martes, 4 de octubre de 2016

La Venganza: Capítulo 15

Paula  se   agitó   en   su   asiento  mientras  la muchacha le   besaba  apasionadamente  en  la  boca: Melisa  olvidó  los  celos  cuando  él  dijo  que  la  llevaría  a  cenar  al  día  siguiente.  Pobre  chica. Muchachas  como  aquélla  no  lograban  mantener  interesado a un hombre como Pedro durante mucho tiempo. Le estuvo estudiando con detenimiento toda la mañana. Quería conocerle bien antes de poner  en  marcha  su  venganza.  Conocer  al  enemigo,  ése  era  su  empeño.  Y  Pedro era indudablemente su enemigo.

 -Adiós   señorita  Schulz -la sonrisa de  Melisa era triunfal,  se fue contoneando las caderas de manera descarada impregnando el aire con el aroma de su sofisticado perfume. Paula procuró mantener la calma.

-Es una chica muy guapa -comentó ella.

-Mucho -asintió él.

-Su último jefe debe de estar encantado con su trabajo,  está deseando que usted vuelva, incluso ha mandado a su hija para que le convenza -comentó burlona.

Pedro  hizo un gesto con las manos.

-No.  Melisa  tenía  programadas  estas  vacaciones  mucho  antes  de  que  yo  pensara venir a Inglaterra. Alberto pudo decirle que me viera. pero nada más. Es una jovencita muy imaginativa y muy mentirosa.

-Claro -hizo un gesto con la boca y miró su cuaderno de notas.

-¿Y qué opinas de mi capacidad de persuasión?

Paula no se había dado cuenta de que él estaba a su lado. Al notar su proximidad se puso nerviosa. Pero, con mucho esfuerzo, logró controlarse y le miró con frialdad.

-La verdad es que no he pensado en ello, ni siquiera me había percatado de que la tenía -agregó.

Él se irguió, riendo.

-Tengo que reconocer que no ha funcionado muy bien contigo, todavía. Pero no pierdo la esperanza.

Paula se dio cuenta de que Pedro había decidido cambiar de táctica. Volvió a ser un ejecutivo serio y eficaz. Su buen humor desapareció por completo. Ella sabía,  por  los  informes  que  Claudio  le había  dado,  que  Pedro  era  un  buen  abogado  y  había  comprobado,  por  propia  experiencia, que era  capaz  de  hacer  bien  cualquier cosa, incluso manejar a mujeres como Melisa. Al parecer, la única debilidad que tenía era ella misma. Tenía que aprovecharse de  las  circunstancias.  Pero  debía esperar  el  momento  oportuno.  No  le  conocía  lo  suficiente como para comenzar su plan. También ella se puso seria y volvió a concentrarse en su trabajo.

-Tiene una cita dentro de diez minutos -le recordó, distante-. Y, si de verdad necesita que trabaje horas extras, lo haré.

-¿No vas a salir con Javier?

-Ya le he dicho que no.

-Sólo quería estar seguro -afirmó-. Puede que haya estado fisgoneando por aquí mientras he estado fuera.

Ella le miró furiosa.

-Javier no tiene necesidad de andar fisgoneando por ningún lugar.

-Lo hace en mi oficina -gruñó Pedro, enfadado.

Paula se alegró íntimamente por aquella explosión de celos.

-Somos compañeros de trabajo –lijo con voz suave y firme-.Es natural que hablemos e intercambiemos ideas.

Su rostro se oscureció.

-Supongo que Anderson no te hablaría de asuntos confidenciales.

-¡Por supuesto que no! -exclamó indignada-. Javier es un abogado muy responsable.

Pedro abrió los ojos.

-¿Le admiras?

–Como abogado, sí. -Yo... -interrumpió la conversación porque comenzó a sonar el teléfono de Paula-.

-Te salvó la campana -musitó mientras se dirigía a su oficina.

La chica contestó a la llamada, e inmediatamente se concentró en su trabajo. El cliente citado a las dos y media estaba esperando en la recepción. Trabajó mucho durante toda la tarde. Pedro le pidió que mecanografiara un informe confidencial que necesitaba para el día siguiente.

Eran casi las ocho de la noche cuando sacó de la máquina la última hoja de papel, y la colocó a un lado de la mesa, junto a las demás. Pedro salió de su oficina, en mangas de camisa. Parecía muy cansado. Se inclinó sobre los papeles y tomó la última hoja mecanografiada para leerla, como había hecho con las anteriores.

-¿Ya has terminado?

-Sí.

Paula se estiró, intentando relajarse. Había acumulado mucha tensión durante el trabajo.

-¿Te duele? -Pedro vio cómo movía el cuello, cansada.

-Un poco -reconoció.

Él colocó la hoja en el escritorio y se colocó detrás de ella para darle un masaje en el cuello y en los hombros.

-¿Estás mejor? -le preguntó segundos después.

Estaba  demasiado  obsesionada  por  deshacerse  de  aquellas  manos  como  para  apreciar  las ventajas  del  masaje.  Si  reaccionaba  violentamente  lo  echaría  todo  a  perder.  Mantenerle  a  raya era  una  cosa;  pero  demostrarle  total  aversión  era  muy  peligroso y debía tratar de evitarle. Las acariciadoras manos de Pedro le decían que no sería fácil.

-Sí, gracias -se hizo a un lado sin brusquedad, para ponerse en pie-. ¿Ya hemos terminado por hoy?

Pedroasintió.

-¿Te llevo a tu casa?

-He traído mi coche.

-Entonces, ¿Quieres cenar conmigo? -preguntó en voz baja. Esperaba que ella se negara, lo vió en la resignada expresión que puso.

Le hubiera encantado aceptar, pero pensó que sería mejor mantenerle a distancia un poco más.

-Esta noche no. Creo que lo que necesito es darme un baño caliente y acostarme temprano.

-Buena idea.

Ella se puso tensa ante el tono seductor de él.

-¿Verdad que sí? Ahora, si me disculpa...

-¡Paula! -la detuvo en la puerta.

La frialdad de su mirada le dejó sorprendido.

-¿Sí?

Pedro movió la cabeza.

-Nada -arrepentido, se dió la vuelta-. Te veré mañana.

