Estuvieron fuera cerca de dos horas. Laura se compró un par de pantalones de terciopelo muy extravagantes, aunque sabía que nunca se los pondría, pues eran demasiado estrambóticos como para llevarlos a la oficina. El teléfono estaba sonando cuando entraron en el departamento, Paula dejó que Laura contestara. mientras ella llevaba los pantalones de su amiga a la habitación.
-Es Pedro -expresó Laura entrando en el dormitorio.
-Gracias.
Paula decidió hacerle espera, tardó unos minutos en tomar el teléfono.
-Hola Pedro.
-¿En dónde andabas? -gruñó. -¡Te he estado llamando desde el mediodía! Estaba enfadado, muy enfadado. Era lo que ella quería.
-Es que he estado fuera toda la mañana -respondió con tranquilidad.
-¿Dónde has estado?
-Pedro, por favor...
-¿Adónde? -repitió fuerte. Reprimió una sonrisa.
-De compras.
-¿Sola?
-No -contestó despacio, para provocarle celos-. No fui sola.
Durante unos segundos no se oyó nada, después Pedro explotó.
-Has estado con Anderson.
-No.
-¡Claro que sí! -exclamó furioso.
Podía imaginarse su rostro, congestionado por la furia, totalmente fuera de sí.
-Pensé que el asunto de Javier lo habíamos dado por terminado anoche -aseguró la chica.
-No -gritó. No hemos arrglado nada, ahora me doy cuenta. Te pregunté por qué te besaba y en vez de contestarme, tú me besaste a mí, y me olvidé de la pregunta -parecía disgustado consigo mismo por su debilidad-. ¿Por qué te besó, Paula?
-¿Y por qué no habría de hacerlo?
- Porque yo... -habló más calmado, controlando su excitación-. Porque en este momento yo debo ser el único hombre en tu vida.
-Esa clase de privilegios tiene un precio -le advirtió Paula.
-Ya te hedicho que estoy dispuesto a pagar cualquier precio -vociferó.
-Yo no.
-¿Quieres decir que seguirás viendo a Anderson? -la voz de Pedro era suave, pero amenazadora.
-Si me apetece... -le desafió.
Pedro estaba cada vez más iracundo.
-¿Y si te pido que no lo hagas?
-¿Me lo estás pidiendo?
-¡Sí! Tardó unos segundos en contestar, como si lo estuviera pensando.
-Está bien.
-¿Quieres decir que no volverás a verle? -preguntó incrédulo.
-¿Eso es lo que quieres?
-Sí, Pau, es lo que quiero. ¿Nos veremos esta noche? -preguntó esperanzado.
-No estoy segura, no sé si dejar a Laura...
-Ya es grandecita, puede cuidarse sola, Pau. Te necesito yo más que ella. Sabes que he intentado no llamarte, ¿Verdad? -preguntó suspirando.
Se sintió complacida por la confesión.
-Entonces, ¿Por qué lo hiciste?
-Porque no puedo estar sin tí. Esta noche, Pau, tengo que verte esta noche. Te recogeré a las siete -colgó antes de que ella pudiera negarse.
Lentamente colocó el auricular en su lugar. Le apetecía salir con él esa noche, no quería hacerle sufrir más, por lo menos durante unos días. Su venganza tenía que ser lenta, de ese modo sería más efectiva.
-¿Vas a salir? -Laura estaba parada frente al espejo, mirando con ojos críticos el pantalón nuevo.
-¿No te importa? -preguntó Paula frunciendo el ceño.
-Por supuesto que no. Ya sé que no quieres dejarme sola, pero no te preocupes, no voy a suicidarme. No. estaré bien esta noche. Voy a lavarme el pelo y... -la voz se le quebró-. Lo siento. Pau, me estoy comportando como una tonta.
-No iré. Llamaré a Pedro y...
-No, no lo harás. Te agradezco que te hayas quedado conmigo todo el día, pero me gustaría estar sola un rato.
Paula lo comprendió. sabía exactamente lo que su amiga sentía. Cuando David rompió el compromiso, al principio no quiso estar sola, pero después anheló la soledad. Ese día, Laura no había tenido tiempo para pensar. Primero limpiaron el departamento y después se fueron de compras. Era lógico que su amiga necesitara estar sola para poner en orden sus pensamientos.
-Comprendo. En serio que sí. ¡Y los pantalones te quedan muy bien! -exclamó, cambiando de tema.
Estaba en su habitación, cuando Pedro llegó; diez minutos después entró Laura para preguntarle por qué se retrasaba.
-Está impaciente -susurró-, parece un perro enjaulado.
-¿En serio? -preguntó la chica mientras se aplicaba con toda tranquilidad el perfume. Llevaba un vestido blanco de cuello alto, era ajustado y resaltaba su figura.
-¡Estás preciosa! -exclamó Laura-. Desde que llegó se está paseando por toda la sala. ¡Va a desgastar la alfombra!
Paula sonrió.
-Una pequeña espera no le hará daño.
-No le gusta esperar -comentó la amiga preocupada. -Y no sé de qué hablar con él. Después de todo, es el nuevo jefe.
-No es más que un hombre -dijo Paula, mientras se ponía las sandalias blancas.
Laura se dejó caer en la cama.
-Quisiera ser tan fría con los hombres como tú. Has salido una sola vez con él, y ya le tienes dominado -movió la cabeza-. ¿Cómo lo haces?
Paula volvió a sonreír.
-No hago nada, nada, Lau. Y estoy segura de que estás exagerando, Pedro no se dejaría dominar por nadie, y mucho menos por una mujer.
-Bueno, pues está a punto de hacerlo -decidió Laura.
Paula sabía que si actuaba con inteligencia, podría llegar a dominarle. El padre de Pedro mató a sus padres e hizo que perdiera a David para siempre; convertirse en la esposa de Pedro sería su venganza. Laura se levantó.
-¿Pau...?
-Ningún hombre que realmente tuviera interés por tí se molestaría por tener que esperar veinte minutos -miró el reloj-. Todavía me quedan cinco.
-¿Y si se va?
-Que se vaya.
-¿No te importaría? -preguntó su amiga escandalizada-. ¡Está guapísimo! Y huele... me ha puesto la carne de gallina.
-Cuidado -bromeó Paula-. Recuerda que es mío.
-¿Cómo olvidarlo? Está bien, voy a decirle que saldrás dentro de un minuto.
sábado, 8 de octubre de 2016
La Venganza: Capítulo 21
Laura estaba en la habitación acostada en la cama, llorando.
- ¿Lau? se sentó al borde de la cama-. ¿Lau, qué pasa?
La chica continuó llorando durante varios minutos, cuando levantó la cabeza tenía el rostro hinchado de tanto llorar.
-¿Está enfermo Lucas? -preguntó.
-¿Enfermo?
Laura se incorporó para limpiarse las lágrimas de las mejillas.
-Ojalá lo estuviese, y yo fuera la causa de ello.
-Cuéntame -le pidió Paula con suavidad.
-Lucas tiene otra chica y la veía mucho antes de empezar a salir conmigo.
Era peor de lo que ella imaginaba, aunque ya sabía que para Lucas, Laura no era la mujer de su vida. Se compadeció de su amiga.
-¿Cómo te enteraste?
Laura rió con amargura y se puso de pie.
-Me lo dijo -le confesó irónica, con lágrimas en los ojos-. ¿Te conté que me pidió que me fuera a vivir con él? Bueno, cuando anoche le dije que no estaba segura, dijo que ya no importaba, que existía esta otra muchacha, Jesica, quien había aceptado irse a vivir con él este fin de semana. Había quedado conmigo sólo para decirme adiós -comenzó a llorar de nuevo.
Paula se levantó para abrazar a su amiga y dejarla llorar. La insensibilidad de Lucas sólo le confirmó lo que ya sabía, que no debía fiarse de los hombres. Había algunos en los que sí se podía confiar, como Claudio y Javier, pero eran la excepción que confirma la regla y sin duda, Lucas no pertenecía a esa clase. Laura se hizo a un lado sonriendo brevemente.
-Lo paradójico es que si yo hubiese aceptado hace dos días, yo sería la que se estaría mudando y esta muchacha, Jesica, sería la que lloraría ahora.
-¿Y te gustaría estar en su lugar?
-¡No! Estoy triste porque todo acabó. yo creía amarle. ¿Te has dado cuenta de que hablo en pasado? -se burló con amargura-. He sido tan tonta... Sí, estoy muy afectada, pero piensa que estaría peor si me hubiese cambiado y después me hubiera dado cuenta de que se estaba burlando de mí. ¿Sabías que fuimos amantes?
-Sí -asintió Paula.
-Claro que lo sabes. ¡Que tonta soy! -exclamó Laura suspirando.
Paula se encogió de hombros.
-Estabas enamorada.
-Y ahora creo que le odio. Es más fácil odiarle que amarle -expresó Laura, triste.
También ella pensó así una vez, pero esa noche se había dado cuenta de que podía volver a gustarle un hombre, por ejemplo Pedro, se lo había pasado bien con él, hablando de cine y de música, y había descubierto que, en ese aspecto, tenían gustos muy parecidos. Pero pronto mostró lo que era, su actitud fue totalmente machista cuando habló sobre Laura. Todos eran iguales, Pedro no podía ser la excepción.
Laura se pasó llorando toda la noche, pero como pretendía esconder sus sollozos, Paula fingió no escucharlos. Se sentía muy humillada y no quería que nadie supiera lo destrozada que estaba. Al día siguiente, Laura se levantó pálida y ojerosa. Paula insistió en que desayunara y comiera algo.
-¡No sé cómo fui tan estúpida! -exclamó, rompiendo el silencio después de la comida, antes sólo le había contestado a Paula con monosílabos-. Debí suponer que lo único que quería era sexo. Es lo que buscan todos los hombres.
Paula no tuvo fuerzas para rebatirle aquella afirmación. Sabía muy bien que era lo único que Pedro deseaba de ella. Si se dejaba convencer, cualquier idea de matrimonio se desvanecería. Pero ella no iba a permitir que él se olvidara de sus promesas.
-Lo siento. No he querido decir eso... después de todo, yo acepté encantada ¿O no? -Laura sonrió con amargura.
-Creíste amarle.
-Sí. No es exactamente una excusa. ¿O sí? -preguntó.
-No necesitas una excusa para amar y eso era lo que estabas
-Mis padres se habrían escandalizado. No sabes lo afortunada que eres Pau, al no tener padres como los míos que te piden cuentas. Bueno, ya estoy harta de hablar de mí. ¿Cómo te fue con Pedro anoche?
Paula pensó que su amiga era digna de admiración. Lo lógico era que estuviera molesta con todos los hombres, sin embargo no era así, pues le había preguntado por Pedro con mucho interés. La verdad era que la chica no sabía muy bien cómo le había ido. Le gustó que él la estrechara entre sus brazos. Pero Pedro no debía pensar igual, porque eran casi las dos de la tarde y aún no había llamado por teléfono, como le prometió la noche anterior.
-Muy bien.
-¿Vas a volver a verle?
-No quedamos en nada -contestó la verdad.
-Es maravilloso, ¿No crees? -Laura le dirigió una mirada de envidia.
-Pensé que estarías molesta con todos los hombres -bromeó paula, sin contestarle a Laura.
Su amiga sonrió.
-No con los de esa clase, tiene su propio estilo -dijo la chica levantándose inquieta-. Vámonos de compras. No hay nada que me haga más ilusión que probarme ropa cara y luego decirle a la dependienta que no me gusta cómo me sienta.
Paula no sabía si ir o no. Si se iba con Laura, Pedro podría llamar y ella no estaría. Sin embargo, si llamaba y no estaba le demostraría que no siempre se encontraba a su disposición.
-Sí. vamos -aceptó de buen grado la proposición de su amiga..
- ¿Lau? se sentó al borde de la cama-. ¿Lau, qué pasa?
La chica continuó llorando durante varios minutos, cuando levantó la cabeza tenía el rostro hinchado de tanto llorar.
-¿Está enfermo Lucas? -preguntó.
-¿Enfermo?
Laura se incorporó para limpiarse las lágrimas de las mejillas.
-Ojalá lo estuviese, y yo fuera la causa de ello.
-Cuéntame -le pidió Paula con suavidad.
-Lucas tiene otra chica y la veía mucho antes de empezar a salir conmigo.
Era peor de lo que ella imaginaba, aunque ya sabía que para Lucas, Laura no era la mujer de su vida. Se compadeció de su amiga.
-¿Cómo te enteraste?
