Paula se agitó en su asiento mientras la muchacha le besaba apasionadamente en la boca: Melisa olvidó los celos cuando él dijo que la llevaría a cenar al día siguiente. Pobre chica. Muchachas como aquélla no lograban mantener interesado a un hombre como Pedro durante mucho tiempo. Le estuvo estudiando con detenimiento toda la mañana. Quería conocerle bien antes de poner en marcha su venganza. Conocer al enemigo, ése era su empeño. Y Pedro era indudablemente su enemigo.
-Adiós señorita Schulz -la sonrisa de Melisa era triunfal, se fue contoneando las caderas de manera descarada impregnando el aire con el aroma de su sofisticado perfume. Paula procuró mantener la calma.
-Es una chica muy guapa -comentó ella.
-Mucho -asintió él.
-Su último jefe debe de estar encantado con su trabajo, está deseando que usted vuelva, incluso ha mandado a su hija para que le convenza -comentó burlona.
Pedro hizo un gesto con las manos.
-No. Melisa tenía programadas estas vacaciones mucho antes de que yo pensara venir a Inglaterra. Alberto pudo decirle que me viera. pero nada más. Es una jovencita muy imaginativa y muy mentirosa.
-Claro -hizo un gesto con la boca y miró su cuaderno de notas.
-¿Y qué opinas de mi capacidad de persuasión?
Paula no se había dado cuenta de que él estaba a su lado. Al notar su proximidad se puso nerviosa. Pero, con mucho esfuerzo, logró controlarse y le miró con frialdad.
-La verdad es que no he pensado en ello, ni siquiera me había percatado de que la tenía -agregó.
Él se irguió, riendo.
-Tengo que reconocer que no ha funcionado muy bien contigo, todavía. Pero no pierdo la esperanza.
Paula se dio cuenta de que Pedro había decidido cambiar de táctica. Volvió a ser un ejecutivo serio y eficaz. Su buen humor desapareció por completo. Ella sabía, por los informes que Claudio le había dado, que Pedro era un buen abogado y había comprobado, por propia experiencia, que era capaz de hacer bien cualquier cosa, incluso manejar a mujeres como Melisa. Al parecer, la única debilidad que tenía era ella misma. Tenía que aprovecharse de las circunstancias. Pero debía esperar el momento oportuno. No le conocía lo suficiente como para comenzar su plan. También ella se puso seria y volvió a concentrarse en su trabajo.
-Tiene una cita dentro de diez minutos -le recordó, distante-. Y, si de verdad necesita que trabaje horas extras, lo haré.
-¿No vas a salir con Javier?
-Ya le he dicho que no.
-Sólo quería estar seguro -afirmó-. Puede que haya estado fisgoneando por aquí mientras he estado fuera.
Ella le miró furiosa.
-Javier no tiene necesidad de andar fisgoneando por ningún lugar.
-Lo hace en mi oficina -gruñó Pedro, enfadado.
Paula se alegró íntimamente por aquella explosión de celos.
-Somos compañeros de trabajo –lijo con voz suave y firme-.Es natural que hablemos e intercambiemos ideas.
Su rostro se oscureció.
-Supongo que Anderson no te hablaría de asuntos confidenciales.
-¡Por supuesto que no! -exclamó indignada-. Javier es un abogado muy responsable.
Pedro abrió los ojos.
-¿Le admiras?
–Como abogado, sí. -Yo... -interrumpió la conversación porque comenzó a sonar el teléfono de Paula-.
-Te salvó la campana -musitó mientras se dirigía a su oficina.
La chica contestó a la llamada, e inmediatamente se concentró en su trabajo. El cliente citado a las dos y media estaba esperando en la recepción. Trabajó mucho durante toda la tarde. Pedro le pidió que mecanografiara un informe confidencial que necesitaba para el día siguiente.
Eran casi las ocho de la noche cuando sacó de la máquina la última hoja de papel, y la colocó a un lado de la mesa, junto a las demás. Pedro salió de su oficina, en mangas de camisa. Parecía muy cansado. Se inclinó sobre los papeles y tomó la última hoja mecanografiada para leerla, como había hecho con las anteriores.
-¿Ya has terminado?
-Sí.
Paula se estiró, intentando relajarse. Había acumulado mucha tensión durante el trabajo.
-¿Te duele? -Pedro vio cómo movía el cuello, cansada.
-Un poco -reconoció.
Él colocó la hoja en el escritorio y se colocó detrás de ella para darle un masaje en el cuello y en los hombros.
-¿Estás mejor? -le preguntó segundos después.
Estaba demasiado obsesionada por deshacerse de aquellas manos como para apreciar las ventajas del masaje. Si reaccionaba violentamente lo echaría todo a perder. Mantenerle a raya era una cosa; pero demostrarle total aversión era muy peligroso y debía tratar de evitarle. Las acariciadoras manos de Pedro le decían que no sería fácil.
-Sí, gracias -se hizo a un lado sin brusquedad, para ponerse en pie-. ¿Ya hemos terminado por hoy?
Pedroasintió.
-¿Te llevo a tu casa?
-He traído mi coche.
-Entonces, ¿Quieres cenar conmigo? -preguntó en voz baja. Esperaba que ella se negara, lo vió en la resignada expresión que puso.
Le hubiera encantado aceptar, pero pensó que sería mejor mantenerle a distancia un poco más.
-Esta noche no. Creo que lo que necesito es darme un baño caliente y acostarme temprano.
-Buena idea.
Ella se puso tensa ante el tono seductor de él.
-¿Verdad que sí? Ahora, si me disculpa...
-¡Paula! -la detuvo en la puerta.
La frialdad de su mirada le dejó sorprendido.
-¿Sí?
Pedro movió la cabeza.
-Nada -arrepentido, se dió la vuelta-. Te veré mañana.
Se dirigió a casa más despacio que de costumbre, deteniéndose en todos los semáforos, aunque estuvieran en ámbar. La expresión de su rostro no mostraba en absoluto, los planes que urdía su mente. Pedro acostumbraba a utilizar a las mujeres, sin duda había usado a Melisa para obtener un puesto en la empresa de su padre. Y ahora quería utilizarla a ella, para satisfacer su apetito sexual. Pero Paula tenía otros planes. Aunque se casaran, nunca sentiría el placer de poseerla. Un escalofrío recorrió su espalda al imaginar el día en que le dijera a Pedro quién era ella. Se sentiría humillado cuando se enterase de que estaba casado con la hija de un supuesto ladrón, un hombre a quien su padre acosó hasta el suicidio. Ésa sería su venganza.
martes, 4 de octubre de 2016
La Venganza: Capítulo 14
Al principio fue incapaz de comprender por qué le había hecho aquello; pero pronto se resignó y dejó de parecerle extraño. Cuando rompieron, cinco años atrás, David le había dicho muy claramente que no quería volver a saber nada de ella. Sin embargo, Paula siempre se aferró a la idea de que él la seguía amando, pensaba que un día se daría cuenta de ello, y volvería a su lado. Era una absurda esperanza que no podía convertirse en realidad. Pero, desde hacía cinco años, en lo más profundo de su alma, mantenía viva la ilusión de poder llegar a vengarse, algún día, de las personas que le habían hecho aquello. Ya no podía hacer nada contra Horacio Alfonso porque se había retirado, pero tenía a Pedro al alcance de su mano. Y sabía muy bien cómo llegar hasta él. El deseo que sentía por ella era su punto débil. El matrimonio de David la dejó muy impresionada, pero no le quedaban fuerzas para seguir sufriendo. Ya había sufrido bastante cinco años atrás. Había lle gado el momento de su venganza. Dirigió una última mirada a la foto de David, observó cómo el pelo le caía sobre la frente a pesar de llevarlo corto, la tibieza de sus ojos y el rostro varonil. Debía tener unos treinta y cuatro años, pues era diez años mayor que ella. Su esposa parecía muy joven. El artículo decía que Nadia tenía diecinueve años, y la describían como una belleza trigueña. Trigueña y con diecinueve años de edad, igual que ella hacía cinco años. ¿Sería posible que no hubiera podido olvidarla? Si así era, lo lamentaba tanto por él como por ella. Los Alfonso tenían mucho que pagar, y lo pagarían.
Cuando empezó a trabajar como secretaria de Pedro olvidó todo el odio que le tenía, concentrándose únicamente en su trabajo. Él la miraba con frecuencia cuando creía que ella no se daba cuenta y no perdía uno solo de sus movimientos en la oficina. A mediodía salió de la oficina justo en el momento en que Javier llegaba a visitarla. Lamentó tener que rechazar su invitación para ir a comer y tuvo que decirle muy claramente que no volvería a salir con él. La cuarta llamada que recibió para Pedro, de una misteriosa mujer estadounidense, acabó por sacarla de sus casillas. Pedro recibió el recado y no hizo ningún comentario acerca de la llamada de la mujer, cuyo nombre era Melisa. Como no dejó ningún número telefónico, Paula pensó que él ya sabría dónde localizarla. No se le había ocurrido pensar que Pedro podía tener novia. Eso estorbaría sus planes.
-Voy a comer -le dijo unos minutos después.
-Sí, señor. Se detuvo junto a la mesa de la chica.
-¿Vas a comer sola?
Ella se encogió de hombros. Solía llevar un bocadillo.
-¿No has quedado hoy con Javier?
Paula apretó los labios, indignada.
-¿Qué quiere decir? Sólo he salido con él un par de veces...
-¿Desde que yo estoy aquí?
-Sí.
La miró extrañado.
-¿Te estás excusando, Paula? -preguntó burlón.
-¡Qué perspicaz! -se burló ella.
Él suspiró.
-¿Podrías darme alguna esperanza?
-¿Qué pensaría Melisa? -dijo la chica.
Pedro sonrió, la dureza de su rostro se desvaneció.
-Se enfadaría, es una niña muy posesiva.
-Entonces no debe desairarla -comentó jovial. Bloqueó el carro de la máquina de escribir para que no pudiera seguir trabajando.
-¿Vas a ser de esas secretarias que saben siempre lo que piensa su jefe? -bromeó, con voz suave.
Paula tuvo que levantar la cabeza para mirarle, el pelo cayó graciosamente sobre sus hombros.
- Creí que era usted el que adivinaba mis pensamientos -le rehumedeciéndose los resecos labios, en un gesto inconsciente acativo.
Pedro se mostró intrigado.
-Y así es, Paula. Yo adivino tus pensamientos -le dijo despacio.
-¿Y qué pienso ahora? Se movió hacia adelante, tomandola de la barbilla.
-Pensar... pensar... -Pedro la miró, enigmático.
-¿Qué? -le urgió ella.
Él movió la cabeza y se sentó, soltándole la barbilla.
-No lo sé, Paula -musitó-. Ahora estás a la defensiva y no me dejas adivinar tus pensamientos.
Reprimió su irritación.