Se dirigió a casa más despacio que de costumbre, deteniéndose en todos los semáforos, aunque estuvieran en ámbar. La expresión de su rostro no mostraba en absoluto, los planes que urdía su mente. Pedro acostumbraba  a  utilizar  a  las  mujeres,  sin  duda  había  usado  a  Melisa para obtener un puesto en la empresa de su padre. Y ahora quería utilizarla  a  ella,  para  satisfacer  su apetito  sexual.  Pero  Paula  tenía  otros  planes.  Aunque se casaran, nunca sentiría el placer de poseerla. Un  escalofrío  recorrió  su  espalda  al  imaginar  el  día  en  que  le  dijera  a Pedro quién era  ella.  Se  sentiría  humillado  cuando  se  enterase  de  que  estaba  casado  con  la  hija  de  un supuesto  ladrón,  un  hombre  a  quien  su  padre  acosó  hasta el suicidio. Ésa sería su venganza.

La Venganza: Capítulo 14

Al principio fue  incapaz  de  comprender  por  qué  le  había  hecho  aquello;  pero  pronto se resignó y dejó de parecerle extraño. Cuando  rompieron, cinco  años  atrás, David le  había  dicho  muy claramente  que  no quería volver a saber nada de ella. Sin embargo, Paula siempre se aferró a la idea de que él la seguía amando, pensaba que un día se daría cuenta de ello, y volvería  a  su  lado.  Era una  absurda  esperanza  que  no  podía  convertirse  en  realidad. Pero,  desde  hacía  cinco  años,  en lo  más  profundo  de  su  alma,  mantenía  viva  la  ilusión de poder llegar a vengarse, algún día, de las personas que le habían hecho aquello. Ya  no  podía  hacer  nada  contra  Horacio Alfonso porque  se  había  retirado,  pero  tenía a Pedro al alcance de su mano. Y sabía muy bien cómo llegar hasta él. El deseo que sentía por ella era su punto débil. El  matrimonio  de  David la  dejó  muy  impresionada,  pero  no  le  quedaban  fuerzas  para seguir sufriendo. Ya había sufrido bastante cinco años atrás. Había lle gado el momento de su venganza. Dirigió una última mirada a la foto de David, observó cómo el pelo le caía sobre la  frente  a  pesar  de  llevarlo  corto,  la  tibieza  de  sus  ojos  y  el  rostro  varonil.  Debía tener unos treinta y cuatro años, pues era diez años mayor que ella. Su esposa  parecía  muy  joven.  El  artículo  decía  que  Nadia  tenía  diecinueve  años, y la describían como una belleza trigueña. Trigueña y con diecinueve años de edad,   igual   que   ella   hacía   cinco   años.   ¿Sería  posible  que  no  hubiera  podido  olvidarla?  Si  así  era,  lo  lamentaba  tanto  por  él como  por  ella.  Los  Alfonso tenían  mucho que pagar, y lo pagarían.

Cuando empezó a trabajar como secretaria de Pedro olvidó todo el odio que le tenía, concentrándose únicamente en su trabajo. Él la miraba con frecuencia cuando creía que ella no se daba cuenta y no perdía uno solo de sus movimientos en la oficina. A  mediodía  salió  de  la  oficina  justo  en  el momento  en  que  Javier  llegaba  a  visitarla.  Lamentó  tener  que  rechazar  su  invitación  para  ir  a comer  y  tuvo  que  decirle muy claramente que no volvería a salir con él. La cuarta llamada que recibió para Pedro, de una misteriosa mujer estadounidense, acabó por sacarla de sus casillas. Pedro recibió el recado y no hizo ningún comentario acerca de la llamada de la mujer,  cuyo  nombre  era  Melisa.  Como  no  dejó  ningún  número  telefónico,  Paula pensó que él ya sabría dónde localizarla. No se le había ocurrido pensar que Pedro podía tener novia. Eso estorbaría sus planes.

-Voy a comer -le dijo unos minutos después.

-Sí, señor. Se detuvo junto a la mesa de la chica.

-¿Vas a comer sola?

Ella se encogió de hombros. Solía llevar un bocadillo.

-¿No has quedado hoy con Javier?

 Paula apretó los labios, indignada.

 -¿Qué quiere decir? Sólo he salido con él un par de veces...

-¿Desde que yo estoy aquí?

-Sí.

La miró extrañado.

-¿Te estás excusando, Paula? -preguntó burlón.

-¡Qué perspicaz! -se burló ella.

Él suspiró.

-¿Podrías darme alguna esperanza?

-¿Qué pensaría Melisa? -dijo la chica.

Pedro sonrió, la dureza de su rostro se desvaneció.

-Se enfadaría, es una niña muy posesiva.

-Entonces no debe desairarla -comentó jovial. Bloqueó el carro de la máquina de escribir para que no pudiera seguir trabajando.

-¿Vas a ser de esas secretarias que saben siempre lo que piensa su jefe? -bromeó, con voz suave.

Paula tuvo que levantar la cabeza para mirarle, el pelo cayó graciosamente sobre sus hombros.

- Creí que era usted el que adivinaba mis pensamientos -le rehumedeciéndose los resecos labios, en un gesto inconsciente acativo.

Pedro se mostró intrigado.

 -Y así es, Paula. Yo adivino tus pensamientos -le dijo despacio.

-¿Y qué pienso ahora? Se movió hacia adelante, tomandola de la barbilla.

-Pensar... pensar... -Pedro la miró, enigmático.

-¿Qué? -le urgió ella.

 Él movió la cabeza y se sentó, soltándole la barbilla.

-No lo sé, Paula -musitó-. Ahora estás a la defensiva y no me dejas adivinar tus pensamientos.

Reprimió su irritación.

-¿No será que ha perdido su facultad de brujo adivino? -bromeó.

Pedro respondió risueño:

-Te lo diré después de la comida.

Paula le vió marcharse. Así que se iba a comer con Melisa, la de la voz sensual. Sin duda llegaría tarde. Se  equivocó.  Regresó  una  hora  después,  acompañado  por  una  mujer  rubia.  Obviamente, se  trataba  de  Melisa.  No  era  tan  mayor  como  le  había  parecido.  quizá no tenía más de veinte años. Primero David y ahora Pedro . ¿Sería posible que los hombres no pudieran salir con mujeres mayores de veinte años?

Pedro las presentó.

-Melisa quiere conocer la covacha por la que he abandonado mi super moderna oficina en los Estados Unidos -le explicó en broma.

-No es una covacha, querido -la joven miró la elegante y bien ventilada oficina.

 -Y la señorita Schulz no es como me la imaginé -miró detenidamente a Paula.

Pedro sonrió divertido.

-¿En serio? ¿Y cómo te la habías imaginado? -preguntó burlón.

-Mayor -dijo Melisa.

Él volvió a sonreír, divertido.

-Sin embargo, es tan joven y tan bella como tú.