Laura rió con amargura y se puso de pie.
-Me lo dijo -le confesó irónica, con lágrimas en los ojos-. ¿Te conté que me pidió que me fuera a vivir con él? Bueno, cuando anoche le dije que no estaba segura, dijo que ya no importaba, que existía esta otra muchacha, Jesica, quien había aceptado irse a vivir con él este fin de semana. Había quedado conmigo sólo para decirme adiós -comenzó a llorar de nuevo.
Paula se levantó para abrazar a su amiga y dejarla llorar. La insensibilidad de Lucas sólo le confirmó lo que ya sabía, que no debía fiarse de los hombres. Había algunos en los que sí se podía confiar, como Claudio y Javier, pero eran la excepción que confirma la regla y sin duda, Lucas no pertenecía a esa clase. Laura se hizo a un lado sonriendo brevemente.
-Lo paradójico es que si yo hubiese aceptado hace dos días, yo sería la que se estaría mudando y esta muchacha, Jesica, sería la que lloraría ahora.
-¿Y te gustaría estar en su lugar?
-¡No! Estoy triste porque todo acabó. yo creía amarle. ¿Te has dado cuenta de que hablo en pasado? -se burló con amargura-. He sido tan tonta... Sí, estoy muy afectada, pero piensa que estaría peor si me hubiese cambiado y después me hubiera dado cuenta de que se estaba burlando de mí. ¿Sabías que fuimos amantes?
-Sí -asintió Paula.
-Claro que lo sabes. ¡Que tonta soy! -exclamó Laura suspirando.
Paula se encogió de hombros.
-Estabas enamorada.
-Y ahora creo que le odio. Es más fácil odiarle que amarle -expresó Laura, triste.
También ella pensó así una vez, pero esa noche se había dado cuenta de que podía volver a gustarle un hombre, por ejemplo Pedro, se lo había pasado bien con él, hablando de cine y de música, y había descubierto que, en ese aspecto, tenían gustos muy parecidos. Pero pronto mostró lo que era, su actitud fue totalmente machista cuando habló sobre Laura. Todos eran iguales, Pedro no podía ser la excepción.
Laura se pasó llorando toda la noche, pero como pretendía esconder sus sollozos, Paula fingió no escucharlos. Se sentía muy humillada y no quería que nadie supiera lo destrozada que estaba. Al día siguiente, Laura se levantó pálida y ojerosa. Paula insistió en que desayunara y comiera algo.
-¡No sé cómo fui tan estúpida! -exclamó, rompiendo el silencio después de la comida, antes sólo le había contestado a Paula con monosílabos-. Debí suponer que lo único que quería era sexo. Es lo que buscan todos los hombres.
Paula no tuvo fuerzas para rebatirle aquella afirmación. Sabía muy bien que era lo único que Pedro deseaba de ella. Si se dejaba convencer, cualquier idea de matrimonio se desvanecería. Pero ella no iba a permitir que él se olvidara de sus promesas.
-Lo siento. No he querido decir eso... después de todo, yo acepté encantada ¿O no? -Laura sonrió con amargura.
-Creíste amarle.
-Sí. No es exactamente una excusa. ¿O sí? -preguntó.
-No necesitas una excusa para amar y eso era lo que estabas
-Mis padres se habrían escandalizado. No sabes lo afortunada que eres Pau, al no tener padres como los míos que te piden cuentas. Bueno, ya estoy harta de hablar de mí. ¿Cómo te fue con Pedro anoche?
Paula pensó que su amiga era digna de admiración. Lo lógico era que estuviera molesta con todos los hombres, sin embargo no era así, pues le había preguntado por Pedro con mucho interés. La verdad era que la chica no sabía muy bien cómo le había ido. Le gustó que él la estrechara entre sus brazos. Pero Pedro no debía pensar igual, porque eran casi las dos de la tarde y aún no había llamado por teléfono, como le prometió la noche anterior.
-Muy bien.
-¿Vas a volver a verle?
-No quedamos en nada -contestó la verdad.
-Es maravilloso, ¿No crees? -Laura le dirigió una mirada de envidia.
-Pensé que estarías molesta con todos los hombres -bromeó paula, sin contestarle a Laura.
Su amiga sonrió.
-No con los de esa clase, tiene su propio estilo -dijo la chica levantándose inquieta-. Vámonos de compras. No hay nada que me haga más ilusión que probarme ropa cara y luego decirle a la dependienta que no me gusta cómo me sienta.
Paula no sabía si ir o no. Si se iba con Laura, Pedro podría llamar y ella no estaría. Sin embargo, si llamaba y no estaba le demostraría que no siempre se encontraba a su disposición.
-Sí. vamos -aceptó de buen grado la proposición de su amiga..
viernes, 7 de octubre de 2016
La Venganza: Capítulo 20
Le siguió despacio, preocupad, sin entender por qué razón estaría enfadado. Estaban solos en la casa, ya que Laura había salido. Pedro se apoyó en el marco de la puerta, llevaba un elegante traje negro y una camisa blanca que hacía resaltar el bronceado de su piel.
-Creí que habías dicho a las ocho -dijo ella con el ceño fruncido, segura de que no se había equivocado.
-Así es.
La chica se humedeció los labios resecos.
-Entonces has llegado temprano. Aún no me he vestido.
-¿Está aquí él? -preguntó Pedro.
-¿Él? -repitió, no tenía la menor idea de qué estaba hablando.
-Anderson. ¿Está aquí? ¿Por eso estás así vestida, porque acabas de salir de la cama con él?
Se quedó sin aliento.
-Por supuesto que no. Acabo de bañarme, por eso estoy vestida así. ¿Que iba a hacer aquí Javier? -se encontraba realmente sorprendida de que él pensara eso.
-Mi oficina da al estacionamiento, Paula-gruño--. Los ví allí juntos y ví cómo le ponías la mano sobre el brazo y cómo te besó -las últimas palabras las dijo casi gritando—. ¡En especial cómo te besó!
Estaba celoso: Pedro Alfonso era un hombre celoso. Paula no podía creer que fuese capaz de reaccionar con tanta violencia. Por lo general era muy tranquilo, le gustaba bromear y no parecía un hombre agresivo.
-Pedro.
-¡No me vengas con excusas! -la atrajo hacia sí con violencia--. Tendrás que hacer algo más que darme excusas para convencerme, para quitar de mi mente el recuerdo de tus relaciones con él.
Le miró asustada.
-¿Qué quieres, Pedro? -preguntó, entornando los ojos un poco enfadada.
-¡Esto! -exclamó besándola con violencia-. ¡Gatita!
Para su sorpresa no le desagradó aquel gesto: no ofreció resistencia cuando él le abrió la bata y su mano buscó los senos para acariciarlos. Pasado un rato, la chica quiso retirarse; pero el brazo de Pedro se lo impidió. Después renunció a moverse, era felíz en sus brazos, y se dijo que tenía que dejarle que la besara y la tocara, de lo contrario nunca la desearía tanto como ella quería. Tenía que dominarle a cualquier precio. Los labios de Pedro viajaron por su cuello hasta llegar a sus senos: él los acarició provocándole un placer indescriptible. Paula se aferró a los hombros de él, pues las piernas le temblaban y ya no la sostenían. Tenía que poner fin a la escena. Permitirle que la besara era una cosa, que la acariciara también, pero si no le detenía, Pedro querría algo más que besos; empezó a acariciarte los muslos e inició una exploración por todo su cuerpo. Le empujó con suavidad, notaba. por la oscuridad de sus ojos que estaba perdiendo el control; su boca éra muy sensual y el deseo ardía en su mirada. Finalmente, con dificultad recuperó la compostura. Tenía el pelo revuelto donde ella había introducido sus dedos en el momento cumbre de la excitación sexual.
-Lo siento gatita -se disculpó apenado--. Es que al ver a Anderson tocarte me cegó de ira: he pasado dos horas de verdadero martirio. No era mi intención molestarte. ¿Me perdonas?
No se sentía seguro de la reacción de la chica; no tenía idea de cómo iba a encajar su acceso de celos. Así era como Paula le quería tener, fuera de sí. Si alguna vez se sentía muy seguro de ella, perdería poder sobre él.
-Iré a vestirme -le dijo con voz animada, sin mostrar la menor alteración-. Ponte cómodo. No tardaré.
Quiso decir algo, pero se contuvo sentándose al verla desaparecer por la puerta de la habitación, cerrándola con firmeza.
La chica se apoyó contra la puerta, dando rienda suelta a la emoción que no se atrevía a mostrar frente a él. Las piernas le temblaban. La forma en que había disfrutado con sus caricias la quemaban como un fuego difícil de apagar. Sentirse atraída físicamente hacia Pedro era algo con lo que no había contado. Cuando elaboró sus planes de venganza pensó que sería inmune a los atractivos del hijo de Horacio Alfonso. Definitivamente, era una complicación, pero podría superarla. Pedro sería un hombre apasionado, pero no un salvaje, y si ella le ponía coto él la respetaría. La posibilidad de que un día no quisiera decir no, no se le pasó por la mente.
La cena fue maravillosa, Pedro parecía decidido a mostrarse encantador, no volvió a mencionar el episodio anterior, aunque dejó entrever que estaba satisfecho de que hubiese sucedido. El restaurante era de los más elegantes de Londres; el servicio, impecable. La copa de vino de Paula siempre se mantuvo llena gracias al eficiente camarero. Era obvio que Pedro estaba acostumbrado a ello, lo aceptaba sin inmutarse, lo cual hacía que el personal se mostrara aún más atento. Pero él sólo tenía ojos para ella, con frecuencia miraba la curva de los senos que su vestido negro hacía resaltar. Ella reía satisfecha cuando se encontraba con los ojos de él. Aunque lo tratara de disimular, se notaba que su acompañante estaba afectado por lo sucedido en el departamento, y cuando se tocaron las manos por casualidad, sintió cómo los dedos nerviosos capturaban su mano y el pulgar inquieto de Pedro la acariciaba mientras hablaban. Era un gran conversador, conocedor de muchos temas, tanto locales como de otros países. Leía mucho y poseía una gran cultura. Paula no tuvo que fingir que se divertía. Notó que tenían intereses similares y cuando no coincidían podían discutir civilizadamente.
Así discurrió la velada hasta que Pedro le dijo que le hablara de su familia; entonces se acabó la diversión, pues eso le hizo recordar quién era aquel hombre que le estaba haciendo pasar un rato agradable. Era el hijo del abogado que arruinó su vida, quitándole todo lo que ella amaba, su padre, su madre, David...
-No tengo familia -contestó, brusca, retirando su mano de entre las de él-. Sólo una tía de mi padre. Es una anciana y vive en un asilo, porque quiere.
Sabía lo que la mayoría de la gente pensaba al enterarse de que su tía vivía en un asilo. Pero la anciana estaba allí porque lo prefería. La tía Juana jamás iría a ningún lugar que ella no quisiera.
-La quiero mucho.
-Ya lo sé -frunció el ceño-. Pau...
-¿Y tú? -le preguntó animada-. ¿Qué familia tienes?
-Sólo a mi padre -también habló con frialdad de él-. Mi madre murió hace algunos años.
-Lo siento. Tu padre es Horacio Alfonso, ¿Verdad? -preguntó con fingida inocencia.
-Sí -sonrió con tristeza. -¡Es muy famoso!
-Sí. -Pedro... -¿Podemos irnos? -preguntó con voz ronca, pero sonriendo para quitar hierro a sus palabras-. Quiero estar a solas contigo.
Sintió mucha curiosidad. Claudio le había comentado que Pedro y su padre tenían diferentes personalidades, ¿Sería posible que a Pedro no le importara la fama de su padre? No creía que tuviera celos de su carrera, estaba muy acostumbrado a eso, pero como el mismo Javier había dicho después de la boda de Andrea y Gabriel, Horacio Alfonso debía ser un hombre muy difícil de tratar. Se dirigieron al departamento en silencio, aunque sin tensión, el sonido de la última canción de Barrv Manilow inundaba el ambiente.
-Le ví en su último recital en el Albert Hall -comentó Pedro con voz suave.
-¿Te gustó?
-Mucho contestó sin pensarlo-. ¿Alguna vez le has visto en vivo?
-Una vez. Y también me gustó.
Era un aspecto de la música que no habían discutido, y a Paula le sorprendió que a Pedro le gustara Barry Manilow. No es que no fuese un excelente cantante, era una estrella, pero cantaba melodías muy románticas, cursis, según la opinión de algunas personas. Pedro no parecía ser un romántico. Sensual sí, pero no romántico.
