jueves, 9 de febrero de 2017
Juegos Peligrosos: Sinopsis
El amor no estaba entre sus planes… pero él estaba dispuesto a hacerle cambiar de opinión.
Paula Chaves se sintió tan aliviada cuando vió aparecer a su nuevo ayudante, que lo puso a trabajar de inmediato… No sospechaba que en realidad se trataba de Pedro Alfonso, ¡Su nuevo jefe!
Pedro no pudo resistir la tentación de seguir adelante con aquel inofensivo engaño. Además, así podría estar cerca de la bella Paula.
Pero Paula ya había sufrido una traición, por lo que quizá, cuando descubriera la verdad, no volvería a confiar en él…
martes, 7 de febrero de 2017
Novio Por Conveniencia: Capítulo 41
Paula se puso a temblar.
—¡Lo siento! Debería de haber esperado a que estuvieras seca para decirte todo esto. Pondré un poco de sopa a calentar y podemos comer delante del fuego — continuó con una humildad completamente nueva en él—. Luego, si quieres, nos podemos acostar y te demostraré que realmente te quiero. Mi cuerpo es más capaz de mostrar lo que siente que mis palabras. Necesito que sepas que esta mañana, al despertarme y ver que no estabas, me he dado cuenta de que no podía vivir sin tí.
Paula sonrió.
—De momento, lo estás haciendo muy bien.
Pedro intuyó en su mirada un brillo de esperanza
—Nunca ha sido solo sexo, Pau. Pero en la cama era en el único sitio donde no tenía que fingir, donde podía dar rienda suelta a mis sentimientos. Porque tengo sentimientos, no lo dudes.
—No lo dudo...
—No digas nada, solo si quieres sopa de tomate o de verduras. Sé que estás cansada y que soy un necio por no dejar que te vayas a cambiar de ropa.
—Pedro...
—Pau, vuelve a Washington conmigo —dijo él—. Es todo lo que te pido. Quiero que le demos una oportunidad a nuestro matrimonio. Prometo no decepcionarte otra vez.
—¿Quieres decir que no puedo pasar la noche aquí? —bromeó ella y se aproximó a él.
Lo agarró, a pesar de estar completamente empapada, y lo besó. Tenía los labios húmedos. Con un gran esfuerzo, él se mantuvo inmóvil. Ella se apartó y lo miró confundida.
—¿Es que ya no me deseas?
—Sí, te deseo siempre, a todas horas. Pero necesito saber si me crees y si tenemos alguna posibilidad de tener una vida felíz juntos.
Paula se desabrochó el chubasquero y agarró la cadena con los diamantes y el zafiro.
—No pude quitármelo. Este es el regalo que me diste por nuestra boda y que tú mismo me pusiste al cuello.
—¿Qué quieres decir?
—¿No te das cuenta? Te quiero, Pepe.
La miró consternado.
—¿Te importaría repetir eso?
—Te quiero, te quiero, te quiero —se rió a carcajadas.
—¿Lo dices de verdad?
—Ya sabes que se me da muy mal mentir.
Sí, claro que era verdad. Lo amaba y quería seguir casado con él. La agarró en sus brazos, empapándose con el agua del chubasquero.
—Vente a la cama conmigo, amor mío, ahora.
—Quiero que lo hagamos aquí, delante del fuego, sobre la alfombra —dijo ella, con cierta timidez—. Como la primera vez que hicimos el amor.
—Aquella mañana, en la buhardilla —su sonrisa se desvaneció—. En parte, no quise tocarte durante nuestra luna de miel para demostrarte que tenía absoluto control sobre la situación. También me lo quería demostrar a mí mismo. Pero la verdad era que estaba aterrado. Por eso te traté como si fueras un mueble más.
—Bueno, aprovecha tu segunda oportunidad —dijo Paula—. Tengo frío, Pepe. Caliéntame.
Pedro le quitó el chubasquero, el jersey y los pantalones. Luego agarró un par de cojines y los puso sobre la alfombra, delante del fuego.
—Te quiero, Pau —dijo con voz ronca—. No sé qué más decir.
—Pues, entonces, demuéstramelo —abrió los brazos para recibirlo.
—No puedo pedirte que te cases conmigo porque ya estamos casados. Pero cuanto dije aquel día es verdad para mí.
Dos lágrimas se deslizaron por la mejilla de ella.
—Para mí también.
Hicieron el amor con ternura infinita y concluyeron al unísono. Pedro alzó la cabeza y miró a su esposa.
—Eres capaz de llevarme a un lugar en el que nunca antes había estado. El amor hace que todo sea diferente.
—Amor mío... —dijo ella. Le acarició el cuello.
—Me pediste una vez que yo no te llamara así.
—Siempre quise guardarlo para el hombre al que amara y ese eres tú, Pepe, ¿No te has dado cuenta aún?
Pedro se sintió bien, muy bien.
—¿Quieres decir que puedo borrar lo de «cariño»?
—Por favor, hazlo —se rió ella.
—Quizás necesitemos un nuevo contrato —dijo Pedro provocativamente. —Lo que yo creo es que podemos romper en mil pedazos el que tenemos. La abrazó amorosamente. De pronto, sentía la urgente necesidad de recuperar el tiempo perdido con ella.
—Sé que me cuesta hablar de mí, de mi infancia, de mi madre y de mi padre. Pero te lo contaré todo. Te contaré por qué tenía que proteger a Luciana de mi padre, te hablaré de Diego y de cómo me ayudó para volver a poner el negocio en pie. Te contaré lo solo que me sentí cuando mi madre nos abandonó, aunque nunca he estado seguro de si realmente nos quería o no —la miró enamorado y felíz—. Todavía me cuesta creer que realmente me quieras.
—Me temo que me vas a tener a tu lado siempre.
Pedro se rió.
—¿Y siempre tendremos que hacer el amor sobre la alfombra?
—No. La próxima vez puede ser en la cama —lentamente, le besó el labio inferior—. Esta es nuestra verdadera luna de miel.
Pedro le acarició los senos desnudos.
—Puede ser todavía mucho más intensa de lo que está siendo.
Paula suspiró, llena de amor y placer.
—Quizás podríamos quedarnos aquí un par de días. Puedo llamar a mi padre para que no se preocupe.
Pedro asintió.
—¿Te gustaría tener niños?
Paula sonrió.
—Tus niños sí.
—Entonces, pregúntale a tu padre qué le parece lo de tener nietos.
—Lo más maravilloso de todo es que podrá llegar a conocerlos... Y todo gracias a tí. Gracias, Pepe.
—A mí y Gastón Stansey. ¿Cuántos niños quieres?
—Dos —dijo ella—. Y podremos enseñarles a pilotar aviones y a escalar montañas.
—Podremos decirles que los queremos —dijo Pedro.
—A tí nunca te lo dijo nadie, ¿Verdad? —preguntó ella entristecida.
Pedro la acarició.
—No. Pero contigo estoy aprendiendo muy deprisa.
—Nuestros hijos tendrán unos padres que se quieren y que serán capaces de quererlos mucho.
Paula nunca podría abandonar a sus hijos, como la madre de Pedro había hecho.
—Diego será un buen padrino.
—Me parece que nos estamos adelantando un poco —dijo ella.
Él se rió.
—Sí, quizás deberíamos empezar por calentar la sopa. La verdad es que estoy hambriento, solo he desayunado un café.
Paula deslizó un sugerente dedo por su torso.
—Me gusta la idea: sopa y tú. Es un menú perfecto. Pedro la besó delicadamente.
