— ¿Tiene idea del daño que le ha hecho a Pau? ¿De verdad cree que ella querría volver a verlo? Ya se ha cobrado su libra de carne, señor Alfonso. Ahora, márchese.
— ¿Esa es la decisión de Paula o la suya? — preguntó Pedro.
Pero Flor se negaba a dejarse amedrentar.
—Pau es mi amiga y es mi deber protegerla. Pero, por si le interesa, la única relación que ella ha mantenido con Julián Cox ha sido un plan que yo misma diseñé para denunciar a ese estafador
—Usted la puso en peligro al involucrarla con ese delincuente...
—Yo no engañé a Pau diciendo que la quería. Yo no la hice creer que éramos amantes. Yo no me la llevé a la cama... —empezó a decir Flor.
Era inútil intentar hablar con aquella hidra, pensaba Pedro. Si seguía discutiendo, perdería la paciencia y aún tenía que procesar lo que le había contado sobre la relación de Paula y Julián Cox. No tenía duda de que le estaba contando la verdad y, de repente, todo parecía cobrar sentido. Pero saber que se había equivocado con ella, que la había tratado de forma despreciable, era como sentir que alguien le clavaba un cuchillo en el corazón. Nunca se lo perdonaría a sí mismo. Aunque Paula quisiera hablar con él, aunque pudiera decirle que se había enamorado de ella antes de saber la verdad, estaba seguro de que no lo creería. Y no podría culparla. La había tratado de una forma cruel e injustificable y era justo que Paula no quisiera volver a verlo en toda su vida.
Flor lo observó arrancar el coche y alejarse antes de entrar en casa de su amiga. Paula, abrazándola—. ¿Puedo pedirte un favor? ¿Podrías cuidar de Missie y Whittaker hasta que vuelva? No sé cuándo volveré, quizá esta tarde si Pedro se niega a escucharme.
—No te preocupes. Yo cuidaré de ellos —dijo su amiga—. Es lo menos que puedo hacer.
—Pau, ¿Qué haces levantada? —preguntó, al verla canturreando en la cocina.
—Me encuentro muy bien y no soy ninguna inválida —sonrió ella—. ¿Qué te pasa? Tienes mala cara, Flor. ¿Ha pasado algo?
— Yo... bueno, estaba llegando a tu casa y me encontré con Pedro Alfonso.
— ¿Qué? ¿Dónde está? —preguntó Paula, corriendo hacia la ventana.
— Se ha ido —contestó Flor—. Yo... le dije que no querías volver a verlo.
— ¡Se ha ido! ¿Dónde? Oh, Flor, tengo que verlo...
— ¿Qué? ¿Después de lo que te ha hecho? — Flor estaba perpleja.
— No es lo que tú crees —le aseguró Paula
. Después, le contó la llamada de su madre.
— ¿Y la has creído? —preguntó Flor.
—Sí —contestó Paula.
—Entonces, me he equivocado diciéndole que no querías volver a verlo en tu vida —murmuró—. Lo siento, pero...
—No es culpa tuya. Después de todo, tú no sabías lo de la llamada de su madre. Sé que solo querías protegerme, Flor, y te lo agradezco —sonrió
sábado, 3 de diciembre de 2016
Engañada: Capítulo 38
Flor estaba estacionado en casa de Paula cuando vió un Mercedes tras ella y, frunciendo el ceño, salió del coche. Sabía que su amiga no esperaba visitas. Cuando se acercó al Mercedes, reconoció inmediatamente al conductor por la descripción que le había hecho Paula.
— ¿Donde cree que va? —preguntó, furiosa.
Pedro la miró, sorprendido. ¿Quién demonios era aquella bruja?
—Voy a visitar a Paula Chaves. Aunque no creo que eso sea asunto suyo.
La joven se interponía en su camino y Pedro no sabía por qué. Pero tampoco quería enterarse. Lo único que quería era ver a Paula, decirle cuánto la quería...
— ¿No le parece que ya le ha hecho suficiente daño? —preguntó Flor, sin poder contenerse—. Sé quién es usted y si cree que Pau aceptará volver a verlo...
— ¿Sabe quién soy?
—Pau me lo ha contado todo —lo informó Flor ácidamente.
Pedro frunció el ceño. Aquella joven malhumorada era una complicación que no había esperado.
— ¿Dónde está Paula? —preguntó.
—No está en casa —contestó Flor —. Se ha marchado. Y, aunque estuviera, no quiere volver a verlo nunca más, después de cómo la ha engañado...
—Un momento —objetó él—. Tenía mis razones para hacer lo que hice.
— Si esas razones son su errónea creencia de que Pau tenía algo que ver con las estafas de Julián Cox, tengo que decirle que está completamente equivocado — replicó Flor—. Pau ha sido una víctima, igual que su hermano.
—No sé qué está intentado decir, pero sé que Paula y Julián Cox son socios.
—Querrá decir que ha visto un papel en el que dice que son socios — corrigió Flor, cada vez más enfadada—. Es una pena que no compruebe usted las cosas con más cuidado. Si lo hubiera hecho, habría descubierto la verdad.
— ¿Qué verdad?
—Que Julián Cox ha usado el nombre de Pau sin su conocimiento.
