jueves, 3 de noviembre de 2016

Un Amor Inocente: Capítulo 27

Pedro llamó a las ocho de la tarde, la hora a la que Nico solía irse a dormir. Como lo sabía, le pidió a Paula que le pasara el teléfono. Nico estaba dando saltos en la cama, deseando hablar con él.

—¿A que no sabes una cosa, papá? He conocido a tu mamá esta tarde. Es mi abuela y me ha dicho que la llame abuelita.

El niño siguió hablando, describiendo la limusina negra y a esa asombrosa persona nueva en su vida mientras Paula se preocupaba por cómo iba a tomarse Pedro la noticia. No había querido ocultarle a Nico quién era Ana. Además, sería mejor decirle la verdad ya que había una oportunidad... o al menos eso esperaba, de solucionar las cosas. Y Paula creía, por primera vez, que podrían solucionarse.

Nico seguía hablando, evidentemente contestando a las preguntas de su padre. Parecía feliz, de modo que Pedro no debía estar mostrando preocupación por la visita de su madre. Al menos, al niño. Paula esperaba haber hecho bien hablando con Ana, pero fue un alivio cuando Nico colgó y por fin pudo hablar con Pedro.

—Venga, a la cama —le dijo al niño—. Puedes leer un cuento hasta que vaya a darte las buenas noches, ¿De acuerdo?

—Bueno —sonrió Nico—. La abuelita me ha dicho que leo muy bien. ¿A que sí?

Paula sonrió.

—Sí, se ha quedado muy sorprendida. Venga, a la cama, jovencito.

Lo vió salir de la cocina y respiró profundamente antes de tomar el teléfono.

—¿Pau?

—Sí. Estaba esperando a que Nico se fuera.

—Cuéntame qué ha pasado.

Paula le contó la visita de su madre; la presencia de la limusina negra delante de la casa durante unos días, la aparición de Ana Alfonso, sus lágrimas.

—Mi madre usa las lágrimas para conseguir lo que quiere, Pau. Y ha conseguido conocer a Nico y hablar contigo.

¿Había sido una manipulación deliberada? Paula no lo había visto así, pero podría ser. Los Alfonso solían manipular a los demás para salirse con la suya. Sin embargo, ¿no había sido Pedro quien dijo que sólo Nico podría conseguir que hubiera una reconciliación?

—Pensé que querías que conociera al niño.

—Pero no así, a mis espaldas —replicó él, indignado.

—Lo siento, no sabía...

—No es culpa tuya, sino mía. Debería haber esperado algo así, debería haberte advertido.

—¿Advertirme de qué? —preguntó Paula, alarmada.

Al otro lado del hilo hubo un largo suspiro.

—¿Mi madre te ha pedido que pospongamos la boda?

—Sí, pero...

—¡Lo sabía! Sólo quieren ganar tiempo.

¿Ganar tiempo para qué? ¿Qué podía ser peor que lo que le hicieron seis años atrás? Además, ahora eran fuertes, tenían un hijo en común. La interferencia de sus padres no serviría para nada.

—No me ha hablado de una fecha exacta, Pepe, pero sí me ha pedido que lo hagamos después de Navidad.

—¿Y qué le has dicho tú?

—Que tendría que hablarlo contigo. Pero ha sugerido que nos reunamos con ellos el día de Navidad... para hacer las paces.

—¿Y crees que lo decía de corazón?

Paula vaciló, pero de verdad había creído que Ana  era sincera.

—No lo sé. Sólo sé que esto era lo que tú querías.

—Depende de lo que nos cueste, Pau. ¿Cuál era su actitud hacia tí?

—Al principio un poco tensa, pero luego... en fin, no se mostró superior o desdeñosa como antes. Aunque estaba pendiente de Nico, claro.

—Por supuesto.

—De verdad creo que quiere a Nico en su vida y que hará lo posible por suavizar las cosas con tu padre.

—¿No se ha mostrado ofensiva o desagradable?

—No —contestó Paula—. No espero que tu madre cambie de forma milagrosa... al fin y al cabo, no me he convertido en la perfecta novia italiana de repente, pero creo que hizo un esfuerzo para no mostrarse antipática. Tengo la impresión de que intentaba entenderme...

