sábado, 4 de febrero de 2017

Novio Por Conveniencia: Capítulo 35

Paula se miró por última vez al espejo. Llevaba el vestido azul que se había comprado en la Quinta Avenida. Su aspecto había cambiado: parecía realmente una mujer. La fiesta que su padre había organizado estaba a punto de empezar, una fiesta para celebrar su boda. Se aplicó un poco de colorete, pero el recuerdo de los dos días pasados en Manhattan hizo que fuera innecesario. Se había ruborizado al recordar las horas de pasión que había pasado junto a Pedro. Pero su relación se basaba exclusivamente en el sexo y eso hacía que su matrimonio careciera de sentido. Se sentía metida en un carrusel de sensaciones contradictorias que no entendía. Cuando alguien llamó a la puerta, ella se sobresaltó.

—Adelante —dijo.

Miguel entró.

—Hazme el nudo de la corbata, Pau—le dijo—. Tu madre siempre me lo hacía.

Habían pasado toda la mañana del día anterior hablando de su madre, lo que Paula había agradecido. Estaba, además, felíz del buen aspecto que tenía su padre.

—Estás estupendo, papá —le dijo ella.

—La verdad es que me siento mucho mejor —respondió él—. Nunca se sabe, quizás la nueva medicación tenga un efecto más prolongado del que pensaba. Lo abrazó esperanzada. —¡Ojalá así fuera! Ahora que empezamos a entendemos me dolerá aún más no tener tiempo para conocerte mejor.

—Tu matrimonio nos ha hecho mucho bien a los dos.  Pedro es un buen hombre.

Paula sintió un tumulto de emociones. No había nada que deseara más en el mundo que ver a su padre mejor. Sin embargo, sabía que Pedro no permanecería casado con ella eternamente. Si Ellis superaba el tiempo previsto, ¿Cómo iba a entristecerlo con la desgracia de su divorcio? Aquella situación era insoportable.

—Ya está —le dijo ella—. Me alegro de verte tan felíz. Enseguida bajo, ¿De acuerdo, padre?

—Resérvame un baile —dijo Miguel.

—Por supuesto.

¿Cómo podía sentirse tan feliz y tan triste al mismo tiempo? Estaba rebuscando en el joyero cuando Pedro abrió la puerta. Estaba deslumbrante.

—¡Eres el hombre más sexy con el que me he acostado jamás! —dijo ella con sorna.

—Lo que no es mucho decir —bromeó él. Sacó un caja del bolsillo del esmoquin— . Toma. Esto es para tí. Es mi regalo de boda.

Paula se sintió abrumada por un gesto que no comprendía.

—No, Pedro. Los dos sabemos que nuestro matrimonio es una farsa. No hace falta que la alimentemos aún más.

—Estás ansiosa por librarte de mí, ¿Verdad? —dijo en un tono indignado.

—Yo diría eso de tí.

 —Tu padre está mejor.

Ella lo miró expectante.

—Tendremos que esperar a que esté más fuerte para anunciarle nuestro divorcio, ¿No?

—La próxima vez que quiera complicarme la vida, me recuerdas lo que me pasó contigo, ¿De acuerdo? Acepta esto. Tu padre esperará que te haga un regalo de boda.

Así que solo le había comprado aquello para complacer a su padre. Al abrir la caja vio una hermosa cadena de oro blanco con dos brillantes y un zafiro.

—No sé cómo te las arreglas para elegir justo lo que yo habría elegido.

—¿Te gusta?

Hubo algo en su tono de voz que la hizo mirarlo.

—Es exquisito. Sabes cómo llegar dentro de mí.

—Eso es algo que tenemos en común —dijo ella—. Déjame que te la ponga.

Ella se dejó hacer y sintió un escalofrío cuando sus dedos le rozaron suavemente la piel.


—Ya está —dijo Pedro y retrocedió para admirar la belleza de la joya sobre la tersa piel de Paula.

Aquel no era más que un regalo de compromiso, no había motivo para que llorara.

—Será mejor que bajemos. Papá se estará preguntando dónde estamos.

Pedro la agarró de la cintura.

—Ahí abajo está toda la prensa del corazón, además de amigos tuyos y míos. Sonríe y actúa, mi amada esposa.

Paula habló sin pensar.

—Cuando estamos en la cama, no estás actuando, ¿Verdad?

Novio Por Conveniencia: Capítulo 34

—Yo sí —respondió él.

—No para mí.

Comenzó a desabrocharse la camisa.

—Te pido disculpas por haber llegado tan tarde, Pau.

—Se te olvida algo: este matrimonio es una farsa. No necesitamos una casa en común.

 —¿Estás buscando pelea?

—¿Cómo se llama, Pedro? —soltó ella, sin pensar.

Pedro la miró perplejo.

—¿De quién hablas?