Paula vió cómo la muchacha se ruborizaba; miró a Pedro con frialdad  y descubrió un aire de burla en sus ojos. Se divertía con los celos de su joven amiga, quizá tenía la esperanza de que también ella se sintiera celosa. Dudaba de que acostumbrara a llevar mujeres a su oficina. Parecía dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de atraerla. Pedro adivinó sus pensamientos y rió con sarcasmo.

-Es hora de que te vayas, querida -le dijo con firmeza a Melisa, llevándola hasta la puerta-. Paula y yo tenemos mucho trabajo.

Paula se dió cuenta de que él había utilizado a Melisa, pues, como ya no la necesitaba, quería deshacerse de ella. Se volvió disgustada y tomó algunos papeles para ordenarlos. Sin embargo, pudo oír lo que la pareja, parada a corta distancia de ella, decía:

-¿Esta noche, Pedro? -le preguntó Melisa, echándole los brazos al cuello-. Por favor, cariño, me sentiré muy sola sin ti .

Las manos de Pedro se posaron en la espalda de la muchacha. La atrajo hacia sí.

 -Es posible que esté ocupado esta noche -dijo sonriendo.

-¿Trabajo?

-Sí.

-¿Con la señorita Shulz? -la muchacha miró a Paula con cara de pocos amigos.

-Posiblemente -le contestó, evasivo-. Si la convenzo para que se quede.

-La convencerás -comentó Melisa con voz ronca-. Conozco de sobra tus poderes persuasivos.

 -¡Que no se entere tu padre! -exclamó metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta-. Podría alarmarse.

Melisa acarició el pecho del hombre.

-Me encargó que te convenciera de que regresaras a los Estados Unidos a trabajar con él.

Pedro la apartó con firmeza.

 -Estoy seguro de que no te dijo que me sedujeras, aunque me encantaría. Y en cuanto a lo de regresar a los Estados Unidos...-miró a Paula con firmeza-. Estoy muy contento aquí.

Melisa también observó a Paula.

-Hablaremos mañana. Meli -le dijo impaciente-. Cuando te lleve a cenar.

La Venganza: Capítulo 13

-Te  prometo  que  cuando  Gabriel regrese  de  su  luna  de  miel  podrás  ir  a  trabajar con él. No creo que a Andrea le  importe trabajar conmigo.

La muchacha sabía que en esos momentos Pedro era sincero y decidió confiar en él.

-Creo que será lo mejor.

-Está bien, si así lo quieres -arrastró las palabras-. Y te ase guro que de ahora en adelante nuestras relaciones serán estrictamente profesionales.      

Le miró con frialdad.

-Por mi parte nunca han sido de otra manera.

-Si yo tuviera tiempo... -se interrumpió enfadado.

-¿Qué haría? -preguntó desafiante.

La miró fijamente.

-Si  tuviera  tiempo  te  arrancaría  esa  capa  de  frialdad  -respondió  molesto-.  Pero, mientras tanto, me dedicaré a conservar a mi secretaria.

-El señor Hammond nunca se ha quejado -afirmó con altanería.

 -No soy Claudio, tengo mi propio estilo de hacer las cosas.

-Le aseguro que mi aversión hacia usted no alterará en lo más mínimo mi eficiencia.

-No estoy muy seguro de eso. En fin, el tiempo lo dirá.

Y así sería. El tiempo alteraría muchas cosas. Hora y media después, Pedro salió de la oficina de Claudio y se detuvo junto a la mesa de ella.

-Nos vemos el lunes por la mañana -dijo en tono cortante-. A las nueve.

 -Aquí estaré -respondió entre dientes.

 -¡Estoy seguro de que sí! -se burló-. ¡La eficiente señorita Linares!

Al ver que Paula no tenía intenciones de seguir hablando con él, Pedro se marchó. Al  cabo  de  unos segundos  Claudio  la  llamó  a  su  despacho.  La  joven  entró  con  un  cuaderno y un lápiz en mano, preparada para el dictado.

-No  vas  a  necesitarlos,  querida  -manifestó sonriendo-. Pedro me ha dicho que ya te lo ha contado todo. Así que no es necesario que finjamos.

La sonrisa se borró de su rostro.

 -¡Oh señor Hammond!

 -Lo sé, lo sé... y agradezco tu preocupación. Pero pronto estaré fuera del hospital y entonces  me  llevaré  a  Rosa  a  esas  vacaciones.  Y  cuando  regrese,  vendré  por  aquí  a  echar un vistazo. ¡Todavía puedo enseñarles a estos jóvenes un par de cosas!

-Claro que sí.

Paula hizo un gran esfuerzo por contener las lágrimas.

-Ahora, lo que yo quería decirte es que me complace que hayas decidido quedarte con Pedro. Es un hombre muy inteligente, es una suerte que haya aceptado quedarse entre nosotros.

 -Supongo que sí.

-No  tenía  que  incorporarse  a  nuestra  compañía  hasta  el  año  próximo  -hablaba  casi  consigo mismo-.  Pero  ha  sido  muy  amable;  ha  rechazado  un  buen  trabajo  en  los  Estados  Unidos.  No puedo  decir te   lo  mucho  que eso significa para mí.

No tenía que decírselo, lo veía en sus ojos. Pero algo le intrigaba. Claudio se encogió de hombros.

-No  conozco  la  historia  completa.  lo  que  sí  sé  es  que  Pedro y  su  padre  son  muy  distintos. Si trabajasen juntos estarían todo el tiempo discutiendo. Además, Horacio ya está retirado.

Si Pedro Alfonso no se llevaba bien con su padre,  quizá no fuera tan terrible como él. Pero eso no cambiaba el hecho de quién era. Eran igual de crueles. La  noche  siguiente,  Paula salió  con  Javier y,  aunque  trató  de  fingir,  él se dió  cuenta de que estaba preocupada. Pero no le dió importancia. Paula estaba guapísima esa  noche,  levantaba  exclamaciones  de  admiración,  y  Javier  estaba encantado  de ser su acompañante.

-¿Te  molesta  que  Alfonso pase  a  formar  parte  de  la  firma?  -le  preguntó  finalmente, sabiendo que era ése el motivo de su preocupación.

Los pendientes de oro brillaron al mover la cabeza en su dirección, al igual que el  elegante  collar. Eran  sus  únicas  joyas.  Nunca  llevaba  anillos,  aunque  Javier  intuía que estaba muy lejos de ser el hombre que pusiera uno en sus dedos.

-Lo siento, no te he oído -se disculpó la chica.

-Te preguntaba si te molesta trabajar para Alfonso.