—Si eso es cierto, ¿Por qué no me lo contó ella misma?
—Lo habría hecho si no hubiera sufrido amnesia. ¿O es que se le ha olvidado? — preguntó, irónica.
pedro estudió la cara de la joven que había frente a él. No había duda de que estaba diciendo la verdad—. Si hubiera sido sincero con Paula, si le hubiera dicho en el hospital quién era, ella le habría contado la verdad cuando recuperó la memoria.
— Si esa es la verdad, ¿Por qué no me lo contó la tarde que nos conocimos? — replicó él—. Entonces no tenía amnesia.
—No se lo dijo porque antes quería hablar conmigo —explicó Flor.
— ¿Para qué?
Flor sabía que el hombre estaba esperando una explicación, pero después de cómo se había portado con su amiga, no tenía ninguna gana de dársela.
— ¿Donde cree que va? —preguntó, furiosa.
Pedro la miró, sorprendido. ¿Quién demonios era aquella bruja?
—Voy a visitar a Paula Chaves. Aunque no creo que eso sea asunto suyo.
La joven se interponía en su camino y Pedro no sabía por qué. Pero tampoco quería enterarse. Lo único que quería era ver a Paula, decirle cuánto la quería...
— ¿No le parece que ya le ha hecho suficiente daño? —preguntó Flor, sin poder contenerse—. Sé quién es usted y si cree que Pau aceptará volver a verlo...
— ¿Sabe quién soy?
—Pau me lo ha contado todo —lo informó Flor ácidamente.
Pedro frunció el ceño. Aquella joven malhumorada era una complicación que no había esperado.
— ¿Dónde está Paula? —preguntó.
—No está en casa —contestó Flor —. Se ha marchado. Y, aunque estuviera, no quiere volver a verlo nunca más, después de cómo la ha engañado...
—Un momento —objetó él—. Tenía mis razones para hacer lo que hice.
— Si esas razones son su errónea creencia de que Pau tenía algo que ver con las estafas de Julián Cox, tengo que decirle que está completamente equivocado — replicó Flor—. Pau ha sido una víctima, igual que su hermano.
—No sé qué está intentado decir, pero sé que Paula y Julián Cox son socios.
—Querrá decir que ha visto un papel en el que dice que son socios — corrigió Flor, cada vez más enfadada—. Es una pena que no compruebe usted las cosas con más cuidado. Si lo hubiera hecho, habría descubierto la verdad.
— ¿Qué verdad?
—Que Julián Cox ha usado el nombre de Pau sin su conocimiento.
—Si eso es cierto, ¿Por qué no me lo contó ella misma?
—Lo habría hecho si no hubiera sufrido amnesia. ¿O es que se le ha olvidado? — preguntó, irónica.
pedro estudió la cara de la joven que había frente a él. No había duda de que estaba diciendo la verdad—. Si hubiera sido sincero con Paula, si le hubiera dicho en el hospital quién era, ella le habría contado la verdad cuando recuperó la memoria.
— Si esa es la verdad, ¿Por qué no me lo contó la tarde que nos conocimos? — replicó él—. Entonces no tenía amnesia.
—No se lo dijo porque antes quería hablar conmigo —explicó Flor.
— ¿Para qué?
Flor sabía que el hombre estaba esperando una explicación, pero después de cómo se había portado con su amiga, no tenía ninguna gana de dársela.
Engañada: Capítulo 37
— ¿Él te ha pedido que me llamases? —preguntó Paula entonces.
— No. Pepe es un hombre muy orgulloso. Cuando se entere de que te he llamado, no le va a gustar en absoluto.
— ¿Y por qué lo has hecho entonces?
Al otro lado del hilo hubo una breve pausa.
—Porque quería conocer a la mujer de la que mi orgulloso y arrogante hijo se ha enamorado.
— ¿Y crees que puedes conocerme por teléfono?
— Las mujeres tenemos un instinto infalible, Paula —rió la madre de Pedro.
—Ana, ¿Me estás diciendo que debo perdonarlo?
—Desde luego que no. Lo único que quería era decirte que Pepe te quiere. Soy su madre, mi instinto natural es proteger a mi hijo, a pesar de que tiene cuarenta y dos años y puede cuidar perfectamente de sí mismo.
— ¿Y si no te hubiera dicho que yo no tengo nada que ver con las estafas de Julián Cox, que no sabía nada del dinero de Lautaro y que soy tan víctima como él, qué pensarías?
—Pensaría lo mismo —contestó la madre de Pedro sinceramente—. Y, si te digo la verdad, me gusta que Pepe haya tenido que admitir que te quiere a pesar de creer que eres una estafadora. Estaba empezando a desesperar de que bajase la guardia alguna vez. Si hubiera elegido una mujer que él creyera perfecta como esposa, me habría sentido desilusionada. Pepe necesita aprender que solo es un ser humano, que sus emociones no pueden ser controladas. El hecho de que piense mal de tí y, sin embargo, esté enamorado demuestra que es un ser humano al fin y al cabo. Pero, por supuesto, me encanta saber que el tonto de mi hijo se ha equivocado contigo de medio a medio... Estoy deseando conocerte, Paula.