—De tú amante, de la mujer por la que no quisiste tocarme en nuestra luna de miel, de la mujer que ha hecho que llegaras tarde a casa.

Se aproximó a ella con un gesto amenazante. Una vez a su lado, Pedro sintió ganas de tomarla entre sus brazos, pero se contuvo.

—¿Me estás acusando de haber estado con otra mujer?

Paula no dudó.

—Sí —respondió al fin.

Pedro sintió toda la furia y la ira del mundo contenida en su pecho. ¿Por qué le causaba tanto dolor aquella mujer? Nunca había permitido que ninguna otra provocara nada parecido.

—No he estado con nadie. He estado en una reunión. Te puedo dar los nombres de los asistentes, si es necesario.

Ella lo miró con firmeza.

—Desde que hemos llegado aquí, me has tratado como si fuera una extraña y, sin embargo, esta misma mañana me has hecho el amor en la buhardilla. ¿Por qué?

—Yo no he estado con ninguna otra mujer, Paula —le dijo él—. ¿Me crees?

 Ella lo miró fijamente y en silencio durante unos segundos.

—Sí —respondió ella—. Pero, ¿Por qué llevas ignorándome desde que hemos hecho el amor? ¿Tan decepcionante te ha resultado?

Pedro pensó en las curvas lujuriosas de su cuerpo, el modo en que sus caderas se habían movido al mismo compás que las de él.

—Muy al contrario, Paula. Estabas tan hermosa que me dejaste sin respiración.

Paula se cruzó de brazos en un gesto de autoprotección.

—No sé usar estrategias, ni jugar a todos esos absurdos juegos sociales. Por eso no sé relacionarme como mi padre querría y prefiero esconderme en lugares como Collings Cove. Puedo parecer sofisticada, eso es fácil, pero cuando se trata de estetipo de cosas, no sé cómo actuar. Tú me has demostrado lo infantil que soy. Pretendía que no hubiera sexo en una relación así. Debes de pensar que soy muy inocente.

—Yo también firmé el contrato. ¿Eso en qué me convierte a mí?

—Solo tú sabes tus motivos —Paula bajó los ojos—. Hoy no hemos hecho el amor, ¿Verdad? Era sexo, solo sexo.

Pedro sintió un arrebato de rabia. ¿Qué era lo que lo alteraba de aquel modo?

—Ahórrate lo de «solo sexo». Déjalo en «sexo».

—¿Quieres decir que te ha gustado?

—¡Por favor, Paula, claro que me ha gustado! —era precisamente lo que le había hecho sentir aquel inesperado encuentro lo que lo aterraba.

 —Entonces, ¿Por qué...?

No quería escuchar más. La agarró en sus brazos y la besó con hambre, como si nunca antes hubiera poseído aquel cuerpo. No, no había sido solo sexo. Había sido algo indescriptible. De pronto, pensó en otra posibilidad.

—¿Acaso no te gustó a tí?

Celia sonrió.

—Me gustó demasiado.

Su respuesta lo excitó más allá de lo puramente físico. Siempre había tratado de mantenerse a salvo, de guardar las distancias. Sin embargo, con ella no podía.

—¿Tanto como para volver a repetirlo?

—Tanto.

Pedro le rogó que le dejara darse una ducha y que lo esperara en la cama. Ella, así lo hizo. Vestida con un diminuto camisón, lo esperó en la cama, leyendo, como si fuera dueña y señora del dormitorio. El salió del baño, envuelto solo en una toalla. La miró y sonrió para sí. La deseaba.

—¿Qué estás leyendo?

—Un libro sobre pilotaje —dijo ella, tratando de no mirar su torso desnudo—. Seguramente, me sacaré un título superior cuando.... A mi padre no le gusta nada que haga este tipo de cosas.

—Te refieres a que será lo que hagas cuando nos divorciemos —dijo Pedro—. Me da la sensación de que estás buscando el modo de alejarte de Manhattan lo más posible.

—¿Por qué se han complicado tanto las cosas? —preguntó ella y comenzó a llorar.

—Porque todo esto está conectado con la muerte de tu padre.

Paula miraba la cubierta del libro.

—Sí, debe de ser solo por eso.

Nada que ver con él, en otras palabras.

—Estamos en una situación de tensión por lo de tu padre —dijo Pedro—. Los dos deberíamos habernos pensado las cosas un poco más antes de habernos embarcado en una empresa como esta.

—¿Te arrepientes de haberte casado conmigo?

 ¿Qué se suponía que debía responder a una pregunta así?

—Estamos casados, lo queramos o no, Paula. Deja el libro.

Así lo hizo y él la besó y se deleitó con la dulzura de sus labios. Ella enlazó los brazos a su cuello y ambos sintieron el fervor que el deseo les causaba. Una impetuosa pasión se apoderó de él. Paula, su esposa, estaba allí, en su cama. Pero aquello no era más que sexo y los dos lo sabían.