-Ya  te  lo  dije  -le  contó  que  cambiaría  el  puesto  con  Andrea cuando  ella  regresara  de  su  viaje  de  bodas-.  Al  señor  Alfonso  no  le  gusta  que  los  matrimonios trabajen juntos.

-Ni a mí tampoco -dijo Javier, notando el sarcasmo de ella-. No es la mejor manera de conducir un negocio y le puede hacer mucho daño al matrimonio.

 -Quizá tengas razón, pero lo dudo -respondió ella, resentida al notar que su acompañante pensaba lo mismo que Pedro-. ¿No te parece que es muy pronto para que esté dando órdenes?

Él se encogió de hombros.

 -No, si lo cree conveniente.

Paula prefirió   no   responder.   Javier  no  era  capaz  de  razonar. estaba deslumbrado  por  Pedro y nada  de  lo  que  ella  pudiese  decirle le haría cambiar de opinión. Declinó  la  invitación  que  le hizo  para  el  domingo,  no  quería  comprometerse tanto  con  él.  Había  aceptado  aquella  segunda invitación sólo  para  quitarse  de encima a Pedro, acto del que no se sentía orgullosa. No estaba bien utilizar a Javier de esa manera. Se despidieran con cierta frialdad.

-Ha sido una noche encantadora. Que te diviertas durante el fin de semana -le dijo, antes de entrar en el departamento.

Laura estaba durmiendo en su cama. A la mañana siguiente, su amiga la despertó llevándole una taza de café.

-Me tengo que ir y quería saber cómo te lo pasaste anoche -se sentó en el borde de la cama, a los pies de Paula.

-Muy bien -respondió, evasiva-. ¿Saldrás con Lucas?

-Sí -asintió su amiga.

-¿Va en serio su relación?

Laura  se ruborizó.

 -Me gusta mucho.

-¿Y tú a Lucas?

Laura  se levantó, preocupada.

-También le gusto. Vamos, te prepararé el desayuno antes de irme, hoy me siento servicial.

Paula  se dió  cuenta  de  que  Laura quería  hablar  de  Lucas tanto  como  ella  de  Javier, es decir, nada. Aunque presentía que era por razones diferentes. No importaba cuántas veces viera a Lucas, no acababa de gustarle, pero Laura era ya  una  mujer  y a  lo mejor  el  Lucas que  ella  conocía  era  muy  diferente al de Paula. Quizá...

-¿Saldrás hoy con Javier? -las dos ya habían desayunado, y Laura regresaba de la habitación, preparada para salir.

-Hoy no -y no pensaba volver a hacerlo. Javier,  finalmente, querría casarse y ella no deseaba herirle.

-Pues insisto en que te sientes a tomar otra taza con café y te pongas a leer el periódico -Laura acompañó sus palabras con la acción, depositando en sus manos una taza y el periódico-. Tienes que acumular fuerzas para enfrentarte a tu nuevo jefe -agregó burlona. -¡Que te diviertas!

Laura rió con sarcasmo.

-No me esperes despierta -le dijo, sonrojándose-. Llegaré tarde.

Paula supuso  que  su  amiga  pasaría  fuera  la  noche,   pero   no   pensó   hacer   comentarios  y  se despidió  cariñosamente  de  ella,  justo  en  el  momento  en  que  Lucas llamó a la puerta. Era  agradable  recostarse  en  el  sofá  y  estirar  cómodamente  las  piernas.  Había  sido  mucha  la tensión  de  aquella  noche.  A  ese  ritmo  acabaría  extenuada  en  tres  semanas. Su único consuelo era que Pedro también había sufrido la tensión, pero por razones completamente diferentes. La miraba constantemente; sabía que tenía  la  obsesión  de  acostarse  con  ella.  Le  gustaba  castigarle con  su  indiferencia y, sin embargo, hubiera deseado no conocerle jamás. Volvía a ser la de tiempos pasados. La amargura y la frialdad, tomaban nuevamente posesión de su vida. En  ese  momento  una noticia  del  periódico  le  llamó  la  atención.  Un  dolor  como   el que sintió algunos años atrás volvió a apoderarse de ella. Era  una  fotografía  de  David.  Y  junto  a  él,  mirándolo  extasiada  y felíz  ¡Su  novia!  La  fotografía  lo  decía  todo.  David con  traje  de  etiqueta,  y  la  novia  con  un vestido  blanco de seda. Los dos sonreían felices. Paula leyó el pequeño pie de página y los detalles sobre el matrimonio de David, el día anterior, con Nadia Maughan, una vieja amiga de la familia, la hija de Lord Maughan. Se quedó sin aliento. Un día antes habría sido el aniversario de su propia boda con David, cinco años atrás debió ser ella la que se casara.

sábado, 1 de octubre de 2016

La Venganza: Capítulo 12

-Sí -contestó mirándole a los ojos.

 Él apretó la boca; Paula notó el cambio que se había operado en él. Su expresión era la de un hombre duro, decidido a no detenerse ante nada. En ese momento se parecía mucho a su padre.

-¿Serías capaz de dejar este trabajo que tanto te gusta, sólo por que no quieres trabajar conmigo?

Él se puso de pie y la miró atentamente, esperando su respuesta.

-Sí -contestó con seguridad.

-¿Tanto te desagrado? -preguntó levantando la voz.

-Sí. Contuvo el aliento. Su expresión era furiosa.

-¿Y si te pidiera que no lo hicieras?

Ese  no  era  el  Pedro Alfonso que  conoció  en  la  boda  de  Andrea,   se  comportaba  como  un eficiente  ahogado,  e  intuyó  que  ante  un  tribunal  debía  ser  formidable,  más impresionante que el padre en el punto culminante de su carrera.

-Sería lo mismo. Fui contratada como secretaria del señor Hammond y prefiero irme si ya no voy a seguir trabajando para él.

-Tu empleo jamás fue motivo de discusión entre Claudio y yo. Él tiene fe en tu lealtad hacia la firma. Pero si prefieres trabajar para Gabriel, creo que eso podría arreglarse.

-La secretaria de Gabriel es Andrea.

-Otro motivo para que haya un cambio. No creo que sea buena idea que un matrimonio trabaje junto.

-¿No lo cree así? -Paula se mostró indignada. Salió en defensa de su amiga.

 -Creo que no has entendido la situación con claridad, Paula.

Él  había  notado  su  falta  de  atención  durante  la  junta.  Sabía  que  Paula,  después  de  la  primera  noticia,  no  se  había  enterado  de  nada  de  lo  que  allí  se  había  dicho.

-Soy el nuevo socio y director. Y en el futuro la firma se llamará Alfonso,  Hammond y Hammond.

-Gabriel...