-También me gusta tu perfume -agregó en voz baja-. Aquella mañana fui muy grosero contigo.
-¡Tienes toda la razón!
-Claro -sonrió ante la indignación de ella-. Es como tú. Fiero, con una sensualidad latente. Yo creo que eso fue lo que más me indignó, el saber que todo ese fuego y esa excitación estaban lejos de mi alcance -la mano de él se posó sobre un muslo de la chica-. Al menos así lo creía.
-¿Te gustó la sorpresa que te dió Melisa a la hora de la comida? -trató de desviar la conversación.
Pedro volvió a poner de mala gana, la mano sobre el volante.
-¿Qué sorpresa?
-Que no vuelve a América.
-¿No? -frunció el ceño al detener el vehículo frente a la casa de ella.
-Dijo que no -ahora le tocaba a Paula mostrarse confundida-. Fue a la oficina buscándote para ir a comer, pero como ya te habías marchado no te encontró. Supuse que te lo diría más tarde cuando te encontrara. Lo siento, si arruiné la sorpresa.
-Estoy aturdido. -Pedro hizo una mueca-. No encontré a Melisa en el restaurante, ni en ninguna parte. No la he visto desde el martes.
-Pero ella dijo... a lo mejor no la entendí bien.
Se había dejado engañar por otra mujer. Melisa sentía que el interés de Pedro por ella era algo más que personal y decidió advertirla. Y ella había caído en la trampa, comportándose como una niña, cambiando todos sus planes y aceptando la invitación de Pedro, cuando en realidad no estaba preparada para ello.
-Tú y yo sabemos que no es así -comentó Pedro, saliendo del coche para abrirle la puerta-. Te he dicho que Melisa es una niña. Reacciona como una cría. Se dió cuenta de que me atraes y...
En ese momento pasó un taxi por la calle y se detuvo frente al Jaguar, de él salió Laura llorando y pasó junto a ellos sin detenerse.
-Creo que esa niña acaba de enterarse de su error –dijo Pedro rompiendo el silencio que siguió a la entrada de Laura en el edificio.
Paula le miró enfadada.
-No me parece bien que te burles de ella. No sabía si correr junto a Laura o quedarse a decirle a aquel hombre lo que pensaba de él. Se decidió por lo último. -El que uno de tu sexo se haya burlado de una del mío, no te da derecho a...
-Tranquila, Paula-le advirtió-. Han herido a tu amiga y lo siento, pero eso no te da autorización a insultarme.
-¿Y no es cierto?
-¿No es cierto? gatita, por favor... -los labios de él se posaron sobre los de ella con inmensa ternura.
Toda su furia se desvaneció durante unos segundos, mientras duró el beso. Finalmente Pedro la apartó y colocó su frente sobre la de ella.
-No suelo besar a las mujeres en público -murmuró-. Y como tu departamento tampoco es privado, creo que debemos dejarlo por ahora.
Paula se apartó de él, de nuevo estaba enfadada consigo misma por dejarse llevar.
-Indefinidamente.
- Pau...
-Tengo que ir con Laura. Gracias por todo, me lo he pasado muy bien esta noche -expresó inquieta.
-Gatita...
-Tengo que irme. ¿Podrás llamarme mañana?
Por la forma en que él la miró se dió cuenta de que no estaba acostumbrado a ser despedido de aquella manera y eso la llenó de satisfacción. Tenía que mantenerle a distancia, él no debía pensar por un momento, que la tenía controlada.
-Buenas noches, Pedro.
Pedro no se movió, y ella sintió su mirada clavada en la espalda al dirigirse al edificio, con mucha calma abrió la puerta y entró. Se volvió para cerrar, consciente de que Pedro seguía allí parado. Parecía muy desanimado en ese momento la alta figura se erguía pensativa en la calle. Pero entonces su corazón se endureció y cerró la puerta. Él nunca estaría solo por lo menos mientras existieran mujeres como Melisa.
-Creí que habías dicho a las ocho -dijo ella con el ceño fruncido, segura de que no se había equivocado.
-Así es.
La chica se humedeció los labios resecos.
-Entonces has llegado temprano. Aún no me he vestido.
-¿Está aquí él? -preguntó Pedro.
-¿Él? -repitió, no tenía la menor idea de qué estaba hablando.
-Anderson. ¿Está aquí? ¿Por eso estás así vestida, porque acabas de salir de la cama con él?
Se quedó sin aliento.
-Por supuesto que no. Acabo de bañarme, por eso estoy vestida así. ¿Que iba a hacer aquí Javier? -se encontraba realmente sorprendida de que él pensara eso.
-Mi oficina da al estacionamiento, Paula-gruño--. Los ví allí juntos y ví cómo le ponías la mano sobre el brazo y cómo te besó -las últimas palabras las dijo casi gritando—. ¡En especial cómo te besó!
Estaba celoso: Pedro Alfonso era un hombre celoso. Paula no podía creer que fuese capaz de reaccionar con tanta violencia. Por lo general era muy tranquilo, le gustaba bromear y no parecía un hombre agresivo.
-Pedro.
-¡No me vengas con excusas! -la atrajo hacia sí con violencia--. Tendrás que hacer algo más que darme excusas para convencerme, para quitar de mi mente el recuerdo de tus relaciones con él.
Le miró asustada.
-¿Qué quieres, Pedro? -preguntó, entornando los ojos un poco enfadada.
-¡Esto! -exclamó besándola con violencia-. ¡Gatita!
Para su sorpresa no le desagradó aquel gesto: no ofreció resistencia cuando él le abrió la bata y su mano buscó los senos para acariciarlos. Pasado un rato, la chica quiso retirarse; pero el brazo de Pedro se lo impidió. Después renunció a moverse, era felíz en sus brazos, y se dijo que tenía que dejarle que la besara y la tocara, de lo contrario nunca la desearía tanto como ella quería. Tenía que dominarle a cualquier precio. Los labios de Pedro viajaron por su cuello hasta llegar a sus senos: él los acarició provocándole un placer indescriptible. Paula se aferró a los hombros de él, pues las piernas le temblaban y ya no la sostenían. Tenía que poner fin a la escena. Permitirle que la besara era una cosa, que la acariciara también, pero si no le detenía, Pedro querría algo más que besos; empezó a acariciarte los muslos e inició una exploración por todo su cuerpo. Le empujó con suavidad, notaba. por la oscuridad de sus ojos que estaba perdiendo el control; su boca éra muy sensual y el deseo ardía en su mirada. Finalmente, con dificultad recuperó la compostura. Tenía el pelo revuelto donde ella había introducido sus dedos en el momento cumbre de la excitación sexual.
-Lo siento gatita -se disculpó apenado--. Es que al ver a Anderson tocarte me cegó de ira: he pasado dos horas de verdadero martirio. No era mi intención molestarte. ¿Me perdonas?
No se sentía seguro de la reacción de la chica; no tenía idea de cómo iba a encajar su acceso de celos. Así era como Paula le quería tener, fuera de sí. Si alguna vez se sentía muy seguro de ella, perdería poder sobre él.
-Iré a vestirme -le dijo con voz animada, sin mostrar la menor alteración-. Ponte cómodo. No tardaré.
Quiso decir algo, pero se contuvo sentándose al verla desaparecer por la puerta de la habitación, cerrándola con firmeza.
La chica se apoyó contra la puerta, dando rienda suelta a la emoción que no se atrevía a mostrar frente a él. Las piernas le temblaban. La forma en que había disfrutado con sus caricias la quemaban como un fuego difícil de apagar. Sentirse atraída físicamente hacia Pedro era algo con lo que no había contado. Cuando elaboró sus planes de venganza pensó que sería inmune a los atractivos del hijo de Horacio Alfonso. Definitivamente, era una complicación, pero podría superarla. Pedro sería un hombre apasionado, pero no un salvaje, y si ella le ponía coto él la respetaría. La posibilidad de que un día no quisiera decir no, no se le pasó por la mente.
La cena fue maravillosa, Pedro parecía decidido a mostrarse encantador, no volvió a mencionar el episodio anterior, aunque dejó entrever que estaba satisfecho de que hubiese sucedido. El restaurante era de los más elegantes de Londres; el servicio, impecable. La copa de vino de Paula siempre se mantuvo llena gracias al eficiente camarero. Era obvio que Pedro estaba acostumbrado a ello, lo aceptaba sin inmutarse, lo cual hacía que el personal se mostrara aún más atento. Pero él sólo tenía ojos para ella, con frecuencia miraba la curva de los senos que su vestido negro hacía resaltar. Ella reía satisfecha cuando se encontraba con los ojos de él. Aunque lo tratara de disimular, se notaba que su acompañante estaba afectado por lo sucedido en el departamento, y cuando se tocaron las manos por casualidad, sintió cómo los dedos nerviosos capturaban su mano y el pulgar inquieto de Pedro la acariciaba mientras hablaban. Era un gran conversador, conocedor de muchos temas, tanto locales como de otros países. Leía mucho y poseía una gran cultura. Paula no tuvo que fingir que se divertía. Notó que tenían intereses similares y cuando no coincidían podían discutir civilizadamente.
Así discurrió la velada hasta que Pedro le dijo que le hablara de su familia; entonces se acabó la diversión, pues eso le hizo recordar quién era aquel hombre que le estaba haciendo pasar un rato agradable. Era el hijo del abogado que arruinó su vida, quitándole todo lo que ella amaba, su padre, su madre, David...
-No tengo familia -contestó, brusca, retirando su mano de entre las de él-. Sólo una tía de mi padre. Es una anciana y vive en un asilo, porque quiere.
Sabía lo que la mayoría de la gente pensaba al enterarse de que su tía vivía en un asilo. Pero la anciana estaba allí porque lo prefería. La tía Juana jamás iría a ningún lugar que ella no quisiera.
-La quiero mucho.
-Ya lo sé -frunció el ceño-. Pau...
-¿Y tú? -le preguntó animada-. ¿Qué familia tienes?
-Sólo a mi padre -también habló con frialdad de él-. Mi madre murió hace algunos años.
-Lo siento. Tu padre es Horacio Alfonso, ¿Verdad? -preguntó con fingida inocencia.
-Sí -sonrió con tristeza. -¡Es muy famoso!
-Sí. -Pedro... -¿Podemos irnos? -preguntó con voz ronca, pero sonriendo para quitar hierro a sus palabras-. Quiero estar a solas contigo.
Sintió mucha curiosidad. Claudio le había comentado que Pedro y su padre tenían diferentes personalidades, ¿Sería posible que a Pedro no le importara la fama de su padre? No creía que tuviera celos de su carrera, estaba muy acostumbrado a eso, pero como el mismo Javier había dicho después de la boda de Andrea y Gabriel, Horacio Alfonso debía ser un hombre muy difícil de tratar. Se dirigieron al departamento en silencio, aunque sin tensión, el sonido de la última canción de Barrv Manilow inundaba el ambiente.
-Le ví en su último recital en el Albert Hall -comentó Pedro con voz suave.
-¿Te gustó?
-Mucho contestó sin pensarlo-. ¿Alguna vez le has visto en vivo?
-Una vez. Y también me gustó.
Era un aspecto de la música que no habían discutido, y a Paula le sorprendió que a Pedro le gustara Barry Manilow. No es que no fuese un excelente cantante, era una estrella, pero cantaba melodías muy románticas, cursis, según la opinión de algunas personas. Pedro no parecía ser un romántico. Sensual sí, pero no romántico.
-También me gusta tu perfume -agregó en voz baja-. Aquella mañana fui muy grosero contigo.
-¡Tienes toda la razón!
-Claro -sonrió ante la indignación de ella-. Es como tú. Fiero, con una sensualidad latente. Yo creo que eso fue lo que más me indignó, el saber que todo ese fuego y esa excitación estaban lejos de mi alcance -la mano de él se posó sobre un muslo de la chica-. Al menos así lo creía.
-¿Te gustó la sorpresa que te dió Melisa a la hora de la comida? -trató de desviar la conversación.
Pedro volvió a poner de mala gana, la mano sobre el volante.
-¿Qué sorpresa?
-Que no vuelve a América.
-¿No? -frunció el ceño al detener el vehículo frente a la casa de ella.
-Dijo que no -ahora le tocaba a Paula mostrarse confundida-. Fue a la oficina buscándote para ir a comer, pero como ya te habías marchado no te encontró. Supuse que te lo diría más tarde cuando te encontrara. Lo siento, si arruiné la sorpresa.