Novio Por Conveniencia: Capítulo 33

—Será mejor que me vaya a hacer las maletas —dijo Paula—. ¿A qué hora nos vamos, Pepe?

—En cuanto estés lista —dijo él con frialdad.

Paula odiaba no saber en que estaba pensando. Sin responder, subió las escaleras a toda prisa. Pronto, llegaron al departamento de Manhattan.

—Tengo que darme prisa —dijo él—. Espero que esta reunión no me lleve demasiado tiempo. Volveré a las siete, para que vayamos a cenar. Toma, una llave del departamento, por si quieres irte a dar una vuelta.

—Buena suerte —le dijo ella con frialdad.

 Hubo un silencio tenso.

—Sé que yo no... Bueno, este no es momento para hablar —dijo él—. Te veré luego.

La puerta se cerró y ella se apoyó en los paneles de cedro, con un profundo dolor en el pecho. ¿Sería verdad que tenía una reunión o no era más que una excusa para alejarse de ella, para ir en busca de otra mujer? No tenía respuestas para aquellas preguntas y le dolía la incertidumbre. Observó con detenimiento el departamento. Estaba amueblado en un estilo moderno, una combinación de madera y paredes blancas, con algunas esculturas vanguardistas. Le gustaba la casa y se sentía muy cómoda en ella. ¿Por qué le resultaba tan agradable aquel espacio, cuando lo que recibía de su dueño era frialdad y distancia? Se acercó a los CD que tenía cuidadosamente colocados y seleccionados. Había mucha música clásica y ópera. ¿Opera? No le encajaba tanta emoción en aquel hombre de hierro. Se aproximó a la ventana que daba al río Hudson y se quedó pensativa, observando el paso del agua. Pedro le había dejado un número de teléfono donde podía localizarlo. Seguramente era verdad que tenía una reunión. Pero, ¿llamaría a su amante antes de volver a casa? Ya estaba bien, tenía que dejar de pensar en todo aquello. Lo que debía hacer era ocupar su tiempo. Se puso el chándal y se dirigió a Central Park. Estuvo corriendo durante una hora. Luego regresó al apartamento, se cambió y se dirigió a la Quinta Avenida. Allí se compró un sofisticado vestido azul añil para la fiesta de su padre, un libro sobre pilotaje y una revista de esquí. A las siete menos diez, llegó a casa. Pedro no había dado señales de vida aún. Trató de leer un rato, pero no pudo. Solo pensaba en él, un hombre del que nunca sabía que pensar, que no sabía lo que realmente sentía.


Se hicieron las ocho menos cuarto. Nada: ni una sencilla llamada para advertirla de su tardanza. Se metió en el dormitorio y rebuscó entre su ropa, en el baño. No había ninguna señal de presencia femenina. De pronto, se dio cuenta de que estaba espiando a su marido y de que la idea de que pudiera haber otra mujer en su vida le resultaba insoportable. ¿Por qué no había vuelto a casa aún?

Pedro había obtenido exactamente lo que quería en aquella reunión, pero había sido una negociación dura. Tendría que viajar a Australia y a Singapur en los próximos meses. Se metió en su limusina y miró el reloj. Eran las ocho menos cinco, y le había dicho a Paula que llegaría a casa a las siete.

—Vamos deprisa, Ricardo, llego tarde.

—Me temo, señor, que hay mucho tráfico.

No tenía sentido que llamara a Paula. Después de todo, estaba a punto de llegar. Sin embargo, no dejaba de preguntarse si debía o no hacerlo. Era paradójico que pudiera negociar con la dureza con que lo había hecho aquella tarde y, sin embargo, no pudiera tomar una decisión tan simple como la de llamar o no a su esposa. Su esposa. No se acostumbraba a usar aquella palabra, porque no sabía lo que realmente significaba. Recordó lo sucedido aquella misma mañana. No había sido su intención hacerle el amor. Paula se había sentido mal por el modo en que la había tratado después, con una frialdad innecesaria. Se preguntó a sí mismo por qué se comportaba así. ¿De qué, exactamente, tenía miedo? Tenía miedo de lo que le dictaba su corazón, del. modo en que le dolía al verla llorar. Solo había querido consolarla y había terminado por hacerle apasionadamente el amor en el suelo de la buhardilla. Además, había descubierto que era el primer hombre que tomaba posesión de aquel cuerpo, que ella le había confiado lo más preciado, después de haberlo guardado con tanto celo.

—Ya hemos llegado —dijo el chofer.

—Gracias —respondió Pedro y corrió escaleras arriba. Abrió la puerta con impaciencia y la llamó—. ¡Paula!

Salió de la habitación. Estaba preparada para salir y se había puesto un vestido negro sobrio y elegante.

—Siento haber llegado tarde. Me cambiaré en un momento —dijo, mientras dejaba el maletín sobre la mesa—. Si quieres, puedes mirar un par de revistas de inmuebles. Hay dos áticos que podríamos ver.