-Lo sabe todo. Desde hace mucho tiempo. Aunque no sé qué tiene eso que ver contigo. A no ser que Gabriel sea para tí algo más que el marido de tu amiga.

-¿Cómo se atreve? -preguntó la chica furiosa-. ¿Cómo se atreve a decirme eso?

-Muy fácil, te lo aseguro -dijo muy exaltado-. Aunque por tu reacción creo que esta vez me he equivocado.

-¡Por supuesto que sí! -exclamó.

-Sí, lo veo. ¿Pero estarías, cuando menos, dispuesta a resignarte sólo durante unos meses?

 -Yo...

-Pedro, querido -dijo Claudio Hammond mientras entraba-, Paula, espero que me perdones por haberlo anunciado de repente y en este momento. Pero estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en que Pedro es una buena adquisición para la firma.

Pedro sonrió burlonamente.

-Creo que Paula no comparte tu opinión, Claudio.

-Estoy segura de que es usted un excelente abogado -dijo rapidariamente.

 -Claro que lo es -confirmó Claudio-. Casi no puedo creer que hayas aceptado unirte a nosotros.

-Es que todo ha sido tan repentino... -se humedeció los labios nerviosa-, pensé que usted no se retiraría hasta el año que viene.

Claudio hizo un gesto de indiferencia.

-Pedro pudo llegar antes. Y bueno, Rosa desde hace mucho desea hacer un viaje y he decidido llevarla la próxima semana.

-¿La proxi...? Pero... Se interrumpió al ver una mirada de advertencia en los ojos de Pedro. Este le hizo un gesto con la cabeza y Paula no tuvo más remedio que volverse para observar a su jefe. Claudio  parecía  cansado,  tenía  la  cara  demacrada y había perdido  peso, ella no lo había notado, había estado muy preocupada con sus propios problemas durante la última semana.

 -¿A dónde irá? -le preguntó con interés.

-Hemos pensado hacer un crucero por las islas griegas -dijo—. Y ahora voy a terminar mi trabajo en la oficina antes de irme. ¿Pedro?

-Ahora mismo voy --contestó, todavía estoy tratando de convencer a Paula de que soy irresistible -añadió divertido.

Claudio rió.

-Buena suerte muchacho. ¡Tengo el presentimiento de que vas a necesitarla! -le dió una palmada en la espalda, y se dirigió, sonriente a la oficina.

El buen humor de Pedro desapareció en el momento en que volvió a quedarse solo con Paula.

-Gracias.

Paula se acomodó en la silla muy seria.

-No es cierto lo de las vacaciones, ¿Verdad? -preguntó la chica angustiada.

-No. Por lo menos durante algún tiempo -confirmó él. -Claudio está enfermo, ¿No es así?

-Sí -suspiró Pedro-el corazón.

-Pero eso fue hace algunos años -dijo preocupada.

Él la miró fijamente.

-¿Lo sabías?

 Ella asintió.

-Con  frecuencia  tengo  que  recordarle  que  se  tome  las  pastillas.  Claudio  va  al  médico  con  regularidad.  Hace  como  dos  o  tres  semanas  lo  hizo.  ¿Qué  tiene?  -preguntó visiblemente alterada.

-Le encontraron muy mal la última vez -le explicó Pedro-. Tiene que operarse. -Y entonces, la próxima semana...

-¡Oh Dios! -exclamó preocupada. Estimaba mucho a Claudio  Hammond-. Andrea y Gabriel...

-No   lo   saben   -terminó   de   decir   Pedro-.   En   caso   de   que   lo   supieran   cancelarían  su  viaje.  Y  Claudio  no  quiere  que  lo  hagan.  Pero  la  operación  es  vital,  así que...

-Le mandó a buscar a usted -terminó Paula.

-Sí,  me  mandó  a  buscar.  Y no me gusta que te lo  tomes a la  ligera.  Me  resultó muy difícil dejarlo todo y regresar a Inglaterra con tanta prisa.

-Lo siento -se sonrojó-. Supongo que no debió ser fácil para usted.

-Lo dudo -dijo con cierto desprecio-. Pero tu comprensión no me interesa. Lo  que  me  importa  es  Claudio,  su  tranquilidad  y  su  salud.  Estoy  aquí  porque  me  necesita. Siempre he estado muy unido a él y a Gabriel, no podía defraudarles.

-Yo tampoco podré hacerlo -comentó, pensando en lo que tenía que hacer-. Debo quedarme aquí, ¿No cree?

Él asintió con la cabeza. parecía más viejo cuando se ponía serio.

 -Creo  que  sí.  Pero  claro,  la  decisión  es  tuya.  Si  te  vas  ahora,  Claudio  se  llevaría un disgusto, pero ni él ni nadie puede obligarte a que te quedes.

Estaba  atrapada,  y  él  lo  sabía.  Claudio  era  hombre  que  no  podía  dejar  las  cosas  a  medias,  le gustaba  tenerlo  todo  bien  organizado.  Paula conocía  los  casos  como  el  mismo Claudio. Si ella se iba, era muy probable que su jefe se negara a ir al hospital. Y eso no lo podía permitir. Pero tampoco podía trabajar con el hijo del asesino indirecto de su padre. En su rostro se reflejó la duda, y el conflicto interno por el que estaba pasando en esos momentos.

La Venganza: Capítulo 11

Paula se  sentó  despacio  en  la  silla  detrás  de  su  escritorio.  ¿Por qué  había  dejado   que   la mezclara en aquella conversación?   Ninguno se  refería   a   la   navegación,  los  dos  lo  sabían.  Era de  nuevo  aquella  habilidad  que  tenía  para  adivinar  sus  pensamientos  lo  que  la  irritaba,   lo que  había  provocado  aquel  intercambio verbal. El problema era que Pedro siempre la irritaba. Siempre que estaba cerca de ella le daban ganas de reñir y pelear con todo mundo.

Pedro siguió yendo a la oficina durante toda la semana. El viernes por la tarde Paula estaba a punto de explotar. El hombre se ponía cada vez más pesado, y repetía una y otra vez sus proposiciones, lo que la hizo aceptar otra invitación de Javier, a pesar de su decisión de no volver a salir con él. Cuando Pedro repitió la invitación pudo decirle, sin mentir, que ya estaba comprometida.

-¿Anderson? -preguntó con reticencia.

-Sí –respondió satisfe cha.

Pedro negó con la cabeza.

-No significa nada para tí.

Las mejillas se le encendieron.

 -¿Y cómo puede saberlo? -se burló-. porque me conoce, ¿Verdad? pero no me conoce bien, señor Alfonso, ¡Y nunca me conocerá!