-¿No será que ha perdido su facultad de brujo adivino? -bromeó.
Pedro respondió risueño:
-Te lo diré después de la comida.
Paula le vió marcharse. Así que se iba a comer con Melisa, la de la voz sensual. Sin duda llegaría tarde. Se equivocó. Regresó una hora después, acompañado por una mujer rubia. Obviamente, se trataba de Melisa. No era tan mayor como le había parecido. quizá no tenía más de veinte años. Primero David y ahora Pedro . ¿Sería posible que los hombres no pudieran salir con mujeres mayores de veinte años?
Pedro las presentó.
-Melisa quiere conocer la covacha por la que he abandonado mi super moderna oficina en los Estados Unidos -le explicó en broma.
-No es una covacha, querido -la joven miró la elegante y bien ventilada oficina.
-Y la señorita Schulz no es como me la imaginé -miró detenidamente a Paula.
Pedro sonrió divertido.
-¿En serio? ¿Y cómo te la habías imaginado? -preguntó burlón.
-Mayor -dijo Melisa.
Él volvió a sonreír, divertido.
-Sin embargo, es tan joven y tan bella como tú.
Paula vió cómo la muchacha se ruborizaba; miró a Pedro con frialdad y descubrió un aire de burla en sus ojos. Se divertía con los celos de su joven amiga, quizá tenía la esperanza de que también ella se sintiera celosa. Dudaba de que acostumbrara a llevar mujeres a su oficina. Parecía dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de atraerla. Pedro adivinó sus pensamientos y rió con sarcasmo.
-Es hora de que te vayas, querida -le dijo con firmeza a Melisa, llevándola hasta la puerta-. Paula y yo tenemos mucho trabajo.
Paula se dió cuenta de que él había utilizado a Melisa, pues, como ya no la necesitaba, quería deshacerse de ella. Se volvió disgustada y tomó algunos papeles para ordenarlos. Sin embargo, pudo oír lo que la pareja, parada a corta distancia de ella, decía:
-¿Esta noche, Pedro? -le preguntó Melisa, echándole los brazos al cuello-. Por favor, cariño, me sentiré muy sola sin ti .
Las manos de Pedro se posaron en la espalda de la muchacha. La atrajo hacia sí.
-Es posible que esté ocupado esta noche -dijo sonriendo.
-¿Trabajo?
-Sí.
-¿Con la señorita Shulz? -la muchacha miró a Paula con cara de pocos amigos.
-Posiblemente -le contestó, evasivo-. Si la convenzo para que se quede.
-La convencerás -comentó Melisa con voz ronca-. Conozco de sobra tus poderes persuasivos.
-¡Que no se entere tu padre! -exclamó metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta-. Podría alarmarse.
Melisa acarició el pecho del hombre.
-Me encargó que te convenciera de que regresaras a los Estados Unidos a trabajar con él.
Pedro la apartó con firmeza.
-Estoy seguro de que no te dijo que me sedujeras, aunque me encantaría. Y en cuanto a lo de regresar a los Estados Unidos...-miró a Paula con firmeza-. Estoy muy contento aquí.
Melisa también observó a Paula.
-Hablaremos mañana. Meli -le dijo impaciente-. Cuando te lleve a cenar.
Cuando empezó a trabajar como secretaria de Pedro olvidó todo el odio que le tenía, concentrándose únicamente en su trabajo. Él la miraba con frecuencia cuando creía que ella no se daba cuenta y no perdía uno solo de sus movimientos en la oficina. A mediodía salió de la oficina justo en el momento en que Javier llegaba a visitarla. Lamentó tener que rechazar su invitación para ir a comer y tuvo que decirle muy claramente que no volvería a salir con él. La cuarta llamada que recibió para Pedro, de una misteriosa mujer estadounidense, acabó por sacarla de sus casillas. Pedro recibió el recado y no hizo ningún comentario acerca de la llamada de la mujer, cuyo nombre era Melisa. Como no dejó ningún número telefónico, Paula pensó que él ya sabría dónde localizarla. No se le había ocurrido pensar que Pedro podía tener novia. Eso estorbaría sus planes.
-Voy a comer -le dijo unos minutos después.
-Sí, señor. Se detuvo junto a la mesa de la chica.
-¿Vas a comer sola?
Ella se encogió de hombros. Solía llevar un bocadillo.
-¿No has quedado hoy con Javier?
Paula apretó los labios, indignada.
-¿Qué quiere decir? Sólo he salido con él un par de veces...
-¿Desde que yo estoy aquí?
-Sí.
La miró extrañado.
-¿Te estás excusando, Paula? -preguntó burlón.
-¡Qué perspicaz! -se burló ella.
Él suspiró.
-¿Podrías darme alguna esperanza?
-¿Qué pensaría Melisa? -dijo la chica.
Pedro sonrió, la dureza de su rostro se desvaneció.
-Se enfadaría, es una niña muy posesiva.
-Entonces no debe desairarla -comentó jovial. Bloqueó el carro de la máquina de escribir para que no pudiera seguir trabajando.
-¿Vas a ser de esas secretarias que saben siempre lo que piensa su jefe? -bromeó, con voz suave.
Paula tuvo que levantar la cabeza para mirarle, el pelo cayó graciosamente sobre sus hombros.
- Creí que era usted el que adivinaba mis pensamientos -le rehumedeciéndose los resecos labios, en un gesto inconsciente acativo.
Pedro se mostró intrigado.
-Y así es, Paula. Yo adivino tus pensamientos -le dijo despacio.
-¿Y qué pienso ahora? Se movió hacia adelante, tomandola de la barbilla.
-Pensar... pensar... -Pedro la miró, enigmático.
-¿Qué? -le urgió ella.
Él movió la cabeza y se sentó, soltándole la barbilla.
-No lo sé, Paula -musitó-. Ahora estás a la defensiva y no me dejas adivinar tus pensamientos.
Reprimió su irritación.
-¿No será que ha perdido su facultad de brujo adivino? -bromeó.
Pedro respondió risueño:
-Te lo diré después de la comida.
Paula le vió marcharse. Así que se iba a comer con Melisa, la de la voz sensual. Sin duda llegaría tarde. Se equivocó. Regresó una hora después, acompañado por una mujer rubia. Obviamente, se trataba de Melisa. No era tan mayor como le había parecido. quizá no tenía más de veinte años. Primero David y ahora Pedro . ¿Sería posible que los hombres no pudieran salir con mujeres mayores de veinte años?
Pedro las presentó.
-Melisa quiere conocer la covacha por la que he abandonado mi super moderna oficina en los Estados Unidos -le explicó en broma.
-No es una covacha, querido -la joven miró la elegante y bien ventilada oficina.
-Y la señorita Schulz no es como me la imaginé -miró detenidamente a Paula.
Pedro sonrió divertido.
-¿En serio? ¿Y cómo te la habías imaginado? -preguntó burlón.
-Mayor -dijo Melisa.
Él volvió a sonreír, divertido.
-Sin embargo, es tan joven y tan bella como tú.
Paula vió cómo la muchacha se ruborizaba; miró a Pedro con frialdad y descubrió un aire de burla en sus ojos. Se divertía con los celos de su joven amiga, quizá tenía la esperanza de que también ella se sintiera celosa. Dudaba de que acostumbrara a llevar mujeres a su oficina. Parecía dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de atraerla. Pedro adivinó sus pensamientos y rió con sarcasmo.
-Es hora de que te vayas, querida -le dijo con firmeza a Melisa, llevándola hasta la puerta-. Paula y yo tenemos mucho trabajo.
Paula se dió cuenta de que él había utilizado a Melisa, pues, como ya no la necesitaba, quería deshacerse de ella. Se volvió disgustada y tomó algunos papeles para ordenarlos. Sin embargo, pudo oír lo que la pareja, parada a corta distancia de ella, decía:
-¿Esta noche, Pedro? -le preguntó Melisa, echándole los brazos al cuello-. Por favor, cariño, me sentiré muy sola sin ti .
Las manos de Pedro se posaron en la espalda de la muchacha. La atrajo hacia sí.
-Es posible que esté ocupado esta noche -dijo sonriendo.
-¿Trabajo?
-Sí.
-¿Con la señorita Shulz? -la muchacha miró a Paula con cara de pocos amigos.
-Posiblemente -le contestó, evasivo-. Si la convenzo para que se quede.
-La convencerás -comentó Melisa con voz ronca-. Conozco de sobra tus poderes persuasivos.
-¡Que no se entere tu padre! -exclamó metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta-. Podría alarmarse.
Melisa acarició el pecho del hombre.
-Me encargó que te convenciera de que regresaras a los Estados Unidos a trabajar con él.
Pedro la apartó con firmeza.
-Estoy seguro de que no te dijo que me sedujeras, aunque me encantaría. Y en cuanto a lo de regresar a los Estados Unidos...-miró a Paula con firmeza-. Estoy muy contento aquí.
Melisa también observó a Paula.
-Hablaremos mañana. Meli -le dijo impaciente-. Cuando te lleve a cenar.
La Venganza: Capítulo 13
-Te prometo que cuando Gabriel regrese de su luna de miel podrás ir a trabajar con él. No creo que a Andrea le importe trabajar conmigo.
La muchacha sabía que en esos momentos Pedro era sincero y decidió confiar en él.
-Creo que será lo mejor.
-Está bien, si así lo quieres -arrastró las palabras-. Y te ase guro que de ahora en adelante nuestras relaciones serán estrictamente profesionales.
Le miró con frialdad.
-Por mi parte nunca han sido de otra manera.
-Si yo tuviera tiempo... -se interrumpió enfadado.
-¿Qué haría? -preguntó desafiante.
La miró fijamente.
-Si tuviera tiempo te arrancaría esa capa de frialdad -respondió molesto-. Pero, mientras tanto, me dedicaré a conservar a mi secretaria.
-El señor Hammond nunca se ha quejado -afirmó con altanería.
-No soy Claudio, tengo mi propio estilo de hacer las cosas.
-Le aseguro que mi aversión hacia usted no alterará en lo más mínimo mi eficiencia.
-No estoy muy seguro de eso. En fin, el tiempo lo dirá.
Y así sería. El tiempo alteraría muchas cosas. Hora y media después, Pedro salió de la oficina de Claudio y se detuvo junto a la mesa de ella.
-Nos vemos el lunes por la mañana -dijo en tono cortante-. A las nueve.
-Aquí estaré -respondió entre dientes.
-¡Estoy seguro de que sí! -se burló-. ¡La eficiente señorita Linares!
Al ver que Paula no tenía intenciones de seguir hablando con él, Pedro se marchó. Al cabo de unos segundos Claudio la llamó a su despacho. La joven entró con un cuaderno y un lápiz en mano, preparada para el dictado.
-No vas a necesitarlos, querida -manifestó sonriendo-. Pedro me ha dicho que ya te lo ha contado todo. Así que no es necesario que finjamos.