—Y tú de postre —dijo—. Estás mucho más sabrosa que el pastel de chocolate del Seaview Grill.
Una cosa llevó a la otra y pasó bastante tiempo, antes de que Pedro llegara a meter la sopa en el microondas.
FIN
—¡Lo siento! Debería de haber esperado a que estuvieras seca para decirte todo esto. Pondré un poco de sopa a calentar y podemos comer delante del fuego — continuó con una humildad completamente nueva en él—. Luego, si quieres, nos podemos acostar y te demostraré que realmente te quiero. Mi cuerpo es más capaz de mostrar lo que siente que mis palabras. Necesito que sepas que esta mañana, al despertarme y ver que no estabas, me he dado cuenta de que no podía vivir sin tí.
Paula sonrió.
—De momento, lo estás haciendo muy bien.
Pedro intuyó en su mirada un brillo de esperanza
—Nunca ha sido solo sexo, Pau. Pero en la cama era en el único sitio donde no tenía que fingir, donde podía dar rienda suelta a mis sentimientos. Porque tengo sentimientos, no lo dudes.
—No lo dudo...
—No digas nada, solo si quieres sopa de tomate o de verduras. Sé que estás cansada y que soy un necio por no dejar que te vayas a cambiar de ropa.
—Pedro...
—Pau, vuelve a Washington conmigo —dijo él—. Es todo lo que te pido. Quiero que le demos una oportunidad a nuestro matrimonio. Prometo no decepcionarte otra vez.
—¿Quieres decir que no puedo pasar la noche aquí? —bromeó ella y se aproximó a él.
Lo agarró, a pesar de estar completamente empapada, y lo besó. Tenía los labios húmedos. Con un gran esfuerzo, él se mantuvo inmóvil. Ella se apartó y lo miró confundida.
—¿Es que ya no me deseas?
—Sí, te deseo siempre, a todas horas. Pero necesito saber si me crees y si tenemos alguna posibilidad de tener una vida felíz juntos.
Paula se desabrochó el chubasquero y agarró la cadena con los diamantes y el zafiro.
—No pude quitármelo. Este es el regalo que me diste por nuestra boda y que tú mismo me pusiste al cuello.
—¿Qué quieres decir?
—¿No te das cuenta? Te quiero, Pepe.
La miró consternado.
—¿Te importaría repetir eso?
—Te quiero, te quiero, te quiero —se rió a carcajadas.
—¿Lo dices de verdad?
—Ya sabes que se me da muy mal mentir.
Sí, claro que era verdad. Lo amaba y quería seguir casado con él. La agarró en sus brazos, empapándose con el agua del chubasquero.
—Vente a la cama conmigo, amor mío, ahora.
—Quiero que lo hagamos aquí, delante del fuego, sobre la alfombra —dijo ella, con cierta timidez—. Como la primera vez que hicimos el amor.
—Aquella mañana, en la buhardilla —su sonrisa se desvaneció—. En parte, no quise tocarte durante nuestra luna de miel para demostrarte que tenía absoluto control sobre la situación. También me lo quería demostrar a mí mismo. Pero la verdad era que estaba aterrado. Por eso te traté como si fueras un mueble más.
—Bueno, aprovecha tu segunda oportunidad —dijo Paula—. Tengo frío, Pepe. Caliéntame.
Pedro le quitó el chubasquero, el jersey y los pantalones. Luego agarró un par de cojines y los puso sobre la alfombra, delante del fuego.
—Te quiero, Pau —dijo con voz ronca—. No sé qué más decir.
—Pues, entonces, demuéstramelo —abrió los brazos para recibirlo.
—No puedo pedirte que te cases conmigo porque ya estamos casados. Pero cuanto dije aquel día es verdad para mí.
Dos lágrimas se deslizaron por la mejilla de ella.
—Para mí también.
Hicieron el amor con ternura infinita y concluyeron al unísono. Pedro alzó la cabeza y miró a su esposa.
—Eres capaz de llevarme a un lugar en el que nunca antes había estado. El amor hace que todo sea diferente.
—Amor mío... —dijo ella. Le acarició el cuello.
—Me pediste una vez que yo no te llamara así.
—Siempre quise guardarlo para el hombre al que amara y ese eres tú, Pepe, ¿No te has dado cuenta aún?
Pedro se sintió bien, muy bien.
—¿Quieres decir que puedo borrar lo de «cariño»?
—Por favor, hazlo —se rió ella.
—Quizás necesitemos un nuevo contrato —dijo Pedro provocativamente. —Lo que yo creo es que podemos romper en mil pedazos el que tenemos. La abrazó amorosamente. De pronto, sentía la urgente necesidad de recuperar el tiempo perdido con ella.
—Sé que me cuesta hablar de mí, de mi infancia, de mi madre y de mi padre. Pero te lo contaré todo. Te contaré por qué tenía que proteger a Luciana de mi padre, te hablaré de Diego y de cómo me ayudó para volver a poner el negocio en pie. Te contaré lo solo que me sentí cuando mi madre nos abandonó, aunque nunca he estado seguro de si realmente nos quería o no —la miró enamorado y felíz—. Todavía me cuesta creer que realmente me quieras.
—Me temo que me vas a tener a tu lado siempre.
Pedro se rió.
—¿Y siempre tendremos que hacer el amor sobre la alfombra?
—No. La próxima vez puede ser en la cama —lentamente, le besó el labio inferior—. Esta es nuestra verdadera luna de miel.
Pedro le acarició los senos desnudos.
—Puede ser todavía mucho más intensa de lo que está siendo.
Paula suspiró, llena de amor y placer.
—Quizás podríamos quedarnos aquí un par de días. Puedo llamar a mi padre para que no se preocupe.
Pedro asintió.
—¿Te gustaría tener niños?
Paula sonrió.
—Tus niños sí.
—Entonces, pregúntale a tu padre qué le parece lo de tener nietos.
—Lo más maravilloso de todo es que podrá llegar a conocerlos... Y todo gracias a tí. Gracias, Pepe.
—A mí y Gastón Stansey. ¿Cuántos niños quieres?
—Dos —dijo ella—. Y podremos enseñarles a pilotar aviones y a escalar montañas.
—Podremos decirles que los queremos —dijo Pedro.
—A tí nunca te lo dijo nadie, ¿Verdad? —preguntó ella entristecida.
Pedro la acarició.
—No. Pero contigo estoy aprendiendo muy deprisa.
—Nuestros hijos tendrán unos padres que se quieren y que serán capaces de quererlos mucho.
Paula nunca podría abandonar a sus hijos, como la madre de Pedro había hecho.
—Diego será un buen padrino.
—Me parece que nos estamos adelantando un poco —dijo ella.
Él se rió.
—Sí, quizás deberíamos empezar por calentar la sopa. La verdad es que estoy hambriento, solo he desayunado un café.
Paula deslizó un sugerente dedo por su torso.
—Me gusta la idea: sopa y tú. Es un menú perfecto. Pedro la besó delicadamente.
—Y tú de postre —dijo—. Estás mucho más sabrosa que el pastel de chocolate del Seaview Grill.
Una cosa llevó a la otra y pasó bastante tiempo, antes de que Pedro llegara a meter la sopa en el microondas.