-Estoy aturdido. -Pedro hizo una mueca-. No encontré a Melisa en el restaurante, ni en ninguna parte. No la he visto desde el martes.
-Pero ella dijo... a lo mejor no la entendí bien.
Se había dejado engañar por otra mujer. Melisa sentía que el interés de Pedro por ella era algo más que personal y decidió advertirla. Y ella había caído en la trampa, comportándose como una niña, cambiando todos sus planes y aceptando la invitación de Pedro, cuando en realidad no estaba preparada para ello.
-Tú y yo sabemos que no es así -comentó Pedro, saliendo del coche para abrirle la puerta-. Te he dicho que Melisa es una niña. Reacciona como una cría. Se dió cuenta de que me atraes y...
En ese momento pasó un taxi por la calle y se detuvo frente al Jaguar, de él salió Laura llorando y pasó junto a ellos sin detenerse.
-Creo que esa niña acaba de enterarse de su error –dijo Pedro rompiendo el silencio que siguió a la entrada de Laura en el edificio.
Paula le miró enfadada.
-No me parece bien que te burles de ella. No sabía si correr junto a Laura o quedarse a decirle a aquel hombre lo que pensaba de él. Se decidió por lo último. -El que uno de tu sexo se haya burlado de una del mío, no te da derecho a...
-Tranquila, Paula-le advirtió-. Han herido a tu amiga y lo siento, pero eso no te da autorización a insultarme.
-¿Y no es cierto?
-¿No es cierto? gatita, por favor... -los labios de él se posaron sobre los de ella con inmensa ternura.
Toda su furia se desvaneció durante unos segundos, mientras duró el beso. Finalmente Pedro la apartó y colocó su frente sobre la de ella.
-No suelo besar a las mujeres en público -murmuró-. Y como tu departamento tampoco es privado, creo que debemos dejarlo por ahora.
Paula se apartó de él, de nuevo estaba enfadada consigo misma por dejarse llevar.
-Indefinidamente.
- Pau...
-Tengo que ir con Laura. Gracias por todo, me lo he pasado muy bien esta noche -expresó inquieta.
-Gatita...
-Tengo que irme. ¿Podrás llamarme mañana?
Por la forma en que él la miró se dió cuenta de que no estaba acostumbrado a ser despedido de aquella manera y eso la llenó de satisfacción. Tenía que mantenerle a distancia, él no debía pensar por un momento, que la tenía controlada.
-Buenas noches, Pedro.
Pedro no se movió, y ella sintió su mirada clavada en la espalda al dirigirse al edificio, con mucha calma abrió la puerta y entró. Se volvió para cerrar, consciente de que Pedro seguía allí parado. Parecía muy desanimado en ese momento la alta figura se erguía pensativa en la calle. Pero entonces su corazón se endureció y cerró la puerta. Él nunca estaría solo por lo menos mientras existieran mujeres como Melisa.
La Venganza: Capítulo 19
Paula la miró detenidamente.
-El señor Alfonso me dijo que se iba usted mañana.
Melisa sonrió, ni siquiera trató de ocultar la aversión que sentía hacia Paula.
-Pepe me hizo cambiar de opinión. Aún no se lo he dicho, será una sorpresa para él.
-Estoy segura de que le encantará.
-Sí. yo también lo creo -Melisa sonrió con satisfacción-. Me alegro de haberla visto, Paula-le dijo con insolencia y se fue tan repentinamente como había llegado.
La chica se dió cuenta de que no tenía tiempo que perder; estaba claro que a Pedro le interesaba Melisa; seguía viéndola y hasta le había pedido que retrasara su partida. Debía modificar sus tácticas no podía permitir que Melisa le tomara ventaja. Si le daba oportunidad, aquella niña se pegaría a él como una lapa.
Pedro regresó de muy buen humor, y ella sabía la causa. Sin perder el tiempo se levantó de la silla y tomó la chaqueta; al pasar junto a Pedro fingió resbalar y se sintió satisfecha cuando los brazos de él la rodearon para que no cayera.
-¡Cuidado! Esos condenados tacones que usan las mujeres...
Inmediatamente la apartó de su lado; ella parpadeó y él la miró, preocupado.
-¿Te has hecho daño?
-Sí, en el tobillo.
Él no dejaba de mirar cómo se frotaba el tobillo.
-Bueno... yo –se enderezó mirándole fijamente. Se aproximó a la chica.
-¿Puedes andar? -preguntó, nervioso por la cercanía de ella.
-Creo que sí -dijo sin aliento-. Por favor, no te preocupes por mí. Tienes mucho trabajo que hacer.
-No seas ridícula. Deberías ponerte una venda fría en el tobillo -observó preocupado.
-Estoy segura de que no es nada serio -le aseguró con voz rápida, cojeando ligeramente-. Dentro de unos minutos estaré bien.
Pedro no podía apartar la mirada de las piernas de la joven.
-¿Sabes que tienes las piernas más sensuales que he visto?
Ella estaba encantada. Su plan había funcionado.
-Eso ya me lo han dicho -respondió con voz suave.
Pedro susurró cerca de su oído.
-¿Cuándo me vas a aceptar una invitación para ir a cenar? -movió las manos, impaciente, como si quisiera tocarla.
-¿Qué te parece mañana? -sonrió.
-¿En serio? -la rodeó entre sus brazos.
-Sí -asintió Paula-. A no ser que tengas algún compromiso, con Melisa por ejemplo.
-Si lo tuviera lo rompería; la verdad, en mi familia la palabra no es algo tan importante -bromeó con voz ronca.
Estaba coqueteando con ella y tratando de hacerla reír. Pero a Paula no le pareció gracioso su comentario. Estaba decidida a destruir a aquel hombre. De repente la puerta se abrió.
-Paula yo... Javier se detuvo apenado en la puerta, abrió la boca, sorprendido al verla en brazos de Pedro. -Disculpen -dijo en voz baja y. rápidamente, se marchó.
Le dió pena de Javier, pero pensó que, en el fondo, era mejor que supiera que estaba saliendo con Pedro. Cada día le resultaba más difícil aceptar sus invitaciones y no sabía cómo rechazarle. Pedro examinó su reacción. En su rostro se reflejó pena. luego compasión y, finalmente resignación. Paula pensó que eso era lo mejor que podía haber pasado.
-¿Quieres que le vaya a buscar y le explique? -preguntó.
-¿Qué quieres explicarle?
-Bueno, que nosotros, que yo... ¿Explicarle qué? -se preguntó-. No es más que un buen amigo tuyo, ¿No es así, Pau?
-Sí.
-Yo nunca he buscado tu amistad -le advirtió antes de colocar su boca sobre la de ella.
Paula entreabrió los labios, dispuesta a responder a sus besos y pensando que iba a costarle mucho trabajo hacerlo, pues para ella besar a Pedro Alfonso era una tortura.
-¿Gatita? -Pedro le acarició las pálidas mejillas-. No es por tu tobillo, ¿Verdad?
-No -le dedicó una amplia sonrisa-. ¿A qué hora me llamarás esta noche?
Cuando volvió de comer, el tobillo estaba en perfectas condiciones y Pedro se encontraba de muy buen humor. Iba a su escritorio con cualquier pretexto para bromear con ella. La chica le hizo ver que todo el personal haría comentarios cuando les viesen salir juntos. La respuesta de él fue: -¡Al diablo con lo que piensen todos!
Pedro seguía trabajando cuando Paula se fue, poco antes de las cinco, pero le aseguró que pasaría a buscarla a las ocho de la noche. Para su desgracia, se encontró con Javier en el estacionamiento. El joven le lanzó una mirada de reproche.
-Lo siento, Javier.
No sabía qué decir. Sólo había salido con él dos veces, el resto de las invitaciones las había rechazado; sin embargo, se sentía culpable de que la hubiera visto con Pedro.
-Yo también. Pensé que te gustaba, Paula.
-Me caes bien.
-Pero Alfonso te cae mejor -sonrió con tristeza-. Supongo que un socio principal tiene más que ofrecer que un simple abogado.
Javier estaba muy triste. Ella nunca le había oído hablar así. Le puso una mano en el brazo y sintió cómo se ponía tenso bajo sus dedos.
-En serio Javier, estoy muy triste -dijo con indudable sinceridad-. Yo no quería herirte, sólo quería que fuésemos amigos.
-Tú sabías que yo esperaba algo más.
-Sí -le confirmó-. Por eso decidí no volver a salir contigo.
Parecía disgustado.
-Entonces, ¿Va en serio lo de Alfonso?
-Podría ser -contestó evasivamente.
-Entonces lo único que me queda es desearte buena suerte. Hubiera querido que las cosas hubiesen sido de otra manera -comentó- pero la competencia con Alfonso es muy desigual.
-¡Oh, Javier! -exclamó Paula al ver que él también sonreía.
-Bueno, lo es. Espero que seas felíz con él -se inclinó para besarla ligeramente en los labios-, pero si no funciona...
-No podría hacerte eso. Pero gracias.
Se sintió mejor mientras se dirigía a su casa. Le daba mucha pena de Javier pero si no le hubiera desilusionado, él habría seguido insistiendo y ella sabía que a Pedro no le gustaba compartir nada con nadie, especialmente su mujer. Sus sospechas se confirmaron mucho antes de lo esperado.
Pedro llegó al departamento a las siete y media, estaba muy serio cuando entró en la sala. No se dió cuenta de que ella acababa de bañarse y llevaba la bata puesta. Su cabello estaba seco y se había maquillado. Sólo le faltaba ponerse el vestido.
-El señor Alfonso me dijo que se iba usted mañana.
Melisa sonrió, ni siquiera trató de ocultar la aversión que sentía hacia Paula.
-Pepe me hizo cambiar de opinión. Aún no se lo he dicho, será una sorpresa para él.
-Estoy segura de que le encantará.
-Sí. yo también lo creo -Melisa sonrió con satisfacción-. Me alegro de haberla visto, Paula-le dijo con insolencia y se fue tan repentinamente como había llegado.
La chica se dió cuenta de que no tenía tiempo que perder; estaba claro que a Pedro le interesaba Melisa; seguía viéndola y hasta le había pedido que retrasara su partida. Debía modificar sus tácticas no podía permitir que Melisa le tomara ventaja. Si le daba oportunidad, aquella niña se pegaría a él como una lapa.
Pedro regresó de muy buen humor, y ella sabía la causa. Sin perder el tiempo se levantó de la silla y tomó la chaqueta; al pasar junto a Pedro fingió resbalar y se sintió satisfecha cuando los brazos de él la rodearon para que no cayera.
-¡Cuidado! Esos condenados tacones que usan las mujeres...
Inmediatamente la apartó de su lado; ella parpadeó y él la miró, preocupado.
-¿Te has hecho daño?
-Sí, en el tobillo.
Él no dejaba de mirar cómo se frotaba el tobillo.
-Bueno... yo –se enderezó mirándole fijamente. Se aproximó a la chica.
-¿Puedes andar? -preguntó, nervioso por la cercanía de ella.
-Creo que sí -dijo sin aliento-. Por favor, no te preocupes por mí. Tienes mucho trabajo que hacer.
-No seas ridícula. Deberías ponerte una venda fría en el tobillo -observó preocupado.
-Estoy segura de que no es nada serio -le aseguró con voz rápida, cojeando ligeramente-. Dentro de unos minutos estaré bien.
Pedro no podía apartar la mirada de las piernas de la joven.
-¿Sabes que tienes las piernas más sensuales que he visto?
Ella estaba encantada. Su plan había funcionado.
-Eso ya me lo han dicho -respondió con voz suave.
Pedro susurró cerca de su oído.
-¿Cuándo me vas a aceptar una invitación para ir a cenar? -movió las manos, impaciente, como si quisiera tocarla.
-¿Qué te parece mañana? -sonrió.
-¿En serio? -la rodeó entre sus brazos.
-Sí -asintió Paula-. A no ser que tengas algún compromiso, con Melisa por ejemplo.
-Si lo tuviera lo rompería; la verdad, en mi familia la palabra no es algo tan importante -bromeó con voz ronca.
Estaba coqueteando con ella y tratando de hacerla reír. Pero a Paula no le pareció gracioso su comentario. Estaba decidida a destruir a aquel hombre. De repente la puerta se abrió.
-Paula yo... Javier se detuvo apenado en la puerta, abrió la boca, sorprendido al verla en brazos de Pedro. -Disculpen -dijo en voz baja y. rápidamente, se marchó.