La sonrisa se borró de su rostro.
-¡Oh señor Hammond!
-Lo sé, lo sé... y agradezco tu preocupación. Pero pronto estaré fuera del hospital y entonces me llevaré a Rosa a esas vacaciones. Y cuando regrese, vendré por aquí a echar un vistazo. ¡Todavía puedo enseñarles a estos jóvenes un par de cosas!
-Claro que sí.
Paula hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas.
-Ahora, lo que yo quería decirte es que me complace que hayas decidido quedarte con Pedro. Es un hombre muy inteligente, es una suerte que haya aceptado quedarse entre nosotros.
-Supongo que sí.
-No tenía que incorporarse a nuestra compañía hasta el año próximo -hablaba casi consigo mismo-. Pero ha sido muy amable; ha rechazado un buen trabajo en los Estados Unidos. No puedo decir te lo mucho que eso significa para mí.
No tenía que decírselo, lo veía en sus ojos. Pero algo le intrigaba. Claudio se encogió de hombros.
-No conozco la historia completa. lo que sí sé es que Pedro y su padre son muy distintos. Si trabajasen juntos estarían todo el tiempo discutiendo. Además, Horacio ya está retirado.
Si Pedro Alfonso no se llevaba bien con su padre, quizá no fuera tan terrible como él. Pero eso no cambiaba el hecho de quién era. Eran igual de crueles. La noche siguiente, Paula salió con Javier y, aunque trató de fingir, él se dió cuenta de que estaba preocupada. Pero no le dió importancia. Paula estaba guapísima esa noche, levantaba exclamaciones de admiración, y Javier estaba encantado de ser su acompañante.
-¿Te molesta que Alfonso pase a formar parte de la firma? -le preguntó finalmente, sabiendo que era ése el motivo de su preocupación.
Los pendientes de oro brillaron al mover la cabeza en su dirección, al igual que el elegante collar. Eran sus únicas joyas. Nunca llevaba anillos, aunque Javier intuía que estaba muy lejos de ser el hombre que pusiera uno en sus dedos.
-Lo siento, no te he oído -se disculpó la chica.
-Te preguntaba si te molesta trabajar para Alfonso.
-Ya te lo dije -le contó que cambiaría el puesto con Andrea cuando ella regresara de su viaje de bodas-. Al señor Alfonso no le gusta que los matrimonios trabajen juntos.
-Ni a mí tampoco -dijo Javier, notando el sarcasmo de ella-. No es la mejor manera de conducir un negocio y le puede hacer mucho daño al matrimonio.
-Quizá tengas razón, pero lo dudo -respondió ella, resentida al notar que su acompañante pensaba lo mismo que Pedro-. ¿No te parece que es muy pronto para que esté dando órdenes?
Él se encogió de hombros.
-No, si lo cree conveniente.
Paula prefirió no responder. Javier no era capaz de razonar. estaba deslumbrado por Pedro y nada de lo que ella pudiese decirle le haría cambiar de opinión. Declinó la invitación que le hizo para el domingo, no quería comprometerse tanto con él. Había aceptado aquella segunda invitación sólo para quitarse de encima a Pedro, acto del que no se sentía orgullosa. No estaba bien utilizar a Javier de esa manera. Se despidieran con cierta frialdad.
-Ha sido una noche encantadora. Que te diviertas durante el fin de semana -le dijo, antes de entrar en el departamento.
Laura estaba durmiendo en su cama. A la mañana siguiente, su amiga la despertó llevándole una taza de café.
-Me tengo que ir y quería saber cómo te lo pasaste anoche -se sentó en el borde de la cama, a los pies de Paula.
-Muy bien -respondió, evasiva-. ¿Saldrás con Lucas?
-Sí -asintió su amiga.
-¿Va en serio su relación?
Laura se ruborizó.
-Me gusta mucho.
-¿Y tú a Lucas?
Laura se levantó, preocupada.
-También le gusto. Vamos, te prepararé el desayuno antes de irme, hoy me siento servicial.
Paula se dió cuenta de que Laura quería hablar de Lucas tanto como ella de Javier, es decir, nada. Aunque presentía que era por razones diferentes. No importaba cuántas veces viera a Lucas, no acababa de gustarle, pero Laura era ya una mujer y a lo mejor el Lucas que ella conocía era muy diferente al de Paula. Quizá...
-¿Saldrás hoy con Javier? -las dos ya habían desayunado, y Laura regresaba de la habitación, preparada para salir.
-Hoy no -y no pensaba volver a hacerlo. Javier, finalmente, querría casarse y ella no deseaba herirle.
-Pues insisto en que te sientes a tomar otra taza con café y te pongas a leer el periódico -Laura acompañó sus palabras con la acción, depositando en sus manos una taza y el periódico-. Tienes que acumular fuerzas para enfrentarte a tu nuevo jefe -agregó burlona. -¡Que te diviertas!
Laura rió con sarcasmo.
-No me esperes despierta -le dijo, sonrojándose-. Llegaré tarde.
Paula supuso que su amiga pasaría fuera la noche, pero no pensó hacer comentarios y se despidió cariñosamente de ella, justo en el momento en que Lucas llamó a la puerta. Era agradable recostarse en el sofá y estirar cómodamente las piernas. Había sido mucha la tensión de aquella noche. A ese ritmo acabaría extenuada en tres semanas. Su único consuelo era que Pedro también había sufrido la tensión, pero por razones completamente diferentes. La miraba constantemente; sabía que tenía la obsesión de acostarse con ella. Le gustaba castigarle con su indiferencia y, sin embargo, hubiera deseado no conocerle jamás. Volvía a ser la de tiempos pasados. La amargura y la frialdad, tomaban nuevamente posesión de su vida. En ese momento una noticia del periódico le llamó la atención. Un dolor como el que sintió algunos años atrás volvió a apoderarse de ella. Era una fotografía de David. Y junto a él, mirándolo extasiada y felíz ¡Su novia! La fotografía lo decía todo. David con traje de etiqueta, y la novia con un vestido blanco de seda. Los dos sonreían felices. Paula leyó el pequeño pie de página y los detalles sobre el matrimonio de David, el día anterior, con Nadia Maughan, una vieja amiga de la familia, la hija de Lord Maughan. Se quedó sin aliento. Un día antes habría sido el aniversario de su propia boda con David, cinco años atrás debió ser ella la que se casara.
La muchacha sabía que en esos momentos Pedro era sincero y decidió confiar en él.
-Creo que será lo mejor.
-Está bien, si así lo quieres -arrastró las palabras-. Y te ase guro que de ahora en adelante nuestras relaciones serán estrictamente profesionales.
Le miró con frialdad.
-Por mi parte nunca han sido de otra manera.
-Si yo tuviera tiempo... -se interrumpió enfadado.
-¿Qué haría? -preguntó desafiante.
La miró fijamente.
-Si tuviera tiempo te arrancaría esa capa de frialdad -respondió molesto-. Pero, mientras tanto, me dedicaré a conservar a mi secretaria.
-El señor Hammond nunca se ha quejado -afirmó con altanería.
-No soy Claudio, tengo mi propio estilo de hacer las cosas.
-Le aseguro que mi aversión hacia usted no alterará en lo más mínimo mi eficiencia.
-No estoy muy seguro de eso. En fin, el tiempo lo dirá.
Y así sería. El tiempo alteraría muchas cosas. Hora y media después, Pedro salió de la oficina de Claudio y se detuvo junto a la mesa de ella.
-Nos vemos el lunes por la mañana -dijo en tono cortante-. A las nueve.
-Aquí estaré -respondió entre dientes.
-¡Estoy seguro de que sí! -se burló-. ¡La eficiente señorita Linares!
Al ver que Paula no tenía intenciones de seguir hablando con él, Pedro se marchó. Al cabo de unos segundos Claudio la llamó a su despacho. La joven entró con un cuaderno y un lápiz en mano, preparada para el dictado.
-No vas a necesitarlos, querida -manifestó sonriendo-. Pedro me ha dicho que ya te lo ha contado todo. Así que no es necesario que finjamos.
La sonrisa se borró de su rostro.
-¡Oh señor Hammond!
-Lo sé, lo sé... y agradezco tu preocupación. Pero pronto estaré fuera del hospital y entonces me llevaré a Rosa a esas vacaciones. Y cuando regrese, vendré por aquí a echar un vistazo. ¡Todavía puedo enseñarles a estos jóvenes un par de cosas!
-Claro que sí.
Paula hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas.
-Ahora, lo que yo quería decirte es que me complace que hayas decidido quedarte con Pedro. Es un hombre muy inteligente, es una suerte que haya aceptado quedarse entre nosotros.
-Supongo que sí.
-No tenía que incorporarse a nuestra compañía hasta el año próximo -hablaba casi consigo mismo-. Pero ha sido muy amable; ha rechazado un buen trabajo en los Estados Unidos. No puedo decir te lo mucho que eso significa para mí.
No tenía que decírselo, lo veía en sus ojos. Pero algo le intrigaba. Claudio se encogió de hombros.
-No conozco la historia completa. lo que sí sé es que Pedro y su padre son muy distintos. Si trabajasen juntos estarían todo el tiempo discutiendo. Además, Horacio ya está retirado.
Si Pedro Alfonso no se llevaba bien con su padre, quizá no fuera tan terrible como él. Pero eso no cambiaba el hecho de quién era. Eran igual de crueles. La noche siguiente, Paula salió con Javier y, aunque trató de fingir, él se dió cuenta de que estaba preocupada. Pero no le dió importancia. Paula estaba guapísima esa noche, levantaba exclamaciones de admiración, y Javier estaba encantado de ser su acompañante.
-¿Te molesta que Alfonso pase a formar parte de la firma? -le preguntó finalmente, sabiendo que era ése el motivo de su preocupación.
Los pendientes de oro brillaron al mover la cabeza en su dirección, al igual que el elegante collar. Eran sus únicas joyas. Nunca llevaba anillos, aunque Javier intuía que estaba muy lejos de ser el hombre que pusiera uno en sus dedos.
-Lo siento, no te he oído -se disculpó la chica.
-Te preguntaba si te molesta trabajar para Alfonso.
-Ya te lo dije -le contó que cambiaría el puesto con Andrea cuando ella regresara de su viaje de bodas-. Al señor Alfonso no le gusta que los matrimonios trabajen juntos.
-Ni a mí tampoco -dijo Javier, notando el sarcasmo de ella-. No es la mejor manera de conducir un negocio y le puede hacer mucho daño al matrimonio.
-Quizá tengas razón, pero lo dudo -respondió ella, resentida al notar que su acompañante pensaba lo mismo que Pedro-. ¿No te parece que es muy pronto para que esté dando órdenes?
Él se encogió de hombros.
-No, si lo cree conveniente.