FIN
Novio Por Conveniencia: Capítulo 40
Era un día gris y lluvioso. Las hojas ya habían empezado a caerse de los árboles y hacía frío. Al dar una curva, tuvo que frenar al ver un Grand Am negro que se había salido de la carretera y se había chocado contra un árbol. Pedro salió del coche a toda prisa y abrió la puerta del conductor. Pero Paula no estaba. Tampoco había sangre, ni señales de que hubiera podido salir herida. Seguramente, se habría ido hacia la casa, así que se puso de nuevo al volante y se dirigió hacia allí. Pero, al llegar, vió que no había luces y que la puerta estaba cerrada con llave. Entró, a pesar de todo, y la llamó. Recorrió las habitaciones, una a una, pero estaban vacías.
Pronto se dio cuenta de que, probablemente, no tendría llave y de que su intención inicial no habría sido la de irse a la casa, sino a la cabaña. Tenía que apresurarse y encontrarla... Porque la amaba. «La amaba...» Aquel reconocimiento fue como un duro golpe a su conciencia. Nunca había amado a nadie, pero sí a Paula. Y aquel amor había estado latente desde el principio. Amaba a su esposa y no sabía dónde estaba. Subió a su dormitorio y se cambió de ropa. Se puso unos vaqueros y una botas de montaña, añadió un jersey grueso de lana y un chubasquero. Tendría que dejar una nota, por si ella decidía aparecer por la casa. También dejaría la puerta abierta y una luz encendida. Agarró un trozo de papel y escribió primero lo que menos capaz se sentía de confesar:
"Te amo".
Sabía que no era correspondido, Paula se lo había dejado muy claro. Entonces, ¿Por qué se empeñaba en decirle algo que no querría oír? Era su turno de reírse de él. Pero se lo merecía. Ya le había hecho demasiado daño a aquella mujer. De pronto, la puerta se abrió a su espalda. Él se volvió rápidamente. Paula estaba allí, de pie, en el vano de la puerta, mirándolo como si nunca antes lo hubiera visto. Estaba muy pálida y tenía el pelo, la cara y la ropa empapados.
—Está lloviendo —dijo ella.
Paula estaba temblando de frío. Jethro se había quedado sin habla. Después de un largo silencio, dijo lo primero que se le vino a la mente.
—Te estaba escribiendo una nota. Salía ahora mismo a buscarte. Pensé que estarías en la cabaña.
—Estaba a medio camino cuando empezó a llover, así que decidí venirme aquí, aunque no tengo llave. Iba a romper una ventana —sonrió ligeramente—. Ahora que tú estás aquí, no tendré que hacer nada ilegal.
Pedro sintió que debía decir algo. Era el momento de confesarlo todo. Pero no pudo. Decidió que lo dejaría para cuando estuvieran en la cama, alumbrados por el fuego del hogar, arropados por el calor de las mantas y en brazos el uno del otro.
—Tienes una herida en la frente —dijo él.
—Me he dado un golpe con el parabrisas. Se me cruzó un ciervo y, por evitarlo, me salí de la carretera.
Ninguno de los dos estaban diciendo lo que realmente quería decir.
—Debes de estar helada. Encenderé el fuego y calentaré un poco de sopa.
—De acuerdo —dijo ella y se dirigió a la cocina.
Pedro se quedó en la chimenea y, después de un rato, fue a su encuentro. Se la encontró junto a la mesa, con su nota en la mano.
—¿Has escrito tú esto?
—Sí —dijo él.
Paula se quitó la capucha.
—Por favor, deja de jugar conmigo. No puedo soportarlo más. Sé que no me amas.
Pedro sintió vértigo, un vértigo para él desconocido, que no había sentido ni a siete mil ochocientos metros de altura.
—Sí te amo —dijo con total frialdad.
—¡No! ¡Solo me deseas! Puede que incluso te guste, pero eso no es amor.
—Paula... —su voz sonó desconcertada, atemorizada—. Creo que me enamoré de tí en el Starspray y, si no, lo hice cuando te vi aparecer por primera vez ante mí. Pero no he sido capaz de admitir esa verdad. Nunca antes me había enamorado, hasta ahora. Por eso he venido a buscarte.
—No. Has venido a buscarme porque no soportas sentirte humillado ante mi padre. Te aterraba la idea de que descubriera dónde estaba.
—¡Eso no es verdad! ¡He venido aquí porque te necesitaba!
—¿Cómo voy a confiar en tí, después del modo en que me has engañado?
—No te dije que era rico, porque eso siempre hace que la gente cambie de actitud respecto a mí. Tampoco te dije lo del doctor Stansey porque... porque temía que entonces no te quisieras casar conmigo... ¿Quieres más sinceridad?
Lo miró confusa y retrocedió, como si estuviera ante un enemigo peligroso.
—Escucha, sé que no me quieres, sé que, además, yo te he dado razones más que de sobra para que así sea —dijo él—. Pero te quiero y esa es la única verdad.
—Entonces, lo que hay, ¿No es solo sexo?
—Te mentiría si te dijera que tu cuerpo no me importa. Pero es «tu cuerpo», que forma parte de tí, de Paula, inseparable del resto. Solo te puedo decir, que no puedo vivir sin tí.
Pronto se dio cuenta de que, probablemente, no tendría llave y de que su intención inicial no habría sido la de irse a la casa, sino a la cabaña. Tenía que apresurarse y encontrarla... Porque la amaba. «La amaba...» Aquel reconocimiento fue como un duro golpe a su conciencia. Nunca había amado a nadie, pero sí a Paula. Y aquel amor había estado latente desde el principio. Amaba a su esposa y no sabía dónde estaba. Subió a su dormitorio y se cambió de ropa. Se puso unos vaqueros y una botas de montaña, añadió un jersey grueso de lana y un chubasquero. Tendría que dejar una nota, por si ella decidía aparecer por la casa. También dejaría la puerta abierta y una luz encendida. Agarró un trozo de papel y escribió primero lo que menos capaz se sentía de confesar:
"Te amo".
Sabía que no era correspondido, Paula se lo había dejado muy claro. Entonces, ¿Por qué se empeñaba en decirle algo que no querría oír? Era su turno de reírse de él. Pero se lo merecía. Ya le había hecho demasiado daño a aquella mujer. De pronto, la puerta se abrió a su espalda. Él se volvió rápidamente. Paula estaba allí, de pie, en el vano de la puerta, mirándolo como si nunca antes lo hubiera visto. Estaba muy pálida y tenía el pelo, la cara y la ropa empapados.
—Está lloviendo —dijo ella.
Paula estaba temblando de frío. Jethro se había quedado sin habla. Después de un largo silencio, dijo lo primero que se le vino a la mente.
—Te estaba escribiendo una nota. Salía ahora mismo a buscarte. Pensé que estarías en la cabaña.
—Estaba a medio camino cuando empezó a llover, así que decidí venirme aquí, aunque no tengo llave. Iba a romper una ventana —sonrió ligeramente—. Ahora que tú estás aquí, no tendré que hacer nada ilegal.
Pedro sintió que debía decir algo. Era el momento de confesarlo todo. Pero no pudo. Decidió que lo dejaría para cuando estuvieran en la cama, alumbrados por el fuego del hogar, arropados por el calor de las mantas y en brazos el uno del otro.
—Tienes una herida en la frente —dijo él.
—Me he dado un golpe con el parabrisas. Se me cruzó un ciervo y, por evitarlo, me salí de la carretera.
Ninguno de los dos estaban diciendo lo que realmente quería decir.
—Debes de estar helada. Encenderé el fuego y calentaré un poco de sopa.
—De acuerdo —dijo ella y se dirigió a la cocina.
Pedro se quedó en la chimenea y, después de un rato, fue a su encuentro. Se la encontró junto a la mesa, con su nota en la mano.
—¿Has escrito tú esto?
—Sí —dijo él.