Le dió pena de Javier, pero pensó que, en el fondo, era mejor que supiera que estaba saliendo con Pedro. Cada día le resultaba más difícil aceptar sus invitaciones y no sabía cómo rechazarle. Pedro examinó su reacción. En su rostro se reflejó pena. luego compasión y, finalmente resignación. Paula pensó que eso era lo mejor que podía haber pasado.
-¿Quieres que le vaya a buscar y le explique? -preguntó.
-¿Qué quieres explicarle?
-Bueno, que nosotros, que yo... ¿Explicarle qué? -se preguntó-. No es más que un buen amigo tuyo, ¿No es así, Pau?
-Sí.
-Yo nunca he buscado tu amistad -le advirtió antes de colocar su boca sobre la de ella.
Paula entreabrió los labios, dispuesta a responder a sus besos y pensando que iba a costarle mucho trabajo hacerlo, pues para ella besar a Pedro Alfonso era una tortura.
-¿Gatita? -Pedro le acarició las pálidas mejillas-. No es por tu tobillo, ¿Verdad?
-No -le dedicó una amplia sonrisa-. ¿A qué hora me llamarás esta noche?
Cuando volvió de comer, el tobillo estaba en perfectas condiciones y Pedro se encontraba de muy buen humor. Iba a su escritorio con cualquier pretexto para bromear con ella. La chica le hizo ver que todo el personal haría comentarios cuando les viesen salir juntos. La respuesta de él fue: -¡Al diablo con lo que piensen todos!
Pedro seguía trabajando cuando Paula se fue, poco antes de las cinco, pero le aseguró que pasaría a buscarla a las ocho de la noche. Para su desgracia, se encontró con Javier en el estacionamiento. El joven le lanzó una mirada de reproche.
-Lo siento, Javier.
No sabía qué decir. Sólo había salido con él dos veces, el resto de las invitaciones las había rechazado; sin embargo, se sentía culpable de que la hubiera visto con Pedro.
-Yo también. Pensé que te gustaba, Paula.
-Me caes bien.
-Pero Alfonso te cae mejor -sonrió con tristeza-. Supongo que un socio principal tiene más que ofrecer que un simple abogado.
Javier estaba muy triste. Ella nunca le había oído hablar así. Le puso una mano en el brazo y sintió cómo se ponía tenso bajo sus dedos.
-En serio Javier, estoy muy triste -dijo con indudable sinceridad-. Yo no quería herirte, sólo quería que fuésemos amigos.
-Tú sabías que yo esperaba algo más.
-Sí -le confirmó-. Por eso decidí no volver a salir contigo.
Parecía disgustado.
-Entonces, ¿Va en serio lo de Alfonso?
-Podría ser -contestó evasivamente.
-Entonces lo único que me queda es desearte buena suerte. Hubiera querido que las cosas hubiesen sido de otra manera -comentó- pero la competencia con Alfonso es muy desigual.
-¡Oh, Javier! -exclamó Paula al ver que él también sonreía.
-Bueno, lo es. Espero que seas felíz con él -se inclinó para besarla ligeramente en los labios-, pero si no funciona...
-No podría hacerte eso. Pero gracias.
Se sintió mejor mientras se dirigía a su casa. Le daba mucha pena de Javier pero si no le hubiera desilusionado, él habría seguido insistiendo y ella sabía que a Pedro no le gustaba compartir nada con nadie, especialmente su mujer. Sus sospechas se confirmaron mucho antes de lo esperado.
Pedro llegó al departamento a las siete y media, estaba muy serio cuando entró en la sala. No se dió cuenta de que ella acababa de bañarse y llevaba la bata puesta. Su cabello estaba seco y se había maquillado. Sólo le faltaba ponerse el vestido.
La Venganza: Capítulo 18
-¿Tampoco eso puedes recordarlo? -arqueó una ceja, haciendo un gesto de extrañeza-. ¡Qué memoria tan frágil tienes, Paula!
-¿Eso cree? -preguntó dulcemente mientras empujaba la puerta de la habitación que le habían asignado a su jefe. Entró en el cuarto, y al ver a Claudio no pudo reprimir un suspiro de asombro. El hombre estaba pálido y muy delgado.
-¡Querida! -exclamó afectuosamente, tendiéndole una mano a Paula.
-¡Pedro! -exclamó Rosa levantándose; su rostro mostraba las huellas de la tensión de los últimos días, sin embargo la cálida sonrisa reflejaba el alivio de saber que ya estaba fuera de peligro. Pedro la besó, y se inclinó para darle la mano a Claudio, Paula nunca le había visto comportarse con tanta amabilidad.
-No estaremos mucho tiempo. Sólo el suficiente para cerciorarnos de que todo está bien. ¡Y decirte que todavía no me tira nada a la cabeza! -exclamó mirando a la chica.
-Lo que no quiere decir que no pueda hacerlo -manifestó ella a Claudio con dulzura.
-Me parece que ustedes dos hacen muy buena pareja.
-Podría tener razón -insinuó Pedro agarrando una silla para que Paula se sentara.Cuando se sentó, Pedro no dejaba de mirarla, pero ella fingió no darse cuenta. Quería que él pensara que sus relaciones estaban mejorando; de ese modo, la decepción sería mucho mayor cuando se negara a salir a cenar con él. Cuando se despidieron de Rosa y Claudio, hora y media después, ella permitió que la echara el brazo sobre los hombros al salir de la habitación. Pero se soltó rápidamente en cuanto se encontraron en el pasillo. Sacó la llave del coche y abrió la puerta, manteniéndola abierta hasta que ella entró.
-¿Cenamos?
-Yo ya he cenado -afirmó ella.
-Pero yo no -expresó cortante.
Paula se encogió de hombros.
-Entonces podrías ir a cualquier lugar después de dejarme en mi casa.
-Preferiría que vinieras conmigo.
-Tengo que lavar ropa.
-¡Vaya! -rió-. Despreciado por un bulto de ropa.
-Si no tuviera que lavar, tendría que planchar, siempre hay algo que hacer en la casa.
-Está bien, Paula. No insistiré más.
Reprimió una sonrisa de satisfacción. Evidentemente estaba disgustado. Sabía que Melisa cancelaría cualquier compromiso con tal de pasar una noche con Pedro.
-¿Nunca come en su casa? -le preguntó con curiosidad-. ¿O no comió anoche con Melisa?
-Claro que sí, a veces como en casa, y sí, anoche cené con Melisa. De todos modos , si te apetece cocinar algo para mí ...
-No -le contestó cortante.
-Lo sabía -manifestó suspirando-. Pero, si algún día te decides a poner a prueba tus dotes culinarias, estaré disponible.
-¿Qué pensaría Melisa de eso? -preguntó bromeando.
-No sabe cocinar.
-¡Qué pena! Pero supongo que tendrá otras cualidades.
-No lo sé -su tono era seco-. Salió del internado un mes antes de que yo dejara los Estados Unidos y no acostumbro a seducir niñas. ¡Por Dios, Paula, tengo treinta y nueve años, Melisa tiene veinte!
-¿Y?
-No me gusta hacer el amor con adolescentes -gruñó antes de detener el coche frente al departamento de ella-. ¡Pero tampoco tengo inconveniente en derretir bancos de hielo! -la tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente.
No luchó contra él, pero tampoco le respondió; se mantuvo pasiva mientras la boca de él se posaba sobre la suya.
-Gatita -murmuró besando su cuello-. No seas fría conmigo, ¡Bésame!
A Paula le molestó que él la llamase de esa forma. También le molestó que el cabello de él acariciara sus mejillas y que sus labios recorrieran su cuello. Cuando Pedro intentó volver a besarla, se le representó la imagen vívida de su padre y de Horacio Alfonso en la portada de un periódico, el rostro del ahogado expresaba triunfo, mientras que el de su padre, abatimiento.
-¡No! -le empujó, mirándole con los ojos llenos de lágrimas.
-¡Gatita!
-Basta -abrió la puerta-. ¡Estoy harta! Me llamo Paula. ¡Y no soy gatita de nadie! Ni necesito que nadie me derrita, ¡Y menos tú!
-Paula, lo siento -la tomó de un brazo-. ¡No he querido molestarte! ¿Por qué estás tan alterada? Estoy seguro de que no es la primera vez que alguien te besa.
Se mordió el labio inferior, pensando que había cometido un error comportándose de esa forma. Debió haber rechazado el beso con frialdad y no reaccionar como una niña a quien besaran por primera pez.
-Sí, claro, no es la primera vez que me besan -intentó sonreír-. Pero no de esta forma.
-Lo siento -le acarició la mejilla con suavidad-. Tenías toda la razón del mundo para pensar lo que pensaste de Melisa, pero te aseguro, si es que te interesa -agregó-. que no es más que la hija de mi ex jefe, no significa nada para mí. Este fin de semana vuelve a los Estados Unidos. ¿Vienes a cenar conmigo mañana, Paula? -le rogó con voz suave.
Paula permaneció unos segundos en silencio y vió un brillo de triunfo en los ojos de él. Pedro pensaba que se había salido con la suya. Le había insinuado que Melisa no era verdadera competencia para ella y estaba seguro de que la había convencido. La chica rió para sus adentros. El pobre estaba muy seguro de sí mismo, pero esa seguridad no iba a durar mucho tiempo.
-No creo que sea posible -dijo, saliendo del coche-: mañana me toca planchar.
Cerró la puerta y entró en el edificio sin prisas, sabía que estaba demasiado enfadado para seguirla. No se equivocó: pronto escuchó el sonido del motor del coche y el ruido que éste hacía al alejarse. Una sonrisa curvó sus labios cuando entró en su departamento.
Los dos días siguientes, Pedro estuvo muy serio con ella. Tanto, que Paula llegó a pensar que había ido demasiado lejos. Apenas la miraba, era como si ella formase parte del mobiliario de la oficina. De nada sirvieron los vestidos llamativos. Inclusive se compró un perfume caro que le aseguraron era excitante, pero causó el efecto contrario en Pedro.
-¿A qué huele aquí? -gruñó al entrar en la oficina el viernes por la mañana-. ¡Por Dios, abre la ventana!
Paula abrió la ventana y después fue al tocador para lavarse. Estaba decepcionada, era como si hubiese estado en un campo de batalla y hubiese perdido la guerra. Tenía que hacer algo para interesarle de nuevo, si las cosas seguían así iba a resultar imposible llevar a cabo su venganza. Pedro seguía decidido a no hablar, y ni siquiera se despidió de ella cuando se fue a cenar.
Paula se quedó pensativa, tratando de imaginarse la forma de atraerle nuevamente. De repente, se abrió la puerta del despacho y entró Melisa.
-Pedro, es decir el señor Alfonso, se ha ido a comer.
La mirada de Melisa se posó en ella con insolencia.
-¡Qué lástima! Pensé que todavía era temprano -miró su reloj de muñeca-. Bueno. le veré en el restaurante.
Paula asintió.
-Adiós señorita, espero que tenga un buen viaje mañana.
-¿Viaje? -los azules ojos se posaron en ella-. ¿Qué viaje? Todavía no pienso marcharme.
-¿Eso cree? -preguntó dulcemente mientras empujaba la puerta de la habitación que le habían asignado a su jefe. Entró en el cuarto, y al ver a Claudio no pudo reprimir un suspiro de asombro. El hombre estaba pálido y muy delgado.
-¡Querida! -exclamó afectuosamente, tendiéndole una mano a Paula.
-¡Pedro! -exclamó Rosa levantándose; su rostro mostraba las huellas de la tensión de los últimos días, sin embargo la cálida sonrisa reflejaba el alivio de saber que ya estaba fuera de peligro. Pedro la besó, y se inclinó para darle la mano a Claudio, Paula nunca le había visto comportarse con tanta amabilidad.
-No estaremos mucho tiempo. Sólo el suficiente para cerciorarnos de que todo está bien. ¡Y decirte que todavía no me tira nada a la cabeza! -exclamó mirando a la chica.
-Lo que no quiere decir que no pueda hacerlo -manifestó ella a Claudio con dulzura.
-Me parece que ustedes dos hacen muy buena pareja.
-Podría tener razón -insinuó Pedro agarrando una silla para que Paula se sentara.Cuando se sentó, Pedro no dejaba de mirarla, pero ella fingió no darse cuenta. Quería que él pensara que sus relaciones estaban mejorando; de ese modo, la decepción sería mucho mayor cuando se negara a salir a cenar con él. Cuando se despidieron de Rosa y Claudio, hora y media después, ella permitió que la echara el brazo sobre los hombros al salir de la habitación. Pero se soltó rápidamente en cuanto se encontraron en el pasillo. Sacó la llave del coche y abrió la puerta, manteniéndola abierta hasta que ella entró.