—No estoy segura de que esto vaya a salir bien, Ana —tuvo que sonreír ella—. Es posible que Pedro te haya dicho que me quiere y que mi supuesto comportamiento delictivo no haya afectado al amor que dice sentir por mí, pero eso no quiere decir que vaya a hacer algo al respecto.
—Lo hará —dijo Ana, completamente convencida—. No suelo interferir en la vida de mi hijo, pero cuando me lo contó pensé que Pepe podía haber sido, bueno, digamos irresponsable... que quizá no había pensado en las consecuencias de sus actos...
Paula tardó varios segundos en entender a qué se refería, pero en cuanto lo hizo saltó de la cama, colorada como un tomate, dándose cuenta de que Pedro no era el único que se había comportado de forma irresponsable.
—Oh, pero eso es... —iba a decir «imposible», pero no era cierto y, además... Respiró profundamente. De repente, su dormitorio parecía estar lleno de luz. De repente, el mundo se había convertido en algo muy emocionante. Un hijo. ¿Como era posible que ella no...?
—Pepe nunca le daría la espalda a un hijo, Paula—dijo Ana suavemente—. Pero tengo que decirte algo. Cuando le cuentes la verdad sobre tus relaciones con Julián Cox, no te sorprendas si él no parece aliviado. Se sentirá en desventaja contigo y muy avergonzado por haberte juzgado mal. Mi hijo es muy orgulloso, Paula.
Cuando colgó el teléfono, se sentía tan emocionada que apenas podía contenerse. Quería vestirse, cantar, gritar, reír. Pedro la amaba... Pedro no había querido humillarla ni engañarla; simplemente había aprovechado el momento, como lo había aprovechado ella. Un hijo... Un gemido de alegría escapó de su garganta.
— No. Pepe es un hombre muy orgulloso. Cuando se entere de que te he llamado, no le va a gustar en absoluto.
— ¿Y por qué lo has hecho entonces?
Al otro lado del hilo hubo una breve pausa.
—Porque quería conocer a la mujer de la que mi orgulloso y arrogante hijo se ha enamorado.
— ¿Y crees que puedes conocerme por teléfono?
— Las mujeres tenemos un instinto infalible, Paula —rió la madre de Pedro.
—Ana, ¿Me estás diciendo que debo perdonarlo?
—Desde luego que no. Lo único que quería era decirte que Pepe te quiere. Soy su madre, mi instinto natural es proteger a mi hijo, a pesar de que tiene cuarenta y dos años y puede cuidar perfectamente de sí mismo.
— ¿Y si no te hubiera dicho que yo no tengo nada que ver con las estafas de Julián Cox, que no sabía nada del dinero de Lautaro y que soy tan víctima como él, qué pensarías?
—Pensaría lo mismo —contestó la madre de Pedro sinceramente—. Y, si te digo la verdad, me gusta que Pepe haya tenido que admitir que te quiere a pesar de creer que eres una estafadora. Estaba empezando a desesperar de que bajase la guardia alguna vez. Si hubiera elegido una mujer que él creyera perfecta como esposa, me habría sentido desilusionada. Pepe necesita aprender que solo es un ser humano, que sus emociones no pueden ser controladas. El hecho de que piense mal de tí y, sin embargo, esté enamorado demuestra que es un ser humano al fin y al cabo. Pero, por supuesto, me encanta saber que el tonto de mi hijo se ha equivocado contigo de medio a medio... Estoy deseando conocerte, Paula.
—No estoy segura de que esto vaya a salir bien, Ana —tuvo que sonreír ella—. Es posible que Pedro te haya dicho que me quiere y que mi supuesto comportamiento delictivo no haya afectado al amor que dice sentir por mí, pero eso no quiere decir que vaya a hacer algo al respecto.
—Lo hará —dijo Ana, completamente convencida—. No suelo interferir en la vida de mi hijo, pero cuando me lo contó pensé que Pepe podía haber sido, bueno, digamos irresponsable... que quizá no había pensado en las consecuencias de sus actos...
Paula tardó varios segundos en entender a qué se refería, pero en cuanto lo hizo saltó de la cama, colorada como un tomate, dándose cuenta de que Pedro no era el único que se había comportado de forma irresponsable.
—Oh, pero eso es... —iba a decir «imposible», pero no era cierto y, además... Respiró profundamente. De repente, su dormitorio parecía estar lleno de luz. De repente, el mundo se había convertido en algo muy emocionante. Un hijo. ¿Como era posible que ella no...?
—Pepe nunca le daría la espalda a un hijo, Paula—dijo Ana suavemente—. Pero tengo que decirte algo. Cuando le cuentes la verdad sobre tus relaciones con Julián Cox, no te sorprendas si él no parece aliviado. Se sentirá en desventaja contigo y muy avergonzado por haberte juzgado mal. Mi hijo es muy orgulloso, Paula.