Paula se quitó la capucha.
—Por favor, deja de jugar conmigo. No puedo soportarlo más. Sé que no me amas.
Pedro sintió vértigo, un vértigo para él desconocido, que no había sentido ni a siete mil ochocientos metros de altura.
—Sí te amo —dijo con total frialdad.
—¡No! ¡Solo me deseas! Puede que incluso te guste, pero eso no es amor.
—Paula... —su voz sonó desconcertada, atemorizada—. Creo que me enamoré de tí en el Starspray y, si no, lo hice cuando te vi aparecer por primera vez ante mí. Pero no he sido capaz de admitir esa verdad. Nunca antes me había enamorado, hasta ahora. Por eso he venido a buscarte.
—No. Has venido a buscarme porque no soportas sentirte humillado ante mi padre. Te aterraba la idea de que descubriera dónde estaba.
—¡Eso no es verdad! ¡He venido aquí porque te necesitaba!
—¿Cómo voy a confiar en tí, después del modo en que me has engañado?
—No te dije que era rico, porque eso siempre hace que la gente cambie de actitud respecto a mí. Tampoco te dije lo del doctor Stansey porque... porque temía que entonces no te quisieras casar conmigo... ¿Quieres más sinceridad?
Lo miró confusa y retrocedió, como si estuviera ante un enemigo peligroso.
—Escucha, sé que no me quieres, sé que, además, yo te he dado razones más que de sobra para que así sea —dijo él—. Pero te quiero y esa es la única verdad.
—Entonces, lo que hay, ¿No es solo sexo?
—Te mentiría si te dijera que tu cuerpo no me importa. Pero es «tu cuerpo», que forma parte de tí, de Paula, inseparable del resto. Solo te puedo decir, que no puedo vivir sin tí.
Novio Por Conveniencia: Capítulo 39
Al despertarse, Pedro buscó, automáticamente, el calor de Paula. Se estaba acostumbrando a compartir su cama con ella. Pero aquella mañana no estaba allí. La cama estaba vacía. Miró el reloj que había sobre la mesilla. ¡Eran las ocho de la mañana! Nunca se levantaba tan tarde y además, tenía que volar a Atlanta.
Al intentar levantarse, sintió todo su cuerpo dolorido. Tenía, además, unas marcas rojas, como si Paula le hubiera clavado las uñas. Pero no recordaba nada. La noche anterior, había perdido totalmente el control. La había decepcionado otra vez. Pero ella había respondido haciéndole el amor con la vehemencia de un gato salvaje. Nunca llegaría a entenderla. Se levantó y vio el vestido de noche tirado en el suelo. Lo agarró y, de inmediato, su perfume lo asaltó por sorpresa. La deseaba, desesperadamente. De pronto, vio sobre la mesa un sobre con su nombre fuera. Lo abrió y leyó la nota que había en su interior.
"Mi padre piensa que me marcho contigo a Atlanta. No puedo ir Tengo que alejarme y pensar, recapacitar sobre todo esto. Por favor no le digas que no me he ido contigo. Por favor, no trates de encontrarme.
Paula"
Parecía haber sido escrita a toda prisa. Pedro se dirigió al armario de ella para ver si se había llevado ropa. Sí, lo había hecho, pero a toda prisa también. Sobre la cómoda estaba la caja de la cadena que le había regalado. Estaba vacía. ¡Una cadena, qué significativo! Estaba atada a un hombre al que no amaba y, sin embargo, se había llevado la cadena. Pero, con cadena o sin cadena, lo había dejado. Sin duda, no era más que un abandono temporal, pues Miguel era todavía lo que importaba, pero se había marchado y él no sabía a dónde. Había tratado a Paula como un reto, como algo inalcanzable que quería conseguir. Pero era mucho más, era alguien a quien no se podía manipular. Si se había marchado, su matrimonio había llegado a su fin, con o sin contrato. Nunca había sido un matrimonio de verdad. Se metió en el baño, agarró la maquinilla y se afeitó. Sabía cómo encontrarla, pero no estaba dispuesto a hacerlo. Si necesitaba tiempo para pensar, se lo daría. No estaba dispuesto a ir detrás de ella, no era su estilo. Estaba mucho mejor sin ella.
Se dirigió al aeropuerto, dispuesto a no volver a pensar en ella. Su jet privado lo esperaba allí. Pero, mientras recorría el aeropuerto hacia su destino, una palabra resonaba en su mente: «Paula». Paula no iba detrás de su dinero y algo le decía que no tenía nada que ver con la fortuna de su padre, sino con su forma de ser. Era sincera y honesta, llena de pasión y generosidad. Se había reído con él y había llorado sin poder ocultar sus sentimientos. Y era tan hermosa que le dolía, capaz de llegar al fondo de un corazón que él creía insensible. Se detuvo de pronto y sacó la nota que llevaba en el bolsillo. La leyó una vez más y, luego, recordó su pregunta: «Por qué te has casado conmigo?» ¿Acaso se había enamorado de Paula? ¿Era aquello lo que le sucedía y no era capaz de admitir?
Nunca se había enamorado. Había estado demasiado ocupado en su vida y se había vuelto demasiado cínico como para amar a nadie. Pero un día, en una tormenta, la voz de una mujer lo había embaucado, y se había ido hasta Newfoundland para conocerla. Allí, había descubierto que la voz femenina pertenecía a una hermosa muchacha de veintisiete años que lo había cautivado desde el primer momento. De pronto, sopesó la importancia de la reunión que tenían en Atlanta, y decidió que era mucho más importante ir en busca de ella. Hizo unas llamadas de teléfono y, una hora más tarde, se dirigía a Vermont. Paula había comprado a primera hora un billete para irse a la casa de la montaña. Durante su falsa luna de miel, se había dado cuenta de que a ella le había encantado aquel lugar. Pensó sobre todo lo acontecido en su corta historia y se dió cuenta de que había sido una sucesión de engaños. El único lugar donde había sido sincero con ella había sido en la cama. No le extrañaba que lo odiara. Le había mentido sobre su dinero, sobre lo del doctor Gastón Stansey, sobre sus sentimientos. Como consecuencia, Paula había llegado a la conclusión de que era un ser insensible. Pero no lo era. Sabía que no quería que la encontrara, que no se alegraría de verlo. No estaba jugando al escondite, realmente quería estar sola. ¿Qué le diría cuando la encontrara? ¿Cómo lograría hacerle ver lo que era para él? Necesitaba un escritor profesional que supiera darles a las palabras la forma adecuada. Después de darle vueltas, por fin decidió lo que le iba a decir cuando la encontrara. En Burlington, se enteró de que ella había alquilado un coche negro, un Grand Am. Así que debía de haberse encaminado hacia la casa. De camino hacia su destino, continuaba pensando en lo que haría cuando la encontrara. Quizás debería esperar y dejar que el momento le dictara la mejor forma de actuar.
Al intentar levantarse, sintió todo su cuerpo dolorido. Tenía, además, unas marcas rojas, como si Paula le hubiera clavado las uñas. Pero no recordaba nada. La noche anterior, había perdido totalmente el control. La había decepcionado otra vez. Pero ella había respondido haciéndole el amor con la vehemencia de un gato salvaje. Nunca llegaría a entenderla. Se levantó y vio el vestido de noche tirado en el suelo. Lo agarró y, de inmediato, su perfume lo asaltó por sorpresa. La deseaba, desesperadamente. De pronto, vio sobre la mesa un sobre con su nombre fuera. Lo abrió y leyó la nota que había en su interior.