Paula prefirió no responder. Javier no era capaz de razonar. estaba deslumbrado por Pedro y nada de lo que ella pudiese decirle le haría cambiar de opinión. Declinó la invitación que le hizo para el domingo, no quería comprometerse tanto con él. Había aceptado aquella segunda invitación sólo para quitarse de encima a Pedro, acto del que no se sentía orgullosa. No estaba bien utilizar a Javier de esa manera. Se despidieran con cierta frialdad.
-Ha sido una noche encantadora. Que te diviertas durante el fin de semana -le dijo, antes de entrar en el departamento.
Laura estaba durmiendo en su cama. A la mañana siguiente, su amiga la despertó llevándole una taza de café.
-Me tengo que ir y quería saber cómo te lo pasaste anoche -se sentó en el borde de la cama, a los pies de Paula.
-Muy bien -respondió, evasiva-. ¿Saldrás con Lucas?
-Sí -asintió su amiga.
-¿Va en serio su relación?
Laura se ruborizó.
-Me gusta mucho.
-¿Y tú a Lucas?
Laura se levantó, preocupada.
-También le gusto. Vamos, te prepararé el desayuno antes de irme, hoy me siento servicial.
Paula se dió cuenta de que Laura quería hablar de Lucas tanto como ella de Javier, es decir, nada. Aunque presentía que era por razones diferentes. No importaba cuántas veces viera a Lucas, no acababa de gustarle, pero Laura era ya una mujer y a lo mejor el Lucas que ella conocía era muy diferente al de Paula. Quizá...
-¿Saldrás hoy con Javier? -las dos ya habían desayunado, y Laura regresaba de la habitación, preparada para salir.
-Hoy no -y no pensaba volver a hacerlo. Javier, finalmente, querría casarse y ella no deseaba herirle.
-Pues insisto en que te sientes a tomar otra taza con café y te pongas a leer el periódico -Laura acompañó sus palabras con la acción, depositando en sus manos una taza y el periódico-. Tienes que acumular fuerzas para enfrentarte a tu nuevo jefe -agregó burlona. -¡Que te diviertas!
Laura rió con sarcasmo.
-No me esperes despierta -le dijo, sonrojándose-. Llegaré tarde.
Paula supuso que su amiga pasaría fuera la noche, pero no pensó hacer comentarios y se despidió cariñosamente de ella, justo en el momento en que Lucas llamó a la puerta. Era agradable recostarse en el sofá y estirar cómodamente las piernas. Había sido mucha la tensión de aquella noche. A ese ritmo acabaría extenuada en tres semanas. Su único consuelo era que Pedro también había sufrido la tensión, pero por razones completamente diferentes. La miraba constantemente; sabía que tenía la obsesión de acostarse con ella. Le gustaba castigarle con su indiferencia y, sin embargo, hubiera deseado no conocerle jamás. Volvía a ser la de tiempos pasados. La amargura y la frialdad, tomaban nuevamente posesión de su vida. En ese momento una noticia del periódico le llamó la atención. Un dolor como el que sintió algunos años atrás volvió a apoderarse de ella. Era una fotografía de David. Y junto a él, mirándolo extasiada y felíz ¡Su novia! La fotografía lo decía todo. David con traje de etiqueta, y la novia con un vestido blanco de seda. Los dos sonreían felices. Paula leyó el pequeño pie de página y los detalles sobre el matrimonio de David, el día anterior, con Nadia Maughan, una vieja amiga de la familia, la hija de Lord Maughan. Se quedó sin aliento. Un día antes habría sido el aniversario de su propia boda con David, cinco años atrás debió ser ella la que se casara.
sábado, 1 de octubre de 2016
La Venganza: Capítulo 12
-Sí -contestó mirándole a los ojos.
Él apretó la boca; Paula notó el cambio que se había operado en él. Su expresión era la de un hombre duro, decidido a no detenerse ante nada. En ese momento se parecía mucho a su padre.
-¿Serías capaz de dejar este trabajo que tanto te gusta, sólo por que no quieres trabajar conmigo?
Él se puso de pie y la miró atentamente, esperando su respuesta.
-Sí -contestó con seguridad.
-¿Tanto te desagrado? -preguntó levantando la voz.
-Sí. Contuvo el aliento. Su expresión era furiosa.
-¿Y si te pidiera que no lo hicieras?
Ese no era el Pedro Alfonso que conoció en la boda de Andrea, se comportaba como un eficiente ahogado, e intuyó que ante un tribunal debía ser formidable, más impresionante que el padre en el punto culminante de su carrera.
-Sería lo mismo. Fui contratada como secretaria del señor Hammond y prefiero irme si ya no voy a seguir trabajando para él.
-Tu empleo jamás fue motivo de discusión entre Claudio y yo. Él tiene fe en tu lealtad hacia la firma. Pero si prefieres trabajar para Gabriel, creo que eso podría arreglarse.
-La secretaria de Gabriel es Andrea.
-Otro motivo para que haya un cambio. No creo que sea buena idea que un matrimonio trabaje junto.
-¿No lo cree así? -Paula se mostró indignada. Salió en defensa de su amiga.
-Creo que no has entendido la situación con claridad, Paula.
Él había notado su falta de atención durante la junta. Sabía que Paula, después de la primera noticia, no se había enterado de nada de lo que allí se había dicho.
-Soy el nuevo socio y director. Y en el futuro la firma se llamará Alfonso, Hammond y Hammond.
-Gabriel...
-Lo sabe todo. Desde hace mucho tiempo. Aunque no sé qué tiene eso que ver contigo. A no ser que Gabriel sea para tí algo más que el marido de tu amiga.
-¿Cómo se atreve? -preguntó la chica furiosa-. ¿Cómo se atreve a decirme eso?
-Muy fácil, te lo aseguro -dijo muy exaltado-. Aunque por tu reacción creo que esta vez me he equivocado.
-¡Por supuesto que sí! -exclamó.
-Sí, lo veo. ¿Pero estarías, cuando menos, dispuesta a resignarte sólo durante unos meses?
-Yo...
-Pedro, querido -dijo Claudio Hammond mientras entraba-, Paula, espero que me perdones por haberlo anunciado de repente y en este momento. Pero estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en que Pedro es una buena adquisición para la firma.
Pedro sonrió burlonamente.
-Creo que Paula no comparte tu opinión, Claudio.
-Estoy segura de que es usted un excelente abogado -dijo rapidariamente.
-Claro que lo es -confirmó Claudio-. Casi no puedo creer que hayas aceptado unirte a nosotros.
-Es que todo ha sido tan repentino... -se humedeció los labios nerviosa-, pensé que usted no se retiraría hasta el año que viene.
Claudio hizo un gesto de indiferencia.
-Pedro pudo llegar antes. Y bueno, Rosa desde hace mucho desea hacer un viaje y he decidido llevarla la próxima semana.
-¿La proxi...? Pero... Se interrumpió al ver una mirada de advertencia en los ojos de Pedro. Este le hizo un gesto con la cabeza y Paula no tuvo más remedio que volverse para observar a su jefe. Claudio parecía cansado, tenía la cara demacrada y había perdido peso, ella no lo había notado, había estado muy preocupada con sus propios problemas durante la última semana.
-¿A dónde irá? -le preguntó con interés.
-Hemos pensado hacer un crucero por las islas griegas -dijo—. Y ahora voy a terminar mi trabajo en la oficina antes de irme. ¿Pedro?
-Ahora mismo voy --contestó, todavía estoy tratando de convencer a Paula de que soy irresistible -añadió divertido.
Claudio rió.
-Buena suerte muchacho. ¡Tengo el presentimiento de que vas a necesitarla! -le dió una palmada en la espalda, y se dirigió, sonriente a la oficina.
El buen humor de Pedro desapareció en el momento en que volvió a quedarse solo con Paula.
-Gracias.
Paula se acomodó en la silla muy seria.
-No es cierto lo de las vacaciones, ¿Verdad? -preguntó la chica angustiada.
-No. Por lo menos durante algún tiempo -confirmó él. -Claudio está enfermo, ¿No es así?
-Sí -suspiró Pedro-el corazón.
-Pero eso fue hace algunos años -dijo preocupada.
Él la miró fijamente.
-¿Lo sabías?
Ella asintió.
-Con frecuencia tengo que recordarle que se tome las pastillas. Claudio va al médico con regularidad. Hace como dos o tres semanas lo hizo. ¿Qué tiene? -preguntó visiblemente alterada.
-Le encontraron muy mal la última vez -le explicó Pedro-. Tiene que operarse. -Y entonces, la próxima semana...
-¡Oh Dios! -exclamó preocupada. Estimaba mucho a Claudio Hammond-. Andrea y Gabriel...
-No lo saben -terminó de decir Pedro-. En caso de que lo supieran cancelarían su viaje. Y Claudio no quiere que lo hagan. Pero la operación es vital, así que...
-Le mandó a buscar a usted -terminó Paula.
-Sí, me mandó a buscar. Y no me gusta que te lo tomes a la ligera. Me resultó muy difícil dejarlo todo y regresar a Inglaterra con tanta prisa.
-Lo siento -se sonrojó-. Supongo que no debió ser fácil para usted.
-Lo dudo -dijo con cierto desprecio-. Pero tu comprensión no me interesa. Lo que me importa es Claudio, su tranquilidad y su salud. Estoy aquí porque me necesita. Siempre he estado muy unido a él y a Gabriel, no podía defraudarles.
-Yo tampoco podré hacerlo -comentó, pensando en lo que tenía que hacer-. Debo quedarme aquí, ¿No cree?
Él asintió con la cabeza. parecía más viejo cuando se ponía serio.
-Creo que sí. Pero claro, la decisión es tuya. Si te vas ahora, Claudio se llevaría un disgusto, pero ni él ni nadie puede obligarte a que te quedes.
Estaba atrapada, y él lo sabía. Claudio era hombre que no podía dejar las cosas a medias, le gustaba tenerlo todo bien organizado. Paula conocía los casos como el mismo Claudio. Si ella se iba, era muy probable que su jefe se negara a ir al hospital. Y eso no lo podía permitir. Pero tampoco podía trabajar con el hijo del asesino indirecto de su padre. En su rostro se reflejó la duda, y el conflicto interno por el que estaba pasando en esos momentos.
Él apretó la boca; Paula notó el cambio que se había operado en él. Su expresión era la de un hombre duro, decidido a no detenerse ante nada. En ese momento se parecía mucho a su padre.
-¿Serías capaz de dejar este trabajo que tanto te gusta, sólo por que no quieres trabajar conmigo?
Él se puso de pie y la miró atentamente, esperando su respuesta.
-Sí -contestó con seguridad.
-¿Tanto te desagrado? -preguntó levantando la voz.
-Sí. Contuvo el aliento. Su expresión era furiosa.
-¿Y si te pidiera que no lo hicieras?
Ese no era el Pedro Alfonso que conoció en la boda de Andrea, se comportaba como un eficiente ahogado, e intuyó que ante un tribunal debía ser formidable, más impresionante que el padre en el punto culminante de su carrera.