-¿No?

 -¡No!

-Si no supiera que tu aversión hacia mí es sincera, pensaría que te gusta hacerte rogar. pero...

-¿Piensa usted que es sincera? -repitió incrédula.

Pedro estaba sentado en el borde de la mesa.

-Claro que sí, gatita -lo decía en serio-. Pero no me importa.

- .Por qué?

-Porque de todos modos voy a casarme contigo.

-¡Por Dios...! -se levantó enfadada-. El señor Hammond dijo que usted iría derecho a su oficina cuando volviera de comer, le agradecería mucho que lo hiciera.

-Haré cualquier cosa para que seas felíz -contestó, mientras se levantaba.

-¿Cualquier cosa?.

-Dentro de los límites razonables.

-Pues aléjese de mí.

-No es posible. Ni ahora ni en el futuro.

- ¿Por que?

-¿De verdad quieres que te conteste? -comentó él.

 -No.

-Perfecto. Te voy ganando terreno palmo a palmo. ¿No crees -dijo cuando se marchaba hacia el despacho de Claudio.

Paula no creía posible que su vida se viera amenazada por tercera vez. Primero su padre, luego David, y ahora el hijo de Horacio Alfonso. Pensaba que llegaría un momento en que él se cansara de insistir e invitaría a otra de las  secretarias  que  trabajaban  allí,  cualquiera  de  ellas  habría  aceptado  encantada. Pero no, estaba decidido a vencerla, e incluso quería casarse con ella.

Pedro estuvo presente en la reunión semanal del personal, que se celebró esa misma tarde. Paula tomó nota de la conversación mantenida por las veinte personas que estaban  en  el  salón, sabiendo que  Claudio  querría  una  copia  escrita  de  todo  lo  que se hubiera  discutido.  Con  frecuencia,  a su  jefe  se  le  ocurrían  ideas  para  mejorar las relaciones laborales, repasando las actas de las reuniones. Esa tarde fue diferente. Claudio, cuando se hubieron reunido todos en la sala de juntas, pidió silencio por unos minutos. Se puso de pie.

 -Estoy seguro de que no les habrá pasado desapercibida la presencia de Pedro Alfonso en el edificio esta semana.

Los miembros femeninos del personal se miraron entre sí. Naturalmente, a nadie le había pasado desapercibido ese detalle.

-Desde el lunes su estancia aquí será permanente. Voy a retirarme y Pedro ha aceptado mi puesto. Él me sustituirá y...

Paula no escuchó más, ni pudo seguir  tomando  notas.  Pedro Alfonso iba  a  trabajar  allí,  ocuparía el  puesto  de  Claudio  Hammond.  ¿Cómo  quedaría  ella?  Desde luego,  no estaba dispuesta a convertirse en la secretaria de Pedro. Cuando terminó la reunión, se unió al grupo que salía; iba distraída, pensando en lo absurdo de su situación. ¿Por qué no se le había ocurrido que Claudio Hammond estaba pensando en delegar su poder, qué otra razón podía haber para la presencia de Pedro allí?

-Esto cambia todas las cosas, ¿No es así? -preguntó Javier, saliendo tras ella.

-Sí -la voz le salió temblorosa e insegura, había perdido su acostumbrado tono de seguridad.

-Lo supuse.

-¿Sí? -le preguntó de forma casi acusadora.

-Sí -asintió él mientras la seguía hasta su oficina-. Y es un gran acierto de Claudio asociarse con ese hombre.

Paula se sentó en la silla, detrás de su escritorio.

-Yo pensaba que, el día que se retirara, su sucesor sería alguien de aquí dentro.

 Javier movió la cabeza.

 -Nunca lo insinuó. No, yo diría que cuando  Claudio  llamó  a  Alfonso ya  tenía  decidido  proponerle  que  aceptase  su  puesto,  y  creo  que  no  ha  podido  hacer  mejor  elección.  Alfonso  es  exactamente  lo  que  la  firma  necesita  -comentó  antes  de  salir  de la oficina.

La joven estaba furiosa, Javier le había fallado. Él, como todos los miembros del personal, también admiraba a Pedro. Sin  embargo  ella  no  le  admiraba  ni  podría  hacerlo  nunca.  No  quería  dejar su  trabajo,  le  gustaba,  pero  sabía  que  no  podría  permanecer  en  el  mismo  edificio  que Pedro Alfonso ni un solo día más. Redactó  su  dimisión,  sin  importarle  que  todos  supieran  que  lo  hacía  a  causa  del  nombramiento  de  Pedro.  Tenía  que  marcharse  lo  antes  posible,  y  si renunciaba esa misma tarde, podría irse al cabo de cuatro semanas. Tendría que esperar cuatro semanas. Toda una eternidad. Se consoló pensando que durante ese tiempo no le vería mucho, pues Claudio tardaría por lo menos un mes en ponerle al corriente de los casos de los que tendría que hacerse cargo. Luke entró en la oficina y cerró la puerta.

-Bienvenido  a  Acdroyd,  Hammond  y  Hammond,   señor Alfonso  -le  dijo  ella,  sacando su carta de dimisión de la máquina y colocándola en un sobre.

Él la miró burlonamente.

-Hubiera querido que esas palabras fuesen pronunciadas con más sinceridad. No podemos tenerlo todo, ¿No es así? -preguntó felíz.

Paula, sin hacerle caso, escribió el nombre del señor Hammond en el sobre.

 -¿Qué es esto? Pedro tomó la carta y comenzó a leer la a pesar de los intentos que hacía ella de arrebatársela.

-Es una carta personal -afirmó secamente.

 -Lo era -asintió él-. Y que quede bien claro que, en el futuro, toda correspondencia que llegue a esta oficina pasará por mis manos. ¿Qué significa esto? -movió la carta frente a ella. La chica hizo una mueca.

 -Creo que está muy claro.

-Sí. está muy claro -asintió él-. Solo que  necesito una explicación.

Paula desvió la mirada.

-Yo creo que no; usted sabe muy bien por qué me marcho.

-Quizá -la tomó de la barbilla y le volvió el rostro con fuerza para que tuviera que mirarle-. ¿Lo haces por mí?

La Venganza: Capítulo 10

Paula se alegró de haber estado advertida. Con el traje gris del día de la boda Pedro estaba  muy atractivo,  pero  con  aquel  azul  marino  lo  estaba  aún  más, aunque no parecía darse cuenta de ello. La apariencia de ella le extrañó, pero no dijo nada. Sonrió de manera infantil sin ocultar su alegría por verla de nuevo.