"Mi padre piensa que me marcho contigo a Atlanta. No puedo ir Tengo que alejarme y pensar, recapacitar sobre todo esto. Por favor no le digas que no me he ido contigo. Por favor, no trates de encontrarme.
Paula"
Parecía haber sido escrita a toda prisa. Pedro se dirigió al armario de ella para ver si se había llevado ropa. Sí, lo había hecho, pero a toda prisa también. Sobre la cómoda estaba la caja de la cadena que le había regalado. Estaba vacía. ¡Una cadena, qué significativo! Estaba atada a un hombre al que no amaba y, sin embargo, se había llevado la cadena. Pero, con cadena o sin cadena, lo había dejado. Sin duda, no era más que un abandono temporal, pues Miguel era todavía lo que importaba, pero se había marchado y él no sabía a dónde. Había tratado a Paula como un reto, como algo inalcanzable que quería conseguir. Pero era mucho más, era alguien a quien no se podía manipular. Si se había marchado, su matrimonio había llegado a su fin, con o sin contrato. Nunca había sido un matrimonio de verdad. Se metió en el baño, agarró la maquinilla y se afeitó. Sabía cómo encontrarla, pero no estaba dispuesto a hacerlo. Si necesitaba tiempo para pensar, se lo daría. No estaba dispuesto a ir detrás de ella, no era su estilo. Estaba mucho mejor sin ella.
Se dirigió al aeropuerto, dispuesto a no volver a pensar en ella. Su jet privado lo esperaba allí. Pero, mientras recorría el aeropuerto hacia su destino, una palabra resonaba en su mente: «Paula». Paula no iba detrás de su dinero y algo le decía que no tenía nada que ver con la fortuna de su padre, sino con su forma de ser. Era sincera y honesta, llena de pasión y generosidad. Se había reído con él y había llorado sin poder ocultar sus sentimientos. Y era tan hermosa que le dolía, capaz de llegar al fondo de un corazón que él creía insensible. Se detuvo de pronto y sacó la nota que llevaba en el bolsillo. La leyó una vez más y, luego, recordó su pregunta: «Por qué te has casado conmigo?» ¿Acaso se había enamorado de Paula? ¿Era aquello lo que le sucedía y no era capaz de admitir?
Nunca se había enamorado. Había estado demasiado ocupado en su vida y se había vuelto demasiado cínico como para amar a nadie. Pero un día, en una tormenta, la voz de una mujer lo había embaucado, y se había ido hasta Newfoundland para conocerla. Allí, había descubierto que la voz femenina pertenecía a una hermosa muchacha de veintisiete años que lo había cautivado desde el primer momento. De pronto, sopesó la importancia de la reunión que tenían en Atlanta, y decidió que era mucho más importante ir en busca de ella. Hizo unas llamadas de teléfono y, una hora más tarde, se dirigía a Vermont. Paula había comprado a primera hora un billete para irse a la casa de la montaña. Durante su falsa luna de miel, se había dado cuenta de que a ella le había encantado aquel lugar. Pensó sobre todo lo acontecido en su corta historia y se dió cuenta de que había sido una sucesión de engaños. El único lugar donde había sido sincero con ella había sido en la cama. No le extrañaba que lo odiara. Le había mentido sobre su dinero, sobre lo del doctor Gastón Stansey, sobre sus sentimientos. Como consecuencia, Paula había llegado a la conclusión de que era un ser insensible. Pero no lo era. Sabía que no quería que la encontrara, que no se alegraría de verlo. No estaba jugando al escondite, realmente quería estar sola. ¿Qué le diría cuando la encontrara? ¿Cómo lograría hacerle ver lo que era para él? Necesitaba un escritor profesional que supiera darles a las palabras la forma adecuada. Después de darle vueltas, por fin decidió lo que le iba a decir cuando la encontrara. En Burlington, se enteró de que ella había alquilado un coche negro, un Grand Am. Así que debía de haberse encaminado hacia la casa. De camino hacia su destino, continuaba pensando en lo que haría cuando la encontrara. Quizás debería esperar y dejar que el momento le dictara la mejor forma de actuar.
Novio Por Conveniencia: Capítulo 38
—Lo que no entiendo es por qué no me dijiste todo esto antes de la boda. Habrías podido evitarte un matrimonio innecesario. Cualquiera diría que, en el fondo, querías casarte conmigo.
Pedro explotó.
—¡Deberías verlo desde mi punto de vista! La medicina podría no haber funcionado.
—¿Por qué te casaste conmigo?
Pedro ignoró la pregunta.
—¿Preferirías que no hubiera llamado al doctor Stansey? Yo no podría haber vivido con la conciencia tranquila de haber hecho algo así solo para no arriesgarme a herir tus sentimientos.
—Al menos, tengo sentimientos.
—Yo también, ¿Sabes? Era algo que debía hacer. Y, en cuanto a nuestro matrimonio, ya estaba en marcha cuando la oportunidad de probar la medicina surgió. No había vuelta atrás.
—Siempre tienes una respuesta para todo, ¿Verdad? Pero no te das cuenta de que estamos atrapados en un matrimonio sin sentido, que no nos llevará a ninguna parte. ¡Odio esta situación!
—Quieres decir que me odias a mí.
—Lo único que siento es dolor, mucho dolor dentro de mí. Le has salvado la vida a mi padre y debo de estar agradecida por ello, pero...
—Estamos empatados, Paula. Tú me salvaste la vida y yo he salvado la de tu padre.
Paula lo interrogó.
—¿Querías a tu padre, Pedro?
—Eso es irrelevante ahora.
—Nunca hablas de tu infancia. Pero yo sé lo que pasó con tu madre, y que tu padre era un hombre que usaba los puños para todo y que bebía como un demonio. Tuviste, incluso, que proteger a tu hermana.
—Luciana habla demasiado —dijo Pedro.
—Quizás tú hablas demasiado poco —dijo Paula—. Las parejas casadas confían el uno en el otro. Tú dijiste que confiabas en mí, Pedro.
—No hay razón para hablar del pasado.
—Sí, sí la hay. Hablar del pasado puede ayudar a tener un presente mejor.
—Quizás para tí...
—Pero, Pedro...
—¡Déjalo, Paula! No hay modo de redimir a un hombre que, en cuanto se bebía media botella de ginebra, se volvía un salvaje. Consiguió arruinar la empresa y desprestigiar nuestro apellido y no, claro que no podía dejar a Luciana sola con él.
—¿Cuántos años tenías cuando empezaste a cuidar de ella?
—Nueve o diez. Se murió cuando yo tenía diecinueve. Y, ¿Sabes por qué aprecio tanto a Diego? Porque fue la única persona que confió en mí y me dejó dinero, cuando el resto del mundo se reía en mi cara. Y ahora, por favor, vamos a dejarlo. Nada de esto es asunto tuyo.
Estaba claro que no ella no significaba nada para él.
—Me siento agradecida por lo que has hecho por mi padre. Pero, por otro lado, me siento humillada por el modo en que me has tratado. No te gusta estar casado conmigo, lo sé.
Pedro arrojó la chaqueta sobre una silla.
—Tiene ciertas ventajas —dijo en tono seductor y le acarició los hombros desnudos.
Ella se alejó.
—Para tí nuestro matrimonio es solo sexo.
—¿Te parece poco? Sé que te gusta lo que te hago en la cama.