Cuando colgó el teléfono, se sentía tan emocionada que apenas podía contenerse. Quería vestirse, cantar, gritar, reír. Pedro la amaba... Pedro no había querido humillarla ni engañarla; simplemente había aprovechado el momento, como lo había aprovechado ella. Un hijo... Un gemido de alegría escapó de su garganta.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Engañada: Capítulo 36
¿Y cómo reaccionaría Paula? ¿Qué haría si ella no quisiera cambiar? ¿Qué ocurriría si no quisiera escucharlo y se riera de él? Pero Pedro no podía imaginarse a Paula comportándose de ese modo. Se había mostrado tan tierna, tan dulce, tan compasiva por los demás que no podía imaginarla comportándose de otra forma. Pero, ¿Conocía él a la auténtica Paula? Quizá el golpe en la cabeza había afectado a algo más que su memoria. ¿Qué estaba intentando hacerse creer a sí mismo?, se preguntaba. ¿Que Paula había cambiado de personalidad por completo? Estaba empezando a vivir en un mundo de fantasía. Pero, a pesar de todo, cuando media hora más tarde tuvo la oportunidad de cambiar de autopista y tomar la que llevaba a York, decidió no hacerlo.
— ¿Seguro que quieres estar sola? —preguntó Flor, en la cocina de Paula.
—Flor, me encuentro bien. De verdad —sonrió ella. Flor había intentado todos los argumentos posibles para persuadirla, pero ella había insistido en volver a su casa—. Tengo que volver a hacer mi vida normal cuanto antes. Pero te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí, Flor. Si no hubiera sido por tí... Si no hubiera podido hablar con alguien de todo esto, si no hubiera podido quitarme este peso de encima... —siguió. Flor le puso una mano sobre el brazo, para darle ánimos—. Gracias por no contárselo a nadie...
—Estoy segura de que Valen y Sofía lo habrían entendido —sonrió su amiga.
—Lo sé, pero... bueno, prefiero que solo lo sepas tú. Eres tan buena amiga para todas. Siempre nos ayudas y...
— ¿Yo? —la interrumpió Flor, con una sonrisa—. Casi me cargo la relación entre Sofía y Bruno, después te meto en un lío con Julián y ahora ese Pedro Alfonso...
—Eres una buena amiga —reiteró Paula—. Una muy buena amiga. Solo me gustaría... — miró a Flor, pensativa—. No quiero que pienses que me meto en tu vida, pero esa historia con Julián Cox. Hay algo que no nos has contado, ¿Verdad?
Paula esperó, conteniendo el aliento, preguntándose si Flor aprovecharía la oportunidad para confiar en ella.
— Sí, lo hay. Yo... —su amiga apartó la mirada—. No puedo... y, en realidad, no tiene importancia —dijo Flor entonces.
Paula se dió cuenta de que no se atrevía a confiar en ella..Y no podía obligarla, lo único que podía hacer era estar a su lado cuando la necesitara—. Mira, tienes la nevera vacía, así que iré al supermercado a comprar algo y comeremos juntas, ¿De acuerdo? —sonrió.
Paula dudó un momento antes de aceptar la oferta. Podría ir ella misma al supermercado, pero no deseaba encontrarse con nadie por el momento... Era demasiado pronto y sus emociones seguían a flor de piel—. Volveré enseguida —sonrió Flor, dirigiéndose a la puerta—. Túmbate un rato.
Lo último que le apetecía hacer era dormir, pero se tumbó en su cama y cerró los ojos. Cinco minutos después, sonaba el teléfono.
— ¿Dígame?
—Hola, quiero hablar con Paula Chaves— escuchó una voz femenina.
— Soy yo. ¿Con quién hablo?
—Me llamo Ana. Soy la madre de Pedro — dijo la mujer.
¡La madre de Pedro! Paula estuvo a punto de soltar el auricular; su corazón latía frenéticamente—. Por favor, no cuelgues —añadió la mujer, como si le hubiera leído el pensamiento. Mareada, Paula sostuvo el teléfono con manos temblorosas y se dispuso a escuchar lo que la madre de Pedro tenía que decir. Estaba claro que Ana conocía muy bien a su hijo, sus defectos y sus virtudes —. No estoy intentado disculparlo, créeme. Lo que quiero decirte es que mi hijo te quiere mucho.
—No me quería cuando me dejó creer que éramos amantes —replicó ella.
—No, entonces no te quería. Tienes razón. Pero es que aún no te conocía.
— Se ha aprovechado de mí, Ana —protestó Paula.
—Tienes toda la razón. Y que creyera que tú habías hecho lo mismo con Lautaro no es excusa para su comportamiento, lo sé —admitió la mujer.
— ¿Por qué me has contado todo esto? —preguntó Paula, confusa.
—Porque soy mujer, además de madre —contestó Ana—. Y, como mujer, quería hacerte saber que no te habías equivocado. Lo que has compartido con Pepe es real y él te quiere.
Pedro le había dicho que la quería la última vez que habían estado juntos, pero había creído que aquellas palabras eran solo otra mentira, como todo lo demás. Pero, ¿Y si no lo fueran? ¿Y si fueran ciertas?
— ¿Seguro que quieres estar sola? —preguntó Flor, en la cocina de Paula.
—Flor, me encuentro bien. De verdad —sonrió ella. Flor había intentado todos los argumentos posibles para persuadirla, pero ella había insistido en volver a su casa—. Tengo que volver a hacer mi vida normal cuanto antes. Pero te agradezco mucho todo lo que has hecho por mí, Flor. Si no hubiera sido por tí... Si no hubiera podido hablar con alguien de todo esto, si no hubiera podido quitarme este peso de encima... —siguió. Flor le puso una mano sobre el brazo, para darle ánimos—. Gracias por no contárselo a nadie...