—Eso es lo que debería haber hecho hace mucho tiempo —la interrumpió Pedro—. No me gusta que haya ido a visitarte sin que yo estuviera allí. Seguramente, mi padre no sabe nada de esta visita...

—Puede que quiera hacer las paces y éste haya sido un primer contacto, ¿No te parece?

Un Amor Inocente: Capítulo 26

—Señorita Chaves...

—¿Quiere una cita para un masaje? —preguntó Paula, poniendo la mano sobre el hombro de su hijo para que la mujer entendiera su preocupación.

Ana  asintió con la cabeza.

—¿Podemos hablar?

—Sí, por supuesto. Nico, ve a jugar con la consola, cariño.

Acostumbrado a los clientes, el niño no puso reparos... aunque seguramente le costó no preguntar por qué esa señora viajaba en un coche tan grande. Paula dejó escapar un suspiro de alivio mientras lo veía entrar en casa.

—¿Por qué ha venido, señora Alfonso?

—Quería ver a mi nieto.

—Ya lo ha visto.

—Se parece a Pedro —dijo Ana entonces, con un toque de tristeza.

—Y a mí —dijo Paula, a la defensiva.

La madre de Pedro dejó escapar un suspiro.

—No sabía qué había sido de usted o de su hijo hasta que mi marido me lo contó en Semana Santa.

—Usted tampoco quería que me casara con Pedro—le espetó Paula.

—Pero Pedro va a casarse de todas formas. No va a cambiar de opinión. Para él, es una cuestión de honor.

—Me quiere. Y a Nico —se defendió Paula, furiosa. Para eso había ido, para hacerle creer que Luc sólo se casaba con ella por una cuestión de honor.

—¿Y usted lo quiere?

—Sí, lo quiero. Es el único hombre al que he querido en toda mi vida. Y no voy a dejar que me haga cambiar de opinión, señora Alfonso, así que su visita es una pérdida de tiempo.

—¿Cuándo es la boda?

—Pronto.

—¿Antes de Navidad?

—No es asunto suyo, señora Alfonso.

—¿Mi hijo va a casarse y no es asunto mío? —replicó Ana, indignada.

—A usted siempre le ha dado igual lo que Pedro quisiera —le espetó Paula—. Sólo le interesa lo que quiere usted.

—Soy la madre de Pedro. Como madre usted misma, entenderá... Pedro es lo único que me queda...

Increíblemente, la arrogancia desapareció del rostro de Ana  y sus ojos se llenaron de lágrimas. Paula no pudo evitar sentir pena por aquella mujer orgullosa llorando en plena calle, aquella mujer triste que había perdido a un hijo y estaba a punto de perder al otro. A pesar del daño que le había hecho en el pasado, era la madre de Pedro y Paula la imaginó cuidando de él cuando era pequeño, como ella hacía con Nico. Era imposible dejarla en la puerta.

—Entre, por favor, señora Alfonso—dijo, tomándola del brazo.

Dejaba entrar al enemigo en casa. Pero ya no le parecía el enemigo. Hasta que le contó a Pedro lo que había pasado.

Un Amor Inocente: Capítulo 25

El corazón de Paula dió un salto al ver la limusina negra estacionada frente a su casa, como cada tarde durante los últimos tres días. Una de sus clientes se percató también. Una limusina como aquélla estaba completamente fuera de lugar en aquel barrio. Tanto como el Ferrari rojo de Pedro.

—¿Hay alguna boda?

—No lo sé —contestó Paula.

La mujer se encogió de hombros mientras abría la verja. A ella no le incumbía la limusina, pero a Paula...

Las ventanillas oscuras hacían imposible ver quién estaba dentro del coche, pero tenía la sensación de estar siendo observada. Pedro estaba fuera esa semana, en Cairns. Su padre debía de saberlo. ¿Era alguien de la familia Alfonso? ¿Qué estaban buscando? ¿Querrían encontrar algo de lo que poder acusarla? No había nada. Pero eso no significaba que no pudieran intentarlo. ¿O estaba siendo paranoica?