-Sería lo mismo. Fui contratada como secretaria del señor Hammond y prefiero irme si ya no voy a seguir trabajando para él.
-Tu empleo jamás fue motivo de discusión entre Claudio y yo. Él tiene fe en tu lealtad hacia la firma. Pero si prefieres trabajar para Gabriel, creo que eso podría arreglarse.
-La secretaria de Gabriel es Andrea.
-Otro motivo para que haya un cambio. No creo que sea buena idea que un matrimonio trabaje junto.
-¿No lo cree así? -Paula se mostró indignada. Salió en defensa de su amiga.
-Creo que no has entendido la situación con claridad, Paula.
Él había notado su falta de atención durante la junta. Sabía que Paula, después de la primera noticia, no se había enterado de nada de lo que allí se había dicho.
-Soy el nuevo socio y director. Y en el futuro la firma se llamará Alfonso, Hammond y Hammond.
-Gabriel...
-Lo sabe todo. Desde hace mucho tiempo. Aunque no sé qué tiene eso que ver contigo. A no ser que Gabriel sea para tí algo más que el marido de tu amiga.
-¿Cómo se atreve? -preguntó la chica furiosa-. ¿Cómo se atreve a decirme eso?
-Muy fácil, te lo aseguro -dijo muy exaltado-. Aunque por tu reacción creo que esta vez me he equivocado.
-¡Por supuesto que sí! -exclamó.
-Sí, lo veo. ¿Pero estarías, cuando menos, dispuesta a resignarte sólo durante unos meses?
-Yo...
-Pedro, querido -dijo Claudio Hammond mientras entraba-, Paula, espero que me perdones por haberlo anunciado de repente y en este momento. Pero estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en que Pedro es una buena adquisición para la firma.
Pedro sonrió burlonamente.
-Creo que Paula no comparte tu opinión, Claudio.
-Estoy segura de que es usted un excelente abogado -dijo rapidariamente.
-Claro que lo es -confirmó Claudio-. Casi no puedo creer que hayas aceptado unirte a nosotros.
-Es que todo ha sido tan repentino... -se humedeció los labios nerviosa-, pensé que usted no se retiraría hasta el año que viene.
Claudio hizo un gesto de indiferencia.
-Pedro pudo llegar antes. Y bueno, Rosa desde hace mucho desea hacer un viaje y he decidido llevarla la próxima semana.
-¿La proxi...? Pero... Se interrumpió al ver una mirada de advertencia en los ojos de Pedro. Este le hizo un gesto con la cabeza y Paula no tuvo más remedio que volverse para observar a su jefe. Claudio parecía cansado, tenía la cara demacrada y había perdido peso, ella no lo había notado, había estado muy preocupada con sus propios problemas durante la última semana.
-¿A dónde irá? -le preguntó con interés.
-Hemos pensado hacer un crucero por las islas griegas -dijo—. Y ahora voy a terminar mi trabajo en la oficina antes de irme. ¿Pedro?
-Ahora mismo voy --contestó, todavía estoy tratando de convencer a Paula de que soy irresistible -añadió divertido.
Claudio rió.
-Buena suerte muchacho. ¡Tengo el presentimiento de que vas a necesitarla! -le dió una palmada en la espalda, y se dirigió, sonriente a la oficina.
El buen humor de Pedro desapareció en el momento en que volvió a quedarse solo con Paula.
-Gracias.
Paula se acomodó en la silla muy seria.
-No es cierto lo de las vacaciones, ¿Verdad? -preguntó la chica angustiada.
-No. Por lo menos durante algún tiempo -confirmó él. -Claudio está enfermo, ¿No es así?
-Sí -suspiró Pedro-el corazón.
-Pero eso fue hace algunos años -dijo preocupada.
Él la miró fijamente.
-¿Lo sabías?
Ella asintió.
-Con frecuencia tengo que recordarle que se tome las pastillas. Claudio va al médico con regularidad. Hace como dos o tres semanas lo hizo. ¿Qué tiene? -preguntó visiblemente alterada.
-Le encontraron muy mal la última vez -le explicó Pedro-. Tiene que operarse. -Y entonces, la próxima semana...
-¡Oh Dios! -exclamó preocupada. Estimaba mucho a Claudio Hammond-. Andrea y Gabriel...
-No lo saben -terminó de decir Pedro-. En caso de que lo supieran cancelarían su viaje. Y Claudio no quiere que lo hagan. Pero la operación es vital, así que...
-Le mandó a buscar a usted -terminó Paula.
-Sí, me mandó a buscar. Y no me gusta que te lo tomes a la ligera. Me resultó muy difícil dejarlo todo y regresar a Inglaterra con tanta prisa.
-Lo siento -se sonrojó-. Supongo que no debió ser fácil para usted.
-Lo dudo -dijo con cierto desprecio-. Pero tu comprensión no me interesa. Lo que me importa es Claudio, su tranquilidad y su salud. Estoy aquí porque me necesita. Siempre he estado muy unido a él y a Gabriel, no podía defraudarles.
-Yo tampoco podré hacerlo -comentó, pensando en lo que tenía que hacer-. Debo quedarme aquí, ¿No cree?
Él asintió con la cabeza. parecía más viejo cuando se ponía serio.
-Creo que sí. Pero claro, la decisión es tuya. Si te vas ahora, Claudio se llevaría un disgusto, pero ni él ni nadie puede obligarte a que te quedes.
Estaba atrapada, y él lo sabía. Claudio era hombre que no podía dejar las cosas a medias, le gustaba tenerlo todo bien organizado. Paula conocía los casos como el mismo Claudio. Si ella se iba, era muy probable que su jefe se negara a ir al hospital. Y eso no lo podía permitir. Pero tampoco podía trabajar con el hijo del asesino indirecto de su padre. En su rostro se reflejó la duda, y el conflicto interno por el que estaba pasando en esos momentos.
La Venganza: Capítulo 11
Paula se sentó despacio en la silla detrás de su escritorio. ¿Por qué había dejado que la mezclara en aquella conversación? Ninguno se refería a la navegación, los dos lo sabían. Era de nuevo aquella habilidad que tenía para adivinar sus pensamientos lo que la irritaba, lo que había provocado aquel intercambio verbal. El problema era que Pedro siempre la irritaba. Siempre que estaba cerca de ella le daban ganas de reñir y pelear con todo mundo.
Pedro siguió yendo a la oficina durante toda la semana. El viernes por la tarde Paula estaba a punto de explotar. El hombre se ponía cada vez más pesado, y repetía una y otra vez sus proposiciones, lo que la hizo aceptar otra invitación de Javier, a pesar de su decisión de no volver a salir con él. Cuando Pedro repitió la invitación pudo decirle, sin mentir, que ya estaba comprometida.
-¿Anderson? -preguntó con reticencia.
-Sí –respondió satisfe cha.
Pedro negó con la cabeza.
-No significa nada para tí.
Las mejillas se le encendieron.
-¿Y cómo puede saberlo? -se burló-. porque me conoce, ¿Verdad? pero no me conoce bien, señor Alfonso, ¡Y nunca me conocerá!
-¿No?
-¡No!
-Si no supiera que tu aversión hacia mí es sincera, pensaría que te gusta hacerte rogar. pero...
-¿Piensa usted que es sincera? -repitió incrédula.
Pedro estaba sentado en el borde de la mesa.
-Claro que sí, gatita -lo decía en serio-. Pero no me importa.
- .Por qué?
-Porque de todos modos voy a casarme contigo.
-¡Por Dios...! -se levantó enfadada-. El señor Hammond dijo que usted iría derecho a su oficina cuando volviera de comer, le agradecería mucho que lo hiciera.
-Haré cualquier cosa para que seas felíz -contestó, mientras se levantaba.
-¿Cualquier cosa?.
-Dentro de los límites razonables.
-Pues aléjese de mí.
-No es posible. Ni ahora ni en el futuro.
- ¿Por que?
-¿De verdad quieres que te conteste? -comentó él.
-No.
-Perfecto. Te voy ganando terreno palmo a palmo. ¿No crees -dijo cuando se marchaba hacia el despacho de Claudio.
Paula no creía posible que su vida se viera amenazada por tercera vez. Primero su padre, luego David, y ahora el hijo de Horacio Alfonso. Pensaba que llegaría un momento en que él se cansara de insistir e invitaría a otra de las secretarias que trabajaban allí, cualquiera de ellas habría aceptado encantada. Pero no, estaba decidido a vencerla, e incluso quería casarse con ella.
Pedro estuvo presente en la reunión semanal del personal, que se celebró esa misma tarde. Paula tomó nota de la conversación mantenida por las veinte personas que estaban en el salón, sabiendo que Claudio querría una copia escrita de todo lo que se hubiera discutido. Con frecuencia, a su jefe se le ocurrían ideas para mejorar las relaciones laborales, repasando las actas de las reuniones. Esa tarde fue diferente. Claudio, cuando se hubieron reunido todos en la sala de juntas, pidió silencio por unos minutos. Se puso de pie.
-Estoy seguro de que no les habrá pasado desapercibida la presencia de Pedro Alfonso en el edificio esta semana.
Los miembros femeninos del personal se miraron entre sí. Naturalmente, a nadie le había pasado desapercibido ese detalle.
-Desde el lunes su estancia aquí será permanente. Voy a retirarme y Pedro ha aceptado mi puesto. Él me sustituirá y...
Paula no escuchó más, ni pudo seguir tomando notas. Pedro Alfonso iba a trabajar allí, ocuparía el puesto de Claudio Hammond. ¿Cómo quedaría ella? Desde luego, no estaba dispuesta a convertirse en la secretaria de Pedro. Cuando terminó la reunión, se unió al grupo que salía; iba distraída, pensando en lo absurdo de su situación. ¿Por qué no se le había ocurrido que Claudio Hammond estaba pensando en delegar su poder, qué otra razón podía haber para la presencia de Pedro allí?
-Esto cambia todas las cosas, ¿No es así? -preguntó Javier, saliendo tras ella.
-Sí -la voz le salió temblorosa e insegura, había perdido su acostumbrado tono de seguridad.
-Lo supuse.
-¿Sí? -le preguntó de forma casi acusadora.
-Sí -asintió él mientras la seguía hasta su oficina-. Y es un gran acierto de Claudio asociarse con ese hombre.
Paula se sentó en la silla, detrás de su escritorio.
-Yo pensaba que, el día que se retirara, su sucesor sería alguien de aquí dentro.
Javier movió la cabeza.
-Nunca lo insinuó. No, yo diría que cuando Claudio llamó a Alfonso ya tenía decidido proponerle que aceptase su puesto, y creo que no ha podido hacer mejor elección. Alfonso es exactamente lo que la firma necesita -comentó antes de salir de la oficina.