—Estoy segura de que Valen y Sofía lo habrían entendido —sonrió su amiga.
—Lo sé, pero... bueno, prefiero que solo lo sepas tú. Eres tan buena amiga para todas. Siempre nos ayudas y...
— ¿Yo? —la interrumpió Flor, con una sonrisa—. Casi me cargo la relación entre Sofía y Bruno, después te meto en un lío con Julián y ahora ese Pedro Alfonso...
—Eres una buena amiga —reiteró Paula—. Una muy buena amiga. Solo me gustaría... — miró a Flor, pensativa—. No quiero que pienses que me meto en tu vida, pero esa historia con Julián Cox. Hay algo que no nos has contado, ¿Verdad?
Paula esperó, conteniendo el aliento, preguntándose si Flor aprovecharía la oportunidad para confiar en ella.
— Sí, lo hay. Yo... —su amiga apartó la mirada—. No puedo... y, en realidad, no tiene importancia —dijo Flor entonces.
Paula se dió cuenta de que no se atrevía a confiar en ella..Y no podía obligarla, lo único que podía hacer era estar a su lado cuando la necesitara—. Mira, tienes la nevera vacía, así que iré al supermercado a comprar algo y comeremos juntas, ¿De acuerdo? —sonrió.
Paula dudó un momento antes de aceptar la oferta. Podría ir ella misma al supermercado, pero no deseaba encontrarse con nadie por el momento... Era demasiado pronto y sus emociones seguían a flor de piel—. Volveré enseguida —sonrió Flor, dirigiéndose a la puerta—. Túmbate un rato.
Lo último que le apetecía hacer era dormir, pero se tumbó en su cama y cerró los ojos. Cinco minutos después, sonaba el teléfono.
— ¿Dígame?
—Hola, quiero hablar con Paula Chaves— escuchó una voz femenina.
— Soy yo. ¿Con quién hablo?
—Me llamo Ana. Soy la madre de Pedro — dijo la mujer.
¡La madre de Pedro! Paula estuvo a punto de soltar el auricular; su corazón latía frenéticamente—. Por favor, no cuelgues —añadió la mujer, como si le hubiera leído el pensamiento. Mareada, Paula sostuvo el teléfono con manos temblorosas y se dispuso a escuchar lo que la madre de Pedro tenía que decir. Estaba claro que Ana conocía muy bien a su hijo, sus defectos y sus virtudes —. No estoy intentado disculparlo, créeme. Lo que quiero decirte es que mi hijo te quiere mucho.
—No me quería cuando me dejó creer que éramos amantes —replicó ella.
—No, entonces no te quería. Tienes razón. Pero es que aún no te conocía.
— Se ha aprovechado de mí, Ana —protestó Paula.
—Tienes toda la razón. Y que creyera que tú habías hecho lo mismo con Lautaro no es excusa para su comportamiento, lo sé —admitió la mujer.
— ¿Por qué me has contado todo esto? —preguntó Paula, confusa.
—Porque soy mujer, además de madre —contestó Ana—. Y, como mujer, quería hacerte saber que no te habías equivocado. Lo que has compartido con Pepe es real y él te quiere.
Pedro le había dicho que la quería la última vez que habían estado juntos, pero había creído que aquellas palabras eran solo otra mentira, como todo lo demás. Pero, ¿Y si no lo fueran? ¿Y si fueran ciertas?
Engañada: Capítulo 35
—Tienes razón —dijo, con voz estrangulada—. No me gusta, Pepe. ¿Cómo has podido hacer algo así? Pobre chica. ¿Es que no has pensado cómo se sentirá ahora que lo sabe todo?
— ¿Pobre chica? —repitió Pedro, incrédulo—. Mamá, fue ella la que... Si alguien necesita tu simpatía, soy yo.
—Pepe, ¿No te das cuenta de que debe sentirse dolida y engañada? Haberla hecho creer que la quieres... Y ella, obviamente, está enamorada de tí.
— ¿Qué te hace creer que me quiere?
—Está claro, hijo. Si no estuviera enamorada de tí, no habría... Pepe, por supuesto que te quiere —dijo su madre, apartando la mirada. Había cosas difíciles de explicar a un hijo.
—Mamá, no lo entiendes. Yo solo fui a verla para...
—Para que te devolviera el dinero de Lautaro, ya lo sé —lo interrumpió su madre—. Pero ¿No se te ha ocurrido pensar que podría haber una razón para que ella hiciera lo que hizo?
— ¿Una razón para estafar a la gente? —la interrumpió él entonces—. Mamá, por favor...
—¿Tan importante es lo que ha hecho, Pepe? —le preguntó su madre, suavemente—. Tú prácticamente has dicho que la quieres.
—Pues claro que es importante. ¿Cómo se puede mantener una relación con una persona deshonesta, con una delincuente...?
—Pepe, nunca te he dicho esto, pero cuando conocí a tu padre había habido una serie de robos en el colegio, nada importante, solo dinero de los bolsillos de los chicos. Yo sabía que todas las circunstancias me señalaban a mí. Tu padrastro tenía razones para pensar que era yo, pero puso por encima de todas esas razones sus sentimientos por mí.