Paula intentó olvidarse de la limusina mientras se daba una ducha y se ponía unos vaqueros para ir a buscar a Nico al colegio. Sólo tres semanas más y se habría terminado. Su vida en Brighton-Le-Sands habría terminado. Pedro quería que se casaran antes de Navidad. Luego vivirían en su departamento, en la playa, hasta que hubiera rescindido el contrato con la empresa. Y después buscarían otro sitio, aún no sabían dónde.

Pedro pensaba abrir su propio gabinete de arquitectura. Todo estaba decidido. Pero la limusina negra hacía que se sintiera incómoda. Paula decidió que se lo contaría a Pedro por la noche, cuando llamara por teléfono.

Había informado a su familia de su próximo matrimonio y, como esperaban, la noticia no había sido recibida con agrado. Pedro decía que no le importaba. El futuro que deseaba estaba con ella y con Nico. Paula lo creía. Durante todo aquel año había demostrado que era feliz con ellos y había intentado por todos los medios convencerla de que debían casarse. Su decisión de dejar la empresa de su padre era la prueba de que había roto con una influencia que podría ser perjudicial en sus vidas. Y eso le daba más confianza en el futuro. Pero ¿Lo dejaría en paz su familia?

La limusina seguía allí cuando salió de casa. Pensó ir en el Alpha Romero para no sentirse observada, pero hacía un día precioso y a ella le gustaba pasear. Además, no tenía nada que esconder. Nico empezó a contarle los preparativos para el concierto del colegio. Acababan de tener el primer ensayo y él formaba parte del coro... Cuando llegaron a casa, la limusina seguía allí.

—El coche negro está ahí otra vez, mamá.

—Sí, es verdad.

—A lo mejor es de un gigante —dijo el niño—. Un gigante que tiene los brazos muy largos y no le caben en un coche pequeño.

—Podrías tener razón —intentó sonreír Paula. Horacio Alfonso era un gigante... con brazos muy largos.

—¡Mira, mamá! ¡Se ha abierto la puerta! —gritó Nico, emocionado.

De modo que había alguien tras los cristales oscuros. Skye se puso tensa, pero la persona que salió del coche era un chofer uniformado. «Sigue caminando», se dijo a sí misma, apartando la mirada.

—Es una señora —la informó Nico.

Una señora, por supuesto. Paula no pudo evitar una punzada de amargura al reconocer a la madre de Pedro. El chofer escoltó a Ana Alfonso hasta la verja y luego ella, una vez a salvo en la acera, le hizo un gesto para que se alejara.

—¿Viene a casa, mamá? —preguntó Nico.

—A lo mejor se ha perdido —suspiró Paula.

Ana Alfonso era tan impresionante como siempre, elegantemente vestida de negro, con el pelo más gris de lo que ella recordaba, pero perfectamente maquillada. Era alta, con una figura voluptuosa, muy italiana. Estaba mirando a Nico, como había hecho Pedro... el hijo de su hijo, su único nieto.

—¿Por qué me está mirando, mamá?

—A lo mejor le recuerdas a alguien —contestó Paula.

Tendría que presentarle a su hijo. ¿Y luego qué? ¿Para qué habría ido a verla Ana? ¿Por qué ahora? ¿Querría evitar la boda? ¿Habría ido precisamente cuando su hijo estaba de viaje para destruir la confianza en su amor? El instinto protector de Paula le dijo que debía apartar a Nico de cualquier discusión.

—¿Quería algo?

Ana Alfonso levantó la mirada.

martes, 1 de noviembre de 2016

Un Amor Inocente: Capítulo 24

—Habrá que planear la boda... una boda católica, por supuesto.

—¿Más tácticas para desanimarme, papá?

—¡Eres mi hijo! Tu boda tiene que ser celebrada de manera apropiada.

—He tardado meses en ganarme la confianza de Paula y no pienso perder el tiempo para amoldarme a los gustos de una familia que no ha hecho nada bueno por ella. Por fin la he convencido para que nos casemos y lo haremos en cuanto sea posible.

—¿Cuándo? —le espetó su padre.