-Hola gatita -se apoyó en la mesa de ella riendo al verla ponerse en guardia-. Te dije que volveríamos a vernos.

Paula no le hizo caso y oprimió el botón del interfono.

-El señor Alfonso le espera -le informó a su jefe con voz suave.

-Dile que pase, Paula-ordenó Claudio.

-Eso no vale -negó Pedro con la cabeza-. Antes de entrar, quería hablar contigo unos minutos.

Ella se puso de pie y se dirigió a la puerta del despacho de su jefe.

-El señor Hammond le espera.

Pedro se las arregló para alcanzar la puerta antes que ella. Era increíble que un hombre tan grande se moviera con tanta agilidad. Le bloqueó el camino de tal manera que no pudo abrir la puerta.

-¿Quiere pasar? -preguntó aparentando una frialdad que estaba lejos de sentir.

-No -respondió él mirándola detenidamente-. Ven a cenar conmigo esta noche.

-¡Ni hablar!

-¿Por qué? -preguntó, agresivo.

Paula suspiró y se dió cuenta de que la austeridad de su vestuario no había surtido ningún efecto.

-Porque no quiero -contestó desafiante.

Él frunció el ceño y la miró pensativo.

-¿Tan mala impresión te he causado?

-Claro que sí. ¿Por qué no entra de una vez? -su voz estaba alterada-. El señor Hammond le debe estar esperando.

-Pero  yo  no  quiero  entrar.  Supongo  que  te  has  vestido  así  en  mi  honor.  Pues entérate de esto, querida -sus brazos rodearon su cintura y la acercaron a él-. aunque te pongas harapos, para mí seguirás siendo la mujer más hermosa del mundo.

Era como un tigre acechando a un conejo; Paula estaba indignada, pues sus  fuerzas  no  le  permitían apartarse  de  él.  Movió  la  cabeza  de  lado  a  lado,  intentando  escapar  de  aquella  boca  sensual.  Sabía  que  no  iba  a  poder  soportar  que él la tocara. La tenía atrapada entre sus brazos, en sus ojos se reflejaba todo el odio que sentía por él. La  besó  con  destreza;  no  había  duda,  el  movimiento de  sus  labios  fue  suave  y  hechizante, sin embargo la chica se mantuvo fría, resistiendo la caricia. La boca de él permaneció insolente sobre la de ella mientras sus brazos la apretaban aún más contra su cuerpo. Por  fin levantó la ca beza .

-Gatita, deja de luchar contra mí -gruñó.

-No estoy...

-Paula,  oiga... ¡oh! -Claudio Hammond, sorprendido, apareció en la puerta de su  oficina  detrás  de  ellos-.  No  sabía  qué  era  lo  que  te  detenía,  Pedro.  Creo  que  me estoy volviendo viejo -bromeó.

 Paula, avergonzada, se separó de los brazos de Pedro y se dirigió a su sitio.

-Dentro de un momento estarán terminadas esas cartas, señor Hammond.

-No hay prisa -le contestó el jefe-. Pedro es la primera ve que veo alterada a mi eficiente secretaria. ¡Y tú eres el causante!

Colocó  con  estrépito  cuatro  hojas  limpias  de  papel  en  la  máquina  ignorando  a  los hombres, consciente de que los dos se divertían a su costa.

-Nos vemos luego,  gatita -indicó Pedro al mismo tiempo que cerraba la puerta.

Dejó caer las manos sobre la máquina de escribir y tecleó con furia. Después, se tapó la cara con las manos. ¿Por qué se lo había permitido? El recuerdo del beso no la abandonaba, sintió como si todavía la estuviera besando. La sensación fue tan fuerte que tuvo que abandonar la oficina para lavarse la cara y quitarse el poco de maquillaje que llevaba. Se miró en el espejo, tenía el rostro pálido y los ojos hundidos. Tenía miedo. Ese hombre la había hecho aparecer como una idiota frente a Claudio Hammond. Cuando   terminó   su   relación   con   David, decidió   mantener   su   vida   privada   totalmente al margen del trabajo y, en sólo una semana, había echado por tierra un esfuerzo  de  años, saliendo  a  cenar  con  uno  de  los  siete  abogados  de  la  compañía  y  permitiendo que el señor Hammond viera cómo un viejo amigo de la familia la besaba. Ella no besó a Pedro, pero para el señor Hammond era lo mismo.

Al regresar del baño decidió seguir con su trabajo. Los dos hombres seguían hablando en la oficina.

-Paula, tráeme el expediente Danfield -le pidió el señor Hammond por el interfono, unos minutos más tarde. Era  el  caso  más  importante  que  tenía  en  ese  momento,  y  por  un  segundo  se  preguntó  para  qué  querría  Pedro Alfonso ver  ese  expediente.  Sin  duda  tendría  sus  razones.

Entró en la oficina. Sin hacer caso al hombre que estaba sentado frente a  Claudio  Hammond,  Pedro no  dejaba  de  mirar  sus  piernas.  Pensó  que  estaba  loco,  no  tenía ningún derecho a observarla así frente a su jefe. A Claudio Hammond la escena le pareció muy divertida. Paula le dió el expediente y se dispuso a marcharse. Cuando iba a salir, Pedro  le abrió la puerta deseoso de que ella le mirara. Paula  se  negó  a  levantar  la  vista  más  allá  de  la  sensitiva  mano  que  descansaba  sobre  el picaporte.  No  era  la  mano  de  un  obrero,  pero  tampoco  la  de  un  hombre  que  estuviera sentado  todo  el  tiempo  detrás  de  una  mesa.  Había  fuerza  en  los  flexibles dedos, también sensibilidad.

-Me gusta navegar -le susurró al oído. Ella se asombró y miró con curiosidad los ojos masculinos.

-¿Cómo dice?

-Sí, ¿Qué has dicho, Pedro? -preguntó Claudio intrigado.

-Le decía a Paula que me encanta navegar -la mirada de él volvió a posarse en  el  rostro  encendido  de  la  muchacha-.  Quizá  te  gustaría  acompañarme  algún  día.

-Me mareo -contestó con voz queda, apresurándose a salir.

 -Ese mal se puede curar -comentó con voz muy suave, parado entre las dos oficinas.

Paula se volvió cuando llegó a su mesa.

-No quiero que me curen -miró su expresión y se dió cuenta de que él había captado el doble sentido de sus palabra,

-¿Quieres decir que el remedio podría ser peor que la enfermedad?

-Sin duda -inclinó la cabeza.

-¿Alguna vez lo has probado?

-Varias veces.

-¿Y el resultado fue siempre el mismo?