-¿Cenamos?
-Yo ya he cenado -afirmó ella.
-Pero yo no -expresó cortante.
Paula se encogió de hombros.
-Entonces podrías ir a cualquier lugar después de dejarme en mi casa.
-Preferiría que vinieras conmigo.
-Tengo que lavar ropa.
-¡Vaya! -rió-. Despreciado por un bulto de ropa.
-Si no tuviera que lavar, tendría que planchar, siempre hay algo que hacer en la casa.
-Está bien, Paula. No insistiré más.
Reprimió una sonrisa de satisfacción. Evidentemente estaba disgustado. Sabía que Melisa cancelaría cualquier compromiso con tal de pasar una noche con Pedro.
-¿Nunca come en su casa? -le preguntó con curiosidad-. ¿O no comió anoche con Melisa?
-Claro que sí, a veces como en casa, y sí, anoche cené con Melisa. De todos modos , si te apetece cocinar algo para mí ...
-No -le contestó cortante.
-Lo sabía -manifestó suspirando-. Pero, si algún día te decides a poner a prueba tus dotes culinarias, estaré disponible.
-¿Qué pensaría Melisa de eso? -preguntó bromeando.
-No sabe cocinar.
-¡Qué pena! Pero supongo que tendrá otras cualidades.
-No lo sé -su tono era seco-. Salió del internado un mes antes de que yo dejara los Estados Unidos y no acostumbro a seducir niñas. ¡Por Dios, Paula, tengo treinta y nueve años, Melisa tiene veinte!
-¿Y?
-No me gusta hacer el amor con adolescentes -gruñó antes de detener el coche frente al departamento de ella-. ¡Pero tampoco tengo inconveniente en derretir bancos de hielo! -la tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente.
No luchó contra él, pero tampoco le respondió; se mantuvo pasiva mientras la boca de él se posaba sobre la suya.
-Gatita -murmuró besando su cuello-. No seas fría conmigo, ¡Bésame!
A Paula le molestó que él la llamase de esa forma. También le molestó que el cabello de él acariciara sus mejillas y que sus labios recorrieran su cuello. Cuando Pedro intentó volver a besarla, se le representó la imagen vívida de su padre y de Horacio Alfonso en la portada de un periódico, el rostro del ahogado expresaba triunfo, mientras que el de su padre, abatimiento.
-¡No! -le empujó, mirándole con los ojos llenos de lágrimas.
-¡Gatita!
-Basta -abrió la puerta-. ¡Estoy harta! Me llamo Paula. ¡Y no soy gatita de nadie! Ni necesito que nadie me derrita, ¡Y menos tú!
-Paula, lo siento -la tomó de un brazo-. ¡No he querido molestarte! ¿Por qué estás tan alterada? Estoy seguro de que no es la primera vez que alguien te besa.
Se mordió el labio inferior, pensando que había cometido un error comportándose de esa forma. Debió haber rechazado el beso con frialdad y no reaccionar como una niña a quien besaran por primera pez.
-Sí, claro, no es la primera vez que me besan -intentó sonreír-. Pero no de esta forma.
-Lo siento -le acarició la mejilla con suavidad-. Tenías toda la razón del mundo para pensar lo que pensaste de Melisa, pero te aseguro, si es que te interesa -agregó-. que no es más que la hija de mi ex jefe, no significa nada para mí. Este fin de semana vuelve a los Estados Unidos. ¿Vienes a cenar conmigo mañana, Paula? -le rogó con voz suave.
Paula permaneció unos segundos en silencio y vió un brillo de triunfo en los ojos de él. Pedro pensaba que se había salido con la suya. Le había insinuado que Melisa no era verdadera competencia para ella y estaba seguro de que la había convencido. La chica rió para sus adentros. El pobre estaba muy seguro de sí mismo, pero esa seguridad no iba a durar mucho tiempo.
-No creo que sea posible -dijo, saliendo del coche-: mañana me toca planchar.
Cerró la puerta y entró en el edificio sin prisas, sabía que estaba demasiado enfadado para seguirla. No se equivocó: pronto escuchó el sonido del motor del coche y el ruido que éste hacía al alejarse. Una sonrisa curvó sus labios cuando entró en su departamento.
Los dos días siguientes, Pedro estuvo muy serio con ella. Tanto, que Paula llegó a pensar que había ido demasiado lejos. Apenas la miraba, era como si ella formase parte del mobiliario de la oficina. De nada sirvieron los vestidos llamativos. Inclusive se compró un perfume caro que le aseguraron era excitante, pero causó el efecto contrario en Pedro.
-¿A qué huele aquí? -gruñó al entrar en la oficina el viernes por la mañana-. ¡Por Dios, abre la ventana!
Paula abrió la ventana y después fue al tocador para lavarse. Estaba decepcionada, era como si hubiese estado en un campo de batalla y hubiese perdido la guerra. Tenía que hacer algo para interesarle de nuevo, si las cosas seguían así iba a resultar imposible llevar a cabo su venganza. Pedro seguía decidido a no hablar, y ni siquiera se despidió de ella cuando se fue a cenar.
Paula se quedó pensativa, tratando de imaginarse la forma de atraerle nuevamente. De repente, se abrió la puerta del despacho y entró Melisa.
-Pedro, es decir el señor Alfonso, se ha ido a comer.
La mirada de Melisa se posó en ella con insolencia.
-¡Qué lástima! Pensé que todavía era temprano -miró su reloj de muñeca-. Bueno. le veré en el restaurante.
Paula asintió.
-Adiós señorita, espero que tenga un buen viaje mañana.
-¿Viaje? -los azules ojos se posaron en ella-. ¿Qué viaje? Todavía no pienso marcharme.
La Venganza: Capítulo 17
El miércoles, Paula se vistió con especial cuidado, quería estar excitante, le interesaba que Pedro se sintiese cada vez más atraído por ella. Se puso un vestido color crema, tipo dimono japonés. Era una prenda que reservaba para ocasiones muy especiales. y esa tarde era una de esas ocasiones, iba a salir con el hijo de Horacio Alfonso. Se peinó y se maquilló con mucho esmero. Después, se puso unos zapatos de tacón alto, estaba elegante y muy provocativa. Su amiga Laura, quien por casualidad se encontraba esa noche en casa, se quedó asombrada cuando la vió.
-¡Dios mío! exclamó al verla salir de la habitación.
Paula se inclinó para colocarse una pulsera en la muñeca, su única joya.
-¿Estoy muy exagerada? -preguntó con una sonrisa.
Laura la examinó durante unos momentos.
-No, no lo creo -dijo despacio-. Si nada más fueras a visitar al señor Hammond, quizá, pero como vas a salir después, no.
Paula quería ir arreglada, pero sin que se notara demasiado.
-Quizá deba cambiarme...
-¡No hagas tal cosa! -exclamó Laura con firmeza.
-Pero si el vestido ya es viejo...
-No creo que Pedro Alfonso se dé cuenta de eso. De todos modos, si no le gusta el vestido, ya se encargará de quitártelo -sonrió-. No, en serio, estás muy guapa. Aunque para ir a ver al señor Hammond con un vestido de algodón hubiera sido suficiente.
-Tú no sabes que voy a ver al señor Hammond -le recordó Paula, ya que le había confiado lo de la operación de Claudio-. Se supone que está de vacaciones, ¿Recuerdas?
-Casi todo el mundo sabe que está en el hospital -indicó Laura-. Esas cosas no se pueden mantener en secreto. Y creo que hiciste bien. Al señor Hammond le vendrá bien alegrarse el ojo.
-¡Siempre y cuando no vaya a subirle la temperatura!
-Eso es -sonrió Laura.
Pedro pareció aprobar su apariencia cuando llegó.
-¿Vas a venir a cenar? -preguntó mirándola con admiración-. Si no vienes, me da igual. Soy capaz de comerte aquí mismo.
-Entre, voy a presentarle a mi compañera -habló en voz alta, abriendo un poco más la puerta.
-¡Perdón! -exclamó él al entrar en el departamento.
Pedro no se había arreglado con tanto esmero como ella. Llevaba unos pantalones vaqueros y una chaqueta deportiva de color marrón. Laura, al verle, tembló de pies a cabeza, mirándole con admiración.
-La otra madrina -sonrió Pedro estrechándole la mano cariñosamente-. ¡Y la secretaria de Kevin Mitchell!
-¡Así es! -Laura buscó a Lori con la mirada. -No sabía que compartían un departamento.
-Ya llevamos varios años -le informó Laura; era evidente que disfrutaba hablando con él.
Paula, al ver que su amiga estaba encantada con Pedro, hizo un gesto de desprecio. Volvió a sonreír cuando Pedro le miró para decirle que podían marcharse cuando ella dijera. No se sorprendió al ver el coche de Pedro, un Jaguar plateado, modelo deportivo.
-Tu amiga es muy simpática -comentó él en el camino.
-Sí. -¿Todavía sale con el hombre que estuvo con ella en la boda?
-Sí. -No sé... -se quedó pensativo-. No me gusta, me da la impresión de que no le hace mucho caso.
Paula se quedó pensativa; Pedro era muy observador, más de lo que ella había imaginado. Tendría que ser muy cuidadosa esa noche, si no que ría que él se diera cuenta de cuáles eran sus planes.
-No tengo idea -no iba a comentar la vida íntima de Laura con él. Después de todo, era su nuevo jefe.
-Sí la tienes -le contestó-, pero piensas que a mí eso no me importa. Me cae bien y no me gustaría verla sufrir.
-Es una mujer adulta -dijo Paula-. Y las mujeres deben cometer sus propios errores.
-¿Como tú?
Se quedó sin aliento.
-¿Cómo dice?
-Bueno, como pareces tener muchos amigos y te relacionas bien con gente mayor, como Rosa y Claudio, supongo que es de los hombres de quienes desconfías, sobre todo de los relativamente jóvenes. ¿No es así Paula? ¿Has tenido algún desengaño amoroso?
-Se olvida de Javier -dijo sorprendida de nuevo por su capacidad de observación.
-Tú dijiste que no era nada tuyo.
Los ojos de él brillaron.
-Es un amigo del sexo opuesto.
-No es lo mismo -insistió Pedro-. ¿Alguna vez te han dado un beso apasionado, unos de esos besos que uno desea que no acaben nunca?
-No se meta en lo que no le interesa.
-¿Has tenido novio?
-¡Claro que sí!
-¿Cuándo?
Paula se quedó sin aliento, sabía que la tenía atrapada. No permitiría que la pusiera nerviosa aunque no había conocido a ningún hombre tan perspicaz como él. La quería, se lo había dicho, y deseaba saber si había habido otros hombres en su vida. No tenía ninguna delicadeza. Pensó que en el remoto caso de que ella llegara a interesarse por él, no se atrevería a hacerle preguntas tan personales.
-Estuve comprometida una vez -dijo con frialdad.
-Y por qué no te casaste con él?
-Porque me arrepentí -mintió-. Ésa es la ventaja que tenemos las mujeres, ¿No cree?
Pedro dirigió el coche hacia las puertas del hospital y redujo la velocidad al llegar al hermoso jardín que rodeaba el pabellón donde se encontraba Claudio.
-Yo no te hubiera dejado cambiar de opinión -dijo mientras aparcaba el coche y apagaba el motor-. ¿Cuánto tiempo hace?
La miró a los ojos, tenía el brazo extendido por detrás del asiento de ella.
-¿Cuánto hace Paula?
La chica se encogió de hombros y se inclinó hacia adelante para tomar el bolso, que había colocado en el suelo del coche. No quería responderle, pero tampoco le convenía que se enfadara con ella.
-Hace un par de años.
Abrió la puerta del coche y la falda se le levantó al salir; por un momento, sus muslos quedaron a la vista de él: ella no se dió cuenta de ese detalle y le preguntó con toda tranquilidad.
-¿No cree que debemos entrar ya? Hay un horario de visitas.
Pedro salió del coche para reunirse con ella.
-Por ahora, sí. Aunque Rosa ha estado con él la mayor parte del tiempo.
La tomó del brazo para conducirla hacia la habitación de Claudio. Sus pisadas resonaban con fuerza en el pasillo.
-¿Cuántos años has dicho, Paula? -insistió.
No pudo reprimir la sorpresa. Pensó que el asunto de su compromiso estaba olvidado, debió haber imaginado que Pedro no iba a aceptar su evasiva como respuesta.