—¿Para qué quieres saberlo, para evitar la boda? Si das un paso...

—¡Ya está bien! —gritó su madre—. ¡Ya basta, Horacio! No pienso perder a mi hijo y a mi nieto. Si tenemos que aceptar a esta mujer, la aceptaremos —añadió, volviéndose hacia Pedro—. Pero debe ser una boda como Dios manda, yo me encargaré de todo.

—Ana...

—No pienso dejar que Pedro se case de incógnito, sin invitar a nadie. Ya es suficiente que su novia no sea italiana.

—Y que tenga un hijo bastardo —añadió su padre.

—¿Y de quién es la culpa? —le espetó Pedro, levantándose—. ¿Quién tiene la culpa de que mi hijo haya nacido fuera del matrimonio?

Horacio levantó la barbilla, orgulloso, ignorando la acusación.

—No puedo apoyar esto, Ana. No lo haré.

—Tú elegiste esposa para Fede, pero no ha podido tener hijos. ¿Dónde está nuestro futuro, Horacio?

—En el limbo hasta que Pedro abra los ojos —contestó su marido.

—Ahí se quedará entonces —dijo Pedro.

—Pedro...

—No, mamá. No voy a cambiar de opinión. Siento avergonzarlos al no casarme de la forma tradicional, pero papá y tú han decidido rechazar a Paula y mientras siga siendo «esa mujer» no pienso dejar que se acerquen a ella.

—¿Es que no te das cuenta? Quiere apartarte de nosotros...

—¡Son ustedes los que quisieron apartarla de mí! —replicó Pedro.

—Pero debes casarte por la iglesia, invitar a tus parientes... Tiene que hacerlo por tí o serás un desgraciado, hijo. Si esa mujer te quiere...

—Se llama Paula, mamá. Y me quiere. Y ha sufrido mucho por ello. Ha tenido que criar sola a nuestro hijo, de modo que soy yo quien tiene que probarle su amor, no ella.

—Pero había un fideicomiso...

—Ella no ha tocado un céntimo. ¿Es así o no, papá?

—Pero la intención...

—La intención era alejarme de Paula y de mi hijo. Y sigues intentando hacerlo.

Su padre levantó las manos al cielo, exasperado.

—Lo hicimos por tu propio bien...

—¿Qué? No puedes hablar en serio.

—Insistir en esta locura... darle la espalda a tu familia...

—¿Una familia que me ha engañado? ¿Que me ha robado cinco años de la vida de mi hijo?

—¡Por favor! —exclamó su madre—. Estoy harta de peleas. Hay que pensar en el niño, Horacio. Es nuestro único nieto.

—Hay que pensar en Paula, mamá. No pienso dejar que se acerquen a Nico mientras no traten a su madre con el respeto que se merece. Nico es un niño feliz gracias a su madre y no quiero que sufra en absoluto...

—¿Crees que yo no lo querría? —lo interrumpió su madre.

—Dudo que ignorar a su madre le parezca un acto de amor. Es un niño muy inteligente, se daría cuenta enseguida —replicó Pedro, orgulloso—. Lee perfectamente... aprendió antes de ir al colegio.

—¿Has oído eso, Horacio? ¡Ese niño del que no esperabas nada bueno! Ya sabe leer.

—Y mete más goles que nadie en el equipo del colegio —siguió Pedro, restregándoselo a su padre deliberadamente porque el fútbol era una de sus pasiones.

—Afortunadamente encuentras felicidad en el niño, porque ese matrimonio no te la va a dar —replicó Horacio.

—Te equivocas, papá. Me siento vivo con Paula. Ella llena el vacío en el que he vivido todos estos años.

—Habrá un vacío mayor cuando te veas apartado de todas las familias italianas.

Sí, era verdad. Su padre se encargaría de que fuera así. Recordaba una conversación que mantuvo con Paula, cuando le dijo que vivía en una prisión de la que deseaba escapar. Ella no lo había creído entonces... y ahora entendía sus reticencias. Porque seguir trabajando para la empresa Alfonso, seguir manteniendo ese lazo era como desear que lo aceptaran, que aceptaran sus decisiones, era como seguir atado a ellos. Y tenía que probarle a Paula que se había liberado. Un acto de amor por un acto de fe.