Ella respondió con frialdad.

—Yo no tengo intención alguna de comprar una propiedad en Nueva York.

 Dejó la chaqueta sobre una silla.

jueves, 2 de febrero de 2017

Novio Por Conveniencia: Capítulo 32

Poco a poco Paula volvió a presente y sintió en dulce peso de Pedro sobre su cuerpo. Le acarició la espalda con suavidad.

—No me esperaba que pudiera llegar a ser tan... Ni siquiera hay palabras para describirlo. Pero gracias.

Pedro levantó el rostro. Ella nunca había visto su mirada tan abierta y sincera.

—No esperaba que fueras virgen.

—Pues lo era —le besó la barbilla.

Pedro parecía haberse quedado sin palabras.

—No sé cómo decir lo que pienso... —dijo él—. Me halaga que confiaras en mí para deshacer el mal que había hecho Pablo.

Paula sintió un escalofrío al oír aquel nombre y se sintió perturbada.

—Debo de haberte parecido una patosa inexperta...

—¡No digas bobadas! No es eso lo que quería decir —se pasó la mano por el pelo y su limpia mirada se oscureció—. Te vas a enfriar y no creo que te encuentres precisamente bien en el suelo.

Paula se había olvidado, incluso, de dónde estaba. Su ropa estaba esparcida por todo el suelo. Las recogió y se puso de pie, ocultándose el rostro con el pelo, para que él no pudiera verla. Se vistió rápidamente. No tenía ni idea de lo que pensaba o sentía Pedro en aquel instante. ¿Le había gustado hacer el amor con ella o, sencillamente, se había aburrido? ¿Cómo se había desvanecido la magia tan rápidamente? Él se levantó y se puso los pantalones, pero no se atrevió a mirarlo. En aquella última media hora, había aprendido algo fundamental: el riesgo de esquiar o de pilotar una avioneta no era nada comparado con la sinceridad emocional, un peligro que no estaba preparada para asumir. Pensó una vez más en otra posible mujer. Pedro no podía tener una amante. ¿O sí? Se abotonó la camisa que él le había desabrochado momentos atrás. Se sentía como si hubiese caído del cielo a la tierra en cuestión de segundos. No iba a llorar, a pesar de la sensación de desamparo que sentía. Tenía que actuar, tal y como lo había estado haciendo.

—Mi padre se estará preguntando dónde estoy. Había venido por unas fotos nada más.

—Fue él quien me dijo que estabas aquí. ¿Por qué tienes tanta prisa por irte?

Era tan alto, tan intimidante.

—Me está esperando. ¿Quieres que se imagine lo que estábamos haciendo?

—¿Te avergüenzas?

—¿Debería avergonzarme?

—Lo siento, no debería....

No podía soportar la idea de que le dijera que no debía de haberle hecho el amor. Paula pensaba que se había ruborizado y prefirió salir de allí cuanto antes. Pedro la siguió. Se dirigieron al estudio, donde estaba Miguel.

—¡Aquí estás! —le dijo al verla entrar—. ¿Has tenido suerte? ¿Has encontrado algo?

Había dejado las fotos en el suelo de la buhardilla.

—Sí —respondió ella nerviosa—. Siento haber tardado tanto.

—No te preocupes. Me imagino que ya tienes todo preparado para ir a Nueva York.

Pedro  intervino.

—Me marcho a Manhattan después de comer, Pau. Ha surgido un asunto que debo tratar personalmente.

¿Sería ese asunto su amante? La luna de miel había concluido demasiado bruscamente.

—Papá, yo me quedo aquí contigo.

Miguel no aceptó la idea.

 —La obligación de una mujer es estar junto a su esposo.

—Eso es un concepto medieval, padre —protestó ella.

—Tienen que fijar su residencia en Manhattan —insistió Miguel—. No es buena idea empezar el matrimonio con domicilios separados.

Paula sintió un ataque de desesperación.

—Pero yo quiero estar contigo el tiempo que te quede —dijo, sin poder evitar un nudo en la garganta—. Pedro y yo tenemos toda la vida para estar juntos.

—No pienso discutir más —dijo Miguel.

 Paula sabía que, cuando las cosas llegaban a ese punto, no había nada que pudiera hacer.

—De acuerdo, pero volveré el viernes.

—Bien —dijo Miguel—. Martín ha organizado una fiesta para el fin de semana. Una celebración de su boda para mis viejos amigos. Ya sabes, una orquesta aburrida y un montón de viejos.

Miguel Chaves estaba bromeando de nuevo. Sin duda, estaba felíz y eso lo había logrado ella.

Novio Por Conveniencia: Capítulo 31

Paula decidió bajar bajo la lluvia y, dos horas más tarde, llegaba a la casa. Al abrir la puerta se encontró a Pedro esperándola.