—Pero tú no habías robado nada y Paula... — protestó él.
— Pepe, no me estás escuchando. Igual que nunca escuchas a tu corazón. Y deberías hacerlo. A veces envía mensajes más auténticos que el cerebro. Ve a verla. Ve a ver a tu Paula y dile lo que me has dicho a mí. Dile que la quieres.
Pero Pedro no pensaba hacerlo, por supuesto. ¿Para qué? Él ya había hecho el ridículo, diciéndole que la amaba, pero el destino había intervenido, dándole una segunda oportunidad para retomar el control de su vida, para escuchar el mensaje lógico de su cerebro, en lugar de dejarse llevar por los sentimientos. No, no pensaba escuchar a su madre ni hacerle caso a lo que él mismo estaba sintiendo... Entonces, ¿Por qué en cuanto estuvo seguro de que su padrastro iba a ponerse bien se había subido al coche y conducía a toda velocidad por una carretera que no lo llevaría a York sino a Rye? Porque su madre tenía razón. Porque la amaba y no podía dejarla ir sin verla una vez más. Una vez más. ¿A quién intentaba engañar?, se decía a sí mismo. Amaba a Paula, la amaba tan intensa, tan profundamente que... ¿Que qué? ¿Que estaba preparado para abandonar sus principios por ella? ¿Que iba a olvidarse de la realidad y aparentar que no había hecho lo que los dos sabían que había hecho?
— ¿Pobre chica? —repitió Pedro, incrédulo—. Mamá, fue ella la que... Si alguien necesita tu simpatía, soy yo.
—Pepe, ¿No te das cuenta de que debe sentirse dolida y engañada? Haberla hecho creer que la quieres... Y ella, obviamente, está enamorada de tí.
— ¿Qué te hace creer que me quiere?
—Está claro, hijo. Si no estuviera enamorada de tí, no habría... Pepe, por supuesto que te quiere —dijo su madre, apartando la mirada. Había cosas difíciles de explicar a un hijo.
—Mamá, no lo entiendes. Yo solo fui a verla para...
—Para que te devolviera el dinero de Lautaro, ya lo sé —lo interrumpió su madre—. Pero ¿No se te ha ocurrido pensar que podría haber una razón para que ella hiciera lo que hizo?
— ¿Una razón para estafar a la gente? —la interrumpió él entonces—. Mamá, por favor...
—¿Tan importante es lo que ha hecho, Pepe? —le preguntó su madre, suavemente—. Tú prácticamente has dicho que la quieres.
—Pues claro que es importante. ¿Cómo se puede mantener una relación con una persona deshonesta, con una delincuente...?
—Pepe, nunca te he dicho esto, pero cuando conocí a tu padre había habido una serie de robos en el colegio, nada importante, solo dinero de los bolsillos de los chicos. Yo sabía que todas las circunstancias me señalaban a mí. Tu padrastro tenía razones para pensar que era yo, pero puso por encima de todas esas razones sus sentimientos por mí.
—Pero tú no habías robado nada y Paula... — protestó él.
— Pepe, no me estás escuchando. Igual que nunca escuchas a tu corazón. Y deberías hacerlo. A veces envía mensajes más auténticos que el cerebro. Ve a verla. Ve a ver a tu Paula y dile lo que me has dicho a mí. Dile que la quieres.
Pero Pedro no pensaba hacerlo, por supuesto. ¿Para qué? Él ya había hecho el ridículo, diciéndole que la amaba, pero el destino había intervenido, dándole una segunda oportunidad para retomar el control de su vida, para escuchar el mensaje lógico de su cerebro, en lugar de dejarse llevar por los sentimientos. No, no pensaba escuchar a su madre ni hacerle caso a lo que él mismo estaba sintiendo... Entonces, ¿Por qué en cuanto estuvo seguro de que su padrastro iba a ponerse bien se había subido al coche y conducía a toda velocidad por una carretera que no lo llevaría a York sino a Rye? Porque su madre tenía razón. Porque la amaba y no podía dejarla ir sin verla una vez más. Una vez más. ¿A quién intentaba engañar?, se decía a sí mismo. Amaba a Paula, la amaba tan intensa, tan profundamente que... ¿Que qué? ¿Que estaba preparado para abandonar sus principios por ella? ¿Que iba a olvidarse de la realidad y aparentar que no había hecho lo que los dos sabían que había hecho?
Engañada: Capítulo 34
—¿Cómo esta? —preguntó Pedro cuando su madre salió de la habitación del hospital.
—Mucho mejor —contestó Ana, un poco más animada—. Están casi seguros de que no ha sido un ataque al corazón, sino un dolor causado por la ansiedad. Ya sabes cómo es Alfredo, y estaba tan preocupado por el viaje de Lautaro a América...
—No tiene que preocuparse de nada, mamá — dijo Pedro.
—Lo sé, hijo, pero ya sabes cómo es. Se siente mal porque estás pagando la universidad de Lautaro cuando tú no...