—Tendrás mi dimisión mañana, en tu despacho.

—¡No puedes hacer eso! —gritó su padre—. Tienes un contrato para la construcción de un complejo de departamentos...

—Dejaré de trabajar para tí en cuanto ese complejo esté terminado.

—¿Vas a dejarlo todo por esa mujer? —exclamó Horacio, incrédulo.

Sí, lo haría. Le había dicho a Paula que lo haría. Y ya era hora.

—Sí, papá.

—¡Estás loco!

—Tu padre emigró a Australia para forjarse un futuro, una vida nueva. Yo también puedo forjarme un futuro sin tí.

—¡No, no! No puedes hacerme esto, Pedro —exclamó su madre—. Me estás rompiendo el corazón... los dos me estáis rompiendo el corazón —Ana empezó a sollozar mientras se dejaba caer en el sillón.

—¿Ves lo que has conseguido? Darle un disgusto a tu madre —lo acusó Horacio.

Chantaje emocional.

—Lo siento, mamá. Pero yo no soy el culpable de esta situación. Todos tenemos que elegir en la vida... yo ya he elegido.

Y luego salió del salón. Salió de aquella mansión. De la vida de sus padres. Para empezar una nueva vida. Y lo haría. Con su propia familia, sus propios amigos, completamente libre del pasado.

Un Amor Inocente: Capítulo 23

Pedro iba pensativo, el corazón dividido en dos, mientras se dirigía a la mansión de Bellevue Hill. Habían pasado nueve meses desde la última vez que puso el pie allí y no estaba seguro de si quería retomar la relación con sus padres. Seguramente, su futuro con Paula sería más feliz, más fácil, si se alejaba de ellos. Pero la familia era la familia... El trabajo lo obligaba a ver a su padre en las reuniones del consejo de administración y el tema de Paula jamás había sido mencionado. Sin duda, su padre pensaba que ignorando el problema éste desaparecería, especialmente si Paula no aceptaba casarse. o esperaba que, con el tiempo, él cambiase de opinión.

Su madre no había hecho esfuerzo alguno para ponerse en contacto con él... probablemente aún rota por la muerte de su hermano Federico. Tampoco él había ido a visitarla. El recuerdo de cómo había despreciado a Paula era insoportable. No podía simpatizar con el dolor de su madre cuando era tan consciente del daño que les había hecho. Ese desprecio animó a Fede a urdir aquella trampa, por no hablar de los años que había perdido con su hijo. Además, su aprobación ya no significaba nada para él. Se preguntaba si su madre sabría de la existencia de Nico. Quizá su padre había querido «protegerla» no contándole la verdad. Pero si su padre había mantenido en secreto la existencia de Nico, esa misma noche iba a enterarse.

El mayordomo le abrió la puerta y lo informó de que sus padres estaban en el gran salón. «Interesante», pensó Pedro. Como había llamado de antemano, lo esperaban en el salón más elegante de la casa. Sin duda, su padre quería impresionarlo, hacerle ver lo que podría perder si insistía en casarse con Paula. Un juego inútil. Su padre ya no podía influir en sus decisiones. Ni siquiera profesionalmente. Pedro podría dejar la corporación Alfonso y abrir su propia empresa si era necesario.

No esperó que el mayordomo lo acompañase. Se dirigió al salón con paso firme, decidido. Su padre estaba de pie, frente a la impresionante chimenea de mármol, imponente como siempre. Su madre sentada en un sillón, aún de luto, pero parecía más dinámica. Evidentemente, había ido al salón de belleza y llevaba un collar carísimo. Parecía una reina. Era lógico que a Paula le diera miedo.

—Mamá, veo que estás un poco mejor —dijo Pedro, irónico.

—No gracias a tí, Pedro. No has venido a verme en nueve meses —respondió su madre.

Él se encogió de hombros.

—Ésta no es mi casa. Los dos saben dónde vivo... si les hacía falta para algo.

—Por respeto a tu madre, deberías...

