cuándo piensa parar? -preguntó Ramiro.
-Vamos al comedor. No olviden que ésta es la cena de despedida de Pepe -dijo la madre.
-Le damos una cena de despedida cada vez que se va de viaje -objetó Federico.
-¿Por qué no? Es una buena oportunidad para reunir a la familia -replicó Graciela.
-¿Vendrá Lucas? -preguntó Carlo.
-Desde luego que sí -respondió ella, con firmeza-. Sé que discuten de vez en cuando, pero...
-¡De vez en cuando! -se quejaron los mellizos al unísono.
-Bueno, la mayor parte del tiempo. Pero son hermanos.
-No, no lo son.
-Pepe es mi hijastro y Lucas es mi hijo adoptivo, y eso los convierte en hermanos. ¿Queda claro? -replicó Graciela en tono severo.
-Sí, Mamma.
El interior de la casa era cálido y confortable. Sin embargo, Graciela miró a su alrededor, insatisfecha.
-Hay demasiados hombres aquí. Debería haber más mujeres -comentó. Su marido y los hijos la miraron alarmados-. ¿Dónde están mis nueras? Debería tener seis, pero no tengo ni una. Esperaba con ilusión la boda de Julián y Carla, pero... -Graciela se encogió de hombros con un suspiro.
Julián, el hijo mayor, separado de ella desde su nacimiento, el año anterior había viajado para conocerla. Había llegado a Nápoles con Carla, la mujer de la que sin duda estaba enamorado. Sin embargo, la joven había desaparecido misteriosamente de su vida y él había vuelto solo a la villa en Navidad. Y se había negado a hablar de ella.
Poco a poco, la familia se reunió en el gran comedor y, a pesar de sus quejas, la madre los miró con satisfacción. Sus hijos tenían sus apartamentos en Nápoles y para ella era una gran ocasión cuando lograba reunirlos en la villa. Sus ojos se iluminaron al ver a Pedro, hijo de su primer marido inglés, aunque llevaba el apellido Alfonso en honor a su madre italiana.
-Hace demasiado tiempo que no nos vemos -dijo mientras lo abrazaba-. Y mañana vuelves a marcharte.
-Pero no estaré lejos mucho tiempo, Mamma. Tardaré poco en dejar funcionando esa compañía inglesa.
-¿Para qué tenías que comprarla? Estabas haciendo buenos negocios con ellos.
-Decidí comprar Curtis Electronics porque no funciona bien. Enrique Leonate no estaba de acuerdo al principio, pero finalmente accedió a tomar en consideración mi punto de vista.
-Seguro que sí -observó Graciela, con ironía.
Enrique Leonate había sido el único dueño de la empresa Leonate Europa para la que Pedro había empezado a trabajar hacía quince años. Había aprendido rápidamente, había ganado mucho dinero para su jefe y para sí mismo y con el tiempo se había transformado en socio de la empresa. Enrique ya era mayor, estaba cansado y Pedro era un joven lleno de ideas innovadoras. Con el tiempo, Enrique le había permitido llevar las riendas del negocio, aunque habría dado lo mismo porque, como una vez observó con melancolía, tarde o temprano la gente adoptaría los puntos de vista de Pedro.
-Voy a recomendar a unas cuantas personas en Curtis Electronics y les haré saber mis deseos.
-Eso sucederá si encuentras a alguien que te satisfaga. Lo que no suele suceder.
-Es verdad. Aunque Cesar Tandy, el actual director, recomienda a la subdirectora Paula Chaves. Pienso observarla con atención.
-¿Recomendar a una mujer? ¿Tú? -comentó Graciela en tono irónico.
Pedro la miró sorprendido.
-Voy a recomendar a cualquiera que haga lo que yo digo.
-¡Ah, te refieres a esa clase de igualdad de oportunidades! Hijo mío, en tu boca todo parece tan sencillo... -rió Graciela.
-La vida es sencilla si sabes lo que quieres y estás decidido a lograrlo.
El aspecto de Pedro traicionaba su doble herencia. De su madre italiana, fallecida hacía mucho tiempo, había heredado los expresivos ojos oscuros y, de su padre inglés, la barbilla obstinada y la firmeza de la boca.
-Lucas tarda en llegar -comentó Graciela en voz baja.
-Tal vez no se digne aparecer. Todavía está furioso conmigo desde que convencí a Tomás, el brillante inventor electrónico, de que trabajara para mí; pero no te preocupes, Mamma. Ya tendrá su oportunidad de vengarse y seguro que lo hará -dijo alegremente.
La batalla entre los hermanos duraba años y contribuía a añadir sabor a sus vidas. Sin esa eterna rivalidad, habrían sentido que algo les faltaba. Finalmente, Lucas llegó cuando la cena casi concluía.
-Hola, inglés -lo saludó Pedro.
Era su insulto favorito, un recordatorio de que era el único hijo completamente inglés entre todos los miembros de aquella familia italiana.
-Mejor que ser mestizo. Tu problema es que no eres ni una cosa ni otra -replicó Lucas, con una sonrisa.
-Me alegra que hayas venido -dijo Graciela.
-Naturalmente -Lucas levantó su copa en dirección a Pedro-. Tenía que asegurarme de que era cierto que nos deshacíamos de él -añadió en tono sardónico.
Cuando al día siguiente Graciela y Lucas fueron a despedirlo al aeropuerto, ella no pudo evitar un leve suspiro.
-No te preocupes, Mamma -la consoló su hijo al tiempo que le pasaba un brazo por los hombros-. Volverá muy pronto.
-No es eso. La gente suele decir que soy muy afortunada porque Pepe jamás me da motivos de aflicción. Y me aflijo precisamente porque es un hombre demasiado fiable. Es tan sensato que nunca comete estupideces.
-Si ha heredado algo de los Alfonso, te prometo que tarde o temprano hará tonterías.
-¿Y tú qué hablas de los Alfonso? Siempre te has negado a llevar nuestro apellido.
Lucas la abrazó.
-No lo necesito. Ya soy suficientemente estúpido.
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