La joven estaba furiosa, Javier le había fallado. Él, como todos los miembros del personal, también admiraba a Pedro. Sin embargo ella no le admiraba ni podría hacerlo nunca. No quería dejar su trabajo, le gustaba, pero sabía que no podría permanecer en el mismo edificio que Pedro Alfonso ni un solo día más. Redactó su dimisión, sin importarle que todos supieran que lo hacía a causa del nombramiento de Pedro. Tenía que marcharse lo antes posible, y si renunciaba esa misma tarde, podría irse al cabo de cuatro semanas. Tendría que esperar cuatro semanas. Toda una eternidad. Se consoló pensando que durante ese tiempo no le vería mucho, pues Claudio tardaría por lo menos un mes en ponerle al corriente de los casos de los que tendría que hacerse cargo. Luke entró en la oficina y cerró la puerta.
-Bienvenido a Acdroyd, Hammond y Hammond, señor Alfonso -le dijo ella, sacando su carta de dimisión de la máquina y colocándola en un sobre.
Él la miró burlonamente.
-Hubiera querido que esas palabras fuesen pronunciadas con más sinceridad. No podemos tenerlo todo, ¿No es así? -preguntó felíz.
Paula, sin hacerle caso, escribió el nombre del señor Hammond en el sobre.
-¿Qué es esto? Pedro tomó la carta y comenzó a leer la a pesar de los intentos que hacía ella de arrebatársela.
-Es una carta personal -afirmó secamente.
-Lo era -asintió él-. Y que quede bien claro que, en el futuro, toda correspondencia que llegue a esta oficina pasará por mis manos. ¿Qué significa esto? -movió la carta frente a ella. La chica hizo una mueca.
-Creo que está muy claro.
-Sí. está muy claro -asintió él-. Solo que necesito una explicación.
Paula desvió la mirada.
-Yo creo que no; usted sabe muy bien por qué me marcho.
-Quizá -la tomó de la barbilla y le volvió el rostro con fuerza para que tuviera que mirarle-. ¿Lo haces por mí?
Pedro siguió yendo a la oficina durante toda la semana. El viernes por la tarde Paula estaba a punto de explotar. El hombre se ponía cada vez más pesado, y repetía una y otra vez sus proposiciones, lo que la hizo aceptar otra invitación de Javier, a pesar de su decisión de no volver a salir con él. Cuando Pedro repitió la invitación pudo decirle, sin mentir, que ya estaba comprometida.
-¿Anderson? -preguntó con reticencia.
-Sí –respondió satisfe cha.
Pedro negó con la cabeza.
-No significa nada para tí.
Las mejillas se le encendieron.
-¿Y cómo puede saberlo? -se burló-. porque me conoce, ¿Verdad? pero no me conoce bien, señor Alfonso, ¡Y nunca me conocerá!
-¿No?
-¡No!
-Si no supiera que tu aversión hacia mí es sincera, pensaría que te gusta hacerte rogar. pero...
-¿Piensa usted que es sincera? -repitió incrédula.
Pedro estaba sentado en el borde de la mesa.
-Claro que sí, gatita -lo decía en serio-. Pero no me importa.
- .Por qué?
-Porque de todos modos voy a casarme contigo.
-¡Por Dios...! -se levantó enfadada-. El señor Hammond dijo que usted iría derecho a su oficina cuando volviera de comer, le agradecería mucho que lo hiciera.
-Haré cualquier cosa para que seas felíz -contestó, mientras se levantaba.
-¿Cualquier cosa?.
-Dentro de los límites razonables.
-Pues aléjese de mí.
-No es posible. Ni ahora ni en el futuro.
- ¿Por que?
-¿De verdad quieres que te conteste? -comentó él.
-No.
-Perfecto. Te voy ganando terreno palmo a palmo. ¿No crees -dijo cuando se marchaba hacia el despacho de Claudio.
Paula no creía posible que su vida se viera amenazada por tercera vez. Primero su padre, luego David, y ahora el hijo de Horacio Alfonso. Pensaba que llegaría un momento en que él se cansara de insistir e invitaría a otra de las secretarias que trabajaban allí, cualquiera de ellas habría aceptado encantada. Pero no, estaba decidido a vencerla, e incluso quería casarse con ella.
Pedro estuvo presente en la reunión semanal del personal, que se celebró esa misma tarde. Paula tomó nota de la conversación mantenida por las veinte personas que estaban en el salón, sabiendo que Claudio querría una copia escrita de todo lo que se hubiera discutido. Con frecuencia, a su jefe se le ocurrían ideas para mejorar las relaciones laborales, repasando las actas de las reuniones. Esa tarde fue diferente. Claudio, cuando se hubieron reunido todos en la sala de juntas, pidió silencio por unos minutos. Se puso de pie.
-Estoy seguro de que no les habrá pasado desapercibida la presencia de Pedro Alfonso en el edificio esta semana.
Los miembros femeninos del personal se miraron entre sí. Naturalmente, a nadie le había pasado desapercibido ese detalle.
-Desde el lunes su estancia aquí será permanente. Voy a retirarme y Pedro ha aceptado mi puesto. Él me sustituirá y...
Paula no escuchó más, ni pudo seguir tomando notas. Pedro Alfonso iba a trabajar allí, ocuparía el puesto de Claudio Hammond. ¿Cómo quedaría ella? Desde luego, no estaba dispuesta a convertirse en la secretaria de Pedro. Cuando terminó la reunión, se unió al grupo que salía; iba distraída, pensando en lo absurdo de su situación. ¿Por qué no se le había ocurrido que Claudio Hammond estaba pensando en delegar su poder, qué otra razón podía haber para la presencia de Pedro allí?
-Esto cambia todas las cosas, ¿No es así? -preguntó Javier, saliendo tras ella.
-Sí -la voz le salió temblorosa e insegura, había perdido su acostumbrado tono de seguridad.
-Lo supuse.
-¿Sí? -le preguntó de forma casi acusadora.
-Sí -asintió él mientras la seguía hasta su oficina-. Y es un gran acierto de Claudio asociarse con ese hombre.
Paula se sentó en la silla, detrás de su escritorio.
-Yo pensaba que, el día que se retirara, su sucesor sería alguien de aquí dentro.
Javier movió la cabeza.
-Nunca lo insinuó. No, yo diría que cuando Claudio llamó a Alfonso ya tenía decidido proponerle que aceptase su puesto, y creo que no ha podido hacer mejor elección. Alfonso es exactamente lo que la firma necesita -comentó antes de salir de la oficina.
La joven estaba furiosa, Javier le había fallado. Él, como todos los miembros del personal, también admiraba a Pedro. Sin embargo ella no le admiraba ni podría hacerlo nunca. No quería dejar su trabajo, le gustaba, pero sabía que no podría permanecer en el mismo edificio que Pedro Alfonso ni un solo día más. Redactó su dimisión, sin importarle que todos supieran que lo hacía a causa del nombramiento de Pedro. Tenía que marcharse lo antes posible, y si renunciaba esa misma tarde, podría irse al cabo de cuatro semanas. Tendría que esperar cuatro semanas. Toda una eternidad. Se consoló pensando que durante ese tiempo no le vería mucho, pues Claudio tardaría por lo menos un mes en ponerle al corriente de los casos de los que tendría que hacerse cargo. Luke entró en la oficina y cerró la puerta.
-Bienvenido a Acdroyd, Hammond y Hammond, señor Alfonso -le dijo ella, sacando su carta de dimisión de la máquina y colocándola en un sobre.
Él la miró burlonamente.
-Hubiera querido que esas palabras fuesen pronunciadas con más sinceridad. No podemos tenerlo todo, ¿No es así? -preguntó felíz.
Paula, sin hacerle caso, escribió el nombre del señor Hammond en el sobre.
-¿Qué es esto? Pedro tomó la carta y comenzó a leer la a pesar de los intentos que hacía ella de arrebatársela.
-Es una carta personal -afirmó secamente.
-Lo era -asintió él-. Y que quede bien claro que, en el futuro, toda correspondencia que llegue a esta oficina pasará por mis manos. ¿Qué significa esto? -movió la carta frente a ella. La chica hizo una mueca.
-Creo que está muy claro.
-Sí. está muy claro -asintió él-. Solo que necesito una explicación.
Paula desvió la mirada.
-Yo creo que no; usted sabe muy bien por qué me marcho.
-Quizá -la tomó de la barbilla y le volvió el rostro con fuerza para que tuviera que mirarle-. ¿Lo haces por mí?
La Venganza: Capítulo 10
Paula se alegró de haber estado advertida. Con el traje gris del día de la boda Pedro estaba muy atractivo, pero con aquel azul marino lo estaba aún más, aunque no parecía darse cuenta de ello. La apariencia de ella le extrañó, pero no dijo nada. Sonrió de manera infantil sin ocultar su alegría por verla de nuevo.
-Hola gatita -se apoyó en la mesa de ella riendo al verla ponerse en guardia-. Te dije que volveríamos a vernos.
Paula no le hizo caso y oprimió el botón del interfono.
-El señor Alfonso le espera -le informó a su jefe con voz suave.
-Dile que pase, Paula-ordenó Claudio.
-Eso no vale -negó Pedro con la cabeza-. Antes de entrar, quería hablar contigo unos minutos.
Ella se puso de pie y se dirigió a la puerta del despacho de su jefe.
-El señor Hammond le espera.
Pedro se las arregló para alcanzar la puerta antes que ella. Era increíble que un hombre tan grande se moviera con tanta agilidad. Le bloqueó el camino de tal manera que no pudo abrir la puerta.
-¿Quiere pasar? -preguntó aparentando una frialdad que estaba lejos de sentir.
-No -respondió él mirándola detenidamente-. Ven a cenar conmigo esta noche.
-¡Ni hablar!
-¿Por qué? -preguntó, agresivo.
Paula suspiró y se dió cuenta de que la austeridad de su vestuario no había surtido ningún efecto.
-Porque no quiero -contestó desafiante.
Él frunció el ceño y la miró pensativo.
-¿Tan mala impresión te he causado?
-Claro que sí. ¿Por qué no entra de una vez? -su voz estaba alterada-. El señor Hammond le debe estar esperando.
-Pero yo no quiero entrar. Supongo que te has vestido así en mi honor. Pues entérate de esto, querida -sus brazos rodearon su cintura y la acercaron a él-. aunque te pongas harapos, para mí seguirás siendo la mujer más hermosa del mundo.
Era como un tigre acechando a un conejo; Paula estaba indignada, pues sus fuerzas no le permitían apartarse de él. Movió la cabeza de lado a lado, intentando escapar de aquella boca sensual. Sabía que no iba a poder soportar que él la tocara. La tenía atrapada entre sus brazos, en sus ojos se reflejaba todo el odio que sentía por él. La besó con destreza; no había duda, el movimiento de sus labios fue suave y hechizante, sin embargo la chica se mantuvo fría, resistiendo la caricia. La boca de él permaneció insolente sobre la de ella mientras sus brazos la apretaban aún más contra su cuerpo. Por fin levantó la ca beza .