—¡Cómo se te ocurre estar ahí fuera, en la montaña, mientras cae una tormenta! —explotó él en cuanto la vió aparecer.

Paula estaba completamente empapada y tenía un aspecto patético.

—¡No todos somos tan perfectos como tú! —le gritó ella—. ¿Sigues pensando que soy la mujer más hermosa del mundo?

La ironía de sus palabras lo hirió.

—¿Sigues pensando en divorciarte cuando te convenga?

—Me divorciaré en cuanto mi padre fallezca —dijo ella y comenzó a llorar desesperadamente—. No puedo soportar esta situación, no puedo... ¡Lo siento, lo siento! ¡No debería haber abierto la boca! Tengo frío. Me voy a dar una ducha.

Se agachó para quitarse las botas, pero tenía los dedos helados y no podía. Él se aproximó, dispuesto a tomarla en sus brazos, pero se detuvo en seco.

—Prepararé la cena mientras te duchas. Ya es hora de que esta absurda luna de miel acabe.

«Sí, para que puedas volver con tu amante en Nueva York», pensó ella, pero se cuidó de no decirlo. Sin tan siquiera mirarlo, se dirigió a su dormitorio. Por causas climatológicas, tuvieron que retrasar su vuelo del día siguiente, de modo que era ya casi medianoche cuando llegaron a Fernleigh.

Pedro se fue directamente a su habitación y Paula hizo lo mismo. Se metió en la cama. Estaba tan cansada, que no tardó en dormirse. A la mañana siguiente, se despertó temprano, se vistió cuidosamente con un vestido verde manzana y se dejó el pelo suelto para disimular las ojeras. Salió en busca de su padre y se lo encontró desayunando en el comedor.

—¡Hola, Pau! Pedro se ha despertado el primero y se ha ido a correr. ¿Cómo estás?

Ella trató de ocultar su tristeza, pero la respuesta salió insegura y algo temblorosa.

—Bien —dijo escuetamente.

—¿Qué tal la luna de miel? Quitando que no había habido sexo... ¡Ojalá esa maldita palabra nunca se hubiera inventado!

—Muy bien —mintió ella—. ¡Tienes mucho mejor aspecto!

Miguel pasó la hoja del periódico que tenía entre las manos.

—El doctor me ha dado una nueva medicina. Cuéntame, ¿Cuáles son tus planes para hoy?

—¿Cuáles son los efectos? —preguntó ansiosa.

—Pau, no te hagas ilusiones. No te lo habría contado si hubiera sabido que ibas a albergar falsas esperanzas. Cambiemos de tema. Quiero que subas a la buhardilla y saques del baúl unas viejas fotos de tu madre. Si bajas algunas, te contaré cosas.

—¿De verdad? Gracias, padre.

 —Pero antes, desayuna.

 Se tomó un zumo de pomelo y unas tostadas, mientras le contaba una edulcorada historia de su estancia en las montañas. Por suerte, Pedro no estaba allí para desmentir nada. Después de acabar, le dió un beso en la mejilla.

—Enseguida bajo.

—Tómate todo el tiempo que necesites. Subió a la buhardilla y pronto encontró el baúl del que le había hablado. Al abrirlo, le vino una ráfaga del perfume de su madre, que estaba impregnado en el pañuelo rojo que llevaba aquella lejana tarde. Lo agarró y se lo llevó hasta el rostro, acariciándose con él las mejillas. Lo dejó cuidadosamente a un lado y comenzó a revisar las fotos y las cartas que allí había. Sacó un retrato que su madre le había hecho cuando tenía cuatro años. A su lado, había escrito un pequeño mensaje: "Pau me da toda la alegría de vivir.  Es una niña hermosa, llena de felicidad y vitalidad. La quiero con todo mi corazón".

No lo pudo evitar, ocultó el rostro entre las manos y se echó a llorar. De pronto, una voz masculina sonó desde la puerta.

—¡No llores, por favor! —era Pedro—. No soporto verte llorar.

Se detuvo a su lado y, sin pensar, ella se lanzó a sus brazos.

—Mi madre me quería, Pepe, lo dice aquí —le mostró el trozo de papel—. ¡Ojalá no hubiera muerto!

Comenzó a acariciarla tiernamente y le dió un pañuelo. Ella se limpió las lágrimas y se sonó la naríz. Después de un rato, alzó la cara y sonrió con tristeza.

—¡Debo de tener un aspecto horroroso!

Por toda respuesta, Pedro la abrazó con más fuerza y la besó. Paula se dejó llevar. De pronto, ya nada importaba, solo él: el aroma de su piel, el calor de su cuerpo... Lentamente, la tumbó sobre el suelo y comenzó a acariciarla seductoramente. Ella no se resistía, al contrario, lo atraía hacia ella y lo besaba con ansia.

—Deberíamos bajar —dijo él.