-Cuatro o cinco -contestó-. Realmente no puedo recordarlo muy bien.
La miró burlonamente.
-¿En serio?
-No.
-Entonces no le amabas.
La chica estaba aparentemente muy tranquila, su fría expresión no revelaba su verdadero estado de ánimo.
-Supongo que en aquel momento, sí.
-¡Dios mío! exclamó al verla salir de la habitación.
Paula se inclinó para colocarse una pulsera en la muñeca, su única joya.
-¿Estoy muy exagerada? -preguntó con una sonrisa.
Laura la examinó durante unos momentos.
-No, no lo creo -dijo despacio-. Si nada más fueras a visitar al señor Hammond, quizá, pero como vas a salir después, no.
Paula quería ir arreglada, pero sin que se notara demasiado.
-Quizá deba cambiarme...
-¡No hagas tal cosa! -exclamó Laura con firmeza.
-Pero si el vestido ya es viejo...
-No creo que Pedro Alfonso se dé cuenta de eso. De todos modos, si no le gusta el vestido, ya se encargará de quitártelo -sonrió-. No, en serio, estás muy guapa. Aunque para ir a ver al señor Hammond con un vestido de algodón hubiera sido suficiente.
-Tú no sabes que voy a ver al señor Hammond -le recordó Paula, ya que le había confiado lo de la operación de Claudio-. Se supone que está de vacaciones, ¿Recuerdas?
-Casi todo el mundo sabe que está en el hospital -indicó Laura-. Esas cosas no se pueden mantener en secreto. Y creo que hiciste bien. Al señor Hammond le vendrá bien alegrarse el ojo.
-¡Siempre y cuando no vaya a subirle la temperatura!
-Eso es -sonrió Laura.
Pedro pareció aprobar su apariencia cuando llegó.
-¿Vas a venir a cenar? -preguntó mirándola con admiración-. Si no vienes, me da igual. Soy capaz de comerte aquí mismo.
-Entre, voy a presentarle a mi compañera -habló en voz alta, abriendo un poco más la puerta.
-¡Perdón! -exclamó él al entrar en el departamento.
Pedro no se había arreglado con tanto esmero como ella. Llevaba unos pantalones vaqueros y una chaqueta deportiva de color marrón. Laura, al verle, tembló de pies a cabeza, mirándole con admiración.
-La otra madrina -sonrió Pedro estrechándole la mano cariñosamente-. ¡Y la secretaria de Kevin Mitchell!
-¡Así es! -Laura buscó a Lori con la mirada. -No sabía que compartían un departamento.
-Ya llevamos varios años -le informó Laura; era evidente que disfrutaba hablando con él.
Paula, al ver que su amiga estaba encantada con Pedro, hizo un gesto de desprecio. Volvió a sonreír cuando Pedro le miró para decirle que podían marcharse cuando ella dijera. No se sorprendió al ver el coche de Pedro, un Jaguar plateado, modelo deportivo.
-Tu amiga es muy simpática -comentó él en el camino.
-Sí. -¿Todavía sale con el hombre que estuvo con ella en la boda?
-Sí. -No sé... -se quedó pensativo-. No me gusta, me da la impresión de que no le hace mucho caso.
Paula se quedó pensativa; Pedro era muy observador, más de lo que ella había imaginado. Tendría que ser muy cuidadosa esa noche, si no que ría que él se diera cuenta de cuáles eran sus planes.
-No tengo idea -no iba a comentar la vida íntima de Laura con él. Después de todo, era su nuevo jefe.
-Sí la tienes -le contestó-, pero piensas que a mí eso no me importa. Me cae bien y no me gustaría verla sufrir.
-Es una mujer adulta -dijo Paula-. Y las mujeres deben cometer sus propios errores.
-¿Como tú?
Se quedó sin aliento.
-¿Cómo dice?
-Bueno, como pareces tener muchos amigos y te relacionas bien con gente mayor, como Rosa y Claudio, supongo que es de los hombres de quienes desconfías, sobre todo de los relativamente jóvenes. ¿No es así Paula? ¿Has tenido algún desengaño amoroso?
-Se olvida de Javier -dijo sorprendida de nuevo por su capacidad de observación.
-Tú dijiste que no era nada tuyo.
Los ojos de él brillaron.
-Es un amigo del sexo opuesto.
-No es lo mismo -insistió Pedro-. ¿Alguna vez te han dado un beso apasionado, unos de esos besos que uno desea que no acaben nunca?
-No se meta en lo que no le interesa.
-¿Has tenido novio?
-¡Claro que sí!
-¿Cuándo?
Paula se quedó sin aliento, sabía que la tenía atrapada. No permitiría que la pusiera nerviosa aunque no había conocido a ningún hombre tan perspicaz como él. La quería, se lo había dicho, y deseaba saber si había habido otros hombres en su vida. No tenía ninguna delicadeza. Pensó que en el remoto caso de que ella llegara a interesarse por él, no se atrevería a hacerle preguntas tan personales.
-Estuve comprometida una vez -dijo con frialdad.
-Y por qué no te casaste con él?
-Porque me arrepentí -mintió-. Ésa es la ventaja que tenemos las mujeres, ¿No cree?
Pedro dirigió el coche hacia las puertas del hospital y redujo la velocidad al llegar al hermoso jardín que rodeaba el pabellón donde se encontraba Claudio.
-Yo no te hubiera dejado cambiar de opinión -dijo mientras aparcaba el coche y apagaba el motor-. ¿Cuánto tiempo hace?
La miró a los ojos, tenía el brazo extendido por detrás del asiento de ella.
-¿Cuánto hace Paula?
La chica se encogió de hombros y se inclinó hacia adelante para tomar el bolso, que había colocado en el suelo del coche. No quería responderle, pero tampoco le convenía que se enfadara con ella.
-Hace un par de años.
Abrió la puerta del coche y la falda se le levantó al salir; por un momento, sus muslos quedaron a la vista de él: ella no se dió cuenta de ese detalle y le preguntó con toda tranquilidad.
-¿No cree que debemos entrar ya? Hay un horario de visitas.
Pedro salió del coche para reunirse con ella.
-Por ahora, sí. Aunque Rosa ha estado con él la mayor parte del tiempo.
La tomó del brazo para conducirla hacia la habitación de Claudio. Sus pisadas resonaban con fuerza en el pasillo.
-¿Cuántos años has dicho, Paula? -insistió.
No pudo reprimir la sorpresa. Pensó que el asunto de su compromiso estaba olvidado, debió haber imaginado que Pedro no iba a aceptar su evasiva como respuesta.
-Cuatro o cinco -contestó-. Realmente no puedo recordarlo muy bien.
La miró burlonamente.
-¿En serio?
-No.
-Entonces no le amabas.
La chica estaba aparentemente muy tranquila, su fría expresión no revelaba su verdadero estado de ánimo.
-Supongo que en aquel momento, sí.
martes, 4 de octubre de 2016
La Venganza: Capítulo 16
Al día siguiente, cuando Paula llegó a la oficina, él no estaba. Como tenía mucho que hacer, se puso a trabajar. Poco después de las doce entró Pedro. Parecía cansado, lo revelaban las profundas arrugas que surcaban su rostro. Llevaba puesto un elegante traje negro que le sentaba a la perfección y resaltaba su corpulenta figura.
-Café -fue lo primero que le dijo cuando pasó junto a ella, rumbo a su oficina.
Paula se quedó intrigada. Ni siquiera se había fijado en ella, ni mucho menos en su precioso vestido verde, se lo había puesto para deslumbrarle y él ni se daba cuenta. No podía ser posible tanta indiferencia. él tenía que estar rendido a sus pies cuando ella accediera a concederle la primera cita... Unos minutos después le llevó el café. Al mirarle esbozó una amplia sonrisa.
-Pareces muy contenta -le dijo él. bromeando. La sonrisa permaneció fija en los labios de la chica.
-¿Hay alguna razón para estar triste?
-¿Has llamado al hospital? -preguntó tenso.
-¿Al hospital? Yo... Claudio. Recordó que la operación iba a hacerse ese mismo día. ¿Le habría pasado algo a su antiguo jefe.
-Pues... no ha llamado nadie. Sólo los recados que he dejado sobre su escritorio, varios eran de Melisa.
-Puedes irte a comer -contestó Pedro con frialdad-. Yo me las arreglaré solo.
Paula abandonó la oficina con la certeza de que su aprecio por ella había disminuido. Sabía que la operación de Claudio era esa misma mañana, pero la felicidad de saber que su venganza estaba a punto de realizarse le había hecho olvidar todo lo demás. Se enfadó consigo misma. No debía permitir que su batalla privada con Pedro y su padre empañara sus relaciones con otras personas. Claudio y Rosa siempre habían sido muy buenos con ella.
Cuando regresó a su escritorio, llamó al hospital, donde le dijeron que Hammond seguía en la sala de operaciones. Fue la hermana de Rosa quien se puso al teléfono y le aseguró que llamaría cuando hubiese noticias. Paula se sintió mejor después de haber llamado, era como volver a la normalidad. No podía permitir que la venganza la agobiara. La fotografía de David y su novia la había deprimido, pero debía olvidarse de todo. Tenía un propósito, una venganza que intentaba llevar a cabo hasta sus últimas y amargas consecuencias. Comió con Laura , como de costumbre; de hecho era la única hora en la que veía a su amiga. Ya casi nunca estaba en el apartamento y eso le preocupaba. No porque Laura necesitara sus cuidados; parecía encantada y charlaron animadamente, mientras se comían sus bocadillos en el comedor del personal.
-¿Qué se siente al trabajar para Superman? -preguntó Laura.
-Es muy eficiente.
-También muy guapo -Laura sonrió-. ¿Todavía no te ha invitado a salir?
-¡No!
-No te pongas así -rió Laura-. Ví que te devoraba con los ojos durante la boda, habría sido muy tonta si no me hubiese dado cuenta de que le gustas. Estaba segura de que ya te habría llevado a alguna parte.
-Bueno... sí, lo intentó -reconoció Paula después de dar un sorbo al té.
-¡Y le dijiste que no! -exclamó la amiga, incrédula-. ¿Cómo es posible que hayas rechazado tal oferta?
Paula torció la boca al recordar los métodos persuasivos de Pedro. Sin duda, su encanto y sus besos, habían vencido a las mujeres más fuertes, sin embargo con ella sería distinto.
-No fue difícil -contestó sinceramente.
-¡Estás loca! -exclamó Laura.
Paula arqueó un ceja.
-¿Me estás diciendo que, si te hubiera invitado a tí, habrías aceptado?
-Bueno no, yo no aceptaría. Es diferente. Tengo a Lucas, pero tú no sales con ningún muchacho en serio -parecía apenada.
-Bueno, ¿Hasta qué punto es serio Lucas? -preguntó Paula tranquilamente.
Laura se ruborizó.
-Me pidió que me fuera a vivir con él -anunció con cierta desgana.
Paula no hizo ningún gesto. Había aprendido a ocultar sus sentimientos cuando su padre estaba procesado y la prensa, ansiosa de noticias, buscaba cualquier cambio de expresión en su rostro. Los periodistas la llamaban la muchacha de hielo y ella, exceptuando el tiempo que estuvo enamorada de David, siempre hizo honor a ese calificativo.
-¿Sí?
-¿Crees que debo aceptar? -le preguntó la amiga mordiéndose el labio, parecía infantil y muy vulnerable en ese momento.
Paula se encogió de hombros.
-Es una decisión que sólo tú debes tomar. ¿Quiere casarse contigo?
-Dice que más adelante -de nuevo, Laura volvió a sonrojarse.
-No está seguro.
-Piensa que debemos vivir juntos primero durante un tiempo -comentó avergonzada-. Como un ensayo de matrimonio.
-Ya veo. ¿Y qué te parece eso?
-Lo estoy meditando -respondió-. Es una decisión muy importante.
Paula deseaba decirle a Laura lo que realmente pensaba: que cometería una tontería si accedía a las pretensiones de Lucas. Era obvio que él no tenía la más mínima intención de comprometerse. Pero si se lo decía. y él rompía con ella por esa razón, su amiga la culparía. Sólo Laura debía decidir.
-Estás muy pensativa -le dijo Pedro cuando entró en la oficina.
Paula se sentó sin prisas. Vió que Pedro, por fin, le prestaba atención.
-¿A cuál prefieres? -preguntó la chica-. ¿A la alegre o a la pensativa?
-La verdad es que a ninguna de las dos -dijo en tono burlón, sentándose en el borde de la mesa.