-Gatita, deja de luchar contra mí -gruñó.
-No estoy...
-Paula, oiga... ¡oh! -Claudio Hammond, sorprendido, apareció en la puerta de su oficina detrás de ellos-. No sabía qué era lo que te detenía, Pedro. Creo que me estoy volviendo viejo -bromeó.
Paula, avergonzada, se separó de los brazos de Pedro y se dirigió a su sitio.
-Dentro de un momento estarán terminadas esas cartas, señor Hammond.
-No hay prisa -le contestó el jefe-. Pedro es la primera ve que veo alterada a mi eficiente secretaria. ¡Y tú eres el causante!
Colocó con estrépito cuatro hojas limpias de papel en la máquina ignorando a los hombres, consciente de que los dos se divertían a su costa.
-Nos vemos luego, gatita -indicó Pedro al mismo tiempo que cerraba la puerta.
Dejó caer las manos sobre la máquina de escribir y tecleó con furia. Después, se tapó la cara con las manos. ¿Por qué se lo había permitido? El recuerdo del beso no la abandonaba, sintió como si todavía la estuviera besando. La sensación fue tan fuerte que tuvo que abandonar la oficina para lavarse la cara y quitarse el poco de maquillaje que llevaba. Se miró en el espejo, tenía el rostro pálido y los ojos hundidos. Tenía miedo. Ese hombre la había hecho aparecer como una idiota frente a Claudio Hammond. Cuando terminó su relación con David, decidió mantener su vida privada totalmente al margen del trabajo y, en sólo una semana, había echado por tierra un esfuerzo de años, saliendo a cenar con uno de los siete abogados de la compañía y permitiendo que el señor Hammond viera cómo un viejo amigo de la familia la besaba. Ella no besó a Pedro, pero para el señor Hammond era lo mismo.
Al regresar del baño decidió seguir con su trabajo. Los dos hombres seguían hablando en la oficina.
-Paula, tráeme el expediente Danfield -le pidió el señor Hammond por el interfono, unos minutos más tarde. Era el caso más importante que tenía en ese momento, y por un segundo se preguntó para qué querría Pedro Alfonso ver ese expediente. Sin duda tendría sus razones.
Entró en la oficina. Sin hacer caso al hombre que estaba sentado frente a Claudio Hammond, Pedro no dejaba de mirar sus piernas. Pensó que estaba loco, no tenía ningún derecho a observarla así frente a su jefe. A Claudio Hammond la escena le pareció muy divertida. Paula le dió el expediente y se dispuso a marcharse. Cuando iba a salir, Pedro le abrió la puerta deseoso de que ella le mirara. Paula se negó a levantar la vista más allá de la sensitiva mano que descansaba sobre el picaporte. No era la mano de un obrero, pero tampoco la de un hombre que estuviera sentado todo el tiempo detrás de una mesa. Había fuerza en los flexibles dedos, también sensibilidad.
-Me gusta navegar -le susurró al oído. Ella se asombró y miró con curiosidad los ojos masculinos.
-¿Cómo dice?
-Sí, ¿Qué has dicho, Pedro? -preguntó Claudio intrigado.
-Le decía a Paula que me encanta navegar -la mirada de él volvió a posarse en el rostro encendido de la muchacha-. Quizá te gustaría acompañarme algún día.
-Me mareo -contestó con voz queda, apresurándose a salir.
-Ese mal se puede curar -comentó con voz muy suave, parado entre las dos oficinas.
Paula se volvió cuando llegó a su mesa.
-No quiero que me curen -miró su expresión y se dió cuenta de que él había captado el doble sentido de sus palabra,
-¿Quieres decir que el remedio podría ser peor que la enfermedad?
-Sin duda -inclinó la cabeza.
-¿Alguna vez lo has probado?
-Varias veces.
-¿Y el resultado fue siempre el mismo?
- Siempre.
Pedro encogió los hombros.
-Quizá no has navegado con el hombre indicado.
La chica apretó la boca.
-No creo que sea ésa la razón, señor Alfonso.
-¿No? -preguntó él.
-No. Creo que no me gusta.
-Lástima. Puede ser muy divertido -se volvió hacia Claudio-. Ibas a decirme algo sobre Danfield -le recordó mientras cerraba la puerta tras él.
-Hola gatita -se apoyó en la mesa de ella riendo al verla ponerse en guardia-. Te dije que volveríamos a vernos.
Paula no le hizo caso y oprimió el botón del interfono.
-El señor Alfonso le espera -le informó a su jefe con voz suave.
-Dile que pase, Paula-ordenó Claudio.
-Eso no vale -negó Pedro con la cabeza-. Antes de entrar, quería hablar contigo unos minutos.
Ella se puso de pie y se dirigió a la puerta del despacho de su jefe.
-El señor Hammond le espera.
Pedro se las arregló para alcanzar la puerta antes que ella. Era increíble que un hombre tan grande se moviera con tanta agilidad. Le bloqueó el camino de tal manera que no pudo abrir la puerta.
-¿Quiere pasar? -preguntó aparentando una frialdad que estaba lejos de sentir.
-No -respondió él mirándola detenidamente-. Ven a cenar conmigo esta noche.
-¡Ni hablar!
-¿Por qué? -preguntó, agresivo.
Paula suspiró y se dió cuenta de que la austeridad de su vestuario no había surtido ningún efecto.
-Porque no quiero -contestó desafiante.
Él frunció el ceño y la miró pensativo.
-¿Tan mala impresión te he causado?
-Claro que sí. ¿Por qué no entra de una vez? -su voz estaba alterada-. El señor Hammond le debe estar esperando.
-Pero yo no quiero entrar. Supongo que te has vestido así en mi honor. Pues entérate de esto, querida -sus brazos rodearon su cintura y la acercaron a él-. aunque te pongas harapos, para mí seguirás siendo la mujer más hermosa del mundo.
Era como un tigre acechando a un conejo; Paula estaba indignada, pues sus fuerzas no le permitían apartarse de él. Movió la cabeza de lado a lado, intentando escapar de aquella boca sensual. Sabía que no iba a poder soportar que él la tocara. La tenía atrapada entre sus brazos, en sus ojos se reflejaba todo el odio que sentía por él. La besó con destreza; no había duda, el movimiento de sus labios fue suave y hechizante, sin embargo la chica se mantuvo fría, resistiendo la caricia. La boca de él permaneció insolente sobre la de ella mientras sus brazos la apretaban aún más contra su cuerpo. Por fin levantó la ca beza .
-Gatita, deja de luchar contra mí -gruñó.
-No estoy...
-Paula, oiga... ¡oh! -Claudio Hammond, sorprendido, apareció en la puerta de su oficina detrás de ellos-. No sabía qué era lo que te detenía, Pedro. Creo que me estoy volviendo viejo -bromeó.
Paula, avergonzada, se separó de los brazos de Pedro y se dirigió a su sitio.
-Dentro de un momento estarán terminadas esas cartas, señor Hammond.
-No hay prisa -le contestó el jefe-. Pedro es la primera ve que veo alterada a mi eficiente secretaria. ¡Y tú eres el causante!
Colocó con estrépito cuatro hojas limpias de papel en la máquina ignorando a los hombres, consciente de que los dos se divertían a su costa.
-Nos vemos luego, gatita -indicó Pedro al mismo tiempo que cerraba la puerta.
Dejó caer las manos sobre la máquina de escribir y tecleó con furia. Después, se tapó la cara con las manos. ¿Por qué se lo había permitido? El recuerdo del beso no la abandonaba, sintió como si todavía la estuviera besando. La sensación fue tan fuerte que tuvo que abandonar la oficina para lavarse la cara y quitarse el poco de maquillaje que llevaba. Se miró en el espejo, tenía el rostro pálido y los ojos hundidos. Tenía miedo. Ese hombre la había hecho aparecer como una idiota frente a Claudio Hammond. Cuando terminó su relación con David, decidió mantener su vida privada totalmente al margen del trabajo y, en sólo una semana, había echado por tierra un esfuerzo de años, saliendo a cenar con uno de los siete abogados de la compañía y permitiendo que el señor Hammond viera cómo un viejo amigo de la familia la besaba. Ella no besó a Pedro, pero para el señor Hammond era lo mismo.
Al regresar del baño decidió seguir con su trabajo. Los dos hombres seguían hablando en la oficina.
-Paula, tráeme el expediente Danfield -le pidió el señor Hammond por el interfono, unos minutos más tarde. Era el caso más importante que tenía en ese momento, y por un segundo se preguntó para qué querría Pedro Alfonso ver ese expediente. Sin duda tendría sus razones.
Entró en la oficina. Sin hacer caso al hombre que estaba sentado frente a Claudio Hammond, Pedro no dejaba de mirar sus piernas. Pensó que estaba loco, no tenía ningún derecho a observarla así frente a su jefe. A Claudio Hammond la escena le pareció muy divertida. Paula le dió el expediente y se dispuso a marcharse. Cuando iba a salir, Pedro le abrió la puerta deseoso de que ella le mirara. Paula se negó a levantar la vista más allá de la sensitiva mano que descansaba sobre el picaporte. No era la mano de un obrero, pero tampoco la de un hombre que estuviera sentado todo el tiempo detrás de una mesa. Había fuerza en los flexibles dedos, también sensibilidad.
-Me gusta navegar -le susurró al oído. Ella se asombró y miró con curiosidad los ojos masculinos.
-¿Cómo dice?
-Sí, ¿Qué has dicho, Pedro? -preguntó Claudio intrigado.
-Le decía a Paula que me encanta navegar -la mirada de él volvió a posarse en el rostro encendido de la muchacha-. Quizá te gustaría acompañarme algún día.
-Me mareo -contestó con voz queda, apresurándose a salir.
-Ese mal se puede curar -comentó con voz muy suave, parado entre las dos oficinas.
Paula se volvió cuando llegó a su mesa.
-No quiero que me curen -miró su expresión y se dió cuenta de que él había captado el doble sentido de sus palabra,
-¿Quieres decir que el remedio podría ser peor que la enfermedad?
-Sin duda -inclinó la cabeza.
-¿Alguna vez lo has probado?
-Varias veces.
-¿Y el resultado fue siempre el mismo?
- Siempre.
Pedro encogió los hombros.
-Quizá no has navegado con el hombre indicado.
La chica apretó la boca.
-No creo que sea ésa la razón, señor Alfonso.
-¿No? -preguntó él.
-No. Creo que no me gusta.
-Lástima. Puede ser muy divertido -se volvió hacia Claudio-. Ibas a decirme algo sobre Danfield -le recordó mientras cerraba la puerta tras él.