—Está aquí ahora, Horacio —intervino Ana Alfonso—. Por favor, siéntate. Ha pasado mucho tiempo. Luc se dejó caer sobre el brazo del sofá.

—Supongo que papá te habrá dicho dónde estaba. Si tenías interés en ver a Paula Chaves o en conocer a nuestro hijo, podrías haberme llamado.

Su madre apretó los labios, no sabía si por frustración o por disgusto. Pero claramente la existencia de Nico no era una sorpresa para ella.

—Hemos pensado que serías tú quien decidiría el momento... si eso es lo que quieres.

De modo que la cuestión era esperar. Nada de alfombra, roja para darle la bienvenida a la familia. No, lo que esperaban era que cambiase de opinión, como había supuesto.

—En Semana Santa le pregunté a papá si Paula podía venir y me dijo que no. Dejaste claro que no querías verla, ¿No, papá?

—¿Delante de todos nuestros amigos? —replicó su padre, como si fuera una idea absurda.

—Podríamos haber venido una hora antes, para romper el hielo.

—No, no era el momento.

—¿Y cuándo será el momento? —replicó Pedro.

—No lo sé.

—Nunca, papá. Para tí nunca será el momento. La verdad es que te portaste muy mal con Paula y no quieres pedirle perdón. Y mucho menos reconocer que es una persona maravillosa.

Horacio lo fulminó con la mirada.

—Si están esperando que Paula desaparezca, van a tener que esperar el resto de sus vidas.

Sus padres se quedaron en silencio.

—Depende de ustedes—siguió Pedro—. Pero tendrán que aceptarla porque vamos a casarnos.

—¡No! ¡No puede ser! —exclamo su madre, levantándose—. Dijiste que esto no iba a pasar, Horacio. Dijiste...

—Aún no están casados, Ana.

—Lo estaremos.

—Si insistes en casarte con esa mujer...

—Se llama Paula. Paula Chaves—lo interrumpió Pedro.

Un Amor Inocente: Capítulo 22

—¿No echas de menos las reuniones familiares?

—No. Me he perdido una esta semana.

—¿Ah, sí?

—¿Recuerdas las comidas que organizaba mi madre los domingos de Pascua? Estuviste conmigo en una de esas comidas hace seis años.

Paula lo recordaba bien. La celebración, los parientes... se sintió como pez fuera del agua entre aquellas familias italianas que la ignoraban sutilmente. Fue un alivio que Federico le hiciera caso mientras la presencia de Pedro era requerida en todas partes. Federico... que estaba urdiendo una trampa para hacerla salir de la vida de Pedro.

—Lo recuerdo bien. Me sentí completamente sola.

Pedro hizo una mueca.

—Siento que lo pasaras mal aquel día, Pau. Pero te aseguro que no volverá a ocurrir. Yo estaré vigilando cada minuto. Si te hacen sentir incómoda...

—Me sentiría incómoda de todas formas.

—Nico romperá el hielo.

—No lo sé —suspiró ella—. Nunca me has dicho cómo murió Fede.

—En un accidente de tráfico —suspiró Pedro, con gesto de tristeza—. Pero lamentó lo que te había hecho antes de morir.

—¿Y tu padre? Nunca me aceptará, estoy segura.

—Me gustaría darle tiempo para que se acostumbre a la idea...

—Eso no servirá de nada. Estoy segura de que sugeriste que Nico y yo fuéramos a esa comida y él dijo que no. ¿Me equivoco?

—No, no te equivocas. Pero le dejé claro cuál era la situación.

—Y él también: Nico y yo no somos bienvenidos en su casa.

—Si no cambia de actitud, peor para él.

«Y peor para todos», pensó Paula.

—¿No crees que podría hacer algo, echarte de la empresa?

—Podría ser. No parecía afectado en absoluto.

Pero Paula estaba segura de que era por orgullo. Para Pedro, la relación con su familia era muy importante. Los lazos de sangre eran, según él, lo que haría que los Alfonso aceptasen a Nico. No se daba cuenta de que, para Horacio, la sangre del niño era tan impura como la suya. Era una situación imposible.