Descendió por sus senos y encendió su deseo. Paula sabía que no había modo de luchar contra la pasión que despertaba en ella. ¿Cómo podía irse a la cama con él, aun sabiendo que no la amaba? Pero no podía abandonarlo aún. La salud de Miguel dependía de su constancia. La fragilidad de su estado no le permitiría superar una crisis tan temprana en el matrimonio de su hija. Quizás algún día podría contarle a su padre la verdadera historia de lo que allí había sucedido. Mientras tanto, tendría que seguir así, ocultando sus verdaderos sentimientos.
Pedro la despojó de su vestido y, juntos, yacieron como marido y mujer. Se batieron en un duelo despiadado de amor y odio, y ella se dejó llevar por un ansia descomunal y descontrolada. Por fin, tras el éxtasis, llegó la paz que sigue a la guerra. ¿Habían hecho el amor? No, había sido algo primitivo y salvaje, una batalla a vida o muerte con el hombre al que amaba. Pedro se apartó de ella lentamente.
—¿Paula?
No hubo respuesta. La cubrió con la sábana y ella esperó en silencio, sin atreverse a mover un solo músculo. No podía llorar. Jamás se había sentido tan sola y desamparada, sabiendo que estaba acostada junto a su marido... Junto al hombre al que amaba.
Pedro explotó.
—¡Deberías verlo desde mi punto de vista! La medicina podría no haber funcionado.
—¿Por qué te casaste conmigo?
Pedro ignoró la pregunta.
—¿Preferirías que no hubiera llamado al doctor Stansey? Yo no podría haber vivido con la conciencia tranquila de haber hecho algo así solo para no arriesgarme a herir tus sentimientos.
—Al menos, tengo sentimientos.
—Yo también, ¿Sabes? Era algo que debía hacer. Y, en cuanto a nuestro matrimonio, ya estaba en marcha cuando la oportunidad de probar la medicina surgió. No había vuelta atrás.
—Siempre tienes una respuesta para todo, ¿Verdad? Pero no te das cuenta de que estamos atrapados en un matrimonio sin sentido, que no nos llevará a ninguna parte. ¡Odio esta situación!
—Quieres decir que me odias a mí.
—Lo único que siento es dolor, mucho dolor dentro de mí. Le has salvado la vida a mi padre y debo de estar agradecida por ello, pero...
—Estamos empatados, Paula. Tú me salvaste la vida y yo he salvado la de tu padre.
Paula lo interrogó.
—¿Querías a tu padre, Pedro?
—Eso es irrelevante ahora.
—Nunca hablas de tu infancia. Pero yo sé lo que pasó con tu madre, y que tu padre era un hombre que usaba los puños para todo y que bebía como un demonio. Tuviste, incluso, que proteger a tu hermana.
—Luciana habla demasiado —dijo Pedro.
—Quizás tú hablas demasiado poco —dijo Paula—. Las parejas casadas confían el uno en el otro. Tú dijiste que confiabas en mí, Pedro.
—No hay razón para hablar del pasado.
—Sí, sí la hay. Hablar del pasado puede ayudar a tener un presente mejor.
—Quizás para tí...
—Pero, Pedro...
—¡Déjalo, Paula! No hay modo de redimir a un hombre que, en cuanto se bebía media botella de ginebra, se volvía un salvaje. Consiguió arruinar la empresa y desprestigiar nuestro apellido y no, claro que no podía dejar a Luciana sola con él.
—¿Cuántos años tenías cuando empezaste a cuidar de ella?
—Nueve o diez. Se murió cuando yo tenía diecinueve. Y, ¿Sabes por qué aprecio tanto a Diego? Porque fue la única persona que confió en mí y me dejó dinero, cuando el resto del mundo se reía en mi cara. Y ahora, por favor, vamos a dejarlo. Nada de esto es asunto tuyo.
Estaba claro que no ella no significaba nada para él.
—Me siento agradecida por lo que has hecho por mi padre. Pero, por otro lado, me siento humillada por el modo en que me has tratado. No te gusta estar casado conmigo, lo sé.
Pedro arrojó la chaqueta sobre una silla.
—Tiene ciertas ventajas —dijo en tono seductor y le acarició los hombros desnudos.
Ella se alejó.
—Para tí nuestro matrimonio es solo sexo.
—¿Te parece poco? Sé que te gusta lo que te hago en la cama.
Descendió por sus senos y encendió su deseo. Paula sabía que no había modo de luchar contra la pasión que despertaba en ella. ¿Cómo podía irse a la cama con él, aun sabiendo que no la amaba? Pero no podía abandonarlo aún. La salud de Miguel dependía de su constancia. La fragilidad de su estado no le permitiría superar una crisis tan temprana en el matrimonio de su hija. Quizás algún día podría contarle a su padre la verdadera historia de lo que allí había sucedido. Mientras tanto, tendría que seguir así, ocultando sus verdaderos sentimientos.
Pedro la despojó de su vestido y, juntos, yacieron como marido y mujer. Se batieron en un duelo despiadado de amor y odio, y ella se dejó llevar por un ansia descomunal y descontrolada. Por fin, tras el éxtasis, llegó la paz que sigue a la guerra. ¿Habían hecho el amor? No, había sido algo primitivo y salvaje, una batalla a vida o muerte con el hombre al que amaba. Pedro se apartó de ella lentamente.
—¿Paula?
No hubo respuesta. La cubrió con la sábana y ella esperó en silencio, sin atreverse a mover un solo músculo. No podía llorar. Jamás se había sentido tan sola y desamparada, sabiendo que estaba acostada junto a su marido... Junto al hombre al que amaba.
Novio Por Conveniencia: Capítulo 37
Para cuando acabaron, su padre parecía cansado.
—Yo creo que deberíamos ir despidiendo a los invitados. Necesitas descansar.
—Opino lo mismo —dijo un extraño, que se aproximaba a ellos en aquel momento.
El hombre se acercó y Miguel Chaves se lo presentó a su hija.
—Creo que no se conocen aún —dijo —. Este es el doctor Gastón Stansey. Esta es mi hija Paula. Gastón es el médico que me está suministrando el nuevo medicamento. Es un investigador que está haciendo estudios sobre enfermedades como la mía.
El médico le tendió la mano y ella se la estrechó.
—Estoy muy contento del modo en que está mejorando su padre, como, me imagino, que lo estará usted —dijo el hombre—. Lo primero, le doy mi enhorabuena. Nunca pensé que pedro se casaría, pero, ahora que he tenido el placer de verla en persona, lo entiendo.
—¿Conoce a Pedro? —preguntó ella sorprendida.
El doctor la miró extrañado.
—Sí. Es dueño del laboratorio farmacéutico para el que estoy haciendo la investigación. Fue él el que me llamó y me pidió que viniera a ver a tu padre.
—Se le habrá olvidado decírtelo —dijo Miguel—. Según parece, podré recuperarme completamente. ¿Qué te parece?
Paula estaba confusa, a pesar de la buena noticia.
—Me parece una gran noticia. En cuanto el doctor se alejó, Miguel se sintió obligado a darle una explicación a su hija.
—Pedro me pidió que no dijera nada, al menos hasta después de la boda.
—Ya —dijo ella con frialdad, mientras se dirigían a las habitaciones de su padre—. Así que Pedro organizó todo esto antes de casamos.
—Sí, el martes anterior.
El día en que le había pedido que comiera con su hermana para que se conocieran.
—Por eso tuve que quedarme en la habitación varios días. La medicina me provocaba náuseas y vómitos. Pedro no quería que abrigaras falsas esperanzas, por eso me pidió que lo mantuviera en secreto.
—Sí, claro —dijo ella. Estaba dolida y se sentía engañada—. Bueno, me alegro de que realmente funcione. Y gracias por esta maravillosa fiesta, padre.