La Venganza: Capítulo 9
El lunes, sin embargo, estuvo nerviosa todo el día. Tenía la sensación de que Pedro iba a aparecer de repente en su oficina. Sintió un gran alivio cuando dieron las cinco y media y pudo irse su casa. Javier llegó en el momento en que estaba poniéndose el abrigo y la ayudó a hacerlo.
-¿Preparada para esta noche, verdad?
Levantó una mano para sacarse el pelo del cuello del abrigo. Llevaba las uñas pintadas del mismo color que los labios, todos sus movimientos estaban llenos de gracia y belleza.
-¿Pensaste que me arrepentiría? -bromeó sonriendo.
Los ojos de Javier se oscurecieron al mirarla.
-No, claro que no.
Miró el interior de su bolso para ver si llevaba las llaves deL coche.
-Tengo ganas de divertirme -comentó.
Él tragó saliva. Ella le impresionaba y no quería que se notara.
-Yo también.
-¿Nos vamos entonces? -preguntó Paula sonriendo.
Pensaba que no iba a divertirse con Javier pero descubrió, con sorpresa, que se había equivocado. El pequeño restaurante en el que cenaron era muy acogedor, y la cena estuvo deliciosa. Su amigo era muy culto y, por tanto, su conversación era muy interesante. Había leído desde los clásicos hasta novelas policíacas.
-Nunca adivino quién es el criminal -reconoció él sonriendo.
-Es una confesión muy interesante viniendo de un abogado -bromeó ella, con las mejillas encendidas por el vino; su humor había cambiado a medida que pasaba el tiempo.
-Qué pena, ¿No es así? Paula miró el reloj. -Siento mucho tener que marcharme... -y lo decía en serio. Por primera vez, desde hacía meses, se había divertido-. Pero son más de las once y mañana hay que trabajar.
-Así es -asintió Javier, pidiendo la cuenta-. Y mañana todos tendremos que estar muy alerta.
-¿Por qué? -preguntó frunciendo el ceño.
-Porque sí. Gracias -le dijo al camarero que le llevó la cuenta-. Vámonos pequeña.
Paula aceptó su ayuda para ponerse el abrigo antes de salir.
-¿Y por qué tendremos que estar alerta mañana? -preguntó una vez dentro del coche.
-El brillante joven desea conocer el despacho -explicó Javier-. Supongo que antes de irse a América quiere saber lo que se hace en Inglaterra.
Paula se humedeció los labios resecos, sabía perfectamente quién era el brillante joven.
-¿Irá Pedro Alfonso mañana a la oficina?
-Sí. ¿no lo sabías? -preguntó su acompañante extrañado.
-No -de pronto la noche perdió todo su encanto. -Me lo ha dicho el señor Hammond esta tarde. Pensé que tú lo sabrías, eres su secretaria.
-No.
-Supongo que debe haber olvidado decírtelo.
-Quizá.
Estaba segura de que ésa no era la razón. Pedro Alfonso era capaz de haberle pedido a Claudio Hammond que no le avisara, así tendría que verse obligada a comportarse amablemente con él.
-¿A qué hora va a ir? -preguntó, aparentando una calma que estaba muy lejos de sentir.
-Sobre las diez y media. Tengo entendido que no es más que una visita informal.
-Sí.
Gracias a Javier, ella se había enterado no sabía el favor que le había hecho. La luz estaba encendida cuando llegaron a su departamento, la chica imaginó que Laura estaría en casa.
-Está bien -dijo Javier entendiendo el mensaje que ella le había enviado con la mirada-. De todos modos es tarde. Podemos volver a salir juntos otro día, ¿No?
Paula rió ante la ansiedad del joven, la penumbra del pasillo hacía que la belleza de su rostro aumentara.
-Me encantaría.
-¿En serio?
-Sí -rió ella-. Pero dentro de unos días, ¿Te parece? -preguntó, no quería comprometerese demasiado con él. Le gustaba Javier, pero... siempre había un pero.
-Hablaremos de nuevo el viernes -aceptó.
-Está bien.
-Yo... mejor me voy -parecía inquieto.
Paula tomó la iniciativa y le besó. ¿Cómo era posible que estuviera seguro de sí mismo ante un tribunal y ante ella le faltara el coraje para darle un beso de despedida? Había vuelto a equivocarse, no le faltaba coraje. Sólo bastó un empujoncito para que él la estrechara con fuerza entre sus brazos. Se sentía un poco mareada al entrar en el departamento, pero la sensación se desvaneció cuando vió colillas de cigarro en el cenicero. Lucas Greene había estado allí esa noche. Rogó a Dios para que no se hubiese quedado a dormir con Laura. Pero no había por qué preocuparse; su amiga estaba sola en la cama y sonreía dormida. Aquella sonrisa la preocupó, quería decir que Laura todavía no había descubierto la clase de tipo que era Lucas.
Paula se vistió con más esmero que de costumbre, consciente de que vería a Pedro Alfonso esa mañana. Eligió con mucho cuidado su vestimenta, aunque el traje negro que se puso no era de sus favoritos, demasiado severo para su gusto. Se recogió el cabello hacia atrás y apenas si se maquilló. No quería parecerle atractiva a Pedro. Claudio Hammond se quedó asombrado cuando entró a las nueve en la oficina; la miró varias veces, confundido. pero como era un hombre discreto, al ver la expresión fría en sus ojos, no hizo ningún comentario. Cerró la puerta de su oficina, moviendo la cabeza. A las diez y veinticinco, Paula fue a la cocina para prepararle el café de la mañana al señor Hammond. Regresó y depositó con cuidado la bandeja sobre el escritorio de su jefe sin decir palabra. Al salir se puso pálida. Pedro Alfonso estaba entrando por la puerta.
-¿Preparada para esta noche, verdad?
Levantó una mano para sacarse el pelo del cuello del abrigo. Llevaba las uñas pintadas del mismo color que los labios, todos sus movimientos estaban llenos de gracia y belleza.
-¿Pensaste que me arrepentiría? -bromeó sonriendo.
Los ojos de Javier se oscurecieron al mirarla.
-No, claro que no.
Miró el interior de su bolso para ver si llevaba las llaves deL coche.
-Tengo ganas de divertirme -comentó.
Él tragó saliva. Ella le impresionaba y no quería que se notara.
-Yo también.
-¿Nos vamos entonces? -preguntó Paula sonriendo.
Pensaba que no iba a divertirse con Javier pero descubrió, con sorpresa, que se había equivocado. El pequeño restaurante en el que cenaron era muy acogedor, y la cena estuvo deliciosa. Su amigo era muy culto y, por tanto, su conversación era muy interesante. Había leído desde los clásicos hasta novelas policíacas.
-Nunca adivino quién es el criminal -reconoció él sonriendo.
-Es una confesión muy interesante viniendo de un abogado -bromeó ella, con las mejillas encendidas por el vino; su humor había cambiado a medida que pasaba el tiempo.
-Qué pena, ¿No es así? Paula miró el reloj. -Siento mucho tener que marcharme... -y lo decía en serio. Por primera vez, desde hacía meses, se había divertido-. Pero son más de las once y mañana hay que trabajar.
-Así es -asintió Javier, pidiendo la cuenta-. Y mañana todos tendremos que estar muy alerta.
-¿Por qué? -preguntó frunciendo el ceño.
-Porque sí. Gracias -le dijo al camarero que le llevó la cuenta-. Vámonos pequeña.
Paula aceptó su ayuda para ponerse el abrigo antes de salir.
-¿Y por qué tendremos que estar alerta mañana? -preguntó una vez dentro del coche.
-El brillante joven desea conocer el despacho -explicó Javier-. Supongo que antes de irse a América quiere saber lo que se hace en Inglaterra.
Paula se humedeció los labios resecos, sabía perfectamente quién era el brillante joven.
-¿Irá Pedro Alfonso mañana a la oficina?
-Sí. ¿no lo sabías? -preguntó su acompañante extrañado.
-No -de pronto la noche perdió todo su encanto. -Me lo ha dicho el señor Hammond esta tarde. Pensé que tú lo sabrías, eres su secretaria.
-No.
-Supongo que debe haber olvidado decírtelo.
-Quizá.
Estaba segura de que ésa no era la razón. Pedro Alfonso era capaz de haberle pedido a Claudio Hammond que no le avisara, así tendría que verse obligada a comportarse amablemente con él.
-¿A qué hora va a ir? -preguntó, aparentando una calma que estaba muy lejos de sentir.
-Sobre las diez y media. Tengo entendido que no es más que una visita informal.
-Sí.
Gracias a Javier, ella se había enterado no sabía el favor que le había hecho. La luz estaba encendida cuando llegaron a su departamento, la chica imaginó que Laura estaría en casa.
-Está bien -dijo Javier entendiendo el mensaje que ella le había enviado con la mirada-. De todos modos es tarde. Podemos volver a salir juntos otro día, ¿No?
Paula rió ante la ansiedad del joven, la penumbra del pasillo hacía que la belleza de su rostro aumentara.
-Me encantaría.
-¿En serio?
-Sí -rió ella-. Pero dentro de unos días, ¿Te parece? -preguntó, no quería comprometerese demasiado con él. Le gustaba Javier, pero... siempre había un pero.
-Hablaremos de nuevo el viernes -aceptó.
-Está bien.
-Yo... mejor me voy -parecía inquieto.
Paula tomó la iniciativa y le besó. ¿Cómo era posible que estuviera seguro de sí mismo ante un tribunal y ante ella le faltara el coraje para darle un beso de despedida? Había vuelto a equivocarse, no le faltaba coraje. Sólo bastó un empujoncito para que él la estrechara con fuerza entre sus brazos. Se sentía un poco mareada al entrar en el departamento, pero la sensación se desvaneció cuando vió colillas de cigarro en el cenicero. Lucas Greene había estado allí esa noche. Rogó a Dios para que no se hubiese quedado a dormir con Laura. Pero no había por qué preocuparse; su amiga estaba sola en la cama y sonreía dormida. Aquella sonrisa la preocupó, quería decir que Laura todavía no había descubierto la clase de tipo que era Lucas.
Paula se vistió con más esmero que de costumbre, consciente de que vería a Pedro Alfonso esa mañana. Eligió con mucho cuidado su vestimenta, aunque el traje negro que se puso no era de sus favoritos, demasiado severo para su gusto. Se recogió el cabello hacia atrás y apenas si se maquilló. No quería parecerle atractiva a Pedro. Claudio Hammond se quedó asombrado cuando entró a las nueve en la oficina; la miró varias veces, confundido. pero como era un hombre discreto, al ver la expresión fría en sus ojos, no hizo ningún comentario. Cerró la puerta de su oficina, moviendo la cabeza. A las diez y veinticinco, Paula fue a la cocina para prepararle el café de la mañana al señor Hammond. Regresó y depositó con cuidado la bandeja sobre el escritorio de su jefe sin decir palabra. Al salir se puso pálida. Pedro Alfonso estaba entrando por la puerta.
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