Paula no podía soportar la idea de romper aquel momento mágico.

—No —le susurró—. Quiero que hagamos el amor aquí mismo.

Pedro la miró perplejo.

 —Repite eso —le rogó.

Paula se ruborizó.

—Quiero que hagamos el amor aquí —repitió y, de pronto, tuvo el convencimiento de que no había ninguna otra mujer en su vida, de que podía confiar en él.

Pedro soltó una sonora carcajada y posó su cuerpo sobre el de ella. Quería que sintiera la fuerza de su deseo, la dureza de su virilidad pujante. Lentamente, la desnudó, mientras se deleitaba con cada curva, con cada recoveco de su cuerpo. Luego, le llegó el turno a él, pero Paula se mostraba nerviosa y reticente.

—¿Qué te ocurre? Supongo que habrás visto a algún hombre desnudo antes.

Ella no respondió, pero él se dió cuenta de que algo la cohibía. La besó tiernamente para apaciguar su miedo.

—Quiero que te tranquilices y disfrutes, Pau.

 Ella se rió.

—¿Que disfrute? Me encanta lo que me estás haciendo.

Pedro se quitó poco a poco la ropa, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Pues esto no ha hecho más que empezar.

—Me encantan las líneas que se dibujan bajo tus ojos cuando sonríes.

Pedro se rió.

—¡Eres una medicina estupenda para mi autoestima! —le dijo y se aproximó pausadamente a ella, hasta que sus cuerpos se unieron en un abrazo.

Pedro atrapó uno de sus pezones entre los labios y comenzó a jugar con él, arrancándole un gemido.

—¡Oh, Pepe! Otra vez...

Paula se dejó llevar y comenzó a acariciar su torso y su cuerpo, sin atreverse del todo a bajar la mano. Pedro la agarró y le mostró el camino hasta su miembro enardecido.

—Pepe... —susurró ella.

Llevados por una fuerza más poderosa que la razón, Pedro trató de abrirse paso dentro de ella, pero se encontró una inesperada barrera.

—Sigue, Pepe, no te detengas.

—Pau...

Ella le suplicó.

—Sigue, por favor...

—No sabía...

Paula empujó las caderas y Pedro no pudo parar. Pronto, el ritmo de sus cuerpos se acompasaba en un movimiento único. Ella gritó su nombre y él sintió que enloquecía. Habían llegado juntos al único lugar donde podían ser realmente quienes eran.

Novio Por Conveniencia: Capítulo 30

Paula se despertó al sentir los intensos rayos de sol que se proyectaban sobre su cara. Al abrir los ojos intuyó que estaba sola. Bajó a la cocina y encontró una nota sobre la mesa. "Volveré esta tarde. Que tengas un buen día". Agarró la nota, la arrugó y la tiró con rabia a la basura. A la hora que calculó que él estaría de vuelta, ella había salido a pasear. Regresó tarde y cenaron juntos. Al terminar, leyeron junto a la chimenea, pero  no era capaz de concentrarse en nada de lo que allí había escrito. A las nueve y media, ya estaba en la cama y pasó toda la noche dando vueltas. El lunes fue peor que el domingo, pues la tensión entre ellos había aumentado. Pedro estaba fuera, partiendo madera con el hacha, y lo miraba desde la ventana.

Al día siguiente, su luna de miel llegaría a su fin. Habría terminado antes de empezar.Pedro estaba sin camisa y sus músculos expuestos despertaban en ella un agónico deseo. Paula se apartó de la ventana y se obligó a sí misma a apaciguar su ánimo. Lo dejó trabajando y se fue a preparar café. De pronto, la puerta se abrió de golpe y él entró, con la mano manchada de sangre.

—Pepe...

—No es nada —dijo él—. Se me ha clavado una astilla de madera.

—¡Pero es un trozo muy grande! ¿Tienes unas pinzas?

 Se apresuró a buscar lo que le pedía y volvió de inmediato.

—Estate quieto.

—Puedo hacerlo yo.

—¡No puedes! Deja de discutir por todo —lo reprendió.

Le agarró la mano y le sacó el trozo cuidadosamente—. Ya está. ¿Dónde tienes el botiquín?

 —En la cocina —respondió él.

Paula sacó el agua oxigenada, el algodón y las tiritas y le curó la herida. Pero, de pronto, sintió su proximidad como una amenaza.

—Me... me voy a dar una vuelta.

—¡Eso es, desaparece de mi vista!

—¡Tienes que hacer tan patente que no me soportas!

—Fuiste tú la que dijo que no podría haber nada de sexo.

Su olor masculino y penetrante la aturdió.  ¿Y si lo tocaba? ¿Qué ocurriría? ¿Se apartaría de ella o la tomaría en sus brazos? «Apártate de él», pensó. Se levantó rápidamente y casi se cayó al tropezarse con la alfombra. Se había ruborizado.