— ¿Cuando yo qué? —la interrumpió él —. ¿Cuando yo tuve que abrirme camino por mí mismo, sin terminar mis estudios? —Terminó él la frase—. ¿No pensará que estoy resentido contra él por eso?
—No, claro que no —aseguró su madre—. Alfredo sabe que eres un buen chico. Y has hecho tantas cosas por nosotros... Solo me gustaría que volvieras a casarte y me dieras nietos... —empezó a decir su madre, como cada vez que se veían. De repente, se quedó callada al ver un brillo especial en los ojos de su hijo—. Has conocido a alguien, ¿Verdad? No me lo niegues, lo veo en tus ojos, Pepe.
Pedro se había quedado demasiado sorprendido con la percepción maternal como para negarlo.
—No quiero hablar de ello, mamá. Y, además... —pero no pudo terminar la frase, sintiendo una enorme rabia por dentro. Quizá no era tan extraño que su madre hubiera adivinado que había una mujer en su vida. Después de todo, no había dejado de pensar en Paula desde que había leído la nota. Incluso cuando más angustiado estaba por su padrastro, el recuerdo de ella seguía persiguiéndolo, atormentándolo. Había intentado decirse a sí mismo que todo lo que había hecho estaba justificado, que se lo debía a Lautaro y a sus otras víctimas, pero solo podía pensar en sus labios, en su aroma, en su piel y en cuánto la echaba de menos.
—Háblame de ella —insistió su madre con maternal autoridad.
Pedro miró la puerta de la habitación de Alfredo, pero estaba claro que no iba a haber rescate por ese lado.
—No hay nada que contar —dijo, bruscamente—. No me mires así, mamá — añadió. Pedro enrojeció ligeramente al ver la compasión en los ojos de su madre—. Es una mentirosa, mamá, y una estafadora. No debería sentir lo que siento por ella, pero...
—Cuéntame —exigió su madre.
—No te va a gustar —dijo él.
Veinte minutos después había terminado su relato y su madre estaba pálida.
—Mucho mejor —contestó Ana, un poco más animada—. Están casi seguros de que no ha sido un ataque al corazón, sino un dolor causado por la ansiedad. Ya sabes cómo es Alfredo, y estaba tan preocupado por el viaje de Lautaro a América...
—No tiene que preocuparse de nada, mamá — dijo Pedro.
—Lo sé, hijo, pero ya sabes cómo es. Se siente mal porque estás pagando la universidad de Lautaro cuando tú no...
— ¿Cuando yo qué? —la interrumpió él —. ¿Cuando yo tuve que abrirme camino por mí mismo, sin terminar mis estudios? —Terminó él la frase—. ¿No pensará que estoy resentido contra él por eso?
—No, claro que no —aseguró su madre—. Alfredo sabe que eres un buen chico. Y has hecho tantas cosas por nosotros... Solo me gustaría que volvieras a casarte y me dieras nietos... —empezó a decir su madre, como cada vez que se veían. De repente, se quedó callada al ver un brillo especial en los ojos de su hijo—. Has conocido a alguien, ¿Verdad? No me lo niegues, lo veo en tus ojos, Pepe.
Pedro se había quedado demasiado sorprendido con la percepción maternal como para negarlo.
—No quiero hablar de ello, mamá. Y, además... —pero no pudo terminar la frase, sintiendo una enorme rabia por dentro. Quizá no era tan extraño que su madre hubiera adivinado que había una mujer en su vida. Después de todo, no había dejado de pensar en Paula desde que había leído la nota. Incluso cuando más angustiado estaba por su padrastro, el recuerdo de ella seguía persiguiéndolo, atormentándolo. Había intentado decirse a sí mismo que todo lo que había hecho estaba justificado, que se lo debía a Lautaro y a sus otras víctimas, pero solo podía pensar en sus labios, en su aroma, en su piel y en cuánto la echaba de menos.
—Háblame de ella —insistió su madre con maternal autoridad.
Pedro miró la puerta de la habitación de Alfredo, pero estaba claro que no iba a haber rescate por ese lado.
—No hay nada que contar —dijo, bruscamente—. No me mires así, mamá — añadió. Pedro enrojeció ligeramente al ver la compasión en los ojos de su madre—. Es una mentirosa, mamá, y una estafadora. No debería sentir lo que siento por ella, pero...
—Cuéntame —exigió su madre.
—No te va a gustar —dijo él.
Veinte minutos después había terminado su relato y su madre estaba pálida.
Engañada: Capítulo 33
—Me encantaría que estuviera aquí para decirle lo que pienso de él —dijo su amiga, furiosa—. Hacerte eso,a tí, precisamente a tí... Venga, vamos a la cama. Pareces agotada.
— ¿Cómo está Pau? —preguntó Sofía —. ¿Qué ha dicho el médico?
—Está bien —aseguró Flor, sujetando el auricular con la barbilla mientras acariciaba a Missie—. Ha sufrido un trauma, pero está bien.
Como Paula le había pedido, Flor no había dado detalles de lo que había ocurrido con Pedro. Solo había dicho que él la había ayudado después de su accidente, que se había portado como un buen samaritano, aunque había tenido que hacer un esfuerzo para decir aquello.
— ¿Ha dicho dónde ha estado? —preguntó Sofía, curiosa.