—Eres una buena hija —murmuró Miguel y bostezó—. Bueno, tal vez no te vea mañana por la mañana. Pedro me ha dicho que se va a Atlanta y asumo que te irás con él.
—Por supuesto, padre.
Miguel cerró la puerta y Paula volvió a la fiesta. Pedro confiaba en ella, pero no había modo de que ella pudiera confiar en él.
Mientras ejecutaban el último baile, Pedro le susurró algo al oído.
—Ha llegado la hora de llevarme a mi esposa a la cama.
«Eso ya lo veremos», pensó Paula. Despidieron a los invitados y subieron a su habitación. Ella atacó nada más entrar.
—He conocido al doctor Stansey.
—Tu padre quiso invitarlo, yo no.
—¿Cómo no iba a invitar al hombre que le ha salvado la vida?
—Porque yo le pedí que no lo hiciera.
—Me consta que lo has hecho —dijo ella conteniendo la ira—. Me has tratado como a una auténtica idiota desde el principio, ¿Verdad, Pedro?
La miró fijamente.
—No sabíamos si el medicamento sería tan efectivo como parecía ser. No quería que abrigaras falsas esperanzas.
Aquello era, exactamente, lo que su padre le había dicho.
—Me siento humillada, humillada y estúpida —dijo ella—. Se trata de mi padre, no del tuyo.
—Paula...
Pedro se quitó la corbata.
—Yo creo que deberíamos ir despidiendo a los invitados. Necesitas descansar.
—Opino lo mismo —dijo un extraño, que se aproximaba a ellos en aquel momento.
El hombre se acercó y Miguel Chaves se lo presentó a su hija.
—Creo que no se conocen aún —dijo —. Este es el doctor Gastón Stansey. Esta es mi hija Paula. Gastón es el médico que me está suministrando el nuevo medicamento. Es un investigador que está haciendo estudios sobre enfermedades como la mía.
El médico le tendió la mano y ella se la estrechó.
—Estoy muy contento del modo en que está mejorando su padre, como, me imagino, que lo estará usted —dijo el hombre—. Lo primero, le doy mi enhorabuena. Nunca pensé que pedro se casaría, pero, ahora que he tenido el placer de verla en persona, lo entiendo.
—¿Conoce a Pedro? —preguntó ella sorprendida.
El doctor la miró extrañado.
—Sí. Es dueño del laboratorio farmacéutico para el que estoy haciendo la investigación. Fue él el que me llamó y me pidió que viniera a ver a tu padre.
—Se le habrá olvidado decírtelo —dijo Miguel—. Según parece, podré recuperarme completamente. ¿Qué te parece?
Paula estaba confusa, a pesar de la buena noticia.
—Me parece una gran noticia. En cuanto el doctor se alejó, Miguel se sintió obligado a darle una explicación a su hija.
—Pedro me pidió que no dijera nada, al menos hasta después de la boda.
—Ya —dijo ella con frialdad, mientras se dirigían a las habitaciones de su padre—. Así que Pedro organizó todo esto antes de casamos.
—Sí, el martes anterior.
El día en que le había pedido que comiera con su hermana para que se conocieran.
—Por eso tuve que quedarme en la habitación varios días. La medicina me provocaba náuseas y vómitos. Pedro no quería que abrigaras falsas esperanzas, por eso me pidió que lo mantuviera en secreto.
—Sí, claro —dijo ella. Estaba dolida y se sentía engañada—. Bueno, me alegro de que realmente funcione. Y gracias por esta maravillosa fiesta, padre.
—Eres una buena hija —murmuró Miguel y bostezó—. Bueno, tal vez no te vea mañana por la mañana. Pedro me ha dicho que se va a Atlanta y asumo que te irás con él.
—Por supuesto, padre.
Miguel cerró la puerta y Paula volvió a la fiesta. Pedro confiaba en ella, pero no había modo de que ella pudiera confiar en él.
Mientras ejecutaban el último baile, Pedro le susurró algo al oído.
—Ha llegado la hora de llevarme a mi esposa a la cama.
«Eso ya lo veremos», pensó Paula. Despidieron a los invitados y subieron a su habitación. Ella atacó nada más entrar.
—He conocido al doctor Stansey.
—Tu padre quiso invitarlo, yo no.
—¿Cómo no iba a invitar al hombre que le ha salvado la vida?
—Porque yo le pedí que no lo hiciera.
—Me consta que lo has hecho —dijo ella conteniendo la ira—. Me has tratado como a una auténtica idiota desde el principio, ¿Verdad, Pedro?
La miró fijamente.
—No sabíamos si el medicamento sería tan efectivo como parecía ser. No quería que abrigaras falsas esperanzas.
Aquello era, exactamente, lo que su padre le había dicho.
—Me siento humillada, humillada y estúpida —dijo ella—. Se trata de mi padre, no del tuyo.
—Paula...
Pedro se quitó la corbata.
sábado, 4 de febrero de 2017
Novio Por Conveniencia: Capítulo 36
—Si no sabes la respuesta, no voy a ser yo el que te responda —dijo él indignado y abrió la puerta.
Claro que sabía la respuesta.
—Lo siento...
—Vamos a enfrentarnos a la jauría cuanto antes —dijo él, con un gesto que no simulaba, en nada, al de un adorado esposo.
—Los dos tenemos que actuar, Pedro, no lo olvides —y salió delante.
Bajaron las escaleras que conducían el salón en que tenía lugar la fiesta.
—Finge que estamos locamente enamorados, Paula.
Fingir. ¿Fingir qué, si lo amaba? Lo amaba. Aquel reconocimiento la tomó por sorpresa y removió los cimientos de su vida. «Me he enamorado de mi marido», pensó. «Estoy enamorada, enamorada de Pedro». Su corazón se llenó de un extraño e inexplicable gozo y una sonrisa complacida apareció en su rostro. Al verlos entrar, la orquesta comenzó a tocar la marcha nupcial y los elegantes invitados aplaudieron. Su padre los estaba esperando al pie de las escaleras. Al llegar, Paula lo besó cariñosamente en la mejilla.
—Te concedo el segundo baile, padre. El primero es para mi esposo.
Pedro la condujo hasta la pista de baile, la abrazó con fuerza y la miró con pasión. El baile se inició al ritmo que marcaban los músicos. Paula habría deseado que aquel baile no acabara nunca. Pero acabó.
Minutos después, Paula ya estaba bailando con Miguel. Luego fue su hermano, el marido de Luciana y, finalmente, Diego, el amigo de Pedro.
—Pedro parece realmente enamorado de tí. Nunca pensé que lo vería de ese modo —comentó.
Paula cambió de tema.
—¿Cómo era su padre? —le preguntó.
—Cuanto menos se hable de él, mejor.
—Eso es exactamente lo que hace Pedro —respondió ella con la voz dolida.
Diego perdió el ritmo, como si el tema lo afectara más de lo quería demostrar.
—Horacio Alfonso era un hombre peligroso cuando estaba bebido. Pedro tuvo que responsabilizarse de su hermana y de su vida cuando era demasiado pequeño. Su padre no tenía ningún problema en usar los puños cuando perdía los nervios.
Paula continuó interrogándolo.
—¿Y dónde encajas tú en todo eso?
—Lo ayudé cuando lo necesitó.
—¿Cómo?
—Eres persistente.
—Estoy casada con Pedro, Diego.
—Entonces, pregúntaselo a él.
—¿Es esto un caso de solidaridad masculina?