- Siempre.

Pedro encogió los hombros.

-Quizá no has navegado con el hombre indicado.

La chica apretó la boca.

-No creo que sea ésa la razón, señor Alfonso.

-¿No? -preguntó él.

-No. Creo que no me gusta.

-Lástima.  Puede  ser  muy  divertido  -se  volvió  hacia  Claudio-.  Ibas a decirme algo sobre Danfield -le recordó mientras cerraba la puerta tras él.

La Venganza: Capítulo 9

El  lunes,  sin  embargo,  estuvo  nerviosa  todo  el  día.  Tenía  la  sensación  de que Pedro iba a aparecer  de  repente  en  su  oficina.  Sintió  un  gran  alivio  cuando  dieron las cinco y media y pudo irse su casa. Javier llegó en el momento en que estaba poniéndose el abrigo y la ayudó a hacerlo.

-¿Preparada para esta noche, verdad?

Levantó una mano para sacarse el pelo del cuello del abrigo. Llevaba las uñas pintadas del mismo color que los labios, todos sus movimientos estaban llenos de gracia y belleza.

 -¿Pensaste que me arrepentiría? -bromeó sonriendo.

Los ojos de Javier se oscurecieron al mirarla.

-No, claro que no.

Miró el interior de su bolso para ver si llevaba las llaves deL coche.

-Tengo ganas de divertirme -comentó.

Él tragó saliva. Ella le impresionaba y no quería que se notara.

 -Yo también.

 -¿Nos vamos entonces? -preguntó Paula sonriendo.

Pensaba  que  no  iba  a  divertirse  con  Javier  pero  descubrió,  con  sorpresa,  que  se había equivocado. El pequeño restaurante en el que cenaron era muy acogedor, y la  cena  estuvo  deliciosa. Su  amigo  era  muy  culto  y,  por  tanto,  su  conversación  era  muy interesante. Había leído desde los clásicos hasta novelas policíacas.

-Nunca adivino quién es el criminal -reconoció él sonriendo.

-Es una confesión muy interesante viniendo de un abogado -bromeó ella, con las mejillas encendidas por el vino; su humor había cambiado a medida que pasaba el tiempo.

 -Qué pena, ¿No es así? Paula miró el reloj. -Siento  mucho  tener  que  marcharme...  -y  lo  decía  en  serio.  Por  primera  vez,  desde  hacía  meses,  se  había  divertido-.  Pero  son  más  de  las  once  y  mañana  hay que trabajar.

-Así es -asintió Javier, pidiendo la cuenta-. Y mañana todos tendremos que estar muy alerta.

 -¿Por qué? -preguntó frunciendo el ceño.

-Porque sí. Gracias -le dijo al camarero que le llevó la cuenta-. Vámonos pequeña.

Paula  aceptó su ayuda para ponerse el abrigo antes de salir.

-¿Y por qué tendremos que estar alerta mañana? -preguntó una vez dentro del coche.

-El  brillante  joven  desea  conocer  el  despacho  -explicó  Javier-.  Supongo  que antes de irse a América quiere saber lo que se hace en Inglaterra.

Paula se humedeció los labios resecos, sabía perfectamente quién era el brillante joven.

-¿Irá Pedro Alfonso mañana a la oficina?

-Sí. ¿no lo sabías? -preguntó su acompañante extrañado.

-No -de pronto la noche perdió todo su encanto. -Me lo ha dicho el señor Hammond esta tarde. Pensé que tú lo sabrías, eres su secretaria.

-No.

-Supongo que debe haber olvidado decírtelo.

-Quizá.

 Estaba segura de que ésa no era la razón. Pedro Alfonso era capaz de haberle pedido a Claudio Hammond que no le avisara, así tendría que verse obligada a comportarse amablemente con él.

-¿A qué hora va a ir? -preguntó, aparentando una calma que estaba muy lejos de sentir.

-Sobre las diez y media. Tengo entendido que no es más que una visita informal.

-Sí.
Gracias a Javier, ella se había enterado no sabía el favor que le había hecho. La luz estaba encendida cuando llegaron a su departamento, la chica imaginó que Laura estaría en casa.

-Está  bien  -dijo  Javier  entendiendo  el  mensaje  que  ella  le  había  enviado  con  la  mirada-.  De  todos  modos  es  tarde.  Podemos  volver  a  salir  juntos otro día, ¿No?

Paula rió ante la ansiedad del joven, la penumbra del pasillo hacía que la belleza de su rostro aumentara.

 -Me encantaría.

-¿En serio?

-Sí  -rió  ella-.  Pero  dentro  de  unos  días,  ¿Te  parece?  -preguntó,  no  quería  comprometerese  demasiado  con  él.  Le  gustaba  Javier,  pero...  siempre  había un pero.

-Hablaremos de nuevo el viernes -aceptó.

-Está bien.

-Yo... mejor me voy -parecía inquieto.

Paula  tomó  la  iniciativa  y  le  besó.  ¿Cómo  era  posible  que  estuviera  seguro  de  sí  mismo  ante un  tribunal  y  ante  ella  le  faltara  el  coraje  para  darle  un  beso  de despedida? Había vuelto a equivocarse, no le faltaba coraje. Sólo bastó un empujoncito para que él la estrechara con fuerza entre sus brazos. Se sentía un poco mareada al entrar en el departamento, pero la sensación se desvaneció cuando vió colillas de cigarro en el cenicero. Lucas Greene había estado allí esa noche. Rogó a Dios para que no se hubiese quedado a dormir con Laura. Pero no había por qué preocuparse; su amiga estaba sola en la cama y sonreía dormida. Aquella sonrisa la preocupó, quería decir que Laura  todavía no había descubierto la clase de tipo que era Lucas.

Paula se vistió con más esmero que de costumbre, consciente de que vería a Pedro Alfonso esa mañana. Eligió con mucho cuidado su vestimenta, aunque el traje negro que se puso no era de sus favoritos, demasiado severo para su gusto. Se recogió el cabello hacia atrás y apenas si se maquilló. No quería parecerle atractiva a Pedro. Claudio Hammond se quedó asombrado cuando entró a las nueve en la oficina; la miró varias veces, confundido. pero como era un hombre discreto, al ver la expresión fría en sus ojos, no hizo ningún comentario. Cerró la puerta de su oficina, moviendo la cabeza. A las diez y veinticinco, Paula fue a la cocina para prepararle el café de la mañana al señor Hammond. Regresó y depositó con cuidado la bandeja sobre el escritorio de su jefe sin decir palabra. Al salir se puso pálida. Pedro Alfonso estaba entrando por la puerta.