—No. Solo me ha contado que le apetecía pasar unos días fuera de Rye —contestó Flor, intentando parecer despreocupada.
En realidad, sentía una furia tremenda por la forma en que Pedro Alfonso se había comportado con su amiga. ¿Cómo podía haber creído que Paula era la clase de mujer que podría engañar a la gente?, se preguntaba. Paula no era capaz de estacionar el coche si había una señal de prohibido. Pero, aunque creyera que estaba involucrada con Julián Cox, haber hecho lo que había hecho... Flor cerró los ojos cuando colgó el auricular. ¿Por qué los hombres eran como eran? Por cada hombre como su padre, había diez, no cien, a los que no importaba hacerle daño a una mujer. Tenía sus propias cicatrices, pero aquella era otra historia. Afortunadamente, Paula estaba durmiendo en su habitación. El trauma de una amnesia temporal era algo difícil de soportar, pero si además se añadía la angustia y el dolor que había sufrido por culpa de aquel odioso Pedro Alfonso... Decidió dejar de pensar en ello.
Aún tenía que leer algunos informes financieros antes de irse a la cama. La responsabilidad de dirigir la empresa que le había dejado su padre era algo que se tomaba muy en serio. Su muerte había sido completamente inesperada y ella se había lanzado de cabeza al trabajo, para asegurarse de que sus negocios no solo daban dinero sino que había beneficios suficientes como para dedicar una parte a actividades filantrópicas, como siempre había hecho su padre. Había veces que lo echaba terriblemente de menos. Si él pudiera verla en aquel momento, ¿Se sentiría decepcionado?, se preguntaba. Había sido un hombre anticuado en ciertos aspectos y sabía que le hubiera gustado verla casada y con hijos. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Solo podría comprometerse cuando estuviera segura de que amaba a un hombre para siempre. Y ¿cómo iba a ser eso posible si ella no creía en el amor, en la clase de amor en el que había creído cuando era una adolescente? Amor era simplemente una palabra para definir emociones más prácticas. El amor, o más bien la promesa del amor, solo era un arma que los hombres usaban contra las mujeres. «Te quiero», decían los hombres, pero lo que realmente querían decir era: «Me quiero a mí mismo».
—Ten cuidado, Whittaker —sonrió, mirando al gato de Paula—. En esta casa no suelen entrar machos.
— ¿Cómo está Pau? —preguntó Sofía —. ¿Qué ha dicho el médico?
—Está bien —aseguró Flor, sujetando el auricular con la barbilla mientras acariciaba a Missie—. Ha sufrido un trauma, pero está bien.
Como Paula le había pedido, Flor no había dado detalles de lo que había ocurrido con Pedro. Solo había dicho que él la había ayudado después de su accidente, que se había portado como un buen samaritano, aunque había tenido que hacer un esfuerzo para decir aquello.
— ¿Ha dicho dónde ha estado? —preguntó Sofía, curiosa.
—No. Solo me ha contado que le apetecía pasar unos días fuera de Rye —contestó Flor, intentando parecer despreocupada.
En realidad, sentía una furia tremenda por la forma en que Pedro Alfonso se había comportado con su amiga. ¿Cómo podía haber creído que Paula era la clase de mujer que podría engañar a la gente?, se preguntaba. Paula no era capaz de estacionar el coche si había una señal de prohibido. Pero, aunque creyera que estaba involucrada con Julián Cox, haber hecho lo que había hecho... Flor cerró los ojos cuando colgó el auricular. ¿Por qué los hombres eran como eran? Por cada hombre como su padre, había diez, no cien, a los que no importaba hacerle daño a una mujer. Tenía sus propias cicatrices, pero aquella era otra historia. Afortunadamente, Paula estaba durmiendo en su habitación. El trauma de una amnesia temporal era algo difícil de soportar, pero si además se añadía la angustia y el dolor que había sufrido por culpa de aquel odioso Pedro Alfonso... Decidió dejar de pensar en ello.
Aún tenía que leer algunos informes financieros antes de irse a la cama. La responsabilidad de dirigir la empresa que le había dejado su padre era algo que se tomaba muy en serio. Su muerte había sido completamente inesperada y ella se había lanzado de cabeza al trabajo, para asegurarse de que sus negocios no solo daban dinero sino que había beneficios suficientes como para dedicar una parte a actividades filantrópicas, como siempre había hecho su padre. Había veces que lo echaba terriblemente de menos. Si él pudiera verla en aquel momento, ¿Se sentiría decepcionado?, se preguntaba. Había sido un hombre anticuado en ciertos aspectos y sabía que le hubiera gustado verla casada y con hijos. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Solo podría comprometerse cuando estuviera segura de que amaba a un hombre para siempre. Y ¿cómo iba a ser eso posible si ella no creía en el amor, en la clase de amor en el que había creído cuando era una adolescente? Amor era simplemente una palabra para definir emociones más prácticas. El amor, o más bien la promesa del amor, solo era un arma que los hombres usaban contra las mujeres. «Te quiero», decían los hombres, pero lo que realmente querían decir era: «Me quiero a mí mismo».
—Ten cuidado, Whittaker —sonrió, mirando al gato de Paula—. En esta casa no suelen entrar machos.
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