Allí estaba, sentada frente a un hombre al que había amado, un hombre al que no podía evitar seguir amando, el padre de su hijo, que deseaba casarse con ella... y no sabía qué hacer. Debería ser más sencillo, pero no lo era.

—Pau...

Ella no tenía nada más que decir. El dolor que le había provocado la familia Alfonso era una amenaza para su futuro, aunque Pedro no quisiera reconocerlo.

—Pau, tú eres lo primero para mí.

«Tú eres lo primero para mí». No «mi hijo». No «mi familia». Ella. Ella era lo primero en su vida.

Pedro se levantó entonces y tiró de su mano.

—No me rechaces, Pau —murmuró, envolviéndola en sus brazos.

Ella no quería apartarse. Todo su cuerpo temblaba de deseo, de amor por él, rindiéndose al abrazo.

—Siempre fuimos una gran pareja. Conectamos como lo hace muy poca gente.

Era tan agradable estar apretada contra su pecho, sentir los latidos de su corazón...

—Intenté olvidarte, pero sólo tuve que verte de nuevo para comprobar que nunca debimos habernos separado. He vivido como un muerto durante todos estos años, Pau.

Como ella. Pero ese vacío desapareció al ver a Pedro. El deseo de estar con él hacía que desaparecieran todos los miedos.

—Quiero hacer el amor contigo.

-Sí, sí...

Paula suspiró, rendida.

—Mírame. No es sólo sexo. Eso puedo conseguirlo en cualquier parte. Quiero que recuerdes cómo era... cómo puede seguir siendo entre nosotros.

Pedro la besó. Y en aquel beso puso toda la pasión que había guardado durante seis años. Una pasión abrumadora. Él estaba excitado, ella también. Pero eso sólo era una parte de la conexión, del anhelo de sus cuerpos expresando la necesidad que tenían el uno del otro.

—Ven a la cama conmigo, Pau.

No era una orden, no era una súplica, era una petición para que fueran a un mundo privado, donde nada ni nadie interrumpiera su intimidad.

—Sí —dijo Paula en voz baja, rebelándose contra el miedo. Pero si ella era lo primero para Pedro, ¿No podría ser Pedro lo primero para ella? La llevó de la mano a la habitación y ella se dejó llevar sin decir nada. Pero al ver la cama dió un paso atrás.

—No tomo la píldora.

—No te preocupes, he traído preservativos.

Quería tranquilizarla con esa respuesta, pero Paula recordó que la última vez no usaron nada y Pedro había esperado que quedase embarazada...

—¿De verdad? —le preguntó, mirándolo a los ojos. Tenía que saber con certeza que no quería manipularla, que no quería atraparla.
Pedro levantó una mano para acariciar su pelo, prometiéndole seguridad con la mirada.

—Si tenemos otro hijo, será cuando los dos queramos. Un niño planeado, Pau, no concebido por accidente.

—Has venido preparado para...

—Esperaba tener suerte —sonrió él.

—Has hecho todo lo posible para que esto pasara —lo corrigió Paula, pasando los dedos por su torso desnudo.

—¿Por qué no? Te deseo más que a ninguna otra mujer en el mundo.

Y él era el hombre al que ella deseaba más que a ningún otro.

—¿Quieres que paremos, Pau?

—No.

Quizá podrían crear un pequeño universo sólo para los dos, un sitio donde pudieran amarse a cubierto de las tormentas, a salvo de todo aquél que quisiera separarlos. Quería que fuera posible. La magia de tocarlo así, de estar tan cerca... de hacer el amor con él... ¿Sería lo suficientemente fuerte como para evitar intrusiones? ¿O un mundo tan pequeño era un sueño imposible? Paula no lo sabía. No quería pensar. El deseo de sentir, de estar con él, hizo que olvidase todo lo demás.

Un Amor Inocente: Capítulo 21

—Además, no trabajo directamente con mi padre. Llevo mi propio departamento y tomo mis propias decisiones —siguió él.

—Tus propias decisiones —repitió Paula—. Perdona, no quería decir que fueras una marioneta de tu padre. Es que... no sé, supongo que para mí es como el hombre del saco.

Pedro se relajó un poco.