—Tienen toda la vida por delante, Paula—dijo.
No, eso no era verdad. El foxtrot terminó.
—Quizás, Pedro no sea un hombre fácil, pero es sincero y honesto. ¿Comemos algo?
Se dirigieron a la mesa donde estaba la comida y la bebida.Paula recibió un sinfín de enhorabuenas. La fiesta estaba siendo un verdadero éxito. Había llegado el momento de retocarse el maquillaje. Se dirigió hacia los servicios situados en la planta inferior, pero, antes de llegar, se tropezó con Pablo Coates. Su padre y el de ella eran viejos colegas de negocios. La invitación había sido inevitable.
—Hola, Pau—dijo en un tono amenazante—. Ya veo que has hecho un buen negocio casándote con ese hombre. Por eso no te interesaba yo, ¿Verdad?
—Tú sabes por qué no me interesas, Pablo.
—Vamos, Paula —Pablo la agarró del brazo con fuerza y trató de besarla en la boca. Ella apartó la cara.
—¡Déjame en paz!
—No he pensado ni por un momento que lo hubieras hecho. No es tu estilo.
—¿Me crees?
—¡Pues claro que te creo!
Paula lo miró perpleja.
—No lograré entenderte aunque viva cien años.
—Nos divorciaremos mucho antes —dijo él—. Vamos, tu padre espera.
Su respuesta fue como una nueva bofetada. Estaba claro que no sentía nada por ella. Por eso, nunca podría confesarle su amor.
En ese momento, una voz grave intervino.
—¡Suelta a mi mujer! —dijo Pedro.
Pablo se apartó de ella y retrocedió.
—Solo quería un beso en recuerdo de tiempos pasados. No te engañes, lo único que le interesa de tí es tu dinero.
Pedro lanzó un puñetazo que le pasó rozando la cara, pero no llegó a tocarlo.
—Si vuelves a acercarte a ella, no me responsabilizo de lo que te ocurra —lo agarró de las solapas—. Sé lo que le hiciste a Paula hace cuatro años. Con una sola llamada de teléfono, arruinaría tu reputación y no podrías volver a esta ciudad.
Pedro lo soltó, se volvió hacia Paula. La sujetó por la cintura en un gesto protector.
—He venido a buscarte, porque tu padre va a dar un discurso.
Se alejaron de Pablo.
—Pepe —dijo ella—. Yo no he provocado para nada esta situación.
El discurso de su padre fue breve pero significativo. La respuesta de Pedro fue igualmente efectiva y pareció sinceramente enamorado de Paula por las cosas que dijo. Habría sido un gran actor.
Claro que sabía la respuesta.
—Lo siento...
—Vamos a enfrentarnos a la jauría cuanto antes —dijo él, con un gesto que no simulaba, en nada, al de un adorado esposo.
—Los dos tenemos que actuar, Pedro, no lo olvides —y salió delante.
Bajaron las escaleras que conducían el salón en que tenía lugar la fiesta.
—Finge que estamos locamente enamorados, Paula.
Fingir. ¿Fingir qué, si lo amaba? Lo amaba. Aquel reconocimiento la tomó por sorpresa y removió los cimientos de su vida. «Me he enamorado de mi marido», pensó. «Estoy enamorada, enamorada de Pedro». Su corazón se llenó de un extraño e inexplicable gozo y una sonrisa complacida apareció en su rostro. Al verlos entrar, la orquesta comenzó a tocar la marcha nupcial y los elegantes invitados aplaudieron. Su padre los estaba esperando al pie de las escaleras. Al llegar, Paula lo besó cariñosamente en la mejilla.
—Te concedo el segundo baile, padre. El primero es para mi esposo.
Pedro la condujo hasta la pista de baile, la abrazó con fuerza y la miró con pasión. El baile se inició al ritmo que marcaban los músicos. Paula habría deseado que aquel baile no acabara nunca. Pero acabó.
Minutos después, Paula ya estaba bailando con Miguel. Luego fue su hermano, el marido de Luciana y, finalmente, Diego, el amigo de Pedro.
—Pedro parece realmente enamorado de tí. Nunca pensé que lo vería de ese modo —comentó.
Paula cambió de tema.
—¿Cómo era su padre? —le preguntó.
—Cuanto menos se hable de él, mejor.
—Eso es exactamente lo que hace Pedro —respondió ella con la voz dolida.
Diego perdió el ritmo, como si el tema lo afectara más de lo quería demostrar.
—Horacio Alfonso era un hombre peligroso cuando estaba bebido. Pedro tuvo que responsabilizarse de su hermana y de su vida cuando era demasiado pequeño. Su padre no tenía ningún problema en usar los puños cuando perdía los nervios.
Paula continuó interrogándolo.
—¿Y dónde encajas tú en todo eso?
—Lo ayudé cuando lo necesitó.
—¿Cómo?
—Eres persistente.
—Estoy casada con Pedro, Diego.
—Entonces, pregúntaselo a él.
—¿Es esto un caso de solidaridad masculina?
—Tienen toda la vida por delante, Paula—dijo.
No, eso no era verdad. El foxtrot terminó.
—Quizás, Pedro no sea un hombre fácil, pero es sincero y honesto. ¿Comemos algo?
Se dirigieron a la mesa donde estaba la comida y la bebida.Paula recibió un sinfín de enhorabuenas. La fiesta estaba siendo un verdadero éxito. Había llegado el momento de retocarse el maquillaje. Se dirigió hacia los servicios situados en la planta inferior, pero, antes de llegar, se tropezó con Pablo Coates. Su padre y el de ella eran viejos colegas de negocios. La invitación había sido inevitable.
—Hola, Pau—dijo en un tono amenazante—. Ya veo que has hecho un buen negocio casándote con ese hombre. Por eso no te interesaba yo, ¿Verdad?
—Tú sabes por qué no me interesas, Pablo.
—Vamos, Paula —Pablo la agarró del brazo con fuerza y trató de besarla en la boca. Ella apartó la cara.
—¡Déjame en paz!
—No he pensado ni por un momento que lo hubieras hecho. No es tu estilo.
—¿Me crees?
—¡Pues claro que te creo!
Paula lo miró perpleja.
—No lograré entenderte aunque viva cien años.
—Nos divorciaremos mucho antes —dijo él—. Vamos, tu padre espera.
Su respuesta fue como una nueva bofetada. Estaba claro que no sentía nada por ella. Por eso, nunca podría confesarle su amor.
En ese momento, una voz grave intervino.
—¡Suelta a mi mujer! —dijo Pedro.
Pablo se apartó de ella y retrocedió.
—Solo quería un beso en recuerdo de tiempos pasados. No te engañes, lo único que le interesa de tí es tu dinero.
Pedro lanzó un puñetazo que le pasó rozando la cara, pero no llegó a tocarlo.
—Si vuelves a acercarte a ella, no me responsabilizo de lo que te ocurra —lo agarró de las solapas—. Sé lo que le hiciste a Paula hace cuatro años. Con una sola llamada de teléfono, arruinaría tu reputación y no podrías volver a esta ciudad.
Pedro lo soltó, se volvió hacia Paula. La sujetó por la cintura en un gesto protector.
—He venido a buscarte, porque tu padre va a dar un discurso.
Se alejaron de Pablo.
—Pepe —dijo ella—. Yo no he provocado para nada esta situación.
El discurso de su padre fue breve pero significativo. La respuesta de Pedro fue igualmente efectiva y pareció sinceramente enamorado de Paula por las cosas que dijo. Habría sido un gran actor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)