—Yo... Me voy.

—Ten cuidado, el tiempo está muy inestable.

—¡Déjame en paz, pareces mi padre!

—Pues no soy tu padre, sino tu marido —dijo él—. Que no se te olvide.

¿Cómo podía olvidarlo? Si en lo único en lo que pensaba era en llevarlo a la primera cama que encontrara y hacerle el amor hasta caer exhausta. Agarró su mochila, la llenó de fruta y salió de la casa a toda prisa. No estaba dispuesta a volver hasta que hubiera anochecido. Escaló hasta la cima de la montaña y allí encontró la cabaña de la que Pedro le había hablado. El mismo la había construido tiempo atrás. Miró al cielo y vió que estaba cubierto de nubes grises que amenazaban con lluvia. Había ido a aquella luna de miel creyendo que tendría que pasarse los tres días luchando contra él. En lugar de eso, la trataba como si fuera su hermana o alguna incómoda visita a la que solo podía tratar con la educación requerida, O, sencillamente, como una mujer que no le gustara en absoluto. ¿Qué era exactamente lo que le pasaba? ¿Acaso aquellos apasionados besos habían sido todos fingidos? Le había llegado a decir que era la mujer más hermosa del mundo. ¿Acaso aquello también había sido falso? Se sentía confusa y perdida, además de muy triste. Pedro la había deseado, pero ya no la deseaba. De pronto, recapacitó sobre cómo habían sucedido las cosas, y se dio cuenta de que, antes de la boda, había pasado tres días en Nueva York. Se abrazó las rodillas y se clavó las uñas en la carne. ¿Cómo no había pensado en aquello antes? Pedro debía de tener a otra mujer en Manhattan con la que habría pasado aquellos tres días. Le había pedido a ella que no estuviera con otro hombre durante el tiempo que durara su matrimonio, pero ella se había negado a pedirle lo mismo, producto de un orgullo absurdo. ¡Era una estúpida y se odiaba por ello! Pero también lo odiaba a él. ¿Cómo iba a sobrevivir tres meses a aquella estúpida farsa? De pronto, una gran gota le cayó sobre el rostro. Miró al cielo y se dio cuenta de que estaba lloviendo, y de que lo empezaba a hacer con fuerza. Tenía dos opciones: entrar en la cabaña o bajar hasta la casa, de vuelta con Pedro.

Novio Por Conveniencia: Capítulo 29

Pronto reapareció el clérigo con los papeles que debían firmar para que su matrimonio fuera oficial. Al verlo, Pedro volvió a la realidad. El lunes habían firmado un contrato por el que establecían cuándo se realizaría el divorcio. Aquel matrimonio era una farsa, lo había sido desde el principio y seguiría siéndolo siempre. Lo había utilizado desde el principio y él le había permitido que lo hiciera. Se volvió bruscamente, impulsado por la rabia. Diego notó algo extraño.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Pedro se dió cuenta de que había perdido la compostura. «Actúa», se dijo, tal y como le había pedido a Paula que hiciera en el aeropuerto el día de su llegada.

—Sí, estoy muy bien —respondió y agarró a su esposa por la cintura—. Esta mujer me quita el aliento.

—Es mucho más guapa que el Starspray.

Pedro notó que Paula se tensaba y la abrazó con firmeza.

—No sabes lo feliz que me has hecho hoy —le dijo.

Ella captó inmediatamente la ambigüedad del comentario.

—Estoy segura de que encontrarás el modo de pagarme por ello —respondió ella con la voz insegura.

Bien, Paula no era tan inmune a él como trataba de hacerle creer.

—Estoy ansioso de estar a solas contigo —le murmuró él y la besó delicadamente en el cuello. Olía bien, muy bien. Su aroma despertó en él una explosiva mezcla de sentimiento y lujuria, y ella se estremeció con su tacto.

Aquella misma noche ya estarían solos en Vermont. Nunca antes había llevado a ninguna otra mujer allí. Era una de sus reglas de oro. Claro que también lo era el no dejarse afectar por los encantos femeninos del modo en que Paula lo afectaba. Cada vez le resultaba más difícil acatar ciertas normas de supervivencia que él mismo se había impuesto. De pronto, se dió cuenta de lo que debía hacer para obtener lo que quería. Sí, eso era, tenía un plan perfecto para su luna de miel. Aquel pensamiento apaciguó su ánimo. Sonrió complacido.

—La ocasión merece un poco de champán, ¿No crees, cariño?

Cuando llegaron a las Green Mountains ya estaba anocheciendo. Paula tenía todo el cuerpo dolorido por la tensión. Habían volado desde Washington en el avión privado de Pedro y, en el aeropuerto, habían alquilado un Maserati negro. Estaba claro que se había casado con uno de los hombres más ricos del país. La casa estaba rodeada de cedros y pinos, y se integraba en el paisaje como si siempre hubiera formado parte de él. La tenue luz que venía de dentro parecía darles la bienvenida. Durante un momento, Celella a deseó haber tenido la ocasión de estar allí con un hombre que realmente la amara.