—Lo entiendo. Pero yo no dependo de él, Pau. Mi padre no puede separarme de ustedes.

El compromiso, la sinceridad que había en su tono hizo que ella dudase. ¿Podría darle su confianza? ¿Podría poner en sus manos el futuro de su hijo, el suyo propio?

—¿En qué estás trabajando ahora mismo?

Pedro  le contó lo que estaba haciendo: la empresa había comprado unos terrenos cerca de la costa de Balmain y estaba diseñando un nuevo complejo de apartamentos. Lo contaba con satisfacción, con alegría. Estaba orgulloso de su trabajo. No reconocía estar atado a la familia Alfonso, pero Paula sabía que era así. Dinero. Dinero para invertir, para crear cosas. Dinero para gastar como quisiera en su vida privada. Mientras no hiciera algo que molestase a Horacio. ¿O estaba siendo injusta? Pedro era un gran arquitecto, podría trabajar para otra empresa o por su cuenta. ¿Por qué no aceptaba que trabajar con su padre no significaba que estuviera dominado por él? Porque el miedo seguía allí. Estaba demasiado enraizado en su corazón.

—¿Sigues viviendo en Cronulla?

—No. Mi padre vendió esa casa hace cinco años.

Paula se preguntó si Horacio había querido alejarse de Caringbah, donde su nieto ilegítimo estaría demasiado cerca.

—¿Y dónde viven ahora?

—Compró una mansión aún más grande en Bellevue Hill. Hay sitio para tres generaciones —contestó Pedro, irónico.

Sería una locura considerar una posible boda si eso significaba vivir con sus padres. Por muy atractivo que fuera, por muy bueno que fuese con Nico...

—Pero no ha funcionado como esperaban —dijo Pedro entonces.

—¿Qué quieres decir?

—Fede vivió allí con su esposa... la esposa que mi padre había elegido para mí.

—Pero fue Fede quien se casó con ella.

—Así es. Y fue felíz con ella —suspiró Pedro—. Estoy seguro de que, para Ivana, Fede era un marido encantador. Además, fue un matrimonio muy ventajoso paraambas familias. Desgraciadamente, hasta los mejores planes se van al garete. Fede murió sin haber tenido hijos e Ivana volvió con sus padres.

—¿Y no esperan que tú... que consueles a la viuda?

—Mi padre no querría que me casara con una mujer que podría no dar los deseados nietos —contestó él—. Ivana tuvo dos abortos antes de que muriese Fede.

Era asqueroso pensar que alguien viera a una mujer como una máquina de producir hijos. Pero así era Horacio Alfonso.

—Seguro que tu padre encontrará otra esposa adecuada para tí.

Pedro la miró, en silencio.

—No voy a casarme con nadie más que contigo, Pau —dijo por fin.

Ella dejó el tenedor sobre el plato. Tenían que dejar las cosas claras.

—No puede salir bien, Pepe.

—¿Por qué no?

—Porque no. Tu padre es...

—Mi padre no importa.

—Si crees que voy a vivir bajo el mismo techo que...

—Yo no vivo en casa de mis padres —la interrumpió Pedro—. Me marché de allí cuando Fede se casó. Ahora vivo en la playa, en Bondi.

Paula lo miró, sorprendida.

—No está muy lejos de Bellevue Hill.

—Lo suficiente como para no tener que vernos todos los días.

No vivía en casa de sus padres... Pedro le estaba probando que no dependía de su familia, que tomaba sus propias decisiones. ¿Debía seguir dudando de él? Además, también Pedro había sufrido con el engaño de su familia.

—¿Por qué te fuiste de casa?

Él se encogió de hombros.

—No me apetecía que Fede me restregase por la cara su felicidad.

—¿Lamentabas no haberte casado con esa chica?

—No. Todo lo contrario.

—Entonces, ¿Por qué te disgustaba verlo felíz?

—No me disgustaba, pero sabía que mi padre lo usaría como un arma para que hiciera lo que él quería, de modo que me aparté.

—Sin romper la relación con tu familia —dijo Paula.

—No, no rompí la relación. Pero vivimos vidas separadas.