-¿No? -preguntó mirándole de frente.
-No -sonrió él, la frialdad había desaparecido-. Prefiero verte entre mis brazos.
Quería ponerla nerviosa y lo logró. No podía controlar el color de sus mejillas y la mirada que le dirigió fue bastante severa. Pedro no se movió, sus ojos se oscurecieron al posarse descaradamente en el escote de ella.
-Me temo que eso no va a ser posible -contestó con voz suave.
-¿Tienes miedo, Paula? -preguntó-. Eso ya es un paso adelante.
-¡No me digas! -procuró sostener la mirada de los acerados ojos. Él rió.
-De nuevo te cierras en banda -comentó burlándose.
Lo sabía, también sabía que si él pudiese leer sus pensamientos, caería fulminado. No podía soportar que la mirara; era casi como si la tocara.
-¿En qué piensas? -le preguntó él levantándose.
Paula respiró aliviada cuando él se apartó, recuperada la tranquilidad.
-En nada, señor Alfonso-la voz era fría-. ¿En qué podría estar pensando?
El abogado sonrió, con una mezcla de desprecio y altanería. Por lo general, trataba a las mujeres de forma mucho más sutil, pero siempre era él el cazador y la mujer la presa. Ese hombre siempre sería quien llevase la iniciativa, y no parecía posible que ninguna mujer invirtiera los términos.
-No sé... -movió la cabeza-. Desde aquella primera semana no he podido volver a leer ni uno solo de tus pensamientos.
Ella trató de esbozar una sonrisa maliciosa, aunque más bien resultó triunfal.
-A lo mejor tengo algo que ocultar -la voz parecía alegre.
-A lo mejor -musitó él-. Bueno. me voy a comer. Ah, Paula-se detuvo frente a la puerta, con la mano en el picaporte.
-¿Sí? -preguntó tensa.
-Llamaron del hospital.
Se alarmó. Tenían que ser buenas noticias, Pedro no era capaz de bromear estando Claudio en peligro. Su cambio de humor daba a entender que su jefe estaba bien. Era obvio que quería al viejo, y se preocupaba por él.
-¿Está bien? -preguntó tranquila.
-Sí -rió Pedro-. Necesitará un tratamiento intensivo durante bastante tiempo, pero esperan que no hayan complicaciones.
-¡Gracias a Dios! -exclamó aliviada.
-Sí -dijo Pedro sombrío-. Iré a verle mañana por la noche, cuando ya se le haya pasado un poco el efecto de la anestesia, supongo que no te importaría venir conmigo.
Esperaba una negativa, y se tomó su tiempo para decidir. Deseaba visitar a Claudio, quería verle; pero si aceptaba esa invitación le estaría dando esperanzas, haciéndole pensar que podría aceptar otras. ¡Qué pensara lo que quisiera!
-Sí, iré.
Pese a su habitual aplomo, Pedro se quedó sorprendido por la rápida aceptación de la muchacha.
-¿Has dicho que sí? -preguntó, incrédulo.
Ella rió al ver el asombrado rostro de él.
-Sí.
-¿Iremos a cenar después? Trataba de forzar la situación.
-No creo.
Pedro suspiró.
-¡Supongo que un sí ya es algo! Está bien, Paula. iremos a ver a Claudio, juntos, mañana por la noche. Juntos... me gusta el sonido de esa palabra cuando está aplicada a tí y a mí. Sonrió pícaramente. Con un poco de suerte, puede que salgan bien las cosas. Creo que tú y yo vamos a pasar muchos momentos juntos.
Una luz de esperanza brillaba en sus ojos cuando abandonó la habitación. Juntos. Sí, estarían juntos y cada momento sería una tortura para Pedro Alfonso.
-Café -fue lo primero que le dijo cuando pasó junto a ella, rumbo a su oficina.
Paula se quedó intrigada. Ni siquiera se había fijado en ella, ni mucho menos en su precioso vestido verde, se lo había puesto para deslumbrarle y él ni se daba cuenta. No podía ser posible tanta indiferencia. él tenía que estar rendido a sus pies cuando ella accediera a concederle la primera cita... Unos minutos después le llevó el café. Al mirarle esbozó una amplia sonrisa.
-Pareces muy contenta -le dijo él. bromeando. La sonrisa permaneció fija en los labios de la chica.
-¿Hay alguna razón para estar triste?
-¿Has llamado al hospital? -preguntó tenso.
-¿Al hospital? Yo... Claudio. Recordó que la operación iba a hacerse ese mismo día. ¿Le habría pasado algo a su antiguo jefe.
-Pues... no ha llamado nadie. Sólo los recados que he dejado sobre su escritorio, varios eran de Melisa.
-Puedes irte a comer -contestó Pedro con frialdad-. Yo me las arreglaré solo.
Paula abandonó la oficina con la certeza de que su aprecio por ella había disminuido. Sabía que la operación de Claudio era esa misma mañana, pero la felicidad de saber que su venganza estaba a punto de realizarse le había hecho olvidar todo lo demás. Se enfadó consigo misma. No debía permitir que su batalla privada con Pedro y su padre empañara sus relaciones con otras personas. Claudio y Rosa siempre habían sido muy buenos con ella.
Cuando regresó a su escritorio, llamó al hospital, donde le dijeron que Hammond seguía en la sala de operaciones. Fue la hermana de Rosa quien se puso al teléfono y le aseguró que llamaría cuando hubiese noticias. Paula se sintió mejor después de haber llamado, era como volver a la normalidad. No podía permitir que la venganza la agobiara. La fotografía de David y su novia la había deprimido, pero debía olvidarse de todo. Tenía un propósito, una venganza que intentaba llevar a cabo hasta sus últimas y amargas consecuencias. Comió con Laura , como de costumbre; de hecho era la única hora en la que veía a su amiga. Ya casi nunca estaba en el apartamento y eso le preocupaba. No porque Laura necesitara sus cuidados; parecía encantada y charlaron animadamente, mientras se comían sus bocadillos en el comedor del personal.
-¿Qué se siente al trabajar para Superman? -preguntó Laura.
-Es muy eficiente.
-También muy guapo -Laura sonrió-. ¿Todavía no te ha invitado a salir?
-¡No!
-No te pongas así -rió Laura-. Ví que te devoraba con los ojos durante la boda, habría sido muy tonta si no me hubiese dado cuenta de que le gustas. Estaba segura de que ya te habría llevado a alguna parte.
-Bueno... sí, lo intentó -reconoció Paula después de dar un sorbo al té.
-¡Y le dijiste que no! -exclamó la amiga, incrédula-. ¿Cómo es posible que hayas rechazado tal oferta?
Paula torció la boca al recordar los métodos persuasivos de Pedro. Sin duda, su encanto y sus besos, habían vencido a las mujeres más fuertes, sin embargo con ella sería distinto.
-No fue difícil -contestó sinceramente.
-¡Estás loca! -exclamó Laura.
Paula arqueó un ceja.
-¿Me estás diciendo que, si te hubiera invitado a tí, habrías aceptado?
-Bueno no, yo no aceptaría. Es diferente. Tengo a Lucas, pero tú no sales con ningún muchacho en serio -parecía apenada.
-Bueno, ¿Hasta qué punto es serio Lucas? -preguntó Paula tranquilamente.
Laura se ruborizó.
-Me pidió que me fuera a vivir con él -anunció con cierta desgana.
Paula no hizo ningún gesto. Había aprendido a ocultar sus sentimientos cuando su padre estaba procesado y la prensa, ansiosa de noticias, buscaba cualquier cambio de expresión en su rostro. Los periodistas la llamaban la muchacha de hielo y ella, exceptuando el tiempo que estuvo enamorada de David, siempre hizo honor a ese calificativo.
-¿Sí?
-¿Crees que debo aceptar? -le preguntó la amiga mordiéndose el labio, parecía infantil y muy vulnerable en ese momento.
Paula se encogió de hombros.
-Es una decisión que sólo tú debes tomar. ¿Quiere casarse contigo?
-Dice que más adelante -de nuevo, Laura volvió a sonrojarse.
-No está seguro.
-Piensa que debemos vivir juntos primero durante un tiempo -comentó avergonzada-. Como un ensayo de matrimonio.
-Ya veo. ¿Y qué te parece eso?
-Lo estoy meditando -respondió-. Es una decisión muy importante.
Paula deseaba decirle a Laura lo que realmente pensaba: que cometería una tontería si accedía a las pretensiones de Lucas. Era obvio que él no tenía la más mínima intención de comprometerse. Pero si se lo decía. y él rompía con ella por esa razón, su amiga la culparía. Sólo Laura debía decidir.
-Estás muy pensativa -le dijo Pedro cuando entró en la oficina.
Paula se sentó sin prisas. Vió que Pedro, por fin, le prestaba atención.
-¿A cuál prefieres? -preguntó la chica-. ¿A la alegre o a la pensativa?
-La verdad es que a ninguna de las dos -dijo en tono burlón, sentándose en el borde de la mesa.
-¿No? -preguntó mirándole de frente.
-No -sonrió él, la frialdad había desaparecido-. Prefiero verte entre mis brazos.
Quería ponerla nerviosa y lo logró. No podía controlar el color de sus mejillas y la mirada que le dirigió fue bastante severa. Pedro no se movió, sus ojos se oscurecieron al posarse descaradamente en el escote de ella.
-Me temo que eso no va a ser posible -contestó con voz suave.
-¿Tienes miedo, Paula? -preguntó-. Eso ya es un paso adelante.
-¡No me digas! -procuró sostener la mirada de los acerados ojos. Él rió.
-De nuevo te cierras en banda -comentó burlándose.
Lo sabía, también sabía que si él pudiese leer sus pensamientos, caería fulminado. No podía soportar que la mirara; era casi como si la tocara.
-¿En qué piensas? -le preguntó él levantándose.
Paula respiró aliviada cuando él se apartó, recuperada la tranquilidad.
-En nada, señor Alfonso-la voz era fría-. ¿En qué podría estar pensando?
El abogado sonrió, con una mezcla de desprecio y altanería. Por lo general, trataba a las mujeres de forma mucho más sutil, pero siempre era él el cazador y la mujer la presa. Ese hombre siempre sería quien llevase la iniciativa, y no parecía posible que ninguna mujer invirtiera los términos.
-No sé... -movió la cabeza-. Desde aquella primera semana no he podido volver a leer ni uno solo de tus pensamientos.
Ella trató de esbozar una sonrisa maliciosa, aunque más bien resultó triunfal.
-A lo mejor tengo algo que ocultar -la voz parecía alegre.
-A lo mejor -musitó él-. Bueno. me voy a comer. Ah, Paula-se detuvo frente a la puerta, con la mano en el picaporte.
-¿Sí? -preguntó tensa.
-Llamaron del hospital.
Se alarmó. Tenían que ser buenas noticias, Pedro no era capaz de bromear estando Claudio en peligro. Su cambio de humor daba a entender que su jefe estaba bien. Era obvio que quería al viejo, y se preocupaba por él.
-¿Está bien? -preguntó tranquila.
-Sí -rió Pedro-. Necesitará un tratamiento intensivo durante bastante tiempo, pero esperan que no hayan complicaciones.
-¡Gracias a Dios! -exclamó aliviada.
-Sí -dijo Pedro sombrío-. Iré a verle mañana por la noche, cuando ya se le haya pasado un poco el efecto de la anestesia, supongo que no te importaría venir conmigo.
Esperaba una negativa, y se tomó su tiempo para decidir. Deseaba visitar a Claudio, quería verle; pero si aceptaba esa invitación le estaría dando esperanzas, haciéndole pensar que podría aceptar otras. ¡Qué pensara lo que quisiera!
-Sí, iré.
Pese a su habitual aplomo, Pedro se quedó sorprendido por la rápida aceptación de la muchacha.
-¿Has dicho que sí? -preguntó, incrédulo.
Ella rió al ver el asombrado rostro de él.
-Sí.
-¿Iremos a cenar después? Trataba de forzar la situación.
-No creo.
Pedro suspiró.
-¡Supongo que un sí ya es algo! Está bien, Paula. iremos a ver a Claudio, juntos, mañana por la noche. Juntos... me gusta el sonido de esa palabra cuando está aplicada a tí y a mí. Sonrió pícaramente. Con un poco de suerte, puede que salgan bien las cosas. Creo que tú y yo vamos a pasar muchos momentos juntos.
Una luz de esperanza brillaba en sus ojos cuando abandonó la habitación. Juntos. Sí, estarían juntos y cada momento sería una tortura para Pedro Alfonso.
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