—Una pareja que vive en el pueblo trabaja en la casa cuando se lo pido. Nos han preparado la casa, con algo de comida y han encendido la calefacción para que estuviera caliente cuando llegáramos.

Era la primera vez que Jethro hablaba desde hacía una hora. Al oír su voz, se preguntó qué sucedería durante aquellos días a solas. El contrato especificaba que no habría sexo entre ellos. Pero una parte de Paula deseaba que sucediera algo. Por otra, temía las consecuencias que podría tener aquello si se dejaba llevar. Si hacía el amor con él y rompía una de las cláusulas del contacto, no sabía si eso invalidaría el resto. Debería de haberle preguntado a su abogado algo tan importante. Siguió a Pedro hasta la casa y nada más entrar se quedó admirada de la belleza del lugar.

—¡Esto es precioso, Pepe! —dijo espontáneamente. Y sintió una extraña sensación de estar en casa.

Aquel sentimiento la aterrorizó.

—¿Cenamos algo? —preguntó él—. Iré a ver qué tenemos en el frigorífico. Hay un baño en la entrada y otro arriba. Siéntete como en tu casa.

Pedro no tenía intención alguna de hacerle el amor, lo único que le preocupaba de momento era la cena. Paula se dió cuenta de que no la había tocado desde que habían salido de la casa de su padre. Se dirigió al baño. Había un jacuzzi y un gran espejo en el que vió la patética imagen de una mujer asustada: ella. Se miró la mano y vió los anillos que Pedro había comprado. «Recuerda que todo esto es por tu padre», se dijo. «Recuerda que cuando te vió vestida de novia se rompieron el silencio y la distancia que hablan regido vuestra vida». Se lavó las manos, se pintó los labios y se dirigió a la cocina.

—Los cubiertos están ahí. ¿Te importaría poner la mesa?

—No, claro que no —dijo ella—. ¿Qué tenemos para cenar?

—Patatas asadas con queso y unos filetes.

Veinte minutos después, ya estaban cenando. La cena estaba deliciosa, pero ella apenas si la probó. Pedro habló durante toda la comida sobre un montón de cosas, pero nada relacionado con su matrimonio ni con sus emociones. Después de cenar, recogieron la cocina.

—Supongo que querrás dormir arriba. Hay un gran balcón con una vista preciosa. Yo dormiré abajo —dijo él en cuanto terminó de llenar el lavaplatos.

—Bien —respondió ella, desconcertada y nerviosa.

No tenía ninguna razón para sentirse furiosa, pero lo estaba, aunque él no estaba haciendo más que respetar las cláusulas del contrato que ella había establecido desde el principio.

—Mañana a primera hora me iré a dar una vuelta por la montaña —dijo él, dando por sobreentendido que no estaba invitada.

Paula agarró su maleta y la subió a su habitación. Era el dormitorio de Pedro, con su toque personal y su olor característico. Habría sido mejor que hubieran ido en un crucero al Caribe o a su piso en París, pues habría tenido algo en lo que entretenerse. Al bajar se lo encontró totalmente concentrado en la lectura de un libro.

—Me voy a dar una vuelta —anunció ella.

Él levantó la vista y dudó unos segundos.

—Bien —dijo finalmente—. Si no te apartas del riachuelo no te perderás.

Salió fuera no sin antes dar un portazo. El aire frío cortaba la piel, pero estaba lleno de fragancias reconfortantes. El cielo brillaba repleto de estrellas. Comenzó a caminar a la orilla del río, hasta que, finalmente, se sentó en una roca a observar el agua. Pero el leve rugido del agua no consiguió darle respuesta alguna a ninguna de sus preguntas. ¿Qué le sucedía? Después de todo, tenía exactamente lo que quería. ¿Por qué lejos de agradecérselo lo entendía como un insulto. Nada de aquello tenía sentido. Media hora más tarde,  volvió a la casa. Pedro estaba echando leña al fuego y se había cambiado de ropa, se había descalzado y tenía una copa de vino sobre la mesa.

—Me voy a la cama —le dijo ella—. Ha sido un día muy agitado.

—¿Necesitas algo?

Paula no podría decirle jamás lo que realmente necesitaba.

—No, gracias. Hasta mañana.

Antes de que se diera la vuelta, Pedro ya estaba leyendo. Se sentía furiosa. Subió a su habitación, se puso el camisón de satén. blanco, ideal si aquella hubiera sido una luna de miel real, apagó la luz y se metió en la cama, la cama de él. Se tapó hasta la cabeza y comenzó a contar ovejitas: unas eran grandes, otras pequeñas, otras gordas, otras flacas... Por fin, pasada la medianoche, logró conciliar el sueño.